ORGULLO PATRIO… ¡YO SOY ESPAÑOL, ESPAÑOL, ESPAÑOOOOLLLLLL…!

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¿POR QUÉ SÓLO NOS SENTIMOS ESPAÑOLES CUANDO JUEGA LA SELECCIÓN?

Carlos Aurelio Caldito Aunión

Reflexiones imprescindibles sobre España, la Hispanidad y el orgullo de pertenecer a una de las naciones más antiguas de Europa

Resumen para lectores con prisas

Cada vez que la selección española de fútbol logra una gran victoria, millones de personas salen espontáneamente a las calles con la bandera nacional, cantan el himno y celebran pertenecer a una misma nación. Durante unas horas desaparecen las diferencias políticas, territoriales e ideológicas. España vuelve a sentirse unida.

Sin embargo, esa emoción suele durar muy poco.

Pocos días después, las banderas desaparecen, regresan los enfrentamientos y vuelve a imponerse un discurso que presenta a España como una realidad discutible, cuando no motivo de desconfianza o de vergüenza.

Ésa es la paradoja que da origen a este ensayo.

¿Por qué los españoles parecen reconciliarse con España únicamente cuando juega la selección nacional?

La respuesta no está en el fútbol.

El fútbol sólo actúa como un espejo que refleja un problema mucho más profundo: la pérdida de confianza de muchos españoles en su propia historia.

Ningún pueblo nace avergonzándose de sí mismo. Ese sentimiento se aprende. Se transmite mediante una enseñanza parcial de la historia, la repetición de viejos tópicos y la tendencia a recordar únicamente los errores, olvidando los logros.

Mientras otras naciones estudian críticamente su pasado sin renunciar al respeto por sí mismas, España parece condenada a contemplar su historia casi exclusivamente desde la culpa.

Sin embargo, los hechos ofrecen una realidad muy distinta.

España figura entre las naciones más antiguas de Europa. Su formación fue el resultado de un largo proceso histórico que comenzó mucho antes de la Edad Moderna y que permitió la aparición de una comunidad política y cultural de extraordinaria continuidad.

A ello se añadió una de las mayores empresas de la historia universal: la Hispanidad.

España no sólo descubrió y exploró nuevos territorios. Fundó ciudades, creó universidades, levantó hospitales, impulsó el estudio del Derecho, promovió un intenso debate moral sobre los derechos de los pueblos indígenas y extendió una lengua que hoy hablan centenares de millones de personas.

Naturalmente, hubo abusos, errores e injusticias. Sería absurdo negarlo.

Pero también resulta absurdo reducir cinco siglos de historia a una simple relación de violencias y atropellos.

Toda nación posee luces y sombras.

La diferencia es que pocas parecen empeñadas en recordar únicamente las segundas.

El problema comienza cuando una sociedad acaba aceptando la imagen que durante siglos difundieron sus adversarios. La Leyenda Negra dejó de ser sólo una campaña de propaganda extranjera para convertirse, en demasiadas ocasiones, en una forma de contemplarnos a nosotros mismos.

Cuando un pueblo pierde el respeto por su propia historia, termina perdiendo también la confianza en su porvenir.

Por eso resulta tan significativo que el orgullo nacional reaparezca con tanta fuerza durante un campeonato del mundo de fútbol.

No es el fútbol lo que emociona únicamente.

Es el redescubrimiento, aunque sea pasajero, de una comunidad de destino, de una memoria compartida y de un sentimiento de pertenencia que continúa vivo bajo la superficie.

Pero una nación no puede depender de un marcador para recordar quién es.

El respeto por España no debería nacer únicamente de una victoria deportiva. Debería descansar sobre el conocimiento de su historia, el aprecio por su lengua, la valoración de su legado y la conciencia de formar parte de una de las grandes naciones históricas de Europa y del mundo.

No se trata de idealizar el pasado ni de ocultar sus errores.

Se trata, sencillamente, de conocerlo entero.

Porque sólo un pueblo que conoce su historia sin complejos puede afrontar el futuro con serenidad y con confianza.

Tal vez ésa sea la principal enseñanza que deja este Mundial.

No importa únicamente quién levante la Copa.

Lo verdaderamente importante es preguntarnos por qué millones de españoles sólo recuerdan que pertenecen a una misma nación cuando once futbolistas saltan al terreno de juego.

España no nace ni muere con un partido de fútbol.

España seguirá existiendo cuando el estadio quede vacío, se apaguen los focos y el árbitro pite el final del encuentro.

La cuestión decisiva no es qué hará la selección.

La cuestión es qué haremos nosotros con el inmenso legado histórico, cultural y espiritual que hemos recibido de quienes nos precedieron.

Porque las naciones no desaparecen únicamente cuando son derrotadas por un enemigo.

También pueden desvanecerse cuando sus propios hijos dejan de conocerlas, de respetarlas y, finalmente, de quererlas.

Si deseas profundizar, sigue leyendo.

ORGULLO PATRIO… ¡YO SOY ESPAÑOL, ESPAÑOL, ESPAÑOOOOLLLLLL…!

Hay días en los que España parece despertar de un largo letargo.

Las calles se llenan de banderas rojigualdas, los balcones lucen los colores nacionales, personas que jamás se habían visto se abrazan en las plazas y el himno vuelve a sonar sin complejos. Durante unas horas desaparecen las disputas políticas, las diferencias territoriales y los agravios que parecen dominar la vida pública. España vuelve a reconocerse a sí misma.

Ha ocurrido una vez más durante el Campeonato del Mundo de Fútbol de 2026. Contra casi todos los pronósticos, la selección española derrotó con autoridad a Francia, considerada por muchos la gran favorita para conquistar el título. España no ganó por casualidad. Fue mejor. Jugó con inteligencia, mantuvo la iniciativa y no permitió a la selección francesa desarrollar el juego que tantos éxitos le había proporcionado.

Cuando estas líneas se escriben, la final frente a Argentina todavía no se ha disputado. Nadie sabe quién levantará la Copa del Mundo. Pero hay algo que ya resulta evidente: millones de españoles han recuperado, aunque sólo sea durante unos días, el orgullo de pertenecer a su nación.

Y ahí comienza la verdadera cuestión.

¿Por qué ese orgullo aparece con tanta fuerza cuando juega la selección nacional y permanece oculto durante buena parte del año?

¿Por qué la bandera de España vuelve a exhibirse con naturalidad después de una victoria deportiva, mientras que en otras circunstancias muchos parecen sentir reparo, cuando no vergüenza, por mostrarla?

No se trata de una pregunta trivial. Tampoco de un asunto relacionado únicamente con el deporte. El fútbol actúa aquí como un espejo. Refleja un fenómeno mucho más profundo: la extraña relación que los españoles mantienen con su propia nación.

Basta un partido para que aflore un sentimiento de pertenencia que parecía dormido. Basta una victoria para que millones de personas recuerden que forman parte de una historia común. Basta una camiseta con el escudo nacional para que desaparezcan, siquiera por unas horas, muchas de las divisiones que la política alimenta casi a diario.

Conviene preguntarse por qué sucede esto.

Los franceses no necesitan vencer en un campeonato mundial de fútbol para sentirse franceses.

Los portugueses no esperan una gran competición deportiva para recordar quiénes son.

Los italianos discuten apasionadamente sobre política, pero no acostumbran a poner en duda la existencia de Italia ni la legitimidad de su historia.

En España ocurre algo singular.

Durante décadas se ha repetido hasta la saciedad que nuestra historia constituye poco menos que una cadena ininterrumpida de errores, fanatismos e injusticias. Se ha enseñado a contemplar con recelo buena parte de nuestro pasado. Se ha presentado como motivo de vergüenza lo que otros pueblos consideran motivo de estudio, de respeto o, sencillamente, de conocimiento.

No es extraño que ese discurso haya terminado produciendo sus efectos.

Muchos españoles sólo parecen reconciliarse con España cuando once futbolistas salen al terreno de juego para defender los colores nacionales.

Resulta paradójico.

La nación que dio origen a una de las mayores empresas políticas, culturales y lingüísticas de la Historia necesita un partido de fútbol para recordar, durante unas horas, que sigue existiendo.

Ése es el verdadero asunto de este artículo.

No pretendo -sólamente- hablar de fútbol.

Pretendo reflexionar sobre España.

Sobre la imagen que los españoles tienen de sí mismos.

Y, sobre todo, acerca de una pregunta que quizá resulte más importante que todas las anteriores:

¿Cómo ha llegado España a convertirse en una nación que sólo parece sentirse orgullosa de sí misma cuando su selección nacional consigue una gran victoria deportiva?

¿Cuándo empezó a avergonzarse España de sí misma?

Ningún pueblo nace odiándose a sí mismo.

Los complejos colectivos no surgen por generación espontánea. Se forman lentamente, a lo largo de muchos años, mediante la enseñanza, la propaganda, la repetición de determinados mensajes y, sobre todo, el silenciamiento de los hechos que contradicen ese relato.

España no constituye una excepción.

Durante siglos, los españoles contemplaron su historia con luces y sombras, como hacen todos los pueblos civilizados. Sabían que habían cometido errores, porque ninguna obra humana es perfecta. Pero también eran conscientes de haber construido una de las naciones más antiguas de Europa y de haber protagonizado una empresa histórica de dimensiones extraordinarias.

Sin embargo, en algún momento comenzó a difundirse una idea distinta.

Se insistió en que España había sido un país atrasado, fanático, intolerante y especialmente cruel. Poco a poco, esa visión dejó de presentarse como una interpretación discutible para convertirse, casi, en una verdad indiscutible.

Mientras otras naciones estudiaban sus errores sin renunciar al orgullo por sus aciertos, España parecía obligada a recordar únicamente sus fracasos.

Los ingleses recuerdan a Shakespeare, a Newton, a Wellington o a Churchill. No viven atormentados por las guerras del opio ni por los campos de concentración de la guerra de los bóeres.

Los franceses siguen admirando a Napoleón, pese a las guerras que asolaron Europa y causaron millones de muertos.

Los Estados Unidos celebran cada cuatro de julio su independencia sin que ello les impida estudiar críticamente la esclavitud o la guerra de Vietnam.

Todos los pueblos maduros saben que la historia de una nación contiene páginas admirables y páginas vergonzosas.

Sólo en España parece haberse impuesto la obligación de leer únicamente las segundas.

El resultado está a la vista.

Muchos jóvenes conocen con detalle episodios oscuros de nuestra historia, pero apenas han oído hablar de la Escuela de Salamanca, de la primera vuelta al mundo, de las Leyes de Indias, de las expediciones científicas, de la inmensa labor evangelizadora, educativa y asistencial desarrollada en América o de la formación de una comunidad lingüística que hoy reúne a centenares de millones de personas. Más de SEISCIENTOS MILLONES de personas tienen la LENGUA ESPAÑOLA como lengua materna.

LA CLAVE ESTÁ EN CONTAR LA HISTORIA DE ESPAÑA ENTERA, PUES UNA HISTORIA MUTILADA DEJA DE SER HISTORIA Y PASA A CONVERTIRSE EN PROPAGANDA.

Y ningún pueblo puede comprenderse a sí mismo cuando sólo conoce una parte de su pasado.

A esta deformación ha contribuido poderosamente la llamada Leyenda Negra Antiespañola.

La propaganda difundida durante siglos por las potencias rivales de España perseguía un objetivo muy concreto: debilitar el prestigio de la Monarquía Hispánica y justificar sus propias ambiciones políticas, militares y comerciales.

Aquella propaganda no desapareció cuando terminaron las guerras.

Cambió de forma, adoptó nuevos argumentos y, con el paso del tiempo, encontró entre los propios españoles a algunos de sus más eficaces propagadores.

Hasta el extremo de que hoy no resulta extraño oír a un español repetir, como si fueran fruto de una investigación rigurosa, viejos tópicos nacidos hace cuatro o cinco siglos en los talleres de propaganda de quienes disputaban a España la hegemonía en Europa y en el mundo.

Quizá ésa sea la mayor victoria de la Leyenda Negra.

Y cuando un pueblo acaba aceptando el juicio de sus adversarios como si fuera el suyo propio, deja de contemplar su pasado con espíritu crítico para hacerlo con resignación y, en ocasiones, con vergüenza.

Ahí comienza el problema.

Porque una nación puede superar derrotas militares, crisis económicas e incluso guerras civiles.

Lo que difícilmente supera es la pérdida de la confianza en sí misma.

Y cuando un pueblo deja de respetar su propia historia, corre el riesgo de dejar también de confiar en su porvenir.

España no nació ayer.

Existe una vieja costumbre que consiste en juzgar el pasado con los ojos del presente. Es un error frecuente y, además, profundamente injusto.

Algunos sostienen que España nació con la Constitución de 1978. Otros afirman que surgió con la de 1812. No faltan quienes sitúan su origen en la unión dinástica de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Incluso hay quien reduce España a una simple organización administrativa cuya existencia depende de la voluntad cambiante de los ciudadanos.

Pero la historia rara vez resulta tan sencilla.

Las naciones no aparecen de un día para otro, como si un decreto pudiera crear una realidad histórica. Se forman lentamente. Son el fruto de siglos de convivencia, de una lengua compartida, de instituciones que evolucionan, de un derecho común, de tradiciones, de victorias, de derrotas y, sobre todo, de una conciencia colectiva que acaba reconociéndose como tal.

España pertenece precisamente a esa clase de naciones.

Su historia no comienza con un rey concreto ni con una constitución determinada. Se remonta a muchos siglos atrás. La propia palabra Hispania era ya utilizada por los romanos para designar el conjunto de la península, y con el paso del tiempo esa realidad geográfica fue adquiriendo también un contenido político y cultural.

Tras la desaparición del Imperio romano llegaron las invasiones germánicas. Entre los distintos pueblos que atravesaron la península, el reino visigodo consiguió, por primera vez después de Roma, establecer una autoridad relativamente unificada sobre la mayor parte del territorio. No fue una España idéntica a la actual, pero sí un paso decisivo en la formación de una comunidad política que ya empezaba a reconocerse como heredera de una misma tradición.

La invasión islámica del año 711 interrumpió ese proceso, pero no lo destruyó.

Durante cerca de ocho siglos coexistieron en la península distintos reinos, alianzas, enfrentamientos y proyectos políticos. Sin embargo, incluso en medio de aquella diversidad, permaneció viva la idea de recuperar la España perdida.

La Reconquista no fue únicamente una sucesión de campañas militares.

Fue también un largo proceso de reconstrucción política, religiosa y cultural. Los distintos reinos cristianos luchaban entre sí en numerosas ocasiones, pero compartían una conciencia de pertenecer a una tradición común que hundía sus raíces en la antigua Hispania.

Cuando Isabel de Castilla y Fernando de Aragón unieron sus coronas, no crearon España de la nada.

Aceleraron un proceso que llevaba siglos desarrollándose.

Y sucedió precisamente cuando otras naciones todavía estaban completando su propia formación.

Conviene recordar este hecho porque hoy parece haberse extendido la idea de que España constituye una realidad discutible, mientras que otras naciones europeas serían poco menos que eternas e incuestionables.

La historia demuestra exactamente lo contrario.

España figura entre las naciones más antiguas del continente. Su continuidad histórica resulta difícilmente discutible. Han cambiado las dinastías, las fronteras, las leyes y las formas de gobierno. Han desaparecido imperios y han surgido repúblicas. Sin embargo, España ha permanecido.

Ésa constituye una de sus mayores fortalezas.

Y, paradójicamente, también una de las razones por las que ha sido objeto de tantos ataques.

Porque no se combate con tanta insistencia lo que carece de importancia?

Se combate aquello que posee una fuerza suficiente para influir en el curso de la historia.

Reducir España a una creación reciente no responde a la realidad histórica. Responde, por el contrario, al deseo de debilitar el sentimiento de continuidad nacional. Si una nación no tiene pasado, tampoco posee raíces. Y un árbol sin raíces termina cayendo víctima del primer vendaval.

Por eso resulta tan importante conocer la historia.

No para vivir instalados en la nostalgia.

Ni para repetir viejas consignas.

Sino para comprender que ninguna generación recibe España como una propiedad exclusiva.

La nación española ha sido heredada por los actuales españoles de quienes los precedieron y tienen el deber de transmitirla, enriquecida y fortalecida, a quienes vendrán después.

Ésa ha sido la tarea de los españoles durante varios milenios.

Y no existe razón alguna para que deje de serlo ahora.

LA LENGUA ESPAÑOLA Y LA HISPANIDAD

Toda nación deja alguna huella en la historia.

Unas destacan por sus conquistas militares. Otras por sus descubrimientos científicos, su literatura o su poder económico.

España, la Monarquía Hispánica creó una comunidad de pueblos unidos por una lengua, un modo de entender el Derecho y una cultura compartida que, cinco siglos después, continúa viva.

Ésa es la Hispanidad.

No se trata de una raza.

Tampoco es una nostalgia imperial.

Es una realidad cultural que hoy integran centenares de millones de personas repartidas a ambos lados del Atlántico.

Pocas veces se tiene presente, se cae en la cuenta de un hecho extraordinario.

Cuando un español viaja desde California hasta la Patagonia puede recorrer miles de kilómetros hablando su lengua materna. Puede leer los periódicos, comprender las leyes fundamentales, conversar con la gente y acceder a una tradición literaria común.

Muy pocas lenguas pueden decir lo mismo.

Y ninguna alcanzó esa extensión en un espacio tan inmenso sin haber dejado, al mismo tiempo, universidades, ciudades, hospitales, catedrales, archivos, caminos, puertos, imprentas y una organización política que todavía hoy forma parte de la identidad de numerosas naciones americanas.

Naturalmente, hubo abusos.

Hubo violencia.

Hubo ambición.

«En todos sitios cuecen habas», dice el refranero español.

Como en toda empresa humana.

Es absurdo, estúpido negarlo… Pero falsear lo bueno, que fue mucho, de la historia de España lleva a silenciar todo lo demás.

La realidad fue mucho más compleja.

España fundó ciudades que siguen existiendo cinco siglos después.

España creó universidades cuando otras potencias apenas habían comenzado su expansión ultramarina.

España abrió un intenso debate moral y jurídico acerca de la legitimidad de la conquista y de los derechos de los pueblos originarios.

Aquella discusión, protagonizada por figuras como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano o Bartolomé de las Casas, carecía de precedentes en la historia.

Ningún imperio había sometido hasta entonces su propia actuación a un examen moral de semejante profundidad.

Precisamente de aquellas reflexiones nació una parte importante del moderno Derecho de Gentes, antecedente del Derecho Internacional, de los Derechos Humanos.

Ésa es una de las mayores aportaciones de España a la civilización occidental.

Sin embargo, apenas ocupa unas líneas en muchos manuales escolares.

Resulta paradójico.

Se habla mucho de los excesos de los conquistadores.

Se habla mucho menos de quienes defendieron la dignidad de los indígenas utilizando argumentos jurídicos y morales que aún hoy conservan plena actualidad.

La Hispanidad tampoco puede reducirse a la conquista.

Su mayor legado fue otro.

Fue el mestizaje.

Mientras otros imperios tendieron a levantar barreras entre vencedores y vencidos, en los territorios españoles surgió una sociedad nueva, fruto del encuentro entre europeos, indígenas y africanos.

Aquel proceso no estuvo exento de conflictos.

Pero dio origen a una comunidad humana extraordinariamente rica y diversa que todavía hoy comparte una lengua, una tradición cultural y una parte esencial de su memoria histórica.

Basta contemplar un mapa.

Desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego, millones de personas leen a Cervantes, a Lope de Vega, a Sor Juana Inés de la Cruz, a Rubén Darío, a Borges, a García Márquez o a Vargas Llosa sin necesidad de traducción.

Pocas herencias culturales poseen una fuerza semejante.

Y, sin embargo, muchos españoles parecen ignorarlo.

Conocen mejor la historia de otros imperios que la de la obra realizada por sus propios antepasados.

No se trata de alimentar orgullos vacíos.

Ni de sustituir una caricatura por otra.

Toda nación debe contemplar su pasado con espíritu crítico.

Pero el espíritu crítico exige conocer los hechos completos, no únicamente aquellos que confirman nuestros prejuicios.

La Hispanidad constituye una de las mayores aportaciones españolas a la historia universal.

No reconocerlo equivale a amputar una parte esencial de nuestra memoria colectiva.

Y un pueblo que renuncia a su memoria termina perdiendo también la conciencia de lo que es.

Cuando un pueblo aprende a desconfiar de sí mismo

Las derrotas militares pueden superarse.

Las crisis económicas acaban pasando.

Incluso las guerras civiles terminan algún día.

Hay, sin embargo, una derrota mucho más profunda y difícil de reparar: la de un pueblo que deja de creer en sí mismo.

Eso es, precisamente, lo que parece haber sucedido en España.

Ninguna nación puede mantenerse unida si generación tras generación se enseña a sus hijos que su historia constituye una larga sucesión de desastres, injusticias y fracasos.

No porque deban ocultarse los errores.

Sino porque nadie puede respetar aquello que sólo conoce a través de sus defectos.

Supongamos que un niño crece escuchando, desde la escuela hasta la universidad, que su abuelo fue un miserable, que su bisabuelo era un fanático, que todos sus antepasados vivieron engañados y que nada digno merece conservarse de ellos.

¿Qué acabará pensando de su propia familia?

Lo más probable es que termine avergonzándose de ella.

La erosión de una nación suele comenzar mucho antes de que aparezcan los grandes conflictos políticos.

Empieza en la escuela.

Continúa en los libros de texto.

Prosigue en la universidad.

Se refuerza en numerosos medios de información, creadores de opinión y manipulación de masas.

Y termina formando parte de la conversación cotidiana.

Así nacen los lugares comunes.

«España siempre llegó tarde.»

«España fue un país especialmente intolerante.»

«Todo lo bueno vino de fuera.»

«Nuestra historia apenas merece ser recordada.»

Frases semejantes se repiten una y otra vez hasta que dejan de discutirse, de cuestionarse…

Se aceptan como si fueran verdades evidentes.

España conoció épocas de esplendor y épocas de decadencia.

Tuvo gobernantes extraordinarios y gobernantes desastrosos.

Exactamente igual que Francia, Inglaterra, Alemania o cualquier otra nación.

Lo excepcional no es que España cometiera errores.

Lo verdaderamente extraño consiste en que parezca obligada a pedir perdón permanentemente por haber existido.

Ésa constituye una anomalía histórica.

Porque ninguna comunidad humana puede construir un futuro sólido si considera que todo su pasado merece ser demolido.

No se edifica una casa comenzando por destruir sus cimientos.

Tampoco se fortalece una nación enseñando a sus ciudadanos a despreciarla.

El patriotismo, entendido como el afecto razonable hacia la tierra heredada de nuestros mayores, no exige cerrar los ojos ante los errores.

Todo lo contrario.

Quien ama de verdad procura corregir los defectos sin destruir aquello que merece conservarse.

Sólo quien siente indiferencia contempla con impasibilidad el deterioro de lo que recibió, de lo heredado.

Quizá ahí radique una de las mayores diferencias entre el patriotismo y el nacionalismo excluyente.

El primero nace del agradecimiento.

El patriotismo une.

El sectarismo divide.

Y una nación sólo puede mantenerse viva mientras existan ciudadanos capaces de sentirse herederos de una misma historia, aunque discrepen sobre muchas otras cuestiones.

Por eso resulta tan preocupante comprobar que, para muchos españoles, el orgullo nacional sólo reaparece cuando once deportistas consiguen una victoria memorable.

Si hace falta un campeonato del mundo para recordar que España existe, el problema no está en el fútbol.

El problema está en la memoria.

Porque los pueblos que olvidan quiénes son terminan aceptando sin resistencia que otros les expliquen quiénes deberían ser.

Y ése es un riesgo que ninguna nación puede permitirse.

España sólo existe cuando la selección de fútbol gana.

Hay una paradoja difícil de ignorar.

Cuando la selección nacional alcanza una gran victoria, millones de españoles salen espontáneamente a la calle. Ondean banderas, cantan el himno y celebran pertenecer a una misma nación. Nadie les obliga. Nadie organiza la emoción. Surge de manera natural.

Sin embargo, apenas unos días después, todo vuelve a la normalidad.

Las banderas desaparecen de los balcones. España deja de ocupar el centro de la conversación. Regresan las viejas disputas, los enfrentamientos y el empeño por destacar lo que nos separa antes que lo que nos une.

Y… eso debería hacernos pensar.

Porque una nación no puede vivir únicamente de las victorias deportivas. Si el orgullo nacional depende del resultado de un partido, se trata de un sentimiento demasiado frágil.

Una patria no se sostiene sobre los goles.

Se sostiene sobre la memoria.

Sobre una lengua compartida.

Sobre el respeto a quienes nos precedieron y la responsabilidad hacia quienes vendrán después.

Pero, por supuesto, en los centros de estudio, desde el parvulario hasta la universidad, debe enseñarse a conocer y apreciar la propia nación sin necesidad de exagerar sus méritos ni de ocultar sus errores.

Y, por descontado, hay que erradicar la idea, estúpida y suicida, de que se necesita estar pidiendo constantemente perdón por existir.

Si los españoles salimos del círculo vicioso en el que estamos inmersos, entonces dejaremos de necesitar un Campeonato Mundial de Fútbol, se gane o no, para recordar algo que debería acompañarnos todos los días del año:

España no empieza cuando rueda un balón, ni termina cuando el árbitro señala el final del partido. España sigue ahí. Siempre ha estado ahí. La verdadera cuestión es si los españoles seguiremos estando a su altura.

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