España, el país en el que nunca pasa nada… hasta que pasa… España, el país donde todas las tragedias eran previsibles… pero, al día siguiente, después de haber sucedido… y amanece, que no es poco.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores apresurados
Cada vez que un gran incendio arrasa nuestros montes o una riada devasta pueblos enteros, se repite el mismo ritual. Comparecen expertos ante los medios de información, creadores de opinión y manipulación de masas, que explican que el peligro era conocido; aparecen informes olvidados en algún cajón, los responsables prometen investigaciones, los partidos se cruzan acusaciones y los medios de información convierten la tragedia en el asunto del momento y un espectáculo más.
Pasadas unas semanas, todo vuelve a caer en el olvido.
Hasta la siguiente catástrofe.
Eso es precisamente lo que ha vuelto a ocurrir tras el incendio de Almería. Los especialistas aseguran que las carencias eran conocidas desde hacía años. Lo mismo sucedió con las inundaciones de Valencia y otras provincias; lo mismo ocurrió en los incendios de Extremadura, de Galicia y de tantos otros lugares de España.
El problema no consiste en la falta de conocimiento, de información. Los informes existen. Los ingenieros, agentes forestales, agricultores, ganaderos y vecinos llevan años advirtiendo del abandono de nuestros montes y de la necesidad de mantener limpios los cauces, conservar los cortafuegos y gestionar adecuadamente el territorio.
Lo que falta es voluntad política para actuar antes de que llegue la desgracia.
Gobernar no consiste únicamente en inaugurar obras, anunciar planes o aprobar leyes. También significa limpiar un monte, mantener un camino forestal, conservar un cauce, escuchar a quienes conocen el terreno y dedicar recursos constantes a la prevención. Son tareas discretas que apenas proporcionan titulares, pero salvan vidas.
Por desgracia, la prevención no da votos. La tragedia, en cambio, llena informativos, justifica comparecencias, moviliza ayudas extraordinarias (que en muchas ocasiones no llegan a los damnificados) y permite a unos y otros buscar culpables cuando ya nada puede remediarse.
Tampoco los ciudadanos estamos libres de responsabilidad. Nuestra memoria colectiva resulta demasiado frágil. Nos indignamos durante unos días, exigimos explicaciones y juramos que esta vez será diferente. Sin embargo, pronto otra noticia, otra polémica o cualquier acontecimiento deportivo desplazan la tragedia al olvido.
Y el ciclo vuelve a comenzar.
No faltan técnicos competentes ni diagnósticos acertados. Falta convertir ese conocimiento en una política permanente de conservación y mantenimiento. Falta exigir responsabilidades a quienes, pudiendo actuar, no lo hicieron. Falta comprender que prevenir siempre resulta más eficaz, más humano y también mucho más barato que reconstruir.
Los incendios, las riadas o las sequías forman parte de la naturaleza. La desidia administrativa, el abandono del territorio y la costumbre de actuar únicamente cuando ya es demasiado tarde son, en cambio, obra exclusiva del ser humano.
Mientras no cambiemos esa forma de gobernar y de entender lo público, seguiremos escuchando la misma frase después de cada tragedia:
«Los expertos ya lo habían advertido.»
Y España continuará siendo el país donde casi todo era previsible… pero, siempre al día siguiente.
Si quieres saber más, profundizar, sigue leyendo.

Hay una frase que, por desgracia, forma ya parte del paisaje nacional. Se pronuncia siempre con gesto grave, delante de un micrófono, cuando el fuego aún humea, el barro todavía cubre las calles o las familias siguen llorando a sus muertos.
—«Los expertos ya habían advertido del peligro.»
Y, efectivamente, siempre aparecen.
Aparecieron tras la riada que arrasó Valencia y otras provincias para recordar que determinados cauces necesitaban limpieza, que existían mapas de riesgo, que había informes técnicos y que muchas actuaciones permanecían pendientes desde hacía años.

Y tras los de Galicia.
Y tras tantos otros desastres que resulta imposible enumerarlos sin sentir una profunda vergüenza.
Lo verdaderamente extraordinario no es que existieran advertencias.
Lo verdaderamente extraordinario es que casi nunca se haga nada mientras aún queda tiempo para evitar la tragedia.
Porque la naturaleza avisa.
Los técnicos avisan.
Los ingenieros avisan.
Los agricultores avisan.
Los ganaderos avisan.
Los alcaldes avisan.
Todo el mundo parece saber que el desastre se aproxima.
Todos, salvo quienes tienen la obligación de actuar.
El gran teatro de la catástrofe
El guion nunca cambia.
Los dirigentes comparecen con semblante compungido.
Se prometen ayudas extraordinarias.
Se anuncian investigaciones.
Hasta luego.
Gobierno y oposición convierten el dolor ajeno en munición política.
Los periodistas buscan culpables.
Los tertulianos descubren, de repente, que existían informes técnicos que nadie había querido escuchar.
Y, mientras las cámaras permanecen encendidas, parece que todo el país trabaja con una eficacia admirable.
Después llegan otras noticias.
Otro escándalo.
Otra polémica.
Otra campaña electoral.
Otro campeonato de fútbol.
Y el incendio desaparece de las portadas.
Las víctimas dejan de existir para la actualidad.
Los compromisos se olvidan.
Las promesas se archivan.
Los informes regresan al cajón del que nunca debieron salir.
… Y el mundo, España, dando vueltas, dando vueltas, tan deprisa…
Y, entonces el espectáculo vuelve a comenzar exactamente por el mismo sitio.
El mantenimiento no da votos.

Éste es, probablemente, el mayor problema de la política española.
Mantener no produce fotografías.
Limpiar un monte no proporciona titulares.
Sin embargo, precisamente esas tareas silenciosas son las que distinguen a una administración responsable de otra que únicamente vive pendiente de la propaganda.
Ni en multiplicar reglamentos.
Ni en anunciar planes grandilocuentes.
Gobernar consiste, sobre todo, en cuidar lo que ya existe.
En mantener.
En prevenir.
Porque la prevención no sale en televisión.
La catástrofe, sí.
No hace tanto tiempo que los bosques, los arroyos, los ríos, los barrancos, las torrenteras,…
Eran lugares de trabajo.
Había mantenimiento y limpieza.
Había carboneros.
Había resineros.
Había corcheros.
Había vecinos que aprovechaban la leña, limpiaban senderos, mantenían abiertas las cañadas y retiraban una parte importante de la vegetación que hoy se acumula durante años.
Aquella actividad económica, además de proporcionar sustento a miles de familias, desempeñaba una función que hoy muchos parecen haber olvidado: mantener vivo el monte.

Después llegó el abandono del mundo rural.
Los pueblos comenzaron a vaciarse…
Cuando el monte se quema, algunos hablan de fatalidad. No.
La fatalidad consiste en creer que un monte puede permanecer abandonado durante décadas sin que llegue el día en que el fuego reclame su tributo.
También los ríos tienen memoria.
Con los cauces sucede algo parecido. Los ríos poseen memoria.
Cuando se abandonan las labores de conservación, cuando barrancos y arroyos permanecen años sin mantenimiento, cuando la vegetación invade los cauces y nadie retira los obstáculos que dificultan el paso del agua, basta una lluvia extraordinaria para transformar una avenida en una catástrofe.
Entonces se dice que llovió como nunca. Quizá, a veces, sea cierto.
Pero también conviene preguntarse si todo lo demás estaba como debía estar.
Ésa es la pregunta que casi nunca recibe respuesta.
La política del Don Tancredo

Don Tancredo permanece inmóvil.
Espera.
Confía en que el toro pase de largo.
Ésa parece ser, con demasiada frecuencia, la estrategia de nuestras administraciones.
Mientras no ocurra nada, nada se hace.
Cuando finalmente ocurre, todo son prisas.
Se anuncian inversiones.
Se prometen reformas.
Se jura que se aprenderá de los errores.
Y, cuando desaparecen las cámaras, desaparece también el entusiasmo reformador.
Hasta la próxima tragedia.
La Sección Española de la Internacional de HIJOSDELAGRANPUTA

Hace algún tiempo bauticé con evidente intención satírica a una organización imaginaria: la Sección Española de la Internacional de Hijosdelagranputa.
Sus afiliados aparecen en todas partes, se han apropiado de las instituciones, están presentes en los tres poderes del Estado (Legislativo, Judicial, Ejecutivo) y en los medios de información, creadores de opinión y manipulación de masas.
Su principal norma consiste en no asumir jamás responsabilidad alguna.
Según su peculiar doctrina, nadie pudo prever nada.
Nadie sabía nada.
Nadie era competente.
Nadie recibió informes.
Nadie tenía obligación de actuar.
Las llamas son culpables del incendio (¡AH, Y EL CAMBIO CLIMÁTICO!).
La lluvia es culpable de la riada (TAMBIÉN EL CAMBIO CLIMÁTICO).
El viento es culpable de todo lo demás… Y el cambio climático.
Las administraciones, al parecer, sólo existen para recaudar impuestos, redactar comunicados y organizar solemnes comparecencias cuando ya no queda nada que evitar.
Un país con memoria de pez

Lo más preocupante no es únicamente la conducta de quienes gobiernan.
También resulta inquietante la facilidad con la que los ciudadanos aceptamos este ciclo interminable.
Nos indignamos.
Exigimos explicaciones.
Juramos que esta vez no olvidaremos.
La memoria colectiva parece durar menos que una campaña publicitaria.
Mientras tanto, los montes continúan esperando una gestión digna de ese nombre.
Los cauces siguen reclamando mantenimiento.
Los informes permanecen acumulando polvo.
Y los técnicos continúan escribiendo advertencias que volverán a ser citadas… después de la siguiente desgracia.
Epílogo
«¡Soy español, español, españoooool!»
Nada hay de reprochable en celebrar una victoria.
Lo verdaderamente triste consiste en comprobar que, con demasiada frecuencia, cuidamos mejor nuestros himnos que nuestros bosques; defendemos con más pasión unos colores durante noventa minutos que el patrimonio natural que debemos legar a nuestros hijos; y dedicamos más tiempo a discutir sobre el último escándalo político que a exigir algo tan sencillo como el mantenimiento ordinario de aquello que protege nuestras vidas.
Mañana amanecerá.
Que no es poco.
Pero, si seguimos confundiendo el gobierno con la propaganda, la prevención con el papeleo y la responsabilidad con la búsqueda de un culpable cuando todo ha terminado, volveremos a escuchar la frase de siempre:
— «Los expertos ya lo habían advertido.»
Y volveremos a preguntarnos cómo ha podido ocurrir.
La respuesta será la misma de siempre.
No ha faltado conocimiento.
No ha faltado experiencia.
No han faltado advertencias.
Lo que ha faltado, una vez más, ha sido voluntad para actuar antes de que el fuego prendiera, antes de que el río se desbordara y antes de que las sirenas anunciaran otra tragedia que, según nos dirán después, nadie podía haber previsto.
La impunidad como costumbre

Después de cada catástrofe se habla de fallos, errores, descoordinación o falta de medios. Son palabras cómodas, porque diluyen la responsabilidad hasta hacerla desaparecer. Un error parece obra del azar; una omisión prolongada durante años ya no lo es.
Cuando existían advertencias, informes y peticiones concretas, no basta con afirmar que la magnitud del desastre resultó imprevisible. Puede ser imprevisible la hora exacta del incendio o la cantidad de lluvia que caerá en pocas horas; no lo es el peligro de un monte abandonado ni el de un cauce desatendido.
La responsabilidad política no consiste únicamente en presentarse ante las cámaras después de la desgracia. Consiste en haber actuado antes. Quien ocupa un cargo público no cobra para lamentar lo ocurrido, sino para evitar, en cuanto sea posible, que ocurra.
Sin embargo, en España casi nunca dimite nadie, casi nadie responde y rara vez se conoce con claridad qué advertencias se recibieron, quién las recibió y por qué no se actuó. Las investigaciones se alargan, las competencias se reparten entre varias administraciones y, al final, la culpa acaba disuelta entre el viento, la lluvia, el calor y el cambio climático.
La naturaleza puede desencadenar una catástrofe. La negligencia decide muchas veces su alcance.
Mientras no se exijan responsabilidades personales, mientras los informes continúen sirviendo para cubrir expedientes y mientras la falta de prevención no tenga consecuencias, el ciclo seguirá repitiéndose.
Habrá otro incendio.
Habrá otra riada.
Volverán las promesas.
Volverá el olvido.
Y la sección española de la Internacional de Hijosdelagranputa podrá continuar afirmando, con absoluta tranquilidad, que nadie sabía nada y que nada podía haberse previsto.
No faltan expertos; falta vergüenza.

En España no escasean los ingenieros de montes, los hidrólogos, los geólogos, los agentes forestales, los agricultores o los ganaderos que conocen el terreno como la palma de su mano. Tampoco faltan estudios, mapas de riesgo, planes de emergencia ni memorias técnicas. Lo que escasea es la voluntad de convertir ese conocimiento en actuaciones permanentes.
Un país serio no espera a que arda un bosque para acordarse de limpiarlo. No espera a que un río arrase un pueblo para recordar que los cauces necesitan mantenimiento. No espera a que las llamas devoren miles de hectáreas para descubrir que el monte llevaba años abandonado.
La prevención resulta poco lucida. No llena portadas. No proporciona fotografías espectaculares. Nadie organiza grandes inauguraciones para celebrar que un cortafuegos ha quedado limpio o que un barranco vuelve a estar despejado. Precisamente por eso constituye una de las pruebas más fiables de la buena administración: hacer hoy aquello que quizá evite una tragedia dentro de diez años.
Tal vez haya llegado el momento de recuperar una vieja virtud, hoy casi olvidada: la vergüenza. Vergüenza por incumplir el deber. Vergüenza por mirar hacia otro lado. Vergüenza por convertir cada tragedia en un arma arrojadiza mientras las causas profundas permanecen intactas.
Porque un país no se mide únicamente por la riqueza que produce ni por los campeonatos que celebra. También se mide por el cuidado que presta a su patrimonio natural, por el respeto que demuestra hacia la vida de sus ciudadanos y por la seriedad con que administra aquello que pertenece a todos.
Cuando un bosque arde, cuando una riada arrasa una comarca o cuando una catástrofe anunciada vuelve a repetirse, no basta con guardar un minuto de silencio.
Hay que hacerse una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué se hizo —o qué se dejó de hacer— cuando todavía era posible evitarlo?
Ésa es la única pregunta que distingue a una sociedad madura de otra condenada a repetir, una y otra vez, los mismos errores.
Epílogo. El país que nunca aprende

Hay un viejo refrán que dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.
Quizá el refrán necesite una pequeña corrección.
En España no tropezamos dos veces.
Tropezamos una y otra vez con la misma piedra y, después de cada golpe, nombramos una comisión para averiguar por qué estaba allí.
El incendio de Almería pasará.
Como pasaron los de Galicia.
Como pasaron los de Extremadura.
Como pasó la riada que devastó Valencia y otras provincias.
Dentro de unas semanas dejarán de abrir los informativos.
Dentro de unos meses apenas nadie hablará de ellos.
Los supervivientes reconstruirán, como puedan, sus vidas.
Los políticos continuarán inaugurando obras, anunciando planes y pronunciando discursos.
Los técnicos seguirán redactando informes que muy pocos leerán.
Los montes continuarán esperando una gestión responsable.
Los cauces seguirán reclamando limpieza y mantenimiento.
Y los ciudadanos volveremos a creer que la próxima catástrofe siempre les ocurrirá a otros.
Hasta que vuelva a ocurrir aquí.
Entonces escucharemos, por enésima vez, el mismo estribillo:
— «Nadie podía imaginar una tragedia de esta magnitud.»
No es verdad.
Lo que nadie parece capaz de imaginar es un país donde las advertencias se conviertan en hechos, donde el mantenimiento pese más que la propaganda, donde la prevención importe más que la fotografía y donde los responsables respondan de sus actos y de sus omisiones.
Porque los incendios forman parte de la naturaleza.
Las lluvias torrenciales también.
La negligencia, el abandono y el olvido, en cambio, pertenecen exclusivamente a los hombres.
Y eso, a diferencia del viento o de la lluvia, sí tiene remedio.
Siempre que exista la voluntad de ponerlo en práctica.
Mientras tanto…
Mañana amanecerá.
Que no es poco.