¡Atención, peligro de epidemia de «españolitis aguda»…

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Romance sin rima para tiempos de susceptibilidad patriótica

Bando urgente para ciudadanos de extrema sensibilidad patriótica

Verso libre para una noche de fútbol y sobresaltos nacionales

Se pone en conocimiento del público
que durante las próximas horas
podrían registrarse
manifestaciones espontáneas
de alegría colectiva.

No se alarmen.

No es una revolución.

No es una invasión.

Ni siquiera una huelga.

Es la selección española de fútbol.

No obstante,
las personas de sensibilidad exquisita
deben extremar las precauciones.

Si al escuchar a Manolo Escobar
entonar su «¡Viva España!»
nota usted
opresión en el pecho,
sequedad de garganta,
sudor frío
o deseos irrefrenables
de escribir un manifiesto
contra la bandera nacional,
no lo dude.

Refúgiese inmediatamente en su domicilio.

Cierre con llave.

Baje las persianas.

Desconecte el timbre.

Aíslese del exterior
durante veinticuatro horas.

No mire por la ventana.

No consulte las redes sociales.

Y, sobre todo,
evite cualquier contacto
con individuos vestidos
de rojo y amarillo.

La exposición prolongada
podría provocar
un ataque agudo
de españolitis.

Los especialistas aseguran
que el fenómeno
se reproduce
cada cuatro años.

Millones de ciudadanos,
habitualmente discretos,
abandonan sus casas
con una camiseta idéntica,
una bandera idéntica
y una alegría
que algunos consideran
profundamente sospechosa.

No organizan barricadas.

No levantan adoquines.

No incendian mobiliario urbano.

No rompen escaparates.

Se limitan
a cantar.

He ahí
el verdadero motivo
de la alarma.

Primero se escucha
un murmullo.

Después,
un clamor.

Y, finalmente,
un rugido
que recorre calles y plazas:

¡Oé, oé, oé, oéeeee…!

¡Yo soy español, español, españooooolllll…!

Acto seguido,
miles de gargantas
repiten al mismo tiempo
unas palabras
que determinados espíritus delicados
consideran poco menos
que un fenómeno paranormal:

¡¡VIVA ESPAÑA!!

Los mismos ciudadanos
que durante cuatro años
han permanecido
trabajando,
pagando impuestos,
criando a sus hijos
y soportando resignadamente
las noticias del día,
aparecen de pronto
envueltos en una bandera
sin pedir permiso
ni disculpas.

Inaudito.

Escandaloso.

Casi ofensivo.

Hay quienes sostienen
que contemplar
una bandera española
produce una grave alteración
del equilibrio emocional.

Curiosamente,
las banderas
de cualquier otro país
jamás provocan
tan dramáticos efectos.

Misterios
que la ciencia
todavía no ha conseguido explicar.

No teman.

La crisis remitirá pronto.

Mañana,
los mismos millones
de presuntos
«fachas fascistoides»,
según cierta clasificación
tan pomposa como ridícula,
volverán silenciosamente
a sus ocupaciones.

Guardarán la camiseta.

Doblarán la bandera.

Y regresarán
a la normalidad.

Otros cuatro años.

No sea
que alguien
se sienta incómodo
al comprobar
que España
también tiene
quienes la quieren.

Así pues,

Manolo,

cante sin bajar la voz.

Y vosotros,

los millones
que llenáis hoy
las calles,
las plazas
y los estadios,

no escondáis
la alegría.

Hay tristezas
que no merecen
tanto respeto
como pretenden.

Y a quienes
consideran insoportable
que un pueblo
celebre unido
sin preguntar
qué vota el vecino,
qué lengua habla
o de dónde procede,

sólo cabe desearles
una pronta recuperación.

Porque no existe
medicina alguna
contra la amargura voluntaria.

Y ahora,

con toda naturalidad,

como lo harían
nuestros padres
y nuestros abuelos,

sin complejos
y sin pedir perdón:

¡¡VIVA ESPAÑA!!

¡¡Y VIVA LA SELECCIÓN ESPAÑOLA!!

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