La Odisea, Homero y la batalla por la memoria de Occidente
¿Adaptación artística o reescritura ideológica de nuestra herencia cultural?
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores apresurados
La Odisea, Homero y la batalla por la memoria de Occidente
¿Adaptación artística o reescritura ideológica de nuestra herencia cultural?
La polémica surgida en torno a la nueva adaptación cinematográfica de La Odisea trasciende con mucho el ámbito del cine. No estamos únicamente ante una discusión sobre una película, un director o un reparto. Lo que realmente está en juego es una cuestión mucho más profunda: la relación de Occidente con su propia memoria histórica y cultural.
Desde hace siglos, cada generación ha reinterpretado los grandes clásicos. Es natural. Homero, Sófocles, Virgilio, Dante, Cervantes o Shakespeare han sido leídos de manera distinta según las épocas. Esa capacidad de suscitar nuevas interpretaciones explica precisamente por qué siguen vivos.
Pero existe una diferencia esencial entre interpretar una obra y reescribirla para ponerla al servicio de una ideología contemporánea.
Cuando una adaptación altera deliberadamente el carácter de los personajes, modifica el sentido moral del relato o convierte un poema épico en un vehículo de propaganda política, deja de dialogar con el autor original y comienza a sustituirlo.
Ese es el núcleo del debate.
No se discute la libertad artística.
Se discute el uso de los clásicos como instrumentos de adoctrinamiento.
Los clásicos pertenecen a toda la humanidad
La Odisea no es únicamente una obra griega.
Forma parte del patrimonio cultural de toda la humanidad.
Durante casi tres mil años ha inspirado a escritores, filósofos, artistas y pensadores de todas las épocas.
Sin Homero difícilmente podrían entenderse Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare o James Joyce.
Las grandes obras sobreviven porque hablan de cuestiones eternas:
el hogar,
la familia,
la fidelidad,
la guerra,
la prudencia,
la justicia,
la libertad,
la esperanza,
el sacrificio,
el regreso.
Precisamente por eso siguen emocionando.
No necesitan ser corregidas para continuar siendo actuales.
La memoria de una civilización también puede manipularse
Las sociedades no pierden su identidad únicamente cuando sufren invasiones o derrotas militares.
También pueden perderla cuando empiezan a avergonzarse de su propia historia.
La manipulación del pasado no siempre consiste en destruir monumentos o quemar libros.
Con frecuencia resulta mucho más eficaz modificar el significado de los personajes históricos y de las grandes obras literarias.
Los héroes dejan de ser admirables.
Se convierten en culpables.
Las hazañas pasan a interpretarse únicamente como abusos.
Las conquistas intelectuales quedan reducidas a simples instrumentos de dominación.
La historia deja entonces de estudiarse para comenzar a juzgarse exclusivamente desde los valores del presente.
Y cuando eso ocurre, la memoria colectiva empieza a deteriorarse.
Ni leyenda dorada ni leyenda negra

Defender el legado cultural de Occidente no significa negar sus errores.
Toda civilización posee luces y sombras.
Grecia conoció la democracia, pero también la esclavitud.
Roma legó el Derecho, pero practicó la conquista.
Europa alumbró universidades, hospitales y la ciencia moderna, pero también padeció guerras religiosas, persecuciones e injusticias.
La historia exige equilibrio.
Ni idealización.
Ni demolición.
El pasado debe comprenderse antes de juzgarse.
Sólo así puede aprenderse de él.
¿Existe realmente una civilización occidental?
Algunos sostienen que la cultura occidental no existe.
Que Europa no hizo más que apropiarse de conocimientos ajenos.
Es una afirmación simplista.
Naturalmente que Occidente recibió influencias de Egipto, Mesopotamia, Fenicia, Persia y del mundo islámico.
Como todas las civilizaciones.
Pero también desarrolló rasgos propios que terminaron configurando una identidad perfectamente reconocible:
la filosofía griega,
el Derecho romano,
el cristianismo,
la universidad,
la escolástica,
el Renacimiento,
la Revolución científica,
el constitucionalismo,
la propiedad privada,
la libertad individual,
la responsabilidad personal.
Reconocer esas aportaciones no supone despreciar otras culturas.
Supone simplemente aceptar un hecho histórico.
Hollywood y la nueva pedagogía ideológica
El cine siempre ha transmitido valores.
No existe obra completamente neutral.
Sin embargo, muchas producciones recientes parecen haber invertido el orden natural de las cosas.
Antes se escribía una buena historia.
Después aparecía el mensaje.
Hoy, con demasiada frecuencia, ocurre exactamente lo contrario.
Primero se decide qué doctrina se desea difundir.
Después se construye una historia destinada a justificarla.
Los personajes dejan de actuar conforme a su personalidad.
Se convierten en portavoces de una tesis política.
El espectador deja de asistir a una aventura.
Asiste a un sermón.
Y probablemente esa sea una de las razones por las que numerosas superproducciones recientes han encontrado una acogida mucho más fría de la esperada.
El doble rasero cultural

Existe además una pregunta incómoda.
¿Por qué determinadas tradiciones culturales parecen poder modificarse sin límite mientras otras permanecen prácticamente intocables?
Resulta difícil imaginar una gran producción occidental que sustituyera libremente los protagonistas del Mahabharata, del Ramayana, del Popol Vuh o de las grandes epopeyas africanas para adaptarlas a una determinada agenda política europea.
Las protestas serían inmediatas.
Sin embargo, cuando las modificaciones afectan a Homero, Shakespeare, Cervantes o cualquier otro clásico occidental, con frecuencia se presentan como un ejercicio de progreso.
Ese diferente criterio constituye uno de los principales motivos de controversia.
Una civilización necesita héroes

Toda sociedad necesita ejemplos.
No porque sus héroes fueran perfectos.
Ningún ser humano lo ha sido jamás.
Sino porque las generaciones futuras necesitan modelos de inteligencia, valor, sacrificio, perseverancia o creatividad.
Una civilización que sólo enseña a desconfiar de sus propios referentes termina perdiendo confianza en sí misma.
Sin admiración no existe continuidad.
Sin continuidad desaparece la memoria.
Y sin memoria resulta imposible mantener una identidad colectiva.
La lección de Homero y la de Kavafis

La Odisea termina con el regreso de Odiseo a Ítaca.
Muchos siglos después, el poeta griego Constantino Kavafis ofreció una nueva lectura de ese viaje en uno de los poemas más bellos de la literatura universal.
Su enseñanza resulta extraordinariamente actual.
Ítaca representa la meta.
Pero el verdadero tesoro no consiste en alcanzarla.
Consiste en todo cuanto aprendemos durante el camino.
Las experiencias.
Los errores.
Las dificultades.
Los descubrimientos.
La sabiduría adquirida.
Del mismo modo, una civilización no se mantiene únicamente por conservar sus monumentos o sus libros.
Se mantiene porque cada generación estudia ese legado, lo comprende, lo enriquece y lo transmite a la siguiente.
No para repetir servilmente el pasado.
Tampoco para destruirlo.
Sino para dialogar con él.
Conclusión

La discusión en torno a La Odisea no trata únicamente de una película.
Tampoco de Homero.
Ni siquiera de Grecia.
Habla de una cuestión mucho más profunda.
¿Puede una civilización conservar su identidad cuando deja de respetar sus propios fundamentos culturales?
Los clásicos no necesitan ser convertidos en reliquias.
Tampoco en panfletos ideológicos.
Necesitan algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil:
ser leídos con inteligencia,
comprendidos con honestidad,
criticados con rigor
y transmitidos con fidelidad a quienes vendrán después.
Porque una sociedad que rompe voluntariamente el hilo de su memoria acaba perdiendo también el sentido de su propio viaje.
Y quizá esa sea la mayor enseñanza de Homero y de Kavafis:
Cada generación recibe su propia Ítaca, pero sólo merece llegar a ella quien ha sabido aprender durante el camino.
SI QUIERES SABER MÁS, PROFUNDIZAR, SIGUE LEYENDO.

La Odisea, Homero y la batalla por la memoria de Occidente
Hace casi tres mil años, un poeta griego llamado Homero compuso dos obras que cambiaron para siempre la historia de la literatura: la Ilíada y la Odisea.
Desde entonces, millones de personas las han leído, estudiado y admirado. Han inspirado a poetas, novelistas, filósofos, pintores, escultores, dramaturgos, compositores y cineastas. Sin Homero difícilmente podrían entenderse Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe o James Joyce.
No se trata únicamente de dos relatos antiguos.
Son uno de los cimientos sobre los que se ha levantado la civilización occidental.
Precisamente por eso, cada nueva adaptación despierta interés. Es lógico. Cada generación vuelve a leer los clásicos con ojos distintos.
Lo que ya no resulta tan evidente es que esas adaptaciones pretendan modificar deliberadamente el sentido de la obra para ponerla al servicio de una causa política.
Y eso es precisamente lo que numerosos críticos reprochan a la nueva versión cinematográfica de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan, cuya inspiración procede en buena medida de la traducción realizada por la profesora Emily Wilson.
La discusión, sin embargo, va mucho más allá de una película.
En realidad, la cuestión es mucho más profunda.
¿Quién tiene derecho a reinterpretar el pasado?
¿Dónde termina la libertad artística y dónde comienza la propaganda?
¿Por qué determinadas tradiciones culturales pueden modificarse sin límite mientras otras parecen gozar de una protección casi sagrada?
Estas preguntas llevan años sobrevolando el cine, la televisión, las universidades, los museos e incluso los libros de texto.
La Odisea es simplemente el último campo de batalla.
Los clásicos sobreviven porque hablan de lo permanente.

Toda gran obra admite distintas interpretaciones.
Cada época descubre aspectos nuevos.
Eso ocurre con Sófocles, con Shakespeare, con Cervantes o con Calderón.
Nadie espera que una representación moderna reproduzca exactamente el vestuario, la escenografía o el lenguaje originales.
La adaptación forma parte de la vida de los clásicos.
Pero adaptar no significa destruir.
Ni convertir una obra en aquello que nunca fue.
Si un director traslada Hamlet al siglo XXI, sigue siendo Hamlet.
Si sitúa Don Quijote en una gran ciudad moderna, continúa siendo Don Quijote mientras conserve el espíritu del personaje.
El problema aparece cuando el creador deja de dialogar con el autor original y comienza a utilizarlo como simple vehículo para transmitir un mensaje político contemporáneo.
En ese momento, la adaptación deja de ser un homenaje.
Empieza a convertirse en una reescritura.
Y eso es exactamente lo que muchos espectadores creen estar viendo una y otra vez en numerosas producciones recientes.
La larga guerra contra los héroes de Occidente.

Existe un viejo principio en la historia de las civilizaciones.
Antes de derribar sus murallas, conviene derribar sus símbolos.
Antes de destruir sus instituciones, resulta mucho más eficaz desacreditar a quienes las levantaron.
Y antes de cambiar una cultura, hay que convencerla de que su pasado fue vergonzoso.
No es una idea nueva.
Ya en la Antigua Roma se practicaba la damnatio memoriae: borrar nombres, destruir estatuas y eliminar el recuerdo de determinados personajes para que las generaciones futuras terminaran creyendo que jamás habían existido.
Hoy el procedimiento es más refinado.
Ya no se destruyen las esculturas con martillos.
Se reescriben los personajes.
Se reinterpretan las obras.
Se presentan los hechos bajo una luz completamente distinta.
El héroe deja de ser admirable.
Ahora debe aparecer atormentado, culpable, inseguro, avergonzado de sí mismo y de todo cuanto representa.
No es casualidad.
Es un patrón que se repite una y otra vez.
Odiseo ya no es únicamente el hombre ingenioso que supera peligros gracias a su inteligencia, su prudencia y su perseverancia.
Pasa a convertirse en alguien roto por la culpa, incapaz de aceptar su propia historia y necesitado de una especie de redención moral acorde con las preocupaciones ideológicas del siglo XXI.
No es el único caso.
En los últimos años hemos visto cómo numerosos personajes clásicos han sido sometidos al mismo tratamiento.
El héroe tradicional resulta sospechoso.
La valentía se confunde con agresividad.
La autoridad con autoritarismo.
La fortaleza con toxicidad.
El patriotismo con intolerancia.
La masculinidad con violencia.
Y el éxito con privilegio.
No importa que esos conceptos significaran otra cosa en la época en que fueron creados.
Se juzga el pasado con criterios actuales, como si los hombres de hace dos mil o tres mil años hubieran debido pensar exactamente igual que nosotros.
Es un error histórico.
Y también una forma de manipulación.
No se trata de conservar los clásicos en formol.

Conviene aclarar algo.
Defender la fidelidad a una obra no significa convertirla en una pieza de museo.
Las grandes creaciones sobreviven precisamente porque cada generación vuelve a leerlas.
Eso es saludable.
Cada época descubre aspectos que las anteriores habían pasado por alto.
Los clásicos son inagotables.
Pero una cosa es interpretarlos.
Y otra muy distinta utilizarlos como simple soporte para difundir una doctrina política contemporánea.
Si alguien desea escribir una historia sobre el multiculturalismo, el feminismo, el pacifismo o cualquier otra corriente de pensamiento, tiene pleno derecho a hacerlo.
Lo que resulta discutible es presentar esa obra como si fuera La Odisea de Homero.
Porque entonces ya no estamos contemplando al autor griego.
Estamos contemplando al adaptador.
Y el espectador tiene derecho a saberlo.
Las adaptaciones siempre implican cambios.
Lo que cambia es la intención.
Cuando el propósito principal deja de ser contar la historia que escribió Homero y pasa a ser corregir a Homero, el centro de gravedad de la obra ha desaparecido.
Ya no se adapta el clásico.
Se pretende sustituirlo.
¿Por qué siempre los mismos clásicos?

Existe además una pregunta incómoda.
Si todas las culturas merecen el mismo respeto, ¿por qué determinadas tradiciones parecen poder modificarse sin límite mientras otras permanecen prácticamente intocables?
Resulta difícil imaginar una gran producción occidental que decidiera reescribir el Mahabharata, el Ramayana, el Popol Vuh, la Epopeya de Sundiata o los grandes relatos de la tradición china sustituyendo personajes, alterando su significado profundo y adaptándolos a una agenda política europea o norteamericana.
Las protestas serían inmediatas.
Se hablaría de apropiación cultural.
De falta de respeto.
De colonialismo cultural.
Sin embargo, cuando el objeto de esas transformaciones pertenece al legado grecolatino o, en general, a la tradición occidental, el criterio parece cambiar.
Las modificaciones no sólo se consideran legítimas.
Con frecuencia se presentan como un deber moral.
Ese doble rasero constituye una de las críticas más repetidas por quienes consideran que determinadas adaptaciones ya no obedecen a razones artísticas, sino ideológicas.
Y esa percepción, compartida o no, explica buena parte del debate que hoy rodea a La Odisea.
¿Existe realmente una cultura occidental?

Uno de los argumentos más repetidos en los últimos años sostiene que la cultura occidental no existe.
Según esta tesis, Europa nunca habría tenido una identidad propia. Todo sería una suma de influencias ajenas: Egipto, Mesopotamia, Fenicia, Persia, el mundo islámico…
Como toda simplificación, contiene una parte de verdad y otra de propaganda.
Naturalmente que ninguna civilización nace de la nada.
Todas aprenden de quienes las precedieron.
Roma aprendió de Grecia.
Grecia aprendió de Egipto y de Fenicia.
Los europeos incorporaron conocimientos llegados del mundo islámico, que, a su vez, había conservado y traducido buena parte del saber griego.
Así ha funcionado siempre la historia.
Las culturas no viven aisladas.
Intercambian conocimientos, inventos, técnicas e ideas.
Pero reconocer esas influencias no obliga a negar la existencia de una civilización occidental.
Sería tan absurdo como afirmar que la lengua española no existe porque contiene miles de palabras procedentes del latín, del griego, del árabe o de las lenguas indígenas americanas.
Las influencias explican el origen.
No anulan la personalidad.
Occidente acabó desarrollando unos rasgos propios perfectamente identificables.
La filosofía griega.
El Derecho romano.
La tradición bíblica.
El cristianismo.
La universidad medieval.
La escolástica.
El Renacimiento.
La Revolución científica.
La Ilustración.
La separación entre el poder político y el religioso.
La propiedad privada.
La economía de mercado.
La responsabilidad individual.
El constitucionalismo.
Todo ello forma un conjunto reconocible.
Con luces.
Y también con sombras.
Negarlo no hace la historia más rigurosa.
Simplemente la empobrece.
Homero no pertenece sólo a Grecia

Cuando hablamos de Homero solemos imaginar únicamente a la Antigua Grecia.
Pero su influencia desborda con mucho aquel pequeño rincón del Mediterráneo.
La Odisea ha acompañado a Europa durante casi tres mil años.
Los romanos la estudiaban.
Los monjes medievales copiaban manuscritos inspirados en ella.
Dante recoge su huella.
Cervantes la conocía.
James Joyce convirtió el viaje de Odiseo en el de un ciudadano cualquiera por las calles de Dublín.
No estamos ante un libro cualquiera.
Estamos ante uno de los pilares de la imaginación occidental.
Por eso sorprende que algunos pretendan reducirla a un simple producto de una época oscura, machista, colonial o patriarcal.
Eso sería tan simplista como afirmar que Don Quijote sólo sirve para estudiar la locura o que la Divina Comedia únicamente refleja el fanatismo religioso medieval.
Los clásicos sobreviven precisamente porque contienen mucho más de lo que imaginaron sus propios autores.
Hablan de asuntos permanentes.
El hogar.
La familia.
La fidelidad.
La guerra.
La tentación.
El poder.
La inteligencia.
La venganza.
La esperanza.
La perseverancia.
El miedo.
El regreso.
Por eso siguen vivos.
No porque sean antiguos.
Sino porque siguen hablando de nosotros.
La tentación de juzgar el pasado con los ojos del presente

Existe otra costumbre muy extendida.
Consiste en convertir la historia en un tribunal permanente.
Los personajes históricos comparecen ante jueces nacidos dos o tres mil años después.
Y casi siempre son condenados.
No porque hicieran algo excepcionalmente cruel para su tiempo.
Sino porque no compartían los valores actuales.
Naturalmente que Homero no era un demócrata liberal.
Tampoco Sócrates.
Ni Julio César.
Ni Carlomagno.
Ni Isabel la Católica.
Ni Cervantes.
Sería absurdo exigirles que defendieran ideas que aún no existían.
La misión del historiador consiste en comprender una época.
No en dictar sentencia desde el presente.
Eso no significa justificar cualquier conducta.
Significa comprender antes de juzgar.
Cuando ese principio desaparece, la historia deja de ser historia.
Se convierte en propaganda.
Y la propaganda tiene una característica muy conocida.
No pretende comprender.
Pretende convencer.
Por eso selecciona unos hechos y oculta otros.
Exagera unos aspectos.
Silencia los restantes.
Y termina ofreciendo un pasado tan sencillo como falso.
La memoria también puede manipularse.

George Orwell escribió una frase que conserva toda su fuerza:
«Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado.»
No hace falta quemar bibliotecas para alterar la memoria de un pueblo.
Basta con reinterpretar continuamente sus símbolos.
Cambiar el significado de sus héroes.
Presentar sus victorias como vergüenzas.
Sus logros como simples robos.
Sus instituciones como instrumentos permanentes de opresión.
No se destruye el edificio.
Se vacían sus cimientos.
Y, cuando una sociedad deja de sentirse heredera de su propia historia, empieza a perder la confianza en sí misma.
Ese fenómeno no afecta únicamente a Europa.
Ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia.
Las civilizaciones no suelen desaparecer de un día para otro.
Antes atraviesan una larga etapa de desconfianza hacia sí mismas.
Empiezan por despreciar su pasado.
Después dejan de transmitirlo.
Y finalmente otras culturas ocupan el espacio que ellas mismas han abandonado.
La discusión sobre La Odisea no gira únicamente alrededor de una película.
La verdadera pregunta es mucho más importante.
¿Puede una civilización conservar su identidad si acaba considerando sospechoso todo aquello que la hizo posible?
Hollywood: cuando el entretenimiento deja paso al sermón

El cine nunca ha sido completamente neutral.
Desde sus orígenes ha servido para emocionar, divertir, educar y también para difundir ideas.
No hay nada nuevo en ello.
Durante la Segunda Guerra Mundial, las grandes potencias utilizaron el cine como instrumento de propaganda.
Lo mismo ocurrió durante la Guerra Fría.
Y continúa sucediendo hoy.
La diferencia es que la propaganda moderna rara vez se presenta como propaganda.
Suele disfrazarse de entretenimiento.
No pretende imponer.
Pretende seducir.
Por eso resulta tan eficaz.
Una película puede influir mucho más que un discurso político.
No necesita convencer mediante argumentos.
Le basta con despertar emociones.
El espectador termina identificándose con unos personajes y rechazando a otros casi sin darse cuenta.
Ese poder explica por qué las grandes industrias audiovisuales se han convertido en uno de los principales campos de batalla cultural.
Hollywood ya no vende únicamente películas.
Vende formas de interpretar el mundo.
Y eso convierte cada gran producción en algo más que un simple espectáculo.
Cuando el mensaje importa más que la historia
Existe una diferencia fundamental entre una obra nacida para contar una buena historia y otra concebida para transmitir una lección moral.
En la primera, el argumento manda.
Los personajes viven.
El conflicto surge de manera natural.
En la segunda ocurre lo contrario.
La tesis aparece primero.
La historia se construye después.
Los personajes dejan de ser personas.
Se convierten en portavoces.
Ya no actúan como exigiría su carácter.
Actúan como exige el mensaje.
El resultado suele ser previsible.
Los buenos representan siempre las ideas correctas.
Los malos encarnan las opiniones equivocadas.
Todo queda reducido a una especie de catecismo político.
Y el espectador percibe inmediatamente el artificio.
Quizá por eso tantas superproducciones recientes han fracasado estrepitosamente.
No porque el público rechace la diversidad.
Ni porque odie las reinterpretaciones.
Sino porque nadie paga una entrada para escuchar un sermón de dos horas.
El espectador busca emoción.
Aventura.
Belleza.
Personajes memorables.
No sentirse tratado como un alumno al que hay que corregir constantemente.
El público también vota… con su bolsillo

Durante décadas se creyó que bastaba una intensa campaña publicitaria para convertir cualquier película en un éxito.
Hoy esa fórmula funciona cada vez peor.
Las redes sociales permiten que los espectadores comparen opiniones casi al instante.
Los estudios ya no controlan completamente el relato.
Si una película entusiasma, el boca a boca la impulsa.
Si decepciona, ninguna campaña consigue ocultarlo durante mucho tiempo.
Por eso resulta llamativo el empeño de algunos medios en presentar determinados estrenos como triunfos históricos incluso antes de que hayan recuperado los enormes costes de producción y distribución. Esa percepción crítica aparece también en el texto de Brandon Smith, que cuestiona tanto la lectura anticipada del éxito comercial como el uso de determinados indicadores para presentar la película como una victoria cultural.
Puede discutirse ese diagnóstico.
Lo que resulta indiscutible es que una película no deja de ser buena por defender unas ideas, ni se convierte automáticamente en una obra maestra por hacerlo.
La calidad artística no depende de la ideología.
Depende del talento.
El peligro de dividir la cultura por razas
Quizá el aspecto más preocupante de todo este debate sea otro.
Se habla constantemente de literatura blanca.
De ciencia blanca.
De filosofía blanca.
De matemáticas blancas.
De privilegio blanco.
Como si las grandes creaciones humanas pertenecieran exclusivamente a una determinada raza.
Es una forma muy extraña de entender la cultura.
Homero nació en Grecia.
Pero hoy pertenece al mundo entero.
Lo mismo ocurre con Cervantes.
Con Shakespeare.
Con Confucio.
Con el Mahabharata.
Con el Poema de Gilgamesh.
Con el Popol Vuh.
Con el Cantar de Mio Cid.
Las grandes obras dejan de pertenecer únicamente al pueblo que las vio nacer.
Pasan a formar parte del patrimonio común de la humanidad.
Precisamente por eso merecen respeto.
No porque sean occidentales.
Ni orientales.
Ni africanas.
Sino porque representan lo mejor de la inteligencia humana.
Reducirlas a simples instrumentos de una disputa racial significa empobrecerlas.
Y empobrecernos.
Una civilización que renuncia a admirarse termina por desvanecerse
Toda sociedad necesita memoria.
Necesita héroes.
Necesita ejemplos.
No porque sus antepasados fueran perfectos.
Ninguno lo fue.
Sino porque toda comunidad humana necesita reconocer que hubo hombres y mujeres capaces de realizar obras extraordinarias.
Cuando desaparece esa admiración, surge el cinismo.
Todo se reduce al interés.
Al abuso.
A la opresión.
A la culpa.
Entonces ya nadie construye catedrales.
Ni universidades.
Ni bibliotecas.
Ni imperios comerciales.
Ni expediciones científicas.
Ni grandes obras literarias.
Porque se enseña a las nuevas generaciones que todo cuanto hicieron sus antepasados merece, sobre todo, arrepentimiento.
Una civilización puede sobrevivir a las derrotas militares.
A las crisis económicas.
Incluso a las guerras civiles.
Lo que difícilmente supera es la pérdida de confianza en sí misma.
Y esa confianza empieza por conocer el propio pasado.
Con sus luces.
Con sus sombras.
Sin convertirlo en una leyenda dorada.
Pero tampoco en un interminable catálogo de culpas.
Porque una sociedad incapaz de respetar su herencia difícilmente será capaz de legar algo valioso a quienes vengan detrás.
La Odisea continúa
Hace casi tres mil años, Homero narró el regreso de un hombre a su hogar.
Odiseo no era el más fuerte de los guerreros.
Ni el más joven.
Ni el más bello.
Su mayor virtud era otra.
Sabía pensar.
Sabía perseverar.
Sabía levantarse después de cada derrota.
Y, sobre todo, sabía que el camino de regreso nunca resulta fácil.
Quizá por eso La Odisea sigue hablándonos después de tantos siglos.
Porque todos emprendemos, de un modo u otro, nuestro propio viaje.
Unos buscan la verdad.
Otros la justicia.
Otros la libertad.
Otros simplemente intentan conservar aquello que recibieron de sus padres para entregarlo, enriquecido, a sus hijos.
Las grandes obras sobreviven porque hablan de esas cuestiones eternas.
No necesitan propaganda.
No necesitan ser corregidas.
No necesitan que alguien las convierta en altavoces de las preocupaciones políticas de una época concreta.
Hablan por sí mismas.
Y precisamente por eso han atravesado los siglos.
Una civilización no se mantiene sólo con riqueza
Las naciones pueden perder guerras.
Pueden atravesar crisis económicas.
Pueden cambiar sus fronteras.
Incluso pueden sobrevivir a graves enfrentamientos internos.
Lo que ninguna civilización resiste indefinidamente es el desprecio sistemático hacia sí misma.
Cuando una sociedad deja de enseñar a sus hijos quién fue Homero, quién fue Cervantes, quién fue Dante, quién fue Velázquez o quién fue Newton, no está demostrando humildad.
Está renunciando a una parte de su memoria.
Y quien pierde la memoria termina perdiendo también el rumbo.
No se trata de levantar altares.
Ni de ocultar errores.
Ni de fabricar leyendas doradas.
Se trata de reconocer que nuestra historia, como la de cualquier otro pueblo, contiene grandezas y miserias.
Heroísmo y cobardía.
Sabiduría y errores.
Luces y sombras.
Sólo quien conoce ambas puede juzgar con serenidad.
Ni idealizar ni destruir
Existe una diferencia enorme entre estudiar críticamente el pasado y empeñarse en destruirlo.
La crítica busca comprender.
La destrucción busca sustituir.
La primera enriquece.
La segunda empobrece.
Cuando cada generación considera su deber corregir todas las anteriores, termina creyéndose superior a ellas.
Y pocas formas de soberbia resultan tan peligrosas.
Los clásicos no necesitan ser inmunes a la crítica.
Necesitan ser leídos.
Comprendidos.
Debatidos.
Porque sólo el diálogo con ellos permite descubrir hasta qué punto seguimos enfrentándonos a los mismos problemas que preocuparon a quienes vivieron hace miles de años.
El miedo.
La ambición.
La guerra.
La fidelidad.
La traición.
El amor.
La familia.
La justicia.
La libertad.
Nada de eso ha desaparecido.
Sólo han cambiado los escenarios.
La verdadera batalla
La discusión sobre una película terminará olvidándose dentro de unos años.
Como tantas otras polémicas cinematográficas.
Lo importante no es una superproducción concreta.
Lo importante es la tendencia que representa.
Cuando una sociedad comienza a avergonzarse de sus propios héroes, a contemplar con desconfianza sus grandes obras y a enseñar que casi todo cuanto heredó merece ser corregido, conviene hacerse una pregunta.
¿Qué quedará cuando desaparezca la admiración por quienes levantaron los cimientos de nuestra civilización?
Sin memoria no existe identidad.
Sin identidad no existe continuidad.
Y sin continuidad ninguna cultura puede perdurar.
Las civilizaciones no desaparecen únicamente porque otras las conquisten.
Con frecuencia empiezan a extinguirse cuando ellas mismas dejan de creer que merece la pena conservar aquello que las hizo posibles.
Por eso el debate sobre La Odisea trasciende con mucho el ámbito del cine.
No gira únicamente alrededor de Homero.
Ni siquiera alrededor de Grecia.
Habla de nosotros.
De la relación que mantenemos con nuestro pasado.
De la capacidad para distinguir entre una interpretación legítima y una manipulación interesada.
Y, en último término, de una pregunta que toda generación debe responder por sí misma:
¿Somos simples herederos que dilapidan un legado recibido o custodios responsables de un patrimonio que debemos transmitir, enriquecido, a quienes vendrán después?
Quizá ésa sea la auténtica enseñanza de Homero.
No que el viaje termine al llegar a Ítaca.
Sino que cada generación recibe una Ítaca distinta y tiene el deber de entregarla, si es posible, mejor de como la encontró.
Epílogo. Ítaca nunca es únicamente un lugar

Hace más de un siglo, el poeta griego Constantino Kavafis escribió uno de los poemas más hermosos de la literatura universal: «Ítaca».
En él recordaba que lo verdaderamente importante no era llegar cuanto antes al destino, sino todo cuanto aprendemos durante el viaje.
Homero había narrado el regreso físico de Odiseo.
Kavafis transformó ese regreso en una metáfora de la existencia humana.
Ítaca deja entonces de ser una isla del mar Jónico.
Pasa a convertirse en un ideal.
En aquello que da sentido a nuestro esfuerzo.
En aquello que nos impulsa a seguir avanzando.
Kavafis escribe:
«Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca,
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.»
Y más adelante añade una enseñanza que resume toda una filosofía de la vida:

«Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.»
No hay en esos versos tristeza alguna.
Todo lo contrario.
El poeta nos recuerda que el verdadero tesoro no consiste en alcanzar una meta, sino en convertirnos, durante el camino, en personas más sabias, más prudentes y más libres.
Quizá ahí resida también la mejor defensa de los clásicos.
No necesitamos convertir a Homero en un predicador de las ideas del siglo XXI.
Ni transformarlo para hacerlo aceptable a los gustos del momento.
Basta con leerlo.
Con comprenderlo.
Con discutirlo.
Con dejar que dialogue con nosotros.
Los clásicos no sobreviven porque sean antiguos.
Sobreviven porque siguen enseñándonos algo nuevo cada vez que regresamos a ellos.
Y quizá esa sea la auténtica Ítaca de nuestra civilización.
No una meta alcanzada para siempre.
Sino un viaje permanente hacia la verdad, la belleza y el conocimiento.













