La gran hipocresía del progresismo con las mujeres y los homosexuales

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Resumen para lectores con prisas

Vivimos en una época en la que determinados partidos políticos se han autoproclamado propietarios exclusivos del progreso, de la libertad, de la igualdad y de la defensa de las mujeres y de los homosexuales. Quien discrepa de ellos suele ser presentado como enemigo de esos mismos valores.

Sin embargo, la Historia cuenta una historia bastante distinta.

Buena parte del socialismo y del comunismo del siglo XIX y de gran parte del XX consideró la homosexualidad una desviación moral, una degeneración burguesa o un comportamiento incompatible con el ideal del «hombre nuevo». Diversos regímenes comunistas persiguieron a los homosexuales, los encarcelaron, los sometieron a trabajos forzados o intentaron «reeducarlos». La revolución cubana constituye uno de los ejemplos más conocidos, aunque hoy resulte paradójico contemplar la imagen del Che Guevara convertida en símbolo de manifestaciones en favor de los derechos de los homosexuales.

En España, la historia también dista mucho del relato oficial. La Ley de Vagos y Maleantes, aprobada durante la Segunda República, estableció un sistema de medidas de seguridad para quienes el Estado consideraba socialmente peligrosos. Años después, el régimen del general Franco la reformó para incluir expresamente la homosexualidad y posteriormente aprobó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Recordar estos hechos no pretende absolver a nadie, sino impedir que la Historia se cuente sólo a medias.

Algo parecido sucede con el sufragio femenino. Clara Campoamor defendió el derecho de las mujeres a votar frente a la oposición de una parte importante de la izquierda republicana, que temía que el voto femenino favoreciera electoralmente a las derechas. El cálculo político prevaleció entonces sobre el principio democrático. Con el paso del tiempo, quienes combatieron o contemplaron con recelo aquella reforma terminaron incorporándola a su propio relato histórico.

La paradoja continúa en nuestros días.

Mientras una mujer o un homosexual compartan las ideas consideradas progresistas, suelen ser presentados como ejemplo de compromiso y de conciencia social. Pero cuando piensan de otra manera o votan a partidos distintos, dejan de ser admirados y pasan a ser descalificados, tratados como personas manipuladas o acusados de actuar contra sus propios intereses.

Así, la orientación sexual o el sexo dejan de importar. Lo único verdaderamente relevante parece ser la obediencia política.

El problema de fondo no consiste en que unas personas sean de izquierdas y otras de derechas.

El verdadero problema aparece cuando una ideología pretende monopolizar la virtud y presentar a sus adversarios como enemigos de la libertad, mientras oculta cuidadosamente sus propias contradicciones y sus propios errores.

Ninguna ideología posee el monopolio del progreso.

Ningún partido puede apropiarse en exclusiva de la libertad.

Las mujeres no pertenecen a la izquierda ni a la derecha.

Los homosexuales tampoco.

Cada persona posee el derecho a pensar, discrepar y votar conforme a su conciencia, sin que nadie le expida certificados de corrección política.

La Historia no debería utilizarse como instrumento de propaganda, sino como una escuela de humildad.

Porque la libertad comienza cuando cada ciudadano puede pensar por sí mismo.

Y termina cuando alguien pretende decirle qué debe pensar para ser considerado una persona respetable.

En definitiva, conviene desconfiar de quienes se presentan como propietarios exclusivos del bien, de la verdad y del progreso.

La experiencia demuestra que, con demasiada frecuencia, quienes más proclaman su superioridad moral acaban haciendo exactamente aquello que reprochan a los demás.

El viejo refrán castellano sigue conservando toda su vigencia:

«Consejos vendo… que para mí no tengo.»

Si tu deseo es profundizar y saber más, sigue leyendo.

«Consejos vendo… que para mí no tengo.»

Los propietarios del progreso

Existe una curiosa costumbre entre quienes se autodenominan progresistas.

No se limitan a defender unas determinadas ideas políticas. Se consideran propietarios exclusivos del progreso, de la libertad, de la igualdad, de la justicia y hasta de la compasión. Han conseguido que muchos acepten, casi sin darse cuenta, una falsa división del mundo: ellos representan el futuro; quienes discrepan representan el pasado.

Pero la Historia tiene una virtud que la propaganda jamás consigue destruir del todo: conserva la memoria.

Y la memoria demuestra que quienes hoy se presentan como los grandes defensores de las mujeres y de los homosexuales no siempre pensaron así. Muy al contrario, buena parte de sus predecesores sostuvieron durante décadas ideas que hoy serían calificadas por esos mismos progresistas de reaccionarias, intolerables o incluso criminales.

No se trata de juzgar el pasado con los criterios morales del presente. Sería profundamente injusto. Cada época tiene sus luces y sus sombras.

Lo que sí resulta legítimo es denunciar la enorme hipocresía de quienes ocultan cuidadosamente esa parte de su propia historia mientras convierten la historia de los demás en un permanente banquillo de los acusados.

Existe un viejo refrán castellano que resume admirablemente semejante actitud:

«Consejos vendo… que para mí no tengo.»

Pocas frases describen mejor la conducta de quienes exigen a los demás una pureza moral que jamás exigieron a los suyos.

La soberbia de querer fabricar al ser humano

Hay una idea que atraviesa buena parte de las doctrinas revolucionarias nacidas durante los dos últimos siglos.

No basta con cambiar las leyes.

No basta con modificar la economía.

No basta con conquistar el poder.

Hay que transformar al propio ser humano.

Unas veces se habló del «hombre nuevo»; otras, de la «nueva sociedad»; hoy abundan expresiones diferentes, pero la pretensión sigue siendo la misma.

Según esta manera de pensar, el hombre y la mujer no poseen una naturaleza propia. Todo o casi todo sería consecuencia de la educación, del ambiente y de la organización social.

La biología queda relegada a un segundo plano.

La herencia apenas cuenta.

La cultura pasa a explicarlo casi todo.

Si se acepta esa premisa, la conclusión resulta inevitable: basta con cambiar la educación, el lenguaje, las costumbres y las leyes para fabricar un hombre y una mujer distintos.

La naturaleza deja de ser una realidad que merece respeto para convertirse en una materia prima sobre la que el poder político puede experimentar.

No deja de ser llamativo que quienes hablan constantemente de diversidad dediquen tantos esfuerzos a conseguir que todos piensen del mismo modo.

Porque la verdadera diversidad no consiste únicamente en tolerar diferentes formas de vivir.

Consiste también en aceptar diferentes maneras de pensar.

Y eso parece resultar mucho más difícil.

La memoria olvidada

Uno de los mayores éxitos de la propaganda consiste en repetir una afirmación hasta convertirla en verdad indiscutible.

Hoy parece obligado aceptar que la izquierda ha sido siempre la gran defensora de las mujeres y de los homosexuales.

Sin embargo, basta abrir un libro de Historia para descubrir una realidad mucho más incómoda.

Durante buena parte del siglo XIX y del XX, numerosos dirigentes socialistas y comunistas contemplaron la homosexualidad como una degeneración burguesa, una desviación moral o un comportamiento incompatible con el ideal revolucionario.

No era una contradicción.

Era la consecuencia lógica de una doctrina empeñada en crear un ser humano nuevo conforme a un determinado modelo político y moral.

En España también conviene recordar algunos hechos que rara vez aparecen en los discursos oficiales.

La Ley de Vagos y Maleantes, aprobada durante la Segunda República en 1933, estableció un sistema de medidas de seguridad destinado a controlar a quienes el Estado consideraba socialmente peligrosos.

Años después, el régimen del general Franco reformó esa ley para incluir expresamente la homosexualidad y, posteriormente, la sustituyó por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social.

Es evidente que ambas leyes no fueron idénticas.

Pero también lo es que la segunda no surgió de la nada.

Toda legislación tiene antecedentes.

Y toda historia merece ser contada completa, no únicamente la parte que conviene a unos u otros.


Continuará… En la siguiente entrega examinaremos la actitud histórica del socialismo y del comunismo hacia la homosexualidad, desde Karl Marx hasta la Unión Soviética, Cuba y algunos de los intelectuales españoles que hoy el progresismo suele presentar como modelos de tolerancia.

La incómoda historia que casi nadie quiere recordar

La propaganda posee una extraordinaria capacidad para seleccionar los recuerdos.

Conserva cuidadosamente aquellos que resultan útiles y arroja al olvido los que incomodan.

Así ha ocurrido también con la historia de la homosexualidad.

Hoy parece que la izquierda hubiera sido siempre su gran protectora. Sin embargo, durante buena parte del siglo XX ocurrió exactamente lo contrario.

Karl Marx apenas escribió sobre la homosexualidad. Cuando lo hizo o cuando utilizó expresiones relacionadas con ella, lo hizo con el tono despectivo propio de su época. Tampoco Friedrich Engels mostró una actitud distinta.

No tiene sentido juzgarles con la mentalidad del siglo XXI.

Lo que sí resulta llamativo es que quienes hoy condenan sin contemplaciones cualquier expresión considerada homófoba suelen guardar un llamativo silencio cuando los autores pertenecen a su propio panteón ideológico.

Pero el problema no fueron únicamente Marx o Engels.

Mucho más revelador fue el comportamiento de numerosos regímenes socialistas una vez alcanzaron el poder.

En la Unión Soviética, tras un breve período inicial de cierta tolerancia posterior a la Revolución de Octubre, el régimen estalinista volvió a castigar la homosexualidad, considerándola una degeneración propia de la sociedad burguesa. Miles de personas fueron perseguidas y condenadas.

En otros países sometidos al comunismo la situación no fue mucho mejor.

La prioridad nunca fue la libertad individual.

La prioridad consistía en construir la sociedad ideal.

Y cuando una ideología pretende construir una sociedad perfecta, los individuos terminan convirtiéndose en simples piezas de un proyecto político.

Cuba: la revolución también perseguía homosexuales

Probablemente ningún ejemplo resulte tan incómodo para el progresismo occidental como el de Cuba.

Durante décadas, numerosos intelectuales europeos y americanos presentaron la revolución castrista como un modelo de justicia social.

Mientras tanto, en la propia isla, muchos homosexuales sufrían persecución, marginación e internamientos en las denominadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

Su finalidad oficial consistía en reeducar mediante el trabajo a quienes el régimen consideraba elementos improductivos o ideológicamente problemáticos.

Entre ellos figuraban numerosos homosexuales.

La revolución aspiraba a crear el llamado «hombre nuevo».

Y, al parecer, un homosexual no respondía al modelo masculino que aquella revolución consideraba digno de imitación.

Lo verdaderamente sorprendente no es que aquello sucediera hace sesenta años.

Lo sorprendente es que hoy continúe exhibiéndose la imagen de Ernesto «Che» Guevara en manifestaciones organizadas precisamente para reivindicar los derechos de los homosexuales.

Pocas paradojas ilustran mejor el poder de la propaganda.

Muchos jóvenes llevan su rostro estampado en camisetas sin conocer la realidad del régimen del que fue uno de los principales símbolos.

Ignoran que aquella revolución que tanto admiran no contemplaba la homosexualidad como una expresión legítima de la libertad personal, sino como una desviación incompatible con el ideal revolucionario.

No deja de resultar irónico.

Quienes hoy exhiben orgullosamente su retrato probablemente habrían sido considerados sospechosos por muchos de quienes lo convirtieron en mito.

España tampoco escapa a las contradicciones.

España ofrece ejemplos igualmente reveladores.

Con frecuencia se presenta a determinados dirigentes e intelectuales de la izquierda como pioneros de la tolerancia.

Sin embargo, basta acudir a sus propios escritos para descubrir afirmaciones que hoy provocarían un escándalo monumental.

Ahí aparece la figura de Enrique Tierno Galván.

Convertido posteriormente en símbolo del progresismo madrileño, sus escritos no tan «juveniles» contienen reflexiones sobre la homosexualidad que difícilmente encajarían hoy en los discursos oficiales de quienes lo veneran.

No constituye un caso aislado.

Simplemente demuestra que las ideas evolucionan.

Y eso sería perfectamente normal si quienes hoy reivindican aquellos personajes reconocieran también sus errores.

El problema comienza cuando se pretende presentar una historia completamente distinta de la que realmente ocurrió.

Porque entonces dejamos de estudiar el pasado para empezar a fabricar leyendas.

Y las leyendas nunca sirven para comprender la realidad.

Sólo sirven para justificar el presente.

Continuará… En la siguiente entrega abordaremos otra de las grandes contradicciones del progresismo: su relación con el sufragio femenino, el caso de Clara Campoamor y la sorprendente facilidad con la que algunos partidos terminan apropiándose de conquistas que, cuando se propusieron, combatieron o contemplaron con manifiesta desconfianza.

Clara Campoamor: la mujer a la que muchos prefieren recordar a medias

Si existe un episodio capaz de desmontar el cómodo relato según el cual la izquierda ha sido siempre la impulsora de los derechos de la mujer, ése es el del sufragio femenino en España.

La protagonista tiene nombre y apellidos.

Clara Campoamor Rodríguez.

Su mérito no consistió únicamente en defender el derecho de la mujer a votar.

Su verdadero mérito consistió en hacerlo cuando muchos de quienes hoy serían presentados como progresistas intentaban impedirlo.

La explicación resulta tan sencilla como poco edificante.

Una parte importante de la izquierda de la época estaba convencida de que la mayoría de las mujeres votaría siguiendo las indicaciones de sus confesores, de sus maridos o de su entorno familiar y, por tanto, favorecería electoralmente a los partidos de derechas.

En otras palabras, el principio democrático quedaba subordinado al interés electoral.

La igualdad era aceptable… siempre que garantizara la victoria de los propios.

Cuando dejaba de hacerlo, aparecían toda clase de excusas para retrasarla.

La intervención de Victoria Kent, oponiéndose al sufragio femenino inmediato, constituye uno de los episodios más conocidos de las Cortes Constituyentes de 1931.

Su postura no obedecía a un supuesto desprecio hacia las mujeres.

Respondía a un cálculo político.

Pensaba que aún no estaban preparadas para ejercer libremente ese derecho y que votarían condicionadas por la influencia religiosa.

Puede discutirse si aquel temor estaba o no justificado.

Lo que resulta indiscutible es que quienes hoy afirman haber defendido siempre el voto femenino olvidan mencionar este episodio con excesiva frecuencia.

Porque desmonta un relato demasiado cómodo.

El pecado de pensar por cuenta propia

Clara Campoamor pagó muy cara su independencia.

No aceptó sacrificar un principio por conveniencia política.

No adaptó su discurso a los intereses de su partido.

No cambió de opinión porque se lo aconsejaran los estrategas electorales.

Defendió lo que consideraba justo.

Y eso suele tener un precio.

Su carrera política quedó prácticamente liquidada.

Después llegó la Guerra Civil.

Como tantos otros españoles, hubo de abandonar su patria.

Vivió en Suiza hasta su muerte, lejos del país por cuya libertad había luchado desde las Cortes.

Hoy casi todos reivindican su figura.

Pero muchos olvidan añadir que, cuando realmente hizo falta apoyarla, fueron demasiados los que la dejaron sola.

Ésa es otra constante de la Historia.

Las personas incómodas suelen convertirse en héroes… muchos años después de haber sido abandonadas.

El progreso suele llegar… pese a los progresistas.

Existe otra curiosidad histórica que merece atención.

Cuando hoy se repasan muchas de las grandes ampliaciones de las libertades civiles producidas en Occidente, aparece un hecho sorprendente.

No pocas de ellas fueron impulsadas o culminadas por gobiernos liberales, conservadores o democristianos.

Eso no significa que la derecha haya sido siempre ejemplar.

Ni mucho menos.

Sería tan falso como afirmar lo contrario.

Pero sí demuestra que la libertad no pertenece a ninguna ideología.

Las libertades individuales no tienen propietario.

No llevan carné de partido.

No nacen en una sede política determinada.

Con demasiada frecuencia han salido adelante gracias a personas que fueron capaces de anteponer los principios a los intereses electorales.

Y también gracias a quienes tuvieron el valor de enfrentarse a los suyos.

Eso hizo Clara Campoamor.

Y precisamente por eso continúa siendo una figura admirable.

No porque fuera de izquierdas o de derechas.

Sino porque defendió un principio incluso cuando perjudicaba a quienes se suponía que eran los suyos.

Ésa es la diferencia entre tener convicciones y limitarse a seguir consignas.

La apropiación del mérito ajeno

Existe una vieja costumbre en política.

Consiste en combatir una idea mientras parece impopular.

Esperar a que el paso del tiempo la convierta en generalmente aceptada.

Y, finalmente, presentarse como su principal impulsor.

La maniobra no es nueva.

Tampoco exclusiva de una determinada ideología.

Pero el progresismo contemporáneo la ha convertido casi en un arte.

Hoy resulta difícil encontrar una libertad pública que no afirme haber conquistado.

Da igual que, cuando se debatía realmente, muchos de sus dirigentes la combatieran, la retrasaran o la contemplaran con abierta desconfianza.

Una vez convertida en consenso social, pasa automáticamente a formar parte de su patrimonio moral.

La Historia, sin embargo, suele conservar las actas parlamentarias, los discursos, los artículos de prensa y las votaciones.

Y esos documentos poseen una incómoda costumbre.

No entienden de propaganda.

Simplemente cuentan lo que ocurrió.

Continuará… En la siguiente entrega abordaremos una cuestión todavía más delicada: cómo quienes proclaman defender la diversidad parecen aceptar únicamente una diversidad… la que piensa exactamente igual que ellos. Ahí aparece uno de los fenómenos más llamativos de nuestro tiempo: el homosexual, la mujer o el inmigrante dejan de ser admirables en el mismo instante en que votan a quien el progresismo considera «incorrecto».

La diversidad… siempre que piense igual.

Pocas palabras han sufrido una transformación tan profunda como diversidad.

En su significado natural designa la variedad, la diferencia, la pluralidad de formas, caracteres o maneras de ser.

Sin embargo, el lenguaje político ha terminado vaciándola de buena parte de su contenido.

Hoy parece que la diversidad consiste únicamente en aceptar diferencias biológicas, sexuales, religiosas o culturales.

Pero existe una diversidad mucho más importante para una sociedad verdaderamente libre.

La diversidad de pensamiento.

Y ésa resulta bastante menos tolerada.

Mientras una persona homosexual vote a los partidos considerados progresistas, suele presentarse como ejemplo de compromiso y de conciencia social.

Pero basta con que manifieste simpatía por opciones liberales, conservadoras o de derechas para que cambie completamente el discurso.

Deja de ser un ciudadano libre.

Pasa a convertirse en un traidor.

En un desclasado.

En alguien que ha votado contra sí mismo.

Como si la orientación sexual determinara automáticamente las convicciones políticas.

Como si un homosexual estuviera moralmente obligado a votar a una determinada opción política.

Semejante planteamiento resulta profundamente paternalista.

Y, además, profundamente reaccionario.

Porque niega precisamente aquello que dice defender.

La libertad individual.

La mujer… mientras vote «correctamente.»

Con las mujeres ocurre algo parecido.

Resulta difícil encontrar un discurso político más repetido que el de afirmar que la izquierda representa a todas las mujeres.

Sin embargo, basta con que una mujer discrepe de determinados postulados feministas para que desaparezcan inmediatamente los elogios.

De pronto deja de ser una mujer valiente.

Pasa a ser una alienada.

Una manipulada.

Una mujer que no sabe lo que le conviene.

La paradoja resulta extraordinaria.

Quienes aseguran luchar por la emancipación femenina terminan negando a muchas mujeres la capacidad de pensar por sí mismas.

Si una mujer coincide con ellos, es libre.

Si discrepa, alguien la manipula.

Curiosa manera de entender la libertad.

Porque el verdadero respeto consiste precisamente en reconocer que una persona adulta puede llegar, por sí misma, a conclusiones distintas de las nuestras.

La libertad no admite apellidos.

La libertad no es de derechas.

Tampoco es de izquierdas.

No pertenece a ningún partido.

No necesita intérpretes oficiales.

Cada ser humano posee el derecho a pensar, hablar, creer, discrepar y votar conforme a su conciencia.

Sin necesidad de pedir permiso a ningún comisario político.

Sin necesidad de obtener un certificado de buena conducta ideológica.

Ésa constituye la esencia de una sociedad libre.

Por eso resulta tan preocupante la creciente tendencia a clasificar a las personas no por lo que hacen, sino por lo que votan.

El homosexual deja de ser homosexual.

La mujer deja de ser mujer.

El inmigrante deja de ser inmigrante.

Todos pasan a convertirse únicamente en votantes.

Y entonces aparece la verdadera preocupación.

No importa quién seas.

Importa a quién votas.

La nueva inquisición

Toda época ha tenido sus inquisidores.

Unos utilizaban hogueras.

Otros empleaban cárceles.

Los actuales suelen servirse del insulto, del descrédito, de la cancelación social o del señalamiento público.

Los métodos cambian.

El mecanismo psicológico permanece.

Se trata de impedir que determinadas ideas puedan discutirse libremente.

No hace falta prohibirlas expresamente.

Basta con conseguir que quien las defienda pague un elevado precio personal o profesional.

Así se empobrece el debate público.

Y así desaparece lentamente la libertad de expresión.

No mediante leyes espectaculares.

Sino mediante el miedo.

Porque pocas formas de censura resultan tan eficaces como lograr que las personas se autocensuren.

La libertad comienza a morir mucho antes de que aparezca el censor.

Empieza a desaparecer cuando el ciudadano deja de atreverse a decir lo que piensa.

Y ése constituye uno de los mayores peligros de cualquier sociedad.


En la próxima entrega nos acercaremos al final del ensayo. Intentaremos responder a una pregunta muy sencilla:

¿Por qué quienes más hablan de tolerancia parecen mostrar tan poca hacia quienes discrepan de ellos?

Y veremos que, quizá, el problema no sea la orientación sexual, el sexo, la religión o el origen de las personas.

Quizá el verdadero problema sea otro mucho más antiguo.

El deseo de controlar las conciencias.

Epílogo

La verdad no tiene dueño.

Si el lector ha llegado hasta aquí, probablemente habrá comprendido que este artículo no pretende demostrar que la derecha haya sido siempre ejemplar o que la izquierda haya estado siempre equivocada.

Semejante afirmación sería tan falsa como la que hemos tratado de desmontar.

Lo que sí pretende demostrar es algo mucho más sencillo.

Ninguna ideología posee el monopolio del progreso.

Ningún partido político puede arrogarse la exclusiva de la libertad, de la igualdad o de la defensa de la dignidad humana.

La Historia demuestra que todos, absolutamente todos, han cometido errores, han cambiado de opinión y, en no pocas ocasiones, han terminado defendiendo aquello que antes combatían.

Lo verdaderamente censurable no consiste en rectificar.

Rectificar constituye una muestra de inteligencia.

Lo censurable consiste en borrar el pasado para presentarse como quien nunca se equivocó.

Y eso sucede con demasiada frecuencia.

Resulta llamativo comprobar cómo determinados partidos y movimientos políticos convierten la Historia en un inmenso tribunal donde sólo comparecen sus adversarios.

Los propios nunca parecen sentarse en el banquillo.

Sus errores desaparecen.

Sus contradicciones se olvidan.

Sus víctimas dejan de existir.

Sus fracasos se reinterpretan.

Y, finalmente, su pasado termina pareciéndose más a una leyenda piadosa que a la realidad.

Ése es el verdadero problema.

No la discrepancia política.

No la diferencia de opiniones.

Sino la manipulación de la memoria.

Porque una sociedad que acepta una historia incompleta acaba tomando decisiones equivocadas.

Quien desconoce el pasado termina creyendo cualquier relato cuidadosamente construido.

Y eso convierte a los ciudadanos en súbditos de la propaganda.

Las mujeres no pertenecen a ningún partido.

Los homosexuales tampoco.

Ni los trabajadores.

Ni los empresarios.

Ni los jóvenes.

Ni los ancianos.

Cada ser humano posee la misma dignidad y el mismo derecho a pensar por sí mismo, a discrepar y a votar según su conciencia.

Sin necesidad de pedir permiso a ningún sacerdote político.

Quizá ésa sea la diferencia esencial entre una sociedad libre y otra que sólo presume de serlo.

La primera respeta la libertad incluso cuando produce resultados que no le gustan.

La segunda sólo la acepta mientras confirme sus propias convicciones.

La libertad auténtica comienza precisamente donde termina la obediencia.

Y la democracia deja de ser plenamente democrática cuando algunos pretenden decidir qué opiniones son respetables y cuáles deben ser expulsadas de la vida pública.

Conviene, por tanto, desconfiar de quienes se presentan como propietarios exclusivos del progreso.

La experiencia demuestra que, casi siempre, quienes más hablan en nombre de la libertad son también quienes con mayor facilidad pretenden decir a los demás cómo deben pensar, cómo deben hablar, cómo deben educar a sus hijos, qué palabras pueden utilizar y, en última instancia, qué ideas están autorizados a defender.

Por eso merece la pena recordar, una vez más, aquel viejo refrán castellano que resume magistralmente tanta incoherencia:

«Consejos vendo… que para mí no tengo.»

Quizá nunca una sentencia tan breve haya descrito con tanta precisión una forma de hacer política.

Porque la Historia enseña una lección que conviene no olvidar jamás:

la verdad no tiene partido, la libertad no tiene dueño y la dignidad de las personas no depende de a quién voten.

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