MARRUECOS NO ES UN PAÍS HERMANO NI AMIGO DE ESPAÑA… NO PERMITAS QUE TE ENGAÑEN.
Carlos Aurelio Caldito Aunión.

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS
Durante demasiados años se nos ha repetido que Marruecos es un «país hermano» y un «vecino amigo». Sin embargo, los hechos cuentan una historia muy distinta. Las recientes tensiones en Ceuta no constituyen un episodio aislado, sino un nuevo capítulo de una política mantenida durante décadas por Rabat: utilizar la presión diplomática, territorial y migratoria para reforzar sus intereses nacionales.
La Historia ayuda a comprender el presente. La conquista islámica de la Península, las guerras del Rif, la Marcha Verde, el abandono del Sáhara Español, el conflicto de Perejil y las sucesivas crisis en Ceuta y Melilla forman parte de una misma secuencia. Quien ignore ese pasado difícilmente entenderá lo que sucede hoy.
También conviene desterrar algunos mitos. La idealizada «convivencia de las tres culturas» no fue una Arcadia feliz, sino una realidad mucho más compleja, con periodos de coexistencia, pero también de guerras, persecuciones y desigualdad jurídica. Del mismo modo, la nostalgia de Al-Ándalus sigue presente en determinados discursos políticos y religiosos del mundo islámico, una realidad que no puede ignorarse aunque no represente a todos los musulmanes.
Ceuta y Melilla no son colonias. Son ciudades españolas desde siglos antes de que existiera el actual Estado marroquí. Pese a ello, Marruecos mantiene periódicamente sus reclamaciones sobre ambas, al tiempo que utiliza la inmigración irregular como instrumento de presión cuando considera que le resulta conveniente.
La experiencia demuestra que cada concesión española ha ido seguida de nuevas exigencias. Ocurrió con el Sáhara y continúa ocurriendo hoy. La política de apaciguamiento no ha eliminado el conflicto; simplemente ha retrasado el siguiente.
No se trata de fomentar la hostilidad hacia Marruecos ni hacia el pueblo marroquí. Todo Estado tiene derecho —y obligación— de defender sus intereses. Precisamente por eso, España debe abandonar la ingenuidad y hacer lo mismo: definir una política de Estado estable, reforzar la defensa de Ceuta y Melilla, proteger sus fronteras y actuar con firmeza, serenidad y continuidad.
Las naciones no tienen amigos permanentes; tienen intereses permanentes. Marruecos actúa conforme a ese principio. La cuestión es si España empezará, de una vez, a defender los suyos con la misma determinación.
Porque los pueblos no desaparecen de repente. Empiezan a hacerlo cuando olvidan su Historia, renuncian a defender sus intereses y confunden la buena voluntad con la debilidad. Lo ocurrido recientemente en Ceuta debería servir de advertencia. Ignorarla sería repetir, una vez más, los errores del pasado.
Si quieres profundizar y saber más, sigue leyendo.
MARRUECOS NO ES UN PAÍS HERMANO NI AMIGO DE ESPAÑA… NO PERMITAS QUE TE ENGAÑEN.
La Historia siempre termina llamando a la puerta

Hay pueblos que tropiezan dos veces con la misma piedra. España parece empeñada en hacerlo una y otra vez.
Lo sucedido recientemente en Ceuta no ha sido un accidente. Tampoco un episodio aislado ni una simple crisis migratoria. Ha sido un nuevo capítulo de una larga historia que demasiados españoles desconocen y que otros prefieren olvidar.
Y un pueblo que olvida su Historia acaba condenado a no comprender su presente.
Durante años se nos ha repetido que Marruecos es un «país amigo», un «vecino ejemplar», un «socio estratégico». Las palabras son hermosas. Los hechos, mucho menos.
Porque un país que reclama parte del territorio nacional español; que reivindica Ceuta, Melilla y, de cuando en cuando, también las Canarias; que utiliza la inmigración irregular como instrumento de presión política; que ocupa el Sáhara Occidental desoyendo las resoluciones de las Naciones Unidas; y que aprovecha cada momento de debilidad española para aumentar sus exigencias, difícilmente puede ser considerado un amigo.
No se trata de alimentar enemistades. Se trata de llamar a las cosas por su nombre.
La Historia no comenzó ayer
Para comprender lo que ocurre hoy basta mirar hacia atrás.
España y Marruecos no son dos Estados nacidos al mismo tiempo que, por casualidad, comparten una frontera marítima.
Durante casi ocho siglos una parte importante de la Península Ibérica permaneció bajo dominio musulmán. Aquella etapa dejó una profunda huella cultural, artística y científica, pero también estuvo marcada por guerras casi ininterrumpidas, conquistas, reconquistas, persecuciones y cambios de población.
Reducir aquellos siglos a la consigna de la «convivencia pacífica de las tres culturas» constituye una simplificación incompatible con la Historia.
Sí, existieron periodos de relativa tranquilidad. También hubo intercambio cultural. Pero cristianos y judíos vivían sometidos a un estatuto jurídico inferior; pagaban tributos específicos por su religión y conocieron épocas de persecución, conversiones forzosas y expulsiones, especialmente bajo los imperios almorávide y almohade.
La Historia nunca es un cuento infantil dividido entre buenos y malos. Mucho menos una leyenda edificante.
Sin embargo, durante décadas se ha difundido una visión idealizada de Al-Ándalus que ha terminado sustituyendo el estudio serio de aquellos siglos.
Y eso tiene consecuencias.
Porque quien desconoce el pasado acaba interpretando el presente como una sucesión de hechos aislados, cuando en realidad forma parte de procesos mucho más largos.
Hay además otro elemento que rara vez se menciona.
La memoria de Al-Ándalus sigue ocupando un lugar destacado en determinados discursos políticos, religiosos y culturales del mundo islámico. Para algunos constituye simplemente un brillante recuerdo histórico; para otros representa el símbolo de un territorio perdido cuya recuperación posee un profundo valor sentimental.
Ignorar esa realidad no hace que desaparezca.
Al contrario.
La política exterior no puede construirse sobre deseos, sino sobre el conocimiento de la Historia y de los intereses permanentes de los Estados.
Y precisamente ahí comienzan los errores españoles.
Cuando la Historia se convierte en advertencia

Existe una diferencia fundamental entre la manera en que España y Marruecos entienden sus relaciones.
España suele hablar de cooperación, vecindad, diálogo y buena voluntad. Marruecos habla de intereses nacionales.
No hay nada censurable en ello. Todos los Estados procuran defender sus intereses. Lo preocupante es que mientras Rabat actúa conforme a ese principio, Madrid parece confiar en que las buenas palabras basten para resolver cualquier conflicto.
La Historia demuestra exactamente lo contrario.
En 1975, mientras Francisco Franco agonizaba, Hassan II organizó la Marcha Verde. Trescientas mil personas, acompañadas discretamente por unidades militares, penetraron en el entonces Sáhara Español.
No fue una improvisación.
Fue una operación cuidadosamente preparada para aprovechar el momento de máxima debilidad política de España.
El resultado es conocido.
España abandonó el territorio, los saharauis quedaron abandonados a su suerte y Marruecos obtuvo un enorme beneficio político, económico y estratégico que todavía conserva.
Aquella lección debería haber bastado.
No bastó.
En 2002 llegó el episodio de la isla de Perejil.
Bastó que un pequeño grupo de gendarmes marroquíes ocupara un islote español para comprobar hasta dónde estaba dispuesto a llegar Rabat cuando percibía vacilación al otro lado del Estrecho.
España recuperó el islote mediante una rápida operación militar. El incidente terminó. Pero el mensaje permaneció.
Marruecos mide constantemente la firmeza de España.
Y continúa haciéndolo.
Ceuta y Melilla nunca han dejado de estar en el punto de mira

Conviene recordar un hecho que con frecuencia se oculta.
Ceuta y Melilla no son colonias.
No lo son desde el punto de vista histórico, jurídico ni político.
Ceuta es española desde 1580 y permaneció vinculada a la Corona española cuando Portugal recuperó su independencia en 1640.
Melilla pertenece a España desde 1497.
Ambas ciudades eran españolas siglos antes de que existiera el actual Estado marroquí.
Sin embargo, las autoridades de Rabat mantienen periódicamente sus reivindicaciones sobre ambas plazas.
Y cada vez que España atraviesa un periodo de incertidumbre política, esas reivindicaciones reaparecen con mayor intensidad.
No parece una casualidad.
La inmigración como instrumento de presión

Durante años se ha repetido que España no podía controlar completamente la inmigración irregular procedente del norte de África.
Los hechos demuestran otra cosa.
Cada vez que Marruecos decide reforzar la vigilancia de sus costas y de sus fronteras, las llegadas disminuyen de manera inmediata.
Cuando decide relajar esos controles, el flujo aumenta de forma espectacular.
Eso significa que Rabat dispone de un importante margen de control sobre esos movimientos migratorios.
Lo ocurrido recientemente en Ceuta vuelve a poner esa realidad ante los ojos de todos.
Miles de personas concentradas junto a la frontera no aparecen espontáneamente.
Detrás de un movimiento de semejante magnitud existe, al menos, una decisión política de permitirlo o impedirlo.
Y esa circunstancia convierte la inmigración en algo más que un problema humanitario.
La transforma en un instrumento de presión diplomática.
España debería extraer una conclusión elemental.
Un Estado que puede abrir o cerrar el grifo de la inmigración según convenga a sus intereses posee un poderoso medio de influencia sobre su vecino.
La cuestión ya no consiste en preguntarse si ese instrumento existe.
La cuestión consiste en averiguar hasta cuándo España seguirá actuando como si no existiera.
La política de las concesiones

Existe una vieja enseñanza de la Historia que los gobernantes españoles parecen empeñados en ignorar.
Las concesiones solo producen paz cuando la otra parte considera que ha alcanzado sus objetivos.
Si, por el contrario, interpreta cada cesión como un signo de debilidad, la consecuencia suele ser exactamente la contraria: nuevas exigencias.
Eso es lo que, a juicio de muchos españoles, ha venido ocurriendo durante décadas.
España entregó Ifni.
España abandonó el Sáhara.
España aceptó, de hecho, la ocupación marroquí de la antigua provincia española.
España modificó recientemente su posición tradicional sobre el Sáhara Occidental, respaldando el plan marroquí de autonomía.
¿Terminó ahí el problema?
Todo lo contrario.
Las reclamaciones sobre Ceuta y Melilla continúan.
Las referencias a Canarias aparecen periódicamente.
La presión migratoria sigue utilizándose como instrumento de negociación.
Y las exigencias de Rabat no parecen disminuir.
La pregunta resulta inevitable.
¿Qué concesión debería hacer España para que Marruecos renunciara definitivamente a sus reivindicaciones?
Nadie ha sabido responderla.
No existen países hermanos

Uno de los errores más repetidos consiste en hablar de Marruecos como un «país hermano».
Los pueblos pueden sentirse próximos por razones históricas, culturales o religiosas.
Los Estados, no.
Los Estados tienen intereses.
Francia no actúa pensando en beneficiar a España.
Argelia tampoco.
Portugal tampoco.
Marruecos, menos aún.
Cada uno procura defender sus propios objetivos nacionales.
Y eso es exactamente lo que hace el reino alauita.
Sería absurdo reprochárselo.
Lo que resulta incomprensible es que España no haga otro tanto.
La ingenuidad como política exterior
Durante años se ha repetido que el diálogo resolvería cualquier desacuerdo.
El diálogo siempre es preferible al enfrentamiento.
Pero el diálogo solo produce resultados cuando ambas partes negocian desde posiciones de respeto mutuo.
No cuando una de ellas percibe que la otra evitará cualquier conflicto a cualquier precio.
La Historia enseña que Marruecos observa cuidadosamente la situación política española.
Cuando percibe estabilidad, actúa con prudencia.
Cuando detecta debilidad, aumenta la presión.
Ocurrió en 1975.
Ocurrió en Perejil.
Ocurrió en Ceuta en 2021.
Y muchos consideran que los acontecimientos de este verano vuelven a responder al mismo esquema.
No porque la Historia se repita exactamente.
Sino porque los intereses permanentes permanecen mientras cambian los gobiernos.
Conviene aprender de Israel
Existe una frase atribuida al general Franco, pronunciada durante su agonía, que resume una forma de entender las relaciones internacionales:
«No he llegado hasta aquí por fiarme del moro.»
Con independencia del juicio que cada cual merezca sobre quien la pronunció, la frase refleja una idea sencilla: los Estados no deben basar su seguridad en la confianza, sino en la capacidad de disuasión.
Israel ha llegado a la misma conclusión tras décadas de guerras, atentados y conflictos con sus vecinos.
No mantiene su existencia porque confíe en la buena voluntad de quienes cuestionan su derecho a existir.
La mantiene porque ha convencido a sus adversarios de que cualquier agresión tendrá un coste inasumible.
Toda política de defensa descansa, en última instancia, sobre ese principio.
No se trata de buscar la guerra.
Precisamente se trata de evitarla.
Porque la mejor manera de conservar la paz consiste en que nadie albergue la tentación de ponerla a prueba.
España tiene un problema de memoria
Existe una diferencia esencial entre conocer la Historia y aprender de ella.
España la conoce cada vez menos.
Décadas de enseñanza superficial, de tópicos repetidos y de episodios cuidadosamente silenciados han producido varias generaciones de españoles incapaces de explicar cómo se llegó hasta aquí.
Muchos ignoran que Ceuta es española desde hace más de cuatro siglos.
Desconocen que Melilla pertenece a España desde finales del siglo XV.
Ignoran que el Sáhara fue una provincia española cuyos habitantes poseían la nacionalidad española.
Y apenas saben qué ocurrió durante la Marcha Verde.
Un pueblo que ignora esos hechos difícilmente comprenderá la política marroquí del siglo XXI.
El Sáhara sigue siendo la herida abierta

Todos los caminos conducen al Sáhara.
Fue allí donde España transmitió la imagen de que, en determinadas circunstancias, estaba dispuesta a abandonar un territorio para evitar un conflicto.
Desde entonces, Marruecos ha consolidado su control sobre la mayor parte del territorio, ha explotado sus recursos naturales, ha fomentado el asentamiento de población marroquí y ha hecho todo lo posible por impedir la celebración del referéndum previsto por las Naciones Unidas.
Mientras tanto, decenas de miles de saharauis continúan viviendo desde hace medio siglo en los campamentos de refugiados de Tinduf.
Medio siglo.
Hay niños que nacieron allí.
Después nacieron sus hijos.
Y ahora comienzan a nacer sus nietos.
Tres generaciones esperando una solución que nunca llega.
Entretanto, los sucesivos gobiernos españoles, tanto del Partido Popular como del Partido Socialista, han ido modificando su discurso según las circunstancias, pero sin ofrecer una política clara y permanente respecto de un territorio sobre el que España sigue conservando unas responsabilidades históricas que nadie puede negar.
La nostalgia de Al-Ándalus

Existe otro asunto del que apenas se habla.
Y, sin embargo, ayuda a comprender muchas cosas.
Para buena parte de Europa, la Edad Media pertenece exclusivamente a los libros de Historia.
Para determinados sectores del mundo islámico no ocurre lo mismo.
Al-Ándalus continúa ocupando un lugar destacado en su memoria histórica y religiosa.
No se trata únicamente de un recuerdo cultural.
En determinados discursos políticos e islamistas aparece como un territorio perdido cuya recuperación constituye un ideal.
Basta consultar sermones, publicaciones, declaraciones o mensajes difundidos por organizaciones islamistas para comprobar que Al-Ándalus sigue siendo presentado como una tierra arrebatada al islam.
¿Significa eso que todos los musulmanes comparten esa idea?
Naturalmente que no.
Sería tan absurdo como afirmar que todos los cristianos piensan igual.
Pero negar la existencia de ese discurso tampoco ayuda a comprender la realidad.
Las ideas también influyen en la política.
Y quienes gobiernan tienen la obligación de conocerlas.
Las palabras también pueden engañar
Durante años se ha repetido otra expresión convertida casi en dogma: «la convivencia de las tres culturas».
Nadie discute que existieran intercambios culturales de enorme importancia.
Sería absurdo negarlo.
Pero convertir ocho siglos de Historia en una Arcadia feliz supone falsear los hechos.
Hubo convivencia.
Como la hubo en casi todas las sociedades antiguas.
Pero también hubo guerras, rebeliones, persecuciones, discriminaciones jurídicas, esclavitud, conversiones forzosas y expulsiones.
Los cristianos y los judíos no disfrutaban de los mismos derechos que los musulmanes.
Vivían tolerados, no iguales.
La Historia no necesita propaganda.
Necesita verdad.
Porque cuando se sustituye la Historia por el mito, la sociedad pierde una de sus principales herramientas para comprender el presente.
Y eso es precisamente lo que le está ocurriendo a España.
La pregunta que nadie quiere responder
Después de todo lo sucedido durante las últimas décadas, conviene formular una pregunta sencilla.
Si Marruecos considera españolas a Ceuta y Melilla, ¿por qué sigue reclamándolas?
Si acepta definitivamente las fronteras actuales, ¿por qué sus dirigentes vuelven periódicamente sobre el mismo asunto?
Si la inmigración irregular constituye únicamente un problema humanitario, ¿por qué desaparece casi por completo cuando Rabat decide reforzar sus controles?
Las respuestas pueden ser incómodas.
Pero las preguntas siguen ahí.
Y ningún Gobierno responsable debería dejar de planteárselas.
Epílogo: entre la ingenuidad y la responsabilidad

La política exterior no puede construirse sobre sentimientos.
Tampoco sobre eslóganes.
Mucho menos sobre ilusiones.
Los Estados no tienen amigos permanentes. Tienen intereses permanentes.
Lord Palmerston lo resumió hace casi dos siglos con una frase que sigue plenamente vigente:
«Las naciones no tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes; solo tienen intereses permanentes.»
Marruecos actúa conforme a ese principio.
España debería hacer exactamente lo mismo.
No se trata de buscar el enfrentamiento.
No se trata de alimentar el odio.
No se trata de romper relaciones diplomáticas ni comerciales.
Se trata, sencillamente, de dejar de confundir la cortesía con la sumisión.
La buena vecindad exige respeto mutuo.
Y el respeto solo existe cuando ambas partes saben que la otra defenderá aquello que considera irrenunciable.
Durante demasiado tiempo, los distintos gobiernos españoles han actuado como si bastara con hacer concesiones para calmar las exigencias marroquíes.
La experiencia demuestra exactamente lo contrario.
Cada cesión ha sido seguida por una nueva reivindicación.
Cada gesto de debilidad ha sido interpretado como una invitación a continuar presionando.
No parece una política especialmente brillante.
La primera obligación de un Estado
La primera obligación de cualquier Gobierno consiste en proteger la soberanía nacional, la integridad del territorio y la seguridad de sus ciudadanos.
Todo lo demás viene después.
España necesita una política de Estado respecto de Marruecos.
Una política que no cambie cada vez que cambia el Gobierno.
Una política basada en la Historia, en el conocimiento de la realidad y en la defensa serena de los intereses nacionales.
Eso exige, entre otras cosas, reforzar la presencia del Estado en Ceuta y Melilla; mejorar la vigilancia de las fronteras; recuperar una auténtica política exterior; fortalecer nuestras Fuerzas Armadas; estrechar la cooperación con nuestros aliados cuando convenga a España y recordar, sin complejos, que la soberanía nacional no se negocia.
El respeto no se mendiga.
Se gana.
Una lección que conviene recordar
España no eligió a Marruecos como vecino.
Marruecos tampoco eligió a España.
Ambos países están condenados por la geografía a entenderse.
Precisamente por eso resulta imprescindible abandonar la ingenuidad.
La Historia demuestra que los pueblos que olvidan las lecciones del pasado terminan pagando un precio muy elevado.
Y España lleva demasiado tiempo olvidándolas.
Quizá haya llegado el momento de sustituir los discursos complacientes por una mirada más realista.
Porque ignorar la realidad nunca la hace desaparecer.
Solo consigue que, cuando finalmente llama a la puerta, nos encuentre desprevenidos.
Y la Historia, tarde o temprano, siempre acaba llamando.
Conclusión

Marruecos seguirá defendiendo sus intereses nacionales.
Es su obligación.
La verdadera pregunta no es qué hará Marruecos.
La verdadera pregunta es si España empezará, de una vez, a defender los suyos con la misma determinación.
Porque las naciones no desaparecen de un día para otro.
Empiezan a desaparecer cuando dejan de creer en sí mismas, cuando olvidan su Historia y cuando confunden la prudencia con la resignación.
Y eso, por desgracia, constituye un riesgo mucho mayor que cualquier crisis diplomática pasajera.
Lo ocurrido recientemente en Ceuta debería servir de advertencia.
La cuestión es si sabremos escucharla o, una vez más, preferiremos mirar hacia otro lado.