La derecha política en España: ni está… ni se la espera
España no necesita sólo un cambio de Gobierno. Necesita una oposición que ejerza como alternativa, presente un Proyecto Nacional de Reconstrucción y esté dispuesta a defender la nación cuando llegan las grandes crisis.
«Una nación empieza a quedarse sin esperanza cuando el Gobierno gobierna mal… y la oposición se limita a esperar.»

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS
La derecha política en España: ni está… ni se la espera
España atraviesa una de las etapas más delicadas de su historia reciente.
La deuda pública continúa creciendo. La presión fiscal alcanza niveles desconocidos. La Administración no deja de aumentar. La calidad de la enseñanza preocupa. La Justicia es objeto de continuas controversias. El desafío separatista no ha desaparecido. La inmigración ilegal sigue poniendo a prueba nuestras fronteras.
Sin embargo, el mayor problema quizá no sea únicamente el Gobierno.
También lo es la escasa capacidad de la oposición para ofrecer una verdadera alternativa.
Gobernar no consiste en esperar que el adversario se desgaste.
Consiste en preparar el siguiente Gobierno mientras se ejerce la oposición.
Eso exige estudiar los problemas nacionales, elaborar un diagnóstico riguroso, fijar prioridades, diseñar reformas y presentarlas públicamente antes de pedir el voto.
Y eso es, precisamente, lo que muchos españoles seguimos sin conocer.
La reciente crisis de Ceuta volvió a ponerlo de manifiesto.
Miles de inmigrantes penetraron en territorio español.
Marruecos utilizó, una vez más, la presión migratoria como instrumento político.
Los españoles esperaban escuchar una respuesta firme de quienes aspiran a gobernar.
Pero las comparecencias, el liderazgo y las propuestas brillaron por su ausencia.
Resultó especialmente significativo que fuera el sindicato Manos Limpias quien reclamara la comparecencia urgente del presidente del Gobierno ante las Cortes Generales para explicar una crisis que afectaba directamente a la soberanía nacional.
Ésa debería haber sido, en primer lugar, una exigencia de la oposición.
La sensación que quedó fue preocupante.
España afrontaba una crisis de Estado.
Y la oposición parecía limitarse a observar los acontecimientos.
La misma impresión producen otras cuestiones esenciales.
Mientras nuestras fronteras soportan una presión creciente, miles de militares españoles permanecen desplegados en operaciones internacionales a miles de kilómetros de nuestra patria.
Nuestros soldados cumplen ejemplarmente con su deber.
Lo que merece debate son las prioridades políticas.
¿Debe España mantener una presencia tan extensa en escenarios lejanos mientras el control efectivo de sus propias fronteras plantea serias dificultades?
A ello se añade otra paradoja.
Cuando incendios, inundaciones o riadas golpean nuestro territorio, las Fuerzas Armadas suelen intervenir con eficacia, pero con frecuencia demasiado tarde por decisiones políticas adoptadas cuando las primeras horas decisivas ya han transcurrido.
El viejo refrán sigue plenamente vigente:
«¡A buenas horas, mangas verdes!»
Todo ello conduce a una conclusión.
España no necesita únicamente un cambio de Gobierno.
Necesita un Proyecto Nacional de Reconstrucción.
Un diagnóstico claro.
Un programa de reformas profundas.
Un calendario.
Un presupuesto.
Un compromiso de rendición de cuentas.
Y dirigentes capaces de explicar a los españoles no sólo los beneficios de esas reformas, sino también los sacrificios que exigirán.
La política no puede reducirse a la alternancia entre partidos que administren esencialmente el mismo modelo.
Debe ofrecer un rumbo.
Debe decir la verdad.
Debe recuperar el sentido del servicio al bien común.
La antigua Roma encontró en Cincinato el símbolo del gobernante que asumía el poder únicamente para servir a la República.
Joaquín Costa habló de un «Cirujano de Hierro» como metáfora de quien fuera capaz de extirpar los males enquistados del Estado.
Hoy no necesitamos hombres providenciales.
Necesitamos gobernantes con el coraje suficiente para llamar a las cosas por su nombre, emprender las reformas necesarias y asumir el coste político de decir la verdad.
Porque una nación empieza a perder la esperanza cuando el Gobierno gobierna mal…
…y la oposición se limita a esperar.
Ésa es, en definitiva, la pregunta que este ensayo deja sobre la mesa:
¿Existe hoy en España una verdadera alternativa de gobierno o sólo una alternativa electoral?
Mientras esa respuesta no llegue, muchos ciudadanos seguirán teniendo la misma impresión:
La derecha política en España… ni está… ni se la espera.
SI QUIERES PROFUNDIZAR UN POCO MÁS, SIGUE LEYENDO.
La derecha política en España: ni está… ni se la espera
España no necesita un relevo. Necesita un rumbo.

La democracia no consiste únicamente en que exista un Gobierno.
Necesita también una oposición.
Pero no una oposición resignada a esperar que el adversario se desgaste por sus propios errores. Ni una oposición cuya estrategia consista en aguardar pacientemente el siguiente turno electoral.
La oposición cumple una función mucho más importante.
Debe fiscalizar al Gobierno.
Denunciar sus errores.
Proponer soluciones.
Y, sobre todo, demostrar a los ciudadanos que está preparada para asumir el poder desde este mismo instante.
Porque gobernar no empieza el día en que se jura un cargo.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando se estudian los problemas del país, se elabora un diagnóstico, se fijan prioridades y se ofrece a la nación un proyecto de futuro.
Y ahí es donde, a mi juicio, aparece el gran vacío de la política española.
Hace unos días, Alejo Vidal-Quadras recomendaba la lectura del libro El PP y la derecha inexistente, de José Luis González Quirós. Más allá de las discrepancias que puedan suscitar algunas de sus tesis, el propio título constituye una interpelación incómoda.
¿Existe realmente una derecha política en España?
La pregunta puede parecer exagerada.
Sin embargo, basta observar la realidad para comprender que no carece de fundamento.
España acumula problemas de enorme gravedad.
La deuda pública sigue creciendo.
La natalidad continúa desplomándose.
La presión fiscal alcanza cotas históricas.
La Administración aumenta de tamaño sin que los ciudadanos perciban una mejora proporcional de los servicios públicos.
Las listas de espera sanitarias desesperan a miles de familias.
La enseñanza pierde calidad.
La separación de poderes suscita dudas cada vez mayores.
La organización territorial del Estado continúa generando conflictos permanentes.
Y el control efectivo de nuestras fronteras dista mucho de ofrecer la seguridad que cabría esperar de un Estado soberano.
Todo ello exigiría una oposición activa, con iniciativa, capaz de señalar los errores del Gobierno, pero también de presentar un verdadero Proyecto Nacional de Reconstrucción.
Sin embargo, esa alternativa sigue sin aparecer.
La reciente crisis de Ceuta ha puesto esa carencia al descubierto.
Miles de inmigrantes penetraron en territorio español en pocos días.
Una vez más, Marruecos utilizó la inmigración como instrumento de presión política.
Una vez más, quedó de manifiesto la fragilidad de una de las fronteras exteriores de la Unión Europea.
Y, una vez más, los españoles esperaban escuchar a quienes aspiran a gobernarlos.
Esperaban comparecencias.
Explicaciones.
Propuestas.
Un plan.
Una voz firme que transmitiera serenidad y determinación.
Pero ese momento nunca llegó.
Hubo declaraciones aisladas.
Mensajes en las redes sociales.
Algunas iniciativas parlamentarias.
Poco más.
Tan llamativa fue la ausencia de iniciativa que tuvo que ser el sindicato Manos Limpias quien reclamara públicamente la comparecencia urgente del presidente del Gobierno ante las Cortes Generales para explicar lo sucedido en Ceuta y responder políticamente por una crisis que afectaba directamente a la soberanía nacional.
Que una iniciativa de esa naturaleza parta de una organización de la sociedad civil y no de los principales partidos de la oposición debería hacer reflexionar.
Porque ésa era, precisamente, su obligación.
No se trataba únicamente de censurar al Gobierno.
Se trataba de demostrar que existía una alternativa preparada para asumir el timón del Estado.
Y esa demostración, sencillamente, no se produjo.
Pero Ceuta no constituye un episodio aislado.
Es el síntoma de un problema mucho más profundo.
Mientras nuestras fronteras soportan una presión creciente y el Estado parece incapaz de impedir que países vecinos utilicen la inmigración ilegal como instrumento de coerción política, España mantiene miles de militares desplegados a miles de kilómetros de su territorio.
Desde el flanco oriental de la OTAN, próximo a la frontera rusa, hasta África, Oriente Próximo o el océano Índico, nuestros soldados participan en numerosas operaciones internacionales presentadas como «misiones de paz».
Nadie pone en duda la profesionalidad, el valor ni el espíritu de servicio de las Fuerzas Armadas españolas.
Muy al contrario.
Nuestros militares cumplen con ejemplaridad las órdenes que reciben y, cuando es necesario, arriesgan su vida en nombre de España.
Precisamente por respeto a ese sacrificio conviene formular una pregunta que el debate político parece empeñado en esquivar.
¿Cuáles son hoy las verdaderas prioridades estratégicas de España?
¿Tiene sentido mantener una presencia tan extensa en escenarios lejanos mientras nuestras propias fronteras siguen siendo vulnerables?
¿No debería concentrarse el mayor esfuerzo en garantizar la integridad del territorio nacional, la seguridad de los españoles y el control efectivo de las fronteras?
La paradoja resulta aún más evidente cuando incendios forestales, inundaciones o riadas golpean nuestro país.
Las Fuerzas Armadas y, muy especialmente, la Unidad Militar de Emergencias, demuestran una capacidad extraordinaria de organización, disciplina y entrega.
Sin embargo, demasiadas veces su intervención llega cuando las decisiones políticas ya han perdido un tiempo precioso.
El viejo refrán castellano vuelve entonces a cobrar actualidad:
«¡A buenas horas, mangas verdes!»
No porque falten soldados.
No porque falten medios.
Sino porque falta previsión, decisión y capacidad de reacción.
Mientras tanto, España continúa proyectando fuerza en escenarios lejanos… y ofreciendo una preocupante sensación de debilidad dentro de sus propias fronteras.
Ésta no es únicamente una crítica al Gobierno.
Es también una interpelación a quienes desean sustituirlo.
Porque denunciar ya no basta.
Los españoles tienen derecho a saber qué harían de manera distinta.
Cómo defenderían nuestras fronteras.
Qué política exterior impulsarían.
Qué papel reservarían a las Fuerzas Armadas.
Qué reformas emprenderían desde el primer día.
Y, sobre todo, qué España desean legar a las generaciones futuras.
Ésa es la gran cuestión.
Y ése será el hilo conductor de las páginas que siguen.
Porque España no necesita únicamente un cambio de Gobierno.
Necesita recuperar un rumbo.
Y, hoy por hoy, muchos ciudadanos tienen la impresión de que la derecha política en España ni está… ni se la espera.
La alternancia no basta

Existe una idea profundamente arraigada en la política española.
Basta con esperar.
Esperar a que el Gobierno se desgaste.
Esperar a que aumente el descontento.
Esperar a que la economía empeore.
Esperar a que estalle un nuevo escándalo.
Esperar, en definitiva, a que los ciudadanos castiguen al partido que gobierna y entreguen el poder a la oposición.
Puede ser una estrategia electoral.
Pero difícilmente constituye una estrategia de gobierno.
Porque una nación no cambia simplemente sustituyendo a quienes ocupan los ministerios.
Cambia cuando cambian las políticas.
Y, sobre todo, cuando existe un proyecto nacional capaz de orientar esas políticas hacia un objetivo claramente definido.
Eso es, precisamente, lo que echo de menos.
Ni el Partido Popular ni Vox han presentado hasta ahora un auténtico Proyecto Nacional de Reconstrucción de España.
No hablo de un programa electoral de varios centenares de páginas, redactado para cumplir un trámite legal y destinado, en gran medida, a dormir el sueño de los justos una vez celebradas las elecciones.
Hablo de un documento político accesible para cualquier ciudadano.
Que comience respondiendo a una pregunta elemental:
¿Cuál es el verdadero estado de España?
Porque ningún médico prescribe un tratamiento sin haber realizado antes un diagnóstico.
Y ningún ingeniero inicia la reconstrucción de un puente sin estudiar antes el alcance de los daños.
Gobernar una nación debería obedecer al mismo principio.
Primero, el diagnóstico.
Después, las prioridades.
Más tarde, las soluciones.
Finalmente, la evaluación permanente de los resultados.
Sin ese método, la política degenera en improvisación.
Y la improvisación termina pagándose muy cara.
¿Se atreven a llamar a las cosas por su nombre?

Gobernar exige, antes que nada, decir la verdad.
Y la verdad no siempre resulta agradable.
Significa reconocer que el Estado vive por encima de sus posibilidades.
Que la deuda pública constituye una pesada hipoteca para las generaciones futuras.
Que el actual modelo territorial presenta problemas que ya no pueden seguir ignorándose.
Que la Administración ha crecido hasta extremos difícilmente justificables.
Que existen organismos cuya utilidad nadie acierta a explicar.
Que el gasto político merece una revisión profunda.
Que la Justicia necesita recuperar plenamente su independencia.
Que la educación requiere una reforma de gran calado.
Que la política demográfica no puede seguir siendo una cuestión secundaria.
Y que el control efectivo de las fronteras constituye una obligación elemental de cualquier Estado soberano.
Éstas son cuestiones de fondo.
Sin embargo, rara vez ocupan el lugar central del debate político.
Se habla mucho de personas.
Se habla mucho de pactos.
Se habla mucho de tácticas parlamentarias.
Pero apenas se habla del modelo de España que se desea construir durante los próximos veinte o treinta años.
Y cuando ese debate desaparece, la política queda reducida a una simple disputa por la administración de lo existente.
El consenso que nadie parece dispuesto a romper

Quizá ahí resida el problema principal.
Durante décadas se ha ido consolidando una forma de entender la acción política que apenas admite discusión.
Cambian los gobiernos.
Cambian los ministros.
Cambian los discursos.
Pero determinadas estructuras permanecen prácticamente intactas.
La organización territorial apenas se cuestiona.
La Administración continúa creciendo.
El gasto público sigue aumentando.
La deuda se incrementa año tras año.
La legislación se multiplica.
Los organismos públicos rara vez desaparecen.
Las competencias se acumulan.
Las subvenciones se perpetúan.
Y cuando algún partido promete cambios profundos, éstos terminan reduciéndose, con demasiada frecuencia, a simples ajustes de gestión.
Da la impresión de que existe un amplio terreno compartido sobre el que casi nadie desea abrir un debate de fondo.
No se discute la velocidad.
Se acepta el camino.
Y, sin embargo, cada vez son más los ciudadanos que consideran que es precisamente el camino lo que necesita ser revisado.
No basta con administrar mejor un modelo que muchos juzgan agotado.
La cuestión consiste en decidir si ese modelo continúa respondiendo a las necesidades de la España del siglo XXI o si ha llegado el momento de emprender reformas de mayor alcance.
Ésa es la conversación que echo en falta.
Y ésa es, también, la conversación que una verdadera oposición debería haber iniciado hace ya mucho tiempo.
Porque esperar la caída del Gobierno nunca ha sido un proyecto político.
Es, simplemente, una esperanza.
Y las naciones no pueden construir su futuro sobre esperanzas.
Lo construyen sobre ideas, sobre trabajo, sobre planificación y sobre dirigentes capaces de asumir decisiones difíciles.
Ahí radica, precisamente, la diferencia entre una oposición electoral y una alternativa de gobierno.
Y esa diferencia, hoy por hoy, sigue sin apreciarse con la claridad que España necesita.
Gobernar exige mucho más que ganar unas elecciones

Existe una diferencia fundamental entre conquistar el poder y estar preparado para ejercerlo.
La primera depende, en gran medida, del desgaste del adversario.
La segunda depende exclusivamente del trabajo realizado durante los años de oposición.
Una oposición responsable no debería dedicar ese tiempo únicamente a denunciar los errores del Gobierno.
Debería aprovecharlo para estudiar el país.
Para escuchar a la sociedad.
Para consultar a expertos de todas las tendencias.
Para comparar la experiencia de otras naciones.
Para analizar qué ha funcionado y qué ha fracasado.
Y, finalmente, para elaborar un auténtico Proyecto Nacional.
Eso es lo que echo de menos.
No conozco un documento elaborado por el Partido Popular o por Vox que responda con precisión a preguntas tan sencillas como decisivas.

¿Cuál consideran que es el principal problema de España?
¿Cuáles son las cinco primeras reformas que aprobarían al llegar al Gobierno?
¿Qué organismos públicos desaparecerían?
¿Qué competencias recuperaría el Estado?
¿Cuántos años necesitarían para equilibrar las cuentas públicas?
¿Qué volumen de deuda consideran sostenible?
¿Cómo piensan afrontar el invierno demográfico?
¿Qué modelo educativo desean implantar?
¿Qué papel debe desempeñar España en Europa y en el mundo?
¿Qué política de inmigración consideran compatible con el interés nacional?
Los españoles tienen derecho a conocer esas respuestas antes de depositar su voto.
No después.
Antes.
Porque votar no consiste en elegir un rostro más simpático que otro.
Consiste en decidir el rumbo de una nación.
Y el rumbo no puede improvisarse.
Gobernar es elegir… y también renunciar

Hay otra cuestión sobre la que reina un llamativo silencio.
Gobernar significa elegir.
Y toda elección implica renuncias.
No es posible aumentar indefinidamente el gasto público, reducir los impuestos, incrementar todas las prestaciones, crear nuevos organismos, ampliar la Administración y, al mismo tiempo, disminuir la deuda.
Las cuentas no salen.
Nunca han salido.
Sin embargo, la política española parece haber convertido el milagro de los panes y los peces en un programa económico permanente.
Todos prometen.
Muy pocos explican quién pagará la factura.
Ése es uno de los grandes déficits del debate público.
Los ciudadanos son tratados, demasiadas veces, como menores de edad a quienes conviene ocultar la realidad para evitar disgustos.
Y la realidad es mucho más sencilla.
España tendrá que tomar decisiones difíciles.
Habrá que establecer prioridades.
Habrá que reducir gastos.
Habrá que eliminar duplicidades.
Habrá que revisar estructuras administrativas.
Habrá que decidir qué puede seguir financiándose y qué no.
Habrá que decir «no» muchas más veces de las que nuestros gobernantes están acostumbrados.
Y quien aspire a dirigir el país debería comenzar explicándolo desde ahora.
Aunque pierda votos.
Porque el deber de un gobernante consiste en servir al país.
No en alimentar ilusiones imposibles.
La verdad suele ser impopular

Quizá ahí radique el verdadero problema.
Decir la verdad rara vez proporciona aplausos.
Resulta mucho más cómodo prometer que todo seguirá igual.
Que nadie perderá privilegios.
Que bastará con gestionar mejor.
Que unos cuantos ajustes resolverán problemas acumulados durante décadas.
La Historia demuestra exactamente lo contrario.

Las grandes reformas nunca fueron cómodas.
Siempre encontraron resistencia.
Siempre perjudicaron intereses creados.
Siempre exigieron sacrificios.
Pero también fueron las únicas capaces de evitar males mayores.
Por eso empiezo a comprender la creciente inquietud de muchos españoles.
No temen únicamente al Gobierno.
Temen, sobre todo, que nadie esté dispuesto a hacer aquello que resulta imprescindible.
Porque una cosa es ganar unas elecciones.
Y otra muy distinta gobernar con el valor suficiente para adoptar decisiones impopulares cuando el interés nacional así lo exige.
¿Quién pondrá el cascabel al gato?

Y es aquí donde surge inevitablemente la vieja metáfora.
Todos reconocen que el gato lleva demasiado tiempo campando a sus anchas.
Todos coinciden en que alguien debería colocarle el cascabel.
Pero nadie parece dispuesto a hacerlo.
El Gobierno continúa avanzando en la dirección que considera adecuada.
Es coherente con su proyecto político.
Podrá gustar o no.
Pero responde a una idea definida.
Lo verdaderamente sorprendente es que quienes aspiran a sustituirlo sigan sin explicar con la misma claridad cuál es su propio proyecto.
Se limitan, con demasiada frecuencia, a prometer que administrarán mejor lo existente.
Y muchos españoles ya no esperan un administrador más eficaz.
Esperan un reformador.
Esperan a alguien capaz de decir, con serenidad pero sin rodeos:
«Hasta aquí hemos llegado. Esto no puede seguir así.»
No buscan un demagogo.
Ni un salvador providencial.
Ni un caudillo.
Buscan dirigentes que posean una virtud cada vez más escasa en la política contemporánea:
El coraje de decir la verdad antes de las elecciones, y no después.
Porque únicamente quien está dispuesto a perder votos por decir la verdad merece la confianza para gobernar una nación.
Y esa clase de dirigentes, por desgracia, escasea tanto como los estadistas.
¿Dónde está el Cincinato que España necesita?

Llegados a este punto, la pregunta resulta inevitable.
Si el Gobierno continúa avanzando por un camino que una parte importante de la sociedad considera perjudicial para España…
Si la oposición no termina de presentar un verdadero proyecto nacional alternativo…
Si las grandes reformas siguen aplazándose una legislatura tras otra…
¿Quién asumirá la responsabilidad de cambiar el rumbo?
No hablo de hombres providenciales.
La Historia demuestra que conviene desconfiar de quienes se presentan como salvadores de la patria.
Hablo de otra cosa.
Hablo de dirigentes con el suficiente sentido del deber como para anteponer el interés general al cálculo electoral.
La antigua Roma encontró uno de esos ejemplos en Cincinato.
Cuando la República atravesó una situación crítica, abandonó el arado, asumió temporalmente el mando, resolvió la emergencia y, concluida su misión, regresó a cultivar sus tierras.
No convirtió el poder en una profesión.
Lo entendió como un servicio.
Muchos siglos después, Joaquín Costa recurrió a otra imagen que ha quedado grabada en la historia política española.
Reclamó un «Cirujano de Hierro».

No estaba pidiendo un dictador.
Pedía un gobernante capaz de extirpar los males enquistados del Estado con la misma decisión con que un buen cirujano elimina un tumor para salvar la vida del paciente.
La metáfora conserva hoy una sorprendente actualidad.
Porque España necesita cirugía.
No cosmética.
No bastan pequeños retoques.
No basta cambiar algunas caras.
No basta sustituir unos ministros por otros.
Cuando una casa presenta grietas en los cimientos, el problema no se resuelve pintando la fachada.
Y ésa parece ser, precisamente, la tentación permanente de nuestra política.
Cambiar la pintura.
Mantener el edificio.
Esperar que aguante algunos años más.
Pero los problemas estructurales no desaparecen por ignorarlos.
Al contrario.
Cada año que pasa resultan más difíciles y más costosos de resolver.
El precio de decir la verdad

Tal vez ahí resida la explicación del silencio.
Decir la verdad tiene un precio.
Reconocer que el Estado no puede seguir gastando indefinidamente por encima de sus posibilidades cuesta votos.
Explicar que determinadas administraciones sobran cuesta votos.
Proponer la supresión de organismos inútiles cuesta votos.
Revisar privilegios cuesta votos.
Reducir el gasto político cuesta votos.
Controlar eficazmente la inmigración ilegal genera controversias.
Modificar estructuras asentadas desde hace décadas provoca resistencias.
Y enfrentarse a quienes viven de esas estructuras exige un coraje poco frecuente.
Sin embargo, ésa es precisamente la tarea para la que los ciudadanos eligen a sus gobernantes.
No para administrar inercias.
No para aplazar decisiones.
No para comprar tiempo.
Sino para resolver problemas.
Gobernar nunca ha consistido en buscar el aplauso.
Consiste en asumir responsabilidades.
Aunque resulten impopulares.
España sigue esperando

Ésta es, en el fondo, la reflexión que deseo compartir con el lector.
No escribo estas líneas por animadversión hacia unas siglas ni por simpatía hacia otras.
Las escribo porque España merece algo mejor que una política reducida a la alternancia entre administradores de un mismo modelo.
Merece un gran debate nacional.
Merece conocer cuál es el diagnóstico real de su situación.
Merece que quienes aspiran a gobernarla expliquen, sin ambigüedades, qué piensan hacer con la deuda pública, con el Estado autonómico, con la Administración, con la Justicia, con la educación, con la inmigración, con la política exterior, con la defensa nacional y con la reconstrucción moral e institucional del país.
Merece un Proyecto Nacional.
No un catálogo de promesas.
No una campaña de publicidad.
Un Proyecto Nacional.
Y merece, además, que quienes lo presenten acepten ser juzgados por su cumplimiento.
Con objetivos verificables.
Con plazos concretos.
Con responsabilidades claras.
Y con la obligación de rendir cuentas periódicamente ante los ciudadanos.
Eso debería ser lo normal en una democracia madura.
Epílogo

España ha superado momentos mucho más difíciles que el actual.
Ha conocido guerras, invasiones, bancarrotas, crisis políticas y profundas divisiones internas.
Siempre salió adelante.
No por casualidad.
Sino porque hubo generaciones capaces de asumir sacrificios y dirigentes dispuestos a anteponer el interés nacional a su conveniencia personal.
Hoy no necesitamos héroes.
Necesitamos gobernantes.
Necesitamos oposición.
Necesitamos estadistas.
Necesitamos hombres y mujeres capaces de llamar a las cosas por su nombre y de decir la verdad, aunque resulte incómoda.
Porque el tiempo de las ambigüedades parece agotarse.
Cada día que pasa sin acometer las reformas necesarias hace más pesada la carga que recaerá sobre nuestros hijos y nuestros nietos.
Por eso la pregunta con la que comenzábamos estas páginas sigue esperando una respuesta.
¿Dónde está la derecha política española?
¿Dónde está esa alternativa que no sólo aspire a ganar las próximas elecciones, sino a reconstruir España?
Mientras esa respuesta no llegue, muchos ciudadanos seguirán teniendo la misma impresión.
La derecha política en España… ni está, ni se la espera.