SOY VIEJO… Y NO LO PUEDO EVITAR.
Elogio de las canas, las arrugas y la libertad de dejar de fingir
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Instrucciones para parecer joven

Primero, sitúese ante el espejo. No lo mire demasiado: podría reconocerse —o no— a sí mismo.
Busque las canas. Si encuentra alguna, no se alarme. Existen tintes de todos los colores, incluso de algunos que jamás tuvo el cabello humano.
Observe las arrugas. No las cuente; podría perder la mañana. Para borrarlas le ofrecerán cremas, ungüentos, inyecciones, estiramientos y toda suerte de milagros. Desconfíe. Los milagros verdaderos nunca se anuncian por televisión.
Póngase unos pantalones que le impidan sentarse, una camiseta con una inscripción inglesa que no entienda y unas zapatillas de correr. No importa que no haya corrido desde que acabó la mili… o desde que consiguió librarse de ella.
Aprenda unas cuantas voces juveniles: «en plan», «brutal», «literal». Repítalas a menudo y sin venir a cuento. Sus hijos y sus nietos bajarán la cabeza avergonzados. Eso demuestra que el procedimiento empieza a surtir efecto.
Escuche su música. A ser posible, a todo volumen. No se preocupe si no comprende la letra. Probablemente ellos tampoco.
Acompáñelos al botellón. Beba de pie, hable a gritos y procure olvidar que al día siguiente las rodillas le pedirán cuentas.
Finalmente, hágase una fotografía. Meta el vientre, estire el cuello y sonría. El teléfono le borrará las arrugas, le alisará la piel, le agrandará los ojos y le quitará veinte años.
Cuando termine, vuelva al espejo.
Si todavía consigue reconocerse a sí mismo, enhorabuena.
No está del todo perdido.
¿Ha hecho usted un pacto con el diablo?

A veces observo a ciertos hombres y mujeres de mi edad y me asalta una duda:
¿Habrán hecho un pacto con el diablo?
No me refiero al diablo de los teólogos, sino al de Oscar Wilde.
Quizá, como Dorian Gray, esconden en algún desván un retrato espantoso que envejece por ellos, acumula las arrugas, encanece, engorda y soporta el peso de los años.
Ellos, mientras tanto, pasean con el cabello recién teñido, el rostro terso y la expresión inmóvil de quien cree haber derrotado al tiempo.
Lástima que las rodillas no hayan leído El retrato de Dorian Gray.
Ni la espalda.
Ni la vista.
Ni la próstata.
Ni el documento nacional de identidad.
Porque el tiempo no firma pactos.
Tampoco acepta sobornos.
Puede ocultarse una cana, rellenarse una arruga, tensarse el rostro o mentirse al rellenar un impreso. Los años, sin embargo, siguen allí. A veces se esconden en las rodillas. Otras, en la memoria. Casi siempre aparecen al levantarse del sillón.
No existe crema capaz de rejuvenecer una partida de nacimiento.
Salir del armario

Ha llegado, pues, el momento de salir del armario.
Soy viejo.
Lo digo sin rodeos, sin vergüenza y sin propósito de enmienda.
Soy viejo y no lo puedo evitar.
Tampoco deseo evitarlo.
La alternativa habría sido morir joven. Eso conserva muy bien el retrato, pero impide disfrutarlo.
Vivimos, sin embargo, en una época en la que nadie quiere ser viejo.
Se puede ser maduro, veterano, jubilado, abuelo o persona de cierta edad. Viejo, jamás.
La palabra parece haberse convertido en un insulto.
Al viejo se le llama de cualquier manera con tal de no llamarlo viejo, como si cambiar el nombre modificara la realidad. Es el antiguo truco de esconder las cosas debajo de las palabras.
Pero un viejo llamado de otra manera sigue siendo viejo.
Y no pasa nada.
Lo ridículo no es tener setenta años.
Lo ridículo es tener setenta años y empeñarse en aparentar treinta.
La juventud obligatoria

La juventud fue siempre una etapa de la vida.
Ahora se ha convertido en una obligación.
No basta con vivir. Hay que parecer joven.
Hay que vestir como los hijos, hablar como los nietos, escuchar su música, repetir sus palabras y acudir con ellos a lugares de los que, años atrás, habríamos intentado sacarlos.
Hay padres que van al botellón con sus hijos.
Quizá lo hacen para vigilarlos.
Quizá los hijos van para vigilar a los padres.
Se disimulan las canas, se borran las arrugas, se oculta la edad y se habla de los sesenta como de una segunda adolescencia.
Segunda adolescencia.
Como si una no hubiera sido suficiente.
También ha cambiado la manera de presentar a la persona con quien se comparte la vida.
—Éste es mi chico.
Uno vuelve la cabeza esperando encontrar a un muchacho.
Y aparece un señor de sesenta y siete años, con canas, gafas para leer y una cita pendiente con el urólogo.
O bien:
—Ésta es mi chica.
Y la chica resulta ser una mujer de sesenta y cuatro años, con hijos mayores, nietos y treinta años cotizados.
No hay nada malo en enamorarse a esa edad. Al contrario.
Lo absurdo es creer que el amor rejuvenece hasta el sustantivo.
Un hombre de sesenta años puede enamorarse, casarse, separarse, reconciliarse y cometer todas las tonterías propias del amor.
Pero sigue siendo un hombre.
No un chico.
Y ella sigue siendo una mujer.
No una chica.
El amor no tiene edad.
Los enamorados, sí.
Los adultescentes

Además de los viejos que quieren parecer jóvenes, ha aparecido una especie complementaria: los jóvenes que no tienen ninguna prisa por hacerse adultos.
Son los adultescentes.
Han alcanzado la edad de trabajar, votar, conducir, casarse, tener hijos y responder de sus actos. Pero continúan viviendo como si las obligaciones fueran una enfermedad contagiosa.
No se trata de todos los jóvenes, naturalmente. Siempre hubo muchachos responsables, trabajadores y decididos. Pero hay una forma de hablar, pensar y vivir que se repite tanto que merece atención.
Basta observar ciertos concursos de televisión.
La ruleta de la suerte es una ventana extraordinaria para contemplar una parte de la España actual.
El presentador pregunta a los concursantes quiénes son y qué les gusta.
Entonces comienza la letanía:
—Me gusta viajar.
—Me gusta hacer deporte.
—Me gusta salir con los amigos.
—Me encanta la música.
—Me gusta comer en buenos restaurantes.
Nada que objetar. A casi todos nos gustan esas cosas. Incluso a los viejos.
Después llega la pregunta decisiva:
—¿Y qué hará con el dinerito si gana?
Uno espera escuchar:
«Ahorraré para comprar una casa.»
«Montaré un pequeño negocio.»
«Completaré mis estudios.»
«Buscaré un trabajo que me permita vivir dignamente.»
«Guardaré una parte para cuando vengan mal dadas.»
«Quiero formar una familia.»
Pero no.
La respuesta aparece una y otra vez:
—Me iré a Japón.
Lo juro: Japón parece haberse convertido en la tierra prometida del concursante español.
No tengo nada contra Japón. Al contrario. Es un país admirable.
Lo extraño no es querer conocerlo.
Lo extraño es que, cuando se pregunta por el porvenir, la respuesta casi siempre sea un viaje, una fiesta, una comida o alguna forma de diversión.
Casi nadie habla de construir.
Casi todos hablan de consumir.
El dinero no sirve para asegurar el mañana, sino para gastarlo cuanto antes.
La vida debe ser alegre, divertida y ligera.
Y que me quiten lo bailado.
El problema llega cuando, después de bailar, alguien presenta la cuenta.
Instrucciones para no hacerse adulto
Levántese tarde.
No haga hoy lo que pueda encargar mañana a sus padres.
Cambie de trabajo cada vez que el trabajo exija trabajar.
Considere que ahorrar es una manía de viejos y que formar una familia limita mucho los viajes.
Repita que desea vivir experiencias.
No aclare cuáles.
Cuando el dinero se termine, recuerde que la culpa es del sistema.
Finalmente, cumpla cuarenta años.
Ya puede comenzar a pensar qué quiere ser de mayor.
Una sociedad que no quiere crecer

No debe culparse únicamente a los jóvenes.
Los hemos educado así.
Durante años les hemos dicho que eran extraordinarios por existir, que no debían sufrir frustraciones, que cada deseo merecía convertirse en derecho y que el esfuerzo podía perjudicar su estima de sí mismos.
Les hemos evitado las caídas.
Después nos ha sorprendido que no sepan levantarse.
Les hemos resuelto los problemas.
Después nos ha indignado que esperen que alguien se los resuelva siempre.
Les hemos dicho que disfruten del momento, persigan sus sueños y no permitan que nadie les imponga límites.
Pero rara vez les hemos explicado que casi todos los sueños dignos de ese nombre exigen trabajo, paciencia, renuncias y muchos días aburridos.
La vida no puede ser una fiesta permanente.
Entre otras razones, porque alguien tiene que recoger después las botellas.
Nunca hubo tantos viejos empeñados en parecer jóvenes.
Y nunca hubo tantos jóvenes empeñados en no dejar de ser adolescentes.
Ambos corren en dirección contraria y persiguen lo mismo: no aceptar la edad que les corresponde.
Unos se tiñen las canas.
Los otros se niegan a peinar las responsabilidades.
No hemos prolongado la juventud.
Hemos prolongado la adolescencia.
El complot de Matusalén

Observen con claridad una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo:
Hemos conseguido alargar la vida, pero no sabemos qué hacer con los años conquistados.
Viviremos más. Seremos muchos más los que lleguemos a viejos. Sin embargo, seguimos considerando la vejez como un fracaso, una enfermedad o una antesala demasiado larga de la muerte.
La sociedad envejece, pero continúa rindiendo culto a la juventud.
Ése es el verdadero complot.
No una conjura de los viejos contra los jóvenes, sino una conspiración de todos contra su propio porvenir.
Porque los jóvenes que hoy desprecian a los viejos serán, con suerte, los viejos de mañana.
La revolución necesaria no consiste en fingir que los ancianos son jóvenes, sino en reconocer que ser viejo tiene un valor propio.
No hay que rejuvenecer a los viejos.
Hay que dejar de avergonzarlos por serlo.
La vejez como conquista

Durante siglos, llegar a viejo fue un privilegio de pocos.
Ahora puede ser el destino de muchos.
Eso debería celebrarse.
La vejez no es necesariamente un agujero negro, una prisión o una cama de hospital. Millones de personas pueden disponer de veinte o treinta años después de la jubilación.
No son las sobras de la vida.
Son vida.
Años para leer lo que no se leyó.
Para visitar a quien se dejó de visitar.
Para decir lo que antes se calló.
Para pensar sin pedir permiso.
Para aprender.
Para enseñar.
Para contemplar el espectáculo del mundo con la serenidad de quien ya conoce algunos trucos del prestidigitador.
El viejo ha perdido fuerza, pero ha ganado distancia.
Corre menos.
Ve más.
O debería.
El saber de los años

La sociedad moderna sospecha de la experiencia.
Prefiere la novedad.
Se presenta como nuevo lo que ya fracasó tres veces, se cambia el nombre y se anuncia como un descubrimiento.
El viejo resulta molesto porque recuerda.
Sabe que muchas modas son antiguas tonterías con ropas nuevas.
Sabe que los salvadores suelen necesitar ser salvados.
Sabe que las promesas más hermosas acostumbran a esconder la factura más alta.
Y sabe, sobre todo, que la vida pasa.
Eso no lo aprendió en un cursillo.
Lo aprendió enterrando a sus padres, viendo crecer a sus hijos, perdiendo amigos, equivocándose, levantándose y volviendo a equivocarse de otra manera.
Las arrugas son las notas al pie de esa historia.
Las canas, su índice.
De venerables ancianos a estorbos

En otros tiempos, la vejez inspiraba respeto.
El anciano había visto más, sufrido más y aprendido —al menos en teoría— algo de todo ello. Se acudía a él para pedir consejo, conocer la historia de la familia, resolver una disputa o evitar un error ya cometido por otros.
No todos los viejos eran sabios.
Pero se suponía que los años ofrecían alguna posibilidad de serlo.
Hoy las cosas se han invertido.
Al anciano ya no se le pregunta.
Se le explica.
Se le habla despacio, aunque oiga perfectamente.
Se decide por él.
Se le retiran las llaves, la cuenta bancaria, la opinión y, en cuanto resulta posible, la casa.
Después se le conduce a uno de esos establecimientos llamados residencias, nombre apacible que a veces oculta un corredor de la muerte con televisión en la sala común.
Allí esperará.
Esperará la comida.
Esperará la visita.
Esperará al médico.
Esperará que alguien recuerde que sigue vivo.
Y, mientras tanto, la sociedad que lo ha apartado seguirá hablando del respeto debido a sus «mayores».
Peor aún es sénior, voz innecesaria con la que se pretende convertir la vejez en una categoría comercial. Ya no hay ancianos: hay clientes sénior, turismo sénior, viviendas sénior y descuentos sénior.
Todo muy moderno.
Todo muy inglés.
Todo muy pensado para evitar la palabra que describe la realidad.
Resulta curioso que una sociedad que desprecia a los ancianos conserve una institución llamada Senado.
La palabra procede de senex: viejo, anciano.
El Senado romano era el consejo de los hombres de edad, aquellos a quienes la experiencia hacía aptos para orientar la vida pública.
Hoy muchos senados ya no reúnen sabios.
Reúnen políticos que han envejecido.
No es lo mismo.
Los antiguos pensaban que los años podían acercar a la prudencia.
Nosotros creemos que acercan a la inutilidad.
Ellos colocaban a los ancianos en el consejo.
Nosotros los colocamos en la residencia.
Y todavía nos felicitamos por haber progresado.
Instrucciones para deshacerse de un viejo

Llámelo «mayor».
Pregúntele cómo se encuentra, pero no espere la respuesta.
Dígale que estará mejor atendido.
Vacíe su casa.
Reparta sus objetos.
Guarde las fotografías que no estorben.
Llévelo a una residencia luminosa, limpia y situada lo bastante lejos para que las visitas puedan aplazarse.
Prometa volver el domingo.
No precise cuál.
Finalmente, felicítese.
Ha hecho usted todo lo posible por él.
Salvo estar a su lado.
La libertad de ser viejo

La vejez tiene achaques.
Negarlo sería tan necio como negar las arrugas.
Duele la espalda.
Falla la vista.
La memoria comienza a colocar las llaves en lugares misteriosos.
El cuerpo envía cartas certificadas que antes se limitaba a insinuar.
Pero también aparece una libertad desconocida.
Ya no es necesario agradar a todo el mundo.
Ya no hace falta asistir a todas las reuniones, aceptar todas las invitaciones ni fingir interés por todas las conversaciones.
Puede uno decir:
—No me apetece.
Y quedarse tan tranquilo.
Puede vestirse como quiera, siempre que renuncie al propósito de parecer su nieto.
Puede defender una opinión impopular.
Puede abandonar una discusión al comprobar que el adversario no escucha.
Puede reconocer que no sabe algo.
Y, privilegio supremo, puede dejar de preocuparse por lo que pensarán dentro de cincuenta años.
La vejez no concede automáticamente sabiduría.
Pero concede oportunidades para adquirirla.
Algunos las desaprovechan.
También se puede llegar a viejo siendo tonto.
Sólo que con más práctica.
El viejo rejuvenecido

Después de teñirse el cabello, alisarse el rostro, cambiar de ropa, aprender la jerga de sus nietos y bailar durante toda la noche, el viejo regresó a casa satisfecho.
Había conseguido engañar a todos.
A la mañana siguiente intentó levantarse.
Entonces comprendió que sólo le faltaba engañar a sus rodillas.
El espejo

Dorian Gray tuvo al menos la prudencia de esconder su retrato.
Nosotros llevamos el nuestro en el bolsillo.
El teléfono muestra una cara sin arrugas, sin manchas, sin ojeras y, a veces, sin parecido alguno con su dueño.
Después contemplamos la fotografía y decimos:
—Qué bien he salido.
En realidad, no hemos salido nosotros.
Ha salido un pariente lejano que nunca existió.
El espejo, en cambio, conserva la desagradable costumbre de decir la verdad.
Puede engañarlo la luz.
Puede uno mirarse desde lejos.
Puede quitarse las gafas.
Pero, tarde o temprano, el espejo acaba imponiéndose.
Por eso conviene no enfrentarse con él como con un enemigo.
Las arrugas no son heridas.
Las canas no son una enfermedad.
El rostro viejo no es una cara joven estropeada.
Es el rostro de quien ha vivido.
Soy viejo

Sí, soy viejo.
Y no lo puedo evitar.
No pienso teñir mis años, ocultar mi edad ni disfrazarme de muchacho para conseguir el perdón de quienes todavía no han tenido tiempo de envejecer.
No deseo volver a los veinte.
Ya estuve allí.
Cometí errores suficientes.
No necesito repetirlos con menos cabello y peores rodillas.
Prefiero ser viejo a representar una juventud que pasó.
Prefiero las canas verdaderas a una cabellera mentirosa.
Prefiero una arruga con historia a un rostro sin expresión.
Prefiero recordar lo vivido a fingir que no ha ocurrido.
Soy viejo.
No es una confesión.
No es una disculpa.
Es una declaración de existencia.
Y mientras pueda decirlo, significará que sigo vivo.

La única manera segura de no envejecer es morirse antes.
Gracias, pero no.