BRUCE LEE, EL TIGRE VEGETARIANO Y LA PELIGROSA COSTUMBRE DE ESPERAR QUE LA VIDA SEA JUSTA

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ALBA CALDITO RAMOS, PSICÓLOGA GENERAL SANITARIA.

Hay frases que necesitan cuatrocientas páginas, treinta y siete notas a pie de página y un profesor universitario para explicar algo que cualquier abuela sensata habría despachado mientras removía el puchero.

Y luego está Bruce Lee.

A Bruce Lee le bastaron —o, al menos, se le atribuyen— unas pocas palabras:

«Esperar que la vida te trate bien por ser buena persona es como esperar que un tigre o un león no te ataquen por ser vegetariano».

Magnífico.

Porque uno de los errores más extendidos entre los seres humanos consiste en creer que existe una especie de oficina cósmica de reclamaciones, perfectamente organizada, donde alguien lleva nuestra contabilidad moral:

—Fulanito ha ayudado hoy a una anciana a cruzar la calle. Anótenle quince puntos.

—También ha devuelto una cartera.

—Treinta más.

—Entonces que no le ocurra nada malo hasta noviembre.

Por desgracia, la oficina está cerrada.

Probablemente nunca existió.

EL TIGRE NO HA LEÍDO NUESTRO CURRÍCULO MORAL

Imaginemos la escena.

Un vegetariano pasea tranquilamente por la selva. Aparece un tigre.

Nuestro hombre levanta una mano:

—¡Un momento! Yo no como animales.

El tigre se detiene.

Reflexiona.

—¡Caramba! Disculpe usted. No sabía que estaba ante un hombre de principios.

Y se marcha avergonzado a buscarse un malvado carnívoro.

Sería precioso.

También sería conveniente que los cocodrilos respetasen a quienes reciclan, los terremotos comprobasen nuestros antecedentes penales antes de derribar la casa y los virus preguntasen previamente si hemos dado dinero a una organización benéfica.

Pero la naturaleza tiene la desagradable costumbre de no consultar nuestro expediente de buena conducta.

El tigre no sabe que somos vegetarianos.

Y, si lo supiera, probablemente tampoco le importaría.

Para el tigre seguimos siendo comida.

Ahí está condensada una considerable lección sobre la existencia.

SER BUENO NO ES CONTRATAR UN SEGURO

La bondad tiene valor precisamente porque no constituye una inversión con rentabilidad garantizada.

Quien hace el bien esperando recibir necesariamente el bien quizá no esté practicando exactamente la virtud. Tal vez esté haciendo negocios.

«Yo me porto bien contigo para que tú te portes bien conmigo.»

Eso no es el Sermón de la Montaña.

Es contabilidad.

Debe: una buena acción.

Haber: recompensa pendiente.

Saldo: el universo me debe tres favores.

Y cuando el universo no paga, llega la indignación:

—¡Pero si yo soy buena persona!

Sí.

¿Y?

También hubo excelentes personas en Pompeya cuando estalló el Vesubio.

La lava no solicitó certificados de buena conducta.

«YO NUNCA HE HECHO DAÑO A NADIE»

Esta frase suele aparecer inmediatamente después de alguna desgracia:

«No comprendo por qué me ocurre esto. Yo nunca he hecho daño a nadie».

Es perfectamente comprensible como lamento humano.

Lo disparatado sería convertirlo en una ley de causalidad.

Porque la enfermedad, el accidente, la traición, la ruina, el engaño, la muerte y la estupidez ajena no funcionan mediante un sistema de puntos.

Uno puede ser honrado y ser estafado.

Puede ser fiel y ser traicionado.

Puede trabajar como una mula y arruinarse.

Puede cuidar escrupulosamente su salud y enfermar.

Puede conducir prudentemente y encontrarse enfrente a un imbécil adelantando en una curva.

Y puede ser vegetariano y descubrir, demasiado tarde, que al tigre le trae sin cuidado.

LA CONFUSIÓN ENTRE BONDAD E INGENUIDAD

Pero la frase encierra otra enseñanza todavía más interesante.

Ser bueno no obliga a ser idiota.

Y convendría repetirlo.

La bondad no exige dejar abierta la puerta de casa.

La generosidad no obliga a prestar dinero por quinta vez a quien jamás devolvió las cuatro cantidades anteriores.

La confianza no consiste en entregar las llaves del gallinero al zorro porque haya prometido solemnemente que se ha hecho vegetariano.

Perdonar no significa olvidar dónde dejamos la cartera.

Y amar al prójimo tampoco exige nombrarlo administrador de nuestros bienes.

Existe una extraña tendencia a identificar la bondad con la indefensión.

Como si la persona decente tuviera la obligación moral de dejarse engañar.

No.

Una cosa es no ser un canalla.

Otra muy distinta es facilitarle el trabajo al canalla.

CONFUCIO, SÉNECA Y EL CUÑADO

Los filósofos llevan milenios intentando explicarnos estas cosas.

Los estoicos insistieron en distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que no depende de nosotros.

Podemos decidir cómo actuamos.

No podemos decidir cómo actuarán los demás.

Podemos procurar ser justos.

No podemos decretar que el vecino también lo sea.

Podemos intentar comportarnos razonablemente.

Pero resulta manifiestamente imposible conseguir que nuestro cuñado haga lo mismo durante la cena de Nochebuena.

Hasta la filosofía tiene límites.

La gran equivocación consiste en convertir nuestra conducta en una expectativa sobre la conducta ajena:

«Como yo no te haría esto, tú no puedes hacérmelo».

Error.

Precisamente puede hacérnoslo.

Y quizá lo haga.

Porque él no es nosotros.

Parece una perogrullada, pero buena parte de las decepciones humanas nace de haber olvidado precisamente las perogrulladas.

«SÉ AGUA, AMIGO MÍO»

Bruce Lee dejó otra reflexión mucho más conocida:

«Sé agua, amigo mío».

El agua se adapta.

Rodea obstáculos.

Cambia de recipiente.

Puede deslizarse suavemente.

Y también puede golpear con una fuerza formidable.

La enseñanza se complementa maravillosamente con la del tigre.

Sé flexible, pero no seas tonto.

Adáptate a la realidad, pero empieza por reconocer que existe.

No confundas tus deseos con los hechos.

No supongas que el mundo posee obligación alguna de acomodarse a tu código moral.

Y, sobre todo, no intentes convencer al tigre de las ventajas nutricionales de las acelgas cuando ya lo tienes a tres metros.

Corre.

Después, si sobrevives, escribe el tratado filosófico.

LA VIDA NO HA FIRMADO NINGÚN CONTRATO

Quizá ésta sea la parte más incómoda.

Nacemos sin que nadie nos entregue las condiciones generales del servicio.

No existe cláusula alguna que diga:

Artículo 17. Toda persona honrada tendrá garantizados ochenta y cinco años de existencia, salud razonable, matrimonio feliz, hijos agradecidos, vecinos silenciosos y ausencia absoluta de imbéciles en puestos de responsabilidad.

Sería estupendo.

Pero no consta.

La vida contiene azar, necesidad, decisiones propias, decisiones ajenas, naturaleza, errores, accidentes y una cantidad verdaderamente prodigiosa de estupidez humana.

Pretender que todo eso produzca automáticamente resultados justos porque nosotros intentamos comportarnos decentemente equivale a reclamar al océano porque nos ha mojado.

ENTONCES, ¿PARA QUÉ SER BUENO?

Aquí aparece la pregunta verdaderamente importante.

Si comportarnos bien no garantiza que nos vaya bien, ¿para qué demonios comportarnos bien?

Precisamente porque la moral no es una póliza de seguros.

Uno procura ser honrado porque considera preferible la honradez a la vileza.

Procura ser justo porque prefiere vivir como una persona justa.

Ayuda porque considera bueno ayudar.

Cumple su palabra porque quiere poder mirarse al espejo sin encontrarse allí a un sinvergüenza.

La recompensa fundamental no consiste en que el universo nos premie.

Consiste en no convertirnos nosotros en aquello que despreciamos.

Y eso no impide defendernos.

Ni cerrar la puerta.

Ni desconfiar cuando existen motivos.

Ni apartarnos del canalla.

Ni denunciar al delincuente.

Ni responder a una agresión.

Ni aprender de quien nos engañó.

La bondad sin prudencia puede degenerar en candidez.

Y la candidez reiterada acaba convirtiéndose en colaboración involuntaria con el sinvergüenza.

MANUAL BREVÍSIMO PARA SOBREVIVIR ENTRE TIGRES

La lección podría resumirse así:

Sé bueno, pero mira alrededor.

Sé generoso, pero aprende a contar.

Confía, pero no entregues gratuitamente las llaves.

Perdona si quieres, pero conserva la memoria.

Ayuda al prójimo, pero comprueba primero que el prójimo no pretende comerte.

Y si aparece un tigre, no le enseñes el carné de vegetariano.

Porque quizá Bruce Lee resumiera en una frase algo que llevamos milenios intentando comprender:

la realidad no tiene obligación alguna de ser justa porque nosotros intentemos serlo.

Nuestra obligación —si queremos llamarla así— consiste en intentar ser decentes a pesar de ello.

Eso sí: decentes, no bobos.

Porque ser buena persona es una virtud.

Ser ingenuo puede ser una desgracia.

Y presentarse voluntariamente ante un tigre diciendo:

—Tranquilo, amigo, yo sólo como ensalada…

ya no es bondad.

Es facilitarle la cena.

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