JOSÉ ANTONIO, HEDILLA Y EL CERCO DEL OLVIDO

*«A ti, fiel camarada, que padeces

el cerco del olvido atormentado…
te envío mi dolor.»*

Ángel María Pascual

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

ÍNDICE

LOS VENCEDORES VENCIDOS

José Antonio, Hedilla y el cerco del olvido

Nota del autor

Resumen para lectores apresurados


NOVELA

CAPÍTULO I — EL HIJO DEL MARQUÉS DE ESTELLA

CAPÍTULO II — LOS CONVERSOS

CAPÍTULO III — NI CAPITALISMO NI COLECTIVISMO

CAPÍTULO IV — LA POLÍTICA LLAMA DOS VECES

CAPÍTULO V — EL TEATRO DE LA COMEDIA

CAPÍTULO VI — LAS JONS

CAPÍTULO VII — LA LIBERTAD

CAPÍTULO VIII — OCTUBRE

CAPÍTULO IX — LOS MUERTOS

CAPÍTULO X — RAMIRO

CAPÍTULO XI — TRES MIL

CAPÍTULO XII — LA CÁRCEL

CAPÍTULO XIII — ALICANTE

CAPÍTULO XIV — 18 DE JULIO

CAPÍTULO XV — CELDA 73

CAPÍTULO XVI — PRIETO

CAPÍTULO XVII — PESTAÑA

CAPÍTULO XVIII — LOS RESCATES

CAPÍTULO XIX — EL TELEGRAMA

CAPÍTULO XX — ¿Y SI GANAMOS?

CAPÍTULO XXI — LA SENTENCIA

CAPÍTULO XXII — EL TESTAMENTO

CAPÍTULO XXIII — 20 DE NOVIEMBRE

CAPÍTULO XXIV — UN MUERTO QUE TODAVÍA MANDA

CAPÍTULO XXV — MANUEL HEDILLA

CAPÍTULO XXVI — NAVIDAD

CAPÍTULO XXVII — FAL CONDE

CAPÍTULO XXVIII — UN GENERAL APRENDE POLÍTICA

CAPÍTULO XXIX — EL NOMBRE DEL MUERTO

CAPÍTULO XXX — DOS HOMBRES INCÓMODOS

CAPÍTULO XXXI — LA SUCESIÓN

CAPÍTULO XXXII — 18 DE ABRIL

CAPÍTULO XXXIII — 19 DE ABRIL

CAPÍTULO XXXIV — DECIR QUE NO

CAPÍTULO XXXV — LA SILLA VACÍA

CAPÍTULO XXXVI — LOS QUE ACEPTARON

CAPÍTULO XXXVII — SALAMANCA

CAPÍTULO XXXVIII — LA OFERTA

CAPÍTULO XXXIX — EL ARRESTO

CAPÍTULO XL — EL CONSEJO DE GUERRA

CAPÍTULO XLI — EL PRISIONERO DE LOS VENCEDORES

CAPÍTULO XLII — SOBREVIVIR

CAPÍTULO XLIII — LOS NUEVOS FALANGISTAS

CAPÍTULO XLIV — GANAR LA GUERRA

CAPÍTULO XLV — 1 DE ABRIL DE 1939

CAPÍTULO XLVI — LA PAZ NO ERA LA VICTORIA

CAPÍTULO XLVII — EL ESTADO DESDE DENTRO

CAPÍTULO XLVIII — JOSÉ ANTONIO GIRÓN

CAPÍTULO XLIX — LA REVOLUCIÓN PENDIENTE

CAPÍTULO L — EL TRABAJO

CAPÍTULO LI — CASA

CAPÍTULO LII — RECONSTRUIR

CAPÍTULO LIII — HEDILLA, LEJOS

CAPÍTULO LIV — LOS QUE SE QUEDARON

CAPÍTULO LV — ENVÍO: «A TI, FIEL CAMARADA, QUE PADECES EL CERCO DEL OLVIDO»

CAPÍTULO LVI — EL CERCO DEL OLVIDO

CAPÍTULO LVII — LA SEGUNDA DERROTA

CAPÍTULO LVIII — LOS HOMBRES DE LOS NÚMEROS

CAPÍTULO LIX — EL MILAGRO

CAPÍTULO LX — LA CAMISA Y LA CHAQUETA

CAPÍTULO LXI — EL ESTADO SOCIAL

CAPÍTULO LXII — EL HOMBRE QUE ENFERMA

CAPÍTULO LXIII — EL LADRILLO

CAPÍTULO LXIV — LA ESCUELA DEL TRABAJO

CAPÍTULO LXV — LOS PANTANOS NO TIENEN IDEOLOGÍA

CAPÍTULO LXVI — 1957

CAPÍTULO LXVII — LA TERCERA GENERACIÓN

CAPÍTULO LXVIII — EL HIJO

CAPÍTULO LXIX — CUANDO FRANCO EMPEZÓ A MORIR

CAPÍTULO LXX — DE LA CAMISA A LA CHAQUETA

CAPÍTULO LXXI — 20 DE NOVIEMBRE DE 1975

CAPÍTULO LXXII — UNA FALANGE FUERA DEL MOVIMIENTO

CAPÍTULO LXXIII — FRENTE NACIONAL DE ALIANZA LIBRE

CAPÍTULO LXXIV — NARCISO PERALES

CAPÍTULO LXXV — EL APELLIDO HEDILLA

CAPÍTULO LXXVI — FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS (AUTÉNTICA)

CAPÍTULO LXXVII — EL MANIFIESTO DE LA LEGITIMIDAD

CAPÍTULO LXXVIII — EL IV JEFE NACIONAL

CAPÍTULO LXXIX — ¿QUIÉN TIENE DERECHO AL NOMBRE?

CAPÍTULO LXXX — MIGUEL HEDILLA Y PEDRO CONDE

CAPÍTULO LXXXI — PEDRO CONDE SOLADANA

CAPÍTULO LXXXII — EL OBRERO QUE NO VENÍA DEL RÉGIMEN

CAPÍTULO LXXXIII — 1977

CAPÍTULO LXXXIV — LO QUE QUEDÓ EN LAS LEYES

CAPÍTULO LXXXV — NADIE EMPIEZA DE CERO

CAPÍTULO LXXXVI — NI SANTOS NI DEMONIOS

CAPÍTULO LXXXVII — ¿QUÉ HICISTE CUANDO DETUVIERON A HEDILLA?

CAPÍTULO LXXXVIII — LA TUMBA

CAPÍTULO LXXXIX — ¿DÓNDE ESTABAS ENTONCES?

CAPÍTULO XC — LA RESPUESTA


EPÍLOGO

LOS VENCEDORES VENCIDOS


APÉNDICES HISTÓRICOS

Nota previa

APÉNDICE I — NO TODAS LAS FALANGES FUERON LA MISMA FALANGE

APÉNDICE II — ¿QUÉ DEFENDÍA REALMENTE JOSÉ ANTONIO?

APÉNDICE III — JOSÉ ANTONIO: DEL HOMBRE AL «AUSENTE»

APÉNDICE IV — 18 Y 19 DE ABRIL DE 1937: LAS CUARENTA Y OCHO HORAS QUE CAMBIARON FALANGE

APÉNDICE V — MANUEL HEDILLA: EL SUCESOR CONDENADO POR LOS VENCEDORES

APÉNDICE VI — MANUEL FAL CONDE Y EL CARLISMO ANTE LA UNIFICACIÓN

APÉNDICE VII — FALANGE Y FRANQUISMO: ABSORCIÓN, COLABORACIÓN, INFLUENCIA Y CONFLICTO

APÉNDICE VIII — LOS FALANGISTAS DENTRO DEL ESTADO: ENTRE LA REVOLUCIÓN PENDIENTE Y LA POLÍTICA POSIBLE

APÉNDICE IX — JOSÉ ANTONIO GIRÓN Y LA HUELLA SOCIAL DEL FALANGISMO

APÉNDICE X — RECONSTRUCCIÓN, INDUSTRIALIZACIÓN Y DESARROLLO: EL «MILAGRO» NO EMPEZÓ EN 1959

APÉNDICE XI — 1956-1957: LA SEGUNDA DERROTA DE FALANGE

APÉNDICE XII — LA DISIDENCIA FALANGISTA DURANTE EL FRANQUISMO

APÉNDICE XIII — MANUEL HEDILLA DESPUÉS DE LA CÁRCEL: LA CONTINUIDAD HEDILLISTA

APÉNDICE XIV — DEL FRENTE NACIONAL DE ALIANZA LIBRE A FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS (AUTÉNTICA)

APÉNDICE XV — PEDRO CONDE SOLADANA: EL OBRERO QUE LLEGÓ A JEFE NACIONAL

APÉNDICE XVI — LA BATALLA POR LAS SIGLAS Y POR LA LEGITIMIDAD

APÉNDICE XVII — 1975-1977: FALANGE ANTE LA TRANSICIÓN

APÉNDICE XVIII — DE CAMISA VIEJA A CHAQUETA NUEVA: CONVICCIÓN, EVOLUCIÓN Y OPORTUNISMO

APÉNDICE XIX — PEQUEÑO DICCIONARIO PARA NO PERDERSE

APÉNDICE XX — QUIÉN ES QUIÉN

APÉNDICE XXI — CRONOLOGÍA ESENCIAL: 1923-1977

APÉNDICE XXII — DOCUMENTOS FUNDAMENTALES PARA COMPRENDER ESTA HISTORIA

APÉNDICE XXIII — MITOS, MEDIAS VERDADES Y CONFUSIONES


NOTA DEL AUTOR

Los vencedores vencidos es una novela histórica.

Las dos palabras importan.

Novela, porque nadie estuvo presente en todas las habitaciones, nadie tomó nota de cada conversación y ningún taquígrafo siguió durante cuarenta años a los hombres que aparecen en estas páginas.

Histórica, porque esos hombres existieron.

José Antonio Primo de Rivera.

Manuel Hedilla.

Francisco Franco.

Manuel Fal Conde.

Ramiro Ledesma.

Onésimo Redondo.

José Antonio Girón.

José Luis de Arrese.

Dionisio Ridruejo.

Ángel María Pascual.

Fermín Yzurdiaga.

Miguel Hedilla.

Narciso Perales.

Pedro Conde Soladana.

Y muchos otros.

También existieron los acontecimientos esenciales sobre los que se levanta la narración.

La fundación de Falange.

La unión con las JONS.

La violencia política de los años treinta.

La prisión de José Antonio.

Alicante.

La guerra.

Su muerte.

La elección de Manuel Hedilla.

La Unificación de abril de 1937.

El proceso contra Hedilla.

La condena a muerte.

La prisión.

La incorporación de numerosos falangistas al Estado de Franco.

La llamada «revolución pendiente».

La política social.

La crisis de 1956-1957.

La pérdida progresiva de influencia política de Falange.

La muerte de Franco.

La Transición.

La lucha por unas siglas.

Y las elecciones de 1977.

Entre esos hechos documentados existen espacios que ningún archivo puede llenar completamente.

¿Qué pensaba un hombre cuando cerraban detrás de él la puerta de una celda?

¿Qué palabras utilizó exactamente durante una conversación privada?

¿Qué silencios hubo alrededor de una mesa?

¿Qué sintió alguien al descubrir que había ganado la guerra y perdido aquello por lo que creía haber luchado?

Ahí comienza la novela.

La regla seguida es sencilla:

inventar dentro de lo históricamente posible, nunca contra lo históricamente conocido.

No se pretende convertir la ficción en documento.

Tampoco utilizar el documento como excusa para renunciar a la literatura.

Los muertos fueron hombres antes de convertirse en fechas.

Rieron.

Dudaron.

Tuvieron miedo.

Se equivocaron.

Desearon poder.

Renunciaron a él.

Lo buscaron.

Lo perdieron.

Callaron cuando quizá debieron hablar.

Hablaron cuando acaso les habría convenido callar.

Y algunos pagaron por sus decisiones.

Esta obra nace de una pregunta.

Una sola podría bastar:

¿cómo pudo Manuel Hedilla, sucesor de José Antonio al frente de Falange Española de las JONS, terminar condenado a muerte por el poder del mismo bando que estaba ganando la guerra?

La pregunta obliga inmediatamente a formular otras.

¿Qué Falange había existido antes del 18 de julio?

¿Qué ocurrió con ella tras la muerte de José Antonio?

¿Quién podía hablar en nombre del fundador muerto?

¿Qué significó la Unificación?

¿Por qué algunos falangistas se opusieron?

¿Por qué otros aceptaron?

¿Por qué algunos terminaron en cárceles mientras otros llegaron a ministerios?

¿Traicionaron necesariamente todos los que permanecieron dentro?

¿Fueron necesariamente puros todos los que quedaron fuera?

¿Puede un hombre intentar transformar un Estado desde dentro sin terminar transformado por ese mismo Estado?

Y, sobre todo:

¿qué queda de una revolución cuando se convierte en Administración?

El título responde parcialmente.

Los vencedores vencidos.

Hubo hombres que vencieron militarmente y perdieron políticamente.

Hombres que vieron sus símbolos en los edificios públicos y, sin embargo, pensaron que sus ideas habían sido vaciadas.

Hombres que ocuparon ministerios y continuaron hablando de una revolución todavía pendiente.

Hombres que rechazaron la nueva situación y terminaron privados de libertad.

Hombres que permanecieron fieles.

Hombres que se acomodaron.

Y hombres que descubrieron, con pasmosa facilidad, que siempre habían pensado lo que el poder necesitaba que pensaran en cada momento.

Uno de los personajes que mejor explica esa contradicción es Ángel María Pascual.

Navarro.

Intelectual.

Periodista.

Falangista de primera hora.

Combatiente.

Hombre de libros.

Amigo de Fermín Yzurdiaga.

Vinculado a Arriba España y a Jerarquía.

Murió en 1947, con sólo treinta y cinco años. Antes había escrito un poema cuyo título era una palabra aparentemente sencilla:

Envío.

En él dejó unos versos capaces de iluminar buena parte de esta novela:

A ti, fiel camarada, que padeces
el cerco del olvido atormentado…

Y, sobre todo:

En tu propio solar, quedaste fuera.

Pocas palabras explican mejor la paradoja de Manuel Hedilla.

También la de otros.

El cerco del olvido no consiste únicamente en borrar nombres.

Hay maneras más eficaces.

Puede conservarse un nombre y olvidar al hombre.

Colocar su retrato en todas partes mientras nadie recuerda qué dijo.

Convertir una persona en símbolo y después utilizar el símbolo para defender precisamente aquello que la persona quizá habría discutido.

José Antonio sufrió esa extraña transformación.

Murió con treinta y tres años.

Después comenzó a estar en todas partes.

Precisamente porque ya no podía estar en ninguna para corregir a quienes hablaban por él.

Un muerto tiene una enorme desventaja política.

No puede levantar la mano.

No puede decir:

—Eso no lo dije.

Ni:

—No era eso.

Ni simplemente:

—No.

Esta novela pretende devolver la voz al hombre que existió antes de la estatua.

Pero tampoco convertirlo en santo.

José Antonio tuvo contradicciones.

Cambió.

Buscó.

Rectificó.

Cometió errores.

Su pensamiento quedó inacabado porque su vida también lo quedó.

Lo mismo vale para Hedilla.

Para Girón.

Para Ridruejo.

Para Fal Conde.

Para Pascual.

Para todos.

Los seres humanos resultan mucho más interesantes cuando se les permite seguir siendo humanos.

La obra tampoco atribuye a Falange toda la política social desarrollada durante el régimen de Franco.

Sería absurdo.

La Historia española no comenzó en 1936.

Hubo antecedentes.

Hubo aportaciones procedentes de familias políticas distintas.

Y hubo continuidades posteriores.

Pero tampoco se borrará la participación real de falangistas en materias como trabajo, seguros sociales, mutualismo, vivienda, formación profesional, protección familiar o Universidades Laborales.

Ni apropiación.

Ni borrado.

Una historia suficientemente compleja no necesita ninguno de los dos.

Finalmente aparecerá una generación que no vivió 1936.

Miguel Hedilla.

Narciso Perales.

Pedro Conde Soladana.

Hombres que intentaron reconstruir una tradición falangista independiente del régimen de Franco y que acabarían encontrándose con otra realidad:

la memoria puede otorgar identidad.

No garantiza votos.

1977 colocó delante de todos una urna.

Y las urnas tienen una virtud incómoda.

Cuentan.

Los muertos pueden proporcionar ejemplos.

Sacrificios.

Símbolos.

Legitimidades históricas.

Pero no depositan papeletas.

Los vivos sí.

De modo que este libro no termina preguntando únicamente quién tuvo razón en 1937.

Pregunta también:

¿qué hicieron después?

¿Qué hicieron con aquello que heredaron?

¿Qué conservaron?

¿Qué traicionaron?

¿Qué transformaron?

¿Qué consiguieron?

¿Qué dejaron perder?

Y hay una última pregunta que atraviesa la obra:

¿qué habría hecho yo cuando todavía podía elegir?

Quizá ésa sea la única pregunta histórica verdaderamente contemporánea.


RESUMEN PARA LECTORES APRESURADOS

Esta novela cuenta la historia de una paradoja.

La de unos hombres que estuvieron en el bando vencedor de la Guerra Civil y descubrieron después que vencer al enemigo no significaba necesariamente haber conquistado el futuro.

El primer protagonista es José Antonio Primo de Rivera.

Su entrada en política estuvo inicialmente vinculada a la defensa de la memoria de su padre, Miguel Primo de Rivera, muerto en París en 1930 después de haber gobernado España durante más de seis años.

Pero defender a su padre obligó a José Antonio a preguntarse por aquello que la Dictadura no había resuelto.

La cuestión social.

La propiedad.

La tierra.

El trabajo.

La pobreza.

La libertad.

El papel del Estado.

Su búsqueda terminó alejándolo de una simple restauración del pasado.

En 1933 nació Falange Española.

Un año después se unió con las JONS.

La organización anterior a la guerra era pequeña.

Pobre.

Joven.

No disponía de ministerios, gobernadores ni aparato estatal.

Ser falangista todavía no proporcionaba una carrera.

Podía proporcionar problemas.

José Antonio intentó formular una alternativa que rechazaba tanto el capitalismo sin límites como el colectivismo marxista.

Defendía la propiedad, pero quería extenderla.

La justicia social.

La reforma agraria.

El sindicalismo.

La intervención sobre el crédito.

La dignidad del trabajo.

Y una concepción de la persona que impedía considerar al hombre simple propiedad del Estado.

La violencia política de los años treinta aceleró los acontecimientos.

Hubo muertos.

Represalias.

Radicalización.

En marzo de 1936 José Antonio fue encarcelado.

Después fue trasladado a Alicante.

Desde allí continuó intentando intervenir políticamente.

La guerra estalló el 18 de julio.

José Antonio permaneció preso.

Hubo conversaciones.

Propuestas.

Intentos de mediación.

Planes para liberarlo.

Nada consiguió devolverlo a su organización.

Fue juzgado y ejecutado el 20 de noviembre de 1936.

Entonces ocurrió algo decisivo.

Murió el jefe.

Nació el símbolo.

Un hombre vivo puede negar que alguien interprete correctamente sus palabras.

Un muerto no.

La Falange tuvo que decidir quién lo sucedía.

La respuesta fue Manuel Hedilla.

Obrero.

Mecánico.

Militante falangista.

En abril de 1937 fue elegido Jefe Nacional de Falange Española de las JONS.

Prácticamente de inmediato Franco promulgó el Decreto de Unificación y creó una nueva organización:

Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

No era simplemente la misma Falange con un nombre más largo.

Integraba elementos procedentes de distintas fuerzas del bando nacional y quedaba sometida a la autoridad de Franco.

Hedilla se resistió a la forma en que aquella operación liquidaba la independencia de la organización falangista y rechazó asumir dócilmente el papel que se le reservaba.

Fue detenido.

Procesado.

Condenado a muerte.

La pena acabó conmutada.

Pasó años encarcelado y confinado.

Así nació uno de los grandes vencidos entre los vencedores.

Otros falangistas escogieron un camino diferente.

Permanecieron dentro.

Algunos por convicción.

Otros por disciplina.

Otros por miedo.

Otros por ambición.

Y algunos porque pensaron que, si ya no podían hacer toda su revolución, podían convertir una parte de ella en leyes.

Ahí aparece José Antonio Girón de Velasco.

La política laboral.

Los seguros.

El mutualismo.

La formación.

Las Universidades Laborales.

La protección del trabajador.

La vivienda.

La familia.

No fue una revolución completa.

Por eso siguió hablándose de la revolución pendiente.

Al mismo tiempo existieron falangistas decepcionados.

Uno de los más interesantes fue Ángel María Pascual.

Joven navarro de extraordinaria formación intelectual, relacionado con Fermín Yzurdiaga, periodista y escritor, formó parte del universo falangista de la primera hora y contempló después con creciente amargura la distancia entre aquella Falange imaginada y la realidad del nuevo régimen.

De esa decepción nació Envío.

Su verso:

En tu propio solar, quedaste fuera

podría servir de epitafio político a Manuel Hedilla.

Los años cincuenta trajeron otra derrota.

En torno a 1956-1957, José Luis de Arrese intentó reforzar el peso político del Movimiento.

El proyecto no prevaleció.

Franco volvió a arbitrar entre las distintas familias del régimen.

Ganaron peso economistas, administradores y técnicos.

La España del desarrollo empezó a hablar otro idioma.

Pero tampoco comenzó en 1959 desde una hoja en blanco.

Había reconstrucción previa.

Infraestructuras.

Industria pública.

Formación.

Políticas sociales.

Obras.

El crecimiento posterior tuvo muchos padres.

No uno.

Hedilla continuó siendo mientras tanto una presencia incómoda.

Su existencia recordaba que Falange y franquismo no podían identificarse sin más.

Si hubieran sido exactamente lo mismo, resultaría difícil explicar que el sucesor de José Antonio hubiese acabado condenado a muerte por Franco.

Después llegó otra generación.

Miguel Hedilla.

Narciso Perales.

Pedro Conde Soladana.

Pedro no venía de la guerra.

Venía de una fábrica.

FASA-Renault.

Trabajo.

Conflictos laborales.

Detenciones.

Despidos.

Su contacto con Hedilla resultó decisivo.

Después de la muerte de Franco aparecieron organizaciones que reclamaban una continuidad falangista distinta de la oficial.

Entre ellas, Falange Española de las JONS (Auténtica).

Entonces comenzó otra batalla.

No ya por Salamanca.

Ni por Alicante.

Ni por un frente.

Por las siglas.

Por el nombre.

Por la legitimidad.

¿Quién podía decir que representaba verdaderamente aquella tradición?

La Transición resolvió algunas cuestiones.

Las elecciones de 1977 plantearon otras.

Una organización podía tener historia.

No por ello tenía necesariamente electores.

Los muertos no votan.

Los vivos sí.

La última parte del libro trata precisamente de eso.

De los que permanecieron.

De quienes evolucionaron.

De quienes se acomodaron.

De los que cambiaron sinceramente.

Y de los que cambiaron de camisa o de chaqueta exactamente cuando resultaba conveniente.

Al final nadie obtuvo una victoria completa.

José Antonio perdió la vida.

Hedilla perdió la jefatura y la libertad.

La Falange independiente fue absorbida.

Los falangistas integrados consiguieron influencia, pero no la revolución que habían imaginado.

Los disidentes conservaron una tradición, pero no consiguieron conquistar electoralmente España.

Cada victoria escondía una derrota.

Cada derrota dejó algo vivo.

De eso trata este libro.

De unos hombres que un día creyeron vencer y tuvieron que preguntarse después:

¿qué habíamos ganado exactamente?

Y de otros que pudieron reconocerse en los versos de Ángel María Pascual:

A ti, fiel camarada, que padeces
el cerco del olvido atormentado…


PRIMERA PARTE

ANTES DE LA CAMISA AZUL

CAPÍTULO I

EL HIJO DEL MARQUÉS DE ESTELLA

París, marzo de 1930

El general don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja se estaba muriendo y España empezaba ya a acostumbrarse a vivir sin él.

Había abandonado el poder el 28 de enero.

No salió de España como salen los vencedores.

Tampoco como un fugitivo.

Se marchó enfermo.

Cansado.

Y acompañado por esa peculiar soledad que rodea a los hombres cuando dejan de poder conceder favores.

Durante más de seis años había gobernado España.

Primero mediante un Directorio Militar.

Después mediante un Directorio Civil.

Había decidido.

Construido.

Prohibido.

Reformado.

Acertado.

Y cometido errores.

También había reunido alrededor de sí muchos amigos.

Demasiados.

El poder posee esa extraordinaria virtud social.

Nunca faltan visitas cuando detrás de una puerta hay nombramientos, influencias, contratos o decisiones.

Después la puerta deja de abrirse.

Y empiezan las ausencias.

Miguel Primo de Rivera tenía sesenta años.

La diabetes llevaba tiempo haciendo su trabajo.

El 16 de marzo terminó.

Murió en París.

Su hijo José Antonio tenía veintiséis.

Todavía no era «José Antonio».

Era José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia.

Abogado.

Hijo de un general.

Hijo de un hombre que había gobernado España.

Y, en aquel momento, simplemente hijo de un muerto.

Todavía no existía Falange.

No había camisas azules.

Ni yugo y flechas.

Ni himno.

Ni «Presente».

Ni «Ausente».

Ni fotografías en despachos.

Ni nombres en calles.

Había un padre muerto.

Y un hijo que comenzaba a descubrir que un hombre puede morir dos veces.

La primera cuando se detiene el corazón.

La segunda cuando los vivos empiezan a decidir qué debe recordarse de él.

El cerco del olvido no necesita alambradas.

Empieza de manera mucho más discreta.

Una amistad que desaparece.

Un antiguo colaborador que ya no recuerda haber colaborado.

Una conversación reinterpretada.

Una fotografía guardada en un cajón.

Una biografía corregida retrospectivamente.

José Antonio no se escandalizaba porque criticasen a su padre.

Había gobernado.

Quien gobierna decide.

Quien decide se equivoca.

Y quien ejerce el poder debe aceptar que después otros juzguen qué hizo con él.

Lo que le irritaba era otra cosa.

La desmemoria interesada.

Durante los años de la Dictadura habían colaborado con Primo de Rivera militares, funcionarios, empresarios, propietarios, políticos y representantes de organizaciones sociales.

También la Unión General de Trabajadores había participado en organismos corporativos.

Francisco Largo Caballero había asumido responsabilidades dentro de aquella estructura.

Eso no convertía al socialismo español en primorriverista.

Significaba exactamente lo que significaba:

había colaborado.

Pero, caído el régimen, empezó a multiplicarse una especie humana que José Antonio conocería demasiado bien.

Los opositores retrospectivos.

Hombres que habían acudido al despacho de su padre aseguraban ahora que nunca habían estado realmente de acuerdo.

Otros explicaban que colaboraron únicamente para moderarlo.

Algunos confesaban haber sido resistentes silenciosos.

Extraordinariamente silenciosos.

Una tarde, uno de aquellos antiguos conocidos quiso explicarse.

—Yo nunca estuve realmente de acuerdo con tu padre.

José Antonio lo miró.

Recordaba visitas.

Elogios.

Petición de favores.

—Comprendo.

—Había cosas…

—Naturalmente.

—Entonces no podían decirse.

—Naturalmente.

El hombre siguió hablando.

José Antonio dejó de escucharlo.

Acababa de descubrir una especie política destinada a sobrevivir a todos los regímenes.

El hombre que siempre había pensado secretamente aquello que, después, resultaba conveniente haber pensado.

Sobreviviría a Alfonso XIII.

A la República.

A la guerra.

A Franco.

Y a Franco muerto.

Cambiaría de vocabulario.

De amigos.

De periódico.

Si hacía falta, de principios.

También de camisa.

Y después de chaqueta.

Lo único que permanecería intacto sería su formidable instinto para saber dónde estaba el poder.

Pero aquello pertenecía todavía al futuro.

José Antonio tenía delante el cadáver de su padre.

Lo acompañó a España.

Y allí comenzó su verdadera educación política.

No en el Teatro de la Comedia.

No en un mitin.

No ante una bandera.

Junto a una tumba.

Había entrado en la vida pública para defender a Miguel Primo de Rivera.

Su nombre.

Su memoria.

Su obra.

Pero defenderlo seriamente no significaba convertirlo en santo.

Obligaba a preguntarse también por qué había fracasado.

La Dictadura había construido carreteras.

Ferrocarriles.

Obras hidráulicas.

Había impulsado Confederaciones Hidrográficas.

Electrificación.

Infraestructuras.

Fórmulas corporativas para las relaciones laborales.

Y había contribuido decisivamente a terminar una guerra marroquí que llevaba años devorando soldados, dinero, gobiernos y paciencia.

Nada de aquello convertía una dictadura en una democracia.

Pero la palabra «dictadura» tampoco podía utilizarse como una goma de borrar.

José Antonio comenzó a comprender una idea que terminaría acompañándolo:

una verdad contada a medias puede convertirse en instrumento de una mentira completa.

Su padre había querido modernizar España desde arriba.

Gobierno.

Administración.

Ingenieros.

Militares.

Funcionarios.

Pero España seguía teniendo problemas que ningún ingeniero podía resolver vertiendo hormigón.

Campesinos sin tierra.

Obreros que apenas podían mantener a sus familias.

Grandes desigualdades.

Una propiedad agraria enormemente concentrada en algunas regiones.

Una burguesía que demasiado a menudo confundía la defensa de la propiedad con la defensa de cualquier privilegio.

Para millones de españoles la palabra patria podía resultar hermosa.

Pero el hambre era mucho más concreta.

No bastaba construir carreteras si quienes caminaban por ellas parecían vivir en países sociales diferentes.

No bastaba imponer orden si el orden significaba que todo siguiera exactamente como estaba.

Miguel Primo de Rivera había intentado reformar España desde el Estado.

Su hijo empezó a sospechar que la siguiente transformación tendría que empezar también en otro sitio.

La sociedad.

El trabajo.

La propiedad.

La dignidad.

El hombre.

Todavía no sabía cómo.

Ni siquiera sabía cómo llamarlo.

Eso vendría después.

Y antes tendría que atravesar otra experiencia política decisiva:

la República.

CAPÍTULO II

LOS CONVERSOS

Madrid, 1930-1931

La muerte de Miguel Primo de Rivera no resolvió nada.

Ni para su hijo.

Ni para España.

La Monarquía intentó regresar a una normalidad constitucional que ya no existía.

Alfonso XIII había aceptado el pronunciamiento de septiembre de 1923. Había convivido con la Dictadura. Durante más de seis años, Corona y régimen habían compartido destino.

Cuando Primo de Rivera cayó, resultaba difícil separar limpiamente responsabilidades.

Y todavía más difícil hacer creer que todo podía volver a ser como antes.

No podía.

El país había cambiado.

Y los españoles también.

O, por lo menos, muchos habían comenzado a recordar su propio pasado de una manera sorprendentemente nueva.

José Antonio observaba aquel fenómeno con una mezcla de irritación y curiosidad.

Los republicanos antiguos merecían, al menos, una consideración.

Habían sido republicanos cuando serlo podía ocasionar problemas.

Habían defendido sus ideas cuando la República no proporcionaba ministerios.

Podía discrepar profundamente de ellos.

Pero sabía dónde habían estado.

Le interesaban menos los recién llegados.

Los republicanos de primavera.

Los que comenzaron a sentir una irresistible vocación republicana cuando la Monarquía empezó a parecer condenada.

El 14 de abril de 1931 llegó finalmente la República.

Las calles se llenaron de banderas tricolores.

Hubo entusiasmo.

Alegría.

Esperanza.

Millones de españoles creyeron asistir al comienzo de una época nueva.

José Antonio no compartió aquella euforia.

Pero tampoco pensó que España hubiese dejado de ser España porque desapareciera un rey.

Aquella idea empezó a separarlo lentamente de una parte de su propio mundo.

Monarquía.

República.

Forma del Estado.

Importante.

Sí.

Pero no lo primero.

Una tarde, un conocido se lo preguntó.

—Supongo que ahora querrás restaurar la Monarquía.

José Antonio lo miró.

—Quiero que España funcione.

—Eso no responde.

—Tal vez responde demasiado.

—¿Eres monárquico o no?

José Antonio tardó unos segundos.

—Una monarquía puede gobernar mal.

—Naturalmente.

—Una república también.

—Naturalmente.

—Entonces quizá llevamos demasiado tiempo preguntando quién debe sentarse en el sillón y demasiado poco qué tiene que hacer quien se siente.

El otro sonrió.

—Te estás volviendo peligroso.

—Eso dice mi familia.

Pero no era una broma.

José Antonio estaba empezando a dejar atrás la mera defensa de su padre.

La República heredó problemas enormes.

La tierra.

El trabajo.

El Ejército.

La Iglesia.

La educación.

La pobreza.

Las desigualdades.

La organización territorial.

El enfrentamiento político.

Y pronto comenzó a añadir conflictos propios.

José Antonio observaba cómo las palabras empezaban a convertirse en banderas.

Derecha.

Izquierda.

Monárquico.

Republicano.

Socialista.

Católico.

Revolucionario.

Conservador.

Cada palabra servía para explicar a un hombre sin necesidad de escucharlo.

Y eso le incomodaba.

No porque no existieran diferencias.

Existían.

Profundísimas.

Sino porque las etiquetas empezaban a sustituir al pensamiento.

Una tarde escuchó decir:

—La República resolverá la cuestión social.

—¿Cómo?

—Porque es la República.

José Antonio sonrió.

—Eso no es una política económica.

—Es una nueva legitimidad.

—Los hambrientos digieren mal las legitimidades.

El interlocutor se molestó.

—Hablas como un reaccionario.

—Hace un momento creía que hablaba de hambre.

—Es lo mismo.

—Ahí está precisamente el problema.

La cuestión social empezaba a ocupar cada vez más espacio en sus reflexiones.

La derecha hablaba de propiedad.

La izquierda hablaba de igualdad.

¿Y el hombre?

¿Qué significaba ser libre cuando uno no poseía nada?

¿Y qué significaba poseer si millones de personas quedaban condenadas a no poseer jamás?

El liberalismo afirmaba que el hombre era libre.

José Antonio veía demasiados hombres jurídicamente libres y materialmente dependientes.

El marxismo prometía terminar con aquella desigualdad suprimiendo la propiedad privada de los medios de producción.

Tampoco le convencía.

¿De qué servía librar al hombre de un propietario privado si terminaba dependiendo de un propietario único llamado Estado?

Empezó a buscar otra salida.

No sabía todavía cómo llamarla.

Pero comenzaba a saber qué no quería.

No quería una sociedad en la que unos pocos poseyeran casi todo.

Tampoco una en la que oficialmente nadie poseyera nada porque lo poseyera todo el Estado.

No quería que el trabajador fuese una mercancía.

Tampoco que se convirtiera en una pieza de una maquinaria colectiva.

No quería que la propiedad desapareciera.

Quería que llegara a muchos más.

La idea empezaba a tomar forma.

Todavía sin camisa.

Todavía sin símbolo.

Todavía sin organización.

Antes de fundar Falange, José Antonio estaba fundando preguntas.

Y algunas iban a resultar incómodas para todos.


CAPÍTULO III

NI CAPITALISMO NI COLECTIVISMO

La propiedad se convirtió en una obsesión.

No porque José Antonio quisiera abolirla.

Precisamente por lo contrario.

Quería entender por qué una sociedad que proclamaba solemnemente su carácter sagrado podía aceptar con tanta tranquilidad que millones de personas jamás llegasen a tenerla.

Una casa.

Un pedazo de tierra.

Un taller.

Un pequeño negocio.

Ahorros.

Herramientas.

Algo.

Cualquier cosa que permitiera a un hombre disponer de un rincón propio frente a todos los poderes.

Porque la propiedad podía ser riqueza.

Pero también podía ser independencia.

Un hombre que posee algo puede decir no.

Al patrono.

Al banco.

Al prestamista.

Incluso al Estado.

Uno que no posee nada tiene la libertad mucho más frágil.

La doctrina social de la Iglesia llevaba décadas ocupándose de la cuestión obrera.

Rerum novarum había negado que la propiedad privada pudiera considerarse ajena a toda obligación social.

El trabajador no era mercancía.

La familia tenía derechos.

La riqueza no podía desligarse completamente de la responsabilidad.

En 1931, Quadragesimo anno volvió sobre aquellas cuestiones.

Aquello interesaba a José Antonio.

También otras corrientes europeas.

Chesterton.

Belloc.

El distributismo.

La idea era provocadora por su sencillez.

El capitalismo decía defender la propiedad y podía terminar acumulándola en muy pocas manos.

El socialismo denunciaba esa concentración y proponía entregar finalmente la propiedad al Estado.

¿Y si ambas respuestas compartían el mismo defecto?

¿Y si la solución no consistía en reducir propietarios, sino en multiplicarlos?

Un día intentó explicarlo a un grupo de jóvenes.

Uno levantó la mano.

—No entiendo algo.

—Eso significa que todavía estás pensando.

—Si criticamos el capitalismo, ¿no somos socialistas?

—No.

—Pero queremos limitar el poder del capital.

—Naturalmente.

—Entonces…

José Antonio lo interrumpió.

—Imagina cien familias.

—Bien.

—Y cien casas.

—Bien.

—Una persona posee las cien. Las otras noventa y nueve pagan por vivir.

—Capitalismo.

—Llega la revolución. Expropia las cien casas y las entrega al Estado.

—Socialismo.

—¿Qué cambia para las noventa y nueve familias?

El muchacho pensó.

—El casero.

José Antonio sonrió.

—Exactamente.

—Entonces ¿qué propones?

—Que haya cien propietarios.

Hubo silencio.

—Eso es imposible.

—No.

—¿No?

—Difícil.

—Es casi lo mismo.

—No. Entre difícil e imposible cabe la política.

La propuesta parecía moderada hasta que empezaban a enumerarse sus consecuencias.

Reforma agraria.

Crédito.

Banca.

Salarios.

Acceso a vivienda.

Cooperativas.

Participación en la empresa.

Fiscalidad.

Protección social.

Entonces algunos hombres dejaban de sonreír.

Especialmente ciertos propietarios.

Uno de ellos escuchó pacientemente una exposición de José Antonio.

—En lo fundamental estamos de acuerdo.

José Antonio arqueó una ceja.

—Eso me preocupa.

El hombre rió.

—España.

—Sí.

—Autoridad.

—Sí.

—Religión.

José Antonio esperó.

—Propiedad.

—¿Qué propiedad?

—La privada.

—¿De quién?

El hombre dejó de sonreír.

—No comprendo.

—¿Cuántos hombres trabajan para usted?

—Unos doscientos.

—¿Cuántos son propietarios?

—Yo soy el propietario.

—Ya.

El tono cambió.

—¿Pretende expropiarme?

—No.

—Entonces ¿qué quiere?

José Antonio respondió despacio.

—Que deje de parecerle subversivo que sus trabajadores puedan llegar a poseer alguna cosa.

El hombre frunció el ceño.

—Eso cuesta dinero.

—También mantener una sociedad injusta. Sólo que la factura tarda más en llegar.

No hubo afiliación.

La conversación terminó pronto.

José Antonio aprendió otra lección.

Era fácil conseguir aplausos cuando pronunciaba la palabra España.

Resultaba más complicado conservarlos cuando después decía justicia social.

Aquello empezaba a señalarle un camino.

No pretendía fundar una organización que sirviera de fuerza auxiliar a la derecha tradicional.

Tampoco una sucursal nacional del marxismo.

Quería otra cosa.

Nación.

Trabajo.

Propiedad.

Justicia.

Libertad.

Comunidad.

Faltaba unir las palabras.


CAPÍTULO IV

LA POLÍTICA LLAMA DOS VECES

José Antonio había entrado en política para defender a su padre.

Ahora la política empezaba a exigirle algo más difícil.

Decir qué debía hacerse.

Criticar permite mirar hacia atrás.

Proponer obliga a comprometer el futuro.

En 1931 había intentado obtener un escaño.

Fracasó.

La derrota no lo apartó.

Siguió escribiendo.

Reuniéndose.

Leyendo.

Hablando.

Discutiendo.

Su pensamiento se alejaba de la simple restauración monárquica.

No porque se hubiera enamorado de la República.

Porque empezaba a considerar insuficiente la pregunta sobre la forma del Estado.

Una mala monarquía seguía siendo mala.

Una mala república también.

Y una papeleta electoral no resolvía automáticamente el problema de la libertad.

—¿No crees en la democracia?

La pregunta apareció una tarde.

—¿Qué democracia?

—La del voto.

—El voto es un procedimiento.

—Es la voluntad del pueblo.

—Es una forma de expresarla.

—¿Te parece poco?

—Me parece que hay una pregunta después.

—¿Cuál?

—Qué ocurre con el hombre al día siguiente de votar.

El otro no entendió.

José Antonio continuó.

—El domingo deposita una papeleta. El lunes vuelve a trabajar. ¿Tiene casa? ¿Puede mantener a sus hijos? ¿Puede ahorrar? ¿Puede negarse a aceptar cualquier salario? ¿Puede enfermar sin caer en la miseria?

—Eso es socialismo.

—No.

—Siempre respondes lo mismo.

—Porque siempre me planteáis la misma falsa alternativa.

—¿Y cuál es?

—O el hombre abandonado ante el poder económico o el hombre entregado al Estado.

Hizo una pausa.

—No acepto ninguna.

La persona empezaba a convertirse en el centro de su reflexión.

No el individuo aislado.

Tampoco la masa.

Familia.

Municipio.

Profesión.

Sindicato.

Nación.

Comunidades en las que el hombre vivía, pero que no debían convertirlo en propiedad suya.

Europa discutía problemas semejantes.

En Francia, Emmanuel Mounier empezaba a articular el personalismo.

José Antonio llegaba por caminos propios a preguntas próximas.

¿Qué era el hombre?

¿Un consumidor?

¿Un voto?

¿Un miembro de una clase?

¿Una pieza del Estado?

¿Un número?

O una persona.

Libre.

Responsable.

Social.

Con una dignidad anterior al poder.

La respuesta todavía estaba en construcción.

Y el tiempo empezaba a correr.

En 1933 apareció el Movimiento Español Sindicalista.

Pocos hombres.

Pocos medios.

Muchísimas conversaciones.

Nada parecido a una organización capaz de conquistar el Estado.

Pero algo había cambiado.

José Antonio ya no era únicamente el hijo de Miguel Primo de Rivera.

Estaba a punto de convertirse en fundador.


CAPÍTULO V

EL TEATRO DE LA COMEDIA

Madrid, 29 de octubre de 1933

El teatro estaba lleno.

España no.

Conviene recordar la diferencia.

José Antonio tenía treinta años.

Hablaron Alfonso García Valdecasas y Julio Ruiz de Alda.

Después le correspondió a él.

Subió al escenario sin saber que apenas le quedaban tres años de vida.

Ni que su nombre acabaría pronunciándose durante décadas.

En escuelas.

Calles.

Cuarteles.

Iglesias.

Plazas.

Ceremonias.

Ni que algunos repetirían sus palabras sin haberlas leído.

Y otros las condenarían exactamente del mismo modo.

Aquella mañana no había mito.

Había un hombre.

Un escenario.

Un público.

Y una nación que empezaba a acostumbrarse peligrosamente a gritar.

José Antonio habló de España.

Pero no solamente de España.

Habló del trabajo.

De la justicia.

De la crisis de los partidos.

Del capitalismo.

Del marxismo.

De la nación.

Y habló de revolución.

Esa palabra incomodó a algunos.

Era comprensible.

Había hombres perfectamente dispuestos a escuchar una defensa apasionada de España siempre que la patria no exigiera después modificar demasiadas nóminas.

José Antonio pretendía precisamente eso.

Modificar cosas.

Después del acto un muchacho consiguió acercarse.

—José Antonio.

—Dime.

—No sé si he entendido.

—Eso demuestra que has escuchado.

—¿Somos de derechas o de izquierdas?

José Antonio lo miró.

—¿Tú qué eres?

—Español.

—Algo es algo.

—Hablo en serio.

—Yo también.

El muchacho insistió.

—Si defendemos la unidad de España, dirán que somos de derechas.

—Probablemente.

—Si hablamos de revolución social y sindicatos, dirán que somos de izquierdas.

—También.

—Entonces ¿qué somos?

José Antonio recogió sus papeles.

—Procuremos ser justos. Los demás ya se ocuparán de clasificarnos.

Había nacido Falange Española.

Pequeña.

Pobre.

Sin ministerios.

Sin gobernadores.

Sin sindicatos oficiales.

Sin presupuestos públicos.

Sin puestos que repartir.

Ser falangista no acercaba a nadie al poder.

Podía alejarlo de la tranquilidad.

Pronto habría palizas.

Detenciones.

Pistolas.

Y muertos.

Muchos años después, cuando vestir una camisa azul pudiera facilitar una carrera, aquellos primeros recordarían estas fechas.

Y formularían una pregunta.

—¿Dónde estabas entonces?

Todavía faltaba mucho.

Todavía nadie necesitaba demostrar antigüedad.

Todavía entrar en Falange no proporcionaba beneficios.

Y eso otorgaba a aquella pequeña organización una peculiar autenticidad.

Uno de los jóvenes que empezaban a sentirse atraídos por aquel movimiento vivía bastante lejos de Madrid.

Pamplona.

Ángel María Pascual.

Veintidós años.

Culto hasta la extravagancia.

Amante de la literatura, la historia, las lenguas y los libros viejos.

Un joven capaz de entusiasmarse ante un incunable y, al mismo tiempo, sentir que la política le exigía abandonar durante unas horas las bibliotecas.

En Navarra encontró a un hombre que tendría enorme influencia sobre él.

Fermín Yzurdiaga.

Sacerdote.

Falangista.

Una mezcla que desmentía cualquier teoría sobre la monotonía clerical.

Yzurdiaga tenía temperamento suficiente para varios hombres.

A través de aquel ambiente, Ángel María Pascual se aproximó a José Antonio.

Lo impresionó el pensamiento.

Pero también el estilo.

Aquella manera de juntar palabras que la política había repartido previamente entre enemigos.

España.

Justicia social.

Tradición.

Revolución.

Patria.

Trabajo.

Persona.

Ángel se incorporó al reducido núcleo falangista navarro.

Todavía no sabía que muchos años después escribiría unos versos destinados a explicar mejor que largos discursos el destino de algunos de aquellos jóvenes.

Todavía no había cerco.

No había olvido.

No había decepción.

Todavía nadie había ganado.

Y, por tanto, nadie sabía todavía que también se podía ser derrotado después de vencer.


CAPÍTULO VI

LAS JONS

1934

Falange apenas había empezado a caminar cuando tuvo que aprender algo elemental:

dos organizaciones pequeñas pueden tener más dificultades para unirse que dos ejércitos enormes.

En febrero de 1934 se produjo la fusión con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista.

Las JONS.

Ramiro Ledesma Ramos.

Onésimo Redondo.

No eran hombres que hubieran acudido a colocarse alrededor de José Antonio.

Tenían ideas propias.

Militantes.

Historia.

Ambición.

Carácter.

Especialmente Ramiro.

No poseía vocación de segundo.

José Antonio tampoco.

Aquello prometía conflictos.

Pero también enriquecía el movimiento.

Nació Falange Española de las JONS.

La palabra que importaba era la última.

Nacionalsindicalista.

Nación.

Sindicato.

Patria.

Trabajo.

Dos realidades que la política española había aprendido a colocar en trincheras opuestas.

La derecha hablaba de España y a menudo sospechaba de cualquier revolución social.

La izquierda hablaba del trabajador y sectores importantes de ella reducían la patria a una construcción burguesa.

Falange pretendía unir lo que otros separaban.

No bastaba pedir a un trabajador que amara España.

Había que conseguir que pudiera considerarla realmente suya.

Salario.

Trabajo.

Vivienda.

Propiedad.

Educación.

Familia.

Seguridad frente a la enfermedad.

Vejez.

Participación.

Que un hombre pudiera mirar alrededor y decir:

—También esto me pertenece.

No porque apareciera en su documento de identidad.

Porque pudiera comprobarlo en la vida diaria.

Ramiro llevaba la dimensión revolucionaria todavía más lejos.

Nacionalización del crédito.

Intervención económica.

Movilización política.

Ruptura.

José Antonio procedía de otro mundo.

Abogado.

Marqués.

Hijo de un general.

Educado en ambientes que Ramiro podía contemplar con cierta desconfianza.

Onésimo aportaba otra sensibilidad.

Castilla.

Campo.

Catolicismo.

Nación.

La nueva organización estaba lejos de ser uniforme.

Y eso también conviene recordarlo.

No existía un libro sagrado capaz de resolver todas las discusiones.

Había un pensamiento todavía en construcción.

Hombres jóvenes intentando definirlo mientras España se movía más deprisa que ellos.

Una tarde, alguien preguntó a José Antonio:

—¿Y si no conseguimos ponernos de acuerdo entre nosotros?

—Entonces tendremos un problema.

—¿Sólo uno?

José Antonio sonrió.

—Empecemos por ése.

No sabía hasta qué punto aquella pregunta terminaría persiguiendo a Falange.

Quién manda.

Quién interpreta.

Quién es auténtico.

Quién ha traicionado.

Quién tiene derecho al nombre.

En 1934 aquellas disputas todavía podían resolverse alrededor de una mesa.

En 1937 se resolverían con detenciones y consejos de guerra.

Pero faltaban tres años.

Y José Antonio todavía estaba vivo.


CAPÍTULO VII

LA LIBERTAD

La discusión comenzó hablando del Estado.

Como casi todas las discusiones serias en una Europa enamorada del poder.

—España necesita un Estado fuerte.

—Sí —respondió José Antonio.

—Que mande.

—Sí.

—Que organice la economía.

José Antonio esperó.

—El trabajo.

Siguió esperando.

—La sociedad.

—¿Y cuándo termina?

—¿Qué?

—El Estado.

El hombre lo miró desconcertado.

—No entiendo.

—Has empezado diciendo que debe mandar. Después organizar la economía. Después el trabajo. Después la sociedad. Quiero saber dónde colocas la puerta.

—Tú también quieres un Estado fuerte.

—Naturalmente.

—Entonces estamos diciendo lo mismo.

—No.

José Antonio se inclinó hacia delante.

—Un Estado fuerte no tiene por qué ser propietario del hombre.

—Sin autoridad no existe nación.

—Sin libertad tampoco merece demasiado la pena.

El otro sonrió.

—Eso parece liberal.

José Antonio respondió:

—La libertad no la inventaron los liberales.

Pausa.

—Ni la justicia los socialistas.

Ahí estaba una de sus obsesiones.

Las palabras habían sido parceladas.

Libertad.

Derecha.

Justicia.

Izquierda.

Patria.

Derecha.

Trabajo.

Izquierda.

Propiedad.

Derecha.

Revolución.

Izquierda.

Como si cada mitad de España hubiese recibido permiso para defender solamente la mitad de la condición humana.

José Antonio rechazaba ese reparto.

Podía criticar el liberalismo político y defender la libertad personal.

Podía criticar el capitalismo y defender la propiedad.

Podía combatir el marxismo y exigir una revolución social.

Podía defender la nación sin convertir al Estado en propietario de quienes la integraban.

La persona no empezaba en el Estado.

Era anterior.

Ésa era la frontera.

Familia.

Amistad.

Municipio.

Profesión.

Sindicato.

Nación.

El hombre formaba parte de comunidades.

No por ello se convertía en propiedad de ellas.

—Entonces ¿el individuo está por encima de España?

La pregunta tenía trampa.

José Antonio lo sabía.

—Has dicho individuo.

—Sí.

—Yo prefiero hombre.

—Es lo mismo.

—No.

Se levantó.

—El individuo puede imaginarse solo. El hombre no nace solo, no vive solo, no ama solo, no trabaja solo. Tiene padres, hijos, amigos, vecinos, oficio, historia.

—Entonces pertenece a la comunidad.

—Forma parte de ella.

—Es lo mismo.

José Antonio negó.

—Tendremos que aprender a distinguir entre pertenecer a algo y ser propiedad de algo.

La diferencia parecía pequeña.

No lo era.

Europa empezaba a llenarse de Estados que creían poseer a sus hombres.

Unos en nombre de la clase.

Otros en nombre de la raza.

Otros en nombre de la nación.

José Antonio quería autoridad.

Pero empezaba a desconfiar de cualquier autoridad que necesitase convertir al hombre en combustible.

No tendría demasiado tiempo para desarrollar aquella tensión.

España tampoco.

Porque mientras discutían qué debía ser el Estado, en Asturias empezaban a almacenarse armas y dinamita.

Octubre estaba cerca.

CAPÍTULO VIII

OCTUBRE

Asturias y Cataluña, octubre de 1934

Después llegaron los disparos.

Hasta entonces muchas palabras podían parecer exageraciones de mitin.

Revolución.

Insurrección.

Guerra civil.

Dictadura.

Violencia.

En octubre de 1934 dejaron de ser solamente palabras.

Asturias ardió.

Hubo huelga revolucionaria.

Armas.

Dinamita.

Cuarteles atacados.

Edificios destruidos.

Combates.

Muertos.

Sacerdotes asesinados.

Y después llegó la respuesta.

Ejército.

Detenciones.

Represión.

Más muertos.

En Cataluña, Lluís Companys proclamó el Estado Catalán dentro de una República Federal Española que no existía.

El Gobierno respondió.

El Ejército intervino.

La insurrección fue sofocada.

La República sobrevivió.

Pero España ya no era exactamente la misma.

Había contemplado una especie de ensayo general.

Nadie quería llamarlo todavía guerra civil.

Quizá porque poner nombre a algunas cosas obliga a reconocer que existen.

José Antonio siguió los acontecimientos con alarma.

No necesitaba que nadie le explicara el peligro de una revolución marxista.

Lo veía.

Pero le preocupaba también la reacción contraria.

Después de Asturias resultaba todavía más fácil encontrar hombres dispuestos a considerar cualquier reforma social como una rendición ante la revolución.

—¿Lo ves? —le dijo uno—. Esto es lo que ocurre cuando se les concede demasiado.

—¿A quiénes?

—A los revolucionarios.

—No te he preguntado eso. Has dicho «se les concede». ¿A quiénes?

El hombre se impacientó.

—A los obreros.

José Antonio lo miró.

—Acabas de confundir dos cosas que nos costarán muy caras si seguimos confundiéndolas.

—¿Cuáles?

—Un obrero y un revolucionario.

—Muchos lo son.

—Muchos propietarios son idiotas y no por eso propongo fusilar a todos los propietarios.

El otro torció el gesto.

—Después de Asturias hay que restaurar el orden.

—Naturalmente.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Todavía no.

—¿Qué más quieres?

—Que después del orden haya justicia.

—Siempre con lo mismo.

—Porque vosotros siempre termináis antes.

El hombre lo miró.

José Antonio continuó:

—Si todo lo que hacemos después de una insurrección consiste en volver exactamente a la situación que había antes, habremos restablecido también las causas que alimentaron la siguiente.

—La causa es el marxismo.

—Una causa.

—La principal.

—Puede ser.

—¿Entonces?

—Que sea una causa no convierte mágicamente en inexistentes las demás.

Había jornaleros pobres.

Trabajadores sin horizonte.

Familias hacinadas.

Campesinos sin tierra.

Zonas enteras donde las diferencias sociales no necesitaban estadísticas porque podían medirse caminando de una casa a otra.

José Antonio no pensaba que la pobreza justificara la revolución.

Pensaba algo más incómodo:

que ignorarla la alimentaba.

—Hay que quitarles las armas.

—Por supuesto.

—Cerrar sus organizaciones.

José Antonio calló.

—¿No estás de acuerdo?

—Estoy pensando en algo más difícil.

—¿Qué?

—Quitarles también las razones que podamos quitarles.

El hombre rió.

—Eso es imposible.

—No. Lo imposible es conseguir que un hombre que no tiene nada considere eternamente justo que no tenga nada.

Octubre había dejado otra enseñanza.

Los extremos empezaban a necesitarse.

El revolucionario utilizaba al reaccionario para demostrar que ninguna reforma era posible.

El reaccionario utilizaba al revolucionario para demostrar que cualquier reforma era suicida.

Cada uno fabricaba argumentos para el otro.

Era una maquinaria perfecta.

Y España empezaba a quedar atrapada dentro.

José Antonio veía crecer el peligro.

También Falange estaba cambiando.

Una organización nacida alrededor de discursos empezaba a convivir cada vez más con la violencia.

Y la violencia posee una propiedad terrible:

termina exigiendo respuestas incluso a quienes creen poder utilizarla sólo excepcionalmente.

Después de octubre, demasiados españoles comenzaron a preguntarse no cómo convencer al adversario.

Sino cómo derrotarlo.

Algunos empezaron a preguntarse algo todavía peor.

Cómo eliminarlo.

La guerra no había empezado.

Pero ya había hombres acostumbrándose a pensar como si estuvieran en ella.


CAPÍTULO IX

LOS MUERTOS

La primera muerte cambia una organización.

La décima cambia a quienes quedan vivos.

Falange comenzó a enterrar militantes.

La violencia política ya no era una amenaza posible.

Tenía nombres.

Apellidos.

Familias.

Madres esperando un cadáver.

Compañeros que recogían una camisa ensangrentada.

Jóvenes que unas horas antes habían discutido sobre sindicatos, patria o revolución y que ahora discutían sobre pistolas.

—Hay que responder.

La frase apareció una vez.

Después otra.

Y otra.

José Antonio la escuchaba.

No siempre podía rechazarla.

Una organización atacada tenía derecho a defenderse.

Eso parecía elemental.

El problema empezaba inmediatamente después.

¿Dónde terminaba la defensa?

¿Dónde empezaba la represalia?

¿En qué momento la represalia se convertía en venganza?

¿Y cuándo la venganza dejaba de necesitar incluso una víctima concreta?

La sangre modifica el lenguaje.

Un hombre muerto deja de ser argumento.

Se convierte en deuda.

—Nos han matado a uno.

—Hay que responder.

—¿A quién?

—A ellos.

Ahí estaba el peligro.

Ellos.

Una palabra suficientemente grande para poder meter dentro a cualquiera.

Después de uno de aquellos entierros, un joven se acercó a José Antonio.

Tenía los ojos rojos.

El muerto había sido amigo suyo.

—Lo van a pagar.

José Antonio se volvió.

—¿Quiénes?

—Ellos.

—¿Quiénes son ellos?

—Sabes perfectamente quiénes.

—No. Dímelo.

El joven apretó los dientes.

—Los que lo han matado.

—Entonces busca a los responsables.

—Son todos iguales.

José Antonio dio un paso hacia él.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué?

—Porque cuando empiezas a creer que todos son iguales, ya puedes matar a cualquiera.

El muchacho apartó la mirada.

—Tú no eras amigo suyo.

José Antonio soportó el golpe.

—No.

—Entonces no puedes entenderlo.

—Probablemente no del todo.

El joven se marchó.

José Antonio permaneció quieto.

Sabía que una frase razonable no detiene siempre a un hombre furioso.

También sabía otra cosa.

Falange había aceptado la violencia en determinadas circunstancias.

No podía fingir ahora que aquella decisión no tuviera consecuencias.

La violencia nunca acepta permanecer durante mucho tiempo en el cajón donde uno pretende guardarla.

Sale.

Busca razones.

Después fabrica las suyas propias.

Cada organización enterraba a los suyos.

Socialistas.

Falangistas.

Anarquistas.

Guardias.

Militantes de distintas organizaciones.

Cada periódico contaba una mitad.

Cada familia poseía un muerto que demostraba quiénes eran los malos.

España empezó a dividirse incluso en sus cementerios.

No había muertos españoles.

Había muertos nuestros.

Y muertos de ellos.

La diferencia parecía pequeña.

No lo era.

Porque cuando una sociedad empieza a clasificar también a sus cadáveres por partido, la convivencia está llegando demasiado cerca de su límite.

José Antonio intentaba evitar que Falange se transformase únicamente en una milicia.

No siempre lo conseguía.

Había jóvenes que llegaron atraídos por la idea nacional-sindicalista.

Otros empezaban a llegar porque querían luchar.

No era exactamente lo mismo.

El uniforme podía ocultar la diferencia.

La muerte también.

En Pamplona, Ángel María Pascual contemplaba igualmente aquella transformación.

Él había llegado por los libros.

Por José Antonio.

Por una idea de España.

Pero la Historia estaba convirtiendo rápidamente a hombres de biblioteca en hombres de acción.

Todavía no podía imaginar que acabaría mandando escuadras armadas cuando llegara la guerra.

Por ahora seguía escribiendo.

Leyendo.

Formándose.

Y descubriendo que la política española estaba empezando a exigir a cada hombre una pregunta brutal:

—¿De qué lado estás?

Había preguntas todavía peores.

Pronto llegaría una:

—¿A quién estás dispuesto a matar?


CAPÍTULO X

RAMIRO

Ramiro Ledesma Ramos no había ingresado en Falange para obedecer a José Antonio.

Conviene recordarlo.

Tenía pensamiento propio.

Carácter propio.

Seguidores.

Y una idea bastante clara de lo que debía ser una revolución nacional-sindicalista.

José Antonio tampoco había fundado Falange para entregar su dirección a otro.

La unión de 1934 había sentado alrededor de la misma mesa a hombres que coincidían en muchas cuestiones y discrepaban justamente en aquellas que más problemas suelen provocar.

Mando.

Estrategia.

Organización.

Dinero.

Alianzas.

Y legitimidad.

Ramiro temía que Falange pudiera terminar domesticada.

Convertida en una fuerza útil para sectores conservadores que deseaban utilizar su juventud y su violencia contra la izquierda sin aceptar su programa social.

José Antonio compartía parte del temor.

Pero no necesariamente las soluciones de Ramiro.

Había además una cuestión de personalidad.

Dos hombres brillantes pueden colaborar.

Dos hombres brillantes convencidos de que el otro se equivoca pueden hacerlo durante menos tiempo.

Las discusiones fueron aumentando.

—Nos estamos aburguesando —acusó Ramiro.

—Nos estamos organizando.

—No es lo mismo.

—Precisamente.

—Hay demasiada gente alrededor que quiere convertir esto en otra cosa.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué los toleras?

José Antonio lo miró.

—Porque no todos los que discrepan de ti son traidores.

Ramiro sonrió con poca alegría.

—Eso también podría decírtelo yo.

La ruptura acabó produciéndose en 1935.

Ramiro quedó fuera de Falange.

José Antonio conservó la jefatura.

Pero ninguna ruptura de aquel tamaño deja vencedor completo.

José Antonio perdió a uno de los hombres intelectualmente más poderosos que habían contribuido a construir el nacional-sindicalismo.

Ramiro perdió la organización que ayudó a formar.

Y quedó planteada una pregunta que reaparecería años después:

¿quién decide qué es la auténtica Falange?

En 1935 se resolvió mediante una ruptura interna.

En 1937 la misma clase de pregunta tendría consecuencias mucho más graves.

Entonces José Antonio estaría muerto.

Ramiro también.

Y el hombre situado en el centro del conflicto sería alguien que por el momento apenas ocupaba algunas líneas en los periódicos.

Manuel Hedilla.

No procedía del mismo mundo que José Antonio.

Había conocido talleres.

Máquinas.

Jornales.

Horarios.

Trabajo manual.

Cuando escuchaba hablar de dignidad del trabajador no necesitaba imaginar desde un despacho qué significaba trabajar con las manos.

Aquello le otorgaba una autoridad distinta.

No necesariamente mayor.

Distinta.

La Historia guardaba para él una ironía.

Una organización que hablaba tanto del trabajo acabaría teniendo como sucesor de su fundador a un trabajador.

Y quienes vencieran la guerra terminarían condenando a muerte a ese mismo hombre.

Pero todavía no.

Aún faltaban dos años.

Ramiro se marchó.

Falange continuó.

La política española aceleraba.

Y las organizaciones pequeñas tienen una peculiaridad:

cada hombre que se marcha parece enorme.

Hasta que empiezan a llegar miles.


CAPÍTULO XI

TRES MIL

Comienzos de 1936

Falange seguía siendo pequeña.

Muy pequeña.

Después sería difícil recordarlo.

La Historia tiene tendencia a proyectar hacia atrás el tamaño que las organizaciones alcanzan después.

Pero la Falange anterior a la guerra no era la Falange multitudinaria del régimen posterior.

No tenía ministerios.

Ni gobernadores civiles.

Ni organizaciones sindicales estatales.

Ni presupuestos.

Ni Delegaciones Nacionales.

Ni una Administración llena de cargos.

Tenía unos pocos millares de militantes.

Implantación desigual.

Escaso dinero.

Y muchos enemigos.

Eso resultaba importante por una razón muy sencilla.

Ser falangista todavía no servía para hacer carrera.

Un joven se lo contó a José Antonio:

—Mi padre dice que soy imbécil.

—¿Por ser falangista?

—Sí.

José Antonio sonrió.

—Podría haber llegado a esa conclusión por motivos estrictamente familiares.

El muchacho rió.

—Dice que aquí no tengo futuro.

José Antonio dejó de bromear.

—Puede que tenga razón.

—Entonces ¿qué hacemos aquí?

José Antonio lo miró.

—Recuerda esa pregunta.

—¿Por qué?

—Por si algún día esto se llena.

—¿De gente?

—De gente.

—Mejor.

—Depende.

El joven no entendió.

—¿De qué?

—De por qué vienen.

Muchos años después habría comprendido.

Cuando la camisa azul dejara de ser una molestia y pudiera convertirse en credencial.

Cuando aparecieran hombres que jamás habían pisado un local antes de la guerra.

Cuando ser falangista pudiera facilitar un puesto, una influencia o una carrera.

Entonces los primeros comenzarían a llamarse entre sí:

camisas viejas.

Y aparecería una pregunta.

—¿Dónde estabas antes del 18 de julio?

No era necesariamente una prueba de virtud.

Un afiliado antiguo podía ser un miserable.

Uno posterior podía ser un hombre extraordinario.

Pero señalaba algo.

Antes de la guerra, afiliarse tenía un coste.

Después de comenzada, en determinadas zonas, podía ofrecer también ventajas.

La frontera moral estaba ahí.

En febrero de 1936 llegaron las elecciones.

Venció el Frente Popular.

José Antonio perdió el escaño.

Falange tampoco consiguió representación.

La derrota tuvo una consecuencia especialmente grave para él.

Ya no disponía de inmunidad parlamentaria.

El clima se hizo cada vez más violento.

Incendios.

Huelgas.

Atentados.

Choques.

Represalias.

Rumores.

Siempre rumores.

Militares conspirando.

Revolucionarios preparándose.

Derechas convencidas de que llegaba una revolución.

Izquierdas convencidas de que llegaba un golpe.

Cada uno empezó a tomar medidas contra lo que temía.

Y cada medida confirmaba los temores del contrario.

El círculo empezó a cerrarse.

Falange fue ilegalizada.

Llegaron detenciones.

José Antonio terminaría entre rejas.

La organización, que ya era pequeña, quedó descabezada.

Y allí empezó otra transformación.

Hasta ese momento la cuestión había sido:

¿qué quiere hacer Falange con España?

Pronto aparecería una mucho más urgente:

¿qué va a hacer España con Falange?


CAPÍTULO XII

LA CÁRCEL

Madrid, marzo de 1936

Detuvieron a José Antonio.

La prisión todavía podía parecer un accidente político.

Había sido detenido antes.

Otros dirigentes también habían pasado por cárceles.

La España republicana se había acostumbrado peligrosamente a que la política terminara algunas veces ante un juez y otras detrás de una puerta de hierro.

Pero esta vez algo era distinto.

Falange estaba ilegalizada.

El clima político empeoraba casi por horas.

Y José Antonio ya no disponía de la protección parlamentaria que había tenido anteriormente.

Al principio todavía pudo pensar que saldría.

Habría proceso.

Abogados.

Recursos.

Política.

Semanas.

Tal vez meses.

Después libertad.

La puerta se cerró.

Y desde fuera comenzaron a llegar noticias.

Huelgas.

Atentados.

Violencia.

Incendios.

Rumores de conspiración militar.

Rumores de revolución.

Armas.

Cada grupo estaba convencido de que los demás preparaban algo definitivo.

Y, como consecuencia, todos preparaban algo para impedirlo.

Un compañero de prisión le llevó noticias.

—Dicen que los militares se mueven.

—¿Quién lo dice?

—Todo el mundo.

—Eso suele significar que nadie sabe nada.

—También dicen que los socialistas preparan otra cosa.

—También lo dice todo el mundo.

—¿No estás preocupado?

José Antonio lo miró.

—Mucho.

—No lo parece.

—Estar preocupado no obliga a mover continuamente los brazos.

Se quedó pensando.

Falange era demasiado pequeña para resolver por sí sola aquella crisis.

No iba a conquistar el Estado.

No en ese momento.

La pregunta había cambiado.

Ya no se trataba de cómo llevar a Falange al poder.

Se trataba de impedir que España terminara partiéndose en dos antes de que cualquier proyecto político pudiera realizarse.

José Antonio empezó a pensar en una concentración nacional.

No una coalición ideológica.

Algo temporal.

Excepcional.

Un Gobierno capaz de sentar juntos a hombres que no pensaban igual pero que compartían una razón suficiente para intentarlo:

evitar la catástrofe.

Pensó en nombres que a muchos falangistas les resultaban difíciles de comprender.

Indalecio Prieto.

Socialista.

Adversario.

Pero un socialista con el que todavía podía imaginar una conversación.

Ángel Pestaña.

Sindicalista.

Procedente del anarquismo.

Otro mundo.

Precisamente por eso.

Un compañero lo escuchó.

—¿Prieto?

—Sí.

—¿El socialista?

—No conozco otro.

—¿Y Pestaña?

—También.

—¿Para qué?

José Antonio apoyó la espalda contra la pared.

—Para hablar.

—¿De qué?

—De cómo evitar que acabemos matándonos.

El hombre rió.

—Eso parece poco falangista.

José Antonio sonrió.

—Entonces habrá que mejorar nuestra idea de lo que significa ser falangista.

—No van a escucharte.

—Puede ser.

—Entonces ¿para qué intentarlo?

José Antonio tardó en responder.

—Porque si la alternativa es una guerra, fracasar intentando impedirla seguirá siendo menos estúpido que triunfar ayudando a provocarla.

Quedaban todavía puentes.

Pocos.

Pero quedaban.

Cartas.

Intermediarios.

Contactos.

Hombres que podían hablar con hombres del otro lado.

La política española todavía no había terminado de convertirse en guerra.

Pero cada día quedaba menos distancia.

Entonces llegó una nueva decisión.

Trasladar a José Antonio.

Alicante.

El cambio parecía administrativo.

No lo era.

Alejarlo de Madrid significaba apartarlo del centro de la política.

De sus colaboradores.

De contactos.

De decisiones.

La distancia podía convertirse en una forma de incomunicación aun cuando todavía llegaran cartas.

José Antonio dejó Madrid.

No sabía que no volvería.

Y tampoco sabía que, mientras él intentaba impedir una guerra, los hombres que iban a empezarla estaban haciendo cálculos en los que su futuro podía resultar extraordinariamente incómodo.

Porque una cosa era José Antonio preso.

Otra muy diferente:

José Antonio libre.


CAPÍTULO XIII

ALICANTE

Junio de 1936

Alicante quedaba lejos de Madrid.

En kilómetros.

Y en política.

José Antonio comenzó a vivir entre paredes mientras el país se descomponía fuera.

Las noticias llegaban.

Tarde.

Fragmentadas.

Contradictorias.

Pero todas parecían avanzar en la misma dirección.

Había conspiración militar.

Eso empezaba a resultar evidente.

Había organizaciones obreras preparando también sus fuerzas.

Había armas.

Huelgas.

Atentados.

Venganzas.

Miedo.

Mucho miedo.

Y el miedo posee una capacidad extraordinaria para convertir cualquier gesto en prueba de la peor intención posible.

Si un militar se reunía con otro militar:

golpe.

Si un sindicato almacenaba armas:

revolución.

Si un partido convocaba una manifestación:

provocación.

Si un periódico denunciaba una conspiración:

preparación psicológica.

Todos veían pruebas.

Y muchas veces las había.

José Antonio escribía.

Pensaba.

Intentaba mantener contactos.

La idea de una salida nacional no desapareció.

Al contrario.

Cuanto peor se ponían las cosas, más urgente parecía.

También más improbable.

—¿Sigues creyendo que esto puede detenerse? —le preguntó un compañero.

José Antonio tardó en responder.

—Creo que todavía no ha empezado del todo.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—Es la única respuesta que tengo.

—Los militares están preparados.

—Algunos.

—La izquierda también.

—Parte de ella.

—Entonces estamos acabados.

José Antonio negó.

—Mientras alguien pueda hablar, no.

—Eso parece ingenuo.

—Lo es.

—¿Y?

—La alternativa me parece homicida.

Siguió escribiendo.

Prieto.

Pestaña.

Republicanos capaces todavía de escuchar.

Militares capaces todavía de detenerse.

No buscaba convertir a unos en falangistas.

Ni a los falangistas en socialistas.

Buscaba algo mucho más modesto y mucho más difícil.

Que nadie disparara.

El país no colaboraba.

Julio avanzó.

El asesinato de José Calvo Sotelo añadió otra cantidad de pólvora a un almacén que ya estaba lleno.

Las conspiraciones militares aceleraron.

El Gobierno desconfiaba.

La izquierda se movilizaba.

La derecha esperaba.

Falange, clandestina y perseguida, se preparaba también para lo que pudiera llegar.

José Antonio estaba encerrado.

Y su capacidad para dirigir aquella organización disminuía precisamente cuando más iba a necesitarla.

El calendario avanzó.

17 de julio.

  1.  

Las noticias llegaron.

Marruecos.

Sublevación.

Guarniciones.

Ciudades.

España acababa de cruzar una frontera.

La cárcel seguía siendo la misma.

Pero el país exterior ya no.


CAPÍTULO XIV

18 DE JULIO

Uno de los presos llevó la noticia.

—Ha empezado.

José Antonio levantó la cabeza.

—¿Dónde?

—Marruecos.

Después llegaron más datos.

Militares sublevados.

Guarniciones indecisas.

Unas ciudades.

Otras.

Mandos que se sumaban.

Mandos que permanecían fieles al Gobierno.

Partidos movilizándose.

Sindicatos reclamando armas.

Armas entregadas.

Falange entrando en acción en distintas zonas.

El levantamiento no había conseguido imponerse inmediatamente.

Tampoco había sido sofocado.

Y precisamente por eso ocurrió lo peor.

España se partió.

Uno de los hombres que estaban con José Antonio sonrió.

—Ha empezado la revolución.

José Antonio negó.

—No.

—¿No?

—Ha empezado la guerra.

El otro dejó de sonreír.

La diferencia era enorme.

Una revolución puede imaginar un día siguiente.

Un programa.

Un poder.

Una victoria.

Una guerra civil convierte antes al vecino en enemigo.

Después ya se discutirá qué construir sobre las ruinas.

José Antonio pidió información.

¿Quién mandaba en el levantamiento?

Todavía no estaba claro.

Mola.

Franco.

Sanjurjo, mientras viviera.

Queipo de Llano.

Cabanellas.

Generales.

Juntas.

Mandos.

No había un único jefe político.

Falange tampoco tenía acceso a su Jefe Nacional.

José Antonio estaba preso en territorio gubernamental.

Aquella circunstancia empezó a adquirir una enorme importancia.

Mientras viviera, seguía siendo el jefe.

Nadie podía sustituirlo completamente.

Podían interpretar órdenes.

Transmitir consignas.

Organizar.

Pero José Antonio existía.

Y podía volver.

Ésa era la cuestión.

Uno de sus compañeros lo vio pensativo.

—Si ganan, te sacarán.

José Antonio lo miró.

—¿Quiénes?

—Los nuestros.

La expresión quedó flotando.

Los nuestros.

¿Quiénes eran exactamente?

Los falangistas.

Los militares sublevados.

Los monárquicos.

Los carlistas.

La derecha.

Todos luchaban ahora en el mismo lado.

Eso no significaba que quisieran la misma España después.

José Antonio lo sabía.

—Si ganan —repitió el otro—, volverás.

—Quizá.

—¿Quizá?

José Antonio no respondió.

Una guerra crea jerarquías.

Poderes.

Lealtades nuevas.

Y los hombres que empiezan una guerra no necesariamente quieren entregar después el poder al hombre políticamente más brillante del bando vencedor.

La pregunta todavía no podía formularse en voz alta.

Pero existía.

¿Qué lugar ocuparía José Antonio Primo de Rivera en la España surgida de una victoria militar?

La cárcel le impedía responder.

También le impedía mandar.

Pero todavía podía hacer otra cosa.

Intentar detener la guerra.

Parecía absurdo.

Quizá lo fuera.

Pero en agosto pediría hablar con Diego Martínez Barrio.

Desde una celda.

En mitad de una guerra.

El hombre al que tantos identificaban con la violencia iba a intentar abrir una puerta hacia la paz.

La celda tenía un número.

Setenta y tres.

Y allí empezaría una de las partes más extrañas de toda esta historia.

CAPÍTULO XV

CELDA 73

Alicante, 8 de agosto de 1936

La guerra llevaba tres semanas.

Tres semanas bastaban ya para comprender que aquello no iba a terminar con un pronunciamiento, un cambio de Gobierno y unas cuantas proclamas leídas desde balcones.

España se había partido.

Cada día que pasaba hacía más difícil volver a unirla.

José Antonio seguía encerrado.

Pero la prisión no había conseguido quitarle una costumbre:

pensar políticamente.

Lo fácil habría sido esperar.

Esperar a que avanzaran las tropas sublevadas.

Esperar un canje.

Esperar un rescate.

Esperar que alguien abriera la puerta.

José Antonio hizo otra cosa.

Pidió hablar con Diego Martínez Barrio.

No para negociar la rendición de la República.

Ni para ofrecer la de Falange.

Ni para cambiar de bando.

Quería averiguar si todavía quedaba algún espacio entre dos Españas que empezaban a comportarse como si sólo una pudiera sobrevivir.

La petición llegó.

Hubo respuesta.

El Gobierno envió un interlocutor.

Aquello, en mitad de una guerra civil recién comenzada, era ya extraordinario.

Un preso falangista.

Jefe Nacional de una organización que combatía en el otro bando.

Y representantes de la República sentándose a escuchar qué quería proponer.

José Antonio habló de un Gobierno capaz de detener la guerra.

No un Gobierno falangista.

Tampoco uno socialista.

Ni militar.

Ni monárquico.

Un poder excepcional con autoridad suficiente para obligar a unos y otros a detenerse.

El hombre que tenía delante lo escuchó.

—¿De verdad cree que esto puede pararse?

José Antonio no respondió inmediatamente.

—No lo sé.

—Entonces…

—Sé otra cosa.

—¿Cuál?

—Que si nadie lo intenta, no se parará.

—Los militares ya están en guerra.

—También el Gobierno.

—El Gobierno defiende la legalidad.

José Antonio lo miró.

—Y dentro de un mes, ¿qué defenderá si ya no queda legalidad que defender?

El visitante permaneció en silencio.

José Antonio continuó.

—Hay que formar un Gobierno que pueda hablar con ambos lados.

—¿Con quién?

—Con quien haga falta.

—¿Con Franco?

—Si manda tropas, habrá que hablar con él.

—¿Con Mola?

—También.

—¿Con los socialistas?

—Naturalmente.

—¿Con los anarquistas?

José Antonio dejó escapar una sonrisa cansada.

—Preferiría discutir con ellos antes que matarlos.

El hombre se removió en la silla.

—Eso no parece muy compatible con todo lo que está ocurriendo.

—Precisamente por eso estamos aquí.

La propuesta no prosperó.

Quizá ya era tarde.

Quizá nunca había existido verdadera posibilidad.

Pero el intento decía algo importante sobre el hombre encerrado en aquella celda.

Mientras fuera de la prisión los españoles empezaban a clasificarse definitivamente entre amigos y enemigos, él todavía buscaba interlocutores.

No porque hubiese dejado de creer en sus ideas.

Sino porque para defenderlas necesitaba primero que quedase un país en el que poder discutirlas.

El visitante se levantó.

José Antonio lo acompañó con la mirada.

—¿Algo más?

—Sí.

El hombre esperó.

—Dígales que dentro de seis meses nadie recordará quién tenía razón el 18 de julio si para entonces llevamos medio millón de muertos.

El visitante no contestó.

La puerta volvió a cerrarse.

Celda 73.

José Antonio se quedó solo.

Había intentado abrir una puerta.

España continuaba cerrándolas.


CAPÍTULO XVI

PRIETO

Indalecio Prieto no era un aliado.

Eso hacía interesante su nombre.

Socialista.

Hombre de partido.

Adversario político.

Procedía de una tradición que José Antonio combatía.

Y, sin embargo, no pertenecía al grupo de quienes consideraban que hablar con el contrario constituía por sí mismo una traición.

José Antonio había aprendido algo que la guerra volvía cada día más raro:

no hace falta confiar en un hombre para hablar con él.

Hace falta solamente pensar que continúa siendo un hombre.

—No entiendo por qué insistes con Prieto —le dijo uno de sus compañeros.

—Porque no necesito que esté de acuerdo conmigo.

—Es socialista.

—Lo sé.

—Está en el otro lado.

—También lo sé.

—Entonces ¿qué esperas?

José Antonio respondió:

—Que entienda que una guerra civil no la gana realmente nadie.

—Alguno tendrá que ganar.

—Militarmente.

—Eso es ganar.

—No necesariamente.

—Explícate.

José Antonio se acercó a la ventana.

—Supongamos que dentro de dos años un ejército entra en Madrid.

—Bien.

—¿Han resucitado los muertos?

—No.

—¿Han vuelto los exiliados?

—No.

—¿Han desaparecido los odios?

—No.

—¿Se han reconstruido las casas?

—Todavía no.

—¿Los hijos de los fusilados han olvidado?

El otro calló.

—Eso también forma parte de la victoria.

Prieto podía entenderlo.

No porque compartiera el proyecto falangista.

Porque había conocido la política lo suficiente como para saber que una guerra destruye mucho más que un Gobierno.

Los contactos eran difíciles.

Indirectos.

Peligrosos.

En aquel clima, hablar con el adversario podía convertirse inmediatamente en sospecha.

Para unos:

traición.

Para otros:

maniobra.

Pero José Antonio insistía.

Le preocupaba que todos los hombres capaces de cruzar una frontera política fueran desapareciendo.

Primero se deja de hablar con el contrario.

Después se deja de reconocerlo.

Finalmente se deja de considerarlo compatriota.

Y entonces ya sólo queda una última degradación:

dejar de considerarlo persona.

España avanzaba peligrosamente por ese camino.

Prieto no salvaría a José Antonio.

José Antonio tampoco salvaría a Prieto de la guerra que ya estaba en marcha.

Pero la posibilidad misma de aquellos contactos decía algo que sería olvidado después.

Los bandos no eran bloques de piedra.

Dentro de cada uno seguían existiendo hombres.

Y algunos, incluso entonces, miraban al otro lado.


CAPÍTULO XVII

PESTAÑA

Ángel Pestaña estaba todavía más lejos.

Había sido anarquista.

Había pertenecido a la Confederación Nacional del Trabajo.

Había conocido cárceles.

Huelgas.

Violencia.

El mundo obrero no era para él una construcción intelectual.

Lo había vivido.

Después fundó el Partido Sindicalista.

José Antonio llegaba al sindicalismo desde otro lugar.

Aquello, precisamente, podía hacer posible una conversación.

Dos hombres pueden coincidir en una respuesta.

También pueden llegar a preguntas semejantes recorriendo caminos completamente distintos.

—¿Qué puedes tener en común con Pestaña?

José Antonio sonrió.

—Probablemente más cosas de las que él estaría dispuesto a reconocer.

—¿Por ejemplo?

—Que un trabajador es bastante más que un voto.

—Eso lo dice cualquiera.

—No.

—¿No?

—Muchos dicen «trabajador» y están pensando en una masa.

—¿Y tú?

—En hombres.

La diferencia parecía menor.

No lo era.

Pestaña conocía la organización obrera.

José Antonio también había llegado a considerar el sindicato una pieza fundamental de la futura estructura social.

No concebían exactamente el mismo sindicato.

Ni el mismo Estado.

Ni la misma España.

Pero ambos sabían que la cuestión obrera no podía resolverse únicamente con policías.

Ni con discursos.

Ni con propietarios recomendando paciencia.

—Si Pestaña estuviera aquí —dijo José Antonio—, nos pasaríamos dos horas discutiendo.

—Probablemente.

—Eso sería una magnífica noticia.

—¿Discutir?

—Sí.

—Estás perdiendo la cabeza.

—Cuando dos hombres discuten todavía han decidido no dispararse.

El compañero sonrió.

—Nunca había pensado que una discusión pudiera ser pacifista.

—Depende de la discusión.

José Antonio también sonrió.

—Y de la pistola.

Durante unas semanas todavía parecieron posibles ciertas conversaciones imposibles.

Después la guerra hizo lo que hacen las guerras.

Fue estrechando el espacio.

Los puentes se convirtieron en lugares peligrosos.

Quien permanecía demasiado tiempo sobre uno corría el riesgo de recibir disparos desde ambas orillas.

José Antonio seguía preso.

Prieto seguía siendo socialista.

Pestaña seguía estando en el otro mundo político.

Pero los nombres quedaron.

Como testimonio de algo que después resultaría incómodo para quienes necesitaran una historia más sencilla:

hubo un momento en que todavía se intentó hablar.

Y fracasó.


CAPÍTULO XVIII

LOS RESCATES

Mientras José Antonio intentaba hablar, otros intentaban sacarlo de allí.

Planes.

Intermediarios.

Dinero.

Contactos.

Canjes.

Rutas.

Hombres dispuestos a jugarse la vida.

La imaginación funciona extraordinariamente bien cuando un jefe está preso.

Cada nuevo proyecto parecía definitivo.

Cada fracaso producía otro.

—Esta vez puede hacerse.

—Eso dijiste la anterior.

—La anterior era diferente.

—Todas son diferentes hasta que fracasan.

Había quienes proponían un canje.

Quienes confiaban en sobornos.

Quienes imaginaban una fuga.

Quienes buscaban conexiones diplomáticas.

Quienes estaban dispuestos a entrar y sacarlo por la fuerza.

El problema no era sólo llegar hasta José Antonio.

Había que salir.

Cruzar territorio.

Atravesar controles.

Encontrar vehículos.

Hombres fiables.

Dinero.

Silencios.

Demasiadas cosas tenían que salir bien.

Pero para los falangistas aquello no era una operación cualquiera.

José Antonio era el Jefe Nacional.

La organización combatía sin él.

La guerra estaba modificando la estructura interna de Falange con una velocidad extraordinaria.

Si José Antonio regresaba, ocurriría algo obvio:

volvería a mandar.

Y precisamente por resultar tan obvio, aquello empezó a convertirse también en un problema político.

En la zona sublevada había generales.

Mola.

Queipo.

Cabanellas.

Franco.

Mandos diversos.

Ambiciones diversas.

El fracaso parcial del golpe había convertido una operación militar en una guerra.

Y la guerra exigía mando único.

Franco acumulaba poder.

Primero militar.

Después político.

José Antonio no debía su autoridad a ninguno de aquellos generales.

Había fundado Falange antes del 18 de julio.

Tenía militantes.

Doctrina.

Prestigio.

Una jefatura propia.

Si salía de Alicante, no regresaría como subordinado.

Regresaría como José Antonio.

Ésa era la diferencia.

Un falangista comentó:

—Cuando vuelva, todo se arreglará.

El hombre que lo escuchaba no respondió.

—¿No crees que saldrá?

—No he dicho eso.

—Entonces ¿qué?

—Estoy pensando qué ocurrirá si sale.

—Mandará.

—Precisamente.

El falangista lo miró.

Por primera vez comprendió que liberar a José Antonio podía significar cosas distintas para hombres del mismo bando.

Para sus camaradas era recuperar al jefe.

Para otros podía significar recuperar un problema.

La guerra había comenzado a fabricar una nueva jerarquía.

Y José Antonio pertenecía a una jerarquía anterior.

Los proyectos continuaron.

Ninguno llegó a tiempo. Los planes de rescate, canje, intermediación y fuga ocuparon un lugar importante en aquellos meses, precisamente porque un José Antonio liberado habría recuperado una capacidad política propia dentro de un bando cuya dirección estaba cambiando rápidamente.

El preso siguió preso.

Y entonces llegó un telegrama.


CAPÍTULO XIX

EL TELEGRAMA

19 de octubre de 1936

El mensaje era breve.

Los telegramas militares no suelen cultivar la literatura.

No la necesitan.

La orden podía resumirse sin dificultad:

si José Antonio Primo de Rivera era liberado, no debía quedar inmediatamente en libertad de movimientos.

Había que retenerlo.

Informar.

Esperar instrucciones.

Un oficial leyó el papel.

Después volvió a leerlo.

—¿Retenerlo?

—Eso pone.

—Pero estamos intentando liberarlo.

—Una cosa no impide la otra.

—No entiendo.

El segundo hombre levantó la mirada.

—No hace falta.

—Es el Jefe Nacional de Falange.

—Precisamente.

Silencio.

—¿Quién firma?

El otro señaló el telegrama.

Francisco Franco.

El oficial volvió a leer.

Las palabras seguían allí.

—Si conseguimos sacarlo de Alicante…

—Se le retiene.

—¿Detenido?

—No dice detenido.

—¿Entonces?

—Dice retenido.

—Es casi lo mismo.

—En política las palabras existen precisamente para que casi lo mismo no parezca lo mismo.

El oficial dejó el papel sobre la mesa.

—¿Y qué hacemos con él?

—Informar.

—¿Y después?

—Esperar.

El telegrama era pequeño.

Cabía en una mano.

El problema político que contenía era enorme.

José Antonio vivo no podía regresar sencillamente al lugar que había ocupado antes de la guerra porque aquel lugar ya estaba siendo ocupado por otro poder.

No era necesario pensar en una conspiración para comprenderlo.

Bastaba mirar el mapa político.

La guerra necesitaba un jefe militar.

Franco estaba convirtiéndose en él.

El mando militar empezaba a extenderse hacia el político.

Y al otro lado de cualquier eventual liberación esperaba un hombre de treinta y tres años con organización propia, prestigio propio y una idea propia de España.

Uno de los oficiales volvió a preguntar:

—¿Franco teme a José Antonio?

El otro negó con la cabeza.

—Ésa no es la pregunta.

—¿Cuál es?

—Si José Antonio aceptará recibir órdenes de Franco.

Ahora no hubo respuesta.

Porque ésa sí era la pregunta.


CAPÍTULO XX

EL HOMBRE Y EL SÍMBOLO

Francisco Franco no necesitaba desear la muerte de José Antonio.

No hacía falta.

El problema era mucho más sencillo.

Un hombre vivo puede hablar.

Puede discrepar.

Puede reunirse.

Puede dar órdenes.

Puede negarse.

Puede mirar a otro hombre y decirle:

—No.

Un símbolo no.

Un símbolo puede colocarse en una pared.

Imprimirse en una bandera.

Citarse.

Interpretarse.

Convertirse en consigna.

Y jamás interrumpe al orador.

José Antonio poseía algo que la guerra no había creado.

Legitimidad propia.

Falange existía antes del 18 de julio.

Su jefatura no procedía del Ejército.

Ni de Franco.

Ni de la Junta de Defensa.

Aquello significaba que, si regresaba, no volvería como un hombre agradecido al general que hubiera conseguido liberarlo.

Volvería como jefe de su propio movimiento.

Una conversación imaginaria podía resumir perfectamente el problema.

—Si sale, querrá mandar.

—Es el jefe de Falange.

—Precisamente.

—¿Cuál es el problema?

—Que ya no estamos organizando Falange.

—Estamos ganando una guerra.

—Y después habrá que gobernar.

—¿Con Falange?

—Con quien sea necesario.

—José Antonio no aceptará cualquier cosa.

El silencio respondió antes que nadie.

Ahí estaba.

El hombre y el símbolo.

José Antonio vivo pertenecía a José Antonio.

José Antonio muerto podría terminar perteneciendo a todos.

No porque todos pensaran como él.

Precisamente porque ya no podría decir quién no pensaba como él.

Aquello no condenaba a nadie.

Pero explicaba mucho.

El destino empezó a resolver el problema antes que la política.

En Alicante se preparaba un juicio.

Y mientras unos hombres especulaban sobre lo que haría José Antonio si salía, José Antonio empezaba a preguntarse algo todavía más inquietante:

qué ocurriría si los suyos ganaban sin él.


CAPÍTULO XXI

¿Y SI GANAMOS?

Cárcel de Alicante, otoño de 1936

La mayoría de los hombres del bando sublevado se hacía una pregunta:

¿ganaremos?

José Antonio comenzó a hacerse otra.

¿Y si ganamos?

Parecían la misma.

No lo eran.

Ganada una batalla viene otra.

Ganada una guerra viene un país entero.

Y eso es muchísimo más difícil.

—Cuando entremos en Madrid se habrá acabado —dijo un compañero.

José Antonio negó.

—No.

—¿No?

—Habrá empezado otra cosa.

—¿Cuál?

—Gobernar.

—Después de ganar será más fácil.

José Antonio sonrió.

—Ésa puede ser la equivocación más peligrosa de todas.

Se levantó.

Cuatro pasos.

Media vuelta.

Otros cuatro.

La celda no permitía grandes itinerarios.

—Imagina que los sublevados ganan.

—Magnífico.

—Madrid cae.

—Sí.

—Barcelona.

—Sí.

—Valencia.

—Sí.

—Termina la guerra.

—Eso estoy diciendo.

José Antonio se detuvo.

—¿Y después?

El hombre lo miró.

—Después se reconstruye España.

—¿Quién?

—Los vencedores.

—Eso me temo.

El otro frunció el ceño.

—No te entiendo.

—Una guerra convierte en compañeros a hombres que quizá no quieren la misma paz.

Militares.

Monárquicos.

Tradicionalistas.

Conservadores.

Falangistas.

Propietarios aterrorizados por la revolución.

Católicos perseguidos.

Hombres unidos por el enemigo.

Pero destruir al mismo enemigo no significaba construir el mismo Estado.

—El 18 de julio nos ha hecho compañeros de guerra —dijo José Antonio—. No necesariamente compañeros de revolución.

La frase quedó flotando.

Ésa era la cuestión.

Los militares querían ganar.

Los tradicionalistas tenían su propia concepción histórica de España.

Los monárquicos aguardaban.

Los propietarios querían seguridad.

Y Falange decía querer una transformación nacional y social.

¿Qué ocurriría cuando desapareciera el enemigo común?

—Habrá tiempo —respondió su compañero.

José Antonio sonrió con amargura.

—Eso es justamente lo que me preocupa.

—¿El tiempo?

—Siempre habrá una razón para esperar.

Primero terminar la guerra.

Después reconstruir.

Después pacificar.

Después estabilizar.

Después resolver los problemas urgentes.

Después esperar una coyuntura mejor.

—¿Y cuándo llega la revolución?

El hombre guardó silencio.

José Antonio contestó por él.

—Después.

Una palabra magnífica.

Después.

La tumba de muchas promesas políticas.

No volvió a explicar su programa.

No hacía falta.

Llevaba años haciéndolo.

La pregunta era otra:

¿permitirían los vencedores alterar realmente el orden económico y social?

¿Aceptaría el Ejército que una milicia política reclamara después capacidad para decidir el rumbo del Estado?

¿Aceptarían los grandes propietarios una victoria que terminara obligándolos a ceder poder?

¿Aceptaría Falange convertirse únicamente en uniforme, movilización y ceremonia?

José Antonio miró hacia la ventana.

—Si ganamos la guerra y todo queda igual, habremos perdido.

—Eso es absurdo.

—No.

—Habremos derrotado al marxismo.

—Y si dejamos intactas todas las miserias que lo alimentaron, otro marxismo aparecerá después con otro nombre.

El compañero negó.

—Hablas como si ya hubiéramos ganado.

José Antonio volvió a sentarse.

—No.

Miró los papeles.

—Hablo como si todavía pudiera salir.

Aquello era quizá lo más trágico.

Todavía pensaba en el día siguiente.

Otros empezaban a preparar ese día sin él.


CAPÍTULO XXII

LA SENTENCIA

Alicante, noviembre de 1936

Llegó el juicio.

La guerra entró con él en la sala.

Había jueces.

Acusadores.

Defensa.

Papeles.

Fórmulas jurídicas.

Todo conservaba la apariencia de un proceso.

José Antonio era abogado.

Conocía demasiado bien las formas como para no advertir la diferencia entre una sala de justicia en tiempo de paz y un tribunal funcionando dentro de una guerra civil.

Se defendió.

Argumentó.

Preguntó.

Discutió.

Intentó separar cuestiones que fuera de aquella sala ya estaban fundidas por la sangre.

Falange.

La conspiración militar.

El levantamiento.

Su propia responsabilidad.

Las acciones desarrolladas mientras él llevaba meses privado de libertad.

Pero explicar matices en una guerra constituye un ejercicio casi heroico.

Los bandos necesitan simplificar.

Amigo.

Enemigo.

Leal.

Traidor.

Culpable.

Inocente.

José Antonio no cabía cómodamente en aquella contabilidad.

Para el campo republicano era el jefe de Falange.

Eso bastaba.

Para el campo sublevado, si conseguía sobrevivir, podía transformarse en un jefe con autoridad propia.

También bastaba.

En medio quedaba él.

Solo.

Al terminar una de las sesiones regresó a la celda.

Uno de sus hermanos lo miró.

—¿Qué piensas?

—Que la defensa ha sido buena.

—No te he preguntado por la defensa.

José Antonio entendió.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Creo que nos condenarán.

Silencio.

—¿A muerte?

José Antonio respiró.

—Es posible.

—¿Y todavía puedes estar tan tranquilo?

Sonrió.

—No estoy tranquilo.

—Lo pareces.

—Es una cuestión de educación.

Su hermano no rió.

José Antonio tampoco.

La sentencia llegó.

Muerte.

Una palabra.

Una palabra tan pequeña para terminar una vida.

Ya no quedaba mucho espacio para la política.

Quedaba otra cosa.

Decidir cómo marcharse.


CAPÍTULO XXIII

EL TESTAMENTO

18 de noviembre de 1936

Dos días antes de morir, José Antonio escribió.

Podía haber dejado odio.

Tenía razones humanas para sentirlo.

Podía haber señalado culpables.

Podía haber pedido venganza.

Podía haber convertido su muerte en una deuda.

No lo hizo.

Escribió un testamento.

Perdonó.

Pidió perdón.

Pensó en su familia.

En sus hermanos.

En sus compañeros.

Y en España.

La guerra llevaba meses enseñando a los hombres a morir odiando.

José Antonio intentó hacer otra cosa.

Uno de los presentes contempló los papeles.

—¿No vas a dejar instrucciones para Falange?

José Antonio levantó la mirada.

—¿Instrucciones?

—Políticas.

—He pasado varios años dándolas.

—No es lo mismo.

—Nunca lo es.

—Si te matan habrá que elegir otro jefe.

Silencio.

—¿Quién quieres que sea?

José Antonio volvió a mirar el papel.

—No me corresponde designarlo desde una celda.

—Pero puedes decir qué deseas.

—Ya lo he dicho.

—Lo interpretarán.

Ahora sonrió.

—Eso hacen siempre con los muertos.

El otro hombre permaneció inmóvil.

—Y si no puedes corregirlos…

José Antonio dobló una hoja.

—Entonces espero que alguno tenga al menos la decencia de leerme antes de citarme.

No todos la tendrían.

El testamento quedó escrito.

La doctrina no.

Ésa es otra diferencia importante.

José Antonio murió dejando una obra política incompleta.

No una tabla de piedra.

No una respuesta para cada problema futuro.

No instrucciones para cuarenta años.

Una búsqueda.

Ideas.

Discursos.

Textos.

Contradicciones.

Evolución.

Y precisamente por ello los hombres que vinieran después tendrían una tentación formidable:

rellenar los espacios en blanco.

Cada uno con su propio José Antonio.

El fundador todavía respiraba.

El mito ya estaba esperando fuera.


CAPÍTULO XXIV

20 DE NOVIEMBRE

Alicante, madrugada de 1936

La muerte tiene una burocracia.

Llaves.

Firmas.

Órdenes.

Puertas.

Pasillos.

Hombres que cumplen instrucciones procurando pensar únicamente en el siguiente trámite.

La maquinaria empezó a moverse.

José Antonio tenía treinta y tres años.

Sólo treinta y tres.

Había entrado en política defendiendo a su padre.

Había fundado un movimiento.

Había sido diputado.

Había hablado ante multitudes.

Había discutido con monárquicos, republicanos, socialistas, sindicalistas y camaradas.

Había enterrado muertos.

Había conocido la cárcel.

Había intentado reunir palabras que otros consideraban incompatibles.

España y justicia social.

Propiedad y reforma.

Autoridad y libertad.

Nación y persona.

Había fracasado en impedir la guerra.

Había fracasado en conseguir la libertad.

Ahora iba a fracasar también en sobrevivir.

Pero los hombres no saben cuál de sus fracasos terminará convertido en victoria por quienes vienen después.

Avanzó por el pasillo.

Quizá recordó París.

Marzo de 1930.

Su padre.

Miguel Primo de Rivera.

El hombre enfermo que perdió el poder y murió pocas semanas después.

Entonces José Antonio había descubierto que los vivos podían cercar de olvido a un muerto.

Ahora estaba a punto de convertirse en muerto él mismo.

Otros decidirían qué recordar.

Qué olvidar.

Qué citar.

Qué callar.

Qué utilizar.

El círculo se cerraba.

Todavía no existían las grandes avenidas con su nombre.

Ni las lápidas.

Ni las ceremonias.

Ni el «José Antonio, ¡Presente!».

Todavía era un hombre.

Un hombre esperando unos disparos.

Después llegó el instante.

No hubo discurso capaz de detenerlo.

Ni mediación.

Ni Prieto.

Ni Pestaña.

Ni canje.

Ni rescate.

Ni telegrama.

Sonaron los disparos.

El hombre cayó.

José Antonio Primo de Rivera murió en Alicante el 20 de noviembre de 1936, a los treinta y tres años.

Y en ese mismo instante comenzó una existencia nueva.

Mucho más larga que la primera.

La del símbolo.


SEGUNDA PARTE

EL AUSENTE

CAPÍTULO XXV

UN MUERTO QUE TODAVÍA MANDA

La noticia no llegó inmediatamente a todas partes.

Llegaron antes los rumores.

Está vivo.

Lo han trasladado.

Habrá canje.

Ha escapado.

Lo han visto.

Lo liberarán pronto.

En una guerra los hombres creen con enorme facilidad aquello que necesitan creer.

Falange empezó a llamar a José Antonio:

el Ausente.

La palabra era perfecta.

No decía muerto.

Tampoco vivo.

Permitía esperar.

Pero, sobre todo, permitía mandar en su nombre.

José Antonio había muerto.

Su autoridad no.

Aquello creó un problema formidable.

Porque hasta noviembre de 1936 Falange había tenido un jefe preso.

Ahora tenía un jefe muerto.

La diferencia era enorme.

El preso podía regresar.

El muerto podía ser interpretado.

Cada sector empezó a encontrar su propio José Antonio.

El de los camisas viejas.

El de los recién llegados.

El de quienes querían revolución social.

El de quienes preferían que la palabra revolución permaneciera en los discursos.

El de los militares.

El de los conservadores.

El de los que querían convertirlo en fundador.

El de quienes empezaban a convertirlo en santo laico.

El muerto poseía una cualidad extraordinariamente útil:

no podía desmentir a ninguno. Ese tránsito del jefe muerto al «Ausente», mientras la organización crecía y otros comenzaban a gobernar en su nombre, es precisamente el punto de partida de la segunda gran parte de la historia.

Alguien tenía que administrar la ausencia.

Y un nombre empezó a imponerse.

Manuel Hedilla.

No tenía el apellido.

Ni la oratoria.

Ni el mundo social de José Antonio.

No era aristócrata.

No había llegado a Falange desde un despacho de abogado.

Había trabajado.

Conocía talleres.

Máquinas.

Horarios.

Jornales.

Era, en muchos aspectos, la demostración humana de aquello que Falange llevaba años diciendo:

el trabajador no tenía que limitarse a ser objeto de la política.

Podía ser sujeto.

Ahora la Historia iba a comprobar hasta dónde llegaba aquella afirmación.

Porque Manuel Hedilla estaba a punto de convertirse en el hombre que heredaría la jefatura.

Y con ella heredaría también todos los enemigos, las ambiciones y las contradicciones que José Antonio había dejado detrás.

Pero antes de que llegara Salamanca hubo una Navidad.

Y en ella Hedilla dijo algo que permitía entender qué clase de Falange creía estar heredando.

No pidió venganza.

Pidió que no se persiguiera al humilde.

En una guerra civil, aquello tampoco era poca cosa.

CAPÍTULO XXVI

MANUEL HEDILLA

Manuel Hedilla no había llegado a Falange desde un salón.

Ni desde una facultad.

Ni desde una familia acostumbrada a los apellidos largos.

Había trabajado.

Y eso, en una organización que hablaba continuamente del trabajo, no era un detalle menor.

Conocía la fábrica desde dentro.

El taller.

La máquina que se avería cuando no debe.

El horario que no espera.

La nómina.

El jornal.

La jerarquía de quien manda y quien obedece.

El cansancio que no necesita teoría porque duele en la espalda.

El orgullo del hombre que termina una pieza y sabe que está bien hecha.

Cuando José Antonio hablaba de los trabajadores, Hedilla podía escuchar aquellas palabras desde una experiencia muy distinta.

Uno había llegado a la cuestión social por reflexión.

El otro podía reconocerla con las manos.

No significaba que Hedilla poseyera una especie de infalibilidad proletaria.

Los obreros también se equivocan.

Los mecánicos también pueden ser vanidosos.

El origen humilde no convierte automáticamente a nadie en héroe.

Pero proporciona determinadas experiencias que ningún libro sustituye completamente.

Hedilla sabía qué significaba obedecer a un encargado.

Cobrar.

Esperar una mejora.

Depender de un empleo.

Mirar al propietario desde el otro lado de la relación laboral.

Y quizá por ello le resultaba especialmente fácil comprender aquella idea de que Falange no debía limitarse a hablar del trabajador.

Tenía que conseguir que el trabajador entrara en la política como protagonista.

Después de julio de 1936 todo cambió.

La pequeña organización anterior a la guerra se multiplicó.

Llegaron hombres.

Miles.

Milicias.

Mandos.

Delegaciones.

Uniformes.

Y con el crecimiento llegó algo que Hedilla observaba con una mezcla de satisfacción y recelo.

La camisa azul empezaba a significar demasiadas cosas.

Un veterano se acercó una mañana.

—Mira.

Hedilla siguió la dirección de sus ojos.

—¿Qué?

—Otro.

—¿Otro qué?

—Otro falangista de toda la vida.

Hedilla observó al recién llegado.

Camisa impecable.

Correaje nuevo.

Botas todavía demasiado limpias.

—¿Desde cuándo?

—Desde el martes.

Hedilla sonrió.

El veterano no.

—Antes costaba encontrar falangistas.

—Éramos pocos.

—Ahora salen de debajo de las piedras.

—Estamos en guerra.

—Precisamente.

Hedilla lo miró.

—No todos vienen por conveniencia.

—Ya lo sé.

Y era verdad.

También había llegado gente sincera.

Jóvenes que antes apenas conocían Falange.

Obreros.

Campesinos.

Estudiantes.

Hombres cuyos hermanos habían sido asesinados.

Personas que habían visto desaparecer en unas semanas el mundo político conocido y buscaban algo a lo que agarrarse.

No se podía exigir a todo hombre haber pertenecido a Falange antes de que la Historia lo obligara a escoger.

Pero junto a ellos llegaron otros.

Los inevitables.

Los que jamás llegan cuando una organización reparte golpes y aparecen puntualmente cuando empieza a repartir posibilidades.

A los camisas viejas les bastaba una pregunta.

—¿Dónde estabas antes del 18 de julio?

No demostraba santidad.

Ni inteligencia.

Ni siquiera valentía.

Pero establecía una fecha.

Antes.

Después.

Y en política algunas fechas son fronteras.

Hedilla tenía otro problema.

José Antonio estaba muerto.

Y alrededor del muerto empezaban a multiplicarse los intérpretes.

Una noche alguien le preguntó:

—¿Qué crees que habría hecho José Antonio?

Hedilla dejó el cigarrillo.

—¿Con qué?

—Con todo esto.

—No lo sé.

El otro se sorprendió.

—¿Tú no?

—Yo no.

—Pero lo conociste.

—Precisamente.

—No entiendo.

—Los hombres que han conocido de verdad a otro hombre suelen saber que no pueden responder por él a todas las preguntas.

Hubo silencio.

—Pues todo el mundo dice saber lo que habría hecho.

Hedilla sonrió.

—Dentro de poco no quedará nadie en España que no haya tenido una conversación privada con José Antonio.

El otro rió.

—Y todos recordarán que les dijo exactamente lo que ellos piensan ahora.

La broma terminó.

El problema quedó.

José Antonio había muerto.

Pero su interpretación acababa de comenzar.

Y Hedilla comprendía que la primera batalla por la sucesión no sería únicamente por un cargo.

Sería por el derecho a responder a una pregunta:

¿qué significa ser fiel a un hombre que ya no puede decir quién le es fiel?


CAPÍTULO XXVII

NAVIDAD

Diciembre de 1936

Llegó la Navidad.

En una España donde cada campana podía tocar por un muerto.

Hedilla habló por radio.

Podía haber pronunciado una arenga.

Hablar de victoria.

De enemigos.

De castigo.

De sangre.

Había material suficiente.

Hizo otra cosa.

Pidió que los odios particulares no se disfrazaran de justicia.

Que no se persiguiera al humilde simplemente porque hubiera votado a la izquierda.

Que los falangistas no utilizaran la nueva situación para saldar querellas personales.

Que no confundieran al adversario político con el criminal.

Que protegiesen a quienes no tenían fuerza para protegerse por sí mismos.

La guerra no estaba precisamente construida sobre esos matices.

Por eso importaban.

Al terminar, uno de los hombres próximos a él no ocultó su incomodidad.

—Ha sido demasiado blando.

Hedilla levantó la vista.

—¿Blando?

—Estamos en guerra.

—No se me había olvidado.

—Hay que ser duros.

—¿Con quién?

—Con el enemigo.

—Eso tampoco responde.

—Con los rojos.

Hedilla esperó.

—¿Todos?

—Sabes a qué me refiero.

—Quiero saberlo exactamente.

El hombre perdió paciencia.

—Hay asesinos.

—Sí.

—Responsables de persecuciones.

—Sí.

—Gente que ha matado falangistas.

—Sí.

—Entonces ¿qué estamos discutiendo?

Hedilla se inclinó hacia delante.

—Del jornalero que votó a la izquierda porque llevaba veinte años cobrando una miseria.

Silencio.

—¿También ése es tu enemigo?

—Ha estado con ellos.

—No te he preguntado eso.

—¿Y qué quieres hacer?

—Que si cometió un delito responda por él.

—Claro.

—Y que si no lo cometió nadie convierta su voto en permiso para robarle, apalearlo o matarlo.

El otro frunció el ceño.

—Eso suena muy bien en la radio.

—También debería sonar bien en un pueblo.

—En los pueblos hay cuentas pendientes.

—Precisamente.

Hedilla se levantó.

—Si un señorito se pone ahora una camisa azul para vengarse del jornalero que le discutía el sueldo, no hemos hecho ninguna revolución.

—¿Entonces qué hemos hecho?

Hedilla abrió la puerta.

—Cambiarle el uniforme al cacique.

No fue una frase para imprimir en grandes carteles.

Pero algunos la recordaron.

Era una de las contradicciones fundamentales de la nueva Falange.

Miles de personas llevaban ahora sus símbolos.

La cuestión era qué ocurriría cuando bajo aquellos símbolos empezaran a reproducirse exactamente las relaciones sociales que la Falange decía querer transformar.

José Antonio había hablado de hacer que el trabajador pudiera sentirse propietario de España.

Hedilla veía el peligro contrario:

que los viejos propietarios de España se limitaran a ponerse la camisa de la revolución.

La Navidad terminó.

La guerra no.

Y mientras Hedilla pedía que la victoria no se convirtiera en licencia para la venganza, otro dirigente del mismo bando comenzaba a descubrir hasta qué punto la victoria podía costarle también su propia organización.

Se llamaba Manuel Fal Conde.


CAPÍTULO XXVIII

FAL CONDE

El carlismo era mucho más viejo que Falange.

Había sobrevivido a guerras.

Exilios.

Derrotas.

Divisiones.

Persecuciones.

Cambios de dinastía.

Y a la desagradable costumbre española de proclamar definitivamente muerto al adversario varias veces por siglo.

No parecía probable que desapareciera simplemente porque un general considerase incómodo gobernar con demasiadas organizaciones alrededor.

Manuel Fal Conde lo sabía.

Los requetés estaban combatiendo.

Morían.

Especialmente en Navarra, el carlismo no era una reliquia sentimental.

Era organización.

Familias.

Tradición.

Militancia.

Boina roja.

Tercios.

Religión.

Monarquía.

Fueros.

Y, sobre todo, una lealtad que no tenía nada que ver con la jefatura de Franco.

Podían obedecer militarmente al Generalísimo.

Eso era guerra.

Otra cosa era entregarle el carlismo.

Fal Conde tampoco tenía intención de hacerlo.

Su relación con Franco se deterioró a finales de 1936, especialmente alrededor del intento carlista de crear una academia militar propia para formar oficiales requetés.

Franco no estaba dispuesto a permitir dentro de su zona de mando una estructura militar autónoma que pudiera convertirse mañana en poder político.

Fal Conde recibió la presión.

Después la orden.

Alejarse.

Portugal.

El mensaje era suficientemente claro.

La guerra necesitaba un mando.

Y Franco empezaba a considerar que cualquier autonomía podía terminar convirtiéndose en desafío.

Un carlista comentó:

—Es provisional.

—¿Qué?

—Todo esto.

—¿El qué exactamente?

—La subordinación. Estamos en guerra.

El hombre sentado frente a él negó despacio.

—Las cosas provisionales tienen una extraordinaria facilidad para quedarse.

—Franco necesita a los requetés.

—Ahora.

—También después.

—Después necesitará menos a todo el mundo.

El otro lo miró.

—Eres demasiado desconfiado.

—La política es la profesión de desconfiar de las soluciones que todo el mundo presenta como inevitables.

Los carlistas y los falangistas tenían poco en común doctrinalmente.

José Antonio no era don Javier.

Hedilla no era Fal Conde.

La concepción falangista de la revolución nacional-sindicalista no era el tradicionalismo carlista.

Pero empezaban a descubrir un problema común.

Ambos poseían organizaciones propias.

Ambos tenían militantes armados.

Ambos reivindicaban legitimidades anteriores al 18 de julio.

Y ambos podían resultar incómodos para un mando que pretendiera transformar la unidad militar en unidad política.

Un falangista se lo comentó a Hedilla.

—A Fal Conde lo han apartado.

—Lo sé.

—Pero eso es distinto.

—¿Por qué?

—Son carlistas.

Hedilla lo miró.

—Magnífico argumento.

—¿No estás de acuerdo?

—Muchísimo.

—Entonces…

—Hasta que recuerdas que Fal Conde también pensaba que lo suyo era distinto.

El otro entendió.

—¿Crees que harán lo mismo con nosotros?

Hedilla negó.

—No.

—Entonces ¿qué?

—Con nosotros intentarán algo más inteligente.

—¿Qué cosa?

Hedilla tardó unos segundos.

—Convencernos de que hemos sido nosotros quienes lo hemos pedido.


CAPÍTULO XXIX

UN GENERAL APRENDE POLÍTICA

Francisco Franco hablaba poco.

Aquello tenía ventajas.

Los hombres que hablan constantemente terminan explicándose.

Los silenciosos obligan a los demás a interpretarlos.

Franco escuchaba.

Esperaba.

Preguntaba.

Dejaba que otros se comprometieran primero.

Y decidía cuando la decisión podía presentarse ya casi como consecuencia natural de las circunstancias.

Algunos llamaban indecisión a aquella lentitud.

No siempre lo era.

Durante la guerra aprendió muy deprisa que ganar batallas no bastaba.

Había que administrar hombres.

Ambiciones.

Organizaciones.

Vanidades.

Símbolos.

Y, llegado el momento, silencios.

Salamanca se convirtió en un laboratorio político.

Había militares.

Monárquicos.

Falangistas.

Tradicionalistas.

Católicos.

Conservadores.

Hombres que querían restaurar una monarquía.

Otros que no querían oír hablar de ella.

Falangistas que hablaban de revolución.

Propietarios que se habían sumado al bando nacional precisamente para que ciertas revoluciones no llegaran jamás.

Todos compartían enemigo.

Eso facilitaba extraordinariamente las cosas en el frente.

Las complicaba en los despachos.

—No podemos mantener tantas organizaciones —dijo uno de los hombres próximos al Cuartel General.

—¿Por qué?

—Estamos en guerra.

—El mando militar ya está unificado.

—No basta.

—¿Qué falta?

—La política.

La palabra quedó encima de la mesa.

Política.

Aquello era exactamente lo que José Antonio había temido desde Alicante.

El argumento resultaba impecable.

Había que evitar luchas internas.

Unificar esfuerzos.

Eliminar duplicidades.

Someter milicias a una disciplina común.

Impedir rivalidades.

Todo razonable.

Quizá incluso necesario en parte.

El problema empezaba con la pregunta siguiente.

—¿Unificar bajo quién?

Nadie necesitaba responder.

Franco disponía de algo que los demás no poseían.

El Ejército.

No un periódico.

No un sindicato.

No una milicia.

El Ejército.

Y, además, ostentaba la jefatura del Estado que estaba naciendo.

Falange tenía hombres.

Juventud.

Capacidad de movilización.

Un fundador muerto que se convertía rápidamente en mito.

El carlismo tenía tradición y requetés.

Los monárquicos tenían relaciones.

Los propietarios, dinero.

La Iglesia, una enorme autoridad social.

Franco tenía armas, mando y tiempo.

Podía esperar a que los demás se desgastaran.

Y se estaban desgastando.

Especialmente Falange.

La muerte de José Antonio había abierto una lucha por la sucesión.

La expansión de la organización había multiplicado las ambiciones.

Los camisas viejas desconfiaban de los nuevos.

Los nuevos querían espacio.

Los mandos regionales competían.

La organización que podía resultar políticamente más peligrosa para el poder militar estaba haciendo por sí misma una parte del trabajo.

Dividiéndose.

Franco no necesitaba destruir Falange.

Sólo tenía que resolver el problema que Falange no conseguía resolver sola.

Después podría presentar la solución.

Unidad.

Una palabra muy difícil de rechazar durante una guerra.


CAPÍTULO XXX

EL NOMBRE DEL MUERTO

El mayor obstáculo para controlar Falange estaba enterrado.

José Antonio.

Muerto.

Y, sin embargo, presente en cada discusión.

Aquello podía parecer absurdo.

No lo era.

Un dirigente vivo puede ser apartado.

Un mártir es mucho más complicado.

Franco no podía enfrentarse a José Antonio.

Hacerlo habría sido políticamente torpe.

Había otra posibilidad.

Invocarlo.

No prohibir el símbolo.

Multiplicarlo.

El Ausente.

El Fundador.

El mártir.

Retratos.

Discursos.

Consignas.

La paradoja era perfecta.

Cuanto más omnipresente se volvía José Antonio como figura, más sencillo podía resultar prescindir de José Antonio como problema político concreto.

Un hombre próximo a Hedilla lo expresó de forma sencilla:

—Nos lo van a quitar.

—¿A quién?

—A José Antonio.

Hedilla lo miró.

—Está muerto.

—Precisamente.

No hubo necesidad de explicar más.

José Antonio había hablado de reforma económica.

De sindicalismo.

De transformar las relaciones sociales.

De crédito.

De tierra.

De propiedad.

De dignidad personal.

De una revolución que no debía reducirse a sustituir unos gobernantes por otros.

Todo aquello exigía discutir.

Un grito no.

—¡José Antonio!

—¡Presente!

Dos palabras.

Perfectas.

El muerto podía convertirse en denominador común de hombres que, de haberlo tenido delante, quizá habrían discutido violentamente con él.

Eso era lo peligroso.

No para José Antonio.

Para su pensamiento.

Hedilla empezó a comprender que la batalla ya no consistía únicamente en controlar Falange.

Había otra:

impedir que Falange siguiera llamándose Falange mientras quedaba vaciada de capacidad para decidir qué era.

Un camisa vieja le preguntó:

—¿Pueden quedarse con el nombre?

Hedilla respondió:

—Con el nombre, sí.

—¿Y con José Antonio?

—Con su retrato también.

—Entonces ¿qué nos queda?

Hedilla tardó en contestar.

—Leerlo.

El otro sonrió.

—Eso exige más esfuerzo.

—Por eso es menos peligroso para ellos.

La operación política que estaba tomando forma tendría una extraordinaria habilidad.

No se destruirían todos los símbolos.

Se conservarían muchos.

Azul.

Yugo y flechas.

José Antonio.

Consignas.

Incluso la palabra Falange.

Lo que desaparecería sería algo menos visible.

La autonomía para decidir.

Y una organización política sin capacidad para decidir puede conservar hasta el último botón del uniforme y seguir siendo otra cosa.


CAPÍTULO XXXI

DOS HOMBRES INCÓMODOS

Fal Conde y Manuel Hedilla podían pasar una tarde discutiendo y terminar probablemente más lejos de lo que habían empezado.

Uno era tradicionalista.

El otro falangista.

Uno miraba hacia una continuidad histórica y dinástica.

El otro hacia una revolución nacional y social que pretendía superar buena parte del viejo sistema político.

No eran aliados naturales.

Pero el poder tiene una peculiar capacidad para acercar a quienes considera igualmente incómodos.

Fal Conde no quiso entregar el carlismo.

Hedilla no quería que Falange desapareciese dentro de una estructura controlada desde fuera.

Franco podía entender ambas resistencias de manera muy sencilla:

poder autónomo.

Eso era lo que no convenía.

Un hombre próximo a Hedilla le habló del carlismo.

—No podemos compararnos con ellos.

—¿Por qué?

—Su proyecto es completamente distinto.

—Claro.

—Entonces…

—No estamos hablando de proyectos.

—¿De qué?

—De autonomía.

Hedilla apoyó las manos sobre la mesa.

—Un poder que no tolera la autonomía del carlismo tampoco tiene por qué tolerar la nuestra sólo porque nuestra camisa le guste más.

—Franco necesita a Falange.

—Sí.

—Mucho.

—Sí.

—Entonces no puede destruirla.

Hedilla sonrió.

—¿Quién ha hablado de destruirla?

El otro se quedó quieto.

—¿Entonces?

—Puede conservarla.

—No entiendo.

—Con otro jefe.

La frase lo explicaba todo.

No había necesidad de cerrar locales.

Podían abrirse más.

No había necesidad de prohibir camisas.

Podían fabricarse miles.

No había necesidad de retirar símbolos.

Podían multiplicarse.

Sólo hacía falta decidir quién mandaba.

Y si quien mandaba ya no procedía de la organización, la organización podía continuar existiendo materialmente mientras políticamente había dejado de pertenecerse.

Franco aprendía política.

Hedilla empezaba a aprender poder.

No son la misma cosa.


CAPÍTULO XXXII

LA SUCESIÓN

Salamanca, abril de 1937

Falange estaba al borde de romperse.

No por el enemigo.

Por sí misma.

La muerte de José Antonio había dejado un vacío.

Durante meses los hombres habían actuado en su nombre.

Eso podía funcionar mientras nadie exigiera convertir la provisionalidad en jefatura.

Pero la guerra no permitía eternamente una organización sin cabeza clara.

Había grupos.

Mandos enfrentados.

Lealtades personales.

Viejas rivalidades.

Nuevas ambiciones.

Hombres que habían sido importantes antes del 18 de julio.

Otros que lo eran ahora porque la guerra los había colocado donde antes no estaban.

Y detrás de cada disputa aparecía la misma palabra:

legitimidad.

¿Quién heredaba realmente a José Antonio?

La tensión terminó estallando en Salamanca.

Hubo violencia entre falangistas.

Disparos.

Muertos.

El espectáculo era devastador.

Una organización que había enterrado militantes asesinados por adversarios empezaba a enterrar a hombres muertos en enfrentamientos internos.

Franco observaba.

No necesitaba inventar el argumento para intervenir.

Falange se lo estaba proporcionando.

—Esto no puede continuar —dijo alguien próximo al mando.

Era difícil responder que sí.

Hedilla lo sabía.

Pero había una cuestión anterior.

La organización debía elegir.

El 18 de abril de 1937, Manuel Hedilla fue elegido Jefe Nacional de Falange Española de las JONS. Esa elección lo convirtió en sucesor orgánico de José Antonio dentro de la organización anterior a la Unificación.

Segundo Jefe Nacional.

Y último.

La precisión importa.

Franco no sería el tercer Jefe Nacional de aquella Falange.

Al día siguiente estaría al frente de otra organización.

Nueva.

Creada desde el poder.

Hedilla recibió la elección con una mezcla extraña.

Había llegado.

Pero llegaba a una jefatura que podía durar menos que una conversación.

Uno de sus compañeros intentó felicitarlo.

—Jefe Nacional.

Hedilla lo miró.

—No lo digas tan fuerte.

—¿Por qué?

—Puede durar poco.

—Te han elegido.

—Precisamente.

—No entiendo.

Hedilla tampoco necesitaba explicarlo.

Sabía que se estaba preparando algo.

Rumores.

Conversaciones.

Emisarios.

Palabras repetidas.

Unidad.

Mando.

Unificación.

Partido único.

Al día siguiente llegaría el decreto.

Y con él una de las grandes ironías de toda esta historia:

Falange acababa de elegir jefe.

El Estado iba a decidir que ya no necesitaba hacerlo.


CAPÍTULO XXXIII

19 DE ABRIL

El decreto llegó el 19 de abril de 1937.

Unas páginas.

Eso bastó.

Falange Española de las JONS y la Comunión Tradicionalista quedaban integradas en una organización nueva:

Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

FET y de las JONS.

El nombre parecía una suma.

Falange.

Tradicionalista.

JONS.

Todos podían buscarse dentro.

Todos podían encontrar alguna palabra propia.

Pero la cuestión decisiva no estaba en el nombre.

Estaba en la jefatura.

Francisco Franco.

No había sido elegido por Falange Española de las JONS.

No había sido su dirigente.

No era sucesor orgánico de José Antonio.

Tampoco había sido elegido por la Comunión Tradicionalista.

Era Generalísimo.

Jefe del Estado.

Y desde ese poder creaba una nueva organización cuya jefatura asumía él mismo.

Un falangista leyó el decreto.

Volvió al principio.

Después al final.

—No entiendo.

El camisa vieja sentado enfrente siguió fumando.

—¿Qué?

—Dice Falange.

—Sí.

—Dice JONS.

—Sí.

—Entonces seguimos siendo nosotros.

El veterano levantó los ojos.

—¿Quién manda?

El hombre miró el papel.

—Franco.

—Entonces no somos nosotros.

Silencio.

No había una forma más sencilla de explicarlo.

Podía conservarse el nombre.

El uniforme.

Los símbolos.

El saludo.

Las canciones.

Hasta miles de militantes.

Pero una organización política responde finalmente a una pregunta elemental:

¿quién decide?

El día 18, Falange había elegido a Hedilla.

El 19, el Estado acababa de crear otra estructura.

Franco no necesitaba presentarse a ninguna elección interna.

Ya había decidido.

Hedilla leyó el decreto.

Una vez.

Dos.

No hizo grandes gestos.

Los hombres acostumbrados a trabajar con máquinas saben que golpear una pieza no consigue necesariamente que encaje.

Un compañero aguardaba.

—¿Qué piensas?

Hedilla siguió leyendo.

—Que ayer elegimos un Jefe Nacional.

—Tú.

—Sí.

—¿Y hoy?

Hedilla dejó el documento.

—Hoy han decidido que la pregunta sobraba.

El otro se sentó.

—¿Qué vas a hacer?

Hedilla no respondió inmediatamente.

Después señaló el papel.

—Imagínate que José Antonio estuviera vivo.

—Bien.

—¿Crees que alguien habría creado esto sin preguntarle?

El hombre no respondió.

—Ya tienes la respuesta —dijo Hedilla.

Aquello era más que una disputa administrativa.

Era una colisión entre dos legitimidades.

Una nacida dentro de Falange.

Otra nacida del poder del Estado en guerra.

Franco tenía Ejército.

Gobierno.

Tribunales.

Mando militar.

Hedilla tenía algo bastante más pequeño.

El derecho a negarse.

Y a veces decir no es precisamente lo que convierte a un hombre sin poder en un problema.


CAPÍTULO XXXIV

DECIR QUE NO

Hedilla sabía obedecer.

Eso quizá hizo su negativa más grave.

El hombre que jamás ha obedecido puede confundir rebeldía con carácter.

Hedilla conocía la disciplina.

La fábrica enseña una.

La organización enseña otra.

La guerra, una tercera.

Había dado órdenes.

También las había cumplido.

Precisamente por ello distinguía entre obedecer y entregar.

Los hombres enviados para convencerlo utilizaron las mejores palabras.

Las palabras que nadie puede rechazar sin parecer inmediatamente sospechoso.

Unidad.

Patria.

Disciplina.

Victoria.

Responsabilidad.

—Nadie pretende destruir Falange.

Hedilla no contestó.

—El Generalísimo respeta profundamente la memoria de José Antonio.

Silencio.

—Se conservarán los símbolos.

Hedilla levantó la cabeza.

—¿Los símbolos?

—Naturalmente.

—¿Y los principios?

—También.

—¿Quién decidirá qué significan?

El emisario tardó apenas una fracción de segundo.

Fue suficiente.

—La nueva jefatura.

Hedilla sonrió.

—Entonces ya no son nuestros.

—No sea absurdo.

—Procuro no serlo.

—Esto no es momento para discusiones doctrinales.

Hedilla miró el decreto sobre la mesa.

—Curioso.

—¿Qué?

—Que no sea momento de discutir doctrina precisamente mientras ustedes la están resolviendo por decreto.

El emisario endureció el gesto.

—Estamos en guerra.

—Lo sé.

—La unidad es imprescindible.

—Militarmente, sí.

—También políticamente.

—¿Quién lo ha decidido?

El hombre perdió paciencia.

—Franco.

—Ahí está el problema.

—Franco es el Jefe del Estado y Generalísimo.

—Exactamente.

—Entonces…

—Ninguno de esos cargos lo convierte por sí mismo en sucesor de José Antonio dentro de Falange.

La habitación quedó inmóvil.

No había insultado a Franco.

Había hecho algo políticamente más grave.

Había negado una legitimidad.

El emisario se levantó.

—Tenga cuidado, Hedilla.

—¿Con qué?

—Con sus palabras.

Hedilla señaló el decreto.

—Las palabras no son el problema.

—¿Entonces?

—Los hechos.

La conversación terminó.

Todavía existían salidas.

Aceptación.

Negociación.

Un puesto elevado dentro de la nueva estructura.

Una manera de conservar influencia.

Quizá incluso de salvar una parte de lo que creía.

Muchos camaradas elegirían después ese camino.

No todos por cobardía.

No todos por ambición.

Algunos porque llegarían a una conclusión perfectamente razonable:

si la Falange independiente estaba perdida, todavía podían intentar que una parte de sus ideas sobreviviera dentro del Estado.

Hedilla no estaba dispuesto a recorrer ese camino en aquel momento.

No podía aceptar que la organización que acababa de elegirlo fuese declarada superada al día siguiente y comportarse como si nada hubiera ocurrido.

Su negativa no detendría el decreto.

No derrotaría a Franco.

No devolvería la independencia a Falange.

Pero dejaría algo.

Constancia.

La posibilidad de decir, años después:

no todos aceptaron.

Y eso iba a costarle casi todo.

Porque el poder puede soportar muchas críticas.

Lo que soporta mucho peor es un no pronunciado desde dentro.

La silla de José Antonio seguía vacía.

Hedilla acababa de sentarse en otra.

Pronto vendrían a buscarlo.

CAPÍTULO XXXV

LA SILLA VACÍA

Durante aquellos días, el hombre más importante de Falange era precisamente quien ya no podía entrar en ninguna reunión.

José Antonio.

Su silla estaba vacía.

Y todos la miraban.

Los partidarios de aceptar la Unificación invocaban su nombre.

Los contrarios hacían exactamente lo mismo.

—José Antonio habría comprendido que la guerra exige unidad.

—¿Lo sabes?

—Era un patriota.

—No te he preguntado eso.

—Nunca habría enfrentado Falange al mando militar.

—Tampoco habría permitido que otro decidiera por Falange quién debía mandarla.

—Eso lo dices tú.

—Y lo contrario lo dices tú.

Ahí terminaban casi todas las discusiones.

El muerto no podía intervenir.

Hedilla empezó a comprender que aquello era todavía más grave que perder una votación o una jefatura.

El problema consistía en que José Antonio podía convertirse en una especie de arcilla política.

Cada cual modelaba con ella el fundador que necesitaba.

El revolucionario encontraba al revolucionario.

El católico, al católico.

El nacionalista español, al patriota.

El sindicalista, al sindicalista.

El conservador podía seleccionar algunas frases.

El reformista, otras.

El militar podía quedarse con la disciplina.

El propietario con la defensa de la propiedad.

El trabajador con la justicia social.

Todos podían llevarse una parte.

El riesgo consistía en que, reunidas después, aquellas partes ya no formasen el mismo hombre.

Una noche, Hedilla permaneció solo durante varios minutos ante una mesa.

Había papeles.

Informes.

Una fotografía de José Antonio.

La miró.

No pidió consejo.

Los muertos no aconsejan.

Somos los vivos quienes les prestamos respuestas.

Entró un camarada.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Llevas rato mirando la fotografía.

Hedilla apartó los ojos.

—Estaba pensando.

—¿Qué habría hecho él?

Hedilla sonrió con cansancio.

—No.

—¿Entonces?

—En lo fácil que resulta preguntar eso cuando sabemos que no puede contestar.

El otro se acercó.

—Pero tendremos que decidir.

—Claro.

—Y alguien tendrá que interpretar su pensamiento.

—Sí.

—Entonces…

Hedilla lo interrumpió.

—Una cosa es interpretar a un muerto.

Señaló la fotografía.

—Otra utilizarlo.

Aquella era la frontera.

Difícil.

Quizá imposible de fijar.

Pero existía.

Y Hedilla empezaba a sospechar que la verdadera lucha futura no sería por quién poseería la camisa azul.

Sería por quién conseguiría apropiarse del significado de quien la había fundado.


CAPÍTULO XXXVI

LOS QUE ACEPTARON

No todos los falangistas pensaban como Hedilla.

Y conviene decirlo con claridad.

La Unificación no dividió Falange entre héroes perfectos y traidores evidentes.

La vida política rara vez concede repartos tan cómodos.

Había quienes consideraban inevitable la decisión.

Otros pensaban que resistirse en plena guerra era irresponsable.

Algunos creían sinceramente que la nueva organización permitiría extender el nacionalsindicalismo a todo el Estado.

Otros querían conservar posiciones.

Y otros, sin duda, comprendieron que acababa de aparecer una inmensa escalera administrativa y comenzaron a buscar el primer peldaño.

Motivos distintos.

Camisas iguales.

Un viejo falangista habló con Hedilla.

—Voy a aceptar.

Hedilla no respondió inmediatamente.

—¿El cargo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque alguien tendrá que estar dentro.

—Ya hay mucha gente dentro.

—No me refiero a eso.

El hombre se sentó.

—Si nos marchamos todos, ¿quién queda?

—Los que han creado la nueva estructura.

—Precisamente.

—¿Y?

—Que si no podemos impedirla, tendremos que influir en ella.

Hedilla lo observó.

No era un oportunista.

Eso complicaba la discusión.

—¿Y si acaba influyendo ella sobre ti?

El hombre sonrió.

—Es posible.

—¿Entonces?

—Tendré que correr el riesgo.

—¿Por qué?

—Porque desde fuera tendremos razón y nada más.

Hedilla guardó silencio.

Aquello no era una tontería.

Precisamente por eso resultaba peligroso.

—Dentro habrá sindicatos —continuó el camarada—. Trabajo. Vivienda. Prensa. Juventud. Organizaciones sociales.

—Y Franco.

—También.

—Sobre todo.

—Sí.

Hedilla se levantó.

—Entonces recuerda quién concede tu influencia.

—¿Qué quieres decir?

—Que quien te la concede puede quitártela.

El hombre también se levantó.

—¿Y tú qué propones? ¿Desaparecer?

—No.

—¿Enfrentarnos al Ejército?

—Tampoco.

—Entonces dime qué hacemos.

Hedilla tardó.

Porque no tenía una buena respuesta.

Ésa era quizá la tragedia.

A veces la Historia no ofrece una elección entre el bien y el mal.

Ofrece varias maneras de perder.

Unos escogerían permanecer dentro.

Otros quedar fuera.

Los primeros podrían hacer cosas.

También tendrían que aceptar otras.

Los segundos conservarían independencia.

Y pagarían su impotencia.

Durante décadas cada grupo reprocharía al otro su elección.

Los integrados dirían:

—Nosotros conseguimos leyes.

Los disidentes responderían:

—Pero aceptasteis el precio.

Y quizá ambos tendrían una parte de razón.

Todavía no había llegado ese tiempo.

En abril de 1937 sólo había una guerra.

Un decreto.

Y hombres tratando de decidir cuánto podían ceder sin dejar de ser quienes creían ser.


CAPÍTULO XXXVII

SALAMANCA

Salamanca estaba llena de uniformes.

Camisas azules.

Boinas rojas.

Uniformes militares.

Correajes.

Botas.

Despachos improvisados.

Periodistas.

Mensajeros.

Funcionarios.

Hombres que entraban con urgencia y salían creyendo haber asistido a una conversación decisiva.

La ciudad era un tablero.

Falange había llegado al peor momento posible.

O al mejor.

Dependía de quién mirase.

Las tensiones internas habían estallado.

Había grupos enfrentados alrededor del control de la organización.

Lealtades personales.

Desconfianza.

Rencores acumulados.

Disputas que en tiempo de paz quizá habrían terminado con dimisiones y comunicados.

En guerra había pistolas.

Y las pistolas simplifican demasiado las reuniones.

Hubo enfrentamientos.

Hubo muertos.

Falange, que había enterrado a hombres asesinados por adversarios políticos, comenzó a enterrar también víctimas de su propia lucha interna.

Franco no necesitaba inventar una justificación para intervenir.

La tenía delante.

Una organización armada, multiplicada por la guerra y dividida en su cúpula no podía presentarse como modelo de disciplina mientras resolvía a tiros quién debía dirigirla.

Hedilla sabía que cada disparo interno debilitaba su posición.

—Nos estamos suicidando —dijo.

—La culpa es de ellos.

—Da igual.

—No da igual.

—Políticamente sí.

El otro protestó.

—¡Nos han atacado!

—Y mañana alguien dirá que Falange no sabe gobernarse.

—Eso es injusto.

—Quizá.

—Entonces…

Hedilla lo miró.

—La Historia no concede puntos por injusticia.

El argumento de la Unificación acababa de hacerse mucho más fuerte.

Orden.

Unidad.

Disciplina.

Evitar luchas fratricidas.

Todo podía presentarse como necesidad.

Y, cuando una necesidad parece evidente, suele resultar peligroso preguntar quién ha decidido la solución.

La elección de Hedilla como Jefe Nacional pretendía cerrar la crisis.

Llegó tarde.

El decreto del día siguiente resolvió la cuestión desde fuera.

Ahora Hedilla se encontraba atrapado.

Si aceptaba sin protesta, parecía reconocer que su propia elección había sido irrelevante.

Si se resistía, podía ser acusado de poner su organización por encima de la victoria.

Si reunía a los suyos, conspiraba.

Si permanecía inmóvil, perdía.

No existía una salida limpia.

Únicamente decisiones.

Y consecuencias.


CAPÍTULO XXXVIII

LA OFERTA

La salida apareció en forma de puesto.

No era una humillación.

Precisamente por eso resultaba inteligente.

Hedilla podía incorporarse a la nueva estructura en una posición destacada.

Conservar prestigio.

Uniforme.

Influencia.

Quizá hombres propios.

Podía aceptar la Unificación como hecho consumado y presentarse después ante sus camaradas diciendo:

—Seguimos aquí.

Un amigo intentó convencerlo.

—Acepta.

Hedilla siguió mirando el papel.

—¿Por qué?

—Porque perderás todo.

—Eso no responde.

—Desde dentro todavía podremos hacer cosas.

—Otra vez desde dentro.

—¿Qué tiene de malo?

—Nada.

—Entonces acepta.

Hedilla dejó el documento.

—¿Quién manda?

El compañero suspiró.

—Franco.

—Entonces estaremos dentro de Franco.

—Dentro del Estado.

—En este momento es casi la misma respuesta.

—No puedes enfrentarte al Estado.

—No pretendo hacerlo.

—Pues lo parece.

—Me niego a fingir que un decreto puede heredar a José Antonio.

—¡José Antonio está muerto!

La frase salió demasiado fuerte.

Ambos callaron.

El compañero bajó la voz.

—Precisamente por eso tenemos que salvar lo que podamos.

Hedilla lo miró.

Ahí estaba el verdadero argumento.

No ambición.

No cobardía.

Salvar lo posible.

Qué expresión tan razonable.

También tan peligrosa.

Porque nadie sabe con exactitud cuál es el último pedazo que puede entregar antes de descubrir que ya no conserva nada.

—Podrías evitar una catástrofe —continuó el otro.

—¿Para quién?

—Para ti.

Hedilla sonrió.

—Eso no parece una cuestión política.

—Para Falange.

—Eso sí.

—Entonces acepta.

—¿Y después qué digo?

—Que seguimos luchando desde dentro.

—¿Por qué?

—Por nuestras ideas.

Hedilla se acercó.

—¿Y cuando una de nuestras ideas choque con una orden?

El hombre no contestó.

—Eso es lo que quiero saber.

—Ya veremos.

Hedilla negó despacio.

—No. Eso es exactamente lo que nos están pidiendo que no veamos todavía.

El camarada perdió paciencia.

—Te van a destruir.

Hedilla lo sabía.

—Puede ser.

—¿Y para qué habrá servido?

Esta vez la respuesta llegó enseguida.

—Para que algún día nadie pueda decir que todos estuvimos de acuerdo.

El amigo cerró los ojos.

Sabía que había perdido.

Hedilla también.

Sólo que cada uno hablaba de una pérdida distinta.


CAPÍTULO XXXIX

EL ARRESTO

25 de abril de 1937

Vinieron a buscarlo.

Sin música.

Sin grandes palabras.

Sin la espectacularidad con que después se cuentan los acontecimientos importantes.

Las detenciones suelen ser mucho más vulgares.

Una orden.

Varios hombres.

Armas.

Una puerta.

Manuel Hedilla había sido elegido Jefe Nacional de Falange Española de las JONS el 18 de abril.

Una semana después estaba detenido.

Un falangista presente no pudo evitar la pregunta.

—¿A Hedilla?

—Sí.

—Es el Jefe Nacional.

El hombre que llevaba la orden contestó:

—Era.

Era.

Una sílaba podía resultar más eficaz que una descarga.

Hedilla no opuso resistencia.

Sabía lo que significaría.

Armas.

Disparos.

Después la palabra:

rebelión.

Y entonces todo sería todavía más fácil.

—Voy con ustedes.

Uno de sus camaradas dio un paso.

—Jefe…

Hedilla lo detuvo con la mirada.

—Quieto.

—Pero…

—Quieto.

No hubo más.

Mientras salía custodiado, vio rostros conocidos.

Algunos indignados.

Otros asustados.

Alguno evitó mirarlo.

Aquello también era información.

El poder se reconoce muy bien por la dirección en la que comienzan a desviarse las miradas.

Hedilla cruzó la puerta.

No había sido detenido por el Gobierno republicano.

Ni por comunistas.

Ni por socialistas.

Ni por anarquistas.

Lo detenía el Estado que estaba construyéndose en la zona por la que él mismo había combatido.

La paradoja comenzaba a adquirir forma material.

Un fusil en manos de un hombre del mismo bando.

Una orden firmada desde el mismo poder al que sus milicias habían ayudado.

Un prisionero que podía contemplar en los uniformes de sus custodios los símbolos de la victoria que también había contribuido a buscar.

El cerco empezaba.

Todavía no era el del olvido.

Primero vendría otro mucho más sencillo.

El de las paredes.


CAPÍTULO XL

EL CONSEJO DE GUERRA

El proceso llegó deprisa.

Había ocurrido demasiado.

Los enfrentamientos de Salamanca.

Las luchas internas.

La resistencia a la nueva situación.

Las acusaciones cruzadas.

La disputa por el mando.

Todo entró en el sumario.

Pero debajo de los hechos concretos había una cuestión mayor que no necesitaba ocupar una línea expresa:

Hedilla había desafiado el nuevo poder.

No con un ejército.

No con una revolución.

Con una negativa.

A veces basta.

Compareció ante tribunales militares.

La guerra proporcionaba el lenguaje.

Disciplina.

Mando.

Desobediencia.

Rebelión.

Responsabilidad.

El proceso no preguntaba únicamente qué había sucedido en Salamanca.

Se estaba decidiendo también cuánto espacio quedaba para una Falange autónoma después del Decreto de Unificación.

El fiscal habló.

La defensa respondió.

Testigos.

Declaraciones.

Papeles.

Acusaciones.

Hedilla escuchaba.

Quizá recordó los talleres.

Resultaba curioso.

Una máquina avisa cuando algo funciona mal.

Hace ruido.

Vibra.

Se calienta.

La política puede funcionar durante años con piezas mal ajustadas y exigir además que todo el mundo aplauda la precisión del mecanismo.

Llegó la sentencia.

Muerte.

Después otra condena capital en otro procedimiento.

Dos.

Los camisas viejas recibieron la noticia con estupor. El manuscrito matriz recoge precisamente las condenas a muerte, su posterior conmutación y el inicio del largo cautiverio de Hedilla.

—¿A muerte?

—Sí.

—¿Hedilla?

—Sí.

—¿Quién lo condena?

El hombre que había llevado la noticia dudó.

La respuesta era sencilla.

Pero dolía.

—Los nuestros.

Silencio.

Ésa fue probablemente una de las frases más devastadoras de toda aquella historia.

Los nuestros.

Porque obligaba a preguntar inmediatamente:

¿quiénes son ahora los nuestros?

La guerra había trazado una línea entre dos bandos.

Dentro de uno acababa de aparecer otra.

Hedilla había sobrevivido a sus enemigos.

Ahora tenía que sobrevivir a sus vencedores.


CAPÍTULO XLI

EL PRISIONERO DEL BANDO VENCEDOR

No lo fusilaron.

Las penas de muerte fueron conmutadas.

Hubo gestiones.

Intervenciones.

Presiones.

Y finalmente la vida.

Sólo la vida.

Porque vivir y ser libre son cosas distintas.

Hedilla comenzó un cautiverio que se prolongaría durante años.

Prisiones.

Alejamiento.

Las Palmas.

Después confinamiento.

Mallorca.

Tiempo.

Un tiempo especialmente extraño.

Fuera, el bando nacional continuaba avanzando.

Las ciudades caían.

Los partes militares anunciaban victorias.

Franco consolidaba su poder.

La nueva FET y de las JONS crecía.

Había cada vez más camisas azules.

Más retratos de José Antonio.

Más «Presentes».

Más jefaturas.

Más delegaciones.

Y el hombre que había sido elegido para suceder al fundador seguía encerrado.

La ironía era tan perfecta que parecía escrita por un novelista poco sutil.

Pero había ocurrido.

Uno de los hombres del nuevo régimen dijo cierta vez:

—Franco le ha perdonado la vida.

Un viejo falangista respondió:

—No.

—¿Cómo que no?

—Le ha dejado vivir.

—Es lo mismo.

—No.

El hombre lo miró.

—Explícate.

—Perdonar es otra cosa.

No añadió nada.

No hacía falta.

Hedilla estaba vivo.

Podía pensar.

Recordar.

Esperar.

Eso acabaría convirtiéndose en otro problema.

Porque el muerto puede ser interpretado.

El preso vivo conserva una molesta capacidad:

puede recordar cómo ocurrieron las cosas.

Y algún día, si sale, puede contarlas.

La cárcel empezó a convertirse así en algo más que una pena.

Era también distancia.

Silencio.

Margen.

Mientras el nuevo Estado construía su relato, Hedilla permanecía fuera de la fotografía.

Y aquí comienza la segunda gran paradoja de la novela.

José Antonio estaba muerto y aparecía en todas partes.

Hedilla estaba vivo y debía desaparecer.

Uno convertido en presencia permanente.

El otro, en ausencia obligatoria.

Años después, el verso de Ángel María Pascual parecería escrito para él:

En tu propio solar, quedaste fuera.

Todavía faltaba tiempo para que Pascual lo escribiera.

Pero Hedilla ya estaba viviendo el verso.

Entretanto, sus antiguos camaradas tenían que decidir qué hacer.

Podían marcharse.

Callar.

Resistir.

Aceptar cargos.

Entrar en la nueva estructura.

Intentar transformar desde dentro aquello que no habían conseguido conservar fuera.

Y ahí comenzaría una historia moralmente mucho más complicada que la simple división entre fieles y traidores.

Porque algunos de los hombres que aceptaron entrar acabarían construyendo leyes, instituciones y obras sociales que formarían parte de España durante décadas.

La pregunta ya no sería únicamente:

¿por qué aceptasteis?

Sería otra bastante más difícil:

¿qué conseguisteis hacer después de aceptar?

CAPÍTULO XLII

SOBREVIVIR

Mientras Manuel Hedilla entraba en prisión, muchos de sus antiguos camaradas tuvieron que tomar una decisión.

No una decisión heroica.

Las decisiones verdaderamente difíciles rara vez permiten sentirse héroe.

Algunos se apartaron.

Otros callaron.

Otros aceptaron la nueva estructura.

Y algunos lo hicieron por una razón que, contemplada desde lejos, podía parecer contradictoria:

creían que marcharse significaba entregar completamente el Estado a quienes jamás habían compartido la revolución social que ellos atribuían a Falange.

Dos antiguos camisas viejas discutieron una noche.

—Nos han vencido.

El otro lo miró.

—Todavía no ha terminado la guerra.

—No hablo de ésa.

Silencio.

Los dos sabían perfectamente de qué guerra hablaba.

—¿Qué vas a hacer?

—Aceptar.

—¿El cargo?

—Sí.

—Entonces has elegido.

—Sí.

—A Franco.

El hombre negó despacio.

—No.

—¿No?

—He elegido quedarme.

—Es lo mismo.

—No.

—Explícamelo.

El falangista se acercó a la ventana.

—Si nos marchamos todos, ¿quién queda?

—Los que han ganado.

—Nosotros también estamos ganando.

—Ya sabes a qué me refiero.

—Precisamente.

Se volvió.

—Si dejamos Trabajo, los sindicatos, la previsión, la vivienda, la formación y las organizaciones sociales en manos de otros, ¿qué quedará de lo nuestro?

—Los principios.

—Los principios que no se convierten nunca en nada terminan siendo epitafios.

Aquello dolió.

Porque contenía verdad.

—¿Y qué ocurrirá cuando te obliguen a hacer algo contrario a esos principios?

—Me negaré.

El otro sonrió.

—Eso dijo Hedilla.

Ninguno volvió a hablar durante unos segundos.

Ahí estaba el problema.

Entrar.

Permanecer.

Influir.

Negociar.

Conseguir.

Ceder.

¿En qué momento terminaba la estrategia y comenzaba la integración?

Nadie podía saberlo de antemano.

El hombre que aceptaba un cargo podía pensar:

entro para cambiar esto.

Cinco años después quizá habría cambiado algunas cosas.

Y quizá aquello también lo habría cambiado a él.

No existía un aparato capaz de medir la proporción.

Uno de los dos formuló la pregunta definitiva:

—¿Y cuando dentro de veinte años alguien te pregunte qué hiciste cuando encarcelaron a Hedilla?

El otro tardó mucho en contestar.

—Sobrevivir.

—Eso no responde.

—Responde demasiado.

No todos los que permanecieron dentro siguieron el mismo camino ni lo hicieron por idénticos motivos. El dilema entre apartarse o intentar influir desde el nuevo Estado constituye precisamente una de las fracturas que atraviesan la historia posterior de aquellos falangistas.

Sobrevivir podía ser cobardía.

También resistencia.

A veces ambas cosas en días distintos.


CAPÍTULO XLIII

LOS NUEVOS FALANGISTAS

La guerra continuó.

Y Falange creció.

O, para ser más precisos, creció la nueva Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

Muchísimo.

La organización pequeña de antes de julio de 1936 empezaba a resultar casi irreconocible.

Llegaron miles de afiliados.

Funcionarios.

Propietarios.

Estudiantes.

Trabajadores.

Militares.

Hombres sinceramente atraídos por el movimiento.

Otros necesitados de protección.

Otros deseosos de participar en el bando que creían vencedor.

Y, como siempre, quienes saben reconocer una escalera antes incluso de que terminen de construirla.

Un camisa vieja observó a un funcionario ajustarse por primera vez la camisa azul.

—Te queda bien.

—Gracias.

—¿Cuándo te afiliaste?

—Esta semana.

—Ya.

El recién llegado lo miró.

—¿Algún problema?

—Ninguno.

—No lo parece.

El veterano sonrió.

—Estaba recordando.

—¿Qué?

—Antes nos poníamos la camisa y después empezaban los problemas.

Miró el uniforme impecable.

—Ahora algunos se la ponen cuando creen que los problemas están terminando.

El funcionario se molestó.

—Yo no tengo que demostrarte nada.

—Naturalmente.

—Hay una guerra.

—También la había hace dos años.

—Las cosas eran distintas.

—Exactamente.

El recién llegado se marchó.

El viejo quedó mirando.

No era justo despreciar a todos los nuevos.

Muchos combatirían.

Morirían.

Trabajarían.

Serían tan dignos como cualquier fundador.

La antigüedad no era una virtud teológica.

Pero la multiplicación transformaba inevitablemente la organización.

Antes casi todos podían conocerse.

Ahora había jerarquías.

Cargos.

Expedientes.

Delegaciones.

Burocracia.

Y una diferencia esencial:

la camisa había dejado de significar únicamente adhesión a una doctrina.

Empezaba a significar pertenencia al Estado.

En el fondo se estaba produciendo un cambio silencioso.

Antes:

Falange tenía militantes.

Ahora:

el Estado tenía falangistas.

No parecía una diferencia enorme.

Lo era.


CAPÍTULO XLIV

GANAR LA GUERRA

1938-1939

Los frentes avanzaban.

La República retrocedía.

Cada mes parecía acercar la victoria del bando nacional.

Pero mientras los ejércitos ganaban kilómetros, en los despachos empezaba una lucha de otra naturaleza.

Quién controlaría Trabajo.

Quién la prensa.

Quién la educación.

Quién los sindicatos.

Quién la vivienda.

Quién las organizaciones juveniles.

Quién la economía.

Quién nombraría.

Quién firmaría.

Quién decidiría.

Los falangistas que habían aceptado permanecer en el nuevo Estado comprendieron algo:

la batalla por la jefatura estaba perdida.

Franco mandaba.

Aquello ya no iba a cambiar mediante una disputa interna.

Pero todavía podía discutirse qué haría el Estado.

Ahí apareció una idea que acompañaría a muchos durante décadas.

Si no podían realizar toda la revolución, intentarían convertir fragmentos de ella en leyes.

Un joven dirigente lo explicó durante una reunión.

—No podemos seguir hablando como en 1935.

—¿Por qué?

—Porque ahora tenemos Administración.

—Precisamente por eso.

—Antes podíamos decir lo que queríamos hacer.

—¿Y ahora?

—Ahora tenemos que hacerlo.

Uno de los presentes sonrió.

—Eso suele ser bastante más incómodo.

Lo era.

Una consigna no tiene presupuesto.

Una ley sí.

Un discurso puede prometer una casa a cada familia.

Construirlas exige suelo.

Cemento.

Dinero.

Arquitectos.

Obreros.

Crédito.

Administración.

Una cosa era proclamar la dignidad del trabajador.

Otra decidir cuánto costaba asegurarla cuando enfermaba.

La revolución empezaba a encontrarse con la contabilidad.

Y algunos descubrían algo que José Antonio no había tenido tiempo de experimentar:

gobernar obliga a elegir entre cosas que uno desea simultáneamente.

No podían ya decidir quién mandaba en España.

Pero podían intentar influir en cómo se trabajaba.

Cómo se protegía.

Cómo se construía.

Cómo se formaba a los jóvenes.

Era menos de lo que habían querido.

Mucho menos.

Pero no era nada.

Y sobre esa diferencia se construirían justificaciones, carreras, obras y remordimientos.

El manuscrito matriz resumía ya esta nueva estrategia con claridad: perdida la batalla por el mando político, algunos falangistas tratarían de conservar parte de su proyecto mediante legislación e instituciones.

La guerra se acercaba al final.

La pregunta de Alicante regresaba.

¿Y después?


CAPÍTULO XLV

1 DE ABRIL DE 1939

La guerra terminó.

Parte oficial.

Victoria.

Banderas.

Desfiles.

Abrazos.

También cadáveres.

Ruinas.

Prisioneros.

Viudas.

Huérfanos.

Hambre.

Familias separadas.

Carreteras dañadas.

Puentes destruidos.

Ferrocarriles averiados.

Campos sin trabajar.

Fábricas heridas.

Ciudades donde demasiadas ventanas daban a habitaciones vacías.

La palabra victoria era cierta.

Pero no explicaba todo.

Habían vencido militarmente quienes se habían sublevado en julio de 1936.

Franco había ganado algo todavía mayor:

el poder.

El carlismo había aportado hombres y sangre, pero no había conservado intacta su independencia política.

Falange llenaba calles, edificios y ceremonias.

Pero la Falange de José Antonio ya no existía como organización autónoma.

José Antonio estaba muerto.

Hedilla continuaba privado de libertad.

Y miles de hombres llevaban ahora una camisa que tres años antes había pertenecido a una organización minúscula y perseguida.

Un camisa vieja observó uno de los desfiles.

A su lado estaba un compañero que había aceptado integrarse en la nueva estructura.

—Ganamos.

El veterano tardó en contestar.

—Sí.

—No tienes cara de victoria.

—Estoy contento de que haya terminado.

—No he dicho eso. He dicho que hemos ganado.

El viejo miró pasar las banderas.

—La guerra, sí.

—¿Qué otra cosa había que ganar?

La pregunta le hizo volver la cabeza.

—La paz.

El compañero rió.

—Eso ya está hecho.

—No.

—¿Cómo que no?

—Que dejen de disparar no significa que sepamos qué vamos a hacer ahora.

El otro señaló el desfile.

—Reconstruir España.

—¿Cuál?

—¿Qué pregunta es ésa?

—La única que importa.

Silencio.

—¿La España de 1931?

—No.

—¿La de 1936?

—Tampoco.

—Entonces la nueva.

El camisa vieja sonrió.

—Eso llevábamos diciendo desde antes de la guerra.

El otro entendió.

La victoria había resuelto quién había ganado militarmente.

No quién conseguiría imponer su proyecto político, social y económico después.

El 1 de abril de 1939 cerró una guerra.

Abrió otra discusión.

Mucho más larga.

El propio manuscrito matriz sitúa aquí la paradoja: José Antonio llevaba más de dos años muerto, Hedilla seguía preso y la organización conservaba símbolos y presencia, pero había perdido la independencia que poseía antes de la Unificación.

Los vencedores empezaban a descubrir que también podían perder durante la victoria.


CAPÍTULO XLVI

LA PAZ NO ERA LA VICTORIA

España, 1939

Había que reconstruir.

La palabra era tan grande que servía para todo.

Reconstruir carreteras.

Casas.

Talleres.

Escuelas.

Puentes.

Hospitales.

Ferrocarriles.

Fábricas.

Campos.

Y vidas.

Había que alimentar a un país exhausto.

Dar trabajo.

Alojar familias.

Conseguir materias primas.

Poner máquinas en marcha.

Atender heridos.

Sostener viudas.

Educar huérfanos.

La guerra había terminado.

La escasez no.

Para los falangistas que permanecían dentro del Estado, aquello era una oportunidad.

Y una justificación.

—Ahora sí.

—¿Ahora sí qué?

—Ahora podremos hacer cosas.

—¿Qué cosas?

—Las nuestras.

El otro sonrió.

—¿Con qué Estado?

—Con éste.

—Éste no es el Estado que queríamos.

—Es el que tenemos.

—Magnífico epitafio para una revolución.

—No.

—¿No?

—Punto de partida.

La discusión se repitió con infinitas variantes.

Uno podía quedarse fuera y conservar intacta la doctrina.

Otro podía entrar y mancharla.

Pero quizá también convertir parte de ella en una casa, una escuela o un seguro.

¿Cuánto valía una pureza incapaz de modificar la vida de nadie?

¿Y cuánto costaba una eficacia comprada al precio de aceptar una estructura política que había liquidado la autonomía falangista?

No existía respuesta sencilla.

Por eso la discusión sobreviviría.

La reconstrucción imponía además una realidad brutal.

España era pobre.

Muy pobre.

No bastaba querer.

Había que poder.

Y a veces tampoco se podía.

Uno de los jóvenes funcionarios presentó un proyecto.

El veterano lo leyó.

—Es insuficiente.

—Lo sé.

—Entonces ¿para qué lo presentas?

—Porque mejora lo que hay.

—José Antonio quería mucho más.

El joven levantó la cabeza.

—José Antonio también quería cambiar la vida de la gente.

—Sí.

—Pues empecemos por la parte que podemos cambiar mañana.

El viejo no respondió.

La revolución estaba empezando a transformarse en administración.

Aquello podía ser una derrota.

También podía ser la única manera de sobrevivir.


CAPÍTULO XLVII

EL ESTADO DESDE DENTRO

No hubo un congreso secreto donde los antiguos falangistas acordaran una estrategia.

No hubo manifiesto.

Ni palabra de orden.

La realidad fue más confusa.

Cada hombre tomó sus decisiones.

Pero, poco a poco, apareció una práctica.

Entrar.

Trabajo.

Organización sindical.

Vivienda.

Previsión.

Formación profesional.

Juventud.

Familia.

Asistencia.

Los espacios en los que la cuestión social podía convertirse en política concreta.

Un antiguo hedillista intentó explicárselo a un compañero que había optado por apartarse.

—Si nos vamos todos, ¿quién queda?

—Ésa ya me la sé.

—Pues respóndeme.

—Los que mandan.

—Y precisamente por eso quiero estar dentro.

—Para obedecerles.

—Para discutirles.

El otro soltó una carcajada.

—¿Y te dejan?

—A veces.

—¿Cuántas?

—Menos de las que quisiera.

—Entonces has perdido.

El hombre negó.

—Depende de qué estés contando.

—La revolución.

—Yo estoy contando casas.

La respuesta fue seca.

—Y seguros.

—Y escuelas.

—Y normas laborales.

—Eso no es la revolución.

—No.

—Entonces…

—Pero tampoco es nada.

Aquella era la contradicción.

El régimen que había acabado con la independencia política de Falange proporcionaba al mismo tiempo a determinados falangistas instrumentos estatales con los que realizar una parte de su programa social.

No hacía falta llamar a aquello de ninguna manera.

Los hombres de entonces no hablaban de «entrismo».

Hablaban de quedarse.

De trabajar.

De aprovechar lo posible.

El problema llegaría después.

Cuando una generación entera hubiera pasado veinte años dentro y alguien preguntara:

—¿Seguís intentando cambiar el Estado?

O sería necesario formular la pregunta al revés:

—¿Cuándo empezó el Estado a cambiaros a vosotros?


CAPÍTULO XLVIII

JOSÉ ANTONIO GIRÓN

Había hombres destinados a formular ideas.

Y otros destinados a convertirlas en expedientes.

José Antonio Girón de Velasco pertenecía principalmente al segundo grupo.

No tenía la brillantez de José Antonio Primo de Rivera.

Tampoco la trayectoria trágica de Hedilla.

Poseía otra cualidad.

Gobernaba.

Desde el Ministerio de Trabajo, a partir de 1941, se convirtió en uno de los rostros más reconocibles del falangismo integrado en el Estado.

Aquello significaba una responsabilidad incómoda.

Ya no podía limitarse a decir:

—El trabajador debe vivir dignamente.

Tenía que responder:

—¿Cómo?

Y después:

—¿Cuánto cuesta?

Un colaborador dejó sobre su mesa un proyecto.

Girón comenzó a leer.

—No es suficiente —dijo el hombre.

Girón continuó leyendo.

—Ya lo veo.

—Entonces habrá que rehacerlo.

—¿Podemos hacer más?

El colaborador dudó.

—Ahora mismo, no.

Girón cerró la carpeta.

—Entonces aprobemos esto.

—Pero José Antonio quería mucho más.

—Lo sé.

—Esto no cambia el sistema.

—No.

—¿Y te basta?

Girón lo miró.

—¿Cuándo he dicho que me baste?

El colaborador guardó silencio.

—Hay una diferencia —continuó Girón— entre conformarse con poco y hacer lo posible mientras se intenta conseguir más.

—También puede convertirse en excusa.

—Naturalmente.

—Entonces ¿cómo sabemos cuál de las dos cosas estamos haciendo?

Girón sonrió.

—Probablemente no lo sabremos hasta que sea demasiado tarde.

Firmó.

Esa escena resumía la transformación de una generación.

Antes:

programa.

Revolución.

Transformación completa.

Después:

decretos.

Presupuestos.

Reglamentos.

Organismos.

Competencias.

El papel parecía menos heroico.

Pero podía terminar afectando a millones de personas.

La política social del régimen no fue obra de un solo hombre ni de una sola familia política; sin embargo, el área de Trabajo se convirtió en uno de los principales espacios donde cuadros falangistas intentaron dejar una huella propia.

Girón sabía que aquello no era todo.

Precisamente por eso una expresión empezó a hacerse imprescindible.


CAPÍTULO XLIX

LA REVOLUCIÓN PENDIENTE

Pendiente.

Qué palabra tan cómoda.

No derrotada.

No abandonada.

No traicionada.

Pendiente.

Permitía seguir creyendo.

Y también seguir esperando.

Primero había que ganar la guerra.

Después reconstruir.

Después alimentar.

Después superar la escasez.

Después enfrentarse al aislamiento.

Después industrializar.

Después modernizar.

Siempre había un después.

Un viejo falangista escuchó aquella enumeración.

—¿Y cuándo llega?

—¿Qué?

—La revolución.

—No es el momento.

El viejo sonrió.

—Eso ya lo había oído.

—¿Dónde?

—Antes de que tú entraras.

—No entiendo.

—No importa.

Miró por la ventana.

Lo preocupante no era que existieran razones para esperar.

Existían.

España estaba devastada.

Las necesidades eran reales.

El problema era otro:

si siempre podía encontrarse una razón verdadera para aplazar una transformación, ¿en qué momento dejaba de ser aplazamiento y se convertía sencillamente en abandono?

El joven intentó defenderse.

—Pero se están haciendo cosas.

—Ya lo sé.

—Entonces ¿qué quieres?

El veterano pensó.

—Saber si lo que hacemos es camino.

—¿Hacia dónde?

—Exactamente.

No pudieron seguir.

Los llamaron a otra reunión.

Otra carpeta.

Otro presupuesto.

Otra urgencia.

La revolución podía esperar.

La Administración nunca.


CAPÍTULO L

ENVÍO

*«A ti, fiel camarada, que padeces

el cerco del olvido atormentado…

te envío mi dolor.»*

Pamplona, 1946

Había días en que escribir resultaba más difícil que combatir.

Ángel María Pascual lo sabía.

Durante la guerra había sabido, al menos, dónde estaba el enemigo.

Aquello simplifica extraordinariamente las cosas.

Después de la guerra resultaba más complicado.

Porque los hombres que llevaban la misma camisa podían no querer lo mismo.

Y porque algunas derrotas llegan acompañadas de desfiles de victoria.

Pamplona seguía siendo Pamplona.

Piedra.

Campanas.

Inviernos.

Archivos.

Iglesias.

Libros.

Ángel había regresado una y otra vez a ellos.

Siempre los libros.

Había estudiado Filosofía y Letras.

Derecho.

Lenguas.

Había amado la arquitectura.

El latín.

El griego.

El francés.

El vascuence.

Los volúmenes antiguos.

Los conventos donde todavía podían aparecer páginas que parecían haber esperado siglos a que alguien las abriera.

También había conocido otra vida.

Falange.

Fermín Yzurdiaga.

Los primeros tiempos.

La política cuando aún no proporcionaba carreras.

Después julio de 1936.

Jaca.

Las escuadras.

La guerra.

Y, paralelamente, una empresa cultural extraña y ambiciosa.

Arriba España.

Jerarquía.

La llamada revista negra.

Literatura.

Ensayo.

Arte.

Una Falange que también quería libros.

Porque hubo jóvenes que no creyeron haberse afiliado a una simple organización de orden.

Pensaban estar participando en la construcción de algo nuevo.

Ángel María Pascual fue uno de ellos. Su trayectoria estuvo vinculada al primer núcleo falangista navarro, a Fermín Yzurdiaga, a Arriba España y a Jerarquía; después de la guerra continuó dedicado al periodismo y la literatura en Navarra.

Pasaron los años.

Madrid pudo haberle ofrecido otras posibilidades.

Cargos.

Despachos.

Carreras.

Prefirió quedarse.

Josefina.

Los hijos.

Pamplona.

Escribir.

Leer.

Observar.

Y cuanto más observaba, más difícil se volvía responder una pregunta.

¿Era aquello?

Habían ganado.

Claro.

La guerra había terminado.

Los vencedores gobernaban.

El nombre de José Antonio estaba por todas partes.

Falange también.

Pero el éxito exterior podía ocultar una pregunta interior.

¿Dónde estaba aquella Falange?

No la camisa.

La idea.

La que había fascinado a un muchacho de veintidós años.

La que hablaba de una España nacional y social.

La que prometía algo más que orden.

Ángel no necesitaba convertirse en enemigo del régimen para sentir decepción.

Ésa era precisamente la dificultad.

Resulta sencillo abandonar una idea cuando uno deja de creer en ella.

Mucho más difícil es seguir creyendo y descubrir que quienes utilizan su nombre han construido otra cosa.

Una tarde se sentó ante una hoja.

Escribió.

Tachó.

Volvió a escribir.

No estaba redactando un artículo político.

Ni un manifiesto.

Ni una denuncia.

Era un soneto.

A veces catorce versos pueden decir lo que una organización entera no se atreve a formular.

Pensó quizá en hombres concretos.

En camaradas apartados.

En los muertos.

En quienes habían quedado al margen.

En quienes se preguntaban silenciosamente qué había ocurrido.

Escribió:

A ti, fiel camarada, que padeces
el cerco del olvido atormentado…

Se detuvo.

El cerco del olvido.

No había alambradas.

No había barrotes.

Era peor.

Uno podía caminar libremente por su propia ciudad y descubrir que ya no pertenecía políticamente a aquello que había ayudado a crear.

Continuó.

Y llegó al verso que parecía contener a Manuel Hedilla entero:

En tu propio solar, quedaste fuera.

Ángel María Pascual no necesitaba nombrarlo.

El verso era más grande que un nombre.

Podía aplicarse al militante olvidado.

Al fundador convertido en estampita.

Al discrepante.

Al hombre que se negó a cambiar de convicción cuando cambió la conveniencia.

Después llegaron los últimos versos.

No había resentimiento.

Había algo más difícil.

Esperanza.

Pero, allí donde estés, cree y espera.

Y al final:

Pon arriba tus ojos, siempre arriba.

Dejó la pluma.

Quizá leyó el soneto entero.

Quizá supo que había escrito algo que sobreviviría a muchas consignas.

El poema se tituló:

Envío.

No era una orden.

Era una carta lanzada hacia alguien que quizá no respondería.

Ángel María Pascual murió el 1 de mayo de 1947.

Tenía treinta y cinco años. Eugenio d’Ors evocaría después al escritor navarro, muerto extraordinariamente joven.

Había ganado la guerra.

Y había escrito como un desterrado.

No fuera de España.

Ni fuera de Navarra.

En un lugar mucho más extraño.

Dentro de su propio solar.

El mismo lugar en el que Manuel Hedilla llevaba años esperando.

Y la frase que daba sentido a ambos quedaría flotando sobre el resto de esta historia:

el cerco del olvido.

CAPÍTULO LI

EL TRABAJO

La palabra estaba allí desde el principio.

Nacionalsindicalismo.

No era un adorno colocado detrás de «nacional».

Sindicato.

Trabajo.

Producción.

Relación entre quien empleaba y quien era empleado.

Si la política social falangista tenía algún terreno donde podía intentar distinguirse, era precisamente ése.

Pero convertir una palabra en instituciones resultaba mucho más difícil que escribirla en una bandera.

Los empresarios tenían cuentas.

Los trabajadores, necesidades.

El Estado, escasez.

España entera tenía hambre.

Un delegado sindical recibió a un industrial que había solicitado verlo con urgencia.

El hombre dejó varios documentos sobre la mesa.

—Esto es imposible.

—¿Qué?

—Las nuevas exigencias laborales.

—Sea más concreto.

—Costes.

—Eso ya lo ha dicho.

—Descansos. Indemnizaciones. Seguros. Protección familiar. Reglamentaciones. Cada vez hay algo nuevo.

El delegado hojeó los papeles.

—¿Su empresa gana dinero?

—Ésa no es la cuestión.

—Suele ser una cuestión bastante interesante para una empresa.

—Claro que gana dinero.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

—¿Y sus trabajadores?

El empresario lo miró.

—Cobran.

—No he preguntado eso.

—¿Qué quiere decir?

—Si viven.

El hombre se molestó.

—No estoy aquí para recibir una lección de demagogia.

—Ni yo para impartirla.

El delegado cerró la carpeta.

—Usted me habla de costes. Perfecto. Hablemos de costes.

—Eso intento.

—Un trabajador enfermo cuesta.

—Naturalmente.

—Un trabajador hambriento también.

—No es asunto mío alimentar a todas las familias.

—No.

—Entonces…

—Pero quizá sea asunto de todos conseguir que un hombre que trabaja pueda alimentar a la suya.

El industrial respiró profundamente.

—Las empresas no pueden soportarlo todo.

—Estoy de acuerdo.

La respuesta lo sorprendió.

—¿Entonces?

—Los trabajadores tampoco.

Ahí estaba la discusión.

No convertir al empresario en enemigo.

Ni al trabajador en mercancía.

No destruir la empresa.

Pero tampoco aceptar que todo lo ocurrido dentro de ella quedara justificado por una frase:

el contrato es libre.

Libre.

¿Hasta qué punto?

Un hombre con ahorros podía rechazar un salario.

Un hombre con cinco hijos y ningún dinero tenía una libertad bastante más teórica.

La vieja cuestión de José Antonio regresaba convertida en expediente.

Libertad jurídica.

Libertad real.

El trabajador podía firmar.

La pregunta era en qué condiciones firmaba.

Los falangistas que actuaban en el ámbito laboral querían introducir otra idea.

El trabajo no podía ser únicamente una mercancía cuyo precio fijaran dos fuerzas desiguales.

Había dignidad.

Familia.

Enfermedad.

Accidente.

Vejez.

Y detrás de cada una de esas palabras había dinero.

La poesía social terminaba siempre delante de una columna de cifras.

Un funcionario mostró un cálculo.

—No podemos financiar todo esto.

—¿Cuánto falta?

Le dio la cifra.

—Mucho.

—Ya veo.

—Entonces habrá que reducirlo.

El falangista siguió leyendo.

—¿Qué parte?

—La protección.

—¿De quién?

—De los trabajadores.

—Eso ya lo sé.

Levantó la mirada.

—¿De los enfermos? ¿De los accidentados? ¿De las viudas? ¿De los viejos?

El funcionario calló.

—Cuando dices «reducir protección» parece sencillo. Cuando pones nombres resulta bastante más incómodo.

—Pero el dinero sigue sin existir.

—Eso también es verdad.

No había solución heroica.

Había que priorizar.

Retrasar unas cosas.

Aprobar otras.

Aceptar limitaciones.

Ése fue el aprendizaje de quienes habían prometido revolución y empezaban a descubrir la Administración.

Una ley podía mejorar la vida de miles de hombres.

También podía quedarse corta.

Ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.

El trabajo fue uno de los terrenos donde aquellos falangistas integrados dejaron una huella más visible: reglamentación laboral, previsión, mutualismo, protección familiar y una concepción según la cual la relación entre empresario y trabajador no podía reducirse a un contrato entre dos partes formalmente iguales.

Pero había otra vieja obsesión.

Una que José Antonio había utilizado para explicar qué significaba extender la propiedad.

Casa.


CAPÍTULO LII

CASA

Una familia necesita techo.

Eso parece tan elemental que la política consigue algunas veces olvidarlo.

En la España de posguerra había familias enteras viviendo en condiciones que hacían innecesario cualquier discurso sobre la cuestión social.

Bastaba entrar.

Habitaciones pequeñas.

Humedad.

Varias generaciones compartiendo espacio.

Barrios improvisados.

Pueblos dañados.

Viviendas destruidas.

Trabajadores que pasaban la jornada construyendo cosas para otros y regresaban por la noche a lugares que apenas podían llamarse hogar.

Para ciertos falangistas la vivienda no era solamente asistencia.

Era doctrina.

Volvía la propiedad.

No eliminarla.

Extenderla.

Una casa significaba mucho más que paredes.

Era un lugar del que nadie podía expulsar fácilmente a una familia.

Una seguridad.

Un patrimonio.

Algo que dejar a los hijos.

Un pequeño territorio de independencia.

Un funcionario joven contempló varios proyectos.

—Seguís obsesionados con que sean propietarios.

—Sí.

—Podría construirse vivienda pública de alquiler.

—También.

—Entonces ¿por qué insistir tanto?

El veterano señaló los planos.

—Porque no es lo mismo habitar una casa que poseerla.

—Para dormir sí.

—La política no trata únicamente de dormir.

—¿Qué cambia?

—Que cuando esa puerta es tuya, algo de tu relación con el mundo cambia.

El muchacho sonrió.

—Eso es filosofía.

—No. Es una escritura de propiedad.

—Ya me entiendes.

—Perfectamente.

El veterano se inclinó.

—Un hombre que posee su vivienda tiene algo que defender que no le ha prestado el Estado.

—También puede hipotecarse.

—Claro.

—Perderla.

—Claro.

—Entonces no es una garantía absoluta.

—Nada humano lo es.

El joven pasó una página.

—A veces parecéis liberales cuando habláis de propiedad.

—Y socialistas cuando exigimos que llegue al trabajador.

—¿Qué sois entonces?

El veterano soltó una carcajada.

—A estas alturas esperaba que ya hubieras dejado de preguntar eso.

La vivienda conectaba dos mundos que demasiado a menudo aparecían separados.

La política social.

Y la propiedad privada.

Para el nacionalsindicalista que todavía recordaba las discusiones anteriores a la guerra, la vivienda demostraba que ambas no tenían por qué excluirse.

El Estado podía intervenir precisamente para crear propietarios.

La paradoja molestaba a los dos extremos.

Al que quería un Estado ausente.

Y al que quería un Estado propietario de todo.

—¿Por qué tiene que intervenir el Estado para que alguien compre una casa?

—Porque si el mercado ya se la hubiera proporcionado, probablemente no estaríamos aquí.

—Eso altera el mercado.

—Sí.

—Lo dices tranquilamente.

—No estoy rezando.

El funcionario se echó a reír.

—¿Y cuál es el límite?

El veterano quedó serio.

—La persona.

—Otra vez.

—Siempre.

La vivienda, en aquella concepción, no era caridad. Era estructura social: dar a la familia seguridad y, cuando fuese posible, acceso a propiedad.

Y construir casas llevaba inevitablemente a una pregunta todavía mayor.

¿Qué significaba reconstruir España?


CAPÍTULO LIII

RECONSTRUIR

Reconstruir un puente consiste, aproximadamente, en saber dónde estaba y volver a levantarlo.

Reconstruir un país resulta bastante más complicado.

Porque antes hay que decidir si uno pretende dejarlo exactamente como estaba.

España estaba arruinada.

Eso imponía límites.

Pero también abría posibilidades.

Carreteras.

Ferrocarriles.

Obras hidráulicas.

Regadíos.

Electrificación.

Viviendas.

Fábricas.

Escuelas.

Centros de formación.

La reconstrucción podía convertirse en simple reparación.

O en transformación.

Un ingeniero desplegó un mapa.

—Aquí hay que reconstruir la línea.

—¿Igual?

—Naturalmente.

Un falangista que asistía a la reunión preguntó:

—¿Por qué?

El ingeniero lo miró como si acabara de escuchar una blasfemia técnica.

—Porque estaba ahí.

—Eso no demuestra que estuviera bien.

—Funcionaba.

—Hasta que dejó de funcionar.

—La volaron.

—Ya lo sé.

El ingeniero perdió la paciencia.

—¿Qué propone?

—Que si tenemos que empezar de nuevo, aprovechemos para preguntarnos si podemos hacerlo mejor.

La discusión no tenía nada extraordinario.

Pero resumía el momento.

Una guerra destruye.

La reconstrucción decide.

No todo lo que se levantó después fue falangista.

Ni podía serlo.

El régimen contenía militares, tradicionalistas, monárquicos, católicos, falangistas, técnicos y funcionarios de procedencias diversas.

Sería ridículo convertir cada pantano en un proyecto ideológico.

Cada carretera, en una victoria doctrinal.

Cada fábrica, en una camisa azul construida en hormigón.

Pero también sería absurdo negar que muchos falangistas eligieron la Administración, la política laboral, sindical, asistencial y de vivienda como los lugares donde intentar conservar una parte de su proyecto.

Un camisa vieja lo explicaría años después:

—Nos quitaron la política.

—¿Qué hicisteis?

—Nos metimos en la Administración.

—Para hacer carrera.

El viejo sonrió.

—Algunos.

—¿Y los demás?

—Para hacer cosas.

—¿Qué cosas?

Miró alrededor.

—Las que puedas tocar.

Una carretera.

Una casa.

Una escuela.

Un taller.

Un seguro.

No era la revolución prometida en 1933.

Era otra forma, bastante menos romántica, de intervenir en la Historia.

Y mientras unos comprobaban el resultado de su trabajo levantándose poco a poco delante de ellos, el hombre que había rechazado la Unificación seguía lejos.

Muy lejos.


CAPÍTULO LIV

HEDILLA, LEJOS

La distancia posee una forma peculiar de crueldad.

Hedilla recibía noticias.

El mundo continuaba sin él.

Eso es lo que ocurre siempre en las cárceles.

Uno imagina que su ausencia detendrá algo.

No detiene nada.

Gobiernos.

Leyes.

Nombramientos.

Construcciones.

Matrimonios.

Nacimientos.

Muertes.

Todo sigue.

Alguna vez le llegaron noticias sobre medidas laborales.

Sobre organismos.

Sobre vivienda.

Previsión.

Sindicatos.

Hombres que habían compartido con él la Falange anterior a 1937 ocupaban ahora responsabilidades dentro del Estado.

Hacían cosas.

Algunas podían resultarle familiares.

No porque fueran exactamente el programa originario.

Porque nacían de preocupaciones que habían compartido.

Un visitante se lo dijo.

—Hay medidas que te gustarían.

Hedilla lo miró.

—¿Tengo que dar las gracias?

—No he dicho eso.

—Entonces explícate.

—Parte de lo que queríamos se está haciendo.

—Bien.

La respuesta sorprendió al visitante.

—¿Bien?

—¿Querías que dijera que me molesta que un trabajador viva mejor?

—No.

—Pues bien.

—Pero…

—Siempre hay un pero.

—Si hubieras aceptado, podrías estar participando.

Hedilla permaneció callado.

El hombre siguió.

—Podrías haber hecho mucho.

—Puede ser.

—Más que aquí.

Hedilla miró alrededor.

Paredes.

La comparación no resultaba demasiado difícil.

—Sin duda.

—Entonces ¿te arrepientes?

—No.

—No lo entiendo.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

Hedilla se acercó.

—Tú me preguntas cuántas cosas podría haber hecho aceptando.

—Sí.

—Yo me pregunto qué habría aceptado hacer para poder hacerlas.

—No es lo mismo.

—Precisamente.

El visitante suspiró.

—Siempre volvemos a lo mismo.

—Porque no hemos resuelto lo mismo.

Hubo silencio.

Hedilla no necesitaba negar los logros de quienes se habían quedado para justificar su decisión.

Podía incluso alegrarse de ellos.

Aquello hacía la cuestión mucho más interesante.

El dilema no era:

ellos traicionaron y yo no.

Era:

ellos aceptaron un precio que yo no estuve dispuesto a pagar.

Y quizá gracias a haberlo pagado consiguieron cosas que yo no pude conseguir.

La Historia rara vez reparte los papeles con limpieza.

El visitante se levantó.

—Entonces, si pudieras volver atrás…

Hedilla lo interrumpió.

—No.

—Ni siquiera sabes lo que iba a preguntarte.

—Sí lo sé.

—¿Y qué responderías?

Hedilla sonrió.

—Que alguien tenía que demostrar que se podía decir que no.

Ésa sería durante mucho tiempo su victoria más visible.

También su condena. El manuscrito matriz formula justamente esa oposición: mientras antiguos camaradas intervenían en políticas e instituciones, Hedilla permanecía apartado y sostenía que su negativa debía dejar constancia de que la aceptación no había sido unánime.


CAPÍTULO LV

LOS QUE SE QUEDARON

La pregunta tardaría años en formularse.

Tal vez porque algunas preguntas necesitan que los hombres envejezcan antes de atreverse a contestarlas.

—¿Qué hiciste cuando detuvieron a Hedilla?

El antiguo camisa vieja quedó inmóvil.

No esperaba aquello.

El muchacho que se lo había preguntado no había nacido en 1937.

Eso empeoraba las cosas.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque todo el mundo habla de Hedilla.

—Ahora.

—¿Antes no?

El viejo sonrió.

—Mucho menos.

—Entonces ¿qué hiciste?

Miró sus manos.

Habían envejecido.

—Sobrevivir.

—Eso no es una respuesta.

—A tu edad yo también habría dicho eso.

—¿Qué significa sobrevivir?

El viejo tardó.

—Callar algunas veces.

—¿Por miedo?

—Sí.

El muchacho no esperaba aquella franqueza.

—¿Y otras?

—Obedecer.

—¿A Franco?

—A superiores. A ministros. A reglamentos. A circunstancias. No todo en la vida cabe bajo el nombre de un hombre.

—Aceptaste el régimen.

—Sí.

—Entonces abandonaste a Hedilla.

El anciano levantó la mirada.

Ahí estaba la acusación.

Había esperado cuarenta años.

—Puede ser.

El muchacho quedó desconcertado.

—¿Puede ser?

—¿Qué quieres que diga?

—Que no.

—Sería más cómodo.

—¿Y por qué no lo dices?

—Porque quiero llegar al final de la conversación sin mentirte.

El joven se sentó.

—Entonces lo abandonaste.

—Acepté un cargo.

—Es lo mismo.

—No exactamente.

—¿Qué hiciste con él?

El viejo sonrió.

Ésa era una pregunta mejor.

—Trabajé.

—Eso hace todo el mundo.

—Conseguimos algunas cosas.

—¿Cuáles?

—Ya no importa cuáles.

—Claro que importa.

—No para lo que estamos hablando.

El muchacho no comprendía.

El anciano continuó:

—Lo que quieres saber es si aquello justifica haberme quedado.

—Sí.

—No lo sé.

La respuesta lo sorprendió todavía más.

—¿Después de tantos años?

—Precisamente después de tantos años.

Se inclinó hacia él.

—Los jóvenes creen que las decisiones vienen acompañadas de una hoja donde al final pone: «Ésta era la opción correcta».

—¿No?

—Nunca la vi.

—Pero Hedilla dijo no.

—Sí.

—Y tú dijiste sí.

—Sí.

—Uno tenía que estar equivocado.

El viejo negó.

—No necesariamente.

—Eso es imposible.

—Hedilla decidió que había cosas que no podían aceptarse.

Hizo una pausa.

—Yo decidí que todavía había cosas que podían hacerse.

El muchacho permaneció en silencio.

—¿Quién hizo bien?

El anciano sonrió.

—Cuando encuentres un libro que conteste demasiado deprisa a esa pregunta, ciérralo.

La pregunta «¿qué hiciste cuando detuvieron a Hedilla?» y la respuesta «sobrevivir» estaban ya en el núcleo del manuscrito anterior; en esta nueva versión dejan de ser una consigna y pasan a convertirse en el juicio moral que una generación posterior hará sobre quienes permanecieron dentro.

Pero a quienes se quedaron todavía les aguardaba otra derrota.

Veinte años después.

Sin cárceles.

Sin sentencias de muerte.

Mucho más limpia.

Y por eso quizá más definitiva.


CAPÍTULO LVI

LA SEGUNDA DERROTA

Madrid, 1956-1957

Habían pasado casi veinte años.

Eso en política es una eternidad.

Los jóvenes de 1937 tenían canas.

Los hombres que habían entrado en el Estado para cambiarlo desde dentro llevaban ya tantos años dentro que empezaba a resultar difícil recordar cuál de las dos partes estaba cambiando a la otra.

Falange seguía existiendo.

Pero ¿qué significaba ahora Falange?

Movimiento.

Secretaría General.

Delegaciones.

Sindicatos.

Organizaciones juveniles.

Jerarquías.

Funcionarios.

Presupuestos.

Edificios.

Una gigantesca distancia separaba aquello de los tres mil militantes anteriores a la guerra.

José Luis de Arrese quiso ir más lejos.

No bastaba que el Movimiento existiera.

Había que definir su lugar permanente en el Estado.

Asegurar continuidad.

Institucionalizar.

Convertirlo en columna política capaz de sobrevivir incluso más allá de las circunstancias concretas del momento.

Los proyectos provocaron alarma.

Monárquicos.

Militares.

Sectores católicos.

Hombres próximos a Carrero Blanco.

Otros grupos del régimen.

La cuestión de 1937 regresaba transformada.

Ya no había milicias enfrentándose en Salamanca.

Ni un Hedilla recién elegido.

Ni Decreto de Unificación.

Pero la pregunta era reconocible:

¿quién controlará políticamente España?

Un falangista veterano recibió noticias de las resistencias.

—Otra vez.

El hombre que estaba con él levantó la cabeza.

—¿Otra vez qué?

—Salamanca.

—No exageres.

—No he dicho que vaya a haber muertos.

—Entonces no se parece en nada.

—Se parece en lo importante.

—¿Qué es lo importante?

El viejo contestó:

—Decidir si Falange manda o acompaña.

El otro sonrió.

—Llevamos veinte años acompañando bastante bien.

—Precisamente.

Los proyectos de Arrese pretendían reforzar la naturaleza política del Movimiento.

Para algunos aquello era necesario.

Para otros, una amenaza.

Franco volvió a hacer lo que mejor había aprendido a hacer.

Arbitrar.

No permitir que una familia del régimen adquiriera suficiente fuerza para independizarse del árbitro.

Los proyectos no prosperaron como Arrese deseaba.

Y en febrero de 1957 llegó la remodelación gubernamental.

Aparecieron con fuerza otros hombres.

Técnicos.

Economistas.

Administradores.

Alberto Ullastres.

Mariano Navarro Rubio.

Y alrededor del nuevo rumbo, la creciente influencia de López Rodó.

Había cambiado el vocabulario.

Los viejos falangistas hablaban de revolución.

Los nuevos responsables económicos hablaban de estabilización.

Balanza de pagos.

Productividad.

Inversión.

Mercados.

Crecimiento.

No eran necesariamente enemigos.

Ése sería un error demasiado cómodo.

Muchos de aquellos técnicos querían modernizar España y terminarían desempeñando un papel decisivo.

El conflicto era otro.

La economía empezaba a desplazar a la doctrina como centro del futuro.

Un viejo falangista lo percibió inmediatamente.

—¿Hemos perdido?

—¿Qué?

—Otra vez.

—No dramatices.

—No estoy dramatizando.

—Seguís teniendo ministros.

—No he preguntado si tenemos ministros.

—¿Entonces?

El veterano sonrió.

—He preguntado si decidimos el rumbo.

El silencio resultó suficientemente claro.

No hubo condenas a muerte.

Ni cárceles.

Ni destierros.

Arrese siguió teniendo responsabilidades.

Falange no desapareció.

Precisamente por eso la derrota era diferente.

En 1937 habían perdido la autonomía.

En 1957 perdían otra cosa:

la posibilidad de imaginar razonablemente que algún día recuperarían el centro político del régimen.

La llamada revolución pendiente seguía pendiente.

Sólo que ahora comenzaba a parecerse menos a una revolución aplazada.

Y más a una revolución que quizá no llegaría nunca.

El manuscrito matriz sitúa 1956-1957 como esa «segunda derrota»: los proyectos de Arrese fueron frenados, Franco volvió a arbitrar y la remodelación de 1957 dio mayor peso a los responsables económicos y técnicos.

Uno de los viejos salió de una reunión.

Un joven economista caminaba delante de él con una carpeta llena de cifras.

Productividad.

Inversión.

Divisas.

Crecimiento.

El falangista lo contempló unos segundos.

Después sonrió.

—Bueno.

Su compañero preguntó:

—¿Qué?

—Ahora vienen los hombres de los números.

Y con ellos comenzaba otro capítulo.

Principio del formulario

CAPÍTULO LVII

LOS HOMBRES DE LOS NÚMEROS

Los nuevos técnicos hablaban otro idioma.

No necesariamente mejor.

Tampoco peor.

Otro.

Productividad.

Inversión.

Déficit.

Divisas.

Balanza de pagos.

Competitividad.

Importaciones.

Exportaciones.

Estabilización.

Crecimiento.

Los viejos falangistas reconocían algunas palabras y desconfiaban de otras.

Ellos habían aprendido a hablar de trabajo.

Familia.

Justicia.

Comunidad.

Propiedad.

Sindicato.

Servicio.

Nación.

Dos lenguajes empezaban a encontrarse dentro del mismo Estado.

Un economista extendió unas hojas sobre una mesa.

—Esto no funciona.

El falangista que estaba frente a él miró los números.

—¿Qué exactamente?

—El modelo.

—Eso es bastante grande.

—La economía española necesita abrirse.

—Ábrala.

El técnico levantó los ojos.

No esperaba una respuesta tan rápida.

—Hay que reducir ineficiencias.

—Redúzcalas.

—Facilitar inversión.

—Facilítela.

—Racionalizar empresas.

—Racionalícelas.

El economista sonrió.

—Entonces estamos de acuerdo.

—En absoluto.

La sonrisa desapareció.

—Acaba de aprobar todo lo que he dicho.

—He aprobado los verbos.

—¿Y qué falta?

—Los hombres.

El técnico respiró.

—La economía necesita ser eficiente.

—Claro.

—Entonces…

—¿Eficiente para qué?

—Para crecer.

—¿Para qué?

—Para producir más.

—¿Para qué?

El economista perdió paciencia.

—Para que el país sea más rico.

—¿Qué país?

—España.

—Eso ya lo sé.

El falangista señaló las hojas.

—¿Quién será más rico?

El otro comprendió por fin.

—Toda la sociedad.

—Eso dice usted.

—Eso dicen las cifras.

—Las cifras dicen cuánto produce un país. No siempre dicen cómo vive cada hombre dentro de él.

El técnico se recostó.

—Sin crecimiento no hay política social.

—De acuerdo.

—Entonces…

—Y sin política social el crecimiento puede convertirse simplemente en la multiplicación de la riqueza de quienes ya la tienen.

El economista sonrió con cierta condescendencia.

—Eso es política.

—Naturalmente.

—Yo hablo de economía.

—Ahí empieza el problema.

No era una discusión entre sabios y ignorantes.

Ni entre modernidad y pasado.

Los viejos cuadros falangistas podían equivocarse.

También los economistas.

Los primeros podían caer en retórica.

Los segundos podían olvidar que detrás de cada promedio había personas que no vivían dentro de un promedio.

La España de finales de los cincuenta necesitaba cambios.

Eso resultaba difícil de negar.

La autarquía había mostrado límites severos.

Faltaban divisas.

Había estrangulamientos.

La economía necesitaba integrarse más en los circuitos internacionales.

Había que modernizar.

Importar maquinaria.

Aumentar productividad.

Favorecer inversión.

Y, finalmente, modificar profundamente la política económica.

Los falangistas que veían disminuir su influencia podían reaccionar de dos maneras.

Negar la necesidad.

O intentar que el nuevo crecimiento no destruyera lo que ellos consideraban conquistas sociales.

Algunos eligieron lo segundo.

—Modernice España —dijo uno de ellos a un economista—. Pero procure no modernizar al trabajador convirtiéndolo otra vez en mercancía.

—Nadie pretende eso.

—Magnífico.

—Entonces no entiendo su preocupación.

—Porque he vivido lo suficiente para saber que muchas cosas que nadie pretende terminan ocurriendo.

El joven economista sonrió.

—Ustedes desconfían del mercado.

—Y ustedes del Estado.

—El Estado se equivoca.

—Continuamente.

—Entonces…

—El mercado también.

—No de la misma manera.

—Precisamente.

Volvieron a las cifras.

Era inútil discutir eternamente.

España tenía que crecer.

Y crecería.

Pero aquella conversación anunciaba otro conflicto.

¿Qué ocurriría cuando la prosperidad empezara a sustituir la justicia como medida del éxito?

¿Bastaría aumentar la renta?

¿Bastaría comprar automóviles?

¿Bastaría llenar las casas de frigoríficos?

¿Podía un país hacerse más rico y perder al mismo tiempo algunas preguntas?

Los viejos falangistas temían que sí.

Los tecnócratas, en cambio, estaban convencidos de que España llevaba demasiado tiempo haciendo preguntas y demasiado poco cuentas.

Probablemente ambos tenían motivos.

Y como suele ocurrir, la Historia no escogió enteramente a ninguno.

Mezcló.

Corrigió.

Aceleró.

Y siguió adelante.

El manuscrito anterior resumía bien esa transición: los responsables técnicos aportaron un nuevo vocabulario económico, mientras algunos falangistas insistían en que modernizar no significaba empezar desde cero ni olvidar las estructuras sociales creadas anteriormente.

Entonces llegó una palabra.

Milagro.

A los economistas les gustaba.

A algunos viejos falangistas, bastante menos.


CAPÍTULO LVIII

EL MILAGRO

España empezó a cambiar con una velocidad que habría parecido increíble veinte años antes.

Fábricas.

Turismo.

Emigración.

Carreteras.

Automóviles.

Electrodomésticos.

Nuevas viviendas.

Ciudades creciendo hacia lugares donde hasta hacía poco sólo había campo.

Pueblos vaciándose.

Muchachos que abandonaban la agricultura para entrar en una fábrica.

Familias que compraban su primer frigorífico.

Después el televisor.

Después un automóvil.

Lo extraordinario se convirtió poco a poco en cotidiano.

Los economistas hablaron de crecimiento.

Los periodistas empezaron a utilizar una expresión mucho más atractiva:

milagro español.

Un viejo falangista la escuchó en la radio.

—Milagro.

El hombre que estaba con él sonrió.

—Eso dicen.

—Los milagros son competencia de Dios.

—¿Y esto?

—Trabajo.

—También planificación.

—Claro.

—Inversión.

—Claro.

—Tecnócratas.

El viejo lo miró.

—También.

—Te cuesta reconocerlo.

—En absoluto.

—Lo parece.

—Me cuesta reconocer otra cosa.

—¿Cuál?

—Que España hubiera aparecido de pronto en 1959.

El joven rió.

—Nadie dice eso.

—Lo dicen sin decirlo.

—Explícate.

El viejo comenzó a contar con los dedos.

—Había industria.

—Insuficiente.

—Sí.

—Carreteras.

—Malas.

—Muchas.

—También.

—Obras hidráulicas.

—Sí.

—Instituciones de previsión.

—Sí.

—Formación profesional.

—Sí.

—Viviendas.

—Insuficientes.

—Por supuesto.

—Entonces ¿qué quieres demostrar?

—Nada extraordinario.

Se recostó.

—Que continuar no significa empezar.

La discusión sobre el crecimiento económico tenía una peculiar tendencia a convertirse en lucha por la paternidad.

Unos situaban el punto decisivo en la apertura y estabilización.

Otros insistían en las bases creadas antes.

Cada grupo escogía el año que mejor explicaba su propio mérito.

La Historia era menos complaciente.

No había un día en que España pobre se acostara y España moderna despertara a la mañana siguiente.

Había acumulación.

Errores.

Rectificaciones.

Obras anteriores.

Cambios posteriores.

Crédito exterior.

Acuerdos internacionales.

Inversión.

Emigrantes enviando dinero.

Turistas llegando con monedas fuertes.

Obreros produciendo.

Empresarios arriesgando.

Funcionarios administrando.

Técnicos calculando.

Políticos decidiendo.

Y millones de españoles trabajando.

El milagro tenía demasiados padres para caber en una fotografía.

Pero los cambios sociales fueron profundos.

Y aquellos cambios comenzaron a transformar también las ideas.

Un trabajador propietario de un piso no era exactamente el mismo trabajador que había vivido en una habitación alquilada con otras dos familias.

Un muchacho con estudios no miraba al patrón igual que su padre analfabeto.

Una familia con automóvil podía desplazarse.

Un televisor introducía el mundo en el salón.

La prosperidad no resolvía todas las preguntas.

Pero modificaba muchas.

Un viejo camisa vieja observó desde la acera un SEAT recién aparcado.

—Mira.

—¿Qué?

—Ahí tienes una revolución.

Su compañero se echó a reír.

—¿Un coche?

—Un obrero que puede comprarlo.

—Eso es consumo.

—También.

—No tiene nada de revolucionario.

El veterano lo miró.

—Depende de lo que entiendas por revolución.

—Cambiar el poder.

—¿Sólo?

—Cambiar las estructuras.

—¿Y cambiar la vida?

Silencio.

—También.

—Pues empieza por ahí.

Había otra paradoja.

La revolución que Falange había imaginado como transformación política total podía estar apareciendo parcialmente por vías que ya no controlaba.

Más propietarios.

Más trabajadores cualificados.

Más movilidad.

Mayor consumo.

Más seguridad social.

Una sociedad más urbana.

Pero también más individualista.

Menos vinculada a las comunidades tradicionales.

Más interesada en vivir mejor que en discutir grandes doctrinas.

Los viejos podían lamentarlo.

Los jóvenes compraban motocicletas.

Y la Historia siguió.

El crecimiento de los años sesenta no nació sobre un solar vacío, aunque las reformas económicas de finales de los cincuenta fueron decisivas para acelerarlo; el manuscrito anterior preservaba precisamente esa idea de continuidad sin negar el papel de los nuevos técnicos.

Mientras España se transformaba, Manuel Hedilla envejecía.

Y su apellido empezaba a convertirse en herencia.


CAPÍTULO LIX

MIGUEL HEDILLA

Los hijos heredan cosas extrañas.

Los ojos.

La estatura.

Un gesto.

Una enfermedad.

Una casa.

Una deuda.

Algunas veces heredan también una pregunta.

Miguel Hedilla de Rojas heredó un apellido que no permitía demasiada indiferencia.

Hedilla.

Para la mayoría de los españoles podía ser simplemente un nombre poco conocido.

Para determinados falangistas significaba abril de 1937.

Salamanca.

La Unificación.

Una elección.

Una detención.

Una condena a muerte.

Y una discusión que nadie había conseguido cerrar.

Miguel creció sabiendo que su padre no era únicamente su padre.

Era también un personaje disputado.

Para unos:

el legítimo sucesor de José Antonio.

Para otros:

un hombre que había desobedecido en el peor momento posible.

Para algunos:

un símbolo de la Falange vencida por Franco.

Para otros:

un problema incómodo que convenía dejar en los márgenes.

Pero un hijo no vive con un personaje histórico.

Vive con un hombre.

Con sus silencios.

Sus enfados.

Sus recuerdos.

Sus ausencias.

La política entra en una casa de manera diferente a como entra en un libro.

No llega por capítulos.

Aparece en una conversación durante la comida.

En una fotografía.

En un visitante.

En una frase que los adultos dejan a medias cuando entra un niño.

Miguel aprendió poco a poco que había preguntas que seguían vivas.

—Papá, ¿tú fuiste jefe de Falange?

Manuel lo miró.

—Sí.

—¿Después de José Antonio?

—Sí.

—¿Y Franco?

Hedilla dejó lo que tenía entre las manos.

La pregunta parecía sencilla.

No lo era.

—Franco fue jefe de otra organización.

—Pero también se llamaba Falange.

Manuel sonrió.

—Ahí empieza el problema.

Un niño puede formular en diez segundos la pregunta que los adultos tardan décadas en contestar.

Años después Miguel estudiaría Derecho.

Quizá no fuera casual.

En una familia donde una elección política había terminado en consejos de guerra, sentencias y prisiones, las palabras legalidad, legitimidad y derecho tenían un peso poco abstracto.

La simetría era extraordinaria.

José Antonio había entrado en política defendiendo la memoria de su padre.

Manuel Hedilla había defendido lo que consideraba la herencia política de José Antonio.

Miguel acabaría defendiendo la memoria de Manuel Hedilla.

Padre.

Jefe.

Padre.

Tres eslabones.

El manuscrito matriz ya señalaba esa simetría entre José Antonio, Manuel Hedilla y Miguel Hedilla: hijos obligados por las circunstancias a explicar la memoria política recibida de la generación anterior.

Un día, ya adulto, Miguel preguntó a Manuel algo que llevaba tiempo queriendo saber.

—¿Mereció la pena?

El padre no contestó.

—¿Qué cosa? —preguntó finalmente.

—Decir que no.

Manuel lo miró.

—Ya hemos hablado de eso.

—No te pregunto si volverías a hacerlo.

—¿Entonces?

—Si mereció la pena.

Hedilla pensó.

La respuesta era más difícil.

—No sé si las decisiones importantes se miden así.

—¿Cómo se miden?

—Por si después puedes vivir con ellas.

Miguel esperó.

—¿Tú puedes?

—Sí.

—Entonces mereció la pena.

El padre sonrió.

—Eso lo has dicho tú.

—¿Me equivoco?

Manuel no respondió.

Quizá porque había otra cuestión.

Un hombre puede vivir con su decisión.

No por ello deja de preguntarse qué habría ocurrido si hubiera escogido otra.

Ésa es la parte que los monumentos no cuentan.

La fidelidad también tiene dudas.

Lo que diferencia al fiel del oportunista no es carecer de ellas.

Es no cambiar de convicción cada vez que la duda coincide con una oferta.

Miguel aprendería esa distinción.

La necesitaría.

Porque mientras el régimen envejecía, empezaban a aparecer alrededor de él hombres extraordinariamente interesados en demostrar que nunca habían creído demasiado en aquello que llevaba décadas proporcionándoles despacho.

Volvían los conversos.

La especie que José Antonio había conocido en 1930.

La Historia estaba cerrando otro círculo.


CAPÍTULO LX

LA CAMISA Y LA CHAQUETA

España, comienzos de los años setenta

Franco envejecía.

El régimen también.

Eso podía advertirse sin leer ningún periódico.

Bastaba observar a determinados hombres.

Llevaban décadas explicando que el sistema era sólido.

Permanente.

Orgánico.

Históricamente necesario.

Ahora empezaban a introducir palabras nuevas en las conversaciones.

Apertura.

Evolución.

Europa.

Pluralismo.

Participación.

Democracia.

No había nada censurable en cambiar de opinión.

Las personas piensan.

Aprenden.

Rectifican.

Una sociedad donde nadie cambia jamás de idea sería una sociedad habitada exclusivamente por necios y fanáticos.

El problema era otro.

Algunos cambiaban con una precisión cronológica admirable.

Siempre poco antes que el poder.

Nunca mucho antes.

Un camisa vieja se encontró con uno de ellos.

Habían coincidido durante años.

Cargos.

Actos.

Ceremonias.

El hombre hablaba ahora de futuro.

—España tendrá que democratizarse.

El viejo lo miró.

—Ya.

—Es inevitable.

—Claro.

—Europa no entendería otra cosa.

—Naturalmente.

—Y nosotros siempre defendimos la participación.

—Siempre.

El hombre percibió la ironía.

—¿Te estás riendo de mí?

—No.

—Lo parece.

—Me estoy acordando.

—¿De qué?

—De cuando decías exactamente lo contrario.

El antiguo jerarca se molestó.

—Los tiempos cambian.

—Sí.

—Y los hombres evolucionan.

—También.

—No podemos quedarnos anclados.

—Por supuesto.

—Entonces ¿qué reprochas?

El viejo sonrió.

—Nada.

—Mientes.

—Bueno.

Se acercó.

—Me resulta curioso que siempre evoluciones en dirección al siguiente Gobierno.

El otro se puso rojo.

—Eso es una insolencia.

—Puede ser.

—Yo siempre he creído en la libertad.

El camisa vieja cerró los ojos un instante.

—Claro.

—Y en la reconciliación.

—Naturalmente.

—Y en una España europea.

—Desde niño, seguramente.

—Eres imposible.

—No.

El viejo sonrió.

—Sólo tengo memoria.

La memoria.

Otra vez.

El enemigo de todos los conversos retrospectivos.

El hombre cambió de tema.

—¿Todavía conservas la camisa?

—Sí.

—Yo también.

Aquello sí sorprendió al veterano.

—¿La azul?

—Naturalmente.

—¿Dónde?

—Guardada.

—Yo también.

El antiguo jerarca sonrió satisfecho.

—¿Ves? Al final no somos tan distintos.

El viejo negó.

—Somos completamente distintos.

—¿Por una camisa?

—Por qué la guardamos.

—¿Y cuál es la diferencia?

El camisa vieja tardó un momento.

—Tú la guardas por si vuelve a hacer falta.

El hombre abrió la boca.

No encontró respuesta.

El viejo continuó:

—Yo la guardo porque sé que ya no volverá a hacer falta.

La escena terminaría resumiendo una época. El manuscrito matriz ya utilizaba la camisa guardada frente a la «chaqueta nueva» para distinguir la evolución sincera del oportunismo que siempre busca colocarse junto al próximo vencedor.

La camisa era memoria.

La chaqueta, futuro.

Y algunos hombres no tuvieron dificultad alguna para meter una en el armario y ponerse la otra.

No era un fenómeno exclusivamente falangista.

Era mucho más antiguo.

Había ocurrido en 1930.

En 1931.

En 1936.

Ocurriría otra vez.

El oportunista carece de ideología permanente.

Posee orientación.

Siempre sabe dónde está el norte.

Y el norte suele coincidir con el despacho desde el que se firman los nombramientos.

Manuel Hedilla pertenecía a otra especie.

Quizá por eso había pagado tanto.

Conservar una convicción cuando deja de resultar rentable es una de las pocas pruebas medianamente útiles de que alguna vez se creyó verdaderamente en ella.

Pero Hedilla no viviría para contemplar toda la Transición.

Murió en 1970.

Dejaba detrás una memoria.

Un apellido.

Viejos camaradas.

Documentos.

Y una cuestión que seguiría viva después de Franco:

si aquella Falange había sido absorbida en 1937, ¿podía recuperarse su legitimidad casi cuarenta años después?

Miguel Hedilla no sería el único que intentaría responder.

En una fábrica de Valladolid, otro hombre había recorrido un camino completamente distinto hasta llegar a preguntas semejantes.

Se llamaba Pedro Conde Soladana.

No había estado antes del 18 de julio.

Ni podía.

Había nacido en 1940.

Y precisamente por eso su historia demostraría algo esencial:

una tradición deja de ser solamente recuerdo cuando alguien que no vivió sus acontecimientos decide hacerla suya.

Pero antes de Pedro llegaría 1975.

Y con 1975, la muerte del hombre que había gobernado España durante casi cuarenta años.

El hombre que había vencido a Hedilla sin fusilarlo.

El hombre que había convertido a José Antonio en presencia permanente mientras el fundador llevaba décadas muerto.

Francisco Franco también iba a convertirse ahora en memoria.

Y entonces todos tendrían que decidir qué hacer con la suya.

TERCERA PARTE

LA FALANGE QUE SOBREVIVIÓ A FRANCO

CAPÍTULO LXI

20 DE NOVIEMBRE DE 1975

Treinta y nueve años.

Exactamente.

El 20 de noviembre de 1936 José Antonio Primo de Rivera había muerto ante un pelotón en Alicante.

El 20 de noviembre de 1975 murió Francisco Franco en Madrid.

La coincidencia parecía excesivamente literaria.

Pero la Historia no tiene obligación de resultar verosímil.

España llevaba semanas siguiendo partes médicos.

Presión arterial.

Hemorragias.

Intervenciones.

Complicaciones.

Cada palabra clínica tenía una traducción política.

El cuerpo del anciano se había convertido en metáfora del régimen.

Los médicos intentaban mantener funcionando los órganos.

Los políticos hacían algo bastante parecido con las instituciones.

Franco moría.

Pero alrededor de su cama ya se preparaba el día siguiente.

Algunos rezaban sinceramente por él.

Otros esperaban su muerte.

Otros tenían miedo.

Otros preparaban discursos.

Otros recuperaban teléfonos que llevaban años sin utilizar.

Algunos empezaban a recordar amistades olvidadas.

Y bastantes hombres revisaban su propia biografía con una diligencia que habría impresionado a cualquier archivero.

Pedro Conde observaba.

No celebró.

Tampoco lloró.

No había esperado la muerte de Franco para convertirse en antifranquista retrospectivo.

Ni necesitaba alegrarse de la muerte de un anciano para considerar que el sistema debía terminar.

Un compañero se acercó.

—Ya está.

Pedro levantó la mirada.

—Sí.

—Se acabó.

—No.

—Franco ha muerto.

—Precisamente.

El otro no entendió.

—¿Qué quieres decir?

Pedro señaló la calle.

—Ahora empieza.

La muerte de Franco no produjo un vacío.

Produjo una avalancha.

Monárquicos.

Democristianos.

Liberales.

Socialistas.

Comunistas.

Nacionalistas.

Antiguos jerarcas.

Funcionarios.

Empresarios.

Periodistas.

Profesores.

Abogados.

Cada cual tenía una idea sobre lo que debía suceder.

Y bastantes tenían además una explicación cuidadosamente revisada de lo que habían hecho durante los últimos cuarenta años.

—Yo siempre fui aperturista.

—¿Siempre?

—Siempre.

—Curioso.

—¿Por qué?

—Porque te has esperado a hoy para contarlo.

El hombre se molestó.

—Las circunstancias eran otras.

—Eso sí me lo creo.

Pedro no reprochaba a nadie que cambiara.

La gente cambia.

Aprende.

Rectifica.

Lo divertido empezaba cuando los hombres negaban haber cambiado.

El franquista que amanecía liberal aseguraba que, en el fondo, siempre lo había sido.

El centralista descubría inesperadas sensibilidades regionales.

El defensor del partido único recordaba ahora una antigua vocación pluralista.

Y alguno que había pronunciado discursos inflamados sobre la permanencia del régimen comenzaba a explicar que siempre había entendido que aquello sólo podía ser transitorio.

La Historia adquiría de pronto una elasticidad extraordinaria.

Miguel Hedilla resumió el fenómeno con precisión.

—Van a hacerse demócratas todos.

Pedro negó.

—No.

—¿No?

—Van a decir que siempre lo fueron.

Se rieron.

Pero duró poco.

Ellos tenían otro problema.

Mucho más pequeño numéricamente.

Quizá por eso más difícil.

Durante casi cuarenta años, para millones de españoles, las palabras Falange y Franco habían vivido pegadas.

Camisa azul.

Yugo y flechas.

Cara al Sol.

José Antonio.

Movimiento.

Franquismo.

Separar todo aquello después de cuatro décadas no iba a resultar fácil.

—Ahora tendremos que explicar quiénes somos —dijo alguien.

Pedro respondió:

—Primero tendremos que averiguarlo nosotros.

Era una observación menos graciosa de lo que parecía.

La muerte de Franco no devolvía mágicamente la Falange de 1936.

Los muertos no resucitan por decreto.

Los países tampoco retroceden cuarenta años.

España era otra.

Había fábricas inmensas.

Universidades llenas.

Una clase media.

Millones de trabajadores urbanos.

Turismo.

Televisión.

Automóviles.

Emigrantes regresando de Europa.

Hijos que pensaban de manera diferente a sus padres.

Una sociedad que ya no podía gobernarse fingiendo que 1939 continuaba ocurriendo.

La pregunta no era:

¿cómo volver?

Era:

¿qué puede continuar?

Pedro pensó en Manuel Hedilla.

Había muerto cinco años antes.

También en José Antonio.

Treinta y nueve años.

Dos muertos.

Dos herencias.

Y en medio, Franco.

El hombre que había gobernado la España en que ambos nombres fueron pronunciados de maneras muy distintas.

Ahora también él era un muerto.

Y, como ocurre con todos los muertos políticos, empezaría inmediatamente la lucha por decidir qué significaba.

Alguien preguntó:

—¿Qué hacemos?

Pedro tardó.

Después respondió:

—Ahora veremos quién era quién.

No sabía todavía hasta qué punto.

La muerte de Franco abrió también la batalla por la identidad falangista: estructuras, grupos y dirigentes distintos iban a disputar siglas, memoria y legitimidad en una España que avanzaba hacia el pluralismo político.

Esta vez no habría consejos de guerra.

Ni penas de muerte.

Habría algo mucho menos épico.

Registros.

Estatutos.

Manifiestos.

Reuniones.

Asambleas.

Elecciones.

Y una palabra.

Auténtica.

Pero para comprender por qué Pedro Conde estaba dispuesto a pelear por ella había que retroceder unos años.

Hasta una fábrica de Valladolid.


CAPÍTULO LXII

PEDRO CONDE SOLADANA

Pedro Conde Soladana había llegado tarde a la Guerra Civil.

Nació en 1940.

Ni siquiera había nacido cuando murió José Antonio.

Tampoco cuando Falange eligió a Manuel Hedilla.

Ni cuando Franco decretó la Unificación.

Ni cuando condenaron a muerte al segundo Jefe Nacional de Falange Española de las JONS.

Aquello tenía una ventaja.

Pedro no heredó recuerdos propios.

Tuvo que preguntar.

Y preguntar algunas veces resulta mucho más peligroso que recordar.

Había nacido en Castronuño, Valladolid.

Su mundo adulto no sería el del frente.

Sería la fábrica.

FASA-Renault.

Máquinas.

Turnos.

Ruido.

Aceite.

Nómina.

Reloj.

El trabajo poseía allí una cualidad que desaparecía con frecuencia en los discursos políticos:

era real.

«Dignidad del trabajo» sonaba estupendamente en un acto.

En una cadena de producción adquiría otra traducción.

Horas.

Salario.

Ritmo.

Seguridad.

Accidente.

Despido.

Convenio.

Pedro estudió también Derecho y Sociología.

Quizá porque una fábrica enseña pronto que existen reglas.

Y después induce a preguntarse quién las ha escrito.

El Derecho explicaba qué podía hacerse.

La Sociología ayudaba a entender por qué unas normas beneficiaban más a unos que a otros.

Las máquinas enseñaban lo demás.

Pedro había crecido viendo Falange por todas partes.

Calles.

Placas.

Organizaciones oficiales.

Prensa.

Ceremonias.

José Antonio parecía omnipresente.

—¡José Antonio!

—¡Presente!

Siempre presente.

Tan presente que empezaba a resultar extraño que hubiera tan poca gente interesada en leerlo.

Pedro lo hizo.

Y allí surgió el primer problema.

El José Antonio de los textos no coincidía exactamente con el José Antonio administrativo.

Hablaba demasiado de transformación social.

De reforma de la propiedad.

De sindicatos.

De trabajo.

Del crédito.

De participación.

De campesinos.

De obreros.

Y demasiado poco de la simple conservación de las cosas tal como estaban.

Pedro cerraba un libro.

Miraba alrededor.

Algo no encajaba.

Un día hizo una pregunta.

—¿Quién sucedió a José Antonio?

La respuesta llegó rápida.

—Franco.

Pedro frunció el ceño.

—No.

—¿Cómo que no?

—Pregunto quién sucedió a José Antonio como Jefe Nacional de Falange.

El otro dudó.

—Bueno… Franco.

—¿Lo eligió Falange?

Silencio.

—Franco fue Jefe Nacional del Movimiento.

—Eso no es lo que he preguntado.

El hombre empezó a incomodarse.

—¿Entonces qué quieres saber?

—Quién fue el siguiente Jefe Nacional de Falange Española de las JONS.

Por fin apareció el nombre.

—Manuel Hedilla.

Pedro lo había oído.

Poco.

Demasiado poco para ser el nombre del sucesor de un hombre cuya fotografía estaba en media España.

—¿Hedilla?

—Sí.

—¿Fue elegido?

—Sí.

—¿Por Falange?

—Sí.

Pedro esperó.

—¿Y qué ocurrió?

El hombre respiró.

—Lo detuvieron.

—¿Quién?

—Los nacionales.

Pedro lo miró como si hubiera escuchado mal.

—¿Los nacionales detuvieron al Jefe Nacional de Falange?

—Sí.

—¿Por qué?

—Por todo aquello de la Unificación.

—¿Qué Unificación?

Ahí comenzó verdaderamente la historia de Pedro Conde.

No con una camisa.

Ni un himno.

Ni una ceremonia.

Con una pregunta.

Le explicaron abril de 1937.

Salamanca.

La elección de Hedilla.

19 de abril.

Franco.

La nueva FET y de las JONS.

El arresto.

Los procesos.

Las condenas a muerte.

Pedro dejó de interrumpir.

Cuando terminaron, formuló una última pregunta:

—¿Condenaron a muerte al sucesor de José Antonio?

—Sí.

—¿Los vencedores?

—Todavía no habían vencido.

Pedro hizo un gesto de impaciencia.

—Los que iban a vencer.

El viejo asintió.

—Sí.

Pedro se recostó.

—Pues eso cambia bastante la historia.

La cambiaba.

Si entre José Antonio y Franco existía Hedilla, la línea recta dejaba de ser recta.

Había una bifurcación.

Y alguien había decidido durante años presentarla como una curva sin importancia.

Pedro empezó a buscar.

Papeles.

Testimonios.

Viejos falangistas.

Documentos.

Y cuanto más buscaba, mayor parecía Hedilla.

No necesariamente mejor.

Mayor.

Más importante para comprender lo ocurrido.

La trayectoria obrera de Pedro, su trabajo en FASA-Renault y su descubrimiento de Hedilla constituyen el puente generacional que permite que el conflicto de 1937 deje de ser sólo memoria y vuelva a plantearse políticamente décadas después.

Pero Pedro no quería convertirse en arqueólogo.

En la fábrica había hombres vivos.

Y los hombres vivos tenían problemas actuales.


CAPÍTULO LXIII

EL OBRERO QUE NO VENÍA DEL RÉGIMEN

En FASA-Renault nadie cobraba con citas de José Antonio.

Aquello tenía una saludable capacidad para devolver la política a la realidad.

Un trabajador podía escuchar durante una hora hablar de justicia social.

Después miraba la nómina.

Y la nómina emitía su propio dictamen.

Pedro aprendió allí otra política.

La de los turnos.

Las primas.

Los ritmos.

Las reclamaciones.

Los convenios.

Los accidentes.

Las órdenes absurdas que siguen siendo absurdas aunque las pronuncie un superior.

La España agraria se había transformado.

Miles de hombres procedentes de pueblos trabajaban ahora en grandes centros industriales.

El jornalero no había desaparecido.

Pero había aparecido con fuerza otra figura.

El obrero industrial.

Y con él preguntas nuevas.

¿Cómo participar en la empresa?

¿Quién decide los ritmos?

¿Qué parte del aumento de productividad llega al trabajador?

¿Quién asume el riesgo?

¿Quién recibe el beneficio?

¿Cómo se representa al obrero?

¿Puede hablarse de armonía entre capital y trabajo si uno de los dos posee mucho más poder que el otro?

Pedro miraba aquellas cuestiones desde su falangismo.

Eso provocaba situaciones divertidas.

—Hablas como un rojo.

—¿Por qué?

—Porque siempre estás hablando de obreros.

Pedro se encogió de hombros.

—Entonces José Antonio debía de ser bastante rojo.

—No digas tonterías.

—Leedlo.

Aquella respuesta empezó a convertirse en costumbre.

Leedlo.

No repetirlo.

No levantar el brazo.

No cantar.

Leer.

Era más trabajoso.

También más peligroso.

A Pedro le sorprendía observar cómo algunos joseantonianos se sentían extraordinariamente cómodos hablando de unidad nacional y mucho menos cuando la conversación llegaba al poder financiero, la propiedad, los trabajadores o la reforma de la empresa.

—Hay que adaptarse a los tiempos.

—¿Qué parte?

—La económica.

Pedro sonreía.

—Qué casualidad.

—¿Qué quieres decir?

—Siempre envejece primero la parte de una doctrina que molesta a quien tiene dinero.

No hacía amigos con facilidad.

Tampoco parecía preocuparle.

El sindicalismo oficial afirmaba reunir empresarios y trabajadores dentro de una misma estructura.

La teoría podía sonar armónica.

La fábrica era menos elegante.

Colocar a capital y trabajo en la misma sala no eliminaba sus intereses distintos.

Podía ayudar a negociarlos.

Pero no hacerlos desaparecer.

—Entonces defiendes la lucha de clases.

—No.

—Eso parece.

—Quiero evitarla.

—Es lo mismo.

Pedro negó.

—Es exactamente lo contrario.

Superar el conflicto no significaba fingir que no existía.

Significaba crear procedimientos mediante los cuales no tuviera que terminar en guerra.

Aquello lo llevó a coincidir en reivindicaciones concretas con trabajadores de ideologías que combatía.

Comunistas.

Cristianos de base.

Hombres sin partido.

—Conde, ¿vas a la reunión?

—Sí.

—Van comunistas.

—Ya lo sé.

—¿Y vas?

—Trabajo con ellos todos los días.

—Pero son comunistas.

—No se contagia.

El compañero lo miró.

—No te entiendo.

—Si el problema es común, hablamos del problema.

—¿Y después?

—Después él sigue siendo comunista y yo sigo siendo falangista.

—Eso no puede funcionar.

—Acabas de describir la convivencia.

En otra ocasión un compañero comunista le dijo:

—Hay algo que no entiendo de ti.

—Sólo una cosa es poco.

—Hablas como nosotros a veces.

—Eso debería preocuparte.

—Y luego sales con España, José Antonio y toda esa historia.

—También debería preocuparte.

—¿Por qué no te haces de izquierdas?

Pedro sonrió.

—Por la misma razón por la que tú no te haces falangista.

—Porque no estoy loco.

—Eso.

Los dos rieron.

No habían dejado de discrepar.

Precisamente por eso podían reírse.

La actividad laboral tuvo consecuencias.

Conflictos.

Detención.

Cárcel.

Despidos.

La paradoja adquirió entonces una forma perfecta:

un falangista detenido por las autoridades de un Estado que utilizaba oficialmente símbolos falangistas. El propio relato autobiográfico de Pedro situaría sus luchas laborales en FASA-Renault y las consecuencias personales —detención y problemas laborales— dentro de sus convicciones falangistas, no como incorporación a una organización marxista.

En una comisaría alguien examinó sus datos.

—¿Falangista?

—Sí.

—¿Entonces qué haces aquí?

Pedro sonrió.

—Eso mismo me pregunto.

—No te hagas el listo.

—No me hago.

—Los falangistas están con el Régimen.

—Algunos.

El policía levantó los ojos.

—¿Tú no?

—Depende.

—¿De qué?

—De lo que haga.

—Eso no funciona así.

—Ése puede ser el problema.

—¿Eres falangista o no?

—Sí.

—¿Y estás contra Franco?

Pedro pensó.

—No me levanto todas las mañanas pensando en Franco.

—Contesta.

—Estoy contra lo que creo injusto.

—Eso es una evasiva.

—No. Es una respuesta bastante concreta.

El policía dejó el papel.

—Tú eres rojo.

Pedro sonrió.

—Eso va a costarle más demostrarlo.

Aquella incapacidad para clasificarlo le producía una satisfacción infantil.

Pero el problema era serio.

Durante décadas el régimen había monopolizado la apariencia pública del falangismo.

Por eso un falangista crítico parecía una contradicción.

El hedillista, una anomalía.

Pedro empezaba a descubrir que no era ninguna de las dos cosas.

Existía una genealogía.

Y al final de ella había un hombre al que todavía alcanzaría a conocer.

Manuel Hedilla.


CAPÍTULO LXIV

MANUEL HEDILLA TODAVÍA ESTABA ALLÍ

Pedro había leído sobre Hedilla.

Conocerlo fue distinto.

Los documentos no envejecen.

Los hombres sí.

El Manuel Hedilla que tenía delante ya no era el dirigente de treinta y cinco años que había desafiado la situación creada en abril de 1937.

Habían pasado décadas.

Franco seguía en El Pardo.

Hedilla había envejecido fuera del centro del poder.

Ésa era quizá la fotografía más sencilla de toda la disputa.

El vencedor tenía Estado.

El vencido tenía memoria.

Pedro intentó imaginarlo joven.

Elegido Jefe Nacional.

Detenido una semana después.

Procesado.

Condenado.

Era difícil superponer aquel pasado al hombre que tenía delante.

—¿Se arrepintió?

Hedilla levantó la mirada.

—¿De qué?

—De decir que no.

Pausa.

—Uno se arrepiente de muchas cosas.

—¿De ésa?

Hedilla tardó.

—No.

Pedro no necesitaba más.

Pero continuó.

—¿Por qué?

—¿Para qué quieres saberlo?

—Porque si todo esto consiste solamente en recordar que usted tuvo razón en 1937, no me interesa.

Hedilla arqueó una ceja.

—Vaya.

—Un trabajador de mi fábrica no puede pagar el alquiler con Salamanca.

—Naturalmente.

—Ni mejorar su salario recordando el Decreto de Unificación.

—Naturalmente.

—Entonces necesitamos algo más.

Hedilla sonrió.

—¿Quién te ha dicho lo contrario?

Pedro quedó callado.

El viejo continuó:

—El problema no consiste en volver a 1936.

—¿Entonces?

—Volver a las preguntas que dejamos sin responder.

Aquello sí.

Eso podía llevarse a una fábrica.

Trabajo.

Propiedad.

Empresa.

Participación.

Crédito.

Vivienda.

Libertad.

Nación.

No regresar a un país muerto.

Recuperar cuestiones todavía vivas.

Pedro empezó a entender que Hedilla podía servir como precedente sin convertirse en programa.

Su «no» demostraba algo.

La Falange anterior al Decreto de Unificación había tenido voluntad política propia.

Había existido resistencia a su absorción.

No todos los falangistas habían identificado disciplina militar con obediencia política absoluta.

Pero de ahí no salía automáticamente una respuesta para los años setenta.

Había que construirla.

En una reunión, un veterano dedicó largo rato a explicar los acontecimientos de Salamanca.

Pedro escuchó.

Cuando terminó preguntó:

—¿Y mañana?

El hombre no entendió.

—¿Mañana qué?

—Qué hacemos mañana.

—Acabo de explicar lo que ocurrió.

—Muy bien.

—Entonces…

—Pero mañana por la mañana ¿qué hacemos?

El veterano se enfadó.

—Sin nuestra historia no somos nada.

—De acuerdo.

—Pues no lo parece.

Pedro respondió:

—Sin nuestra historia no somos nada. Si sólo tenemos nuestra historia, tampoco.

Hedilla había permanecido callado.

Después, al terminar, se acercó.

—Has sido un poco cabrón.

Pedro sonrió.

—¿Sólo un poco?

—Eso se corrige con los años.

Ambos rieron.

Había entre ellos una afinidad que no dependía sólo de las ideas.

Hedilla conocía el trabajo manual.

Pedro también.

Ninguno necesitaba que otro le explicara cómo termina una jornada un hombre que trabaja con las manos.

Eso eliminaba cierta retórica.

Pero Hedilla le dio también una advertencia.

Pedro criticaba con dureza a quienes se habían acomodado dentro del régimen.

—No seas tan rápido.

—¿Por qué?

—Porque tú todavía no has tenido oportunidad de acomodarte.

Pedro lo miró.

—¿Eso es una acusación?

—No.

Hedilla sonrió.

—Es una advertencia.

La frase se quedó con él.

Es fácil presumir de incorruptible cuando nadie ofrece nada.

La prueba empieza con la oferta.

Pedro la recordaría.

Manuel Hedilla murió en 1970. Había reaparecido en sus últimos años alrededor de intentos de reconstruir una corriente falangista independiente; para la generación de Pedro, su figura pasó de ser sólo un episodio de 1937 a convertirse en un antecedente político vivo.

El hombre desapareció.

La pregunta quedó.

Y también una pequeña organización que había intentado mantener abierto el hilo.

El Frente Nacional de Alianza Libre.


CAPÍTULO LXV

FRENTE NACIONAL DE ALIANZA LIBRE

El nombre parecía contener un programa entero.

Frente Nacional de Alianza Libre.

FNAL.

No recuperaba todavía directamente las viejas siglas.

Pero había una palabra significativa.

Libre.

Fuera del aparato oficial.

Fuera del Movimiento.

Libre para reclamar una interpretación distinta del joseantonianismo.

Libre, al menos en intención.

Porque ninguna organización política es completamente libre de sus propios hombres.

Y los grupos pequeños poseen defectos tan grandes como los partidos enormes.

Sólo que repartidos entre menos militantes.

Había veteranos.

Jóvenes.

Hombres que habían conocido a Hedilla.

Otros que sólo conocían la historia.

Había entusiasmo.

También egos.

Rencores.

Viejas cuentas.

Interpretaciones incompatibles.

Y demasiados hombres convencidos de saber exactamente lo que José Antonio habría hecho en cualquier circunstancia posterior a 1936.

Pedro empezó a desarrollar una alergia.

—José Antonio habría…

—No lo sabes.

—Pero sus discursos…

—Dime qué escribió.

—Eso intento.

—No. Estás diciéndome qué habría hecho cuarenta años después.

El hombre se molestó.

—Puede deducirse.

—También puede inventarse.

Aquello era importante.

No podían criticar al franquismo por haber convertido a José Antonio en ventrílocuo y después hacer exactamente lo mismo.

Los muertos no debían servir para evitar la responsabilidad de los vivos.

El FNAL cumplió sobre todo una función de puente.

Mantenía abierta una continuidad.

Impedía que el conflicto de Hedilla quedara convertido definitivamente en una querella personal de 1937.

Pero Pedro veía sus límites.

—¿Cuántos somos?

Le dijeron una cifra.

—¿Y cuántos grupos?

Silencio.

—¿Cuántas interpretaciones?

Más silencio.

Pedro sonrió.

—A este paso tendremos una Falange por falangista.

No todos apreciaron la broma.

Los grupos pequeños padecen una enfermedad peculiar.

Las grandes organizaciones pueden albergar cinco familias porque disponen de millones de votantes.

Una organización de quinientos hombres con cinco familias corre el riesgo de terminar convertida en cinco organizaciones de cien.

Y cada una suele estar convencida de ser la única legítima.

Narciso Perales conocía bien aquella enfermedad.

Había visto demasiada política.

Demasiados hombres.

Demasiadas mutaciones.

Cuando murió Hedilla, la cuestión se volvió inmediata.

¿Quién continúa?

No quién sustituye a Hedilla como si la Historia pudiera repetirse.

Quién conserva el hilo.

Miguel llevaba el apellido.

Pedro llevaba la fábrica.

Narciso Perales llevaba décadas.

Otros llevaban experiencia.

Otros juventud.

Nadie tenía suficiente por sí solo.

El FNAL había servido para demostrar que Hedilla no había terminado políticamente en una cárcel.

Ahora había que decidir si aquello podía convertirse en algo capaz de sobrevivir también a Franco. El manuscrito matriz presenta precisamente al FNAL como puente entre la disidencia hedillista nacida del conflicto de 1937 y una generación más joven interesada en volver a plantear esas ideas en la España industrial de los sesenta y setenta.

Y ahí aparecía un hombre difícil de resumir.

Narciso Perales.


CAPÍTULO LXVI

NARCISO PERALES

Narciso Perales tenía un inconveniente para quienes prefieren personajes sencillos.

Había vivido demasiado.

Médico.

Falangista.

Veterano.

Hombre relacionado con estructuras del régimen en determinadas etapas.

Crítico en otras.

Disidente.

Organizador.

Testigo.

Demasiadas palabras para una sola etiqueta.

Pedro lo observaba con interés.

Perales pertenecía a una generación distinta.

Él podía leer lo ocurrido.

Narciso había vivido buena parte de ello.

Eso no lo convertía automáticamente en dueño de la verdad.

Los testigos también olvidan.

Confunden.

Justifican.

Reinterpretan.

Pero poseen algo que ningún historiador puede fabricar después:

la memoria de cómo fueron cambiando las versiones mientras ocurrían los hechos.

—Vosotros tenéis un problema —dijo Perales.

Pedro sonrió.

—Me tranquiliza que sólo sea uno.

—Uno enorme.

—Adelante.

—Creéis que basta con demostrar que Franco no era José Antonio.

—No.

—Sí.

—No.

Perales lo miró.

—Entonces dime qué falta.

Pedro esperó.

Narciso respondió:

—Demostrar que José Antonio sirve para algo después de Franco.

Silencio.

Eso era.

Podían dedicar cien años a demostrar que Hedilla había sucedido a José Antonio.

Podían reconstruir cada minuto de abril de 1937.

Podían discutir la Unificación hasta memorizar el decreto.

Pero España de 1976 preguntaría otra cosa:

¿Y ustedes qué quieren hacer ahora?

Los comunistas tenían una organización.

Los socialistas reconstruían la suya.

Los democristianos poseían relaciones.

Los liberales ganaban espacio.

Los monárquicos tenían una Corona.

Los nacionalismos periféricos reaparecían.

¿Y ellos?

Una discusión histórica.

No bastaba.

—Necesitamos doctrina —dijo Pedro.

Perales negó.

—Doctrina tenemos demasiada.

Pedro se echó a reír.

—Jamás había escuchado eso de un falangista.

—Eres joven.

—¿Y qué descubriré cuando sea viejo?

—Que las organizaciones políticas rara vez mueren porque les falten documentos.

—¿Por qué mueren?

—Porque no encuentran gente capaz de hacer algo con ellos.

Pedro guardó la frase.

Le gustaban las frases útiles.

Perales siguió:

—Y además tenéis otro problema.

—Ya van dos.

—Los jefes.

—Eso tampoco es nuevo.

—Nunca lo es.

—Aquí hay más jefes que soldados.

Perales sonrió.

—Eso es español.

—Y falangista.

—Vas aprendiendo.

El hombre había adquirido además una saludable desconfianza hacia la palabra autenticidad.

—Ten cuidado.

—¿Con qué?

—Con empezar a llamarte auténtico.

—¿Por qué?

—Porque en cuanto uno se proclama auténtico, deja implícito que todos los demás son falsos.

—Quizá lo sean.

—Perfecto.

—¿Qué?

—Ya has dado el primer paso hacia una nueva escisión.

Pedro rió.

—Entonces ¿qué hacemos?

Perales se quedó serio.

—Explicar.

—Eso hacemos.

—No. Discutís entre vosotros.

La frase dolió porque era exacta.

—Explicar hacia fuera —continuó—. Y hacer política.

—¿Qué política?

—La que haga falta en 1976.

—Sin traicionar lo anterior.

—Naturalmente.

—¿Cómo?

Perales sonrió.

—Ése es tu problema.

El tiempo empezaba a agotarse.

La España posterior a Franco iba a organizarse rápidamente.

No esperaría a que unos pocos falangistas resolvieran cuarenta años de disputas.

Había que participar.

Salir.

Publicar.

Reunirse.

Construir organización.

Y reclamar algo que hasta entonces había pertenecido al terreno de la memoria.

Las siglas.

Falange Española de las JONS.

La batalla por la legitimidad estaba a punto de comenzar.

No con pistolas.

Con algo mucho más español en los años setenta:

papeles.

Y antes de entrar en ella tendrían que aceptar una contradicción formidable.

Para demostrar que no vivían en 1937, necesitaban explicar por qué 1937 seguía importando.

La Transición no esperaría.

1976 acababa de empezar.

Y aquella pequeña corriente falangista decidió salir a la calle con un nombre que era, al mismo tiempo, presentación y desafío:

Falange Española de las JONS (Auténtica).

CAPÍTULO LXVII

UNA FALANGE FUERA DEL MOVIMIENTO

España, 1976

Durante casi cuarenta años había sido difícil imaginar una Falange fuera del Movimiento.

Ahora había que hacer exactamente eso.

La dificultad no era solamente jurídica.

Era mental.

Para millones de españoles, las imágenes se habían fundido.

Camisa azul.

Yugo y flechas.

José Antonio.

Franco.

Movimiento Nacional.

Cara al Sol.

Falange.

Separarlas exigía algo parecido a desmontar una pared sin saber qué ladrillos pertenecían al edificio original y cuáles habían sido añadidos después.

Pedro lo explicaba recurriendo a las fechas.

—Falange nació en 1933.

—Sí.

—El Movimiento no.

—No.

—Entonces Falange puede pensarse sin Movimiento.

—Pero estuvo dentro durante cuarenta años.

—Exactamente.

—Entonces…

Pedro levantaba una mano.

—Una cosa es haber estado dentro de otra.

Pausa.

—Otra haber nacido dentro de ella.

Parecía una distinción elemental.

Políticamente era dinamita.

Miguel Hedilla insistía en otra.

—Hasta abril de 1937 Falange elegía sus propios mandos.

—Sí.

—Después no.

—Sí.

—Entonces algo ocurrió.

—La Unificación.

—Eso es el nombre.

Miguel miró al interlocutor.

—Pregunto qué ocurrió.

Ahí comenzaban los problemas.

Unificación.

Integración.

Absorción.

Tres palabras.

Un mismo acontecimiento.

Tres interpretaciones.

La palabra oficial había sido Unificación.

Los hedillistas preferían absorción.

No era una discusión filológica.

Quien decía unificación describía una suma necesaria dentro del bando nacional.

Quien decía absorción subrayaba que las organizaciones anteriores perdieron su independencia bajo una jefatura que no procedía de sus propios órganos.

Cada sustantivo llevaba dentro una Historia.

Pedro quería evitar dos extremos.

Uno:

—Falange no tuvo nada que ver con el franquismo.

Falso.

Miles de falangistas habían formado parte del régimen.

Habían ocupado cargos.

Ministerios.

Sindicatos.

Delegaciones.

Habían defendido a Franco.

Habían construido instituciones dentro de su Estado.

Negarlo sería absurdo.

El otro extremo decía:

—Falange fue el franquismo.

También falso por simplificación.

Había existido una Falange anterior.

Hedilla.

La oposición a la Unificación.

Disidencias posteriores.

Falangistas marginados.

Otros críticos.

Otros que permanecieron dentro y mantuvieron tensiones con otras familias del régimen.

La realidad era mucho más incómoda.

—Entonces ¿qué decimos? —preguntó un militante.

Pedro respondió:

—Lo que ocurrió.

—Eso es demasiado largo.

—La Historia suele tener ese defecto.

Había otro problema.

La España de 1976 no tenía paciencia infinita.

Los partidos se reorganizaban.

La reforma política avanzaba.

La oposición salía de la clandestinidad.

Los periódicos se llenaban de siglas.

Y ellos podían emplear una reunión entera discutiendo si debía decirse «absorción» o «unificación».

Pedro perdió la paciencia una noche.

—Mientras nosotros discutimos 1937, otros están preparando 1977.

—Sin resolver 1937 no sabemos quiénes somos.

—De acuerdo.

—Entonces…

—Pero si necesitamos cuarenta años para averiguarlo, quizá cuando terminemos ya no exista nadie interesado en saberlo.

Silencio.

El problema estaba bien planteado.

Había que recuperar una genealogía.

Pero no podían vivir en ella.

Una Falange fuera del Movimiento necesitaba justificar su independencia histórica y, al mismo tiempo, demostrar que no era una asociación de supervivientes.

Trabajo.

Empresa.

Vivienda.

Propiedad.

Representación política.

Libertad.

Regiones.

Europa.

La España real empezaba a entrar en las reuniones.

Y Pedro insistía:

—Si sólo podemos responder preguntas de 1937, no somos un partido político.

—¿Qué somos?

—Un archivo.

Miguel sonrió.

—Los archivos son importantes.

—Muchísimo.

Pedro se inclinó hacia él.

—Pero no se presentan a elecciones.

La reconstrucción de una Falange independiente del Movimiento partía precisamente de esa distinción entre la FE-JONS anterior a abril de 1937 y la nueva FET-JONS creada por el Decreto de Unificación, sin negar la posterior participación de miles de falangistas en el régimen.

Necesitaban un nombre.

Y acabaron escogiendo uno que solucionaba muy poco y provocaba muchísimo.


CAPÍTULO LXVIII

FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS (AUTÉNTICA)

La palabra estaba entre paréntesis.

Parecía pequeña.

No lo era.

Auténtica.

Falange Española de las JONS (Auténtica).

El nombre entero constituía una declaración.

No querían llamarse Nueva Falange.

Ni Falange Renovada.

Ni Asociación Joseantoniana.

Reclamaban las palabras anteriores a la guerra.

Falange Española de las JONS.

Y añadían:

Auténtica.

Pedro contempló el nombre escrito.

—Es bastante presuntuoso.

—¿Por qué?

—Porque si nosotros somos los auténticos, los demás serán…

No terminó.

—No necesariamente falsos —respondieron.

Pedro sonrió.

—Eso es decirlo con educación.

El adjetivo tenía una función.

Reivindicaba una continuidad.

José Antonio.

FE de las JONS.

Hedilla.

La oposición a la Unificación.

Los grupos disidentes.

El Frente Nacional de Alianza Libre.

Y ahora ellos.

No era una línea recta.

Había interrupciones.

Rupturas.

Disputas.

Hombres que habían entrado y salido.

Años de silencio.

Pero reivindicaban que el hilo existía.

El problema consistía en que otros podían reivindicar otro hilo.

Y lo hacían.

—No basta con llamarnos auténticos —advirtió Perales.

—Ya lo sabemos.

—No estoy seguro.

—¿Qué propones?

—Comportarnos como si tuviéramos que demostrarlo todos los días.

Pedro asintió.

Eso le gustaba más.

La autenticidad no podía depender de una palabra registrada.

Había que encontrarla en la conducta.

Y en el programa.

Especialmente en el programa.

—No quiero un partido obrero porque pongamos la palabra trabajador veinte veces en un folleto.

—¿Entonces?

—Quiero trabajadores dentro.

La frase parecía elemental.

No siempre lo era.

Pedro tenía ahí una ventaja biográfica.

Venía de FASA-Renault.

Había conocido conflictos laborales.

Detención.

Problemas con la empresa.

No era el trabajador imaginado desde un despacho.

Pero tampoco quería que aquello se convirtiera en una credencial.

—No represento a todos los obreros.

—Nadie dice eso.

—Entonces no hagamos como si mi mono de trabajo nos concediera automáticamente legitimidad social.

—Pero tiene valor.

—Sí.

—¿Cuál?

Pedro respondió:

—Que cuando hablemos de trabajo no tengamos que imaginar siempre al trabajador.

La nueva organización quería insistir en la dimensión social del falangismo y distinguirse de la identificación automática entre Falange, derecha conservadora y franquismo. La presencia obrera de Pedro Conde tenía, en ese sentido, un valor político real dentro de esa corriente.

Pero España avanzaba hacia algo que planteaba otro problema.

Elecciones.

Partidos.

Pluralismo.

La Falange originaria había sido profundamente crítica con el parlamentarismo liberal.

Ahora ellos pretendían inscribirse como partido y concurrir a elecciones.

La contradicción apareció inmediatamente.

—Vamos a participar en el sistema de partidos que criticamos.

—Sí.

—Eso es absurdo.

Pedro negó.

—No necesariamente.

—¿Cómo que no?

—Una cosa es aceptar que existe.

—Y otra…

—Decidir si participas para intentar cambiarlo.

—Entonces no lo aceptamos.

—Aceptaremos algo más concreto.

—¿Qué?

—El resultado.

Aquello produjo silencio.

Pedro continuó:

—Si participamos en unas elecciones, tendremos que aceptar que podemos perder.

—Naturalmente.

—No lo digas tan deprisa.

El otro lo miró.

—¿Por qué?

—Porque llevamos cuarenta años sin comprobarlo.

La urna iba a introducir una disciplina desconocida.

El número.

No importaba cuántas veces una organización pronunciara la palabra pueblo.

Llegado el día, habría que contar cuántas personas depositaban su papeleta.

Aquello convertiría la política en algo brutalmente sencillo.

Pedro empezaba a sospechar que la palabra Auténtica podía proporcionar legitimidad histórica.

Pero jamás sustituiría a un voto.


CAPÍTULO LXIX

EL MANIFIESTO DE LA LEGITIMIDAD

La palabra apareció primero en conversaciones.

Después en borradores.

Finalmente iba a imprimirse.

Legitimidad.

No legalidad.

La legalidad dependía de un registro.

De documentos.

Estatutos.

Resoluciones.

La legitimidad pretendía responder a algo mucho más grande.

¿De dónde venimos?

¿Quién nos autoriza moral e históricamente a presentarnos como continuadores de aquella Falange?

No había notario para eso.

Ni tribunal capaz de expedir un certificado definitivo.

Por eso necesitaban un manifiesto.

Pedro leyó el borrador.

Una vez.

Otra.

Volvió al principio.

—Esto parece escrito para historiadores.

—Es un manifiesto histórico.

—También queremos que lo lea gente normal.

—Entonces habrá que simplificar.

Pedro hizo un gesto.

—Cuidado.

—Simplificar no significa necesariamente mentir.

—No.

—Entonces…

—Pero es el camino más corto para hacerlo.

Miguel Hedilla escuchaba.

Para él cada frase tenía otra dimensión.

No eran sólo fechas.

Una condena a muerte había significado un padre ausente.

Una prisión había tenido una dirección.

Un confinamiento había tenido una familia esperando.

Lo histórico y lo personal se mezclaban.

Miguel señaló el documento.

—No quiero venganza.

Pedro levantó la vista.

—Nadie la está pidiendo.

—Ya lo sé.

—Entonces ¿por qué lo dices?

—Porque no quiero que esto se convierta en una lista de traidores.

Pedro asintió.

Aquello era fundamental.

No podían declarar traidor a todo falangista que hubiera aceptado la nueva estructura después de 1937.

Sería falso.

Girón estaba ahí.

Arrese.

Miles de hombres.

Algunos creyeron sinceramente que podían realizar parte del proyecto desde dentro.

Otros se adaptaron.

Otros hicieron carrera.

Otros mezclaron motivos.

—Si decimos que todos los que permanecieron fueron traidores, mentimos —dijo Pedro.

—Sí.

—Si decimos que en 1937 no pasó nada importante, también.

—Sí.

Pedro sonrió.

—Entonces conseguiremos enfadar a todo el mundo.

Miguel respondió:

—Eso no demuestra que tengamos razón.

—Ya estás aprendiendo de Perales.

El corazón del manifiesto debía ser claro.

La Falange independiente no había desembocado tranquilamente en el partido único.

Hubo ruptura.

El 18 de abril de 1937 Hedilla había sido elegido Jefe Nacional.

El día siguiente se promulgó la Unificación.

Después vinieron la negativa, el arresto y las condenas.

Eso era historia.

La interpretación vendría después. El borrador de esa reivindicación se articulaba precisamente alrededor de la sucesión de Hedilla, la ruptura de abril de 1937, la disidencia posterior y la pretensión de continuidad hasta la nueva organización.

Pedro insistió en otra precisión.

—No digamos que Franco no fue Jefe Nacional de Falange.

—¿Cómo?

—Así dicho, nos desmontan en treinta segundos.

—¿Entonces?

—Digamos exactamente lo ocurrido.

Tomó un lápiz.

—Franco no fue elegido Jefe Nacional de la Falange Española de las JONS anterior a la Unificación.

Escribió.

—Fue jefe de la nueva FET y de las JONS creada por decreto.

Miguel asintió.

Era más largo.

Mucho peor para una pancarta.

Mucho mejor para una historia.

Pedro sonrió.

—La verdad histórica siempre tiene peores consignas.

Pero el manifiesto necesitaba algo más.

Si sólo decía de dónde venían, seguiría siendo genealogía.

Había que decir qué querían.

Trabajo.

Participación.

Extensión de la propiedad.

Justicia social.

Sindicalismo.

Independencia nacional.

Libertad personal.

Crítica al poder financiero.

Rechazo del marxismo.

Una sociedad donde nación y justicia no fueran propiedades exclusivas de partidos enfrentados.

Uno de los presentes protestó:

—Nos dirán que copiamos a la izquierda.

Pedro perdió paciencia.

—¿Otra vez?

—Lo dirán.

—Pues que lo digan.

—No podemos ignorarlo.

—Tampoco podemos dejar de hablar de trabajadores porque otro haya hablado antes de trabajadores.

Miguel intervino.

—Ni convertir esto en una competición para ver quién inventó cada idea.

Pedro lo miró.

—De acuerdo.

—Lo importante es qué defendemos ahora.

Ahora.

La palabra que llevaban demasiado tiempo intentando introducir.

El documento fue cerrándose.

Historia.

Legitimidad.

Programa.

Y una advertencia que Pedro quería colocar, aunque sólo fuera mentalmente, al final:

tener razón sobre el pasado no obliga al presente a votarte.

Pronto lo comprobarían.

Pero antes la organización tendría que elegir jefe.

Y el número que acompañaría al cargo iba a contener otra declaración histórica.


CAPÍTULO LXX

EL IV JEFE NACIONAL

Pedro Conde no había nacido cuando existía la Falange de José Antonio.

Ahora iba a ser llamado IV Jefe Nacional de una corriente que reclamaba aquella continuidad.

Sólo el número podía llenar una reunión de discusiones.

—¿Cuarto?

—Sí.

—¿Por qué cuarto?

La pregunta era inevitable.

No se trataba de aritmética.

Se trataba de genealogía.

Aquella corriente quería establecer una sucesión propia, distinta de la continuidad del partido único franquista.

Por eso el número era casi un manifiesto.

Pedro no estaba completamente cómodo.

—Van a decir que jugamos a suceder a José Antonio.

—Lo dirán de todos modos.

—No es respuesta.

—¿Qué propones?

Pedro pensó.

—Explicar exactamente de qué organización soy jefe.

—Eso no cabrá en un titular.

—Ya empezamos otra vez.

Hubo risas.

La jefatura no proporcionaba demasiados privilegios.

No había ministerio.

Ni coche oficial.

Ni presupuesto generoso.

Ni masas esperando.

Había papeles.

Deudas.

Locales modestos.

Militantes que discutían.

Y una organización pequeña con una sorprendente capacidad para dividirse.

—No tenemos dinero.

—Eso sí conserva bastante continuidad histórica.

—No tenemos representación parlamentaria.

—Tampoco.

—No tenemos grandes medios.

—Ya.

El militante sonrió.

—Pero tenemos Jefe Nacional.

Pedro lo miró.

—Eso sí que es muy español.

La elección de Pedro como dirigente nacional de aquella corriente se vinculó precisamente a esa reivindicación de continuidad; el título de «IV Jefe Nacional» tenía un significado histórico y político que iba mucho más allá del simple nombre de un cargo.

No quería que el título lo transformara.

Un muchacho se acercó después de una reunión.

—Jefe.

Pedro se volvió.

—Pedro.

—Pero eres el Jefe Nacional.

—Y tú sigues teniendo nombre.

—Ya.

—Úsalo también conmigo.

El joven sonrió.

—De acuerdo, Pedro.

No era falsa modestia.

Pedro desconfiaba del peligro de convertir los cargos en identidades.

Había visto demasiado culto al jefe.

Demasiadas fotografías.

Demasiada obediencia transformada en virtud.

Además, aquel título había pertenecido a hombres convertidos ya en Historia.

—¿No te impresiona?

—Sí.

—No lo parece.

—Me impresionaría mucho más si creyera que el título me convierte en José Antonio.

Aquella respuesta era importante.

No quería otra santificación.

Ni de José Antonio.

Ni de Hedilla.

Ni de sí mismo.

La organización era política.

No una cofradía.

—Las cofradías suelen tener más miembros —dijo alguien.

Pedro se echó a reír.

Después llegaron las preguntas serias.

¿Qué hacer con la empresa?

¿Qué sindicalismo defender?

¿Cómo extender la propiedad?

¿Qué significaba participación de los trabajadores?

¿Qué lugar ocuparía España en Europa?

¿Cómo responder a los movimientos separatistas?

¿Qué relación mantener con un sistema parlamentario?

Pedro repetía una pregunta hasta cansar.

—¿Qué significa eso para un trabajador?

Propiedad.

—¿Qué significa?

Sindicalismo.

—¿Qué significa?

Patria.

—¿Qué significa?

Un día alguien protestó.

—Todo no puede reducirse al trabajador.

Pedro respondió:

—Naturalmente.

—Entonces deja de preguntar.

—No.

—¿Por qué?

—Porque durante demasiados años hemos pronunciado palabras enormes sin preguntar qué cambiaban en la vida del hombre concreto.

Aquello venía de la fábrica.

Y era quizá lo mejor que FASA-Renault había introducido en aquella pequeña jefatura.

España se preparaba para elecciones.

La política ya no consistiría en influir cerca del Estado.

Había que convencer.

El cambio era gigantesco.

—¿Estamos preparados?

Pedro miró alrededor.

—No.

—Entonces no deberíamos presentarnos.

—Nadie está preparado para lo que lleva cuarenta años sin hacer.

—¿Y si perdemos?

Pedro sonrió.

—Entonces aprenderemos algo.

—¿Qué?

—Cuántos somos.

La urna tenía una virtud.

No aplaudía por obligación.

También un defecto.

Podía contar cosas que nadie quería saber.

Antes de llegar a ella quedaba una batalla.

Las siglas.

El nombre.

Cuatro palabras capaces de abrir heridas de cuarenta años.


CAPÍTULO LXXI

¿QUIÉN TIENE DERECHO AL NOMBRE?

Falange Española de las JONS.

Cuatro palabras.

Nada más.

Pero dentro cabían una guerra, muertos, cárceles, jefaturas, decretos, uniformes, lealtades y cuarenta años de historia.

La cuestión podía parecer administrativa.

¿Qué organización podía registrar aquellas siglas?

Pero nadie implicado la consideraba sólo administrativa.

La pregunta verdadera era:

¿quién podía presentarse como continuador de la Falange de José Antonio?

Raimundo Fernández-Cuesta tenía argumentos.

Y Pedro se negaba a fingir lo contrario.

Había conocido a José Antonio.

Había pertenecido a la Falange primitiva.

Había padecido prisión durante la guerra.

Después había ocupado responsabilidades fundamentales dentro del régimen.

No era un advenedizo aparecido en 1976 para recoger un nombre abandonado.

Su historia falangista era real.

Precisamente por eso el conflicto era serio.

—No podemos decir que Fernández-Cuesta no tenga historia falangista —dijo Pedro.

Uno de los presentes protestó:

—Entonces les damos la razón.

—No.

—¿Qué discutimos?

—Qué ocurrió con esa historia después de 1937.

Otra vez abril.

Siempre abril.

La corriente vinculada a Fernández-Cuesta podía decir:

—Estuvimos dentro durante décadas.

Los hedillistas respondían:

—Precisamente ése es nuestro argumento.

Unos reclamaban continuidad institucional.

Otros legitimidad procedente de la Falange anterior a la Unificación y de su disidencia posterior.

¿Cuál valía más?

No existía una báscula.

Miguel lo explicó con claridad.

—Aunque un funcionario entregue las siglas a otro grupo, eso no cambia quién fue elegido Jefe Nacional el 18 de abril de 1937.

—De acuerdo.

Pedro añadió:

—Y si nos las conceden a nosotros, tampoco convierten automáticamente nuestra interpretación en verdad histórica.

Hubo caras menos satisfechas.

—Entonces ¿para qué peleamos?

Pedro respondió:

—Porque el nombre importa.

—Acabas de decir que no decide nada.

—No decide la Historia.

Pausa.

—Pero ayuda a presentarse ante los vivos.

Ahí estaba la diferencia.

Un sello administrativo no podía convertir a nadie en heredero moral de José Antonio.

Pero un nombre tenía valor político.

Identificaba.

Convocaba.

Permitía decir:

somos éstos.

La batalla continuó.

Expedientes.

Argumentos.

Reuniones.

Declaraciones.

Y una consecuencia inevitable:

la gente empezó a descubrir que existían varias Falanges.

—¿Cuántas hay? —preguntó un periodista.

Pedro suspiró.

—Demasiadas.

—¿Cuál es la verdadera?

Pedro lo miró.

—Si te contesto en cinco segundos, te estoy engañando.

—Eso no es buena propaganda.

—Ya lo sé.

La fragmentación tenía algo cómico.

Los hombres que proclamaban la unidad nacional eran incapaces de ponerse de acuerdo entre ellos.

El periodista no dejó pasar la ocasión.

—¿No resulta contradictorio?

—Muchísimo.

—¿Y?

—¿Qué quieres que haga? ¿Que niegue lo evidente?

La pregunta por la continuidad no tenía una respuesta única porque podían invocarse varios criterios: estructuras, personas, doctrina, resistencia o reconocimiento jurídico. Precisamente por eso la disputa por las siglas no podía resolver por sí sola la herencia de José Antonio.

Una noche Pedro preguntó directamente a Miguel:

—¿Quién tiene derecho a José Antonio?

Miguel tardó.

—Nadie.

Pedro levantó las cejas.

—Eso no me lo esperaba.

—He dicho nadie en exclusiva.

—Continúa.

—Podemos discutir siglas. Jefaturas. Organizaciones. Continuidades.

Se inclinó hacia él.

—Pero un pensamiento no se hereda como una finca.

Pedro quedó callado.

La frase era excelente.

—Mi padre podía demostrar que fue elegido Jefe Nacional.

—Sí.

—Podemos demostrar que se opuso a la Unificación.

—Sí.

—Podemos reivindicar esa línea.

—Sí.

—Pero no podemos impedir que otros lean a José Antonio.

Pedro sonrió.

—Ni ellos a nosotros.

—Exacto.

Aquello modificaba la batalla.

No se trataba de poseer al muerto.

Se trataba precisamente de impedir que nadie pudiera poseerlo.

Sus textos estaban allí.

Al alcance de todos.

Y eso era peligrosísimo para cualquier heredero demasiado seguro.

La pelea por el nombre continuó.

Pero políticamente ya había ocurrido algo más importante.

Había varias genealogías enfrentadas.

Varias memorias.

Varias Falanges.

Y ninguna podía ya fingir que las demás no existían.


CAPÍTULO LXXII

DOS FALANGES FRENTE A FRENTE

La escena habría desconcertado a cualquier falangista de 1934.

Dos organizaciones.

Dos direcciones.

Dos relatos.

Ambas proclamando fidelidad a José Antonio.

Ambas defendiendo símbolos semejantes.

Ambas acusándose, con mayor o menor cortesía, de haber entendido mal la Historia.

En realidad había más de dos grupos.

Pero dos líneas representaban especialmente bien el conflicto.

Una procedía de la continuidad oficial de las décadas franquistas.

Otra reclamaba la ruptura hedillista y la Falange anterior a abril de 1937.

Pedro contempló el panorama.

—Somos un desastre.

—No exageres.

—¿Cuántas Falanges hay?

El otro empezó a enumerarlas.

Pedro levantó la mano.

—Retiro la pregunta.

La fragmentación tenía consecuencias mucho más graves que las bromas.

Mientras ellos discutían por la legitimidad, España organizaba el futuro.

UCD.

PSOE.

PCE.

Alianza Popular.

Nacionalismos.

Democristianos.

Liberales.

Todos buscaban votantes.

Todos hablaban de mañana.

Falange dedicaba demasiado tiempo a demostrar quién había sido Falange ayer.

Pedro empezó a inquietarse.

—Nos van a pasar por encima.

—¿Quién?

—Todos.

—Eso es derrotismo.

Pedro negó.

—Derrotismo sería creer que perderemos aunque hagamos bien las cosas.

Miró los documentos.

—Yo digo que estamos haciendo algunas mal.

Aquello molestó más.

Miguel entendía el argumento.

Pero tampoco estaba dispuesto a abandonar la pelea histórica.

—Si renunciamos a las siglas, parecerá que aceptamos que mi padre fue un paréntesis.

—No quiero renunciar.

—Entonces…

—Quiero que entendamos que ganar las siglas no significa ganar España.

Silencio.

Eso era exactamente.

Una organización podía obtener el nombre y no conseguir un solo diputado.

Otra podía perder una batalla registral y conservar influencia social.

Legitimidad histórica.

Legalidad.

Fuerza política.

Tres cosas distintas.

Había que dejar de mezclarlas.

Pedro intentó desplazar las reuniones hacia el programa.

—¿Qué proponemos para la empresa?

—Participación.

—Eso es una palabra.

—Sindicalismo.

—Otra.

—Propiedad para los trabajadores.

—¿Cómo?

Silencio.

Pedro golpeó suavemente la mesa.

—Ahí empieza la política.

No bastaba repetir soluciones de 1934.

La economía española tenía grandes industrias.

Capital internacional.

Automatización.

Mercados exteriores.

Una integración europea cada vez más cercana.

Millones de asalariados urbanos.

¿Qué significaba ahora nacionalizar el crédito?

¿Qué forma concreta debía adoptar la participación obrera?

¿Qué sindicato podía imaginarse en una sociedad con libertad sindical?

¿Qué significaba propiedad sindical?

¿Cómo se armonizaba una concepción comunitaria con el pluralismo político?

Algunos se inquietaron.

—La doctrina está escrita.

Pedro negó.

—No toda.

—La fundamental, sí.

—José Antonio murió a los treinta y tres años.

—¿Y?

—Que no pudo responder a problemas que no existían.

El hombre se endureció.

—Eso suena revisionista.

—Suena a calendario.

Hubo risas.

Pedro continuó:

—No podemos preguntarle qué habría hecho con una multinacional moderna.

—Podemos aplicar sus principios.

—Exactamente.

—Entonces…

—Aplicarlos nosotros.

Aquello era la parte peligrosa.

Pensar.

No repetir.

Si la doctrina estaba viva, necesitaba producir respuestas nuevas.

Si sólo podía repetir las antiguas, se había convertido en catecismo.

Miguel intervino:

—Y no sabemos qué habría hecho José Antonio.

Un militante lo miró sorprendido.

—¿Tú también?

—Yo especialmente.

—Pero Hedilla…

—Mi padre hizo lo que hizo.

—Porque era fiel a José Antonio.

—Él lo creía.

—Entonces…

Miguel lo detuvo.

—No conviertas a mi padre en médium.

Pedro sonrió.

La frase era magnífica.

—Hedilla no necesitaba leer la mente de José Antonio —continuó Miguel—. Le basta la Historia.

Había sido elegido.

Había rechazado la absorción.

Había sido detenido.

Eso era suficiente.

La discusión sobre qué habría hecho José Antonio en 1937 pertenecía ya al terreno de la conjetura.

La organización no necesitaba basar su legitimidad en adivinaciones.

Los hechos eran más sólidos. Esa misma distinción aparece en el manuscrito matriz: la reivindicación hedillista se sostiene en la elección efectiva de Hedilla y su oposición a la Unificación, no en afirmar que pudiera saber qué habría hecho José Antonio de haber vivido.

Pedro aprovechó para introducir otra exigencia.

—Y tampoco llamemos oportunista a todo falangista que estuvo con Franco.

Algunos protestaron.

—Muchos lo fueron.

—He dicho todos.

—Girón se quedó.

—Sí.

—Fernández-Cuesta también.

—Sí.

—Entonces…

Pedro levantó la voz.

—Pues pongamos nombres cuando acusemos.

Silencio.

—Hubo oportunistas.

—Sí.

—Hubo falangistas sinceramente franquistas.

—Sí.

—Hubo otros que intentaron cambiar cosas desde dentro.

—Sí.

—Y hubo hedillistas.

—Sí.

Pedro miró alrededor.

—Entonces contemos la Historia completa.

No era tan cómodo.

Pero ésa era precisamente la novela.

Los santos aburren.

Los demonios también.

Los hombres resultan bastante más complicados.

Y afuera esperaba la gran prueba.

  1.  

Las urnas.

Por primera vez la disputa dejaría de ser únicamente entre falangistas.

Ya no bastaría preguntar:

¿quién tiene derecho al nombre?

Millones de españoles formularían, mediante una papeleta, una pregunta mucho más dura:

¿y quién quiere votar ese nombre?

La respuesta no iba a gustarles.

CAPÍTULO LXXIII

1977

Las elecciones tienen una virtud incómoda.

Cuentan.

Durante años una organización puede imaginar su fuerza.

Un salón lleno parece un país.

Cien aplausos pueden sonar como una multitud.

Una carta recibida desde otra provincia puede confundirse con una estructura nacional.

Una reunión especialmente entusiasta permite regresar a casa convencido de que algo está creciendo.

Después llega una urna.

Y cuenta.

Sin entusiasmo.

Sin memoria.

Sin piedad.

España se encaminaba hacia las primeras elecciones generales competitivas celebradas en décadas.

Había partidos nuevos.

Otros recuperaban nombres antiguos.

Siglas que regresaban.

Coaliciones improvisadas.

Hombres que apenas unos meses antes no podían actuar legalmente preparaban candidaturas.

UCD.

PSOE.

PCE.

Alianza Popular.

Partidos nacionalistas.

Grupos menores.

Y, dispersas, distintas organizaciones falangistas.

La España política parecía una habitación donde, después de cuarenta años, hubieran abierto de repente todas las puertas.

Pedro Conde recorría reuniones.

Hablaba.

Discutía.

Intentaba explicar en pocos minutos una historia que necesitaba cuarenta años.

Y descubrió un problema formidable.

La palabra Falange producía una respuesta automática.

—Franco.

—No.

—¿Cómo que no?

Entonces comenzaba.

  1.  

José Antonio.

  1.  

FE de las JONS.

  1.  

Hedilla.

Unificación.

FET y de las JONS.

Franco.

Disidencia.

Cuarenta años.

Al terminar, el ciudadano podía haber entendido algo.

O podía mirar el reloj.

Después todavía quedaba explicar el programa.

Un joven se le acercó al terminar un acto.

—He entendido lo de Hedilla.

—Bien.

—No sabía quién era.

—No eres el único.

—Y entiendo que queráis distinguir vuestra Falange de la de Franco.

Pedro asintió.

—Pero tengo una pregunta.

—Dime.

—¿Por qué tendría que votaros hoy por algo que ocurrió en 1937?

Pedro permaneció quieto.

Después sonrió.

—Ésa es probablemente la mejor pregunta que me han hecho esta semana.

El muchacho esperaba una respuesta.

Y Pedro comprendió que durante meses habían empleado una cantidad enorme de energía en responder:

de dónde venimos.

Ahora alguien les estaba preguntando:

adónde vais.

No era lo mismo.

—Trabajo —comenzó.

El joven esperó.

—Propiedad.

—Sí.

—Participación de los trabajadores en la empresa.

—Continúa.

—Una España unida que no confunda unidad con uniformidad.

—Bien.

—Libertad personal.

—Bien.

—Justicia social.

—Eso lo dicen todos.

Pedro sonrió.

—Ése es otro problema.

—¿Cuál?

—Que las palabras buenas no pertenecen a nadie.

—Entonces tenéis que explicar cómo.

Pedro lo miró.

—Exactamente.

El muchacho se marchó.

La frase quedó.

Tenéis que explicar cómo.

Ésa era la verdadera campaña.

No bastaba proclamar la propiedad.

Había que explicar cómo extenderla.

No bastaba hablar de participación.

Había que diseñarla.

No bastaba invocar al trabajador.

Había que convencerlo.

No bastaba decir España.

Había que explicar qué España.

El pasado proporcionaba genealogía.

No un programa.

Pedro empezó a comprender que quizá habían invertido demasiado esfuerzo en demostrar por qué tenían derecho a presentarse y demasiado poco en explicar por qué alguien debía elegirlos.

No era solamente culpa suya.

La batalla por las siglas los había obligado a mirar hacia atrás.

Pero las causas de una debilidad no dejan de ser debilidad porque puedan explicarse.

Llegaron finalmente las elecciones.

Las distintas familias falangistas concurrieron fragmentadas.

Aquello ya constituía un mal comienzo.

Un militante lo dijo sin rodeos:

—Hablamos de unidad nacional y no conseguimos unir cinco mesas.

Pedro lo miró.

—No exageres.

—¿No?

—Algunas mesas son de seis.

Nadie rió demasiado.

La ironía dolía.

Cada grupo llevaba su legitimidad.

Su interpretación.

Sus agravios.

Sus muertos.

Sus documentos.

Sus jefes.

Mientras tanto, la sociedad española estaba mirando en otra dirección.

Los grandes partidos concentraban la atención.

La Transición tenía protagonistas nuevos.

Falange estaba en los márgenes.

Llegaron los resultados.

Pedro miró las cifras.

No necesitó demasiado tiempo.

—Hemos perdido.

Alguien intentó corregirlo.

—El resultado era previsible.

—Eso no cambia el verbo.

—Tenemos pocos medios.

—Sí.

—La prensa nos identifica con Franco.

—Sí.

—Hemos tenido poco tiempo.

—Sí.

—Las otras Falanges nos perjudican.

—Sí.

—Entonces…

Pedro levantó la mirada.

—Y no hemos conseguido convencer a la gente.

Silencio.

Esa respuesta era más dolorosa porque no permitía buscar culpable fuera.

La participación falangista en 1977 quedó fragmentada y electoralmente reducida; para la corriente vinculada a Pedro Conde, la prueba de las urnas demostraba que una reivindicación histórica podía sostener una identidad, pero no proporcionar automáticamente apoyo popular.

Alguno quiso consolarse.

—El pueblo no nos ha entendido.

Pedro negó.

—Puede ser.

—Entonces tenemos razón.

—No necesariamente.

—¿Cómo que no?

—Si nadie nos entiende, quizá el problema no sea sólo de nadie.

Miguel Hedilla observaba.

—Te has vuelto demócrata.

Pedro sonrió.

—He aprendido a contar.

La urna había dicho algo.

Poco.

Pero claro.

La legitimidad histórica no se hereda como una finca.

La política tampoco.

Cada generación tiene que ganarla.

José Antonio no podía votar.

Hedilla tampoco.

Los muertos no depositaban papeletas.

Los vivos sí.

Y los vivos habían escogido mayoritariamente otras opciones.

Pedro volvió a mirar los resultados.

No estaba alegre.

Pero tampoco quería mentirse.

—Bueno.

—¿Qué?

—Ya sabemos cuántos somos.

—¿Y ahora?

Pedro dobló el papel.

—Ahora empieza lo difícil.

—¿Más?

—Mucho más.

—¿Qué?

—Seguir creyendo sin fingir que España nos debe nada.


CAPÍTULO LXXIV

LOS QUE NO CAMBIARON DE SITIO

Después de 1977 ocurrió algo políticamente muy útil.

Falange dejó de ser rentable.

No desapareció.

No fue prohibida.

No necesitó esconderse.

Pero dejó de proporcionar lo que durante décadas había podido proporcionar a algunos.

Poder.

Carrera.

Influencia.

Despacho.

Proximidad al Estado.

Una camisa azul ya no abría necesariamente una puerta.

Podía cerrarla.

Eso produjo una selección que ningún reglamento habría conseguido.

Los oportunistas poseen una extraordinaria sensibilidad meteorológica.

Saben cuándo ponerse abrigo.

Cuándo quitárselo.

Y cuándo asegurar que nunca tuvieron frío.

Pedro empezó a ver las transformaciones.

Un antiguo jerarca se declaraba centrista.

Otro monárquico liberal.

Otro reformista.

Otro explicaba que su paso por el Movimiento había sido casi técnico.

Otro descubría una oposición interior de la que nadie había tenido noticias mientras Franco vivía.

—Yo nunca fui realmente franquista.

Pedro lo miraba.

—Ya.

—Siempre fui crítico.

—Muchísimo.

—No te rías.

—No me río.

—Lo parece.

—Estoy intentando recordar cuándo te oí criticar algo.

El hombre se enfadaba.

Pedro no tenía inconveniente en que alguien cambiara.

El cambio podía ser honrado.

Incluso necesario.

Le molestaba otra cosa.

La falsificación retrospectiva.

—Yo también puedo cambiar mañana —dijo una vez.

—Entonces ¿por qué atacas tanto a quienes cambian?

—No los ataco por cambiar.

—¿Por qué?

—Porque algunos pretenden que su pasado cambie con ellos.

Aquello era diferente.

Una persona podía decir:

—Me equivoqué.

Pedro respetaba esa frase.

Costaba.

Mucho más que:

—En realidad siempre pensé esto.

La primera reconocía un camino.

La segunda intentaba borrar las huellas.

Mientras antiguos hombres del régimen buscaban acomodo en la España nueva, otros se acercaban a Falange precisamente entonces.

Jóvenes.

La escena intrigaba a Pedro.

—¿Por qué quieres entrar?

—Porque soy falangista.

—Eso es una etiqueta.

—Creo en España.

—Bien.

—En la justicia social.

—Bien.

—En José Antonio.

—Bien.

El muchacho esperaba aprobación.

Pedro siguió:

—¿Qué estás dispuesto a perder?

El joven lo miró.

—¿Perder?

—Sí.

—No entiendo.

—Ahora esta organización no va a darte un ministerio.

—Ya lo sé.

—Ni una carrera.

—Ya.

—Ni probablemente un escaño.

—También.

—Puede darte discusiones, mala fama y algún problema.

—Lo sé.

Pedro lo observó.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

El muchacho tardó.

—Porque creo en esto.

Pedro asintió.

—Ahora empezamos.

Miguel lo reprendió después.

—Te estás volviendo viejo.

—¿Por qué?

—Ya examinas a los jóvenes.

—Hay que saber quién entra.

—Eso dicen todos los veteranos cinco minutos antes de impedir la entrada de cualquiera que no se parezca a ellos.

Pedro rió.

Miguel tenía razón.

La Falange que sobreviviera a Franco no podía convertirse en una residencia de ancianos ideológica.

Necesitaba jóvenes.

Pero jóvenes para su tiempo.

No muchachos representando una guerra que no habían vivido.

No imitaciones de fotografías antiguas.

No nostalgia heredada.

—No quiero militantes nostálgicos de una vida que no tuvieron —dijo Pedro.

—¿Qué quieres?

—Gente para ésta.

La nueva generación había crecido con televisión.

Universidad.

Turismo.

Motocicletas.

Música extranjera.

Viajes.

Una sociedad mucho más abierta.

Hablarle como si julio de 1936 hubiera ocurrido la semana anterior era una forma segura de desaparecer.

El fracaso electoral reforzó esa criba: cuando ser falangista ya no ofrecía una vía evidente hacia el poder, la adhesión recuperó, al menos parcialmente, el coste de una elección personal.

Pero apareció otra tentación.

La pureza.

—Ahora quedaremos sólo los auténticos.

Pedro lo miró con preocupación.

—Eso puede ser magnífico.

—¿Ves?

—O mortal.

—No entiendo.

—Una organización puede hacerse cada día más pura hasta que sólo queda una persona.

—Eso es una exageración.

—Sí.

Sonrió.

—Pero bastante falangista.

No quería ser jefe de los puros.

Quería que sirvieran para algo.

Ésa era la diferencia.

La política no podía convertirse en vitrina.

Una camisa azul guardada podía ser memoria.

Una organización guardada era un museo.

Y los museos son lugares excelentes.

Precisamente porque nadie espera que gobiernen.


CAPÍTULO LXXV

LA GRAN CONFUSIÓN

Durante años Pedro intentó corregir a todo el mundo.

Fue agotador.

—La Falange franquista…

—Un momento.

—¿Qué?

—¿De qué Falange hablas?

—De Falange.

—Eso no responde.

Entonces empezaba.

Falange Española.

FE de las JONS.

FET y de las JONS.

Movimiento.

Hedillistas.

Falange Auténtica.

Al tercer minuto el interlocutor suspiraba.

—Bueno, da igual.

Pedro se enfadaba.

—No da igual.

—Para ti.

—Para la Historia.

—Tengo que coger un autobús.

Aquello resumía el problema.

Para Pedro, las diferencias ocupaban una vida.

Para buena parte de la sociedad eran matices de un mundo que quería dejar atrás.

La memoria colectiva no funciona como un archivo.

Reduce.

Agrupa.

Selecciona.

Y transmite lo que consigue conservar.

Después de Franco se produjo una simplificación comprensible.

El largo régimen empezó a organizarse alrededor de su figura.

Franco.

Militares.

Falange.

Tradicionalistas.

Movimiento.

Ministros.

Todo tendía a entrar en un mismo recipiente:

franquismo.

La palabra era útil.

Permitía explicar cuarenta años rápidamente.

Precisamente por eso borraba diferencias.

—Pero eso elimina a Hedilla —protestaba Pedro.

La respuesta podía ser demoledora.

—¿A quién?

Ahí comenzaba todo otra vez.

—Manuel Hedilla.

—No me suena.

—Fue sucesor de José Antonio.

—¿Franco?

—No.

Otra vez abril de 1937.

La existencia misma de Hedilla impedía una identificación absoluta entre Falange originaria y poder franquista: había sido Jefe Nacional de FE-JONS y terminó condenado a muerte por las autoridades del bando que estaba construyendo el nuevo Estado.

Pedro empezó a utilizar una fórmula mucho más breve.

—No todas las Falanges fueron la misma Falange.

No explicaba todo.

Pero abría la puerta.

Después añadía:

—Y no todos los falangistas hicieron lo mismo.

Eso bastaba.

Distinguir.

No para absolver.

Para comprender.

Un estudiante le preguntó después de una charla:

—Si ustedes dicen que fueron distintos de Franco, ¿por qué utilizan símbolos que la gente identifica con Franco?

Pedro respiró.

—Porque existían antes.

—Ya.

—Y creemos que no pertenecen exclusivamente al régimen que los utilizó después.

—Pero la gente sí los identifica con él.

—Sí.

La muchacha sonrió.

—Entonces tienen un problema.

Pedro también.

—Acabas de resumir media vida política.

—¿No sería más fácil cambiarlos?

Pedro tardó.

—Sí.

—¿Entonces?

—También significaría permitir que otros decidieran definitivamente qué significan.

La estudiante no quedó convencida.

Y Pedro tampoco estaba seguro de haberla convencido.

Pero la pregunta permanecía.

¿Cuándo conservar un símbolo significa fidelidad?

¿Y cuándo significa quedar prisionero de él?

No había respuesta universal.

Una bandera puede ser memoria para uno.

Para otro, amenaza.

Una canción, camaradería.

Para otro, dictadura.

La política no controla completamente el significado de sus símbolos.

Lo comparte con quienes los recuerdan.

Eso hacía extraordinariamente difícil recuperar la Falange anterior al franquismo después de décadas de identificación pública entre ambos.

Miguel era más paciente.

—Nuestro problema —dijo— es que necesitamos explicar demasiadas cosas antes de poder hablar.

—Entonces simplifiquemos.

—Sin mentir.

Pedro levantó una ceja.

—Eso es lo difícil.

—No todas las Falanges fueron la misma Falange.

Pedro quedó quieto.

Después sonrió.

—Eso sirve.

—¿Para todo?

—No.

—Mejor.

Porque ninguna frase que sirve para todo suele explicar demasiado.


CAPÍTULO LXXVI

EL PRECIO DE QUEDARSE

Pedro había sido duro con la generación anterior.

Era fácil.

Él no estaba en Salamanca en abril de 1937.

No tenía hijos.

No tenía una guerra alrededor.

No tenía que decidir si enfrentarse a un poder armado capaz de condenarlo a muerte.

Los jóvenes juzgan el pasado con una ventaja formidable:

saben lo que ocurrió después.

Los hombres que estaban allí no.

Un viejo falangista se lo recordó.

—Tú nos juzgas porque nos quedamos.

—Algunos aceptasteis demasiado.

—¿Cuánto era demasiado?

Pedro respondió:

—Depende.

El anciano sonrió.

—Ya has aprendido.

—¿Qué?

—La palabra.

Depende.

Pedro se molestó.

—No es una excusa.

—No.

—Entonces…

—Es la vida.

El viejo empezó a preguntar.

—¿Ir al frente después de la Unificación era traición?

—No.

—¿Trabajar en una delegación?

—Depende.

—¿En un sindicato?

—Depende.

—¿Aceptar un cargo municipal?

—Depende.

—¿Un ministerio?

Pedro lo miró.

—Mucho más.

El anciano rió.

—Pero depende.

Sí.

Dependía.

De la intención.

Del cargo.

De lo que se hiciera con él.

De lo que se aceptara para conservarlo.

De lo que se callara.

De a quién se perjudicara.

De cuándo se abandonara.

No había una tabla.

Eso hacía la Historia mucho más incómoda.

—Yo me quedé —dijo el viejo.

—Lo sé.

—Y trabajé en vivienda.

Pedro esperó.

—Construimos casas.

—Lo sé.

—Para gente que vivía en condiciones miserables.

—Sí.

—¿Fue malo?

—No.

—¿Entonces hice bien en quedarme?

Pedro se irritó.

—No funciona así.

—¿Por qué?

—Porque una casa no absuelve todo lo demás.

El anciano lo miró fijamente.

—Ni una dictadura condena cada casa.

Silencio.

La frase dio en el centro.

Pedro no podía responder sin hacer exactamente aquello que criticaba.

Reducir.

El viejo continuó.

—¿Quieres que te diga la verdad?

—Sí.

—No protesté cuando detuvieron a Hedilla.

—¿Por qué?

—Miedo.

La respuesta llegó sin defensa.

—¿Sólo miedo?

—No.

El hombre respiró.

—Pensé que Franco iba a ganar.

—Ganó.

—Sí.

—¿Entonces?

—Y quise quedarme del lado del vencedor.

Pedro permaneció quieto.

—Eso suena peor.

—Fue peor.

La sinceridad tardía no convertía el pasado en virtud.

Pero lo hacía humano.

—Después intenté hacer cosas buenas.

—Lo sé.

—¿Compensa?

Pedro negó.

—No soy juez.

El viejo sonrió.

—Llevas años intentándolo.

El golpe fue limpio.

Pedro lo aceptó.

Aquella conversación modificó su manera de mirar a quienes habían permanecido dentro.

Dejó de ver dos grupos.

Héroes.

Traidores.

Aparecieron hombres.

Uno cedió por miedo.

Después ayudó a construir viviendas.

Calló ante otra cosa.

Protegió a alguien.

Aceptó un cargo.

Rechazó otro.

Fue ambicioso una vez.

Generoso otra.

Cobarde un jueves.

Valiente un martes.

Humano.

El manuscrito matriz planteaba exactamente esa dificultad: quedarse podía obedecer a miedo, disciplina, ambición, convicción o voluntad de realizar parte del proyecto desde dentro; el coste moral de esa decisión no era idéntico para todos.

Pedro comprendió entonces que la pregunta:

¿qué hiciste cuando detuvieron a Hedilla?

no debía utilizarse sólo para acusar.

Había que escuchar las respuestas.

—Nada.

—Callé.

—Acepté.

—Me aparté.

—Intenté salvar lo que pude.

—Tuve miedo.

Y aquella palabra que ya había aparecido antes:

—Sobreviví.

Sobrevivir no era automáticamente heroísmo.

Tampoco cobardía.

Podía contener ambas cosas.

El viejo terminó la conversación.

—¿Sabes cuál fue nuestro error?

—¿Cuál?

—Creer algunas veces que, porque habíamos hecho algo bueno después, aquello corregía lo que habíamos hecho mal antes.

Pedro guardó silencio.

—¿Y vuestro acierto?

El anciano sonrió.

—No utilizar lo malo para fingir que lo bueno tampoco existió.

Ahí estaba el equilibrio.

Sin absolución.

Sin borrado.


CAPÍTULO LXXVII

LO QUE QUEDÓ

Los regímenes desaparecen con mucha menos rapidez que sus nombres.

Muere un jefe.

Se aprueba una ley.

Se disuelve una organización.

Cambia una bandera.

Pero un país no despierta al día siguiente convertido en otro territorio.

Siguen las casas.

Las carreteras.

Los hospitales.

Las fábricas.

Los trabajadores.

Los funcionarios.

Las escuelas.

Las deudas.

También las leyes, hasta que otra ley las sustituye.

La democracia española no heredó un solar.

Heredó un país.

Con todo.

Lo bueno.

Lo malo.

Lo útil.

Lo injusto.

Lo que debía conservarse.

Lo que debía reformarse.

Lo que era necesario destruir.

Pedro insistía en aquella idea porque veía aparecer otro año cero.

No exactamente jurídico.

Mental.

—Ahora construiremos el Estado social.

Un viejo funcionario murmuró:

—¿Ahora?

Su mujer le dio un codazo.

—Déjalo.

—Si yo lo dejo.

—No parece.

—Es que siempre empieza España cuando llega alguien nuevo.

No quería negar la transformación democrática.

Sería absurdo.

Cambió el sistema político.

La representación sindical.

Las libertades.

Los partidos.

Los derechos.

Las instituciones.

Muchas estructuras anteriores desaparecieron o fueron profundamente reformadas.

Pero la política social tampoco apareció de la nada.

Había antecedentes anteriores a Franco.

Otros creados durante su régimen.

Y desarrollos posteriores.

Capas.

Siempre capas.

La Falange había influido especialmente en algunas de las intermedias.

Trabajo.

Previsión.

Mutualismo.

Formación profesional.

Vivienda.

No había creado todo.

Tampoco había sido irrelevante.

Pedro visitó una antigua Universidad Laboral.

Miró el edificio.

—¿Qué piensas? —le preguntaron.

—Que existe.

El otro rió.

—Gran conclusión.

—A veces hace falta empezar por ahí.

—¿Qué quieres decir?

Pedro señaló.

—Que hay quien piensa que para condenar políticamente un régimen debe demostrar que nunca construyó nada útil.

—Y otros enseñan un edificio como éste y dicen que por eso todo el régimen fue bueno.

—Exactamente.

—¿Quién tiene razón?

Pedro lo miró.

—Ninguno.

Dos errores.

Una obra social no absuelve una dictadura.

Una dictadura tampoco convierte automáticamente cada obra social en inexistente.

La democracia reformaría aquellas estructuras.

Era lógico.

El sindicato vertical desaparecería.

La Seguridad Social evolucionaría.

Los mecanismos laborales cambiarían.

Pero transformar no era crear desde cero.

Las instituciones tienen genealogía.

La política social española también.

Uno de los interlocutores intentó encerrarlo en una frase.

—Entonces dices que Franco creó el Estado del bienestar.

Pedro golpeó la mesa.

—No.

—Eso parece.

—No parece nada si escuchas.

Respiró.

—Digo que el Estado social español se construyó por etapas. Antes de Franco, durante Franco y después de Franco.

—Eso es menos contundente.

—Sí.

—Vende peor.

—También.

Pedro sonrió.

—Suele ocurrirle a la verdad cuando tiene demasiados padres.

La vivienda era un ejemplo.

Miles de familias habían llegado a pisos modestos.

No palacios.

Pisos.

Para quien venía de una habitación compartida, aquello podía ser un salto enorme.

Y, cuando la vivienda terminaba siendo propiedad de la familia, Pedro veía un eco nítido de la vieja idea:

extender la propiedad.

No abolirla.

No concentrarla.

Extenderla.

Pero había otras promesas que habían quedado mucho más lejos.

La empresa.

Participación real de los trabajadores.

Acceso más amplio a su propiedad.

Capacidad efectiva para intervenir en decisiones.

Ahí el proyecto falangista había avanzado mucho menos de lo que sus partidarios habían imaginado.

Pedro lo reconocía.

—Hicimos política social.

—Sí.

—¿Hicimos la revolución?

—No.

—Entonces…

—Entonces ahí tienes el título de toda nuestra historia.

Los vencedores vencidos.

Influencia.

Sin dominio del conjunto.

Leyes.

Sin revolución completa.

Símbolos.

Sin autonomía política.

Una extraña manera de ganar.

Y otra no menos extraña de perder.


CAPÍTULO LXXVIII

NADIE EMPIEZA DE CERO

Los países no nacen cada vez que cambia el Gobierno.

Ni siquiera cuando cambia el régimen.

Cambian las leyes.

Los símbolos.

Las instituciones.

Los gobernantes.

Pero debajo siguen calles que ya estaban.

Casas.

Escuelas.

Hospitales.

Empresas.

Costumbres.

Errores.

Problemas.

Pedro desconfiaba profundamente de los años cero.

  1.  
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  6.  

Cada generación encontraba una fecha desde la que explicar el comienzo verdadero de España.

Era una afición nacional.

—Antes de nosotros…

—¿Qué?

—La nada.

Pedro sonreía.

—Después llegamos nosotros y se hizo la luz.

—Estás exagerando.

—Muchísimo menos de lo que crees.

La República había heredado.

Franco había heredado.

Los tecnócratas habían heredado.

La democracia heredaba.

Todos.

Cada poder recibe un país que ya existe.

Conserva unas cosas.

Destruye otras.

Modifica otras.

Construye otras nuevas.

Y después siente la tentación de atribuirse todo cuanto funciona.

—Entonces todo da igual —le dijo alguien.

—No.

—Eso parece.

—Una carretera construida en una dictadura sigue siendo carretera en una democracia.

—Claro.

—Eso no convierte ambos sistemas en lo mismo.

—También claro.

—Pues llevamos media hora discutiendo algo que acabas de considerar claro.

El hombre sonrió.

La continuidad histórica no era equivalencia política.

Ésa era la confusión.

España llegaba a finales de los setenta con una industria que no había aparecido de repente.

Una sociedad urbana.

Una clase media creciente.

Universidades.

Infraestructuras.

Sistemas de protección social.

También con problemas heredados.

Deficiencias.

Desigualdades.

Estructuras autoritarias que debían desaparecer.

Ineficiencias.

Una economía que continuaría transformándose.

Todo estaba ahí.

La democracia no tenía por qué negar la casa para reformarla.

Podía cambiar el tejado.

Abrir ventanas.

Derribar habitaciones.

Construir otras.

Pero las vigas anteriores no desaparecían porque cambiara el propietario.

Pedro empleó aquella metáfora muchas veces.

—España es una casa reformada durante siglos.

—¿Y quién la construyó?

—Todos y nadie.

—Muy útil.

—Muchísimo más que decir que la construyó un solo hombre.

Porque ahí aparecía otra apropiación.

Franco inauguraba.

Pero no colocaba las piedras.

Un ministro firmaba.

No manejaba el torno.

Un general aparecía en la fotografía.

No levantaba el puente.

Detrás había ingenieros.

Obreros.

Arquitectos.

Médicos.

Profesores.

Funcionarios.

Agricultores.

Empresarios.

Mujeres que administraban hogares imposibles.

Emigrantes que enviaban dinero.

Millones.

Los países no los construyen exclusivamente sus políticos. El propio manuscrito anterior insistía en esa continuidad acumulativa: ni el franquismo ni la democracia partieron de cero, y las infraestructuras y estructuras sociales fueron obra de múltiples instituciones, técnicos y trabajadores a lo largo del tiempo.

Pedro empezó a pensar que había hablado demasiado de jefes.

José Antonio.

Franco.

Hedilla.

Girón.

Arrese.

Perales.

Él mismo.

Pero una nación no vive gracias a sus jefes.

Vive gracias a quienes se levantan por la mañana.

Y quizá había llegado el momento de sacar a algunos de ellos de los márgenes.

No para convertirlos en nuevos héroes.

Simplemente para recordar quién colocaba realmente los ladrillos.

El siguiente capítulo debía hablar de ellos.

Los constructores olvidados.

CAPÍTULO LXXIX

LOS CONSTRUCTORES OLVIDADOS

La Historia siente una debilidad especial por los despachos.

Es comprensible.

Los despachos producen documentos.

Decretos.

Órdenes.

Fotografías.

Discursos.

Los albañiles producen edificios.

Y, paradójicamente, a veces se recuerda mucho mejor quién inauguró un edificio que quién lo levantó.

Pedro había trabajado con las manos.

Por eso desconfiaba de una historia de España poblada exclusivamente por generales, ministros, obispos, banqueros y jefes nacionales.

Una tarde, mientras discutían nuevamente sobre la obra social realizada durante el franquismo, hizo una pregunta:

—¿Quién construyó España?

Alguien respondió de inmediato:

—Franco.

Pedro lo miró.

—¿Él solo?

Risas.

Otro intervino:

—El régimen.

—¿El régimen ponía ladrillos?

—Ya sabes lo que quiere decir.

—Precisamente por eso pregunto.

Se levantó.

—¿Quién construyó España?

Esta vez tardaron más.

—Los españoles.

Pedro asintió.

—Ahora empezamos.

No todos de la misma manera.

No todos con la misma responsabilidad.

No todos recibiendo tampoco la misma parte de lo construido.

Pero los españoles.

Después de la guerra hubo millones de personas intentando reconstruir simultáneamente un país y su propia vida.

Hombres trabajando jornadas interminables.

Mujeres administrando una escasez que no aparecía en los partes oficiales.

Campesinos dejando el pueblo.

Familias enteras trasladándose a Madrid, Barcelona, Bilbao, Valladolid, Zaragoza o tantas otras ciudades industriales.

Obreros viviendo primero en habitaciones alquiladas.

Pensiones.

Casas de familiares.

Barrios improvisados.

Y después, algunas veces, un piso.

Pedro visitó uno de aquellos barrios muchos años más tarde.

Lo acompañaba un hombre ya anciano.

Los edificios eran sencillos.

Nada monumental.

Bloques.

Ventanas.

Balcones.

Ropa tendida.

Niños jugando.

El anciano señaló.

—Cuando llegamos aquí no había casi nada.

—¿De dónde veníais?

—Del pueblo.

—¿Trabajabas en el campo?

—Hasta que me marché.

Señaló otro bloque.

—Ahí vivía mi hermano.

Otro.

—Allí mis cuñados.

Pedro siguió sus indicaciones.

—¿Y tú?

El hombre señaló un portal.

—Ahí.

—¿De alquiler?

—Al principio.

—¿Después?

El viejo sonrió.

—Acabó siendo nuestro.

Pedro repitió:

—Acabó siendo vuestro.

Cuatro palabras.

Nada más.

Pero dentro había una transformación.

Una familia sin patrimonio empezaba a poseer algo.

Una casa.

Pequeña.

Quizá mal aislada.

Quizá levantada demasiado deprisa.

Tal vez en un barrio con transporte deficiente.

Pero suya.

—No era gran cosa —dijo el anciano.

Pedro negó.

—Era tuya.

—Después de muchos años.

—Precisamente.

Aquello conectaba directamente con una de las ideas que llevaba décadas persiguiendo a la historia que estaban contando.

Extender la propiedad.

No abolirla.

Extenderla.

Para Pedro, una familia trabajadora que terminaba siendo propietaria de su vivienda explicaba mejor aquella aspiración que cien discursos.

Pero tampoco quería idealizar.

Había barrios construidos mal.

Especulación.

Deficiencias urbanísticas.

Servicios que llegaron tarde.

Viviendas pequeñas.

Abusos.

El progreso real tiene una desagradable costumbre:

llega lleno de defectos.

Eso no lo convierte en inexistente.

Lo mismo ocurría con la enseñanza.

España necesitó mecánicos.

Electricistas.

Torneros.

Soldadores.

Técnicos.

Especialistas.

La industrialización no podía sostenerse sólo con licenciados y discursos sobre modernización.

Había que formar a la gente que sabía manejar una máquina.

Pedro lo sabía bien.

—Un torno necesita más inteligencia de la que algunos licenciados imaginan.

La frase no gustaba demasiado a ciertos licenciados.

Las escuelas de aprendices.

La Formación Profesional.

Las Universidades Laborales.

Los centros de las propias empresas.

Toda aquella estructura contribuyó a formar trabajadores cualificados que después encontrarían una España industrial que crecía deprisa.

Pero los constructores olvidados no eran sólo obreros.

Ingenieros.

Arquitectos.

Agrónomos.

Médicos.

Maestros.

Funcionarios.

Empresarios.

Conductores.

Mineros.

Agricultores.

Ferroviales.

Mujeres sosteniendo hogares mientras el marido trabajaba en Alemania, Francia, Suiza o en una fábrica a cientos de kilómetros.

Gente sin carné.

Sin uniforme.

Sin fotografía.

Pedro empezó a incomodarse con una frase que había escuchado demasiadas veces.

—Nosotros construimos España.

—¿Quiénes somos nosotros?

—Los falangistas.

—No.

—Tuvimos una participación decisiva.

—En determinadas cosas, sí.

—Entonces…

Pedro respondió:

—Digamos eso.

—Es menos contundente.

—También es más cierto.

La tentación de apropiarse de un país entero era demasiado grande para todos.

El franquista decía:

—Franco construyó España.

El falangista:

—Falange levantó el Estado social.

El tecnócrata:

—Nosotros creamos el desarrollo.

El demócrata:

—Nosotros modernizamos España.

Pedro terminaba cansándose.

—¿Y los españoles cuándo aparecen?

Una nación no es la obra de sus dirigentes.

Los dirigentes influyen.

Deciden.

Acertarán.

Se equivocarán.

Pero entre la orden y el resultado existe siempre una multitud.

Alguien pone el ladrillo.

Alguien enseña al niño.

Alguien opera al enfermo.

Alguien suelda la pieza.

Alguien conduce el tren.

Alguien recoge la cosecha.

Alguien paga.

Alguien trabaja.

El manuscrito matriz había insistido justamente en esa corrección de perspectiva: las grandes transformaciones de la España de posguerra y del desarrollo fueron resultado de millones de trabajadores, técnicos y familias, no propiedad histórica de una sola doctrina política.

Pedro resumió una noche:

—Hemos hablado demasiado de los jefes.

Miguel sonrió.

—Estás escribiendo una historia de jefes.

—Precisamente.

—¿Y qué quieres hacer?

Pedro pensó.

—Recordar que los jefes pasan.

—¿Y los demás?

—Los demás levantan el país que los jefes inauguran.

La frase quedó.

Y llevaba otra consecuencia.

Si la persona era anterior al Estado, también era anterior al partido.

Ninguna organización podía absorber al hombre entero.

Ni siquiera Falange.

Quizá ésa fuera una de las lecciones que más tardaron en aprender.


CAPÍTULO LXXX

PRESENTE, ¿PARA QUÉ?

—¡José Antonio!

—¡Presente!

La respuesta salía sola.

Había sido pronunciada incontables veces.

En funerales.

Concentraciones.

Aniversarios.

Patios.

Actos políticos.

Ceremonias.

Generaciones enteras habían aprendido a contestarla antes incluso de saber demasiado sobre el hombre cuyo nombre pronunciaban.

Hasta que alguien hizo una pregunta.

—¿Presente para qué?

La sala quedó en silencio.

No había burla.

Eso la hacía mucho más peligrosa.

—¿Qué quieres decir?

—Exactamente eso.

—José Antonio está presente.

—Ya lo he oído.

—Entonces…

—¿Para qué?

La palabra presente podía significar demasiadas cosas.

Recordar.

Homenajear.

Obedecer.

Continuar.

Justificar.

Repetir.

Y una palabra que sirve para todo termina algunas veces sin servir para nada.

Pedro comenzó a utilizar la pregunta.

Nunca en medio de una ceremonia.

Conservaba un mínimo instinto de supervivencia.

Pero sí en las reuniones.

—José Antonio presente.

—Claro.

—¿En nuestra política económica?

Silencio.

—¿En la relación con los trabajadores?

Más silencio.

—¿En la libertad personal?

—Sí.

—¿Cómo?

—En…

—No. ¿Cómo?

Ahí se complicaba todo.

Era sencillo mantener presente un retrato.

Mucho más difícil mantener presente una exigencia.

José Antonio había hablado de transformar relaciones sociales.

De propiedad.

De trabajo.

De crédito.

De sindicatos.

De justicia.

De persona.

¿Cuánto de aquello quedaba cuando su nombre se reducía a una ceremonia?

Pedro empezó a sospechar que durante décadas habían conseguido hacer algo extraordinario.

Domesticar a un revolucionario mediante homenajes.

Un José Antonio convertido en estatua no discutía con nadie.

No preguntaba cuánto cobraba un trabajador.

No incomodaba a los propietarios.

No reclamaba reformas.

No corregía a quienes hablaban en su nombre.

Una estatua es el subordinado político perfecto.

—Lo peor que puede pasarle a un revolucionario es convertirse en estatua —dijo Pedro.

Miguel sonrió.

—¿Por qué?

—Porque las estatuas obedecen.

La frase provocó algunas risas.

Después dejó de hacer gracia.

Porque ellos podían caer en exactamente el mismo pecado.

—Tenemos que citar menos a José Antonio.

Ahora sí hubo protestas.

—¿Cómo?

—Lo que habéis oído.

—Somos falangistas.

—Precisamente.

—¿Entonces no vamos a citar al fundador?

—Claro que sí.

—Pues…

Pedro levantó una mano.

—Si para resolver cada problema de 1978 necesitamos buscar una frase pronunciada antes de 1936, tenemos un problema.

—La doctrina está ahí.

—Para orientarnos.

—¿Y?

—No para sustituirnos el cerebro.

No fue su intervención más aplaudida.

Pero algunos jóvenes entendieron.

Referente.

No oráculo.

Había una diferencia.

—¿Y si llegamos a una conclusión distinta?

Pedro respondió:

—Entonces habrá que examinarla.

—¿Y si contradice a José Antonio?

—Si contradice algo esencial de su pensamiento, tendremos que decidir si hemos cambiado.

—¿Y podemos?

Pedro se encogió de hombros.

—Claro.

La respuesta provocó otro silencio.

—¿Entonces todo vale?

—No.

—No entiendo.

—Cambiar está permitido.

Se inclinó.

—Fingir después que nunca cambiaste es otra cosa.

Otra vez la misma moral.

Evolución.

Sí.

Falsificación.

No.

José Antonio podía mantenerse presente de otra manera.

Leyéndolo.

Discutiéndolo.

Incluso contradiciéndolo.

El manuscrito matriz planteaba precisamente esa pregunta: el recuerdo ceremonial sólo tenía sentido si el «presente» se traducía en exigencias políticas concretas y no sustituía la capacidad de pensar de quienes se declaraban sus seguidores.

Pedro pensó entonces en Manuel Hedilla.

También él corría peligro.

El sucesor condenado.

El hombre que dijo no.

El olvidado.

El vencido por los vencedores.

Material perfecto para fabricar otro santo.

Miguel se adelantó.

—Con mi padre no.

Pedro lo miró.

—¿Qué?

—No hagamos lo mismo.

—¿Lo mismo que quién?

—Todos.

Y ahí comenzó otra conversación.


CAPÍTULO LXXXI

NI SANTOS NI DEMONIOS

—Estás convirtiendo a mi padre en una estatua.

Pedro frunció el ceño.

—No.

—Todavía.

La palabra quedó suspendida.

Todavía.

Miguel Hedilla sabía algo que Pedro podía olvidar.

Él había convivido con Manuel.

No con «el segundo Jefe Nacional».

Con su padre.

Un hombre.

Eso dificulta mucho la santificación.

Los santos domésticos dejan calcetines en algún sitio.

Se equivocan.

Pierden paciencia.

Tienen manías.

Dicen cosas de las que luego se arrepienten.

Manuel Hedilla tampoco había sido una figura perfecta.

Tenía carácter.

Ambición.

Limitaciones.

Errores.

Había participado en luchas internas durísimas.

Había tomado decisiones discutibles.

Había tenido enemigos por razones doctrinales y también por otras mucho más humanas.

Convertirlo en mártir impecable habría sido falsearlo de nuevo.

Sólo que en sentido contrario.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Pedro.

Miguel respondió sin dudar:

—Contarlo entero.

Entero.

No limpio.

No perfecto.

Entero.

Aquella palabra empezó a funcionar como regla.

También para Franco.

Era fácil reducirlo a una caricatura.

Salvador providencial.

O demonio absoluto.

Las dos simplificaciones permitían descansar al pensamiento.

Franco había sido un militar que llegó al poder en circunstancias excepcionales.

Concentró autoridad.

Ganó una guerra.

Gobernó durante décadas.

Reprimió.

Negoció.

Equilibró distintas familias del régimen.

Apartó a unas.

Promovió a otras.

Tomó decisiones que funcionaron.

Y otras que causaron graves daños.

Comprender el mecanismo no significaba absolverlo.

Precisamente lo contrario.

Permitía explicar por qué pudo durar.

—Si todo se reduce a decir que Franco era un imbécil —dijo Pedro—, no entenderemos cómo gobernó tantos años.

—Cuidado.

—¿Con qué?

—Alguno dirá que lo elogias.

Pedro se encogió de hombros.

—Entonces tendrá que aprender a distinguir entre explicar y aplaudir.

José Antonio tampoco debía quedar fuera de aquella exigencia.

Había sido brillante.

Culto.

Elocuente.

Valiente.

Capaz de intuiciones poderosas.

También había hablado el lenguaje áspero de una época violentísima.

Había cometido errores.

Había calculado mal.

Había dejado una obra política incompleta porque murió a los treinta y tres años.

Y su muerte había congelado su evolución.

—No sabemos qué habría cambiado —dijo Pedro.

Miguel respondió:

—Ni siquiera sabemos si habría cambiado.

—Espero que sí.

—¿Por qué?

—Porque un hombre inteligente aprende.

La misma regla debía aplicarse a todos.

Girón.

Reconocer su obra social.

Y su integración plena en el régimen.

Arrese.

Sus intentos de reforzar el Movimiento.

Y sus límites.

Ridruejo.

Su pasado falangista.

Su posterior ruptura.

Fernández-Cuesta.

Su cercanía histórica a José Antonio.

Y su larga trayectoria dentro del franquismo.

Narciso Perales.

Hedilla.

Pedro.

Todos.

El manuscrito matriz formula precisamente esta decisión narrativa: no convertir a Hedilla en héroe inmaculado ni a Franco en caricatura, y tratar también a José Antonio y a los demás personajes como hombres capaces de aciertos, errores, cambios y contradicciones.

Un joven militante protestó.

—Así perdemos épica.

Pedro asintió.

—Seguramente.

—Una causa necesita héroes.

—A veces.

—Entonces…

—Una novela necesita hombres.

—¿Y la política?

Pedro sonrió.

—También. Aunque tarde más en descubrirlo.

Había algo infantil en la necesidad de pensar:

si yo tengo razón, el otro tiene que ser malvado.

No siempre.

Dos hombres sinceros pueden defender proyectos incompatibles.

Un cobarde puede tener razón una tarde.

Un valiente puede equivocarse.

Un oportunista puede aprobar una medida útil.

Un idealista puede cometer una barbaridad.

La camisa no concede virtud.

Tampoco la ausencia de camisa.

La guerra había dejado suficientes cadáveres para entenderlo.

—Quiero que cualquiera pueda decir que Hedilla se equivocó —dijo Pedro— sin que lo echemos de la sala.

—Eso va a ser difícil.

—Entonces todavía tenemos mucho trabajo.

Y, una vez eliminados los santos y los demonios, quedaban las preguntas.

Las verdaderas.

No quién había sido puro.

Sino qué habían querido hacer.

Qué habían hecho.

Y por qué existía tanta distancia entre ambas cosas.

Pedro decidió empezar por la primera.


CAPÍTULO LXXXII

¿QUÉ QUISIMOS HACER?

Escribió la pregunta en una pizarra.

Grande.

¿QUÉ QUISIMOS HACER?

Después se volvió.

—Adelante.

Los presentes se miraron.

Uno respondió:

—Una España unida.

Pedro escribió:

UNIDAD NACIONAL.

Otro:

—Justicia social.

JUSTICIA SOCIAL.

—Sindicalismo.

SINDICALISMO.

—Superar la lucha de clases.

Lo escribió.

—Extender la propiedad.

Pedro se volvió.

—Ésa no la olvidemos.

Y escribió con letras mayores:

PROPIEDAD PARA MÁS PERSONAS.

Siguieron.

Dignidad del trabajo.

Independencia nacional.

Una economía sometida al bien común.

Participación.

Familia.

Municipio.

Fin del caciquismo.

Reforma agraria.

Crédito al servicio de la economía productiva.

Una comunidad nacional capaz de integrar intereses distintos.

La pizarra empezó a llenarse.

Pedro esperó.

—¿Nada más?

Silencio.

Desde el fondo alguien dijo:

—Libertad.

Pedro lo miró.

—Bien.

Escribió:

LIBERTAD.

Hubo cierta incomodidad.

—Depende de qué libertad.

—Naturalmente.

—No la libertad liberal…

Pedro levantó la mano.

—No empecemos definiendo las cosas por lo que no son.

El hombre calló.

—¿Qué libertad?

Pensó.

—La libertad de la persona.

Pedro escribió:

LIBERTAD DE LA PERSONA.

Ahora contempló la pizarra.

Resultaba impresionante.

Demasiado.

—Bien. Ahora viene lo difícil.

—¿Qué?

Pedro señaló la primera palabra.

—¿Qué significa?

Unidad nacional.

¿Centralización absoluta?

¿Municipios fuertes?

¿Descentralización administrativa?

¿Reconocimiento de peculiaridades regionales?

¿Hasta dónde?

Justicia social.

¿Qué salarios?

¿Qué impuestos?

¿Qué límites a la acumulación?

¿Qué mecanismos para extender propiedad?

¿Quién controla el crédito?

Sindicalismo.

¿Un sindicato único?

¿Libre afiliación?

¿Organizaciones profesionales distintas?

¿Representación por empresa?

¿Convenios?

Participación.

¿Información?

¿Cogestión?

¿Beneficios?

¿Acciones?

¿Propiedad?

Libertad.

¿Prensa?

¿Asociación?

¿Religión?

¿Partidos?

Las grandes palabras empezaron a fragmentarse.

—Por eso los programas tienen tantas páginas —dijo alguien.

Pedro negó.

—No.

—¿No?

—Por eso los políticos prefieren que no las leamos.

Risas.

Después volvió a la pregunta.

¿Qué había querido hacer realmente aquella primera Falange?

No la posterior.

No la administrativa.

No la ceremonial.

La nacida antes de la guerra.

El diagnóstico había partido de una España profundamente enfrentada.

Desigualdad.

Conflicto entre capital y trabajo.

Un sistema político desacreditado para muchos.

Una derecha demasiado identificada en ocasiones con la defensa de intereses establecidos.

Una izquierda que podía terminar reduciendo al hombre a su clase.

Y una cuestión nacional cada vez más conflictiva.

La propuesta quería escapar de aquellas alternativas.

Nación.

Pero no simple conservadurismo.

Reforma social.

Pero no marxismo.

Propiedad privada.

Pero extendida y sometida a una función social.

Trabajo como dignidad, no mercancía.

Intervención en banca y crédito.

Reforma agraria.

Sindicación.

Comunidad.

Y detrás de todo ello:

la persona.

Pedro subrayó la palabra.

—Aquí.

—¿Qué?

—La clave.

PERSONA.

—¿Por qué?

—Porque sin eso todo lo anterior puede convertirse en una máquina.

Estado.

Sindicato.

Nación.

Economía.

Partido.

Hasta la comunidad puede terminar devorando al hombre si se transforma en absoluto.

Un muchacho levantó la mano.

—Entonces ¿cómo acabó todo dentro de un Estado autoritario?

Nadie respondió.

Pedro sonrió con poca alegría.

—Acabas de hacer la segunda pregunta importante.

No todo podía atribuirse a Franco.

La guerra había sido decisiva.

La Unificación.

El poder militar.

La necesidad de reconstrucción.

La coalición de distintas fuerzas.

Pero también existían tensiones dentro del propio pensamiento.

El deseo de autoridad podía reducir libertad.

El rechazo del sistema de partidos podía terminar en partido único.

La aspiración a superar conflictos podía degenerar en silenciarlos.

El sindicato podía burocratizarse.

La unidad podía confundir discrepancia con deslealtad.

—No podemos explicar todos nuestros fracasos diciendo «Franco» —concluyó Pedro.

—Pero Franco fue decisivo.

—Claro.

—Entonces…

—Decisivo no significa único.

Señaló de nuevo la pizarra.

—Aquí también había riesgos.

La confesión incomodaba.

Era más fácil explicar una revolución derrotada por enemigos externos.

Mucho más difícil reconocer contradicciones propias.

Pedro miró todas las palabras.

UNIDAD.
JUSTICIA.
TRABAJO.
PROPIEDAD.
SINDICATO.
LIBERTAD.
PERSONA.

—Esto quisimos hacer.

Un hombre preguntó:

—¿Y cuánto hicimos?

Pedro cogió el borrador.

—Ésa es la siguiente pizarra.


CAPÍTULO LXXXIII

¿QUÉ HICIMOS?

Borró todo.

Sólo dejó arriba:

¿QUÉ HICIMOS?

La primera vez las respuestas habían salido deprisa.

Ahora costaron.

—Leyes sociales.

Pedro escribió.

—Viviendas.

Escribió.

—Formación Profesional.

—Universidades Laborales.

—Seguros sociales.

—Mutualismo.

—Regulación laboral.

—Organización sindical.

Uno añadió:

—Industrialización.

Pedro levantó inmediatamente la mano.

—No nos apropiemos del país otra vez.

—He dicho que participamos.

—Entonces pongamos eso.

Escribió:

PARTICIPACIÓN EN LA INDUSTRIALIZACIÓN.

Otro habló de política agraria.

Pedro dudó.

—Menos de lo que se había pretendido.

Y escribió:

REFORMAS PARCIALES.

La columna creció.

Ya parecía una lista cómoda.

Hasta que una voz dijo:

—Aceptamos el partido único.

Nadie habló.

Pedro escribió:

INTEGRACIÓN EN EL PARTIDO ÚNICO.

Otro añadió:

—Aceptamos a Franco.

—Muchos —corrigió alguien.

Pedro escribió:

MUCHOS ACEPTARON EL LIDERAZGO DE FRANCO.

El ambiente había cambiado.

Ya no estaban confeccionando una hoja de propaganda.

Un veterano añadió:

—Hubo falangistas en la represión.

Pedro lo miró.

Después escribió:

PARTICIPACIÓN EN LA REPRESIÓN.

Algunas miradas bajaron.

Otro intervino:

—Y hubo falangistas que protegieron gente.

Pedro asintió.

PROTECCIÓN Y AUXILIO EN CASOS CONCRETOS.

—Hicimos carrera.

—Algunos.

—Ponlo.

CARRERAS POLÍTICAS Y ADMINISTRATIVAS.

—Hubo oportunismo.

OPORTUNISMO.

—Y corrupción.

Pedro añadió:

CORRUPCIÓN.

La pizarra empezó a parecerse más a un país y menos a un cartel.

Un viejo habló desde el fondo.

—Renunciamos.

Pedro se volvió.

—¿A qué?

—A muchas cosas.

—Sé más concreto.

—A veces ni nosotros sabíamos a cuál habíamos renunciado ya.

Silencio.

Pedro escribió una sola palabra.

Muy grande.

RENUNCIAS.

Otro respondió:

—También resistimos.

Pedro añadió:

DISIDENCIA.

Hedilla.

Ridruejo.

Perales.

Otros.

En momentos diferentes.

Por motivos diferentes.

Unos desde muy pronto.

Otros después de haber participado plenamente.

No existía una sola historia.

Ése era el resultado.

Presencia y disidencia.

Poder y subordinación.

Obra social y frustración.

Convicción y oportunismo.

El manuscrito matriz planteaba esta misma autopsia: junto a las políticas laborales, vivienda, formación y protección social aparecían también la integración en el partido único, la aceptación del liderazgo de Franco por muchos falangistas, participación en la represión, carreras políticas, oportunismo, corrupción y diversas formas de disidencia.

Pedro se apartó.

—¿Veis ahora el problema?

—Que hicimos cosas buenas y malas.

—Eso lo hace cualquiera.

—¿Entonces?

—Que algunas de las cosas que hicimos contradijeron directamente lo que decíamos querer.

Silencio.

Habían hablado de libertad personal.

Participaron en un sistema sin pluralismo político.

Habían hablado de sindicalismo vivo.

La organización sindical terminó profundamente burocratizada.

Habían hablado de acabar con privilegios.

Convivieron con nuevos privilegiados.

Habían proclamado una revolución.

Acabaron administrando.

Pero también era cierto lo contrario.

Habían hablado de justicia social.

Y contribuyeron a políticas sociales reales.

Habían hablado de vivienda.

Y se construyó.

Habían hablado de formación del trabajador.

Y se crearon instituciones.

Nada permitía una frase única.

Ni fracaso absoluto.

Ni realización completa.

—Eso les ocurre a todos los partidos —dijo uno.

Pedro asintió.

—Claro.

—Entonces…

—Que otros lo hagan no convierte nuestras renuncias en virtudes.

El hombre calló.

Pedro contempló la pizarra.

La distancia entre:

LO QUE QUISIMOS

y

LO QUE HICIMOS

era enorme.

Pero todavía faltaba algo.

Una pregunta que podía explicar parte de esa distancia y, utilizada mal, justificar cualquier fracaso.

Alguien la formuló.

—¿Qué nos dejaron hacer?

Pedro se volvió.

Ahí estaba.

Podían estudiar cuánto de su programa había quedado limitado por Franco, por otras familias del régimen, por el Ejército, por la Iglesia, por los intereses económicos, por las circunstancias internacionales.

Pero antes de empezar hizo una advertencia.

—Cuidado.

—¿Con qué?

—Con esta pregunta.

—¿Por qué?

—Porque puede explicarlo todo.

—¿Y eso qué tiene de malo?

Pedro respondió:

—Que una explicación que sirve para justificar cualquier fracaso termina siendo una excusa.

Escribió la nueva pregunta.

¿QUÉ NOS DEJARON HACER?

Debajo añadió otra.

¿Y QUÉ ACEPTAMOS NO HACER?

Ahora sí.

La discusión podía continuar.

CAPÍTULO LXXXIV

¿QUÉ NOS DEJARON HACER?

La pregunta estaba escrita en la pizarra.

¿QUÉ NOS DEJARON HACER?

Debajo, Pedro había añadido otra.

¿Y QUÉ ACEPTAMOS NO HACER?

La segunda era más importante.

Porque la primera, utilizada sin cuidado, permitía construir una historia demasiado cómoda.

Todo lo bueno:

mérito propio.

Todo lo malo:

culpa ajena.

Eso no servía.

Después de 1937 la Falange dejó de decidir por sí sola.

Ése era el hecho fundamental.

El Estado que estaba naciendo no pertenecía a una sola familia política.

Franco ocupaba la cúspide.

Alrededor:

Ejército.

Falangistas.

Tradicionalistas.

Monárquicos.

Católicos.

Técnicos.

Administradores.

Empresarios.

Hombres procedentes de mundos muy distintos unidos primero por la guerra y obligados después a convivir dentro del mismo régimen.

Falange consiguió parcelas de poder.

Algunas importantes.

Trabajo.

Organización sindical.

Juventud.

Prensa durante determinados períodos.

Vivienda.

Gobernación en algunos momentos.

Organizaciones sociales.

Pero no poseyó el conjunto.

Pedro lo explicó con una imagen.

—Nos dieron habitaciones dentro de una casa cuyo dueño era otro.

Uno protestó.

—Algunas habitaciones eran enormes.

—Sí.

—Durante años controlamos áreas importantísimas.

—Sí.

—Entonces…

Pedro respondió:

—Pero las llaves maestras no eran nuestras.

Silencio.

Ahí estaba.

Podían dictarse medidas laborales.

Crear instituciones.

Organizar sindicatos.

Desarrollar políticas de vivienda.

Formar trabajadores.

Influir.

Pero la decisión última sobre el rumbo político pertenecía a Franco.

Y Franco gobernaba precisamente evitando que ninguna de las familias del régimen se convirtiera en dueña completa de la casa.

Cuando una crecía demasiado, equilibraba con otra.

Cuando una iniciativa amenazaba el sistema de poder, la frenaba.

Había ocurrido en 1937.

Volvió a suceder de otra forma en 1957.

—¿Qué nos dejaron hacer? —preguntó Pedro.

—Política social.

—Parte.

—Sindicalismo.

—Dentro de una estructura estatal.

—Juventud.

—Sí.

—Vivienda.

—Sí.

—Trabajo.

—Mucho.

Pedro escribió.

Después:

—¿Qué no?

Esta vez tardaron.

Uno respondió:

—Mandar.

Pedro escribió:

CONTROL GENERAL DEL ESTADO: NO.

Otro:

—Mantener una Falange independiente.

Ni siquiera hacía falta escribirlo.

Aquello estaba decidido desde abril de 1937.

—Transformar completamente la propiedad.

NO.

—Llevar hasta el final las propuestas sobre crédito y banca.

NO.

—Construir el sindicalismo tal como se había imaginado antes de la guerra.

NO.

—Hacer la revolución completa.

Pedro levantó la mirada.

—Eso es demasiado grande.

—Pero cierto.

—Entonces escribamos algo más preciso.

Y escribió:

TRANSFORMACIÓN NACIONALSINDICALISTA COMPLETA DEL ESTADO: NO.

Uno de los presentes sonrió.

—Menos épico.

—Más útil.

Hasta ahí resultaba fácil.

Demasiado.

Pedro dejó la tiza.

—Ahora viene nuestra parte.

—¿Cuál?

—Que nadie nos obligó a permanecer cuarenta años.

Algunos se removieron.

—Había circunstancias.

—Claro.

—Responsabilidades.

—Claro.

—Una guerra primero.

—Sí.

—Y después una situación internacional dificilísima.

—También.

Pedro esperó.

—Pero quienes aceptaron cargos aceptaron también formar parte del sistema.

Silencio.

—No podemos decir: cuando se hizo una vivienda era mérito nuestro y cuando el régimen hacía algo que rechazábamos nosotros no teníamos nada que ver.

—Cada cual responde de lo suyo.

—Hasta cierto punto.

—¿Qué quieres decir?

—Que si entras en un Gobierno, formas parte del Gobierno.

El otro replicó:

—Eso tampoco significa que apruebes todo.

—No.

—Entonces…

—Otra vez depende.

Risas.

La palabra volvía.

Depende.

Ya no les molestaba tanto.

Era la palabra de la madurez.

La responsabilidad podía graduarse.

No desaparecer.

Los falangistas que permanecieron dentro consiguieron capacidad para actuar.

También asumieron un compromiso con un Estado que no controlaban.

Ése fue el precio. El manuscrito matriz resume esa relación como una participación real pero subordinada: Falange dispuso de parcelas importantes de poder, mientras Franco conservó el arbitraje general; entrar permitió construir, pero también comprometió a quienes decidieron permanecer.

Un hombre dijo:

—Nos utilizaron.

Pedro respondió inmediatamente:

—Y nosotros utilizamos el Estado.

La frase molestó.

—No es lo mismo.

—No.

—Entonces…

—He dicho que lo utilizamos, no que la relación fuera igual.

Franco ganó la batalla política.

Falange obtuvo instrumentos.

Era una relación desigual.

Pero relación.

No bastaba llamarse víctima.

Tampoco vencedor.

Otra vez el título.

Los vencedores vencidos.

Pedro miró las tres preguntas que habían ido apareciendo durante aquellas reuniones.

¿QUÉ QUISIMOS HACER?

¿QUÉ HICIMOS?

¿QUÉ NOS DEJARON HACER?

Faltaba una cuarta.

No podía responderla una organización.

Sólo una persona.

Pedro borró lentamente la pizarra.

Después escribió:

¿QUÉ HICISTE CUANDO DETUVIERON A HEDILLA?

Nadie habló.

Un hombre muy viejo levantó la cabeza.

Había esperado cuarenta años para responder.


CAPÍTULO LXXXV

¿QUÉ HICISTE CUANDO DETUVIERON A HEDILLA?

El anciano tenía las manos apoyadas sobre las rodillas.

Pedro no lo apremió.

Miguel Hedilla tampoco.

La pregunta permaneció en la sala.

Habían pasado más de cuarenta años.

Parecía tiempo suficiente para fabricar una respuesta.

Pero el viejo no quería fabricarla.

Finalmente dijo:

—Nada.

Nadie se movió.

—No hice nada.

Pedro aguardó.

Un muchacho preguntó:

—¿Tenías miedo?

El anciano negó.

—Después.

—¿Después?

—Después tuve miedo.

—¿Y antes?

El viejo sonrió con amargura.

—Antes tuve esperanza.

Aquello no era lo que esperaban.

—¿Esperanza en qué?

—En que se arreglara.

Pausa.

—Ésa es una de las formas más cómodas de cobardía.

Nadie interrumpió.

—Pensábamos que sería temporal. Que hablarían. Que Franco necesitaba a Falange. Que Hedilla saldría. Que aquello era una disputa entre mandos. Que después de la guerra…

Se detuvo.

Después de la guerra.

Otra vez.

La frase que había servido para aplazarlo todo.

Primero ganar.

Después hablar.

Primero obedecer.

Después corregir.

Primero sobrevivir.

Después recuperar.

El después llegó.

Pero lo que llegaba después no encontraba ya las mismas cosas.

—¿Qué pasó cuando terminó la guerra? —preguntó Pedro.

El viejo miró hacia él.

—Ganamos.

Nadie celebró la palabra.

—Ganamos la guerra.

Pausa.

—Y entonces resultó todavía más difícil admitir que habíamos perdido otra cosa.

Pedro sintió que toda la novela cabía dentro de aquella frase.

—¿Cuándo lo comprendiste?

—No hubo un día.

—¿Cómo fue?

El anciano se señaló el pecho.

—Entrando.

—¿Qué?

—La certeza.

Despacio.

Un nombramiento.

Una orden.

Un mando nuevo.

Una ceremonia.

Un discurso.

Un camarada que dejaba de aparecer.

Otro que aceptaba un cargo.

Otro que callaba.

Otro que empezaba a hablar exactamente como esperaba el poder.

La derrota política no siempre llega con uniformes enemigos.

A veces utiliza tu propio uniforme.

—¿Por qué no os marchasteis?

El viejo sonrió.

—¿Adónde?

La pregunta quedó.

—Éramos falangistas. Habíamos combatido. Muchos camaradas seguían en el frente. En la otra zona podían matarnos. En ésta habían detenido a nuestro jefe.

Se encogió de hombros.

—No había una tercera España esperando con una habitación preparada hasta que resolviéramos nuestras dudas.

Pedro bajó la mirada.

Aquello era justamente lo que el juicio retrospectivo olvida.

Las decisiones no se toman en seminarios.

Se toman dentro del ruido.

—Entonces te quedaste.

—Sí.

—Y aceptaste.

—Poco a poco.

Pedro levantó los ojos.

Poco a poco.

Tal vez ésa fuera una de las expresiones más peligrosas de la vida.

Las grandes renuncias rara vez se anuncian como grandes renuncias.

Se pagan a plazos.

Hoy esto.

Mañana aquello.

Luego una explicación.

Después una costumbre.

Finalmente una biografía.

—¿Te arrepientes?

El anciano tardó.

—De algunas cosas.

—¿De quedarte?

Otro silencio.

—No sé.

Pedro agradeció la respuesta.

No sé.

Dos palabras extraordinariamente poco frecuentes entre políticos.

—Si te hubieras marchado…

—Tal vez no habría hecho nada.

—¿Y quedándote?

—Hice algunas cosas.

Trabajo.

Organización social.

Ayudas.

Intervenciones en favor de familias.

Pequeñas mejoras.

Nada heroico.

Nada despreciable.

—Y también callé cuando no debía.

Miguel había permanecido prácticamente inmóvil.

Entonces preguntó:

—¿Conociste a mi padre?

El viejo lo miró.

—Sí.

La voz cambió en la sala.

Ya no hablaban del Jefe Nacional.

Hablaban del padre de uno de los hombres sentados allí.

—¿Bien?

—Lo suficiente.

Miguel respiró.

—¿Qué pensaste cuando lo condenaron a muerte?

El anciano cerró los ojos.

—Que no lo matarían.

Miguel negó.

—No te he preguntado eso.

El viejo abrió los ojos.

—Ya.

—¿Qué pensaste?

Esta vez la respuesta tardó más.

—Que habían ganado.

Nadie preguntó inmediatamente quiénes.

Todos habían entendido.

No los nacionales.

No la guerra.

Otra batalla.

Pedro formuló finalmente:

—¿Quiénes?

—Los que querían que Falange dejara de mandarse a sí misma.

—¿Franco?

—Franco primero.

—¿Y después?

El anciano miró alrededor.

—Nosotros.

Eso sí sorprendió.

—¿Nosotros?

—Franco pudo hacerlo porque muchos aceptamos que lo hiciera.

La frase cayó con una violencia que ninguna acusación habría conseguido.

El poder no es solamente el hombre que manda.

También quienes obedecen.

Especialmente quienes pueden negarse y no lo hacen.

El testimonio del manuscrito matriz plantea precisamente esa confesión: el viejo camarada reconoce que no hizo nada, que confió en que la situación se arreglara y que la pérdida de autonomía fue aceptándose gradualmente hasta convertir una decisión provisional en una nueva normalidad.

Miguel hizo una última pregunta.

—¿Le pediste perdón alguna vez?

—¿A tu padre?

—Sí.

El anciano negó.

—No.

—¿Por qué?

El viejo sonrió con tristeza.

—Porque habría tenido que admitir delante de él que sabía por qué tenía que pedírselo.

Nadie habló.

—Ahora lo admites.

—Ahora soy viejo.

—Eso no responde.

—Precisamente.

El hombre levantó una mano temblorosa.

—La vejez es una fábrica de valentías atrasadas.

Esta vez nadie sonrió.

Cuántos hombres cuentan después lo que no dijeron cuando importaba.

Cuántos se vuelven valientes en sus memorias.

Cuántos recuerdan sus discrepancias una vez muerto el hombre ante quien no se atrevieron a pronunciarlas.

Pero aquel anciano no se estaba fabricando un heroísmo retrospectivo.

Repitió:

—No hice nada.

Y quizá por eso su testimonio valía más.

Pedro se levantó.

No quiso absolverlo.

Tampoco condenarlo.

Le tendió la mano.

El hombre la tomó.

Antes de salir se volvió hacia Miguel.

—Perdón.

Miguel negó despacio.

—No soy yo quien tiene que dártelo.

El anciano asintió.

—Ya.

Y se marchó.

La silla quedó vacía.

Pedro permaneció mirándola.

—Quizá debamos hacer esta pregunta a todos.

Miguel negó.

—No.

—¿No?

—Hay una mejor.

—¿Cuál?

Miguel miró la puerta por la que acababa de salir el anciano.

—¿Qué hiciste cuando todavía podías elegir?

Ahí estaba.

Antes del miedo.

Antes de la costumbre.

Antes del cargo.

Antes de la explicación.

Cuando todavía existían dos palabras.

Sí.

No.

Hedilla dijo no.

Otros dijeron sí.

Muchos no dijeron nada.

Y de esas tres respuestas había salido una parte enorme de esta historia.


CAPÍTULO LXXXVI

SOBREVIVIR

La palabra merecía por fin un capítulo.

Sobrevivir.

No era heroica.

No llevaba camisa.

No aparecía bien en una pancarta.

Pero estaba en todas partes.

Pedro había despreciado aquella respuesta cuando era joven.

—¿Qué hiciste?

—Sobreviví.

Le parecía una evasión.

Una forma elegante de decir:

tuve miedo.

Con el tiempo comprendió que podía significar muchas cosas.

Sobrevivir era llegar vivo al día siguiente.

Pero también conservar una familia.

Un trabajo.

Una idea.

Una carta.

Un recuerdo.

Una pequeña capacidad para ayudar a alguien.

Los falangistas que habían perdido la batalla política dentro del bando vencedor aprendieron pronto aquella política diminuta.

No controlarían el Estado.

Algunos decidieron entrar en él.

No harían toda la revolución.

Tal vez podían convertir una parte en ley.

No conservarían la organización independiente.

Podían intentar conservar preguntas.

—Entramos.

—Sí.

—Influímos.

—Sí.

—Hicimos cosas.

—Sí.

—Entonces sobrevivimos.

Pedro añadió:

—Y el Estado también entró en vosotros.

Silencio.

Eso era lo que faltaba.

El que entra para cambiar algo corre siempre el riesgo de ser cambiado.

Despachos.

Jerarquías.

Sueldos.

Ceremonias.

Coches oficiales.

Secretarias.

Presupuestos.

Acceso.

Prestigio.

La revolución tiene dificultades extraordinarias para sobrevivir a un buen despacho.

Pedro utilizaba la frase con humor.

No era únicamente humor.

Alguien le preguntó:

—¿Tú habrías resistido?

Pedro respondió:

—No lo sé.

—Hablas como si sí.

—Entonces hablo mal.

Era otra cosa que había aprendido con los años.

No adjudicarse heroicidades en circunstancias no vividas.

Pedro había sufrido detención.

Problemas laborales.

Despidos.

Había conocido presión.

Pero no una guerra civil.

Ni 1937.

Ni el arresto del jefe mientras el propio bando libraba una guerra.

—Tal vez habría aceptado.

—¿Tú?

—Tal vez.

—No te creo.

Pedro sonrió.

—Ése es tu problema.

Miguel tampoco necesitaba imaginar una valentía que no había tenido ocasión de demostrar.

Su supervivencia era distinta.

Había tenido que defender durante décadas la memoria de su padre frente a versiones ajenas.

Documentos.

Cartas.

Testimonios.

Papeles.

Una conversación recordada.

Un nombre correctamente colocado.

Manuel había conservado una negativa.

Miguel conservó la memoria de esa negativa.

Pedro trató después de convertir aquella memoria en política.

Tres formas de sobrevivir.

Pero la palabra tenía un límite.

No se puede sobrevivir eternamente como proyecto político.

Una organización que convierte su supervivencia en objetivo ha dejado de preguntarse para qué existe.

Después de una derrota electoral alguien lo planteó.

—¿Para qué seguimos?

Silencio.

—Para que exista Falange —respondieron.

Pedro negó.

—Eso no basta.

—¿Para mantener la doctrina?

—¿Para quién?

La pregunta molestó.

—Para el futuro.

—¿Qué futuro?

Más silencio.

—Tenemos que decidir si queremos ser testimonio o fuerza.

—Podemos ser ambas cosas.

—Claro.

—Entonces…

—Pero no confundamos una con otra.

Falange Auténtica había conseguido actuar como testimonio.

Había recuperado a Hedilla.

Había vuelto a plantear la diferencia entre FE-JONS y el partido unificado.

Había demostrado que existió disidencia falangista frente a Franco.

No era poco.

Pero ¿podía convertirse en una fuerza política importante?

Los números daban una respuesta ingrata.

No parecía.

Pedro tuvo que admitirlo.

No porque hubiera dejado de creer.

Porque sabía contar.

Votos.

Militantes.

Implantación.

Presencia pública.

La política también tiene aritmética.

—Entonces fracasamos.

—Electoralmente, sí.

—¿Y políticamente?

Pedro pensó.

—Depende de lo que prometimos conseguir.

Si pretendían gobernar España:

fracaso.

Si pretendían rescatar una línea histórica condenada al olvido:

habían conseguido algo.

El problema era que eso no bastaba para mantener una organización unida.

Volvieron las tensiones.

Personales.

Doctrinales.

De dirección.

De táctica.

Los grupos pequeños pueden discutir con extraordinaria violencia porque un metro cuadrado de poder interior parece un continente.

Falange Auténtica tampoco escaparía a esa enfermedad.

La palabra Auténtica no conseguía hacer auténticos a todos sus miembros por decreto.

Sería demasiado fácil.

Pedro recibiría críticas.

Tendría enemigos.

Cometería errores.

El título de Jefe Nacional tampoco lo convertía en propietario de la razón.

Aquella organización terminaría padeciendo también divisiones, prueba adicional de que una genealogía histórica no elimina vanidad, ambición ni desacuerdo.

Y entonces Pedro empezó a comprender algo que había tardado décadas en aceptar.

Las organizaciones mueren.

También las nuestras.

No importa cuánto queramos una sigla.

No importa cuántos muertos la hayan llevado.

Una organización es una herramienta.

Si deja de servir, la idea puede buscar otra.

Eso no significa que todas las ideas deban sobrevivir.

Algunas merecen desaparecer.

Pero las preguntas pueden durar mucho más.

¿Puede existir justicia social sin colectivismo?

¿Puede extenderse la propiedad en lugar de concentrarla?

¿Puede protegerse al trabajador sin convertirlo en subordinado del Estado?

¿Puede existir una patria fuerte sin convertir el Estado en ídolo?

¿Puede mantenerse una comunidad política sin aplastar diferencias?

Aquellas preguntas continuaban vivas.

Mucho más vivas que una camisa.

El propio manuscrito matriz sitúa ahí la supervivencia decisiva: más allá de la suerte de una organización concreta, podían sobrevivir las preguntas sobre propiedad, justicia social, libertad, comunidad y límites del Estado.

Pedro tardó en aceptar que eso podía bastar.

Porque un militante confunde fácilmente el final de su organización con el final de su causa.

No es lo mismo.

Los partidos son mortales.

Las preguntas, algunas veces, resultan mucho más tercas.


CAPÍTULO LXXXVII

EL ÚLTIMO CAMISA VIEJA

Pedro no era camisa vieja.

No podía serlo.

Había nacido en 1940.

Miguel tampoco.

La expresión pertenecía a otra generación.

Los anteriores al 18 de julio.

Cada año quedaban menos.

Habían sobrevivido a la guerra.

A las cárceles algunos.

A las purgas.

A las divisiones.

Al franquismo.

A la muerte de Franco.

A la Transición.

Pero nadie sobrevive indefinidamente a la edad.

Los últimos empezaron a morir.

Con ellos desaparecía algo que ningún archivo conserva por completo.

La voz.

La pausa.

El gesto.

La manera exacta de pronunciar un nombre.

La reacción cuando alguien dice:

José Antonio.

Hedilla.

Franco.

Eso no cabe completamente en una carpeta.

Pedro comenzó a visitarlos.

No para afiliarlos.

Para escuchar.

Uno vivía en una casa modesta.

Lo recibió con curiosidad.

—¿Cuándo te afiliaste? —preguntó Pedro.

El viejo corrigió:

—Me afilié.

—Perdona.

Le dio una fecha.

Antes de la guerra.

Pedro sonrió.

—Entonces tengo que preguntártelo.

—Adelante.

—¿Por qué?

El anciano se echó a reír.

—Porque era joven.

—Eso explica bastante.

—Casi todo.

Rieron.

—¿Y además?

El viejo pensó.

—Estaba cabreado.

—¿Con qué?

—Con España.

—Eso es muy amplio.

—Con el paro. Con los señoritos. Con los revolucionarios. Con la violencia. Con el desorden. Con los caciques. Con la gente que hablaba de patria sin mirar cómo vivían muchos españoles.

Pedro escuchó.

—¿Y José Antonio?

—Parecía ofrecer una respuesta.

—¿La tenía?

El viejo sonrió.

—Éramos jóvenes. Confundíamos con frecuencia una buena pregunta con una respuesta.

Pedro guardó la frase.

—¿Lo conociste?

—Sí.

Pedro cambió involuntariamente la postura.

Todavía ocurría.

Tener delante a alguien que había hablado personalmente con José Antonio producía una pequeña electricidad.

—¿Cómo era?

El anciano se echó a reír.

—Más bajo de lo que parece en algunas fotos.

Pedro también rió.

Aquello le gustó.

La estatua acababa de perder diez centímetros.

Volvía a ser persona.

—No te pregunto por la estatura.

—Ya lo sé.

El viejo miró a un lugar que Pedro no podía ver.

—Escuchaba.

—¿Qué?

—A la gente.

—Eso parece poco extraordinario.

—No en política.

Pedro sonrió.

—Tampoco ahora.

—Podías discutir con él.

—Hay quien imagina Falange como obediencia absoluta.

El viejo negó.

—Después.

Una sola palabra.

Otra vez.

Después.

—Antes discutíamos.

—¿De qué?

—De todo.

Economía.

Religión.

Sindicalismo.

Violencia.

Derecha.

Militares.

Estrategia.

—¿Entonces no estaba todo decidido?

El anciano lo miró.

—Claro que no.

—¿La doctrina?

—Se estaba haciendo.

Pedro quedó quieto.

Eso era fundamental.

Una doctrina viva.

No una tabla entregada completa.

—Entonces José Antonio cambiaba de opinión.

El anciano abrió mucho los ojos.

—Era una persona.

Pedro sonrió.

Otra frase.

Pequeña.

Devastadora.

Era una persona.

Por eso podía aprender.

Dudar.

Rectificar.

Equivocarse.

Los muertos son mucho más rígidos que los vivos.

—¿Qué ocurrió después del 18 de julio?

La expresión del anciano cambió.

—Llegó demasiada gente.

—¿Oportunistas?

—Algunos.

—¿Los demás?

—Gente sincera. Jóvenes. Combatientes. Hombres que creían. Muchos murieron.

Pedro agradeció la precisión.

—Entonces ¿cuál fue el problema?

—Que todo creció demasiado deprisa.

Camisas nuevas.

Milicias.

Poder.

Una organización que había cabido casi en una habitación se convirtió en masa.

Y cuando una organización se convierte en masa en plena guerra, cambia aunque nadie quiera cambiarla.

—¿Hedilla?

El anciano tardó.

—No era José Antonio.

—Eso parece evidente.

—Ahora.

Pedro levantó la vista.

—Entonces todos buscaban quién podía ocupar el hueco.

—¿Podía Hedilla?

—No completamente.

—¿Por qué?

—Porque una elección transmite un cargo.

Pausa.

—No transmite un carisma.

Aquello explicaba mucho.

Hedilla tenía legitimidad orgánica.

Franco tenía fuerza militar.

Otros tenían prestigio.

José Antonio había poseído una autoridad personal difícil de transferir.

Nadie reunía todo.

El vacío era enorme.

—¿Fuiste hedillista?

El anciano negó.

—Fui falangista.

Pedro sonrió.

—Respuesta hábil.

—No.

El hombre se inclinó.

—Ahí está el problema de los que venís después. Necesitáis poner nombres a cosas que nosotros vimos separarse sin saber todavía hasta dónde se separarían.

Pedro permaneció callado.

—¿Aceptaste la Unificación?

—Sí.

—¿Por qué?

—Había una guerra.

Nada más.

—¿Te arrepientes?

El anciano sonrió.

—No puedo arrepentirme en 1978, sabiendo lo que sé en 1978, de una decisión que tomé en 1937 con lo que sabía en 1937.

Pedro se quedó inmóvil.

Aquello era una regla magnífica.

Juzgar decisiones con la información disponible cuando fueron tomadas.

No con el resultado conocido después.

—¿Volverías a aceptar?

El viejo se echó a reír.

—Acabas de hacer exactamente lo que te he dicho que no hagas.

Pedro también rió.

—Tienes razón.

Hablaron durante horas.

Al marcharse, el anciano señaló un armario.

—Ábrelo.

Pedro obedeció.

Dentro había una camisa azul.

Vieja.

No envejecida artificialmente.

Gastada.

La tela había atravesado décadas.

—¿La llevaste?

—Sí.

—¿Durante la guerra?

—Antes.

Pedro tocó la manga con cuidado.

No sintió una reliquia.

Sintió tiempo.

—¿Qué vas a hacer con ella?

El anciano sonrió.

—Morirme.

Pedro se volvió.

—¿Y después?

—Que hagan lo que quieran.

Cerró el armario.

Pocos años más tarde aquel hombre murió.

Como los otros.

La primera generación se apagaba.

Pedro y Miguel tendrían que transmitir.

Y transmitir es otra forma de elegir.

Qué conservar.

Qué corregir.

Qué explicar.

Qué dejar morir.

Antes de marcharse, Pedro le había hecho una última pregunta.

—¿Qué fue lo más importante?

El viejo respondió sin pensar:

—Que creíamos que podíamos cambiar España.

—¿La cambiasteis?

El anciano sonrió.

—España cambió.

Pedro negó.

—No es lo mismo.

—Exactamente.

Y cerró la puerta.


CAPÍTULO LXXXVIII

LA TUMBA

Las tumbas tienen una ventaja extraordinaria para la política.

No discuten.

Uno puede acercarse con una interpretación perfectamente preparada.

La lápida no levanta la mano.

No dice:

—Eso no ocurrió así.

No matiza.

No corrige.

Por eso los muertos son tan útiles para los vivos.

Pedro pensó en ello frente a la tumba de Manuel Hedilla.

Miguel estaba a su lado.

Al principio ninguno habló.

Allí terminaba una vida.

No la discusión.

Hedilla había muerto en 1970.

Franco todavía vivía.

No vio morir al hombre con quien había chocado políticamente.

No vio la desaparición del Movimiento.

No vio la Transición.

No vio elecciones.

No vio a su hijo defender públicamente su memoria en una España nueva.

No vio a Pedro Conde al frente de una corriente que reivindicaba la Falange independiente.

Había muerto antes del último acto.

Miguel miró la lápida.

—Nunca quiso que toda su vida quedara reducida a 1937.

Pedro se volvió.

—Pero es inevitable.

—No.

—¿No?

—Es comprensible.

Miguel señaló la tumba.

—No inevitable.

Hedilla había trabajado antes de 1937.

Había militado.

Organizado.

Discutido.

Tomado decisiones.

Había vivido también después.

Prisión.

Confinamiento.

Marginación.

Familia.

Años.

La Historia posee una extraordinaria crueldad para reducir una vida a una fecha.

José Antonio:

20 de noviembre de 1936.

Hedilla:

abril de 1937.

Franco:

18 de julio.

Como si el resto hubiese sido preparación o consecuencia.

—Si sólo contamos la condena —dijo Pedro— parecerá que pasó su vida esperando a que Franco lo metiera en la cárcel.

—Exacto.

Miguel se agachó.

Quitó una hoja seca.

—Mi padre tenía bastante sentido del humor.

Pedro sonrió.

—Eso aparece poco.

—Casi nada.

—¿Era rencoroso?

Miguel tardó.

—A veces.

Pedro lo miró.

Miguel sonrió.

—¿Qué esperabas?

—Nada.

—Un mártir perfectamente equilibrado, quizá.

—Ya hemos hablado de los santos.

—Por eso.

La familia conservaba mejor al hombre que la política.

—¿Hablaba mucho de Franco?

—Menos de lo que imaginas.

Pedro se sorprendió.

—Pensaba que…

—Precisamente.

Miguel señaló la tumba.

—Tú has conocido a mi padre a través de Franco.

Pausa.

—Yo lo conocí a través de mi madre, de la mesa de casa, de sus enfados, de sus bromas y de sus silencios.

No era lo mismo.

Pedro preguntó:

—¿Alguna vez le planteaste qué habría hecho si hubiera ganado?

Miguel sonrió.

—Sí.

—¿Qué respondió?

—Que dejara de hacer preguntas tontas.

Pedro soltó una carcajada.

—Eso me gusta.

—Ya.

—¿Nunca dijo nada más?

—Alguna vez comentaba que un movimiento político no puede gobernar sólo con entusiasmo.

Pedro levantó las cejas.

—Eso me interesa mucho más.

Miguel se volvió hacia él.

—Claro.

—¿Por qué «claro»?

—Porque ya estás intentando convertirlo en doctrina.

Pedro rió.

Se quedaron otra vez en silencio.

No había banderas.

Ni himnos.

Ni brazo alzado.

Ni discursos.

Dos hombres.

Una tumba.

Una historia.

Pedro pensó en la cadena.

José Antonio había heredado la necesidad de defender a su padre.

Hedilla había heredado una organización descabezada.

Miguel había heredado un apellido convertido en problema político.

Pedro había recibido esa historia sin vínculos de sangre y había decidido hacerla también suya.

Ninguno heredó lo mismo.

Todos tuvieron que decidir qué hacer con lo recibido.

—¿Crees que tu padre habría aprobado Falange Auténtica?

Miguel lo miró.

Pedro cerró los ojos.

—Ya.

—Otra vez.

—Retiro la pregunta.

—Gracias.

—Déjame intentarlo mejor.

—Adelante.

—¿Habría entendido por qué lo hicimos?

Miguel pensó.

—Creo que sí.

No aprobación.

Comprensión.

Mucho más prudente.

Y quizá mucho más valioso.

Pedro permaneció frente al nombre grabado.

MANUEL HEDILLA LARREY.

Detrás de unas letras cabían años de una historia que buena parte de España desconocía.

Entonces Miguel dijo:

—¿Sabes cuál fue nuestro error?

—¿Cuál?

—Pensar que reivindicar a mi padre significaba ganar una discusión.

Pedro esperó.

—¿Y qué significa?

Miguel respondió:

—Que se sepa que existió.

Nada más.

Y todo.

Existió.

No como traidor.

No como simple rebelde.

No como santo.

No como nota al pie.

Como hombre político.

Como trabajador.

Como falangista.

Como Jefe Nacional elegido.

Como adversario de la absorción.

Como condenado.

Como superviviente.

Después:

que cada cual juzgara.

La memoria no necesitaba entregar una sentencia.

Bastaba con impedir que desapareciera el acusado. Ésa es también la función que el manuscrito matriz asigna a la reivindicación de Hedilla: establecer su existencia y su papel histórico —jefatura, oposición a la Unificación, condena y supervivencia— sin convertirlo en figura inmaculada.

Pedro miró la tumba por última vez.

Pensó inevitablemente en Ángel María Pascual.

En aquel verso escrito décadas atrás:

En tu propio solar, quedaste fuera.

Hedilla había quedado fuera.

Pero el olvido no había conseguido cerrar completamente el cerco.

Miguel estaba allí.

Pedro también.

Había documentos.

Había preguntas.

Y quizá eso fuera lo único que una generación posterior podía hacer por un muerto sin apropiarse de él:

recordarlo lo bastante para permitir que volviera a ser discutido.

Se alejaron.

La tumba quedó atrás.

No la pregunta.

Porque aquella pregunta, nacida antes de la guerra y repetida después entre camisas viejas, estaba esperando una última transformación:

¿Dónde estabas entonces?

Ya no para saber quién se había afiliado primero.

Sino para averiguar quién fue cada cual cuando todavía podía elegir.

CAPÍTULO LXXXIX

¿DÓNDE ESTABAS ENTONCES?

La pregunta era antigua.

Había nacido cuando la camisa azul todavía podía costar más problemas que beneficios.

—¿Dónde estabas antes del 18 de julio?

Durante años había separado a los camisas viejas de los nuevos.

No porque la antigüedad concediera virtud.

Nunca la concedió.

Un hombre podía haberse afiliado en 1934 y convertirse después en un perfecto oportunista.

Otro podía haber llegado en agosto de 1936 y morir convencido de aquello que acababa de descubrir.

La fecha no juzgaba.

Situaba.

Antes del 18 de julio Falange era pequeña.

Pobre.

Perseguida.

También violenta.

Y atacada violentamente.

No tenía ministerios.

Ni gobernadores.

Ni sindicatos oficiales.

Ni una maquinaria estatal detrás.

Afiliarse entonces no parecía el camino más corto hacia una carrera.

Después todo cambió.

La guerra.

Las milicias.

El crecimiento.

El poder.

La pregunta empezó a significar:

—¿Viniste cuando había algo que perder o cuando empezaba a haber algo que ganar?

Era injusta muchas veces.

Pero no absurda.

Pedro la recuperó décadas después.

Sólo que modificó el entonces.

Ya no preguntaba:

—¿Dónde estabas antes del 18 de julio?

Preguntaba:

—¿Dónde estabas cuando detuvieron a Hedilla?

O:

—¿Dónde estabas cuando llegó el Decreto de Unificación?

O:

—¿Dónde estabas cuando empezó a comprenderse que la Falange que había elegido a Hedilla ya no decidiría su propio destino?

La misma pregunta.

Otra frontera.

Un joven respondió con seguridad:

—Yo habría protestado.

Pedro sonrió.

—Claro.

—¿No me crees?

—No lo sé.

—Yo sí.

Pedro negó.

—Ésa es precisamente tu ventaja.

—¿Cuál?

—Que hablas cuarenta años después.

El muchacho se molestó.

—¿Entonces no podemos juzgar nada?

—Claro que podemos.

—Pues…

—Pero no podemos regalarnos gratuitamente la valentía que no hemos tenido ocasión de demostrar.

Silencio.

Pedro había aprendido a desconfiar de aquellas biografías imaginarias.

Yo habría salvado a José Antonio.

Yo habría defendido a Hedilla.

Yo habría desafiado a Franco.

Yo no habría callado.

Tal vez.

O tal vez sí.

Quizá un hombre que en 1978 se consideraba incapaz de doblarse hubiera temblado en 1937 al ver entrar por la puerta a varios hombres armados.

Quizá el que se imaginaba héroe habría pensado en sus hijos.

En su mujer.

En el frente.

En los camaradas encarcelados en la otra zona.

En la posibilidad de que toda resistencia interna debilitase militarmente a quienes todavía luchaban.

La Historia retrospectiva posee una crueldad especial:

entrega a quien juzga la información que el juzgado nunca tuvo.

El resultado.

Sabemos que Franco gobernó casi cuarenta años.

Ellos no lo sabían en abril de 1937.

Sabemos que Hedilla no fue ejecutado.

Ellos no lo sabían cuando recibió la condena.

Sabemos cómo terminó la guerra.

Ellos estaban dentro.

Sabemos que la Unificación no fue provisional.

Muchos pudieron creer que sí.

Eso no eliminaba responsabilidades.

Las colocaba en su tiempo.

Miguel lo expresó de manera sencilla:

—Mi padre dijo que no.

—Sí.

—Pero eso no significa que todos estuvieran en condiciones de hacer lo mismo.

—¿Por qué?

—Porque no todos eran mi padre.

No había orgullo en la respuesta.

Había medida.

Un Jefe Nacional tenía una responsabilidad.

Un afiliado perdido en un pueblo de Castilla, otra.

Un ministro no decidía como un funcionario.

Un general no como un soldado.

Un propietario no como un jornalero.

El poder amplía la responsabilidad.

Quien puede decidir más responde por más.

—Entonces siempre encuentras circunstancias —protestó uno.

—Porque siempre existen.

—Así cualquiera puede justificarse.

Pedro negó.

—Comprender una circunstancia no significa absolver.

—¿Entonces?

—Significa saber cuánto pesaba.

Era menos satisfactorio que repartir santos y traidores.

Pero más útil.

La pregunta podía obtener respuestas completamente distintas.

—¿Dónde estabas entonces?

—En el frente.

Otro:

—En una cárcel republicana.

Otro:

—Escondido.

Otro:

—Intentando sacar a mi hermano de una checa.

Otro:

—Con los requetés.

Otro:

—En Salamanca.

Otro:

—En casa buscando comida para mis hijos.

La Guerra Civil no había dividido a millones de seres humanos con una regla y un lápiz.

Los bandos existieron.

Las ideologías también.

Y las responsabilidades.

Pero dentro de cada bando hubo millones de motivos.

Convicción.

Miedo.

Familia.

Venganza.

Religión.

Clase.

Patria.

Supervivencia.

Obediencia.

Azar.

Un hombre podía estar en una trinchera porque creía profundamente en la causa.

El siguiente, porque lo habían movilizado.

Y el tercero porque el territorio donde vivía había quedado en aquel lado del mapa.

La Historia necesitaba admitirlo.

Las piezas de una guerra civil no son fichas.

Sangran.

Pedro pensó en algo todavía más incómodo.

La pregunta también podía dirigirse a los hombres de la Transición.

—¿Dónde estabas entonces?

Entonces:

cuando murió Franco.

Cuando desapareció el Movimiento.

Cuando llegaron los partidos.

Cuando empezó el cambio de chaquetas.

Cuando las viejas biografías empezaron a reescribirse.

Cuando cada hombre tuvo que decidir qué conservar de sí mismo y qué abandonar.

Muchos respondieron después:

—Yo siempre estuve en contra.

Pedro preguntaba:

—¿Siempre?

—Bueno…

Ahí empezaba la parte interesante.

Un régimen que dura casi cuarenta años no se mantiene únicamente con policías.

Necesita una mezcla mucho más compleja.

Apoyo.

Miedo.

Conformidad.

Interés.

Costumbre.

Resultados que determinadas personas consideran positivos.

Indiferencia.

Ausencia de alternativas.

Beneficios.

Convicciones.

No todos apoyaron.

Tampoco todos resistieron.

La sociedad era más compleja que las dos fotografías que cada extremo quería conservar.

—Si todos estaban contra Franco —preguntó Pedro alguna vez—, ¿quién lo sostuvo tantos años?

La pregunta molestaba.

La contraria también debía hacerse:

—Si todos estaban encantados con Franco, ¿por qué hubo cárceles, censura, oposición y exilio?

La realidad se negaba a colaborar con las caricaturas.

A Pedro empezaba a gustarle cada vez más esa rebeldía de los hechos.

Había pasado parte de su juventud intentando que la realidad se pareciera a una doctrina.

Ahora prefería obligar a la doctrina a mirar la realidad.

Eso también era madurar.

O rendirse.

Depende de quién lo contase.

Miguel le devolvió un día la pregunta.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Dónde estabas entonces?

Pedro comprendió.

Ya no hablaban de 1937.

—En Renault.

—Eso ya lo sé.

—Trabajando.

—También.

—Metiéndome en problemas.

—Muchos.

Pedro sonrió.

Miguel no.

—No puedes pasar toda la vida preguntando qué hicieron los demás.

Pedro se quedó serio.

—No.

—Algún día tendrás que explicar qué hiciste tú.

La fábrica.

Los conflictos laborales.

Las detenciones.

Los despidos.

El acercamiento a Hedilla.

El FNAL.

La Falange Auténtica.

Las discusiones.

La jefatura.

Las elecciones.

Los errores.

Las divisiones.

Todo.

Pedro no podía esconderse detrás de José Antonio.

Ni detrás de Manuel Hedilla.

Cada generación recibe una legitimidad prestada.

Pero no hereda el sacrificio.

El hijo de un valiente no es valiente por consanguinidad.

El discípulo de un hombre íntegro tampoco.

La herencia moral no funciona como una finca.

Hay que volver a ganarla.

La pregunta había cambiado definitivamente.

Ya no era:

¿Dónde estabas antes del 18 de julio?

Ni siquiera:

¿Dónde estabas cuando detuvieron a Hedilla?

Era otra:

¿Dónde estabas cuando te tocó elegir a ti?

Cada generación tiene su entonces.

Para José Antonio había llegado en los meses que precedieron a su muerte.

Para Hedilla, en abril de 1937.

Para los falangistas integrados, cada vez que debieron escoger entre influencia y renuncia.

Para Arrese, cuando intentó recuperar terreno político.

Para quienes abandonaron el régimen, cuando decidieron que ya no podían continuar dentro.

Para Miguel, cuando recibió un apellido que otros habían explicado por él.

Para Pedro, en la fábrica, en las disputas de la disidencia y ante las urnas.

Nadie escoge todas sus pruebas.

Sólo la respuesta.

Y eso llevaba a la última pregunta.

No una pregunta para Falange.

Ni para el franquismo.

Ni para la Transición.

Una pregunta para cualquiera.

¿Qué haces cuando todavía puedes elegir?


CAPÍTULO XC

LA RESPUESTA

Pedro tardó muchos años en encontrarla.

Quizá porque no existía una sola.

Las respuestas políticas demasiado perfectas suelen ser sospechosas.

José Antonio murió antes de comprobar qué habría ocurrido si sus ideas hubiesen llegado al poder.

Hedilla fue derrotado apenas alcanzó la jefatura que Falange acababa de conferirle.

Los falangistas que entraron en el Estado vivieron otra experiencia:

hacer.

Negociar.

Ceder.

Construir.

Callar.

Mandar unas veces.

Obedecer muchas.

La historia no ofrecía una fórmula.

Pero sí una palabra.

Responsabilidad.

Parecía poco.

No tenía épica.

No servía para bordarla en una bandera.

No movilizaba masas.

Pero quizá contenía más política que muchas consignas.

Responsabilidad por lo que se dice.

Por lo que se hace.

Por lo que se firma.

Por lo que se tolera.

Por lo que se calla.

Y también por la manera en que se utiliza aquello que otros hicieron antes.

Miguel no era responsable de la decisión de su padre en 1937.

Era responsable de lo que hiciera con su memoria.

Pedro no era responsable de la Guerra Civil.

Era responsable de no inventársela.

Un muchacho nacido cuarenta años después no era responsable de una ejecución.

Sí de convertirla, o no, en arma contra personas que tampoco habían nacido.

La diferencia parecía elemental.

La política se empeñaba constantemente en olvidarla.

Un militante preguntó:

—¿Entonces todo termina en la responsabilidad individual?

Pedro negó.

—No.

—¿Qué falta?

—Instituciones.

—¿Para qué?

—Para que no dependamos de que todos los hombres sean buenos.

Ahí estaba una lección que atravesaba toda la historia de Hedilla.

Las virtudes personales son importantes.

Insuficientes.

Un sistema político bien construido debe partir de una observación bastante pesimista:

los seres humanos pueden abusar del poder.

Por tanto, no basta elegir al hombre correcto.

Hay que limitar al hombre que resulte elegido.

—¿Incluso si es de los nuestros?

Pedro sonrió.

—Sobre todo.

El joven no esperaba aquello.

—¿No confías?

—No quiero tener que confiar.

—Eso suena terrible.

—Suena institucional.

Las reglas tienen una función.

Que el poder encuentre resistencia.

Que quien manda deba explicar.

Que una organización no pueda ser apropiada simplemente porque otro posee más fuerza.

Que los cargos tengan procedimientos.

Que las decisiones puedan discutirse.

Que la discrepancia no dependa del humor del jefe.

La experiencia de 1937 ofrecía una enseñanza demoledora.

Falange tenía órganos.

Había elegido a Hedilla.

Pero la fuerza material decisiva estaba fuera.

El Estado podía absorberla.

Y la absorbió.

José Antonio había poseído autoridad personal.

Hedilla, legitimidad orgánica.

Franco, poder estatal.

Ganó el tercero.

No necesariamente porque tuviera mejores argumentos.

Porque tenía las llaves.

Pedro golpeó suavemente la mesa.

—Las ideas necesitan instituciones.

—¿No bastan los hombres?

—Los hombres mueren.

—Las instituciones también.

—Sí.

—Entonces…

—Pero una institución puede hacer más difícil que todo dependa de un solo hombre.

Eso era suficiente.

No perfección.

Resistencia.

Contrapeso.

Procedimiento.

Responsabilidad.

Pedro pensó entonces en todo lo que había quedado.

Textos.

Documentos.

Leyes.

Edificios.

Instituciones transformadas.

Errores.

Víctimas.

Recuerdos.

Tumbas.

Y preguntas.

Sobre todo preguntas.

¿Cómo hacer compatible justicia social y libertad?

¿Cómo extender la propiedad en lugar de concentrarla?

¿Cómo impedir que la libertad económica se convierta en dominio del más fuerte?

¿Cómo evitar que el Estado que corrige ese dominio termine dominándolo todo?

¿Cómo proteger una comunidad política sin transformar la nación en ídolo?

¿Cómo reconocer diferencias sin destruir la unidad?

¿Cómo organizar una empresa donde el trabajador no sea sólo coste y el capital no sea tratado como pecado?

¿Cómo exigir responsabilidad a quien gobierna?

Ninguna de aquellas preguntas pertenecía exclusivamente a Falange.

Precisamente por eso seguían siendo útiles.

Una idea política demuestra estar viva cuando puede abandonar su vocabulario de época y seguir planteando un problema inteligible.

Pedro lo entendió tarde.

—No quiero volver a 1933.

—Menos mal.

—Sería absurdo.

—Entonces ¿qué quieres conservar?

Pedro pensó.

—Las preguntas que todavía sirven.

—¿Y las respuestas?

—Las que sirvan también.

—¿Y las otras?

Pedro se encogió de hombros.

—Que se queden en 1933.

Aquello podía sonar herético.

Era exactamente lo contrario.

Una tradición que no puede distinguir entre lo esencial y lo circunstancial termina momificada.

Conserva todo.

Y por eso deja de conservar vida.

—Entonces ¿qué es fidelidad?

Pedro respondió:

—No mentir sobre de dónde vienes.

Pausa.

—Y no utilizar de dónde vienes como excusa para dejar de pensar.

Eso podía valer.

Para Falange.

Para cualquier tradición.

Un hombre no honra a su padre repitiendo exactamente cada una de sus opiniones.

Lo honra mejor si comprende qué intentaba hacer y asume después la responsabilidad de vivir en otro tiempo.

José Antonio no había conocido el mundo de Pedro.

Pedro no podía pedirle soluciones para FASA-Renault.

Manuel Hedilla no había conocido las elecciones de 1977.

Miguel no podía preguntarle qué papeleta habría elegido.

Los muertos entregan una herencia.

No instrucciones.

Pedro llegó así a una respuesta bastante menos grandiosa de la que había buscado de joven.

No restaurar.

No copiar.

No inventar.

Recordar.

Examinar.

Conservar lo útil.

Reconocer lo equivocado.

Y volver a pensar.

El manuscrito matriz desembocaba en la misma palabra —responsabilidad— y en la necesidad de instituciones capaces de limitar el poder, exigir cuentas y evitar que una organización dependa enteramente de la voluntad de un jefe.

Alguien le preguntó una última vez:

—Entonces ¿qué quedó de Falange?

Pedro pensó.

No quiso responder deprisa.

Quedaban símbolos.

Pero eso era lo menos importante.

Quedaban textos.

Personas.

Una historia.

Parte de determinadas leyes e instituciones había recibido influencia de hombres formados en aquella tradición.

Quedaba también la memoria de una Falange absorbida.

El nombre de Manuel Hedilla.

La resistencia de otros.

Las contradicciones de quienes entraron en el régimen.

Y aquellas preguntas.

—Quedó lo que consigamos entender sin mentirnos.

La respuesta desconcertó.

Pedro sonrió.

—No es muy buena para un cartel.

—No.

—Mejor.

El tiempo había hecho su trabajo.

La generación de José Antonio desapareció.

La de Hedilla también.

La de quienes construyeron el régimen envejeció.

La de la Transición empezó a ocupar su lugar en los libros.

Y Pedro comprendió algo que ningún militante joven desea admitir:

una organización no posee una idea.

La recibe durante un tiempo.

Después debe entregarla.

Nunca intacta.

Mejor.

Peor.

Corregida.

Contaminada.

Enriquecida.

Reducida.

Pero jamás intacta.

Porque las ideas que permanecen intactas durante demasiado tiempo suelen estar muertas.

Había llegado por fin al punto desde el que podía volver al principio.

París.

  1.  

Un hijo ante la muerte de su padre.

El cerco del olvido.

Casi medio siglo después, la pregunta seguía siendo la misma:

¿qué hacemos los vivos con los muertos?

Usarlos.

Olvidarlos.

Adorarlos.

O escucharlos sin entregarles nuestro pensamiento.

Pedro prefería lo último.

Y esa decisión permitía cerrar la historia.

No con una victoria.

Con algo bastante más difícil.

Una memoria.


EPÍLOGO

LOS VENCEDORES VENCIDOS

Al final no queda una camisa.

Ni un saludo.

Ni una consigna.

Ni siquiera unas siglas.

Quedan los hombres.

Y queda lo que hicieron cuando llegó el momento en que todavía podían elegir.

José Antonio Primo de Rivera entró en política empujado en gran parte por una herida familiar.

Su padre había muerto.

Su memoria estaba siendo juzgada.

El hijo quiso defenderla.

Pero algo ocurrió durante el camino.

La defensa del padre se convirtió en una pregunta sobre España.

La política lo llevó más lejos de donde probablemente había imaginado.

Fundó un movimiento pequeño.

Mucho más pequeño de lo que después haría creer la omnipresencia de sus símbolos.

Lo quiso nacional.

Social.

Sindicalista.

Revolucionario.

No marxista.

Defensor de la propiedad y, al mismo tiempo, enemigo de una sociedad donde la mayoría careciese de ella.

Crítico con el capitalismo financiero.

Crítico con el socialismo marxista.

Partidario de una autoridad fuerte y, en sus formulaciones más maduras, preocupado por que el Estado no absorbiera a la persona.

No resolvió todas aquellas tensiones.

No pudo.

Murió a los treinta y tres años.

Ese dato debería acompañar siempre cualquier juicio sobre su doctrina.

Treinta y tres.

No gobernó.

No elaboró durante décadas políticas públicas.

No tuvo que decidir presupuestos nacionales.

Ni ajustar el sindicalismo a una economía desarrollada.

Ni responder a la Europa posterior a 1945.

Ni a la sociedad industrial de los sesenta.

Su pensamiento quedó interrumpido.

Después llegó la operación más sencilla y más peligrosa.

Convertirlo en símbolo.

El hombre discutía.

El símbolo podía repetirse.

El hombre podía cambiar de opinión.

El símbolo no.

El hombre podía decir:

—No me habéis entendido.

El retrato guardaba silencio.

La muerte convirtió a José Antonio en algo políticamente formidable.

El Ausente.

Y comenzó la disputa por poseer su ausencia.

Antes, sin embargo, hubo Alicante.

La cárcel.

Los contactos.

Martínez Barrio.

Prieto.

Pestaña.

Intentos de mediación.

Planes de rescate.

La pregunta sobre qué ocurriría si conseguía salir.

El telegrama que mostraba hasta qué punto su eventual aparición en la zona nacional constituía un problema político que debía ser controlado.

No salió.

El 20 de noviembre de 1936 murió el hombre.

Y nació la larga vida del muerto.

Entonces apareció Manuel Hedilla.

Nada parecía destinarlo a ocupar aquel lugar.

Trabajador.

Mecánico.

Un hombre formado en un mundo muy diferente del de José Antonio.

Precisamente por eso su figura resulta esencial.

Una organización que había hablado continuamente de dignificar el trabajo colocó al frente, en el momento de su mayor crisis, a un trabajador.

No podía sustituir a José Antonio.

Nadie podía.

Una elección transmite un cargo.

No un carisma.

Pero Hedilla fue elegido.

Y ahí empieza una de las grandes cuestiones que esta novela ha querido rescatar del olvido.

Entre José Antonio y Franco existió Manuel Hedilla.

No como anécdota.

No como nota al pie.

Como Jefe Nacional elegido de Falange Española de las JONS.

Después llegó el 19 de abril de 1937.

La Unificación.

Una nueva organización.

Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

Franco en la cúspide.

La Falange anterior perdió su independencia.

No sus hombres.

No todos sus símbolos.

No toda su doctrina.

Su independencia.

Hedilla dijo no.

Aquello no detuvo nada.

El decreto siguió adelante.

Franco siguió mandando.

La guerra continuó.

Pero el no quedó.

Después vinieron el arresto.

Los consejos de guerra.

Las penas de muerte.

La conmutación.

La prisión.

El confinamiento.

La marginación.

El hombre que pertenecía al bando que acabaría vencedor terminó preso por el poder de ese mismo bando.

Ahí nace el título de esta historia.

Los vencedores vencidos.

No porque todos los falangistas fueran víctimas de Franco.

No lo fueron.

Ni porque Falange desapareciera por completo.

Tampoco.

Precisamente porque ocurrió algo mucho más complejo.

Miles de falangistas entraron en el nuevo Estado.

Unos con entusiasmo.

Otros por disciplina.

Otros por miedo.

Otros por interés.

Otros porque consideraban que la guerra imponía unidad.

Otros porque pensaron que, perdida la organización independiente, todavía podían realizar dentro del Estado una parte de su proyecto.

Y la realizaron.

No toda.

No ellos solos.

Pero sería tan absurdo negar su influencia como atribuirles todo cuanto se hizo.

Trabajo.

Política social.

Vivienda.

Previsión.

Mutualismo.

Formación profesional.

Universidades Laborales.

Organización sindical.

Protección familiar.

Áreas en las que hombres procedentes del falangismo tuvieron peso real.

José Antonio Girón representa bien aquella contradicción.

Se quedó.

Tuvo poder.

Construyó.

Y lo hizo dentro de un régimen cuya jefatura política última no pertenecía a Falange.

Otros recorrieron caminos diferentes.

Arrese intentó recuperar capacidad política para el Movimiento.

No consiguió lo que pretendía.

Ridruejo se alejó hasta llegar a la oposición.

Fernández-Cuesta siguió otro camino.

Otros miles ocuparon desde grandes cargos hasta modestos puestos administrativos.

No hubo una respuesta falangista única al franquismo.

Hubo muchas.

Eso destruye la caricatura.

Y obliga a pensar.

La camisa azul dejó de significar una sola cosa.

Para unos:

revolución pendiente.

Para otros:

servicio.

Para otros:

administración.

Para otros:

carrera.

Para otros:

memoria.

Para alguno:

simple oportunidad.

Y el Estado produjo su propia transformación.

El revolucionario conoció el despacho.

El sindicalista, el reglamento.

El activista, el presupuesto.

A veces aquello fue madurez.

A veces domesticación.

Muchas veces las dos cosas se mezclaron de tal manera que resulta imposible separarlas limpiamente.

Después llegó Ángel María Pascual.

O, mejor dicho, volvió.

Había estado desde antes.

Pamplona.

Yzurdiaga.

Arriba España.

Jerarquía.

La guerra.

Los libros.

Y después aquella decepción difícil de explicar desde una historia construida exclusivamente con vencedores y vencidos.

Ganaron.

Sí.

Pero algunos vencedores contemplaron la victoria y no reconocieron en ella aquello por lo que creían haber combatido.

Pascual encontró las palabras.

A ti, fiel camarada, que padeces
el cerco del olvido atormentado…

Y más adelante:

En tu propio solar, quedaste fuera.

Eso había ocurrido.

A Hedilla.

A otros.

Quizá también, de una manera paradójica, al propio José Antonio.

Porque puede expulsarse a un hombre de su propio solar sin borrar su nombre.

Basta repetirlo hasta que ya no se escuche lo que dijo.

El cerco del olvido no consiste siempre en silencio.

Algunas veces consiste en ruido.

Miles de «Presentes» pueden ocultar a un hombre con extraordinaria eficacia.

Llegaron los cincuenta.

  1.  

Otra derrota.

No como la de Hedilla.

Sin cárcel.

Sin pena de muerte.

Más administrativa.

Y quizá por eso más definitiva.

Arrese no consiguió convertir el Movimiento en el centro político permanente que algunos deseaban.

Ganaron espacio los técnicos.

Los economistas.

Los hombres de los números.

España tenía que modernizarse.

Y lo hizo.

No partiendo de cero.

Nadie parte de cero.

Los tecnócratas encontraron una casa ya construida en parte.

Industria.

Instituciones.

Infraestructuras.

Trabajadores formados.

Políticas sociales.

También errores graves.

Ineficiencias.

Autarquía.

Escasez.

Límites.

Sobre aquellos cimientos se levantó otra etapa.

No hubo un año mágico.

El crecimiento no nació entero en 1959.

Tampoco estaba hecho antes.

La Historia no trabaja así.

Acumula.

Corrige.

Destruye.

Hereda.

Y quienes hablan de milagros económicos olvidan con demasiada facilidad a los hombres que habían trabajado antes de que apareciera la palabra milagro. El manuscrito matriz subraya precisamente esa continuidad: el desarrollo posterior se apoyó sobre estructuras y capacidades previas, aunque las reformas económicas de finales de los cincuenta modificaran decisivamente el rumbo.

Después envejeció Franco.

Y envejecieron quienes lo rodeaban.

La camisa empezó a convivir con la chaqueta.

Llegó 1975.

Otro 20 de noviembre.

Y España volvió a cambiar.

Con Franco muerto, reapareció una vieja pregunta.

¿Podía existir una Falange fuera del franquismo?

Para responder apareció otra generación.

No había vivido la guerra.

Quizá ahí estaba su fuerza.

Y su debilidad.

Pedro Conde Soladana venía de otro mundo.

FASA-Renault.

La fábrica.

Trabajo.

Conflicto.

Detención.

Despidos.

Sindicalismo.

Un hombre al que podían llamar falangista mientras tenía problemas con autoridades de un Estado que llevaba símbolos falangistas.

La paradoja exigía explicación.

Pedro llegó hasta Manuel Hedilla.

Lo conoció.

Y encontró la genealogía que buscaba.

Hedilla.

El Frente Nacional de Alianza Libre.

Narciso Perales.

Miguel Hedilla.

Y finalmente Falange Española de las JONS (Auténtica).

Una organización pequeña.

Discutidora.

Dividida.

Con una cantidad de historia inversamente proporcional a sus votos.

Pero existente.

Y esa existencia obligaba a corregir una simplificación:

Falange no cabía enteramente dentro del franquismo.

Tampoco podía separarse limpiamente de él.

Hubo ministros.

Y presos.

Hubo colaboración.

Y disidencia.

Hubo falangistas que construyeron dentro del Estado.

Y falangistas a quienes aquel Estado apartó.

Ambas cosas ocurrieron.

La Historia adulta soporta esa contradicción.

La propaganda no.

Llegaron las elecciones.

Y la urna dijo algo que ninguna genealogía podía borrar.

Pocos votos.

La Falange que reivindicaba a Hedilla podía tener buenos argumentos históricos.

Eso no obligaba a España a votarla.

Los muertos no depositan papeletas.

Los vivos sí.

Y los vivos eligieron mayoritariamente otras opciones.

Aquello también forma parte de esta historia.

No hay derecho adquirido al apoyo popular.

Ninguna generación hereda electores.

Ni siquiera la verdad histórica —si uno cree poseerla— sustituye la obligación de convencer.

La derrota electoral introdujo otra limpieza.

Cuando una camisa dejó de proporcionar posibilidades de carrera, empezó a saberse mejor quién quería seguir llevándola.

Algunos guardaron la camisa por nostalgia.

Otros porque todavía creían.

Y alguno la guardaba, quizá, por si volvía a resultar útil.

Siempre existen esos hombres.

Los que cambian de vencedor.

Los que descubren la nueva doctrina exactamente cuando cambia la dirección del viento.

No pertenecen a una ideología.

Pertenecen al poder.

Franquistas cuando conviene.

Demócratas después.

Lo que haga falta mañana.

Pero tampoco había que cometer el error contrario.

Cambiar no es traicionar.

Una persona puede evolucionar sinceramente.

Ridruejo lo hizo.

Otros también.

La cuestión es otra.

La honestidad.

Decir:

—Pensé esto y después dejé de pensarlo.

No reconstruir el pasado para asegurar que uno siempre sostuvo la opinión que ahora resulta conveniente.

Porque la memoria también es una forma de moral.

Al final, Pedro encontró la pregunta que atravesaba todo.

¿Qué quisimos?

¿Qué hicimos?

¿Qué nos dejaron hacer?

¿Qué aceptamos?

¿Qué callamos?

¿Qué hiciste cuando detuvieron a Hedilla?

Y, finalmente:

¿qué hiciste cuando todavía podías elegir?

Ésa no pertenece a Falange.

Ni a 1937.

Nos pertenece a todos.

Porque el momento decisivo de una vida rara vez llega acompañado de música.

Puede parecer una pequeña concesión.

Un silencio.

Una firma.

Una negativa.

Un puesto.

Una llamada que no se hace.

Una protesta que se aplaza.

Un «ya veremos».

Después llega la costumbre.

Y un día el hombre descubre que una sucesión de decisiones pequeñas ha escrito su biografía.

Hedilla dijo no.

Otros dijeron sí.

Otros callaron.

No todos fueron cobardes.

No todos héroes.

No todos oportunistas.

Ésa ha sido precisamente la dificultad de contar esta historia.

Había demasiados hombres.

Y los hombres estropean las teorías perfectas.

Se contradicen.

Cambian.

Se asustan.

Se venden algunos.

Resisten otros.

El mismo hombre puede hacer ambas cosas en momentos distintos.

Por eso este libro no necesita santos.

Tampoco demonios.

Necesita memoria.

Cuando estas páginas se cierran, Pedro Conde pertenece todavía al mundo de los vivos; no se le puede tratar como a una lápida que no corrige. Su testimonio representa un tramo posterior de la historia —la fábrica, Hedilla, la disidencia, el FNAL, la Falange Auténtica, las derrotas— y conserva precisamente el valor de poder discutir las versiones construidas después.

Llegará el día en que tampoco pueda hacerlo.

Entonces quedarán libros.

Entrevistas.

Papeles.

Documentos.

Como quedaron los de los anteriores.

Alguien abrirá un archivo.

Encontrará un nombre.

Manuel Hedilla.

Preguntará:

—¿Quién fue?

Le responderán:

—El hombre que sucedió a José Antonio al frente de Falange Española de las JONS.

Quizá vuelva a preguntar:

—¿Qué ocurrió con él?

Y alguien tendrá que explicar abril de 1937.

Entonces aparecerán otras preguntas.

Si Falange y franquismo fueron exactamente lo mismo, ¿por qué acabó Hedilla condenado a muerte?

Si fueron completamente distintos, ¿por qué tantos falangistas participaron después en el régimen?

Si los integrados traicionaron todos, ¿cómo explicar la obra de quienes intentaron aplicar una parte de su programa?

Si los disidentes tuvieron toda la razón, ¿por qué no consiguieron después convertir esa legitimidad en una gran fuerza popular?

Una pregunta conducirá a otra.

Así se rompe el cerco.

No sustituyendo una propaganda por otra.

Preguntando.

Porque el olvido no vence cuando desaparece una estatua.

Vence cuando ya nadie siente curiosidad por saber quién estaba detrás.

Ángel María Pascual lo entendió antes que muchos.

A ti, fiel camarada, que padeces
el cerco del olvido atormentado…
te envío mi dolor.

Aquellos versos pueden cerrar esta novela porque contienen la paradoja entera.

Vencedores.

Pero cercados.

Presentes en los símbolos.

Ausentes muchas veces del relato.

Dentro de su propio solar.

Y algunas veces fuera.

José Antonio murió.

Su pregunta sobrevivió.

Hedilla fue derrotado.

Su negativa sobrevivió.

Los falangistas integrados perdieron la independencia política que habían conocido.

Parte de su obra sobrevivió.

Los hedillistas fueron marginales.

Su memoria sobrevivió.

Falange Auténtica fracasó en convertirse en una gran fuerza política.

Su testimonio sobrevivió.

Cada victoria perdió algo.

Cada derrota dejó algo.

Eso es quizá lo único verdaderamente permanente en la Historia.

Nunca gana nadie del todo.

Nunca pierde todo quien consigue dejar una pregunta detrás.

Y por eso, después de recorrer casi medio siglo, podemos regresar al título sin necesidad de explicarlo más.

LOS VENCEDORES VENCIDOS.

Ganaron una guerra.

Perdieron una revolución.

Construyeron.

Cedieron.

Callaron.

Resistieron.

Se equivocaron.

Algunos cambiaron.

Otros permanecieron.

Y entre unos y otros dejaron una historia bastante más compleja que las etiquetas utilizadas para encerrarla.

El cerco del olvido nunca se rompe completamente.

Siempre vuelve a cerrarse.

Pero basta que alguien pregunte para abrir una brecha.

Y mientras exista esa pregunta, los olvidados todavía no habrán desaparecido.

FIN

APÉNDICES HISTÓRICOS

NOTA PREVIA

Hasta aquí ha hablado principalmente la novela.

A partir de este punto cambia el terreno.

Los diálogos imaginados, los silencios reconstruidos y las escenas creadas para dar continuidad humana a los acontecimientos quedan atrás. Los apéndices pretenden ordenar los hechos, separar organizaciones que con demasiada frecuencia se confunden, situar fechas, nombres y responsabilidades, y proporcionar al lector las claves históricas necesarias para juzgar por sí mismo.

No se trata de repetir la novela.

Se trata de desmontar las principales confusiones sobre las que la novela se ha construido.

Y la primera es, probablemente, la más importante de todas:

no todas las Falanges fueron la misma Falange.


APÉNDICE I

NO TODAS LAS FALANGES FUERON LA MISMA FALANGE

Una buena parte de la confusión que rodea la historia de Falange procede de utilizar una sola palabra para designar realidades políticas diferentes.

Se dice simplemente:

Falange.

Y bajo esa palabra se mezclan la organización fundada en 1933, la unificada con las JONS en 1934, la organización sometida al Decreto de Unificación en 1937, FET y de las JONS, el Movimiento Nacional y las distintas Falanges aparecidas después de Franco.

No son lo mismo.

Se relacionan.

Comparten hombres, símbolos, nombres y fragmentos doctrinales.

Pero no son intercambiables.

1. Falange Española: 1933

Falange Española apareció públicamente en 1933 alrededor de José Antonio Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda, Alfonso García Valdecasas y otros hombres procedentes de ambientes diversos.

Era una organización pequeña.

Sin Estado.

Sin aparato administrativo.

Sin ministerios.

Sin sindicato oficial.

Sin poder del que repartir beneficios.

Esto es esencial para entender a los primeros militantes.

El falangista de 1933 o 1934 no se incorporaba al partido gubernamental de una dictadura.

Ingresaba en una organización minoritaria, conflictiva, sin perspectivas inmediatas de poder y expuesta a violencia, detenciones y enfrentamientos.

Su programa pretendía romper la división convencional entre derecha e izquierda mediante una combinación peculiar:

unidad nacional, justicia social, sindicalismo, reforma económica, crítica al capitalismo financiero, rechazo del marxismo, extensión de la propiedad y una concepción de la persona fuertemente vinculada al pensamiento cristiano.

2. Falange Española de las JONS: 1934-1937

En 1934 Falange Española se unió con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS).

Nació:

Falange Española de las JONS (FE-JONS).

Ésta fue la organización dirigida por José Antonio.

Y ésta fue también la organización que, después de su muerte, eligió a Manuel Hedilla como Jefe Nacional.

La distinción es decisiva porque después se ha tendido a proyectar retrospectivamente sobre aquella Falange la enorme presencia institucional que alcanzaría el nombre durante el franquismo.

La Falange republicana no era aquello.

Seguía siendo reducida.

Antes del 18 de julio de 1936 la militancia falangista no constituía una vía razonable para quien buscara una carrera administrativa.

La guerra lo cambió todo.

Después del levantamiento se incorporaron miles de nuevos afiliados.

Aparecieron así dos expresiones que adquirieron una enorme carga política:

camisas viejas y camisas nuevas.

No significaba que los primeros fueran necesariamente mejores.

Muchos de quienes llegaron después combatieron, sufrieron y murieron por convicciones sinceras.

La diferencia era otra:

el momento de entrada.

Antes del 18 de julio, Falange ofrecía principalmente riesgo.

Después comenzó a aproximarse al poder.

De ahí una pregunta que sobreviviría durante décadas:

—¿Dónde estabas antes del 18 de julio?

3. Muere José Antonio y aparece el problema de la sucesión

José Antonio Primo de Rivera fue ejecutado en Alicante el 20 de noviembre de 1936.

Falange perdió a su fundador y Jefe Nacional.

Durante un tiempo su muerte no fue asumida públicamente en la zona nacional.

Nació la figura de el Ausente.

Pero una organización en guerra necesitaba dirección.

Manuel Hedilla fue adquiriendo creciente protagonismo hasta que, el 18 de abril de 1937, fue elegido Jefe Nacional de Falange Española de las JONS.

La secuencia debe conservarse con absoluta claridad:

José Antonio Primo de Rivera → Manuel Hedilla.

Ambos al frente de FE-JONS.

Y entonces llegó el día siguiente.

4. 19 de abril de 1937: nace otra organización

El 19 de abril de 1937, Francisco Franco promulgó el Decreto de Unificación.

De ese decreto nació:

Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET y de las JONS).

El nombre incorporaba elementos falangistas y tradicionalistas.

Pero no se trataba simplemente de FE-JONS con un nuevo dirigente.

Era una organización política nueva, establecida desde el poder del Estado en construcción y formada mediante la incorporación forzosa de las principales fuerzas políticas del bando nacional, especialmente Falange y la Comunión Tradicionalista.

Franco quedó en la cúspide de esa nueva organización.

Por tanto, resulta históricamente impreciso resumir la sucesión diciendo:

José Antonio fue Jefe Nacional de Falange y Franco lo sucedió.

Falta Hedilla.

Y falta algo todavía más importante:

no se está hablando exactamente de la misma organización.

José Antonio dirigió FE-JONS.

Hedilla fue elegido Jefe Nacional de FE-JONS.

Franco quedó al frente de FET y de las JONS, nacida del Decreto de Unificación.

Ésa es una de las claves de todo este libro.

5. ¿Desapareció entonces Falange?

Desapareció la independencia política de FE-JONS.

No desaparecieron sus militantes.

Ni sus símbolos.

Ni su lenguaje.

Ni su influencia.

Miles de falangistas pasaron a la nueva organización.

Los motivos fueron diversos:

disciplina;

convicción;

necesidad de unidad durante la guerra;

resignación;

ambición;

proximidad al poder;

o la esperanza de desarrollar desde dentro parte del programa nacionalsindicalista.

Por tanto, también sería falso afirmar:

FET y de las JONS no tuvo nada que ver con Falange.

Tuvo muchísimo.

Recibió hombres.

Símbolos.

Ritos.

Lenguaje.

Mártires.

Organizaciones.

Parte del programa.

Lo que ya no poseía la vieja Falange era la capacidad independiente para elegir su propia dirección y determinar por sí sola su orientación política.

6. FET y de las JONS y el Movimiento Nacional

Con el tiempo, FET y de las JONS quedó inserta en la estructura política mucho más amplia que terminó conociéndose como Movimiento Nacional.

A partir de ahí, la palabra Falange comenzó a utilizarse para demasiadas cosas:

la organización joseantoniana anterior a 1937;

los falangistas integrados en el franquismo;

FET y de las JONS;

determinadas organizaciones del Movimiento;

una de las familias políticas del régimen;

y, después de Franco, distintos grupos que reclamaron la herencia falangista.

La confusión estaba servida.

7. Las Falanges posteriores

Durante los últimos años del franquismo y, sobre todo, durante la Transición aparecieron diversas organizaciones que reclamaron para sí la continuidad falangista.

Unas procedían de hombres y estructuras vinculadas durante décadas al régimen.

Otras reivindicaban la línea disidente.

En esta última adquirió especial importancia la memoria de Manuel Hedilla.

De ahí procedieron corrientes que acabarían desembocando en Falange Española de las JONS (Auténtica).

La disputa regresó exactamente al punto de 1937:

¿quién podía reclamar legítimamente la herencia política de José Antonio?

Nunca hubo una respuesta aceptada por todos.

Lo que sí puede afirmarse es más sencillo:

Falange Española, Falange Española de las JONS, Falange Española Tradicionalista y de las JONS, Movimiento Nacional y Falange Española de las JONS (Auténtica) no son nombres diferentes de una misma organización.

Hay continuidades.

Hay rupturas.

Hay apropiaciones.

Hay herencias.

Pero confundirlas hace imposible comprender a Hedilla.

Y sin Hedilla resulta imposible comprender una parte esencial de la relación entre Falange y Franco.


APÉNDICE II

¿QUÉ DEFENDÍA REALMENTE JOSÉ ANTONIO?

José Antonio Primo de Rivera ha padecido una suerte política singular.

Durante décadas fue repetido por unos y descartado por otros.

Los primeros podían convertirlo en figura casi litúrgica.

Los segundos podían considerar suficiente una etiqueta para no leerlo.

El resultado terminaba siendo parecido.

En ambos casos desaparecía el hombre.

Para entender qué defendió hay que regresar a sus discursos, artículos, intervenciones parlamentarias y textos políticos.

Y allí aparece una doctrina bastante más compleja que muchas de sus representaciones posteriores.

1. La persona no pertenece al Estado

Uno de sus puntos fundamentales es la dignidad de la persona.

El Estado no crea esa dignidad.

Por tanto, tampoco puede disponer ilimitadamente de ella.

Este principio introduce una tensión importante dentro de cualquier lectura simplificadora de José Antonio como defensor de un Estado dueño absoluto de la sociedad.

Su pensamiento podía ser autoritario en determinados terrenos y profundamente crítico con el liberalismo parlamentario.

Pero eso no equivale a considerar al hombre propiedad estatal.

La comunidad política estaba formada por personas.

No al revés.

Aquí se encuentra uno de sus puntos de contacto con la tradición cristiana y, en términos más amplios, con las corrientes personalistas que recorrían una parte de la Europa de entreguerras.

2. Libertad: algo más que una declaración jurídica

José Antonio criticó el liberalismo.

Pero reducir esa crítica a «rechazo de la libertad» impide entender su planteamiento.

Su objeción era que podía existir una libertad formal sin suficientes medios materiales para ejercerla.

Un hombre jurídicamente libre podía depender económicamente de otro hasta un grado que redujera radicalmente su capacidad real de elección.

La pregunta era, por tanto:

¿basta declarar libre a un hombre si carece de propiedad, seguridad, trabajo digno o medios para sostener a su familia?

Su respuesta fue negativa.

La cuestión social no era un añadido a la libertad.

Formaba parte de las condiciones que podían hacerla efectiva.

3. Propiedad: no abolirla, extenderla

Éste es uno de los puntos peor comprendidos.

José Antonio no proponía la desaparición general de la propiedad privada.

Proponía combatir su concentración y facilitar que alcanzara a muchas más personas.

Casa.

Tierra.

Taller.

Medios de producción en determinadas formas.

Ahorro.

Patrimonio familiar.

Su ideal no era una sociedad donde un reducido grupo poseyera casi todo.

Tampoco otra donde el Estado fuese el propietario universal.

Era una sociedad con una propiedad mucho más difundida.

De ahí las afinidades que pueden encontrarse con la doctrina social cristiana y con el distributismo de autores como G. K. Chesterton y Hilaire Belloc.

No es necesario convertir estas semejanzas en identidad doctrinal.

Basta advertir que planteaban una pregunta parecida:

¿cómo conseguir que poseer deje de ser privilegio de unos pocos?

4. Tierra y reforma agraria

La cuestión agraria ocupaba un lugar central en la España republicana.

Grandes propiedades.

Jornaleros.

Paro estacional.

Miseria en amplias zonas rurales.

José Antonio defendió una reforma profunda.

La propiedad de la tierra no podía considerarse ilimitada e independiente de su función social.

El objetivo no consistía simplemente en trasladar la titularidad al Estado.

Quería modificar la estructura agraria de manera que el campesino pudiera dejar de ser permanentemente jornalero sin propiedad.

Por tanto, la reforma agraria no era en su programa una concesión ornamental a la cuestión social.

Era una pieza fundamental de la transformación económica.

5. Banca, crédito y poder financiero

Su crítica al capitalismo se dirigía especialmente contra la concentración del poder financiero.

El crédito no debía convertirse en un poder independiente capaz de someter la producción y el trabajo.

De ahí sus planteamientos intervencionistas y sus propuestas de nacionalización o sometimiento público de determinados mecanismos crediticios.

No pretendía simplemente que cada empresario privado fuese sustituido por un funcionario.

El problema era otro:

quién controla el dinero del que depende la economía productiva.

Para José Antonio, el crédito debía servir a la economía nacional y no convertirse en dueño de ella.

6. Sindicalismo

El nacional-sindicalismo pretendía organizar la economía alrededor de quienes participan en la producción.

Capital.

Dirección.

Trabajo.

El conflicto social no debía desembocar permanentemente en la guerra entre patronos y obreros.

Pero superar el conflicto no significaba que los intereses dejaran mágicamente de existir.

Ése sería precisamente uno de los problemas posteriores.

Una organización sindical nacida con pretensiones transformadoras podía convertirse, cuando entraba en la maquinaria estatal, en una estructura burocrática dirigida desde arriba.

Y eso ocurrió en buena medida durante el franquismo.

7. Ni derecha ni izquierda

José Antonio rechazó repetidamente que su movimiento pudiera comprenderse simplemente como una variante de la derecha tradicional.

Criticó de ésta su frecuente defensa de intereses económicos establecidos y su insuficiente atención a la cuestión social.

Al marxismo le reprochó el materialismo, la lucha de clases como motor político y la reducción del hombre a su condición económica.

La pretensión falangista era construir una tercera posición.

Nación sin conservadurismo económico inmóvil.

Reforma social sin marxismo.

Propiedad sin capitalismo financiero omnipotente.

Autoridad sin convertir al individuo en propiedad del Estado.

Que aquella síntesis pudiera realizarse sin contradicciones es una cuestión distinta.

Pero ésa fue su pretensión.

8. Cristianismo

La dimensión cristiana no constituye una decoración añadida.

Atraviesa puntos esenciales:

dignidad de la persona;

trascendencia;

función social de la propiedad;

rechazo del materialismo;

primacía del hombre sobre las estructuras;

obligaciones de la riqueza;

responsabilidad comunitaria.

Por eso resulta insuficiente describir todo el pensamiento joseantoniano como simple trasposición española de un modelo extranjero.

Hubo influencias exteriores.

Pero también elementos procedentes de una tradición española y cristiana que formaban parte constitutiva de su pensamiento.

9. Una doctrina interrumpida

José Antonio murió a los treinta y tres años.

Este dato tiene una importancia intelectual enorme.

Nunca gobernó.

Nunca tuvo que convertir el conjunto de sus ideas en unos Presupuestos Generales del Estado.

Nunca tuvo que resolver en la práctica todas las tensiones entre:

autoridad y libertad;

sindicalismo y autonomía social;

propiedad y función social;

unidad política y discrepancia;

Estado fuerte y dignidad personal.

Su pensamiento estaba evolucionando.

Por eso resulta históricamente muy arriesgado convertirlo en una respuesta automática para todos los problemas aparecidos después de 1936.

La fórmula:

«José Antonio habría hecho…»

permite afirmar casi cualquier cosa.

Es mucho más sólido decir:

José Antonio escribió esto. Defendió aquello. En este punto evolucionó. En este otro dejó una pregunta abierta.

Murió demasiado pronto para cerrar su doctrina.

Y ésa es una de las razones por las que después tantos hombres pudieron disputar su interpretación.


APÉNDICE III

JOSÉ ANTONIO: DEL HOMBRE AL «AUSENTE»

La muerte de José Antonio no significó únicamente la desaparición física del fundador de Falange.

Alteró completamente la naturaleza de su autoridad.

Mientras vivió, podía hablar.

Ordenar.

Rectificar.

Discutir.

Enfadarse con sus propios camaradas.

Modificar una posición.

Desautorizar a quien pretendiera interpretarlo.

Después de muerto ya no.

Y ésa es la distancia que separa al hombre del símbolo.

1. Alicante

José Antonio permaneció encarcelado durante los meses decisivos de 1936.

La guerra estalló estando él privado de libertad.

Eso lo colocó en una situación política extraordinaria.

Era Jefe Nacional de una organización que estaba combatiendo en el bando sublevado, pero se encontraba en territorio republicano y sin capacidad para ejercer directamente su mando.

No se limitó a esperar.

Siguió intentando intervenir políticamente.

Exploró contactos.

Buscó posibilidades de mediación.

Intentó imaginar una salida a una guerra que empezaba a mostrar que no terminaría mediante un rápido pronunciamiento.

La imagen del preso que únicamente esperaba ser rescatado es incompleta.

2. Martínez Barrio, Prieto y Pestaña

Entre los nombres relacionados con aquellos intentos aparecen figuras situadas muy lejos de Falange.

Diego Martínez Barrio.

Indalecio Prieto.

Ángel Pestaña.

La importancia de estos contactos no reside en imaginar una improbable conversión ideológica de ninguno.

Reside en otra cosa.

Demuestran que todavía existía la posibilidad de buscar interlocutores fuera del propio campo.

José Antonio entendía que detener una guerra civil exigía hablar precisamente con quienes no pensaban como él.

Que aquellas gestiones fracasaran no las convierte en irrelevantes.

Ayudan a comprender su posición política durante los últimos meses de su vida.

3. Los intentos de liberación

Paralelamente se sucedieron proyectos para sacarlo de Alicante.

Intermediarios.

Dinero.

Canjes.

Operaciones de fuga.

Contactos diplomáticos.

Rumores.

Planes de distinta viabilidad.

Ninguno consiguió liberarlo.

Aquellos fracasos alimentaron durante décadas una pregunta dentro de determinados ambientes falangistas:

¿se hizo desde la zona nacional todo cuanto podía hacerse para salvar a José Antonio?

La novela puede explorar las sospechas y las posibilidades.

El terreno documental obliga a ceñirse a otra cosa:

hubo intentos;

hubo intermediarios;

hubo planes;

fracasaron;

y la eventual liberación de José Antonio tenía una dimensión política evidente.

4. El problema de José Antonio vivo

Un José Antonio liberado no habría llegado a la zona nacional como un militante más.

Era fundador y Jefe Nacional de Falange.

Su legitimidad no procedía de Franco.

Ni de Mola.

Ni de la Junta de Defensa.

Ni de los tradicionalistas.

Procedía de su propia organización.

Esto permite comprender por qué su eventual liberación no podía considerarse un asunto exclusivamente militar o humanitario.

Tenía consecuencias políticas.

¿Cómo se habría relacionado con Franco?

¿Qué habría opinado sobre la concentración del mando?

¿Qué lugar habría reclamado para Falange?

¿Qué habría pensado sobre el futuro Estado?

No lo sabemos.

Precisamente por eso su supervivencia habría introducido una variable que nadie podía controlar de antemano.

5. El telegrama de octubre de 1936

Adquiere entonces especial importancia la orden de octubre de 1936 según la cual, si José Antonio era liberado, debía quedar retenido mientras se comunicaba la situación y se recibían instrucciones.

El documento no necesita ser convertido en prueba de una conspiración para resultar políticamente significativo.

Su contenido dice suficiente:

la aparición de José Antonio en territorio nacional debía ser controlada.

No se trataba sencillamente de abrirle la puerta y devolverle automáticamente el mando sobre Falange.

Eso demuestra que José Antonio vivo planteaba una cuestión política que José Antonio muerto dejaría de plantear de la misma forma.

6. El juicio y la muerte

José Antonio fue juzgado en Alicante.

Condenado a muerte.

Ejecutado el 20 de noviembre de 1936.

Tenía treinta y tres años.

En su testamento dejó, entre otros elementos, su deseo de que su muerte no fuese utilizada para alimentar una nueva cadena de venganzas.

Aquello cobra especial significado dentro de una guerra que estaba desatando precisamente represalias, contrarrepresalias y asesinatos en ambos campos.

7. El Ausente

Durante un tiempo su muerte no fue públicamente asumida en la zona nacional.

Nació así una de las expresiones políticas más poderosas de toda esta historia:

el Ausente.

No muerto.

Ausente.

La palabra permitía mantener viva su autoridad mientras se aplazaba el problema de la sucesión.

Pero ninguna organización puede ser dirigida indefinidamente por una ausencia.

Alguien tenía que mandar.

Y aquella necesidad abrió el camino de Manuel Hedilla.

8. Del hombre al símbolo

Aquí se produce el cambio fundamental.

El José Antonio vivo era incómodo.

Criticaba a la derecha.

Atacaba al marxismo.

Cuestionaba el capitalismo financiero.

Defendía la propiedad y simultáneamente exigía transformarla y extenderla.

Hablaba de reforma agraria.

Podía discutir con militares.

Podía enfrentarse a camaradas.

El muerto era mucho más manejable.

Retrato.

Nombre de calle.

Ceremonia.

Consigna.

—¡José Antonio!
—¡Presente!

Pero la propia omnipresencia del nombre podía terminar ocultando el pensamiento.

De ahí la pregunta formulada en la novela:

¿presente para qué?

El hombre había muerto.

La disputa por poseer su significado apenas comenzaba.


APÉNDICE IV

18 Y 19 DE ABRIL DE 1937: LAS CUARENTA Y OCHO HORAS QUE CAMBIARON FALANGE

Si hubiera que escoger dos fechas para comprender la tesis central de Los vencedores vencidos, serían éstas:

18 de abril de 1937.

19 de abril de 1937.

Veinticuatro horas separan una elección interna de una decisión estatal.

Entre ambas cabe casi toda la historia posterior de Falange.

1. 18 de abril: Hedilla es elegido

Falange atravesaba una gravísima crisis interna.

José Antonio había muerto.

La guerra había multiplicado sus efectivos.

Los viejos equilibrios de la organización habían desaparecido.

Existían enfrentamientos entre dirigentes, ambiciones, rivalidades y episodios de violencia interna.

En ese contexto, Falange trató de resolver la sucesión.

El resultado fue la elección de Manuel Hedilla como Jefe Nacional de Falange Española de las JONS.

Esto no fue una designación de Franco.

Fue una decisión nacida de la propia organización falangista.

2. 19 de abril: Franco unifica

Al día siguiente Franco promulgó el Decreto de Unificación.

Falange Española de las JONS y la Comunión Tradicionalista quedaban integradas en una organización nueva:

Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

Franco quedaba al frente.

La decisión resolvía desde arriba lo que las organizaciones políticas del bando nacional no habían resuelto mediante negociación entre ellas.

La guerra proporcionaba un poderoso argumento:

unidad.

Mando.

Disciplina.

Evitar rivalidades.

Pero la unidad tuvo una consecuencia política evidente.

Las organizaciones integradas perdieron autonomía.

3. Dos legitimidades

El choque puede resumirse con claridad.

Hedilla poseía la legitimidad que le había otorgado FE-JONS al elegirlo.

Franco poseía el mando militar, la jefatura del Estado en formación y el poder material para imponer la reorganización política del bando nacional.

La pregunta era:

¿quién decide el futuro de Falange?

¿Falange?

¿O el Estado que Franco estaba construyendo?

La respuesta no llegó mediante un debate jurídico.

Llegó mediante hechos.

Ganó el Estado.

4. La negativa de Hedilla

Hedilla no aceptó sin más la nueva situación ni quiso quedar reducido al papel que se le reservaba dentro de ella.

Su resistencia terminó en arresto.

Procesos.

Condenas.

Y en la destrucción práctica de cualquier posibilidad inmediata de mantener una Falange independiente frente al nuevo poder.

No desaparecieron los falangistas.

No desaparecieron los símbolos.

No desapareció su influencia.

Desapareció la organización independiente capaz de elegir su dirección sin quedar subordinada al Estado franquista.

5. La gran frontera

Por eso abril de 1937 es una frontera mucho más importante que una disputa personal entre Franco y Hedilla.

Antes:

FE-JONS podía, al menos formalmente, determinar su propia jefatura.

Después:

los falangistas actuarían dentro de una estructura cuya cabeza última era Franco.

Eso no convierte automáticamente a todos los falangistas posteriores en simples instrumentos.

Tuvieron influencia.

Poder real en determinadas áreas.

Ministros.

Organizaciones.

Capacidad legislativa.

Pero el centro último de decisión había cambiado.

6. La disputa que llegó hasta la Transición

Décadas después, los hedillistas regresarían exactamente a estas fechas para defender su interpretación de la legitimidad falangista.

Su razonamiento era sencillo:

si Hedilla fue elegido por FE-JONS y quedó posteriormente desplazado por una reorganización impuesta desde un poder exterior a los órganos de aquella organización, no puede identificarse automáticamente la continuidad de la Falange originaria con el aparato nacido del Decreto de Unificación.

Sus adversarios podían responder:

durante casi cuarenta años hubo falangistas, símbolos, instituciones, jerarquías y continuidad política dentro del régimen.

Ambos argumentos explican por qué la disputa siguió viva mucho después de desaparecer sus protagonistas.

Cuarenta años discutiendo dos días.

No es una exageración.

Es abril de 1937.


APÉNDICE V

MANUEL HEDILLA: EL SUCESOR CONDENADO POR LOS VENCEDORES

De todos los personajes de esta historia, Manuel Hedilla es probablemente quien más dificulta una explicación sencilla de la relación entre Falange y franquismo.

Su sola biografía obliga a formular una pregunta:

¿cómo pudo terminar condenado a muerte por el poder del bando nacional quien acababa de ser elegido Jefe Nacional de Falange Española de las JONS?

Ésa es la pregunta que justifica buena parte de esta novela.

1. Un dirigente procedente del trabajo

Hedilla pertenecía a un mundo muy diferente del de José Antonio.

Trabajador.

Mecánico.

Hombre relacionado directamente con ambientes industriales.

No había llegado a la cuestión social exclusivamente a través de los libros.

Conocía la jornada de trabajo.

La fábrica.

La dependencia salarial.

La disciplina laboral.

Ese origen no lo hacía infalible.

Pero sí proporcionaba una dimensión singular a su figura dentro de un movimiento que colocaba el trabajo en el centro de su doctrina.

2. Después de José Antonio

La detención de José Antonio había creado inicialmente un problema de dirección.

Su ejecución lo convirtió en problema de sucesión.

Hedilla adquirió progresivamente protagonismo.

Pero la Falange de finales de 1936 y comienzos de 1937 ya no era la pequeña organización anterior al levantamiento.

La guerra la había multiplicado.

Y el crecimiento había traído también:

nuevos mandos;

nuevas ambiciones;

disputas;

camisas nuevas;

milicias;

violencia interna;

y la creciente presión de un poder estatal encabezado por Franco.

Hedilla llegó a la jefatura en el peor momento imaginable.

3. La Navidad de 1936

Uno de los episodios que mejor permiten entender su perfil fue el llamamiento realizado en la Navidad de 1936.

En una guerra marcada por represalias feroces, Hedilla pidió evitar venganzas privadas y persecuciones indiscriminadas, particularmente contra personas humildes cuya condición social o voto anterior no las convertía por sí mismos en criminales.

El episodio resulta significativo.

Presenta una Falange que, al menos en aquella formulación de Hedilla, no debía convertirse en cobertura para venganzas personales ni para la reproducción de viejos caciquismos bajo camisa azul.

4. Jefe Nacional

El 18 de abril de 1937 fue elegido Jefe Nacional.

Al día siguiente apareció el Decreto de Unificación.

La colisión difícilmente podía ser mayor.

Hedilla entendía que la jefatura de una organización no podía ser transferida sencillamente desde fuera.

Franco perseguía exactamente lo contrario:

la subordinación de las fuerzas políticas del bando nacional a una única jefatura.

La cuestión no necesitaba odio personal.

Bastaba una incompatibilidad de poderes.

5. Arresto y condena

Hedilla fue detenido.

Procesado en consejos de guerra.

Condenado a muerte.

La pena fue conmutada.

Pero conmutación no significó rehabilitación.

Siguieron años de privación de libertad y posteriormente confinamiento.

El hombre que pertenecía al campo que terminaría ganando la Guerra Civil pasó una parte sustancial de los primeros años de la victoria como prisionero de ese mismo poder.

Ahí aparece con toda claridad la expresión:

vencedor vencido.

6. La derrota más larga

La cárcel no fue el único castigo.

Hubo algo políticamente más profundo.

El alejamiento.

Mientras antiguos camaradas ocupaban cargos y el nombre de Falange llenaba instituciones, Hedilla quedó fuera.

Ministros falangistas.

Gobernadores.

Jerarquías.

Organización Sindical.

Camisas azules.

Retratos de José Antonio.

Y el sucesor elegido de José Antonio, apartado.

No es necesario convertir ese contraste en mito para advertir su enorme significado político.

Ángel María Pascual escribiría unos versos que, aunque no estuvieran dedicados exclusivamente a Hedilla, parecen describir con extraordinaria precisión esa situación:

En tu propio solar, quedaste fuera.

7. Después de la prisión

Con los años Hedilla volvió a mantener contactos políticos.

Su figura se convirtió en referencia para quienes querían reivindicar una línea falangista independiente del franquismo.

No recuperó el poder perdido.

No volvió a ocupar una posición comparable a la jefatura de abril de 1937.

Pero su propia derrota creó una fuente de legitimidad para la disidencia posterior.

Décadas después podía formularse una pregunta muy sencilla:

si Falange y franquismo hubieran sido exactamente lo mismo, ¿cómo se explica Hedilla?

La pregunta no demuestra que Falange y franquismo fueran mundos sin relación.

Demuestra precisamente que su relación fue mucho más compleja que una identidad absoluta.

8. Miguel Hedilla

La memoria política pasó también por su hijo, Miguel Hedilla de Rojas.

Y con ella apareció un problema que esta novela ha intentado evitar:

convertir la defensa de Manuel Hedilla en santificación.

No hace falta.

Hedilla pudo equivocarse.

Tuvo ambiciones.

Participó en luchas internas.

Tomó decisiones discutibles.

Era un hombre.

Su importancia histórica no depende de imaginar que habría gobernado perfectamente España.

Eso jamás podremos saberlo.

Tampoco necesitamos convertirlo retrospectivamente en liberal, parlamentario o defensor de concepciones políticas que no eran las suyas.

Su significado es mucho más concreto.

Fue elegido Jefe Nacional de FE-JONS.

Defendió la autonomía de aquella organización.

Chocó con la concentración de poder realizada por Franco.

Fue detenido.

Condenado.

Sobrevivió.

Y permaneció durante décadas como prueba humana de que la historia de Falange no podía escribirse simplemente como una línea recta:

José Antonio → Franco.

Entre ambos hubo un hombre.

Se llamaba Manuel Hedilla.

Dijo no.

Perdió.

Y precisamente porque perdió, su negativa no desapareció.

APÉNDICE VI

MANUEL FAL CONDE Y EL CARLISMO ANTE LA UNIFICACIÓN

La historia del Decreto de Unificación suele explicarse casi exclusivamente desde Falange.

Eso permite entender a Hedilla.

Pero no basta para entender a Franco.

Porque la operación de abril de 1937 no terminó solamente con la independencia política de Falange Española de las JONS.

También sometió a otra fuerza con historia, organización, milicias, jefatura y proyecto propios:

la Comunión Tradicionalista.

Y por eso Manuel Fal Conde ocupa un lugar indispensable en esta historia.

1. Dos movimientos que no eran lo mismo

Falange y carlismo combatieron en el mismo bando durante la Guerra Civil.

Eso no significa que fueran organizaciones semejantes.

Falange era joven.

Había nacido pocos años antes.

El carlismo poseía casi un siglo de historia política, guerras propias, una tradición dinástica, familias vinculadas durante generaciones a la causa, una doctrina elaborada y una fuerte implantación territorial, especialmente en Navarra.

También tenía organización militar propia:

el Requeté.

Los requetés no entraron en la guerra para convertirse en falangistas.

Los falangistas tampoco para convertirse en carlistas.

Compartían enemigos.

No necesariamente el mismo proyecto para la España posterior a la victoria.

2. Manuel Fal Conde

Fal Conde era una de las grandes figuras del tradicionalismo.

No dependía políticamente de Franco.

El carlismo tenía su propia jefatura y su propia legitimidad histórica.

Eso creaba para el poder militar el mismo problema esencial que Falange, aunque desde una tradición completamente distinta:

existía un centro de autoridad política que no había nacido de Franco.

Una cosa era aceptar el mando militar del Generalísimo durante la guerra.

Otra renunciar a decidir autónomamente qué debía ser el carlismo cuando la guerra terminara.

Ahí comenzaba la fricción.

3. La Academia Militar del Requeté

El conflicto se hizo especialmente visible cuando los tradicionalistas impulsaron una academia destinada a formar oficiales del Requeté.

A primera vista podía parecer un asunto estrictamente militar.

No lo era.

Un movimiento que dispone de:

milicias propias;

oficiales propios;

escuela propia;

disciplina propia;

dirección política propia;

y una extensa base territorial,

posee una capacidad de poder que puede sobrevivir a la guerra.

Y ésa era precisamente la clase de autonomía que el mando de Franco no estaba dispuesto a tolerar dentro del nuevo Estado.

Fal Conde terminó apartado del centro político de la zona nacional.

La señal era inequívoca.

4. Hedilla y Fal Conde: dos problemas distintos con una raíz común

Manuel Hedilla y Manuel Fal Conde no representaban doctrinas parecidas.

Confundirlas sería absurdo.

Uno procedía del nacionalsindicalismo.

El otro, del tradicionalismo carlista.

Pero ambos podían pronunciar una frase políticamente peligrosa:

«Nosotros existíamos antes de que Franco concentrara todo el poder.»

Falange tenía:

sus órganos;

sus militantes;

sus mártires;

su fundador;

su jefatura.

El carlismo tenía:

una tradición centenaria;

su dinastía;

sus dirigentes;

sus requetés;

su implantación histórica.

Eso significaba que, terminada la guerra, podía surgir inevitablemente la pregunta:

¿quién gobernará después?

Y las respuestas no tenían por qué coincidir.

Franco resolvió esa cuestión antes de que terminara el conflicto.

5. La Unificación como solución desde arriba

El Decreto de 19 de abril de 1937 podía justificarse desde una lógica militar evidente.

Una guerra resulta difícil de dirigir si dentro del mismo campo existen organizaciones armadas con:

mandos propios;

proyectos distintos;

milicias;

disciplina política;

y ambiciones incompatibles.

La unificación podía presentarse, por tanto, como necesidad de guerra.

Pero una cosa es explicar por qué resultaba funcional.

Otra negar su consecuencia.

La unidad se consiguió a cambio de la autonomía política de quienes fueron unificados.

No se reunieron libremente Falange y la Comunión Tradicionalista.

No negociaron como dos organizaciones soberanas una nueva formación.

No eligieron conjuntamente a su jefe.

La organización fue creada desde arriba.

Y el jefe fue Franco.

Eso convierte la palabra fusión en insuficiente si se utiliza sin más explicación.

Fue una fusión bajo autoridad estatal.

6. ¿Desapareció el carlismo?

No.

Como tampoco desaparecieron los falangistas.

Tradicionalistas ocuparon cargos.

Conservaron influencia.

Símbolos.

Hombres.

Redes.

Determinadas posiciones dentro del régimen.

Pero el carlismo independiente tampoco conservó su soberanía política anterior.

De hecho, bajo la aparente unidad siguieron existiendo durante décadas diferentes familias:

falangistas;

tradicionalistas;

monárquicos;

militares;

católicos;

y más adelante técnicos y hombres ligados a nuevas orientaciones económicas.

Franco gobernó en buena medida equilibrando unas fuerzas frente a otras y evitando que cualquiera de ellas se convirtiera en poder alternativo.

7. Lo que Fal Conde permite comprender

Fal Conde impide reducir lo sucedido a una enemistad personal:

Franco contra Hedilla.

El problema fue más amplio.

Franco estaba construyendo un Estado donde ninguna organización política del campo vencedor debía conservar suficiente autonomía para disputar la jefatura suprema.

Falange era un obstáculo.

El carlismo, otro.

Las formas de resistencia fueron distintas.

Los resultados también.

Pero el proceso fue común:

concentración del poder político alrededor de Franco.

Ésa es la razón por la que Fal Conde pertenece necesariamente a esta historia.

No fue un personaje secundario de la crisis falangista.

Fue la prueba de que la Unificación formaba parte de una operación política mucho mayor.


APÉNDICE VII

FALANGE Y FRANQUISMO: COLABORACIÓN, ABSORCIÓN, INFLUENCIA Y CONFLICTO

Hay dos maneras especialmente sencillas de no entender la relación entre Falange y franquismo.

La primera:

«Falange y franquismo fueron exactamente lo mismo.»

La segunda:

«Falange no tuvo nada que ver con el franquismo.»

Las dos eliminan media historia.

La relación fue profunda.

Larga.

Y contradictoria.

1. Los falangistas participaron en el régimen

Esto no necesita rodeos.

Miles de falangistas formaron parte del Estado franquista.

Hubo:

ministros;

gobernadores civiles;

procuradores;

dirigentes sindicales;

responsables juveniles;

periodistas;

funcionarios;

jerarcas;

altos cargos.

Falange proporcionó al régimen una parte muy importante de su personal político y administrativo.

También símbolos.

Lenguaje.

Movilización.

Una estética.

Un discurso social.

Y, sobre todo, la gigantesca fuerza simbólica del nombre de José Antonio.

Negar la participación falangista en el franquismo sería históricamente insostenible.

2. Pero la Falange independiente había sido absorbida

También esto debe decirse sin adornos.

La FE-JONS de José Antonio y Hedilla dejó de existir como organización política independiente después de abril de 1937.

Sus hombres permanecieron.

Su simbología se multiplicó.

Su presencia institucional llegó a ser enorme.

Pero el mando último no pertenecía a Falange.

Pertenecía a Franco.

Por eso la relación no puede describirse como identidad absoluta.

Fue una combinación de:

absorción;

colaboración;

utilización;

influencia;

adaptación;

conflicto.

3. Lo que Franco obtenía de Falange

Un ejército puede ganar una guerra.

Eso no basta para construir un régimen.

Hace falta política.

Organización.

Propaganda.

Movilización.

Cuadros.

Juventud.

Relato.

Falange poseía elementos que el aparato militar no tenía en la misma medida.

Una doctrina capaz de movilizar jóvenes.

Una estética poderosísima.

Militantes.

Organización territorial.

Un vocabulario social.

Símbolos fácilmente reconocibles.

Y un mártir convertido en figura nacional:

José Antonio.

La utilización de esa herencia proporcionó al nuevo Estado parte de su legitimación política y de su capacidad de movilización.

4. Lo que los falangistas obtenían del Estado

La relación funcionaba también en sentido contrario.

Después de 1937, quien quisiera convertir ideas falangistas en políticas públicas tenía un lugar donde hacerlo:

el Estado.

Ministerio de Trabajo.

Organización Sindical.

Vivienda.

Juventud.

Prensa.

Formación profesional.

Administración.

Desde ahí podían transformar consignas en:

decretos;

presupuestos;

organismos;

seguros;

viviendas;

centros docentes;

reglamentaciones.

El precio era evidente.

Actuaban dentro de un régimen cuyo árbitro último era Franco.

5. Una relación desigual

No era un acuerdo entre iguales.

Un ministro falangista podía tener muchísimo poder.

Pero Franco podía cesarlo.

Modificar el equilibrio del Gobierno.

Favorecer a otra familia política.

Reducir una determinada influencia.

Frenar una iniciativa.

La Falange integrada podía actuar.

No podía recuperar unilateralmente la independencia perdida.

El resultado había quedado demostrado en el caso Hedilla.

Por eso puede hablarse de un intercambio.

El régimen recibió de Falange:

hombres;

símbolos;

organización;

mitología;

lenguaje;

y parte de su programa.

Los falangistas recibieron:

áreas de poder;

capacidad administrativa;

medios para desarrollar políticas.

Pero uno de los participantes poseía la última palabra.

Franco.

6. ¿Traición o política posible?

Ésta es una de las preguntas centrales del libro.

¿Qué debía hacer un falangista después de abril de 1937?

Marcharse.

Resistir.

Callar.

Aceptar.

Entrar en el Estado.

Intentar conservar lo posible.

No hubo una única respuesta.

Y tampoco hubo un único motivo.

Algunos aceptaron sinceramente la necesidad de unidad.

Otros se hicieron plenamente franquistas.

Otros continuaron considerándose joseantonianos dentro del régimen.

Otros encontraron una carrera.

Otros tuvieron miedo.

Otros pensaron que desde fuera serían políticamente irrelevantes.

Y algunos pudieron recorrer varias de esas posiciones a lo largo de décadas.

La Historia no obliga a convertirlos a todos en lo mismo.

7. Hedilla y Girón

Dos figuras ayudan a comprender mejor que cualquier teoría la contradicción.

Manuel Hedilla representa la negativa.

José Antonio Girón de Velasco, la actuación desde dentro.

Hedilla preservó la independencia de su «no».

Pagó cárcel, condena y marginación.

Girón permaneció dentro.

Tuvo poder.

Y desde ese poder impulsó una política social de enorme alcance.

Convertir automáticamente a uno en santo y al otro en traidor sería sustituir la Historia por catecismo.

Representaron respuestas distintas ante una misma derrota política.

Uno conservó independencia.

Otro capacidad de acción.

Ésa es la tensión.

8. La «revolución pendiente»

Pocas expresiones explican mejor la relación entre Falange y franquismo.

La revolución pendiente.

La frase contiene una paradoja.

Los falangistas estaban en el Estado.

Tenían ministros.

Gobernadores.

Organizaciones.

Prensa.

Sindicatos.

Símbolos por todas partes.

Y, sin embargo, seguían hablando de una revolución que todavía estaba pendiente.

¿Por qué?

Porque presencia no significaba control total.

Porque influencia no era soberanía.

Porque parte del programa se estaba realizando y otra parte permanecía sin realizar.

La expresión constituye una confesión involuntaria:

si Falange hubiese conquistado completamente el Estado, no habría tenido sentido continuar hablando durante décadas de su revolución como tarea futura.

9. Conclusión

Falange formó parte del franquismo.

Eso es indiscutible.

Pero el franquismo no puede reducirse a Falange.

Y la historia completa de Falange tampoco puede reducirse al franquismo.

Hubo una relación:

profunda, prolongada y contradictoria.

Eliminar cualquiera de esas tres palabras produce una versión mutilada de lo sucedido.


APÉNDICE VIII

LOS FALANGISTAS DENTRO DEL ESTADO: ENTRE LA REVOLUCIÓN PENDIENTE Y LA POLÍTICA POSIBLE

Después de abril de 1937 apareció una pregunta práctica.

No filosófica.

No sentimental.

Práctica.

¿Qué hacer ahora?

Falange había perdido su independencia.

La guerra continuaba.

Franco concentraba el poder.

Y miles de falangistas seguían allí.

Para muchos, la respuesta fue:

quedarse.

1. Permanecer dentro

Quedarse no significaba necesariamente haber olvidado a Hedilla.

Tampoco implicaba automáticamente adhesión completa a cada decisión de Franco.

Para algunos existía una lógica sencilla:

si el Estado era el único instrumento disponible para realizar determinadas reformas, habría que actuar dentro de él.

La idea podía resumirse así:

si no podemos realizar todo nuestro proyecto, intentaremos realizar la parte posible.

No fue una consigna oficial.

Ni una decisión conjunta.

Fue una práctica.

Trabajo.

Vivienda.

Sindicatos.

Juventud.

Formación.

Previsión social.

Administración.

Décadas después puede compararse con formas de actuación desde dentro utilizadas por otras corrientes políticas.

Pero no es necesario importar etiquetas posteriores para comprenderlo.

Basta mirar lo que hicieron.

2. El precio

Un cargo proporciona poder.

También ata.

Un ministro podía redactar leyes.

No cambiar por sí solo toda la estructura política.

Un dirigente sindical podía desarrollar organismos.

Pero dentro de un sindicalismo sometido al Estado.

Un responsable de vivienda podía promover miles de casas.

No transformar unilateralmente toda la estructura de la propiedad.

Cada avance implicaba:

negociar;

aceptar límites;

priorizar;

ceder.

Ése era el precio de la política posible.

3. La burocratización

Falange había nacido presentándose como fuerza de transformación.

Una vez integrada en el Estado empezó a disponer de:

oficinas;

funcionarios;

sellos;

presupuestos;

vehículos oficiales;

jerarquías;

reglamentos.

Era inevitable.

No se gobierna un país con entusiasmo únicamente.

Pero la Administración introduce también una transformación en quien administra.

El militante se convierte en funcionario.

El revolucionario, en director general.

La consigna, en expediente.

La revolución, en capítulo presupuestario.

Eso puede significar madurez.

También puede significar domesticación.

En muchos casos significó ambas cosas a la vez.

4. Los oportunistas

Apareció además un problema inevitable.

Cuando Falange era una organización pequeña y perseguida, pertenecer a ella tenía costes evidentes.

Cuando su simbología quedó asociada al poder, la militancia pudo empezar a ofrecer ventajas.

Entonces llegaron también quienes jamás se habrían acercado si la camisa azul hubiese continuado significando únicamente riesgo.

De ahí la insistencia de tantos veteranos:

—¿Dónde estabas antes del 18 de julio?

La pregunta era injusta si se utilizaba para condenar a todo afiliado posterior.

Muchos llegaron después y fueron sinceros.

Pero expresaba un temor perfectamente comprensible:

que el movimiento terminara poblado por hombres atraídos más por el Estado que por la doctrina.

5. No todos fueron burócratas

Sería igualmente simplificador convertir a todos los falangistas integrados en funcionarios acomodados.

Muchos trabajaron.

Impulsaron políticas.

Redactaron leyes.

Construyeron viviendas.

Organizaron sistemas de previsión.

Crearon centros docentes.

Desarrollaron formación profesional.

Intervinieron en instituciones laborales.

La pregunta histórica no puede limitarse a:

¿aceptaron el régimen?

También debe preguntar:

¿qué hicieron con el poder que aceptaron?

Las dos preguntas son necesarias.

6. El compromiso imposible

Ahí se encuentra un dilema político universal.

El hombre que rechaza todo compromiso puede conservar una pureza impecable.

Y carecer de cualquier capacidad para cambiar la realidad.

El que acepta cualquier compromiso puede alcanzar muchísimo poder.

Y olvidar finalmente para qué lo quería.

Entre ambos extremos existe un territorio inmenso.

Ahí vivieron durante décadas muchos falangistas.

No puede juzgarse a todos con una sola sentencia.

Hay que mirar:

qué aceptaron;

qué consiguieron;

qué callaron;

qué rechazaron;

qué abandonaron;

y cuándo lo hicieron.

7. La sombra de Hedilla

Sobre todos ellos permanecía inevitablemente una figura.

Manuel Hedilla.

El hombre que había dicho no.

Por eso la pregunta que atraviesa la novela posee tanta fuerza:

¿Qué hiciste cuando detuvieron a Hedilla?

Las respuestas históricamente posibles son muchas:

—Protesté.

—Callé.

—Pensé que la guerra era prioritaria.

—Creí que la situación sería provisional.

—Tuve miedo.

—Acepté.

—Me quedé.

—Intenté hacer algo desde dentro.

—Sobreviví.

La suma de esas respuestas explica una parte importante de la historia falangista posterior a 1937.


APÉNDICE IX

JOSÉ ANTONIO GIRÓN Y LA HUELLA SOCIAL DEL FALANGISMO

Si Manuel Hedilla representa la derrota de la Falange que se negó a aceptar la nueva situación política, José Antonio Girón de Velasco representa de manera especialmente visible la otra respuesta:

permanecer dentro.

Y actuar.

Sin Girón, la historia falangista dentro del franquismo queda mutilada.

Porque hubo subordinación política.

Pero también hubo capacidad real de gobierno.

1. La cuestión social no era secundaria

Desde sus comienzos Falange había sostenido que el problema social pertenecía al centro de la política.

El trabajador no debía entenderse únicamente como coste de producción.

La propiedad tenía obligaciones.

La economía debía servir a la comunidad.

El conflicto entre capital y trabajo no podía abandonarse simplemente al enfrentamiento permanente.

Después de 1937 esas ideas encontraron, parcialmente, instrumentos estatales con los que convertirse en política pública.

2. Girón en el Ministerio de Trabajo

Girón ocupó durante largos años el Ministerio de Trabajo.

Desde allí se convirtió en uno de los principales representantes de la política social del régimen.

Conviene evitar dos errores opuestos.

El primero:

atribuirle personalmente todo el sistema social español.

No fue así.

Existían antecedentes anteriores.

Hubo legislación social previa a la Guerra Civil.

Participaron juristas, técnicos, funcionarios y dirigentes de procedencias distintas.

El segundo error consiste en minimizar hasta hacer desaparecer la influencia falangista.

También sería falso.

Trabajo fue uno de los terrenos donde esa influencia resultó especialmente importante.

3. Protección laboral y previsión

Durante aquellas décadas se desarrollaron y ampliaron mecanismos relacionados con:

condiciones laborales;

seguros sociales;

protección familiar;

mutualismo;

previsión;

accidentes;

enfermedad;

vejez;

instituciones laborales;

formación.

No apareció todo simultáneamente.

No procedía todo de una sola tradición.

La construcción del Estado social español fue gradual.

Pero los falangistas instalados en el área laboral participaron activamente en una etapa fundamental de ese proceso.

4. Vivienda y propiedad

La vivienda tenía además una importancia doctrinal especial.

Si uno de los objetivos consistía en extender la propiedad, facilitar que una familia trabajadora llegase a poseer su vivienda podía interpretarse como realización concreta de aquella idea.

No abolir la propiedad.

Multiplicar propietarios.

Naturalmente, la política de vivienda del franquismo tuvo:

éxitos;

insuficiencias;

problemas urbanísticos;

calidades desiguales;

especulación;

barrios deficientemente equipados.

Nada de eso elimina el significado social de que numerosas familias pasaran de no poseer patrimonio a ser propietarias de una vivienda.

5. Formación Profesional

La industrialización necesitaba algo que los grandes discursos económicos olvidan con demasiada frecuencia:

personas capaces de hacer funcionar las máquinas.

Mecánicos.

Torneros.

Electricistas.

Soldadores.

Técnicos.

Especialistas.

La Formación Profesional adquirió creciente importancia.

Y con ella una idea particularmente compatible con el nacionalsindicalismo:

el trabajador manual y técnico no debía ser considerado socialmente inferior al universitario.

La dignidad del trabajo no podía significar únicamente proteger un salario.

También debía significar formación y promoción.

6. Universidades Laborales

Las Universidades Laborales constituyeron una de las materializaciones más visibles de aquella política.

Grandes centros dedicados a la formación de jóvenes, muchos de ellos procedentes de familias trabajadoras.

Su arquitectura monumental expresa por sí sola la importancia simbólica que se otorgó al proyecto.

Puede discutirse:

su modelo pedagógico;

su ideologización;

su estructura;

sus resultados;

sus límites.

Lo que no resulta razonable es tratarlas como si hubieran carecido de importancia histórica.

7. Sanidad y protección social: una construcción acumulativa

La protección frente a:

enfermedad;

accidente;

vejez;

incapacidad;

desamparo familiar,

no apareció terminada en una fecha determinada.

Se fue construyendo.

Modificando.

Extendiendo.

Después la democracia transformaría profundamente el sistema, ampliando coberturas, reorganizando instituciones y avanzando hacia una protección de carácter mucho más general.

Pero tampoco empezó sobre una hoja en blanco.

Ésta es una regla útil para todo el libro:

ninguna etapa comienza de cero.

8. Una precisión indispensable

De lo anterior no se desprende que:

«Falange creó por sí sola el Estado del bienestar español.»

No sería históricamente serio.

Había antecedentes anteriores a 1936.

Intervinieron otras familias del régimen.

Las propias políticas fueron evolucionando.

Y después de 1975 se produjeron transformaciones sustanciales.

La construcción del Estado social español es acumulativa.

Pero reconocer esas continuidades no obliga a borrar otro hecho:

los falangistas desempeñaron un papel importante en una fase relevante de su desarrollo.

9. La paradoja de Girón

Girón resume uno de los grandes dilemas de esta novela.

Fue dirigente de un régimen autoritario.

Y desarrolló políticas sociales reales.

Las dos afirmaciones pueden mantenerse simultáneamente.

Una no borra la otra.

Quien estudie sólo su condición de ministro del franquismo verá una parte.

Quien estudie exclusivamente su obra social, otra.

La Historia necesita ambas.

Porque Girón representa precisamente la respuesta contraria a Hedilla.

Hedilla dijo:

no.

Girón decidió:

dentro.

Uno conservó independencia y perdió poder.

El otro aceptó el marco político y pudo hacer.

Entre los dos extremos discurre buena parte de la historia de los falangistas después de 1937.

Y de ahí nace la siguiente cuestión de estos apéndices:

¿hasta qué punto la reconstrucción, la industrialización y el posterior desarrollo español pueden explicarse como un proceso continuo, y qué papel desempeñaron en él las diferentes familias del régimen?

APÉNDICE VI

MANUEL FAL CONDE Y EL CARLISMO ANTE LA UNIFICACIÓN

La historia del Decreto de Unificación suele contarse mirando casi exclusivamente a Falange.

No basta.

El 19 de abril de 1937 no quedó absorbida solamente Falange Española de las JONS. La Comunión Tradicionalista perdió también su autonomía política.

Por eso Manuel Fal Conde y el carlismo son imprescindibles para comprender qué estaba haciendo realmente Franco.

Porque Falange y carlismo tenían muy poco en común fuera de un enemigo compartido y de su participación en el mismo bando durante la guerra.

No habían nacido juntos.

No defendían la misma tradición política.

No querían necesariamente la misma España para después de la victoria.

Y, sin embargo, terminaron colocados bajo una misma jefatura.

1. El carlismo no había nacido en 1936

Cuando comenzó la Guerra Civil, Falange llevaba apenas unos años de existencia.

El carlismo podía mirar hacia atrás casi un siglo.

Había guerras carlistas.

Dinastía.

Tradición.

Mártires.

Familias vinculadas durante generaciones a la causa.

Implantación territorial.

Especialmente en Navarra.

Y poseía además una formidable organización combatiente:

el Requeté.

Los requetés no fueron a la guerra para convertirse en falangistas.

Los falangistas tampoco lo hicieron para hacerse carlistas.

Combatían juntos.

Eso no significa que imaginaran el mismo Estado para el día siguiente.

2. Manuel Fal Conde

Manuel Fal Conde era una de las grandes figuras del tradicionalismo.

No era un subordinado político de Franco surgido después del levantamiento.

Representaba una legitimidad propia.

Carlismo.

Comunión Tradicionalista.

Requetés.

Un proyecto político independiente.

Y precisamente por eso constituía un problema semejante, aunque doctrinalmente muy distinto, al que representaba Manuel Hedilla.

El poder que Franco estaba construyendo podía integrar colaboradores.

Lo que difícilmente podía tolerar era la existencia permanente de organizaciones armadas y jefaturas políticas autónomas capaces de decir:

nosotros existíamos antes de que usted asumiera el mando.

Falange podía decirlo.

El carlismo también.

3. La Academia Militar del Requeté

El conflicto se hizo visible cuando los tradicionalistas pretendieron establecer una academia propia para formar oficiales del Requeté.

A primera vista parecía una cuestión militar.

En realidad era mucho más.

Una fuerza política con:

milicias propias;

mandos propios;

formación propia;

disciplina propia;

y una dirección política propia

podía convertirse, después de la guerra, en un poder independiente dentro del bando vencedor.

Franco no estaba dispuesto a permitirlo.

Fal Conde terminó alejado del centro de poder de la zona nacional.

La señal era evidente:

la unidad militar iba a convertirse también en subordinación política.

4. Hedilla y Fal Conde: diferentes pero igualmente incómodos

Hedilla y Fal Conde no defendían lo mismo.

No deben mezclarse sus ideologías.

El falangismo nacionalsindicalista y el tradicionalismo carlista poseían genealogías, lenguajes y proyectos distintos.

Pero ambos tenían algo que Franco necesitaba neutralizar:

autonomía.

Una organización propia.

Militantes propios.

Lealtades propias.

Y legitimidad anterior a la jefatura política de Franco.

La cuestión aparecía inevitablemente:

—Terminada la guerra, ¿quién manda?

Si cada organización conservaba intacta su estructura, las respuestas podían ser varias.

Franco resolvió la pregunta antes de que terminara la guerra.

5. La Unificación

El Decreto de abril de 1937 fue presentado como instrumento de unidad.

En plena Guerra Civil la unidad poseía una lógica indiscutible desde la perspectiva del mando.

Resultaba muy difícil sostener un conflicto mediante una federación permanente de partidos, milicias, jefaturas y proyectos políticos potencialmente rivales.

Pero la solución escogida tuvo un precio.

Falange perdió autonomía.

El carlismo también.

No se reunieron libremente dos organizaciones para negociar una tercera, redactar conjuntamente sus estatutos y elegir una dirección común.

La organización fue creada desde arriba.

Y en lo alto estaba Franco.

Ahí está la diferencia entre una fusión libre y una unificación impuesta desde el poder.

6. ¿Desaparecieron entonces los carlistas?

No.

Como tampoco desaparecieron los falangistas.

Los tradicionalistas conservaron:

hombres;

símbolos;

redes;

influencia;

presencia institucional.

Algunos aceptaron.

Otros protestaron.

Otros se adaptaron.

Otros nunca dejaron de considerar la Unificación una imposición.

Lo mismo ocurrió, con diferencias internas propias, entre los falangistas.

Por eso el régimen no fue una masa ideológica uniforme.

Continuaron existiendo sus llamadas familias:

falangistas;

tradicionalistas;

monárquicos;

militares;

católicos;

y, más adelante, técnicos y tecnócratas.

Franco gobernó en buena medida administrando sus equilibrios y evitando que ninguna se convirtiera en un poder suficientemente autónomo para disputarle la supremacía.

7. La lección de Fal Conde

Fal Conde permite comprender que lo ocurrido con Hedilla no fue simplemente una querella personal.

No fue:

Franco contra Hedilla.

Fue algo mayor:

el poder estatal en formación frente a los centros políticos autónomos existentes dentro del propio campo nacional.

Uno de esos centros era Falange.

Otro, el carlismo.

Franco absorbió a ambos dentro de una estructura común.

Y desde entonces podía haber falangistas.

Podía haber carlistas.

Lo que ya no podía haber, con verdadera independencia política, eran una Falange y un carlismo capaces de disputarle la jefatura del nuevo Estado.


APÉNDICE VII

FALANGE Y FRANQUISMO: COLABORACIÓN, ABSORCIÓN, INFLUENCIA Y CONFLICTO

Probablemente ninguna cuestión de esta historia se ha reducido tantas veces a una consigna como la relación entre Falange y franquismo.

Dos afirmaciones extremas compiten:

«Falange y franquismo fueron exactamente lo mismo».

Y:

«Falange no tuvo nada que ver con el franquismo».

Las dos empobrecen la historia.

Falange participó profundamente en el régimen.

Y la Falange independiente había sido previamente absorbida.

Ambas cosas son ciertas.

1. Los falangistas participaron en el régimen

Esto no necesita rodeos.

Miles de falangistas formaron parte del aparato político, administrativo, sindical y social del franquismo.

Hubo:

ministros falangistas;

gobernadores civiles;

procuradores;

jerarcas sindicales;

responsables juveniles;

periodistas;

funcionarios;

altos cargos;

dirigentes provinciales y locales.

Participaron activamente en la construcción, administración y sostenimiento del Estado surgido de la victoria de 1939.

Negarlo sería falsear la historia.

2. Pero la Falange independiente había desaparecido

También esto debe afirmarse con igual claridad.

La organización que José Antonio había dirigido dejó de existir como poder político independiente después de abril de 1937.

Sus hombres continuaron.

Sus símbolos adquirieron una presencia gigantesca.

Su lenguaje impregnó parte del régimen.

Parte de sus propuestas llegó a convertirse en política.

Pero el mando último no pertenecía a los órganos autónomos de Falange.

Pertenecía a Franco.

De ahí que la relación correcta no pueda resumirse mediante una sola palabra.

Fue:

absorción;
colaboración;
influencia;
utilización;
adaptación;
conflicto.

3. Franco necesitaba a los falangistas

Los militares podían ganar una guerra.

Eso no significaba que poseyeran por sí mismos una doctrina política capaz de organizar y movilizar una sociedad durante décadas.

Falange aportaba elementos útiles al nuevo Estado:

juventud;

militancia;

cuadros;

organización;

propaganda;

un lenguaje social;

símbolos;

una estética política;

y, sobre todo, un mártir con extraordinaria capacidad movilizadora:

José Antonio Primo de Rivera.

La victoria militar necesitaba una legitimación política.

Falange aportó una parte sustancial de ella.

4. Los falangistas necesitaban el Estado

Pero la relación funcionaba también al contrario.

Perdida la independencia política, ¿dónde podían los falangistas desarrollar sus ideas?

Dentro del Estado.

Ministerio de Trabajo.

Organización Sindical.

Vivienda.

Juventud.

Prensa.

Formación.

Instituciones sociales.

Era ahí donde una doctrina podía abandonar el discurso y transformarse en ley, presupuesto, organismo o edificio.

El precio estaba claro:

quien trabajaba dentro de aquella estructura aceptaba que el árbitro final era Franco.

5. Una relación profundamente desigual

Franco podía cambiar ministros.

Reducir el peso de una familia.

Aumentar el de otra.

Modificar equilibrios.

Desplazar a un dirigente.

Los falangistas podían influir.

A veces muchísimo.

Pero no podían destituir a Franco ni sustituirlo mediante sus propios órganos.

No era una sociedad entre iguales.

El régimen podía disminuir la presencia falangista y continuar existiendo.

Falange no podía recuperar su independencia sin enfrentarse al Estado.

Hedilla ya había experimentado lo que significaba ese enfrentamiento.

6. El gran intercambio

La relación puede resumirse así:

el régimen tomó de Falange hombres, símbolos, lenguaje, capacidad organizativa y parte de su programa.

Los falangistas obtuvieron del Estado poder e instrumentos para convertir una parte de sus ideas en política.

Ambos se utilizaron.

Pero no desde posiciones equivalentes.

Franco terminó conservando la supremacía.

7. ¿Traición o política posible?

Ésta es una de las preguntas que recorren toda la novela.

¿Qué debía hacer un falangista en abril de 1937?

Marcharse.

Resistir.

Aceptar.

Obedecer.

Intentar modificar el nuevo sistema desde dentro.

No hubo una respuesta única.

Tampoco un único motivo.

Unos aceptaron porque creyeron necesaria la unidad durante la guerra.

Otros terminaron siendo franquistas convencidos.

Otros siguieron considerándose joseantonianos por encima de todo.

Algunos encontraron una carrera.

Otros tuvieron miedo.

Otros creyeron que desde fuera no podrían hacer absolutamente nada.

Y un mismo hombre pudo pasar por varias de esas posiciones a lo largo de cuarenta años.

8. Hedilla y Girón

Dos hombres permiten visualizar las dos respuestas.

Manuel Hedilla: decir no.

José Antonio Girón: permanecer dentro y actuar.

Convertir al primero en santo y al segundo en traidor sería otra falsificación.

Hedilla conservó la independencia de su negativa.

Pagó cárcel y marginación.

Girón aceptó la estructura y consiguió poder real desde el que desarrolló políticas sociales.

Uno quedó fuera.

El otro dentro.

Los dos forman parte de la historia falangista.

Eliminar a cualquiera de ellos la mutila.

9. La «revolución pendiente»

Quizá ninguna expresión resuma mejor la paradoja.

Los falangistas estaban dentro del Estado.

Habían ganado la guerra.

Tenían ministros.

Sindicatos.

Organizaciones.

Prensa.

Símbolos por toda España.

Y, sin embargo, durante décadas continuaron hablando de:

la revolución pendiente.

La expresión constituye casi una confesión.

Si Falange hubiera conquistado plenamente el Estado, ¿qué quedaba pendiente?

Precisamente aquello que no había podido imponer.

Su presencia fue grande.

Su dominio completo, no.

10. Conclusión

Falange formó parte del franquismo.

El franquismo no fue solamente Falange.

Y Falange no puede reducirse exclusivamente al franquismo.

Su relación fue:

profunda, prolongada y contradictoria.

Eliminar cualquiera de esas tres palabras impide comprender lo ocurrido.


APÉNDICE VIII

LOS FALANGISTAS DENTRO DEL ESTADO: ENTRE LA REVOLUCIÓN PENDIENTE Y LA POLÍTICA POSIBLE

Después de abril de 1937 apareció una pregunta práctica.

¿Qué hacer?

Para muchos falangistas la respuesta fue:

quedarse.

No siempre porque hubieran olvidado a Hedilla.

No necesariamente porque aprobasen cada decisión de Franco.

Sino porque el Estado ofrecía la única posibilidad real de convertir una parte del programa en hechos.

1. La actuación desde dentro

La lógica podía expresarse de forma sencilla:

si ya no podemos conquistar políticamente el Estado, intentaremos actuar dentro de él.

Si no podemos realizar todo el programa, intentaremos realizar la parte que podamos.

No existió necesariamente una consigna única con esas palabras.

Fue una práctica.

Entrar.

Permanecer.

Influir.

Negociar.

Construir.

Y pagar el precio de hacerlo. El propio manuscrito advierte que la comparación retrospectiva con otras tácticas políticas puede ayudar a entender el mecanismo, aunque esa terminología no perteneciera al vocabulario falangista de aquellos años.

2. El precio del poder

Un ministro podía aprobar políticas.

No decidir por sí solo toda la arquitectura del régimen.

Un jerarca sindical podía organizar instituciones.

Pero dentro de un sindicalismo sometido al Estado.

Un responsable de vivienda podía construir miles de casas.

No transformar por sí mismo el sistema completo de propiedad.

Cada cargo abría una puerta.

Y cerraba otra.

Cada avance exigía compromisos.

Esa contradicción acompañó durante décadas a los falangistas integrados.

3. La burocratización

También ocurrió algo inevitable.

El movimiento nacido contra el orden establecido terminó siendo una parte del orden establecido.

La revolución adquirió:

oficinas;

sellos;

funcionarios;

presupuestos;

jerarquías;

vehículos oficiales;

carreras profesionales.

Nada de eso es en sí mismo absurdo.

Gobernar exige Administración.

Pero aparece un riesgo.

La burocracia puede convertir una idea nacida para transformar en una institución dedicada fundamentalmente a conservarse.

La revolución pendiente podía terminar administrando su propia espera.

4. Los oportunistas

Y llegó el fenómeno inevitable de cualquier organización que alcanza poder.

Cuando Falange era pequeña y perseguida atraía principalmente a quienes estaban dispuestos a asumir un coste.

Cuando vestir una camisa azul podía abrir puertas, apareció otra especie.

El aspirante a cargo.

El recién llegado perfectamente dispuesto a descubrir una vocación política coincidente con sus posibilidades profesionales.

De ahí la insistencia de muchos veteranos:

—¿Dónde estabas antes del 18 de julio?

La pregunta podía ser injusta.

Muchos nuevos militantes fueron sinceros.

Combatieron.

Murieron.

Trabajaron.

Pero expresaba un temor comprensible:

que la organización terminara llena de hombres que nunca habrían entrado si no hubieran olido poder.

5. Los que sí hicieron

Tampoco puede transformarse a todos los falangistas integrados en simples burócratas.

Muchos desarrollaron una obra concreta.

Leyes.

Viviendas.

Instituciones sociales.

Centros de formación.

Reglamentaciones laborales.

Organismos.

Por eso la pregunta histórica no puede limitarse a:

¿aceptaste el régimen?

También debe formular:

¿qué hiciste con el poder que aceptaste?

6. El dilema del compromiso

Ahí aparece una cuestión que trasciende Falange.

El hombre absolutamente puro puede quedarse sin capacidad para cambiar nada.

El hombre dispuesto a aceptar cualquier compromiso puede conseguir poder y olvidar para qué lo quería.

Entre ambos extremos existe un territorio gigantesco.

Ahí vive gran parte de la política.

Los falangistas integrados tuvieron que recorrerlo durante décadas.

Y sobre ellos permanecía siempre una figura.

Hedilla.

El hombre que no quiso pagar aquel precio.

7. La pregunta de Hedilla

De ahí la pregunta central de la novela:

—¿Qué hiciste cuando detuvieron a Hedilla?

Las respuestas posibles son muchas.

—Protesté.

—Callé.

—Tuve miedo.

—Pensé que lo prioritario era ganar la guerra.

—Creí que aquello sería temporal.

—Acepté.

—Me quedé.

—Intenté hacer lo posible.

—Sobreviví.

La suma de todas esas respuestas explica mucho mejor la Falange posterior que cualquier clasificación entre héroes y traidores.


APÉNDICE IX

JOSÉ ANTONIO GIRÓN Y LA HUELLA SOCIAL DEL FALANGISMO

Si Manuel Hedilla representa la negativa, José Antonio Girón de Velasco representa de manera especialmente clara la otra opción:

permanecer.

Y hacer.

Por eso Girón resulta indispensable.

La historia de Falange después de 1937 no es sólo una historia de absorción.

También lo es de influencia.

1. Del programa social a la Administración

La cuestión social ocupaba un lugar central en el discurso falangista anterior a la guerra.

El trabajador no debía ser mera mano de obra.

La propiedad debía cumplir una función social.

El trabajo no podía reducirse a mercancía.

La economía debía servir a la comunidad.

Capital y trabajo no podían permanecer condenados a una guerra permanente.

Después de la victoria, algunas de esas ideas encontraron instrumentos administrativos para traducirse en políticas.

2. Girón en Trabajo

José Antonio Girón ocupó durante años el Ministerio de Trabajo y se convirtió en uno de los grandes rostros de la política social del régimen.

Hay que precisar algo importante.

La legislación social española no comenzó con Girón.

Ni con Falange.

Existían antecedentes anteriores.

Y durante el franquismo intervinieron juristas, técnicos, funcionarios y dirigentes pertenecientes a diversas corrientes políticas.

Por tanto, sería incorrecto afirmar:

Girón creó por sí solo el Estado social español.

No.

Pero el error contrario sería borrar la fuerte influencia falangista en aquel ámbito.

Girón fue una pieza central.

3. Protección laboral y previsión

Durante aquellos años se desarrollaron o ampliaron políticas relativas a:

condiciones de trabajo;

previsión;

seguros sociales;

mutualismo;

protección familiar;

instituciones laborales;

formación.

El Estado asumía una presencia creciente en relaciones que una concepción liberal estricta habría dejado en mayor medida al contrato entre particulares.

Aquello encajaba de forma natural con el intervencionismo social falangista.

Pero aquí conviene conservar la cronología.

No toda la legislación social del régimen debe atribuirse a Girón.

El Fuero del Trabajo es de 1938, anterior a su llegada al Ministerio.

La política social fue acumulativa.

Precisamente por eso su importancia debe medirse no por apropiarse de todo lo anterior, sino por el desarrollo que recibió durante sus años de responsabilidad.

4. Vivienda y propiedad

La vivienda poseía además una particular conexión doctrinal con el pensamiento falangista.

Una casa no era solamente techo.

Podía ser propiedad.

Patrimonio familiar.

Seguridad.

Independencia.

En ese sentido, facilitar que familias trabajadoras accediesen a la propiedad de su vivienda podía interpretarse como una aplicación concreta de una vieja aspiración:

no abolir la propiedad, sino multiplicar los propietarios.

La política real de vivienda tuvo insuficiencias y problemas.

No hay motivo para ocultarlos.

Pero tampoco para negar la importancia social que tuvo para miles de familias acceder a una vivienda y, en muchos casos, terminar poseyéndola.

5. Formación profesional

La industrialización necesitaba trabajadores cualificados.

Mecánicos.

Electricistas.

Torneros.

Soldadores.

Especialistas.

La Formación Profesional respondía a una necesidad económica.

Pero también podía conectarse con una concepción social:

el trabajador manual o técnico no debía ser considerado ciudadano de segunda categoría frente al universitario.

La dignificación del trabajo productivo encontró aquí una expresión concreta.

6. Universidades Laborales

Las Universidades Laborales se convirtieron en una de las instituciones más visibles de aquel proyecto.

Grandes centros de formación destinados especialmente a jóvenes de familias trabajadoras.

Podrá discutirse:

su organización;

su componente ideológico;

su funcionamiento;

sus resultados.

Lo que no puede hacerse seriamente es fingir que carecieron de importancia.

Representaron una ambición enorme:

proporcionar formación, promoción y cualificación a muchachos que, en otras circunstancias, podían haber quedado al margen de estudios avanzados.

7. Sanidad y previsión

La protección frente a:

enfermedad;

accidente;

incapacidad;

vejez;

muerte del sustentador

se desarrolló mediante un proceso largo.

No nació acabada.

Fue ampliándose mediante seguros y sistemas diversos.

Más adelante, la democracia reformó profundamente este entramado, amplió coberturas y reorganizó instituciones.

Pero recibió una realidad anterior.

No una hoja en blanco.

8. Una precisión fundamental

De todo ello no puede extraerse:

«Falange inventó por sí sola el Estado del bienestar español».

No es cierto.

Hay antecedentes anteriores a 1936.

Participaron diversas familias políticas.

La legislación se construyó durante décadas.

Y la democracia añadió reformas decisivas.

El Estado social español es una construcción acumulativa.

Pero reconocer esa pluralidad no exige cometer el error inverso:

negar la importante participación falangista en una de sus etapas de formación y desarrollo.

9. La paradoja de Girón

Girón fue dirigente de una dictadura.

Y desde ese régimen impulsó políticas sociales reales.

Ambas afirmaciones pueden convivir porque ambas pertenecen a la historia.

Ése es precisamente el tipo de contradicción que esta novela ha querido preservar.

No hace falta escoger una para borrar la otra.

Hedilla recuerda el precio de quedar fuera.

Girón muestra las posibilidades y los costes de permanecer dentro.

Entre ambos se encuentra buena parte de la historia de los falangistas después de 1937.


APÉNDICE X

RECONSTRUCCIÓN, INDUSTRIALIZACIÓN Y DESARROLLO: EL «MILAGRO» NO COMENZÓ EN 1959

Existe una narración demasiado simple de la economía española:

primero autarquía y fracaso;

después tecnócratas;

1959;

Plan de Estabilización;

y de repente desarrollo.

La cronología real es más larga.

1. 1939: un país devastado

España salió de la Guerra Civil material y humanamente destrozada.

Infraestructuras dañadas.

Producción alterada.

Escasez.

Problemas energéticos.

Falta de viviendas.

Desplazamientos.

Pérdidas humanas.

A ello se sumaron posteriormente el aislamiento exterior y los graves problemas derivados de una política autárquica ineficiente en numerosos aspectos.

No hay necesidad de ocultarlo para reconocer lo que ocurrió después.

2. Antes de desarrollar hubo que reconstruir

Puentes.

Ferrocarriles.

Carreteras.

Redes eléctricas.

Viviendas.

Fábricas.

Obras hidráulicas.

Ciudades.

Pueblos.

La reconstrucción no fue una figura retórica.

Era literalmente volver a poner en funcionamiento un país.

Y detrás del Estado existieron millones de españoles trabajando.

Eso importa.

Porque ningún decreto reconstruye por sí solo una carretera.

3. Industrialización

El Estado desempeñó un papel activo en sectores considerados estratégicos.

El Instituto Nacional de Industria (INI) fue una pieza fundamental.

La industrialización no puede atribuirse exclusivamente a Falange.

Intervinieron:

ingenieros;

militares;

economistas;

empresarios;

funcionarios;

técnicos.

Pero el fuerte intervencionismo económico de aquella etapa encontraba puntos evidentes de contacto con diversos planteamientos falangistas sobre subordinación de determinadas áreas económicas al interés nacional.

4. La España de 1959 ya no era la de 1939

Cuando llegó el Plan de Estabilización habían transcurrido veinte años.

España seguía teniendo problemas enormes.

Pero ya se había:

reconstruido buena parte de lo destruido;

ampliado capacidad industrial;

formado trabajadores;

extendido infraestructura;

acumulado capital físico;

acumulado capital humano.

No estaba en el punto de partida.

Esto no rebaja la importancia de 1959.

La sitúa.

5. El giro de 1959

El Plan de Estabilización fue decisivo.

Corrigió graves desequilibrios.

Abrió la economía.

Modificó incentivos.

Y dio paso a una etapa de fuerte crecimiento.

Después llegaron:

turismo masivo;

inversión;

remesas de emigrantes;

industrialización acelerada;

urbanización;

aumento del consumo;

automóvil;

electrodomésticos;

crecimiento de las clases medias.

Negar la trascendencia del cambio sería tan absurdo como convertirlo en creación ex nihilo.

6. El llamado «milagro»

La palabra es atractiva.

Pero puede ser engañosa.

Un milagro no necesita explicación económica.

El desarrollo español tuvo muchas.

Trabajo.

Ahorro.

Inversión.

Turismo.

Emigración.

Remesas.

Infraestructuras.

Formación.

Industrialización previa.

Reformas económicas.

Coyuntura internacional.

Capital exterior.

Millones de decisiones individuales.

Por eso resulta más preciso hablar de desarrollo que de milagro.

7. Los tecnócratas no encontraron un solar

Éste es el punto central.

Los nuevos responsables económicos no llegaron a una España inexistente.

Recibieron un país construido durante las dos décadas anteriores.

Lo modificaron.

Abrieron.

Reordenaron.

Corrigieron.

Hicieron más eficiente en muchos aspectos.

Pero heredaron.

La Historia económica tampoco tiene año cero.

8. Los verdaderos constructores

Y aquí conviene evitar otra apropiación.

No construyeron España exclusivamente:

Franco;

Falange;

los tecnócratas;

un ministro;

un plan.

La construyeron también:

obreros;

agricultores;

empresarios;

ingenieros;

maestros;

médicos;

funcionarios;

mujeres que mantuvieron familias en años durísimos;

emigrantes que enviaron dinero desde Alemania, Francia, Suiza y otros países.

Millones.

La política decide.

La sociedad trabaja.

Confundir ambas cosas convierte la Historia en propaganda.

9. La herencia recibida por la democracia

La España que llegó a la Transición era extraordinariamente distinta de la de 1939.

Industrializada.

Urbanizada.

Con infraestructuras.

Con una importante clase media.

Con capital humano.

Con instituciones sociales.

Con problemas, naturalmente.

La democracia transformaría profundamente esa realidad.

Pero la recibió.

Como el franquismo había recibido otra España anterior.

Ningún régimen empieza la nación de nuevo.

Los gobiernos cambian.

El país continúa.

Y esa continuidad permite comprender el siguiente episodio.

Porque cuando España empezó a prepararse para la gran transformación económica de finales de los cincuenta, Falange sufrió también otra transformación política.

No tan dramática como la de 1937.

Pero decisiva.

La segunda derrota.


APÉNDICE XI

1956-1957: LA SEGUNDA DERROTA DE FALANGE

Abril de 1937 destruyó la independencia de Falange.

1956-1957 no hizo algo tan espectacular.

No hubo consejos de guerra.

Ni penas de muerte.

Ni otro Hedilla.

Pero la consecuencia política fue profunda.

Falange continuaría existiendo dentro del régimen.

Lo que empezaba a desaparecer era la posibilidad de imaginar que recuperaría algún día su centralidad política.

1. Una Falange todavía poderosa

A mediados de los años cincuenta no estamos ante una organización decorativa.

El Movimiento conservaba:

aparato;

instituciones;

prensa;

organizaciones juveniles;

estructura sindical;

jerarquías;

cargos;

presencia estatal.

Los falangistas seguían siendo una familia importante del régimen.

La cuestión no era si existían.

Era cuánto podían decidir sobre el futuro.

2. José Luis de Arrese

Arrese intentó reforzar institucionalmente el Movimiento.

El problema de fondo era la sucesión política del régimen.

Franco no sería eterno.

¿Qué estructura debía garantizar la continuidad?

¿La Monarquía?

¿El Movimiento?

¿Una combinación?

¿Quién tendría finalmente la primacía?

Los proyectos de Arrese intentaban evitar que el Movimiento terminase reducido a una enorme estructura simbólica y administrativa sin verdadero poder para determinar el futuro.

3. Las resistencias

El intento encontró oposición.

Monárquicos.

Sectores católicos.

Militares.

Otros grupos del régimen.

Una institucionalización demasiado poderosa del Movimiento habría alterado el sistema de equilibrios mediante el cual Franco había gobernado durante años.

Y Franco no parecía dispuesto a crear, al final de su vida política, un centro institucional capaz de adquirir autonomía respecto de su propia jefatura.

4. 1956: una sociedad que empezaba a ser otra

La conflictividad universitaria mostró también un cambio generacional.

Los jóvenes ya no habían combatido en la guerra.

El lenguaje del 18 de julio tenía para ellos una fuerza distinta.

La España que estaba naciendo era urbana, industrial y universitaria en una medida cada vez mayor.

Las viejas organizaciones juveniles ya no poseían automáticamente el monopolio político de una generación.

El país se movía.

5. Febrero de 1957

La remodelación gubernamental simbolizó el cambio.

Ganaron peso hombres de perfil técnico y económico.

La prioridad empezó a desplazarse.

De la revolución pendiente al desarrollo.

De la retórica política a la gestión económica.

De la movilización ideológica a:

productividad;

inversión;

comercio;

estabilización;

crecimiento.

Falange no desapareció.

Pero el centro de gravedad se movía.

6. Una segunda derrota sin decreto

La analogía con 1937 tiene límites evidentes.

No fueron acontecimientos iguales.

Pero existe una continuidad política.

En 1937 Falange perdió su independencia.

En 1957 perdió otra parte de su capacidad para imaginarse como núcleo futuro del régimen.

Continuaron ministros falangistas.

Continuaron instituciones.

Continuó influencia.

Pero el futuro empezaba a hablar otro idioma.

7. Del revolucionario al desarrollista

La palabra decisiva pasó a ser:

desarrollo.

Y eso modificó incluso la legitimidad del régimen.

La victoria de 1939 se alejaba.

Una nueva generación quería:

trabajo;

vivienda;

automóvil;

estudios;

mejores salarios;

consumo;

movilidad social.

El crecimiento económico podía proporcionar una legitimidad práctica mucho más eficaz que repetir indefinidamente la guerra.

8. La pregunta final

Para el falangista que llevaba veinte años esperando la revolución, la pregunta podía resultar cruel:

—¿Para esto hicimos todo aquello?

Alguien podía contestar:

—Ganamos la guerra.

Y recibir la respuesta que atraviesa esta novela:

—No te he preguntado eso.

La revolución seguía pendiente.

Cada año un poco más.

Hasta que comenzó a resultar razonable preguntarse si seguía pendiente.

O si, simplemente, había sido derrotada.

APÉNDICE XII

LA DISIDENCIA FALANGISTA DURANTE EL FRANQUISMO

Hay dos simplificaciones igualmente engañosas.

La primera consiste en afirmar que todos los falangistas fueron franquistas incondicionales.

La segunda, en construir retrospectivamente una gigantesca oposición falangista clandestina que habría combatido durante cuarenta años al régimen de Franco.

Ninguna de las dos imágenes explica lo sucedido.

La realidad fue mucho más fragmentaria.

Hubo integración.

Hubo colaboración.

Hubo entusiasmo franquista.

Hubo descontento.

Hubo críticas desde dentro.

Hubo rupturas.

Hubo hombres que evolucionaron.

Y hubo también quienes mantuvieron desde muy pronto que la Falange nacida con José Antonio había perdido su independencia política en abril de 1937.

1. La primera gran disidencia: Manuel Hedilla

La oposición falangista a la concentración de poder de Franco no apareció cuando el régimen empezaba a debilitarse.

No nació en los años sesenta.

Ni en 1975.

Apareció en 1937.

Ésta es una precisión fundamental.

Manuel Hedilla había sido elegido Jefe Nacional de Falange Española de las JONS el 18 de abril.

Al día siguiente, el Decreto de Unificación creó una organización nueva sometida a la jefatura de Franco.

Hedilla se resistió.

Fue detenido.

Procesado.

Condenado a muerte.

Por tanto, la primera gran ruptura entre una parte de Falange y el poder de Franco surgió prácticamente al mismo tiempo que empezaba a construirse el nuevo sistema político.

No fue una oposición democrática en el sentido que la palabra adquiriría décadas después.

Fue una oposición falangista.

Ésa es precisamente la razón por la que resulta históricamente tan importante.

Hedilla no le decía a Franco:

—Quiero volver al parlamentarismo liberal.

Su conflicto era otro:

—Falange tiene una jefatura propia.

—Falange posee una legitimidad propia.

—La dirección de Falange no puede ser transferida desde fuera como si se tratara de una dependencia administrativa.

El choque fue entre dos concepciones de legitimidad y poder.

Y la fuerza del Estado decidió.

2. Los hedillistas

Alrededor de Hedilla quedaron hombres que consideraban que la Unificación había destruido la autonomía política de la Falange originaria.

No formaron después un poder paralelo capaz de amenazar seriamente al régimen.

La represión, la guerra, la victoria de Franco y la propia desigualdad de fuerzas hacían prácticamente imposible semejante escenario.

Los caminos fueron diversos.

Algunos fueron perseguidos.

Otros desaparecieron de la vida política.

Otros terminaron integrándose.

Otros conservaron durante años la memoria de Hedilla.

Y una minoría mantuvo viva la idea de que la Falange anterior al 19 de abril de 1937 no podía identificarse sin más con FET y de las JONS.

Era una disidencia pequeña.

Pero histórica.

Porque conservaba una pregunta que el relato oficial tenía dificultades para responder:

si Franco había sucedido naturalmente a José Antonio al frente de Falange, ¿por qué había sido necesario detener, procesar y condenar al Jefe Nacional elegido por la propia Falange?

3. La disidencia desde dentro

Pero no toda crítica falangista condujo a una ruptura abierta.

Hubo también descontento dentro del propio régimen.

Cartas.

Reuniones.

Quejas.

Protestas.

«Plantes».

Críticas contra la burocratización.

Reproches por el abandono de la revolución.

Disconformidad ante determinadas orientaciones económicas o políticas.

Nostalgia de una Falange que algunos consideraban desvirtuada.

El régimen podía tolerar ciertos grados de tensión mientras no amenazaran el principio esencial:

la jefatura de Franco.

Ahí estaba la frontera.

Criticar un ministro podía ser aceptable.

Quejarse de que la revolución seguía pendiente, también.

Cuestionar el mando último era otra cuestión.

Por eso dentro del franquismo pudo existir simultáneamente una considerable presencia falangista y un descontento falangista con la evolución del propio régimen.

No hay contradicción.

Una persona puede formar parte de un sistema y considerar que ese sistema ha traicionado una parte de aquello que ella esperaba realizar.

La contradicción empieza cuando intenta después fingir que nunca formó parte de él.

4. Dionisio Ridruejo: del compromiso a la oposición

Dionisio Ridruejo representa una trayectoria diferente y particularmente significativa.

No fue un hedillista de 1937.

Había estado profundamente comprometido con Falange y con el régimen surgido de la guerra.

Pero fue evolucionando.

Se alejó.

Criticó.

Y acabó convertido en opositor.

Su vida demuestra algo elemental que la política tiende a olvidar:

cambiar de ideas no es necesariamente oportunismo.

A veces ocurre justamente lo contrario.

Cuando alguien cambia en dirección al poder, puede existir sospecha de conveniencia.

Cuando cambia perdiendo cargos, seguridad o influencia, la explicación mediante simple oportunismo resulta bastante menos convincente.

Ridruejo importa precisamente porque rompe otra simplificación.

Un falangista de los primeros años podía dejar de ser franquista.

Podía incluso terminar enfrentándose políticamente al régimen.

Eso no borra su pasado.

Tampoco su evolución borra lo que había defendido anteriormente.

Una biografía completa contiene ambas cosas.

5. Los jóvenes que no habían vivido la guerra

Con el paso del tiempo apareció un fenómeno nuevo.

Falangistas nacidos demasiado tarde para haber participado en la Guerra Civil.

No eran camisas viejas.

No habían conocido personalmente a José Antonio.

No habían estado en Salamanca en abril de 1937.

Recibían una historia ya elaborada.

Y algunos comenzaron a compararla con los textos.

Ahí surgía un problema.

El José Antonio leído no siempre coincidía con el José Antonio ceremonial.

La Falange descrita en los textos de los años treinta no siempre parecía idéntica a la enorme estructura burocrática que funcionaba dentro del Movimiento.

La revolución social continuaba «pendiente».

La propiedad no se había extendido hasta los extremos proclamados.

El sindicalismo se había convertido en organización estatal.

La dirección política pertenecía a Franco.

Y entonces algunos empezaron a preguntar.

Primero en voz baja.

Después más claramente.

—¿Quién sucedió a José Antonio?

La respuesta podía llegar:

—Manuel Hedilla.

—¿Y qué ocurrió con él?

—Fue condenado a muerte.

Silencio.

Pocas preguntas tenían tanta capacidad para destruir una explicación demasiado sencilla.

6. Hedilla como problema para la historia oficial

Hedilla resultaba incómodo precisamente porque no podía ser explicado fácilmente mediante las categorías posteriores.

No era comunista.

No era socialista.

No era liberal.

No era un demócrata parlamentario enfrentado desde 1937 a una dictadura porque quisiera restaurar el sistema de partidos.

Era falangista.

Eso hacía mucho más difícil convertir su conflicto en una simple oposición entre franquismo y antifranquismo tal como esas categorías serían entendidas décadas después.

La cuestión era interna al propio campo vencedor.

Una Falange que pretendía conservar autonomía.

Frente a un Estado que quería absorberla.

Y, por eso mismo, falsear a los hedillistas convirtiéndolos retrospectivamente en liberales contemporáneos no los reivindica.

Los transforma en algo que no fueron.

La reivindicación histórica debe ser más sencilla:

se opusieron desde posiciones falangistas al modo en que Franco había resuelto la cuestión de la jefatura y la independencia política de Falange.

Eso basta.

7. Narciso Perales y la transmisión de la disidencia

En la transmisión de esa memoria adquiriría importancia Narciso Perales.

Su trayectoria enlazaba épocas diferentes.

Había conocido desde dentro el mundo falangista y el régimen.

Pero también había desarrollado posiciones críticas.

Su importancia no reside únicamente en una colección de cargos o fechas.

Reside en la continuidad.

Las ideas políticas sobreviven algunas veces porque alguien conserva una conversación.

Un documento.

Un contacto.

Un nombre.

Una historia que oficialmente ha dejado de interesar.

Perales serviría de puente hacia generaciones que ya no habían conocido los años treinta.

Y con esa generación surgió una pregunta nueva.

Ya no:

¿qué pasó en 1937?

Sino:

¿qué significa ser falangista cuando el régimen que utiliza oficialmente tus símbolos es precisamente el régimen que absorbió la organización que dices reivindicar?

La paradoja era formidable.

¿Cómo rebelarse contra un Estado que habla con tus palabras?

¿Cómo explicar que una camisa utilizada oficialmente durante décadas puede servir también para protestar contra quienes la utilizan?

¿Cómo distinguir?

La respuesta no podía reducirse a símbolos.

Había que volver a los textos.

A las fechas.

A Hedilla.

8. El regreso político de Hedilla

Durante los últimos años de su vida, Manuel Hedilla volvió a adquirir cierto protagonismo en ambientes falangistas disidentes.

Ya no era el hombre de treinta y tantos años que había podido convertirse en uno de los grandes dirigentes políticos del bando nacional.

Era un hombre marcado por décadas de derrota.

Precisamente eso le proporcionaba una autoridad diferente.

No la del poder.

La del precio pagado.

Había sido condenado.

Había estado encarcelado.

Había quedado apartado.

No podía acusársele de construir retrospectivamente una oposición cuando la oposición empezaba a resultar cómoda.

Su conflicto venía de 1937.

Y por ello su sola presencia permitía afirmar:

existió una genealogía falangista no identificada con la obediencia completa a Franco.

No mayoritaria.

No poderosa.

Pero real.

9. Del recuerdo a la política

Sin embargo, la memoria de Hedilla planteaba un problema.

Recordar no basta para hacer política.

Podía recuperarse cada documento de 1937.

Podía demostrarse quién había sido elegido.

Podía explicarse la Unificación.

Podía reconstruirse el proceso.

Pero España había cambiado.

El obrero de 1968 no era el jornalero de 1933.

Habían aparecido nuevas fábricas.

Grandes empresas.

Universidades.

Una clase media creciente.

Europa.

Nuevas formas de consumo.

Nuevos conflictos.

Nuevas generaciones.

Por tanto, la pregunta tuvo que evolucionar:

¿qué significa hoy aquella derrota?

Y después:

¿qué propone hoy quien la reivindica?

Ésa era la frontera entre memoria y política.

10. El hedillismo como interpretación histórica

Con el tiempo, el hedillismo dejó de ser solamente simpatía personal hacia Manuel Hedilla.

Se convirtió en una interpretación de la historia falangista.

Podía resumirse en varios puntos:

José Antonio había dirigido una Falange independiente.

Hedilla había sido elegido sucesor dentro de esa organización.

La Unificación supuso la absorción de aquella autonomía.

Franco no sucedió orgánicamente a José Antonio como Jefe Nacional de FE-JONS.

Por tanto, la legitimidad falangista podía reivindicarse fuera de las estructuras oficiales del Movimiento.

Era una tesis coherente.

Pero incompleta.

Porque una genealogía explica de dónde se viene.

No necesariamente adónde se quiere ir.

11. El problema de cualquier tradición superviviente

Hedilla podía ofrecer un criterio histórico:

esto ocurrió.

También un criterio negativo:

esto no debe repetirse.

Pero un movimiento político necesita más.

¿Qué propiedad?

¿Qué empresa?

¿Qué papel para el trabajador?

¿Qué sindicalismo?

¿Qué libertades?

¿Qué representación política?

¿Qué Estado?

¿Qué relación entre Estado y persona?

¿Qué política territorial?

¿Qué educación?

¿Qué vivienda?

¿Qué posición ante una economía industrial muy diferente de la de los años treinta?

La legitimidad histórica no contesta por sí misma ninguna de esas preguntas.

Por eso la generación posterior tendría que hacer algo bastante más difícil que defender a Hedilla.

Tendría que pensar.

12. Las redes de continuidad

Alrededor de Hedilla se mantuvieron:

contactos;

documentos;

conversaciones;

declaraciones;

pequeños grupos;

relaciones personales.

No constituyeron una oposición capaz de poner en peligro al régimen.

Conviene no exagerarlo.

Pero permitieron que la memoria no desapareciera.

Y una memoria conservada durante décadas puede convertirse, llegado otro momento político, en punto de partida.

Eso ocurrió.

La España de los últimos años de Franco empezaba a abrir una situación nueva.

La continuidad necesitaba una forma organizativa.

Y ahí apareció el Frente Nacional de Alianza Libre (FNAL).

13. Frente Nacional de Alianza Libre

El propio nombre era significativo.

Libre.

Fuera del aparato político oficial.

Independiente de la estructura que durante décadas había monopolizado públicamente símbolos y denominaciones falangistas.

El FNAL no fue una gran organización clandestina.

Su importancia estuvo en otro lugar.

Sirvió de puente.

Entre Hedilla y quienes llegaron después.

Entre la memoria de 1937 y los falangistas que intentaban pensar los problemas de los años sesenta y setenta.

Entre el testimonio y una futura organización política.

Hedilla no podía regresar a 1937.

España tampoco.

La derrota también había enseñado algo:

restaurar una fotografía antigua era imposible.

La cuestión era recuperar preguntas.

Propiedad.

Trabajo.

Capital.

Empresa.

Estado.

Libertad.

Independencia política.

Y plantearlas otra vez en un país completamente diferente.

14. La muerte de Hedilla

Manuel Hedilla murió en 1970.

No vio la muerte de Franco.

No vio la Transición.

No vio las elecciones de 1977.

No vio la batalla por las siglas.

No vio actuar públicamente a Falange Española de las JONS (Auténtica).

Pero dejó algo.

Una continuidad.

Un nombre.

Documentos.

Una interpretación.

Y sobre todo una pregunta que había atravesado más de treinta años:

¿puede sobrevivir una idea después de que el poder haya conseguido apropiarse de su nombre?

La respuesta llegaría después de su muerte.

No sería espectacular.

Ni mayoritaria.

Pero existiría.

Y tendría varios nombres propios:

Narciso Perales.
Miguel Hedilla.
Pedro Conde Soladana.

Con ellos comenzaría la siguiente fase.

Ya no bastaría explicar por qué Hedilla había dicho no.

Había que demostrar que aquella negativa podía convertirse en una política para una España que ya no era la de la Guerra Civil.

APÉNDICE XIII

MANUEL HEDILLA DESPUÉS DE LA CÁRCEL: LA CONTINUIDAD HEDILLISTA

La historia de Manuel Hedilla no terminó cuando la pena de muerte fue conmutada.

Tampoco cuando salió de prisión.

Ni cuando cesó el confinamiento.

Su derrota política fue profunda, pero no equivalió a desaparición absoluta.

Durante años permaneció apartado del poder, sin posibilidad real de disputar el rumbo del régimen. Sin embargo, continuó existiendo como referencia para quienes sostenían que la Falange originaria había sido absorbida en 1937 y que aquella absorción no podía presentarse como una sucesión natural y pacífica.

Ésa es la importancia de su segunda vida política.

No la del hombre que estuvo a punto de mandar.

La del hombre derrotado cuya existencia seguía contradiciendo una versión demasiado sencilla de la Historia.

1. Un hombre incómodo

Hedilla resultaba incómodo por una razón elemental.

Su biografía no encajaba bien en una sucesión lineal:

José Antonio → Franco → Movimiento Nacional.

Había sido elegido Jefe Nacional.

Había sucedido a José Antonio al frente de FE-JONS.

Se había opuesto a la Unificación.

Había sido detenido.

Había recibido condenas a muerte.

Y había sobrevivido.

Cada uno de esos hechos obligaba a introducir explicaciones.

Y las explicaciones complicaban el relato.

La forma más sencilla de neutralizarlo durante años no necesitaba un nuevo proceso.

Bastaba con algo más eficaz:

no hablar de él.

No concederle espacio.

No facilitarle presencia pública.

Reducirlo a episodio incómodo de una crisis ya superada.

El olvido podía hacer aquello que la cárcel ya no necesitaba hacer.

2. El silencio como derrota política

Un preso puede convertirse en símbolo.

Un dirigente muerto, todavía más.

Un derrotado vivo plantea otro problema.

Puede recordar.

Puede responder.

Puede contradecir.

Puede decir:

—Yo estaba allí.

Hedilla seguía vivo mientras el régimen consolidaba durante décadas una identificación pública entre Falange, Movimiento y Franco.

Su sola existencia permitía plantear preguntas.

Por eso el silencio poseía una utilidad política evidente.

No hacía falta convertirlo permanentemente en enemigo.

Era suficiente convertirlo en irrelevante.

Y durante mucho tiempo funcionó.

3. El paso del tiempo cambió también el significado de 1937

La España de los años sesenta ya no era la de la Guerra Civil.

Habían cambiado:

la economía;

la industria;

las ciudades;

las universidades;

la clase obrera;

las costumbres;

la relación con Europa;

las expectativas de los jóvenes.

Por tanto, el conflicto de 1937 tampoco podía conservar exactamente el mismo significado.

Ya no bastaba preguntar:

¿quién tenía razón en Salamanca?

Había que añadir:

¿qué significa aquella derrota treinta años después?

Ése era el problema de toda tradición superviviente.

El pasado proporciona identidad.

No necesariamente política actual.

Hedilla podía explicar una ruptura.

Pero no podía, por sí solo, responder a todos los problemas de la España industrial que estaba apareciendo.

4. Del hombre al «hedillismo»

Con el tiempo, el nombre de Hedilla comenzó a designar algo más que fidelidad personal.

El hedillismo se convirtió en una interpretación de la historia falangista.

Sus puntos fundamentales podían resumirse así:

José Antonio había dirigido una organización independiente.

Manuel Hedilla había sido elegido para sucederlo.

La Unificación de 1937 había supuesto la absorción de aquella organización por un poder exterior a sus órganos.

Franco no había sido elegido sucesor de José Antonio al frente de la Falange originaria.

Por tanto, la legitimidad falangista podía reivindicarse fuera de las estructuras oficiales creadas después de abril de 1937.

Ésta era la tesis.

Pero una tesis histórica no equivale todavía a un programa.

5. El problema de la genealogía

Una genealogía puede responder:

¿de dónde venimos?

Pero una organización política necesita responder también:

¿qué queremos hacer ahora?

El hedillismo podía explicar perfectamente por qué 1937 había sido una ruptura.

Eso no bastaba para explicar qué debía hacerse en 1968.

Mucho menos en 1976.

La España posterior planteaba problemas que José Antonio no había conocido.

Grandes empresas.

Concentración industrial.

Inversión extranjera.

Nueva clase obrera urbana.

Universidad masiva.

Europa.

Sociedad de consumo.

Automatización.

Emigración.

Turismo.

Una política viva tenía que responder a todo aquello.

No podía limitarse a presentar documentos de Salamanca.

6. Hedilla como criterio negativo

Manuel Hedilla podía proporcionar una enseñanza poderosa:

esto no debe repetirse.

Una organización no debe renunciar alegremente a su autonomía.

Un jefe elegido no puede quedar reducido a figura decorativa porque otro poder posea más fuerza.

La identidad política no debería entregarse a cambio de cargos.

Pero la política necesita algo más que negativas.

Necesita propuestas.

¿Qué propiedad?

¿Qué empresa?

¿Qué participación obrera?

¿Qué sindicalismo?

¿Qué libertad personal?

¿Qué representación?

¿Qué Estado?

¿Qué relación entre Nación y regiones?

¿Qué política educativa?

¿Qué vivienda?

¿Qué estructura económica?

La respuesta a esas preguntas tenía que ser elaborada por quienes vivían en el presente.

Hedilla podía legar una advertencia.

No redactar desde 1937 el programa de treinta años después.

7. Una nueva generación empieza a preguntar

Aquí aparecen los hombres que no habían vivido la Guerra Civil.

Trabajadores.

Estudiantes.

Jóvenes militantes.

Personas procedentes de organizaciones juveniles.

Otros del mundo laboral.

Para ellos, Hedilla no era memoria personal.

Era descubrimiento.

Y el descubrimiento podía resultar desconcertante.

Muchos habían aprendido una secuencia muy sencilla:

José Antonio.

Franco.

Movimiento.

Entonces encontraban otra:

José Antonio.

Hedilla.

Unificación.

Condena.

Prisión.

La línea recta se rompía.

Había una historia que no les habían explicado suficientemente.

Y cuando una generación descubre un vacío en el relato recibido, empieza a buscar papeles.

8. Papeles, conversaciones y memoria

La continuidad política no se sostuvo mediante grandes estructuras.

Se sostuvo muchas veces de manera mucho más modesta.

Documentos guardados.

Cartas.

Recuerdos.

Reuniones pequeñas.

Contactos personales.

Declaraciones.

Conversaciones con veteranos.

No era una fuerza capaz de derribar al régimen.

Ni remotamente.

Pero conservaba algo indispensable:

la cadena.

Una idea puede atravesar décadas gracias a unas pocas personas que se niegan a permitir que desaparezca completamente su memoria.

En ocasiones eso basta para que otra generación vuelva a recogerla.

9. El Frente Nacional de Alianza Libre

Entre las expresiones más significativas de esa etapa apareció el Frente Nacional de Alianza Libre (FNAL).

El propio nombre contenía una declaración.

Libre.

Fuera del aparato oficial.

Independiente de la estructura política que había monopolizado durante décadas la representación pública del falangismo.

No debe imaginarse el FNAL como una enorme organización clandestina.

No lo fue.

Su importancia estuvo en la continuidad.

Conservar contactos.

Relacionar generaciones.

Mantener una interpretación histórica.

Preparar el tránsito entre la última etapa de Hedilla y quienes intentarían reconstruir posteriormente una Falange independiente del franquismo.

10. No volver a 1937

Había algo que el tiempo hacía imposible.

Volver.

Manuel Hedilla ya no era el joven dirigente de abril de 1937.

España tampoco era la misma.

Ni podía serlo.

Una política fundada exclusivamente en restaurar la fotografía de la Falange anterior a la guerra estaba condenada a convertirse en arqueología.

La cuestión debía formularse de otro modo.

No:

¿cómo regresamos a 1936?

Sino:

¿qué preguntas de aquella Falange siguen teniendo sentido?

Trabajo.

Propiedad.

Poder financiero.

Empresa.

Participación.

Libertad personal.

Estado.

Unidad nacional.

Justicia social.

Esas preguntas podían sobrevivir aunque las respuestas tuvieran que cambiar.

Ésa era la verdadera continuidad.

No reproducir.

Pensar desde el mismo origen en otro tiempo.

11. La muerte de Hedilla

Manuel Hedilla murió en 1970.

Franco seguía vivo.

Por tanto, Hedilla no contempló la fase final de la historia que había ayudado involuntariamente a iniciar.

No vio:

la muerte de Franco;

la desaparición del Movimiento;

la legalización de partidos;

las elecciones generales;

la batalla abierta por las siglas;

la actuación pública de Falange Española de las JONS (Auténtica);

ni a una nueva generación reivindicar su nombre dentro de un sistema político completamente diferente.

Había muerto antes.

Pero había dejado algo.

No una organización poderosa.

Una línea.

12. La pregunta que sobrevivió

Su legado podía condensarse finalmente en una pregunta:

¿puede una idea sobrevivir después de que el poder se haya apropiado durante décadas de su nombre?

Ésa era la cuestión.

El régimen había utilizado:

Falange.

José Antonio.

El yugo y las flechas.

La camisa azul.

El Cara al Sol.

Toda una simbología.

¿Cómo podía otra Falange aparecer después y decir:

«eso no agotaba nuestra historia»?

Para conseguirlo necesitaba demostrar dos cosas.

Primero:

que existía una genealogía independiente.

Segundo:

que aquella genealogía podía decir algo al presente.

Hedilla proporcionaba especialmente la primera.

La generación siguiente tendría que proporcionar la segunda.

Y ahí aparecen tres nombres fundamentales.

Narciso Perales.

Miguel Hedilla.

Pedro Conde Soladana.

Cada uno llegaba desde un lugar diferente.

Perales, desde una larga trayectoria falangista y disidente.

Miguel, desde la memoria familiar.

Pedro, desde la fábrica y una generación que no había vivido la guerra.

Los tres iban a encontrarse alrededor de un problema común:

cómo transformar una memoria derrotada en una organización política capaz de vivir después de Franco.

Ésa es la materia del siguiente apéndice.


APÉNDICE XIV

DEL FRENTE NACIONAL DE ALIANZA LIBRE A FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS (AUTÉNTICA)

La muerte de Manuel Hedilla no puso fin al hedillismo.

Lo convirtió en herencia.

Y toda herencia política plantea inmediatamente una pregunta:

¿quién tiene derecho a recibirla?

No existe testamento notarial que pueda resolverlo.

Las ideas no pasan de padres a hijos mediante escritura pública.

Tampoco las jefaturas.

La continuidad política necesita reconocimiento, organización y, sobre todo, capacidad para seguir actuando.

1. Un falangismo extraordinariamente fragmentado

A comienzos de los años setenta el mundo falangista distaba mucho de formar una unidad.

Había:

veteranos vinculados al régimen;

hedillistas;

joseantonianos críticos;

disidentes;

jóvenes procedentes de organizaciones oficiales;

grupos independientes;

sindicalistas;

antiguos militantes;

hombres ya alejados de la política.

Una palabra común —Falange— ocultaba realidades muy distintas.

La muerte de Franco todavía no había llegado.

Pero la pregunta estaba ya encima de la mesa.

¿Qué quedaría cuando desapareciera el hombre que había mantenido durante décadas toda aquella arquitectura?

2. El FNAL como puente

El Frente Nacional de Alianza Libre sirvió como puente entre la última etapa política de Hedilla y la generación posterior.

Su importancia no estuvo en el número.

Ni en una capacidad real de disputar el Estado a Franco.

Estuvo en otra cosa:

mantener una genealogía;

conservar documentación;

sostener contactos;

reunir personas que compartían una interpretación de abril de 1937;

mantener abierta la posibilidad de una Falange exterior al Movimiento.

En política, una organización pequeña puede ser irrelevante electoralmente y decisiva como transmisora.

El FNAL desempeñó principalmente esa función.

3. Narciso Perales

Narciso Perales conectaba varias épocas.

Había conocido el falangismo desde dentro.

También el régimen.

Y había desarrollado posiciones críticas y disidentes.

Por eso servía como puente humano entre los viejos falangistas y quienes llegaban décadas después.

No aportaba solamente documentos.

Aportaba experiencia.

Conocimiento de hombres.

De conflictos.

De las transformaciones sufridas por Falange al convertirse en parte del Estado.

Y, quizá todavía más importante, conocía los defectos de las organizaciones políticas.

También los falangistas.

Especialmente los falangistas.

Porque la unidad era una palabra extraordinariamente querida por hombres que parecían poseer una sorprendente capacidad para dividirse.

4. Miguel Hedilla

Miguel Hedilla ocupaba una posición completamente diferente.

Era hijo de Manuel.

Eso no lo convertía automáticamente en sucesor político.

Un cargo no se hereda por sangre.

Pero sí había heredado algo inevitable:

la memoria.

Papeles familiares.

Recuerdos.

La necesidad de explicar quién había sido su padre.

La obligación de impedir que quedara reducido a dos caricaturas igualmente pobres:

traidor a Franco;

o santo impecable del antifranquismo falangista.

Miguel podía aportar algo especialmente valioso:

el hombre detrás del personaje.

Y documentos.

Fechas.

Procesos.

Condenas.

Datos capaces de devolver a Manuel Hedilla su dimensión histórica.

5. Pedro Conde: el presente entra en la genealogía

Pedro Conde Soladana llegaba desde otro lugar.

No había vivido 1937.

Ni pertenecía a una familia dirigente de la primera Falange.

Venía de:

la fábrica;

FASA-Renault;

el conflicto laboral;

el sindicalismo;

el mundo obrero industrial.

Ese origen tenía una enorme importancia.

Porque una tradición construida únicamente alrededor de recuerdos corría el riesgo de convertirse en una asociación de memoria.

Pedro introducía:

presente.

Su pregunta no podía ser únicamente:

—¿Qué hicieron a Hedilla?

También:

—¿Qué significa el nacionalsindicalismo para un trabajador de Renault?

La diferencia era gigantesca.

6. 1975 cambia el problema

Mientras Franco estuvo vivo, una parte de la identidad de la disidencia falangista podía definirse por oposición:

no somos la Falange oficial del régimen.

Después de su muerte aquello dejó de bastar.

El Movimiento empezaba a desaparecer.

El Estado se transformaba.

Se legalizarían organizaciones.

Habría partidos.

Elecciones.

Entonces ya no resultaba suficiente decir:

—No somos franquistas.

La respuesta inevitable era:

—Muy bien. ¿Qué sois?

La genealogía tenía que convertirse en política.

7. La palabra «Auténtica»

De ahí surgió:

Falange Española de las JONS (Auténtica).

El adjetivo era deliberadamente provocador.

Auténtica.

Quería decir:

no absorbida;

no nacida de la estructura franquista;

no dependiente del Movimiento;

reivindicadora de la Falange anterior a abril de 1937.

Pero la palabra creaba también un problema inmediato.

Si uno se proclama auténtico, alguien preguntará:

—¿Quién os ha concedido el certificado?

No había respuesta administrativa capaz de resolverlo.

La autenticidad debía argumentarse históricamente y demostrarse políticamente.

8. La genealogía reivindicada

Aquella corriente trazaba una línea:

José Antonio → Hedilla → resistencia a la Unificación → continuidad hedillista → FNAL → Falange Española de las JONS (Auténtica).

No era una sucesión jurídica indiscutida.

Era una interpretación política de la propia continuidad.

Y como tal podía ser discutida.

Pero poseía coherencia interna.

Su punto decisivo era siempre el mismo:

abril de 1937.

La Unificación había roto la sucesión orgánica.

Por tanto, podía reivindicarse fuera del aparato franquista una continuidad falangista distinta.

9. El gran límite: legitimidad no es fuerza

Aquí apareció el problema que las elecciones terminarían demostrando.

Una organización puede poseer argumentos históricos sólidos.

Y ser políticamente minúscula.

Puede tener genealogía.

Y pocos militantes.

Puede reivindicar legitimidad.

Y carecer de votos.

No existe contradicción.

La Historia no proporciona automáticamente poder en el presente.

El pasado no sustituye al programa.

La memoria no sustituye a la militancia.

La legitimidad no sustituye a la capacidad de convencer.

Ésa fue la prueba que la Transición impondría.

Falange Auténtica podía demostrar por qué consideraba a Hedilla su antecedente.

Pero después tendría que responder a ciudadanos nacidos treinta o cuarenta años más tarde:

¿por qué debería votaros yo?

Y ahí entraría plenamente en escena Pedro Conde Soladana.

El obrero de Renault.

El hombre que había llegado a Hedilla desde el mundo del trabajo.

Y que acabaría ocupando la jefatura de aquella organización.

APÉNDICE XV

PEDRO CONDE SOLADANA: EL OBRERO QUE LLEGÓ A JEFE NACIONAL

Pedro Conde Soladana ocupa un lugar singular en esta historia.

No perteneció a la generación fundadora de Falange.

No conoció a José Antonio Primo de Rivera.

No estuvo en Salamanca en abril de 1937.

No fue camisa vieja.

Ni siquiera había nacido cuando Manuel Hedilla fue elegido Jefe Nacional, detenido y condenado.

Nació después.

Y precisamente por eso resulta importante.

Porque su trayectoria demuestra que la disputa abierta en 1937 no murió con quienes la protagonizaron.

Atravesó generaciones.

Llegó a hombres que conocían la Guerra Civil únicamente por relatos, documentos y recuerdos ajenos.

Y, en el caso de Pedro Conde, llegó además a un trabajador industrial que se encontró con el falangismo no desde la nostalgia del frente, sino desde la fábrica.

1. Castronuño, 1940

Pedro Conde Soladana nació en Castronuño, Valladolid, en 1940.

Cuando llegó al mundo:

la Guerra Civil había terminado;

José Antonio llevaba casi cuatro años muerto;

Manuel Hedilla había sido derrotado políticamente;

Franco gobernaba España;

y la Falange independiente anterior al Decreto de Unificación ya no existía como organización autónoma.

Por tanto, Pedro no podía recordar aquella Falange.

Tuvo que descubrirla.

Ésta es una diferencia fundamental respecto de los protagonistas anteriores.

José Antonio había fundado.

Hedilla había vivido la sucesión.

Los camisas viejas recordaban.

Pedro investigaba.

2. La fábrica

Su formación política no se produjo entre recuerdos de trincheras.

Se produjo en una España industrial.

En FASA-Renault.

Y una fábrica posee un vocabulario bastante menos retórico que un mitin:

turnos;

producción;

salarios;

primas;

ritmos;

conflictos;

despidos;

compañeros;

jerarquía;

seguridad;

accidentes;

negociación.

Allí la cuestión social dejaba de ser una página de un programa.

Se convertía en jornada laboral.

El trabajador no era «el productor» de un discurso.

Tenía nombre.

Familia.

Nómina.

Problemas.

Y aquella experiencia sería decisiva para la manera en que Pedro interpretó después el nacionalsindicalismo.

3. Un falangista entre obreros

La identificación convencional:

falangista = defensor del empresario

no encajaba con la manera en que Pedro entendía a José Antonio.

Para él, el falangismo contenía una crítica profunda contra:

la subordinación absoluta del trabajo al capital;

la concentración de la propiedad;

el poder financiero;

y una sociedad donde el trabajador quedara reducido a simple coste empresarial.

Por eso podía producirse una conversación aparentemente contradictoria:

—Los falangistas están con los empresarios.

—Algunos.

—Los falangistas están con Franco.

—Algunos.

—Los falangistas son de derechas.

—¿Has leído a José Antonio?

La respuesta obligaba a regresar a los textos.

Y ahí estaba precisamente el conflicto.

Pedro no quería que la palabra Falange se explicara únicamente por lo que había significado dentro del régimen.

Quería contrastarla con aquello que la organización había defendido antes de convertirse en parte del Estado.

4. Acción laboral

Pedro participó activamente en conflictos laborales.

No como observador.

Ni como funcionario sindical situado detrás de una mesa.

Como trabajador.

Aquella actividad tuvo consecuencias.

Fue detenido.

Pasó por prisión.

Sufrió despidos.

Es un dato importante porque rompe una imagen demasiado sencilla.

Un hombre podía declararse falangista y, al mismo tiempo, participar en conflictos obreros que lo enfrentaran con autoridades y empresas dentro de la España franquista.

La realidad volvía a resistirse a las etiquetas.

No era marxista.

No necesitaba serlo para considerar que un trabajador podía enfrentarse a una empresa cuando entendía vulnerados sus derechos.

No había contradicción desde su punto de vista.

Precisamente ahí encontraba una razón para reivindicar el contenido social de su falangismo.

5. Derecho y Sociología

La fábrica no fue su única escuela.

Pedro estudió también Derecho y Sociología.

La combinación resulta significativa.

Derecho:

normas;

instituciones;

poder;

legalidad.

Sociología:

grupos;

clases;

empresa;

relaciones sociales;

conflicto.

Y junto a ambos:

la experiencia directa del trabajador.

Fábrica y teoría.

No siempre se llevan bien.

Precisamente por eso pueden resultar fértiles.

Pedro no quería un falangismo exclusivamente literario.

La doctrina debía ser capaz de soportar una pregunta bastante sencilla:

¿qué significa esto para un hombre que mañana entra a trabajar a las seis de la mañana?

Si no podía contestarla, poco importaba la belleza del discurso.

6. El descubrimiento de Manuel Hedilla

Pedro terminó entrando en contacto con Manuel Hedilla.

Aquello cambió la genealogía política que había recibido.

Porque Hedilla no era simplemente un disidente más.

Había sido elegido sucesor de José Antonio al frente de FE-JONS.

Y posteriormente había sido condenado a muerte por el poder franquista.

La pregunta aparecía inevitablemente:

si Falange y franquismo fueron exactamente lo mismo, ¿cómo se explica que el poder de Franco condenara al Jefe Nacional elegido por Falange?

La pregunta no resolvía toda la historia.

Pero impedía una simplificación.

Para Pedro, Hedilla representaba la prueba de que había existido una Falange cuya legitimidad no procedía de Franco.

Y, por tanto, una posible tradición falangista independiente del Movimiento.

7. Pero Hedilla no podía convertirse en un museo

Aquí aparece uno de los rasgos más importantes de Pedro Conde dentro de esta historia.

No quería limitarse a custodiar el agravio de 1937.

Podía reconocer la importancia de Hedilla.

Defender su legitimidad.

Denunciar su derrota.

Pero después regresaba a la fábrica.

Y allí la pregunta era otra:

¿qué significa todo esto hoy?

Un trabajador de Renault no podía vivir políticamente de discutir eternamente quién había ganado una reunión en Salamanca cuarenta años antes.

Necesitaba respuestas sobre:

salario;

empresa;

participación;

propiedad;

sindicalismo;

trabajo;

representación.

Hedilla ofrecía una genealogía.

Pedro necesitaba convertirla en política contemporánea.

8. Falange Española de las JONS (Auténtica)

Durante la Transición, Pedro fue adquiriendo responsabilidades crecientes dentro de Falange Española de las JONS (Auténtica).

Llegaría a ocupar su jefatura nacional.

La propia numeración de esa jefatura contenía una tesis histórica.

Aquella corriente pretendía situarse dentro de una continuidad que arrancaba en José Antonio y pasaba por Hedilla.

El cargo podía llamarse igual.

Pero las circunstancias eran radicalmente distintas.

José Antonio había dirigido un pequeño movimiento en la República.

Hedilla había dirigido durante unos días una organización desbordada por la guerra.

Franco había presidido una gigantesca estructura vinculada al Estado.

Pedro dirigía una pequeña organización política en una España que caminaba hacia unas elecciones plurales.

Mismo vocabulario.

Poder completamente diferente.

9. Un Jefe Nacional sin Estado

La expresión puede parecer irónica.

No lo es.

Resume perfectamente la diferencia.

La palabra jefe no proporciona poder por sí misma.

Pedro podía ocupar la máxima responsabilidad de su organización.

Eso no le daba:

ministerios;

gobernadores;

televisión estatal;

sindicatos obligatorios;

administración;

presupuesto público.

Tenía militantes.

Locales.

Documentos.

Reuniones.

Y la obligación de convencer.

La Falange volvía, en cierto modo, a una situación que no conocía desde antes de la guerra:

ser una organización que debía buscar adhesiones sin disponer del aparato estatal.

La prueba sería brutal.

10. La urna

Las elecciones introdujeron una regla que décadas de régimen habían hecho innecesaria dentro del mundo falangista:

contar votos.

La legitimidad histórica no bastaba.

La antigüedad tampoco.

Ni un apellido.

Ni una condena sufrida cuarenta años antes.

Un partido tenía que convencer a ciudadanos vivos.

Competir.

Aceptar adversarios.

Presentar candidatos.

Y aceptar la posibilidad de perder.

La diferencia era enorme.

Un militante podía afirmar:

—Somos los legítimos continuadores.

La urna preguntaba:

—¿Cuántos ciudadanos piensan que eso es políticamente relevante hoy?

Son dos preguntas distintas.

Confundirlas conduce al autoengaño.

11. La legitimidad no se hereda

Ésta es una de las grandes enseñanzas que Pedro aporta a la novela.

Puede heredarse una memoria.

Un archivo.

Un nombre.

Un relato.

Incluso una organización.

Pero la legitimidad política contemporánea debe ganarse otra vez.

Los muertos no prestan votos.

José Antonio podía haber sido importante.

Hedilla podía haber sufrido una injusticia.

La Auténtica podía poseer argumentos históricos perfectamente defendibles.

Nada de ello obligaba a un trabajador de Valladolid en 1977 a votar a Pedro Conde.

La política tenía que empezar de nuevo con cada elector.

Ahí estaba el aprendizaje.

12. Pedro no representaba a todos los falangistas

También debe evitarse otra exageración.

Pedro Conde no fue portavoz de todos los falangistas de la Transición.

El mundo falangista permaneció dividido.

Había organizaciones distintas.

Dirigentes distintos.

Interpretaciones rivales.

Batallas por las siglas.

Disputas personales.

Diferencias doctrinales.

Por tanto, su relevancia no consiste en convertirlo retrospectivamente en representante universal.

Reside en algo más preciso:

fue uno de los puentes humanos entre Manuel Hedilla y el intento de reconstruir una Falange independiente del franquismo durante la Transición.

13. Una circunstancia excepcional

Hay además una diferencia fundamental entre Pedro y casi todos los protagonistas principales de estas páginas.

José Antonio murió.

Manuel Hedilla murió.

Franco murió.

Girón murió.

Arrese murió.

Ridruejo murió.

Narciso Perales murió.

Pedro Conde Soladana, en cambio, pertenece todavía al mundo de los vivos cuando se escribe esta historia.

Eso obliga a una actitud distinta.

Su trayectoria histórica puede estudiarse.

Sus documentos pueden consultarse.

Sus actuaciones pueden discutirse.

Pero su biografía no está cerrada como la de un hombre cuya última página ya fue escrita por la muerte.

Y hay algo todavía más importante.

Puede responder.

Puede corregir.

Puede decir:

—Eso no fue exactamente así.

Un testigo no es dueño de la Historia.

La memoria humana falla.

Interpreta.

Selecciona.

Pero un testigo conserva una capacidad que los archivos no tienen:

contestar preguntas nuevas.

14. El verdadero significado de Pedro Conde en esta historia

Pedro permite cerrar el arco generacional.

Primera generación:

José Antonio.

El fundador.

Segunda:

Hedilla y los hombres que vivieron la absorción de 1937.

Tercera:

quienes recibieron aquella disputa después, sin haber participado en la Guerra Civil.

Pedro pertenece a ésta.

No heredó el sacrificio de los anteriores.

Nadie puede heredarlo.

Tuvo que afrontar sus propias pruebas.

Fábrica.

Conflicto laboral.

Detención.

Despidos.

Organización política.

Disputas internas.

Elecciones.

Derrotas.

Y tuvo que descubrir por sí mismo algo que quizá constituye una de las conclusiones fundamentales de Los vencedores vencidos:

tener una genealogía no basta.

Una tradición sólo continúa políticamente si consigue hablar al presente.

Y eso conduce directamente al problema siguiente.

Porque para hablar al presente, aquella corriente necesitaba antes resolver —o intentar resolver— quién podía utilizar el nombre que todos reclamaban.

Falange Española de las JONS.

No era una disputa menor.

Dentro de aquellas cuatro palabras cabían cuarenta años de Historia.

Por eso el siguiente apéndice será exactamente el que corresponde:

APÉNDICE XVI

LA BATALLA POR LAS SIGLAS Y POR LA LEGITIMIDAD

Durante casi cuarenta años unas palabras habían quedado asociadas públicamente al régimen:

Falange Española de las JONS.

Cuando comenzó la Transición, la desaparición progresiva de las estructuras del Movimiento abrió una cuestión que podía parecer administrativa:

¿quién tenía derecho a utilizar esas siglas?

Pero la disputa no era administrativa.

Era histórica.

Era política.

Y, para quienes participaban en ella, también moral.

Porque detrás del nombre estaba la verdadera pregunta:

¿quién podía presentarse como continuador de la Falange de José Antonio?

1. Un nombre puede contener una historia entera

Las organizaciones políticas no viven únicamente de programas.

También viven de símbolos.

Nombres.

Banderas.

Himnos.

Fechas.

Mártires.

Una sigla puede acumular significados durante décadas.

En el caso de Falange, aquellas palabras remitían simultáneamente a:

José Antonio;

Ramiro Ledesma;

Onésimo Redondo;

la República;

la Guerra Civil;

Hedilla;

la Unificación;

Franco;

el Movimiento;

los sindicatos;

los ministros;

la oposición hedillista;

y las organizaciones posteriores.

Demasiadas historias dentro de cuatro palabras.

Por eso la disputa por las siglas tuvo una importancia enorme aunque las organizaciones enfrentadas fueran electoralmente pequeñas.

Quien obtenía el nombre no recibía sólo unas letras.

Recibía una parte del reconocimiento público de una tradición.

Al menos aparentemente.

2. Dos grandes argumentos de legitimidad

Simplificando mucho, podían distinguirse dos grandes posiciones.

La primera sostenía:

la continuidad debía corresponder a quienes habían mantenido durante décadas la presencia falangista dentro del régimen y sus estructuras.

La segunda respondía:

la continuidad debía retroceder a la Falange anterior a la Unificación y, por tanto, pasar por José Antonio, Hedilla y la línea que había rechazado la absorción de 1937.

Las dos posiciones tenían argumentos.

Ésa es precisamente la razón por la que el conflicto no puede reducirse a:

auténticos contra impostores.

Era más complicado.

Mucho más.

3. Raimundo Fernández-Cuesta

Raimundo Fernández-Cuesta representaba especialmente bien la dificultad.

No era un recién llegado que hubiese descubierto a José Antonio después de la guerra.

Había conocido al fundador.

Había formado parte de la vieja Falange.

Su biografía falangista era anterior al franquismo.

Y, al mismo tiempo, había desarrollado una larguísima trayectoria dentro del régimen de Franco.

Por tanto, quienes defendían su continuidad podían señalar una legitimidad biográfica real.

No inventada.

Había estado allí.

La discusión no podía resolverse diciendo:

—Éste conoció a José Antonio y aquél no.

Porque algunos de los hombres integrados en el régimen habían sido precisamente camisas viejas.

Y algunos de quienes reivindicaban el hedillismo pertenecían a generaciones posteriores.

Entonces había que formular otra pregunta.

4. ¿Qué pesa más: continuidad institucional o fidelidad a la ruptura?

La corriente vinculada durante décadas al Movimiento podía afirmar:

—Nosotros hemos mantenido organización, cuadros, presencia y continuidad.

La corriente hedillista respondía:

—Precisamente dentro de la estructura nacida de la Unificación que nosotros consideramos ruptura.

Ahí estaba el conflicto.

¿Era más legítimo quien había permanecido dentro de la estructura que utilizó durante cuarenta años el nombre de Falange?

¿O quien sostenía que aquella estructura había nacido precisamente mediante la liquidación de la Falange independiente?

No existe una operación matemática capaz de resolverlo.

La historia política no funciona así.

Podían acumularse:

documentos;

biografías;

estatutos;

testimonios;

decisiones.

Pero el juicio seguiría siendo discutible.

5. El registro no escribe la Historia

Un Ministerio puede inscribir un partido.

Un registro puede reconocer una denominación.

Un tribunal puede decidir quién puede utilizar unas siglas en términos jurídicos.

Pero ninguna resolución administrativa puede responder definitivamente a otra pregunta:

¿quién representa mejor el pensamiento de José Antonio?

Eso no se decide mediante sello.

Se discute mediante:

textos;

programas;

trayectorias;

conductas;

decisiones;

y capacidad para explicar el presente.

La legalidad resuelve un nombre.

La legitimidad histórica sigue abierta.

Conviene no confundirlas.

6. El problema de la palabra «Auténtica»

Falange Española de las JONS (Auténtica) intentó resolver el problema mediante una palabra contundente.

Auténtica.

El adjetivo contenía una afirmación:

la verdadera continuidad no estaba en la estructura oficial del franquismo.

Estaba en la Falange anterior a la Unificación y en la línea que reivindicaba a Hedilla.

Pero el término planteaba inmediatamente una objeción.

¿Auténtica respecto de qué?

¿Falange Española de 1933?

¿FE-JONS de 1934?

¿El pensamiento de José Antonio en 1934?

¿El de 1936?

¿Manuel Hedilla?

¿La resistencia a la Unificación?

¿Una reinterpretación posterior del programa?

La palabra era poderosa.

Precisamente por eso obligaba a responder muchas preguntas.

Proclamarse auténtico no demuestra autenticidad.

La convierte en obligación.

7. José Antonio no tenía propietario

Tal vez la conclusión más importante de toda aquella batalla sea ésta:

nadie podía poseer a José Antonio.

Podía reclamarse continuidad con su organización.

Interpretar sus textos.

Defender una genealogía.

Preservar documentos.

Pero ninguna organización tenía capacidad para cerrar su pensamiento dentro de una caja y declarar:

«Sólo nosotros podemos decir lo que José Antonio significa.»

Mucho menos después de su muerte.

Ya se había cometido demasiadas veces ese error.

La historia del franquismo había demostrado hasta qué punto un muerto podía ser utilizado por quienes hablaban en su nombre.

La Falange posterior no debía repetir exactamente el mismo mecanismo.

Miguel Hedilla podía preservar la memoria de su padre.

Eso no lo convertía en propietario de Manuel Hedilla como figura histórica.

Pedro Conde podía reivindicar una continuidad.

Eso no le otorgaba derecho exclusivo a interpretar a José Antonio.

Fernández-Cuesta podía haber conocido personalmente al fundador.

Eso tampoco convertía cada una de sus decisiones posteriores en expresión automática de la voluntad del muerto.

La conclusión era incómoda para todos:

una tradición política no es una finca.

8. La diferencia entre heredar un nombre y heredar una idea

Una organización puede recibir jurídicamente unas siglas.

Pero una idea se hereda de otra manera.

Hay que leerla.

Comprenderla.

Interpretarla.

Aplicarla.

Y, algunas veces, corregirla.

Porque si una doctrina nacida en los años treinta sólo puede repetirse literalmente cuarenta años después, ya no está viva.

Está conservada.

Que es otra cosa.

La Falange Auténtica tenía, por tanto, un problema doble.

Debía demostrar su relación con la Falange anterior a 1937.

Y después debía demostrar que aquella relación servía para algo en la España de la Transición.

La primera cuestión era histórica.

La segunda, política.

Podía ganar una y perder la otra.

Y eso fue, en buena medida, lo que ocurrió.

9. Las siglas no solucionaban las divisiones

Había además un problema interno.

La fragmentación falangista.

Una organización que proclamaba la unidad nacional tenía enormes dificultades para mantener la unidad entre quienes reclamaban la misma tradición.

No era únicamente una cuestión ideológica.

Había:

diferencias doctrinales;

rivalidades personales;

disputas de jefatura;

interpretaciones históricas;

estrategias distintas ante la Transición;

relaciones diferentes con el franquismo.

Las siglas no podían resolver todo aquello.

Incluso si una organización conseguía usarlas, seguían existiendo otras Falanges.

Y todas podían invocar a José Antonio.

Ésta fue una de las grandes ironías de la Transición:

la disputa por recuperar una organización supuestamente unitaria produjo nuevas divisiones.

10. La legitimidad de Hedilla

La corriente hedillista poseía un argumento especialmente fuerte.

No necesitaba inventarlo.

18 de abril de 1937: Hedilla fue elegido Jefe Nacional de FE-JONS.

19 de abril: Decreto de Unificación.

25 de abril: arresto.

Después:

procesos;

condenas;

prisión.

Eso otorgaba a su figura una legitimidad histórica particular.

No demostraba que todos sus actos fueran correctos.

Ni que cualquier organización posterior que invocara su nombre quedara automáticamente legitimada.

Pero sí impedía eliminarlo de la sucesión falangista.

Ahí estaba la fuerza del hedillismo.

No en decir:

«Hedilla habría tenido siempre razón.»

Sino:

«Hedilla existió y fue elegido.»

Parece poco.

No lo es.

11. La legitimidad de los que permanecieron

Pero tampoco podía borrarse a quienes permanecieron dentro.

Fernández-Cuesta.

Girón.

Arrese.

Pilar Primo de Rivera.

Y muchos otros.

Algunos habían conocido personalmente a José Antonio.

Otros llevaban décadas vinculados a la tradición falangista.

Su integración en el régimen podía ser discutida.

Su biografía anterior no podía borrarse.

La historia se resistía otra vez a dividirse limpiamente en dos columnas.

Legítimos.

Ilegítimos.

Había legitimidades diferentes.

Orgánicas.

Biográficas.

Doctrinales.

Históricas.

Y también contradicciones.

12. La verdadera batalla

Al final, la disputa por las siglas era solamente la superficie.

La batalla real era ésta:

¿qué significaban aquellas siglas en 1976?

¿Continuidad del Movimiento?

¿Recuperación de FE-JONS?

¿Joseantonianismo actualizado?

¿Nostalgia del régimen?

¿Hedillismo?

¿Una nueva síntesis?

La administración podía decidir quién imprimía determinadas palabras en un membrete.

No podía decidir qué significaban políticamente.

Eso se resolvería de otra manera.

En discursos.

En programas.

En la calle.

Y, sobre todo, en las urnas.

Porque la Transición iba a introducir un juez al que ninguna Falange estaba acostumbrada después de cuarenta años.

El elector.

Y el elector no estaba obligado a respetar genealogías.

Podía escuchar:

José Antonio.

Hedilla.

Franco.

Fernández-Cuesta.

Pedro Conde.

Y contestar:

—No me interesa ninguno.

Era su derecho.

Ahí empezaba la política democrática.


APÉNDICE XVII

1975-1977: FALANGE ANTE LA TRANSICIÓN

La muerte de Franco no significó únicamente la desaparición del hombre que había dirigido España durante casi cuarenta años.

Destruyó también el techo bajo el que habían convivido —con tensiones, equilibrios y rivalidades— las distintas familias políticas del régimen.

Mientras Franco vivió, podían enfrentarse dentro de un mismo sistema.

Después tuvieron que decidir qué eran fuera de él.

Y para los falangistas la pregunta resultaba especialmente difícil.

Porque una parte considerable de la población había aprendido durante décadas a considerar sinónimos dos términos:

Falange.

Franquismo.

Deshacer aquella asociación iba a resultar mucho más complicado que publicar un manifiesto.

1. Otro 20 de noviembre

Francisco Franco murió el 20 de noviembre de 1975.

José Antonio había muerto también un 20 de noviembre.

Treinta y nueve años antes.

La coincidencia tenía una fuerza simbólica inevitable.

En 1936 murió el fundador.

En 1975 moría el hombre que había dirigido durante décadas el Estado que utilizó masivamente al fundador como símbolo.

Entre ambos 20 de noviembre cabía prácticamente toda la historia que esta novela ha intentado contar.

Hedilla.

Unificación.

Guerra.

Victoria.

Prisión.

Movimiento.

Girón.

Arrese.

Tecnócratas.

Desarrollo.

Disidencia.

Y ahora:

Transición.

2. El fin de una estructura

El Estado comenzó a transformarse.

Monarquía.

Reforma política.

Asociaciones.

Partidos.

Legalizaciones.

Elecciones.

La estructura del Movimiento perdía rápidamente su razón de ser.

Y los falangistas tuvieron que responder a una pregunta para la que cuarenta años de presencia institucional no ofrecían una respuesta automática:

¿qué hacemos ahora?

Antes podían discutir dentro del régimen.

Ahora tenían que decidir si querían sobrevivir políticamente fuera de él.

3. Varias respuestas

En términos generales podían aparecer distintas opciones.

Una:

intentar conservar la mayor cantidad posible de elementos del régimen.

Otra:

adaptarse al nuevo sistema político y convertirse en una organización electoral.

Otra:

reivindicar una Falange independiente anterior al franquismo y reconstruirla sobre esa genealogía.

Esta última fue la vía de quienes utilizaron la palabra:

Auténtica.

Pero cada camino tenía problemas.

El franquismo sin Franco perdía rápidamente sentido como proyecto de futuro.

Adaptarse completamente podía disolver la identidad propia.

Reivindicar 1937 podía convertir una organización política en sociedad histórica.

No había una salida sencilla.

4. El enorme problema del significado

Los disidentes podían explicar:

—José Antonio no fue Franco.

—Hedilla fue condenado.

—La FE-JONS originaria desapareció como organización independiente en 1937.

—Existieron falangistas críticos del régimen.

Todo ello podía documentarse.

Pero el ciudadano medio había vivido otra experiencia.

Durante décadas había visto:

camisas azules en actos oficiales;

el yugo y las flechas en edificios;

el Cara al Sol en ceremonias;

José Antonio junto a Franco;

Falange dentro del Movimiento;

ministros falangistas dentro del Estado.

Por tanto, para mucha gente la ecuación era inmediata:

Falange = franquismo.

Romperla requería explicar cuarenta años de historia antes de poder pedir un voto.

No era una ventaja electoral.

5. España tampoco era la misma

Había otro problema todavía mayor.

La sociedad de 1977 no era la de 1933.

Industrialización.

Grandes ciudades.

Universidades.

Clase media.

Turismo.

Televisión.

Nuevas costumbres.

Europa.

Movilidad social.

Una generación que no había vivido la guerra.

El debate ya no podía reducirse a:

¿qué dijo José Antonio?

La pregunta del ciudadano era:

¿qué propone usted ahora?

¿Qué sistema político?

¿Qué economía?

¿Qué empresa?

¿Qué impuestos?

¿Qué libertades?

¿Qué sindicatos?

¿Qué modelo territorial?

¿Qué relación con Europa?

¿Qué política social?

La nostalgia no respondía.

La genealogía tampoco.

Había que elaborar política contemporánea.

6. La paradoja electoral

Las organizaciones falangistas se encontraron entonces ante una situación desconocida.

Durante el franquismo no habían necesitado competir libremente por el poder estatal mediante elecciones plurales.

Ahora sí.

Había que convencer.

Presentar candidatos.

Participar en campañas.

Aceptar adversarios.

Aceptar crítica pública.

Y, sobre todo:

aceptar perder.

La legitimidad ya no podía derivarse sólo del pasado.

Había que medirla mediante votos.

La urna era implacable.

No preguntaba:

—¿Quién conoció a José Antonio?

Ni:

—¿Quién sufrió más?

Ni:

—¿Quién posee mejores documentos de 1937?

Preguntaba:

¿a quién quiere usted votar?

Nada más.

7. 1977

Llegaron las elecciones.

Y los resultados para las distintas organizaciones falangistas fueron modestos.

Muy modestos.

La explicación más fácil habría sido culpar a España.

El pueblo no nos comprende.

Los medios nos silencian.

Las siglas nos perjudican.

Nos confunden con Franco.

Las divisiones nos perjudican.

Todas esas cuestiones podían contener parte de verdad.

Pero quedaba otra realidad.

No habían convencido a suficientes ciudadanos.

Una elección obliga a aceptar eso.

No para renunciar a las propias convicciones.

Para conocer el tamaño real de su respaldo.

8. La gran lección de las urnas

La legitimidad política no se hereda.

Se renueva.

José Antonio podía haber sido importante.

Hedilla podía haber sufrido una enorme derrota política.

La Auténtica podía disponer de argumentos históricos coherentes.

Nada de eso obligaba al ciudadano de 1977 a votar a una organización falangista.

La política pertenece a los vivos.

Por eso una de las frases centrales de esta historia merece repetirse aquí:

los muertos no votan.

Los vivos sí.

Y los vivos habían escogido mayoritariamente otras opciones.

9. ¿Fracaso?

Electoralmente:

sí.

No tiene sentido buscar otra palabra.

Pero una derrota electoral no decide retrospectivamente la verdad de una discusión histórica.

Una organización puede tener pocos votos y razón sobre un documento.

También puede tener millones de votos y equivocarse sobre él.

Son planos distintos.

La Falange Auténtica podía fracasar como fuerza política importante y, al mismo tiempo, conseguir que Manuel Hedilla volviera a entrar en la discusión histórica.

Eso también cuenta.

No como victoria electoral.

Como victoria de la memoria.

10. La prueba definitiva para los principios

Después de 1977 ocurrió algo que esta novela ha subrayado varias veces.

Ser falangista dejó de ofrecer una relación directa con el poder.

Ya no había:

ministerios reservados;

sindicatos oficiales;

gobernadores del Movimiento;

una enorme maquinaria estatal bajo los mismos símbolos.

La camisa dejó de ser rentable.

Y entonces empezó a saberse con mayor claridad quién la llevaba todavía porque quería llevarla.

No necesariamente porque tuviera razón.

Sino porque ya no obtenía gran cosa por hacerlo.

Ése era otro tipo de prueba.

Antes del 18 de julio, la militancia podía costar.

Después de la guerra podía proporcionar.

Después de Franco volvió a costar más de lo que proporcionaba.

La Historia cerraba extrañamente el círculo.

11. La pregunta que quedaba abierta

La Transición resolvió una cuestión.

España no seguiría organizada políticamente como durante el franquismo.

Pero dejó abierta otra para las distintas Falanges:

¿qué debía sobrevivir?

¿Las siglas?

¿Los símbolos?

¿La doctrina?

¿La memoria?

¿Las preguntas sociales?

¿La organización?

¿Todo?

¿Nada?

Cada grupo respondió de forma diferente.

Y de ahí surgirían nuevas divisiones.

Pero antes de entrar en ellas conviene detenerse en una distinción muy concreta que atravesó toda la historia falangista y adquirió durante la Transición un significado casi moral:

camisa vieja y chaqueta nueva.

No como cuestión de vestuario.

Como manera de explicar a los hombres que permanecen y a los que descubren oportunamente que siempre habían pensado otra cosa.

APÉNDICE XVIII

DE CAMISA VIEJA A CHAQUETA NUEVA: CONVICCIÓN, EVOLUCIÓN Y OPORTUNISMO

Toda transición política produce conversiones.

Algunas son sinceras.

Otras llegan después de largas dudas.

Y otras poseen una puntualidad meteorológica casi perfecta.

Muere un régimen.

Cambia el lenguaje.

Cambian los centros de poder.

Y ciertos hombres descubren, con admirable rapidez, que sus convicciones también necesitaban renovarse.

Pero conviene empezar por lo elemental:

cambiar de ideas no es traicionar.

A veces constituye exactamente lo contrario.

1. Cambiar no es necesariamente ser un «chaquetero»

Una persona puede comprobar que estaba equivocada.

La experiencia enseña.

Los acontecimientos desmienten.

Las doctrinas envejecen.

La realidad obliga a reconsiderar certezas.

Una biografía política inmutable durante cincuenta años no es automáticamente más honorable que otra en la que alguien ha rectificado.

Por tanto, el problema no está en poder decir:

—Antes pensé una cosa y ahora pienso otra.

Eso puede ser perfectamente digno.

El problema comienza cuando se afirma:

—Yo siempre pensé lo que pienso ahora.

Y los documentos responden:

—No.

Discursos.

Artículos.

Cargos.

Fotografías.

Firmas.

Declaraciones.

Todo un pasado empeñado en contradecir al recién convertido.

Existe una diferencia enorme entre la rectificación y la falsificación de la propia biografía.

La primera exige reconocer un error.

La segunda exige esperar que los demás sufran amnesia.

2. La Transición y las conversiones rápidas

Después de la muerte de Franco se produjo una transformación acelerada del vocabulario político.

Palabras que durante décadas habían tenido una presencia limitada o un significado diferente empezaron a ocupar el centro:

democracia.

pluralismo.

Europa.

libertades.

centro.

partidos.

consenso.

Muchos hombres cambiaron sinceramente.

La España de 1976 no era la de 1939.

Tampoco la de 1950.

Una persona podía haber llegado, honradamente, a la conclusión de que el sistema anterior ya no era viable o deseable.

Nada obliga a pensar lo mismo toda la vida.

Pero también aparecieron conversiones cuya sincronización con el desplazamiento del poder resultaba difícil de ignorar.

El hombre que ayer dominaba perfectamente el lenguaje de la adhesión al régimen comenzaba a dominar hoy, con idéntica naturalidad, el vocabulario democrático.

La capacidad de adaptación puede ser virtud.

Cuando coincide siempre con la dirección del viento, también puede recibir otro nombre.

3. Los profesionales de lo vigente

Existe un tipo político que parece pertenecer a todas las épocas porque, en realidad, no pertenece a ninguna.

No es franquista.

Ni liberal.

Ni falangista.

Ni socialista.

Ni demócrata.

Su verdadera ideología es:

estar.

Estar cerca.

Estar dentro.

Estar donde se nombra.

Donde se decide.

Donde se reparte.

Puede llevar camisa azul.

Después traje oscuro.

Después insignia democrática.

Mañana otra cosa.

No experimenta grandes conversiones interiores porque tampoco posee convicciones suficientemente incómodas como para obligarlo a elegir entre ellas y su carrera.

Su talento político consiste precisamente en no llegar nunca demasiado pronto a una idea.

Ni demasiado tarde.

Llega cuando ya es conveniente.

Podría resumirse así:

el hombre de principios se pregunta:

—¿Qué debo hacer?

El oportunista:

—¿Qué conviene decir ahora?

No es lo mismo.

4. Un criterio bastante útil: el precio

¿Cómo distinguir una evolución sincera de una simple adaptación?

No existe un método infalible.

Pero hay un criterio bastante revelador:

¿qué costó el cambio?

Cuando alguien abandona una posición y con ello pierde:

cargo;

prestigio;

seguridad;

amistades;

dinero;

libertad;

o posibilidades profesionales,

resulta más difícil explicar su evolución mediante simple oportunismo.

Cuando cada cambio ideológico coincide exactamente con una mejora de carrera, puede surgir una sospecha razonable.

No es una sentencia.

Pero sí una pregunta legítima.

La política contiene demasiados convertidos al día siguiente de conocerse el resultado.

5. Dionisio Ridruejo: cambiar pagando

Dionisio Ridruejo constituye un ejemplo especialmente útil.

Había ocupado posiciones relevantes dentro del falangismo y de la propaganda del primer franquismo.

No podía presentarse como un hombre que jamás hubiera participado.

Había participado.

Profundamente.

Después evolucionó.

Se alejó del régimen.

Acabó en la oposición.

Y pagó costes.

Por eso su trayectoria tiene un valor particular.

No exige fingir que su pasado no existió.

Precisamente lo contrario.

La transformación sólo se entiende porque existió aquel pasado.

Ridruejo permite distinguir:

evolución

de

reescritura retrospectiva.

Un hombre puede decir:

—Fui aquello.

—Dejé de serlo.

—Éstas fueron mis razones.

Eso es una biografía.

Mucho más digna que afirmar:

—En realidad nunca fui aquello que todos me vieron ser.

6. Camisa vieja y camisa nueva

La expresión camisa vieja tenía un significado histórico concreto.

Designaba al falangista incorporado antes del 18 de julio de 1936.

La camisa nueva, al llegado después del comienzo de la guerra.

Como ya se ha señalado, la distinción no otorgaba automáticamente superioridad moral.

Había camisas viejas que después se adaptaron admirablemente al poder.

Y camisas nuevas que combatieron y murieron por convicción.

La antigüedad prueba una fecha.

No la virtud.

Pero aquella distinción tenía sentido porque hablaba del riesgo existente en el momento de la afiliación.

Antes de julio de 1936, Falange no parecía una inversión profesional especialmente prometedora.

Después la situación cambió.

Por eso la pregunta sobre la fecha de llegada podía contener otra pregunta más profunda:

¿estabas aquí antes de que hubiera algo que ganar?

7. De la camisa a la chaqueta

La novela ha utilizado deliberadamente otra imagen:

la chaqueta nueva.

No como concepto histórico formal.

Como metáfora.

Durante el franquismo la camisa azul pudo servir, dependiendo de la época y del lugar, como expresión de convicción, identidad, pertenencia o proximidad al poder.

Durante la Transición, la chaqueta simboliza la adaptación a otro tiempo.

El problema no consiste en cambiar la prenda.

Consiste en cambiar la biografía con ella.

Un hombre puede guardar la camisa y decir:

—Fui falangista.

Otro puede quitarla y decir:

—Dejé de serlo.

Ambas cosas son perfectamente comprensibles.

Lo grotesco empieza cuando quien aparece durante décadas fotografiado con camisa explica:

—Aquello nunca significó nada.

Tal vez.

Pero tendrá que explicar bastante.

8. Dos camisas iguales

La novela utilizaba una escena sencilla.

Dos hombres conservaban en un armario una vieja camisa azul.

Exteriormente eran iguales.

El significado era opuesto.

Uno la guardaba:

por si volvía a hacer falta.

El otro:

porque sabía que ya nunca volvería a hacer falta.

La prenda era la misma.

La relación con ella, completamente distinta.

El primero conservaba una posibilidad de retorno al poder.

El segundo conservaba memoria.

Una tela no explica al hombre.

Hay que preguntar por qué continúa guardándola.

9. El que cambia de vencedor

La Transición fue un gran laboratorio para observar estas conductas.

Hombres profundamente identificados con el régimen pasaron a participar en la democracia.

Algunos lo hicieron de manera perfectamente sincera.

Y tuvieron un papel importante en hacer posible la transformación política sin otra guerra.

Eso no debe despreciarse.

Pero junto a ellos existió también el personaje eterno.

El que nunca pierde.

Porque nunca arriesga realmente una convicción.

El que ayer conocía el discurso que complacía a Franco y hoy aprende el que conviene en la nueva situación.

El sistema cambia.

Él permanece.

Y es difícil evitar una conclusión:

los hombres con principios pueden perder; los oportunistas solamente cambian de vencedor.

No significa que todo superviviente sea oportunista.

Sería una estupidez.

Significa que el oportunista posee una extraordinaria facilidad para sobrevivir a cualquier ideología.

10. La última distinción

Esta cuestión adquiere especial importancia en una novela titulada Los vencedores vencidos.

Porque perder no constituye automáticamente una virtud.

Pero dice algo.

Hedilla perdió.

Ridruejo perdió posiciones cuando se alejó.

Otros permanecieron en sus convicciones después de que éstas dejaran de proporcionar ventajas.

Eso no demuestra que tuvieran razón.

Demuestra algo más modesto:

que, al menos, la conveniencia inmediata no explica completamente su comportamiento.

En cambio, quien cambia siempre en dirección al poder obliga a formular otra pregunta.

No:

¿qué pensaba?

Sino:

¿pensaba realmente algo?

Y esa pregunta conduce al pequeño vocabulario que ayudará al lector a no perderse entre organizaciones, siglas, nombres y conceptos que atraviesan esta historia.


APÉNDICE XIX

PEQUEÑO DICCIONARIO PARA NO PERDERSE

Este libro atraviesa más de cuatro décadas de historia política y utiliza términos que han cambiado de significado, organizaciones cuyos nombres se parecen demasiado y expresiones que, sin una mínima aclaración, pueden inducir a error.

Este pequeño diccionario no pretende sustituir explicaciones más amplias.

Sólo proporcionar al lector una referencia rápida.

AUSENTE

Denominación utilizada para referirse a José Antonio Primo de Rivera después de su ejecución, durante el período en que su muerte no fue inmediatamente asumida de manera pública en la zona nacional.

La expresión permitía mantener simbólicamente su presencia y aplazar el problema de la sucesión.

CAMISA AZUL

Prenda emblemática de Falange.

Con el paso del tiempo adquirió significados distintos según el contexto: militancia originaria, pertenencia a estructuras falangistas, simbología oficial del régimen o reivindicación política posterior.

La prenda era la misma.

Su significado histórico no siempre.

CAMISA VIEJA

Expresión aplicada tradicionalmente al falangista incorporado antes del 18 de julio de 1936.

La antigüedad no implicaba automáticamente mayor fidelidad posterior, pero tenía importancia porque distinguía a quienes se habían afiliado cuando Falange era todavía una organización minoritaria y sin poder estatal.

CAMISA NUEVA

Militante incorporado después del comienzo de la Guerra Civil.

Entre ellos hubo oportunistas atraídos por el crecimiento y la proximidad al poder, pero también numerosos combatientes y militantes sinceros.

Por tanto, la expresión indica cronología, no virtud.

CARLISMO

Tradición política española monárquica, legitimista y tradicionalista cuyo origen se remonta al siglo XIX.

Durante la Segunda República y la Guerra Civil constituyó una fuerza política propia, especialmente importante en Navarra.

Su proyecto no era idéntico al falangista.

COMUNIÓN TRADICIONALISTA

Principal organización política del carlismo en el período de la Segunda República y la Guerra Civil.

Disponía de una importante estructura propia y de una milicia:

el Requeté.

DECRETO DE UNIFICACIÓN

Decreto promulgado por Francisco Franco el 19 de abril de 1937.

Mediante él se creó Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET y de las JONS), integrando bajo una dirección común las principales fuerzas políticas del bando nacional, especialmente Falange Española de las JONS y la Comunión Tradicionalista.

Constituye una de las fechas fundamentales de este libro.

FALANGE ESPAÑOLA (FE)

Organización política fundada en 1933 alrededor de José Antonio Primo de Rivera y otros dirigentes.

En 1934 se fusionó con las JONS.

FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS (FE-JONS)

Organización surgida en 1934 de la unión entre Falange Española y las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista.

Fue la organización dirigida por José Antonio Primo de Rivera.

Después de su muerte, Manuel Hedilla fue elegido Jefe Nacional de esta misma organización en abril de 1937.

FALANGE ESPAÑOLA TRADICIONALISTA Y DE LAS JONS (FET Y DE LAS JONS)

Organización creada mediante el Decreto de Unificación del 19 de abril de 1937.

Reunía principalmente elementos procedentes de FE-JONS y de la Comunión Tradicionalista, además de quedar abierta a otras fuerzas del campo vencedor.

Francisco Franco quedó situado en su jefatura.

No debe confundirse sin más con FE-JONS.

FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS (AUTÉNTICA)

Organización falangista de la Transición vinculada a la tradición hedillista y a la reivindicación de una continuidad con la Falange anterior al Decreto de Unificación.

El adjetivo Auténtica expresaba precisamente su tesis histórica.

Otros grupos falangistas discutieron esa pretensión de legitimidad.

FNAL

Siglas de Frente Nacional de Alianza Libre.

Organización vinculada a la continuidad hedillista durante la última etapa del franquismo y uno de los puentes políticos hacia las corrientes posteriores de la Transición.

FUERO DEL TRABAJO

Texto promulgado en 1938 que se convirtió en una de las leyes fundamentales del régimen y en pieza esencial de su ordenación laboral y social.

Contenía una importante influencia del lenguaje y de determinados planteamientos nacionalsindicalistas.

No debe atribuirse a la etapa ministerial posterior de José Antonio Girón, que comenzó en 1941.

HEDILLISMO

Corriente política e interpretación histórica que reivindica la legitimidad de Manuel Hedilla como sucesor de José Antonio al frente de FE-JONS y considera la Unificación de 1937 una absorción de la independencia de la Falange originaria.

Con el tiempo dejó de significar únicamente fidelidad personal a Hedilla y se convirtió en una determinada genealogía del falangismo posterior.

JEFE NACIONAL

Máxima jefatura dentro de la estructura originaria de Falange.

José Antonio Primo de Rivera fue Jefe Nacional de FE-JONS.

Manuel Hedilla fue elegido posteriormente Jefe Nacional tras la muerte del fundador.

La utilización posterior del título por diferentes organizaciones expresa también disputas sobre continuidad y legitimidad.

JONS

Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista.

Organización vinculada principalmente a Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo.

En 1934 se fusionó con Falange Española para formar Falange Española de las JONS.

MOVIMIENTO NACIONAL

Conjunto de principios, instituciones y estructuras mediante los que se articuló políticamente el régimen franquista.

Con el tiempo, la identificación popular entre Movimiento y Falange contribuyó poderosamente a borrar las diferencias existentes entre FE-JONS anterior a 1937, FET y de las JONS y el conjunto institucional posterior.

NACIONALSINDICALISMO

Doctrina política y socioeconómica vinculada al falangismo.

Entre sus elementos característicos aparecen:

unidad nacional;

centralidad del trabajo;

organización sindical de los productores;

crítica de la lucha de clases;

intervención económica;

función social de la propiedad;

crítica del capitalismo financiero;

y aspiración a una transformación social que no adoptara el colectivismo marxista.

El término no debe confundirse automáticamente con cualquiera de las políticas realizadas posteriormente bajo el franquismo.

REQUETÉ

Organización militar carlista.

Tuvo una enorme importancia en la Guerra Civil, especialmente por la fuerza de la movilización tradicionalista navarra.

Sus milicias combatieron en el mismo bando que Falange, pero procedían de una tradición política diferente.

REVOLUCIÓN PENDIENTE

Expresión utilizada durante años por falangistas para señalar que una parte sustancial del proyecto nacionalsindicalista no se había realizado.

Tiene una importancia extraordinaria porque muestra la contradicción existente entre la gran presencia de falangistas y símbolos falangistas dentro del régimen y la conciencia, entre muchos militantes, de que la revolución inicialmente prometida seguía sin consumarse.

SINDICATO VERTICAL

Denominación habitual de la organización sindical del régimen que reunía dentro de una misma estructura a trabajadores y empresarios de los distintos sectores productivos.

Pretendía institucionalmente superar la lucha de clases integrando los distintos elementos de la producción.

Sus críticos señalaron, entre otros problemas, su dependencia del Estado y su burocratización.

TECNÓCRATAS

Denominación utilizada para referirse a dirigentes y técnicos que adquirieron especial influencia a partir de finales de los años cincuenta y que concedieron prioridad a:

gestión;

estabilización;

desarrollo económico;

productividad;

planificación;

modernización.

Su ascenso no eliminó automáticamente a los falangistas, pero contribuyó al desplazamiento del centro de gravedad político del régimen.

UNIFICACIÓN

Proceso culminado por el Decreto del 19 de abril de 1937 mediante el cual Franco integró Falange Española de las JONS y la Comunión Tradicionalista dentro de FET y de las JONS.

Para los partidarios de la medida representó la unidad política necesaria en plena guerra.

Para Hedilla y la tradición posterior que lo reivindicó, significó la pérdida de autonomía de la Falange originaria.

CHAQUETA NUEVA

No es una categoría histórica formal.

Es una expresión literaria utilizada en esta obra para representar al hombre que cambia de posición política al cambiar el poder.

No todo aquel que modifica sus ideas es un «chaquetero».

La expresión se reserva aquí para el oportunismo:

el cambio cuya principal coherencia consiste en resultar siempre conveniente para quien lo realiza.


El diccionario resuelve las palabras.

Pero detrás de las palabras continúan los hombres.

José Antonio.

Hedilla.

Franco.

Fal Conde.

Girón.

Arrese.

Ridruejo.

Perales.

Miguel Hedilla.

Pedro Conde.

Y otros muchos.

Conviene, por tanto, reunirlos en una sola sección para que el lector pueda regresar rápidamente a cada uno y recordar qué papel desempeña dentro de esta historia.

Ese será el siguiente:

APÉNDICE XX

QUIÉN ES QUIÉN

Este apéndice no pretende sustituir las biografías de los protagonistas.

Su función es más sencilla: permitir al lector regresar rápidamente a un nombre y recordar quién fue, qué lugar ocupa en esta historia y por qué resulta necesario para comprenderla.

Porque en Los vencedores vencidos aparecen varias generaciones, organizaciones diferentes y hombres que cambiaron de posición con el paso de los años.

Conviene, por tanto, ponerles rostro.


JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA

Abogado, diputado, fundador de Falange Española y principal formulador de la doctrina que después recibiría el nombre de nacionalsindicalismo.

Hijo del general Miguel Primo de Rivera.

Su entrada en política estuvo inicialmente muy vinculada a la defensa de la memoria de su padre, pero su pensamiento fue desplazándose hacia una crítica más amplia de la sociedad española de los años treinta.

Defendió:

unidad nacional;

justicia social;

sindicalismo;

reforma agraria;

extensión de la propiedad;

intervención sobre el crédito;

crítica del capitalismo financiero;

rechazo del marxismo;

y una concepción de la persona enraizada en valores cristianos.

Fue detenido en marzo de 1936, trasladado posteriormente a Alicante, juzgado y ejecutado el 20 de noviembre de 1936, con treinta y tres años.

Su muerte creó el gran problema de sucesión que atraviesa esta obra.

También transformó al hombre en símbolo.


MIGUEL PRIMO DE RIVERA

General y presidente del Gobierno durante la Dictadura establecida entre 1923 y 1930 bajo el reinado de Alfonso XIII.

Padre de José Antonio.

Su importancia en esta novela no deriva únicamente de su papel político.

La caída de su régimen, su salida de España, su muerte poco después en París y el rápido alejamiento de muchos antiguos colaboradores dejaron una profunda huella en su hijo.

José Antonio aprendió muy pronto una primera lección política:

el poder atrae fidelidades que algunas veces duran exactamente lo que dura el poder.

Esa experiencia familiar está en el origen de su entrada en política.


MANUEL HEDILLA LARREY

Uno de los personajes centrales de Los vencedores vencidos.

De origen trabajador y formación técnica, ascendió dentro de Falange durante la Guerra Civil.

Después de la muerte de José Antonio acabó convertido en la figura principal de la dirección falangista y fue elegido Jefe Nacional de Falange Española de las JONS el 18 de abril de 1937.

Al día siguiente Franco promulgó el Decreto de Unificación.

Hedilla no aceptó sin resistencia la desaparición de la autonomía política de FE-JONS.

Fue detenido.

Procesado.

Condenado a muerte.

La pena fue conmutada, pero permaneció durante años privado de libertad y después confinado.

Su figura se convirtió posteriormente en referencia imprescindible para las corrientes falangistas que rechazaron identificar automáticamente Falange y franquismo.

Su importancia histórica puede resumirse en una frase:

fue el hombre situado entre José Antonio y Franco cuya existencia demasiadas veces se omite.


MIGUEL HEDILLA DE ROJAS

Hijo de Manuel Hedilla.

Abogado.

Heredó no una jefatura, sino una memoria particularmente difícil.

Tuvo un papel destacado en la conservación y reivindicación documental de la figura de su padre y en los ambientes que, durante la última etapa del franquismo y la Transición, recuperaron la tradición hedillista.

Su presencia introduce además una dimensión humana esencial.

Manuel Hedilla no era para él solamente:

el Jefe Nacional;

el condenado;

el disidente.

Era su padre.

Eso obliga a distinguir siempre entre el personaje histórico y el hombre privado.


FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE

General que durante la Guerra Civil concentró progresivamente la jefatura militar y política del bando nacional.

Fue designado Generalísimo y Jefe del Estado en 1936.

El 19 de abril de 1937 promulgó el Decreto de Unificación, mediante el cual se creó Falange Española Tradicionalista y de las JONS, cuya jefatura asumió.

Gobernó España hasta su muerte el 20 de noviembre de 1975.

Su relación con Falange fue una de las grandes contradicciones del régimen.

Utilizó masivamente:

sus símbolos;

parte de su doctrina;

sus cuadros;

su capacidad movilizadora;

y la memoria de José Antonio.

Permitió también que falangistas ejercieran una considerable influencia en determinadas áreas.

Pero nunca permitió que Falange recuperara autonomía suficiente para disputar su propia jefatura.

Franco no destruyó a los falangistas.

Subordinó Falange al Estado que él dirigía.

La diferencia explica buena parte de esta novela.


MANUEL FAL CONDE

Una de las principales figuras del carlismo durante la Guerra Civil.

Dirigente de la Comunión Tradicionalista y defensor de la autonomía política del tradicionalismo y del Requeté.

Sus enfrentamientos con el mando franquista ayudan a comprender que la concentración de poder realizada por Franco no se dirigió únicamente contra la autonomía falangista.

El carlismo representaba otro poder anterior e independiente.

Fal Conde resulta por ello el gran paralelo tradicionalista de Hedilla, aunque ambos procedieran de doctrinas profundamente distintas.


RAMIRO LEDESMA RAMOS

Intelectual, escritor y fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS).

Una de las figuras fundamentales en la elaboración inicial del nacionalsindicalismo español.

Su pensamiento tuvo gran importancia en:

la idea nacional;

el sindicalismo;

la movilización revolucionaria;

y la crítica del liberalismo y del marxismo.

La relación con José Antonio combinó colaboración y conflicto.

Después de la unión entre Falange y las JONS, las discrepancias terminaron alejándolo de la organización.

Fue asesinado en 1936.

Su presencia recuerda que ni siquiera la Falange anterior a la guerra fue ideológicamente uniforme.


ONÉSIMO REDONDO

Fundador de las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica y posteriormente dirigente de las JONS.

Una de las principales figuras de la primera tradición nacionalsindicalista.

Tuvo una fuerte implantación en Castilla y destacó por la combinación de nacionalismo español, cuestión social y militancia política.

Murió durante los primeros compases de la Guerra Civil.

Su muerte, junto con la posterior ejecución de José Antonio y el asesinato de Ramiro Ledesma, dejó al primer nacionalsindicalismo extraordinariamente descabezado.


PILAR PRIMO DE RIVERA

Hermana de José Antonio.

Dirigió durante décadas la Sección Femenina.

Su figura resulta esencial para comprender la continuidad de una parte del universo falangista dentro del régimen, particularmente en terrenos relacionados con:

formación;

educación;

asistencia;

organización femenina;

y transmisión ideológica.

También desempeñó un papel fundamental en la conservación pública de la memoria de su hermano.


JOSÉ ANTONIO GIRÓN DE VELASCO

Una de las figuras más importantes del falangismo integrado en el Estado franquista.

Ministro de Trabajo entre 1941 y 1957.

Su nombre está estrechamente ligado al desarrollo de la política social y laboral del régimen.

Previsión.

Mutualismo.

Protección laboral.

Formación profesional.

Universidades Laborales.

Políticas sociales y laborales de distinto alcance.

Girón representa en esta obra la respuesta contraria a la de Hedilla:

quedarse dentro y utilizar el poder disponible para realizar una parte del programa.

Sin Hedilla no se comprende la derrota.

Sin Girón tampoco se comprende la influencia.


JOSÉ LUIS DE ARRESE

Falangista histórico y dirigente relevante del Movimiento.

Ocupó responsabilidades políticas y ministeriales y tuvo especial importancia durante los años cincuenta.

Intentó reforzar institucionalmente el Movimiento y garantizarle una posición decisiva dentro de la futura arquitectura del régimen.

Sus proyectos encontraron fuertes resistencias.

La crisis de 1956-1957 y el posterior ascenso de dirigentes de perfil técnico y económico señalaron una pérdida relativa de influencia política para el falangismo.

En la novela representa la segunda derrota.

1937 había quitado a Falange su independencia.

1957 alejaba la posibilidad de que recuperara la centralidad.


RAMÓN SERRANO SUÑER

Abogado, político, ministro y cuñado de Franco.

Fue una de las figuras más poderosas de la primera etapa del régimen.

Tuvo un papel relevante en la construcción jurídica y política del nuevo Estado y en la articulación inicial de FET y de las JONS.

Su fulgurante ascenso y posterior caída muestran una de las características del sistema franquista:

ninguna figura, por poderosa que pareciera, debía convertirse en un poder alternativo a Franco.


DIONISIO RIDRUEJO

Poeta, escritor y dirigente falangista.

Participó de manera intensa en el aparato político y propagandístico del primer franquismo.

Posteriormente se distanció del régimen hasta convertirse en opositor.

Su trayectoria posee especial importancia para esta obra porque permite distinguir entre dos cosas que con demasiada frecuencia se confunden:

evolución política

y

oportunismo.

Ridruejo cambió.

Pero el cambio no consistió en acercarse progresivamente a un poder que pudiera favorecerlo.

Terminó costándole precisamente su posición dentro del sistema.


RAIMUNDO FERNÁNDEZ-CUESTA

Viejo falangista, amigo de José Antonio y dirigente histórico.

Su trayectoria anterior a 1937 le concedía una indudable legitimidad biográfica dentro del falangismo.

Al mismo tiempo, desarrolló una larga carrera política dentro del régimen franquista y posteriormente desempeñó un papel relevante en la reorganización falangista durante la Transición.

Precisamente por eso resulta esencial.

La disputa sobre la autenticidad falangista no podía reducirse a:

viejos falangistas contra recién llegados.

Había viejos falangistas en ambos lados de la interpretación sobre 1937.


AGUSTÍN AZNAR

Médico y falangista de la primera hora.

Tuvo un papel importante en las luchas internas que siguieron a la muerte de José Antonio y formó parte del complejo escenario de Salamanca en abril de 1937.

Su figura recuerda que Hedilla no recibió el apoyo unánime de los camisas viejas.

Falange estaba profundamente dividida.


SANCHO DÁVILA

Primo de José Antonio y dirigente falangista.

Participó en las luchas por el control de Falange después de la desaparición del fundador.

Su posición ayuda a comprender la intensidad de la crisis interna que precedió inmediatamente a la elección de Hedilla y al Decreto de Unificación.


ÁNGEL MARÍA PASCUAL

Escritor, periodista e intelectual falangista navarro.

Nacido en Pamplona en 1911.

Vinculado al ambiente falangista navarro, a Fermín Yzurdiaga, a Arriba España y a la revista Jerarquía.

Combatió durante la Guerra Civil y desarrolló después una obra literaria e intelectual profundamente marcada por el contraste entre las expectativas de la primera Falange y la realidad surgida de la victoria.

Murió en 1947, con apenas treinta y cinco años.

Su presencia en esta novela resulta fundamental por un poema:

«Envío».

Y por unos versos que dan al subtítulo de esta obra su verdadero significado:

A ti, fiel camarada, que padeces
el cerco del olvido atormentado…

Y más adelante:

En tu propio solar, quedaste fuera.

Pascual representa al vencedor que contempla la victoria y no termina de reconocerse dentro de ella.

Por eso su voz acompaña a Hedilla.

Y por eso el cerco del olvido terminó ocupando un lugar central en el título de esta novela.


ÁNGEL PESTAÑA

Importante dirigente obrero procedente del anarcosindicalismo.

Fundador del Partido Sindicalista.

Sus contactos y posibilidades de interlocución con José Antonio durante los meses anteriores y posteriores al inicio de la guerra resultan especialmente interesantes.

Pestaña demuestra que la España de 1936 no estaba compuesta únicamente por dos bloques incapaces de hablarse.

Hubo hombres muy alejados ideológicamente capaces de reconocer problemas comunes y mantener contactos.


INDALECIO PRIETO

Uno de los dirigentes fundamentales del socialismo español.

Figura destacada del PSOE durante la República y la Guerra Civil.

Su nombre aparece relacionado en esta historia con contactos, intermediaciones y posibilidades políticas en torno al José Antonio encarcelado.

Su relación con él recuerda otra vez que el escenario político anterior a la guerra fue mucho más complejo que la imagen retrospectiva de dos bloques perfectamente cerrados.


DIEGO MARTÍNEZ BARRIO

Político republicano.

Presidente de las Cortes y figura de primer orden de la República.

Su nombre se encuentra vinculado a las tentativas realizadas por José Antonio desde la prisión para explorar vías capaces de limitar o detener la catástrofe de la Guerra Civil.


JOSÉ GIRAL

Político republicano y presidente del Gobierno durante los primeros meses de la Guerra Civil.

Aparece en el contexto de las propuestas, gestiones y contactos políticos relacionados con el José Antonio encarcelado en Alicante.


JOSÉ MARÍA GIL-ROBLES

Principal dirigente de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) durante buena parte de la Segunda República.

Representó una derecha católica y legalista con la que José Antonio mantuvo una relación crítica.

Su presencia permite comprender que la oposición de Falange al marxismo no la convertía automáticamente en una prolongación de la derecha parlamentaria.

José Antonio dirigió contra ésta algunas de sus críticas más duras, especialmente cuando consideraba que confundía defensa de la propiedad con defensa de todos los intereses de los propietarios.


FRANCISCO LARGO CABALLERO

Dirigente del PSOE y de la Unión General de Trabajadores (UGT).

Presidente del Gobierno durante una parte de la Guerra Civil.

Su trayectoria resulta imprescindible para comprender la radicalización de una parte del socialismo español y las tensiones del movimiento obrero durante los años treinta.


NICOLÁS FRANCO

Hermano de Francisco Franco.

Diplomático y hombre próximo al núcleo de poder de los primeros años.

Aparece en el entramado político, familiar y administrativo que acompañó la creciente concentración de autoridad alrededor de Franco.


EMILIO MOLA

General y uno de los principales organizadores de la sublevación militar de julio de 1936.

Su figura poseía peso y legitimidad propios dentro del campo militar sublevado.

Su muerte en accidente aéreo en 1937 eliminó uno de los grandes posibles contrapesos militares a la creciente supremacía de Franco.


GONZALO QUEIPO DE LLANO

General que desempeñó un papel fundamental en Andalucía durante la Guerra Civil.

Durante los primeros meses de la contienda mostró una considerable autonomía personal y política.

Su trayectoria ayuda a recordar que la jefatura absoluta de Franco no apareció completamente formada el 18 de julio.

Fue construyéndose.


JOSÉ ENRIQUE VARELA

General de profundas simpatías tradicionalistas y figura militar relevante tanto durante la Guerra Civil como posteriormente dentro del régimen.

Su presencia permite observar el peso que continuaron teniendo determinados ambientes carlistas y tradicionalistas dentro del Estado surgido de la victoria.


LUIS CARRERO BLANCO

Militar y uno de los hombres de mayor confianza de Franco.

Su influencia fue aumentando progresivamente desde los años cuarenta y adquirió enorme relevancia en las últimas décadas del régimen.

Representa, entre otras cosas, el progresivo desplazamiento del centro de gravedad político respecto de los falangistas y el fortalecimiento de una concepción más administrativa, institucional y continuista del sistema.

Fue asesinado por ETA en 1973.

Su muerte abrió un vacío enorme en la cuestión de la continuidad del régimen.


JUAN CARLOS DE BORBÓN

Designado en 1969 sucesor de Franco a título de rey.

La decisión tenía una importancia decisiva para el falangismo.

Confirmaba que la sucesión institucional no desembocaría en una futura jefatura falangista del Estado.

Tras la muerte de Franco asumió la Corona como Juan Carlos I y desempeñó un papel central en la primera fase de la Transición.


NARCISO PERALES

Médico y falangista cuya trayectoria atravesó diferentes etapas.

Conoció el mundo falangista del régimen, pero acabó vinculado también a posiciones críticas, disidentes y hedillistas.

Su papel fue particularmente importante como puente entre generaciones.

Representaba memoria.

Experiencia.

Conocimiento de la evolución interna del falangismo.

Y participó en los esfuerzos de reorganización de una Falange no identificada con las estructuras oficiales del Movimiento durante la etapa final del franquismo y la Transición.


PEDRO CONDE SOLADANA

Nacido en Castronuño, Valladolid, en 1940.

Trabajador de FASA-Renault.

Activista en conflictos laborales.

Estudiante de Derecho y Sociología.

Fue detenido, pasó por prisión y sufrió despidos vinculados a su actividad laboral.

Entró en contacto con Manuel Hedilla y con las corrientes hedillistas.

Desempeñó un papel central en Falange Española de las JONS (Auténtica) y llegó a ocupar su Jefatura Nacional.

Su importancia dentro de Los vencedores vencidos no reside en el tamaño electoral de la organización que dirigió.

Reside en ser un puente humano.

José Antonio no lo conoció.

Hedilla sí.

Pedro recibió de Hedilla una historia nacida antes de que él hubiera venido al mundo y trató de trasladarla a la España industrial y democrática de los años setenta.

Representa así la tercera generación de esta novela:

la generación que no podía decir:

—Yo estuve allí en 1937.

Pero sí:

—He recibido esta historia. Ahora tengo que decidir qué hago con ella.

Y, además, existe una particularidad que lo diferencia de prácticamente todos los anteriores.

Cuando estas páginas se escriben, Pedro Conde no pertenece todavía al mundo de las tumbas.

La última palabra sobre su propia vida sigue correspondiéndole a él.


TRES GENERACIONES, UNA MISMA PREGUNTA

Vista en conjunto, la galería de protagonistas permite distinguir tres grandes generaciones.

La primera es la de los fundadores y combatientes de los años treinta:

José Antonio.

Ramiro.

Onésimo.

Hedilla.

Fernández-Cuesta.

Aznar.

Sancho Dávila.

La segunda es la de quienes tuvieron que decidir qué hacer dentro del Estado surgido de la victoria:

Girón.

Arrese.

Ridruejo.

Pilar Primo de Rivera.

Y tantos otros.

La tercera recibe una historia que ya no ha vivido:

Miguel Hedilla.

Narciso Perales como enlace entre épocas.

Pedro Conde.

Cada una se enfrentó a una prueba distinta.

La primera:

¿qué queremos hacer?

La segunda:

¿qué estamos dispuestos a aceptar para poder hacerlo?

La tercera:

¿qué queda de todo aquello cuando ya no existe el mundo que lo produjo?

Y debajo de las tres permanece la pregunta que termina atravesando toda la novela:

¿qué hiciste cuando todavía podías elegir?


APÉNDICE XXI

CRONOLOGÍA ESENCIAL: 1923-1977

Esta cronología no pretende recoger todos los acontecimientos políticos españoles del período.

Su función es ordenar aquellos que resultan indispensables para seguir la historia narrada en Los vencedores vencidos.

1923

El general Miguel Primo de Rivera encabeza el golpe de Estado que da comienzo a su Dictadura con el consentimiento de Alfonso XIII.

1930

Miguel Primo de Rivera dimite.

Sale de España.

Muere poco después en París.

José Antonio queda profundamente marcado por la caída política del padre y por la rapidez con que numerosos antiguos colaboradores se distancian de él.

1931

Se proclama la Segunda República.

España entra en una etapa de profunda transformación política y creciente enfrentamiento social.

1933

José Antonio entra plenamente en política.

El 29 de octubre se celebra el acto del Teatro de la Comedia asociado al nacimiento público de Falange Española.

José Antonio obtiene también acta de diputado por Cádiz dentro de una candidatura más amplia.

1934

Falange Española se fusiona con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista.

Nace Falange Española de las JONS.

En octubre se produce la insurrección revolucionaria en Asturias y la grave crisis política catalana.

1935

Falange continúa siendo una organización minoritaria.

Se agravan la polarización política, la violencia y los enfrentamientos.

También se produce la ruptura con Ramiro Ledesma.

FEBRERO DE 1936

Victoria electoral del Frente Popular.

Aumenta la conflictividad política.

MARZO DE 1936

José Antonio es detenido.

Comienza el período de prisión que terminará en Alicante.

JUNIO DE 1936

José Antonio es trasladado desde Madrid a la prisión de Alicante.

17-18 DE JULIO DE 1936

Comienza la sublevación militar.

El golpe no consigue imponerse rápidamente en toda España.

Comienza la Guerra Civil.

José Antonio permanece encarcelado en Alicante.

AGOSTO DE 1936

Desde la cárcel José Antonio explora contactos y posibilidades políticas para detener una guerra cuya magnitud empieza a hacerse evidente.

Se desarrollan asimismo distintos proyectos para intentar su liberación.

OCTUBRE DE 1936

La eventual liberación de José Antonio es contemplada también como una cuestión política por el mando de la zona nacional.

Una orden dispone que, de producirse, su situación quede controlada mientras se informa y reciben instrucciones.

20 DE NOVIEMBRE DE 1936

José Antonio Primo de Rivera es ejecutado en Alicante.

Tiene treinta y tres años.

La Falange pierde a su fundador y Jefe Nacional.

Comienza la construcción política de el Ausente.

DICIEMBRE DE 1936

Manuel Hedilla adquiere creciente protagonismo en la dirección falangista.

En su mensaje navideño reclama evitar venganzas particulares y proteger especialmente a personas humildes que puedan convertirse en víctimas de represalias.

ABRIL DE 1937

Falange atraviesa una violenta crisis interna en Salamanca.

18 de abril: Manuel Hedilla es elegido Jefe Nacional de Falange Española de las JONS.

19 de abril: Franco promulga el Decreto de Unificación.

Nace Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

Dos días.

Dos legitimidades.

Una ruptura histórica.

25 DE ABRIL DE 1937

Manuel Hedilla es detenido.

Comienza el proceso que culminará en consejos de guerra y gravísimas condenas, incluidas penas de muerte que posteriormente serán conmutadas.

Ésta es una fecha que conviene fijar con precisión dentro de la cronología de la novela.

1937-1938

Hedilla es procesado y condenado.

Las penas de muerte son conmutadas.

Permanecerá durante años privado de libertad y posteriormente sometido a confinamiento.

MARZO DE 1938

Se promulga el Fuero del Trabajo, uno de los textos fundamentales del nuevo orden laboral y social.

1 DE ABRIL DE 1939

Finaliza la Guerra Civil.

Comienza la larga posguerra.

La paradoja central ya está establecida:

Falange pertenece al campo vencedor.

Pero la Falange independiente de José Antonio y Hedilla ha sido políticamente derrotada.

DÉCADA DE 1940

Se consolida el régimen.

Hay una importante presencia falangista en diversas instituciones.

Autarquía.

Reconstrucción.

Desarrollo de estructuras sindicales y sociales.

Falangistas ocupan posiciones relevantes dentro del Estado.

1941

Se crea el Instituto Nacional de Industria (INI).

José Antonio Girón se convierte en ministro de Trabajo.

Comienza la etapa durante la que será uno de los grandes rostros de la política social del régimen.

1942

Se produce el atentado de Begoña, grave episodio de tensión entre sectores falangistas y tradicionalistas.

La crisis contribuye a modificar los equilibrios internos del régimen.

1942-1945

La Segunda Guerra Mundial condiciona profundamente la posición exterior española.

El régimen reajusta progresivamente su política a medida que cambia el rumbo de la contienda.

1947

Se aprueba la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado.

España queda definida como Reino.

El futuro institucional empieza a orientarse cada vez más hacia una solución monárquica dirigida desde la propia jefatura de Franco.

Ese mismo año, el 1 de mayo de 1947, muere en Pamplona Ángel María Pascual, con treinta y cinco años.

Su poema Envío quedará como uno de los testimonios literarios más intensos del sentimiento de derrota existente entre determinados falangistas que habían pertenecido al bando vencedor.

DÉCADA DE 1950

España experimenta una gradual apertura internacional y un crecimiento económico progresivo.

Acuerdos con Estados Unidos.

Ingreso en organismos internacionales.

Industrialización.

Transformación urbana.

1956

La crisis universitaria evidencia importantes cambios generacionales.

Los jóvenes que llegan a las aulas ya no pertenecen a la generación de la Guerra Civil.

Las viejas estructuras de movilización política empiezan a encontrar límites.

1956-1957

José Luis de Arrese intenta reforzar institucionalmente el Movimiento.

Sus proyectos encuentran importantes resistencias.

El intento fracasa.

FEBRERO DE 1957

Remodelación gubernamental.

Aumenta el peso de dirigentes técnicos y económicos.

La influencia política relativa de los falangistas empieza a disminuir en beneficio de otras prioridades.

El desarrollo económico comienza a ocupar el espacio antes reservado al lenguaje revolucionario.

1959

Se aprueba el Plan de Estabilización.

Comienza una nueva etapa económica.

Apertura.

Turismo.

Inversión.

Emigración.

Crecimiento.

Industrialización acelerada.

Transformación social.

DÉCADA DE 1960

España cambia profundamente.

Urbanización.

Crecimiento industrial.

Turismo.

Automóvil.

Consumo.

Expansión de las clases medias.

Universidad.

Nuevas generaciones que no han vivido la Guerra Civil.

Para el falangismo aparece un problema nuevo:

ya no basta explicar qué ocurrió en 1937.

Hay que explicar qué puede significar aquella doctrina en esta España.

1967-1969

Aumentan los contactos y actividades de ambientes falangistas críticos y hedillistas.

Manuel Hedilla vuelve a convertirse en referencia para generaciones posteriores.

1969

Juan Carlos de Borbón es designado sucesor de Franco a título de rey.

La decisión deja definitivamente claro que la continuidad institucional del régimen no desembocará en una jefatura falangista del Estado.

1970

Muere Manuel Hedilla.

No verá la muerte de Franco.

Ni la Transición.

Ni las elecciones de 1977.

Su figura pasa definitivamente del terreno de la actuación personal al de la memoria política.

1973

Luis Carrero Blanco es asesinado por ETA.

Su muerte elimina al hombre que parecía llamado a desempeñar un papel fundamental en la continuidad del sistema después de Franco.

1974

José Antonio Girón vuelve a adquirir una notable presencia pública mediante intervenciones de marcado carácter continuista y falangista.

El régimen entra, sin embargo, en su etapa final.

20 DE NOVIEMBRE DE 1975

Muere Francisco Franco.

Exactamente treinta y nueve años después de José Antonio.

Comienza una situación política completamente nueva.

1976

Avanza la Reforma Política.

Las diversas corrientes falangistas intentan reorganizarse.

Falange Española de las JONS (Auténtica) adquiere presencia pública.

Pedro Conde Soladana asume responsabilidades decisivas dentro de la organización.

A partir de este momento la cuestión deja de ser solamente:

¿quién posee legitimidad histórica?

Empieza otra:

¿quién conseguirá respaldo político real?

1977

Legalización y reorganización de partidos.

Disputas por las denominaciones falangistas.

El 15 de junio de 1977 España celebra las primeras elecciones generales democráticas y competitivas desde febrero de 1936.

Las distintas organizaciones falangistas obtienen un respaldo electoral muy reducido.

La conclusión resulta severa:

la legitimidad que una organización atribuye a su pasado no garantiza la adhesión de los hombres y mujeres del presente.

Y ahí puede cerrarse la cronología principal.

No porque desaparezca Falange.

No porque terminen sus disputas.

Sino porque 1977 proporciona el desenlace histórico necesario para esta novela.

José Antonio había preguntado qué España debía construirse.

Hedilla había defendido quién tenía derecho a dirigir su Falange.

Los falangistas integrados habían intentado realizar una parte de su programa dentro del régimen.

Los hedillistas habían conservado otra genealogía.

En 1977, finalmente, apareció una pregunta que ninguno de los muertos podía responder:

¿qué quieren los españoles vivos?

La urna contestó.

Y la Historia entró en otra etapa.


APÉNDICE XXII

DOCUMENTOS FUNDAMENTALES PARA COMPRENDER ESTA HISTORIA

Una novela histórica puede entrar donde el documento no llega.

Puede imaginar una conversación privada.

Reconstruir una mirada.

Dar forma literaria a una duda.

Acompañar a un hombre mientras camina hacia una decisión de la que nadie levantó acta.

Pero, terminada la novela, el lector tiene derecho a preguntar:

¿dónde están los papeles?

Porque detrás de buena parte de lo narrado en Los vencedores vencidos existen discursos, programas, decretos, procesos judiciales, testimonios, correspondencia y documentos políticos que permiten reconstruir el armazón histórico.

Este apéndice no pretende ofrecer una bibliografía exhaustiva. Su función es señalar los documentos y conjuntos documentales que conviene consultar para atravesar la recreación literaria y llegar directamente a las fuentes.

1. El discurso del Teatro de la Comedia

El 29 de octubre de 1933 constituye una fecha inevitable.

El discurso pronunciado por José Antonio Primo de Rivera en el Teatro de la Comedia permite observar directamente el lenguaje político de la Falange naciente.

Conviene leerlo entero.

No únicamente las frases que posteriormente se convirtieron en citas rituales.

Allí aparecen ya varios elementos fundamentales:

la crítica del parlamentarismo;

la idea de España como unidad histórica;

el rechazo de la lucha de clases;

la pretensión de superar la división convencional entre derecha e izquierda;

la exigencia de justicia social;

y una concepción de la política entendida como servicio y misión.

Es el punto de partida.

Pero no debe convertirse en punto de llegada.

José Antonio continuó pensando después.

Por tanto, estudiar su doctrina exclusivamente mediante aquel discurso sería congelarlo en 1933.

2. Los puntos programáticos de Falange

Para saber qué pretendía realmente Falange hay que leer sus programas.

No basta estudiar a sus enemigos.

Ni a sus admiradores.

Ni la propaganda franquista posterior.

Los textos programáticos permiten acudir directamente a sus planteamientos sobre:

Estado;

Nación;

propiedad;

tierra;

banca;

crédito;

trabajo;

empresa;

sindicalismo;

familia;

educación;

y organización social.

Su lectura resulta especialmente importante para una cuestión repetida a lo largo de esta obra:

la propiedad privada.

Falange no proponía simplemente abolirla.

Pretendía modificar profundamente determinadas formas de concentración y ampliar el acceso a la propiedad.

La diferencia no es menor.

Lo mismo ocurre con el sindicalismo.

No se entiende leyendo únicamente la Organización Sindical desarrollada después bajo Franco.

Hay que regresar al proyecto anterior para comprobar qué pretendía ser y compararlo después con aquello en lo que efectivamente se convirtió.

3. Los discursos parlamentarios de José Antonio

José Antonio fue diputado.

Y el Parlamento constituye una fuente extraordinaria porque obliga al político a responder ante adversarios.

No habla únicamente para los propios.

Tiene delante preguntas.

Interrupciones.

Réplicas.

Problemas concretos.

Los discursos parlamentarios permiten estudiar sus posiciones acerca de:

Cataluña;

reforma agraria;

violencia política;

economía;

marxismo;

derecha;

revolución;

liberalismo;

Estado;

y unidad nacional.

Además permiten comprobar algo importante.

El pensamiento político real rara vez es tan limpio como el resumen escrito cuarenta años después.

Hay matices.

Cambios.

Contradicciones.

Respuestas a circunstancias concretas.

Por eso deben leerse cronológicamente.

No seleccionando únicamente la frase que confirma lo que previamente se quería encontrar.

4. Los escritos de prisión

Los textos escritos por José Antonio durante su encarcelamiento poseen una importancia extraordinaria.

Porque son los últimos.

El hombre sabe que España está entrando en una situación cada vez más grave.

Después llega la Guerra Civil.

Y él permanece encerrado.

Sus escritos de prisión permiten seguir la evolución de un dirigente que ya no está pronunciando discursos ante una multitud, sino intentando comprender una catástrofe desde una celda.

Especial importancia tienen los documentos relacionados con:

la situación política;

las posibilidades de mediación;

la organización de un eventual gobierno;

y las propuestas destinadas a intentar detener la guerra.

Son imprescindibles para evitar una reconstrucción del José Antonio final basada exclusivamente en aquello que otros dijeron posteriormente en su nombre.

5. Las propuestas de mediación y los contactos políticos desde Alicante

Aquí comienza uno de los terrenos más interesantes.

Los contactos relacionados con:

Diego Martínez Barrio;

Indalecio Prieto;

Ángel Pestaña;

y otros interlocutores

permiten comprobar que José Antonio siguió intentando intervenir políticamente desde la prisión.

No significa que existiera una solución perfectamente preparada y a punto de triunfar.

Significa que hubo gestiones.

Propuestas.

Interlocución.

Búsqueda de posibilidades.

Y eso modifica sustancialmente la imagen del preso reducido exclusivamente a esperar una operación militar de rescate.

La documentación de estos contactos debe estudiarse con especial cuidado porque posteriormente ha sido utilizada para defender interpretaciones muy distintas.

Precisamente por eso conviene regresar siempre al documento original.

6. Los intentos de liberación

También existe documentación relativa a proyectos para sacar a José Antonio de Alicante.

Canjes.

Intermediarios.

Operaciones.

Dinero.

Gestiones diplomáticas.

Órdenes.

Correspondencia.

Planes de distinta naturaleza y viabilidad.

Todo ese conjunto documental es necesario para responder con seriedad a una de las grandes preguntas de la tradición falangista:

¿qué se hizo para salvar a José Antonio?

La respuesta no debería construirse empezando por la conclusión.

Hay que ordenar:

qué plan existió;

quién lo promovió;

qué posibilidades tenía;

quién lo conocía;

qué decisiones se tomaron;

y por qué fracasó.

Sólo después puede interpretarse.

7. El telegrama de octubre de 1936

Entre esos documentos existe uno particularmente significativo.

La orden de octubre de 1936 relativa a la eventual liberación de José Antonio.

Su importancia está en que establece que, si aparecía libre en territorio nacional, debía controlarse su situación y comunicarse inmediatamente la novedad antes de permitirle plena libertad de movimientos.

Conviene leer el documento literalmente.

No es necesario hacerle decir más de lo que dice.

Tampoco menos.

El documento demuestra que José Antonio vivo constituía una cuestión política.

Era lógico.

No era un prisionero cualquiera.

Era el fundador y Jefe Nacional de Falange.

Si aparecía libre, podía reclamar su autoridad sobre una organización que crecía explosivamente dentro del bando nacional.

Eso bastaba para convertir su liberación en un asunto político de primera magnitud.

8. El proceso de Alicante

El juicio de José Antonio debe estudiarse mediante la documentación judicial disponible.

Acusación.

Defensa.

Actas.

Sentencia.

Intervenciones del acusado.

Documentación procesal.

La dimensión mítica adquirida posteriormente por José Antonio puede hacer olvidar que antes del símbolo existió un proceso concreto.

Con cargos concretos.

Un tribunal.

Una defensa.

Una sentencia.

Y una ejecución.

Para comprender sus últimos días es indispensable regresar a esos papeles.

9. El testamento de José Antonio

Es probablemente su documento personal más conocido.

Precisamente por eso convendría leerlo completo y no como almacén de frases utilizables en ceremonias.

En él aparece:

la familia;

la muerte;

los amigos;

la responsabilidad;

el perdón;

y el deseo de que su sangre no fuera convertida en origen de nuevas venganzas.

Esa última cuestión adquiere particular fuerza porque fue escrita dentro de una guerra en la que las represalias estaban causando una cantidad enorme de muertos.

El testamento devuelve humanidad al personaje.

No está escribiendo una estatua.

Escribe un hombre que sabe que probablemente va a morir.

10. Los documentos y discursos de Manuel Hedilla

Para comprender a Hedilla hay que intentar escucharlo a él.

No únicamente a sus acusadores.

Ni a quienes posteriormente lo reivindicaron.

Entre los documentos especialmente relevantes se encuentra su mensaje de Navidad de 1936.

Su llamamiento contra las venganzas personales y a favor de la protección de los humildes resulta importante para comprender la imagen de Falange que intentaba transmitir en plena guerra.

También deben estudiarse sus:

comunicaciones internas;

discursos;

declaraciones;

correspondencia;

y testimonios posteriores.

Sólo así puede distinguirse al Hedilla histórico del Hedilla transformado posteriormente en bandera de distintas corrientes.

11. La documentación interna de Falange de abril de 1937

Éste es uno de los núcleos documentales esenciales de todo el libro.

Actas.

Nombramientos.

Comunicaciones.

Órdenes.

Testimonios.

Documentación relacionada con los enfrentamientos de Salamanca.

Todo aquello que permita reconstruir:

la crisis interna;

las distintas facciones;

la elección de Hedilla;

la composición de los órganos falangistas;

y las reacciones inmediatas.

Sin este material resulta muy fácil construir dos mitologías contrapuestas.

Una:

Hedilla, jefe indiscutido apoyado por todos los camisas viejas.

Otra:

Hedilla, simple ambicioso sin verdadera legitimidad.

La documentación obliga a algo más difícil.

Reconstruir una Falange dividida.

Y, dentro de ella, una elección real.

12. El Decreto de Unificación del 19 de abril de 1937

Probablemente sea el documento político más importante para comprender Los vencedores vencidos.

Debe leerse completo.

No mediante una paráfrasis.

El decreto permite comprobar:

qué organización se crea;

qué fuerzas quedan integradas;

quién ocupa la jefatura;

qué lógica política se invoca;

y cómo se establece desde el nuevo poder la reorganización del campo nacional.

Después de leerlo resulta mucho más sencillo comprender la distinción que esta novela ha repetido deliberadamente:

FE-JONS no es simplemente otro nombre de FET y de las JONS.

El 19 de abril ocurrió algo.

Y aquello merece ser estudiado en sus propias palabras.

13. Los procesos contra Manuel Hedilla

Si hubiera que seleccionar un solo conjunto documental para comprender por qué Hedilla se convirtió décadas después en bandera de la disidencia falangista, probablemente serían sus procesos.

Consejos de guerra.

Acusaciones.

Defensas.

Sentencias.

Conmutaciones.

Documentación penitenciaria.

Resoluciones posteriores.

Estos documentos permiten separar dos cuestiones que con frecuencia se mezclan.

Una:

las violentas luchas internas falangistas de Salamanca.

Otra:

la cuestión política de la oposición de Hedilla a la nueva estructura surgida de la Unificación.

El hombre fue condenado.

Las penas fueron conmutadas.

Pasó años privado de libertad.

Todo ello pertenece a documentación concreta.

No a una leyenda posterior.

14. El Fuero del Trabajo

Promulgado en 1938, constituye uno de los documentos esenciales del nuevo orden social.

Debe estudiarse por sí mismo.

Permite comprobar la incorporación institucional de elementos procedentes del lenguaje social y laboral falangista y, al mismo tiempo, observar cómo esos principios fueron traducidos al Estado surgido de la guerra.

Es particularmente útil compararlo con los programas anteriores de Falange.

Ahí puede observarse:

qué pasó al texto legal;

qué cambió;

qué quedó;

qué fue reinterpretado;

y qué desapareció.

Entre la doctrina y el decreto siempre ocurre algo.

Eso es gobernar.

Y también puede ser una forma de perder una revolución.

15. La legislación social posterior

El lector interesado en comprobar la huella social falangista debe evitar una tentación:

buscar una sola ley que lo explique todo.

No existe.

Hay que estudiar un conjunto.

Seguros sociales.

Mutualismo.

Vivienda.

Protección familiar.

Formación profesional.

Organización sindical.

Universidades Laborales.

Normas laborales de diferente naturaleza.

Sólo así puede medirse la influencia real.

No mediante la afirmación:

«todo fue obra de Falange».

Ni mediante la contraria:

«Falange no hizo nada».

Hay que mirar las leyes.

Fechas.

Ministerios.

Promotores.

Antecedentes.

Modificaciones.

Continuidades.

La Historia empieza cuando termina el eslogan.

16. La documentación del Ministerio de Trabajo durante Girón

Para estudiar a José Antonio Girón conviene acudir a:

leyes;

proyectos;

discursos;

memorias;

disposiciones;

debates administrativos.

El objetivo debe ser separar dos cosas:

retórica;

realización.

Un ministro puede pronunciar cien discursos sociales.

Lo que importa históricamente es también:

qué normas consiguió aprobar;

qué instituciones se crearon;

cuánto duraron;

a cuántas personas afectaron;

qué problemas tuvieron;

qué fue modificado después.

Sólo entonces puede valorarse la verdadera dimensión de su obra.

17. Los proyectos de José Luis de Arrese de 1956-1957

Constituyen la documentación básica para comprender lo que la novela denomina segunda derrota de Falange.

Arrese intentó reforzar institucionalmente el Movimiento.

Los proyectos permiten estudiar hasta dónde pretendía llegar y por qué despertaron tantas resistencias.

Sin ellos, 1957 puede parecer simplemente una remodelación ministerial.

Con ellos aparece algo más profundo:

una discusión sobre quién debía controlar el futuro político del régimen.

Y la respuesta no favoreció a la solución falangista.

18. La documentación del Plan de Estabilización de 1959

El Plan de Estabilización constituye una fuente indispensable para estudiar el gran giro económico.

Pero debe leerse dentro de una secuencia.

No como creación repentina de una economía donde antes no existía nada.

La documentación económica permite estudiar:

los desequilibrios anteriores;

las razones de la reforma;

los objetivos;

las medidas aplicadas;

la apertura exterior;

y las consecuencias posteriores.

Comparada con la documentación de industrialización de los años anteriores permite entender mejor la tesis defendida en este libro:

1959 fue una ruptura importante dentro de una historia que ya llevaba veinte años desarrollándose.

19. Dionisio Ridruejo: escritos y testimonios

Los textos de Ridruejo ofrecen algo particularmente valioso:

una evolución contada desde dentro.

Falangista.

Dirigente.

Propagandista.

Después crítico.

Finalmente opositor.

Sus escritos permiten seguir el proceso mediante el cual un hombre profundamente comprometido con el primer régimen terminó alejándose de él.

Son especialmente útiles para comprender que la biografía política no debe tratarse como fotografía.

Un hombre puede cambiar.

Y el documento permite saber:

cuándo;

cómo;

por qué;

y a qué precio.

20. Los testimonios de Hedilla en sus últimos años

La mirada retrospectiva de Manuel Hedilla sobre 1937 constituye otra fuente indispensable.

Pero debe utilizarse con una regla elemental.

El testimonio posterior es una fuente.

No una máquina del tiempo.

Hedilla recordaba.

Interpretaba.

Había vivido cárcel, derrota y décadas de marginación.

Sus palabras posteriores permiten conocer cómo entendió su propia experiencia y qué continuidad política quiso establecer.

Deben compararse con los documentos contemporáneos de 1937.

El recuerdo y el papel juntos.

No uno contra otro.

21. La documentación del Frente Nacional de Alianza Libre

Manifiestos.

Declaraciones.

Comunicados.

Correspondencia.

Documentos internos.

Este material resulta necesario para reconstruir el puente entre Manuel Hedilla y las generaciones que reivindicaron después su línea.

Su importancia no depende del tamaño del FNAL.

Importa como vehículo de transmisión.

Permite observar cómo un episodio de 1937 fue reinterpretado en una España completamente diferente décadas después.

22. Los documentos de Falange Española de las JONS (Auténtica)

Aquí debe ocupar un lugar particular el llamado Manifiesto de la legitimidad, junto con otros programas, declaraciones y documentos mediante los cuales la organización expuso su interpretación histórica.

Su tesis debe estudiarse en sus propios términos:

la continuidad de la Falange originaria pasaba por José Antonio;

después por Hedilla;

y no por la aceptación automática de la Unificación franquista.

Una cosa es aceptar esa interpretación.

Otra comprenderla.

Para lo segundo es indispensable leer sus propios documentos.

Además deben estudiarse sus programas de la Transición.

Porque ahí puede comprobarse si la organización consiguió ir más allá del agravio histórico y formular respuestas para la España contemporánea.

23. Pedro Conde Soladana: escritos, testimonios y memoria viva

Pedro Conde presenta una singularidad extraordinaria.

Pertenece a una generación posterior a la guerra.

Conoció a Manuel Hedilla.

Participó en conflictos laborales.

Vivió la reorganización del falangismo disidente.

Ocupó responsabilidades en Falange Española de las JONS (Auténtica).

Escribió sobre aquella experiencia.

Y ofreció posteriormente testimonios acerca de ella.

Su obra publicada, sus entrevistas y sus documentos constituyen fuentes esenciales para reconstruir la tercera generación de esta historia.

Pero existe además una ventaja que no debe despreciarse mientras sea posible:

el testigo puede hablar.

Un documento responde únicamente a las preguntas que el investigador es capaz de formularle mediante lectura.

Un hombre vivo puede escuchar una pregunta nueva.

Y contestar.

Eso no convierte su memoria en infalible.

La memoria de nadie lo es.

Pero obliga a una regla elemental que demasiadas veces se olvida:

antes de escribir definitivamente sobre un testigo vivo, conviene dejarle una silla.

Por si quiere sentarse.

24. Ángel María Pascual y Envío

A la relación documental de la matriz conviene añadir una fuente que ha terminado adquiriendo especial importancia en la versión definitiva de esta obra:

Ángel María Pascual.

Sus artículos, libros y, de manera particular, el poema «Envío».

Porque los archivos políticos explican:

decretos;

jefaturas;

procesos;

condenas.

La literatura puede documentar otra cosa:

un estado de ánimo.

El sentimiento de aquellos falangistas que, perteneciendo al campo vencedor, contemplaron cómo la realidad surgida de la victoria se alejaba de aquello que creían haber defendido.

Pascual escribió:

A ti, fiel camarada, que padeces
el cerco del olvido atormentado…

Y más adelante:

En tu propio solar, quedaste fuera.

Es difícil encontrar una formulación literaria más precisa para la paradoja que da título a esta novela.

No sustituye un acta.

Ni un decreto.

Ni un proceso.

Aporta algo que ninguno de esos documentos contiene:

la experiencia íntima de la derrota dentro de la victoria.

25. Cómo leer estos documentos

Queda una última advertencia metodológica, quizá la más importante.

No deben leerse buscando únicamente munición.

Un documento histórico no existe para darnos la razón.

Hay que permitirle también que nos contradiga.

Si José Antonio escribió algo incómodo para la interpretación que preferimos, sigue siendo José Antonio.

Si Hedilla tomó una decisión que no encaja en la imagen que posteriormente se construyó de él, debe conservarse.

Si un falangista integrado realizó una obra social importante, el hecho no desaparece porque participase en una dictadura.

Si un disidente estuvo antes profundamente comprometido con el régimen, su pasado tampoco desaparece porque posteriormente evolucionara.

El método más sencillo continúa siendo el mejor:

documento, fecha, contexto, comparación.

Después, interpretación.

Nunca al revés.

Ésta ha sido también la regla utilizada para separar la novela de estos apéndices.

La narración podía entrar en una habitación y construir una conversación históricamente posible.

Aquí no.

Aquí la habitación debe tener papeles.

Y cuando los papeles no existen, debe permanecer vacía.

Porque la ficción tiene derecho a imaginar.

El apéndice histórico tiene la obligación de distinguir.

Y hecha esa distinción, queda solamente un último trabajo.

Reunir las confusiones, medias verdades y afirmaciones repetidas durante décadas y someterlas, una por una, a la prueba de todo lo expuesto.

Ese será el cierre documental de Los vencedores vencidos:

APÉNDICE XXIII

MITOS, MEDIAS VERDADES Y CONFUSIONES

Después de recorrer esta historia desde 1933 hasta la Transición, conviene terminar desmontando algunas afirmaciones que se repiten con tanta frecuencia que han adquirido apariencia de hechos indiscutibles.

Unas son falsas.

Otras contienen una parte de verdad y otra de simplificación.

Y algunas dependen de qué se entienda exactamente por palabras como Falange, franquismo, sucesión, legitimidad o continuidad.

La Historia se estropea con facilidad cuando se intenta hacer caber cuarenta años dentro de una consigna.

Éstas son, por tanto, las preguntas que probablemente habrá formulado el lector durante las páginas anteriores.


¿FRANCO SUCEDIÓ A JOSÉ ANTONIO COMO JEFE NACIONAL DE FALANGE?

No directamente.

Ésta es quizá la confusión que más importa corregir.

José Antonio Primo de Rivera fue Jefe Nacional de Falange Española de las JONS (FE-JONS).

Después de su muerte, Manuel Hedilla fue elegido Jefe Nacional de esa organización el 18 de abril de 1937.

Franco no fue elegido por los órganos de FE-JONS para suceder a José Antonio.

Al día siguiente de la elección de Hedilla, el 19 de abril, promulgó el Decreto de Unificación y pasó a dirigir una organización nueva:

Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET y de las JONS).

Por tanto, la sucesión:

José Antonio → Franco

borra a Hedilla y mezcla dos organizaciones diferentes.

La secuencia histórica correcta exige distinguir:

José Antonio → Manuel Hedilla, dentro de FE-JONS.

Y después:

Franco, al frente de FET y de las JONS creada por el Decreto de Unificación.

Puede discutirse políticamente qué continuidad existía entre ambas.

Lo que no debería hacerse es borrar el 18 y el 19 de abril de 1937.


¿FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS Y FET Y DE LAS JONS ERAN EXACTAMENTE LA MISMA ORGANIZACIÓN?

No.

Hubo una continuidad enorme.

Militantes.

Símbolos.

Lenguaje.

Parte de la doctrina.

Mártires.

Organizaciones.

Cuadros.

Pero FET y de las JONS nació mediante una decisión de unificación impuesta desde el nuevo poder y tuvo una estructura y una jefatura diferentes.

No fue simplemente:

«Falange cambia de nombre».

La Falange originaria perdió su independencia.

Eso no significa que todo lo falangista desapareciera.

Significa que dejó de existir una FE-JONS políticamente soberana capaz de elegir por sí sola su dirección y determinar autónomamente su futuro.

Ésa es la diferencia que permite comprender a Hedilla.


¿ENTONCES FALANGE NO TUVO NADA QUE VER CON EL FRANQUISMO?

Tampoco.

Sería absurdo sostenerlo.

Miles de falangistas participaron activamente en el régimen.

Hubo ministros.

Gobernadores.

Procuradores.

Jerarcas sindicales.

Responsables juveniles.

Periodistas.

Funcionarios.

Altos cargos.

La simbología falangista estuvo presente durante décadas.

José Antonio recibió una extraordinaria exaltación oficial.

Y determinadas áreas de la política social, laboral, sindical y educativa estuvieron profundamente influidas por hombres procedentes del falangismo.

Por tanto, las dos frases siguientes son igualmente insuficientes:

«Falange fue exactamente el franquismo.»

«Falange no tuvo nada que ver con el franquismo.»

La relación fue mucho más compleja:

absorción;

integración;

colaboración;

influencia;

conflicto;

adaptación;

y, en algunos casos, disidencia.


¿TODOS LOS CAMISAS VIEJAS APOYARON A HEDILLA?

No.

Ésta sería otra simplificación.

Falange estaba profundamente dividida después de la muerte de José Antonio.

La guerra había multiplicado sus efectivos.

Existían rivalidades por la dirección.

Ambiciones.

Diferencias personales y políticas.

Y enfrentamientos que llegaron a convertirse en violencia.

Hedilla tuvo apoyos importantes.

Pero también adversarios procedentes de la Falange anterior al 18 de julio.

Por tanto:

camisa vieja no significa automáticamente hedillista.

Como tampoco camisa nueva significa automáticamente oportunista.

La fecha de afiliación ayuda a situar a un militante.

No permite decidir su conducta posterior.


¿HEDILLA FUE EL HEREDERO LEGÍTIMO DE JOSÉ ANTONIO?

Hay que separar el dato de la valoración.

El dato es claro:

Manuel Hedilla fue elegido Jefe Nacional de Falange Española de las JONS después de la muerte de José Antonio.

Éste es el punto histórico.

La palabra legítimo introduce ya una interpretación política.

Los hedillistas sostendrían posteriormente que esa elección establecía la continuidad orgánica de la Falange originaria.

Quienes defendían otras líneas podían discutir:

el procedimiento;

el contexto de crisis;

la autoridad de los órganos implicados;

o la significación posterior de la Unificación.

Pero ninguna discusión cambia el hecho básico:

Hedilla fue elegido Jefe Nacional.

Por eso no debería desaparecer de ninguna explicación seria de la sucesión.


¿FRANCO QUISO DESTRUIR FALANGE?

La palabra destruir necesita precisión.

Franco no hizo desaparecer a los falangistas.

Los incorporó al nuevo sistema.

Utilizó sus cuadros.

Su organización.

Sus símbolos.

Su lenguaje.

Una parte considerable de su doctrina.

Y permitió que falangistas ocuparan importantes posiciones durante décadas.

Lo que desapareció fue otra cosa:

la independencia política de la Falange originaria.

Eso resulta mucho más preciso que afirmar simplemente que Franco destruyó Falange.

La absorbió dentro de una construcción política cuya jefatura no pertenecía ya a los propios órganos falangistas.

Fue una pérdida de soberanía política.

No una desaparición humana ni simbólica.


¿HEDILLA FUE CONDENADO POR SER DEMÓCRATA?

No.

Sería un anacronismo.

Hedilla era falangista.

No se enfrentó al nuevo poder en 1937 porque aspirase a instaurar la democracia liberal parlamentaria tal como se entendería décadas después.

Su conflicto se produjo desde dentro del propio falangismo.

La cuestión era:

autonomía de FE-JONS;

jefatura;

Unificación;

subordinación al nuevo poder.

Convertir retrospectivamente a Hedilla en un demócrata liberal antifranquista no lo reivindica.

Lo falsifica.

Su oposición tiene suficiente importancia histórica sin necesidad de atribuirle ideas que no eran las suyas.


¿EXISTIÓ UNA FALANGE ANTIFRANQUISTA?

Existieron falangistas y corrientes falangistas enfrentados al régimen o a elementos fundamentales de él.

Hedilla constituye el caso más claro desde prácticamente el comienzo.

Después aparecieron hedillistas, críticos interiores, disidentes y hombres que evolucionaron hasta posiciones de abierta oposición.

Pero de ahí no puede pasarse a afirmar que Falange, en conjunto, fuera antifranquista.

También hubo miles de falangistas plenamente integrados.

Y falangistas sinceramente franquistas.

La realidad exige admitir ambas cosas.

La pregunta correcta no es:

¿Falange fue franquista o antifranquista?

Sino:

¿qué falangistas, en qué momento, respecto de qué aspectos del régimen y con qué consecuencias?

Ahí empieza la Historia.


¿TODOS LOS FALANGISTAS QUE TRABAJARON DENTRO DEL RÉGIMEN FUERON OPORTUNISTAS?

No.

Hubo oportunistas.

Naturalmente.

Todo sistema de poder los atrae.

Pero no existe base para convertir a todos los falangistas integrados en arribistas.

Muchos consideraron que permanecer dentro del Estado era la única manera de realizar una parte de su programa.

Otros aceptaron la Unificación por disciplina o porque entendían que ganar la guerra exigía unidad.

Otros terminaron identificándose sinceramente con Franco.

Y otros mezclaron convicciones, adaptación, ambición y miedo en proporciones difíciles de separar.

La Historia humana rara vez está compuesta por sustancias químicamente puras.

Girón no puede explicarse simplemente como oportunista.

Hedilla tampoco como santo.

La dificultad está precisamente ahí.


¿TODOS LOS QUE CAMBIARON DE IDEAS DURANTE LA TRANSICIÓN FUERON «CHAQUETEROS»?

No.

Cambiar puede ser honrado.

Incluso puede ser obligatorio cuando alguien llega a la conclusión de que estaba equivocado.

La cuestión no es permanecer inmóvil toda la vida.

Es reconocer el propio recorrido.

Existe una diferencia enorme entre decir:

«Defendí esto. Después cambié porque comprendí aquello.»

Y afirmar:

«Yo siempre pensé exactamente lo que resulta conveniente pensar ahora.»

La sinceridad biográfica constituye un criterio importante.

También el precio pagado.

Cuando una evolución cuesta:

cargo;

prestigio;

seguridad;

amistades;

persecución;

o aislamiento,

resulta más difícil interpretarla como simple conveniencia.

Cuando cada transformación de ideas mejora exactamente la carrera, puede surgir una sospecha razonable.

Dionisio Ridruejo ofrece un ejemplo particularmente útil de evolución que no puede explicarse simplemente por acercamiento al poder.


¿JOSÉ ANTONIO QUERÍA ABOLIR LA PROPIEDAD PRIVADA?

No.

Defendió la propiedad.

Lo que criticó fue su concentración y determinadas formas de poder económico.

Una parte importante de su proyecto consistía precisamente en ampliar el número de propietarios.

Propiedad de vivienda.

Tierra.

Medios que proporcionasen autonomía material.

Reforma agraria.

Intervención en el crédito.

Limitación del poder financiero.

Su planteamiento no era:

nadie propietario.

Era mucho más próximo a:

muchos más propietarios.

Eso lo alejaba simultáneamente del capitalismo concentrador que criticaba y de una economía colectivizada en la que el Estado fuera propietario prácticamente universal.


¿JOSÉ ANTONIO ERA LIBERAL?

No, si utilizamos el término en el sentido político y económico habitual.

Fue muy crítico con:

el parlamentarismo liberal;

la organización de partidos;

y el liberalismo económico.

Pero la conclusión:

«por tanto despreciaba la libertad personal»

tampoco describe adecuadamente sus textos.

Existe en su pensamiento una tensión entre:

autoridad;

libertad;

dignidad personal;

comunidad;

Estado.

Esa tensión debe estudiarse.

No borrarse.

José Antonio no era liberal.

Pero eso no convierte automáticamente su concepción de la persona en colectivismo absoluto.


¿DEFENDÍA UN ESTADO TOTAL QUE ABSORBIERA AL INDIVIDUO?

Una respuesta afirmativa sin matices tropieza con sus propios textos.

La persona.

Su dignidad.

Su dimensión trascendente.

La libertad entendida como condición humana y no como simple regalo estatal.

Todos esos elementos aparecen en su pensamiento.

Eso no significa negar sus componentes autoritarios.

Existían.

Especialmente su hostilidad hacia el sistema de partidos y el parlamentarismo liberal.

La cuestión histórica consiste precisamente en estudiar conjuntamente ambos aspectos.

No escoger uno y fingir que el otro no existe.

José Antonio planteó una combinación cuya resolución práctica quedó incompleta porque nunca gobernó y murió con treinta y tres años.


¿FALANGE CREÓ EL ESTADO DEL BIENESTAR ESPAÑOL?

Dicho de esa manera:

no.

La política social española tenía antecedentes anteriores al franquismo.

Participaron:

juristas;

funcionarios;

ministros;

tradiciones políticas diversas;

instituciones anteriores y posteriores.

El sistema siguió modificándose durante décadas y experimentó transformaciones muy importantes durante la democracia.

Pero tampoco debe utilizarse esta precisión para borrar la considerable influencia falangista sobre áreas laborales y sociales del franquismo.

La respuesta adecuada es acumulativa.

España no amaneció un día con un Estado social completo.

Fue construyéndose.

Y durante una etapa importante participaron activamente dirigentes falangistas.


¿JOSÉ ANTONIO GIRÓN CREÓ POR SÍ SOLO TODA LA LEGISLACIÓN SOCIAL?

No.

Ningún ministro crea por sí solo un sistema social.

Hay:

antecedentes;

funcionarios;

equipos técnicos;

juristas;

otros ministerios;

instituciones;

leyes anteriores.

Por ejemplo, el Fuero del Trabajo es de 1938.

Girón llegó al Ministerio de Trabajo en 1941.

La cronología impide atribuirle lo anterior.

Pero fue una figura especialmente importante durante muchos años y uno de los grandes representantes políticos de la expansión de aquella política social.

No necesita apropiarse de todo para resultar históricamente relevante.


¿EL «MILAGRO ECONÓMICO» COMENZÓ EN 1959?

1959 fue un punto de inflexión decisivo.

El Plan de Estabilización modificó profundamente la orientación económica y abrió una etapa posterior de gran crecimiento.

Pero España no llegó a 1959 sin:

industria;

infraestructuras;

trabajadores formados;

empresas;

capital humano;

instituciones;

ni veinte años de reconstrucción.

Por tanto, tampoco aquí sirve el año cero.

El desarrollo de los sesenta necesita dos cosas:

las bases existentes;

y las reformas que modificaron el rumbo.

Eliminar cualquiera de las dos empobrece la explicación.


¿LOS TECNÓCRATAS DESTRUYERON FALANGE?

No literalmente.

Falange continuó teniendo presencia dentro del régimen después de 1957.

Hubo ministros.

Organizaciones.

Jerarquías.

Influencia.

Lo que ocurrió fue un desplazamiento relativo del centro de gravedad.

La economía.

La administración.

El desarrollo.

Los técnicos.

Adquirieron un protagonismo creciente respecto del viejo lenguaje revolucionario falangista.

Por eso hablamos en la novela de una segunda derrota.

No porque Falange desapareciera.

Sino porque disminuyó la posibilidad de que pudiera convertirse en el verdadero núcleo institucional del futuro régimen.


¿ARRESE ESTUVO A PUNTO DE CONVERTIR ESPAÑA EN UN ESTADO FALANGISTA PLENO?

José Luis de Arrese intentó reforzar considerablemente el Movimiento mediante sus proyectos de 1956-1957.

Eso es cierto.

También lo es que encontró fuertes resistencias.

Y Franco no llevó adelante aquella arquitectura en los términos deseados por Arrese.

Por tanto, sería excesivo imaginar una victoria falangista inevitable detenida en el último segundo.

Sí hubo una batalla política importante.

Sí fracasó el proyecto.

Sí ese fracaso tuvo consecuencias.

Pero la historia no necesita convertir una derrota real en un triunfo casi consumado para resultar significativa.


¿FRANCO ESTUVO A PUNTO DE HUIR A ARGENTINA?

Aquí resulta imprescindible recordar la frontera entre novela y apéndice histórico.

Circularon relatos, rumores y versiones sobre crisis internas, conspiraciones y posibles salidas.

Ese material puede ser utilizado en una recreación literaria cuando se presente como posibilidad narrativa.

Pero un apéndice histórico no debe transformar un rumor en hecho sin documentación suficiente.

Ésta es precisamente una de las reglas que separan ambas partes de este libro.

En la novela:

lo históricamente posible puede convertirse en escena.

En el apéndice:

lo posible no debe presentarse como probado.

No es la misma función.


¿JUAN DOMINGO PERÓN FUE FALANGISTA?

No.

Pueden encontrarse coincidencias y afinidades entre determinadas formulaciones del peronismo y del falangismo.

Lenguaje nacional.

Contenido social.

Sindicalismo.

Crítica del liberalismo.

Rechazo del marxismo.

Pero surgieron en contextos diferentes y desarrollaron trayectorias políticas propias.

La comparación puede resultar intelectualmente útil.

La identificación completa, no.

Decir que dos doctrinas comparten rasgos no significa que una sea simplemente copia de la otra.


¿FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS (AUTÉNTICA) ERA LA HEREDERA INDISCUTIBLE DE JOSÉ ANTONIO?

Era su propia reivindicación histórica.

La organización fundamentaba esa pretensión en una genealogía:

José Antonio;

Hedilla;

rechazo de la Unificación;

continuidad hedillista;

organizaciones posteriores;

Falange Española de las JONS (Auténtica).

Pero otros grupos falangistas disputaron esa legitimidad.

Por tanto, la palabra indiscutible sobra.

Puede sostenerse que la Auténtica tenía una interpretación histórica coherente.

Puede defenderse incluso que determinados hechos de 1937 proporcionaban argumentos muy poderosos a esa interpretación.

Pero no existe un tribunal de la Historia capaz de otorgar un certificado definitivo de autenticidad doctrinal.

Ni siquiera el registro de unas siglas puede hacerlo.


¿PEDRO CONDE SOLADANA FUE IMPORTANTE AUNQUE FALANGE AUTÉNTICA FUERA ELECTORALMENTE PEQUEÑA?

Sí.

Importancia histórica y éxito electoral no son sinónimos.

Pedro Conde resulta relevante porque permite seguir una línea humana que une:

el mundo del trabajo industrial;

Manuel Hedilla;

la continuidad hedillista;

y la reorganización falangista de la Transición.

Su importancia no procede de haber dirigido un partido de masas.

No lo hizo.

Procede de constituir uno de los testimonios principales de la supervivencia de aquella tradición disidente.

Además introduce una cuestión generacional decisiva.

No había vivido 1937.

Tuvo que descubrirlo.

Y después preguntarse qué podía significar aquella historia para un trabajador de la segunda mitad del siglo XX.


¿POR QUÉ UNAS ORGANIZACIONES CON TANTA HISTORIA OBTUVIERON TAN POCOS VOTOS EN 1977?

Porque la Historia no vota.

Votan las personas.

La España de 1977 había cambiado profundamente.

La Guerra Civil quedaba lejos para las generaciones jóvenes.

La palabra Falange arrastraba casi cuarenta años de asociación con el régimen.

Existía una notable fragmentación entre grupos que reivindicaban la misma tradición.

Y las preocupaciones del electorado eran las de una sociedad diferente.

Una organización podía dedicar horas a explicar:

1933;

1934;

Hedilla;

1937;

Unificación;

legitimidad.

Y el elector responder:

—Muy bien. ¿Qué va a hacer usted en 1977?

Ésa era la dificultad.

Tener razón sobre el pasado no garantiza capacidad para conquistar el presente.

Ninguna generación recibe los votos de la anterior como parte de una herencia.


¿ENTONCES FRACASÓ FALANGE?

La pregunta necesita fecha.

La Falange de José Antonio fue una organización políticamente pequeña durante la República.

La guerra multiplicó sus efectivos.

Después de 1937 perdió autonomía, pero muchos falangistas consiguieron una gran influencia dentro del Estado.

Durante el franquismo participaron en políticas concretas.

Algunas corrientes quedaron marginadas.

Después de Franco, las distintas organizaciones falangistas obtuvieron resultados electorales pequeños.

Por tanto, preguntar simplemente:

«¿Falange triunfó o fracasó?»

es preguntar demasiado poco.

Triunfó en algunas cosas.

Fracasó en otras.

Influyó.

Fue absorbida.

Construyó.

Cedió.

Sobrevivió.

Se dividió.

Y perdió.

Precisamente de ahí procede el título.


¿QUIÉNES FUERON, ENTONCES, «LOS VENCEDORES VENCIDOS»?

No una sola persona.

Ni siquiera una sola organización.

El título describe una paradoja.

Hombres pertenecientes al campo vencedor de la Guerra Civil que contemplaron después la derrota de una parte sustancial del proyecto político por el que creían haber combatido.

Hedilla, vencedor militar y derrotado político.

Falangistas que ocuparon ministerios, pero continuaron hablando de una revolución pendiente.

Hombres que consiguieron convertir parte de sus ideas sociales en instituciones al precio de actuar dentro de un Estado que ya no controlaban.

Disidentes que conservaron una genealogía, pero no conquistaron las urnas.

Militantes que vieron sus símbolos por todas partes mientras consideraban que parte de su doctrina había sido vaciada.

Y también hombres que alcanzaron poder para cambiar las cosas y descubrieron lentamente que conservar ese poder podía exigirles renunciar a aquello que habían querido cambiar.

Ésa es la derrota más difícil de reconocer.

La del hombre que no ha sido expulsado.

Tiene despacho.

Cargo.

Uniforme.

Aplausos.

Y, sin embargo, un día mira alrededor y se pregunta:

¿era esto?

Ahí están Los vencedores vencidos.


¿FUERON ENTONCES TODOS VÍCTIMAS?

No.

Y convertirlos a todos en víctimas destruiría precisamente la complejidad que hemos intentado recuperar.

Hubo falangistas que ejercieron poder.

Que participaron en decisiones del régimen.

Que ocuparon cargos.

Que se beneficiaron de posiciones políticas.

También existieron responsabilidades.

No basta alegar:

—Franco mandaba.

Quien tuvo poder responde por la parte de poder que tuvo.

Igual que quien tuvo poco poder no puede recibir automáticamente la misma responsabilidad que quien decidía desde la cúspide.

Ésta es una de las conclusiones centrales del libro:

la responsabilidad aumenta con el poder.

No existe contradicción entre reconocer que Falange perdió autonomía y admitir que muchos falangistas participaron activamente en el régimen posterior.

Ambas cosas ocurrieron.


¿ES ESTA HISTORIA UNA REHABILITACIÓN DE TODOS LOS FALANGISTAS?

No es necesario rehabilitar colectivamente a nadie.

Ni condenarlo colectivamente.

Hay que recuperar individuos.

José Antonio.

Hedilla.

Girón.

Arrese.

Ridruejo.

Pascual.

Fernández-Cuesta.

Perales.

Pedro Conde.

Cada uno tomó decisiones distintas.

El problema de las etiquetas colectivas es que terminan haciendo desaparecer precisamente aquello que la Historia debería estudiar:

la elección personal.

Un hombre aceptó.

Otro se negó.

Uno cambió.

Otro permaneció.

Uno buscó poder.

Otro lo perdió.

Uno hizo una obra concreta.

Otro calló.

Todos pertenecían a contextos comunes.

No todos fueron la misma persona.


¿POR QUÉ RECUPERAR AHORA A ÁNGEL MARÍA PASCUAL?

Porque ofrece una de las mejores claves literarias de toda esta historia.

Pascual perteneció al campo vencedor.

Fue falangista.

Combatió.

Escribió.

Y terminó expresando una sensación que difícilmente cabe en la división elemental entre ganadores y perdedores.

El «cerco del olvido».

Un hombre puede ganar militarmente y sentirse políticamente derrotado.

Puede ver sus símbolos ocupando el espacio público y considerar, sin embargo, que aquello que les daba sentido ha sido sustituido.

Puede permanecer:

«en su propio solar»

y encontrarse fuera.

Ahí está la paradoja que el poema de Pascual convierte en literatura.

Y por eso su voz atraviesa el título y el final de esta obra.


¿POR QUÉ IMPORTA TANTO MANUEL HEDILLA?

Porque obliga a preguntar.

Su biografía impide la comodidad.

Si se elimina a Hedilla, la historia puede contarse fácilmente:

José Antonio funda Falange.

Muere.

Franco continúa.

Falange gobierna con Franco.

Fin.

Hedilla rompe esa línea.

Introduce:

una elección;

una negativa;

un arresto;

unas penas de muerte;

una cárcel;

una marginación;

y una continuidad disidente posterior.

No demuestra automáticamente que Hedilla tuviera razón en todo.

Hace algo mucho más importante:

impide que la pregunta desaparezca.

Y la Historia avanza muchas veces gracias a eso.

No porque encontremos una respuesta definitiva.

Porque descubrimos que la pregunta que nos habían enseñado a no hacer era precisamente la que necesitaba hacerse.


LA ÚLTIMA PREGUNTA

Después de veintitrés apéndices, varias generaciones, una guerra, una dictadura, una Transición y cientos de páginas, la historia puede terminar reduciéndose a algo extraordinariamente pequeño.

No:

—¿Eras de los nuestros?

Ni:

—¿Quién llevaba la camisa correcta?

Ni:

—¿Quién ganó?

Ni siquiera:

—¿Quién tenía razón?

La pregunta final es otra:

—¿Qué hiciste cuando todavía podías elegir?

José Antonio tuvo su momento.

Hedilla tuvo el suyo.

Girón.

Ridruejo.

Arrese.

Pascual.

Fernández-Cuesta.

Perales.

Pedro Conde.

Todos.

Cada cual encontró una circunstancia distinta.

No todos tuvieron el mismo poder.

Ni el mismo miedo.

Ni la misma información.

Ni las mismas obligaciones.

Por eso no deben juzgarse como si hubieran realizado el mismo examen.

Pero hubo un instante para cada uno en que todavía existían alternativas.

Y ahí empieza la responsabilidad.

Quizá ésa sea también la mejor manera de leer esta historia.

No preguntando únicamente:

«¿qué habría hecho José Antonio?»

Ni:

«¿qué habría ocurrido si Hedilla hubiera vencido?»

Sino trasladando la pregunta hasta nosotros.

Porque resulta demasiado fácil ser heroico en una guerra terminada.

Demasiado fácil descubrir exactamente qué decisión habría debido tomar un hombre muerto hace ochenta años.

La pregunta verdaderamente incómoda es contemporánea:

¿qué habría hecho yo entonces?

Y todavía más:

¿qué hago yo ahora, cuando todavía puedo elegir?

No existe una sola respuesta.

Precisamente por eso existió esta historia.

Y precisamente por eso merecía ser contada.

FIN DE LOS APÉNDICES HISTÓRICOS

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