SE RECOLECTA LO QUE SE SIEMBRA («PORCULERISMO»)… CRÍA CUERVOS Y TE SACARÁN LOS OJOS
Carlos Aurelio Caldito Aunión
De los hijos consentidos a la guerrilla urbana: cuando la renuncia a educar termina pasando factura a toda la sociedad.

Nuestros abuelos, que generalmente no habían estudiado psicología, pedagogía ni sociología, conocían algunas verdades fundamentales acerca de la condición humana. Las resumían en refranes que todavía conservan una sabiduría extraordinaria: «Cada uno recoge lo que siembra», «Cría cuervos y te sacarán los ojos», «Quien bien te quiere te hará llorar»…
Sabían que los niños necesitan cariño, comprensión y protección, pero también normas, disciplina y exigencias. Sabían que un hijo no es un amigo al que haya que complacer permanentemente, sino una persona a la que hay que preparar para vivir entre sus semejantes, respetar los derechos ajenos, cumplir sus obligaciones y responder por sus actos.
Hoy, en cambio, parece haberse impuesto una curiosa doctrina pedagógica según la cual los niños llegan al mundo dotados de ciencia infusa, conocen espontáneamente el bien y el mal y solamente necesitan que los adultos se abstengan de contrariarlos para convertirse en ciudadanos ejemplares.
¡Como si la educación consistiera en no educar!
Y así nos va.
Voy a contar una historia real, de la que omitiré nombres y lugares, porque lo importante no son sus protagonistas, sino las enseñanzas que podemos extraer de ella.
De estudiante ejemplar a cabecilla de una pandilla de gamberros
Nuestro protagonista era un niño inteligente, aplicado, excelente estudiante. Competía amistosamente con el mejor alumno de su clase, que además era su amigo, por conseguir las máximas calificaciones.
Tenía capacidad, voluntad de superación y unas condiciones que permitían augurarle un futuro prometedor.
Pero llegó la adolescencia.
Y aquel muchacho experimentó una transformación sorprendente.
Abandonó su antiguo afán de excelencia, comenzó a despreciar los estudios, a enfrentarse a los profesores y a frecuentar compañías poco recomendables. Terminó convertido en lo que suele denominarse un «líder negativo», capaz de arrastrar a otros compañeros hacia las conductas más disparatadas.
Para completar su metamorfosis, se enfundó una camiseta con la imagen del Che Guevara.
¡Faltaría más!
¿Qué mejor manera de exhibir una supuesta rebeldía revolucionaria que lucir sobre el pecho la efigie de un personaje convertido en mercancía de consumo por el capitalismo al que se pretende combatir?
Pero la cosa no quedó en la indumentaria.
Comenzó a cometer pequeños hurtos, a trapichear con estupefacientes y a participar en actividades que distaban mucho de ser simples travesuras infantiles.
Y, mientras tanto, ¿qué hacían sus padres?
Pues aquí aparece uno de los elementos fundamentales de esta historia.
Su madre había decidido convertirse en la mejor amiga de su hijo.
¡Su mejor amiga!
No una madre que ejerciera plenamente las obligaciones propias de su condición, sino una compañera comprensiva, complaciente, siempre dispuesta a justificarlo y evitarle disgustos.
Aquella mujer quería tanto a su hijo que parecía incapaz de contrariarlo.
Y semejante manera de entender el amor materno acabaría proporcionando algunas enseñanzas verdaderamente desastrosas.
Un instituto convertido en un gigantesco mural
Cierto día, la dirección del instituto se puso en contacto con la familia.
El padre y la madre debían acudir urgentemente al centro.
Cuando llegaron, el director y el jefe de estudios los invitaron a dar un paseo por las instalaciones.
Una visita verdaderamente instructiva.
Todas las fachadas del instituto estaban cubiertas de pintadas.
¡TODAS!
Durante aproximadamente dos meses, aprovechando los fines de semana, una pandilla de alumnos de ambos sexos se había dedicado a decorar las paredes con toda clase de eslóganes y ocurrencias.
Y al frente de aquella cuadrilla se encontraba nuestro antiguo estudiante ejemplar.
Naturalmente, los autores de semejante hazaña no habían sabido resistir la tentación de presumir ante sus compañeros.
¡Qué extraordinaria inteligencia!
Primero destrozaban las fachadas y después se encargaban de contar quiénes habían sido los artistas.
En definitiva, la dirección consiguió identificar a los responsables y convocó a sus padres.
Tras una reunión, se alcanzó un acuerdo tan elemental como acertado: los adolescentes limpiarían las fachadas, dedicando a ello parte de su tiempo libre, tanto al mediodía como por la tarde.
Los productos de limpieza se pagarían con sus asignaciones semanales.
Y había una condición importantísima: los padres no podrían realizar el trabajo de sus hijos. Debían limitarse a supervisar.
¡Magnífica decisión!
Quien ensucia, limpia.
Quien rompe, repara.
Quien ocasiona un perjuicio, responde por él.
No se trataba de humillar a nadie, sino de proporcionar una enseñanza práctica acerca de las consecuencias de nuestros actos.
Los adolescentes descubrirían que las pintadas no desaparecen por arte de magia, que los productos de limpieza cuestan dinero y que reparar un daño puede exigir mucho más esfuerzo que ocasionarlo.
Era una oportunidad educativa extraordinaria.
Precisamente por eso, alguien tenía que estropearla.
¡Que no sufra mi niño!
Como seguramente habrá imaginado el lector, la primera persona que incumplió el acuerdo fue la madre de nuestro protagonista.
Aquella mujer, que presumía de ser la mejor amiga de su hijo, no pudo soportar que su criatura tuviera que limpiar las paredes que había contribuido a ensuciar.
Y se puso a trabajar junto a él.
¡Pobrecito!
¡Qué crueldad obligar a un adolescente a reparar sus propios destrozos!
¡Qué barbaridad hacerle gastar su asignación semanal en productos de limpieza!
Y, naturalmente, tras aquella madre llegaron algunos padres más, dispuestos también a aliviar las penalidades de sus respectivas criaturas.
Así comenzó a desmoronarse el acuerdo.
Pero todavía quedaba lo mejor.
Los alumnos implicados recibieron una sanción disciplinaria y debían redactar un escrito de reflexión y disculpas, reconociendo la necesidad de respetar los bienes comunes y el entorno.
Pues bien, nuestro protagonista fue el único que no cumplió aquella obligación.
¡El único!
Tampoco se le obligó a permanecer en casa durante los días de expulsión del instituto.
Ni se le retiró su asignación semanal.
Ni, aparentemente, se establecieron consecuencias familiares proporcionadas a sus reiterados incumplimientos.
Los documentos escolares conservados reflejan, además, que el muchacho había dejado de realizar las tareas encomendadas, mantenía un rendimiento académico insuficiente y dificultaba con su comportamiento el desarrollo normal de las clases.
El contraste con aquel niño que competía por obtener sobresalientes resultaba desolador.
Pero lo verdaderamente revelador era la conducta de los adultos.
Porque aquel adolescente estaba recibiendo una enseñanza inequívoca:
Puedes incumplir las normas, desobedecer a los profesores, desatender tus obligaciones y negarte a reparar los daños que ocasionas. No te preocupes demasiado: siempre habrá alguien dispuesto a librarte de las consecuencias.
¿Y todavía hay quien se sorprende de que algunos muchachos terminen creyéndose por encima del bien y del mal?
Cuando los padres renuncian a ser padres
Durante las últimas décadas se ha extendido una peculiar doctrina según la cual los padres deben convertirse en los mejores amigos de sus hijos.
Una idea que parece extraordinariamente simpática, pero que puede esconder una peligrosa renuncia a la responsabilidad.
Los hijos necesitan cariño, confianza, comprensión y diálogo.
Por supuesto.
Pero también necesitan aprender a escuchar una palabra que algunos padres parecen considerar insoportable:
NO.
No puedes salir.
No puedes gastar ese dinero.
No puedes faltar al respeto.
No puedes robar.
No puedes destrozar los bienes ajenos.
No puedes convertir tu casa en un hotel donde solamente disfrutas de servicios y privilegios.
Y no puedes pretender que tus padres aplaudan cualquier barbaridad que se te ocurra.
La autoridad no es sinónimo de autoritarismo.
La disciplina no equivale a maltrato.
Y exigir responsabilidades no supone una agresión contra la personalidad del adolescente.
Al contrario: constituye una condición indispensable para que aprenda a desenvolverse en sociedad.
Pero algunos padres temen tanto perder el cariño de sus hijos que prefieren convertirse en sus servidores.
Les proporcionan dinero, les disculpan sus mentiras, justifican sus faltas, desautorizan a sus profesores y acaban asumiendo obligaciones que corresponden a sus criaturas.
En nombre del amor, alimentan la irresponsabilidad.
En nombre de la libertad, fomentan el egoísmo.
Y en nombre de la felicidad, preparan a sus hijos para una vida de frustraciones, porque el mundo no tiene ninguna obligación de satisfacer sus caprichos.
Querer a un hijo no consiste en evitarle todas las dificultades, sino en prepararlo para afrontarlas.
Y una de las mejores enseñanzas que puede recibir un adolescente es descubrir que sus decisiones tienen consecuencias.
La nueva ideología: el «porculerismo»
Hace años escribí acerca de una curiosa ideología que denominé «porculerismo».
Una doctrina sin grandes filósofos ni tratados académicos, pero con numerosos practicantes.
Su principio fundamental podría resumirse así: si no puedo conseguir lo que deseo, procuraré impedir que los demás disfruten de lo suyo.
El porculero no necesita tener razón.
Le basta con molestar.
No necesita construir nada.
Prefiere destruir.
No necesita formular propuestas.
Le resulta mucho más entretenido impedir que otros puedan llevar adelante las suyas.
Es el heredero espiritual del perro del hortelano: ni come ni deja comer.
Lo encontramos en el vecino permanentemente enfadado que convierte cualquier reunión de propietarios en un infierno, en quien denuncia por sistema todo lo que hacen los demás o en el envidioso que preferiría destruir un bien antes que contemplar cómo lo disfruta su legítimo propietario.
Pero el fenómeno adquiere dimensiones mucho más preocupantes cuando esa mentalidad se extiende a las relaciones sociales y políticas.
Entonces aparece el individuo convencido de que todo lo deseable constituye un derecho.
Derecho a recibir dinero.
Derecho a disfrutar de servicios.
Derecho a obtener un empleo a su gusto.
Derecho a disponer de una vivienda.
Derecho a que los demás resuelvan sus problemas.
Y, naturalmente, sin que nada de eso implique necesariamente obligaciones, esfuerzo, sacrificios o responsabilidades personales.
No se trata de negar que existan derechos sociales legítimos ni dificultades económicas reales.
Se trata de denunciar la pretensión de convertir cualquier deseo particular en una obligación que otros deben satisfacer.
Porque los derechos no eliminan las obligaciones y los recursos públicos no caen del cielo: proceden, fundamentalmente, del trabajo y los impuestos de los ciudadanos.
Y cuando se acostumbra a las personas a recibir sin contribuir, a exigir sin esforzarse y a culpar siempre a otros de sus circunstancias, no debería sorprendernos que algunas terminen comportándose como acreedoras del mundo entero.
La escuela del «homo festivus»
Una parte de este desastre tiene relación con la transformación de nuestro sistema de enseñanza.
Durante décadas, las sucesivas reformas educativas han contribuido a debilitar la consideración social del esfuerzo, la disciplina, la autoridad del profesorado y la excelencia académica.
Parece que el objetivo fundamental de muchos centros ya no consiste tanto en enseñar como en mantener entretenidos a los alumnos.
Fiestas, celebraciones, disfraces, globos, pancartas, jornadas especiales, actividades recreativas…
¡La escuela del homo festivus, festivus!
Naturalmente, aprender puede resultar agradable.
Y conviene que lo sea.
Pero aprender también exige estudiar, memorizar, ejercitarse, equivocarse, corregir errores y perseverar.
No hay conocimientos sólidos sin esfuerzo.
Ni excelencia sin dedicación.
Sin embargo, en determinados ambientes escolares, el alumno estudioso se convierte en objeto de burla.
El aplicado es un empollón.
El disciplinado, un pelota.
El que cumple las normas, un pringado.
Y el gamberro que desafía permanentemente a los profesores puede alcanzar una popularidad extraordinaria.
Exactamente lo que sucedió con nuestro protagonista.
Dejó de competir por obtener las mejores notas y comenzó a competir por demostrar quién era más insolente.
Cambió la admiración por el conocimiento por la admiración por la gamberrada.
Y descubrió que pintarrajear las paredes del instituto proporcionaba una notoriedad inmediata.
¡Magnífico progreso pedagógico!
A ello se añade una enseñanza que, en ocasiones, presenta la economía de mercado, la iniciativa privada y el beneficio empresarial como actividades sospechosas, mientras se alimenta la ficción de que las prestaciones públicas pueden multiplicarse indefinidamente sin necesidad de producir riqueza.
Así se corre el riesgo de formar ciudadanos extraordinariamente preparados para reclamar derechos, pero bastante menos dispuestos a asumir obligaciones.
Ciudadanos convencidos de que el Estado debe resolver todos sus problemas.
Y que, cuando no lo consigue, siempre hay alguien a quien responsabilizar.
De las pintadas del instituto a la guerrilla urbana
Y llegamos a la consecuencia más inquietante de toda esta reflexión.
Porque el desprecio por los bienes ajenos, la exaltación de la gamberrada y la creencia de que cualquier conducta puede justificarse mediante una causa supuestamente noble no se quedan necesariamente dentro de los centros escolares.
En ocasiones terminan trasladándose a las calles.
Los recientes disturbios en España ofrecen imágenes verdaderamente preocupantes.
El 24 de octubre de 2026, una concentración de jóvenes en Barcelona terminó en saqueos, contenedores incendiados, destrucción de mobiliario urbano y enfrentamientos con la policía. El balance comunicado fue de 128 detenidos, de los cuales 72 eran menores, además de catorce agentes heridos. RTVE.es
Dos días después, Bilbao fue escenario de graves incidentes, con vehículos incendiados, establecimientos dañados y ataques contra agentes. El balance final de la Ertzaintza fue de diecisiete detenidos y una persona investigada. Diez de los detenidos eran menores de edad. Eusko Jaurlaritza
¡Diecisiete detenidos en Bilbao, diez menores!
¡Setenta y dos menores detenidos en Barcelona!
Y aquí comienzan las preguntas incómodas.
¿Dónde están los padres de esas criaturas?
¿Saben con quién se relacionan?
¿Conocen las actividades a las que dedican sus fines de semana?
¿Les exigen explicaciones?
¿O también consideran que lo importante es mantener una excelente amistad con sus hijos?
Conviene no confundir los fenómenos. No todo vandalismo responde a una ideología política, ni todos los disturbios tienen idénticas causas. Pero cuando la violencia se utiliza deliberadamente para intimidar, impedir actos públicos o silenciar adversarios, dejamos atrás la simple gamberrada.
Entramos en el terreno de la guerrilla urbana y, cuando concurren las características correspondientes, del terrorismo callejero.
Especialmente reveladores resultan los disturbios de Bilbao, desencadenados alrededor de la protesta contra un acto público que finalmente no llegó a celebrarse. El propio Departamento de Seguridad vasco consideró que existían indicios de una actuación premeditada destinada a provocar altercados. Gobierno Vasco
¿Y en nombre de qué se justifican semejantes comportamientos?
Con frecuencia, de la lucha contra el supuesto fascismo.
¡Qué extraordinaria paradoja!
Quienes dicen defender la libertad pretenden impedir que hablen quienes piensan de manera diferente.
Quienes denuncian el autoritarismo utilizan la intimidación.
Y quienes aseguran combatir las injusticias terminan ocasionando perjuicios a comerciantes, trabajadores, vecinos y contribuyentes que nada tienen que ver con sus reivindicaciones.
Incendiar el automóvil de un trabajador no es antifascismo. Destrozar el escaparate de un comerciante no es justicia social. Agredir a un policía no es defender la libertad.
Es violencia.
Y debe ser tratada como tal.
El revolucionario de camiseta y paga semanal
Volvamos por un instante a nuestro adolescente.
Aquel muchacho que lucía una camiseta del Che Guevara mientras disfrutaba del alojamiento, la comida, la ropa, el dinero y la protección que le proporcionaban sus padres.
No deja de resultar cómica la figura del revolucionario mantenido.
¡Qué fácil es combatir el capitalismo con la asignación semanal de papá!
¡Qué extraordinario sacrificio supone despreciar a los empresarios mientras se disfruta de los bienes que producen!
¡Y qué formidable heroísmo representa destruir bienes públicos cuando se sabe que otros pagarán la reparación!
Aquel adolescente se dedicaba a pintarrajear las fachadas de su instituto.
Otros, años después, se dedican a incendiar contenedores, destrozar comercios y levantar barricadas.
No sabemos si han recibido una educación semejante, ni sería razonable atribuir todas esas conductas a la permisividad familiar.
Pero existe un elemento común en determinados comportamientos: el desprecio por los derechos ajenos y la negativa a asumir las consecuencias de los propios actos.
Unos se creen autorizados a destruir porque están aburridos.
Otros porque se consideran revolucionarios.
Y algunos porque están convencidos de que cualquier causa política que defiendan justifica sus procedimientos.
El resultado acaba siendo el mismo.
Los daños los pagan los demás.
Y, mientras tanto, determinados dirigentes políticos se apresuran a buscar explicaciones, disculpas o justificaciones para los violentos que consideran próximos a sus posiciones.
Como si los incendios cambiaran de naturaleza según el color de la bandera que los acompaña.
Como si una piedra lanzada contra un policía fuese menos peligrosa cuando la arroja alguien que se proclama antifascista.
Como si un automóvil incendiado pudiera considerarse una conquista democrática.
¡Qué disparate!
Cría cuervos y te sacarán los ojos
Nuestra historia comenzó con un niño inteligente, aplicado y prometedor.
Un muchacho que competía con su mejor amigo por conseguir las mejores calificaciones.
Y que, al llegar a la adolescencia, terminó convertido en cabecilla de una pandilla dedicada a destrozar las fachadas de su instituto.
Hubo advertencias.
Hubo profesores preocupados.
Hubo sanciones.
Hubo incluso una magnífica oportunidad para proporcionarle una lección de responsabilidad.
Pero algunos adultos prefirieron evitarle disgustos.
Su madre decidió ayudarlo a limpiar unas paredes que él debía limpiar personalmente.
Se le permitió incumplir otras obligaciones.
Y no se le exigieron consecuencias familiares proporcionadas a sus actos.
Quizá nadie pueda asegurar cómo habría cambiado su vida si sus padres hubieran actuado de otra manera.
Pero sí sabemos que aquella ocasión ofrecía una enseñanza extraordinaria que terminó desperdiciándose.
Porque los hijos no aprenden solamente de los discursos.
Aprenden de los ejemplos.
De lo que sus padres hacen.
De lo que toleran.
De aquello que permiten incumplir.
Y de las responsabilidades que les exigen o les evitan.
Cuando años después contemplamos las imágenes de jóvenes encapuchados incendiando vehículos, destrozando establecimientos y enfrentándose violentamente a la policía, deberíamos preguntarnos qué estamos enseñando a las nuevas generaciones.
¿Que la libertad implica responsabilidad?
¿O que cualquier deseo constituye un derecho?
¿Que la propiedad ajena merece respeto?
¿O que puede destruirse cuando representa algo que nos desagrada?
¿Que las diferencias políticas deben resolverse mediante la palabra y las urnas?
¿O que está permitido silenciar al adversario mediante la intimidación?
Porque ninguna sociedad libre puede sobrevivir si permite que una minoría violenta decida quién puede hablar, trabajar, circular o disfrutar pacíficamente de sus bienes.
Y ninguna familia cumple adecuadamente su función cuando renuncia a enseñar a sus hijos que la libertad tiene límites y que sus actos producen consecuencias.
No todos los adolescentes rebeldes terminan convertidos en delincuentes.
Ni todos los padres permisivos tienen hijos irresponsables.
Pero sería absurdo negar que una educación basada exclusivamente en complacer, justificar y evitar frustraciones puede preparar muy mal a una persona para las exigencias de la vida adulta.
La mejor herencia que unos padres pueden proporcionar a sus hijos no consiste en garantizarles indefinidamente dinero, comodidades o protección.
Consiste en prepararlos para vivir sin depender permanentemente de ellos.
Para trabajar.
Para cumplir sus compromisos.
Para respetar a sus semejantes.
Para reconocer sus errores.
Y para responder por las consecuencias de sus decisiones.
Aquella madre no necesitaba limpiar las paredes del instituto.
Necesitaba acompañar a su hijo mientras él las limpiaba.
Y la sociedad española tampoco necesita gobernantes que busquen disculpas para quienes incendian nuestras calles.
Necesita instituciones que protejan a los ciudadanos, tribunales que exijan las responsabilidades correspondientes y un sistema de enseñanza que vuelva a conceder al conocimiento, el esfuerzo y la disciplina la importancia que merecen.
Porque las paredes pintarrajeadas de un instituto y los vehículos incendiados durante unos disturbios no constituyen necesariamente etapas de una misma trayectoria personal, pero sí nos recuerdan la necesidad de defender un principio común:
QUIEN CAUSA UN DAÑO DEBE RESPONDER POR ÉL.
Lo demás son excusas.
Y cuando aparecen las consecuencias de años de irresponsabilidad, siempre surge alguien dispuesto a repetir aquella frase tan socorrida de nuestros gobernantes:
«¡ES QUE NO SE PODÍA PREVER!».
Pues, en ocasiones, sí se podía.
Había señales.
Había advertencias.
Había oportunidades para intervenir.
Y había personas que preferían mirar hacia otro lado.
Por eso conviene recuperar la sabiduría de nuestros abuelos:
SE RECOLECTA LO QUE SE SIEMBRA.
CRÍA CUERVOS Y TE SACARÁN LOS OJOS.
Y cuando los cuervos comienzan a incendiar las calles, ya no son solamente sus padres quienes sufren las consecuencias.
¡LAS PAGAMOS TODOS!