ROMANCE DEL ESCOLAR QUE APROBABA SIN SABER NADA

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O de cómo la escuela del progreso consiguió que los alumnos llegasen a la universidad sin aprender y saliesen de ella con un diploma para decorar el salón.

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

I. La súplica del inocente

Padre mío, por tu vida,
sácame de este lugar,
que esta escuela tan moderna
me está empezando a asustar.

Aquí nadie nos suspende,
todos hemos de aprobar;
si no sabemos ni jota,
nos mandan promocionar.

Dicen que somos diversos,
competentes y capaces,
aunque nadie sepa cuánto
son siete por siete pares.

Si pregunto por las tablas,
me responden: «¡Qué vulgar!
Hoy se aprende matemática
emocional y transversal».

Y si digo que dos doses
siempre suman cuatro, ¡zas!,
me contestan que depende
de cómo me sienta al sumar.

Padre mío, por tu vida,
sácame de este lugar,
que aquí dos y dos son cinco
si lo manda el titular.

II. De la escuela donde nadie suspende

Ya no existen los suspensos,
ni se puede reprobar,
que poner malas calificaciones
puede al niño traumatizar.

Al que no sabe leer,
lo mandan promocionar;
al que no sabe escribir,
le conceden un notable más.

Al que ignora las fracciones,
le celebran su bondad;
y si confunde a Cervantes
con un jugador de balonmano,
le conceden otro aplauso
por su esfuerzo personal.

Aquí nadie queda atrás,
nos repiten sin cesar,
aunque todos caminemos
sin saber adónde vamos a parar.

No se dice que aprobamos:
¡eso suena muy vulgar!
Ahora dicen que «promocionamos»,
que es más fino y oficial.

Y yo, padre, no comprendo
tan extraordinaria novedad:
si no sé lo que debía,
¿por qué me dejan pasar?

III. De la matemática emocional y otras ciencias prodigiosas

En mi clase de aritmética
ya no se suele calcular;
ahora hacemos corazones
para aprender a sumar.

Si un problema me entristece,
no lo tengo que acabar,
porque importa más mi estado
que el resultado final.

Ya no importa que una cuenta
esté bien hecha o esté mal;
lo importante es que el alumno
se consiga emocionar.

También tenemos proyectos
de enorme profundidad:
fabricamos mariposas
con cartón y celofán.

Hacemos mapas de sueños,
dibujamos libertad,
y aprendemos que el esfuerzo
puede ser perjudicial.

Sé expresar mis emociones,
sé abrazar y respirar,
pero ignoro cuánto cuesta
un kilo de bacalao.

Y si tengo diez monedas
y me gasto la mitad,
necesito tres reuniones
para el resto averiguar.

¡Oh, matemática nueva!
¡Oh, portentosa invención!
Que no sirve para cuentas,
pero alegra el corazón.

IV. De los maestros que ya no pueden enseñar

No te creas, padre mío,
que el maestro es el culpable,
que hay algunos que aún se empeñan
en enseñarnos bastante.

Pero vienen los expertos,
con su verbo doctoral,
y les dicen que explicar
es costumbre medieval.

Que la memoria no sirve,
que estudiar resulta fatal,
que el esfuerzo es cosa antigua
y exigir, autoritarismo escolar.

Les obligan a rellenar
formularios sin final,
rúbricas y competencias,
y proyectos a mansalva.

Y entretanto, los alumnos
seguimos sin avanzar,
mientras ellos se desvelan
por cumplir tanta formalidad.

Si el maestro nos corrige,
los papás vienen detrás:
«¡A mi niño no lo toque,
que se puede disgustar!».

Y el maestro, pobre hombre,
aprende a disimular,
que es más fácil dar aprobados
que soportar otro vendaval.

V. De la fábrica de polluelos consentidos

Hay un niño entre nosotros
que se llama Sebastián;
nunca estudia, nunca atiende,
nunca deja de enredar.

Mas su madre lo proclama
un prodigio intelectual:
«Mi pequeño tiene dones
que no saben apreciar».

Si suspende matemáticas,
ella viene a protestar;
si suspende lengua y ciencias,
la culpa es del personal.

Y si el niño rompe un banco,
hay que hacerlo reflexionar,
que castigarlo sería
una atrocidad escolar.

Tiene todos los derechos,
ni un deber que soportar;
y si alguien le dice «no»,
¡qué tremenda crueldad!

Así crecen los polluelos,
sin aprender a escuchar,
convencidos de que el mundo
los ha de felicitar.

VI. De los doctores en no enseñar

Hay expertos muy solemnes,
de gran fama nacional,
que jamás pisaron un aula
para tener que enseñar.

Van de congreso en congreso,
sin cesar de pontificar,
y explican cómo hacer libres
a los niños sin estudiar.

Han inventado mil voces
que no hay quien pueda explicar:
competencias, emociones,
aprendizaje transversal.

Si un muchacho no comprende
lo que acaba de escuchar,
no se debe repetir:
¡hay que innovar, innovar!

Y si con tanta innovación
seguimos sin progresar,
se propone otra reforma
para poder reformar.

¡Qué maravilloso negocio
el de tanto doctrinar!
Cuanto menos saben los niños,
más expertos hay que contratar.

Si Quevedo resucitara,
les diría sin vacilar:
«Sois doctores en ignorancia
y maestros en no enseñar».

Y el Arcipreste de Hita,
con su ingenio singular,
les cantaría unas coplas
para hacerlos sonrojar.

VII. De cómo llegamos al instituto

Padre mío, ya soy grande,
voy camino de bachiller,
sin saber redactar dos líneas
ni una ecuación resolver.

He pasado curso a curso,
sin esfuerzo ni pesar;
y en la ESO me concedieron
otro título oficial.

Sé que tengo muchos derechos,
sé que debo protestar,
mas ignoro qué es un impuesto
y quién lo tiene que pagar.

Sé repetir cuatro consignas
con gran solemnidad,
pero no sé distinguir
una opinión de una verdad.

Y si alguien me pide un libro,
me produce ansiedad,
porque tiene muchas páginas
y no las puedo abreviar.

Mas los señores del centro
me animan a continuar:
«¡No te preocupes, muchacho,
que tú debes promocionar!».

VIII. Del bachillerato y sus prodigios

Llegué luego al bachillerato,
sin apenas pestañear,
y me dijeron que todos
teníamos que prosperar.

La gramática era optativa,
la memoria, un mal social,
y la Historia se enseñaba
según la moda electoral.

Los exámenes molestan,
hay que hacerlos más livianos;
y si un texto es complicado,
se resume en cuatro trazos.

Nos preparan para el futuro
con notable habilidad:
sé buscar cualquier respuesta,
pero no verificar.

Soy experto en hacer trabajos
que una máquina redactará,
y si alguno me pregunta,
no sé qué contestar.

Pero todos aplaudieron
mi progreso intelectual,
y me dieron otro título
con su sello oficial.

IX. Del universitario que no sabía ni jota

Y llegué a la universidad,
¡qué gloriosa institución!,
con mi mochila de ignorancia
y mi flamante admisión.

Allí aprendí nuevas palabras,
de grandísima extensión,
para no decir gran cosa
con apariencia de erudición.

Me enseñaron a hacer trabajos
de muchísima calidad,
copiando cuatro párrafos
que no llegué a interpretar.

Y si alguno preguntaba
qué quería demostrar,
respondía con tres frases
de indudable oscuridad.

Fui aprobando asignaturas,
sin apenas estudiar,
y cuando llegó el momento
me mandaron graduar.

Ya soy graduado, padre mío,
¡qué felicidad sin par!
Tengo un título precioso
que podremos enmarcar.

No sé escribir una carta,
ni una cuenta comprobar,
pero soy universitario
con diploma oficial.

X. Del diploma que decora el salón

Mi madre está muy contenta,
mi padre no cabe en sí,
y han comprado un marco de oro
para colgarlo allí.

Preside nuestro salón,
junto al cuadro del abuelo,
y parece que en sus letras
está encerrado todo el cielo.

Los vecinos nos felicitan,
los parientes vienen a mirar,
y preguntan qué he aprendido
en tan ilustre universidad.

Yo sonrío discretamente,
sin saber qué contestar,
y les digo que soy experto
en proyectos de utilidad social.

Pero si tienen un problema
que requiera calcular,
mejor llamen a otro vecino
que conserve habilidad.

Si necesitan una carta,
que la escriba alguien más,
porque yo con tantas faltas
la podría estropear.

Mas mi diploma reluce,
¡qué maravilla ornamental!
Es la pieza más vistosa
de nuestro salón principal.

XI. Del gran negocio nacional

Y así funciona la escuela,
con su máquina de aprobar:
los ignorantes promocionan
y los expertos cobran más.

Se reforman los programas,
se revisa el calendario,
se inventan nuevos criterios
y se engorda el funcionariado.

Los alumnos no aprendemos,
pero todos a celebrar,
que el fracaso ha desaparecido
de la estadística oficial.

Si uno no sabe leer,
no se le debe suspender;
hay que cambiar los baremos
para hacerlo parecer.

Y los políticos se ufanan
de su enorme capacidad:
«¡Nunca hubo tantos titulados
en nuestra comunidad!».

No preguntes lo que saben,
ni qué pueden demostrar;
lo importante son los títulos
que podamos contabilizar.

¡Qué formidable prodigio!
¡Qué suprema necedad!
Hemos vencido el fracaso
sin tener que enseñar.

XII. La última súplica

Padre mío, por tu vida,
sácame de este lugar,
que no quiero ser un necio
con diploma nacional.

Quiero aprender buena Historia,
lengua, ciencia y calcular;
quiero leer a los clásicos
y aprender a razonar.

Quiero saber distinguir
lo que está bien de lo que está mal,
y comprender que el esfuerzo
también nos da libertad.

No me importa que me suspendan
si merezco suspender;
más me asusta que me aprueben
sin llegar jamás a aprender.

No quiero que me regalen
un título por mi cara,
ni que llamen «promocionar»
a seguir sin saber nada.

Quiero maestros que enseñen,
que me hagan trabajar,
que me corrijan los errores
y me ayuden a mejorar.

Porque el verdadero progreso
no consiste en aparentar,
sino en saber más mañana
de cuanto sabía ayer.

ESTRAMBOTE: EL TRIUNFO DE LA IGNORANCIA

Y así termina la historia
de esta escuela singular,
donde todos son muy listos
sin necesidad de estudiar.

Hay titulados a miles,
hay diplomas a mansalva,
hay doctores en mil ciencias
que no comprenden ni una palabra.

Hay expertos en emociones,
en proyectos de igualdad,
en matemática sentimental
y en creatividad transversal.

Y si mañana nos dicen
que no sabemos ni hablar,
inventaremos otro método
para podernos aprobar.

¡Viva el progreso bendito!
¡Viva la universidad!
¡Vivan los nuevos graduados
que no saben hacer la O con un canuto
y presumen de doctorado!

Y en la pared del salón,
con su marco de nogal,
queda el diploma colgado,
como un monumento inmortal.

Pues nunca costó tan caro
enseñar tan poco y tan mal,
ni hubo tantos con diploma
que tan poco puedan demostrar.

Y colorín, colorado,
este romance ha terminado:
el alumno ha promocionado,
el maestro se ha desesperado,
el político ha presumido
y el contribuyente lo ha pagado.

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