¿Cómo alcanzar una buena vida?
Por Alba Caldito Ramos
Psicóloga General Sanitaria

Vivir bien no consiste en conseguir que todo salga como habíamos previsto. Tampoco en acumular bienes, reconocimiento, éxitos o experiencias. Una buena vida depende, en gran medida, de aprender a relacionarnos de manera inteligente con la realidad.
Y eso empieza por una evidencia que olvidamos continuamente: la vida sólo sucede en el presente.



Pasamos demasiado tiempo recordando lo que ocurrió o anticipando lo que podría ocurrir. Nos atormentamos por errores pasados y fabricamos desgracias futuras que quizá nunca lleguen. Entretanto, dejamos escapar el único momento en el que podemos actuar: ahora.




También sufrimos porque confundimos nuestros deseos con obligaciones de la realidad. Queremos que las personas sean como esperamos, que los proyectos salgan bien, que nuestros hijos actúen como deseamos, que nadie nos decepcione y que la vida respete nuestros planes.
Pero la realidad no está obligada a obedecernos.
Por eso resulta fundamental distinguir entre aceptar y resignarse. Aceptar significa reconocer lo que está ocurriendo para poder responder mejor. Resignarse significa abandonar. Podemos combatir lo que puede cambiarse, pero resulta inútil gastar energía negando aquello que ya ha sucedido o que no depende de nosotros.


Otra fuente enorme de insatisfacción es vivir pendientes de la opinión ajena. Si nuestra autoestima depende de la aprobación de los demás, hemos colocado nuestra tranquilidad en manos ajenas. Una crítica, una comparación o un rechazo pueden entonces derrumbarnos.



La pregunta importante no debería ser continuamente «¿qué pensarán de mí?», sino «¿estoy viviendo de acuerdo con aquello que considero correcto?»

Hay además algo que ordena casi todas las demás cuestiones: el tiempo es limitado.

Vivimos como si dispusiéramos de una reserva infinita. Aplazamos conversaciones, viajes, proyectos, reconciliaciones, decisiones, cuidados y afectos.
«Ya lo haré.»

Hasta que descubrimos que los años han pasado.
Cuando comprendemos de verdad que nuestra vida tiene un límite, muchas preocupaciones aparentemente enormes empiezan a parecer ridículas. Discutimos menos por tonterías y comenzamos a preguntarnos si aquello a lo que entregamos nuestras horas merece realmente recibirlas.

Porque el dinero puede recuperarse.
El tiempo, no.

También conviene aprender a distinguir entre preocupación y rumiación. La preocupación útil intenta solucionar un problema. La rumiación simplemente da vueltas alrededor de él.



Ante una preocupación, puede servir algo tan sencillo como escribir:

¿Qué está ocurriendo realmente?
¿Qué estoy imaginando?
¿Qué depende de mí?
¿Qué puedo hacer?
¿Y qué haría si finalmente sucediera aquello que temo?

Muchas amenazas disminuyen cuando abandonan nuestra cabeza y aparecen claramente escritas sobre un papel.
Existe otra distinción decisiva: nuestro esfuerzo depende mucho más de nosotros que los resultados.



Podemos estudiar y no aprobar. Trabajar bien y perder el empleo. Cuidarnos y enfermar. Amar y no ser correspondidos.


Nuestra obligación consiste en hacer razonablemente bien aquello que está en nuestras manos. Pretender controlar también el resultado final conduce inevitablemente a la frustración.

Eso no significa renunciar a la ambición.
Podemos aspirar a mejorar y al mismo tiempo agradecer lo que ya tenemos.
El problema comienza cuando convertimos nuestra felicidad en una sucesión interminable de condiciones:
«Seré feliz cuando consiga esto.»
Y, cuando lo conseguimos, aparece inmediatamente otro «cuando».
Así podemos pasarnos la vida esperando empezar a vivir.

También debemos proteger nuestra atención. Vivimos rodeados de pantallas, mensajes, publicidad, noticias, vídeos y notificaciones diseñados para disputarse cada minuto de nuestro tiempo.
Simplificar nuestra vida no significa necesariamente poseer menos.

Puede significar tener menos ruido.

Menos estímulos inútiles.
Menos discusiones estériles.
Menos comparaciones.
Menos información irrelevante.
Y más tiempo para conversar, pensar, pasear, leer, descansar, querer y simplemente estar.


No podemos controlar el mundo entero. Tampoco resolver todos sus problemas. Pero casi siempre podemos actuar dentro de nuestros círculos más próximos: nosotros mismos, nuestra familia, nuestros amigos, nuestro trabajo y nuestra comunidad.
Ahí reside una parte importante de nuestra libertad.
Una buena vida probablemente consiste en algo mucho menos espectacular de lo que solemos imaginar: estar presentes, cuidar a quienes queremos, trabajar dignamente, aceptar lo inevitable, actuar sobre lo modificable, agradecer lo que tenemos, perseguir nuestros proyectos sin convertirlos en condición indispensable para ser felices y no desperdiciar nuestro tiempo en aquello que no lo merece.
Porque, en definitiva, el tiempo no es algo que tenemos aparte de nuestra vida.
El tiempo es nuestra vida.
Por eso quizá la pregunta decisiva no sea cuánto tiempo nos queda, sino otra mucho más incómoda:
Si continuáramos viviendo exactamente como vivimos hoy, ¿estaríamos satisfechos cuando llegara el momento de mirar hacia atrás?
Si la respuesta es sí, adelante.
Si la respuesta es no, acaso convenga recordar algo elemental:
no hace falta esperar a que todo esté en orden para empezar a vivir bien.








¿Qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos?
Podemos pasar nuestra existencia intentando controlar aquello que jamás controlaremos, preocupándonos por lo que quizá nunca suceda, tratando de agradar a quienes mañana habrán olvidado nuestro nombre y esperando alcanzar una meta que nos conceda por fin permiso para sentirnos satisfechos.
O podemos empezar antes.
Hoy.
Con la vida imperfecta que tenemos.
Con nuestros problemas.
Con nuestras posibilidades.
Con nuestras limitaciones.
Con nuestras personas queridas.
Con nuestros proyectos.
Con nuestros errores.
Porque una buena vida no empieza cuando finalmente conseguimos que todo esté en orden.
Ese día probablemente no llegará.
Una buena vida empieza cuando aprendemos a vivir razonablemente bien, aunque el mundo no esté completamente a nuestro gusto.
Y acaso la verdadera sabiduría consista precisamente en eso: en emplear nuestra energía para cambiar aquello que podemos cambiar, aceptar aquello que no podemos modificar y tener suficiente lucidez para distinguir una cosa de la otra.








Nuestra libertad tiene un radio limitado, pero existe
Nadie elige completamente sus circunstancias.
No elegimos dónde nacemos.
Ni nuestra genética.
Ni nuestra infancia.
Ni la familia de origen.
Ni numerosas condiciones económicas, sociales o culturales.
Hay personas que comienzan la carrera cien metros por delante y otras que empiezan con una piedra atada al tobillo.
Negarlo sería absurdo.
Pero del hecho de que nuestra libertad no sea absoluta no se deduce que sea inexistente.
Siempre existe algún margen.
A veces enorme.
A veces pequeño.
Y en determinadas situaciones, dolorosamente pequeño.
Pero ése es precisamente el territorio sobre el que merece la pena trabajar.
Podemos imaginar nuestra responsabilidad como círculos alrededor de nosotros.
Primero estamos nosotros mismos.
Después nuestra familia.
Nuestros amigos.
Nuestro trabajo.
Nuestro barrio.
Nuestra comunidad.
Y progresivamente círculos más amplios.
No podemos arreglar el planeta cada mañana antes del desayuno.
Pero probablemente podamos hacer algo dentro de nuestros primeros círculos.
Cuidar a alguien.
Cumplir nuestra palabra.
Educar bien.
Trabajar correctamente.
Ayudar.
Escuchar.
No causar daño innecesario.
Defender aquello que creemos justo.
La libertad humana no consiste en controlar el mundo.
Consiste, en buena medida, en decidir qué hacemos nosotros dentro del mundo que nos ha tocado.








Por eso quizá la pregunta decisiva no es cuánto tiempo nos queda, sino otra mucho más incómoda:
Si continuáramos viviendo exactamente como vivimos hoy, ¿estaríamos satisfechos cuando llegara el momento de mirar hacia atrás?
Si la respuesta es sí, adelante.
Si la respuesta es no, acaso convenga recordar algo elemental:
No hace falta esperar a que todo esté en orden para empezar a vivir bien.








