EL SISTEMA DE ENSEÑANZA DE ESPAÑA ES UNA MIERDA PINCHADA EN UN PALO.
El Informe PISA 2025 levanta acta del desastre: los alumnos españoles saben cada vez menos después de décadas de leyes, ocurrencias pedagógicas, pantallas, aprobados regalados y desprecio por el conocimiento, por el mérito, por el esfuerzo, por la disciplina…
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

El Informe PISA 2025 acaba de hacer algo que en España resulta cada vez más necesario: medir.
Medir, simplemente.
Porque llevamos décadas perfeccionando el arte de esconder la realidad cambiándole el nombre. Al suspenso lo llamamos dificultad de aprendizaje. Al fracaso, desafío. A la ignorancia, diversidad. A bajar el nivel, inclusión. A pasar de curso sin saber, promoción. A no exigir acompañamiento. A quitar contenidos, modernizar. A convertir al profesor en secretario, psicólogo, asistente social, policía, confesor, rellenador de formularios y domador de adolescentes, innovación educativa.
Y entonces llega PISA, pone unos cuadernillos delante de miles de muchachos de quince años y pregunta:
—A ver, ¿qué sabéis?
Y se acabó la poesía.
España obtiene 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. Queda por debajo del promedio de la OCDE en las tres: 461, 463 y 482 respectivamente. Desde 2015 ha aumentado en once puntos porcentuales la proporción de alumnos con nivel insuficiente en matemáticas, en quince en lectura y en seis en ciencias. La propia OCDE sitúa los resultados españoles entre los peores observados desde que España participa en la prueba.
Dicho sin anestesia:
Después de diez años o más sentados en un aula, una parte creciente de nuestros muchachos tiene serias dificultades para leer, calcular y razonar.
Y no estamos hablando de resolver ecuaciones diferenciales, traducir a Cicerón o explicar la mecánica cuántica.
Estamos hablando de leer.
Comprender.
Calcular.
Pensar.
Lo básico.
La escuela española ha conseguido una proeza difícil de superar: mantener durante años a millones de niños dentro de edificios llamados centros de enseñanza sin garantizar que al salir de ellos sepan suficientemente aquello para lo que, en principio, entraron.
PISA NO HA ROTO NADA: HA ENCENDIDO LA LUZ
No faltarán las excusas.
Nunca faltan.
Las pantallas.
La pandemia.
Las familias.
La inmigración.
La falta de profesores.
Los cambios sociales.
La desigualdad.
La OCDE.
La metodología de PISA.
Mercurio retrógrado.
Cualquier cosa sirve antes que pronunciar una frase sencillísima:
El sistema de enseñanza español funciona mal.
Es cierto que la bajada afecta a numerosos países (mal de muchos, epidemia). La propia OCDE constata un descenso general, particularmente acusado en lectura y matemáticas. El pequeño problema para nuestros vendedores de humo es que España también cae y se mantiene por debajo de los promedios de la OCDE en las tres materias fundamentales.
Que otros empeoren no convierte nuestros malos resultados en buenos.
Si a un enfermo se le gangrena una pierna, no constituye ningún consuelo explicarle que en la habitación contigua hay dos enfermos con fiebre.
Pero ya conocemos el procedimiento.
Cuando España mejora una décima, el Gobierno descubre una hazaña histórica.
Cuando España se hunde, descubre una tendencia internacional.
Así cualquiera gobierna.
DOS DE CADA CIEN
Hay una cifra que debería pegarse con enormes letras en las puertas de todas las consejerías de Educación.
En lectura, sólo el 2 % de los alumnos españoles alcanza los niveles superiores. El promedio de la OCDE es el 6 %. Esos niveles exigen comprender textos largos, desenvolverse con ideas abstractas y distinguir hechos de opiniones mediante indicios que no siempre aparecen expresados de forma evidente.
Dos de cada cien.
Ésa es nuestra élite lectora a los quince años.
En matemáticas alcanza los niveles superiores apenas un 4 %, frente al 8 % del promedio de la OCDE. En ciencias, nuevamente un 4 %, frente al 7 %.
Y todavía aparecerá algún iluminado para explicarnos que el problema es que PISA mide conocimientos demasiado tradicionales.
Leer.
Calcular.
Entender relaciones de causa y efecto.
Resolver un problema.
Distinguir un dato de una opinión.
Terrible antigualla.
Quizá el próximo informe debería preguntar cuántos alumnos son capaces de preparar un vídeo de veinte segundos haciendo morritos. Entonces arrasamos.
EL GRAN TRIUNFO: IGUALES, PERO MÁS IGNORANTES
El Gobierno, naturalmente, ha encontrado algo que celebrar.
El Ministerio ha destacado la posición relativamente favorable de España en «equidad educativa».
Y aquí empieza la comedia.
La OCDE explica que en ciencias los alumnos españoles de familias favorecidas aventajan en 71 puntos a los menos favorecidos, frente a 85 puntos de diferencia en el conjunto de la OCDE.
¿Magnífico?
Sigamos leyendo.
Desde 2015 esa diferencia se ha reducido, entre otras razones, porque los alumnos favorecidos han empeorado más que los desfavorecidos.
Ahí tienen el prodigio.
Podemos reducir la diferencia haciendo subir al de abajo.
O haciendo bajar al de arriba.
Nuestro sistema ha descubierto las ventajas administrativas del segundo procedimiento.
Imaginen una carrera de cien metros. El primero llega en doce segundos y el último en veinte. Hay ocho segundos de diferencia.
El encargado de fomentar la igualdad rompe una pierna al primero.
Ahora llegan casi juntos.
Y redacta un informe celebrando la menor desigualdad.
La escuela no debe abandonar al que aprende despacio. Todo lo contrario. Debe ayudarlo cuanto sea necesario.
Pero una escuela que frena al que puede avanzar más para que nadie destaque demasiado no combate la desigualdad.
Combate la excelencia.
Y después se sorprende de no producir excelentes.
DE QUINTILIANO AL PROFESOR QUE RELLENA CASILLAS
Hace casi dos mil años, Quintiliano entendió algo que la moderna industria pedagógica lleva décadas esforzándose por olvidar.
El maestro debía saber.
El alumno debía aprender.
La enseñanza debía exigir esfuerzo.
El ejercicio debía repetirse.
La corrección era necesaria.
La memoria era útil.
La lengua debía dominarse.
El carácter también se educaba.
Y el maestro debía ganarse la autoridad mediante sus conocimientos, su conducta y su capacidad para enseñar.
Qué primitivo.
No tenía pizarra electrónica.
No diseñaba situaciones de aprendizaje.
No rellenaba cuadrículas de colores.
No elaboraba veintisiete páginas para explicar por qué iba a enseñar a leer.
No necesitaba un curso para descubrir que el alumno que no estudia aprende menos que el que estudia.
Quintiliano quería formar a una persona moralmente decente que supiera pensar y expresarse.
Nosotros podemos fabricar un bachiller que tartamudea intelectualmente ante un texto de dos páginas, redacta veinte líneas sembradas de faltas, desconoce la historia de su propio país y necesita una calculadora para una regla de tres.
Pero tendrá perfectamente cumplimentado su expediente.
Eso sí.
LA PEDAGOGÍA QUE HA DECLARADO LA GUERRA AL CONOCIMIENTO
Durante décadas se ha ido instalando una idea venenosa: aprender cosas concretas es menos importante que «aprender a aprender».
Parece profunda.
No significa casi nada.
Se aprende a aprender aprendiendo algo.
Nadie aprende a tocar el piano reflexionando sobre cómo podría aprender piano.
Toca escalas.
Se equivoca.
Repite.
Memoriza.
Practica.
Lo mismo ocurre con una lengua, con la aritmética, con la historia o con la física.
Para pensar hay que tener algo dentro de la cabeza.
La memoria no es enemiga de la inteligencia.
Es su almacén.
Quien no conoce palabras piensa con pocas palabras.
Quien desconoce la historia carece de referencias para juzgar el presente.
Quien no domina operaciones elementales tropieza antes de empezar un problema.
Quien no ha leído libros enteros difícilmente comprenderá argumentos largos.
Pero nosotros decidimos que memorizar era cosa antigua.
Que el conocimiento estaba en Internet.
Perfecto.
Las bibliotecas llevan siglos llenas de libros y jamás se le ocurrió a nadie decir que por eso resultaba innecesario aprender.
Tener acceso al conocimiento no significa poseerlo.
Una persona que necesita consultar todo no sabe mucho.
Sabe buscar.
Y a veces ni siquiera eso.
LA GENERACIÓN INCAPAZ DE LEER CUATROCIENTAS PALABRAS
Uno de los aspectos más inquietantes del PISA recién publicado afecta precisamente a la lectura prolongada. El resultado español se ha hundido hasta 451 puntos y distintas explicaciones recogidas tras la publicación del informe señalan las dificultades crecientes cuando el texto se alarga y exige mantener la atención. Sólo ese 2 % ya mencionado llega a los niveles superiores de comprensión lectora.
No cuesta comprender lo ocurrido.
Hemos entregado a niños de ocho, diez o doce años una máquina diseñada para interrumpir su atención cada pocos segundos.
Vídeo.
Mensaje.
Sonido.
Otro vídeo.
Una fotografía.
Otro mensaje.
Un anuncio.
Una notificación.
Otro vídeo.
Y luego los sentamos ante El Quijote y descubrimos, asombradísimos, que aquello les parece larguísimo.
La atención también se educa.
O se destruye.
La lectura profunda exige silencio, paciencia, continuidad y esfuerzo.
Justamente las cuatro cosas que buena parte de la vida moderna se dedica a exterminar.
Y la escuela, en vez de convertirse en refugio frente a esa trituración de la atención, durante años abrió las puertas de par en par a las pantallas bajo el nombre de modernización.
La tableta parecía moderna.
El libro, viejo.
Ahora empezamos a descubrir que lo viejo tenía una curiosa ventaja:
no vibraba cada veinte segundos.
TREINTA ALUMNOS, UN PROFESOR Y VEINTINUEVE TELÉFONOS
España ha comenzado a restringir los móviles en numerosos centros. PISA señala que en 2025 el 86 % de los alumnos españoles estaba matriculado en centros cuyos directores afirmaban que no se permitían teléfonos móviles dentro del recinto, frente al 67 % en 2022. La propia OCDE observa menos distracción donde se aplican prohibiciones.
Bienvenido sea el descubrimiento.
Ha costado años advertir que un aparato capaz de ofrecer juegos, vídeos, conversaciones, música, fotografías, sexo, peleas, cotilleos y cualquier otra distracción imaginable puede competir ventajosamente con una explicación sobre los logaritmos.
Hay hallazgos científicos verdaderamente revolucionarios.
Pero el móvil sólo es una parte.
El problema fundamental es una cultura entera que ha ido convirtiendo cualquier esfuerzo prolongado en una especie de atentado contra el bienestar del niño.
El alumno debe estar motivado.
Divertido.
Estimulado.
Contento.
Nunca aburrido.
Nunca frustrado.
Nunca obligado.
Pues tengo malas noticias.
Aprender a veces aburre.
Estudiar a veces cansa.
Repetir un ejercicio a veces fastidia.
Leer una novela de cuatrocientas páginas exige paciencia.
Resolver un problema difícil produce frustración.
Y precisamente aprender a soportar esa frustración forma parte de educarse.
Una escuela que promete aprendizaje sin esfuerzo vende una mercancía que no existe.
«CALLA Y ATIENDE»: LA FRASE PROHIBIDA
PISA recoge otro detalle encantador.
El absentismo español es enorme. Un 34 % de los estudiantes declara haber faltado al menos un día completo durante las dos semanas anteriores a la prueba. Otro 34 % reconoce haberse saltado alguna clase. El promedio de la OCDE es claramente menor: 22 % y 24 %, respectivamente.
Uno de cada tres.
Tenemos ya una explicación posible de por qué algunos no aprenden:
no están.
Para aprender matemáticas ayuda extraordinariamente acudir a la clase de matemáticas.
Otra antigualla pedagógica.
Y cuando están, convendría que escucharan.
Porque hemos destrozado también la autoridad del profesor.
No hablo de pegar.
Ni de humillar.
Ni de convertir un aula en un cuartel.
Hablo de algo muchísimo más elemental:
que cuando el profesor habla, el alumno calle.
Que cuando manda un ejercicio, se haga.
Que cuando corrige, se acepte la corrección.
Que cuando un muchacho revienta continuamente la clase, sea él quien tenga un problema y no los otros veintinueve quienes deban soportarlo en nombre de una inclusión entendida como derecho a impedir que los demás aprendan.
La igualdad de dignidad entre profesor y alumno es indiscutible.
La igualdad de autoridad es una estupidez.
El cirujano y el enfermo poseen la misma dignidad.
No por ello se reparten el bisturí.
EL PROFESOR: DE MAESTRO A ESCRIBIENTE
Y entretanto hemos enterrado al profesor bajo papeles.
Programaciones.
Reuniones.
Informes.
Actas.
Planes.
Adaptaciones.
Protocolos.
Cuestionarios.
Correos.
Aplicaciones informáticas.
Justificaciones de cuanto hace.
Justificaciones de cuanto no hace.
Justificaciones de por qué ha hecho lo que hizo.
El sistema parece desconfiar del profesor precisamente cuando debería respaldarlo.
Y luego se queja de que faltan profesores.
PISA recoge que el 49 % de los alumnos españoles estudia en centros cuyos directores consideran que la falta de docentes perjudica la enseñanza en alguna medida. En 2022 era el 41 %. La falta de personal auxiliar afecta, según los directores, a centros que reúnen al 72 % de los alumnos.
Pero contratar más personas para encerrarlas bajo otra montaña de papel no resolverá gran cosa.
Hace falta devolver tiempo al profesor.
Tiempo para preparar.
Tiempo para explicar.
Tiempo para corregir.
Tiempo para leer.
Tiempo para hablar con un alumno.
Tiempo para enseñar.
Un profesor debería cobrar por enseñar, no por demostrar documentalmente cada veinte minutos que está enseñando.
PADRES QUE HAN DIMITIDO Y PADRES QUE EJERCEN DE ABOGADOS DEFENSORES
Tampoco todo lo ha hecho el Estado.
Hay padres que han dimitido.
Y otros han hecho algo todavía peor: convertirse en abogados defensores permanentes de sus hijos frente a cualquier adulto que ose corregirlos.
Antes un chico llegaba a casa con cinco suspensos y tenía que explicar qué había hecho.
Ahora algunos llegan con cinco suspensos y los padres exigen una reunión para preguntar qué le ocurre al profesor.
Antes la frase era:
—Algo habrás hecho.
Ahora:
—Mi hijo dice que…
Y a partir de ahí, juicio sumarísimo al docente.
La escuela no puede sustituir completamente a la familia.
No puede enseñar esfuerzo a un muchacho que en casa obtiene todo sin esfuerzo.
No puede imponer respeto si sus padres desacreditan al profesor delante de él.
No puede enseñar a leer a quien pasa seis horas diarias saltando de una pantalla a otra y jamás ve abrir un libro a nadie de su casa.
La educación empieza antes de la escuela y continúa después de que suene el timbre.
LOGSE, LOE, LOMCE, LOMLOE: CAMBIAN LAS SIGLAS, PERMANECE EL DESASTRE
Sería demasiado cómodo cargar todo el cadáver sobre la LOMLOE.
La LOMLOE tiene responsabilidades.
Muchas.
Pero el muerto lleva enfermando décadas.
España ha vivido una sucesión grotesca de leyes educativas.
Cada Gobierno entra con su reforma salvadora.
Cada ministro descubre América.
Cada nueva ley cambia nombres, materias, formas de evaluar, maneras de pasar de curso y toneladas de papeles.
Y la dirección general ha permanecido casi siempre intacta:
menos contenidos;
menos memoria;
menos exigencia;
más facilidades para pasar;
más miedo al suspenso;
más burocracia;
más palabras incomprensibles;
más psicología barata;
más intervenciones políticas;
más desconfianza hacia el maestro;
más títulos;
y menos seguridad acerca de lo que esos títulos acreditan.
La izquierda ha empujado con entusiasmo esta transformación.
La derecha, cuando ha gobernado, casi nunca se ha atrevido a arrancarla de raíz.
Ha cambiado muebles.
Ha pintado paredes.
Ha reformado una habitación.
Después ha entregado de nuevo las llaves.
Resultado:
tenemos generaciones enteras convertidas en conejillos de Indias de las ocurrencias de ministros, consejeros, profesores universitarios que hace décadas que no pisan un aula de Secundaria y expertos que han descubierto una extraordinaria industria consistente en explicar a los maestros cómo deben enseñar.
DIECISIETE SISTEMAS PARA QUE NADIE SEA RESPONSABLE
Y por si el desbarajuste nacional no bastara, lo multiplicamos.
Diecisiete gobiernos deciden.
Diecisiete administraciones legislan.
Diecisiete burocracias elaboran planes.
Diecisiete consejerías pueden culpar al Ministerio.
Y el Ministerio puede culpar a las comunidades autónomas.
Magnífico.
Cuando todos mandan, nadie responde.
PISA 2025 ofrece incluso un episodio que retrata el esperpento. En Cataluña, la exclusión de alumnos seleccionados dentro de los centros ascendió al 23,2 %, una cifra tan alta que la OCDE no publica resultados propios de Cataluña y advierte de que exclusiones elevadas suelen mejorar artificialmente el resultado obtenido. En Murcia llegó al 12,7 %.
Hasta para averiguar cuánto sabemos hemos conseguido organizar un problema.
Mientras tanto, debería existir una pregunta mucho más sencilla:
¿Debe terminar la enseñanza obligatoria un muchacho español con unos conocimientos comunes y suficientes de Lengua Española, Matemáticas, Historia, Geografía, Ciencias, Literatura, Arte y Filosofía?
Sí.
Fin del congreso pedagógico.
EL APROBADO REGALADO ES UNA ESTAFA
Una sociedad que teme el suspenso termina fabricando ignorantes con certificado.
Suspender no es humillar.
Significa una cosa:
todavía no sabes lo suficiente.
El suspenso puede ser injusto.
Puede haber malos profesores.
Puede corregirse mal un examen.
Todo eso existe.
Pero eliminar o dificultar el suspenso porque resulta desagradable equivale a quitar los termómetros para acabar con la fiebre.
El alumno debe saber que sus actos producen consecuencias.
Si estudia, probablemente aprenderá.
Si no estudia, probablemente no aprenderá.
Si no aprende, no debería obtener la misma recompensa académica que quien sí lo hizo.
Parece de Perogrullo.
Precisamente por eso hemos necesitado varias leyes para complicarlo.
Ayudar al alumno rezagado es obligación de una escuela decente.
Regalarle el resultado que no ha alcanzado es engañarlo.
Y el engaño estalla después.
En Bachillerato.
En la Formación Profesional.
En la universidad.
En unas oposiciones.
En el trabajo.
En cualquier lugar donde la realidad no haya leído la ley educativa y siga teniendo la desagradable costumbre de exigir que uno sepa hacer aquello que afirma saber hacer.
LA MAYOR ESTAFA CONTRA LOS POBRES
Además, todo este igualitarismo acaba perjudicando precisamente a quien asegura defender.
El hijo de una familia acomodada sobrevivirá a una mala escuela.
Tendrá libros.
Academias.
Profesor particular.
Idiomas.
Viajes.
Padres con estudios.
Conversaciones cultas.
Un ordenador.
Una habitación propia.
Ayuda para preparar un examen.
Si la escuela no le enseña bastante, su familia comprará fuera lo que la escuela ha dejado de proporcionarle.
¿Y el hijo del obrero?
¿El muchacho cuyo padre apenas puede ayudarlo?
¿La niña que no tiene una biblioteca en casa?
Ellos necesitan mucho más que nadie una escuela exigente.
Necesitan que durante seis horas al día exista un lugar donde el dinero de sus padres importe menos que su inteligencia, su esfuerzo y su voluntad.
Necesitan buenos maestros.
Buenos libros.
Silencio.
Disciplina.
Conocimientos.
Exámenes.
Correcciones.
Exigencia.
La rebaja general del nivel no emancipa al pobre.
Lo condena a quedarse con la educación rebajada mientras el rico compra la educación buena.
Ésa es la maravillosa justicia social de la mediocridad.
Y AHORA LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Por si todavía quedaba algún músculo intelectual sin ejercitar, ha llegado una herramienta capaz de pensar, resumir, redactar y resolver por el alumno.
Puede ser extraordinaria.
También puede ser devastadora.
Un muchacho puede utilizar la inteligencia artificial para comprender mejor una cuestión difícil.
O puede pedirle que haga el trabajo que debía hacer él.
Que lea por él.
Que resuma por él.
Que redacte por él.
Que calcule por él.
Que piense por él.
Y entregar el resultado.
Magnífico.
La máquina habrá aprendido muchísimo.
El alumno, bastante menos.
La inteligencia artificial sólo ayuda verdaderamente a quien tiene inteligencia natural educada para juzgar lo que recibe.
Para detectar un error hay que saber.
Para valorar un argumento hay que saber.
Para distinguir una respuesta brillante de una solemne majadería hay que saber.
De nuevo aparece esa palabra reaccionaria:
saber.
NO NECESITAMOS OTRA REVOLUCIÓN EDUCATIVA
No hace falta inventar otra escuela.
Hace falta recordar para qué existe.
Leer libros.
Escribir mucho.
Dominar la ortografía.
Hacer cuentas.
Resolver problemas.
Memorizar aquello que merece ser recordado.
Estudiar historia.
Conocer literatura.
Aprender ciencias.
Ejercitar la lógica.
Hablar correctamente.
Escuchar.
Discutir con razones.
Aceptar una corrección.
Respetar al profesor.
Premiar al que se esfuerza.
Ayudar al que tiene dificultades.
Suspender al que todavía no sabe.
Permitir repetir cuando sea necesario.
Expulsar temporalmente de una clase a quien impide aprender a los demás.
Sacar los móviles del aula.
Reducir drásticamente el papeleo.
Y dejar de utilizar cada nueva promoción de escolares para probar la última estupidez inventada por alguien que llama anticuado a todo aquello que funcionaba antes de que él llegara.
No necesitamos profesores convertidos en animadores.
Necesitamos maestros.
No necesitamos alumnos permanentemente felices.
Necesitamos alumnos capaces.
No necesitamos que todos obtengan la misma nota.
Necesitamos que todos tengan la posibilidad de aprender y que cada cual llegue tan lejos como su capacidad y su esfuerzo permitan.
No necesitamos más títulos.
Necesitamos que un título vuelva a significar algo.
PISA HA LEVANTADO LA TAPA
El Informe PISA 2025 no ha creado el desastre.
Lo ha medido.
Casi 30.000 alumnos españoles de 956 centros participaron en la prueba, representando a unos 460.000 jóvenes de quince años.
Y la fotografía es indecente.
451 en lectura.
457 en matemáticas.
477 en ciencias.
Sólo un 2 % en los niveles superiores de lectura.
Un 4 % en matemáticas.
Un 4 % en ciencias.
Un tercio reconoce haber faltado al menos un día entero en apenas dos semanas.
Y la proporción de alumnos que no alcanza los mínimos ha crecido fuertemente durante la última década.
Ya podemos adornarlo.
Podemos convocar una conferencia.
Crear una comisión.
Presentar un plan.
Organizar unas jornadas.
Inventar otras diez palabras.
Cambiar la ley.
Cambiar el nombre de las asignaturas.
Cambiar el modelo de examen.
Cambiar el modo de contar los suspensos.
Cambiar la manera de pasar de curso.
Incluso podemos explicar que somos muy curiosos, muy perseverantes y maravillosamente iguales.
Pero los muchachos continúan teniendo que enfrentarse a un texto.
Y allí se acaba la propaganda.
UNA MIERDA PINCHADA EN UN PALO
Lo escribí antes de este PISA y el nuevo PISA no me obliga a retirar una palabra.
Me obliga a subrayarla.
El sistema de enseñanza de España es una mierda pinchada en un palo.
No porque nuestros profesores sean una mierda.
Muchísimos sostienen el tinglado a pesar del propio sistema.
No porque nuestros alumnos sean más tontos que los de otros países.
No lo son.
Precisamente por eso resulta más escandaloso.
Es una mierda porque hemos construido una organización que pone obstáculos a quienes quieren enseñar y facilita coartadas a quienes no quieren aprender.
Porque hemos confundido igualdad con mediocridad.
Porque hemos rebajado la exigencia para esconder el fracaso.
Porque hemos destruido autoridad sin sustituirla por nada.
Porque hemos despreciado la memoria.
Porque hemos tratado el esfuerzo como una antigualla.
Porque hemos llenado las aulas de cacharros antes de preguntarnos si servían para aprender.
Porque hemos dejado que la burocracia se coma al maestro.
Porque hemos convertido el suspenso en sospechoso y el aprobado en derecho adquirido.
Porque hemos permitido que los políticos reescriban la escuela cada cuatro años.
Porque hemos utilizado la enseñanza para fabricar ciudadanos a gusto del gobernante en vez de personas capaces de pensar por sí mismas.
Y porque, después de todo ello, cuando una prueba internacional nos pone delante el resultado, todavía aparecen tipos muy serios explicándonos que no conviene sacar conclusiones precipitadas.
¿Precipitadas?
España participa en PISA desde el año 2000.
Ha transcurrido un cuarto de siglo.
¿Cuántas generaciones más necesitamos estropear antes de atrevernos a sacar una conclusión?
Quintiliano murió hace casi dos mil años.
No conoció las pizarras electrónicas.
No tuvo tabletas.
No tuvo un ministerio con miles de funcionarios.
No tuvo diecisiete consejerías.
No tuvo asesores educativos.
No tuvo portales informáticos.
No tuvo inteligencia artificial.
Pero sabía algo que nosotros hemos olvidado:
enseñar consiste en conseguir que alguien que no sabía, sepa.
Todo lo demás viene después.
Cuando un sistema pierde de vista esa verdad elemental puede seguir llamándose sistema educativo.
Puede disponer de presupuesto.
Puede expedir títulos.
Puede inaugurar centros.
Puede publicar leyes.
Puede llenarse la boca hablando de igualdad, bienestar, modernidad y futuro.
Pero si los alumnos terminan sabiendo cada vez menos, el nombre que aparece en el membrete importa muy poco.
PISA 2025 acaba de quitarle el envoltorio.
Y debajo está lo que estaba.
Una mierda pinchada en un palo.