CRÓNICA DE LA MUERTE ANUNCIADA DE UN CANALLA
Poema satírico a la manera de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita
De cómo don Pedro, doctor cum fraude, hizo del poder su oficio, de la promesa su moneda, del cambio de parecer su doctrina y de la permanencia en el sillón su principal preocupación.
Por Carlos Aurelio Caldito Aunión

Cantar primero. De cómo el poder hace milagros
Mucho hace el dinero,
más hace el gobernar;
convierte al embustero
en señor de mucho hablar.
Hace del necio un sabio,
del pícaro un doctor,
del agravio, un desagravio,
y del miedo, un gran valor.
Hace honrado al sinvergüenza,
al adulador, señor;
da al tramposo recompensa
y al farsante, gran honor.
Si el poderoso se equivoca,
no lo ha hecho por maldad;
que la verdad de su boca
cambia según necesidad.
Si promete y no lo cumple,
culpa tiene la oposición;
si el país protesta y gruñe,
¡es que falta comprensión!
Si antes dijo que era malo
lo que ahora juzga bueno,
él no ha cambiado de palo:
¡es que el mundo está más lleno!
Y si ayer juró una cosa
y hoy sostiene la contraria,
su palabra es prodigiosa,
¡flexible y extraordinaria!
Mas no hay magia suficiente,
ni engaño que dure siempre;
que hasta el más astuto miente
y tropieza cuando menos.
Cantar segundo. Del gran doctor cum fraude
En Moncloa vive un hombre
de admirable condición;
don Pedro Sánchez es su nombre,
y el poder, su vocación.
Tiene maneras de príncipe,
anda como emperador;
mas se olvida de un principio:
es servidor, no señor.
Doctor cum fraude le llaman
en la universidad del chiste;
sus cortesanos proclaman
que nadie como él existe.
Es maestro de mudanzas,
gran señor de la ocasión;
cambia principios por alianzas
con notable precisión.
Lo que ayer era imposible,
hoy es cosa natural;
lo que ayer fue inadmisible,
hoy resulta esencial.
Si un rival era un peligro
para España y su unidad,
hoy le ofrece sitio digno
en nombre de la amistad.
Si ayer lanzó maldiciones
contra un pacto y su autor,
hoy descubre mil razones
para darle su favor.
Y si alguno le recuerda
lo que dijo tiempo atrás,
él responde que no acuerda
o que aquello era por la paz.
¡Qué portento de memoria!
¡Qué manera de olvidar!
Siempre reescribe su historia
sin dejar de gobernar.
No hay contradicción que estorbe,
ni promesa que le ate;
todo cambia, todo absorbe,
si le conviene al debate.
Cantar tercero. De la corte y los pesebres
Tiene ministros atentos,
consejeros por montón,
portavoces diligentes
que le cantan la canción.
Si don Pedro dice blanco,
todos blancos quieren ser;
si mañana cambia el banco,
todos cambian de parecer.
Si pronuncia una simpleza,
la proclaman genialidad;
si demuestra ligereza,
la convierten en bondad.
Si un ministro mete la pata,
no es ministro, es gran señor;
que la culpa siempre escapa
por algún oscuro corredor.
Hay quien cobra por aplaudirle,
hay quien aplaude por cobrar;
y hay quien aprende a servirle
para poder prosperar.
Si el señor frunce las cejas,
todos callan al instante;
si susurra cuatro quejas,
sale un coro deslumbrante.
¡Oh, qué hermosa servidumbre!
¡Qué magnífica obediencia!
¡Qué abundante mansedumbre
disfrazada de conciencia!
Mas recuerda, cortesano,
que los cargos han de acabar;
que el poder cambia de mano
y el pesebre de lugar.
Cuando llegue la mudanza
y otro ocupe el gran sillón,
más de un fiel de la comparsa
cambiará de procesión.
Cantar cuarto. De las promesas prodigiosas
Prometió grandes viviendas,
gran justicia y bienestar;
prometió tantas enmiendas
que no pudo enumerar.
Prometió mejores trenes,
carreteras sin igual,
y abundancia de los bienes
del progreso nacional.
Prometió justicia pronta,
hospitales y atención;
mas la espera no se acorta
por anunciar solución.
Prometió vencer miserias,
aliviar al pagador;
mas las cuentas siguen serias
para el pobre trabajador.
Mientras tanto, la propaganda
va cantando sin cesar;
y una multitud de anuncios
se dispone a desfilar.
Si no llega lo anunciado,
otro anuncio llegará;
si el primero fue olvidado,
el segundo triunfará.
Y así pasan meses, años,
con discursos por doquier;
entre cifras y apaños,
sin que baste prometer.
El ciudadano hace cuentas
para casa, luz y pan;
mientras otros dan por hechas
obras que pendientes están.
No se arreglan los caminos
con discursos de ocasión,
ni se ponen buenos trenes
con aplausos de salón.
Ni se curan los enfermos
con solemne declaración,
ni se pagan los salarios
con promesas de ficción.
Y si el pueblo pide cuentas,
le contestan con fervor:
«¡No comprendes las tormentas
que nos causa el opositor!»
Cantar quinto. De la gran desgracia de Urda
Mas llegó triste jornada,
la desgracia vino en tren;
y una tierra castellana
vio la muerte aparecer.
Por los campos de Toledo,
cerca de Urda, al pasar,
vino el llanto, vino el miedo,
vino el mundo a naufragar.
Dos convoyes se encontraron
en terrible colisión;
muchas vidas se apagaron
entre hierros y aflicción.
Sesenta y nueve murieron,
según cuenta provisional;
y otras muchas padecieron
un quebranto desigual. Maldita+1
Ya en Adamuz, meses antes,
hubo muerte y hubo horror;
otras cuarenta y seis vidas
se apagaron con dolor.
Ciento quince son los muertos
de dos lutos en un año;
ciento quince hogares rotos,
ciento quince desengaños.
No son votos ni son cifras,
ni argumentos de ocasión;
son personas, son familias,
son angustia y desolación.
No regresarán a casa,
no tendrán otro amanecer;
y el dolor que dejan pasa
a quien los llegó a querer.
No hay discurso que repare
la existencia arrebatada,
ni promesa que prepare
para ausencia tan amarga.
Cantar sexto. De los señores que prometen investigar
Comparece el presidente,
habla de investigación;
promete ser contundente
si se prueba una omisión.
Que se llegue hasta el final,
que se sepa la verdad;
que se examine cada mal,
que responda la autoridad.
Tres días de luto declara,
tres días de duelo oficial;
mientras España se prepara
para conocer el mal. RTVE.es+1
Mas pregunta el ciudadano,
con legítima razón:
«¿Quién vigila los caminos?
¿Quién responde de la gestión?»
«¿Quién inspecciona los sistemas?
¿Quién supervisa la señal?
¿Quién resuelve los problemas?
¿Quién previene tanto mal?»
Que el ministro no conduce,
bien lo sabe el labrador;
mas por ello no se reduce
su deber de supervisor.
Y el presidente tampoco
lleva trenes por la vía;
mas presidir no es tan poco
como hacerse compañía.
Si al inaugurar hay honores,
fotografías y esplendor,
al investigar los errores
ha de haber igual rigor.
No se pide una condena
sin las pruebas que han de estar;
se reclama cuenta plena
de cuanto se debió cuidar.
Cantar séptimo. Del ministro y su sillón
Don Óscar guarda su puesto,
su cartera ministerial;
tiene un asunto funesto
que reclama examen cabal.
No es razón para acusarlo
sin saber qué sucedió;
pero sí para preguntarlo
todo aquello que gestionó.
Porque el cargo trae consigo
más que coche y distinción:
trae deberes, trae testigos,
trae vigilancia y obligación.
No se mide un gobernante
por las veces que anunció;
se le mide por bastante
más que aquello que prometió.
Que el despacho no es propiedad,
ni el ministerio, posesión;
el poder es autoridad
sujeta a fiscalización.
Y si alguien mira al suelo
cuando toca responder,
ni el discurso más florido
podrá sustituir su deber.
Cantar octavo. Del púgil y las cuerdas
Dicen que Pedro está noqueado,
que le tiemblan los apoyos;
mas no está fuera del cuadrado,
ni se han terminado los rollos.
Ya cayó en otras jornadas,
ya lo dieron por vencido;
y entre vueltas y jugadas
regresó cuando había partido.
Quien le crea ya enterrado
podría sufrir sorpresa;
que un político acorralado
aún puede mover sus piezas.
Quedan pactos, quedan cuentas,
queda el voto popular;
quedan muchas herramientas
que conviene examinar.
No se anuncia por deseo
lo que aún debe suceder;
pues el fin de aquel torneo
lo decidirá el poder.
Mas ninguna aritmética
de escaños y negociación
sustituye la ética
de responder por la gestión.
Cantar noveno. Del fin de los grandes señores
No hay señor que eternamente
pueda el cetro conservar;
ni hay poder tan permanente
que no se haya de mudar.
Hoy le siguen los ministros,
los consejeros y demás;
mañana otros llevarán registros
y otros mandarán quizá.
Quien se crea dueño de España
desconoce su misión;
que el Gobierno no es cabaña
ni la patria, posesión.
No son siervos los votantes,
ni tributo de señor;
son los dueños verdaderos
de la pública función.
Todo cargo tiene término,
toda firma explicación;
todo gasto, su destino,
toda orden, su razón.
Y al marcharse el gobernante
no debiera simplemente
saludar muy elegante
y perderse entre la gente.
Que las cuentas se revisen,
que se examine su gestión;
que los hechos se precisen
y se exija explicación.
Si hubo culpa, que se pruebe;
si hubo daño, reparación;
si hubo falta, que se eleve
a quien deba dar sanción.
Y si no hubo culpa alguna,
que la prueba así lo diga;
que tampoco la fortuna
haga del rumor fatiga.
Cantar décimo y postrimero. De la muerte anunciada
No es la muerte de su cuerpo
la que canta este cantar;
es la muerte de un tiempo
que algún día ha de acabar.
No sabemos si está cerca,
si es distante su final;
pero toda puerta abierta
puede un día clausurar.
Don Pedro podrá marcharse,
o quedarse por elección;
mas no puede dispensarse
de explicar su dirección.
No habrá título ni toga,
ni doctorado burlón,
que dispense a quien gobierna
de cumplir su obligación.
Ni el dinero hará justicia,
ni el aplauso dará honor;
ni el poder será noticia
que devuelva al muerto el sol.
Que los vivos tengan amparo,
que los heridos tengan paz;
que los hechos queden claros
y la verdad pueda hablar.
Que a la muerte no se invoque
para conquistar favor;
ni a las víctimas se toque
como piezas de un pregón.
Y si un día cae el telón
de este largo representar,
que no baste la ovación
ni el silencio al terminar.
Pues el mando fue prestado,
y se debe devolver;
y quien mucho ha gobernado
mucho tiene que responder.
Así termina este cuento
de fortuna y vanidad;
que no es eterno el asiento
ni se hereda la autoridad.
Mucho hace el dinero,
más puede el gobernar;
pero todo mandatario
sus cuentas habrá de dar.