AfD, Ulrich Siegmund y la costumbre de sustituir los argumentos por etiquetas

Hay palabras que nacieron para definir cosas y acaban sirviendo para evitar definirlas.

«Fascista», «nazi», «ultraderechista», «extremista», «radical».

Se pronuncian, se colocan delante del nombre del adversario y, ¡zas!, problema resuelto. Ya no parece necesario examinar lo que ese adversario ha dicho, comprobar qué propone, preguntarse si puede hacerlo, calcular sus consecuencias y, sobre todo, refutarlo.

Lo acabamos de ver en Alemania.

El 6 de septiembre de 2026, Alternativa para Alemania —AfD— ha obtenido el 43,8 % de los votos en las elecciones de Sajonia-Anhalt. La CDU se ha quedado en el 17,2 %. AfD ha conseguido 39 de los 83 diputados del Parlamento regional. Los resultados provisionales oficiales contabilizan 576.037 votos para AfD frente a 226.622 para CDU.

No es una victoria.

Es una paliza.

Y, naturalmente, una buena parte de los comentarios posteriores no se ha dedicado tanto a preguntarse por qué ha sucedido como a recordarnos insistentemente qué clase de personas son quienes han ganado.

Extrema derecha.

Ultraderecha.

Radicales.

Extremistas.

Y, finalmente, la palabra definitiva:

nazis.

Aristóteles debe de estar revolviéndose en su tumba.

Traduzcamos el terremoto al español

Antes de seguir conviene que el lector español comprenda la magnitud de lo sucedido.

Alemania no es España. AfD no es VOX. CDU no es PP. Sus historias, programas, organizaciones y electorados son diferentes.

Pero, para situarnos en el tablero político, la analogía resulta perfectamente comprensible: AfD ocupa el espacio situado a la derecha del gran partido conservador tradicional de una manera comparable a VOX respecto del PP; y la CDU desempeña el papel del gran partido conservador que en España corresponde al Partido Popular.

Ahora hagamos la traducción.

Imaginen unas elecciones españolas en las que:

VOX obtiene el 43,8 %.

Y:

el PP obtiene el 17,2 %.

Eso es lo sucedido en Sajonia-Anhalt.

No imaginen a VOX adelantando por unas décimas al Partido Popular.

No imaginen una diferencia de cinco puntos.

Ni siquiera de diez.

Imaginen a VOX sacándole al PP 26,6 puntos porcentuales.

Más de dos votos y medio para VOX por cada voto del PP.

Ahora empieza a entenderse el terremoto.

En las elecciones generales españolas de 2023, el PP obtuvo 8.091.840 votos y VOX 3.033.744.

Tomemos simplemente el volumen de voto de aquellas elecciones como referencia aritmética —no como pronóstico electoral— y apliquemos los porcentajes de Sajonia-Anhalt.

El resultado aproximado sería:

VOX: unos 10,7 millones de votos.

PP: unos 4,2 millones.

Repito:

VOX, 10,7 millones.
PP, 4,2 millones.

El VOX de las generales de 2023 habría más que triplicado su electorado.

Y el Partido Popular habría perdido aproximadamente la mitad del suyo.

Si hacemos otra comparación meramente gráfica, los 39 diputados de AfD sobre un Parlamento de 83 representan aproximadamente el 47 % de los escaños. Trasladar mecánicamente esa proporción al Congreso español equivaldría a unos 164 diputados de 350.

Naturalmente, semejante conversión no constituye una proyección electoral: los sistemas son diferentes.

Sirve para otra cosa.

Para que el lector visualice la escena.

Imaginen:

Santiago Abascal, 164 diputados.

A doce de la mayoría absoluta.

Y el PP reducido a una fuerza electoral muchísimo menor.

Ahora intenten explicar semejante vuelco diciendo únicamente:

—Es que son ultraderechistas.

No explica nada.

¿Diez millones de fascistas?

Supongamos, por continuar con el ejemplo, que VOX obtuviera mañana 10,7 millones de votos.

Siempre existiría una explicación rápida:

España tiene 10,7 millones de fascistas.

Fin del análisis.

Podríamos apagar los ordenadores e irnos a casa.

Pero existe otra posibilidad, algo más trabajosa: preguntarnos por qué varios millones de ciudadanos que anteriormente votaban al PP, se abstenían o elegían otras opciones han decidido votar a VOX.

Con AfD sucede exactamente lo mismo.

Entre 2021 y 2026 ha pasado del 20,8 % al 43,8 % en Sajonia-Anhalt. La CDU ha recorrido el camino contrario: del 37,1 % al 17,2 %.

Eso requiere una explicación.

Inmigración.

Coste de la vida.

Energía.

Desconfianza hacia Berlín.

Descontento con el Gobierno federal.

Identidad nacional.

Educación.

Guerra de Ucrania.

Relaciones con Rusia.

Sensación de abandono en los territorios orientales.

Rechazo de determinadas políticas culturales.

Hartazgo con los partidos tradicionales.

No hace falta compartir la respuesta de AfD a ninguno de esos problemas para comprender que esos problemas y esas percepciones existen para quienes depositan la papeleta en la urna.

Reuters informa, por ejemplo, de un enorme malestar con el Gobierno federal y de que AfD ha captado especialmente apoyos entre trabajadores, hombres y votantes jóvenes.

Podemos estudiarlo.

O podemos llamarlos nazis.

Lo segundo ocupa mucho menos espacio.

La vieja derrota de Aristóteles

Hace casi diez años escribí que Aristóteles había sufrido una particular damnatio memoriae.

Naturalmente, era una provocación.

Pero detrás había una cuestión muy seria: nuestra creciente facilidad para prescindir de los principios elementales de la lógica.

Identidad.

No contradicción.

Tercero excluido.

Una cosa es lo que es.

Y si queremos demostrar que una cosa pertenece a una determinada categoría debemos identificar los atributos que definen esa categoría y comprobar si los posee.

Esto debería resultar elemental.

No lo es.

Aplicado al caso presente:

llamar «nazi» a Ulrich Siegmund no demuestra que Ulrich Siegmund sea nazi.

Tampoco demuestra lo contrario.

Simplemente no demuestra nada.

Para demostrarlo habrá que definir nazismo y examinar después las ideas, declaraciones y actuaciones de Siegmund.

Lo mismo sucede con «extremista».

¿Extremista en qué?

Y con «radical».

¿Radical respecto de qué?

Incluso la expresión «extrema derecha» puede utilizarse legítimamente como categoría politológica descriptiva. Numerosos estudiosos, medios e instituciones sitúan a AfD dentro de esa familia.

Perfecto.

El problema comienza cuando la clasificación pretende hacer el trabajo que corresponde al argumento:

—Esto es malo porque lo propone la extrema derecha.

Eso es intelectualmente circular.

Una propuesta será buena, mala, constitucional, inconstitucional, eficaz, ineficaz, liberal, autoritaria o absurda por su contenido y por sus consecuencias.

No por la posición del hemiciclo en la que se siente quien la formule.

La terminología derecha/izquierda procede, como recordaba en aquel texto, de la distribución física de los representantes en la Asamblea revolucionaria francesa. Convertir después ese accidente histórico en una especie de tabla periódica de los elementos políticos ha provocado no poca confusión.

Volvamos, pues, a las cosas.

Siegmund quiere expulsar a inmigrantes

Terrible.

Muy bien.

¿A cuáles?

Ahí empieza la conversación.

AfD propone acelerar las expulsiones de quienes no tienen derecho a permanecer en Alemania, aumentar las plazas destinadas a detención previa a la deportación y crear estructuras administrativas para ejecutarlas con mayor rapidez. Su programa migratorio contiene además otras medidas bastante más amplias y mucho más discutibles, entre ellas reducir la dependencia de trabajadores procedentes de culturas que considera demasiado alejadas de la alemana.

Son cuestiones diferentes.

Si una persona entra o permanece irregularmente en un país y, después de un procedimiento con garantías, recibe una resolución firme que establece que debe abandonarlo, ejecutar esa resolución no constituye por sí mismo nazismo.

Constituye aplicar una legislación de extranjería.

Podremos discutir esa legislación.

Podremos ampliarla.

Restringirla.

Modificar los requisitos del asilo.

Crear vías de inmigración laboral.

Dar permisos de residencia.

Regularizaciones.

Todo eso pertenece a la política.

Pero si convertimos automáticamente «extranjero» en «inmigrante irregular» y «expulsión administrativa» en «deportación racial», hemos dejado de razonar.

Y aquí aparece la pregunta periodística que se está utilizando contra Siegmund:

—¿Qué ocurrirá con la sanidad si expulsa usted a los médicos y enfermeros inmigrantes?

Magnífica pregunta si se formula correctamente.

Tramposa si mezcla categorías.

Un médico español, polaco, sirio o argentino que reside legalmente en Alemania y trabaja en un hospital no es un inmigrante irregular pendiente de expulsión.

Otra cosa es que las políticas más generales de AfD dificulten la llegada o permanencia de profesionales extranjeros que Sajonia-Anhalt necesita.

Eso sí debe preguntársele.

¿Cuántos médicos extranjeros trabajan allí?

¿Cuántas vacantes existen?

¿Cuántos profesionales alemanes piensa atraer?

¿Con qué salarios?

¿En cuánto tiempo?

¿Qué ocurrirá mientras tanto?

Ahí tenemos periodismo.

La radiotelevisión pública: ¿cerrarla o discutir por qué existe?

Otro titular:

Siegmund quiere cerrar la televisión pública.

Tampoco describe exactamente su propuesta.

El plan para los primeros cien días de AfD contempla denunciar los tratados estatales de radiodifusión, empezando por el sistema que sostiene al MDR, y la formación pretende reducir drásticamente el actual modelo de radiotelevisión pública y su financiación mediante canon obligatorio.

Discutámoslo.

¿Debe existir una radiotelevisión pública?

¿Por qué?

¿Cuánto debe costar?

¿Quién debe financiarla?

¿Debe pagarla obligatoriamente quien jamás la ve?

¿Cómo se garantiza su independencia?

¿Puede convertirse un medio financiado públicamente en portavoz cultural de las mayorías políticas y profesionales que trabajan en él?

¿Es preferible un mercado plural de medios privados?

¿Existe una función de servicio público que el mercado no cubriría?

Todo esto es discutible.

Lo que resulta sorprendente es considerar que cuestionar la existencia o tamaño de la radiotelevisión pública constituye una señal inequívoca de totalitarismo.

Un liberal clásico podría, perfectamente, defender su desaparición precisamente por considerar excesiva la intervención del Estado.

La cuestión decisiva será qué pretende poner AfD en su lugar.

Si destruye una estructura pública para crear una maquinaria propagandística controlada por el Gobierno, tendremos un problema autoritario.

Si sencillamente reduce el poder del Estado sobre la comunicación y deja florecer medios independientes, tendremos exactamente otra cosa.

Aristóteles.

Otra vez.

¡Una bandera alemana en una escuela alemana!

Continuemos con el catálogo del horror.

Siegmund propone que no se exhiba oficialmente la bandera arcoíris en las escuelas y que, en cambio, ondee la bandera alemana.

Lo ha dicho abiertamente.

La propia AfD ha defendido parlamentariamente la prohibición de la bandera arcoíris en edificios escolares, aunque dejando fuera los usos privados de los alumnos.

Se puede estar en contra.

Yo empezaría planteando una pregunta todavía más general:

¿debe una escuela pública exhibir símbolos ideológicos que no representan al conjunto de los ciudadanos?

Quizá no.

Ni de izquierdas.

Ni de derechas.

Ni arcoíris.

Ni religiosos.

Ni partidistas.

La bandera nacional constitucional pertenece a una categoría diferente: representa jurídicamente al Estado y, al menos sobre el papel, a todos sus ciudadanos.

¿Que ondee una bandera alemana en una escuela pública alemana demuestra nazismo?

Tendríamos entonces un problema extraordinariamente grave, porque Alemania lleva utilizando su actual bandera negra, roja y dorada como símbolo constitucional precisamente de la Alemania democrática de posguerra.

Podemos discutir si hace falta colocarla todos los días.

Pero habrá que aportar un argumento algo mejor que Hitler.

La familia tradicional

AfD defiende además expresamente como modelo la familia formada por hombre y mujer con hijos.

También es discutible.

Muchísimo.

¿Debe el Estado decirle a un niño qué familia es «normal»?

Yo preferiría otra fórmula.

El Estado debe reconocer la realidad.

Hay familias formadas por un hombre y una mujer.

Hay familias monoparentales.

Hay parejas homosexuales con hijos.

Hay abuelos que crían a sus nietos.

Hay padres divorciados.

Hay familias reconstruidas.

La escuela no necesita convertir ninguna de ellas en catecismo político.

Puede explicar que existen.

Otra cuestión consiste en enseñar biología.

Y otra, completamente distinta, convertir determinadas teorías políticas sobre sexo, género, familia o identidad en verdades oficiales.

La solución liberal vuelve a resultar bastante aburrida:

menos adoctrinamiento y más enseñanza.

No sustituir un catecismo por otro.

¡Y quieren permitir que los niños estudien en casa!

Llegamos a otra presunta manifestación del fascismo.

AfD quiere flexibilizar la obligatoriedad de asistencia física a la escuela y permitir la enseñanza domiciliaria.

La propuesta presentada en el Parlamento regional no consiste en dejar a los niños abandonados intelectualmente a la voluntad de sus padres.

Prevé que continúen matriculados en una escuela reconocida, enseñanza domiciliaria sometida a controles y exámenes semestrales obligatorios; si el alumno no demuestra el aprendizaje exigido, recuperaría la escolarización ordinaria.

Podrá ser una idea excelente.

O pésima.

Pero resulta difícil descubrir en ella la esvástica.

La enseñanza en casa existe legalmente, bajo modalidades diferentes, en diversas democracias occidentales.

Y plantea una pregunta filosófica bastante más profunda:

¿quién tiene la responsabilidad primordial de educar a un niño?

El Estado debe garantizar que recibe educación.

Debe protegerlo de abusos.

Debe comprobar que adquiere conocimientos básicos.

Pero de ahí a afirmar que solamente puede aprenderlos sentado obligatoriamente determinadas horas en un edificio estatal existe bastante trecho.

De nuevo, discutamos.

Más Bismarck y menos Hitler

Y llegamos al asunto más sensible de todos.

AfD quiere modificar la enseñanza de la Historia.

Aquí el oído alemán se pone inmediatamente en guardia, y es comprensible.

Hans-Thomas Tillschneider, responsable educativo de AfD en Sajonia-Anhalt, explicó que considera insuficientemente tratado el siglo XIX y que desea incrementar su peso en los programas. Cuando un periodista le preguntó si eso significaba más siglo XIX y menos nacionalsocialismo, respondió afirmativamente y resumió su propuesta:

más Bismarck, menos Hitler.

Pues examinemos también eso.

¿Debe Alemania olvidar a Hitler?

No.

Rotundamente no.

Los alemanes deben conocer el nazismo.

Las leyes raciales.

La destrucción de las libertades.

La persecución de los adversarios políticos.

La Gestapo.

Los campos de concentración.

Auschwitz.

El Holocausto.

La guerra.

Millones de muertos.

Es una parte esencial de su Historia y una advertencia universal sobre aquello en lo que puede convertirse un Estado cuando deja de reconocer derechos individuales y transforma a seres humanos en miembros sacrificables de categorías raciales, nacionales o políticas.

Pero aquí aparece otra pregunta:

¿la Historia alemana empieza en 1933?

Naturalmente que no.

Alemania también es el Sacro Imperio.

La Reforma.

La Guerra de los Treinta Años.

Prusia.

La Ilustración alemana.

Kant.

Goethe.

Schiller.

Bach.

Beethoven.

Humboldt.

Gauss.

La unificación.

Bismarck.

La industrialización.

El desarrollo científico.

La República de Weimar.

Y después Hitler.

Estudiar más a Bismarck no significa necesariamente estudiar menos críticamente a Hitler.

Todo dependerá del contenido.

Si se pretende reducir las horas dedicadas al nazismo para ocultar, minimizar o justificar sus crímenes, opongámonos.

Si se pretende corregir un programa desequilibrado que convierte doce años de dictadura en el eje alrededor del cual gira toda la historia milenaria de un país, entonces la discusión es distinta.

Una vez más:

contenido.

No etiquetas.

Y tampoco convirtamos a AfD en santos

Esto debe quedar igualmente claro.

Rechazar el uso infantil de «nazi» como sustituto del argumento no obliga a considerar liberal, razonable o acertado todo cuanto propone AfD.

Todo lo contrario.

Si queremos aplicar la prueba aristotélica hay que aplicarla también cuando incomoda a AfD.

Si pretende utilizar la escuela para fabricar patriotas obedientes, merece la misma crítica que quien pretende utilizarla para fabricar militantes progresistas.

Si pretende subvencionar solamente el arte que fortalezca una determinada concepción de la identidad alemana, un liberal debe desconfiar.

Si coloca al colectivo nacional por encima de los derechos individuales, debe ser criticada.

Si distingue los derechos de los ciudadanos según ascendencia, raza o religión, cruza una frontera elemental.

Si confunde integración con uniformidad, discutámoslo.

Si una política migratoria concreta ocasiona un daño económico mayor que el problema que pretende solucionar, dígase.

Pero dígase qué propuesta, qué daño y por qué.

Eso se llama argumentar.

Derecha, izquierda y colectivismo

Aquí vuelve a resultar útil la reflexión que formulé hace años.

La división derecha/izquierda puede ocultar algo mucho más importante: cuánto poder concedemos al colectivo sobre el individuo.

En aquel texto distinguía entre sistemas individualistas, basados en derechos personales, propiedad y gobierno limitado, y diferentes formas de colectivismo, en las que la persona acaba subordinada a una clase, una nación, una raza, un partido, una religión o cualquier otro sujeto colectivo.

Ésa me parece una vara de medir bastante mejor que determinar quién se sienta más a la derecha del hemiciclo.

El nazismo fue monstruoso no porque estuviera muy a la derecha en un gráfico.

Fue monstruoso porque construyó un Estado totalitario racial, abolió libertades, destruyó la democracia, persiguió a los adversarios, clasificó a las personas según ascendencia, confiscó propiedades, deportó, esclavizó y asesinó a millones.

Eso es nazismo.

Ahora cojan una propuesta de Siegmund.

Compárenla.

Y argumenten.

Puede resultar autoritaria.

Puede resultar liberal.

Puede ser nacionalista.

Conservadora.

Socialista.

Proteccionista.

Intervencionista.

Acertada.

Equivocada.

Pero la palabra debe ir después del análisis, no antes.

El cordón sanitario y la aritmética

Y todavía queda una consecuencia mucho más incómoda del resultado.

Durante años los partidos alemanes tradicionales han aplicado a AfD la llamada Brandmauer, el cortafuegos: ningún pacto que le permita gobernar.

La CDU de Friedrich Merz mantiene esa posición después de las elecciones.

Perfectamente legítimo.

Ningún partido está obligado a coaligarse con otro.

Pero volvamos a traducirlo a España para percibir lo que significa.

Imaginen que VOX obtiene:

43,8 % de los votos.

Alrededor de:

10,7 millones de sufragios.

Y una representación proporcional equivalente a:

unos 164 diputados.

Y después imaginen que PP, PSOE, Sumar, nacionalistas y demás fuerzas anuncian:

—Podéis votar a VOX, pero VOX no gobernará jamás porque todos nosotros impediremos que lo haga.

Constitucionalmente es posible.

En una democracia parlamentaria gobierna quien reúne una mayoría parlamentaria, no necesariamente quien obtiene más votos.

Pero políticamente surge una pregunta inevitable:

¿cuántos votos debe conseguir un partido para dejar de ser considerado un accidente que puede aislarse?

¿El 10 %?

¿El 20 %?

¿El 30 %?

¿El 43,8 %?

¿El 49 %?

Porque cuando una formación marginal consigue un 5 %, aislarla es relativamente sencillo.

Cuando logra un 10 %, todavía.

Cuando alcanza un 20 %, el cordón empieza a determinar todas las coaliciones posibles.

Pero cuando obtiene casi el 44 %, el cordón sanitario acaba convirtiéndose en el principio ordenador de todo el sistema político.

Ya no estamos hablando únicamente de aislar a AfD.

Estamos hablando de qué hacen todos los demás partidos para gobernar contra la opción elegida por una enorme pluralidad de ciudadanos.

Es perfectamente democrático formar esa mayoría alternativa.

Pero también es perfectamente democrático preguntar cuánto tiempo resulta políticamente sostenible.

El curioso caso del votante bueno y su voto malo

Existe además una contradicción particularmente divertida.

Los partidos tradicionales dicen:

—Debemos recuperar a los votantes de AfD.

Magnífico.

Por tanto esos votantes no son necesariamente nazis.

Porque si lo fueran, sería bastante extraño que CDU pretendiera recuperarlos.

Tenemos entonces:

el votante es respetable.

Pero:

su voto es extremista.

Y:

el partido al que vota debe ser excluido.

Al parecer, el ciudadano entra limpio en el colegio electoral, se convierte durante treinta segundos en peligroso extremista cuando introduce determinada papeleta en el sobre y recupera su condición democrática cuando una encuesta informa de que podría regresar a CDU.

Extraña metamorfosis.

Quizá exista una explicación más sencilla.

Muchos votantes no se han radicalizado.

Han cambiado de partido.

Y convendría averiguar por qué.

Pregunten a Siegmund

A mí no me molesta que los periodistas sean críticos con Ulrich Siegmund.

Quiero que lo sean.

Extraordinariamente críticos.

Pero críticos significa preguntar.

No insultar.

Pregúntenle:

¿Qué significa exactamente «remigración»?

¿Expulsará exclusivamente a quienes tengan una resolución que les obligue a abandonar Alemania?

¿Qué garantías jurídicas existirán?

¿Qué ocurrirá con los extranjeros legales?

¿Qué política aplicará a quienes llevan veinte años viviendo allí?

¿Qué hará con los médicos y enfermeros extranjeros que necesita Sajonia-Anhalt?

¿Cómo compensará la falta de trabajadores?

¿Qué tratados de radiodifusión denunciará?

¿Qué sistema propone en su lugar?

¿Cómo garantizará el pluralismo informativo?

¿Por qué debe prohibirse una bandera arcoíris en una escuela?

¿Por qué debe ondear todos los días la alemana?

¿Puede un profesor criticar el nacionalismo alemán?

¿Puede un alumno hacerlo?

¿Cómo se supervisará la enseñanza domiciliaria?

¿Qué contenidos deberán estudiar esos niños?

¿Qué pretende añadir exactamente al programa de Historia?

¿Qué pretende eliminar?

¿Cuántas horas dedicará al nazismo?

¿Qué entiende por identidad alemana?

¿Puede ser plenamente alemán un ciudadano negro?

¿Un musulmán?

¿Un judío?

¿Un homosexual?

¿Un alemán de padres turcos?

¿Exactamente con los mismos derechos?

Pregúntenle.

Insistan.

Comprueben las respuestas.

Contradigan.

Aporten datos.

Eso es periodismo.

Lo otro es presentarlo diciendo:

—Aquí tenemos al líder ultraderechista…

…y confiar en que el adjetivo haya hecho ya la mitad de la entrevista.

La etiqueta está perdiendo su poder

Quizá esto explique también una parte de lo que acaba de suceder.

Durante décadas determinadas palabras funcionaron como auténticos cordones sanitarios lingüísticos.

«Fascista».

«Racista».

«Xenófobo».

«Ultraderechista».

«Extremista».

Ser colocado dentro de alguna de esas categorías bastaba muchas veces para que el ciudadano ni siquiera quisiera escuchar el argumento.

Pero ocurre algo inevitable cuando se abusa de una palabra:

se devalúa.

Si todo control fronterizo es xenofobia…

si toda defensa de la nación es fascismo…

si toda crítica a la inmigración es racismo…

si cuestionar la radiotelevisión pública es autoritarismo…

si defender la familia tradicional es homofobia…

si hacer ondear la bandera nacional es nacionalismo peligroso…

si permitir educación domiciliaria es extremismo…

y si estudiar más a Bismarck es preparar el regreso de Hitler…

llega un momento en que millones de personas dejan de asustarse cuando reciben la correspondiente etiqueta.

Y aparece un peligro paradójico.

Cuando todo es fascismo, resulta más difícil reconocer al fascismo verdadero.

Cuando todo el mundo es Hitler, Hitler acaba convertido en un simple insulto de tertulia.

Eso sí constituye una irresponsabilidad histórica.

¿Y si mañana sucede en España?

Ésta es quizá la pregunta que más debería interesarnos.

No si VOX llegará necesariamente al 43,8 %.

No lo sabemos.

Sino si las condiciones que han permitido semejante desplazamiento electoral en Alemania existen también aquí.

¿Qué sucedería si millones de españoles llegaran a la conclusión de que el PP no quiere, no sabe o no puede aplicar políticas sustancialmente diferentes a las del bloque situado a su izquierda en inmigración, organización territorial, educación, energía, instituciones o determinadas cuestiones culturales?

¿Qué ocurriría si una parte considerable del electorado llegara a considerar que votar al partido conservador tradicional solamente ralentiza políticas que desea revertir?

Eso es exactamente lo que debería estudiar el PP observando Alemania.

No:

—¿Cómo conseguimos que llamen todavía más nazi a AfD?

Sino:

¿Por qué nuestros antiguos votantes prefieren a AfD?

Porque al final los electores tienen una costumbre muy molesta:

votan.

Y una papeleta no desaparece porque un editorialista la llame extremista.

Casi el 44 %

Regresemos finalmente al número.

43,8 %.

576.037 personas.

39 diputados de 83.

La CDU:

17,2 %.

No hay adjetivo capaz de borrar esa aritmética.

Podemos considerar preocupante la victoria de AfD.

Podemos celebrarla.

Podemos temer algunas de sus propuestas.

Podemos apoyar otras.

Podemos pensar que Siegmund es un magnífico dirigente.

O un pésimo gobernante potencial.

Pero algo parece evidente:

casi la mitad de los votantes de Sajonia-Anhalt no ha desaparecido porque alguien los llame ultraderechistas.

Siguen allí.

Y han votado.

Quizá haya llegado la hora de recuperar una antigua costumbre anterior a Twitter:

definir.

distinguir.

comparar.

demostrar.

refutar.

Y después, solamente después, poner nombre a las cosas.

Aristóteles lo llamaba lógica.

Nosotros hemos conseguido convertirlo casi en extremismo.

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