EL 7 DE OCTUBRE: LA GUERRA QUE EMPEZÓ MUCHO ANTES DEL PRIMER DISPARO

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Inteligencia, soberbia, fanatismo y el precio de no creer a quien anuncia que quiere destruirte

Carlos Aurelio Caldito Aunión

Las guerras rara vez comienzan cuando suena el primer disparo.

Empiezan mucho antes.

Comienzan cuando un país deja de creer que su enemigo es capaz de hacer aquello que lleva años diciendo que quiere hacer. Cuando los servicios de información confunden acumular datos con comprenderlos. Cuando los políticos convierten sus deseos en doctrina estratégica. Cuando una sociedad rica, tecnológica y segura de sí misma llega a convencerse de que el adversario acabará comportándose según las reglas de la comodidad, el dinero y la supervivencia.

Y entonces llega una mañana cualquiera.

Y la realidad derriba de una patada la puerta.

Eso ocurrió en Israel el 7 de octubre de 2023.

No fue solamente una matanza.

Fue también la demostración brutal de que uno de los Estados con mayores capacidades militares, tecnológicas y de información del mundo había construido una explicación equivocada acerca de su enemigo.

Y cuando una nación se equivoca acerca de la naturaleza del enemigo, todos los satélites, sensores, cámaras, drones, ordenadores y generales pueden convertirse en instrumentos costosísimos para vigilar una realidad que nadie comprende.

LA GUERRA QUE ISRAEL CREÍA HABER DOMESTICADO

Durante años se fue asentando una idea peligrosamente tranquilizadora.

Hamás continuaba siendo enemigo de Israel, naturalmente, pero parecía haberse convertido en un enemigo administrable.

Gobernaba Gaza.

Tenía territorio.

Tenía funcionarios.

Tenía necesidades económicas.

Tenía que mantener servicios.

Necesitaba dinero.

Debía conservar el poder.

Por tanto —se razonaba— tenía demasiado que perder.

Era una interpretación lógica.

Demasiado lógica.

Porque partía de una premisa discutible: que Hamás realizaría aproximadamente el mismo cálculo que realizaría un gobierno occidental.

Costes.

Beneficios.

Estabilidad.

Bienestar.

Desarrollo.

Comercio.

Supervivencia política.

El razonamiento encerraba una trampa extraordinariamente frecuente: imaginar al adversario como una versión defectuosa de nosotros mismos.

Y el enemigo no tiene ninguna obligación de parecerse a nosotros.

EL HOMBRE NO VIVE SOLAMENTE DE PAN

Hay una idea que Occidente parece obligado a redescubrir cada cierto tiempo: los hombres no actúan exclusivamente por razones económicas.

Si así fuese, la historia sería mucho más sencilla.

No existirían cruzadas.

Ni revoluciones.

Ni guerras religiosas.

Ni atentados suicidas.

Ni hombres capaces de renunciar a fortuna, familia, libertad y vida por una bandera, una causa, un dios, una venganza o una promesa de eternidad.

El hombre puede amar la comodidad.

Pero también puede amar el sacrificio.

Puede querer vivir.

Pero puede estar dispuesto a morir.

Puede buscar prosperidad.

Pero también puede preferir la victoria de una causa a la supervivencia de sus propios hijos.

Quien no comprende eso no comprende la historia.

Y probablemente tampoco comprenda a determinados enemigos.

Durante años se creyó que gobernar Gaza acabaría domesticando a Hamás.

Que las responsabilidades cotidianas impondrían prudencia.

Que las necesidades materiales moderarían sus objetivos.

Que la administración sustituiría poco a poco a la guerra.

Pero administrar una ciudad no convierte necesariamente a un fanático en un burgués.

Puede limitarse a proporcionarle oficinas desde las que preparar mejor la siguiente guerra.

LA CONCEPTZIA

Los israelíes llegaron incluso a utilizar una palabra que resume perfectamente el problema: conceptzia.

La concepción.

El marco mental.

La idea aceptada de antemano.

Hamás estaba disuadido.

Hamás quería conservar Gaza.

Hamás deseaba mejorar su economía.

Hamás no arriesgaría su existencia en una aventura militar enorme.

Y cuando una organización poderosa adopta una explicación general, ocurre algo muy humano.

Los datos que la confirman adquieren importancia.

Los que la contradicen se consideran excepciones.

Las advertencias se rebajan.

Los indicios molestos se reinterpretan.

Las anomalías se convierten en ruido.

Hasta que una hipótesis deja de ser una hipótesis y se transforma en dogma.

Entonces ya no se estudia la realidad para descubrir qué ocurre.

Se estudia la realidad para demostrar que seguimos teniendo razón.

Y pocas cosas resultan más peligrosas que una organización inteligente convencida de una idea equivocada.

INFORMACIÓN NO ES INTELIGENCIA

Ésta es otra de las grandes lecciones del 7 de octubre.

Poseer información no equivale a comprenderla.

Un Estado puede saber muchísimo y entender muy poco.

Puede disponer de fotografías, escuchas, interceptaciones, satélites, cámaras, informadores y algoritmos y continuar siendo prácticamente ciego.

Porque la inteligencia no consiste en acumular datos.

Consiste en otorgarles significado.

Un sensor puede detectar movimiento.

No puede explicar necesariamente una intención.

Una cámara puede mostrar a hombres entrenándose.

No puede determinar por sí sola si se trata de propaganda o del ensayo de una operación real.

Una computadora puede ordenar miles de señales.

Pero alguien tiene que decidir qué significan.

Y ese alguien lleva consigo sus prejuicios, sus convicciones y sus errores.

La tecnología no elimina la posibilidad del error humano.

Puede multiplicarla.

EL MAYOR PELIGRO: LA CERTEZA

Existe una forma particularmente peligrosa de ignorancia.

No saber.

El ignorante puede aprender.

Mucho peor es creer que ya se sabe.

Israel no ignoraba que Hamás era enemigo.

Lo que creyó saber era cómo pensaba.

Y ahí estuvo el problema.

Hamás no necesitaba ocultar completamente su odio.

Ni siquiera necesitaba ocultar todos sus preparativos.

Le bastaba con conseguir que Israel interpretase lo observado dentro de un marco equivocado.

Ésta es una vieja regla de la guerra.

El engaño perfecto no siempre consiste en esconder la verdad.

A veces consiste en mostrarla de tal manera que el adversario crea que está viendo otra cosa.

EL ENEMIGO TAMBIÉN ESTUDIA

Hay otro error muy frecuente entre las sociedades seguras de sí mismas.

Creer que solamente nosotros analizamos al enemigo.

Pero el enemigo también observa.

También aprende.

También busca rutinas.

También detecta debilidades.

También calcula horarios.

También estudia nuestras doctrinas.

También intenta averiguar qué consideramos imposible.

Y cuando lo descubre, busca precisamente ese lugar.

La superioridad tecnológica no elimina esta realidad elemental.

Un ejército poderoso puede ser estudiado.

Una frontera sofisticada puede tener rutinas.

Una unidad de élite puede tardar demasiado en llegar.

Una cadena de mando puede bloquearse.

Una fuerza aérea formidable puede resultar inútil durante los primeros minutos si nadie comprende todavía qué está ocurriendo.

La guerra continúa siendo una actividad profundamente humana.

Dos inteligencias enfrentadas.

Dos voluntades.

Dos maneras de engañar.

SIETE HORAS PUEDEN SER UNA ETERNIDAD

En algunos kibutz, los atacantes pudieron actuar durante horas antes de que llegara una respuesta suficiente.

Parece poco.

No lo es.

Siete horas son una eternidad cuando quienes están al otro lado de la puerta quieren matarte.

Siete horas permiten entrar en casas.

Incendiarlas.

Secuestrar.

Asesinar.

Perseguir.

Elegir víctimas.

Convertir una comunidad en un escenario de horror.

Por eso uno de los símbolos más poderosos de aquella jornada no es un tanque, ni un misil, ni un mapa.

Es un pequeño zapato infantil abandonado frente a una casa quemada.

La geopolítica acaba siempre en algo así.

Un objeto cotidiano.

Una habitación vacía.

Una llamada que nadie vuelve a contestar.

Los errores estratégicos terminan encarnándose en personas concretas.

RESPONSABILIDAD Y CULPABILIDAD

Conviene no confundir dos cuestiones.

Hamás es responsable de la matanza.

Punto.

La existencia de errores israelíes no convierte al agresor en menos responsable.

Pero el Estado de Israel tiene, al mismo tiempo, la obligación de preguntarse cómo fue posible semejante fracaso.

Una cosa es la culpabilidad de quien comete el crimen.

Otra, la responsabilidad de quien tenía el deber de impedirlo.

No son categorías incompatibles.

Si un delincuente entra en una casa y asesina a sus habitantes, la culpa es del delincuente.

Pero si la policía había recibido múltiples señales, disponía de medios suficientes y dejó sin protección una zona cuya seguridad dependía de ella, será legítimo investigar su actuación.

Eso no absuelve al asesino.

Significa simplemente que un Estado serio examina sus propios errores.

NETANYAHU Y EL PESO DEL MANDO

La responsabilidad política no puede desaparecer en los despachos militares.

Cuando un país obtiene una victoria, los gobernantes suelen aparecer inmediatamente delante de las cámaras.

Reclaman liderazgo.

Visión.

Firmeza.

Decisión.

Por coherencia, cuando ocurre una catástrofe no pueden descubrir repentinamente que todo dependía de funcionarios, coroneles y analistas.

Gobernar significa responder.

No necesariamente conocer cada dato.

No necesariamente recibir personalmente cada informe.

Pero sí responder por el sistema sobre el que se ejerce autoridad.

Un dirigente no puede privatizar los éxitos y nacionalizar los fracasos.

Benjamin Netanyahu llevaba muchos años ocupando un lugar central en la política israelí.

Por tanto, forma parte necesariamente del examen político del 7 de octubre.

Eso no significa atribuirle personalmente la autoría de cada error.

Significa algo mucho más sencillo.

Quien manda debe responder por aquello que ocurre bajo su mando.

EL PRECIO DE COMPRAR TRANQUILIDAD

Israel llevaba años intentando gestionar el problema de Gaza.

Golpear cuando fuese necesario.

Negociar treguas.

Permitir determinadas entradas de dinero.

Ofrecer incentivos económicos.

Aumentar o reducir restricciones.

Administrar la violencia.

Comprar tiempo.

Comprar estabilidad.

Comprar silencio.

El problema es que comprar tranquilidad no equivale a comprar paz.

La tranquilidad puede ser simplemente una fase de preparación.

El silencio puede significar que alguien está cargando el arma.

La ausencia de ataques puede interpretarse como éxito de la disuasión.

O como preparación de una operación mayor.

Todo depende de quién interprete los signos.

LA PARADOJA ISRAELÍ

Y, sin embargo, existe una segunda parte de esta historia.

El mismo Estado que sufrió una de las mayores derrotas de inteligencia de su historia demostró después una extraordinaria capacidad para adaptarse.

Eso también merece ser estudiado.

Porque las sociedades fuertes no son las que nunca fracasan.

No existen.

Son las que pueden mirar de frente su fracaso, averiguar sus causas y corregirlas.

Hay ejércitos que pierden una batalla y aprenden.

Y hay otros que redactan informes para demostrar que realmente no la perdieron.

La diferencia entre ambos puede decidir una guerra.

Israel comenzó el 7 de octubre sorprendido, desorganizado y desconcertado.

Después reorganizó fuerzas, revisó doctrinas, movilizó recursos y extendió el conflicto contra una red mucho más amplia que Hamás.

Se puede discutir cada decisión.

Se puede cuestionar cada operación.

Se puede discutir la proporcionalidad, la oportunidad y el coste de determinadas acciones.

Pero existe un hecho difícil de negar: Israel comprendió que la guerra que creía controlar era muy distinta de la guerra que tenía delante.

IRÁN Y LA GUERRA DE LOS PEONES

El conflicto tampoco puede comprenderse mirando solamente a Gaza.

Hamás no existe en un vacío estratégico.

Irán ha construido durante décadas una red de organizaciones armadas capaces de presionar a Israel desde distintos frentes.

Hamás.

Hezbolá.

Milicias en Siria e Irak.

Los hutíes en Yemen.

Distintos instrumentos.

Distintas estructuras.

Distintos grados de dependencia.

Pero una lógica común: aumentar el coste de la seguridad israelí sin necesidad de librar siempre una guerra convencional directa.

Es una estrategia antigua.

Combatir mediante terceros.

Agotar.

Hostigar.

Abrir frentes.

Obligar al adversario a dispersar recursos.

Mantenerlo permanentemente bajo presión.

Por eso el 7 de octubre no puede analizarse solamente como una incursión terrorista.

Fue también un acontecimiento dentro de una lucha regional mucho más amplia.

NUNCA TRADUZCAS AL ENEMIGO

Quizás la lección principal sea ésta.

Cuando el enemigo habla, escuchémoslo en su propio idioma político.

No traduzcamos automáticamente sus palabras a nuestras categorías.

Si alguien afirma reiteradamente que quiere destruirnos, no debemos suponer que se trata únicamente de retórica porque destruirnos resultaría económicamente absurdo.

Puede que para él no sea absurdo.

Puede considerar que el sacrificio merece la pena.

Puede preferir nuestra destrucción a su prosperidad.

Puede estar dispuesto a pagar un precio que nosotros jamás pagaríamos.

La racionalidad no es universal en sus fines.

Un hombre puede razonar perfectamente y perseguir un objetivo que nosotros consideramos monstruoso.

LA GRAN ILUSIÓN OCCIDENTAL

Durante décadas, buena parte de Occidente ha construido su política exterior sobre una esperanza.

El comercio modera.

La prosperidad pacifica.

La interdependencia civiliza.

La riqueza convierte a los enemigos en socios.

A veces funciona.

Otras veces no.

Porque el dinero modifica conductas.

Pero no necesariamente sustituye creencias.

Un fanático con cuenta bancaria puede seguir siendo fanático.

Un régimen próspero puede continuar siendo expansionista.

Un movimiento armado que administra hospitales puede continuar preparando asesinatos.

La historia no avanza obligatoriamente hacia una versión cada vez más cómoda de nosotros mismos.

EL PELIGRO DE NO CREER EN LO INCREÍBLE

Las grandes catástrofes suelen ir precedidas de frases conocidas.

Eso no ocurrirá.

No se atreverán.

No les conviene.

Sería suicida.

Nadie haría algo semejante.

Todas ellas pueden ser ciertas.

Hasta que dejan de serlo.

La historia está llena de decisiones que parecían irracionales antes de ocurrir y absolutamente inevitables después.

Por eso la función de los servicios de información no consiste únicamente en calcular lo probable.

También deben estudiar lo posible.

Especialmente aquello que, siendo posible, tendría consecuencias catastróficas.

LOS CISNES NEGROS NO SIEMPRE SON NEGROS

A veces llamamos acontecimiento imprevisible a aquello que simplemente no quisimos prever.

Después de una catástrofe aparecen casi siempre señales anteriores.

Informes.

Advertencias.

Ejercicios.

Movimientos.

Declaraciones.

Personas que dijeron que algo podía ocurrir.

No significa que todo desastre sea fácil de anticipar.

Significa que la sorpresa absoluta es menos frecuente de lo que solemos admitir.

La retrospectiva engaña, ciertamente.

Pero también engaña la burocracia cuando utiliza la palabra «imprevisible» para protegerse.

LA OBLIGACIÓN DE DESCONFIAR

Una nación necesita confianza para vivir.

Pero necesita desconfianza para sobrevivir.

La desconfianza no significa paranoia.

Significa verificar.

Contrastar.

Imaginar escenarios.

Preguntarse qué ocurriría si nuestra explicación fuese equivocada.

Mantener abierta la posibilidad de estar equivocados.

Especialmente cuando las consecuencias de equivocarnos pueden medirse en cadáveres.

La inteligencia auténtica comienza con una pregunta incómoda:

¿Y si todo lo que creemos acerca del enemigo fuese falso?

LA GUERRA COMO EXAMEN DE REALIDAD

La guerra posee una cualidad terrible.

No admite indefinidamente la ficción.

Un gobierno puede falsear estadísticas.

Un partido puede manipular discursos.

Una burocracia puede esconder errores.

Un periódico puede seleccionar noticias.

Pero un ejército enemigo posee la desagradable costumbre de poner a prueba nuestras teorías.

Si nuestra doctrina es correcta, funciona.

Si es equivocada, muere gente.

Clausewitz comprendió algo fundamental: la guerra es un choque de voluntades.

No una conferencia.

No una encuesta.

No un seminario.

El enemigo participa.

Y tiene voto.

EL 7 DE OCTUBRE NO FUE SOLAMENTE UNA FECHA ISRAELÍ

Ésta es quizá la razón por la que conviene estudiar aquel día lejos de la propaganda de unos y otros.

Porque contiene una advertencia universal.

Todo Estado poderoso puede engañarse.

Todo servicio de información puede enamorarse de su propia interpretación.

Todo gobernante puede preferir buenas noticias.

Todo ejército puede convertir una rutina en una vulnerabilidad.

Toda sociedad puede cansarse de vivir alerta.

Y todo enemigo inteligente intentará aprovechar precisamente ese cansancio.

EL PEOR AUTOENGAÑO

Hay tres frases que parecen parecidas y no lo son:

No quiero que ocurra.

No creo que ocurra.

No puede ocurrir.

El salto de la primera a la tercera constituye uno de los caminos más cortos hacia el desastre.

La política seria empieza reconociendo la diferencia.

Porque la realidad no negocia con nuestros deseos.

UN ZAPATO SOBRE LA HIERBA

Volvamos al final al pequeño zapato.

Porque todos los análisis estratégicos deberían terminar ahí.

En las consecuencias.

Un niño no sabe qué es una doctrina militar.

No sabe qué significa disuasión.

No conoce el nombre del jefe del servicio de información.

No entiende la diferencia entre inteligencia humana y electrónica.

No ha leído a Clausewitz.

No sabe quién se equivocó en una reunión celebrada meses antes.

Pero puede acabar pagando todos esos errores.

Por eso investigar el 7 de octubre no significa buscar excusas para Hamás.

Significa exactamente lo contrario.

Significa reconocer que existen enemigos capaces de hacer aquello que dicen que desean hacer.

Y que la primera obligación de un Estado consiste en proteger a sus ciudadanos de ellos.

Hamás estudió a Israel.

Israel creyó haber comprendido a Hamás.

Aquella mañana descubrimos quién había entendido mejor al otro.

Ésa es probablemente la más incómoda de todas las lecciones.

Y quizá también la más necesaria.

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Octubre de 2026

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