EL PSOE, PRINCIPAL LOBBY PROMARROQUÍ DE ESPAÑA
De González a Sánchez, pasando por Zapatero: demasiados años de amistad, concesiones, silencios y decisiones favorables a Rabat para seguir hablando de casualidades.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Hay casualidades que, cuando se repiten durante cuarenta años, dejan de ser casualidades.
La relación del PSOE con Marruecos pertenece ya a esa categoría.
Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero, Miguel Ángel Moratinos, José Bono, María Antonia Trujillo, José Manuel Albares, Pedro Sánchez… Cambian los nombres, pasan las décadas, se suceden los gobiernos y permanece una constante: Marruecos siempre encuentra en el socialismo español una comprensión, una proximidad y una docilidad que cuesta encontrar en cualquier otro gran partido de España.
No estamos ante un episodio aislado.
Estamos ante una política.
Y, contemplada en conjunto, permite decirlo con claridad:
El PSOE se ha convertido en el principal lobby promarroquí de España.
RABAT CULTIVA; EL PSOE RESPONDE
Marruecos conoce perfectamente su oficio.
No necesita conquistar voluntades con discursos solemnes. Le basta con cultivar relaciones.
Amistades.
Invitaciones.
Condecoraciones.
Viajes.
Contactos empresariales.
Conferencias.
Intermediarios.
Acceso privilegiado.
Favores.
Prestigio.
Y paciencia.
Mucha paciencia.
El Majzén lleva décadas entendiendo algo elemental: es mucho más barato cultivar a las élites políticas del vecino que enfrentarse abiertamente con ellas.
Taleb Alisalem ha puesto nombres y palabras a algo que muchos españoles llevan años observando. Según su denuncia, Marruecos ha desarrollado una estrategia de penetración e influencia sobre figuras destacadas del PSOE mediante dinero, relaciones personales, agasajos e intereses cruzados.
Y basta recorrer las últimas décadas para comprobar que la cercanía política entre destacados dirigentes socialistas y Rabat no es precisamente una rareza.
Felipe González mantuvo relaciones privilegiadas con Hassan II y después con Mohamed VI.
Zapatero se ha convertido con los años en uno de los grandes defensores españoles de la relación preferente con Marruecos.
Moratinos ha orbitado durante décadas alrededor de esa política.
José Bono nunca ha ocultado sus vínculos y simpatías.
María Antonia Trujillo llegó todavía más lejos y asumió públicamente posiciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla.
Y Pedro Sánchez ha culminado la obra.
No parece una cadena de accidentes.
Parece una tradición.
EL SÁHARA: LA GRAN CESIÓN
La prueba política más espectacular llegó en 2022.
España había mantenido durante décadas una posición conocida respecto del Sáhara Occidental.
Pedro Sánchez decidió cambiarla.
Y la cambió personalmente.
Sin un gran debate nacional.
Sin consultar previamente al Parlamento.
Sin acuerdo entre los partidos.
Sin consenso dentro de su propio Gobierno.
Y, sobre todo, en el sentido exacto que Marruecos llevaba años reclamando.
España pasó a considerar la propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara como la opción «más seria, creíble y realista».
Rabat consiguió lo que llevaba décadas buscando.
Y lo consiguió con Sánchez.
Cabe formular una pregunta muy sencilla:
¿Qué recibió España a cambio?
Porque cuando un Estado modifica una posición histórica sobre una cuestión de enorme importancia estratégica, lo normal es que obtenga una contrapartida equivalente.
¿Qué obtuvo España?
¿Más respeto de Marruecos?
¿El abandono de las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla?
¿El final de la utilización de la inmigración como instrumento de presión?
¿Una cooperación fronteriza incondicional?
¿El reconocimiento expreso y definitivo de la soberanía española sobre Ceuta, Melilla y los demás territorios españoles del norte de África?
Nada de eso.
Marruecos consiguió su victoria diplomática y continuó comportándose como Marruecos.
Negocio redondo.
Para Marruecos.
PEGASUS Y LAS PREGUNTAS QUE NADIE QUIERE RESPONDER
Y en mitad de todo aquello apareció Pegasus.
Los teléfonos de Pedro Sánchez y varios ministros fueron infectados.
Entre ellos se encontraban Margarita Robles, Fernando Grande-Marlaska y Luis Planas.
No estamos hablando de concejales de Villaconejos.
Estamos hablando del presidente del Gobierno y de ministros responsables de Defensa, Interior y Agricultura.
Es decir, hombres y mujeres que manejaban información extraordinariamente sensible sobre seguridad, relaciones exteriores, fronteras, Marruecos, Ceuta, Melilla, el Sáhara y muchas otras cuestiones estratégicas.
Después llegó el giro sobre el Sáhara.
Y desde entonces España vive instalada en una pregunta que nadie consigue borrar:
¿Qué sabía quien entró en aquellos teléfonos?
Y otra todavía más importante:
¿Qué encontró?
Taleb Alisalem sostiene que reducir toda la relación hispano-marroquí a Pegasus sería incluso quedarse corto.
Su tesis es mucho más amplia: Marruecos lleva años construyendo influencia dentro de las élites españolas y el PSOE constituye uno de sus terrenos más fértiles.
Vistas las consecuencias, cuesta desdeñar la cuestión.
CEUTA: MARRUECOS APRIETA Y ESPAÑA PAGA
Ceuta representa el ejemplo perfecto del funcionamiento de esta relación.
Marruecos conoce perfectamente la debilidad española.
Sabe que la inmigración es un arma.
Sabe que puede abrir y cerrar el grifo.
Sabe que puede relajar la vigilancia fronteriza.
Sabe que una entrada masiva provoca inmediatamente un problema político, policial, social, económico y humanitario dentro de España.
Y sabe, además, que Madrid acabará negociando.
El procedimiento es antiguo.
Rabat presiona.
España protesta.
Rabat endurece el gesto.
España pide calma.
Rabat exige.
España negocia.
Rabat obtiene alguna concesión.
Y después todos hablan solemnemente de «amistad», «cooperación» y «relación estratégica».
Román paladino:
Marruecos aprieta y España afloja.
Con Sánchez, esta costumbre se ha convertido prácticamente en método de gobierno.
La gravedad del asunto aumenta porque Marruecos jamás ha enterrado completamente sus aspiraciones sobre Ceuta y Melilla.
Puede rebajar el tono.
Puede elegir mejor el momento.
Puede recurrir a ministros, medios de comunicación, profesores, portavoces o personajes interpuestos.
Pero la reivindicación permanece.
Y mientras tanto España continúa financiando, cooperando, negociando y evitando cualquier enfrentamiento serio con Rabat.
MARÍA ANTONIA TRUJILLO: CUANDO YA NI SIQUIERA SE DISIMULA
El caso de María Antonia Trujillo merece capítulo aparte.
Una antigua ministra del Gobierno de España acabó considerando justificadas las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla.
La escena resulta difícil de imaginar en cualquier país serio.
Pensemos por un momento en un antiguo ministro francés justificando públicamente una reclamación extranjera sobre territorio francés.
O en un antiguo ministro británico defendiendo que Gibraltar debe pertenecer a España.
O en un antiguo ministro italiano respaldando una reclamación extranjera sobre Sicilia.
El escándalo sería monumental.
En España nos hemos acostumbrado tanto al disparate que hasta esto termina convertido en una noticia de dos días.
Pero revela algo importante.
Existe dentro de determinadas élites políticas españolas una mirada hacia Marruecos que ya no parte de los intereses españoles.
Parte de la obsesión por comprender a Marruecos.
Complacer a Marruecos.
No irritar a Marruecos.
No incomodar a Marruecos.
No provocar a Marruecos.
Como si el problema de nuestra política exterior consistiera en conseguir que Mohamed VI duerma tranquilo.
ZAPATERO, SIEMPRE DISPUESTO
José Luis Rodríguez Zapatero aparece una y otra vez en este paisaje.
Siempre próximo a Rabat.
Siempre comprensivo con Marruecos.
Siempre dispuesto a explicar las virtudes del entendimiento.
Zapatero se ha convertido en una especie de embajador mundial sin embajada de todos aquellos regímenes y gobiernos con los que mantiene buenas relaciones.
Venezuela.
China.
Marruecos.
Da igual el asunto.
Siempre encuentra una razón para comprender al interlocutor extranjero.
Lo curioso es que esa comprensión suele ser infinitamente mayor que la reservada a quienes critican esas relaciones desde España.
Taleb Alisalem ha señalado precisamente a Zapatero como uno de los ejemplos más claros de esa política marroquí de cultivo de dirigentes políticos.
Y Zapatero no es un personaje menor.
Fue presidente del Gobierno.
Secretario general del PSOE.
Uno de los hombres más importantes del socialismo español durante décadas.
Y continúa teniendo influencia.
SÁNCHEZ: LA CULMINACIÓN
Pero Pedro Sánchez representa otra cosa.
Con él, la relación con Marruecos ha pasado de la amistad tradicional a una política de cesión difícilmente reconocible.
Sánchez entrega a Rabat el giro sobre el Sáhara.
Sánchez mantiene una extraordinaria prudencia ante cada provocación marroquí.
Sánchez presenta a Marruecos una y otra vez como socio fundamental.
Sánchez evita convertir las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla en un conflicto político mayor.
Sánchez soporta crisis migratorias y tensiones diplomáticas y termina regresando siempre al mismo sitio:
Marruecos es nuestro amigo.
Marruecos es nuestro socio.
Marruecos es estratégico.
Marruecos es imprescindible.
La pregunta es elemental:
¿Imprescindible para quién?
Porque una relación entre dos Estados soberanos debe beneficiar a ambos.
Si uno amenaza, presiona, reclama territorio, utiliza la inmigración, obtiene concesiones diplomáticas y aun así continúa siendo tratado como socio privilegiado, tal vez no estemos ante una relación equilibrada.
Tal vez estemos ante subordinación.
EL MEJOR LOBBY ES EL QUE NO NECESITA PRESENTARSE COMO LOBBY
Cuando hablamos de grupos de presión, imaginamos despachos, tarjetas de visita y profesionales cobrando por defender determinados intereses.
Eso es la versión rudimentaria.
El lobby perfecto funciona de otra manera.
Consigue que políticos del país sobre el que desea influir interioricen sus prioridades.
Ya no necesita llamar por teléfono.
Ya no necesita exigir.
El trabajo se hace solo.
El gobernante extranjero empieza a pensar:
«No conviene molestar a Marruecos».
«Hay que comprender a Marruecos».
«Marruecos es imprescindible».
«Marruecos tiene sus sensibilidades».
«No debemos poner en peligro la cooperación».
«No podemos tensar demasiado la cuerda».
Y cuando todas las decisiones empiezan a pasar por ese filtro, el lobby ha triunfado.
Porque ya no necesita dar órdenes.
Ha conseguido que los demás piensen por él.
¿QUIÉN DEFIENDE AQUÍ LOS INTERESES DE ESPAÑA?
Ésa es la verdadera cuestión.
No si Marruecos defiende sus intereses.
Por supuesto que los defiende.
Hace bien.
Mohamed VI no gobierna para España.
Gobierna para Marruecos.
Lo absurdo sería reprochárselo.
El problema es otro:
¿Quién defiende los intereses españoles?
Porque cuando Rabat reclama Ceuta y Melilla, España debería responder sin titubeos.
Cuando utiliza la inmigración como instrumento de presión, España debería responder.
Cuando actúa contra nuestros intereses en el Sáhara, España debería responder.
Cuando intenta influir sobre nuestra política interior, España debería responder.
Cuando amenaza nuestra soberanía, España debería responder.
Y responder no significa publicar una nota insípida ni convocar a un embajador para servirle café.
Significa política de Estado.
Reciprocidad.
Firmeza.
Capacidad de presión.
Defensa de las fronteras.
Diplomacia respaldada por poder.
Justo lo contrario de esa mezcla de temor reverencial, complejo de inferioridad y necesidad compulsiva de agradar que domina demasiadas veces nuestra relación con Rabat.
EL PSOE, EL GRAN INTERMEDIARIO
Por eso la expresión «lobby promarroquí» resulta tan adecuada.
Porque describe una función.
Durante décadas, destacados dirigentes socialistas han actuado como grandes defensores de la comprensión hacia Marruecos.
Han estrechado vínculos.
Han suavizado conflictos.
Han defendido relaciones privilegiadas.
Han minimizado enfrentamientos.
Han aceptado argumentos marroquíes.
Y, finalmente, con Pedro Sánchez, han entregado a Rabat una de sus grandes aspiraciones diplomáticas: el cambio español sobre el Sáhara.
Todo ello mientras Marruecos continúa sin renunciar a Ceuta y Melilla.
Extraña amistad.
Extraña reciprocidad.
Extraño negocio.
Un negocio magnífico para Mohamed VI.
Mucho menos para España.
LA PREGUNTA FINAL
Quizá la política española respecto de Marruecos resulte mucho más fácil de comprender si dejamos de analizarla desde Madrid y empezamos a contemplarla desde Rabat.
Preguntémonos qué habría deseado Marruecos durante los últimos años.
Que España modificara su posición sobre el Sáhara.
Lo consiguió.
Que España evitara una confrontación seria por Ceuta y Melilla.
Lo consiguió.
Que España dependiera de su cooperación migratoria.
Lo consiguió.
Que los gobiernos españoles consideraran imprescindible conservar buenas relaciones con el Majzén casi a cualquier precio.
Lo consiguió.
Que una parte importante de la élite política española actuara como portavoz permanente de la necesidad de comprender y satisfacer a Marruecos.
También lo consiguió.
Visto así, el balance es espectacular.
Para Marruecos.
De ahí que ya resulte innecesario buscar demasiado lejos al principal grupo de presión marroquí existente en nuestro país.
Lo tenemos dentro.
Tiene siglas.
Tiene ministros.
Ha tenido varios presidentes del Gobierno.
Y lleva décadas presentando como «buena relación con Marruecos» lo que demasiadas veces se parece mucho más a una sucesión interminable de concesiones.
Se llama Partido Socialista Obrero Español.
Y con Pedro Sánchez en La Moncloa, el principal lobby promarroquí de España jamás había tenido tanto poder.