LA CAJERA DE LAS SAUNAS Y EL SULTÁN DEL FALCON

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Romance grotesco, satírico y bastante desvergonzado

La cajera de las saunas
ha hecho una fortuna ingente
desde que Pedro el corrupto
llegara a ser presidente.

¡Ay, qué milagro, señores!
¡Qué prodigio tan divino!
Unos sudan trabajando
y otros viven del vecino.

En las saunas de papá
comenzó tan gran sainete,
y ahora, en la Moncloa, manda
el señor del colorete.

El galán de la sonrisa,
el Narciso del Falcon,
lleva a España en la ruina
y presume de gestión.

Tiene ministros de adorno,
palmeros a discreción,
y una corte de pelotas
que le bailan el son.

¡Ay, qué hermosa democracia!
¡Ay, qué hermosa progresía!
Cuanto más pobre está el pueblo,
más engorda la camarilla.

La cajera hace las cuentas,
el marido da sermones;
uno habla de justicia
y otros cuentan los millones.

En la corte del Falcon
todo es magia y maravilla:
lo que ayer era indecente
hoy merece una medalla.

Si preguntas por las cuentas,
te contestan: «¡Facha inmundo!».
Si preguntas por los cargos,
«¡Eres lo peor del mundo!».

Si preguntas por los favores,
te responden con insultos;
si mencionas los negocios,
ponen cara de difuntos.

¡Qué país de maravillas!
¡Qué prodigiosa nación!
El que trabaja se arruina,
y el que manda da lección.

Pedro predica honradez
con gesto de sacristán,
mientras sus fieles acólitos
gritan: «¡Viva nuestro sultán!».

La igualdad es cosa hermosa
cuando se predica al pobre;
pero el rico progresista
siempre quiere que le sobre.

La transparencia es sagrada,
lo repiten sin pudor,
mientras cierran las ventanas
y oscurecen el salón.

¡Ay, la izquierda del progreso!
¡Ay, la izquierda del jamón!
Que predica sacrificios
desde mullido sillón.

Al obrero le aconsejan
que se apriete el cinturón,
mientras vuelan por los cielos
en magnífico avión.

Hay enchufes, hay sillones,
hay asesores a miles,
y discursos que reparten
los sermones a barriles.

Hay contratos, hay sospechas,
hay preguntas sin respuesta,
y una legión de coristas
que convierte todo en fiesta.

Y si algún juez hace preguntas,
se organiza un gran follón:
«¡Es la pérfida derecha!
¡Es la persecución!».

El marido pone el gesto
de ofendido y perseguido,
y se envuelve en la bandera
del progreso incomprendido.

¡Ay, qué mártires tan ricos!
¡Qué calvario tan dorado!
Siempre sufren los mismos,
pero nunca el diputado.

Al llegar las elecciones
vuelve Pedro a prometer
que esta vez, por fin, España
un paraíso va a ser.

Y el votante, embelesado,
vuelve a darle su confianza;
él se queda con las llaves
y el votante, con la esperanza.

La cajera de las saunas,
el gran Pedro presidente,
¡qué magnífica comedia
para un público paciente!

Pero el pueblo va aprendiendo
que no hay santo sin altar,
ni político tan puro
que no convenga vigilar.

Porque hay muchos que confunden
el Gobierno y su sillón
con la finca de su abuelo
y la caja de un mesón.

Y entre saunas y Falcones,
entre incienso y pelotera,
va engordando el gran sainete
de esta corte puñetera.

¡Ay, Pedro, Pedro, Pedrito,
gran señor del trampantojo!
Se te llena el Parlamento
de ministros a tu antojo.

Tú prometes, tú sonríes,
tú te pones muy solemne;
pero cuando llegan cuentas,
¡ni el apuntador se atreve!

Y así termina este romance
de la corte presidencial,
donde todos son honrados
por decreto oficial.

La cajera de las saunas,
el Falcon y el presidente:
¡unos viviendo del cuento
y otros pagando la cuenta!

Y aquí termina la copla,
que nadie se dé por santo:
¡cuando el poder se hace negocio,
la democracia es un espanto!

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