LA ESTAFA Y LA COARTADA DEL CAMBIO CLIMÁTICO.

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Cuando el clima sirve para no gobernar

Cüando redacto este artículo, está ardiendo la comarca extremeña de LAS HURDES, por enésima vez…

España ha encontrado al culpable perfecto.

No comparece ante los tribunales, no concede entrevistas, no presenta recursos, no puede defenderse y, sobre todo, sirve para explicar casi cualquier desastre: el cambio climático.

Arden los montes: cambio climático.

Se desbordan los ríos: cambio climático.

Llegan las riadas: cambio climático.

Falta agua: cambio climático.

Hace demasiado calor: cambio climático.

Llueve poco: cambio climático.

Llueve mucho: también cambio climático.

Y asunto resuelto.

El Gobierno social-comunista de Pedro Sánchez ha encontrado así una coartada formidable para algo mucho más antiguo que el calentamiento del planeta: la imprevisión, la negligencia y el desgobierno.

Porque una cosa es que cambie el clima y otra, muy distinta, que el clima tenga la culpa de que no se haga aquello que corresponde hacer a quien gobierna.

Si viene lo peor, habrá que prepararse

Aceptemos, incluso, las previsiones más alarmantes.

Supongamos que España tendrá temperaturas más altas, sequías más prolongadas, lluvias más violentas, incendios más peligrosos y fenómenos meteorológicos más extremos.

Muy bien.

Entonces la conclusión debería ser elemental.

Si habrá más incendios, habrá que limpiar mejor los montes.

Si habrá lluvias torrenciales, habrá que mantener limpios los cauces, barrancos y desagües.

Si habrá sequías, habrá que almacenar más agua.

Si habrá mayores necesidades de climatización, habrá que producir más electricidad.

Si aumenta la incertidumbre internacional, habrá que depender menos del exterior.

No parece demasiado complicado.

Lo verdaderamente asombroso es proclamar que se avecinan calamidades y actuar como si prepararse para ellas fuese contrario a la naturaleza.

Bosques abandonados y llamas inevitables

España lleva siglos padeciendo incendios. También sequías. También olas de calor.

La diferencia está en cómo se prepara para afrontarlos.

Un monte cargado de maleza y combustible vegetal no deja de ser peligroso porque un ministro pronuncie un discurso sobre la descarbonización. Un cortafuegos no se mantiene con declaraciones institucionales. Un camino forestal no se limpia aprobando una estrategia para 2050.

Los bosques necesitan hombres, ganado, aprovechamiento forestal, caminos, cortafuegos, limpieza, vigilancia y agua.

Necesitan, en suma, ser cuidados.

Pero hemos convertido demasiadas veces el abandono en protección y la intervención sensata sobre el monte en sospechosa agresión a la naturaleza.

Después llega el fuego.

Y entonces aparece el cambio climático.

Magnífica absolución.

Un país seco que renuncia a guardar agua

Con el agua el disparate resulta todavía más difícil de explicar.

España es un país de lluvias irregulares. Lo sabemos desde mucho antes de que existieran las cumbres climáticas.

Precisamente por eso generaciones enteras construyeron presas, embalses, canales y acequias.

No intentaban dominar el planeta. Intentaban hacer algo bastante más modesto: guardar agua cuando había para disponer de ella cuando faltara.

Hoy, mientras se nos anuncia un futuro de sequías, se eliminan obstáculos fluviales —incluidas algunas presas y azudes, aunque conviene distinguir unas obras de otras—, se dificultan nuevas obras hidráulicas y se contempla demasiadas veces cualquier intervención sobre un río como si la naturaleza hubiera de conservarse en una urna.

Pero si verdaderamente creemos que lloverá menos y de manera más irregular, necesitaremos más capacidad de regulación, no menos.

Embalses donde sean necesarios.

Presas seguras y bien conservadas.

Cauces atendidos.

Redes sin pérdidas inadmisibles.

Reutilización de aguas.

Desalación donde resulte razonable.

Conexiones entre cuencas cuando sean posibles y convenientes.

No hay contradicción entre cuidar la naturaleza y almacenar agua.

La contradicción consiste en anunciar sequías mientras dejamos escapar el agua hacia el mar y después decretamos restricciones.

La extraña guerra contra la energía

Algo semejante ocurre con la electricidad.

España quiere electrificar el transporte, las calefacciones, la industria y buena parte de la economía.

Quiere centros de datos.

Quiere fábricas.

Quiere trenes.

Quiere automóviles eléctricos.

Quiere bombas de calor.

Quiere una sociedad cada vez más dependiente de la electricidad.

Y, al mismo tiempo, mantiene el propósito de cerrar sus centrales nucleares.

Resulta difícil encontrar mejor ejemplo de contradicción política.

Las energías solar y eólica son aprovechables y España tiene condiciones excelentes para ambas. Sería absurdo renunciar a ellas.

Pero igualmente absurdo es fingir que el sol brilla por decreto y que el viento sopla cuando lo ordena el Consejo de Ministros.

Una nación industrial necesita electricidad las veinticuatro horas del día, los 365 días del año.

Necesita producir cuando llueve, cuando hay anticiclón, cuando es de noche y cuando millones de personas encienden simultáneamente la calefacción o el aire acondicionado.

Por eso una política energética seria no debería preguntarse qué fuente posee mayor pureza ideológica, sino cuáles proporcionan conjuntamente seguridad, abundancia, estabilidad y buen precio.

Solar, eólica, hidráulica, nuclear y las demás fuentes que resulten necesarias.

La energía no es un lujo.

Es la sangre de una sociedad industrial.

La dependencia también contamina

Existe además una curiosa forma de hacer desaparecer las emisiones: trasladarlas al extranjero.

Se dificulta producir aquí, se encarece la energía, se imponen cargas a la industria española y después importamos de miles de kilómetros aquello que hemos dejado de fabricar.

Milagro.

La contaminación desaparece de nuestras estadísticas y reaparece en China, India o cualquier otro lugar.

La fábrica cierra en España.

Los trabajadores españoles pierden su empleo.

El producto sigue consumiéndose.

Hay que transportarlo hasta aquí.

Y podemos felicitarnos porque hemos reducido nuestras emisiones.

Eso no es salvar el planeta.

Es exportar chimeneas e importar productos.

El CO₂ y la nueva penitencia

El dióxido de carbono se ha convertido además en fundamento de una extraordinaria construcción política y económica.

Derechos de emisión, cuotas, prohibiciones, subvenciones, impuestos, objetivos obligatorios, restricciones y cargas de toda especie pretenden modificar conductas mediante el precio.

Pero hay una pregunta que rara vez ocupa el centro de la discusión:

¿Cuánto cuesta y qué conseguimos realmente?

España representa una pequeña parte de las emisiones mundiales. Podemos empobrecer nuestra industria, encarecer nuestra electricidad, dificultar el transporte y cargar de impuestos a ciudadanos y empresas.

Pero si las grandes potencias industriales continúan aumentando o manteniendo emisiones gigantescas, nuestro sacrificio tendrá una influencia limitada sobre el clima mundial.

Conviene entonces preguntarse qué estamos haciendo.

¿Política ambiental?

¿Política fiscal?

¿Política industrial?

¿O una mezcla de las tres en la que finalmente nadie responde del resultado?

El negocio de salvar el planeta

Alrededor de las llamadas políticas verdes ha crecido, además, una inmensa estructura de intereses.

Subvenciones.

Organismos.

Observatorios.

Fundaciones.

Consultoras.

Departamentos.

Informes.

Planes.

Cursos.

Congresos.

Asesores.

Expertos.

Funcionarios.

Empresas cuya rentabilidad depende de ayudas públicas.

Y una interminable producción de documentos que explican cómo debemos producir menos, viajar menos, consumir menos, calentarnos menos y pagar más.

Todo ello, naturalmente, por nuestro bien.

El problema aparece cuando demasiadas personas comienzan a vivir económicamente de que exista una emergencia permanente.

Porque entonces solucionar el problema puede resultar menos rentable que administrarlo.

La política del sacrificio

Durante años se ha difundido una idea profundamente extraña: la escasez es virtuosa.

La energía cara nos hará consumir menos.

Los combustibles caros nos harán desplazarnos menos.

Las restricciones nos harán comportarnos mejor.

Los impuestos modificarán nuestras costumbres.

Las prohibiciones nos enseñarán a vivir correctamente.

El ciudadano deja así de ser una persona adulta que organiza su propia vida y se convierte en alumno de un gigantesco internado dirigido por políticos, funcionarios y expertos.

Ya no basta con cumplir la ley.

Hay que consumir correctamente.

Viajar correctamente.

Comer correctamente.

Calentarse correctamente.

Comprar correctamente.

Y hasta respirar con moderación, no vaya a ser que alguien termine gravando también el aire espirado.

Prevenir en lugar de predicar

Hay otra posibilidad.

Mucho menos grandiosa.

Mucho menos mesiánica.

Y bastante más útil.

Gobernar.

Limpiar montes.

Mantener cauces.

Construir y conservar las obras hidráulicas necesarias.

Almacenar agua.

Prevenir incendios.

Mantener una producción eléctrica abundante.

No cerrar centrales nucleares seguras por prejuicio ideológico.

Favorecer una industria nacional competitiva.

Reducir la dependencia energética.

Preparar las ciudades para temperaturas extremas.

Mejorar los desagües y las defensas frente a inundaciones.

Invertir en ciencia, ingeniería e investigación.

Eso no permite presumir de estar salvando el planeta.

Sólo permite proteger España.

Quizá por eso resulte menos atractivo.

Y si realmente viene el cambio climático…

Aquí aparece la contradicción definitiva.

Cuanto más ciertas sean las advertencias del Gobierno, menos excusas tiene el Gobierno.

Si sabe que los incendios serán peores, debe prepararse mejor.

Si sabe que las lluvias serán más torrenciales, debe prevenir las inundaciones.

Si sabe que habrá sequías, debe almacenar agua.

Si sabe que aumentará el consumo eléctrico, debe garantizar la producción.

Si sabe que el mundo será más inestable, debe reducir nuestra dependencia.

No puede anunciar el desastre y después alegar el desastre para explicar que no estaba preparado.

El cambio climático, si es tan grave como dicen, no disminuye la responsabilidad del gobernante: la aumenta.

Y ahí termina la coartada.

España no necesita un Gobierno capaz de cambiar el clima.

Ningún Gobierno puede hacerlo.

Necesita uno capaz de gobernar España haga frío, calor, llueva, truene o deje de llover.

Porque un incendio puede deberse al calor.

Una inundación puede deberse a una tormenta.

Una sequía puede deberse a la falta de lluvia.

Pero que un país esté preparado o no para afrontarlos depende también de decisiones humanas.

Y para eso, precisamente para eso, existen los gobiernos.

El clima podrá cambiar. La responsabilidad no.

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