Jason Arday y el curioso delito de descubrir la mentira

Jason Arday ha muerto a los 41 años, pocos días después de abandonar su puesto de profesor en la Universidad de Cambridge. Deja dos hijos. Todo apunta al suicidio, aunque todavía no existe confirmación oficial.

Una tragedia merece respeto. Una muerte no es ocasión para el escarnio.

Pero respetar a un muerto no obliga a mentir sobre su vida.

Tras la muerte de Arday ha comenzado algo bastante conocido: la búsqueda de culpables. Y algunos ya los han encontrado. No son quienes mintieron, quienes creyeron sin comprobar, quienes difundieron una biografía falsa ni quienes elevaron a un hombre hasta convertirlo en símbolo.

Los culpables son los periodistas que descubrieron el engaño.

Hemos llegado, pues, a una conclusión digna de Absurdistán:

el problema no consiste en mentir, sino en descubrir al mentiroso.

UNA VIDA DEMASIADO PERFECTA

La historia de Jason Arday parecía concebida para conmover.

Hijo de inmigrantes ghaneses, contaba que había sufrido enormes dificultades durante su infancia. Afirmaba que no habló hasta los once años y que no aprendió a leer y escribir hasta los dieciocho.

Pero aquello era sólo el comienzo.

También aseguró haber padecido cáncer de testículo y un tumor cerebral; haber recibido una paliza que le provocó epilepsia; haber permanecido durante meses en coma tras un accidente de automóvil; haber trabajado como cooperante en Río de Janeiro y haber realizado proezas deportivas extraordinarias.

Entre ellas, correr treinta maratones en treinta y cinco días y completar las últimas con una tibia rota.

La historia era formidable.

Quizá demasiado.

Hasta que algunos periodistas hicieron algo elemental:

comprobar.

Y muchas piezas dejaron de encajar.

A las falsedades y contradicciones de su biografía se añadieron graves acusaciones de plagio en su obra académica.

Entonces apareció la pregunta que debió formularse mucho antes:

¿cómo había llegado aquel hombre hasta Cambridge?

CAMBRIDGE QUERÍA ALGO MÁS QUE UN PROFESOR

Una universidad debe buscar buenos profesores, buenos investigadores y buenos estudiosos.

No blancos.

No negros.

No hombres.

No mujeres.

Buenos.

El color de la piel no mejora una investigación. El sexo no hace más profunda una tesis. La ascendencia familiar no convierte a nadie en mejor profesor.

Jason Arday poseía, sin embargo, algo muy valioso para una institución deseosa de exhibir determinadas virtudes: una historia extraordinaria.

Negro, hijo de inmigrantes, procedente de una familia humilde, había superado, según su relato, enormes dificultades durante su infancia, enfermedades gravísimas, agresiones y accidentes hasta alcanzar una plaza en una de las universidades más prestigiosas del mundo.

Era el personaje perfecto.

Y Cambridge lo convirtió en bandera.

Ahí comienza una parte fundamental del problema.

Cuando una universidad deja de buscar al mejor y empieza a buscar al candidato que mejor representa determinada idea, el mérito pierde importancia.

Y cuando alguien recibe una ventaja por pertenecer a determinado grupo, otro sufre necesariamente la desventaja correspondiente.

No existe igualdad alguna en eso.

Existe trato desigual.

Aunque le pongamos un nombre bonito.

LA DISCRIMINACIÓN SIGUE SIENDO DISCRIMINACIÓN

Se habla de «discriminación positiva» como si añadir un adjetivo cambiara la naturaleza de las cosas.

No la cambia.

Discriminar consiste en dar trato diferente.

Si una persona recibe preferencia por su raza, otra resulta perjudicada por la suya.

Si alguien obtiene ventaja por su sexo, otro queda en desventaja por el suyo.

Si una plaza se concede atendiendo a circunstancias distintas del mérito, alguien con mayores méritos puede quedar fuera.

Ésa es la persona de la que casi nadie habla.

El perjudicado invisible.

No conocemos su nombre.

Pero detrás de toda preferencia existe alguien que paga el precio.

La igualdad significa aplicar la misma vara de medir a todos.

Un negro no merece una plaza por ser negro.

Tampoco debe perderla por serlo.

Una mujer no merece una plaza por ser mujer.

Tampoco debe perderla por serlo.

El hijo de un inmigrante no posee menos derechos que el hijo de quien nació en el país.

Ni más.

Parece sencillo.

Y lo es.

NO SÓLO LOS PROFESORES

Pero sería un error reducir todo esto a las universidades.

El principio sirve para cualquiera.

Para un profesor.

Para un militar, tenga alta, media o baja graduación.

Para un médico.

Para un arquitecto.

Para un ingeniero.

Para un abogado.

Para un juez.

Para un funcionario.

Para un empresario.

Para un periodista.

Para un político.

Y, como suele decirse, hasta para el rey de Roma.

Cuanto mayor sea la responsabilidad, mayor debe ser la exigencia.

Nadie quiere que lo opere un cirujano que ha inventado parte de sus estudios.

Nadie desea vivir en un edificio calculado por un arquitecto que se atribuyó conocimientos que no tenía.

Nadie quiere obedecer en combate las órdenes de un militar que inventó méritos y preparación.

Nadie confiaría voluntariamente su defensa a un abogado que falseó sus títulos.

¿Por qué hemos de aceptar el engaño en cualquier otro ámbito?

Y LLEGAMOS A LOS POLÍTICOS

Aquí la cuestión adquiere tintes particularmente grotescos.

Porque entre nuestros políticos existe una llamativa afición a engordar currículos, atribuirse estudios no terminados, convertir cursillos en títulos de relumbrón, adornar trayectorias profesionales bastante pobres y presentar como propios trabajos que han pasado por demasiadas manos.

Y cuando alguien descubre el engaño aparece la consabida disculpa:

«Eso carece de importancia».

No.

La tiene.

Y mucha.

El problema no consiste en no tener determinado título.

El problema consiste en mentir diciendo que se tiene.

No terminar una carrera no deshonra a nadie.

Mentir afirmando que se terminó dice bastante acerca de quien miente.

No haber escrito una tesis tampoco constituye deshonra alguna para quien no necesita escribirla.

Presentarse como autor de un trabajo ajeno es otra cosa.

Nadie está obligado a saber de todo.

Pero fingir conocimientos, estudios o méritos inexistentes para conseguir prestigio, un puesto o poder constituye un engaño.

Y si hablamos de quienes pretenden gobernarnos, la exigencia debe ser todavía mayor.

Un político administra dinero ajeno, dicta normas que otros deben cumplir y toma decisiones que afectan a millones de personas.

Precisamente por eso debemos conocer quién es.

Y también debemos saber si aquello que cuenta sobre sí mismo es verdad.

¿TENÍA QUE CALLARSE LA PRENSA?

Llegamos entonces al disparate mayor.

Algunos pretenden convertir a los periódicos que investigaron a Arday en responsables morales de su muerte.

Sigamos el razonamiento hasta sus últimas consecuencias.

Un periodista descubre que un profesor universitario ha plagiado.

¿Debe callarse?

Descubre que un político ha mentido sobre sus estudios.

¿Debe callarse?

Descubre que un médico ha falseado su preparación.

¿Debe callarse?

Descubre que un militar se atribuye méritos inexistentes.

¿Debe callarse?

Descubre que un abogado exhibe títulos que nunca obtuvo.

¿Debe callarse?

¿Y si se trata del rey de Roma?

También habrá que callarse.

Entonces ya no discutimos acerca de periodismo.

Discutimos acerca de quién tiene derecho a quedar protegido contra la verdad.

¿Dependerá del color de la piel?

¿Del sexo?

¿De la ascendencia?

¿De las ideas políticas?

¿De la profesión?

¿De la utilidad que determinada persona tenga para una causa?

Si aceptamos semejante principio, sólo falta nombrar al encargado de decidir qué verdades podemos conocer.

Eso tiene un nombre muy antiguo:

censura.

LA MUERTE NO CONVIERTE LA MENTIRA EN VERDAD

La muerte de Jason Arday no transforma sus mentiras en verdades.

Tampoco convierte automáticamente en culpables a quienes las descubrieron.

Podemos compadecernos de un hombre y reconocer al mismo tiempo que engañó.

No existe contradicción alguna.

Una información verdadera puede doler.

Puede destruir una reputación.

Puede provocar una dimisión.

Puede acabar con una carrera construida sobre el engaño.

Pero el dolor causado por conocer un hecho no convierte ese hecho en falso.

De aceptar lo contrario, habremos acabado con cualquier investigación seria.

Antes de publicar habría que preguntarse si el afectado soportará las consecuencias.

Y entonces bastaría con invocar la propia fragilidad para exigir silencio.

No.

La pregunta fundamental sigue siendo mucho más sencilla:

¿Es verdad?

EL RACISMO COMO MORDAZA

Cuando comenzaron las investigaciones sobre Arday apareció otra acusación: racismo.

Recurso cómodo.

Ya no hace falta responder.

¿Plagió?

Racismo.

¿Mintió acerca de determinados episodios de su vida?

Racismo.

¿Eran ciertas sus supuestas proezas?

Racismo.

¿Comprobó Cambridge debidamente su historia?

Racismo.

Pero acusar de racista a quien pregunta no responde a la pregunta.

Hay, además, algo profundamente humillante en considerar que un profesor negro necesita menos exigencia que uno blanco.

El verdadero respeto consiste precisamente en exigirle lo mismo.

Ni más.

Ni menos.

Si plagia un blanco, se investiga.

Si plagia un negro, se investiga.

Si miente un hombre, se cuenta.

Si miente una mujer, se cuenta.

Si falsea sus estudios un político de izquierdas, se descubre.

Si los falsea uno de derechas, también.

Si inventa sus méritos un poderoso, se investiga.

Y si los inventa el rey de Roma, se hace exactamente lo mismo.

Eso es igualdad.

LA VERDAD NO ADMITE PRIVILEGIOS

La verdad no reconoce colores, sexos, partidos, uniformes, sotanas, batas, togas ni coronas.

Y cuanto mayor sea la responsabilidad de una persona, mayor debe ser la vigilancia.

Un ciudadano corriente responde principalmente de sus propios actos.

Un médico tiene en sus manos la salud y, a veces, la vida de otras personas.

Un arquitecto responde de la seguridad de un edificio.

Un militar puede tener hombres bajo su mando.

Un juez decide sobre derechos, bienes y libertades.

Un profesor universitario transmite conocimiento y participa en la formación de generaciones enteras.

Y un gobernante ejerce poder sobre millones de ciudadanos y administra bienes que no le pertenecen.

Por eso investigar sus títulos, sus méritos y su trayectoria no constituye persecución.

Persecución es inventar acusaciones falsas.

Comprobar es otra cosa.

Y nadie tiene derecho a obtener mediante una mentira aquello que otro intenta conseguir diciendo la verdad.

LO CONVIRTIERON EN BANDERA

Jason Arday dejó de ser solamente Jason Arday.

Lo convirtieron en símbolo.

Su vida servía para demostrar algo.

Su origen servía para demostrar algo.

Su color de piel servía para demostrar algo.

Su supuesto pasado servía para demostrar algo.

Su llegada a Cambridge servía para demostrar algo.

Y ahí reside probablemente la parte más triste del asunto.

Porque detrás del símbolo seguía existiendo un hombre.

Cambridge tenía una obligación elemental:

comprobar.

No creer porque la historia resultaba hermosa.

No emocionarse porque resultaba ejemplar.

No ensalzarlo porque convenía a determinada imagen de la Universidad.

Comprobar.

Una universidad existe para cultivar el conocimiento.

Y el conocimiento comienza por distinguir lo verdadero de lo falso.

Si Cambridge se dejó seducir por una biografía extraordinaria porque encajaba perfectamente en la imagen que deseaba ofrecer de sí misma, también debe examinar su responsabilidad.

No por haber contratado a un negro.

Eso resulta completamente indiferente.

Sino por haber contratado y ensalzado a un profesor sin comprobar con suficiente rigor la verdad de aquello que lo rodeaba.

NO MATEMOS AL MENSAJERO

Jason Arday ha muerto.

Descanse en paz.

Su muerte merece compasión y su familia merece respeto.

Pero respetar a los muertos no exige mentir acerca de los hechos.

Si hubo plagio, había que investigarlo.

Si hubo mentiras, había que descubrirlas.

Si Cambridge convirtió a Arday en emblema antes de comprobar debidamente la solidez de su historia y de su obra, Cambridge debe responder por ello.

Porque la pregunta está planteada al revés.

No debemos preguntarnos si la prensa destruyó a Jason Arday por descubrir sus mentiras.

Debemos preguntarnos quién ayudó a construir un personaje que no se correspondía con la realidad.

Arday puso una parte.

Quienes aceptaron su historia sin comprobarla pusieron otra.

Quienes encontraron en él un símbolo conveniente añadieron otra más.

Hasta que unos periodistas cometieron el pecado imperdonable:

preguntaron si aquello era verdad.

Y el edificio se derrumbó.

No culpemos a quien enciende la luz por lo que encontramos al iluminar la habitación.

No matemos al mensajero por traer malas noticias.

Y no permitamos que la compasión, perfectamente humana y necesaria ante una muerte, se convierta en excusa para imponer el silencio.

Porque entre una sociedad que protege a las personas contra la verdad y otra que protege el derecho de las personas a conocer la verdad, sólo la segunda merece llamarse libre.

Y eso vale para Jason Arday, para un profesor, para un médico, para un militar, para un arquitecto, para un abogado, para un político y, llegado el caso, para el mismísimo rey de Roma.

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