Las «nuevas masculinidades», la «masculinidad tóxica» y el femiestalinismo de género: el regreso de Trofim Lysenko

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Trofim Lysenko no murió. Se ha reencarnado en la ministra de Igualdad del Gobierno de España —Ana Redondo—, decidida a corregir mediante ingeniería social aquello que la naturaleza lleva millones de años construyendo. ¿Ha resucitado el viejo estalinismo bajo la forma de un híbrido entre Trofim Lysenko y Valerie Solanas sentado en el Ministerio de Igualdad del gobierno socialcomunista de España?

Resumen para lectores con prisas

Las «nuevas masculinidades», la «masculinidad tóxica» y el femiestalinismo de género: el regreso de Trofim Lysenko

La Historia enseña una lección que demasiadas veces olvidamos: las ideologías pasan, pero la tentación de someter la realidad al poder permanece.

En la Unión Soviética, Trofim Lysenko negó la genética porque contradecía el marxismo. Stalin lo convirtió en ciencia oficial. Los verdaderos científicos fueron expulsados, encarcelados o asesinados. La agricultura soviética quedó arruinada y la Biología sufrió un retraso de varias décadas.

El error de Lysenko no consistió únicamente en equivocarse.

Consistió en pretender que la realidad debía adaptarse a la ideología y no al revés.

Ése es precisamente el peligro que amenaza hoy a Occidente.

Determinadas corrientes ideológicas pretenden convencernos de que las diferencias entre hombres y mujeres apenas existen, que la naturaleza humana puede modificarse mediante leyes, propaganda y educación, y que la masculinidad constituye un problema que debe ser corregido.

Las expresiones «nuevas masculinidades» o «masculinidad tóxica» no describen la realidad.

Persiguen transformarla.

No buscan comprender al hombre.

Pretenden reconstruirlo.

La ingeniería social sustituye así al conocimiento científico.

Esta manera de pensar hunde sus raíces en una larga tradición ideológica.

Federico Engels presentó la familia como origen de la opresión y defendió que su transformación era condición indispensable para construir una sociedad nueva.

Décadas más tarde, Valerie Solanas llevó ese planteamiento hasta el delirio con su SCUM Manifesto, un texto profundamente misándrico que convirtió al hombre en enemigo por el simple hecho de ser hombre.

Entre ambos extremos discurre una misma corriente de pensamiento que contempla las relaciones entre hombres y mujeres como una lucha permanente de dominadores y dominados.

La caída del comunismo no acabó con esa forma de entender el mundo.

Simplemente cambió de escenario.

La lucha de clases fue sustituida, en buena medida, por la lucha entre identidades.

El viejo enfrentamiento entre proletarios y burgueses dejó paso al enfrentamiento entre hombres y mujeres, entre mayorías y minorías, entre supuestos opresores y supuestas víctimas.

El esquema permaneció intacto.

Sólo cambiaron los protagonistas.

Antonio Gramsci comprendió que antes de conquistar el poder político era necesario conquistar la cultura, la escuela, la Universidad y los medios de comunicación.

Herbert Marcuse defendió una tolerancia que dejaba de ser universal para convertirse en un instrumento destinado a silenciar determinadas ideas.

Judith Butler terminó separando la identidad sexual de la realidad biológica.

Paso a paso, la naturaleza fue dejando de ser un dato para convertirse en un obstáculo.

La Biología comenzó a resultar incómoda.

Y cuando la realidad incomoda a una ideología, la tentación consiste siempre en corregir la realidad.

Exactamente igual que hizo Lysenko.

No vivimos bajo el estalinismo.

Sería absurdo afirmarlo.

Pero determinadas formas de pensar recuerdan inquietantemente a aquella mentalidad.

No admiten discusión.

No rebaten argumentos.

Descalifican al discrepante.

No buscan la verdad.

Buscan la obediencia.

El polilogismo denunciado por Ludwig von Mises reaparece bajo nuevas formas.

Ya no existiría una lógica burguesa y otra proletaria.

Ahora habría una verdad masculina y otra femenina.

La identidad sustituye a la razón.

El sexo sustituye al argumento.

El debate deja de depender de las pruebas para depender de quién habla.

La ciencia queda subordinada al dogma.

Cuando un Gobierno anuncia que hay que fabricar «nuevas masculinidades», conviene formular algunas preguntas.

¿Quién decide cuál es el modelo correcto de hombre?

¿Con qué autoridad?

¿Sobre qué fundamentos científicos?

¿Y qué ocurrirá con quienes no acepten esa reeducación?

La Historia aconseja prudencia.

Todos los intentos de fabricar un «hombre nuevo» han terminado restringiendo la libertad y empobreciendo la verdad.

El comunismo quiso crear al ciudadano socialista perfecto.

El lysenkoismo quiso rehacer la Biología.

Hoy algunos pretenden deconstruir al hombre y reconstruirlo conforme a un modelo ideológico diseñado desde el poder político.

Las palabras han cambiado.

El método resulta inquietantemente parecido.

Ningún ministerio puede abolir millones de años de evolución.

Ninguna ley puede convertir una falsedad en verdad.

Ninguna propaganda puede modificar la naturaleza humana de forma duradera.

La realidad siempre acaba imponiéndose.

Y precisamente por eso conviene recordar la advertencia del físico Andréi Sájarov, cuando denunció que Lysenko había degradado la ciencia, perseguido a los investigadores y sustituido el conocimiento por la propaganda.

Cada generación cree estar inmunizada contra esos errores.

Cada generación descubre, demasiado tarde, que el mayor enemigo de la libertad no suele presentarse como enemigo.

Se presenta como salvador.

Con nuevos nombres.

Con nuevas consignas.

Y con la vieja pretensión de siempre:

hacer que la realidad obedezca a la ideología.

SI QUIERES SABER MÁS Y PROFUNDIZAR, SIGUE LEYENDO.

Las «nuevas masculinidades», la «masculinidad tóxica» y el femiestalinismo de género: el regreso de Trofim Lysenko

Trofim Lysenko no murió. Se ha reencarnado en la ministra de Igualdad del Gobierno de España —Ana Redondo—, decidida a corregir mediante ingeniería social aquello que la naturaleza lleva millones de años construyendo. ¿Ha resucitado el viejo estalinismo bajo la forma de un híbrido entre Trofim Lysenko y Valerie Solanas sentado en el Ministerio de Igualdad del gobierno socialcomunista de España?

Hay errores que nacen de la ignorancia.

Otros proceden de la soberbia.

Y algunos reúnen ambas cosas, se visten de doctrina oficial, reciben dinero público y terminan convertidos en política de Estado.

Eso fue el lysenkoismo.

Y eso mismo amenaza con repetirse hoy, con otras palabras, otros símbolos y otros altares.

Ya no se habla de «ciencia proletaria».

Ahora se habla de «perspectiva de género», «nuevas masculinidades», «masculinidad tóxica», «deconstrucción» y «reeducación».

Cambian las consignas.

No cambia el propósito.

Se trata de negar la realidad cuando incomoda, declarar sospechosa la ciencia cuando contradice el dogma y someter al ser humano a un programa de corrección ideológica.

Trofim Lysenko, lacayo de Stalin

Trofim Denísovich Lysenko fue un ingeniero agrónomo soviético que alcanzó un poder desmesurado durante el gobierno de Stalin.

En los años treinta del siglo XX impulsó una supuesta «ciencia agrícola» que rechazaba la genética mendeliana y negaba el papel decisivo de la herencia.

Según Lysenko, los seres vivos podían ser transformados casi a voluntad mediante el ambiente, y los caracteres adquiridos pasarían después a las generaciones siguientes.

La doctrina resultaba muy grata para el régimen comunista.

Si el ambiente lo explicaba todo, el poder político podía fabricar plantas nuevas, animales nuevos y, por supuesto, un hombre nuevo.

La naturaleza dejaba de ser un límite.

La voluntad revolucionaria podía corregirla.

El problema era sencillo: las teorías de Lysenko eran falsas.

Pero en una dictadura no siempre triunfa quien tiene razón.

Triunfa quien halaga mejor al tirano.

Lysenko supo ofrecer a Stalin una biología sometida al marxismo.

El Partido no debía adaptarse a los hechos.

Los hechos debían adaptarse al Partido.

Así nació el lysenkoismo.

No fue una simple equivocación científica.

Fue una persecución organizada contra la verdad.

Los investigadores que defendían la genética fueron expulsados de sus puestos, silenciados, encarcelados o enviados a morir.

Lysenko logró que disentir de él se convirtiera en una forma de traición.

El caso más conocido fue el de Nikolái Vavílov, uno de los mayores genetistas de su tiempo, que terminó encarcelado y murió de hambre en 1943.

La ciencia soviética quedó mutilada durante décadas.

La agricultura padeció graves fracasos.

La doctrina se extendió a otros países comunistas, entre ellos la China de Mao, con resultados catastróficos.

En 1964, Andréi Sájarov pronunció contra Lysenko una condena que aún hoy conserva toda su fuerza:

«Es responsable del vergonzoso atraso de la Biología y de la Genética soviéticas en particular, por la difusión de visiones pseudocientíficas, por el aventurismo, por la degradación del aprendizaje y por la difamación, despido, arresto y aún la muerte de muchos científicos genuinos.»

Sájarov no hablaba sólo de un charlatán.

Hablaba de lo que ocurre cuando la ideología se arroga el derecho de decidir qué es verdad.

Cuando la política pretende corregir la naturaleza

El lysenkoismo partía de una idea esencial: la herencia importa poco; el ambiente lo es todo.

La llamada «perspectiva de género» repite hoy una versión semejante aplicada al ser humano.

Según ese credo, hombres y mujeres no son, en lo sustancial, fruto de una naturaleza sexuada.

Las diferencias entre unos y otros serían simples invenciones culturales.

La educación, las costumbres y las llamadas «estructuras sociales» explicarían casi por completo la conducta humana.

La biología quedaría reducida a una molestia.

La herencia, a una antigualla.

La diferencia sexual, a una construcción impuesta.

La atracción entre hombres y mujeres, a una sospecha.

La complementariedad, a una herejía.

El parecido con el lysenkoismo no reside únicamente en determinadas tesis.

Reside, sobre todo, en el método.

Primero se proclama el dogma.

Después se seleccionan los hechos que parecen confirmarlo.

Los que lo contradicen se silencian, se deforman o se declaran moralmente inaceptables.

No se investiga para descubrir la verdad.

Se investiga para justificar una conclusión previamente decidida.

Nacemos hombres y mujeres

El ser humano no nace como una masa informe a la espera de que una oficina ministerial le asigne una identidad.

Nacemos sexuados.

Nacemos hombres o mujeres.

La diferencia sexual no es una invención del patriarcado, ni una superstición religiosa, ni una costumbre burguesa.

Está inscrita en nuestra constitución biológica.

Afecta a la reproducción, a las hormonas, a la estructura corporal y a numerosas inclinaciones y predisposiciones.

Eso no significa que todos los hombres sean iguales entre sí.

Tampoco que todas las mujeres respondan a un mismo molde.

La naturaleza humana ofrece una inmensa variedad individual.

Pero la existencia de diferencias personales no borra la realidad de los sexos.

Hombres y mujeres pertenecen a la misma especie.

Comparten una dignidad común.

Deben ser iguales ante la ley.

Y, al mismo tiempo, no son intercambiables.

Son diferentes y complementarios.

La humanidad no existe a pesar de esa diferencia.

Existe gracias a ella.

La atracción entre los sexos

También la inclinación de hombres y mujeres a buscarse mutuamente forma parte de la naturaleza humana.

No es un plan elaborado en algún consejo secreto de varones opresores.

No es el resultado de una campaña de propaganda.

No nació con el capitalismo, la Iglesia, el matrimonio civil ni los anuncios de televisión.

Es anterior a todo eso.

La atracción entre los sexos está unida a la reproducción, al vínculo afectivo, a la familia y a la continuidad de la vida.

Podrá expresarse de formas muy distintas.

Podrá ser educada, contenida, sublimada o desordenada.

Pero no puede ser abolida mediante cursillos, carteles o decretos.

La ideología de género tropieza aquí con su enemigo más tenaz:

la realidad.

Y la realidad tiene la mala costumbre de no obedecer órdenes ministeriales.

La ministra y las especies distintas

En este contexto deben entenderse las palabras de la ministra de Igualdad, Ana Redondo, cuando afirmó que hombres y mujeres son «especies radicalmente distintas que no tienen mucho que ver» y que es necesario «ayudar a evolucionar» a los hombres.

La frase resulta sorprendente.

Por un lado, presenta a hombres y mujeres como si pertenecieran a especies distintas.

Por otro, propone corregir a una de ellas.

El hombre aparece así como un ser incompleto, atrasado o defectuoso.

La mujer, en cambio, queda convertida en modelo acabado de perfección moral.

El varón debe evolucionar.

Ella, según ese planteamiento, ya habría alcanzado el destino final.

No estamos ante una defensa de la igualdad.

Estamos ante una doctrina de superioridad moral.

El hombre deja de ser un ciudadano.

Pasa a convertirse en un paciente.

No debe ser convencido.

Debe ser tratado.

No debe ser escuchado.

Debe ser corregido.

No debe vivir conforme a su naturaleza.

Debe someterse a un proceso permanente de transformación.

El Ministerio de Igualdad deja así de ser un departamento administrativo.

Aspira a convertirse en una fábrica de hombres nuevos.

Y la ministra adopta el papel de ingeniera de almas.

No deja de resultar paradójico.

Quienes afirman que el sexo carece de importancia terminan dedicando enormes cantidades de dinero, leyes, campañas y propaganda precisamente a modificar la conducta de uno de los dos sexos.

Si realmente hombres y mujeres fueran casi idénticos, semejante esfuerzo carecería de sentido.

Las «nuevas masculinidades»

La expresión «nuevas masculinidades» parece inofensiva.

No lo es.

Encierra una idea muy concreta: la masculinidad tradicional constituye un problema que debe ser corregido.

El hombre deja de ser aceptado tal como es.

Debe ser reconstruido.

Debe aprender a desconfiar de sí mismo.

Debe sospechar de sus propias inclinaciones.

Debe pedir perdón por su condición masculina antes incluso de haber hecho nada reprochable.

La propaganda presenta un retrato caricaturesco del varón.

Competitivo.

Protector.

Reservado.

Valiente.

Capaz de asumir riesgos.

Todo ello pasa a interpretarse como síntomas de una enfermedad social.

Si protege, ejerce paternalismo.

Si dirige, oprime.

Si compite, agrede.

Si guarda silencio, reprime sus sentimientos.

Si habla con firmeza, intimida.

Si corteja, invade.

Si no lo hace, demuestra inmadurez afectiva.

Nunca acierta.

La sentencia está dictada antes del juicio.

No se pretende formar hombres mejores.

Se pretende fabricar hombres distintos.

Más dóciles.

Más culpables.

Más inseguros.

Más dependientes de la aprobación ideológica.

El ideal ya no es el hombre responsable.

Es el hombre permanentemente vigilado.

Un hombre que termine pidiendo disculpas por existir.

La «masculinidad tóxica»

Algo parecido sucede con la expresión «masculinidad tóxica».

Naturalmente existen hombres violentos, crueles, irresponsables o cobardes.

También existen mujeres con esas mismas características.

La maldad no pertenece a ningún sexo.

Pertenece a la condición humana.

Pero la expresión «masculinidad tóxica» no se limita a condenar determinados comportamientos.

Va mucho más lejos.

Sugiere que existe algo enfermizo en la propia masculinidad.

La palabra «tóxica» no es inocente.

Lo tóxico debe aislarse.

Debe eliminarse.

Debe descontaminarse.

Así, poco a poco, deja de juzgarse la conducta de cada individuo para empezar a juzgar una condición biológica.

El hombre ya no responde por sus actos.

Responde por pertenecer al sexo masculino.

La culpa deja de ser individual.

Se convierte en colectiva.

Y aparece entonces una contradicción verdaderamente llamativa.

Quienes niegan la importancia de la herencia biológica inventan una especie de herencia moral.

El hombre, dicen, no hereda predisposiciones naturales.

Pero sí heredaría una culpa histórica llamada patriarcado.

La genética desaparece.

El pecado original permanece.

Sólo cambia de nombre.

El femiestalinismo de género

Aquí aparece el verdadero paralelismo con el lysenkoismo.

No porque hoy existan gulags.

Ni porque España sea la Unión Soviética.

Las diferencias son evidentes.

El parecido reside en el modo de pensar.

El femiestalinismo de género tampoco admite discrepancias.

Quien cuestiona alguno de sus dogmas queda inmediatamente señalado.

No importa demasiado la solidez de sus argumentos.

Importa su supuesta condición moral.

No es un adversario.

Es un sospechoso.

No merece ser respondido.

Debe ser desacreditado.

Silenciado.

Aislado.

Lysenko calificaba de «burguesa» toda genética que demostraba sus errores.

Los nuevos inquisidores califican de «machista», «patriarcal» o «negacionista» cualquier investigación que reconozca diferencias biológicas entre hombres y mujeres.

La palabra cambia.

El mecanismo permanece intacto.

El poder decide previamente cuál debe ser la conclusión aceptable.

Después busca científicos que la respalden.

Y cuando los hechos se resisten, peor para los hechos.

Porque, como suele ocurrir en todas las ideologías, la realidad siempre termina siendo la principal enemiga.

El polilogismo: una verdad para cada grupo

Todo este edificio ideológico descansa sobre un viejo error filosófico: el polilogismo.

El término fue popularizado por Ludwig von Mises para describir una doctrina según la cual no existe una razón humana común, sino diversas formas de razonar dependiendo del grupo al que pertenezca cada individuo.

El marxismo afirmaba que existía una lógica burguesa y otra proletaria.

No importaba si un argumento era verdadero o falso.

Lo decisivo era quién lo formulaba.

Si quien hablaba pertenecía a la burguesía, sus razonamientos quedaban desacreditados antes incluso de ser examinados.

La verdad dejaba de depender de las pruebas.

Dependía del carnet.

La ideología de género ha heredado exactamente ese procedimiento.

Ahora ya no existiría una lógica burguesa y otra proletaria.

Existiría una lógica masculina y otra femenina.

Un hombre, por el mero hecho de ser hombre, sería incapaz de comprender determinadas cuestiones.

Sus argumentos quedarían contaminados por su sexo.

No importa la calidad del razonamiento.

Importa quién lo pronuncia.

Si discrepa, es porque es hombre.

Si rebate una tesis, lo hace porque forma parte del supuesto grupo opresor.

El debate termina antes de empezar.

La identidad sustituye a la razón.

Y cuando la identidad sustituye a la razón, desaparece la ciencia.

Porque la ciencia no pregunta quién habla.

Pregunta qué pruebas aporta.

Dos y dos siguen siendo cuatro aunque la operación la realice un millonario o un mendigo, un creyente o un ateo, un hombre o una mujer.

La verdad no tiene sexo.

No tiene clase social.

No tiene partido político.

Simplemente es verdad.

De la igualdad a la ingeniería social

La igualdad ante la ley constituye una de las mayores conquistas de la civilización.

Significa que cada persona responde únicamente por sus propios actos.

Nada más.

Ni por los delitos de sus antepasados.

Ni por el color de su piel.

Ni por su religión.

Ni por su sexo.

Ese principio sencillo permitió poner fin a siglos de privilegios.

Pero la ideología de género invierte el camino recorrido.

Vuelve a dividir a la sociedad en categorías.

Unos nacen señalados como opresores.

Otros como víctimas.

Unos deben pedir perdón.

Otros reciben el privilegio moral de acusar.

No importa el comportamiento individual.

Importa el grupo al que se pertenece.

El ciudadano deja de ser un individuo libre.

Pasa a convertirse en representante involuntario de una categoría colectiva.

Exactamente igual que ocurría en el marxismo.

Antes era la clase social.

Hoy es el sexo.

Mañana podrá ser cualquier otra etiqueta.

La consecuencia resulta inevitable.

La política deja de ocuparse de garantizar derechos.

Empieza a moldear conciencias.

Ya no basta con castigar los delitos.

Hay que corregir pensamientos.

Hay que vigilar el lenguaje.

Hay que fiscalizar sentimientos.

Hay que enseñar cómo debe amar un hombre, cómo debe hablar, cómo debe educar a sus hijos, cómo debe relacionarse con las mujeres e incluso cómo debe interpretar su propia identidad.

Eso ya no es igualdad.

Eso es ingeniería social.

La ciencia al servicio del poder

La historia demuestra que la ciencia sólo progresa cuando puede equivocarse.

Cuando puede formular hipótesis.

Cuando puede someterlas a prueba.

Cuando acepta rectificar si los hechos la contradicen.

Todo lo contrario ocurre cuando el poder establece previamente cuál debe ser la conclusión.

Entonces desaparece la investigación.

Sólo queda propaganda.

Eso hizo Lysenko.

No investigaba para descubrir.

Investigaba para confirmar el dogma comunista.

Y cuando los experimentos desmentían sus teorías, peor para los experimentos.

La realidad debía adaptarse a la ideología.

No al revés.

Hoy asistimos con demasiada frecuencia a un fenómeno parecido.

Determinadas investigaciones sobre diferencias biológicas entre hombres y mujeres son recibidas con hostilidad antes incluso de conocerse sus resultados.

No porque sean falsas.

Sino porque podrían resultar políticamente incómodas.

Hay cuestiones que parecen prohibidas.

Hormonas.

Predisposiciones innatas.

Diferencias cerebrales.

Influencia genética.

Todo ello debe manejarse con extremo cuidado porque amenaza un edificio ideológico construido precisamente sobre la negación de esas diferencias.

La ciencia deja entonces de buscar la verdad.

Empieza a buscar permiso.

Y una ciencia que necesita permiso para llegar a determinadas conclusiones ya ha dejado de ser ciencia.

El sueño del hombre nuevo

Todos los totalitarismos comparten una misma ambición.

Fabricar un hombre nuevo.

Un individuo desarraigado.

Sin tradición.

Sin vínculos.

Sin naturaleza.

Completamente maleable.

El comunismo creyó que bastaría con transformar la economía.

Lysenko creyó que bastaría con transformar la herencia.

Otros confiaron en la propaganda.

Hoy se pretende conseguir el mismo resultado mediante la reeducación permanente.

Cursos.

Campañas.

Leyes.

Protocolos.

Manuales.

Observatorios.

Subvenciones.

Todo ello persigue un objetivo común.

Modificar la condición humana desde el poder político.

Pero la naturaleza humana siempre termina imponiéndose.

Porque puede ser reprimida.

Puede ser manipulada.

Puede ser confundida.

Lo que no puede ser es abolida.

De Engels a Solanas: la genealogía de una idea

Las ideas tienen padres.

Y también tienen hijos.

Quien desee comprender buena parte del feminismo radical contemporáneo no debería empezar por los ministerios de Igualdad.

Debería abrir dos libros.

El primero es El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicado por Federico Engels en 1884.

El segundo, mucho más delirante, es el SCUM Manifesto, escrito por Valerie Solanas en 1967.

Entre ambos existe casi un siglo de distancia.

Pero los une un mismo hilo conductor.

La convicción de que la familia constituye el principal instrumento de dominación masculina y de que la emancipación exige destruir o transformar profundamente esa institución.

Engels sostenía que la aparición de la propiedad privada había convertido a la mujer en una especie de esclava doméstica.

La familia monógama dejaba de ser una comunidad natural basada en el afecto y la cooperación para convertirse en una institución de opresión.

La liberación de la mujer exigía, por tanto, desmontar aquel edificio.

Aquella tesis pasó a formar parte del pensamiento marxista.

La lucha de clases seguía ocupando el centro.

Pero comenzaba a dibujarse otra lucha paralela.

La lucha entre hombres y mujeres.

Con el paso de las décadas, muchos discípulos cambiaron una por otra.

El proletario fue sustituido por la mujer.

El burgués por el varón.

El esquema permanecía intacto.

Sólo cambiaban los protagonistas.

El viejo marxismo se transformaba poco a poco en una nueva forma de conflicto permanente entre los sexos.

Décadas después apareció Valerie Solanas.

Su SCUM Manifesto constituye probablemente el texto más violento y misándrico jamás escrito contra el sexo masculino.

Las siglas SCUM significan Society for Cutting Up Men; es decir, «Sociedad para el Exterminio de los Hombres».

No proponía reformar la sociedad.

Ni mejorar las relaciones entre hombres y mujeres.

Ni siquiera alcanzar una igualdad jurídica.

Su propuesta consistía, sencillamente, en prescindir del hombre.

Convertía al varón en un ser biológicamente defectuoso, moralmente inferior e innecesario.

La exageración resulta tan grotesca que algunos intentaron presentar el libro como una sátira.

La propia conducta de Solanas desmiente esa interpretación.

En 1968 disparó contra Andy Warhol con la intención de asesinarlo.

La violencia verbal terminó convirtiéndose en violencia física.

Afortunadamente, hoy casi nadie sostiene públicamente semejantes disparates.

Pero algunas de sus ideas han sobrevivido disfrazadas con un lenguaje mucho más amable.

Ya no se habla de eliminar al hombre.

Se habla de «deconstruirlo».

Ya no se propone su desaparición.

Se propone su «reeducación».

Ya no se afirma que el varón sea inútil.

Se sostiene que debe «evolucionar».

El lenguaje cambia.

El propósito recuerda demasiado al anterior.

Cuando desde un ministerio se anuncia que hay que fabricar unas «nuevas masculinidades», conviene preguntarse quién decide cuáles son esas masculinidades correctas.

Cuando se afirma que el hombre debe evolucionar, también resulta legítimo preguntar hacia dónde.

Y, sobre todo, quién ha recibido autoridad para dirigir esa supuesta evolución.

Porque toda ingeniería social comienza exactamente igual.

Alguien decide que la naturaleza se ha equivocado.

Después aparece un grupo de iluminados convencidos de poseer la fórmula para corregirla.

Finalmente interviene el Estado para imponer esa corrección mediante la escuela, los medios de comunicación, las subvenciones, la propaganda y las leyes.

Eso hizo el comunismo.

Eso intentó Lysenko con la Biología.

Y eso pretende hoy el femiestalinismo con la naturaleza humana.

Naturalmente, existen diferencias importantes.

Nadie sostiene que la España actual sea la Unión Soviética de Stalin.

Sería una comparación absurda.

Pero las ideas pueden sobrevivir a los regímenes que las vieron nacer.

El estalinismo político desapareció.

Su manera de pensar, no.

Sigue viva allí donde un poder público pretende decidir qué puede investigarse, qué puede decirse, qué debe enseñarse y, finalmente, cómo deben pensar los ciudadanos.

Por eso no parece exagerado hablar de neoestalinismo.

No porque reproduzca exactamente los métodos criminales del estalinismo histórico.

Sino porque conserva su misma pretensión de fondo:

crear un hombre nuevo mediante el poder político.

Y toda vez que ese proyecto se dirige ahora principalmente contra la naturaleza masculina y las relaciones entre hombres y mujeres, quizá la expresión femiestalinismo de género describa con bastante precisión esa nueva tentativa de sustituir la realidad por el dogma.

Del marxismo económico al marxismo cultural

La caída del comunismo no acabó con todas sus ideas.

Sólo las obligó a cambiar de disfraz.

Mientras el marxismo clásico situaba el conflicto entre obreros y empresarios, el llamado marxismo cultural trasladó ese enfrentamiento a otros ámbitos.

Ya no se trataba únicamente de ricos y pobres.

Ahora aparecían hombres contra mujeres, blancos contra negros, occidentales contra inmigrantes, heterosexuales contra homosexuales o mayoría contra minorías.

La lucha de clases dejaba paso a una multitud de luchas identitarias.

El esquema seguía siendo el mismo.

La sociedad debía dividirse en opresores y oprimidos.

Gramsci: conquistar la cultura antes que el poder

Antonio Gramsci comprendió que una revolución difícilmente triunfaría mientras la familia, la escuela, la Iglesia y la cultura conservaran influencia.

Antes de conquistar el Gobierno había que conquistar las conciencias.

Había que transformar lentamente la enseñanza, los medios de comunicación, la Universidad y el lenguaje.

No hacía falta un asalto violento.

Bastaba una ocupación paciente de las instituciones.

Muchas estrategias políticas actuales recuerdan esa idea.

Marcuse: la tolerancia para unos y el silencio para otros

Herbert Marcuse dio un paso más.

Sostuvo que una sociedad verdaderamente libre no debía tolerar por igual todas las opiniones.

Las ideas consideradas reaccionarias podían y debían ser silenciadas.

La censura dejaba así de presentarse como censura.

Pasaba a llamarse tolerancia.

Todavía hoy resuena ese planteamiento cuando determinadas opiniones dejan de discutirse para empezar a ser simplemente prohibidas o descalificadas.

Simone de Beauvoir y Judith Butler

Simone de Beauvoir escribió una frase célebre:

«No se nace mujer: llega una a serlo.»

Décadas después, Judith Butler llevó esa idea mucho más lejos.

El sexo comenzó a separarse del género.

La identidad dejó de entenderse como una realidad ligada al cuerpo para convertirse en una construcción cambiante.

La biología pasó a ocupar un lugar cada vez más incómodo.

Y cuando la realidad contradice la teoría, la tentación consiste en corregir la realidad.

Exactamente igual que hizo Lysenko.

El regreso del viejo sueño

Cambian las palabras.

No cambia la ambición.

Ayer se pretendía fabricar el «hombre nuevo» comunista.

Hoy se pretende fabricar el «hombre deconstruido».

Ayer se negaba la genética para acomodarla al marxismo.

Hoy se minimiza la biología cuando estorba a determinados postulados ideológicos.

Ayer se perseguía al científico que discrepaba.

Hoy se intenta desacreditar, cancelar o silenciar al profesor, investigador o escritor que se aparta del pensamiento dominante.

Los métodos no son los mismos.

La tentación sí.

Y esa tentación tiene un nombre conocido desde hace casi un siglo:

poner la ideología por encima de la realidad.

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