La barbarie se disfraza de progreso y pretende destruir la civilización occidental

«Las civilizaciones no suelen morir a manos de sus enemigos. Antes mueren por la cobardía, la indiferencia o la ceguera de quienes debían defenderlas.»

Resumen para lectores con prisas

Los bárbaros ya están dentro

La barbarie se disfraza de progreso y pretende destruir la civilización occidental

La Historia demuestra que las grandes civilizaciones rara vez desaparecen por la fuerza de sus enemigos. Antes se debilitan desde dentro. Pierden confianza en sí mismas, olvidan los principios que las hicieron grandes y dejan de defender su propia herencia. Los bárbaros no suelen provocar la caída; aprovechan una decadencia ya iniciada.

Roma constituye el ejemplo más conocido. Cuando las tribus germánicas atravesaron sus fronteras, el Imperio llevaba mucho tiempo minado por la corrupción, la hipertrofia del poder, el debilitamiento de la familia, la pérdida del sentido del deber y la creciente dependencia de los ciudadanos respecto del Estado. El panem et circenses dejó de ser una medida excepcional para convertirse en una forma de gobierno. La libertad cedió terreno a la comodidad y la responsabilidad quedó sustituida por la tutela.

Esa lección sigue vigente.

La barbarie del siglo XXI no llega armada con espadas. Se presenta envuelta en un lenguaje amable. Habla de progreso, igualdad, sostenibilidad, diversidad o inclusión. Sin embargo, bajo esos lemas se desarrolla una crítica permanente de las raíces culturales, morales e históricas de Occidente. No se pretende corregir los errores de la civilización occidental, sino sustituirla por otra fundada sobre principios distintos.

En ese proceso desempeñan un papel decisivo tres grandes corrientes ideológicas. El progresismo convierte la tradición en un obstáculo. El ecologismo erigido en dogma presenta al ser humano como una amenaza para el planeta. El feminismo de género reemplaza la igualdad jurídica por una visión de enfrentamiento permanente entre hombres y mujeres. Las tres coinciden en un punto esencial: desconfían de las instituciones, las creencias y los valores que dieron forma a la civilización occidental.

Ninguna transformación de esta naturaleza sería posible sin la colaboración de unas élites que han dejado de ejercer su función. Gobernantes, profesores, periodistas, intelectuales, jueces y otros responsables de la vida pública renuncian con demasiada frecuencia a defender la verdad, la libertad, el mérito y la responsabilidad. La decadencia comienza cuando quienes deberían custodiar una civilización dejan de creer en ella.

La enseñanza ocupa un lugar decisivo en este proceso. Su misión deja de ser la formación de personas libres y responsables para convertirse en un instrumento de conformación ideológica. El objetivo ya no consiste en enseñar a pensar, sino en enseñar qué pensar. El criterio propio cede su lugar a la consigna; la búsqueda de la verdad, a la repetición de eslóganes.

La degradación del lenguaje acompaña siempre a la degradación de la libertad. Las palabras dejan de describir la realidad y pasan a ocultarla. La propaganda sustituye al razonamiento. Las emociones desplazan a los argumentos. Cuando las palabras pierden su significado, también lo pierde el debate público.

La infantilización de la sociedad constituye otra pieza esencial de la decadencia. El ciudadano responsable resulta sustituido por un individuo dependiente del poder, habituado a delegar sus obligaciones y a reclamar soluciones para cualquier dificultad. El antiguo pan y circo adopta formas nuevas: subvenciones, entretenimiento constante, propaganda y debates secundarios que distraen la atención de los problemas verdaderamente importantes.

La barbarie tampoco destruye la memoria por casualidad. Reescribe la Historia, derriba símbolos, desacredita a quienes levantaron la civilización y juzga el pasado con criterios ajenos a su tiempo. Un pueblo que desconoce su Historia termina aceptando cualquier futuro.

La gran batalla de nuestro tiempo no enfrenta únicamente a unas ideologías contra otras. Enfrenta dos maneras de entender al ser humano. De un lado, el ciudadano libre, responsable y dueño de su destino. Del otro, el individuo dependiente, moldeado por la propaganda y acostumbrado a esperar que el poder resuelva todos sus problemas.

Ésa constituye la verdadera disyuntiva.

Civilización o barbarie.

Libertad o tutela.

Responsabilidad o dependencia.

Verdad o propaganda.

La Historia demuestra que ninguna civilización está a salvo para siempre. Todas pueden desaparecer si dejan de transmitir el legado recibido y renuncian a defender los principios que hicieron posible su existencia.

La pregunta decisiva no es si los bárbaros llamarán a nuestras puertas.

La pregunta es si aún quedarán hombres y mujeres dispuestos a defender la civilización cuando vuelvan a llamar.

SI QUIERES SABER MÁS Y PROFUNDIZAR, SIGUE LEYENDO.

Los bárbaros ya están dentro.

I. Los bárbaros ya no vienen de fuera

La Historia enseña una lección que casi nadie quiere aprender.

Ninguna gran civilización desaparece de un día para otro.

Primero pierde el sentido de su existencia.

Después deja de apreciar aquello que la hizo grande.

Por último, entrega su destino a quienes jamás la amaron.

Entonces llega el derrumbe.

No porque el enemigo sea invencible.

Sino porque la propia civilización ha dejado de defenderse.

Eso ocurrió con Grecia.

Eso ocurrió con Roma.

Eso ocurrió con Bizancio.

Y eso puede ocurrir también con la civilización occidental.

Durante mucho tiempo se repitió que Roma sucumbió porque los bárbaros atravesaron el Rin y el Danubio.

No es verdad.

Los bárbaros no destruyeron una civilización fuerte.

Entraron en una civilización agotada.

El Imperio ya había comenzado a desmoronarse.

La moneda había perdido su valor.

Los impuestos aumentaban sin cesar.

La administración crecía como una planta parásita.

La corrupción se extendía por todas las instituciones.

El ejército recurría cada vez más a mercenarios.

La familia perdía su autoridad.

La natalidad descendía.

El sentido del deber cedía ante la búsqueda del placer.

El ciudadano dejaba de sostener al Estado.

El Estado comenzaba a sostener al ciudadano.

El viejo panem et circenses dejó de ser un recurso excepcional.

Se convirtió en un sistema de gobierno.

El profesor Jesús Huerta de Soto resume este proceso con una afirmación deliberadamente provocadora: Roma cayó por culpa del socialismo.

La expresión no pretende identificar el Bajo Imperio con el socialismo moderno.

Señala otra cosa.

Describe una sociedad en la que el poder político crece sin cesar, la iniciativa particular retrocede, la responsabilidad individual se debilita y un número creciente de ciudadanos espera del Estado la solución de todos sus problemas.

Cuando una sociedad llega a ese punto, la decadencia ya ha comenzado.

II. La barbarie siempre entra disfrazada

Los bárbaros de la Antigüedad hablaban otra lengua.

Vestían de otra manera.

Combatían bajo otras banderas.

Resultaba fácil reconocerlos.

Los bárbaros de nuestro tiempo son distintos.

Hablan nuestro idioma.

Ocupan nuestras universidades.

Escriben nuestros libros de texto.

Redactan nuestras leyes.

Administran nuestras instituciones.

Presentan los informativos.

Conceden subvenciones.

Elaboran los programas escolares.

Dirigen organismos nacionales e internacionales.

No anuncian la destrucción de la civilización occidental.

Anuncian su regeneración.

Hablan de progreso.

Hablan de igualdad.

Hablan de sostenibilidad.

Hablan de diversidad.

Hablan de inclusión.

Hablan de derechos.

Mientras hablan, destruyen los fundamentos que hicieron posible la libertad de Occidente.

Desprecian la tradición.

Ridiculizan la autoridad.

Combaten la familia.

Vacían de contenido la enseñanza.

Reescriben la Historia.

Manipulan el lenguaje.

Convierten la cultura en propaganda.

Llaman conquista al retroceso.

Llaman progreso a la demolición.

Llaman libertad a la sumisión ideológica.

Toda revolución comienza cambiando el significado de las palabras.

Después cambia las leyes.

Finalmente cambia al hombre.

III. Los nuevos sacerdotes

La nueva barbarie tiene sus dogmas.

El progresismo proclama que todo cuanto heredamos merece sospecha.

El ecologismo convertido en credo presenta al ser humano como una amenaza para la naturaleza y hace del miedo un instrumento de gobierno.

El feminismo de género sustituye la igualdad ante la ley por el enfrentamiento permanente entre hombres y mujeres y convierte el sexo de cada persona en el criterio para repartir derechos, obligaciones y privilegios.

Las tres corrientes comparten un mismo propósito.

Destruir las bases morales, culturales e históricas de la civilización occidental para sustituirlas por un hombre nuevo, desarraigado, dependiente del poder y desligado de cualquier tradición.

No aspiran a mejorar la civilización que recibieron.

Aspiran a reemplazarla.

Y toda civilización que deja de defender sus principios acaba perdiendo también su libertad.

IV. La fabricación del hombre dócil

Todo poder aspira a durar.

Para conseguirlo necesita algo más que leyes, jueces o policías.

Necesita ciudadanos que no cuestionen sus decisiones.

La fuerza basta para someter durante un tiempo.

La obediencia voluntaria permite gobernar durante generaciones.

Por eso ningún poder excesivo se conforma con mandar.

Aspira a modelar la conciencia de quienes obedecen.

No pretende formar ciudadanos.

Pretende fabricar súbditos.

La diferencia resulta decisiva.

El ciudadano piensa.

El súbdito espera.

El ciudadano asume responsabilidades.

El súbdito exige que otros las asuman por él.

El ciudadano gobierna su vida.

El súbdito espera que alguien la organice.

Toda tiranía comienza cuando el poder persuade a los hombres de que son incapaces de gobernarse por sí mismos.

Ése ha sido siempre el argumento.

Ayer se invocaba la voluntad de los dioses.

Después, la del rey.

Más tarde, la del partido.

Hoy se invoca la ciencia, la emergencia permanente, la seguridad, la salud pública, el clima o cualquier otra causa presentada como indiscutible.

Las excusas cambian.

El propósito permanece.

Reducir la libertad para aumentar el poder.

V. Del ciudadano al menor perpetuo

Una sociedad formada por personas cultas, responsables e independientes resulta difícil de manipular.

Lee.

Compara.

Recuerda.

Pregunta.

Discute.

Descubre las contradicciones.

Exige explicaciones.

Ése es el peor enemigo de cualquier poder que aspire a crecer sin límite.

Por esa razón, la enseñanza constituye el primer objetivo de todos los proyectos de dominación.

No basta con enseñar a leer.

Hay que decidir qué libros merece la pena leer.

No basta con explicar la Historia.

Hay que seleccionar qué episodios deben recordarse y cuáles conviene olvidar.

No basta con ampliar los conocimientos.

Hay que dirigir la manera de pensar.

La finalidad deja de ser la búsqueda de la verdad.

Pasa a ser la formación de ciudadanos dóciles.

El resultado salta a la vista.

Nunca hubo tantas personas con títulos académicos.

Nunca hubo tantas incapaces de distinguir entre una opinión y un hecho, entre una demostración y un eslogan, entre una investigación y una consigna.

La instrucción disminuye.

El adoctrinamiento aumenta.

La cultura retrocede.

La propaganda avanza.

No se trata de enseñar a pensar.

Se trata de enseñar qué pensar.

VI. Pan, circo y subvención

Los emperadores romanos descubrieron hace dos mil años una verdad que muchos gobernantes siguen considerando útil.

Un pueblo entretenido plantea pocos problemas.

Un pueblo dependiente plantea todavía menos.

El viejo panem et circenses no ha desaparecido.

Ha cambiado de aspecto.

Hoy adopta la forma de subvenciones, ayudas, espectáculos permanentes, entretenimiento incesante, propaganda institucional, deporte convertido en religión civil y un inagotable flujo de distracciones destinado a impedir cualquier reflexión serena.

Mientras tanto, los asuntos verdaderamente importantes desaparecen del debate público.

La deuda aumenta.

La natalidad se desploma.

La enseñanza pierde calidad.

La productividad disminuye.

La inseguridad crece.

La Administración continúa expandiéndose.

Las libertades se reducen poco a poco.

Pero la conversación gira alrededor de polémicas cuidadosamente seleccionadas para dividir a la sociedad y mantenerla ocupada.

Los romanos discutían sobre carreras de cuadrigas.

Nosotros discutimos sobre asuntos que, con frecuencia, ocupan el espacio reservado a los grandes problemas nacionales.

Las antiguas discusiones bizantinas sobre el sexo de los ángeles han sido sustituidas por interminables controversias ideológicas que absorben la atención pública mientras las cuestiones decisivas permanecen sin resolver.

No hay mejor manera de ocultar la realidad que inundar la sociedad con debates secundarios.

IV. La fábrica de menores perpetuos

Todo poder aspira a durar.

Para conseguirlo no necesita ciudadanos.

Necesita dependientes.

El ciudadano piensa.

El dependiente espera.

El ciudadano asume responsabilidades.

El dependiente exige derechos.

El ciudadano gobierna su vida.

El dependiente pide que otros la gobiernen.

Por eso el poder nunca ha temido al ignorante.

Siempre ha temido al hombre instruido.

Quien conoce la Historia compara.

Quien compara descubre.

Quien descubre deja de obedecer ciegamente.

La enseñanza deja entonces de buscar la verdad.

Pasa a fabricar obediencia.

No enseña a pensar.

Enseña qué pensar.


V. Pan y circo

Hace dos mil años bastaban el trigo y el circo.

Hoy el procedimiento resulta más sofisticado.

Subvenciones.

Entretenimiento permanente.

Propaganda.

Polémicas cuidadosamente elegidas.

Mientras millones de personas discuten sobre asuntos secundarios, los verdaderos problemas continúan creciendo.

Deuda.

Natalidad.

Fracaso escolar.

Inseguridad.

Pérdida de libertad.

La distracción sigue siendo el narcótico preferido del poder.

Sólo ha cambiado de nombre.


VI. La verdadera batalla

Muchos creen que el gran conflicto de nuestro tiempo enfrenta a la izquierda con la derecha.

Se equivocan.

La verdadera batalla enfrenta al ciudadano con el súbdito.

Al hombre libre con el hombre dependiente.

Al criterio propio con la propaganda.

A la verdad con la mentira.

A la civilización con la barbarie.

Todo lo demás ocupa un lugar secundario.

VII. La destrucción del criterio

Todo poder teme una cosa por encima de las demás.

El criterio propio.

Quien piensa por su cuenta resulta imprevisible.

No repite consignas.

No aplaude por obligación.

No cambia de opinión porque cambie el viento.

Por eso el primer objetivo de cualquier proyecto de dominación consiste en sustituir el razonamiento por la consigna.

No importa que una afirmación sea verdadera.

Importa que resulte útil.

No importa que un argumento resista la crítica.

Importa que movilice a la masa.

La propaganda ocupa entonces el lugar de la razón.

Y la emoción sustituye al pensamiento.

VIII. Las nuevas supersticiones

Toda época tiene sus dogmas.

La nuestra también.

El progresismo promete construir un hombre nuevo.

El ecologismo convertido en credo anuncia el fin del mundo con la regularidad de un predicador medieval.

El feminismo de género explica la historia como un enfrentamiento permanente entre hombres y mujeres.

Las tres doctrinas comparten un mismo rasgo.

No admiten discusión.

Quien discrepa no es un adversario.

Es un hereje.

Toda religión tiene su inquisición.

Toda ideología también.

IX. La verdad deja de importar

Una sociedad libre busca la verdad.

Una sociedad sometida busca la comodidad.

La primera acepta el debate.

La segunda exige unanimidad.

La primera corrige sus errores.

La segunda persigue a quien los señala.

Cuando una sociedad deja de preguntarse si algo es verdadero y sólo pregunta si resulta conveniente, la decadencia ya ha comenzado.

La mentira deja de avergonzar.

Se convierte en instrumento de gobierno.

X. Los bárbaros somos nosotros

Resulta cómodo culpar siempre al extranjero.

La Historia enseña otra cosa.

Ningún pueblo conquista una nación fuerte.

Sólo conquista una nación que ha perdido la voluntad de seguir siéndolo.

Los bárbaros nunca derribaron Roma.

Entraron cuando Roma ya había abierto las puertas.

Ésa es la advertencia que nos llega desde hace dos mil años.

El enemigo más peligroso nunca estuvo fuera.

Siempre acabó naciendo dentro.


XI. La traición de las élites

Ninguna civilización se destruye sola.

Siempre encuentra colaboradores.

La decadencia comienza cuando quienes deben defender una nación dejan de creer en ella.

Los gobernantes administran.

Los jueces callan.

Los profesores adoctrinan.

Los periodistas confunden.

Los intelectuales justifican.

Los empresarios se acomodan.

Los responsables religiosos renuncian a predicar.

Cada uno cede un poco.

Al final, nadie defiende nada.

La fortaleza de una nación nunca depende sólo de sus leyes.

Depende, sobre todo, del carácter de quienes las aplican.

XII. La demolición de la memoria

Nadie ama lo que desconoce.

Nadie defiende aquello que desprecia.

Por eso toda revolución comienza atacando la memoria.

Se derriban estatuas.

Se cambian los nombres de las calles.

Se reescriben los libros.

Se juzga el pasado con los prejuicios del presente.

No se pretende conocer la Historia.

Se pretende condenarla.

Un pueblo sin memoria acaba aceptando cualquier futuro.

XIII. La verdad estorba

La verdad posee un defecto insoportable.

No obedece.

No vota.

No cambia porque cambie el Gobierno.

Permanece.

Por eso el poder prefiere la propaganda.

La propaganda no necesita demostrar.

Le basta con repetir.

Una mentira repetida mil veces sigue siendo mentira.

Pero termina gobernando la vida de millones de personas.

XIV. Civilización o barbarie

Toda generación recibe una herencia.

Puede conservarla.

Puede enriquecerla.

O puede dilapidarla.

La civilización occidental no nació por azar.

Es fruto de Atenas.

De Roma.

Del cristianismo.

Del Derecho.

De la filosofía.

De la ciencia.

De la libertad.

Nada de eso apareció espontáneamente.

Todo costó siglos de esfuerzo.

Destruirlo exige mucho menos.

Basta con dejar de valorarlo.

Epílogo

La última muralla

Los bárbaros no son invencibles.

Nunca lo fueron.

Su mayor victoria consiste en convencer a una civilización de que no merece sobrevivir.

Roma no cayó cuando los bárbaros cruzaron sus fronteras.

Cayó cuando los romanos dejaron de creer en Roma.

Ésa sigue siendo la gran lección de la Historia.

Las murallas pueden reconstruirse.

Los puentes también.

Las ciudades renacen.

Lo más difícil de recuperar es una voluntad perdida.

Cuando un pueblo renuncia a la verdad, al esfuerzo, a la libertad y a la responsabilidad, ya ha comenzado a levantar el monumento a su propia decadencia.

Los bárbaros llegan después.

Sólo recogen la herencia de una derrota consumada.

¿Quiénes son hoy los bárbaros?

Cuando oímos la palabra bárbaro, casi todos pensamos en guerreros cubiertos de pieles, armados con hachas y dispuestos a saquear ciudades.

Ésa es una imagen incompleta.

Los bárbaros nunca fueron sólo un pueblo.

Fueron una manera de entender el mundo.

El bárbaro desprecia cuanto ignora.

Destruye lo que no comprende.

Confunde la fuerza con la razón.

El poder con la autoridad.

El deseo con el derecho.

La civilización, por el contrario, exige disciplina.

Exige esfuerzo.

Exige estudio.

Exige respeto por la verdad.

Exige reconocer que nadie empieza la Historia desde cero.

Cada generación recibe una herencia.

Puede aumentarla.

Puede conservarla.

O puede malgastarla.

Eso distingue a la civilización de la barbarie.

Los bárbaros de nuestro tiempo no llegan desde tierras lejanas.

Nacen en nuestras escuelas.

Se gradúan en nuestras universidades.

Escriben en nuestros periódicos.

Hablan desde nuestros parlamentos.

Dictan normas desde nuestras administraciones.

No atacan la civilización occidental porque la desconozcan.

La atacan porque la consideran culpable de todos los males.

Desprecian su Historia.

Ridiculizan sus creencias.

Combaten sus raíces.

Niegan sus logros.

Confunden la autocrítica con el odio a uno mismo.

Una civilización capaz de reconocer sus errores demuestra fortaleza.

Una civilización que sólo ve errores demuestra agotamiento.

Occidente abolió la esclavitud.

Desarrolló la ciencia moderna.

Fundó las universidades.

Perfeccionó el Estado de Derecho.

Reconoció la dignidad de la persona.

Limitó el poder político.

Separó los poderes.

Protegió la propiedad.

Garantizó la libertad de conciencia.

Ninguna otra civilización ha legado tanto al mundo.

Reconocerlo no obliga a ignorar sus errores.

Obliga, sencillamente, a no olvidar sus méritos.

Quien sólo contempla las sombras termina destruyendo también la luz.

Los bárbaros de hoy no empuñan antorchas.

Empuñan decretos.

No incendian bibliotecas.

Vacían los libros de verdad.

No destruyen templos.

Destruyen las creencias que los levantaron.

No derriban murallas.

Convencen a sus habitantes para que las derriben ellos mismos.

Ésa es la gran diferencia.

Y también el mayor peligro.

Porque ninguna muralla resiste cuando quienes deben defenderla trabajan para destruirla.


Conclusión

La Historia nunca se repite exactamente.

Pero rima.

Roma no cayó en una noche.

Se debilitó durante generaciones.

Perdió el gusto por el esfuerzo.

Cambió el mérito por el privilegio.

La responsabilidad por la dependencia.

La verdad por la propaganda.

El ciudadano por el súbdito.

Cuando los bárbaros atravesaron las fronteras, el Imperio ya había comenzado a desaparecer.

Toda civilización afronta tarde o temprano la misma elección.

Conservar el legado recibido.

Enriquecerlo.

Transmitirlo.

O dilapidarlo.

Ésa es la verdadera batalla.

No enfrenta a ricos contra pobres.

Ni a hombres contra mujeres.

Ni a unas naciones contra otras.

Enfrenta a quienes desean conservar la civilización con quienes trabajan para destruirla.

Los bárbaros siempre acaban entrando.

La cuestión decisiva nunca ha sido ésa.

La verdadera pregunta es otra.

¿Quedará alguien dispuesto a cerrar las puertas?

I. Un apéndice sobre el lenguaje: la primera víctima de la barbarie

George Orwell comprendió que quien domina las palabras acaba dominando el pensamiento.

No se empieza prohibiendo ideas.

Se empieza cambiando el significado de las palabras.

No se dice censura.

Se dice moderación.

No se dice adoctrinamiento.

Se dice educación en valores.

No se dice privilegio.

Se dice discriminación positiva.

No se dice propaganda.

Se dice comunicación institucional.

No se dice mentira.

Se dice relato.

Cuando las palabras dejan de describir la realidad para ocultarla, la libertad comienza a desaparecer.

Éste enlaza, además, con una de tus preocupaciones constantes: la corrupción de la lengua española.


II. La cobardía

No basta con hablar de los bárbaros.

Hay que hablar de quienes les abren las puertas.

No siempre actúan por maldad.

Con frecuencia actúan por cobardía.

Callan.

Miran hacia otro lado.

Prefieren conservar el cargo.

Evitan el conflicto.

Confunden la prudencia con la rendición.

Todas las grandes decadencias comenzaron con demasiadas personas convencidas de que no merecía la pena dar la batalla.

Es una idea muy orteguiana.


III. La mediocridad

Éste me parece imprescindible.

Las civilizaciones no suelen ser destruidas por genios del mal.

Las destruyen mediocres.

Hombres sin grandeza.

Sin principios.

Sin carácter.

Sin valor.

Personas incapaces de construir nada, pero extraordinariamente eficaces a la hora de ocupar instituciones.

La mediocridad no soporta el mérito.

Por eso procura rebajarlo.

Todo debe igualarse.

Nada debe sobresalir.

La excelencia se convierte en sospechosa.

El esfuerzo resulta incómodo.

El mérito ofende.

La envidia termina ocupando el lugar de la admiración.

Aquí podríamos introducir, además, la célebre observación de José Ortega y Gasset sobre el hombre-masa, que encaja perfectamente con la tesis del ensayo.


IV. La esperanza

Creo que el ensayo necesita terminar con una nota de esperanza.

No ingenua.

Pero sí esperanzada.

Algo así:


La civilización puede defenderse

La Historia no está escrita de antemano.

Las civilizaciones también renacen.

Europa ya ha conocido épocas de oscuridad.

Después llegaron el Renacimiento.

La Escuela de Salamanca.

La Ilustración.

La Revolución Industrial.

Toda recuperación comenzó del mismo modo.

Un puñado de hombres y mujeres decidió llamar a las cosas por su nombre.

La verdad volvió a ocupar el lugar de la propaganda.

El mérito recuperó el puesto del privilegio.

La libertad sustituyó al miedo.

La responsabilidad desplazó a la dependencia.

La civilización nunca se salva sola.

Siempre la salvan personas concretas.

Colofón

La civilización nunca está garantizada

Existe una peligrosa ilusión.

Creer que la libertad, la prosperidad y la civilización son conquistas definitivas.

No lo son.

Cada generación las recibe como una herencia.

Y cada generación decide si las conserva o las pierde.

Las grandes obras de la Humanidad no desaparecen de golpe.

Se deterioran poco a poco.

Primero se abandona la verdad.

Después se desprecia el mérito.

Más tarde se ridiculiza el esfuerzo.

Finalmente se considera innecesaria la libertad.

El desenlace nunca constituye una sorpresa.

Es la consecuencia de una larga cadena de renuncias.

Occidente no necesita pedir perdón por haber construido una de las civilizaciones más libres, prósperas y fecundas de la Historia.

Necesita conocerla.

Comprenderla.

Corregir sus errores.

Y defender aquello que merece ser conservado.

Porque nadie transmite lo que desconoce.

Nadie protege lo que desprecia.

Y nadie salva una civilización si antes ha renunciado a ella.

La Historia no pregunta cuántos eran los bárbaros.

La Historia pregunta cuántos permanecieron en pie para defender la civilización.

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