LOS ESPAÑOLES SÓLO NOS ACORDAMOS DE SANTA BÁRBARA CUANDO TRUENA… O CUANDO ESPAÑA SE QUEMA. DESPUÉS LLEGAN LAS LLUVIAS… Y VOLVEMOS A OLVIDARLO TODO.
Incendios estivales, la matraca del cambio climático, declaraciones grandilocuentes, comisiones, promesas de ayudas que demasiadas veces los damnificados esperan durante meses, fotografías, visitas oficiales y demás zarandajas… hasta que llegan las primeras lluvias y comienza el gran acto nacional de desmemoria.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN
«Los grandes incendios no empiezan cuando aparecen las llamas; empiezan cuando dejamos de cuidar el monte durante el resto del año.»

RESUMEN PARA LECTORES APRESURADOS
¿Por qué sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena… o cuando España se quema?
Cada verano asistimos al mismo espectáculo. El calor aprieta, el monte arde, los informativos abren con imágenes de llamas, los bomberos vuelven a jugarse la vida, los responsables públicos comparecen con gesto grave, se anuncian ayudas extraordinarias, se crean comisiones, se prometen investigaciones y vuelve a sonar, casi como un disco rayado, la explicación de moda: el cambio climático.
Pocas semanas después llegan las primeras lluvias.
Las cámaras desaparecen.
Los titulares cambian.
Las promesas se olvidan.
Las ayudas recorren lentamente el laberinto administrativo.
Y España vuelve a hacer honor a uno de sus refranes más antiguos: «Sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.»
Ésta es la idea central de este ensayo.
No pretende negar la influencia del clima sobre los incendios forestales. Sería absurdo hacerlo. Temperaturas elevadas, sequías prolongadas y fuertes vientos favorecen la propagación del fuego. Lo que cuestiona es la costumbre de convertir esa realidad en una explicación casi única, capaz de eclipsar otras causas mucho más próximas y sobre las que sí podemos actuar: el abandono del medio rural, la desaparición de la ganadería extensiva, la acumulación de combustible vegetal, el deficiente mantenimiento de caminos y cortafuegos, la burocracia que dificulta la gestión forestal o la falta de una política preventiva sostenida en el tiempo.
Porque los grandes incendios no empiezan cuando aparece la primera columna de humo.
Empiezan mucho antes.
Empiezan cuando un pueblo pierde a sus últimos habitantes.
Cuando desaparece el último pastor.
Cuando un propietario deja de cuidar su monte porque mantenerlo cuesta más de lo que produce.
Cuando un camino forestal se convierte en un sendero impracticable.
Cuando la prevención deja de ser una prioridad para transformarse en una simple partida presupuestaria.
Durante siglos, buena parte de los montes españoles no fueron espacios abandonados, sino territorios vivos, trabajados y aprovechados. Pastores, agricultores, resineros, corcheros, carboneros y guardas forestales desempeñaban, sin llamarlo así, la mejor política preventiva imaginable. El monte producía riqueza y, precisamente por eso, permanecía cuidado.
Hoy muchos de esos paisajes sobreviven, pero quienes los mantenían vivos han desaparecido. El resultado es una paradoja: cuanto más abandonado queda el territorio, mayor es la cantidad de combustible acumulado y más devastadores pueden llegar a ser los incendios.
El ensayo denuncia también otra costumbre muy española: la política del sobresalto. No sólo con los incendios. También con las inundaciones, las sequías, el deterioro de infraestructuras, la despoblación rural o tantos otros problemas que parecen existir únicamente cuando ocupan las portadas de los periódicos.
Reaccionamos magníficamente ante la emergencia.
Planificamos mucho peor para evitarla.
Nos emociona contemplar el heroísmo de los bomberos —con toda justicia—, pero apenas prestamos atención a quienes trabajan silenciosamente durante el invierno limpiando montes, manteniendo caminos, gestionando cortafuegos o cuidando un territorio que rara vez aparece en los informativos.
La prevención tiene un grave inconveniente: cuando funciona, no ocurre nada.
No hay incendios espectaculares.
No hay evacuaciones.
No hay comparecencias.
No hay fotografías.
No hay titulares.
Y precisamente por eso suele recibir mucha menos atención que la gestión de la catástrofe.
El texto critica igualmente una forma de hacer política basada en las declaraciones solemnes, las visitas institucionales, las comisiones de estudio, los anuncios de ayudas que demasiadas veces los damnificados esperan durante meses y una abundante producción de palabras que, con frecuencia, termina sustituyendo a los hechos.
Porque gobernar no consiste únicamente en apagar incendios.
Gobernar consiste, sobre todo, en impedir —o al menos reducir al máximo— las condiciones que permiten que esos incendios alcancen dimensiones catastróficas.
Éste no es, por tanto, un ensayo sobre incendios forestales.
O, mejor dicho, no sólo sobre incendios forestales.
Es una reflexión acerca de una manera de gobernar y también de comportarnos como ciudadanos.
Habla de previsión frente a improvisación.
De memoria frente a olvido.
De responsabilidad frente a propaganda.
Y recuerda una verdad tan antigua como vigente: más vale prevenir que curar.
Quizá haya llegado el momento de actualizar el viejo refrán.
Porque los españoles ya no sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.
Nos acordamos cuando España se quema.
Y, demasiado a menudo, en cuanto llegan las primeras lluvias… volvemos a olvidarlo todo.
SI QUIERES PROFUNDIZAR, SABER MÁS, SIGUE LEYENDO.
LOS ESPAÑOLES SÓLO NOS ACORDAMOS DE SANTA BÁRBARA CUANDO TRUENA… O CUANDO ESPAÑA SE QUEMA. DESPUÉS LLEGAN LAS LLUVIAS… Y VOLVEMOS A OLVIDARLO TODO

España: el país de la memoria estacional
Existe un viejo refrán español que resume mejor que muchos tratados de sociología una forma de ser, de gobernar y hasta de entender la vida: «Sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.»
La frase nació mucho antes de que existieran los telediarios, las redes sociales o los gabinetes de comunicación. Sin embargo, pocas veces ha resultado tan actual.
En España no sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. También cuando el monte arde, cuando un río se desborda, cuando una presa amenaza con romperse, cuando la sequía vacía los embalses o cuando una infraestructura se derrumba tras años de abandono.
Entonces comienza el espectáculo.
Las cámaras llegan antes que algunas soluciones.
Los responsables públicos comparecen con gesto grave.
Se anuncian investigaciones, comisiones, ayudas extraordinarias y planes urgentes.
Se multiplican las declaraciones solemnes.
Los tertulianos descubren de repente problemas que llevaban años creciendo silenciosamente.
Los periódicos publican editoriales inflamados.
Las redes sociales hierven durante unos días.
Y, casi como un reloj, aparece la explicación universal de nuestro tiempo: la omnipresente matraca del cambio climático, presentada demasiadas veces como una respuesta suficiente para no hablar de otras responsabilidades mucho más cercanas y menos cómodas.
No se trata de negar que el clima influya en los incendios. Sería absurdo hacerlo. Temperaturas elevadas, sequías prolongadas, baja humedad y fuertes vientos aumentan el riesgo y favorecen la propagación del fuego. Pero convertir esa realidad en una coartada que explique absolutamente todo equivale a dejar en penumbra cuestiones igualmente decisivas: el abandono del medio rural, la acumulación de combustible vegetal, la desaparición de la ganadería extensiva, el deficiente mantenimiento de los montes, la maraña burocrática, la falta de prevención continuada o la escasa evaluación de los errores cometidos tras cada campaña.
Cuando por fin llegan las primeras lluvias, el paisaje comienza lentamente a recuperarse.
La actualidad cambia de asunto.
Las cámaras desaparecen.
Las promesas quedan archivadas.
Las ayudas siguen recorriendo despachos y ventanillas mientras muchos damnificados continúan esperando.
Los informes duermen en estanterías.
Y España vuelve a olvidar.
Hasta el verano siguiente.
Éste no pretende ser un artículo sobre incendios forestales.
O, mejor dicho, no sólo sobre incendios forestales.
Pretende reflexionar sobre una costumbre nacional profundamente arraigada: la de gobernar, administrar y hasta vivir a golpe de emergencia, reaccionando únicamente cuando el problema ya ha estallado y olvidándolo en cuanto deja de ocupar las portadas.
Porque el mayor incendio de España quizá no sea el que cada verano devora miles de hectáreas.
Tal vez sea otro mucho más antiguo, silencioso y persistente.
El incendio de la memoria.
EN VERANO LOS ESPAÑOLES REDESCUBRIMOS QUE EL FUEGO QUEMA.
Todos los veranos ocurre el mismo milagro… o, mejor dicho, el mismo prodigio de amnesia colectiva.
De pronto, descubrimos que hace calor.
Descubrimos que los montes están secos.
Descubrimos que el viento aviva las llamas.
Descubrimos que el matorral acumulado durante meses arde con extraordinaria facilidad.
Descubrimos que existen pirómanos, imprudentes y negligentes.
Descubrimos que nuestros bomberos realizan un trabajo heroico.
Descubrimos que muchos pueblos carecen de medios suficientes para proteger su entorno.
Y, cómo no, descubrimos que el cambio climático existe.
Todo ello se presenta como si fuera una revelación inesperada, como si nadie pudiera haber imaginado que, tras varios meses sin lluvias y con temperaturas elevadas, un bosque abandonado pudiera convertirse en un inmenso polvorín.
Durante unas semanas, los incendios monopolizan las portadas.
Las cadenas de televisión compiten por ofrecer las imágenes más espectaculares.
Los reporteros aparecen rodeados de humo.
Los helicópteros descargan miles de litros de agua.
Los hidroaviones sobrevuelan las llamas.
Los políticos recorren las zonas afectadas con gesto grave.
Se anuncian ayudas extraordinarias.
Se crean comisiones.
Se prometen investigaciones.
Se jura que se aprenderá de los errores.
Y los ciudadanos asistimos, una vez más, a una representación que conocemos casi de memoria.
Porque llevamos décadas viendo exactamente la misma obra.
Cambian los actores.
Cambian los gobiernos.
Cambian los ministros.
Cambian los presidentes autonómicos.
Cambian los alcaldes.
Pero el guion permanece prácticamente intacto.
Cada verano parece el primero.
Y cada otoño parece el último.
Hasta que llega el siguiente.
El incendio también alcanza a la memoria
Existe un incendio mucho más peligroso que el que consume pinares, encinares o alcornocales.
Es el que consume la memoria.
Las llamas forestales suelen extinguirse en unos días o unas semanas.
Las de la desmemoria duran meses.
Apenas llegan las primeras lluvias, el interés desaparece.
Los informativos sustituyen el fuego por cualquier otro asunto.
Los tertulianos dejan de hablar del monte.
Las cámaras abandonan los pueblos afectados.
Las promesas se archivan.
Las ayudas comienzan un lento peregrinaje administrativo.
Y la prevención vuelve a quedar relegada hasta el verano siguiente.
Resulta difícil encontrar una metáfora más exacta del viejo refrán español.
Sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.
O, dicho con mayor precisión en pleno siglo XXI:
Sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando España se quema.
El país de las urgencias
Quizá ésta sea una de las características más persistentes de nuestra vida pública.
Nos hemos acostumbrado a gobernar mediante sobresaltos.
No parece existir problema alguno hasta que adquiere proporciones de catástrofe.
Entonces llegan las reuniones urgentes.
Los gabinetes de crisis.
Las comparecencias solemnes.
Las promesas de reformas profundas.
Las ayudas extraordinarias.
Las declaraciones institucionales.
Los minutos de silencio cuando procede.
Y una abundante producción de fotografías oficiales.
Después llega el olvido.
Sucede con los incendios.
Pero también con las inundaciones.
Con las sequías.
Con los desprendimientos.
Con las plagas forestales.
Con la despoblación rural.
Con el deterioro de infraestructuras.
Con los problemas demográficos.
Con tantos asuntos que parecen existir únicamente cuando ocupan la primera página de los periódicos.
La prevención, por el contrario, carece de atractivo.
No genera titulares.
No proporciona fotografías espectaculares.
No produce inauguraciones solemnes.
No permite cortar cintas.
Y, sobre todo, tiene un inconveniente político enorme: cuando funciona, no ocurre absolutamente nada.
No hay incendio.
No hay evacuaciones.
No hay pueblos amenazados.
No hay imágenes dramáticas.
Y, como nada sucede, casi nadie percibe el éxito de quien evitó la catástrofe.
Sin embargo, ésa debería ser precisamente la medida de un buen gobierno.
No la brillantez con que administra una emergencia.
Sino la capacidad para impedir que la emergencia llegue a producirse.
LA GRAN COARTADA: CUANDO EL CAMBIO CLIMÁTICO EXPLICA ABSOLUTAMENTE TODO… Y YA NO HACE FALTA EXPLICAR NADA.
Vivimos una época curiosa.
Parece que cualquier fenómeno natural necesita una explicación única, sencilla y fácilmente repetible.
Si llueve demasiado, es el cambio climático.
Si no llueve, también.
Si hace calor, naturalmente.
Si hace frío fuera de temporada, igualmente.
Si sopla el viento.
Si no sopla.
Si arde un bosque.
Si un río se desborda.
La explicación parece encontrarse siempre preparada antes incluso de conocer los hechos.
No porque el clima no influya.
Influye.
Y mucho.
Sería absurdo sostener lo contrario.
Los incendios forestales encuentran mejores condiciones para propagarse cuando coinciden temperaturas elevadas, baja humedad, vegetación seca y fuertes vientos.
Eso lo sabe cualquier ingeniero forestal.
Cualquier agricultor.
Cualquier pastor.
Y cualquier vecino que haya pasado toda su vida en el campo.
No hace falta descubrirlo cada verano como si fuera una revelación científica.
Lo verdaderamente sorprendente es otra cosa.
Que esa explicación termine sustituyendo a todas las demás.
Porque cuando una sola causa pretende explicarlo absolutamente todo, deja automáticamente de explicar casi nada.
El clima no limpia los montes
Conviene hacerse algunas preguntas muy sencillas.
¿El cambio climático impide desbrozar un monte?
No.
¿Impide mantener los cortafuegos?
Tampoco.
¿Cierra los caminos forestales?
No.
¿Hace desaparecer los pastores?
No.
¿Vacía los pueblos?
No.
¿Acumula durante décadas toneladas de matorral porque ya nadie obtiene rendimiento económico del monte?
Tampoco.
¿Retrasa la ejecución de determinados trabajos preventivos entre informes, autorizaciones y expedientes administrativos?
Mucho menos.
Sin embargo, todos esos factores influyen decisivamente en el comportamiento del fuego.
Un cigarrillo mal apagado puede provocar un incendio.
Pero sólo se convertirá en una catástrofe si encuentra un territorio dispuesto a arder.
Y un territorio dispuesto a arder no aparece de la noche a la mañana.
Se construye lentamente.
Durante años.
A veces durante décadas.
La desaparición del monte habitado
Nuestros abuelos conocían otra realidad.
El monte no era un parque temático.
Era una fuente de riqueza.
De él salía la leña que calentaba las casas.
El carbón vegetal.
La resina.
El corcho.
Los pastos.
La miel.
Las plantas aromáticas.
Las setas.
Los frutos silvestres.
La caza.
La madera.
Los caminos permanecían abiertos porque alguien los utilizaba.
Los cortafuegos existían muchas veces de forma natural.
Las ovejas, las cabras y las vacas consumían parte de la vegetación que hoy se acumula durante años.
Los agricultores mantenían limpios los linderos.
Los vecinos conocían cada barranco, cada vaguada y cada manantial.
No idealicemos aquel mundo.
Era duro.
Muy duro.
Pero el territorio estaba vivo.
Hoy muchas de esas actividades han desaparecido.
No porque los incendios hayan expulsado a la población.
Sino porque el abandono de la población favorece los incendios.
Es exactamente el proceso inverso.
El bosque perfecto… para arder
Existe una paradoja que pocas veces aparece en los debates públicos.
Durante décadas se ha identificado la conservación de la naturaleza con la ausencia casi absoluta de intervención humana.
Sin embargo, numerosos ecosistemas mediterráneos son precisamente el resultado de siglos de convivencia entre el hombre y el medio.
Eliminar toda actividad no siempre significa conservar.
A veces significa abandonar.
Y abandonar no equivale necesariamente a proteger.
Un bosque sin gestión puede convertirse en un bosque extraordinariamente vulnerable.
No porque tenga demasiados árboles.
Sino porque acumula una continuidad vegetal capaz de alimentar incendios de enorme intensidad.
El fuego encuentra entonces un combustible prácticamente inagotable.
Las llamas ascienden desde el matorral hasta las copas.
Saltan carreteras.
Cruzan barrancos.
Generan focos secundarios.
Crean su propia meteorología.
Y llegan momentos en que ni los mejores medios de extinción pueden detenerlos.
No porque los bomberos hagan mal su trabajo.
Sino porque físicamente resulta imposible.
La prevención no sale en televisión
Hay otra diferencia importante.
Un hidroavión descargando agua constituye una imagen espectacular.
Una brigada desbrozando monte en febrero no interesa prácticamente a nadie.
Un pastor con quinientas ovejas limpiando un monte no abre un informativo.
Un técnico revisando un depósito contra incendios tampoco.
Pero quizá estén realizando un trabajo mucho más decisivo.
La prevención tiene un problema político evidente.
Cuando funciona, no produce titulares.
Nadie felicita a quien evitó un incendio que nunca llegó a declararse.
Nadie organiza homenajes porque un cortafuegos funcionó exactamente como estaba previsto.
Nadie llena las redes sociales con fotografías de un monte que no ardió.
La política moderna vive demasiado pendiente del acontecimiento visible.
La prevención trabaja precisamente para impedir que ese acontecimiento llegue a producirse.
El verdadero debate que nunca llega
Cada verano discutimos sobre el clima.
Y quizá deberíamos discutir mucho más sobre el monte.
¿Cómo recuperar la rentabilidad económica de los aprovechamientos forestales?
¿Cómo favorecer la ganadería extensiva?
¿Cómo simplificar determinadas autorizaciones sin poner en riesgo el medio ambiente?
¿Cómo ayudar a los pequeños propietarios?
¿Cómo mantener abiertos los caminos rurales?
¿Cómo aprovechar la biomasa acumulada?
¿Cómo atraer población al medio rural?
¿Cómo evaluar objetivamente los errores cometidos tras cada gran incendio?
Ésas son preguntas incómodas.
Exigen estudiar.
Planificar.
Escuchar a ingenieros forestales, agricultores, ganaderos, alcaldes, bomberos, agentes medioambientales y vecinos.
No producen titulares tan llamativos como repetir una explicación universal.
La diferencia entre una explicación y una coartada
Toda explicación sirve para comprender.
Una coartada sirve para dejar de preguntar.
Ésa es la diferencia.
Cuando el cambio climático se utiliza como uno de los factores que ayudan a comprender la evolución de los incendios, presta un magnífico servicio al conocimiento.
Cuando se convierte en la respuesta automática que pretende cerrar cualquier debate, deja de ser una explicación científica para convertirse en una coartada política.
Y una democracia madura no debería conformarse con coartadas.
Debería exigir análisis completos.
Porque el fuego no entiende de consignas.
Arde exactamente igual bajo gobiernos de un signo o de otro.
Y tampoco distingue entre administraciones estatales, autonómicas o municipales.
Las llamas sólo obedecen a las leyes de la física.
Los errores, en cambio, pertenecen casi siempre al terreno de la política.
CUANDO EL BOSQUE DEJÓ DE TENER DUEÑO: LA MUERTE DEL MONTE VIVO
Existe una pregunta que rara vez se formula.
¿Cómo consiguieron nuestros antepasados convivir durante siglos con bosques mediterráneos sin que cada verano se produjeran incendios de la magnitud de muchos de los actuales?
La respuesta no consiste en idealizar el pasado.
También entonces existían incendios.
También entonces había rayos, sequías, imprudencias y delincuentes.
Pero el monte era distinto.
Y, sobre todo, era distinta la relación del hombre con el monte.
Un paisaje trabajado
Hoy contemplamos muchos bosques como si fueran espacios completamente naturales.
En realidad, buena parte del paisaje español es el resultado de siglos de trabajo humano.
Los encinares.
Los alcornocales.
Las dehesas.
Los pinares aprovechados para resina.
Los castañares.
Los olivares de montaña.
Los pastizales.
Los bancales.
Los muros de piedra seca.
Los caminos ganaderos.
Las cañadas.
Nada de eso apareció espontáneamente.
Generaciones enteras fueron modelando el territorio.
No para destruirlo.
Sino para vivir de él.
Cada árbol tenía utilidad.
Cada sendero conducía a alguna parte.
Cada fuente era conocida.
Cada linde se limpiaba.
Cada vaguada tenía nombre.
Hoy muchas de esas huellas permanecen.
Pero quienes las hicieron posibles han desaparecido.
Cuando el monte daba de comer
A menudo olvidamos algo elemental.
Durante siglos el monte fue una inmensa despensa.
De él salía la leña.
El carbón vegetal.
La resina.
El corcho.
La madera.
Los pastos.
La miel.
Las plantas medicinales.
Los espárragos.
Las setas.
Las bellotas.
La caza.
Todo ello generaba actividad.
Y la actividad mantenía limpio el territorio.
Las cabras eliminaban matorral.
Las ovejas consumían hierba seca.
Los agricultores mantenían abiertos los accesos.
Los carboneros retiraban madera.
Los resineros recorrían diariamente los pinares.
Los corcheros conocían árbol por árbol.
No existía una «gestión forestal» en el sentido moderno.
Existía algo mucho más eficaz.
El monte era útil.
Y precisamente porque era útil, permanecía cuidado.
El gran éxodo
Todo comenzó a cambiar durante la segunda mitad del siglo XX.
La mecanización agrícola.
La industrialización.
La emigración hacia las ciudades.
La caída de la rentabilidad de muchas explotaciones.
El envejecimiento del campo.
La desaparición de oficios tradicionales.
Miles de pueblos comenzaron a vaciarse.
Miles de explotaciones dejaron de cultivarse.
Miles de kilómetros de caminos dejaron de utilizarse.
Y el monte inició una transformación silenciosa.
Lo que antes era un paisaje trabajado pasó a convertirse, poco a poco, en un paisaje abandonado.
Y el abandono tiene consecuencias.
No siempre visibles.
Pero inevitables.
El combustible perfecto
La naturaleza no soporta el vacío.
Cuando desaparece quien cuida un terreno, la vegetación ocupa rápidamente ese espacio.
Primero llegan las hierbas.
Después los matorrales.
Más tarde pequeños árboles.
Finalmente aparece una continuidad vegetal extraordinariamente densa.
A primera vista puede parecer un éxito ecológico.
Todo está verde.
Todo parece exuberante.
Todo transmite una sensación de naturaleza intacta.
Pero muchas veces esa exuberancia es exactamente el combustible que el fuego necesita.
Un monte limpio no es un monte desnudo.
Un monte limpio es un monte gestionado.
Existe una diferencia enorme.
Y, sin embargo, ambas ideas suelen confundirse.
La dehesa: una lección olvidada
Quizá ningún paisaje español explique mejor esta cuestión que la dehesa.
La dehesa no es un bosque virgen.
Es una obra de ingeniería ecológica desarrollada durante siglos.
Un equilibrio extraordinariamente delicado entre árboles, pastos, agricultura y ganadería.
Las encinas proporcionan sombra.
Las bellotas alimentan al ganado.
Los animales mantienen limpio el suelo.
El terreno permanece productivo.
La biodiversidad aumenta.
El riesgo de grandes incendios disminuye.
No es casualidad.
Es consecuencia de una gestión inteligente.
Cuando desaparecen los animales, cuando deja de aprovecharse el terreno y cuando nadie obtiene rendimiento económico suficiente para mantenerlo, ese equilibrio comienza a romperse.
La naturaleza no desaparece.
Se transforma.
Y no siempre para mejor.
La desaparición de los guardianes invisibles
Los informativos muestran bomberos.
Y es lógico.
Se juegan la vida.
Pero casi nunca aparecen quienes evitaban que el incendio llegara a producirse.
El pastor.
El cabrero.
El resinero.
El carbonero.
El guarda forestal que conocía cada rincón del monte.
El agricultor que mantenía abiertas las lindes.
El propietario que retiraba la madera seca.
Ellos constituían un sistema permanente de vigilancia.
No porque cobraran por prevenir incendios.
Sino porque vivían allí.
Veían el humo en cuanto aparecía.
Conocían los caminos.
Sabían cómo soplaba el viento.
Detectaban cualquier anomalía.
Hoy muchos montes pasan semanas enteras sin que nadie los recorra.
Y cuando aparece el primer humo, ya suele ser demasiado tarde.
Cuando cuidar deja de compensar
Existe además un problema del que apenas se habla.
Muchos propietarios forestales ya no obtienen ingresos suficientes para mantener sus terrenos.
Los costes aumentan.
Los trámites también.
Las obligaciones se multiplican.
Los beneficios disminuyen.
Algunos terminan renunciando.
Otros simplemente abandonan.
Y el monte continúa acumulando combustible año tras año.
Resulta paradójico.
Pedimos a particulares que conserven terrenos cuyo mantenimiento cuesta miles de euros mientras apenas producen rentabilidad.
Después nos sorprendemos cuando arden.
Quizá convenga plantearse una pregunta incómoda.
¿Puede existir una buena política forestal sin una buena política rural?
Probablemente no.
Porque el mejor cortafuegos sigue siendo un territorio habitado.
El mejor vigilante continúa siendo quien vive del monte.
Y la mejor prevención consiste en conseguir que el campo vuelva a tener futuro.
La falsa oposición entre naturaleza y ser humano
Durante demasiado tiempo hemos planteado el debate como si existieran únicamente dos posibilidades.
O explotación.
O abandono.
Pero la realidad es mucho más rica.
Existe una tercera vía.
La gestión inteligente.
La utilización racional.
El aprovechamiento compatible con la conservación.
España posee siglos de experiencia en ese terreno.
La dehesa.
Los montes comunales.
Los sistemas tradicionales de pastoreo.
Las cañadas reales.
Los aprovechamientos forestales regulados.
Todo ello demuestra que el hombre no siempre destruye la naturaleza.
En ocasiones la mejora.
Y, desde luego, puede contribuir decisivamente a protegerla.
La gran lección olvidada
Quizá haya llegado el momento de abandonar un prejuicio muy extendido.
El enemigo del monte no siempre es quien entra en él.
Muchas veces el verdadero enemigo es que nadie vuelva a entrar jamás.
Porque el monte abandonado acaba convirtiéndose en un monte silencioso.
Y un monte silencioso suele terminar siendo un monte extraordinariamente inflamable.
Cuando las llamas llegan, ya no distinguen entre árboles centenarios y matorrales recientes.
Lo devoran todo.
Y entonces descubrimos, una vez más, que aquello que dejamos de cuidar durante décadas no puede recuperarse en unas pocas horas de heroísmo.
EL GRAN TEATRO DEL VERANO
Hay cosas que anuncian el verano con más puntualidad que las golondrinas.
Una de ellas es el incendio forestal.
Otra, la representación política y mediática que inevitablemente lo acompaña.
El decorado apenas cambia.
Las cámaras muestran las llamas.
Los reporteros hablan de «situación dramática», «frente de fuego» y «condiciones extremas».
Los responsables políticos comparecen con gesto grave.
Se anuncian reuniones urgentes.
Se prometen ayudas extraordinarias.
Se anuncian investigaciones.
Se asegura que «se llegará hasta el final».
Y, casi inmediatamente, comienza el desfile institucional.
Ministros.
Consejeros.
Delegados.
Presidentes autonómicos.
Alcaldes.
Todos recorren el terreno calcinado.
Todos expresan solidaridad.
Todos prometen que los damnificados no quedarán solos.
Naturalmente, las víctimas necesitan apoyo.
Y los gobernantes tienen la obligación de acudir.
Lo discutible no es la visita.
Lo discutible es que, demasiadas veces, la visita sustituya a la gestión.
Porque el bosque no empezó a arder el día que apareció el humo.
Comenzó a arder muchos inviernos antes, cuando dejaron de limpiarse determinadas zonas, cuando desaparecieron explotaciones agrícolas y ganaderas, cuando se abandonaron caminos forestales o cuando determinadas actuaciones preventivas fueron posponiéndose año tras año.
Resulta mucho más sencillo acudir ante las cámaras cuando todo está ardiendo que explicar por qué nadie actuó cuando todavía había tiempo.
Y así se repite el ciclo.
El incendio ocupa las portadas.
Después llegan las promesas.
Más tarde las ayudas.
Finalmente, el silencio.
Hasta el verano siguiente.
¿Y las ayudas?
Cada gran incendio viene acompañado de un repertorio de anuncios.
Subvenciones.
Líneas de crédito.
Bonificaciones.
Exenciones fiscales.
Planes de recuperación.
Muchas terminan materializándose.
Otras llegan tarde.
Algunas resultan insuficientes.
Y no pocas quedan atrapadas durante meses entre expedientes, informes y requisitos administrativos.
Mientras tanto, quienes han perdido una explotación agrícola, un rebaño, una vivienda o una pequeña empresa necesitan soluciones mucho antes de que concluya el recorrido burocrático.
No basta con anunciar ayudas.
La verdadera ayuda es la que llega cuando todavía resulta útil.
Mucho ruido… y poca memoria
Cuando las primeras lluvias apagan los últimos rescoldos, desaparece también buena parte del interés político y mediático.
Entonces deja de hablarse de limpieza forestal.
De aprovechamientos tradicionales.
De ganadería extensiva.
De cortafuegos.
De prevención.
De evaluación de errores.
Todo vuelve a quedar aplazado.
Como si el verano siguiente fuera una realidad demasiado lejana.
Y, sin embargo, precisamente entonces debería comenzar el verdadero trabajo.
Porque los incendios del próximo agosto empiezan a combatirse en septiembre.
No en agosto.
GOBERNAR NO ES APAGAR INCENDIOS; ES EVITAR QUE SE PRODUZCAN
Existe una frase atribuida a distintos autores que resume una verdad elemental: gobernar es prever.
Cuando la previsión falla, aparece la improvisación.
Y cuando la improvisación se convierte en costumbre, las emergencias dejan de ser excepcionales para transformarse en una forma habitual de administrar los problemas.
Los incendios forestales constituyen un magnífico ejemplo de esa manera de actuar.
Pero no son el único.
Cada cierto tiempo descubrimos que las inundaciones vuelven a anegar las mismas poblaciones.
Que las sequías nos sorprenden una vez más.
Que determinadas infraestructuras necesitaban mantenimiento desde hacía años.
Que algunos pueblos siguen perdiendo habitantes.
Que el campo continúa envejeciendo.
Que los embalses vuelven a encontrarse bajo mínimos.
Que determinados servicios públicos funcionan al límite de sus posibilidades.
Y, una vez más, asistimos al mismo ritual.
Reuniones urgentes.
Planes extraordinarios.
Comisiones.
Promesas.
Fotografías.
Declaraciones solemnes.
Y una abundante producción de palabras que, demasiadas veces, sustituyen a los hechos.
No faltan diagnósticos.
Lo que suele faltar es continuidad.
Porque la prevención tiene un enemigo formidable.
No proporciona rédito inmediato.
Un gobernante puede fotografiarse inaugurando un puente.
Difícilmente podrá hacerse una fotografía inaugurando una catástrofe que nunca llegó a producirse gracias a un buen mantenimiento.
Nadie organiza un acto institucional porque un monte no ardió.
Nadie corta una cinta para celebrar que un río permaneció dentro de su cauce.
Nadie concede medallas porque un depósito de agua estaba lleno cuando hizo falta.
Y, sin embargo, ahí reside precisamente la esencia del buen gobierno.
No en administrar con brillantez una desgracia.
Sino en conseguir que la desgracia sea menos probable.
La política del corto plazo
Existe además otro problema.
Muchas decisiones preventivas sólo producen resultados años después.
Limpiar un monte hoy puede evitar un incendio dentro de cinco años.
Recuperar la ganadería extensiva requiere tiempo.
Reforestar adecuadamente exige paciencia.
Mantener caminos, cortafuegos o infraestructuras produce beneficios que apenas se perciben mientras todo funciona con normalidad.
Pero vivimos en una sociedad acostumbrada a medir el éxito político en ciclos electorales.
Cuatro años pasan muy deprisa.
Los árboles, en cambio, crecen despacio.
Los bosques tardan décadas en formarse.
Y las políticas forestales verdaderamente eficaces necesitan continuidad, gobierne quien gobierne.
El fuego no entiende de calendarios electorales.
Menos propaganda; más prevención
Quizá haya llegado el momento de invertir nuestras prioridades.
Menos comparecencias.
Menos ceremonias.
Menos titulares.
Y mucha más prevención.
Más monte limpio.
Más caminos transitables.
Más ganadería extensiva.
Más aprovechamientos forestales racionales.
Más apoyo a quienes todavía viven y trabajan en el medio rural.
Más evaluación independiente de cada gran incendio.
Más transparencia sobre lo que se hizo…
…y sobre lo que no se hizo.
Porque la naturaleza no entiende de propaganda.
El fuego tampoco.
DEL «HABRÍA QUE…» AL «VAMOS A HACERLO»
Existe una enfermedad muy española que acompaña fielmente al viejo refrán de Santa Bárbara.
Consiste en hablar mucho y hacer poco.
Después de cada incendio aparecen centenares de propuestas.
Habría que limpiar más montes.
Habría que recuperar el pastoreo.
Habría que simplificar determinados trámites.
Habría que mantener abiertos los caminos forestales.
Habría que apoyar a quienes viven en el medio rural.
Habría que coordinar mejor las administraciones.
Habría que evaluar lo ocurrido.
Habría que aprender de los errores.
Todo eso es cierto.
El problema comienza cuando el verbo hacer desaparece y sólo queda el verbo haber.
«Habría que…»
La expresión posee una extraordinaria virtud.
No obliga a nadie.
No tiene sujeto.
No señala responsables.
No fija plazos.
No exige resultados.
«Habría que…» acaba significando, demasiadas veces, que no lo hará nadie.
Quizá por eso esa fórmula goza de tanto éxito en nuestra vida pública.
Es cómoda.
Elegante.
Y extraordinariamente inofensiva.
Del diagnóstico a la acción
España no necesita otro catálogo de buenos propósitos.
Los diagnósticos existen desde hace años.
Los técnicos conocen perfectamente buena parte de los problemas.
Los ingenieros forestales saben dónde conviene actuar.
Los bomberos conocen los puntos críticos.
Los alcaldes rurales identifican las carencias de sus municipios.
Los agricultores y ganaderos conocen el terreno mejor que nadie.
No partimos de cero.
Lo que falta, demasiadas veces, no es conocimiento.
Es perseverancia.
Es continuidad.
Es la voluntad de mantener durante diez o veinte años una misma política preventiva aunque no produzca titulares espectaculares.
Porque los bosques no entienden de alternancias políticas.
El fuego tampoco.
La verdadera política forestal
La mejor política contra los incendios no comienza cuando despega el primer hidroavión.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando un joven decide quedarse a vivir en un pueblo porque puede ganarse dignamente la vida.
Empieza cuando un pastor continúa recorriendo la sierra con su rebaño.
Empieza cuando un propietario encuentra rentable cuidar su monte.
Empieza cuando un camino forestal permanece abierto.
Empieza cuando un cortafuegos se mantiene limpio.
Empieza cuando la burocracia deja de convertirse en un obstáculo para quienes desean conservar el territorio.
Empieza cuando los distintos niveles de la Administración cooperan en lugar de competir.
Y termina, precisamente, donde casi siempre comenzamos.
En el incendio.
Porque cuando aparecen las llamas ya no estamos haciendo política forestal.
Estamos intentando limitar los daños de errores acumulados durante muchos años.
La última lección de Santa Bárbara
Tal vez el viejo refrán necesite una pequeña actualización.
No basta con decir que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.
La verdadera tragedia consiste en que, cuando deja de tronar, volvemos a olvidarla.
Y con ella olvidamos también las promesas.
Los compromisos.
Las lecciones aprendidas.
Los errores.
Y las responsabilidades.
Hasta que otro verano vuelve a recordarnos que los incendios no nacen en julio.
Empiezan mucho antes.
Empiezan el día en que dejamos de cuidar aquello que sólo echamos de menos cuando lo vemos convertido en cenizas.
EPÍLOGO: CUANDO TODAVÍA LUCE EL SOL
Los españoles solemos decir que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.
Quizá el viejo refrán necesite una pequeña actualización.
Hoy habría que decir que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando España se quema.
Entonces descubrimos, una vez más, que los montes necesitan limpieza; que el medio rural se vacía; que la ganadería extensiva desempeña una función insustituible; que los caminos forestales son imprescindibles; que nuestros bomberos realizan un trabajo heroico; que la prevención resulta mucho más barata que la reconstrucción y que las ayudas, demasiadas veces, llegan cuando ya apenas pueden aliviar el daño sufrido.
Durante unos días todo parece urgente.
Los responsables públicos comparecen.
Los medios de comunicación dedican horas de programación a las llamas.
Los ciudadanos seguimos con angustia la evolución de los incendios.
Y todos repetimos las mismas preguntas que ya formulábamos el verano anterior.
Pero las primeras lluvias terminan llegando.
El humo desaparece.
Las cámaras buscan otro escenario.
Los titulares cambian.
Las comisiones concluyen sus trabajos.
Las promesas se difuminan.
Y el viejo refrán vuelve a cumplirse.
No porque truene.
Sino porque dejamos de escuchar.
Tal vez haya llegado el momento de comprender que los incendios no empiezan cuando alguien ve una columna de humo.
Empiezan mucho antes.
Empiezan cuando un monte deja de cuidarse.
Cuando un pueblo pierde a sus últimos habitantes.
Cuando desaparece un rebaño.
Cuando un camino deja de utilizarse.
Cuando la burocracia hace imposible gestionar razonablemente una finca.
Cuando la prevención deja de ser una prioridad para convertirse en una simple partida presupuestaria.
Y, sobre todo, empiezan cuando aceptamos como inevitable aquello que podría haberse evitado, al menos en parte.
No todos los incendios podrán impedirse.
Nadie puede evitar un rayo.
Nadie controla el viento.
Nadie eliminará por completo la imprudencia o la maldad humanas.
Pero sí podemos decidir cómo queremos cuidar nuestro territorio.
Podemos elegir entre una política de titulares o una política de previsión.
Entre la improvisación permanente y la planificación.
Entre la fotografía del desastre y el trabajo silencioso que evita el desastre.
Porque gobernar no consiste únicamente en movilizar helicópteros cuando el monte ya arde.
Gobernar consiste, sobre todo, en procurar que tengan que despegar el menor número de veces posible.
Quizá entonces dejemos de invocar a Santa Bárbara únicamente cuando truena.
Y aprendamos, por fin, a reparar el tejado cuando todavía luce el sol.
POSDATA PARA QUIENES GOBIERNAN… Y PARA QUIENES LES VOTAMOS
Sería demasiado cómodo concluir este ensayo culpando únicamente a los gobernantes.
Ellos tienen, sin duda, una responsabilidad mayor.
Pero sería injusto olvidar que, en una democracia, los ciudadanos también terminamos obteniendo, en buena medida, aquello que premiamos con nuestro voto y aquello que toleramos con nuestro silencio.
Nos indignamos cuando vemos el monte convertido en cenizas.
Mucho menos cuando desaparece el último pastor.
Nos conmueve el vuelo de un hidroavión descargando agua.
Mucho menos el trabajo silencioso de quien limpia un cortafuegos en pleno invierno.
Aplaudimos al héroe que combate el incendio.
Y casi nunca recordamos a quienes evitaron que otros incendios llegaran a producirse.
Quizá haya llegado el momento de cambiar también nuestra manera de mirar.
Porque una sociedad madura no se distingue por la emoción con la que contempla las desgracias.
Se distingue por la inteligencia con la que procura evitarlas.
Y esa tarea no corresponde sólo a quienes gobiernan.
Nos corresponde a todos.