¡PEDRO SÁNCHEZ, COLÓCANOS, HAZNOS A TODOS FUNCIONARIOS!

0

Por PERO GRULLO DE ABSURDISTÁN, aquel que a la mano cerrada llamaba «puño».

Coplas del gran pesebre nacional, los cuatro millones de nóminas, los enchufados, los paniaguados y los contribuyentes que pagan la fiesta.

A la manera del Arcipreste de Hita, con la lengua afilada de don Francisco de Quevedo, el espíritu de la picaresca española y un buen cargamento de sorna, mala uva y recochineo.

INTROITO

De cómo se descubrió el maravilloso secreto de vivir sin producir.

En aqueste reino de España,
donde florece el engaño,
hay quien trabaja cien horas
y quien no da golpe en el año.

Hay quien se levanta al alba,
quien suda como un condenado,
y quien, sin salir del lecho,
ya tiene el sueldo asegurado.

El primero paga impuestos,
el segundo cobra del erario;
y al tercero, por ser primo,
lo nombran subsecretario.

Y así prospera la patria,
según pregona el mandatario:
¡cuantos menos producen bienes,
más crece el funcionariado!

ESTRIBILLO DEL GRAN PESEBRE

¡Pedro Sánchez, colócanos,
haznos a todos funcionarios!
¡Que otros se dejen el pellejo
para pagarnos los salarios!

¡Que trabajen los pardillos,
que suden los desgraciados!
¡Nosotros queremos nómina,
despacho y días pagados!

¡Viva el sueldo permanente,
viva el cargo extraordinario!
¡Que sea España entera
un inmenso funcionariado!

COPLA PRIMERA

Del rey que multiplicaba empleados como quien multiplica los panes.

Érase un hombre muy guapo,
de elevada compostura,
que, por no crear riqueza,
multiplicaba estructuras.

No multiplicaba panes,
ni tampoco daba peces;
multiplicaba despachos,
directores y memeces.

Donde había un escribiente,
colocó tres supervisores;
donde había una oficina,
instaló veinte asesores.

Y para vigilar a estos
nombró un coordinador,
con dos jefes de servicio
y un adjunto interventor.

El adjunto tuvo secretario,
el secretario, ayudante;
y el ayudante pidió
un asesor vigilante.

Al contemplar tal milagro,
Pedro exclamó satisfecho:
«¡Así se crea riqueza,
sin fabricar ni un tornillo derecho!».

COPLA SEGUNDA

De cómo cuatro millones se acercan al pesebre.

Cuatro millones se acercan,
cuatro millones serán;
y si hacen falta otros tantos,
¡también se colocarán!

No importa que cierre el taller,
que se arruine el hortelano,
que abandone el empresario
su negocio y su trabajo.

Mientras quede algún incauto
que produzca con sus manos,
habrá dinero bastante
para engordar los despachos.

Y si el dinero escasea,
no hay motivo de pesar:
¡se suben cuatro impuestos
y volvemos a empezar!

Pues descubrió nuestro Pedro,
con talento extraordinario,
que para acabar con el paro
¡basta hacerse funcionario!

COPLA TERCERA

Del glorioso corrido de los revolucionarios y sus descendientes.

Mi bisabuelo fue peón,
mi abuelo, revolucionario;
mi padre puso una tienda,
¡y yo quiero ser funcionario!

Mi abuelo gritaba «¡Abajo
los burgueses y el capital!»,
mas mi padre hizo fortuna
con su tienda comercial.

Y yo, que soy más despierto,
he aprendido la lección:
¡mejor que montar un negocio
es cobrar de la nación!

Mi hijo será asesor,
mi nieto, subsecretario;
mi bisnieto, consejero,
¡y mi tataranieto, alto cargo!

Y así, generación tras generación,
sin cultivar ni un bancal,
viviremos todos juntos
¡del presupuesto nacional!

COPLA CUARTA

De los milagros del enchufe, el parentesco y el carné.

Hay quien estudia diez años
para alcanzar una plaza,
y quien conoce a un ministro
y entra sin salir de casa.

Uno prepara exámenes,
otro prepara un café;
uno suspende por décimas,
¡otro asciende por su fe!

Fe en el jefe del partido,
fe en el primo y el cuñado,
fe en el cargo que promete
un buen sueldo asegurado.

El mérito es cosa antigua,
el esfuerzo, reaccionario;
lo moderno es tener padrino
y vivir del presupuesto diario.

¿Para qué estudiar Derecho,
Ingeniería o Magisterio,
si con conocer a un prócer
puedes entrar en un ministerio?

Y si alguno se escandaliza
ante tamaño desatino,
le responderá el enchufado:
«¡Es que yo conozco el camino!».

COPLA QUINTA

De la gloriosa ciencia de inventar cargos.

Nombraron un director
para dirigir lo dirigido;
después, un subdirector
para vigilar lo decidido.

Crearon una comisión
para estudiar la situación,
y otra comisión adjunta
para revisar la comisión.

Nombraron tres secretarios,
dos expertos y un vocal;
y para guardar las actas,
un archivero especial.

Acordaron reunirse
cada martes por la mañana;
pero el martes era fiesta,
¡y lo dejaron para otra semana!

Cuando al fin se reunieron,
tras un año de demora,
decidieron por unanimidad
¡volver a reunirse a otra hora!

Y cobraron sus dietas,
sus pluses y su salario,
por tan heroico servicio
prestado al pueblo tributario.

COPLA SEXTA

De los agricultores, ganaderos y demás víctimas del papeleo.

Fue un labrador a pedir
permiso para sembrar,
y le exigieron seis sellos
para poder comenzar.

Un informe sobre el suelo,
otro acerca del sembrado,
otro del vuelo de las moscas
y otro del viento cruzado.

Le pidieron cinco planos,
dos permisos y un aval,
un estudio de las ranas
y una firma digital.

Cuando logró reunir todo,
ya se había muerto el verano;
y le dijeron muy serios:
«¡Vuelva usted el año que viene, hermano!».

El labrador, desesperado,
se sentó junto al camino:
«¡Antes me moría de hambre,
ahora me mata el organismo!».

Y el funcionario, sonriente,
le explicó con gran dulzura:
«¡Sin tanto papel y sello
no habría tanta estructura!».

COPLA SÉPTIMA

De los impuestos que sostienen el gran banquete.

Trabaja el pobre autónomo
desde que amanece el día;
mas Hacienda se presenta
antes de abrir la herrería.

Paga cuotas, paga impuestos,
paga tasas y contribuciones;
paga incluso cuando pierde
y aunque no tenga ganancias.

Si compra, paga tributo;
si vende, vuelve a pagar;
si ahorra cuatro monedas,
también le quieren cobrar.

Y cuando al fin se muere,
tras una vida de trabajo,
a sus hijos les presentan
otra cuenta del Estado.

El pobre, desde la tumba,
pregunta con amargura:
«¿Ni después de haberme muerto
me libro de esta criatura?».

Y responde un subsecretario,
desde su coche oficial:
«¡La Hacienda somos todos,
pero unos cobramos más!».

COPLA OCTAVA

De la igualdad predicada por quienes disfrutan del pesebre.

Predican la santa igualdad
desde un despacho dorado;
mas unos pagan la fiesta
y otros comen de prestado.

Uno madruga a las cinco,
otro llega a las diez;
uno pierde hasta la camisa,
otro asciende cada mes.

Uno debe justificar
hasta el último recibo;
otro cobra sus dietas
por asistir a un aperitivo.

Uno se juega su hacienda,
otro no arriesga un real;
mas el segundo presume
de conciencia social.

¡Oh, prodigiosa igualdad,
oh, admirable doctrina!
¡Uno sostiene el pesebre
y otro disfruta la pitanza fina!

COPLA NOVENA

De la España de las diecisiete cortes y los innumerables señoríos.

Diecisiete son las cortes,
más dos plazas de excepción,
con sus nobles, sus palacios
y su propia administración.

Cada cual tiene sus leyes,
su tributo y su consejero,
su presidente solemne
y su ejército de ujieres.

Donde antaño hubo un despacho,
hoy existen diecisiete;
y donde antes hubo un sello,
ahora se necesitan veinte.

Un director por provincia,
otro director regional,
un delegado del delegado
y un coordinador general.

Y cuando el pueblo pregunta
para qué tanta oficina,
le dicen que así se acerca
¡la Administración a la cocina!

Pero el vecino, harto de trámites,
responde desde el portal:
«¡Pues alejadla un poquito,
que no me deja respirar!».

COPLA DÉCIMA

De los asesores que asesoran a quienes no saben qué aconsejar.

Tiene Pedro mil consejeros,
y cada uno, un ayudante;
y para ayudar al ayudante,
otro experto vigilante.

Unos aconsejan prudencia,
otros aconsejan valor;
unos estudian las encuestas,
otros el último rumor.

Hay asesor de discursos,
asesor de comunicación,
asesor de protocolo,
¡y asesor de colocación!

Y para que nadie falte
a tan glorioso banquete,
se inventarán una agencia
que al asesor lo asesore.

¡Que viva la sabiduría,
que viva tanto talento!
¡Nunca costó tanto dinero
decir semejante cuento!

COPLA UNDÉCIMA

Del milagro electoral de las plazas prometidas.

Cuando se acercan las urnas,
se escucha un dulce pregón:
«¡Plazas, plazas para todos,
que comienza la función!».

Se prometen oposiciones,
subvenciones y destinos;
se anuncian nuevos despachos
en los pueblos y caminos.

Una agencia para el aire,
otra para el bienestar,
otra para estudiar
cómo se debe estudiar.

Una oficina para el campo,
otra para la ciudad,
y una tercera encargada
de medir la felicidad.

¡Oh, prodigiosa abundancia,
oh, generosidad sin tasa!
¡Qué fácil resulta invitar
cuando otro paga la casa!

COPLA DUODÉCIMA

De los cuatro gatos que todavía producen riqueza.

Quedaban cuatro empresarios,
tres herreros y un labrador,
dos tenderos, un carpintero
y un pobre transportador.

Entre todos sostenían
un ejército de empleados,
una legión de asesores
y cien mil privilegiados.

Uno cayó por los impuestos,
otro por la inspección;
al tercero lo arruinaron
con una nueva regulación.

El cuarto cerró su empresa
y emprendió camino al extranjero;
mas antes de abandonar España,
le cobraron por ser viajero.

Y el Gobierno, preocupado
por tan triste situación,
creó una nueva oficina
¡para estudiar la emigración!

COPLA DECIMOTERCERA

Del gran banquete de los paniaguados.

Sentáronse los señores
a la mesa del erario;
cada cual con su cuchara,
su prebenda y su salario.

Había ministros y asesores,
presidentes y directores,
subdirectores y vocales,
gerentes y supervisores.

Todos pedían más caldo,
todos reclamaban tocino;
pero ninguno aportaba
ni una berza al cocido.

«¡Que traigan más presupuesto!»,
gritó un ilustre señor.
«¡Que eleven los impuestos!»,
respondió el interventor.

Y mientras tanto, en la calle,
el contribuyente, aterido,
miraba por la ventana
cómo devoraban su cocido.

COPLA DECIMOCUARTA

De la España convertida en un solo ministerio.

Soñó Pedro cierta noche
un sueño extraordinario:
¡toda España convertida
en un inmenso funcionariado!

No quedaba ni un tendero,
ni un obrero, ni un herrero,
ni un labrador que sembrara,
ni un industrial con dinero.

Todos tenían despacho,
todos tenían salario,
todos cobraban sus pagas
del presupuesto ordinario.

El portero era director,
el jardinero, secretario,
el panadero, consejero,
¡y el sacristán, subsecretario!

El perro cobraba dietas,
el gato tenía destino,
el loro era portavoz
y el burro, ministro interino.

Pero llegó fin de mes
y ocurrió un caso espantoso:
¡no quedaba quien pagase
tanto sueldo tan hermoso!

COPLA DECIMOQUINTA

De la solución definitiva que encontró el gran gobernante.

Reunió Pedro a sus ministros
en un consejo urgente:
«¡Se nos acaba el dinero!
¡Inventad algo, buena gente!».

Un ministro propuso
imprimir billetes nuevos;
otro sugirió pedir prestado
a los nietos y bisnietos.

Un tercero, más ingenioso,
presentó la solución:
«¡Crearemos otro impuesto
para salvar la situación!».

«¿Y quién habrá de pagarlo?»,
preguntó el presidente.
«¡Los ricos!», gritó un asesor.
«¿Y dónde están?». «¡Se fueron, evidentemente!».

Entonces habló un secretario,
con voz de sabio anciano:
«¡Señor, habrá que buscar
a algún incauto que trabaje de nuevo!».

Y Pedro, muy contrariado,
respondió con gran pesar:
«¡Con lo bien que estaba España
sin necesidad de trabajar!».

COPLA DECIMOSEXTA

De cómo hasta las deudas necesitan un funcionario.

Debe España tantos dineros
que no caben en un cajón;
y aun así siguen creando
nuevos cargos a montón.

La deuda crece y engorda,
los intereses también;
mas el señor del despacho
cobra puntual cada mes.

Si se pregunta quién paga
tanto préstamo heredado,
contestan con gran aplomo:
«¡Los que aún no han nacido, claro!».

¡Qué ingeniosa maravilla,
qué admirable solución!
¡Que disfruten los presentes
y pague la siguiente generación!

Y si los nietos protestan,
les responderá el abuelo:
«¡Yo ya cobré mis prebendas,
arreglad vosotros el entuerto!».

COPLA DECIMOSÉPTIMA

Del juicio de don Francisco de Quevedo al gran pesebre.

Si Quevedo resucitara
y contemplara este Estado,
diría que aquel Buscón
se quedó corto y anticuado.

Pues Pablos buscaba fortuna
con engaños y picardía;
hoy basta con tener padrino
y entrar en una consejería.

No hace falta espada ni capa,
ni fingir noble abolengo;
basta un carné oportuno
y un buen asiento en el Gobierno.

Y al contemplar tanta nómina,
tanto puesto y tanto cargo,
exclamaría don Francisco:
«¡Nunca hubo tan caro milagro!».

COPLA DECIMOCTAVA

Del Arcipreste y su sermón sobre el buen amor al presupuesto.

Dijo el Arcipreste de Hita
que el amor mueve el mundo;
mas hay un amor más fuerte,
más constante y más profundo.

No es el amor de la dama,
ni el del vino, ni el del mesón;
es el amor al salario
que se cobra sin preocupación.

¡Oh, nómina bendecida,
oh, dulce remuneración!
¡Tú consuelas al enchufado
y das lustre al figurón!

No hay pasión más duradera
ni cariño más sincero
que el del cargo que se aferra
a su puesto y a su dinero.

Y aunque cambien los gobiernos,
aunque se hunda la nación,
¡que no falte nunca el sueldo
ni la correspondiente pensión!

COPLA DECIMONOVENA

De la gran rebelión de los contribuyentes.

Mas sucedió cierta mañana
algo nunca imaginado:
¡los que pagaban la fiesta
se declararon cansados!

El labrador dejó el arado,
el herrero apagó el fogón,
el tendero cerró la tienda
y el autónomo bajó el portón.

«¡Que trabajen los asesores!
¡Que produzca el alto cargo!
¡Que los directores fabriquen
algo distinto del salario!».

Y en los grandes ministerios
reinó la consternación:
¡nadie sabía hacer un clavo,
una mesa ni un colchón!

Unos pidieron informes,
otros convocaron reunión,
y los más listos propusieron
¡crear otra comisión!

COPLA VIGÉSIMA

Del día en que se acabó el dinero ajeno.

Cuando no quedó un céntimo
en la caja nacional,
se presentó el tesorero
con semblante funeral.

«Señores, no quedan fondos,
ni para pagar el papel;
si queremos desayunar,
habrá que ponerse a hacer».

El ministro de Agricultura
no sabía plantar lechugas;
el ministro de Industria
no distinguía tuercas de agujas.

El de Hacienda pidió un préstamo,
el de Trabajo, una subvención;
y el de Asuntos Sociales
organizó una manifestación.

Entonces el gran presidente,
con solemne gravedad,
proclamó desde Moncloa:
«¡Nos ha fallado la sociedad!».

COPLA VIGESIMOPRIMERA

Del último discurso del gran repartidor.

«Yo os prometí bienestar,
yo os prometí prosperidad,
yo os prometí muchos cargos
y salarios sin cesar.

Os prometí más oficinas,
más organismos y más empleo;
¡jamás prometí que alguien
tuviera que pagar el recreo!».

Y al escuchar tales palabras,
un viejo contribuyente gritó:
«¡Pues devuélveme mis impuestos,
que la fiesta ya terminó!».

Pero Pedro, muy solemne,
replicó desde el estrado:
«¡Eso es imposible, amigo,
que ya está todo gastado!».

COPLA VIGESIMOSEGUNDA

De la moraleja que nadie quiso escuchar.

Aprended de aqueste cuento,
contribuyentes y vasallos:
no hay gobierno que fabrique
riqueza por multiplicar cargos.

Que el maestro enseñe letras,
que el médico cure al enfermo,
que el guardia proteja al pueblo
y el juez haga cumplir el Derecho.

Que sirva quien deba servir,
con honradez y buen salario;
mas que nadie confunda el servicio
con vivir como un cortesano.

Pues una cosa es servir al pueblo
y otra vivir a su costa;
una cosa es cuidar la hacienda
y otra comerse la torta.

Y si alguien se da por aludido,
que no se enfade conmigo:
¡el que trabaja honradamente
no es el blanco de estos tiros!

DESPEDIDA Y ESTRIBILLO FINAL

Para ser cantado con acompañamiento de guitarra, bandurria, zambomba y una buena colección de contribuyentes escaldados.

¡Pedro Sánchez, colócanos,
haznos a todos funcionarios!
¡Que otros se dejen el pellejo
para pagarnos los salarios!

¡Mi abuelo fue jornalero,
mi padre, revolucionario;
mi hermano puso una tienda,
y mi primo es subsecretario!

¡No queremos azadones,
ni martillos, ni andamios!
¡Queremos buenos despachos,
con sillones y salarios!

¡Que nos paguen las dietas,
los viajes y el calendario!
¡Que el trabajo sea del prójimo
y el dinero, del erario!

¡Que no falten consejeros,
ni vocales ni secretarios!
¡Que hasta los perros del jefe
tengan coche y veterinario!

¡Que se arruinen los talleres,
que se abandonen los campos!
¡Mientras queden contribuyentes,
seguiremos disfrutando!

Y si un día se terminan
los dineros necesarios,
¡que nazcan nuevos españoles
para pagar nuestros salarios!

EPÍLOGO: EL ÚLTIMO ESPAÑOL QUE TRABAJABA

Cuentan que, muchos años después, cuando toda España se había convertido en una gigantesca oficina pública, todavía quedaba un hombre que trabajaba por su cuenta.

Era un viejo zapatero que remendaba zapatos en un pequeño taller.

Un día se presentó ante él una comisión de altos funcionarios.

—Venimos a comunicarle que ha sido nombrado director general de Reparación Sostenible del Calzado Nacional.

—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó el zapatero.

—Nada. Tendrá despacho, secretario, asesores, coche oficial y catorce pagas.

—¿Y quién arreglará los zapatos?

Los miembros de la comisión se miraron unos a otros, desconcertados.

Finalmente, el presidente de la comisión respondió:

—¡Eso tendremos que estudiarlo!

Y nombraron una subcomisión.

Al día siguiente cerró el último taller de España.

Y aquella misma tarde, el Gobierno anunció triunfalmente:

«¡HEMOS ACABADO CON EL DESEMPLEO! ¡TODOS LOS ESPAÑOLES SON FUNCIONARIOS!».

Pero llegó el día de cobrar la primera nómina y descubrieron que no quedaba nadie para pagarla.

Entonces, el presidente del Gobierno convocó un Consejo de Ministros extraordinario.

Tras siete horas de deliberaciones, acordaron por unanimidad crear un nuevo organismo:

LA AGENCIA ESTATAL PARA EL ESTUDIO DE LA DESAPARICIÓN DEL CONTRIBUYENTE.

Con presidente, vicepresidente, diecisiete directores territoriales, cuatrocientos asesores y presupuesto propio.

Y así fue como España consiguió, finalmente, el pleno empleo.

Lo único que faltaba era alguien que trabajase.

FIN

Moraleja quevedesca:

«Nadie puede vivir eternamente del dinero ajeno, por mucho que el Gobierno se empeñe en demostrar lo contrario».

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *