¿QUÉ MÁS DEBE PASAR PARA QUE LOS ESPAÑOLES SE LEVANTEN CONTRA EL DESGOBIERNO SOCIALCOMUNISTA QUE ESTÁ DESTRUYENDO ESPAÑA?

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Españoles no practicantes, no ejercientes, light, superficiales…

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

¿Qué más tiene que pasar?

¿Cuántas fronteras deben ser desbordadas? ¿Cuántos escándalos deben acumularse? ¿Cuánto más tiene que crecer la deuda? ¿Cuántos impuestos hay que pagar? ¿Cuántos incendios deben arrasar nuestros montes? ¿Cuántos jóvenes tienen que comprobar que trabajar ya no basta para independizarse, comprar una vivienda y formar una familia? ¿Cuántos organismos, asesores, empresas públicas, fundaciones y observatorios necesitamos antes de preguntarnos quién paga todo eso y para qué sirve?

En 2026, según el cálculo de la Fundación Civismo, el contribuyente medio necesita dedicar el equivalente a 231 días de trabajo a impuestos y cotizaciones. Hasta el 20 de agosto.

De cada 100 euros que cuesta a una empresa un trabajador medio tomado como referencia, sólo 58,3 llegan finalmente al bolsillo del trabajador.

Después, con esos 58,3, paga IVA, impuestos sobre los carburantes, IBI y una larga colección de tributos.

Y, pese a semejante recaudación, España continúa endeudada, faltan recursos en servicios esenciales y siempre se nos explica que hace falta más dinero.

Mientras tanto, Ceuta ha sufrido una gravísima crisis fronteriza; Marruecos lleva décadas demostrando sus pretensiones y su capacidad para utilizar nuestras debilidades; España mantiene tropas en el extranjero mientras necesita reforzar apresuradamente una frontera propia; las administraciones se multiplican; la responsabilidad política se evapora y la dimisión parece haberse convertido en especie protegida.

¿Y los españoles?

Indignadísimos.

Eso sí.

Hacemos senderismo urbano detrás de una pancarta durante un par de horas, discutimos con el cuñado, arreglamos España en la barra del bar, escribimos cuatro improperios en las redes, regresamos a casa… y el lunes volvemos a ser obedientes administrados.

Ése puede ser el problema.

España no necesita manifestantes de domingo y súbditos de lunes a sábado.

NECESITA CIUDADANOS LOS SIETE DÍAS DE LA SEMANA.


EL PAÍS DE LOS NO PRACTICANTES

Durante muchos años ha sido frecuente escuchar:

—Soy católico, pero no practicante.

España ha conseguido extender el concepto mucho más allá de la religión.

Tenemos demócratas no practicantes.

Liberales no practicantes.

Constitucionalistas no practicantes.

Patriotas no practicantes.

Defensores de la propiedad privada no practicantes.

Defensores de la libertad no practicantes.

Personas que creen fervorosamente en determinados principios, siempre que defenderlos no les quite demasiado tiempo, no les ocasione inconvenientes y, sobre todo, no les obligue a levantarse del sofá.

—Estoy indignadísimo.

Magnífico.

¿Y qué hace usted?

—Indignarme.

Ah.

Hemos inventado así una nueva categoría política:

LA INDIGNACIÓN SEDENTARIA.

El español protesta.

Protesta muchísimo.

Protesta mientras desayuna.

Protesta durante el café.

Protesta ante el televisor.

Protesta en el bar.

Protesta con el cuñado.

Protesta en las redes sociales.

Y después de protestar tanto queda agotado.

Normal que no tenga fuerzas para hacer nada.


SÍSIFO ERA UN PRINCIPIANTE

Los griegos imaginaron a Sísifo condenado a empujar eternamente una enorme piedra montaña arriba para verla caer nuevamente.

Un aficionado.

Nosotros elegimos gobernantes.

Incumplen promesas.

Nos indignamos.

Aparece un escándalo.

Nos indignamos más.

Aparece otro.

Nos indignamos muchísimo.

Suben los impuestos.

Protestamos.

Aumenta la deuda.

Protestamos.

Se deterioran instituciones.

Protestamos.

Tenemos una grave crisis fronteriza.

Protestamos todavía más.

Llegan las elecciones.

Y millones vuelven a votar a los mismos.

Recogemos la piedra.

Y otra vez montaña arriba.

Luego nos sorprende encontrarla nuevamente en el valle.


HASTA EL 20 DE AGOSTO

Detengámonos aquí porque probablemente ninguna cifra explica mejor nuestra relación con el Estado.

Según el Día de la Liberación Fiscal elaborado por la Fundación Civismo, en 2026 un contribuyente medio necesita trabajar el equivalente a 231 días para satisfacer el conjunto de impuestos y cotizaciones.

Traducido al calendario:

HASTA EL 20 DE AGOSTO.

Enero.

Febrero.

Marzo.

Abril.

Mayo.

Junio.

Julio.

Y veinte días de agosto.

Después comienza usted, simbólicamente, a trabajar para sí mismo.

Y todavía debería sentirse agradecido.

Porque el Gobierno hablará de sanidad «gratuita».

Enseñanza «gratuita».

Ayudas «gratuitas».

Servicios «gratuitos».

No.

Nada es gratuito.

Lo hemos pagado.

Y bien pagado.

La cuestión no consiste en negar la necesidad de los impuestos. Un Estado necesita recursos.

La cuestión consiste en preguntarse cuánto necesita, para qué lo necesita, cómo lo gasta y qué recibimos a cambio.


DE CADA 100 EUROS, 58,3 PARA USTED

Tomemos el trabajador empleado como referencia en ese cálculo.

Salario bruto anual: unos 32.446 euros.

Coste total para la empresa, incluidas las cotizaciones empresariales: aproximadamente 42.391.

Cantidad neta que termina recibiendo el trabajador: unos 24.725 euros.

Traducido al román paladino:

DE CADA 100 EUROS QUE LA EMPRESA DESEMBOLSA POR SU TRABAJO, 58,3 TERMINAN EN SU BOLSILLO.

¿Los otros 41,7?

Impuestos y cotizaciones.

Pero no se preocupe.

La Administración todavía no ha terminado con usted.


AHORA GÁSTESE LOS 58,3

Ha cobrado.

Enhorabuena.

Ahora puede empezar a pagar nuevamente.

Compra comida.

IVA.

Enciende la luz.

Impuestos.

Compra una vivienda.

Impuestos.

La posee.

IBI.

Compra un coche.

Impuestos.

Lo utiliza.

Impuestos.

Llena el depósito.

Impuestos.

Ahorra.

Ya encontraremos algo.

Transmite patrimonio.

También habrá una administración interesada.

Y cuando muera, dependiendo de dónde vivan sus herederos, Hacienda quizá encuentre todavía una última oportunidad para despedirse.

El ciudadano paga cuando produce.

Cuando cobra.

Cuando compra.

Cuando consume.

Cuando posee.

Cuando transmite.

Sólo parece descansar fiscalmente mientras duerme.

Y no demos ideas.


HACIENDA CORRE MÁS QUE USTED

En 2025 los ingresos tributarios alcanzaron 325.356 millones de euros, un 10,4 % más que el año anterior, mientras el producto interior bruto nominal creció alrededor del 5,8 %.

Hacienda corrió bastante más que la economía.

Y tenemos además esa maravilla denominada progresividad en frío.

Suben los precios.

Su salario aumenta nominalmente para intentar compensar la pérdida de poder adquisitivo.

Usted cobra más euros, pero no necesariamente puede comprar más cosas.

Sin embargo, si los tramos, mínimos y deducciones del IRPF no se actualizan en la misma proporción, Hacienda puede llevarse una parte mayor.

Usted intenta recuperar lo perdido por la inflación.

Hacienda llega antes.


SÍSIFO AHORA CONDUCE

Y para trabajar muchos españoles necesitan un automóvil.

Especialmente quienes viven fuera de las grandes ciudades, donde el transporte público universal, frecuente y maravilloso pertenece con frecuencia al mismo género literario que los unicornios.

Entre finales de junio y mediados de agosto, según los datos publicados del Boletín Petrolero de la Comisión Europea, la gasolina se encareció en España aproximadamente un 18,6 % y el gasóleo un 21,6 %.

Además, alrededor del 39 % del precio final de la gasolina corresponde a impuestos; en el gasóleo, aproximadamente un tercio.

El mecanismo resulta admirable.

Trabaja para pagar impuestos.

Necesita el coche para ir a trabajar.

Compra combustible.

Paga impuestos.

Y se desplaza así al lugar donde ganará el dinero necesario para continuar pagando impuestos.

Sísifo ha progresado.

Ya tiene automóvil.


¿Y QUÉ RECIBIMOS A CAMBIO?

Ésta es la pregunta.

Porque los impuestos son necesarios.

Hay que pagar jueces.

Policías.

Guardias civiles.

Soldados.

Médicos.

Profesores.

Infraestructuras.

Hospitales.

Tribunales.

Carreteras.

Servicios públicos esenciales.

Perfecto.

Pero si el contribuyente trabaja simbólicamente hasta el 20 de agosto para financiar el Estado, uno esperaría encontrar una Administración extraordinariamente eficaz.

Fronteras impecablemente protegidas.

Justicia rápida.

Infraestructuras perfectamente conservadas.

Montes preparados contra incendios.

Cauces mantenidos.

Sanidad sin esperas interminables.

Policías y guardias civiles sobradamente dotados.

Fuerzas Armadas equipadas.

Cuentas públicas saneadas.

Administraciones sin duplicidades.

Y entonces surge una pregunta vulgar, grosera, poco académica y absolutamente necesaria:

¿DÓNDE DEMONIOS ESTÁ EL DINERO?


EL ESTADO DE LAS MIL CABEZAS

Tenemos Administración General del Estado.

Diecisiete comunidades autónomas.

Diputaciones.

Cabildos.

Consejos insulares.

Ayuntamientos.

Mancomunidades.

Consorcios.

Empresas públicas.

Fundaciones.

Agencias.

Consejos consultivos.

Observatorios.

Gabinetes.

Asesores.

Cargos de confianza.

Entidades de todos los tamaños, colores y pelajes.

No hace falta recurrir a esas viejas listas que aseguraban que España tenía centenares de miles de «políticos» mezclando en el mismo saco políticos, empleados públicos, sindicalistas y trabajadores de entidades diversas.

La realidad no necesita maquillaje.

Ya resulta suficientemente aparatosa.

Tenemos organismos.

Organismos que coordinan organismos.

Planes para coordinar organismos.

Comisiones encargadas de estudiar los planes.

Y, si perseveramos, terminaremos creando un observatorio encargado de observar por qué las comisiones encargadas de estudiar los planes no consiguieron coordinar a los organismos.

Pero ocurre algo maravilloso.

Cuando hay que cobrar un impuesto, la Administración sabe quién es usted.

Dónde vive.

Cuánto gana.

Qué posee.

Qué automóvil tiene.

Qué compró.

Qué vendió.

Y cuánto le debe.

Pero cuando sucede una catástrofe y preguntamos quién era responsable:

—No era competencia nuestra.

—Dependía de otra administración.

—No recibimos el informe.

—Se estaba estudiando.

—Había un protocolo.

—Abriremos una investigación.

Para cobrar:

precisión quirúrgica.

Para responder:

niebla en el Guadiana.


PAGAMOS MUCHO, DEBEMOS MUCHO Y SIEMPRE FALTA DINERO

Éste es el prodigio.

La recaudación aumenta.

Las cotizaciones aumentan.

El trabajador soporta una considerable cuña fiscal.

El consumo vuelve a gravarse.

Los carburantes están cargados de impuestos.

Y, pese a todo, España mantiene una deuda pública gigantesca.

Y siempre falta dinero.

Faltan médicos.

Faltan jueces.

Faltan policías.

Faltan guardias civiles.

Faltan medios contra incendios.

Falta mantenimiento.

Falta vivienda.

Faltan infraestructuras.

Pero nunca parece faltar dinero para inventar otra estructura administrativa.

Quizá llevemos demasiado tiempo preguntándonos cuánto dinero necesita el Estado.

Hagamos la pregunta al revés:

¿CUÁNTO ESTADO NECESITAMOS?

Y después otra:

¿QUIÉN RESPONDE DEL DINERO MALGASTADO?


DEL CIUDADANO AL CLIENTE

Una Administración gigantesca produce además una consecuencia política.

El ciudadano puede convertirse poco a poco en cliente.

El ciudadano pregunta:

—¿Qué hace usted con mi dinero?

El cliente pregunta:

—¿Qué me va a dar?

El ciudadano exige libertad.

El cliente exige protección.

El ciudadano contempla al Gobierno como servidor.

El cliente contempla al Gobierno como proveedor.

Y el gobernante descubre una vieja verdad:

quien reparte adquiere poder sobre quien recibe.

No hace falta comprar un voto con un billete.

Sería ordinario.

Tenemos procedimientos muchísimo más refinados.

Subvenciones.

Ayudas.

Contratos.

Colocaciones.

Fundaciones.

Entidades subvencionadas.

Empresas públicas.

El cacique de antaño entregaba favores.

El contemporáneo reparte presupuestos.

Hemos modernizado el procedimiento.

La naturaleza humana continúa siendo aproximadamente la misma.


CEUTA: ¿TAMPOCO ESTO BASTA?

Y mientras discutimos impuestos aparece Ceuta.

Una frontera española.

No una frontera aliada.

No una misión internacional.

No un territorio situado a miles de kilómetros.

España.

Marruecos lleva décadas mostrando sus cartas.

La Marcha Verde.

Perejil.

La crisis fronteriza de 2021.

La presión migratoria.

Las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla.

El Sáhara.

Las crisis diplomáticas.

La utilización de los movimientos migratorios como instrumento de presión.

No hablamos de algo absolutamente imprevisible.

Existían antecedentes.

Existían advertencias.

Existían estudios.

Existía experiencia.

Y volvió a ocurrir.

Entonces las preguntas son inevitables:

¿Quién debía preverlo?

¿Quién disponía de información?

¿Qué sabía el Gobierno?

¿Cuándo lo sabía?

¿Qué hizo?

¿Eran suficientes las medidas?

¿Quién responde si no lo eran?

Porque gobernar no consiste en llegar corriendo después del desastre.

Gobernar significa prever.


CUANDO LOS CEUTÍES QUIEREN VENDER

Después aparecen noticias todavía más inquietantes.

Propietarios que quieren vender.

Familias que contemplan marcharse a la península.

Viviendas ofrecidas a precios considerablemente inferiores.

Informaciones que hablan de caídas próximas al 30 % en determinados casos.

Habrá que esperar estadísticas consolidadas para conocer exactamente la magnitud del fenómeno.

Pero la cuestión esencial no es inmobiliaria.

Es política.

Cuando ciudadanos españoles comienzan a preguntarse si deben abandonar una ciudad española porque dudan de su seguridad o de su futuro, el problema no consiste en el precio del metro cuadrado.

SE ESTÁ DEVALUANDO LA CONFIANZA EN EL ESTADO.

Y una frontera no empieza a perderse cuando alguien borra una raya del mapa.

Empieza a debilitarse cuando quienes viven detrás de ella dejan de confiar en que merece la pena permanecer allí.


¿PARA QUÉ TENEMOS FUERZAS ARMADAS?

La Constitución encomienda a las Fuerzas Armadas garantizar la soberanía e independencia de España y defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.

Difícil expresarlo con mayor claridad.

España mantiene simultáneamente miles de militares en misiones exteriores.

Líbano.

Letonia.

Eslovaquia.

Rumanía.

Turquía.

Irak.

Misiones navales.

Compromisos con la OTAN, la Unión Europea y las Naciones Unidas.

No propongo abandonar a nuestros aliados.

Ni incumplir tratados.

Ni convertir los Pirineos en una muralla.

La seguridad colectiva también protege nuestros intereses.

Pero las prioridades tienen un orden.

PRIMERO, ESPAÑA.

Primero nuestra soberanía.

Primero nuestra integridad territorial.

Primero nuestras fronteras.

Primero nuestros ciudadanos.

Después ayudaremos a nuestros aliados.

Porque antes de vigilar la casa del vecino conviene asegurarse de que podemos cerrar la puerta de la nuestra.


EL SOLDADO NO ES EL RESPONSABLE

Y no nos equivoquemos de culpable.

Nuestros soldados cumplen órdenes.

Nuestros policías cumplen órdenes.

Nuestros guardias civiles cumplen órdenes.

Y son ellos quienes después ponen el cuerpo donde otros pudieron poner imprevisión.

El soldado no establece nuestra política hacia Marruecos.

La Guardia Civil no fija la política migratoria.

La Policía no decide nuestra posición sobre el Sáhara.

Las Fuerzas Armadas no negocian con Rabat.

No convocan embajadores.

No deciden presupuestos.

No pueden reforzar unilateralmente una frontera cuando les apetezca.

Las decisiones corresponden al poder político.

Por eso la pregunta no es:

¿Dónde estaba el Ejército?

La pregunta es:

¿QUÉ HIZO EL GOBIERNO CON LA INFORMACIÓN Y LOS MEDIOS DE QUE DISPONÍA?

Y si actuó mal:

¿QUIÉN RESPONDE?


ESPAÑA ARDE

Cada verano ocurre además un fenómeno absolutamente sorprendente.

Hace calor.

Y arden montes.

Entonces aparecen las explicaciones.

Cambio climático.

Temperaturas extremas.

Sequía.

Factores reales que pueden aumentar el peligro.

Pero también existe algo llamado:

prevención.

Limpieza.

Desbroce.

Cortafuegos.

Caminos transitables.

Puntos de agua.

Medios humanos.

Gestión forestal.

Equipos disponibles antes del incendio.

El Gobierno no puede ordenar que llueva.

Pero las administraciones sí pueden hacer en febrero aquello que reduce la catástrofe de agosto.

Especialmente cuando el contribuyente lleva desde enero financiándolas.


CAUCES, PRESAS, ENERGÍA

Lo mismo vale para las inundaciones.

Los cauces deben mantenerse antes de las lluvias.

Las infraestructuras hidráulicas deben planificarse antes de las sequías.

La energía debe garantizarse antes de descubrir que falta.

Una política energética seria necesita seguridad de suministro, diversificación, producción suficiente, redes adecuadas y precios compatibles con una economía competitiva.

Las decisiones sobre centrales nucleares, presas, redes o fuentes energéticas no deberían convertirse en actos de fe ideológica.

Una central eléctrica no tiene ideología.

Produce electricidad.

Una presa tampoco vota.

Almacena agua.

Gobernar consiste en calcular consecuencias.

Lo demás es improvisar y después convocar una rueda de prensa.


LA RESPONSABILIDAD SIEMPRE ES DE OTRO

Ésta es otra característica de nuestra política.

Cuando algo sale bien:

el Gobierno.

Cuando sale mal:

Europa.

Las comunidades autónomas.

Los ayuntamientos.

La oposición.

La guerra.

Los mercados.

El cambio climático.

Marruecos.

Los jueces.

Los periodistas.

Los bulos.

La ultraderecha.

El capitalismo.

Franco, si hace falta.

Cualquiera.

Menos quien gobierna.

La responsabilidad política se ha convertido en una extraña criatura:

todo el mundo habla de ella y nadie consigue verla.


LA DIMISIÓN, ESPECIE EN PELIGRO DE EXTINCIÓN

Fracasa una política.

Nadie dimite.

Se descubre una imprevisión.

Nadie dimite.

Alguien miente.

Nadie dimite.

Aparece un escándalo.

Nadie dimite.

Una administración falla.

Nadie dimite.

Llegará el día en que un ministro dimita por asumir una responsabilidad política y tendremos que declarar la jornada fiesta nacional.


PEDRO SÁNCHEZ NO LLEGÓ EN UN CARRO DE COMBATE

Y ahora viene la parte que resulta incómoda para todos.

Es facilísimo decir:

Pedro Sánchez.

Y terminar el análisis.

Pero Sánchez no conquistó La Moncloa mediante un golpe de Estado.

Necesitó votos.

Diputados.

Socios.

Aliados.

Y ciudadanos.

Por tanto, la pregunta no es solamente qué hace Sánchez.

También:

¿POR QUÉ MILLONES DE ESPAÑOLES CONTINÚAN APOYÁNDOLO?

Responder «porque son idiotas» sería intelectualmente perezoso y además falso.

Entre sus votantes existen personas inteligentes, honradas y trabajadoras.

El fenómeno es más profundo.

La política se ha convertido para muchos en identidad.

—Yo soy socialista.

—Mi familia siempre ha votado socialista.

Y los hechos empiezan a juzgarse según quién los protagonice.

La mentira del adversario es intolerable.

La propia tiene explicación.

La corrupción ajena demuestra que todo el partido está podrido.

La propia es un caso aislado.

El incumplimiento ajeno es traición.

El propio, pragmatismo.


Y NO ES UN VICIO EXCLUSIVO DE LA IZQUIERDA

Exactamente lo mismo puede ocurrir con PP, VOX, nacionalistas o cualquier otro partido.

Cuando un ciudadano dice:

—Yo siempre votaré a los míos,

acaba de entregar gratuitamente una de las pocas armas que posee.

Su voto.

Un partido político no es su madre.

No le debe fidelidad.

El partido debe ganarse su voto.

Y volver a ganárselo.

Una democracia se pudre cuando perdonamos al nuestro aquello que condenamos en el adversario.

Entonces dejamos de ser electores.

Nos convertimos en hinchas.

Y para eso ya tenemos fútbol.


LA MEMORIA DEL PEZ

Cada escándalo dura tres días.

Después llega otro.

Luego otro.

Y otro.

Hasta que sucede algo paradójico:

la acumulación de escándalos ya no aumenta la indignación; produce anestesia.

Lo excepcional se vuelve cotidiano.

Lo intolerable, paisaje.

Y aparece la frase definitiva:

—Todos son iguales.

Perfecto.

El ciudadano se marcha a casa.

Y quien gobierna continúa gobernando.

Un ciudadano sin memoria es un regalo para cualquier mal gobernante.


«NO QUIERO METERME EN POLÍTICA»

No quiero señalarme.

No quiero discutir.

No quiero que me llamen facha.

No quiero que me llamen rojo.

No quiero problemas en el trabajo.

No quiero perder amigos.

No quiero complicarme la vida.

No quiero meterme en política.

Magnífico.

Pero la política sí quiere meterse con usted.

Y se meterá.

En su nómina.

En sus impuestos.

En la educación de sus hijos.

En su negocio.

En su automóvil.

En su vivienda.

En su jubilación.

En su propiedad.

En su seguridad.

En su libertad.

La política siempre acaba interesándose por aquellos que decidieron no interesarse por ella.


UNA SOCIEDAD DE MENORES DE EDAD

Detrás aparece otro problema.

Hemos ido sustituyendo responsabilidad por tutela.

Si algo sale mal:

el Estado.

Si falta vivienda:

el Estado.

Si falta dinero:

el Estado.

Si una empresa fracasa:

el Estado.

Si existe cualquier dificultad:

el Estado.

Pero cada responsabilidad que entregamos al poder lleva consigo una porción de libertad.

No podemos pedir simultáneamente que el Estado nos resuelva la vida desde la cuna hasta la tumba y escandalizarnos después porque intervenga en ella.

El padre decide por el niño.

El ciudadano adulto decide por sí mismo y responde de sus decisiones.


FAMILIA, ENSEÑANZA, RESPONSABILIDAD

Las sociedades libres tampoco nacen en el Boletín Oficial del Estado.

Nacen en familias y escuelas capaces de transmitir hábitos.

Esfuerzo.

Disciplina.

Honradez.

Responsabilidad.

Palabra dada.

Fortaleza.

Templanza.

Pensamiento racional.

Capacidad de distinguir un derecho de un deseo.

Una sociedad que deja de formar personas responsables terminará reclamando gobernantes que se responsabilicen de todo.

Y terminará entregándoles también el poder necesario para hacerlo.


TAMBIÉN LA IGLESIA DEBERÍA MIRARSE AL ESPEJO

España ha sido durante siglos un país de tradición católica.

Pero una religión reducida a ceremonias, primeras comuniones, bodas, funerales y declaraciones de «católico no practicante» termina siendo una costumbre cultural.

La Iglesia ha dispuesto de parroquias, colegios, profesores de religión, movimientos, asociaciones, documentos doctrinales y propuestas de pastoral familiar.

¿Para qué sirve todo ello si apenas produce compromiso?

La familia, la mediación familiar, la educación, el acompañamiento de matrimonios en crisis, la ayuda a embarazadas, la atención a personas solas, la transmisión de valores y la formación intelectual deberían constituir terrenos naturales de actuación.

Una convicción que nunca exige nada termina convertida en decoración.

Y lo mismo vale para la fe que para la democracia.


LEVANTARSE NO ES HACER SENDERISMO URBANO

Llegamos entonces a la palabra del título.

Levantarse.

Sí.

Pero entendámonos.

Levantarse no significa violencia.

Ni quemar contenedores.

Ni atacar policías.

Ni asaltar instituciones.

Ni jugar a revolucionarios.

Además de inmoral, sería estúpido: regalaría al poder la excusa perfecta para desacreditar cualquier protesta legítima.

Pero tampoco confundamos levantarse con:

HACER SENDERISMO URBANO.

Una manifestación puede ser útil.

Pero recorrer dos avenidas un domingo detrás de una pancarta, hacerse unas fotografías, gritar cuatro consignas, tomarse después unas cañas y regresar a casa con la reconfortante sensación de haber salvado España no constituye una ciudadanía plenamente ejerciente.

Tampoco discutir con el cuñado.

Ni poner verde al Gobierno en el bar.

Ni escribir tres improperios en las redes sociales.

Ni reenviar veinte mensajes indignados.

Todo eso puede servir para desahogarse.

PERO EL DESAHOGO NO CAMBIA UN PAÍS.


SER CIUDADANO ES MUCHO MÁS ABURRIDO

La ciudadanía efectiva tiene bastante menos emoción.

Hay que asociarse.

Organizarse.

Leer.

Fiscalizar.

Estudiar presupuestos.

Seguir expedientes.

Solicitar información.

Presentar reclamaciones.

Recurrir decisiones.

Denunciar cuando existan indicios de delito.

Acudir a los tribunales cuando proceda.

Apoyar a quien denuncia abusos.

Crear asociaciones independientes del dinero público.

Vigilar a los representantes.

Exigir dimisiones.

Recordar promesas.

Compararlas con los hechos.

Y cuando lleguen las elecciones:

MANDAR A CASA A QUIEN HAYA MENTIDO, INCUMPLIDO O GOBERNADO MAL, AUNQUE SEA «DE LOS NUESTROS».

Caminar detrás de una pancarta durante dos horas es fácil.

Ejercer de ciudadano durante los otros 364 días del año es bastante más pesado.

Precisamente por eso es muchísimo más eficaz.


ESPAÑA NO NECESITA MANIFESTANTES DE DOMINGO

Ésa puede ser una de nuestras grandes confusiones.

Creer que ya hemos cumplido porque fuimos a una manifestación.

No.

Una manifestación puede iniciar algo.

No sustituirlo.

España no necesita ciudadanos que el domingo griten:

—¡Libertad!

y el lunes acepten sin preguntar cualquier decisión del poder.

No necesita patriotas de bandera durante dos horas y administrados resignados durante el resto de la semana.

No necesita demócratas cuatrienales que depositan una papeleta y delegan después toda responsabilidad hasta las siguientes elecciones.

ESPAÑA NO NECESITA MANIFESTANTES DE DOMINGO Y SÚBDITOS DE LUNES A SÁBADO.

NECESITA CIUDADANOS LOS SIETE DÍAS DE LA SEMANA.


NO HACE FALTA UN SALVADOR

Tampoco necesitamos otro mesías político.

Ni un caudillo.

Ni un hombre providencial.

Ni alguien que proclame:

—Dadme el poder y yo arreglaré España.

Precisamente llevamos demasiado tiempo esperando que alguien arregle España por nosotros.

Una sociedad libre no necesita ciudadanos débiles dirigidos por un gobernante fuerte.

Necesita ciudadanos fuertes y gobernantes limitados.

Ciudadanos independientes.

Informados.

Responsables.

Desconfiados del poder.

Capaces de decir no.

Y perfectamente conscientes de que ningún Gobierno les regala nada.


EL 20 DE AGOSTO DEBERÍA SER UNA FECHA PARA RECORDAR

Quizá deberíamos recordar cada año esa fecha simbólica.

20 de agosto.

No para dejar de pagar impuestos.

No para declararnos en rebeldía fiscal.

Sino para formular una pregunta profundamente democrática:

¿QUÉ HAN HECHO USTEDES CON NUESTRO DINERO?

Euro por euro.

Ministerio por ministerio.

Comunidad autónoma por comunidad autónoma.

Diputación por diputación.

Organismo por organismo.

Empresa pública por empresa pública.

Subvención por subvención.

Contrato por contrato.

Porque el dinero público no pertenece al Gobierno.

No pertenece a los ministros.

No pertenece a los partidos.

ES DINERO DE LOS CIUDADANOS.

Y el político que lo administra debería rendir cuentas como quien administra el patrimonio de otro.

Porque eso es exactamente lo que hace.


¿QUÉ MÁS TIENE QUE PASAR?

Volvamos a la pregunta.

¿Qué esperamos?

¿Otra Ceuta?

¿Melilla?

¿Otra crisis con Marruecos?

¿Más deuda?

¿Trabajar hasta septiembre para pagar impuestos?

¿Más encarecimiento de los carburantes?

¿Más jóvenes incapaces de independizarse?

¿Más incendios?

¿Más deterioro institucional?

¿Más escándalos?

¿Más mentiras?

¿Más administraciones?

¿Más asesores?

¿Más observatorios?

¿Cuál es exactamente el límite?

¿Qué esperamos?

¿Una sirena?

¿Una proclama?

¿Un mensaje oficial en nuestros teléfonos?

ATENCIÓN, ESPAÑOLES: A PARTIR DE ESTE MOMENTO YA PUEDEN PREOCUPARSE.

No llegará.


LOS PAÍSES NO DESAPARECEN UN MARTES A LAS CINCO

Las naciones rara vez se hunden de golpe.

Se deterioran.

Se endeudan.

Se burocratizan.

Pierden confianza.

Pierden memoria.

Pierden responsabilidad.

Pierden voluntad.

Los ciudadanos se acostumbran.

Lo extraordinario se convierte en normal.

Lo intolerable se vuelve cotidiano.

Y un día alguien mira alrededor y pregunta:

—¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Pues así.

Poco a poco.


TAL VEZ EL PROBLEMA NO SEA SÓLO EL GOBIERNO

Por eso la pregunta más incómoda no es:

¿Qué le pasa a Pedro Sánchez?

Ni siquiera:

¿Qué le pasa al PSOE?

La pregunta verdaderamente desagradable es:

¿QUÉ NOS PASA A LOS ESPAÑOLES?

¿Por qué soportamos aquello que decimos considerar insoportable?

¿Por qué votamos por identidad?

¿Por qué olvidamos?

¿Por qué disculpamos al nuestro?

¿Por qué esperamos siempre que otro haga algo?

¿Por qué confundimos paz con resignación?

¿Por qué confundimos moderación con pasividad?

¿Por qué confundimos una manifestación con participación política?

¿Por qué trabajamos simbólicamente hasta el 20 de agosto para mantener al Estado y después apenas preguntamos qué hace con nuestro dinero?

¿Por qué continuamos comportándonos demasiadas veces como administrados y no como ciudadanos?


ESPAÑOLES PRACTICANTES

Eso es lo que necesita España.

Españoles practicantes.

No practicantes de una religión determinada.

Practicantes de la ciudadanía.

Practicantes de la libertad.

Practicantes de la responsabilidad.

Practicantes de la memoria.

Practicantes de la democracia.

Personas que comprendan que ningún partido merece fidelidad incondicional.

Que ningún Gobierno es propietario del Estado.

Que ningún ministro regala aquello que previamente hemos pagado.

Que ningún derecho se conserva por estar escrito en un papel.

Que ninguna libertad sobrevive indefinidamente si nadie está dispuesto a defenderla.

Y que votar cada cuatro años es condición necesaria de una democracia.

Pero ni remotamente suficiente.


LA PREGUNTA DEL MILLÓN

Quizá el título de este artículo esté equivocado.

¿QUÉ MÁS DEBE PASAR PARA QUE LOS ESPAÑOLES SE LEVANTEN CONTRA EL DESGOBIERNO?

Nada.

NO TIENE QUE PASAR NADA MÁS.

Ya ha pasado suficiente para preguntar.

Para fiscalizar.

Para exigir.

Para asociarse.

Para reclamar responsabilidades.

Para exigir fronteras seguras.

Para pedir una Administración eficaz.

Para exigir cuentas públicas comprensibles.

Para reclamar que cada euro tenga explicación.

Para castigar políticamente la mentira.

Para dejar de comportarnos como espectadores de nuestro propio país.

La verdadera pregunta es bastante peor:

¿QUÉ NOS HA PASADO A LOS ESPAÑOLES PARA QUE TODAVÍA NECESITEMOS MÁS?

Porque quizá nuestros hijos no nos pregunten quién gobernaba.

Ni cuánto debía España.

Ni cuánto pagábamos de impuestos.

Ni qué ministro dijo qué.

Ni quién ganó aquellas elecciones.

Puede que formulen una pregunta muchísimo más sencilla:

—¿Y VOSOTROS QUÉ HICISTEIS MIENTRAS TODO ESO ESTABA PASANDO?

Y sería verdaderamente miserable tener que responder:

—PROTESTAMOS MUCHO.

HICIMOS SENDERISMO URBANO.

DISCUTIMOS CON EL CUÑADO.

Y EL LUNES VOLVIMOS A LO DE SIEMPRE.

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