¿QUIÉN ENGAÑA A QUIÉN? PEDRO SÁNCHEZ Y LOS MILLONES DE ESPAÑOLES QUE PREFIEREN NO DARSE POR ENTERADOS
El poder de la mentira, la complicidad del autoengaño y la extraordinaria facilidad con que el ser humano termina creyendo aquello que le conviene
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN
27 de octubre de 2026

«Se puede engañar a todos durante algún tiempo; se puede engañar a algunos durante todo el tiempo; pero no se puede engañar a todos durante todo el tiempo».
La frase se atribuye a Abraham Lincoln, aunque los historiadores no han podido acreditar que llegara a pronunciarla. Poco importa para lo que aquí nos ocupa. Su sabiduría aparente merece una revisión a la luz de la experiencia política española.
Porque hay algo que Lincoln —o quienquiera que fuera su verdadero autor— no parece haber tenido suficientemente en cuenta: la extraordinaria capacidad del ser humano para engañarse a sí mismo, incluso cuando tiene la verdad delante de sus narices.
Y hay una pregunta que llevo tiempo haciéndome.
¿Cómo es posible que Pedro Sánchez conserve semejante capacidad de influencia política después de tantas contradicciones públicas, tantos compromisos incumplidos y tantos cambios de posición?
¿Son realmente sus partidarios víctimas del engaño? ¿O existe entre ellos un número indeterminado de personas que conocen perfectamente los hechos, pero prefieren encontrar una justificación antes que reconocer una equivocación?
Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando el engañado deja de ser una víctima inocente y empieza a colaborar voluntariamente en su propio engaño?
Ahí está, a mi juicio, la cuestión verdaderamente inquietante.
I. Casi ocho millones de votos. ¿Ocho millones de crédulos?
En las elecciones generales del 23 de julio de 2023, el PSOE obtuvo 7.821.718 votos. Casi ocho millones de españoles depositaron su papeleta en las urnas a favor del partido de Pedro Sánchez.
No podemos dar por supuesto que todos ellos mantengan hoy aquella preferencia. Tampoco que votaran por idénticos motivos, ni que aceptaran sin reservas todas las decisiones del Gobierno.
Pero la cifra permite formular una pregunta de considerable trascendencia política y moral.
¿Qué hace que millones de ciudadanos continúen identificándose con una organización cuyos dirigentes modifican compromisos que habían presentado como irrenunciables?
Desde luego, no cabe despachar el asunto afirmando que ocho millones de españoles son ignorantes, ingenuos o incapaces de comprender lo que sucede.
Sería una explicación demasiado cómoda. Y, además, probablemente falsa.
Entre los votantes socialistas hay personas cultas, profesionales de reconocido prestigio, trabajadores honrados, empresarios, profesores, funcionarios, jubilados y ciudadanos perfectamente capaces de distinguir entre una afirmación y su contraria.
Muchos conocen la historia política reciente. Saben lo que se prometió y lo que se hizo después. Algunos comparten las decisiones adoptadas, aun reconociendo los cambios de criterio. Otros conceden más importancia a determinadas políticas económicas o sociales que a los incumplimientos que reprochan sus adversarios.
Hasta aquí, nada que resulte particularmente misterioso.
El problema comienza cuando una persona se niega a reconocer hechos perfectamente documentados porque aceptarlos la obligaría a cuestionar su confianza.
Entonces ya no estamos hablando solamente de política.
Estamos hablando de psicología humana, de orgullo, de pertenencia a un grupo y de esa vieja inclinación a defender nuestros errores como si fueran nuestros hijos.
II. Lo que ayer era inadmisible hoy resulta indispensable
Pocas cuestiones permiten observar mejor este fenómeno que la amnistía concedida a los implicados en el proceso separatista catalán.
Antes de las elecciones generales de julio de 2023, Pedro Sánchez rechazaba esa posibilidad. Había sostenido que la amnistía no encajaba en nuestro ordenamiento constitucional.
El 28 de octubre de aquel mismo año la defendía públicamente.
Y el 10 de junio de 2024 fue aprobada como ley orgánica.
No estamos ante una diferencia de matices. Estamos ante un cambio de posición perfectamente documentado.
Los defensores de aquella decisión sostienen que la situación política exigía facilitar la convivencia en Cataluña. Sus críticos consideran que se utilizó una medida extraordinaria para asegurar los apoyos parlamentarios necesarios para la investidura.
Pero nadie debería necesitar modificar retrospectivamente las declaraciones de Sánchez para defender una u otra interpretación.
El propio presidente reconoció que la amnistía no formaba parte de sus planes anteriores y habló de hacer de la necesidad virtud.
He ahí lo verdaderamente interesante.
Un dirigente puede modificar sus posiciones. Puede explicar sus motivos. Puede incluso convencer a sus seguidores de que el cambio resulta beneficioso.
Lo que no debería desaparecer es la exigencia de rendir cuentas de aquello que prometió.
Sin embargo, en cuanto aparece una contradicción incómoda, se pone en marcha una formidable fábrica de justificaciones.
Lo que antes parecía inadmisible pasa a ser inevitable.
Lo que ayer constituía una línea que no debía cruzarse se convierte hoy en una muestra de responsabilidad.
Y quienes habrían condenado severamente semejante conducta en un adversario encuentran argumentos para disculparla cuando procede de los suyos.
El problema no es cambiar de opinión. El problema es exigir que el ciudadano olvide que se ha cambiado de opinión.
III. No hay peor engañado que quien necesita seguir creyendo
En 1957, el psicólogo Leon Festinger desarrolló su teoría de la disonancia cognitiva.
En términos sencillos, explica el malestar que experimentamos cuando nuestras creencias, decisiones y conductas entran en contradicción.
Imaginemos a un ciudadano que lleva treinta años defendiendo al PSOE.
Ha votado a sus candidatos, ha participado en discusiones familiares, ha criticado a sus adversarios y ha terminado identificando una parte importante de su personalidad con unas determinadas siglas.
Durante años ha proclamado que jamás aceptaría determinadas concesiones políticas.
Pero un día su partido realiza precisamente esas concesiones.
¿Qué puede hacer?
Tiene varias posibilidades.
Puede reconocer que el partido ha cambiado y decidir si continúa apoyándolo. Puede admitir que su opinión anterior era equivocada. Puede exigir explicaciones y rectificaciones.
O puede elegir una salida mucho más cómoda: convencerse de que nada esencial ha cambiado.
Entonces comienza el verdadero espectáculo del autoengaño.
Lo que antes era intolerable ahora es una muestra de generosidad.
Lo que antes era una traición ahora es responsabilidad de Estado.
Lo que antes constituía una mentira ahora se presenta como una interpretación equivocada de unas palabras pronunciadas en otro contexto.
La contradicción no desaparece. Simplemente se encuentra una manera de convivir con ella.
Y cuanto más se ha defendido públicamente una posición, más doloroso puede resultar reconocer el error.
Porque rectificar obliga, en ocasiones, a pronunciar tres palabras que parecen haberse convertido en una rareza dentro de nuestra vida pública:
«Me he equivocado».
No deja de ser curioso que una frase tan sencilla pueda resultar más difícil de pronunciar que un discurso parlamentario de dos horas.
IV. Cuando el partido sustituye al pensamiento
Existe otro fenómeno igualmente preocupante: la transformación de la fidelidad política en una forma de pertenencia casi religiosa.
Para determinados ciudadanos, el partido no es simplemente una asociación que presenta un programa y aspira a gobernar.
Es su familia política.
Su tribu.
Su memoria.
Una parte de su identidad.
Sus abuelos eran socialistas. Sus padres también. Ellos aprendieron desde pequeños a considerar determinadas siglas como una representación de la justicia, el progreso o la defensa de los trabajadores.
Lo mismo puede ocurrir, con diferentes historias y símbolos, entre los seguidores de otros partidos.
En esas circunstancias, cuestionar al dirigente puede parecer una deslealtad hacia todo aquello que uno cree representar.
Y la lealtad, que puede ser una virtud admirable entre personas, se convierte en un problema cuando exige suspender el juicio crítico.
Porque los partidos políticos no son iglesias.
Sus dirigentes no son sacerdotes.
Sus programas no son escrituras sagradas.
Y el voto no debería funcionar como una absolución anticipada de cualquier conducta futura.
Sin embargo, basta escuchar ciertas discusiones políticas para descubrir hasta qué punto se ha extendido la necesidad de justificar al propio bando.
Si los nuestros hacen algo censurable, siempre aparece una explicación.
Si lo hacen los contrarios, aparece una condena.
Y así se establece una curiosísima moral de dos velocidades: una para los amigos y otra para los enemigos.
Lo verdaderamente preocupante no es que un ciudadano defienda a su partido.
Lo preocupante es que acabe considerando que defenderlo significa renunciar a examinar sus actos.
V. El miedo al adversario: una disculpa que sirve para todo
Uno de los argumentos más empleados para justificar los incumplimientos políticos consiste en invocar el peligro que supondría la llegada al Gobierno de los contrarios.
El razonamiento es conocido.
Quizá nuestros dirigentes hayan cometido errores, pero los adversarios serían mucho peores.
Quizá se hayan incumplido compromisos importantes, pero era necesario impedir otro Gobierno.
Quizá una decisión resulte difícil de defender, pero las circunstancias obligaban a adoptarla.
Es perfectamente legítimo que un elector considere preferible un partido a otro, incluso cuando reconoce graves defectos en ambos.
Lo que merece una reflexión más profunda es la transformación de esa preferencia en una autorización ilimitada.
Porque, si el miedo al adversario justifica cualquier cosa, ¿qué límites quedan?
¿En qué momento deja de ser aceptable incumplir una promesa?
¿Cuándo se exige una rectificación?
¿Cuándo se pide una responsabilidad política?
¿O acaso basta con señalar continuamente a los contrarios para que desaparezca la necesidad de responder por los propios actos?
Ese mecanismo no pertenece exclusivamente al socialismo ni a Pedro Sánchez.
También pueden emplearlo el Partido Popular, VOX y cualquier otra organización política.
Pero precisamente por ello conviene combatirlo como una forma de empobrecimiento de nuestra democracia.
Un país no debería tener que elegir entre una adhesión incondicional al Gobierno y una adhesión igualmente incondicional a la oposición.
Los ciudadanos deberían poder exigir cuentas a unos y otros.
VI. El precio de una verdad incómoda
¿Por qué resulta tan difícil reconocer que hemos sido engañados?
La respuesta probablemente tiene menos que ver con la política de lo que imaginamos.
A nadie le gusta sentirse ingenuo.
A nadie le agrada descubrir que defendió una afirmación equivocada.
Y mucho menos admitir que una persona en quien depositó su confianza no se comportó como esperaba.
En la vida privada sucede continuamente.
Un amigo nos decepciona y buscamos razones para disculparlo.
Un familiar incumple repetidamente su palabra y nos resistimos a aceptar que volverá a hacerlo.
Una inversión resulta desastrosa y continuamos defendiendo sus posibilidades para no reconocer que perdimos nuestro dinero.
¿Por qué habría de ser diferente en política?
Hay personas que han invertido una parte considerable de su vida en la defensa de unas siglas.
Han construido amistades, enemistades, recuerdos y convicciones alrededor de ellas.
Reconocer que un dirigente ha incumplido compromisos importantes no significa necesariamente renunciar a sus ideas, pero algunos pueden vivirlo como si estuvieran renunciando a sí mismos.
Por eso, a veces, la mentira política encuentra un terreno extraordinariamente favorable.
No necesita que todos los ciudadanos ignoren los hechos.
Le basta con que algunos estén dispuestos a interpretarlos siempre de la manera más favorable para sus dirigentes.
El engaño puede comenzar en quien habla, pero el autoengaño se instala en quien escucha.
Y contra ese segundo fenómeno no basta con aportar más información.
También es necesario estar dispuesto a aceptar lo que esa información significa.
VII. El negocio de convertir a los ciudadanos en espectadores
Durante años se ha hablado de los medios de información como vigilantes del poder.
Su misión debería consistir, entre otras cosas, en descubrir contradicciones, contrastar declaraciones, examinar documentos y exigir explicaciones.
Pero ¿qué ocurre cuando un medio deja de comportarse como vigilante y empieza a actuar como defensor de un determinado partido?
¿Qué sucede cuando una rectificación que merecería una portada acaba escondida entre noticias menores porque perjudica a los dirigentes predilectos del periódico?
¿O cuando un comportamiento severamente condenado en la oposición recibe un tratamiento comprensivo si procede del Gobierno?
Se produce entonces una deformación del debate público.
El ciudadano ya no recibe solamente información acerca de lo sucedido.
Recibe también un repertorio de argumentos para indignarse o tranquilizarse, según quién haya protagonizado los hechos.
Las contradicciones de los nuestros se explican.
Las de los otros se denuncian.
Y la consecuencia es una ciudadanía que corre el riesgo de sustituir el examen personal de los acontecimientos por una sucesión de consignas.
Los medios que actúan de ese modo no necesitan inventar todas sus informaciones para inducir al error. Les basta con seleccionar cuidadosamente qué hechos destacan, cuáles relegan y qué importancia atribuyen a cada uno.
Por supuesto, semejante comportamiento no es patrimonio exclusivo de los medios favorables a Sánchez.
Es una tentación permanente del periodismo político.
Pero su existencia obliga a preguntarnos si estamos informándonos para comprender la realidad o simplemente para encontrar argumentos que confirmen nuestras opiniones anteriores.
VIII. También se puede engañar diciendo verdades
Conviene recordar una circunstancia frecuentemente olvidada.
No todos los engaños necesitan una falsedad expresa.
También es posible inducir a conclusiones equivocadas mediante verdades incompletas, comparaciones interesadas, silencios significativos o una selección de datos que impide contemplar el conjunto.
Pensemos en las cifras económicas.
Un gobernante puede destacar que el empleo ha aumentado. Ese dato puede ser cierto y relevante.
Pero el ciudadano tiene derecho a conocer simultáneamente la evolución de la productividad, los salarios reales, el coste de la vivienda, la deuda pública, los impuestos y el poder adquisitivo.
Puede anunciar una subida de las pensiones. Los pensionistas tienen derecho a valorarla favorablemente.
Pero también importa conocer cómo se financia, qué compromisos genera para el futuro y qué consecuencias tendrá para las próximas generaciones.
Puede proclamar que ha aumentado el gasto público en determinados servicios.
Pero aumentar el gasto no equivale automáticamente a mejorar sus resultados.
El dinero empleado es un dato.
El beneficio conseguido es otro.
Y el ciudadano necesita conocer ambos.
La información parcial puede crear una impresión engañosa incluso cuando cada cifra, considerada por separado, es correcta.
Ahí aparece una responsabilidad fundamental de gobernantes, periodistas y ciudadanos: no confundir aquello que se anuncia con aquello que efectivamente se consigue.
IX. Los que saben y callan
Hasta ahora hemos hablado de personas que pueden engañarse a sí mismas para evitar reconocer un error.
Pero existe otra conducta diferente: la de quienes conocen una contradicción y deciden no denunciarla porque hacerlo perjudicaría a sus intereses.
No me refiero necesariamente a los votantes corrientes.
Pienso en la posibilidad, siempre presente en cualquier organización política, de que cargos, asesores, colaboradores o personas beneficiadas por determinadas decisiones prefieran guardar silencio antes que arriesgar su posición.
No es lo mismo creer una explicación equivocada que defenderla sabiendo que resulta insostenible.
Tampoco es lo mismo ser leal a un proyecto político que considerar obligatoria la defensa pública de todas las decisiones de sus dirigentes.
El silencio interesado puede ser tan perjudicial como una falsedad.
Porque contribuye a transmitir la impresión de que no existen discrepancias donde quizá las haya.
Y acostumbra a quienes ejercen el poder a recibir aplausos allí donde deberían encontrar preguntas.
No es necesario suponer que todos los colaboradores de Pedro Sánchez actúan de esa manera. Sería una generalización injustificada.
Pero sí cabe preguntarse qué mecanismos internos permiten a cualquier partido detectar errores, admitir discrepancias y corregir decisiones sin convertir al discrepante en enemigo.
Una organización que castiga sistemáticamente las objeciones acaba recibiendo solamente las noticias que desea escuchar.
Y un dirigente rodeado de personas dispuestas a darle siempre la razón corre el riesgo de terminar engañándose también a sí mismo.
X. La servidumbre que cada cual elige
Hace casi cinco siglos, Étienne de La Boétie escribió su célebre Discurso de la servidumbre voluntaria.
Su reflexión giraba alrededor de una pregunta tan sencilla como perturbadora: ¿por qué tantos hombres aceptan obedecer a un poder que depende, en última instancia, de ellos mismos?
No es necesario equiparar la España constitucional a las tiranías estudiadas por La Boétie para reconocer el interés de su planteamiento.
En una democracia, el poder político procede de los ciudadanos y está sometido a límites jurídicos.
Los gobernantes no son propietarios del Estado.
No son dueños de sus cargos.
No administran un patrimonio personal.
Y, desde luego, no tienen derecho a exigir una fidelidad que sobreviva a cualquier incumplimiento.
Sin embargo, la adhesión partidista puede hacer que algunos ciudadanos se comporten como si debieran justificar permanentemente a sus representantes.
La relación se invierte.
En vez de ser el gobernante quien tiene que explicar sus actos ante el ciudadano, es el ciudadano quien se afana en encontrar explicaciones que disculpen al gobernante.
En lugar de pedir cuentas, proporciona excusas.
En lugar de exigir resultados, aplaude anuncios.
En lugar de reclamar compromisos verificables, acepta promesas nuevas para sustituir las antiguas.
No hay democracia verdaderamente exigente cuando el ciudadano considera que su principal obligación consiste en defender al partido al que votó.
XI. ¿Se puede seguir siendo socialista y rechazar a Pedro Sánchez?
Naturalmente.
Y esta distinción es fundamental.
Las ideas políticas no pertenecen a quienes temporalmente dirigen los partidos.
El socialismo no nació con Pedro Sánchez.
El conservadurismo no pertenece a Alberto Núñez Feijóo.
Y quienes se identifican con VOX tampoco están obligados a compartir todas las decisiones de Santiago Abascal.
Confundir unas convicciones con la figura de un dirigente constituye un error que empobrece la vida pública.
Un socialista puede considerar inaceptable una decisión del Gobierno sin dejar de ser socialista.
Un conservador puede censurar al Partido Popular sin renunciar a sus principios.
Y un simpatizante de VOX puede exigir explicaciones a sus dirigentes sin traicionar aquello en lo que cree.
La libertad política empieza precisamente por conservar el derecho a discrepar de los nuestros.
Porque las siglas no son una religión, los programas no son dogmas y los candidatos no son seres infalibles.
La confianza se concede.
Y puede revisarse.
Lo verdaderamente preocupante es que algunos ciudadanos parezcan considerar que retirar la confianza a un dirigente equivale a renunciar a toda su trayectoria personal.
Nadie debería encontrarse prisionero de una papeleta introducida en una urna años atrás.
XII. El engaño puede durar mucho más de lo que imaginamos
Llegamos así a la cuestión inicial.
¿Es posible que Pedro Sánchez mantenga el apoyo de millones de españoles a pesar de las contradicciones que sus adversarios le reprochan?
Evidentemente, sí.
De hecho, lo verdaderamente interesante es comprender por qué unos ciudadanos consideran esas contradicciones suficientemente graves para retirar su confianza y otros continúan otorgándosela.
Para algunos, la respuesta estará en las políticas que valoran favorablemente.
Para otros, en el rechazo a las alternativas.
Para unos terceros, en la fidelidad a una tradición familiar o ideológica.
Y también habrá personas que prefieran minimizar los incumplimientos porque reconocer su importancia las obligaría a revisar opiniones que llevan años defendiendo.
No disponemos de un instrumento que nos permita determinar cuántos electores pertenecen a cada grupo.
Por eso sería absurdo presentar a casi ocho millones de personas como víctimas de una misma operación de engaño.
Pero también sería ingenuo negar la existencia del autoengaño partidista.
Lo observamos continuamente en las discusiones públicas.
Lo encontramos en conversaciones familiares.
Lo vemos cuando una persona exige a los contrarios responsabilidades que jamás pediría a los suyos.
Y, si hacemos un esfuerzo de sinceridad, podemos descubrirlo incluso en nuestras propias reacciones.
Porque resulta extraordinariamente fácil señalar las contradicciones de aquellos a quienes detestamos.
Mucho más difícil es reconocer las de aquellos a quienes admiramos.
XIII. La peor mentira es la que necesitamos creer
Tal vez la frase atribuida a Lincoln sea excesivamente optimista.
Presupone que el engaño termina encontrando un límite en el conocimiento de la verdad.
Pero la experiencia humana enseña algo menos tranquilizador.
Conocer la verdad no garantiza aceptarla.
Disponer de información no obliga a utilizarla correctamente.
Y descubrir que hemos sido engañados no significa que estemos dispuestos a reconocerlo públicamente.
A veces preferimos defender nuestra antigua equivocación antes que afrontar una conclusión desagradable.
No porque carezcamos de capacidad para comprender.
Sino porque comprender de verdad exige, en ocasiones, rectificar.
Ése es el aspecto más inquietante de la cuestión.
Los gobiernos cambian.
Los presidentes llegan y se marchan.
Los partidos ganan y pierden elecciones.
Pero la inclinación humana a justificar las propias preferencias permanece.
Y seguirá siendo una poderosa ayuda para cualquier gobernante que pretenda sustituir las explicaciones por discursos tranquilizadores.
Por eso, el mejor antídoto frente al engaño político no consiste solamente en desconfiar de los adversarios.
Consiste en examinar con especial rigor a aquellos en quienes hemos decidido confiar.
En preguntarles lo que preferirían no contestar.
En recordarles las promesas que desearían que olvidáramos.
Y en no permitir que nuestra adhesión a unas ideas nos impida reconocer los hechos.
EPÍLOGO. ¿Y SI EL VERDADERO PROBLEMA NO FUERA SOLAMENTE SÁNCHEZ?
Regresemos a nuestra pregunta inicial.
¿Hasta cuándo puede un dirigente conservar la confianza de millones de ciudadanos después de incumplir compromisos importantes?
No existe una respuesta universal.
Depende de la gravedad de los incumplimientos, de las explicaciones ofrecidas, de los resultados de gobierno y de la importancia que cada elector atribuya a todas esas circunstancias.
Pero hay algo que debería inquietarnos especialmente.
Una sociedad en la que los ciudadanos se acostumbran a disculpar cualquier contradicción de sus dirigentes pierde buena parte de su capacidad para exigirles responsabilidades.
Y cuando desaparece esa exigencia, el poder encuentra mucho más sencillo continuar por el mismo camino.
Éste es, para mí, el centro del problema.
No se trata solamente de Pedro Sánchez, de su partido o de los millones de españoles que lo han votado.
Se trata de nuestra relación con la verdad.
De nuestra disposición a reconocer errores.
De nuestra capacidad para distinguir las ideas que defendemos de las personas que dicen representarlas.
Y de algo todavía más elemental: el respeto que nos debemos a nosotros mismos.
Porque nadie debería sentirse obligado a negar una evidencia para continuar perteneciendo a una determinada familia política.
Nadie debería considerar vergonzoso reconocer que un dirigente ha decepcionado sus expectativas.
Y nadie debería aceptar que pensar por cuenta propia constituye una deslealtad.
Quizá Abraham Lincoln nunca pronunciara la frase que lleva su nombre.
Quizá tampoco imaginara que, siglo y medio después, una de las grandes cuestiones de las democracias seguiría siendo la misma: la relación entre el poder, el engaño y la credulidad humana.
Yo añadiría una reflexión final.
Engañar a quien desconoce la verdad puede resultar relativamente sencillo. Engañar a quien la conoce exige algo más: que encuentre alguna ventaja, algún consuelo o alguna excusa para no reconocerla.
Y ahí reside el peligro del autoengaño.
Porque, si una persona necesita que su dirigente tenga siempre razón para justificar su propia fidelidad, terminará buscando esa razón incluso donde los hechos la contradigan.
Pedro Sánchez tendrá que responder políticamente por lo que haya prometido, por lo que haya cumplido y por lo que haya incumplido.
Los demás dirigentes, también.
Pero los ciudadanos tenemos una responsabilidad que nadie puede ejercer en nuestro nombre: conservar la independencia de nuestro juicio.
No es necesario renunciar a nuestras ideas.
Ni siquiera cambiar nuestro voto.
Basta con comprender que ningún político merece que renunciemos a la verdad para defenderlo.
Y acaso convenga corregir aquella sentencia atribuida a Lincoln:
Se puede engañar a todos durante algún tiempo, a algunos durante mucho tiempo y a quienes se empeñan en engañarse a sí mismos durante toda una vida.
La pregunta definitiva, por tanto, no es solamente cuánto tiempo puede un gobernante engañar a sus electores.
Es cuánto tiempo están dispuestos algunos de ellos a seguir encontrando disculpas.
Porque una cosa es que nos engañen. Y otra, bastante diferente, es que acabemos ayudando a mantener el engaño.