Récord de empleo, récord de subsidios, récord de inmigración laboral y récord de vacantes
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS
El país donde faltan trabajadores, sobran desempleados y crecen los subsidios
Una reflexión sobre las contradicciones del mercado laboral español
España vive una situación extraordinaria.
Tan extraordinaria que probablemente ningún gobierno se atrevería a describirla con toda claridad.
Porque las cifras oficiales parecen contar una historia de éxito.
Pero cuando se observan conjuntamente todos los datos, aparece una realidad mucho más compleja.
Según el relato oficial, España bate récords de empleo.
Bate récords de afiliación a la Seguridad Social.
Bate récords de ocupación.
Bate récords de contratación.
Y, sin embargo, simultáneamente, también bate récords de beneficiarios del Ingreso Mínimo Vital.
Bate récords de vacantes laborales sin cubrir.
Bate récords de trabajadores extranjeros.
Bate récords de gasto asistencial.
Y continúa manteniendo una de las tasas de desempleo más elevadas de toda la Unión Europea.
Algo no encaja.
Porque todas esas cifras no deberían crecer al mismo tiempo.
O, al menos, no deberían hacerlo con la intensidad que observamos actualmente.
Si el empleo crece de manera sólida, debería disminuir progresivamente la dependencia de ayudas públicas.
Si existen millones de desempleados, no deberían quedar sin cubrir decenas de miles de puestos de trabajo.
Si la economía funciona tan bien como afirman los discursos oficiales, debería aumentar la productividad y mejorar la capacidad de los trabajadores para sostenerse mediante sus propios ingresos.
Sin embargo, la realidad parece avanzar en dirección contraria.
España registra actualmente cerca de 160.000 vacantes laborales sin cubrir.
Nunca había ocurrido algo semejante.
Miles de empresas afirman tener dificultades para contratar trabajadores.
La construcción necesita albañiles.
La hostelería necesita camareros.
La agricultura necesita temporeros.
El transporte necesita conductores.
La industria necesita técnicos especializados.
Y, pese a ello, el país continúa acumulando millones de personas oficialmente desempleadas.
La paradoja resulta evidente.
Faltan trabajadores.
Pero sobran desempleados.
Existen puestos disponibles.
Pero permanecen vacíos.
Y esa contradicción constituye uno de los principales síntomas de que algo no funciona correctamente.
La segunda gran paradoja aparece al analizar la evolución del Ingreso Mínimo Vital.
Cuando esta prestación fue creada en 2020 se presentó como una medida extraordinaria destinada a proteger a los hogares más vulnerables durante una situación excepcional.
Seis años después, el número de beneficiarios se ha disparado.
La factura acumulada alcanza decenas de miles de millones de euros.
Y la tendencia continúa creciendo.
Nadie discute la necesidad de ayudar a quienes atraviesan circunstancias difíciles.
La cuestión es otra.
¿Por qué aumenta tan rápidamente el número de personas dependientes de ayudas públicas precisamente en una etapa presentada como uno de los mayores éxitos laborales de la historia reciente?
Si el empleo crece tan vigorosamente como se afirma, cabría esperar una reducción progresiva de la dependencia asistencial.
Pero ocurre exactamente lo contrario.
La tercera contradicción aparece al analizar los datos de afiliación a la Seguridad Social.
Los responsables políticos suelen destacar los más de veintidós millones de afiliaciones como prueba irrefutable de la fortaleza económica española.
Sin embargo, una afiliación no equivale necesariamente a una persona distinta.
Un trabajador puede aparecer varias veces en las estadísticas cuando mantiene simultáneamente varios empleos.
Y cada vez más personas necesitan complementar ingresos mediante dos o incluso tres ocupaciones.
Por tanto, una parte del crecimiento de las afiliaciones puede reflejar no sólo más actividad económica, sino también una creciente fragmentación laboral.
No siempre más afiliaciones significan más prosperidad.
A veces significan salarios insuficientes.
A veces significan pérdida de poder adquisitivo.
A veces significan necesidad de trabajar más horas para mantener el mismo nivel de vida.
Existe además otro dato especialmente llamativo.
España supera ya los tres millones de trabajadores extranjeros afiliados a la Seguridad Social.
En los últimos años una parte muy importante del empleo creado ha sido ocupada por inmigrantes.
Esto tampoco constituye necesariamente un problema.
Las sociedades modernas han recibido históricamente importantes aportaciones procedentes de la inmigración.
La cuestión es otra.
¿Cómo puede una economía que mantiene millones de desempleados necesitar simultáneamente incorporar millones de trabajadores extranjeros?
La respuesta no puede reducirse a eslóganes simplistas.
No basta afirmar que los españoles no quieren trabajar.
Tampoco basta afirmar que faltan trabajadores.
La realidad apunta hacia problemas mucho más profundos.
Problemas relacionados con la formación.
Con la productividad.
Con los incentivos.
Con la movilidad geográfica.
Con la estructura productiva.
Con el coste de la vivienda.
Con la baja natalidad.
Con la calidad del empleo creado.
Y, sobre todo, con una economía que continúa dependiendo excesivamente de sectores de bajo valor añadido.
Porque ahí aparece probablemente la cuestión central de todo este debate.
La productividad.
Una nación no prospera porque tenga más trabajadores.
Prospera porque cada trabajador genera más riqueza.
Y España lleva demasiado tiempo mostrando una evolución decepcionante en este terreno.
Mientras otras economías avanzadas incrementan la productividad mediante innovación, tecnología y capital humano, España continúa dependiendo en gran medida de actividades que requieren abundante mano de obra pero generan relativamente poco valor añadido.
Las consecuencias son evidentes.
Salarios moderados.
Dificultades para acceder a la vivienda.
Necesidad creciente de ayudas públicas.
Escasa capacidad de ahorro.
Y dependencia cada vez mayor del gasto público para sostener determinados niveles de consumo.
Todo ello nos conduce a una cuestión todavía más profunda.
La relación entre producción y redistribución.
Toda sociedad necesita mecanismos de solidaridad.
Toda comunidad política debe proteger a quienes atraviesan dificultades.
Pero ninguna sociedad puede sostener indefinidamente un crecimiento continuo de las ayudas públicas si no existe previamente una creación suficiente de riqueza.
Alguien debe producir antes de que otros puedan redistribuir.
Alguien debe generar recursos antes de que otros puedan administrarlos.
Alguien debe crear riqueza antes de que pueda repartirse.
Y esa verdad elemental parece haberse vuelto incómoda en una época donde la atención pública suele concentrarse exclusivamente en la distribución de recursos y no en su origen.
Por eso este ensayo no pretende discutir si las estadísticas oficiales son verdaderas.
La mayoría lo son.
La cuestión es otra.
La cuestión consiste en determinar si cuentan toda la historia.
Y la respuesta parece evidente.
No.
Cuentan una parte de la historia.
Una parte importante.
Pero sólo una parte.
Porque cuando un país registra simultáneamente récords de empleo, récords de subsidios, récords de vacantes, récords de inmigración laboral, récords de gasto asistencial y una de las mayores tasas de desempleo de Europa, el problema ya no puede explicarse mediante un único indicador.
Estamos ante un fenómeno mucho más profundo.
Un fenómeno que afecta a la estructura económica, demográfica y social de España.
Y que obliga a formular una pregunta incómoda.
Quizá la pregunta más importante de todas.
¿Estamos construyendo una economía capaz de generar prosperidad suficiente para sostenerse por sí misma o estamos avanzando hacia una sociedad cada vez más dependiente de subsidios, deuda, transferencias públicas e inmigración laboral masiva para mantener su funcionamiento?
Las páginas que siguen intentan responder a esa cuestión.
Porque detrás de las cifras existe una realidad.
Y comprender esa realidad resulta mucho más importante que cualquier titular triunfalista o cualquier eslogan partidista.
SI QUIERES SABER MÁS Y PROFUNDIZAR, SIGUE LEYENDO.
Las grandes contradicciones del mercado laboral español
¿Qué está ocurriendo realmente detrás de las cifras oficiales?
España vuelve a batir récords.
Récord de afiliaciones.
Récord de empleo.
Récord de trabajadores extranjeros.
Récord de beneficiarios del Ingreso Mínimo Vital.
Récord de vacantes sin cubrir.
Récord de gasto asistencial.
Y, simultáneamente, continúa manteniendo una de las tasas de desempleo más elevadas de toda Europa.
Algo no encaja.
Cuando varias estadísticas aparentemente positivas avanzan en paralelo con otras que describen problemas cada vez mayores, resulta obligado preguntarse si estamos contemplando una auténtica mejora estructural o simplemente una acumulación de contradicciones que terminan ocultando la realidad.
Porque los números pueden utilizarse para informar.
Pero también pueden utilizarse para desinformar.
Y cuando se seleccionan cuidadosamente unos datos mientras se silencian otros, el resultado puede ser una imagen profundamente distorsionada de la situación real.
El país donde faltan trabajadores y sobran desempleados
Según el Instituto Nacional de Estadística, España registra cerca de 160.000 vacantes laborales sin cubrir, la cifra más elevada de toda la serie histórica.
Nunca habían existido tantos puestos de trabajo disponibles sin encontrar trabajadores.
La construcción busca albañiles.
La hostelería busca camareros.
El transporte busca conductores.
La agricultura busca temporeros.
La industria busca soldadores, mecánicos, electricistas y técnicos especializados.
Sin embargo, simultáneamente, España mantiene más de dos millones de desempleados registrados oficialmente.
Y si se incluyen demandantes de empleo excluidos de las estadísticas convencionales, fijos discontinuos inactivos, personas en cursos de formación, trabajadores con disponibilidad limitada y otros colectivos similares, diversos análisis elevan la cifra real muy por encima de los datos oficiales.
La primera pregunta surge de manera inevitable.
¿Cómo puede faltar mano de obra mientras existen millones de personas que oficialmente buscan empleo?
La respuesta no puede reducirse a una sola causa.
Estamos ante un fenómeno complejo que revela importantes desequilibrios estructurales.
La explosión del Ingreso Mínimo Vital
La segunda gran contradicción aparece al analizar la evolución del Ingreso Mínimo Vital.
Cuando esta prestación fue aprobada en 2020 se presentó como una herramienta extraordinaria para proteger a los hogares más vulnerables durante una situación excepcional.
Sin embargo, lejos de disminuir con la recuperación económica, el número de beneficiarios no ha dejado de crecer.
Desde su creación, el aumento supera ampliamente el 800 por ciento.
La factura acumulada alcanza ya decenas de miles de millones de euros.
Resulta difícil ignorar la paradoja.
Mientras el Gobierno proclama que España vive uno de los mejores momentos laborales de su historia reciente, el número de personas dependientes de ayudas públicas alcanza niveles sin precedentes.
Nadie cuestiona la existencia de situaciones de necesidad.
Nadie cuestiona que una sociedad civilizada deba auxiliar a quienes atraviesan circunstancias difíciles.
Pero sí resulta legítimo preguntarse por qué aumenta tan rápidamente la dependencia asistencial precisamente cuando las estadísticas oficiales describen una situación extraordinariamente favorable.
La trampa de las afiliaciones
El Gobierno destaca de manera constante los más de veintidós millones de afiliaciones a la Seguridad Social.
La cifra impresiona.
Y ciertamente refleja una intensa actividad económica.
Sin embargo, existe una cuestión fundamental que rara vez se explica adecuadamente.
Una afiliación no equivale necesariamente a un trabajador distinto.
Una misma persona puede generar varias afiliaciones simultáneamente cuando desempeña varios empleos.
El fenómeno del pluriempleo se ha incrementado notablemente durante los últimos años.
Por ello, el número de afiliaciones y el número de trabajadores efectivos no son magnitudes idénticas.
La diferencia resulta esencial.
No es lo mismo crear un millón de nuevos trabajadores que registrar un millón de nuevas afiliaciones distribuidas entre personas que ya estaban trabajando.
La propaganda política suele confundir deliberadamente ambos conceptos.
La estadística rigurosa no debería hacerlo.
El millón de afiliaciones duplicadas
Diversos analistas han señalado que el crecimiento del pluriempleo puede estar ocultando una parte importante de la realidad laboral.
Numerosos trabajadores necesitan hoy dos o incluso tres empleos para mantener niveles de renta que anteriormente podían obtener mediante una sola ocupación.
En consecuencia, el aumento de afiliaciones no siempre implica un incremento equivalente del bienestar económico.
De hecho, puede reflejar exactamente lo contrario.
Puede reflejar la necesidad creciente de complementar ingresos.
Puede reflejar salarios insuficientes.
Puede reflejar precariedad.
Puede reflejar la pérdida de poder adquisitivo provocada por la inflación acumulada durante los últimos años.
Por tanto, el récord de afiliaciones no constituye necesariamente un indicador inequívoco de prosperidad.
La paradoja inmigratoria
Existe además otro dato extraordinariamente revelador.
España supera ya los tres millones de trabajadores extranjeros afiliados a la Seguridad Social.
El crecimiento de la ocupación extranjera explica una parte muy significativa de la creación de empleo de los últimos años.
En algunos meses, prácticamente la mitad de los nuevos puestos de trabajo han sido ocupados por trabajadores procedentes del exterior.
La pregunta vuelve a imponerse.
¿Cómo puede una economía que mantiene millones de desempleados necesitar simultáneamente importar mano de obra a gran escala?
Durante años se repitió que el problema español era la falta de empleo.
Ahora observamos una realidad diferente.
Existen empleos.
Existen vacantes.
Existen empresas buscando trabajadores.
Y, sin embargo, continúan incorporándose cientos de miles de trabajadores extranjeros.
La explicación simplista según la cual «los españoles no quieren trabajar» carece de rigor.
La realidad apunta hacia problemas mucho más profundos.
Desajustes formativos.
Fracaso de las políticas de empleo.
Incentivos perversos.
Movilidad geográfica limitada.
Baja productividad.
Y una estructura económica excesivamente dependiente de sectores de bajo valor añadido.
El problema de la productividad
Aquí encontramos probablemente el núcleo de la cuestión.
España crea empleo.
Pero crea relativamente poca productividad.
La productividad por hora trabajada permanece prácticamente estancada desde hace años.
Y cuando la productividad no crece, tampoco pueden crecer de manera sólida los salarios reales.
El resultado es un círculo vicioso.
Se crean puestos de trabajo.
Pero muchos de ellos generan escaso valor añadido.
Los salarios resultan insuficientes.
Los trabajadores necesitan ayudas complementarias.
Las empresas demandan mano de obra barata.
La economía continúa creciendo sobre bases frágiles.
Y el Estado debe intervenir cada vez más para sostener rentas que el propio mercado no logra generar.
Subsidios e incentivos
Toda ayuda pública genera incentivos.
Siempre.
También las prestaciones sociales.
Se trata de una realidad económica elemental.
Esto no implica demonizar a quienes reciben ayudas.
La inmensa mayoría actúa de buena fe y atraviesa situaciones difíciles.
Pero tampoco puede ignorarse que determinadas prestaciones permanentes pueden modificar comportamientos.
Cuando la diferencia económica entre trabajar y no trabajar resulta reducida, los incentivos cambian.
Cuando determinadas ayudas se convierten en permanentes, aparecen riesgos de dependencia estructural.
Cuando los subsidios sustituyen progresivamente a la incorporación al mercado laboral, el problema deja de ser coyuntural.
Y se convierte en cultural y económico.
El paro invisible
A estas contradicciones se añade otro elemento particularmente relevante.
El paro registrado no refleja la totalidad de las personas que desean trabajar.
Diversos informes han señalado la existencia de una amplia bolsa de demandantes de empleo que no aparecen en las cifras oficiales de desempleo.
Fijos discontinuos inactivos.
Demandantes con disponibilidad limitada.
Personas en formación.
Beneficiarios de determinadas modalidades de protección.
Colectivos excluidos de las categorías tradicionales.
La consecuencia es evidente.
La distancia entre la imagen oficial y la realidad puede resultar considerablemente mayor de lo que sugieren los titulares.
Una economía crecientemente dependiente
Cuando se observan conjuntamente todos estos datos aparece una imagen inquietante.
Récord de empleo.
Récord de afiliaciones.
Récord de vacantes.
Récord de inmigración laboral.
Récord de beneficiarios del IMV.
Récord de gasto asistencial.
Elevada deuda pública.
Estancamiento de la productividad.
Millones de personas fuera del mercado laboral efectivo.
Nos encontramos ante una economía que parece necesitar simultáneamente más trabajadores, más ayudas públicas, más inmigración y más endeudamiento.
Eso no describe una estructura particularmente sólida.
Describe una economía que genera empleo, sí, pero que tiene crecientes dificultades para transformar ese empleo en prosperidad autosuficiente.
La pregunta que nadie quiere formular
Quizá el debate público se encuentra mal planteado.
Quizá la cuestión ya no sea cuántos empleos se crean.
Ni cuántas afiliaciones se registran.
Ni cuántos subsidios se conceden.
La verdadera pregunta es otra.
¿Puede una nación considerarse realmente próspera cuando aumentan simultáneamente el empleo, las ayudas públicas, las vacantes sin cubrir, la inmigración laboral, el endeudamiento y la dependencia asistencial?
Porque si cada vez hacen falta más subsidios para complementar salarios, más inmigración para cubrir puestos de trabajo, más deuda para financiar el gasto público y más artificios estadísticos para presentar resultados favorables, entonces el problema ya no es coyuntural.
Es estructural.
Y los problemas estructurales no se solucionan mediante campañas de comunicación.
Se solucionan afrontando la realidad.
Por incómoda que resulte.
Porque las estadísticas pueden mejorar un discurso.
Pero no pueden sustituir indefinidamente a la verdad económica.
Y la verdad económica, tarde o temprano, siempre termina imponiéndose.
CIFRAS ESTADÍSTICAS
España ante el espejo: empleo, productividad, subsidios e inmigración en perspectiva europea
«Los números son tozudos, pero también pueden ser utilizados para ocultar la realidad cuando se presentan de forma fragmentaria»
Una de las formas más eficaces de manipulación consiste en seleccionar únicamente aquellos datos que favorecen una determinada interpretación.
Por ello resulta imprescindible observar simultáneamente todos los indicadores relevantes.
Cuando se hace ese ejercicio, aparecen algunas singularidades españolas difíciles de encontrar en otras economías desarrolladas.
1. España sigue liderando el desempleo de la Unión Europea
A pesar de los discursos triunfalistas, España continúa figurando entre los países con mayor desempleo de toda la Unión Europea.
Mientras numerosos países europeos mantienen tasas de paro inferiores al 5 %, España sigue moviéndose en niveles que duplican ampliamente la media comunitaria.
La paradoja es evidente.
Un país que oficialmente crea millones de empleos continúa manteniendo una de las mayores bolsas de desempleo de Europa.
No se trata de una situación coyuntural.
Es una característica estructural que acompaña a la economía española desde hace décadas.
2. Récord de vacantes sin cubrir
El primer trimestre de 2026 registró cerca de 160.000 puestos de trabajo vacantes.
Nunca antes había ocurrido algo semejante.
España presenta simultáneamente:
- Millones de desempleados.
- Miles de empresas incapaces de contratar trabajadores.
- Escasez creciente de mano de obra en determinados sectores.
La combinación resulta extraordinariamente anómala.
En teoría, el desempleo masivo debería facilitar la cobertura de puestos.
Sin embargo ocurre exactamente lo contrario.
3. Más de tres millones de trabajadores extranjeros
La afiliación extranjera supera ya los tres millones de personas.
Durante los últimos años una parte sustancial de la creación de empleo ha sido absorbida por trabajadores procedentes del exterior.
El fenómeno no constituye necesariamente un problema.
Las sociedades abiertas siempre han recibido aportaciones valiosas de la inmigración.
La cuestión es otra.
¿Cómo puede una economía que mantiene millones de desempleados necesitar simultáneamente una incorporación masiva de trabajadores extranjeros?
La respuesta apunta hacia desajustes profundos:
- Formación inadecuada.
- Movilidad insuficiente.
- Incentivos laborales deficientes.
- Estructura productiva desequilibrada.
4. El estancamiento de la productividad
Este es probablemente el indicador más importante de todos.
La prosperidad no depende únicamente del número de trabajadores.
Depende de la riqueza que cada trabajador es capaz de generar.
España presenta desde hace años una evolución decepcionante de la productividad.
Mientras otras economías avanzadas han logrado importantes mejoras tecnológicas y organizativas, España continúa dependiendo en gran medida de sectores intensivos en mano de obra y relativamente poco productivos.
Entre ellos:
- Turismo.
- Hostelería.
- Comercio minorista.
- Construcción.
- Servicios de bajo valor añadido.
La consecuencia resulta inevitable.
Si la productividad crece poco, los salarios reales también crecen poco.
Y cuando los salarios crecen poco aparecen presiones crecientes para complementar rentas mediante subsidios públicos.
5. El crecimiento de los perceptores del IMV
Desde su creación en 2020 el Ingreso Mínimo Vital ha experimentado una expansión extraordinaria.
El número de beneficiarios se ha multiplicado varias veces.
El gasto acumulado supera ya ampliamente los veinte mil millones de euros.
La cuestión no consiste en negar la necesidad de proteger a los más vulnerables.
La cuestión consiste en preguntarse por qué aumenta tan rápidamente la dependencia asistencial en una etapa descrita oficialmente como un éxito económico.
Si el mercado laboral fuera tan dinámico como sugieren algunos discursos, cabría esperar una reducción gradual de las necesidades asistenciales.
Sin embargo sucede exactamente lo contrario.
6. El fenómeno de las afiliaciones múltiples
Las cifras oficiales destacan con frecuencia los más de veintidós millones de afiliaciones a la Seguridad Social.
Sin embargo, una afiliación no equivale necesariamente a una persona.
Un mismo trabajador puede figurar varias veces en las estadísticas cuando mantiene varios empleos simultáneamente.
Este fenómeno ha aumentado durante los últimos años.
La razón resulta sencilla.
Cada vez más personas necesitan complementar ingresos mediante varios trabajos.
Por tanto, una parte del crecimiento de las afiliaciones refleja también una creciente fragmentación laboral.
No siempre más afiliaciones significan más prosperidad.
A veces significan exactamente lo contrario.
7. El paro que no aparece en los titulares
Las cifras oficiales de desempleo no incluyen a todos los colectivos con problemas de inserción laboral.
Existen múltiples categorías administrativas que quedan fuera del paro registrado:
- Fijos discontinuos inactivos.
- Demandantes con disponibilidad limitada.
- Participantes en programas formativos.
- Determinados perceptores de prestaciones.
Por ello diversos analistas sostienen que la realidad laboral resulta considerablemente más compleja de lo que sugieren las cifras oficiales difundidas cada mes.
8. La paradoja española
Si reuniéramos todos los indicadores anteriores en una sola fotografía observaríamos algo parecido a esto:
España presenta simultáneamente:
✓ Récord de afiliaciones.
✓ Récord de vacantes sin cubrir.
✓ Récord de trabajadores extranjeros.
✓ Récord de beneficiarios del IMV.
✓ Récord de gasto asistencial.
✓ Elevada deuda pública.
✓ Baja productividad relativa.
✓ Una de las mayores tasas de desempleo de Europa.
La coexistencia de todos estos fenómenos constituye una anomalía económica digna de estudio.
No demuestra necesariamente que todas las políticas aplicadas sean erróneas.
Pero sí demuestra que los mensajes simplistas sobre el éxito del mercado laboral español resultan claramente insuficientes.
Conclusión
La cuestión esencial no es si las cifras oficiales son verdaderas.
La mayoría lo son.
La cuestión es si describen toda la realidad.
Y la respuesta parece evidente.
No.
Describen una parte de la realidad.
Una parte importante, sin duda.
Pero insuficiente.
Porque una economía sana no necesita simultáneamente:
más empleo,
más subsidios,
más deuda,
más inmigración laboral,
más vacantes sin cubrir
y más ayudas públicas.
Una economía sana genera prosperidad suficiente para que un número creciente de ciudadanos pueda vivir dignamente de su trabajo sin depender de transferencias permanentes.
La gran pregunta que España deberá responder durante la próxima década es precisamente esa:
¿Estamos construyendo una economía capaz de generar prosperidad autónoma o una economía cada vez más dependiente de subsidios, deuda, inmigración masiva y artificios estadísticos?
La respuesta a esa pregunta determinará no sólo la evolución del empleo.
Determinará el futuro económico y social de España.
La sociedad subvencionada
Existe una diferencia fundamental entre una sociedad que produce riqueza y una sociedad que redistribuye riqueza.
La primera puede sostener a la segunda durante algún tiempo.
La segunda no puede sostenerse indefinidamente a sí misma.
Toda civilización necesita agricultores que produzcan alimentos, obreros que construyan viviendas, ingenieros que diseñen infraestructuras, empresarios que asuman riesgos, técnicos que mantengan el funcionamiento de la economía y trabajadores que generen bienes y servicios demandados por otros ciudadanos.
Sin esa creación previa de riqueza no existe nada que repartir.
Nada que subvencionar.
Nada que redistribuir.
Nada que recaudar.
Nada que prestar.
Nada que endeudar.
Durante siglos esta evidencia resultaba tan elemental que apenas requería explicación.
Hoy parece necesario recordarla.
España atraviesa una transformación silenciosa.
Cada año aumenta el número de personas cuya renta depende total o parcialmente de transferencias públicas.
Pensiones.
Subsidios.
Prestaciones.
Ayudas al alquiler.
Complementos de renta.
Bonificaciones.
Exenciones.
Subvenciones directas o indirectas.
Empleo financiado mediante presupuestos públicos.
No existe nada necesariamente ilegítimo en ello.
Una comunidad política organizada debe proteger a quienes atraviesan circunstancias difíciles.
El problema aparece cuando la excepción comienza a convertirse en norma.
Cuando la dependencia deja de ser transitoria para convertirse en permanente.
Cuando sectores crecientes de la población dejan de percibir el trabajo productivo como la principal fuente de prosperidad.
Cuando la redistribución pasa a ocupar el lugar que antes ocupaba la producción.
Cuando la política se convierte en una competición por decidir quién recibe qué parte de unos recursos generados por otros.
La consecuencia no suele manifestarse de forma inmediata.
Durante años puede incluso parecer que nada ocurre.
La deuda cubre los desequilibrios.
Los impuestos aportan ingresos adicionales.
La inflación disimula parte del problema.
Los fondos europeos proporcionan oxígeno.
Los mercados financieros continúan financiando al Estado.
Todo parece funcionar.
Hasta que deja de hacerlo.
Porque la prosperidad no depende del dinero que circula.
Depende de la riqueza que se produce.
Y la riqueza sólo puede producirse de manera duradera cuando existen incentivos para trabajar, ahorrar, invertir, innovar y asumir riesgos.
Una sociedad que premia sistemáticamente el consumo por encima del ahorro termina consumiendo su capital.
Una sociedad que premia la dependencia más que la iniciativa termina debilitando la iniciativa.
Una sociedad que multiplica las ayudas sin preguntarse quién generará los recursos necesarios para financiarlas acaba encontrándose con límites que ninguna propaganda puede eliminar.
España afronta además un desafío añadido.
La crisis demográfica.
Cada año nacen menos niños.
Cada año aumenta la edad media.
Cada año disminuye el número de contribuyentes potenciales por pensionista.
Cada año se hace más difícil sostener el volumen creciente de compromisos adquiridos por el Estado.
Esta realidad no puede resolverse mediante artificios contables.
Ni mediante campañas publicitarias.
Ni mediante cambios terminológicos.
Las matemáticas demográficas poseen una obstinación extraordinaria.
A diferencia de los discursos políticos, no admiten negociación.
Por eso la cuestión fundamental no consiste en discutir si debe existir protección social.
Por supuesto que debe existir.
La cuestión consiste en determinar qué proporción de la sociedad vive principalmente de producir riqueza y qué proporción vive principalmente de redistribuir riqueza.
Porque cuando la segunda crece más deprisa que la primera, los problemas terminan apareciendo inevitablemente.
Y ahí reside la gran paradoja española.
Mientras se anuncian récords de empleo, aumentan los subsidios.
Mientras se anuncian récords de afiliación, aumentan las vacantes sin cubrir.
Mientras se anuncian récords de actividad económica, aumenta la dependencia de las ayudas públicas.
Mientras se anuncian récords de cotizantes, la productividad permanece prácticamente estancada.
Algo semejante no constituye una señal de fortaleza.
Constituye una advertencia.
La advertencia de que una nación puede acostumbrarse a vivir de la riqueza acumulada durante generaciones sin percibir que esa reserva no es infinita.
La advertencia de que puede llegar un momento en que el problema deje de ser cuántos recursos se reparten.
Y pase a ser cuántos recursos quedan por repartir.
Porque ninguna sociedad puede consumir indefinidamente más riqueza de la que produce.
Y ninguna estadística, por brillante que parezca, puede abolir esa realidad.