ULISES, PENÉLOPE E ÍTACA: TODAVÍA QUEDA MAR…
PERO GRULLO DE ABSURDISTÁN

Recuerde el alma cansada,
despierte el seso y advierta
con razón,
cómo la mar transitada
se vuelve senda ya cierta
del corazón;
cómo se pierde la vida,
cómo la edad va pasando
sin tornar,
y cómo toda partida
nos deja siempre buscando
otro lugar.
Nuestras vidas son los mares
que van buscando una orilla
sin saber;
unos llegan a sus lares,
otros pierden la barquilla
al volver.
Mas no está la vida entera
en arribar a buen puerto
y reposar;
que aun después de la ribera
queda un horizonte abierto
sobre el mar.
¿Qué se hicieron los guerreros,
los compañeros de Troya,
su valor?
¿Qué se hicieron los primeros
que siguieron a la joya
del honor?
¿Qué fue de sus fuertes brazos,
de sus lanzas, de sus gritos,
de su ardor?
Todo quedó hecho pedazos,
y hoy son nombres ya escritos
sin calor.
¿Qué se hicieron las ciudades
que Ulises dejó a su espalda
al partir?
¿Qué las altas dignidades,
qué la púrpura y la gualda
al morir?
Todo pasa, todo huye,
todo acaba y se deshace
sin tardar;
sólo aquello que construye
el espíritu renace
al recordar.
Ítaca fue prometida
como descanso del hombre
al volver;
mas no basta una guarida
para quien hizo su nombre
en correr.
Porque el alma acostumbrada
al peligro y al camino
sin final,
cuando se encuentra encerrada
oye de nuevo el destino
de la mar.
Penélope, en larga espera,
tejió el día y la esperanza
sin cesar;
y en la noche prisionera
deshacía la tardanza
del telar.
Pero nadie le decía
que también quien permanece
sabe andar,
pues quien espera algún día
por dentro cruza y envejece
sin zarpar.
Veinte años tuvo la puerta
mirando hacia un horizonte
sin volver;
veinte años estuvo abierta
la esperanza como puente
del querer.
Y al llegar el navegante
con la sal sobre la frente
y el pesar,
vio que el hombre de delante
era el mismo y diferente
al tornar.
No volvió aquel que partiera
joven, fuerte y encendido
hacia Ilión;
volvió un hombre que trajera
mucho muerto y mucho olvido
al corazón.
Traía reinos y nombres,
traía naufragios y heridas,
soledad;
y había conocido a hombres
y ciudades consumidas
por la edad.
Telémaco, ya crecido,
era dueño de la casa
sin mandar;
había aprendido el sentido
de la labor que no pasa
por luchar.
Ulises miró a su hijo
y entendió, sin amargura
ni temor,
que a veces queda más fijo
quien gobierna con mesura
que el vencedor.
—Hijo, guarda tú la tierra;
yo no sirvo para el muro
ni el hogar.
Quien ha conocido guerra
y ha mirado lo inseguro
de la mar,
ya no cabe enteramente
en la casa que soñaba
al partir;
pues añora eternamente
lo que nunca contemplaba
al vivir.
Penélope oyó estas cosas
y miró al hombre que amaba
con dolor.
Vio las canas silenciosas,
vio que el mar aún lo llamaba
con clamor.
Y no dijo: «No te vayas»;
ni hizo cárcel del cariño
ni prisión;
que amor que levanta vallas
es a veces desatino
del corazón.
—Ve, si debes irte ahora;
mas no pienses que mi vida
quedará
esperando cada aurora
como estatua detenida
junto al mar.
Yo también he envejecido,
yo también tengo camino
que emprender;
no será mar recorrido,
pero habrá también destino
que aprender.
Grande fue aquella enseñanza
que Ulises jamás hallara
en Troya cruel:
que no es amor la tardanza
de quien siempre nos aguarda
siendo fiel;
que amar es dejar al otro
su camino y su partida
sin mandar;
y comprender que nosotros
no poseemos una vida
por amar.
Prepararon vieja nave,
viejos remos y una vela
para andar;
no buscaban ya la llave
de otra gloria ni otra guerra
que ganar.
Buscaban sólo aquel punto
donde el cielo se confunde
con la mar,
y sentir, aun medio juntos,
que la vida no se hunde
por la edad.
Vinieron pocos amigos,
los que aún guardaban memoria
de remar;
muchos fueron ya testigos
convertidos en historia
junto al lar.
Unos dijeron: «No puedo»,
otros: «Ya pasó mi hora».
Y al partir,
respondió Ulises: «El miedo
hace vieja antes de hora
la raíz».
«No somos ya los que fuimos,
ni habrá fuerza en nuestros brazos
como ayer;
mas si todavía vivimos,
no gastemos nuestros pasos
sin saber.
Pues peor que la derrota
es oxidarse en el puerto
sin probar
si detrás de aquella costa
queda todavía abierto
algún mar.»
Zarpó la nave ligera
con los viejos compañeros
al poniente;
iba muriendo la esfera
y encendían los luceros
el ambiente.
Ítaca atrás se perdía,
pero nadie la olvidaba
al marchar;
pues el alma comprendía
que una patria no se acaba
por zarpar.
No era ya puerto ni roca,
ni los huertos ni el palacio,
ni el olivar;
era el nombre que convoca
lo que fuimos en despacio
recordar.
Era Penélope viva,
era el hijo y era el perro,
era el pan;
era aquella llama antigua
que sostiene al marinero
donde va.
Pasaron islas extrañas,
otras gentes, otros dioses,
otro sol;
cruzaron mares y montañas,
escucharon nuevas voces
sin control.
Y Ulises, que antes buscaba
ser el hombre más astuto
en vencer,
ahora callaba y miraba,
pues descubrió que es buen fruto
comprender.
Comprendió que el monstruo habita
muchas veces en el pecho,
no en la mar;
que el cíclope que nos grita
puede estar bajo el estrecho
del pensar.
Que Poseidón es el miedo,
que la sirena es el ansia
de parar;
y que a veces el enredo
más terrible es la abundancia
sin andar.
Circe puede ser el gozo
que convierte nuestra vida
en establo;
y Calipso, dulce pozo
donde el alma queda hundida
sin pensarlo.
Pues no siempre es la desgracia
la que aparta del camino
al mortal;
también mata la molicie
cuando cambia nuestro sino
por un lar.
Penélope, mientras tanto,
ya no estaba en la ventana
frente al mar;
fue dejando atrás el llanto,
fue llenando la mañana
de otro andar.
Visitó tierras cercanas,
habló al pueblo, abrió la casa,
vio crecer;
y aprendió que las mañanas
también huyen mientras pasa
el querer.
Quitó el telar de la sala,
abrió puertas y ventanas
a la luz;
pues quien vive sólo aguarda
y convierte las semanas
en su cruz.
Ya no fue mujer que espera
al varón que se hizo ausencia
por luchar;
fue señora verdadera
de su tiempo y su conciencia
junto al mar.
Y entendió con larga pena
que esperar también encierra
servidumbre;
que hay quien ata su cadena
no al combate ni a la guerra,
sino a costumbre.
Y quien vive para un día
que quizá nunca regrese
o vendrá,
deja a veces que su vida
sin vivir se le atraviese
y se va.
Muchos años fue siguiendo
Ulises hacia occidente
sin cesar;
y su cuerpo fue cediendo,
pero guardaba en la frente
aquella mar.
Ya sus manos eran lentas,
ya los hombros se inclinaban
por la edad;
mas sus ojos, como cuentas,
todavía preguntaban
la verdad.
Una isla apareció
verde, hermosa, descansada
al amanecer.
Un compañero exclamó:
—Sea aquí nuestra morada
para envejecer.
Ulises bajó a la arena,
bebió el agua, vio los montes,
vio el lugar;
mas sintió que aquella tierra
no cerraba horizontes
de la mar.
—¿No te basta? —preguntaron.
—¿No has tenido vida entera
para andar?
Tus amigos ya quedaron,
tu vigor ya desespera,
deja el mar.
Ulises miró la espuma,
luego al cielo, luego al viento,
sin hablar;
y respondió: —Mientras suma
otra aurora al pensamiento,
queda mar.
No es la muerte quien nos vence
cuando apaga nuestro aliento
al final;
más derrota al que convence
de que ha muerto el movimiento
siendo vital.
Muere antes quien se abandona,
quien renuncia a la pregunta,
al buscar;
quien sentado se corona
rey de una esperanza difunta
junto al lar.
No desprecio yo al que queda,
ni es más digno el que navega
por azar;
cada cual su senda pueda
recorrer donde se entrega
sin fingir.
Hay quien encuentra su vida
en la huerta y en la casa,
junto al pan;
y hay quien sólo halla medida
cuando el horizonte pasa
donde va.
Ítaca no fue mentira,
ni engañó al navegante
al volver;
le enseñó que quien aspira
a encontrar sólo delante
ha de perder.
Porque Ítaca era la causa,
no la dádiva esperada
al final;
era el nombre de una pausa
que hizo hermosa la jornada
por la mar.
Y Penélope tampoco
fue mujer hecha de espera
y telar;
fue aprendiendo poco a poco
que también tiene ribera
que cruzar.
Pues amar no es ser la estancia
donde otro vuelve cansado
a dormir;
es guardar cierta distancia
para verlo al propio lado
sin fundir.
Todo pasa, todo muere,
Troya, Ítaca y los reinos
por igual;
pero aquello que uno quiere
deja huellas en los tiempos
del mortal.
No perdura la victoria,
ni el palacio, ni la fama,
ni el poder;
queda apenas la memoria
de quien sostuvo una llama
al caer.
Así el viejo navegante
siguió al punto donde el día
va a morir;
y aun vencido y vacilante
por la edad que lo abatía
quiso ir.
No esperaba otra victoria,
ni otro Aquiles, ni otra Troya
que encontrar;
le bastaba aquella gloria
de saber que todavía
queda mar.
Y si un día la barquilla
ya no puede con la ola
ni avanzar,
y la noche sin orilla
lo recibe estando sola
en la mar,
que no lloren por Ulises
como a un hombre derrotado
por la edad;
digan sólo: «Fue feliz,
pues la muerte lo ha encontrado
en libertad».
Y si preguntan qué queda
de Penélope y su historia,
del telar,
digan: «Fue quien rompió la rueda
de vivir sólo en memoria
y esperar».
Pues también hay heroísmo
en quedarse sin cadenas,
en vivir;
y en salvarse de uno mismo
cuando acaba aquella espera
sin morir.
Y si preguntan por Ítaca,
responded que fue pequeña
y mortal;
que ninguna isla es mágica
ni nos da lo que se sueña
al final.
Mas nos sirve de lucero,
de razón para la marcha,
de señal;
porque todo marinero
necesita alguna Ítaca
en su mar.
Recuerde, pues, quien nos lea,
que la vida va deprisa
sin volver;
y que nadie se recrea
eternamente en la brisa
del ayer.
No guardemos nuestra nave
por temor a la tormenta
o a encallar;
que vivir consiste, en parte,
en mantener siempre abierta
alguna mar.
Cuando el cuerpo ya se incline,
cuando el tiempo nos despoje
del vigor,
que la voluntad camine,
que la mente todavía
guarde ardor.
Y al llegar la noche cierta
que a los hombres nos iguala
sin piedad,
nos encuentre con la puerta
de la vida aún abierta
a la mar.
Que haya Ítaca a la espalda,
que Penélope haya vivido
sin esperar,
que Telémaco haga guarda
de aquel reino recibido
junto al lar.
Y que Ulises, muy anciano,
cuando el último sol muera
sobre el mar,
alce todavía la mano
y murmure, antes que muera:
—Queda mar.