EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Resumen para lectores con prisas
Vivimos tiempos extraños.
Tiempos en los que afirmar que existen hombres y mujeres puede convertirse en motivo de controversia.
Tiempos en los que la maternidad es presentada con frecuencia como una carga y no como una bendición.
Tiempos en los que la familia, institución sobre la que se edificó toda civilización conocida, es contemplada con sospecha.
Tiempos en los que millones de personas han llegado a aceptar como evidencias indiscutibles afirmaciones que hace apenas unas décadas habrían sido consideradas extravagantes.
El feminismo contemporáneo —o, para ser más precisos, el feminismo de género convertido en ideología oficial— constituye probablemente el ejemplo más visible de esta transformación cultural.
Este ensayo no pretende cuestionar la igualdad jurídica entre hombres y mujeres.
Tampoco cuestiona la dignidad de la mujer ni los derechos civiles que generaciones anteriores conquistaron legítimamente.
Sería absurdo hacerlo.
La igualdad ante la ley constituye una de las grandes conquistas de la civilización occidental.
Lo que aquí se cuestiona es algo muy distinto.
Se cuestiona una ideología que ha dejado de perseguir la igualdad jurídica para convertirse en una interpretación total de la realidad.
Una ideología que explica la historia como una guerra permanente entre hombres y mujeres.
Una ideología que interpreta la familia como una estructura de dominación.
Una ideología que convierte las diferencias en agravios, la cooperación en conflicto y la responsabilidad individual en victimización colectiva.
La tesis central de este libro es sencilla.
El feminismo institucional contemporáneo ya no se parece demasiado al sufragismo de Clara Campoamor.
Tampoco se parece a las reivindicaciones razonables de igualdad de oportunidades defendidas durante buena parte del siglo XX.
Se parece mucho más a una síntesis peculiar entre determinados elementos del marxismo cultural, ciertas teorías deconstructivas y una visión profundamente pesimista de las relaciones entre hombres y mujeres.
Por eso resulta imprescindible distinguir entre Clara Campoamor y determinadas corrientes actuales.
Campoamor luchó para que las mujeres fueran consideradas ciudadanas de pleno derecho.
No para que fueran consideradas víctimas permanentes.
Defendió la igualdad ante la ley.
No privilegios legales diferenciados.
Defendió la libertad.
No la tutela burocrática.
Su feminismo era profundamente liberal.
El feminismo contemporáneo dominante, por el contrario, se encuentra cada vez más próximo a concepciones colectivistas que interpretan la realidad mediante categorías de opresores y oprimidos.
A lo largo de estas páginas se examinan algunas de las raíces intelectuales de esta transformación.
Federico Engels aparece como una figura fundamental porque fue uno de los primeros autores en interpretar la familia como una estructura de dominación vinculada a la propiedad privada.
Antonio Gramsci resulta igualmente relevante por haber desarrollado la teoría de la hegemonía cultural y la necesidad de conquistar las instituciones educativas, culturales y mediáticas.
Valerie Solanas, autora del célebre y delirante SCUM Manifesto, representa la expresión extrema de una lógica que contempla al hombre no como compañero, esposo o padre, sino como problema.
Naturalmente, el feminismo actual no reproduce literalmente a Solanas.
Pero muchas de sus premisas fundamentales reaparecen transformadas en discursos mucho más sofisticados y aceptables socialmente.
El libro también analiza algunos de los efectos prácticos de esta evolución ideológica.
Entre ellos destaca la progresiva judicialización de las relaciones familiares.
La custodia compartida.
La situación de miles de niños convertidos en auténticos huérfanos con padres vivos.
Las consecuencias psicológicas de la ruptura familiar.
La creciente hostilidad entre sexos.
Y la construcción de una narrativa pública que tiende a invisibilizar sistemáticamente determinados problemas masculinos.
Se estudian igualmente autores como Warren Farrell, antiguo dirigente feminista convertido posteriormente en uno de los principales analistas de los problemas específicos que afectan a los hombres: suicidio, fracaso escolar, accidentes laborales, sinhogarismo o pérdida del vínculo paterno tras los divorcios.
Pero el núcleo más profundo de este ensayo no gira realmente en torno al feminismo.
Gira en torno a una cuestión mucho más amplia.
La relación entre realidad e ideología.
En este sentido, Ludwig von Mises desempeña un papel central.
Su obra La acción humana nos recuerda que las sociedades no son máquinas que puedan rediseñarse a voluntad por expertos, burócratas o ingenieros sociales.
Los seres humanos no son plastilina.
Poseen naturaleza.
Poseen inclinaciones.
Poseen diferencias.
Poseen libertad.
Y cualquier intento de reconstruir completamente la condición humana acaba chocando contra la realidad.
La realidad siempre termina imponiéndose.
Por eso este libro dedica también una atención especial a la crisis demográfica que atraviesan España y Europa.
Porque mientras gran parte del debate público se concentra en cuestiones identitarias, millones de europeos simplemente han dejado de tener hijos.
Las generaciones se reducen.
Las sociedades envejecen.
Los pueblos desaparecen.
Y la continuidad misma de nuestra civilización comienza a ponerse en cuestión.
Autores como Xavier Barraycoa o Alejandro Macarrón han descrito este fenómeno como una forma de suicidio demográfico.
Y resulta difícil no compartir su preocupación.
Finalmente, el ensayo vuelve la mirada hacia Roma.
No por nostalgia.
No porque cualquier tiempo pasado fuera mejor.
Sino porque las civilizaciones antiguas pueden enseñarnos mucho acerca de los mecanismos de la decadencia.
Los romanos comprendían la importancia de la familia.
De la transmisión cultural.
Del deber.
De la responsabilidad.
Del mos maiorum.
Sabían que una civilización no sobrevive únicamente gracias a sus leyes o a sus ejércitos.
Sobrevive porque es capaz de transmitir valores, conocimientos y lealtades de una generación a otra.
Cuando esa transmisión se rompe, comienza el declive.
Chesterton escribió que llegaría un día en que habría que desenvainar una espada para demostrar que las hojas son verdes en verano.
Ayn Rand observó que las verdades más difíciles de explicar son precisamente las más evidentes.
Tal vez nos encontremos ya en ese momento histórico.
Un momento en el que resulta necesario recordar cosas elementales.
Que existen hombres y mujeres.
Que la naturaleza humana existe.
Que la familia sigue siendo imprescindible.
Que los hijos constituyen el futuro de cualquier sociedad.
Que la libertad exige responsabilidad.
Y que ninguna civilización puede sobrevivir mucho tiempo si convierte la cooperación entre hombres y mujeres en una guerra permanente.
Ésa es, en última instancia, la cuestión central de este libro.
No el feminismo.
No la política.
No las ideologías.
Sino la supervivencia de una civilización que parece haber olvidado algunas de las verdades más elementales que la hicieron posible.
Y quizá todavía estemos a tiempo de recordarlas.
Si quieres profundizar y saber más, sigue leyendo
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Primera entrega
Del patriarcado omnipotente al poder invisible

Hay ideas que, por repetirse hasta la saciedad, terminan adquiriendo apariencia de verdad indiscutible.
No porque hayan sido demostradas.
No porque resistan el contraste con los datos.
No porque sobrevivan a un análisis racional mínimamente riguroso.
Simplemente porque se repiten.
Una y otra vez.
A todas horas.
En todos los medios.
En todas las instituciones.
En todos los niveles de la enseñanza.
En los tribunales.
En las administraciones públicas.
En las universidades.
En las empresas.
En las campañas publicitarias.
En las series de televisión.
En las películas.
En los libros de texto.
En las declaraciones de ministros.
En las homilías de algunos obispos.
En los comunicados de multitud de organizaciones subvencionadas.
Hasta que termina pareciendo imposible cuestionarlas.
Una de esas ideas es la existencia de un supuesto «patriarcado» omnipotente que habría organizado el mundo entero para beneficio exclusivo de los hombres y perjuicio permanente de las mujeres.
Según esta interpretación, prácticamente todos los males que afectan a la sociedad tendrían una misma causa:
El hombre.
O, más exactamente, la masculinidad.
La conclusión es inevitable.
Si los hombres constituyen el grupo privilegiado y dominante, entonces toda medida destinada a limitar sus derechos, restringir sus garantías jurídicas o favorecer específicamente a las mujeres no sería discriminación, sino justicia histórica.
Esta es la piedra angular sobre la que se ha construido buena parte de la denominada «perspectiva de género».
Sin embargo, existe un pequeño problema.
La realidad.
Y la realidad posee la desagradable costumbre de resistirse a las teorías demasiado simples.
El extraño poder de quienes viven menos
Veamos algunos hechos elementales.
Las mujeres viven más años que los hombres.
Los hombres mueren antes.
Los hombres se suicidan mucho más.
Los hombres son la inmensa mayoría de las víctimas mortales de accidentes laborales.
Los hombres constituyen la inmensa mayoría de los fallecidos en profesiones de riesgo.
Los hombres son la inmensa mayoría de los sin hogar.
Los hombres son la inmensa mayoría de la población penitenciaria.
Los hombres son mayoría entre las víctimas de homicidio.
Los hombres son mayoría entre los fallecidos por consumo de drogas.
Los hombres son mayoría entre las víctimas de accidentes de tráfico.
Los hombres son mayoría entre quienes desempeñan los trabajos más peligrosos, penosos e insalubres.
Resulta extraño.
Muy extraño.
Si los hombres forman parte del grupo privilegiado y dominante, ¿cómo es posible que acumulen de manera tan desproporcionada los indicadores de sufrimiento social?
La respuesta habitual consiste en afirmar que ello es consecuencia precisamente del patriarcado.
Es decir:
Cuando una mujer sufre, es culpa del patriarcado.
Cuando un hombre sufre, también.
Cuando una mujer fracasa, es culpa del patriarcado.
Cuando un hombre fracasa, también.
Cuando una mujer es víctima, confirma la teoría.
Cuando un hombre es víctima, también confirma la teoría.
Se trata de una explicación tan perfecta que acaba resultando imposible refutarla.
Y precisamente por eso deja de ser una explicación científica para convertirse en una creencia.
Warren Farrell y la pregunta prohibida
Hace décadas, Warren Farrell formuló una pregunta que todavía hoy provoca incomodidad.
¿Qué entendemos exactamente por poder?
Porque quizá estamos confundiendo poder con visibilidad.
O poder con dinero.
O poder con presencia en determinados cargos.
Farrell proponía una definición mucho más sencilla.
Poder es controlar la propia vida.
Poder es poder decidir.
Poder es disponer de libertad real para elegir el rumbo de la propia existencia.
Bajo esa perspectiva, la cuestión cambia radicalmente.
Porque un hombre que trabaja durante décadas en una mina, en una plataforma petrolífera, en una obra, en un pesquero o en cualquier actividad de alto riesgo puede ganar dinero.
Pero difícilmente controla su vida.
Muchas veces simplemente intercambia salud, tiempo y años de existencia por un salario.
Farrell plantea algo todavía más incómodo.
Quizá los hombres han ocupado históricamente muchas posiciones visibles de poder porque también han ocupado las posiciones visibles de sacrificio.
Las dos cosas han ido juntas.
Los reyes dirigían ejércitos.
Pero también encabezaban las cargas militares.
Los nobles disfrutaban privilegios.
Pero estaban obligados a combatir.
Los gobernantes tomaban decisiones.
Pero podían perder la cabeza literalmente.
La historia real es bastante más compleja que la caricatura según la cual todos los hombres explotaban a todas las mujeres.
El sexo desechable
Tal vez la tesis más provocadora de Farrell sea la que da título a una parte fundamental de su obra.
Los hombres como «sexo desechable».
La expresión resulta chocante.
Incluso ofensiva para algunos.
Pero merece ser examinada.
Porque basta observar la historia.
Cuando estalla una guerra, ¿quién es enviado al frente?
Cuando un barco se hunde, ¿quién suele quedarse atrás?
Cuando una mina se derrumba, ¿quién suele estar dentro?
Cuando una fábrica explota, ¿quién suele morir?
Cuando un incendio forestal debe ser combatido?
Cuando una línea eléctrica de alta tensión debe repararse?
Cuando una plataforma petrolífera se incendia?
Cuando un conflicto armado moviliza a la población?
La respuesta es evidente.
Durante siglos las sociedades han considerado perfectamente normal sacrificar hombres para proteger mujeres y niños.
No se trata de una conspiración.
Ni de una injusticia deliberada.
Se trata de un hecho antropológico observable.
Y precisamente por eso resulta sorprendente que quienes hablan constantemente de privilegios masculinos rara vez mencionen este aspecto de la historia humana.
El poder visible y el poder invisible
Aquí aparece una cuestión fundamental.
La inmensa mayoría de las personas no pertenecen a las élites.
Ni hombres ni mujeres.
La mayor parte de los hombres nunca han sido reyes.
Nunca han sido generales.
Nunca han sido ministros.
Nunca han sido banqueros.
Nunca han sido grandes empresarios.
Han sido campesinos.
Soldados.
Obreros.
Mineros.
Marineros.
Artesanos.
Conductores.
Trabajadores corrientes.
Sin embargo, la narrativa dominante suele atribuirles una especie de poder colectivo derivado del simple hecho de ser hombres.
Es una curiosa forma de razonar.
Porque equivaldría a afirmar que un jornalero de Extremadura tenía poder porque existía Felipe II.
O que un pastor de los Pirineos disfrutaba privilegios porque había aristócratas en Versalles.
La realidad histórica parece algo más complicada.
Quizá lo que ha existido no ha sido un patriarcado universal.
Quizá lo que ha existido son élites.
Élites masculinas.
Élites femeninas.
Élites económicas.
Élites políticas.
Élites religiosas.
Élites burocráticas.
Y una inmensa mayoría de seres humanos —hombres y mujeres— tratando simplemente de sobrevivir.
Una pregunta incómoda
Llegados a este punto conviene formular una pregunta sencilla.
Si realmente vivimos en una sociedad obsesionada por la igualdad, ¿por qué algunos sufrimientos merecen ministerios, observatorios, institutos, campañas permanentes y presupuestos multimillonarios, mientras otros apenas reciben atención?
¿Por qué determinadas víctimas son omnipresentes?
¿Y por qué otras permanecen invisibles?
Responder a esa pregunta exige abandonar los eslóganes.
Y empezar a examinar los hechos.
Precisamente eso intentaremos hacer en la siguiente entrega.
Porque antes de hablar del feminismo contemporáneo conviene analizar de dónde procede realmente su visión del mundo y cuáles son los fundamentos intelectuales sobre los que se ha construido.
Continuará.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Segunda entrega
Cuando las palabras cambian de significado

Hay una observación atribuida a George Orwell que conserva hoy toda su vigencia:
Quien controla el lenguaje termina controlando la forma en que las personas perciben la realidad.
La frase podría haber sido pronunciada igualmente por Antonio Gramsci.
O por Quintiliano.
O por cualquier propagandista mínimamente competente.
Porque las grandes revoluciones culturales rara vez comienzan con cañones.
Empiezan con diccionarios.
Empiezan modificando palabras.
Alterando conceptos.
Reescribiendo definiciones.
Transformando poco a poco la manera en que una sociedad piensa.
Y precisamente ahí radica uno de los mayores éxitos del feminismo de género contemporáneo.
Su principal victoria no ha consistido en convencer a todo el mundo.
Ha consistido en lograr que incluso quienes discrepan de sus postulados acaben utilizando su vocabulario.
La conquista del lenguaje
Hace apenas unas décadas nadie hablaba de:
- masculinidad tóxica;
- heteronormatividad;
- violencia de género;
- nuevas masculinidades;
- micromachismos;
- empoderamiento;
- patriarcado estructural;
- deconstrucción de identidades;
- privilegio masculino;
- perspectiva de género.
Hoy esos conceptos aparecen diariamente:
- en leyes;
- en sentencias;
- en universidades;
- en medios de información;
- en campañas institucionales;
- en manuales escolares;
- en cursos obligatorios para funcionarios.
Y una vez aceptado el lenguaje, la batalla intelectual está prácticamente ganada.
Porque quien acepta las palabras suele acabar aceptando también gran parte de las premisas que las acompañan.
Si existe una «masculinidad tóxica», entonces parece lógico concluir que la masculinidad constituye un problema.
Si existe un «privilegio masculino» universal, entonces cualquier diferencia observada puede interpretarse como prueba de ese privilegio.
Si existe una «violencia de género» diferenciada de otras violencias, entonces parece razonable crear sistemas jurídicos específicos.
Las palabras no son inocentes.
Nunca lo han sido.
De Engels a los boletines oficiales
Muchos defensores del feminismo institucional contemporáneo rechazan cualquier relación con Federico Engels.
Sin embargo, basta leer determinadas formulaciones para advertir semejanzas sorprendentes.
En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Engels presenta la familia tradicional como una estructura íntimamente ligada a relaciones de dominación.
La familia deja de ser una comunidad natural.
Deja de ser una institución previa al Estado.
Deja de ser un ámbito de cooperación.
Pasa a convertirse en un espacio donde se reproducen relaciones de poder.
No hace falta aceptar todas las conclusiones de Engels para reconocer la influencia gigantesca que tuvo esa obra sobre buena parte del feminismo posterior.
Particularmente sobre las corrientes que interpretan las relaciones humanas fundamentalmente en términos de conflicto.
Y cuando uno examina buena parte de la legislación contemporánea encuentra precisamente esa visión.
La familia deja de aparecer como una institución que merece protección especial.
Se convierte cada vez más en una estructura sospechosa.
La maternidad es contemplada frecuentemente como una limitación.
La paternidad tradicional como una forma potencial de autoridad opresiva.
La diferencia sexual como una construcción cuestionable.
Las relaciones entre hombres y mujeres como un espacio permanente de conflicto.
No siempre.
No en todos los textos.
Pero sí de manera recurrente.
Valerie Solanas y la caricatura que dejó de ser caricatura
Valerie Solanas llevó esa lógica hasta extremos delirantes.
Su SCUM Manifesto constituye uno de los textos más abiertamente misándricos publicados en el siglo XX.
Durante años fue considerado una extravagancia marginal.
Una rareza.
Una provocación.
Una excentricidad propia de los años sesenta.
Sin embargo, el interés del texto no radica en su calidad intelectual.
Radica en otra cuestión.
Muchas de las ideas que allí aparecen formuladas brutalmente han reaparecido posteriormente revestidas de lenguaje académico.
Solanas hablaba de los hombres como problema.
Hoy se habla de masculinidad problemática.
Solanas veía la estructura familiar tradicional como un obstáculo.
Numerosos teóricos contemporáneos sostienen algo parecido con palabras más elegantes.
Solanas concebía las relaciones entre sexos como una lucha.
Buena parte del feminismo institucional interpreta la historia humana mediante esquemas semejantes.
Naturalmente no son lo mismo.
Pero tampoco son fenómenos completamente ajenos entre sí.
La larga marcha por las instituciones
Antonio Gramsci comprendió algo que muchos revolucionarios anteriores no habían entendido.
La conquista del poder político es efímera si antes no se conquista el poder cultural.
Por eso propuso una estrategia distinta.
No asaltar las instituciones.
Ocuparlas lentamente.
Universidades.
Escuelas.
Editoriales.
Medios de información.
Organizaciones profesionales.
Fundaciones.
Asociaciones.
Administraciones.
La denominada «larga marcha por las instituciones».
Más de un siglo después resulta difícil negar que algo parecido ha sucedido en gran parte de Occidente.
No necesariamente mediante una conspiración.
Las conspiraciones suelen funcionar peor de lo que imaginan quienes creen en ellas.
Pero sí mediante un proceso gradual de hegemonía cultural.
Ideas que hace cincuenta años ocupaban posiciones marginales han acabado convirtiéndose en pensamiento oficial.
Y quien lo dude sólo tiene que observar los contenidos de la enseñanza pública.
Los programas de formación institucional.
Las recomendaciones de organismos internacionales.
Los protocolos administrativos.
Las campañas de comunicación.
Cuando incluso la Iglesia empieza a hablar igual
Quizá uno de los fenómenos más sorprendentes de las últimas décadas sea éste.
Instituciones que durante siglos defendieron una visión antropológica determinada han comenzado a adoptar progresivamente categorías conceptuales nacidas fuera de su propia tradición.
No se trata únicamente de gobiernos.
No se trata únicamente de universidades.
No se trata únicamente de medios de información.
También afecta a sectores importantes de las confesiones religiosas.
Incluida la Iglesia Católica.
Basta observar determinados discursos.
El vocabulario.
Las prioridades.
Los énfasis.
Las preocupaciones.
La insistencia permanente en determinados asuntos y el silencio sobre otros.
Por supuesto la Iglesia sigue manteniendo formalmente gran parte de su doctrina.
Pero el lenguaje importa.
Y cuando una institución empieza a describir el mundo utilizando categorías ajenas, termina inevitablemente modificando también su manera de comprenderlo.
El triunfo más importante
La victoria más importante del feminismo de género no ha sido legislativa.
Ni judicial.
Ni administrativa.
Ha sido cultural.
Ha logrado que millones de personas acepten sin discusión premisas que hace apenas unas décadas habrían parecido extravagantes.
Ha conseguido que conceptos profundamente ideológicos sean percibidos como simples descripciones neutrales de la realidad.
Ha logrado que la discrepancia sea presentada frecuentemente como sospechosa.
Y ha conseguido algo todavía más notable:
Que muchos de sus críticos utilicen también su mismo lenguaje.
Precisamente por eso resulta imprescindible volver a plantear preguntas básicas.
Preguntas elementales.
Preguntas que durante siglos parecían evidentes.
¿Qué es un hombre?
¿Qué es una mujer?
¿Qué es una familia?
¿Qué papel desempeñan la maternidad y la paternidad?
¿Existen diferencias biológicas con consecuencias sociales observables?
¿Debe la ley tratar de manera diferente a personas diferentes o de manera igual a ciudadanos iguales ante ella?
Porque detrás de todas estas cuestiones se encuentra el verdadero debate.
Y para comprenderlo plenamente debemos retroceder todavía más atrás.
Mucho antes de Engels.
Mucho antes de Solanas.
Mucho antes del feminismo contemporáneo.
Debemos regresar a Roma.
A la civilización que durante siglos entendió que la familia constituía la célula fundamental sobre la que descansaba el orden social.
Y también debemos analizar qué ocurrió cuando aquella civilización comenzó a olvidar sus propios fundamentos.
Continuará.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Tercera entrega
Roma, la familia y el comienzo de la decadencia

Existe una costumbre muy extendida entre los revolucionarios de todas las épocas.
Consiste en presentar el pasado como una larga sucesión de injusticias.
Una interminable colección de opresiones.
Un inmenso error histórico que únicamente puede ser corregido mediante la implantación de un nuevo orden.
El feminismo de género contemporáneo no constituye una excepción.
Según su relato, durante milenios las mujeres habrían vivido sometidas a un sistema universal de dominación masculina.
La familia habría sido uno de los principales instrumentos de dicha opresión.
La maternidad una carga impuesta.
La paternidad una estructura de poder.
El matrimonio una forma de subordinación.
Y la civilización occidental una gigantesca construcción patriarcal.
Pero la realidad histórica es bastante más compleja.
Y para comprenderlo conviene volver la vista hacia una de las civilizaciones que más profundamente han influido en nuestra cultura:
Roma.
El mundo que construyó Occidente
Cuando se habla de Roma suelen mencionarse:
- las legiones;
- los acueductos;
- las carreteras;
- el derecho romano;
- los anfiteatros;
- las conquistas militares.
Sin embargo, pocas veces se habla de aquello que hizo posible todo lo demás.
La familia.
Para los romanos la familia no era simplemente una agrupación afectiva.
Era la institución fundamental de la sociedad.
La célula básica del orden político.
La escuela de ciudadanía.
El lugar donde se transmitían valores, conocimientos, deberes y tradiciones.
Los romanos llamaban a ese legado mos maiorum.
Las costumbres de los antepasados.
La herencia moral acumulada durante generaciones.
El ciudadano romano no era concebido como un individuo aislado.
Era miembro de una familia.
De una comunidad.
De una ciudad.
Y finalmente de una civilización.
La libertad no consistía en hacer lo que uno quisiera.
Consistía en cumplir responsablemente con los deberes propios de cada condición.
El papel de hombres y mujeres
El feminismo contemporáneo suele describir el mundo romano como un ejemplo paradigmático de patriarcado opresivo.
Sin embargo, la realidad vuelve a ser más compleja.
Las mujeres romanas no ocupaban magistraturas públicas.
Eso es cierto.
Pero también es cierto que gozaban de una influencia familiar, económica y social muy superior a la existente en muchas otras civilizaciones antiguas.
Las grandes matronas romanas ejercían una autoridad enorme dentro de sus familias.
Administraban patrimonios.
Dirigían hogares.
Educaban a los futuros ciudadanos.
Transmitían tradiciones.
Influían en decisiones políticas.
Y eran objeto de un profundo respeto social.
Los romanos no concebían la relación entre hombres y mujeres como una lucha de clases sexuales.
La concebían como una cooperación.
Una división de responsabilidades.
Una comunidad de destino.
Naturalmente existían injusticias.
Como en todas las sociedades humanas.
Pero nadie imaginaba que la prosperidad pudiera construirse enfrentando sistemáticamente a hombres y mujeres.
El largo proceso de descomposición
Roma no cayó en un solo día.
Ni por una sola causa.
Ni exclusivamente por las invasiones bárbaras.
La decadencia comenzó mucho antes.
Y empezó desde dentro.
Los historiadores siguen discutiendo los detalles.
Pero existe cierto consenso respecto a algunos fenómenos.
La progresiva pérdida del sentido del deber.
La erosión de la autoridad moral.
La hipertrofia burocrática.
La expansión del gasto público.
La corrupción.
La inflación.
La dependencia creciente de subsidios estatales.
La crisis demográfica.
La pérdida de cohesión social.
La desaparición progresiva de las virtudes cívicas que habían hecho grande a la República.
La famosa política de panem et circenses.
Pan y circo.
Subsidios y entretenimiento.
Distracción permanente.
Una fórmula que todavía hoy conserva una inquietante actualidad.
Amaury de Riencourt y el paralelismo inquietante
En su obra Sexo y poder en la Historia, Amaury de Riencourt formuló una reflexión que ha sido citada innumerables veces por quienes estudian las crisis de las civilizaciones.
Observó que la Roma imperial experimentó una profunda transformación cultural.
Las antiguas virtudes republicanas fueron siendo sustituidas por el hedonismo.
La disciplina por el placer.
El deber por el individualismo.
La responsabilidad por la satisfacción inmediata.
Naturalmente no todos los historiadores comparten sus conclusiones.
Pero sus observaciones resultan difíciles de ignorar.
Especialmente cuando uno observa algunos fenómenos contemporáneos.
Porque el paralelismo no deja de resultar inquietante.
También nosotros vivimos en una época caracterizada por:
- el envejecimiento demográfico;
- la caída de la natalidad;
- el desprestigio de la familia;
- el crecimiento de la burocracia;
- el aumento constante del gasto público;
- la pérdida de referentes morales compartidos;
- la sustitución del esfuerzo por la gratificación inmediata.
Las semejanzas no son idénticas.
La historia nunca se repite exactamente.
Pero sí suele rimar.
La familia como objetivo
Existe una cuestión que raramente aparece en el debate público.
Toda revolución necesita identificar una institución rival.
Un obstáculo.
Un competidor.
Algo que limite su capacidad de influencia.
Para el Estado moderno existe una institución especialmente incómoda.
La familia.
Porque la familia transmite valores.
La familia educa.
La familia protege.
La familia genera lealtades.
La familia crea vínculos que no dependen del poder político.
Y precisamente por eso resulta tan importante.
Cuando la familia se debilita, el individuo queda cada vez más aislado.
Y cuanto más aislado está el individuo, más dependiente se vuelve de estructuras burocráticas e institucionales.
No es casualidad que Engels situara la familia en el centro de su análisis.
Tampoco es casualidad que muchas corrientes contemporáneas continúen haciéndolo.
El extraño desprecio hacia la maternidad
Una de las paradojas más llamativas de nuestro tiempo consiste en que la sociedad afirma defender a las mujeres mientras desprecia cada vez más aquello que ha definido históricamente la experiencia femenina.
La maternidad.
Durante siglos ser madre fue considerado uno de los mayores honores sociales.
Hoy con frecuencia aparece presentado como:
- un obstáculo profesional;
- una limitación personal;
- una carga económica;
- una renuncia a la realización individual.
Naturalmente muchas mujeres desarrollan carreras profesionales brillantes.
Y tienen perfecto derecho a hacerlo.
La cuestión no es ésa.
La cuestión es por qué una sociedad que proclama admirar a las mujeres parece valorar mucho más a quienes imitan trayectorias tradicionalmente masculinas que a quienes deciden formar una familia numerosa.
La contradicción resulta evidente.
La crisis demográfica como síntoma
España constituye uno de los ejemplos más claros.
La fecundidad se encuentra entre las más bajas del mundo.
La población envejece.
Cada vez nacen menos niños.
Cada vez existen más dificultades para garantizar el relevo generacional.
Y, sin embargo, pocas cuestiones reciben tan escasa atención política real.
Se habla constantemente de igualdad.
Se habla constantemente de diversidad.
Se habla constantemente de sostenibilidad —o, como prefieres decir con más precisión, de perdurabilidad—.
Pero apenas se habla de la condición indispensable para la perdurabilidad de cualquier sociedad:
que nazcan niños.
Porque sin niños no existe futuro.
No existe Estado del bienestar.
No existe economía.
No existe cultura.
No existe civilización.
Una pregunta inevitable
Quizá haya llegado el momento de formular una pregunta incómoda.
¿Y si muchas de las políticas presentadas como liberadoras estuvieran produciendo exactamente el efecto contrario?
¿Y si el resultado final no fuera una sociedad más fuerte?
¿Y si el resultado fuera una sociedad más envejecida, más fragmentada, más dependiente y más vulnerable?
La pregunta merece ser examinada.
Porque el feminismo de género no se limita a proponer determinadas políticas públicas.
Propone una determinada visión del ser humano.
Una determinada antropología.
Una determinada concepción de la familia.
Una determinada interpretación de la historia.
Y precisamente ahí es donde debemos dirigir ahora nuestra atención.
Porque antes de analizar sus consecuencias prácticas conviene examinar los mitos fundacionales sobre los que descansa.
El primero de ellos es probablemente el más importante de todos:
el mito del patriarcado universal.
Continuará.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Cuarta entrega
El mito del patriarcado universal y la guerra contra la realidad

Existe una observación de Ayn Rand que merece ser recordada.
Venía a decir que las verdades más difíciles de explicar no son las complejas.
No son las sofisticadas.
No son las abstrusas.
Las más difíciles son precisamente las más elementales.
Las que todo el mundo sabía.
Las que durante siglos se consideraron evidentes.
Las que nadie discutía porque eran tan obvias como el aire que respiramos.
Precisamente por eso dejan de analizarse.
Dejan de explicarse.
Dejan de defenderse.
Y terminan olvidándose.
Algo parecido expresaba Gilbert Keith Chesterton cuando advertía que llegaría un tiempo en el que habría que desenvainar la espada para defender que las hojas de los árboles son verdes.
No porque hubieran cambiado de color.
Sino porque la sociedad habría perdido el contacto con la realidad hasta el extremo de negar lo evidente.
A juzgar por lo que estamos viendo en Occidente, ese momento parece haber llegado.
La rebelión contra lo evidente
Durante miles de años la humanidad consideró evidentes algunas cuestiones.
No porque fueran producto de prejuicios.
No porque nadie hubiera reflexionado sobre ellas.
No porque nuestros antepasados fueran estúpidos.
Sino porque eran observables.
Porque estaban delante de sus ojos.
Porque constituían hechos.
Por ejemplo:
Que existen hombres y mujeres.
Que la maternidad y la paternidad son realidades distintas.
Que los niños necesitan una familia estable.
Que la biología importa.
Que la naturaleza humana existe.
Que hombres y mujeres poseen potencialidades parcialmente diferentes.
Que la libertad exige responsabilidad.
Que ninguna civilización puede sobrevivir si deja de reproducirse.
Todo esto habría parecido elemental hace apenas unas décadas.
Hoy se ha convertido en motivo de controversia.
Y en algunos ámbitos incluso de persecución intelectual.
El patriarcado como explicación universal
Toda ideología necesita una explicación sencilla del mundo.
Un relato.
Una narración.
Un mito fundacional.
Para el marxismo clásico era la lucha de clases.
Para determinadas corrientes nacionalistas era la lucha entre pueblos.
Para determinadas corrientes raciales era la lucha entre razas.
Para el feminismo de género dominante la explicación fundamental es el patriarcado.
Todo gira alrededor del patriarcado.
La historia.
La economía.
La cultura.
La familia.
La religión.
La enseñanza.
La sexualidad.
La violencia.
La literatura.
La ciencia.
Todo.
El patriarcado se convierte así en una especie de explicación universal.
Una llave maestra.
Una teoría capaz de explicarlo todo.
Y precisamente ahí aparece el problema.
Porque las teorías que explican absolutamente todo suelen acabar explicando muy poco.
Una pregunta elemental
Supongamos por un momento que el relato fuera correcto.
Supongamos que durante milenios los hombres organizaron el mundo exclusivamente en beneficio propio.
Entonces aparece una pregunta muy sencilla.
Una pregunta que rara vez se formula.
¿Por qué esos mismos hombres construyeron las carreteras?
¿Por qué construyeron los puentes?
¿Por qué levantaron las murallas?
¿Por qué combatieron en las guerras?
¿Por qué murieron en las minas?
¿Por qué murieron en los barcos?
¿Por qué murieron en los campos de batalla?
¿Por qué aceptaron tasas de mortalidad laboral inmensamente superiores?
¿Por qué aceptaron una esperanza de vida menor?
¿Por qué aceptaron ser los principales sacrificados en prácticamente todos los conflictos armados?
La teoría del patriarcado posee enormes dificultades para responder a estas preguntas.
Porque presupone que los hombres constituyen una especie de bloque homogéneo de privilegiados.
Y la realidad histórica muestra exactamente lo contrario.
La inmensa mayoría de los hombres nunca perteneció a ninguna élite.
Vivieron.
Trabajaron.
Sufrieron.
Enfermaron.
Y murieron.
Igual que las mujeres.
La gran ficción colectivista
Aquí aparece uno de los errores fundamentales heredados de Marx.
La tendencia a dividir la humanidad en bloques colectivos.
Opresores y oprimidos.
Explotadores y explotados.
Victimarios y víctimas.
La realidad humana rara vez funciona así.
Un rey medieval tenía mucho más en común con una reina medieval que con un campesino.
Un gran banquero actual tiene mucho más en común con una gran empresaria que con un albañil.
Un ministro comparte más intereses con una ministra que con millones de ciudadanos corrientes.
Sin embargo, el feminismo de género insiste una y otra vez en agrupar a todos los hombres bajo una misma categoría política.
Como si un pescador gallego.
Un minero asturiano.
Un agricultor extremeño.
Un camionero.
Un soldado.
Y un multimillonario compartieran idénticos privilegios por el mero hecho de ser varones.
La tesis resulta difícil de sostener.
Cuando la biología se convierte en enemiga
Pero existe un obstáculo todavía mayor.
La naturaleza.
Porque la naturaleza posee una característica profundamente irritante para los ingenieros sociales.
No obedece órdenes ministeriales.
No se modifica mediante decretos.
No se adapta fácilmente a consignas ideológicas.
Por eso buena parte del feminismo contemporáneo ha terminado enfrentándose abiertamente a la biología.
No a la mala biología.
No a teorías científicas concretas.
A la propia idea de que la biología tenga importancia.
Porque si las diferencias biológicas poseen consecuencias observables, entonces muchas construcciones ideológicas empiezan a tambalearse.
Si hombres y mujeres poseen tendencias parcialmente diferentes.
Si las hormonas influyen.
Si la evolución importa.
Si la herencia existe.
Si la naturaleza humana existe.
Entonces ya no resulta posible explicar todas las diferencias mediante discriminación.
Y ahí surge una enorme dificultad para determinadas corrientes ideológicas.
La paradoja del deporte
Existe un ejemplo particularmente revelador.
El deporte.
Durante décadas se insistió en que las diferencias entre hombres y mujeres eran principalmente construcciones culturales.
Sin embargo, basta observar cualquier competición deportiva.
Los récords masculinos y femeninos difieren de forma sistemática.
Y no por una pequeña cantidad.
Sino de manera significativa.
La explicación es evidente.
Existen diferencias biológicas relevantes.
Precisamente por eso existen categorías masculinas y femeninas.
Curiosamente, en el ámbito deportivo casi todo el mundo acepta esta realidad.
La controversia aparece cuando esas mismas diferencias se extienden a otros ámbitos de la vida.
Entonces lo que era una obviedad biológica pasa a convertirse en una herejía ideológica.
La negación de la naturaleza
Chesterton comprendió perfectamente este fenómeno.
Cuando una sociedad deja de creer en lo evidente, termina creyendo cualquier cosa.
Y quizá ése sea uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.
No estamos ante un exceso de racionalidad.
Estamos ante un abandono progresivo del sentido común.
Ante una ruptura con la experiencia acumulada durante siglos.
Ante una creciente incapacidad para distinguir entre deseos y realidades.
Porque desear algo no lo convierte automáticamente en verdad.
Y una civilización que pierde contacto con la realidad termina encontrándose tarde o temprano con la realidad.
La cuestión es que la realidad siempre acaba ganando.
El regreso de las amazonas
Y es precisamente aquí donde reaparece el mito de las amazonas.
No como fenómeno histórico.
No como pueblo legendario.
Sino como símbolo.
Como metáfora.
Como aspiración cultural.
La vieja idea de que hombres y mujeres constituyen proyectos separados.
Intereses enfrentados.
Comunidades rivales.
La vieja tentación de sustituir la cooperación por la confrontación.
La complementariedad por la competencia.
La familia por el individuo aislado.
La civilización occidental se construyó sobre una idea distinta.
La de que hombres y mujeres son diferentes.
Pero precisamente por eso pueden colaborar.
Precisamente por eso pueden formar familias.
Precisamente por eso pueden construir comunidades estables.
Precisamente por eso pueden transmitir una herencia cultural a las generaciones futuras.
La pregunta que debemos plantearnos ahora es sencilla.
¿Qué sucede cuando una sociedad sustituye esa lógica de cooperación por una lógica permanente de conflicto entre sexos?
Porque los resultados ya empiezan a ser visibles.
Y no parecen especialmente prometedores.
Continuará.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Quinta entrega
La guerra de los sexos y la destrucción de la familia

Si existe una característica que distingue al feminismo contemporáneo de Clara Campoamor, de las sufragistas liberales o incluso de buena parte del feminismo clásico del siglo XIX, es que ya no persigue únicamente reformas jurídicas.
Persigue algo mucho más ambicioso.
Una transformación antropológica.
Un cambio profundo en la manera de entender al ser humano.
La familia.
La maternidad.
La paternidad.
La masculinidad.
La feminidad.
La sexualidad.
La propia naturaleza humana.
Todo debe ser reinterpretado.
Todo debe ser deconstruido.
Todo debe ser sometido a revisión permanente.
Nada puede permanecer a salvo.
La institución sospechosa
Observemos un fenómeno curioso.
Cuando se habla de la familia tradicional en determinados ambientes académicos, políticos o mediáticos, rara vez se hace en términos positivos.
No suele hablarse de:
- solidaridad intergeneracional;
- protección mutua;
- cooperación;
- transmisión de valores;
- estabilidad emocional;
- responsabilidad compartida.
No.
La familia aparece descrita como:
- estructura de poder;
- espacio de dominación;
- instrumento patriarcal;
- mecanismo de reproducción ideológica;
- ámbito de desigualdad.
Resulta llamativo.
Porque durante milenios la familia fue considerada precisamente lo contrario.
El principal refugio frente a la arbitrariedad del poder político.
El espacio donde el individuo encontraba protección.
La institución que garantizaba continuidad entre generaciones.
La primera escuela de humanidad.
La primera escuela de responsabilidad.
La primera escuela de libertad.
Engels vuelve a aparecer
No es casualidad.
Federico Engels situó expresamente a la familia en el centro de su crítica social.
La familia monógama tradicional no era para él una institución natural.
Era una construcción histórica asociada a la propiedad privada.
Y, por tanto, destinada a desaparecer.
El problema es que muchas personas creen que estas ideas quedaron confinadas a los libros del siglo XIX.
No es así.
Han sobrevivido.
Han evolucionado.
Han cambiado de vocabulario.
Pero siguen presentes.
Cuando determinadas corrientes sostienen que la familia es una construcción cultural.
Cuando afirman que la maternidad constituye una imposición social.
Cuando presentan las diferencias sexuales como meras convenciones.
Cuando consideran sospechosa toda forma de autoridad paterna.
Estamos observando manifestaciones distintas de una misma corriente intelectual.
La revolución que nadie votó
Uno de los fenómenos más extraordinarios de las últimas décadas consiste en que se ha producido una auténtica revolución cultural.
Y, sin embargo, casi nadie parece haber sido consciente de ello.
No hubo barricadas.
No hubo asaltos a palacios.
No hubo guerras civiles.
La transformación se produjo lentamente.
Mediante leyes.
Planes educativos.
Subvenciones.
Campañas institucionales.
Producciones audiovisuales.
Programas universitarios.
Series de televisión.
Manualitos para funcionarios.
Protocolos administrativos.
Observatorios.
Institutos.
Ministerios.
Todo ello acompañado por una poderosa maquinaria propagandística.
Porque sí.
La propaganda existe.
Y siempre ha existido.
La diferencia es que la propaganda moderna suele presentarse como información objetiva.
El nuevo hombre y la nueva mujer
Todos los proyectos revolucionarios han perseguido la misma aspiración.
Crear un ser humano nuevo.
Los jacobinos franceses.
Los bolcheviques.
Los maoístas.
Los jemeres rojos.
Todos compartían esa obsesión.
La realidad humana debía ser transformada.
El feminismo de género participa parcialmente de esa misma lógica.
Aspira a crear una nueva masculinidad.
Una nueva feminidad.
Una nueva sexualidad.
Una nueva familia.
Una nueva sociedad.
Y aquí volvemos a encontrarnos con Chesterton.
Porque cuando una ideología pretende rehacer completamente la naturaleza humana suele acabar estrellándose contra ella.
No inmediatamente.
No siempre de manera visible.
Pero acaba ocurriendo.
La tragedia demográfica
Hay una realidad que ninguna campaña publicitaria puede ocultar.
España apenas tiene hijos.
Europa apenas tiene hijos.
Occidente apenas tiene hijos.
Y una civilización que deja de reproducirse está enviando un mensaje inquietante acerca de sí misma.
No cree suficientemente en su futuro.
No considera deseable transmitir su herencia cultural.
No encuentra motivos para perpetuarse.
Durante décadas se nos dijo que la liberación produciría más felicidad.
Más realización personal.
Más plenitud.
Más bienestar.
Sin embargo, los datos dibujan un panorama mucho más ambiguo.
Las tasas de ansiedad aumentan.
La depresión aumenta.
La soledad aumenta.
El consumo de psicofármacos aumenta.
La natalidad se desploma.
Los vínculos familiares se debilitan.
Las rupturas se multiplican.
Los niños crecen cada vez más alejados de sus padres.
Y los ancianos mueren cada vez más solos.
No parece exactamente la imagen de una sociedad que haya encontrado la fórmula de la felicidad.
Los huérfanos con padres vivos
Quizá uno de los fenómenos más dramáticos de nuestro tiempo sea éste.
La multiplicación de niños que poseen padres vivos.
Pero no padres presentes.
La ruptura familiar no afecta únicamente a los adultos.
Afecta sobre todo a los hijos.
Durante décadas se nos ha repetido que los niños son extraordinariamente adaptables.
Que no importa quién los eduque.
Que la familia es intercambiable.
Que cualquier estructura afectiva produce resultados equivalentes.
La investigación empírica es bastante menos optimista.
Los niños suelen beneficiarse enormemente de la estabilidad.
De la presencia simultánea de padre y madre.
De vínculos sólidos y duraderos.
Naturalmente existen excepciones.
Siempre las ha habido.
Pero las excepciones no anulan la regla general.
El gran silencio
Y aquí aparece algo verdaderamente revelador.
Cuando una mujer es víctima de una tragedia, la sociedad reacciona.
Y es lógico que lo haga.
Cuando un niño sufre, también.
Y es lógico.
Pero cuando los problemas afectan mayoritariamente a los hombres, el silencio suele ser mucho mayor.
Suicidios.
Fracaso escolar.
Sinhogarismo.
Accidentalidad laboral.
Aislamiento social.
Pérdida de contacto con los hijos tras divorcios conflictivos.
Todo ello existe.
Todo ello produce sufrimiento.
Todo ello merece atención.
Y, sin embargo, rara vez ocupa el centro del debate público.
Porque reconocerlo obligaría a abandonar la simplificación según la cual existe un sexo permanentemente privilegiado y otro permanentemente perjudicado.
La sociedad de los individuos aislados
Quizá éste sea el resultado final.
Una sociedad compuesta por individuos cada vez más aislados.
Más dependientes de estructuras burocráticas.
Más desconectados de sus familias.
Más vulnerables.
Más manipulables.
Más fáciles de gobernar.
Más fáciles de dirigir.
Porque la familia posee una característica profundamente incómoda para cualquier poder centralizado.
Genera lealtades propias.
Crea vínculos independientes del Estado.
Produce ciudadanos difíciles de convertir en simples piezas administrativas.
Por eso la historia demuestra una y otra vez que los proyectos totalitarios suelen intentar debilitarla.
A veces frontalmente.
A veces de manera indirecta.
A veces mediante incentivos.
A veces mediante propaganda.
A veces mediante ingeniería social.
Pero el resultado suele ser parecido.
Una pregunta para el lector
Y ahora conviene detenerse un momento.
No para responder.
Sino para preguntar.
Si el feminismo de género ha logrado tantos éxitos.
Si sus diagnósticos son correctos.
Si sus políticas funcionan.
Si sus promesas eran ciertas.
Entonces:
¿Por qué las sociedades que más profundamente han adoptado sus postulados atraviesan simultáneamente una crisis de natalidad, una crisis familiar, una crisis de identidad, una crisis educativa y una creciente epidemia de soledad?
Quizá merezca la pena reflexionar sobre ello.
Porque en la próxima entrega abordaremos una cuestión todavía más profunda.
La gran contradicción interna del feminismo contemporáneo.
La contradicción que amenaza con hacerlo implosionar desde dentro.
La contradicción entre el feminismo clásico y la ideología de género.
Entre la realidad biológica y la identidad autopercibida.
Entre la mujer como realidad objetiva y la mujer como construcción subjetiva.
Y ahí es donde la historia se vuelve verdaderamente fascinante.
Continuará.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Sexta entrega
Cuando el feminismo declaró la guerra a la mujer

Toda ideología acaba enfrentándose tarde o temprano a una prueba decisiva.
La prueba de la coherencia.
Mientras permanece en los márgenes puede permitirse contradicciones.
Puede convivir con paradojas.
Puede formular afirmaciones incompatibles entre sí.
Pero cuando alcanza el poder institucional, cuando impregna leyes, universidades, tribunales, medios de información y sistemas de enseñanza, esas contradicciones terminan aflorando.
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo con el feminismo contemporáneo.
La pregunta que nadie se atreve a formular
Durante décadas el feminismo afirmó algo aparentemente sencillo.
Las mujeres constituyen una realidad objetiva.
Las mujeres existen.
Las mujeres poseen intereses específicos.
Las mujeres sufren determinadas formas de discriminación.
Las mujeres necesitan protección jurídica.
Toda la arquitectura institucional del feminismo contemporáneo descansa sobre esa premisa.
Ministerios.
Observatorios.
Institutos.
Concejalías.
Cuotas.
Planes de igualdad.
Subvenciones.
Protocolos.
Legislación específica.
Todo ello presupone una cuestión elemental:
que existe algo llamado mujer.
Y que sabemos identificarlo.
Sin embargo, de pronto apareció una nueva doctrina.
La denominada teoría de género.
Y formuló una pregunta devastadora.
¿Qué es una mujer?
Lo sorprendente no es la pregunta.
Lo sorprendente es la incapacidad de responderla.
La implosión doctrinal
Hasta hace muy poco cualquier persona habría contestado sin dificultad.
Una mujer es una mujer.
Parece una respuesta circular.
Pero durante milenios nadie tuvo problemas para comprenderla.
La biología resultaba bastante útil para estas cuestiones.
Sin embargo, la nueva ortodoxia sostiene que el sexo biológico carece de relevancia decisiva.
Lo importante sería la identidad.
La autopercepción.
El sentimiento subjetivo.
La vivencia personal.
Y entonces surge un problema gigantesco.
Si ser mujer depende exclusivamente de la autopercepción, ¿qué sentido tienen las categorías jurídicas basadas en el sexo?
¿Qué sentido tienen las cuotas?
¿Qué sentido tienen los organismos exclusivos para mujeres?
¿Qué sentido tienen los espacios reservados?
¿Qué sentido tiene hablar de opresión específica de las mujeres?
Todo empieza a tambalearse.
El feminismo contra sí mismo
Lo más extraordinario es que la principal oposición a estas tesis no ha surgido de sectores conservadores.
Ha surgido de muchas feministas.
Mujeres que dedicaron décadas a defender la existencia de una realidad femenina objetiva.
Mujeres que lucharon por espacios propios.
Mujeres que exigieron reconocimiento específico.
Mujeres que construyeron buena parte del feminismo institucional.
De repente descubrieron que la propia ideología que ayudaron a crear comenzaba a negar la existencia de aquello mismo que pretendían defender.
Y estalló la guerra.
No una guerra entre hombres y mujeres.
Una guerra dentro del propio feminismo.
La dictadura de la subjetividad
Pero el problema es mucho más profundo.
Porque no afecta únicamente a la cuestión sexual.
Afecta a la propia idea de verdad.
Durante siglos Occidente se construyó sobre una premisa fundamental.
La realidad existe.
Y nuestro deber consiste en comprenderla.
No inventarla.
No redefinirla.
No modificarla mediante decretos.
Comprenderla.
Aceptar sus límites.
Actuar dentro de ellos.
Hoy asistimos a un fenómeno completamente distinto.
La realidad debe adaptarse a los deseos.
La naturaleza debe adaptarse a la voluntad.
La biología debe adaptarse a la identidad.
Los hechos deben adaptarse a los sentimientos.
Y quien se niega a aceptar esta inversión es acusado de intolerancia.
El regreso del polilogismo
Aquí aparece una vieja idea que parecía enterrada.
El polilogismo.
La creencia de que no existe una razón común a todos los seres humanos.
Según esta doctrina, hombres y mujeres razonarían de forma distinta.
Los miembros de diferentes grupos tendrían verdades diferentes.
Las identidades determinarían el pensamiento.
La experiencia personal sustituiría a la razón universal.
La consecuencia es devastadora.
Porque si no existe una razón compartida, el diálogo se vuelve imposible.
Ya no importa si un argumento es verdadero o falso.
Importa quién lo formula.
Ya no importa la lógica.
Importa la identidad.
Ya no importa la evidencia.
Importa la pertenencia al grupo correcto.
Y cuando una sociedad llega a ese punto, la libertad intelectual comienza a deteriorarse rápidamente.
Chesterton vuelve a tener razón
Chesterton comprendió perfectamente este peligro.
Por eso advirtió que llegaría un tiempo en el que habría que luchar para defender lo evidente.
No porque la realidad hubiera cambiado.
Sino porque la capacidad de reconocerla se habría debilitado.
Ese tiempo ha llegado.
Hoy resulta necesario defender cuestiones que hace apenas unas décadas parecían obvias.
Que existen hombres y mujeres.
Que los niños necesitan referentes paternos y maternos.
Que la biología importa.
Que la maternidad no es una enfermedad.
Que la paternidad no constituye una forma de opresión.
Que la familia sigue siendo la principal institución de solidaridad humana.
Y que ninguna civilización puede sobrevivir si deja de tener hijos.
Ayn Rand y las verdades olvidadas
Ayn Rand observó algo parecido.
Las cuestiones más difíciles de explicar son precisamente las más elementales.
Porque nadie las explica.
Todo el mundo las presupone.
Hasta que dejan de ser evidentes.
Entonces descubrimos que generaciones enteras han crecido sin recibir respuestas a preguntas fundamentales.
¿Qué es una familia?
¿Qué significa ser padre?
¿Qué significa ser madre?
¿Por qué existen diferencias entre hombres y mujeres?
¿Por qué la civilización necesita continuidad generacional?
¿Por qué la libertad exige responsabilidad?
Cuando estas preguntas desaparecen de la enseñanza, otras ideologías ocupan su lugar.
Y lo hacen con extraordinaria rapidez.
El resultado visible
Los efectos comienzan a manifestarse por todas partes.
Confusión antropológica.
Caída de la natalidad.
Soledad masiva.
Aislamiento.
Fragilidad emocional.
Dependencia creciente del Estado.
Desconfianza entre sexos.
Hostilidad hacia la maternidad.
Desprestigio de la paternidad.
Pérdida de referentes.
Todo ello aparece simultáneamente.
Y resulta difícil creer que se trate de una mera coincidencia.
Una civilización cansada de sí misma
Quizá el problema de fondo sea aún más grave.
Las civilizaciones no suelen desaparecer porque sean derrotadas desde fuera.
Antes se debilitan desde dentro.
Pierden confianza en sí mismas.
Dejan de transmitir sus valores.
Renuncian a explicar por qué merecen sobrevivir.
Comienzan a avergonzarse de su propia historia.
Y terminan considerando sospechosos los principios sobre los que fueron construidas.
Roma conoció ese proceso.
Otras civilizaciones también.
La pregunta inquietante es si Occidente está recorriendo un camino semejante.
Porque el feminismo de género no constituye un fenómeno aislado.
Forma parte de algo más amplio.
Una transformación cultural que afecta simultáneamente a la familia, la enseñanza, la religión, la política, la natalidad, la identidad y la propia concepción del ser humano.
Y precisamente por eso debemos formular una última pregunta.
La más importante de todas.
Si el diagnóstico es correcto, ¿qué puede hacerse?
¿Existe algún camino de regreso?
¿Es posible reconstruir una cultura de cooperación entre hombres y mujeres?
¿Es posible restaurar la centralidad de la familia sin caer en nostalgias absurdas?
¿Es posible defender la igualdad ante la ley sin aceptar privilegios colectivos?
¿Es posible recuperar el sentido común?
De eso trataremos en la próxima entrega.
Porque criticar es relativamente fácil.
Lo difícil es proponer una alternativa.
Continuará.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Séptima entrega
¿Hay salida? Familia, libertad y reconstrucción de la civilización

Después de todo lo expuesto, resulta inevitable formular la pregunta decisiva.
¿Y ahora qué?
Porque un ensayo que se limite a denunciar.
Un ensayo que se limite a lamentarse.
Un ensayo que se limite a enumerar errores, contradicciones y despropósitos.
Puede resultar entretenido.
Puede incluso ser brillante.
Pero acaba siendo inútil.
Las civilizaciones no se sostienen únicamente mediante la crítica.
Necesitan ideales.
Necesitan objetivos.
Necesitan principios sobre los que reconstruirse.
Y precisamente ahí reside el verdadero desafío.
El error de combatir una locura con otra
Conviene empezar por una advertencia.
Ser crítico con el feminismo de género no implica caer en el error contrario.
No significa negar la dignidad de las mujeres.
No significa ignorar injusticias reales.
No significa defender formas abusivas de autoridad.
No significa convertir a los hombres en víctimas perpetuas.
Ese camino conduciría simplemente a otra caricatura.
Y las caricaturas jamás sirven para comprender la realidad.
El problema del feminismo de género no es que haya defendido algunos derechos legítimos de las mujeres.
El problema es que ha terminado transformando una reivindicación concreta en una cosmovisión total.
Una especie de explicación universal de la historia.
Una teoría capaz de explicarlo absolutamente todo.
Y cuando una ideología pretende explicarlo todo, termina deformándolo todo.
El verdadero enemigo
Quizá el principal error de nuestro tiempo consista en haber identificado mal al adversario.
No son los hombres.
No son las mujeres.
No son los padres.
No son las madres.
No son los hijos.
No son las familias.
No son los heterosexuales.
No son los homosexuales.
No son los ancianos.
No son los jóvenes.
El verdadero enemigo es otro.
La desintegración social.
La pérdida de responsabilidad.
La infantilización de la sociedad.
La renuncia al esfuerzo.
La dependencia creciente del Estado.
La desaparición de comunidades reales.
La erosión de los vínculos familiares.
La sustitución de la libertad por la tutela permanente.
La gran olvidada: la familia
Resulta extraordinario comprobar cómo la institución más importante de cualquier civilización ha desaparecido prácticamente del debate público.
Todo el mundo habla de derechos.
Todo el mundo habla de identidades.
Todo el mundo habla de colectivos.
Pero casi nadie habla de familias.
Y sin embargo la familia sigue siendo la principal fábrica de capital humano.
La principal escuela de responsabilidad.
La principal red de solidaridad.
La principal institución de protección social.
Mucho antes de que existieran ministerios.
Mucho antes de que existieran consejerías.
Mucho antes de que existieran organismos internacionales.
Ya existían las familias.
Y gracias a ellas sobrevivieron las civilizaciones.
El error de considerar al Estado una familia gigantesca
Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo consiste en que hemos confundido funciones.
La familia tiene unas.
El Estado tiene otras.
Cuando la familia deja de cumplir sus funciones, el Estado intenta sustituirla.
Y cuando el Estado intenta sustituirla, suele hacerlo peor.
Mucho peor.
Porque ninguna burocracia puede proporcionar:
- amor;
- lealtad;
- sacrificio personal;
- afecto;
- compromiso.
Puede repartir subsidios.
Puede administrar prestaciones.
Puede gestionar recursos.
Pero no puede crear vínculos humanos auténticos.
Por eso la expansión constante del Estado suele ir acompañada de la contracción de las comunidades naturales.
Custodia compartida y corresponsabilidad
Uno de los ejemplos más evidentes aparece en el ámbito familiar.
Durante décadas se ha desarrollado una cultura jurídica que con frecuencia ha tratado la figura paterna como algo secundario.
Afortunadamente esa situación ha comenzado a cambiar parcialmente.
Pero queda mucho camino por recorrer.
Los hijos necesitan a sus madres.
Y necesitan a sus padres.
No porque los hombres sean mejores.
Ni porque las mujeres sean mejores.
Sino porque son diferentes.
Y precisamente por eso aportan cosas distintas.
Negar esta realidad no beneficia a nadie.
Mucho menos a los niños.
El regreso del mérito
Existe otra cuestión fundamental.
La recuperación del mérito.
Las sociedades prosperan cuando premian:
- la capacidad;
- el esfuerzo;
- la responsabilidad;
- la competencia.
No cuando distribuyen privilegios colectivos.
No cuando sustituyen al individuo por categorías identitarias.
No cuando convierten la pertenencia a un grupo en criterio principal de promoción.
La igualdad ante la ley exige exactamente lo contrario.
Exige que cada persona sea juzgada por sus actos.
No por su sexo.
No por su origen.
No por su raza.
No por su identidad.
No por su pertenencia a un colectivo.
La enseñanza como campo de batalla
Aquí aparece otra cuestión decisiva.
La enseñanza.
Y conviene recordar algo que hoy parece revolucionario precisamente por ser elemental.
La instrucción pública no puede sustituir a la educación.
La educación corresponde principalmente a la familia.
La instrucción corresponde a los centros de enseñanza.
Cuando ambas funciones se confunden aparecen innumerables problemas.
Los antiguos romanos comprendieron perfectamente esta diferencia.
También Quintiliano.
También Aristóteles.
También la tradición cristiana.
La familia educa.
La escuela instruye.
Cuando la escuela pretende sustituir a la familia termina convirtiéndose inevitablemente en instrumento ideológico.
Recuperar el sentido común
Quizá ésta sea la tarea más urgente.
Recuperar el sentido común.
Y esto resulta mucho más difícil de lo que parece.
Porque el sentido común no consiste en repetir consignas.
Consiste en observar la realidad.
Aceptar los hechos.
Aprender de la experiencia.
Y reconocer que existen límites que ninguna ideología puede abolir.
No podemos abolir la naturaleza humana.
No podemos abolir la biología.
No podemos abolir la maternidad.
No podemos abolir la paternidad.
No podemos abolir la necesidad de tener hijos.
No podemos abolir la familia sin asumir consecuencias.
No podemos abolir la realidad.
La lección olvidada de Roma
Volvamos por un momento a Roma.
Los romanos cometieron muchos errores.
Tuvieron defectos enormes.
Practicas que hoy nos resultan inaceptables.
Pero comprendieron algo esencial.
Una civilización sólo puede sobrevivir si transmite a las nuevas generaciones aquello que considera valioso.
Cuando deja de hacerlo.
Cuando se avergüenza de sí misma.
Cuando pierde confianza en sus propios fundamentos.
Comienza el declive.
No inmediatamente.
Pero sí inexorablemente.
La decadencia empieza siempre en la mente.
Mucho antes de manifestarse en la economía o en la política.
El verdadero feminismo
Quizá la ironía más profunda de toda esta historia sea que las principales perjudicadas por el feminismo de género pueden acabar siendo precisamente muchas mujeres.
Especialmente aquellas que desean:
- formar una familia;
- tener hijos;
- dedicar tiempo a su maternidad;
- vivir relaciones estables;
- desarrollar una feminidad propia sin pedir permiso a ninguna comisaria ideológica.
Porque el feminismo institucional suele hablar constantemente en nombre de «las mujeres».
Pero las mujeres reales son enormemente diversas.
Y ninguna organización posee el monopolio de su representación.
Una civilización digna de ser continuada
Llegamos así al núcleo de la cuestión.
La pregunta fundamental.
La pregunta que subyace a todas las demás.
¿Queremos una civilización que merezca ser continuada?
Porque ésa es la cuestión decisiva.
No se trata únicamente de economía.
Ni de política.
Ni de leyes.
Ni siquiera de feminismo.
Se trata de saber si somos capaces de construir una sociedad donde hombres y mujeres vuelvan a verse como aliados y no como enemigos.
Donde la maternidad vuelva a ser respetada.
Donde la paternidad vuelva a ser valorada.
Donde la familia vuelva a ser protegida.
Donde la libertad vuelva a ir acompañada de responsabilidad.
Donde el mérito vuelva a importar.
Donde la verdad vuelva a importar.
Y donde no sea necesario empuñar una espada —como advertía Chesterton— para defender que las hojas de los árboles son verdes.
Porque cuando una sociedad llega a ese extremo, el problema ya no es político.
Ni económico.
Ni jurídico.
El problema es civilizatorio.
Y ésa es precisamente la batalla que se está librando en nuestro tiempo.
Continuará. (Apéndices: Engels, Solanas, Warren Farrell, la crisis demográfica española, la legislación de género y la experiencia histórica de Roma).
Adelante
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Octava entrega
Clara Campoamor contra el feminismo de género

Existe una pregunta que muy pocas personas se atreven a formular.
Si Clara Campoamor regresara hoy y contemplara el feminismo institucional contemporáneo…
¿Lo reconocería como propio?
La respuesta no resulta tan evidente como algunos creen.
Porque entre el sufragismo liberal de principios del siglo XX y el feminismo de género dominante en el siglo XXI media un auténtico océano filosófico.
Y cuanto más se estudia la figura de Clara Campoamor, más difícil resulta imaginarla defendiendo muchas de las tesis actualmente consideradas obligatorias.
La igualdad ante la ley
Campoamor luchó por algo extraordinariamente sencillo.
La igualdad jurídica.
Nada más.
Y nada menos.
No reclamó privilegios.
No exigió cuotas.
No pidió tribunales diferenciados.
No solicitó sistemas penales distintos según el sexo.
No defendió privilegios colectivos.
No pretendió convertir a las mujeres en una categoría jurídica especial.
Su reivindicación era profundamente liberal.
Las mujeres debían ser consideradas ciudadanas plenas.
Sujetos de derechos.
Personas libres.
Responsables de sus actos.
Exactamente igual que los hombres.
La cuestión resulta decisiva.
Porque la igualdad liberal y la ingeniería social contemporánea son cosas muy distintas.
Ciudadanos o colectivos
La tradición liberal clásica parte de una premisa sencilla.
La unidad básica de la sociedad es el individuo.
El ciudadano.
La persona.
No el colectivo.
No el grupo.
No la identidad.
No el sexo.
No la raza.
No la orientación sexual.
El feminismo de género contemporáneo opera exactamente al revés.
Su unidad básica de análisis no es el individuo.
Es el grupo.
La categoría.
La identidad colectiva.
La mujer.
El hombre.
La víctima.
El opresor.
El privilegiado.
El discriminado.
Y cuando el individuo desaparece, inevitablemente aparece el colectivismo.
El problema de representar a «las mujeres»
Aquí surge una dificultad insalvable.
¿Quién representa a las mujeres?
¿Quién puede hablar en nombre de todas?
Porque las mujeres reales no forman un bloque homogéneo.
Hay mujeres conservadoras.
Liberales.
Socialistas.
Católicas.
Ateas.
Empresarias.
Campesinas.
Profesionales.
Madres de familia numerosa.
Mujeres sin hijos.
Mujeres que desean dedicarse exclusivamente a su hogar.
Mujeres que desean desarrollar una carrera profesional.
Mujeres partidarias del aborto.
Mujeres contrarias al aborto.
Mujeres favorables a la teoría de género.
Mujeres radicalmente opuestas a ella.
¿Quién posee legitimidad para hablar en nombre de todas?
La respuesta evidente es:
Nadie.
Y sin embargo, buena parte del feminismo institucional actúa precisamente como si esa representación existiera.
Cuando la mujer desaparece
Aquí aparece la gran paradoja.
Durante décadas el feminismo sostuvo que luchaba por las mujeres.
Pero una parte importante del feminismo contemporáneo ha terminado aceptando doctrinas que hacen imposible definir qué es una mujer.
La contradicción resulta monumental.
Si cualquiera puede convertirse en mujer mediante una declaración administrativa.
Si la autopercepción prevalece sobre la realidad biológica.
Si el sexo carece de relevancia.
Entonces desaparece el propio sujeto político cuya defensa justificaba el movimiento.
No es casualidad que muchas feministas clásicas hayan comenzado a rebelarse contra estas tesis.
Porque comprenden perfectamente el problema.
El extraño destino de las revoluciones
Todas las revoluciones terminan devorando a sus propios hijos.
La Revolución Francesa devoró a los jacobinos.
La Revolución Rusa devoró a muchos bolcheviques.
La Revolución Cultural china devoró a innumerables maoístas.
Y el feminismo contemporáneo comienza a devorar a las propias feministas clásicas.
Mujeres que durante décadas fueron referentes intelectuales hoy son acusadas de herejía.
Mujeres que dedicaron su vida al movimiento son expulsadas simbólicamente.
Mujeres que simplemente defienden la realidad biológica son tratadas como enemigas.
La historia vuelve a repetirse.
La religión secular
Quizá esto explique otro fenómeno llamativo.
La creciente semejanza entre determinadas corrientes ideológicas y las antiguas religiones.
No porque sean idénticas.
Sino porque comparten mecanismos psicológicos similares.
Poseen:
- dogmas;
- herejías;
- excomuniones;
- pecados;
- penitencias;
- lenguaje ritual;
- catecismos;
- ortodoxias.
Y sobre todo poseen una característica fundamental.
La imposibilidad de cuestionar ciertos postulados.
En el momento en que determinadas afirmaciones dejan de poder discutirse racionalmente, entramos en el terreno de la fe.
No necesariamente de la fe religiosa.
Pero sí de la fe ideológica.
La nueva inquisición
Toda ortodoxia genera disidentes.
Y toda ortodoxia intenta neutralizarlos.
No siempre mediante la violencia.
Las sociedades modernas poseen métodos más sofisticados.
Cancelación.
Marginación profesional.
Silenciamiento mediático.
Estigmatización.
Desprestigio.
Ridiculización.
Etiquetas simplificadoras.
«Machista».
«Retrógrado».
«Facha».
«Ultraderechista».
«Homófobo».
«Transfóbico».
La finalidad es siempre la misma.
Evitar el debate.
Porque debatir implica aceptar la posibilidad de estar equivocado.
Y las ideologías totalizantes rara vez admiten esa posibilidad.
El papel de los medios de información
Aquí conviene detenerse un instante.
Porque la hegemonía cultural no surge espontáneamente.
Necesita mecanismos de difusión.
Durante siglos la Iglesia, las universidades y los libros desempeñaron ese papel.
Hoy los principales instrumentos son:
- televisión;
- radio;
- cine;
- plataformas digitales;
- redes sociales;
- grandes grupos mediáticos.
Y resulta difícil negar que existe una notable uniformidad ideológica en numerosos ámbitos.
No absoluta.
Pero sí significativa.
Determinadas opiniones aparecen constantemente.
Otras apenas tienen presencia.
Determinadas cuestiones ocupan portadas.
Otras desaparecen.
Y la repetición permanente acaba produciendo efectos.
Lo que no puede decirse
Orwell comprendió algo esencial.
La libertad consiste fundamentalmente en poder decir que dos y dos son cuatro.
Porque si esa libertad desaparece, todo lo demás termina desapareciendo también.
Hoy existen numerosas cuestiones respecto de las cuales resulta cada vez más difícil discrepar públicamente.
No porque falten argumentos.
Sino porque el coste social de formularlos puede resultar elevado.
Y una sociedad donde determinadas cuestiones dejan de poder discutirse libremente comienza a alejarse peligrosamente del ideal liberal.
El gran interrogante
Llegados a este punto conviene formular una última pregunta.
Si el feminismo institucional contemporáneo posee razón.
Si sus diagnósticos son correctos.
Si sus políticas funcionan.
Si sus premisas son ciertas.
¿Por qué necesita cada vez más censura?
¿Por qué necesita cada vez más regulación del lenguaje?
¿Por qué necesita cada vez más vigilancia ideológica?
¿Por qué necesita cada vez más organismos dedicados a supervisar opiniones?
La verdad suele defenderse bastante bien por sí sola.
Las ideologías, en cambio, suelen necesitar aparatos de protección.
Y quizá ahí encontremos una de las claves fundamentales para comprender el momento histórico que estamos viviendo.
Porque en la próxima entrega abordaremos una cuestión todavía más profunda:
la relación entre feminismo de género, neomarxismo, teoría crítica y la llamada «larga marcha por las instituciones».
Es decir, cómo una corriente intelectual marginal terminó convirtiéndose en doctrina dominante en buena parte de Occidente.
Continuará.
Adelante
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Undécima entrega
La guerra de los sexos como negocio político

Existe una pregunta incómoda que rara vez aparece en el debate público.
Si realmente el objetivo del feminismo institucional es alcanzar la igualdad, ¿por qué su estructura burocrática crece año tras año?
Porque, si un problema se resuelve, las instituciones creadas para combatirlo deberían reducirse.
Es lo que sucede en cualquier actividad racional.
Si una enfermedad desaparece, disminuyen los recursos destinados a combatirla.
Si una plaga es erradicada, desaparecen los organismos creados para combatirla.
Si una amenaza deja de existir, las estructuras destinadas a afrontarla pierden sentido.
Sin embargo, en el caso del feminismo institucional ocurre exactamente lo contrario.
Cuanto más se afirma que se avanza hacia la igualdad, más organismos aparecen.
Más observatorios.
Más institutos.
Más agencias.
Más direcciones generales.
Más asesores.
Más técnicos.
Más consultores.
Más subvenciones.
Más campañas.
Más planes estratégicos.
Más protocolos.
Más cursos obligatorios.
Más partidas presupuestarias.
La pregunta es inevitable.
¿Estamos ante una solución o ante una industria?
La creación de una burocracia permanente
Robert Michels, en su famosa Ley de Hierro de la Oligarquía, observó que toda organización tiende a desarrollar intereses propios.
Acaba preocupándose menos por el problema que justificó su existencia que por garantizar su propia supervivencia.
Y para sobrevivir necesita algo fundamental.
Que el problema nunca desaparezca.
Porque si desaparece el problema, desaparece la organización.
Así de sencillo.
Esto explica por qué determinadas estructuras institucionales parecen incapaces de declarar una victoria definitiva.
La igualdad nunca llega del todo.
La discriminación nunca desaparece completamente.
La amenaza siempre permanece.
La emergencia siempre continúa.
La lucha nunca termina.
Y, por tanto, los presupuestos deben seguir aumentando.
La subvención como mecanismo de poder
Durante décadas se ha creado en numerosos países occidentales una extensa red de asociaciones, fundaciones, observatorios y entidades dependientes directa o indirectamente del dinero público.
Formalmente son organizaciones independientes.
En la práctica, muchas de ellas viven gracias a subvenciones.
Y quien paga suele acabar influyendo.
No necesariamente mediante órdenes explícitas.
Basta con seleccionar qué proyectos reciben financiación y cuáles no.
Qué discursos son premiados.
Qué investigaciones son impulsadas.
Qué actividades son promocionadas.
Qué asociaciones prosperan.
Y cuáles desaparecen.
La dependencia económica genera inevitablemente dependencia ideológica.
La víctima permanente
Toda burocracia necesita justificar su existencia.
Y para ello necesita una narrativa.
En este caso la narrativa es relativamente sencilla.
Las mujeres continúan siendo víctimas.
Permanentemente.
Sistemáticamente.
Universalmente.
Siempre.
En cualquier circunstancia.
Y si algún dato contradice esa narrativa, suele ser ignorado o reinterpretado.
Porque la complejidad resulta peligrosa para los relatos ideológicos.
La complejidad obliga a matizar.
Y las ideologías detestan los matices.
La industria del agravio
Thomas Sowell observó algo parecido al analizar determinados movimientos políticos contemporáneos.
La política del agravio genera incentivos perversos.
Porque premia la condición de víctima.
Y cuando la victimización se convierte en fuente de recursos, prestigio o influencia, aparece una tentación inevitable.
Multiplicar agravios.
Magnificar conflictos.
Interpretar cualquier diferencia como discriminación.
Convertir cualquier desacuerdo en opresión.
Transformar cualquier problema en una evidencia más del sistema opresivo.
La lógica termina alimentándose a sí misma.
Hombres y mujeres: aliados convertidos en adversarios
Quizá el efecto más destructivo de esta dinámica sea la progresiva erosión de la cooperación entre hombres y mujeres.
Durante milenios ambas realidades fueron percibidas como complementarias.
Diferentes.
A veces conflictivas.
Pero complementarias.
La familia existía precisamente para canalizar esas diferencias hacia la cooperación.
El matrimonio.
La paternidad.
La maternidad.
La crianza.
La comunidad.
Todo ello constituía un gigantesco mecanismo civilizador destinado a transformar impulsos individuales en proyectos compartidos.
Sin embargo, la lógica de la lucha permanente necesita adversarios.
Y cuando desaparecen los conflictos reales, aparecen conflictos simbólicos.
El sospechoso habitual
Poco a poco se ha ido consolidando una imagen peculiar del varón.
No del delincuente.
No del criminal.
No del agresor.
Del varón en cuanto tal.
Como categoría abstracta.
Como grupo.
Como realidad sociológica.
La sospecha se generaliza.
El hombre deja de ser un individuo.
Y pasa a convertirse en representante involuntario de una estructura histórica de opresión.
Es una forma de pensamiento profundamente antiliberal.
Porque juzga a las personas por su pertenencia a un grupo y no por sus actos.
Exactamente lo contrario de lo que exige la igualdad ante la ley.
La desaparición de los problemas masculinos
Mientras tanto, cuestiones extraordinariamente graves reciben escasa atención.
Los hombres constituyen la inmensa mayoría de:
- suicidios;
- muertes laborales;
- sinhogarismo;
- población penitenciaria;
- abandono escolar temprano;
- accidentes mortales;
- muertes por consumo de drogas.
Sin embargo, rara vez estas cuestiones generan una movilización institucional comparable.
No porque sean menos importantes.
Sino porque no encajan fácilmente en la narrativa dominante.
Y lo que no encaja en la narrativa suele desaparecer del foco mediático.
El negocio de la confrontación
La confrontación genera beneficios políticos.
Genera titulares.
Genera subvenciones.
Genera movilización electoral.
Genera poder.
La cooperación, en cambio, resulta mucho menos rentable.
Una sociedad donde hombres y mujeres colaboran pacíficamente produce pocas oportunidades para los profesionales del conflicto.
Y aquí reside una de las paradojas más inquietantes.
Los mismos sectores que afirman luchar contra la división social suelen vivir precisamente de amplificarla.
La advertencia de Hannah Arendt
Hannah Arendt comprendió algo esencial.
Los movimientos ideológicos de masas necesitan simplificar la realidad.
Reducirla a esquemas fáciles de comprender.
Víctimas y opresores.
Buenos y malos.
Progresistas y reaccionarios.
La complejidad resulta incómoda.
Porque obliga a pensar.
Y pensar exige abandonar las consignas.
Por eso los relatos simplificadores poseen tanto éxito.
Son emocionalmente satisfactorios.
Aunque rara vez describan adecuadamente la realidad.
Una pregunta elemental
Volvamos por un momento a Chesterton.
Y también a Ayn Rand.
Ambos comprendieron que las verdades más difíciles de defender son precisamente las más obvias.
Por ejemplo:
¿Es razonable construir una sociedad estable fomentando la desconfianza mutua entre hombres y mujeres?
¿Puede prosperar una civilización que convierte a los padres en figuras secundarias?
¿Puede mantenerse una sociedad que contempla la maternidad como un obstáculo y la paternidad como una sospecha?
¿Puede sobrevivir una nación que deja de tener hijos?
La respuesta parece evidente.
Y precisamente por eso resulta tan difícil formularla públicamente.
El resultado visible
Mientras tanto los datos continúan acumulándose.
Natalidad desplomada.
Envejecimiento acelerado.
Soledad creciente.
Fragilidad emocional.
Dependencia burocrática.
Desconfianza entre sexos.
Disolución de vínculos familiares.
Todo ello ocurre simultáneamente.
Y quizá no sea una casualidad.
Porque las civilizaciones no suelen derrumbarse de repente.
Se desgastan lentamente.
Pierden confianza en sí mismas.
Pierden sus referentes.
Pierden sus convicciones fundamentales.
Y terminan olvidando aquello que las hizo posibles.
En la próxima entrega abordaremos precisamente esa cuestión.
La más importante de todas.
La crisis demográfica europea y española.
Porque ninguna ideología, ninguna economía y ningún sistema político pueden sobrevivir mucho tiempo cuando dejan de nacer niños.
Y ahí es donde la realidad termina imponiéndose sobre cualquier teoría.
Continuará. (Duodécima entrega: Invierno demográfico, aborto, natalidad y el suicidio silencioso de Occidente).
Sigue
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Duodécima entrega
Invierno demográfico, aborto y el suicidio silencioso de Occidente

Hay una realidad contra la que ninguna ideología puede legislar.
Ningún parlamento puede derogarla.
Ningún tribunal puede anularla.
Ninguna campaña publicitaria puede ocultarla indefinidamente.
Las civilizaciones necesitan hijos.
Sin hijos no hay futuro.
Sin hijos no hay relevo generacional.
Sin hijos no hay trabajadores.
Sin hijos no hay contribuyentes.
Sin hijos no hay soldados.
Sin hijos no hay científicos.
Sin hijos no hay cultura.
Sin hijos no hay nación.
La cuestión es así de simple.
Y precisamente por ser tan simple resulta extraordinariamente difícil hacerla comprender.
Ayn Rand observó que las verdades más elementales suelen ser las más difíciles de explicar porque la mayoría de las personas deja de prestarles atención.
Y Chesterton advirtió que llegaría un tiempo en que habría que empuñar una espada para defender que las hojas de los árboles son verdes.
Pues bien.
Hemos llegado a una época en la que parece necesario recordar que una sociedad sin hijos desaparece.
El elefante en la habitación
Europa atraviesa la mayor crisis demográfica de toda su historia.
No una guerra.
No una pandemia.
No una hambruna.
Una crisis de natalidad.
Una crisis de voluntad de supervivencia.
Una crisis de confianza en el futuro.
Y España constituye uno de los ejemplos más extremos.
Durante generaciones enteras se nos ha repetido que el progreso consistía en:
- retrasar la maternidad;
- reducir el tamaño de las familias;
- priorizar el consumo;
- posponer los compromisos permanentes;
- desvincular sexualidad y procreación;
- convertir la familia en una opción secundaria.
Los resultados están a la vista.
España figura entre los países con menor fecundidad del mundo.
La edad media de maternidad no deja de aumentar.
Miles de pueblos desaparecen lentamente.
Y el envejecimiento avanza a velocidad vertiginosa.
Una civilización que deja de creer en sí misma
Alejandro Macarrón, Xavier Barraycoa y otros autores han señalado repetidamente un fenómeno inquietante.
Las sociedades no dejan de tener hijos únicamente por razones económicas.
Si así fuera, los países más ricos tendrían las tasas de natalidad más elevadas.
Y sucede exactamente lo contrario.
La cuestión es más profunda.
Tiene que ver con la cultura.
Con los valores.
Con las prioridades.
Con la percepción del futuro.
Una civilización que no considera deseable reproducirse está enviando un mensaje muy claro acerca de sí misma.
Ha comenzado a perder la fe en su propia continuidad.
El aborto como síntoma
Pocas cuestiones reflejan mejor este fenómeno.
Durante décadas el aborto ha sido presentado como uno de los grandes triunfos de la modernidad.
Como una conquista.
Como un derecho.
Como una liberación.
Sin embargo, más allá de los debates jurídicos o morales, existe una realidad objetiva.
España acumula millones de nacimientos que nunca llegaron a producirse.
Millones.
Y cada uno de ellos habría representado una persona.
Un trabajador.
Un contribuyente.
Un padre o madre futuros.
Un creador.
Un innovador.
Un ciudadano.
La cuestión no es solamente ética.
Es también demográfica.
Y civilizatoria.
La ventana de Overton
Resulta interesante observar cómo han cambiado las percepciones colectivas.
Durante siglos el aborto fue considerado una tragedia.
Posteriormente pasó a contemplarse como un mal menor.
Más tarde comenzó a presentarse como un derecho.
Y finalmente como una conquista social.
Estamos ante un ejemplo casi perfecto de lo que Joseph Overton describió como desplazamiento progresivo de los límites de lo aceptable.
Lo que ayer parecía impensable.
Hoy resulta normal.
Y mañana puede convertirse en obligatorio.
La historia está llena de ejemplos similares.
La paradoja del feminismo triunfante
Aquí aparece una contradicción extraordinaria.
El feminismo institucional afirma hablar constantemente en nombre de las mujeres.
Pero al mismo tiempo ha contribuido decisivamente a devaluar algunas de las dimensiones más específicamente femeninas de la existencia.
La maternidad.
La crianza.
La dedicación familiar.
La transmisión intergeneracional.
No mediante ataques frontales.
Sería demasiado evidente.
Sino mediante algo mucho más eficaz.
La ridiculización.
La desvalorización cultural.
La presentación sistemática de la maternidad como un obstáculo.
Como una carga.
Como una renuncia.
Como una limitación.
El mensaje implícito es inequívoco.
La mujer verdaderamente emancipada es aquella que imita el modelo vital masculino más competitivo y productivista.
La gran ironía
Y sin embargo ocurre algo curioso.
Cuando se pregunta a muchas mujeres qué consideran más importante en sus vidas.
Qué les ha proporcionado mayor plenitud.
Qué les ha producido mayor felicidad.
Las respuestas suelen girar frecuentemente alrededor de:
- hijos;
- familia;
- relaciones afectivas;
- vínculos personales.
No siempre.
Naturalmente.
Pero con una frecuencia muy superior a la que reflejan los discursos oficiales.
Porque los seres humanos no son únicamente productores.
Ni consumidores.
Ni contribuyentes.
Son personas.
Y las personas necesitan vínculos.
Roma vuelve a aparecer
Llegados a este punto conviene recordar algo que ya analizamos.
La decadencia romana no comenzó con la llegada de los bárbaros.
Mucho antes se habían producido transformaciones internas profundas.
Disminución de la natalidad.
Pérdida de disciplina.
Crisis familiar.
Dependencia creciente del Estado.
Panem et circenses.
Inflación.
Intervencionismo.
Desmoralización colectiva.
Amaury de Riencourt describió con notable detalle algunos de esos procesos.
Y las semejanzas con determinados fenómenos contemporáneos resultan difíciles de ignorar.
No porque la historia se repita exactamente.
Nunca lo hace.
Pero sí porque ciertos patrones humanos reaparecen una y otra vez.
El Estado como sustituto de los hijos
Existe además otra cuestión inquietante.
Las sociedades envejecidas tienden a demandar cada vez más intervención estatal.
Es lógico.
Cuando las redes familiares se debilitan, alguien debe asumir sus funciones.
Y ese alguien suele ser el Estado.
Lo que antes proporcionaban:
- hijos;
- hermanos;
- padres;
- abuelos;
- comunidades locales.
Pasa a ser gestionado por estructuras burocráticas.
El resultado es una dependencia creciente.
Y una expansión continua del aparato administrativo.
El problema matemático
Al final existe una realidad implacable.
Las matemáticas.
Ninguna ideología puede escapar a ellas.
Si una generación no produce suficientes hijos para reemplazarse.
La población disminuye.
Si la población envejece.
Los costes sociales aumentan.
Si los contribuyentes disminuyen.
Los sistemas de bienestar entran en dificultades.
No es una cuestión ideológica.
Es aritmética.
Y la aritmética suele resultar bastante obstinada.
El gran silencio europeo
Lo verdaderamente sorprendente es que esta cuestión apenas ocupa el centro del debate público.
Se discute sobre infinidad de asuntos secundarios.
Pero rara vez se aborda la pregunta fundamental.
¿Quién sostendrá Europa dentro de cincuenta años?
¿Quién pagará las pensiones?
¿Quién mantendrá la economía?
¿Quién garantizará la continuidad cultural?
¿Quién heredará la civilización que hemos recibido?
Porque una civilización puede perder guerras y sobrevivir.
Puede sufrir crisis económicas y sobrevivir.
Puede soportar revoluciones y sobrevivir.
Pero no puede sobrevivir a la ausencia de hijos.
Una advertencia para el futuro
Quizá dentro de cien años los historiadores contemplen nuestra época con asombro.
Tal vez se pregunten cómo fue posible que sociedades extraordinariamente ricas, tecnológicamente avanzadas y culturalmente sofisticadas decidieran voluntariamente dejar de reproducirse.
Tal vez concluyan que el principal problema no fue económico.
Ni político.
Ni tecnológico.
Sino espiritual.
Una pérdida progresiva del deseo de continuidad.
Una pérdida de confianza en el futuro.
Una renuncia silenciosa a transmitir la herencia recibida.
Y si esa interpretación resulta correcta, estaremos ante uno de los mayores desafíos de toda nuestra historia.
Porque ninguna civilización puede sobrevivir mucho tiempo cuando deja de creer que merece ser continuada.
Continuará.
Próxima entrega:
«La gran mentira del patriarcado: historia, antropología y realidad frente al relato ideológico». Allí analizaremos el concepto central sobre el que gira toda la construcción teórica del feminismo contemporáneo: el llamado patriarcado, sus orígenes intelectuales, sus contradicciones y su confrontación con la evidencia histórica y antropológica.
adelante
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Decimoquinta entrega
Del sufragismo al femiestalinismo: cómo una reivindicación liberal terminó convertida en una ideología de poder

Toda ideología posee una historia.
Un origen.
Un momento fundacional.
Una razón de ser.
Y también un momento en que comienza a apartarse de sus principios originales.
Eso es precisamente lo que ha ocurrido con el feminismo.
Porque entre Clara Campoamor y el feminismo institucional contemporáneo existe una distancia comparable a la que separa a los primeros liberales clásicos de los regímenes burocráticos modernos que hablan en nombre de la libertad mientras restringen cada vez más parcelas de ella.
Clara Campoamor no habría entendido esto
Clara Campoamor defendía algo muy concreto.
El derecho de las mujeres a participar plenamente en la vida pública.
El derecho al voto.
La igualdad jurídica.
La plena ciudadanía.
Su discurso era profundamente liberal.
Individualista en el mejor sentido de la palabra.
No hablaba de colectivos enfrentados.
No hablaba de patriarcados sistémicos.
No hablaba de masculinidades tóxicas.
No hablaba de privilegios estructurales.
No hablaba de deconstrucciones.
No hablaba de identidades.
Hablaba de ciudadanos.
Y ciudadanas.
Sujetos libres e iguales ante la ley.
Su objetivo consistía en eliminar barreras jurídicas.
No en crear privilegios nuevos.
La gran mutación
Sin embargo, a lo largo del siglo XX se produjo una transformación profunda.
El feminismo dejó progresivamente de centrarse en los derechos individuales.
Comenzó a orientarse hacia la lucha colectiva.
La igualdad jurídica fue sustituida por la igualdad de resultados.
El individuo fue sustituido por el grupo.
La responsabilidad personal fue sustituida por las estructuras.
La libertad fue sustituida por la ingeniería social.
Y el ciudadano acabó convertido en miembro de una categoría identitaria.
La transformación no ocurrió de la noche a la mañana.
Fue gradual.
Pero extraordinariamente profunda.
Engels entra en escena
Aquí reaparece Federico Engels.
Particularmente su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.
Muchos de los postulados centrales del feminismo contemporáneo encuentran allí uno de sus antecedentes más evidentes.
La familia aparece descrita como una estructura de dominación.
La propiedad privada como origen de desigualdades.
La organización tradicional de la sociedad como un sistema de subordinación femenina.
Naturalmente, las corrientes feministas actuales no reproducen literalmente a Engels.
Pero sí heredan una parte sustancial de su esquema interpretativo.
La sospecha permanente hacia:
- la familia;
- la autoridad paterna;
- la tradición;
- la religión;
- las diferencias sexuales;
- las instituciones heredadas.
La influencia de Valerie Solanas
En el otro extremo aparece Valerie Solanas.
Y su célebre SCUM Manifesto.
Conviene ser rigurosos.
El feminismo contemporáneo no sigue literalmente a Solanas.
Sería absurdo afirmarlo.
La inmensa mayoría de las feministas jamás defendería muchas de las barbaridades que aparecen en aquel texto.
Pero también sería ingenuo ignorar su influencia simbólica.
Porque Solanas llevó hasta sus últimas consecuencias una lógica que sigue presente en numerosas corrientes actuales:
la consideración del varón no como aliado potencial.
Ni como compañero.
Ni como padre.
Ni como esposo.
Sino como problema.
Como amenaza.
Como adversario.
Como representante de una estructura opresiva.
Y cuando una ideología comienza a contemplar a la mitad de la humanidad bajo esa óptica, los resultados rara vez son positivos.
La revolución cultural permanente
El feminismo institucional contemporáneo ya no actúa únicamente como movimiento reivindicativo.
Actúa como aparato cultural.
Como sistema de producción ideológica.
Como mecanismo de intervención permanente sobre la sociedad.
Interviene en:
- la enseñanza;
- la administración;
- la justicia;
- la empresa;
- la publicidad;
- el lenguaje;
- la cultura;
- la sanidad;
- la investigación.
Su ambición ya no consiste en modificar leyes concretas.
Consiste en transformar la visión del mundo.
Y ahí reside precisamente su enorme diferencia respecto al sufragismo clásico.
La nueva ortodoxia
Toda ideología que alcanza suficiente poder acaba desarrollando mecanismos de autoprotección.
Dogmas.
Tabúes.
Conceptos intocables.
Verdades oficiales.
Y el feminismo institucional no constituye una excepción.
Determinadas cuestiones dejan de poder discutirse libremente.
Determinadas estadísticas desaparecen del debate.
Determinadas preguntas resultan incómodas.
Determinadas investigaciones apenas reciben atención.
Determinados problemas masculinos quedan sistemáticamente relegados.
No siempre mediante censura explícita.
A menudo basta algo mucho más eficaz:
el silencio.
El papel de la burocracia
Mientras tanto, el aparato institucional sigue creciendo.
Ministerios.
Observatorios.
Institutos.
Consejerías.
Concejalías.
Direcciones generales.
Agencias.
Planes estratégicos.
Subvenciones.
Cursos obligatorios.
Protocolos.
Un entramado burocrático que posee una característica común.
Necesita justificar continuamente su existencia.
Y para ello necesita que el conflicto nunca desaparezca del todo.
Porque una burocracia sin problema que administrar corre el riesgo de volverse innecesaria.
El feminismo como religión secular
Quizá una de las características más llamativas del feminismo contemporáneo sea su parecido creciente con determinadas religiones políticas.
Posee:
- dogmas;
- pecados;
- herejes;
- ortodoxias;
- excomuniones;
- lenguaje ritual;
- catecismos.
Y, sobre todo, posee una explicación global de la realidad.
Todo encuentra acomodo dentro del relato.
Exactamente igual que ocurre con las grandes cosmovisiones ideológicas.
Lo que Chesterton habría visto
Chesterton tenía una extraordinaria capacidad para detectar paradojas.
Probablemente habría observado una especialmente llamativa.
Un movimiento nacido para defender la libertad individual ha terminado impulsando mecanismos crecientes de regulación del lenguaje, vigilancia ideológica y control cultural.
Un movimiento nacido para ampliar espacios de libertad ha acabado generando nuevas ortodoxias.
Un movimiento que denunciaba privilegios termina reclamando privilegios compensatorios.
Un movimiento que denunciaba discriminaciones termina justificando nuevas formas de discriminación.
No porque todas las feministas lo pretendan.
Sino porque las ideologías suelen evolucionar de maneras que sus fundadores jamás imaginaron.
El verdadero desafío
Llegados a este punto, la cuestión ya no consiste en debatir sobre hombres o mujeres.
Ni siquiera sobre feminismo.
La cuestión es otra.
¿Puede una civilización sobrevivir cuando convierte la cooperación entre sexos en conflicto político permanente?
¿Puede mantenerse una sociedad que sospecha de su propia historia?
¿Puede prosperar una cultura que considera opresivas las instituciones que hicieron posible su existencia?
¿Puede continuar una nación que deja de tener hijos?
Volviendo al principio
Y aquí regresamos al comienzo de este largo recorrido.
Aquella vieja canción anarquista que afirmaba que todos nacemos iguales.
No.
No nacemos iguales.
Nacemos distintos.
Extraordinariamente distintos.
Hombres y mujeres.
Altos y bajos.
Fuertes y débiles.
Impulsivos y reflexivos.
Audaces y prudentes.
Pero precisamente porque somos distintos necesitamos cooperar.
Necesitamos instituciones.
Necesitamos familias.
Necesitamos comunidades.
Necesitamos normas.
Necesitamos civilización.
La igualdad auténtica nunca consistió en negar las diferencias.
Consistió en impedir que esas diferencias destruyeran la dignidad humana.
Y quizá sea precisamente esa lección la que estamos olvidando.
Porque cuando una sociedad deja de comprender la diferencia entre igualdad y uniformidad, entre libertad y planificación, entre cooperación y conflicto, comienza a perder el contacto con la realidad.
Y cuando una civilización pierde el contacto con la realidad, la historia demuestra que acaba encontrándola de nuevo.
Pero normalmente de la manera más dolorosa posible.
Fin de la serie principal.
Apéndices:
- Clara Campoamor frente al feminismo contemporáneo.
- Federico Engels y la génesis ideológica del feminismo de género.
- Valerie Solanas y el SCUM Manifesto.
- Antonio Gramsci y la hegemonía cultural.
- Ludwig von Mises y la crítica a la ingeniería social.
- Warren Farrell: del feminismo a la defensa de los derechos de los hombres.
- La crisis demográfica española y europea.
- Custodia compartida, familia y favor filii.
- Roma, el mos maiorum y las lecciones de la decadencia.
- Bibliografía comentada para profundizar en el debate.
Pues, adelante
APÉNDICE I
CLARA CAMPOAMOR FRENTE AL FEMINISMO CONTEMPORÁNEO

Dos concepciones incompatibles de la igualdad
Una de las mayores confusiones de nuestro tiempo consiste en identificar automáticamente el feminismo contemporáneo con Clara Campoamor.
Se trata de una simplificación histórica tan burda como afirmar que todos los movimientos que utilizan la palabra «democracia» persiguen los mismos fines.
No es cierto.
Y basta leer a Clara Campoamor para comprobarlo.
La mujer como individuo
Campoamor pertenecía a una tradición profundamente liberal.
Para ella, la mujer era ante todo una persona.
Un ciudadano.
Un individuo dotado de derechos y deberes.
Su lucha consistía en eliminar obstáculos jurídicos que impedían a las mujeres participar plenamente en la vida pública.
Nada más.
Y nada menos.
Nunca defendió:
- cuotas;
- privilegios colectivos;
- discriminaciones positivas;
- sistemas judiciales diferenciados;
- organismos exclusivos subvencionados;
- políticas basadas en identidades colectivas.
Todo lo contrario.
Su objetivo era integrar plenamente a la mujer en la ciudadanía común.
El sufragio femenino
La gran batalla de Campoamor fue el voto femenino.
Y conviene recordar un hecho frecuentemente olvidado.
Buena parte de la izquierda española de la época se opuso.
No porque fuera machista en el sentido actual del término.
Sino porque temía que muchas mujeres votaran influenciadas por la Iglesia y por valores conservadores.
Campoamor, sin embargo, mantuvo una posición admirablemente coherente.
Defendió el sufragio femenino porque consideraba que era un derecho.
No porque garantizara un determinado resultado político.
Ésa es precisamente la esencia del liberalismo.
Defender principios incluso cuando pueden perjudicar los propios intereses políticos.
Lo que hoy resultaría incómodo
Resulta legítimo preguntarse qué pensaría Clara Campoamor ante determinadas realidades actuales.
¿Apoyaría una legislación que distingue entre ciudadanos según su sexo?
¿Apoyaría tribunales especializados en función del sexo de las partes?
¿Apoyaría cuotas obligatorias?
¿Apoyaría la censura de determinadas opiniones?
¿Apoyaría organismos públicos dedicados a vigilar el lenguaje?
¿Apoyaría la sustitución del mérito por criterios identitarios?
Resulta difícil afirmarlo con certeza.
Pero leyendo sus escritos, la respuesta parece bastante evidente.
Campoamor y la responsabilidad
Hay otro aspecto particularmente importante.
Campoamor concebía a las mujeres como seres responsables.
Adultos plenamente capaces.
No como víctimas permanentes.
No como menores tuteladas.
No como personas necesitadas de protección estatal constante.
La mujer debía asumir libertad.
Y con ella responsabilidad.
Exactamente igual que los hombres.
Ésta constituye probablemente la diferencia más profunda respecto a buena parte del feminismo institucional contemporáneo.
La paradoja histórica
La ironía es evidente.
Una mujer que luchó para ser tratada exactamente igual que cualquier ciudadano probablemente sería considerada hoy demasiado liberal por muchas de las organizaciones que afirman actuar en su nombre.
Y ahí reside una de las mayores paradojas de nuestro tiempo.
APÉNDICE II
FEDERICO ENGELS Y EL ORIGEN INTELECTUAL DEL FEMINISMO DE GÉNERO

Mucho antes de que aparecieran expresiones como «perspectiva de género», «patriarcado estructural» o «violencia simbólica», Federico Engels ya había formulado algunas de las ideas fundamentales que inspirarían posteriormente a numerosas corrientes feministas.
Su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicada en 1884, constituye uno de los textos fundacionales más importantes de esta tradición intelectual.
La familia como problema
Para Engels, la familia tradicional no era una institución natural.
Tampoco era una realidad beneficiosa.
Era un mecanismo histórico asociado a:
- la propiedad privada;
- la herencia;
- la acumulación de riqueza.
Según esta interpretación, la subordinación femenina habría surgido precisamente con la consolidación de la familia monógama y de la propiedad privada.
La famosa expresión de Engels resulta inequívoca:
«La primera opresión de clases coincide con la opresión del sexo femenino por el masculino.»
A partir de ahí quedaba trazada una línea argumental que llegará hasta nuestros días.
Una reinterpretación de la historia
La historia deja de entenderse como cooperación entre hombres y mujeres.
Pasa a interpretarse como una relación permanente de dominación.
La familia deja de ser una institución civilizadora.
Pasa a convertirse en una estructura de control.
La maternidad deja de ser una función social valiosa.
Pasa a contemplarse como una forma de subordinación.
Naturalmente, muchas feministas actuales rechazarían algunas conclusiones de Engels.
Pero buena parte del esquema conceptual permanece sorprendentemente intacto.
Del marxismo clásico al neomarxismo cultural
La transformación posterior resulta evidente.
La lucha de clases tradicional se desplaza hacia otros ámbitos.
La oposición burguesía-proletariado es sustituida gradualmente por nuevas categorías:
- hombre-mujer;
- opresor-oprimido;
- privilegiado-discriminado.
La lógica permanece.
Cambian los protagonistas.
El legado actual
Cuando determinadas corrientes presentan la familia como un instrumento de dominación.
Cuando interpretan las diferencias sexuales exclusivamente como construcciones culturales.
Cuando contemplan la maternidad o la paternidad desde una óptica predominantemente conflictiva.
Resulta difícil no percibir la influencia lejana de Engels.
No necesariamente de forma explícita.
Pero sí conceptual.
La cuestión decisiva
La pregunta fundamental sigue siendo la misma.
¿Es la familia una institución opresiva?
¿O ha sido precisamente una de las principales instituciones de cooperación, protección y transmisión cultural de toda la historia humana?
La respuesta a esa pregunta determina buena parte de los debates contemporáneos.
Y también buena parte del futuro de nuestras sociedades.
Continuará con los siguientes apéndices:
- Apéndice III: Valerie Solanas y el SCUM Manifesto.
- Apéndice IV: Antonio Gramsci, la hegemonía cultural y la larga marcha por las instituciones.
- Apéndice V: Ludwig von Mises frente a la ingeniería social.
- Apéndice VI: Warren Farrell y la crítica al feminismo institucional.
- Apéndice VII: Custodia compartida, favor filii y los huérfanos con padres vivos.
- Apéndice VIII: El invierno demográfico español y europeo.
- Apéndice IX: Roma, el mos maiorum y las lecciones para Occidente.
Sigue
APÉNDICE III
VALERIE SOLANAS Y EL SCUM MANIFESTO
Cuando la guerra de sexos se convierte en programa político

Pocas obras han generado tanta controversia y, al mismo tiempo, tanta indulgencia académica como el SCUM Manifesto, publicado en 1967 por Valerie Solanas.
Resulta difícil encontrar otro texto político contemporáneo que contenga afirmaciones semejantes dirigidas contra cualquier otro grupo humano y que, pese a ello, continúe siendo objeto de análisis benévolos en universidades, congresos y publicaciones especializadas.
Valerie Solanas no fue una teórica marginal completamente olvidada.
Fue una figura convertida en símbolo por determinados sectores del feminismo radical.
Y aunque sería exagerado afirmar que el feminismo contemporáneo sigue literalmente sus postulados, también sería ingenuo ignorar la influencia cultural que ha ejercido durante décadas.
¿Qué era SCUM?
SCUM significa:
Society for Cutting Up Men
Es decir:
Sociedad para el Descuartizamiento de los Hombres.
El propio nombre elimina cualquier posible duda sobre la orientación general del texto.
Solanas no plantea una reforma social.
No propone cooperación.
No busca reconciliación entre hombres y mujeres.
No pretende construir puentes.
Su discurso se articula sobre una hostilidad abierta hacia el sexo masculino.
La lógica del enemigo absoluto
Lo verdaderamente interesante del SCUM Manifesto no son sus excesos retóricos.
Lo relevante es su estructura intelectual.
Porque introduce una idea que posteriormente reaparecerá en formas más moderadas:
la consideración del hombre como problema.
No de determinados hombres.
No de criminales concretos.
No de agresores específicos.
Del hombre como categoría.
Del varón como realidad antropológica.
Una vez aceptada esa premisa, todo lo demás se vuelve posible.
La cooperación deja de ser deseable.
La complementariedad desaparece.
La familia se convierte en sospechosa.
La maternidad pasa a interpretarse como subordinación.
Y la relación entre sexos adopta inevitablemente forma de conflicto.
El atentado contra Andy Warhol
La figura de Solanas adquirió notoriedad internacional cuando intentó asesinar a Andy Warhol en 1968.
Warhol sobrevivió.
Pero el episodio resulta revelador.
No tanto por el atentado en sí.
Sino porque muestra hasta qué punto determinadas ideas pueden terminar trasladándose de la teoría a la práctica.
Naturalmente, sería absurdo atribuir a todo el feminismo contemporáneo responsabilidad alguna por aquel acto.
Pero tampoco puede ignorarse que la violencia verbal sistemática suele acabar degradando la percepción del adversario.
Y cuando una parte de la humanidad deja de ser vista como personas para convertirse en enemigos estructurales, los límites morales comienzan a erosionarse.
La influencia indirecta
La mayoría de las feministas actuales jamás suscribirían literalmente el SCUM Manifesto.
Sin embargo, algunas de sus premisas reaparecen transformadas.
Por ejemplo:
- la idea de que la masculinidad constituye un problema;
- la identificación permanente del hombre con estructuras opresivas;
- la interpretación conflictiva de las relaciones entre sexos;
- la sospecha sistemática hacia la familia tradicional.
No se trata de una copia literal.
Se trata de una influencia cultural más sutil.
Una advertencia histórica
Toda ideología que convierte a una categoría humana completa en culpable por definición termina recorriendo senderos peligrosos.
La historia ofrece ejemplos abundantes.
Las consecuencias nunca han sido buenas.
Precisamente por eso resulta necesario recordar que ningún individuo debe ser juzgado por pertenecer a un grupo.
Ni por su sexo.
Ni por su raza.
Ni por su religión.
Ni por su origen.
Sólo por sus actos.
Ésa fue una de las grandes conquistas de la civilización liberal.
Y conviene no olvidarla.
APÉNDICE IV
ANTONIO GRAMSCI Y LA HEGEMONÍA CULTURAL
La larga marcha por las instituciones

Si Engels proporcionó buena parte del armazón teórico y Solanas aportó la radicalización extrema del conflicto sexual, Antonio Gramsci proporcionó algo quizá más importante:
la estrategia.
Porque Gramsci comprendió algo que muchos revolucionarios anteriores no habían entendido.
La revolución no llegaba
A comienzos del siglo XX los marxistas esperaban una revolución obrera en Europa Occidental.
Pero la revolución no llegaba.
Los trabajadores votaban.
Las clases medias crecían.
La prosperidad aumentaba.
Las sociedades occidentales parecían cada vez menos interesadas en destruir el sistema.
Entonces Gramsci formuló una observación decisiva.
Tal vez el verdadero poder no residiera en la economía.
Tal vez residiera en la cultura.
La hegemonía cultural
Según Gramsci, las clases dirigentes mantienen su posición porque controlan las instituciones encargadas de formar la visión del mundo de los ciudadanos.
Escuelas.
Universidades.
Prensa.
Editoriales.
Iglesias.
Centros culturales.
Asociaciones.
Por tanto, quien aspire a transformar radicalmente una sociedad debe conquistar primero esos espacios.
No basta con ganar elecciones.
Hay que moldear mentalidades.
La larga marcha
Décadas después esta estrategia sería resumida mediante una expresión célebre:
La larga marcha por las instituciones.
No se trataba de asaltar el poder.
Se trataba de ocuparlo lentamente.
Gradualmente.
Paciente y metódicamente.
Influyendo sobre:
- la enseñanza;
- los medios de información;
- las universidades;
- las administraciones;
- las organizaciones profesionales.
Y precisamente eso explica buena parte de lo ocurrido en Occidente durante los últimos cincuenta años.
El feminismo como vehículo cultural
Dentro de este proceso, el feminismo de género desempeñó un papel extraordinariamente eficaz.
Porque permitía reinterpretar prácticamente todos los aspectos de la realidad mediante una nueva narrativa.
La familia.
La educación.
La religión.
La literatura.
La ciencia.
La historia.
Todo podía ser releído desde una óptica de conflicto.
Y esa reinterpretación acabó penetrando progresivamente en numerosos ámbitos institucionales.
La victoria cultural
La gran victoria de una ideología no consiste en ganar elecciones.
Consiste en lograr que sus presupuestos dejen de discutirse.
Que pasen a considerarse evidentes.
Naturales.
Indiscutibles.
Y eso es precisamente lo que Gramsci entendió mejor que muchos de sus contemporáneos.
El resultado
La consecuencia es visible.
Hoy muchas personas utilizan conceptos como:
- patriarcado;
- violencia estructural;
- género;
- privilegio;
- masculinidad tóxica;
sin conocer su origen intelectual.
Se han convertido en parte del paisaje cultural.
Y ésa es precisamente la definición más perfecta de hegemonía cultural.
Cuando las ideas dejan de percibirse como ideas y comienzan a percibirse como realidad.
APÉNDICE V
LUDWIG VON MISES FRENTE A LA INGENIERÍA SOCIAL
La acción humana contra la utopía planificada

Si Antonio Gramsci proporciona una explicación de cómo conquistar culturalmente una sociedad, Ludwig von Mises proporciona una explicación de por qué los intentos de rediseñarla desde arriba terminan fracasando.
Su obra La acción humana constituye probablemente una de las defensas más sólidas jamás escritas de la libertad individual frente a los proyectos de ingeniería social.
Y precisamente por eso resulta especialmente útil para comprender muchas de las contradicciones del feminismo institucional contemporáneo.
El individuo actúa
Mises parte de una idea aparentemente elemental.
El ser humano actúa.
Elige.
Decide.
Valora.
Persigue objetivos.
Comete errores.
Rectifica.
Aprende.
Cada individuo constituye una realidad irrepetible.
Por ello resulta imposible comprender la sociedad mediante categorías colectivas simplificadoras.
La sociedad no es una máquina.
No es una fábrica.
No es un ejército.
No es un laboratorio.
Es el resultado de millones de decisiones individuales.
El error fundamental de los planificadores
Los ingenieros sociales suelen partir de una premisa opuesta.
Creen que pueden diseñar racionalmente el comportamiento humano.
Que basta modificar leyes.
Programas educativos.
Mensajes institucionales.
Incentivos económicos.
Para producir automáticamente determinados resultados.
Mises consideraba esta pretensión profundamente equivocada.
Porque los seres humanos no reaccionan mecánicamente.
Interpretan.
Valoran.
Eligen.
Y muchas veces actúan de formas que los planificadores jamás habían previsto.
La obsesión por los resultados
Aquí encontramos una crítica particularmente relevante.
La libertad genera diversidad.
No uniformidad.
Si hombres y mujeres poseen preferencias distintas.
Aspiraciones distintas.
Intereses distintos.
Es perfectamente posible que aparezcan distribuciones distintas en numerosas actividades humanas.
Pretender que todas las diferencias estadísticas constituyen necesariamente pruebas de discriminación implica desconocer la propia naturaleza de la acción humana.
El conocimiento disperso
Otra de las grandes aportaciones de Mises fue comprender que el conocimiento está disperso.
Ningún ministerio.
Ningún observatorio.
Ninguna comisión de expertos.
Ninguna organización internacional.
Posee suficiente información para reorganizar completamente la vida de millones de personas.
La sociedad funciona precisamente porque millones de individuos toman decisiones descentralizadas.
Por eso toda ingeniería social acaba chocando contra una realidad extraordinariamente compleja.
La cooperación como fundamento de la civilización
Quizá la enseñanza más importante de Mises sea ésta.
La civilización no se construyó mediante conflictos permanentes.
Se construyó mediante cooperación.
Intercambio.
División del trabajo.
Confianza.
Hombres y mujeres han colaborado durante milenios para:
- formar familias;
- criar hijos;
- producir riqueza;
- transmitir conocimientos;
- construir instituciones.
La narrativa de una guerra permanente entre sexos resulta difícilmente compatible con la experiencia histórica real.
El peligro de la victimización permanente
Mises observó también que las ideologías colectivistas tienden a desplazar la responsabilidad desde el individuo hacia estructuras abstractas.
El resultado suele ser una cultura de la queja permanente.
Todo fracaso se atribuye a factores externos.
Toda dificultad se interpreta como opresión.
Toda diferencia se convierte en agravio.
Y una sociedad basada en agravios permanentes acaba debilitando precisamente las virtudes que hicieron posible su prosperidad.
La lección final de Mises
Quizá la principal lección de La acción humana pueda resumirse así:
Las sociedades libres funcionan porque aceptan la diversidad humana.
Las sociedades ideológicas fracasan porque intentan abolirla.
Y la realidad siempre termina imponiéndose.
APÉNDICE VI
WARREN FARRELL
Del feminismo a la defensa de los derechos de los hombres

Si existe una figura especialmente incómoda para el feminismo institucional contemporáneo, ésa es Warren Farrell.
¿Por qué?
Porque durante años fue feminista.
No un crítico externo.
No un adversario ideológico.
Un participante activo.
Un defensor convencido.
Y precisamente por eso sus críticas posteriores resultaron tan difíciles de ignorar.
De aliado a disidente
Farrell colaboró con organizaciones feministas durante décadas.
Compartió muchas de sus reivindicaciones iniciales.
Sin embargo, poco a poco comenzó a observar algo que le parecía inquietante.
Determinados problemas masculinos desaparecían sistemáticamente del debate público.
No porque no existieran.
Sino porque no encajaban en la narrativa dominante.
La otra cara de la moneda
Farrell empezó a estudiar cuestiones como:
- suicidio masculino;
- mortalidad laboral;
- fracaso escolar;
- custodia de menores;
- sinhogarismo;
- servicio militar;
- esperanza de vida;
- accidentes laborales.
Y descubrió algo que consideró fundamental.
La sociedad hablaba constantemente de privilegios masculinos.
Pero apenas hablaba de costes masculinos.
El mito del privilegio universal
Uno de los argumentos centrales de Farrell resulta especialmente interesante.
Si los hombres constituyen un grupo privilegiado, ¿por qué aparecen sobrerrepresentados en:
- muertes laborales;
- suicidios;
- accidentes mortales;
- población penitenciaria;
- personas sin hogar?
La cuestión no implica negar problemas femeninos.
Implica reconocer que la realidad es más compleja de lo que sugieren ciertos relatos ideológicos.
La custodia compartida
Farrell dedicó especial atención a las consecuencias de los divorcios conflictivos.
Particularmente a la pérdida de contacto entre padres e hijos.
Su tesis resulta sencilla.
Los niños suelen beneficiarse enormemente de la presencia activa de ambos progenitores.
Y las políticas públicas deberían favorecer esa realidad siempre que resulte posible.
El precio del rol masculino
Quizá una de las aportaciones más conocidas de Farrell sea la idea de que el supuesto privilegio masculino ha tenido históricamente un coste enorme.
Los hombres han ocupado con frecuencia posiciones de poder.
Pero también han ocupado masivamente:
- trincheras;
- minas;
- barcos pesqueros;
- obras públicas;
- trabajos de alto riesgo.
La historia no puede comprenderse únicamente observando a una minoría de élites masculinas.
Debe contemplarse también la experiencia de millones de hombres corrientes.
Un mensaje incómodo
Farrell jamás sostuvo que las mujeres no hubieran sufrido injusticias.
Su planteamiento era otro.
La sociedad necesita reconocer simultáneamente los problemas de hombres y mujeres.
No convertir el sufrimiento en una competición.
No transformar los sexos en adversarios políticos.
Sino reconstruir una cultura de cooperación.
Precisamente la idea que vertebra todo este ensayo.
APÉNDICE VII
CUSTODIA COMPARTIDA, FAVOR FILII Y LOS HUÉRFANOS CON PADRES VIVOS

Cuando el interés superior del menor deja de ser el centro del debate
Si existe un ámbito donde se hacen visibles muchas de las contradicciones del feminismo institucional contemporáneo, ése es el Derecho de Familia.
Porque aquí ya no hablamos de teorías.
No hablamos de discursos.
No hablamos de consignas.
Hablamos de niños.
De padres.
De madres.
De familias reales.
Y de decisiones judiciales cuyas consecuencias pueden durar toda una vida.
El principio olvidado
Durante siglos, la cuestión fundamental fue sencilla:
¿Qué es lo mejor para el menor?
No para el padre.
No para la madre.
No para las asociaciones.
No para los partidos políticos.
Para el menor.
Los juristas resumieron esta idea mediante una expresión latina:
Favor filii.
El interés superior del hijo.
Todo lo demás debía ser secundario.
La transformación del sistema
Sin embargo, durante décadas se consolidó en España una práctica judicial muy concreta.
Tras la ruptura de la pareja:
- la guarda y custodia solía atribuirse a la madre;
- el padre quedaba reducido frecuentemente a visitante;
- los hijos pasaban a convivir de forma cotidiana con un solo progenitor.
Naturalmente existían excepciones.
Pero la tendencia general resultaba evidente.
Y las estadísticas la reflejaban con claridad.
Los huérfanos con padres vivos
Una expresión especialmente gráfica comenzó a difundirse entre asociaciones de padres separados:
«Huérfanos con padres vivos».
La frase resulta dura.
Pero describe una realidad que muchos niños han experimentado.
Padres que siguen vivos.
Padres que desean participar activamente en la vida de sus hijos.
Padres que quieren educar.
Acompañar.
Corregir.
Proteger.
Y que, sin embargo, terminan convertidos en visitantes periódicos.
La custodia compartida
La custodia compartida surgió precisamente como intento de corregir esta situación.
Su lógica es sencilla.
Salvo situaciones de riesgo acreditado:
los niños suelen beneficiarse de la presencia estable de ambos progenitores.
No porque los padres sean mejores.
No porque las madres sean peores.
Sino porque ambos aportan elementos valiosos.
La evidencia acumulada durante las últimas décadas apunta en esa dirección.
El Tribunal Supremo
La jurisprudencia española evolucionó progresivamente.
Particularmente a partir de diversas sentencias del Tribunal Supremo.
La custodia compartida dejó de contemplarse como una medida excepcional.
Comenzó a considerarse una opción normal e incluso deseable cuando las circunstancias lo permiten.
La idea central resulta clara.
Los hijos no se divorcian.
Se divorcian los padres.
El problema de la ideología
Sin embargo, determinados sectores ideológicos continúan contemplando la custodia compartida con enorme recelo.
¿Por qué?
Porque para ellos la familia se interpreta principalmente como un escenario de conflicto.
Y porque la figura paterna aparece frecuentemente asociada a sospechas permanentes.
El resultado es preocupante.
La cooperación parental acaba siendo sustituida por la confrontación judicial.
Y quienes más sufren las consecuencias suelen ser precisamente los menores.
El coste humano
Los efectos son conocidos.
Problemas emocionales.
Conflictos de lealtad.
Alejamiento afectivo.
Instrumentalización de los hijos.
Procedimientos interminables.
Denuncias cruzadas.
Litigios permanentes.
En demasiadas ocasiones el proceso judicial termina destruyendo precisamente aquello que afirmaba proteger.
La pregunta fundamental
La cuestión decisiva sigue siendo muy simple.
¿Debe el sistema favorecer la presencia equilibrada de ambos progenitores?
¿O debe consolidar modelos que convierten a uno de ellos en protagonista principal y al otro en actor secundario?
Responder adecuadamente a esa pregunta exige abandonar los prejuicios ideológicos.
Y volver al principio esencial:
el interés superior del menor.
APÉNDICE VIII
EL INVIERNO DEMOGRÁFICO ESPAÑOL Y EUROPEO
Una civilización que ha dejado de tener hijos

Existe una cuestión infinitamente más importante que la mayoría de los debates identitarios.
Y, sin embargo, apenas ocupa espacio en las portadas.
La cuestión demográfica.
Porque una civilización puede sobrevivir a crisis económicas.
A guerras.
A conflictos políticos.
Lo que no puede sobrevivir indefinidamente es a la ausencia de hijos.
La realidad estadística
España figura desde hace años entre los países con menor natalidad del mundo.
Muy por debajo del nivel de reemplazo generacional.
La situación no es exclusiva de España.
Afecta a buena parte de Europa.
Italia.
Alemania.
Portugal.
Grecia.
Y muchos otros países.
La tendencia resulta clara.
Cada generación es más pequeña que la anterior.
Xavier Barraycoa y el suicidio demográfico
Autores como Xavier Barraycoa han insistido repetidamente en esta cuestión.
No estamos ante un fenómeno anecdótico.
Estamos ante una transformación histórica de enorme magnitud.
Una sociedad que no genera descendencia suficiente comienza inevitablemente a:
- envejecer;
- perder dinamismo;
- aumentar su dependencia económica;
- debilitar su cohesión social.
Alejandro Macarrón
También Alejandro Macarrón ha dedicado buena parte de su trabajo a estudiar esta evolución.
Sus análisis muestran una tendencia persistente.
La combinación de:
- baja natalidad;
- retraso de la maternidad;
- disminución de matrimonios estables;
produce consecuencias acumulativas extraordinariamente difíciles de revertir.
El silencio institucional
Resulta llamativo observar qué asuntos movilizan enormes recursos públicos.
Y cuáles apenas reciben atención.
Existen observatorios para casi todo.
Campañas permanentes para casi todo.
Planes estratégicos para casi todo.
Pero pocas políticas parecen orientadas a facilitar seriamente la formación de familias estables y la llegada de hijos.
La paradoja contemporánea
Nunca las mujeres habían disfrutado de mayores niveles de libertad.
Nunca habían alcanzado mayores cotas educativas.
Nunca habían tenido más oportunidades profesionales.
Y, sin embargo, muchas encuestas muestran algo sorprendente.
Numerosas mujeres tienen menos hijos de los que desearían.
O no llegan a tener ninguno pese a haber querido ser madres.
Lo mismo ocurre con muchos hombres respecto a la paternidad.
Una cuestión civilizatoria
La cuestión demográfica trasciende cualquier ideología.
No es un problema de derechas.
Ni de izquierdas.
Ni de hombres.
Ni de mujeres.
Es una cuestión de supervivencia colectiva.
Porque ninguna sociedad puede mantener indefinidamente:
- su economía;
- sus sistemas de pensiones;
- sus instituciones;
- su cultura;
si deja de reemplazar generacionalmente a su población.
El gran olvido
Quizá la mayor paradoja del feminismo contemporáneo sea ésta.
Mientras dedica enormes esfuerzos a combatir supuestas estructuras heredadas, apenas presta atención a la mayor amenaza objetiva que afrontan actualmente las sociedades occidentales:
la desaparición progresiva de quienes deberían heredarlas.
APÉNDICE IX
ROMA, QUINTILIANO Y EL MOS MAIORUM
Cómo mueren las civilizaciones

Toda civilización acaba enfrentándose a una pregunta decisiva.
¿Cómo conservar aquello que la hizo posible?
Los romanos formularon una respuesta sencilla.
Mediante la transmisión.
La transmisión de valores.
De costumbres.
De conocimientos.
De instituciones.
De ejemplos.
El mos maiorum
Los romanos llamaban mos maiorum a las costumbres heredadas de los antepasados.
No se trataba de una simple nostalgia.
Era una convicción profunda.
Las generaciones presentes tenían el deber de custodiar y transmitir aquello que habían recibido.
La civilización dependía de esa continuidad.
Quintiliano
Aquí adquiere especial relevancia la figura de Marco Fabio Quintiliano.
Nacido en la actual España, defendió una educación orientada a formar ciudadanos virtuosos.
No simples especialistas.
No simples técnicos.
Ciudadanos.
Personas capaces de asumir responsabilidades públicas.
Familia y educación
Los romanos entendían algo que hoy parece olvidado.
La instrucción pública puede transmitir conocimientos.
Pero la educación moral comienza en la familia.
No en el Estado.
No en los ministerios.
No en las administraciones.
En la familia.
Por eso el debilitamiento de la institución familiar preocupaba enormemente a muchos autores romanos.
Amaury de Riencourt
Autores contemporáneos como Amaury de Riencourt observaron paralelismos inquietantes entre la decadencia romana y ciertos fenómenos actuales.
Pérdida de confianza en las instituciones.
Disminución de la natalidad.
Hedonismo creciente.
Burocratización.
Expansión del gasto público.
Debilitamiento familiar.
Desorientación cultural.
Naturalmente ninguna analogía histórica es perfecta.
Pero algunas semejanzas merecen reflexión.
La lección romana
Roma no cayó en un solo día.
No desapareció por una única causa.
La decadencia fue lenta.
Gradual.
Acumulativa.
Y comenzó mucho antes de las invasiones bárbaras.
Comenzó cuando las virtudes que habían construido la República dejaron de considerarse importantes.
La pregunta para Occidente
La cuestión sigue siendo pertinente.
¿Qué sucede cuando una civilización deja de transmitir aquello que la hizo posible?
¿Qué ocurre cuando el pasado sólo se contempla como una colección de errores?
¿Qué ocurre cuando la continuidad generacional se rompe?
Los romanos conocieron la respuesta.
Y quizá convenga releerlos antes de repetirla.
EPÍLOGO
EN DEFENSA DEL SENTIDO COMÚN

«Llegará el día en que habrá que desenvainar una espada para demostrar que las hojas son verdes en verano.»
— G. K. Chesterton
«Las cosas más difíciles de explicar son las más evidentes, aquellas que la gente ha decidido dejar de ver.»
— Ayn Rand
Las verdades olvidadas
Después de recorrer este largo camino, desde Clara Campoamor hasta el feminismo institucional contemporáneo, desde Engels hasta Gramsci, desde Valerie Solanas hasta Warren Farrell, desde la crisis de la familia hasta el invierno demográfico europeo, desde la antigua Roma hasta la España del siglo XXI, tal vez haya llegado el momento de volver a las cuestiones más elementales.
Porque las cuestiones más difíciles de defender no suelen ser las complejas.
Suelen ser las evidentes.
Aquellas que durante siglos fueron consideradas tan obvias que nadie sintió la necesidad de justificarlas.
Aquellas que constituyen el suelo firme sobre el que descansa toda civilización.
Y precisamente por eso resultan tan vulnerables cuando dejan de ser comprendidas.
Hombres y mujeres
La primera de esas verdades es que existen hombres y mujeres.
No categorías intercambiables.
No construcciones arbitrarias.
No identidades fluctuantes determinadas por decretos administrativos.
Hombres y mujeres.
Distintos.
Igualmente dignos.
Igualmente valiosos.
Igualmente necesarios.
La igualdad ante la ley jamás exigió negar las diferencias.
Por el contrario.
La verdadera igualdad consiste en reconocer la misma dignidad humana precisamente porque somos diferentes.
No a pesar de ello.
La naturaleza humana existe
Otra verdad elemental.
La naturaleza humana existe.
Las personas nacen con capacidades distintas.
Temperamentos distintos.
Inclinaciones distintas.
Virtudes distintas.
Defectos distintos.
Y ninguna legislación, ninguna campaña institucional, ningún programa de reeducación podrá eliminar completamente esa realidad.
La política puede influir.
La cultura puede orientar.
La educación puede perfeccionar.
Pero ninguna de ellas puede abolir la naturaleza humana.
Todas las ideologías que lo intentaron acabaron chocando contra ella.
Y todas terminaron fracasando.
La familia sigue siendo imprescindible
La tercera verdad es todavía más incómoda.
La familia sigue siendo la institución social más importante jamás creada.
No porque sea perfecta.
No porque todas las familias funcionen bien.
No porque no existan conflictos.
Sino porque ninguna otra institución ha conseguido sustituirla.
Ni el Estado.
Ni el mercado.
Ni las organizaciones políticas.
Ni los movimientos ideológicos.
Durante milenios, la familia ha sido el lugar donde los seres humanos aprendieron:
- a hablar;
- a confiar;
- a compartir;
- a obedecer;
- a sacrificarse;
- a amar.
Destruirla resulta sencillo.
Sustituirla es imposible.
La cooperación creó la civilización
El gran error del feminismo de género, y de muchas otras ideologías contemporáneas, consiste en interpretar la historia como una sucesión de conflictos permanentes.
Conflicto entre sexos.
Conflicto entre generaciones.
Conflicto entre razas.
Conflicto entre identidades.
Conflicto entre grupos.
Sin embargo, la civilización no nació del conflicto.
Nació de la cooperación.
Los hombres y las mujeres no construyeron Occidente combatiéndose entre sí.
Lo construyeron colaborando.
Trabajando.
Formando familias.
Criando hijos.
Transmitiendo conocimientos.
Levantando instituciones.
Asumiendo responsabilidades compartidas.
La historia real de la humanidad es mucho más una historia de cooperación que una historia de guerra entre sexos.
El precio de olvidar
Roma ofrece una lección particularmente valiosa.
No cayó simplemente por las invasiones bárbaras.
Antes de que los bárbaros cruzaran las fronteras, algo más importante ya se había deteriorado.
La confianza en sus propias instituciones.
La transmisión de sus valores.
La responsabilidad personal.
La disciplina.
La fortaleza familiar.
La voluntad de sacrificio.
El mos maiorum.
La decadencia comenzó mucho antes de la caída.
Como suele ocurrir siempre.
El invierno demográfico
Europa afronta hoy una realidad que ningún discurso ideológico puede ocultar.
Las cunas están vacías.
Las generaciones se encogen.
Las sociedades envejecen.
Los pueblos desaparecen.
Los sistemas de pensiones se tensionan.
Y cada año nacen menos niños.
No existe una civilización sin descendencia.
No existe una cultura sin transmisión.
No existe un futuro sin nuevas generaciones.
Ésta es probablemente la cuestión más importante de nuestro tiempo.
Y, sin embargo, apenas ocupa espacio en el debate público.
La libertad y la responsabilidad
Mises comprendió algo esencial.
La libertad y la responsabilidad son inseparables.
No puede existir una sin la otra.
Una sociedad que sólo reclama derechos termina perdiendo la capacidad de sostenerlos.
Porque toda libertad exige:
- esfuerzo;
- autocontrol;
- compromiso;
- deberes.
Y ninguna civilización puede sobrevivir indefinidamente si convierte la responsabilidad en una palabra sospechosa.
Lo que Clara Campoamor defendía

Resulta significativo recordar nuevamente a Clara Campoamor.
Su lucha no consistía en enfrentar hombres contra mujeres.
Consistía en reconocer la plena ciudadanía de las mujeres.
No buscaba privilegios.
No buscaba cuotas.
No buscaba tutela permanente.
Buscaba libertad.
Y la libertad implica asumir las consecuencias de nuestras decisiones.
Exactamente igual para hombres que para mujeres.
La gran batalla de nuestro tiempo
Por eso la cuestión de fondo no es el feminismo.
Nunca lo fue.
La cuestión verdadera es mucho más amplia.
Se trata de decidir entre dos formas de entender la realidad.
La primera considera a las personas individuos libres y responsables.
La segunda las contempla como miembros pasivos de colectivos enfrentados.
La primera fomenta la cooperación.
La segunda necesita el conflicto.
La primera busca construir.
La segunda busca deconstruir.
La primera confía en la capacidad humana para asumir responsabilidades.
La segunda multiplica indefinidamente las categorías de víctimas.
Una advertencia de Chesterton
Chesterton comprendió antes que nadie una paradoja extraordinaria.
Cuando una sociedad pierde el sentido común, las verdades más simples se convierten en revolucionarias.
Llega un momento en que afirmar que:
- la familia es importante;
- la maternidad tiene valor;
- la paternidad es necesaria;
- los niños necesitan estabilidad;
- hombres y mujeres son distintos;
- la realidad biológica existe;
empieza a parecer una provocación.
Y cuando eso ocurre, la crisis cultural ya está muy avanzada.
Una última esperanza
Sin embargo, la historia también enseña otra lección.
Las civilizaciones pueden corregir su rumbo.
Pueden recuperar la cordura.
Pueden reencontrarse con sus raíces.
Pueden reconstruir aquello que parecía perdido.
Pero sólo si son capaces de mirar la realidad de frente.
Sin miedo.
Sin consignas.
Sin dogmas.
Sin relatos impuestos.
Conclusión
Las civilizaciones no suelen morir asesinadas.
Suelen suicidarse.
Comienzan olvidando quiénes son.
Continúan despreciando aquello que las hizo posibles.
Después ridiculizan sus tradiciones, debilitan sus familias, dejan de tener hijos y sustituyen la realidad por construcciones ideológicas.
Finalmente descubren que ninguna ley, ningún ministerio, ninguna subvención y ninguna campaña de propaganda pueden sustituir aquello que destruyeron.
Porque la libertad necesita responsabilidad.
La prosperidad necesita trabajo.
La continuidad necesita hijos.
Y la civilización necesita hombres y mujeres capaces de cooperar, no de contemplarse mutuamente como enemigos.
Quizá todavía estemos a tiempo de recordarlo.
Carlos Aurelio Caldito Aunión
CAROLUS AURELIUS CALIDUS UNIONIS
¡Perfecto!…. Ahora quiero que redactes una introducción, resumen para lectores con prisas. de aproximadamente cuatro folios
Aquí tienes una introducción-resumen para lectores con prisas, concebida como puerta de entrada al ensayo completo. He intentado condensar las principales ideas desarrolladas a lo largo de toda la obra, manteniendo el tono ensayístico, polémico y reflexivo que caracteriza el conjunto.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Resumen para lectores con prisas
Vivimos tiempos extraños.
Tiempos en los que afirmar que existen hombres y mujeres puede convertirse en motivo de controversia.
Tiempos en los que la maternidad es presentada con frecuencia como una carga y no como una bendición.
Tiempos en los que la familia, institución sobre la que se edificó toda civilización conocida, es contemplada con sospecha.
Tiempos en los que millones de personas han llegado a aceptar como evidencias indiscutibles afirmaciones que hace apenas unas décadas habrían sido consideradas extravagantes.
El feminismo contemporáneo —o, para ser más precisos, el feminismo de género convertido en ideología oficial— constituye probablemente el ejemplo más visible de esta transformación cultural.
Este ensayo no pretende cuestionar la igualdad jurídica entre hombres y mujeres.
Tampoco cuestiona la dignidad de la mujer ni los derechos civiles que generaciones anteriores conquistaron legítimamente.
Sería absurdo hacerlo.
La igualdad ante la ley constituye una de las grandes conquistas de la civilización occidental.
Lo que aquí se cuestiona es algo muy distinto.
Se cuestiona una ideología que ha dejado de perseguir la igualdad jurídica para convertirse en una interpretación total de la realidad.
Una ideología que explica la historia como una guerra permanente entre hombres y mujeres.
Una ideología que interpreta la familia como una estructura de dominación.
Una ideología que convierte las diferencias en agravios, la cooperación en conflicto y la responsabilidad individual en victimización colectiva.
La tesis central de este libro es sencilla.
El feminismo institucional contemporáneo ya no se parece demasiado al sufragismo de Clara Campoamor.
Tampoco se parece a las reivindicaciones razonables de igualdad de oportunidades defendidas durante buena parte del siglo XX.
Se parece mucho más a una síntesis peculiar entre determinados elementos del marxismo cultural, ciertas teorías deconstructivas y una visión profundamente pesimista de las relaciones entre hombres y mujeres.
Por eso resulta imprescindible distinguir entre Clara Campoamor y determinadas corrientes actuales.
Campoamor luchó para que las mujeres fueran consideradas ciudadanas de pleno derecho.
No para que fueran consideradas víctimas permanentes.
Defendió la igualdad ante la ley.
No privilegios legales diferenciados.
Defendió la libertad.
No la tutela burocrática.
Su feminismo era profundamente liberal.
El feminismo contemporáneo dominante, por el contrario, se encuentra cada vez más próximo a concepciones colectivistas que interpretan la realidad mediante categorías de opresores y oprimidos.
A lo largo de estas páginas se examinan algunas de las raíces intelectuales de esta transformación.
Federico Engels aparece como una figura fundamental porque fue uno de los primeros autores en interpretar la familia como una estructura de dominación vinculada a la propiedad privada.
Antonio Gramsci resulta igualmente relevante por haber desarrollado la teoría de la hegemonía cultural y la necesidad de conquistar las instituciones educativas, culturales y mediáticas.
Valerie Solanas, autora del célebre y delirante SCUM Manifesto, representa la expresión extrema de una lógica que contempla al hombre no como compañero, esposo o padre, sino como problema.
Naturalmente, el feminismo actual no reproduce literalmente a Solanas.
Pero muchas de sus premisas fundamentales reaparecen transformadas en discursos mucho más sofisticados y aceptables socialmente.
El libro también analiza algunos de los efectos prácticos de esta evolución ideológica.
Entre ellos destaca la progresiva judicialización de las relaciones familiares.
La custodia compartida.
La situación de miles de niños convertidos en auténticos huérfanos con padres vivos.
Las consecuencias psicológicas de la ruptura familiar.
La creciente hostilidad entre sexos.
Y la construcción de una narrativa pública que tiende a invisibilizar sistemáticamente determinados problemas masculinos.
Se estudian igualmente autores como Warren Farrell, antiguo dirigente feminista convertido posteriormente en uno de los principales analistas de los problemas específicos que afectan a los hombres: suicidio, fracaso escolar, accidentes laborales, sinhogarismo o pérdida del vínculo paterno tras los divorcios.
Pero el núcleo más profundo de este ensayo no gira realmente en torno al feminismo.
Gira en torno a una cuestión mucho más amplia.
La relación entre realidad e ideología.
En este sentido, Ludwig von Mises desempeña un papel central.
Su obra La acción humana nos recuerda que las sociedades no son máquinas que puedan rediseñarse a voluntad por expertos, burócratas o ingenieros sociales.
Los seres humanos no son plastilina.
Poseen naturaleza.
Poseen inclinaciones.
Poseen diferencias.
Poseen libertad.
Y cualquier intento de reconstruir completamente la condición humana acaba chocando contra la realidad.
La realidad siempre termina imponiéndose.
Por eso este libro dedica también una atención especial a la crisis demográfica que atraviesan España y Europa.
Porque mientras gran parte del debate público se concentra en cuestiones identitarias, millones de europeos simplemente han dejado de tener hijos.
Las generaciones se reducen.
Las sociedades envejecen.
Los pueblos desaparecen.
Y la continuidad misma de nuestra civilización comienza a ponerse en cuestión.
Autores como Xavier Barraycoa o Alejandro Macarrón han descrito este fenómeno como una forma de suicidio demográfico.
Y resulta difícil no compartir su preocupación.
Finalmente, el ensayo vuelve la mirada hacia Roma.
No por nostalgia.
No porque cualquier tiempo pasado fuera mejor.
Sino porque las civilizaciones antiguas pueden enseñarnos mucho acerca de los mecanismos de la decadencia.
Los romanos comprendían la importancia de la familia.
De la transmisión cultural.
Del deber.
De la responsabilidad.
Del mos maiorum.
Sabían que una civilización no sobrevive únicamente gracias a sus leyes o a sus ejércitos.
Sobrevive porque es capaz de transmitir valores, conocimientos y lealtades de una generación a otra.
Cuando esa transmisión se rompe, comienza el declive.
Chesterton escribió que llegaría un día en que habría que desenvainar una espada para demostrar que las hojas son verdes en verano.
Ayn Rand observó que las verdades más difíciles de explicar son precisamente las más evidentes.
Tal vez nos encontremos ya en ese momento histórico.
Un momento en el que resulta necesario recordar cosas elementales.
Que existen hombres y mujeres.
Que la naturaleza humana existe.
Que la familia sigue siendo imprescindible.
Que los hijos constituyen el futuro de cualquier sociedad.
Que la libertad exige responsabilidad.
Y que ninguna civilización puede sobrevivir mucho tiempo si convierte la cooperación entre hombres y mujeres en una guerra permanente.
Ésa es, en última instancia, la cuestión central de este libro.
No el feminismo.
No la política.
No las ideologías.
Sino la supervivencia de una civilización que parece haber olvidado algunas de las verdades más elementales que la hicieron posible.
Y quizá todavía estemos a tiempo de recordarlas.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Octava entrega
Clara Campoamor contra el feminismo de género
Existe una pregunta que muy pocas personas se atreven a formular.
Si Clara Campoamor regresara hoy y contemplara el feminismo institucional contemporáneo…
¿Lo reconocería como propio?
La respuesta no resulta tan evidente como algunos creen.
Porque entre el sufragismo liberal de principios del siglo XX y el feminismo de género dominante en el siglo XXI media un auténtico océano filosófico.
Y cuanto más se estudia la figura de Clara Campoamor, más difícil resulta imaginarla defendiendo muchas de las tesis actualmente consideradas obligatorias.
La igualdad ante la ley
Campoamor luchó por algo extraordinariamente sencillo.
La igualdad jurídica.
Nada más.
Y nada menos.
No reclamó privilegios.
No exigió cuotas.
No pidió tribunales diferenciados.
No solicitó sistemas penales distintos según el sexo.
No defendió privilegios colectivos.
No pretendió convertir a las mujeres en una categoría jurídica especial.
Su reivindicación era profundamente liberal.
Las mujeres debían ser consideradas ciudadanas plenas.
Sujetos de derechos.
Personas libres.
Responsables de sus actos.
Exactamente igual que los hombres.
La cuestión resulta decisiva.
Porque la igualdad liberal y la ingeniería social contemporánea son cosas muy distintas.
Ciudadanos o colectivos
La tradición liberal clásica parte de una premisa sencilla.
La unidad básica de la sociedad es el individuo.
El ciudadano.
La persona.
No el colectivo.
No el grupo.
No la identidad.
No el sexo.
No la raza.
No la orientación sexual.
El feminismo de género contemporáneo opera exactamente al revés.
Su unidad básica de análisis no es el individuo.
Es el grupo.
La categoría.
La identidad colectiva.
La mujer.
El hombre.
La víctima.
El opresor.
El privilegiado.
El discriminado.
Y cuando el individuo desaparece, inevitablemente aparece el colectivismo.
El problema de representar a «las mujeres»
Aquí surge una dificultad insalvable.
¿Quién representa a las mujeres?
¿Quién puede hablar en nombre de todas?
Porque las mujeres reales no forman un bloque homogéneo.
Hay mujeres conservadoras.
Liberales.
Socialistas.
Católicas.
Ateas.
Empresarias.
Campesinas.
Profesionales.
Madres de familia numerosa.
Mujeres sin hijos.
Mujeres que desean dedicarse exclusivamente a su hogar.
Mujeres que desean desarrollar una carrera profesional.
Mujeres partidarias del aborto.
Mujeres contrarias al aborto.
Mujeres favorables a la teoría de género.
Mujeres radicalmente opuestas a ella.
¿Quién posee legitimidad para hablar en nombre de todas?
La respuesta evidente es:
Nadie.
Y sin embargo, buena parte del feminismo institucional actúa precisamente como si esa representación existiera.
Cuando la mujer desaparece
Aquí aparece la gran paradoja.
Durante décadas el feminismo sostuvo que luchaba por las mujeres.
Pero una parte importante del feminismo contemporáneo ha terminado aceptando doctrinas que hacen imposible definir qué es una mujer.
La contradicción resulta monumental.
Si cualquiera puede convertirse en mujer mediante una declaración administrativa.
Si la autopercepción prevalece sobre la realidad biológica.
Si el sexo carece de relevancia.
Entonces desaparece el propio sujeto político cuya defensa justificaba el movimiento.
No es casualidad que muchas feministas clásicas hayan comenzado a rebelarse contra estas tesis.
Porque comprenden perfectamente el problema.
El extraño destino de las revoluciones
Todas las revoluciones terminan devorando a sus propios hijos.
La Revolución Francesa devoró a los jacobinos.
La Revolución Rusa devoró a muchos bolcheviques.
La Revolución Cultural china devoró a innumerables maoístas.
Y el feminismo contemporáneo comienza a devorar a las propias feministas clásicas.
Mujeres que durante décadas fueron referentes intelectuales hoy son acusadas de herejía.
Mujeres que dedicaron su vida al movimiento son expulsadas simbólicamente.
Mujeres que simplemente defienden la realidad biológica son tratadas como enemigas.
La historia vuelve a repetirse.
La religión secular
Quizá esto explique otro fenómeno llamativo.
La creciente semejanza entre determinadas corrientes ideológicas y las antiguas religiones.
No porque sean idénticas.
Sino porque comparten mecanismos psicológicos similares.
Poseen:
- dogmas;
- herejías;
- excomuniones;
- pecados;
- penitencias;
- lenguaje ritual;
- catecismos;
- ortodoxias.
Y sobre todo poseen una característica fundamental.
La imposibilidad de cuestionar ciertos postulados.
En el momento en que determinadas afirmaciones dejan de poder discutirse racionalmente, entramos en el terreno de la fe.
No necesariamente de la fe religiosa.
Pero sí de la fe ideológica.
La nueva inquisición
Toda ortodoxia genera disidentes.
Y toda ortodoxia intenta neutralizarlos.
No siempre mediante la violencia.
Las sociedades modernas poseen métodos más sofisticados.
Cancelación.
Marginación profesional.
Silenciamiento mediático.
Estigmatización.
Desprestigio.
Ridiculización.
Etiquetas simplificadoras.
«Machista».
«Retrógrado».
«Facha».
«Ultraderechista».
«Homófobo».
«Transfóbico».
La finalidad es siempre la misma.
Evitar el debate.
Porque debatir implica aceptar la posibilidad de estar equivocado.
Y las ideologías totalizantes rara vez admiten esa posibilidad.
El papel de los medios de información
Aquí conviene detenerse un instante.
Porque la hegemonía cultural no surge espontáneamente.
Necesita mecanismos de difusión.
Durante siglos la Iglesia, las universidades y los libros desempeñaron ese papel.
Hoy los principales instrumentos son:
- televisión;
- radio;
- cine;
- plataformas digitales;
- redes sociales;
- grandes grupos mediáticos.
Y resulta difícil negar que existe una notable uniformidad ideológica en numerosos ámbitos.
No absoluta.
Pero sí significativa.
Determinadas opiniones aparecen constantemente.
Otras apenas tienen presencia.
Determinadas cuestiones ocupan portadas.
Otras desaparecen.
Y la repetición permanente acaba produciendo efectos.
Lo que no puede decirse
Orwell comprendió algo esencial.
La libertad consiste fundamentalmente en poder decir que dos y dos son cuatro.
Porque si esa libertad desaparece, todo lo demás termina desapareciendo también.
Hoy existen numerosas cuestiones respecto de las cuales resulta cada vez más difícil discrepar públicamente.
No porque falten argumentos.
Sino porque el coste social de formularlos puede resultar elevado.
Y una sociedad donde determinadas cuestiones dejan de poder discutirse libremente comienza a alejarse peligrosamente del ideal liberal.
El gran interrogante
Llegados a este punto conviene formular una última pregunta.
Si el feminismo institucional contemporáneo posee razón.
Si sus diagnósticos son correctos.
Si sus políticas funcionan.
Si sus premisas son ciertas.
¿Por qué necesita cada vez más censura?
¿Por qué necesita cada vez más regulación del lenguaje?
¿Por qué necesita cada vez más vigilancia ideológica?
¿Por qué necesita cada vez más organismos dedicados a supervisar opiniones?
La verdad suele defenderse bastante bien por sí sola.
Las ideologías, en cambio, suelen necesitar aparatos de protección.
Y quizá ahí encontremos una de las claves fundamentales para comprender el momento histórico que estamos viviendo.
Porque en la próxima entrega abordaremos una cuestión todavía más profunda:
la relación entre feminismo de género, neomarxismo, teoría crítica y la llamada «larga marcha por las instituciones».
Es decir, cómo una corriente intelectual marginal terminó convirtiéndose en doctrina dominante en buena parte de Occidente.
Continuará.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Novena entrega
La larga marcha por las instituciones: de Gramsci a la hegemonía cultural
Hay una pregunta que muchos ciudadanos se formulan.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
¿Cómo ha sido posible que ideas que hace cincuenta años ocupaban posiciones marginales hayan acabado convirtiéndose en doctrina oficial?
¿Cómo ha sido posible que conceptos que apenas circulaban en pequeños círculos universitarios hayan terminado impregnando:
- leyes;
- tribunales;
- universidades;
- centros de enseñanza;
- medios de información;
- organismos internacionales;
- grandes empresas;
- administraciones públicas;
- e incluso sectores significativos de las confesiones religiosas?
La respuesta no se encuentra en Valerie Solanas.
Ni siquiera en Engels.
Hay que buscarla en otro lugar.
Antonio Gramsci comprendió algo fundamental
Los marxistas clásicos estaban convencidos de que la revolución llegaría mediante la lucha económica.
La realidad les llevó la contraria.
Las sociedades occidentales no parecían especialmente interesadas en destruir el capitalismo.
Los obreros no actuaban como predecían los manuales.
Las clases medias crecían.
El nivel de vida mejoraba.
La revolución no llegaba.
Entonces apareció Antonio Gramsci.
Y formuló una observación extraordinariamente importante.
Tal vez el problema no estuviera en la economía.
Tal vez el verdadero poder residiera en la cultura.
En las ideas.
En los valores.
En las creencias.
En la educación.
En los medios de información.
En la religión.
En las universidades.
La hegemonía cultural
Gramsci llamó a esto hegemonía cultural.
La idea era sencilla.
Quien controla la cultura termina controlando la política.
No al revés.
Por tanto, antes de conquistar los parlamentos había que conquistar las mentes.
Antes de transformar las leyes había que transformar los valores.
Antes de controlar el Estado había que controlar los mecanismos que producen opinión.
La estrategia era brillante.
Y enormemente eficaz.
La revolución silenciosa
A diferencia de los bolcheviques.
A diferencia de los jacobinos.
A diferencia de los maoístas.
No hacía falta tomar el Palacio de Invierno.
Bastaba con ocupar lentamente:
- facultades;
- escuelas;
- periódicos;
- editoriales;
- fundaciones;
- asociaciones profesionales;
- organismos culturales.
Era una estrategia a largo plazo.
Pacífica.
Gradual.
Persistente.
Y precisamente por eso resultaba mucho más efectiva.
La Escuela de Fráncfort
A partir de ahí surgió otro fenómeno decisivo.
La llamada Escuela de Fráncfort.
Autores como:
- Horkheimer;
- Adorno;
- Marcuse;
- Fromm.
Llegaron a una conclusión parecida.
El proletariado occidental no iba a protagonizar ninguna revolución.
Había que buscar nuevos sujetos revolucionarios.
Nuevos grupos.
Nuevos conflictos.
Nuevas formas de cuestionar el orden existente.
Y poco a poco fueron apareciendo:
- conflictos raciales;
- conflictos sexuales;
- conflictos identitarios;
- conflictos culturales.
La lucha de clases comenzaba a transformarse en lucha entre colectivos.
Del proletario a la víctima
Aquí se produce uno de los grandes cambios intelectuales del siglo XX.
El sujeto revolucionario deja de ser el obrero.
Y pasa a ser la víctima.
La víctima se convierte en el centro del relato.
La legitimidad política comienza a derivar del sufrimiento.
Cuanto mayor sea la condición victimaria atribuida a un colectivo, mayor autoridad moral parece adquirir.
Y esto tiene consecuencias enormes.
Porque el debate deja de girar alrededor de ideas.
Y comienza a girar alrededor de identidades.
El feminismo encuentra un nuevo hogar
Es en este contexto donde determinadas corrientes feministas encuentran un terreno extraordinariamente fértil.
Las categorías marxistas clásicas se adaptan fácilmente.
Antes existían:
- explotadores;
- explotados.
Ahora aparecen:
- opresores;
- oprimidos.
Antes existía:
- conciencia de clase.
Ahora aparece:
- conciencia de género.
Antes existía:
- revolución económica.
Ahora aparece:
- deconstrucción cultural.
El esquema mental permanece sorprendentemente parecido.
Cambian los actores.
No siempre cambia la lógica.
El nuevo lenguaje del poder
Por eso empiezan a proliferar expresiones como:
- violencia estructural;
- opresión sistémica;
- privilegio;
- deconstrucción;
- empoderamiento;
- masculinidades alternativas;
- perspectiva de género.
El vocabulario cambia.
Pero la estructura intelectual sigue siendo reconocible.
La realidad se interpreta mediante categorías de poder.
Todo se convierte en una relación de dominación.
Todo.
La literatura.
La familia.
La educación.
La sexualidad.
La religión.
La ciencia.
La historia.
Nada escapa a esta lógica.
El asalto a la enseñanza
Y aquí aparece quizá el campo de batalla más importante de todos.
La enseñanza.
Porque quien forma a los niños termina formando el futuro.
Los antiguos romanos lo sabían.
Quintiliano lo sabía.
Los jesuitas lo sabían.
Gramsci también.
Por eso la enseñanza ocupa una posición estratégica.
No es casualidad que tantas batallas culturales se desarrollen precisamente allí.
Ni que las discusiones más intensas giren alrededor de:
- currículos;
- manuales;
- contenidos;
- lenguaje;
- educación afectivo-sexual;
- identidad.
Quien controla la enseñanza controla el relato del futuro.
La paradoja de las élites
Hay algo especialmente curioso.
Muchas de estas ideas nacieron como críticas a las élites.
Sin embargo, hoy son defendidas precisamente por las élites.
Universidades.
Organismos internacionales.
Grandes corporaciones.
Fundaciones multimillonarias.
Burocracias estatales.
Medios de información.
Resulta una transformación fascinante.
La ideología de la rebelión ha terminado convirtiéndose en ideología oficial.
La contracultura se ha convertido en cultura dominante.
Los antiguos revolucionarios se han transformado en guardianes de la ortodoxia.
Cuando la disidencia cambia de lugar
Y aquí surge una ironía histórica extraordinaria.
Durante décadas el disidente era quien cuestionaba las tradiciones.
Hoy, en muchos ámbitos, el disidente es quien se atreve a defenderlas.
Durante décadas el rebelde era quien atacaba la familia.
Hoy el rebelde empieza a ser quien la defiende.
Durante décadas el inconformista era quien cuestionaba la biología.
Hoy el inconformista puede ser quien insiste en que existe.
La rueda de la historia gira constantemente.
Y las posiciones cambian.
La batalla decisiva
Sin embargo, la cuestión fundamental no es política.
Ni siquiera es ideológica.
Es antropológica.
¿Qué es el ser humano?
¿Es un producto indefinidamente moldeable?
¿O existe una naturaleza humana?
¿Es posible reinventarlo todo?
¿O existen límites que ninguna ingeniería social puede superar?
Ahí se encuentra el verdadero núcleo del debate.
Porque el feminismo de género no constituye únicamente una teoría sobre hombres y mujeres.
Forma parte de una visión mucho más amplia.
Una visión que aspira a redefinir:
- la familia;
- la identidad;
- la sexualidad;
- la maternidad;
- la paternidad;
- la educación;
- la cultura;
- e incluso la propia realidad.
Y precisamente por eso debemos analizar ahora las consecuencias prácticas de esa cosmovisión.
No en los libros.
No en los congresos académicos.
No en los manifiestos.
Sino en la vida cotidiana.
En los tribunales.
En la enseñanza.
En la administración.
En la demografía.
En las relaciones humanas.
Porque es ahí donde las ideas dejan de ser teorías y comienzan a mostrar sus resultados.
Continuará. (Décima entrega: La igualdad ante la ley frente a la igualdad de resultados: cuando la ingeniería social sustituye a la justicia).
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Décima entrega
La igualdad ante la ley frente a la igualdad de resultados
Hay una cuestión que suele quedar oculta bajo montañas de propaganda, consignas y eslóganes.
Una cuestión fundamental.
Tal vez la más importante de todas.
¿Qué significa realmente la igualdad?
Parece una pregunta sencilla.
Sin embargo, gran parte de los conflictos políticos e ideológicos de nuestro tiempo nacen precisamente de las respuestas incompatibles que se dan a ella.
Porque no todas las concepciones de la igualdad son iguales.
Y algunas son incluso incompatibles entre sí.
La igualdad clásica
Durante siglos la tradición occidental entendió la igualdad de una manera relativamente simple.
Los seres humanos son iguales en dignidad.
Iguales ante la ley.
Iguales en derechos fundamentales.
Pero no son iguales en:
- inteligencia;
- carácter;
- voluntad;
- talento;
- fuerza física;
- perseverancia;
- creatividad;
- disciplina;
- capacidad de sacrificio.
Ni hombres y mujeres.
Ni hombres entre sí.
Ni mujeres entre sí.
La diversidad humana era considerada una realidad evidente.
La igualdad consistía en que la ley no favoreciera arbitrariamente a unos ciudadanos sobre otros.
Nada más.
Y nada menos.
El nacimiento de una nueva idea
Sin embargo, durante el siglo XX comenzó a imponerse otra concepción.
La igualdad de resultados.
Según esta visión, si hombres y mujeres no aparecen representados exactamente en la misma proporción en todos los ámbitos, ello constituye automáticamente una prueba de discriminación.
No importa:
- qué preferencias tengan;
- qué intereses posean;
- qué elecciones realicen;
- qué riesgos estén dispuestos a asumir.
La simple existencia de diferencias pasa a interpretarse como evidencia de injusticia.
Y entonces surge una consecuencia inevitable.
Si los resultados no son iguales, el Estado debe intervenir para corregirlos.
La obsesión por las cuotas
Aparecen entonces:
- cuotas;
- paridades;
- reservas;
- incentivos;
- correcciones administrativas;
- discriminaciones supuestamente positivas.
El razonamiento parece sencillo.
Si existen menos mujeres en determinados ámbitos, hay que aumentar su presencia.
Pero curiosamente esta lógica sólo se aplica de manera selectiva.
Nadie parece especialmente preocupado porque:
- más del 90 % de las muertes laborales afecten a hombres;
- la inmensa mayoría de los trabajadores de alcantarillado sean hombres;
- la mayoría de los fallecidos en la construcción sean hombres;
- la mayoría de los sin techo sean hombres;
- la mayoría de los suicidios sean hombres;
- la mayoría de los presos sean hombres.
La obsesión por la paridad suele concentrarse en los lugares prestigiosos.
Consejos de administración.
Tribunales superiores.
Ministerios.
Altos cargos.
Direcciones empresariales.
Pocas personas reclaman cuotas en las minas.
O en los andamios.
O en los barcos pesqueros.
O en las brigadas de rescate.
La gran pregunta
¿Por qué hombres y mujeres realizan elecciones diferentes?
Ésa es la cuestión verdaderamente importante.
Y aquí aparece uno de los mayores tabúes contemporáneos.
Porque la respuesta podría incluir elementos biológicos.
Y eso resulta profundamente incómodo para quienes sostienen que todas las diferencias son construcciones sociales.
El experimento involuntario de los países nórdicos
Existe una paradoja extraordinaria.
Los países nórdicos.
Suecia.
Noruega.
Finlandia.
Dinamarca.
Son probablemente los lugares donde más lejos han llegado las políticas igualitarias.
Y sin embargo los resultados han desconcertado a muchos investigadores.
A medida que aumentaba la libertad individual, hombres y mujeres tendían a realizar elecciones más diferentes, no más parecidas.
Las mujeres seguían orientándose en mayor medida hacia profesiones relacionadas con:
- personas;
- cuidados;
- enseñanza;
- salud.
Los hombres continuaban inclinándose en mayor medida hacia:
- ingeniería;
- tecnología;
- construcción;
- actividades técnicas.
La libertad no eliminaba las diferencias.
Las hacía más visibles.
La realidad contra la teoría
Aquí volvemos a encontrarnos con Chesterton.
Y también con Ayn Rand.
La realidad posee una costumbre irritante.
No suele adaptarse a las teorías.
Son las teorías las que deberían adaptarse a la realidad.
Sin embargo, muchas ideologías modernas operan exactamente al revés.
Cuando los hechos contradicen la teoría, se cuestionan los hechos.
Nunca la teoría.
Si las mujeres eligen carreras distintas.
La culpa es del patriarcado.
Si los hombres asumen más riesgos.
La culpa es del patriarcado.
Si existen diferencias de comportamiento.
La culpa es del patriarcado.
El patriarcado termina funcionando como aquellos antiguos dioses capaces de explicarlo todo.
Y precisamente por eso deja de explicar nada.
El problema de la libertad
Hay otra contradicción fascinante.
El feminismo institucional afirma defender la libertad de las mujeres.
Pero con frecuencia parece sentirse incómodo cuando las mujeres utilizan esa libertad para tomar decisiones distintas de las previstas.
Por ejemplo:
- dedicarse prioritariamente a la maternidad;
- formar familias numerosas;
- elegir modelos de vida tradicionales;
- cuestionar la teoría de género;
- defender planteamientos conservadores.
Entonces dejan de ser celebradas.
Y pasan a ser consideradas víctimas de una falsa conciencia.
Como si una mujer solamente fuera libre cuando coincide con las conclusiones ideológicas correctas.
El ciudadano sustituido por la categoría
Y aquí aparece el problema de fondo.
La sustitución del individuo por el colectivo.
La igualdad liberal se basa en ciudadanos.
La ingeniería social se basa en categorías.
Mujeres.
Hombres.
Minorías.
Mayorías.
Colectivos.
Identidades.
La consecuencia es que las personas dejan de ser juzgadas por sus actos.
Y comienzan a ser evaluadas según su pertenencia grupal.
Es exactamente lo contrario de lo que defendían los grandes pensadores liberales.
La nueva aristocracia moral
Toda sociedad genera élites.
Siempre.
La cuestión es qué tipo de élites.
Las antiguas aristocracias se basaban en:
- sangre;
- linaje;
- riqueza.
Las nuevas aristocracias tienden a basarse en:
- victimización;
- identidad;
- pertenencia a determinados colectivos.
La legitimidad moral ya no procede del mérito.
Procede del estatus victimario.
Y cuanto más victimizado se considera un grupo, mayor autoridad moral parece adquirir.
El problema es que esta lógica acaba destruyendo el principio de responsabilidad individual.
Cuando la justicia deja de ser ciega
Durante siglos la justicia fue representada con los ojos vendados.
La imagen era profundamente simbólica.
No debía importar:
- el sexo;
- la raza;
- la religión;
- la riqueza;
- el origen.
Sólo debían importar los hechos.
Las pruebas.
La conducta concreta.
La responsabilidad individual.
Hoy observamos una tendencia distinta.
La creciente presión para que la justicia tenga en cuenta identidades colectivas.
Y cuando eso ocurre, la venda empieza a deslizarse lentamente de los ojos de la Justicia.
La gran cuestión
Todo esto nos conduce a una pregunta decisiva.
¿Queremos ciudadanos?
¿O queremos colectivos enfrentados?
Porque una sociedad basada en ciudadanos puede discrepar.
Puede debatir.
Puede competir.
Puede convivir.
Una sociedad basada en identidades enfrentadas acaba convirtiendo cualquier desacuerdo en un conflicto existencial.
Y ahí es donde aparece uno de los fenómenos más preocupantes de nuestro tiempo:
la progresiva transformación de hombres y mujeres en categorías políticas rivales.
Precisamente el escenario que durante milenios la civilización intentó evitar mediante instituciones como la familia, el matrimonio y la cooperación entre sexos.
Y es ahí donde debemos dirigir ahora nuestra mirada.
Porque la siguiente cuestión resulta todavía más inquietante.
¿Qué ocurre cuando una sociedad deja de considerar complementarios a hombres y mujeres y comienza a verlos como adversarios permanentes?
Las consecuencias ya están apareciendo.
Y no son precisamente alentadoras.
Continuará. (Undécima entrega: La guerra de los sexos como negocio político: subvenciones, burocracia y creación artificial de conflictos).
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Undécima entrega
La guerra de los sexos como negocio político
Existe una pregunta incómoda que rara vez aparece en el debate público.
Si realmente el objetivo del feminismo institucional es alcanzar la igualdad, ¿por qué su estructura burocrática crece año tras año?
Porque, si un problema se resuelve, las instituciones creadas para combatirlo deberían reducirse.
Es lo que sucede en cualquier actividad racional.
Si una enfermedad desaparece, disminuyen los recursos destinados a combatirla.
Si una plaga es erradicada, desaparecen los organismos creados para combatirla.
Si una amenaza deja de existir, las estructuras destinadas a afrontarla pierden sentido.
Sin embargo, en el caso del feminismo institucional ocurre exactamente lo contrario.
Cuanto más se afirma que se avanza hacia la igualdad, más organismos aparecen.
Más observatorios.
Más institutos.
Más agencias.
Más direcciones generales.
Más asesores.
Más técnicos.
Más consultores.
Más subvenciones.
Más campañas.
Más planes estratégicos.
Más protocolos.
Más cursos obligatorios.
Más partidas presupuestarias.
La pregunta es inevitable.
¿Estamos ante una solución o ante una industria?
La creación de una burocracia permanente
Robert Michels, en su famosa Ley de Hierro de la Oligarquía, observó que toda organización tiende a desarrollar intereses propios.
Acaba preocupándose menos por el problema que justificó su existencia que por garantizar su propia supervivencia.
Y para sobrevivir necesita algo fundamental.
Que el problema nunca desaparezca.
Porque si desaparece el problema, desaparece la organización.
Así de sencillo.
Esto explica por qué determinadas estructuras institucionales parecen incapaces de declarar una victoria definitiva.
La igualdad nunca llega del todo.
La discriminación nunca desaparece completamente.
La amenaza siempre permanece.
La emergencia siempre continúa.
La lucha nunca termina.
Y, por tanto, los presupuestos deben seguir aumentando.
La subvención como mecanismo de poder
Durante décadas se ha creado en numerosos países occidentales una extensa red de asociaciones, fundaciones, observatorios y entidades dependientes directa o indirectamente del dinero público.
Formalmente son organizaciones independientes.
En la práctica, muchas de ellas viven gracias a subvenciones.
Y quien paga suele acabar influyendo.
No necesariamente mediante órdenes explícitas.
Basta con seleccionar qué proyectos reciben financiación y cuáles no.
Qué discursos son premiados.
Qué investigaciones son impulsadas.
Qué actividades son promocionadas.
Qué asociaciones prosperan.
Y cuáles desaparecen.
La dependencia económica genera inevitablemente dependencia ideológica.
La víctima permanente
Toda burocracia necesita justificar su existencia.
Y para ello necesita una narrativa.
En este caso la narrativa es relativamente sencilla.
Las mujeres continúan siendo víctimas.
Permanentemente.
Sistemáticamente.
Universalmente.
Siempre.
En cualquier circunstancia.
Y si algún dato contradice esa narrativa, suele ser ignorado o reinterpretado.
Porque la complejidad resulta peligrosa para los relatos ideológicos.
La complejidad obliga a matizar.
Y las ideologías detestan los matices.
La industria del agravio
Thomas Sowell observó algo parecido al analizar determinados movimientos políticos contemporáneos.
La política del agravio genera incentivos perversos.
Porque premia la condición de víctima.
Y cuando la victimización se convierte en fuente de recursos, prestigio o influencia, aparece una tentación inevitable.
Multiplicar agravios.
Magnificar conflictos.
Interpretar cualquier diferencia como discriminación.
Convertir cualquier desacuerdo en opresión.
Transformar cualquier problema en una evidencia más del sistema opresivo.
La lógica termina alimentándose a sí misma.
Hombres y mujeres: aliados convertidos en adversarios
Quizá el efecto más destructivo de esta dinámica sea la progresiva erosión de la cooperación entre hombres y mujeres.
Durante milenios ambas realidades fueron percibidas como complementarias.
Diferentes.
A veces conflictivas.
Pero complementarias.
La familia existía precisamente para canalizar esas diferencias hacia la cooperación.
El matrimonio.
La paternidad.
La maternidad.
La crianza.
La comunidad.
Todo ello constituía un gigantesco mecanismo civilizador destinado a transformar impulsos individuales en proyectos compartidos.
Sin embargo, la lógica de la lucha permanente necesita adversarios.
Y cuando desaparecen los conflictos reales, aparecen conflictos simbólicos.
El sospechoso habitual
Poco a poco se ha ido consolidando una imagen peculiar del varón.
No del delincuente.
No del criminal.
No del agresor.
Del varón en cuanto tal.
Como categoría abstracta.
Como grupo.
Como realidad sociológica.
La sospecha se generaliza.
El hombre deja de ser un individuo.
Y pasa a convertirse en representante involuntario de una estructura histórica de opresión.
Es una forma de pensamiento profundamente antiliberal.
Porque juzga a las personas por su pertenencia a un grupo y no por sus actos.
Exactamente lo contrario de lo que exige la igualdad ante la ley.
La desaparición de los problemas masculinos
Mientras tanto, cuestiones extraordinariamente graves reciben escasa atención.
Los hombres constituyen la inmensa mayoría de:
- suicidios;
- muertes laborales;
- sinhogarismo;
- población penitenciaria;
- abandono escolar temprano;
- accidentes mortales;
- muertes por consumo de drogas.
Sin embargo, rara vez estas cuestiones generan una movilización institucional comparable.
No porque sean menos importantes.
Sino porque no encajan fácilmente en la narrativa dominante.
Y lo que no encaja en la narrativa suele desaparecer del foco mediático.
El negocio de la confrontación
La confrontación genera beneficios políticos.
Genera titulares.
Genera subvenciones.
Genera movilización electoral.
Genera poder.
La cooperación, en cambio, resulta mucho menos rentable.
Una sociedad donde hombres y mujeres colaboran pacíficamente produce pocas oportunidades para los profesionales del conflicto.
Y aquí reside una de las paradojas más inquietantes.
Los mismos sectores que afirman luchar contra la división social suelen vivir precisamente de amplificarla.
La advertencia de Hannah Arendt
Hannah Arendt comprendió algo esencial.
Los movimientos ideológicos de masas necesitan simplificar la realidad.
Reducirla a esquemas fáciles de comprender.
Víctimas y opresores.
Buenos y malos.
Progresistas y reaccionarios.
La complejidad resulta incómoda.
Porque obliga a pensar.
Y pensar exige abandonar las consignas.
Por eso los relatos simplificadores poseen tanto éxito.
Son emocionalmente satisfactorios.
Aunque rara vez describan adecuadamente la realidad.
Una pregunta elemental
Volvamos por un momento a Chesterton.
Y también a Ayn Rand.
Ambos comprendieron que las verdades más difíciles de defender son precisamente las más obvias.
Por ejemplo:
¿Es razonable construir una sociedad estable fomentando la desconfianza mutua entre hombres y mujeres?
¿Puede prosperar una civilización que convierte a los padres en figuras secundarias?
¿Puede mantenerse una sociedad que contempla la maternidad como un obstáculo y la paternidad como una sospecha?
¿Puede sobrevivir una nación que deja de tener hijos?
La respuesta parece evidente.
Y precisamente por eso resulta tan difícil formularla públicamente.
El resultado visible
Mientras tanto los datos continúan acumulándose.
Natalidad desplomada.
Envejecimiento acelerado.
Soledad creciente.
Fragilidad emocional.
Dependencia burocrática.
Desconfianza entre sexos.
Disolución de vínculos familiares.
Todo ello ocurre simultáneamente.
Y quizá no sea una casualidad.
Porque las civilizaciones no suelen derrumbarse de repente.
Se desgastan lentamente.
Pierden confianza en sí mismas.
Pierden sus referentes.
Pierden sus convicciones fundamentales.
Y terminan olvidando aquello que las hizo posibles.
En la próxima entrega abordaremos precisamente esa cuestión.
La más importante de todas.
La crisis demográfica europea y española.
Porque ninguna ideología, ninguna economía y ningún sistema político pueden sobrevivir mucho tiempo cuando dejan de nacer niños.
Y ahí es donde la realidad termina imponiéndose sobre cualquier teoría.
Continuará. (Duodécima entrega: Invierno demográfico, aborto, natalidad y el suicidio silencioso de Occidente).
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Duodécima entrega
Invierno demográfico, aborto y el suicidio silencioso de Occidente
Hay una realidad contra la que ninguna ideología puede legislar.
Ningún parlamento puede derogarla.
Ningún tribunal puede anularla.
Ninguna campaña publicitaria puede ocultarla indefinidamente.
Las civilizaciones necesitan hijos.
Sin hijos no hay futuro.
Sin hijos no hay relevo generacional.
Sin hijos no hay trabajadores.
Sin hijos no hay contribuyentes.
Sin hijos no hay soldados.
Sin hijos no hay científicos.
Sin hijos no hay cultura.
Sin hijos no hay nación.
La cuestión es así de simple.
Y precisamente por ser tan simple resulta extraordinariamente difícil hacerla comprender.
Ayn Rand observó que las verdades más elementales suelen ser las más difíciles de explicar porque la mayoría de las personas deja de prestarles atención.
Y Chesterton advirtió que llegaría un tiempo en que habría que empuñar una espada para defender que las hojas de los árboles son verdes.
Pues bien.
Hemos llegado a una época en la que parece necesario recordar que una sociedad sin hijos desaparece.
El elefante en la habitación
Europa atraviesa la mayor crisis demográfica de toda su historia.
No una guerra.
No una pandemia.
No una hambruna.
Una crisis de natalidad.
Una crisis de voluntad de supervivencia.
Una crisis de confianza en el futuro.
Y España constituye uno de los ejemplos más extremos.
Durante generaciones enteras se nos ha repetido que el progreso consistía en:
- retrasar la maternidad;
- reducir el tamaño de las familias;
- priorizar el consumo;
- posponer los compromisos permanentes;
- desvincular sexualidad y procreación;
- convertir la familia en una opción secundaria.
Los resultados están a la vista.
España figura entre los países con menor fecundidad del mundo.
La edad media de maternidad no deja de aumentar.
Miles de pueblos desaparecen lentamente.
Y el envejecimiento avanza a velocidad vertiginosa.
Una civilización que deja de creer en sí misma
Alejandro Macarrón, Xavier Barraycoa y otros autores han señalado repetidamente un fenómeno inquietante.
Las sociedades no dejan de tener hijos únicamente por razones económicas.
Si así fuera, los países más ricos tendrían las tasas de natalidad más elevadas.
Y sucede exactamente lo contrario.
La cuestión es más profunda.
Tiene que ver con la cultura.
Con los valores.
Con las prioridades.
Con la percepción del futuro.
Una civilización que no considera deseable reproducirse está enviando un mensaje muy claro acerca de sí misma.
Ha comenzado a perder la fe en su propia continuidad.
El aborto como síntoma
Pocas cuestiones reflejan mejor este fenómeno.
Durante décadas el aborto ha sido presentado como uno de los grandes triunfos de la modernidad.
Como una conquista.
Como un derecho.
Como una liberación.
Sin embargo, más allá de los debates jurídicos o morales, existe una realidad objetiva.
España acumula millones de nacimientos que nunca llegaron a producirse.
Millones.
Y cada uno de ellos habría representado una persona.
Un trabajador.
Un contribuyente.
Un padre o madre futuros.
Un creador.
Un innovador.
Un ciudadano.
La cuestión no es solamente ética.
Es también demográfica.
Y civilizatoria.
La ventana de Overton
Resulta interesante observar cómo han cambiado las percepciones colectivas.
Durante siglos el aborto fue considerado una tragedia.
Posteriormente pasó a contemplarse como un mal menor.
Más tarde comenzó a presentarse como un derecho.
Y finalmente como una conquista social.
Estamos ante un ejemplo casi perfecto de lo que Joseph Overton describió como desplazamiento progresivo de los límites de lo aceptable.
Lo que ayer parecía impensable.
Hoy resulta normal.
Y mañana puede convertirse en obligatorio.
La historia está llena de ejemplos similares.
La paradoja del feminismo triunfante
Aquí aparece una contradicción extraordinaria.
El feminismo institucional afirma hablar constantemente en nombre de las mujeres.
Pero al mismo tiempo ha contribuido decisivamente a devaluar algunas de las dimensiones más específicamente femeninas de la existencia.
La maternidad.
La crianza.
La dedicación familiar.
La transmisión intergeneracional.
No mediante ataques frontales.
Sería demasiado evidente.
Sino mediante algo mucho más eficaz.
La ridiculización.
La desvalorización cultural.
La presentación sistemática de la maternidad como un obstáculo.
Como una carga.
Como una renuncia.
Como una limitación.
El mensaje implícito es inequívoco.
La mujer verdaderamente emancipada es aquella que imita el modelo vital masculino más competitivo y productivista.
La gran ironía
Y sin embargo ocurre algo curioso.
Cuando se pregunta a muchas mujeres qué consideran más importante en sus vidas.
Qué les ha proporcionado mayor plenitud.
Qué les ha producido mayor felicidad.
Las respuestas suelen girar frecuentemente alrededor de:
- hijos;
- familia;
- relaciones afectivas;
- vínculos personales.
No siempre.
Naturalmente.
Pero con una frecuencia muy superior a la que reflejan los discursos oficiales.
Porque los seres humanos no son únicamente productores.
Ni consumidores.
Ni contribuyentes.
Son personas.
Y las personas necesitan vínculos.
Roma vuelve a aparecer
Llegados a este punto conviene recordar algo que ya analizamos.
La decadencia romana no comenzó con la llegada de los bárbaros.
Mucho antes se habían producido transformaciones internas profundas.
Disminución de la natalidad.
Pérdida de disciplina.
Crisis familiar.
Dependencia creciente del Estado.
Panem et circenses.
Inflación.
Intervencionismo.
Desmoralización colectiva.
Amaury de Riencourt describió con notable detalle algunos de esos procesos.
Y las semejanzas con determinados fenómenos contemporáneos resultan difíciles de ignorar.
No porque la historia se repita exactamente.
Nunca lo hace.
Pero sí porque ciertos patrones humanos reaparecen una y otra vez.
El Estado como sustituto de los hijos
Existe además otra cuestión inquietante.
Las sociedades envejecidas tienden a demandar cada vez más intervención estatal.
Es lógico.
Cuando las redes familiares se debilitan, alguien debe asumir sus funciones.
Y ese alguien suele ser el Estado.
Lo que antes proporcionaban:
- hijos;
- hermanos;
- padres;
- abuelos;
- comunidades locales.
Pasa a ser gestionado por estructuras burocráticas.
El resultado es una dependencia creciente.
Y una expansión continua del aparato administrativo.
El problema matemático
Al final existe una realidad implacable.
Las matemáticas.
Ninguna ideología puede escapar a ellas.
Si una generación no produce suficientes hijos para reemplazarse.
La población disminuye.
Si la población envejece.
Los costes sociales aumentan.
Si los contribuyentes disminuyen.
Los sistemas de bienestar entran en dificultades.
No es una cuestión ideológica.
Es aritmética.
Y la aritmética suele resultar bastante obstinada.
El gran silencio europeo
Lo verdaderamente sorprendente es que esta cuestión apenas ocupa el centro del debate público.
Se discute sobre infinidad de asuntos secundarios.
Pero rara vez se aborda la pregunta fundamental.
¿Quién sostendrá Europa dentro de cincuenta años?
¿Quién pagará las pensiones?
¿Quién mantendrá la economía?
¿Quién garantizará la continuidad cultural?
¿Quién heredará la civilización que hemos recibido?
Porque una civilización puede perder guerras y sobrevivir.
Puede sufrir crisis económicas y sobrevivir.
Puede soportar revoluciones y sobrevivir.
Pero no puede sobrevivir a la ausencia de hijos.
Una advertencia para el futuro
Quizá dentro de cien años los historiadores contemplen nuestra época con asombro.
Tal vez se pregunten cómo fue posible que sociedades extraordinariamente ricas, tecnológicamente avanzadas y culturalmente sofisticadas decidieran voluntariamente dejar de reproducirse.
Tal vez concluyan que el principal problema no fue económico.
Ni político.
Ni tecnológico.
Sino espiritual.
Una pérdida progresiva del deseo de continuidad.
Una pérdida de confianza en el futuro.
Una renuncia silenciosa a transmitir la herencia recibida.
Y si esa interpretación resulta correcta, estaremos ante uno de los mayores desafíos de toda nuestra historia.
Porque ninguna civilización puede sobrevivir mucho tiempo cuando deja de creer que merece ser continuada.
Continuará.
Próxima entrega:
«La gran mentira del patriarcado: historia, antropología y realidad frente al relato ideológico». Allí analizaremos el concepto central sobre el que gira toda la construcción teórica del feminismo contemporáneo: el llamado patriarcado, sus orígenes intelectuales, sus contradicciones y su confrontación con la evidencia histórica y antropológica.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Decimotercera entrega
La gran mentira del patriarcado: historia, antropología y realidad frente al relato ideológico
Si hubiera que identificar una sola palabra capaz de resumir todo el edificio doctrinal del feminismo contemporáneo, esa palabra sería una:
Patriarcado.
El patriarcado explica la historia.
El patriarcado explica la economía.
El patriarcado explica la familia.
El patriarcado explica la religión.
El patriarcado explica la educación.
El patriarcado explica la sexualidad.
El patriarcado explica la violencia.
El patriarcado explica la pobreza.
El patriarcado explica el éxito de unos.
El fracaso de otros.
La enfermedad.
La guerra.
La desigualdad.
La publicidad.
La literatura.
La arquitectura.
La ciencia.
La meteorología casi, si nos descuidamos.
El patriarcado se ha convertido en una especie de divinidad negativa omnipresente.
Una fuerza invisible que todo lo explica.
Y precisamente por eso conviene preguntarse:
¿Existe realmente?
Una explicación para todo
Cuando una teoría pretende explicarlo todo suele acabar explicando muy poco.
Karl Popper observó hace mucho tiempo que una teoría científica auténtica debe poder ser refutada.
Debe existir la posibilidad de demostrar que está equivocada.
En cambio, las teorías ideológicas suelen funcionar de otro modo.
Todo lo que sucede confirma sus postulados.
Si una mujer triunfa.
Patriarcado.
Si fracasa.
Patriarcado.
Si una mujer alcanza la presidencia de una empresa.
Patriarcado.
Si no la alcanza.
Patriarcado.
Si un hombre es agresivo.
Patriarcado.
Si no lo es.
Patriarcado interiorizado.
Es un sistema perfecto.
Porque jamás puede ser desmentido.
Y precisamente por eso deja de tener valor explicativo.
La historia real de la humanidad
La realidad histórica es infinitamente más compleja.
Durante miles de años hombres y mujeres vivieron sometidos a condiciones extraordinariamente duras.
No sólo las mujeres.
Los hombres también.
La inmensa mayoría de los seres humanos, independientemente de su sexo, vivieron en condiciones que hoy consideraríamos insoportables.
Trabajo agotador.
Alta mortalidad infantil.
Hambrunas.
Epidemias.
Guerras.
Ausencia de medicina moderna.
Esperanzas de vida reducidas.
Pobreza extrema.
Cuando observamos el pasado con categorías contemporáneas solemos cometer un error.
Imaginamos una minoría masculina privilegiada dominando cómodamente a una masa femenina oprimida.
La realidad era muy distinta.
La inmensa mayoría de los hombres tampoco vivían precisamente como emperadores romanos.
El problema antropológico
El feminismo de género suele presentar la historia humana como una gigantesca conspiración masculina.
Sin embargo, la antropología ofrece un panorama mucho más complejo.
Todas las sociedades humanas conocidas muestran algún grado de diferenciación sexual en funciones y responsabilidades.
Todas.
Sin excepción.
Desde las tribus amazónicas hasta los inuit.
Desde los pastores nómadas hasta los agricultores.
Desde China hasta Escandinavia.
Desde África hasta América.
La pregunta evidente es:
¿Por qué?
Steven Goldberg y la cuestión olvidada
El sociólogo Steven Goldberg planteó una observación incómoda.
Si todas las culturas conocidas desarrollaron estructuras relativamente similares respecto al liderazgo masculino, ¿no podría existir algún factor biológico relevante?
La mera pregunta genera incomodidad.
Pero sigue siendo una pregunta legítima.
Porque si absolutamente todas las sociedades humanas llegaron a conclusiones parecidas de forma independiente, resulta razonable investigar las causas.
El feminismo contemporáneo suele responder con una palabra:
socialización.
Pero entonces surge otra cuestión.
¿Por qué la socialización produce siempre resultados semejantes?
¿Quién socializó al primer socializador?
La explicación acaba entrando en una regresión infinita.
La biología expulsada del debate
Uno de los fenómenos más curiosos de nuestro tiempo consiste en que la biología es considerada fundamental para explicar casi cualquier conducta animal.
Excepto la humana.
Los científicos aceptan sin dificultad que:
- las hormonas influyen;
- la evolución influye;
- la genética influye;
- la selección natural influye.
Salvo cuando se trata de diferencias entre hombres y mujeres.
Entonces aparece una resistencia casi religiosa.
Y sin embargo las diferencias biológicas son evidentes.
No determinan completamente el comportamiento.
Pero tampoco son irrelevantes.
La realidad suele encontrarse entre ambos extremos.
El patriarcado y la contradicción fundamental
Existe además una contradicción extraordinaria.
El feminismo sostiene simultáneamente dos afirmaciones.
Primera:
Las mujeres han sido sistemáticamente oprimidas durante milenios.
Segunda:
Las mujeres son tan capaces como los hombres de realizar cualquier tarea.
Si ambas afirmaciones son ciertas, surge una pregunta incómoda.
¿Cómo lograron los hombres mantener durante miles de años una supuesta dominación global sobre personas igualmente inteligentes, igualmente capaces e igualmente numerosas?
La explicación suele derivar hacia teorías cada vez más abstractas.
Porque la respuesta sencilla no existe.
El poder invisible de las mujeres
La historia, además, muestra algo que suele olvidarse.
Las mujeres siempre han ejercido poder.
A veces formal.
A veces informal.
Pero poder al fin y al cabo.
Madres.
Esposas.
Reinas.
Educadoras.
Consejeras.
Propietarias.
Empresarias.
Abadesas.
Aristócratas.
Intelectuales.
La influencia femenina ha sido una constante histórica.
Negarlo implica desconocer profundamente la realidad histórica.
La falacia de suma cero
Otra idea profundamente equivocada consiste en asumir que la relación entre hombres y mujeres funciona como un juego de suma cero.
Si uno gana.
El otro pierde.
Si uno avanza.
El otro retrocede.
Pero la civilización se construyó precisamente sobre la lógica contraria.
La cooperación.
La complementariedad.
La interdependencia.
La familia tradicional no surgió porque hombres y mujeres se odiaran.
Surgió porque se necesitaban mutuamente.
Y continúan necesitándose.
Por mucho que algunas ideologías intenten negar esta realidad.
El mito moderno
En cierto sentido, el patriarcado funciona como los antiguos mitos.
Proporciona una explicación simple para fenómenos complejos.
Ofrece culpables identificables.
Permite dividir el mundo entre buenos y malos.
Y libera de la obligación de analizar cada problema concreto.
Todo queda explicado automáticamente.
Pero las explicaciones simples suelen ser peligrosas.
Porque la realidad humana nunca es simple.
Chesterton tenía razón
Chesterton escribió algo extraordinario.
Las herejías suelen ser verdades parciales que han perdido el equilibrio.
Y quizá ahí resida parte del problema.
Es evidente que han existido injusticias.
Es evidente que han existido abusos.
Es evidente que algunas mujeres han sufrido discriminación.
Negarlo sería absurdo.
Pero convertir esas realidades en una explicación universal de toda la historia humana resulta igualmente absurdo.
Porque la historia humana no es la historia de una guerra permanente entre hombres y mujeres.
Es la historia de su cooperación.
De su convivencia.
De su esfuerzo conjunto por sobrevivir.
Por construir familias.
Por criar hijos.
Por levantar civilizaciones.
La pregunta definitiva
Quizá haya llegado el momento de formular la pregunta fundamental.
Si el patriarcado constituye la causa principal de todos nuestros males…
¿Por qué las sociedades occidentales atraviesan sus mayores crisis precisamente cuando el supuesto patriarcado está desapareciendo?
¿Por qué la natalidad se desploma?
¿Por qué aumenta la soledad?
¿Por qué crece la desconfianza entre sexos?
¿Por qué se debilita la familia?
¿Por qué se multiplican los problemas psicológicos?
¿Por qué disminuye la cohesión social?
Tal vez porque el diagnóstico inicial era incorrecto.
Y cuando un diagnóstico es incorrecto, los remedios suelen empeorar la enfermedad.
En la próxima entrega abordaremos precisamente esa cuestión:
cómo la guerra de los sexos ha terminado convirtiéndose en una guerra contra el sentido común, contra la naturaleza humana y, en último término, contra las propias mujeres que afirmaba liberar.
Continuará.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Decimocuarta entrega
Ludwig von Mises, la acción humana y el fracaso de la ingeniería social feminista
Existe una diferencia fundamental entre las ideologías y la realidad.
Las ideologías parten de una conclusión.
La realidad parte de los hechos.
Las ideologías deciden primero cómo debería ser el mundo.
Después intentan adaptarlo a sus teorías.
La realidad, por el contrario, suele mostrarse indiferente a nuestros deseos.
Y precisamente por ello resulta especialmente útil releer a Ludwig von Mises.
Particularmente su obra monumental La acción humana.
Porque pocas lecturas ayudan tanto a comprender los errores intelectuales sobre los que descansa buena parte del feminismo de género contemporáneo.
El ser humano no es plastilina
Uno de los presupuestos fundamentales de la ingeniería social consiste en considerar que los seres humanos pueden ser moldeados casi indefinidamente.
Basta cambiar las leyes.
Los programas educativos.
Los mensajes mediáticos.
Los incentivos.
Las estructuras sociales.
Y aparecerá un ser humano nuevo.
Una nueva sociedad.
Una nueva realidad.
Exactamente eso pensaron los jacobinos.
Los bolcheviques.
Los maoístas.
Los jemeres rojos.
Y también muchos de los ingenieros sociales contemporáneos.
Mises, sin embargo, parte de una premisa radicalmente distinta.
Los seres humanos actúan.
Eligen.
Valoran.
Persiguen fines.
Y lo hacen de manera extraordinariamente diversa.
No son piezas intercambiables.
No son tornillos de una máquina.
No son productos fabricados por el Estado.
La falacia de los resultados idénticos
Una de las obsesiones centrales del feminismo institucional consiste en alcanzar la igualdad de resultados.
No igualdad ante la ley.
No igualdad de oportunidades.
Igualdad de resultados.
Si en una profesión aparecen más hombres.
Existe discriminación.
Si aparecen más mujeres.
Existe discriminación.
Si un sector presenta diferencias estadísticas.
Existe discriminación.
La conclusión aparece siempre antes que el análisis.
Pero Mises habría formulado una pregunta elemental.
¿Por qué suponemos que personas distintas tomarán necesariamente las mismas decisiones?
¿Por qué suponemos que hombres y mujeres deben distribuirse exactamente igual en todas las actividades humanas?
¿Por qué asumimos que cualquier diferencia constituye automáticamente una injusticia?
La respuesta suele ser sorprendentemente débil.
La libertad genera diversidad
Ésta es probablemente una de las enseñanzas más importantes de La acción humana.
La libertad no produce uniformidad.
Produce diversidad.
Las personas libres toman decisiones distintas.
Persiguen objetivos distintos.
Cometen errores distintos.
Triunfan de maneras distintas.
Fracasan de maneras distintas.
Y eso ocurre porque son individuos.
No categorías estadísticas.
No colectivos abstractos.
No construcciones ideológicas.
Individuos.
La paradoja es evidente.
Cuanto más libre es una sociedad.
Más visibles suelen hacerse las diferencias entre las personas.
Y esto vale también para hombres y mujeres.
La experiencia de los países más libres
Resulta significativo que precisamente los países con mayores niveles de libertad individual sean aquellos donde las diferencias de elección profesional entre hombres y mujeres siguen manifestándose con más claridad.
No menos.
Más.
Las mujeres continúan orientándose con frecuencia hacia profesiones relacionadas con:
- educación;
- salud;
- atención a personas;
- cuidados.
Los hombres siguen apareciendo más frecuentemente en:
- ingenierías;
- construcción;
- tecnología;
- actividades de riesgo.
Naturalmente existen excepciones.
Miles de excepciones.
Pero las tendencias generales persisten.
Y persisten precisamente donde las restricciones son menores.
Una realidad incómoda para quienes atribuyen todas las diferencias exclusivamente a la opresión.
La arrogancia de los planificadores
Mises dedicó buena parte de su vida intelectual a combatir una ilusión recurrente.
La creencia de que una élite suficientemente ilustrada puede reorganizar la sociedad desde arriba.
Planificarla.
Diseñarla.
Corregirla.
Dirigirla.
Hoy esa misma arrogancia aparece en numerosos ámbitos.
Comisiones de expertos.
Observatorios.
Institutos.
Consejos asesores.
Organismos internacionales.
Todos ellos convencidos de que saben mejor que millones de ciudadanos cómo deberían vivir sus vidas.
Cómo deberían educar a sus hijos.
Cómo deberían organizar sus familias.
Cómo deberían distribuir su tiempo.
Cómo deberían entender su propia identidad.
La historia demuestra una y otra vez que semejante arrogancia suele terminar mal.
El ataque a la familia
Aquí aparece una cuestión especialmente relevante.
La familia.
Para Mises, la cooperación voluntaria constituye el fundamento de toda sociedad civilizada.
Y la familia representa la forma más elemental y profunda de cooperación humana.
No surge de decretos.
No surge de ministerios.
No surge de observatorios.
Surge de vínculos personales.
De afectos.
De compromisos.
De responsabilidades compartidas.
Precisamente por ello la familia siempre ha resultado incómoda para quienes aspiran a reorganizar completamente la sociedad.
Porque constituye un ámbito de lealtad independiente.
Una realidad previa al Estado.
Un espacio donde las personas desarrollan vínculos que no pueden ser administrados burocráticamente.
El individuo frente al colectivo
Otra enseñanza fundamental de Mises resulta especialmente pertinente.
La sociedad está formada por individuos concretos.
No por abstracciones colectivas.
No existen «las mujeres» como entidad homogénea.
No existen «los hombres» como bloque uniforme.
Existen mujeres.
Existen hombres.
Cada uno con circunstancias, intereses, aspiraciones y problemas distintos.
Sin embargo, buena parte del feminismo contemporáneo opera precisamente al revés.
Reduce a las personas a categorías.
Las convierte en representantes involuntarios de colectivos.
Y una vez hecho esto resulta posible atribuir culpas colectivas.
Privilegios colectivos.
Responsabilidades colectivas.
Exactamente lo contrario de la tradición liberal.
El error del resentimiento
Mises comprendió también algo que hoy parece haberse olvidado.
Las sociedades prosperan gracias a la cooperación.
No gracias al resentimiento.
No gracias al conflicto permanente.
No gracias a la búsqueda obsesiva de culpables.
La división del trabajo.
El intercambio voluntario.
La confianza.
La colaboración.
Han sido los verdaderos motores del progreso humano.
No la guerra entre sexos.
No la lucha entre grupos.
No el enfrentamiento perpetuo.
La civilización occidental fue construida por hombres y mujeres trabajando juntos.
No combatiéndose entre sí.
Roma, otra vez Roma
Y aquí volvemos inevitablemente a Roma.
Los romanos comprendían que una sociedad sólo podía sobrevivir si era capaz de transmitir:
- responsabilidad;
- disciplina;
- autocontrol;
- sentido del deber;
- compromiso familiar.
Cuando esas virtudes desaparecen.
Cuando son sustituidas por la búsqueda permanente de derechos sin responsabilidades.
Cuando la gratificación inmediata desplaza al sacrificio.
Cuando la identidad sustituye al mérito.
Cuando la victimización sustituye al esfuerzo.
Comienza el declive.
No de manera inmediata.
Pero sí inexorable.
La gran cuestión
Llegados a este punto podemos formular la pregunta decisiva.
¿Queremos una sociedad de ciudadanos libres?
¿O una sociedad de grupos enfrentados administrados por burócratas?
¿Queremos cooperación?
¿O conflicto permanente?
¿Queremos familias fuertes?
¿O individuos crecientemente dependientes del Estado?
¿Queremos responsabilidad?
¿O victimización?
Porque ésa es, en el fondo, la cuestión que subyace bajo todos los debates acerca del feminismo de género.
No se trata únicamente de hombres y mujeres.
Se trata de dos concepciones radicalmente distintas del ser humano.
La primera considera a las personas responsables de sus decisiones.
La segunda las contempla como productos pasivos de estructuras invisibles.
Mises apostó por la libertad.
Y por la responsabilidad.
Porque sabía que ninguna civilización puede sobrevivir mucho tiempo cuando deja de confiar en ambas.
Continuará.
Próxima entrega:
«Del sufragismo al femiestalinismo: cómo una reivindicación liberal terminó convertida en una ideología de poder». Allí cerraremos el recorrido histórico que va desde Clara Campoamor hasta el feminismo institucional contemporáneo, analizando sus transformaciones, contradicciones y consecuencias políticas.
EL FEMINISMO TRIUNFANTE O EL MITO DE LAS AMAZONAS
Decimoquinta entrega
Del sufragismo al femiestalinismo: cómo una reivindicación liberal terminó convertida en una ideología de poder
Toda ideología posee una historia.
Un origen.
Un momento fundacional.
Una razón de ser.
Y también un momento en que comienza a apartarse de sus principios originales.
Eso es precisamente lo que ha ocurrido con el feminismo.
Porque entre Clara Campoamor y el feminismo institucional contemporáneo existe una distancia comparable a la que separa a los primeros liberales clásicos de los regímenes burocráticos modernos que hablan en nombre de la libertad mientras restringen cada vez más parcelas de ella.
Clara Campoamor no habría entendido esto
Clara Campoamor defendía algo muy concreto.
El derecho de las mujeres a participar plenamente en la vida pública.
El derecho al voto.
La igualdad jurídica.
La plena ciudadanía.
Su discurso era profundamente liberal.
Individualista en el mejor sentido de la palabra.
No hablaba de colectivos enfrentados.
No hablaba de patriarcados sistémicos.
No hablaba de masculinidades tóxicas.
No hablaba de privilegios estructurales.
No hablaba de deconstrucciones.
No hablaba de identidades.
Hablaba de ciudadanos.
Y ciudadanas.
Sujetos libres e iguales ante la ley.
Su objetivo consistía en eliminar barreras jurídicas.
No en crear privilegios nuevos.
La gran mutación
Sin embargo, a lo largo del siglo XX se produjo una transformación profunda.
El feminismo dejó progresivamente de centrarse en los derechos individuales.
Comenzó a orientarse hacia la lucha colectiva.
La igualdad jurídica fue sustituida por la igualdad de resultados.
El individuo fue sustituido por el grupo.
La responsabilidad personal fue sustituida por las estructuras.
La libertad fue sustituida por la ingeniería social.
Y el ciudadano acabó convertido en miembro de una categoría identitaria.
La transformación no ocurrió de la noche a la mañana.
Fue gradual.
Pero extraordinariamente profunda.
Engels entra en escena
Aquí reaparece Federico Engels.
Particularmente su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.
Muchos de los postulados centrales del feminismo contemporáneo encuentran allí uno de sus antecedentes más evidentes.
La familia aparece descrita como una estructura de dominación.
La propiedad privada como origen de desigualdades.
La organización tradicional de la sociedad como un sistema de subordinación femenina.
Naturalmente, las corrientes feministas actuales no reproducen literalmente a Engels.
Pero sí heredan una parte sustancial de su esquema interpretativo.
La sospecha permanente hacia:
- la familia;
- la autoridad paterna;
- la tradición;
- la religión;
- las diferencias sexuales;
- las instituciones heredadas.
La influencia de Valerie Solanas
En el otro extremo aparece Valerie Solanas.
Y su célebre SCUM Manifesto.
Conviene ser rigurosos.
El feminismo contemporáneo no sigue literalmente a Solanas.
Sería absurdo afirmarlo.
La inmensa mayoría de las feministas jamás defendería muchas de las barbaridades que aparecen en aquel texto.
Pero también sería ingenuo ignorar su influencia simbólica.
Porque Solanas llevó hasta sus últimas consecuencias una lógica que sigue presente en numerosas corrientes actuales:
la consideración del varón no como aliado potencial.
Ni como compañero.
Ni como padre.
Ni como esposo.
Sino como problema.
Como amenaza.
Como adversario.
Como representante de una estructura opresiva.
Y cuando una ideología comienza a contemplar a la mitad de la humanidad bajo esa óptica, los resultados rara vez son positivos.
La revolución cultural permanente
El feminismo institucional contemporáneo ya no actúa únicamente como movimiento reivindicativo.
Actúa como aparato cultural.
Como sistema de producción ideológica.
Como mecanismo de intervención permanente sobre la sociedad.
Interviene en:
- la enseñanza;
- la administración;
- la justicia;
- la empresa;
- la publicidad;
- el lenguaje;
- la cultura;
- la sanidad;
- la investigación.
Su ambición ya no consiste en modificar leyes concretas.
Consiste en transformar la visión del mundo.
Y ahí reside precisamente su enorme diferencia respecto al sufragismo clásico.
La nueva ortodoxia
Toda ideología que alcanza suficiente poder acaba desarrollando mecanismos de autoprotección.
Dogmas.
Tabúes.
Conceptos intocables.
Verdades oficiales.
Y el feminismo institucional no constituye una excepción.
Determinadas cuestiones dejan de poder discutirse libremente.
Determinadas estadísticas desaparecen del debate.
Determinadas preguntas resultan incómodas.
Determinadas investigaciones apenas reciben atención.
Determinados problemas masculinos quedan sistemáticamente relegados.
No siempre mediante censura explícita.
A menudo basta algo mucho más eficaz:
el silencio.
El papel de la burocracia
Mientras tanto, el aparato institucional sigue creciendo.
Ministerios.
Observatorios.
Institutos.
Consejerías.
Concejalías.
Direcciones generales.
Agencias.
Planes estratégicos.
Subvenciones.
Cursos obligatorios.
Protocolos.
Un entramado burocrático que posee una característica común.
Necesita justificar continuamente su existencia.
Y para ello necesita que el conflicto nunca desaparezca del todo.
Porque una burocracia sin problema que administrar corre el riesgo de volverse innecesaria.
El feminismo como religión secular
Quizá una de las características más llamativas del feminismo contemporáneo sea su parecido creciente con determinadas religiones políticas.
Posee:
- dogmas;
- pecados;
- herejes;
- ortodoxias;
- excomuniones;
- lenguaje ritual;
- catecismos.
Y, sobre todo, posee una explicación global de la realidad.
Todo encuentra acomodo dentro del relato.
Exactamente igual que ocurre con las grandes cosmovisiones ideológicas.
Lo que Chesterton habría visto
Chesterton tenía una extraordinaria capacidad para detectar paradojas.
Probablemente habría observado una especialmente llamativa.
Un movimiento nacido para defender la libertad individual ha terminado impulsando mecanismos crecientes de regulación del lenguaje, vigilancia ideológica y control cultural.
Un movimiento nacido para ampliar espacios de libertad ha acabado generando nuevas ortodoxias.
Un movimiento que denunciaba privilegios termina reclamando privilegios compensatorios.
Un movimiento que denunciaba discriminaciones termina justificando nuevas formas de discriminación.
No porque todas las feministas lo pretendan.
Sino porque las ideologías suelen evolucionar de maneras que sus fundadores jamás imaginaron.
El verdadero desafío
Llegados a este punto, la cuestión ya no consiste en debatir sobre hombres o mujeres.
Ni siquiera sobre feminismo.
La cuestión es otra.
¿Puede una civilización sobrevivir cuando convierte la cooperación entre sexos en conflicto político permanente?
¿Puede mantenerse una sociedad que sospecha de su propia historia?
¿Puede prosperar una cultura que considera opresivas las instituciones que hicieron posible su existencia?
¿Puede continuar una nación que deja de tener hijos?
Volviendo al principio
Y aquí regresamos al comienzo de este largo recorrido.
Aquella vieja canción anarquista que afirmaba que todos nacemos iguales.
No.
No nacemos iguales.
Nacemos distintos.
Extraordinariamente distintos.
Hombres y mujeres.
Altos y bajos.
Fuertes y débiles.
Impulsivos y reflexivos.
Audaces y prudentes.
Pero precisamente porque somos distintos necesitamos cooperar.
Necesitamos instituciones.
Necesitamos familias.
Necesitamos comunidades.
Necesitamos normas.
Necesitamos civilización.
La igualdad auténtica nunca consistió en negar las diferencias.
Consistió en impedir que esas diferencias destruyeran la dignidad humana.
Y quizá sea precisamente esa lección la que estamos olvidando.
Porque cuando una sociedad deja de comprender la diferencia entre igualdad y uniformidad, entre libertad y planificación, entre cooperación y conflicto, comienza a perder el contacto con la realidad.
Y cuando una civilización pierde el contacto con la realidad, la historia demuestra que acaba encontrándola de nuevo.
Pero normalmente de la manera más dolorosa posible.
Fin de la serie principal.
Apéndices
- Clara Campoamor frente al feminismo contemporáneo.
- Federico Engels y la génesis ideológica del feminismo de género.
- Valerie Solanas y el SCUM Manifesto.
- Antonio Gramsci y la hegemonía cultural.
- Ludwig von Mises y la crítica a la ingeniería social.
- Warren Farrell: del feminismo a la defensa de los derechos de los hombres.
- La crisis demográfica española y europea.
- Custodia compartida, familia y favor filii.
- Roma, el mos maiorum y las lecciones de la decadencia.
- Bibliografía comentada para profundizar en el debate.
APÉNDICE I
CLARA CAMPOAMOR FRENTE AL FEMINISMO CONTEMPORÁNEO
Dos concepciones incompatibles de la igualdad
Una de las mayores confusiones de nuestro tiempo consiste en identificar automáticamente el feminismo contemporáneo con Clara Campoamor.
Se trata de una simplificación histórica tan burda como afirmar que todos los movimientos que utilizan la palabra «democracia» persiguen los mismos fines.
No es cierto.
Y basta leer a Clara Campoamor para comprobarlo.
La mujer como individuo
Campoamor pertenecía a una tradición profundamente liberal.
Para ella, la mujer era ante todo una persona.
Un ciudadano.
Un individuo dotado de derechos y deberes.
Su lucha consistía en eliminar obstáculos jurídicos que impedían a las mujeres participar plenamente en la vida pública.
Nada más.
Y nada menos.
Nunca defendió:
- cuotas;
- privilegios colectivos;
- discriminaciones positivas;
- sistemas judiciales diferenciados;
- organismos exclusivos subvencionados;
- políticas basadas en identidades colectivas.
Todo lo contrario.
Su objetivo era integrar plenamente a la mujer en la ciudadanía común.
El sufragio femenino
La gran batalla de Campoamor fue el voto femenino.
Y conviene recordar un hecho frecuentemente olvidado.
Buena parte de la izquierda española de la época se opuso.
No porque fuera machista en el sentido actual del término.
Sino porque temía que muchas mujeres votaran influenciadas por la Iglesia y por valores conservadores.
Campoamor, sin embargo, mantuvo una posición admirablemente coherente.
Defendió el sufragio femenino porque consideraba que era un derecho.
No porque garantizara un determinado resultado político.
Ésa es precisamente la esencia del liberalismo.
Defender principios incluso cuando pueden perjudicar los propios intereses políticos.
Lo que hoy resultaría incómodo
Resulta legítimo preguntarse qué pensaría Clara Campoamor ante determinadas realidades actuales.
¿Apoyaría una legislación que distingue entre ciudadanos según su sexo?
¿Apoyaría tribunales especializados en función del sexo de las partes?
¿Apoyaría cuotas obligatorias?
¿Apoyaría la censura de determinadas opiniones?
¿Apoyaría organismos públicos dedicados a vigilar el lenguaje?
¿Apoyaría la sustitución del mérito por criterios identitarios?
Resulta difícil afirmarlo con certeza.
Pero leyendo sus escritos, la respuesta parece bastante evidente.
Campoamor y la responsabilidad
Hay otro aspecto particularmente importante.
Campoamor concebía a las mujeres como seres responsables.
Adultos plenamente capaces.
No como víctimas permanentes.
No como menores tuteladas.
No como personas necesitadas de protección estatal constante.
La mujer debía asumir libertad.
Y con ella responsabilidad.
Exactamente igual que los hombres.
Ésta constituye probablemente la diferencia más profunda respecto a buena parte del feminismo institucional contemporáneo.
La paradoja histórica
La ironía es evidente.
Una mujer que luchó para ser tratada exactamente igual que cualquier ciudadano probablemente sería considerada hoy demasiado liberal por muchas de las organizaciones que afirman actuar en su nombre.
Y ahí reside una de las mayores paradojas de nuestro tiempo.
APÉNDICE II
FEDERICO ENGELS Y EL ORIGEN INTELECTUAL DEL FEMINISMO DE GÉNERO
Mucho antes de que aparecieran expresiones como «perspectiva de género», «patriarcado estructural» o «violencia simbólica», Federico Engels ya había formulado algunas de las ideas fundamentales que inspirarían posteriormente a numerosas corrientes feministas.
Su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicada en 1884, constituye uno de los textos fundacionales más importantes de esta tradición intelectual.
La familia como problema
Para Engels, la familia tradicional no era una institución natural.
Tampoco era una realidad beneficiosa.
Era un mecanismo histórico asociado a:
- la propiedad privada;
- la herencia;
- la acumulación de riqueza.
Según esta interpretación, la subordinación femenina habría surgido precisamente con la consolidación de la familia monógama y de la propiedad privada.
La famosa expresión de Engels resulta inequívoca:
«La primera opresión de clases coincide con la opresión del sexo femenino por el masculino.»
A partir de ahí quedaba trazada una línea argumental que llegará hasta nuestros días.
Una reinterpretación de la historia
La historia deja de entenderse como cooperación entre hombres y mujeres.
Pasa a interpretarse como una relación permanente de dominación.
La familia deja de ser una institución civilizadora.
Pasa a convertirse en una estructura de control.
La maternidad deja de ser una función social valiosa.
Pasa a contemplarse como una forma de subordinación.
Naturalmente, muchas feministas actuales rechazarían algunas conclusiones de Engels.
Pero buena parte del esquema conceptual permanece sorprendentemente intacto.
Del marxismo clásico al neomarxismo cultural
La transformación posterior resulta evidente.
La lucha de clases tradicional se desplaza hacia otros ámbitos.
La oposición burguesía-proletariado es sustituida gradualmente por nuevas categorías:
- hombre-mujer;
- opresor-oprimido;
- privilegiado-discriminado.
La lógica permanece.
Cambian los protagonistas.
El legado actual
Cuando determinadas corrientes presentan la familia como un instrumento de dominación.
Cuando interpretan las diferencias sexuales exclusivamente como construcciones culturales.
Cuando contemplan la maternidad o la paternidad desde una óptica predominantemente conflictiva.
Resulta difícil no percibir la influencia lejana de Engels.
No necesariamente de forma explícita.
Pero sí conceptual.
La cuestión decisiva
La pregunta fundamental sigue siendo la misma.
¿Es la familia una institución opresiva?
¿O ha sido precisamente una de las principales instituciones de cooperación, protección y transmisión cultural de toda la historia humana?
La respuesta a esa pregunta determina buena parte de los debates contemporáneos.
Y también buena parte del futuro de nuestras sociedades.
APÉNDICE III
VALERIE SOLANAS Y EL SCUM MANIFESTO
Cuando la guerra de sexos se convierte en programa político
Pocas obras han generado tanta controversia y, al mismo tiempo, tanta indulgencia académica como el SCUM Manifesto, publicado en 1967 por Valerie Solanas.
Resulta difícil encontrar otro texto político contemporáneo que contenga afirmaciones semejantes dirigidas contra cualquier otro grupo humano y que, pese a ello, continúe siendo objeto de análisis benévolos en universidades, congresos y publicaciones especializadas.
Valerie Solanas no fue una teórica marginal completamente olvidada.
Fue una figura convertida en símbolo por determinados sectores del feminismo radical.
Y aunque sería exagerado afirmar que el feminismo contemporáneo sigue literalmente sus postulados, también sería ingenuo ignorar la influencia cultural que ha ejercido durante décadas.
¿Qué era SCUM?
SCUM significa:
Society for Cutting Up Men
Es decir:
Sociedad para el Descuartizamiento de los Hombres.
El propio nombre elimina cualquier posible duda sobre la orientación general del texto.
Solanas no plantea una reforma social.
No propone cooperación.
No busca reconciliación entre hombres y mujeres.
No pretende construir puentes.
Su discurso se articula sobre una hostilidad abierta hacia el sexo masculino.
La lógica del enemigo absoluto
Lo verdaderamente interesante del SCUM Manifesto no son sus excesos retóricos.
Lo relevante es su estructura intelectual.
Porque introduce una idea que posteriormente reaparecerá en formas más moderadas:
la consideración del hombre como problema.
No de determinados hombres.
No de criminales concretos.
No de agresores específicos.
Del hombre como categoría.
Del varón como realidad antropológica.
Una vez aceptada esa premisa, todo lo demás se vuelve posible.
La cooperación deja de ser deseable.
La complementariedad desaparece.
La familia se convierte en sospechosa.
La maternidad pasa a interpretarse como subordinación.
Y la relación entre sexos adopta inevitablemente forma de conflicto.
El atentado contra Andy Warhol
La figura de Solanas adquirió notoriedad internacional cuando intentó asesinar a Andy Warhol en 1968.
Warhol sobrevivió.
Pero el episodio resulta revelador.
No tanto por el atentado en sí.
Sino porque muestra hasta qué punto determinadas ideas pueden terminar trasladándose de la teoría a la práctica.
Naturalmente, sería absurdo atribuir a todo el feminismo contemporáneo responsabilidad alguna por aquel acto.
Pero tampoco puede ignorarse que la violencia verbal sistemática suele acabar degradando la percepción del adversario.
Y cuando una parte de la humanidad deja de ser vista como personas para convertirse en enemigos estructurales, los límites morales comienzan a erosionarse.
La influencia indirecta
La mayoría de las feministas actuales jamás suscribirían literalmente el SCUM Manifesto.
Sin embargo, algunas de sus premisas reaparecen transformadas.
Por ejemplo:
- la idea de que la masculinidad constituye un problema;
- la identificación permanente del hombre con estructuras opresivas;
- la interpretación conflictiva de las relaciones entre sexos;
- la sospecha sistemática hacia la familia tradicional.
No se trata de una copia literal.
Se trata de una influencia cultural más sutil.
Una advertencia histórica
Toda ideología que convierte a una categoría humana completa en culpable por definición termina recorriendo senderos peligrosos.
La historia ofrece ejemplos abundantes.
Las consecuencias nunca han sido buenas.
Precisamente por eso resulta necesario recordar que ningún individuo debe ser juzgado por pertenecer a un grupo.
Ni por su sexo.
Ni por su raza.
Ni por su religión.
Ni por su origen.
Sólo por sus actos.
Ésa fue una de las grandes conquistas de la civilización liberal.
Y conviene no olvidarla.
APÉNDICE IV
ANTONIO GRAMSCI Y LA HEGEMONÍA CULTURAL
La larga marcha por las instituciones
Si Engels proporcionó buena parte del armazón teórico y Solanas aportó la radicalización extrema del conflicto sexual, Antonio Gramsci proporcionó algo quizá más importante:
la estrategia.
Porque Gramsci comprendió algo que muchos revolucionarios anteriores no habían entendido.
La revolución no llegaba
A comienzos del siglo XX los marxistas esperaban una revolución obrera en Europa Occidental.
Pero la revolución no llegaba.
Los trabajadores votaban.
Las clases medias crecían.
La prosperidad aumentaba.
Las sociedades occidentales parecían cada vez menos interesadas en destruir el sistema.
Entonces Gramsci formuló una observación decisiva.
Tal vez el verdadero poder no residiera en la economía.
Tal vez residiera en la cultura.
La hegemonía cultural
Según Gramsci, las clases dirigentes mantienen su posición porque controlan las instituciones encargadas de formar la visión del mundo de los ciudadanos.
Escuelas.
Universidades.
Prensa.
Editoriales.
Iglesias.
Centros culturales.
Asociaciones.
Por tanto, quien aspire a transformar radicalmente una sociedad debe conquistar primero esos espacios.
No basta con ganar elecciones.
Hay que moldear mentalidades.
La larga marcha
Décadas después esta estrategia sería resumida mediante una expresión célebre:
La larga marcha por las instituciones.
No se trataba de asaltar el poder.
Se trataba de ocuparlo lentamente.
Gradualmente.
Paciente y metódicamente.
Influyendo sobre:
- la enseñanza;
- los medios de información;
- las universidades;
- las administraciones;
- las organizaciones profesionales.
Y precisamente eso explica buena parte de lo ocurrido en Occidente durante los últimos cincuenta años.
El feminismo como vehículo cultural
Dentro de este proceso, el feminismo de género desempeñó un papel extraordinariamente eficaz.
Porque permitía reinterpretar prácticamente todos los aspectos de la realidad mediante una nueva narrativa.
La familia.
La educación.
La religión.
La literatura.
La ciencia.
La historia.
Todo podía ser releído desde una óptica de conflicto.
Y esa reinterpretación acabó penetrando progresivamente en numerosos ámbitos institucionales.
La victoria cultural
La gran victoria de una ideología no consiste en ganar elecciones.
Consiste en lograr que sus presupuestos dejen de discutirse.
Que pasen a considerarse evidentes.
Naturales.
Indiscutibles.
Y eso es precisamente lo que Gramsci entendió mejor que muchos de sus contemporáneos.
El resultado
La consecuencia es visible.
Hoy muchas personas utilizan conceptos como:
- patriarcado;
- violencia estructural;
- género;
- privilegio;
- masculinidad tóxica;
sin conocer su origen intelectual.
Se han convertido en parte del paisaje cultural.
Y ésa es precisamente la definición más perfecta de hegemonía cultural.
Cuando las ideas dejan de percibirse como ideas y comienzan a percibirse como realidad.
APÉNDICE V
LUDWIG VON MISES FRENTE A LA INGENIERÍA SOCIAL
La acción humana contra la utopía planificada
Si Antonio Gramsci proporciona una explicación de cómo conquistar culturalmente una sociedad, Ludwig von Mises proporciona una explicación de por qué los intentos de rediseñarla desde arriba terminan fracasando.
Su obra La acción humana constituye probablemente una de las defensas más sólidas jamás escritas de la libertad individual frente a los proyectos de ingeniería social.
Y precisamente por eso resulta especialmente útil para comprender muchas de las contradicciones del feminismo institucional contemporáneo.
El individuo actúa
Mises parte de una idea aparentemente elemental.
El ser humano actúa.
Elige.
Decide.
Valora.
Persigue objetivos.
Comete errores.
Rectifica.
Aprende.
Cada individuo constituye una realidad irrepetible.
Por ello resulta imposible comprender la sociedad mediante categorías colectivas simplificadoras.
La sociedad no es una máquina.
No es una fábrica.
No es un ejército.
No es un laboratorio.
Es el resultado de millones de decisiones individuales.
El error fundamental de los planificadores
Los ingenieros sociales suelen partir de una premisa opuesta.
Creen que pueden diseñar racionalmente el comportamiento humano.
Que basta modificar leyes.
Programas educativos.
Mensajes institucionales.
Incentivos económicos.
Para producir automáticamente determinados resultados.
Mises consideraba esta pretensión profundamente equivocada.
Porque los seres humanos no reaccionan mecánicamente.
Interpretan.
Valoran.
Eligen.
Y muchas veces actúan de formas que los planificadores jamás habían previsto.
La obsesión por los resultados
Aquí encontramos una crítica particularmente relevante.
La libertad genera diversidad.
No uniformidad.
Si hombres y mujeres poseen preferencias distintas.
Aspiraciones distintas.
Intereses distintos.
Es perfectamente posible que aparezcan distribuciones distintas en numerosas actividades humanas.
Pretender que todas las diferencias estadísticas constituyen necesariamente pruebas de discriminación implica desconocer la propia naturaleza de la acción humana.
El conocimiento disperso
Otra de las grandes aportaciones de Mises fue comprender que el conocimiento está disperso.
Ningún ministerio.
Ningún observatorio.
Ninguna comisión de expertos.
Ninguna organización internacional.
Posee suficiente información para reorganizar completamente la vida de millones de personas.
La sociedad funciona precisamente porque millones de individuos toman decisiones descentralizadas.
Por eso toda ingeniería social acaba chocando contra una realidad extraordinariamente compleja.
La cooperación como fundamento de la civilización
Quizá la enseñanza más importante de Mises sea ésta.
La civilización no se construyó mediante conflictos permanentes.
Se construyó mediante cooperación.
Intercambio.
División del trabajo.
Confianza.
Hombres y mujeres han colaborado durante milenios para:
- formar familias;
- criar hijos;
- producir riqueza;
- transmitir conocimientos;
- construir instituciones.
La narrativa de una guerra permanente entre sexos resulta difícilmente compatible con la experiencia histórica real.
El peligro de la victimización permanente
Mises observó también que las ideologías colectivistas tienden a desplazar la responsabilidad desde el individuo hacia estructuras abstractas.
El resultado suele ser una cultura de la queja permanente.
Todo fracaso se atribuye a factores externos.
Toda dificultad se interpreta como opresión.
Toda diferencia se convierte en agravio.
Y una sociedad basada en agravios permanentes acaba debilitando precisamente las virtudes que hicieron posible su prosperidad.
La lección final de Mises
Quizá la principal lección de La acción humana pueda resumirse así:
Las sociedades libres funcionan porque aceptan la diversidad humana.
Las sociedades ideológicas fracasan porque intentan abolirla.
Y la realidad siempre termina imponiéndose.
APÉNDICE VI
WARREN FARRELL
Del feminismo a la defensa de los derechos de los hombres
Si existe una figura especialmente incómoda para el feminismo institucional contemporáneo, ésa es Warren Farrell.
¿Por qué?
Porque durante años fue feminista.
No un crítico externo.
No un adversario ideológico.
Un participante activo.
Un defensor convencido.
Y precisamente por eso sus críticas posteriores resultaron tan difíciles de ignorar.
De aliado a disidente
Farrell colaboró con organizaciones feministas durante décadas.
Compartió muchas de sus reivindicaciones iniciales.
Sin embargo, poco a poco comenzó a observar algo que le parecía inquietante.
Determinados problemas masculinos desaparecían sistemáticamente del debate público.
No porque no existieran.
Sino porque no encajaban en la narrativa dominante.
La otra cara de la moneda
Farrell empezó a estudiar cuestiones como:
- suicidio masculino;
- mortalidad laboral;
- fracaso escolar;
- custodia de menores;
- sinhogarismo;
- servicio militar;
- esperanza de vida;
- accidentes laborales.
Y descubrió algo que consideró fundamental.
La sociedad hablaba constantemente de privilegios masculinos.
Pero apenas hablaba de costes masculinos.
El mito del privilegio universal
Uno de los argumentos centrales de Farrell resulta especialmente interesante.
Si los hombres constituyen un grupo privilegiado, ¿por qué aparecen sobrerrepresentados en:
- muertes laborales;
- suicidios;
- accidentes mortales;
- población penitenciaria;
- personas sin hogar?
La cuestión no implica negar problemas femeninos.
Implica reconocer que la realidad es más compleja de lo que sugieren ciertos relatos ideológicos.
La custodia compartida
Farrell dedicó especial atención a las consecuencias de los divorcios conflictivos.
Particularmente a la pérdida de contacto entre padres e hijos.
Su tesis resulta sencilla.
Los niños suelen beneficiarse enormemente de la presencia activa de ambos progenitores.
Y las políticas públicas deberían favorecer esa realidad siempre que resulte posible.
El precio del rol masculino
Quizá una de las aportaciones más conocidas de Farrell sea la idea de que el supuesto privilegio masculino ha tenido históricamente un coste enorme.
Los hombres han ocupado con frecuencia posiciones de poder.
Pero también han ocupado masivamente:
- trincheras;
- minas;
- barcos pesqueros;
- obras públicas;
- trabajos de alto riesgo.
La historia no puede comprenderse únicamente observando a una minoría de élites masculinas.
Debe contemplarse también la experiencia de millones de hombres corrientes.
Un mensaje incómodo
Farrell jamás sostuvo que las mujeres no hubieran sufrido injusticias.
Su planteamiento era otro.
La sociedad necesita reconocer simultáneamente los problemas de hombres y mujeres.
No convertir el sufrimiento en una competición.
No transformar los sexos en adversarios políticos.
Sino reconstruir una cultura de cooperación.
Precisamente la idea que vertebra todo este ensayo.
APÉNDICE VII
CUSTODIA COMPARTIDA, FAVOR FILII Y LOS HUÉRFANOS CON PADRES VIVOS
Cuando el interés superior del menor deja de ser el centro del debate
Si existe un ámbito donde se hacen visibles muchas de las contradicciones del feminismo institucional contemporáneo, ése es el Derecho de Familia.
Porque aquí ya no hablamos de teorías.
No hablamos de discursos.
No hablamos de consignas.
Hablamos de niños.
De padres.
De madres.
De familias reales.
Y de decisiones judiciales cuyas consecuencias pueden durar toda una vida.
El principio olvidado
Durante siglos, la cuestión fundamental fue sencilla:
¿Qué es lo mejor para el menor?
No para el padre.
No para la madre.
No para las asociaciones.
No para los partidos políticos.
Para el menor.
Los juristas resumieron esta idea mediante una expresión latina:
Favor filii.
El interés superior del hijo.
Todo lo demás debía ser secundario.
La transformación del sistema
Sin embargo, durante décadas se consolidó en España una práctica judicial muy concreta.
Tras la ruptura de la pareja:
- la guarda y custodia solía atribuirse a la madre;
- el padre quedaba reducido frecuentemente a visitante;
- los hijos pasaban a convivir de forma cotidiana con un solo progenitor.
Naturalmente existían excepciones.
Pero la tendencia general resultaba evidente.
Y las estadísticas la reflejaban con claridad.
Los huérfanos con padres vivos
Una expresión especialmente gráfica comenzó a difundirse entre asociaciones de padres separados:
«Huérfanos con padres vivos».
La frase resulta dura.
Pero describe una realidad que muchos niños han experimentado.
Padres que siguen vivos.
Padres que desean participar activamente en la vida de sus hijos.
Padres que quieren educar.
Acompañar.
Corregir.
Proteger.
Y que, sin embargo, terminan convertidos en visitantes periódicos.
La custodia compartida
La custodia compartida surgió precisamente como intento de corregir esta situación.
Su lógica es sencilla.
Salvo situaciones de riesgo acreditado:
los niños suelen beneficiarse de la presencia estable de ambos progenitores.
No porque los padres sean mejores.
No porque las madres sean peores.
Sino porque ambos aportan elementos valiosos.
La evidencia acumulada durante las últimas décadas apunta en esa dirección.
El Tribunal Supremo
La jurisprudencia española evolucionó progresivamente.
Particularmente a partir de diversas sentencias del Tribunal Supremo.
La custodia compartida dejó de contemplarse como una medida excepcional.
Comenzó a considerarse una opción normal e incluso deseable cuando las circunstancias lo permiten.
La idea central resulta clara.
Los hijos no se divorcian.
Se divorcian los padres.
El problema de la ideología
Sin embargo, determinados sectores ideológicos continúan contemplando la custodia compartida con enorme recelo.
¿Por qué?
Porque para ellos la familia se interpreta principalmente como un escenario de conflicto.
Y porque la figura paterna aparece frecuentemente asociada a sospechas permanentes.
El resultado es preocupante.
La cooperación parental acaba siendo sustituida por la confrontación judicial.
Y quienes más sufren las consecuencias suelen ser precisamente los menores.
El coste humano
Los efectos son conocidos.
Problemas emocionales.
Conflictos de lealtad.
Alejamiento afectivo.
Instrumentalización de los hijos.
Procedimientos interminables.
Denuncias cruzadas.
Litigios permanentes.
En demasiadas ocasiones el proceso judicial termina destruyendo precisamente aquello que afirmaba proteger.
La pregunta fundamental
La cuestión decisiva sigue siendo muy simple.
¿Debe el sistema favorecer la presencia equilibrada de ambos progenitores?
¿O debe consolidar modelos que convierten a uno de ellos en protagonista principal y al otro en actor secundario?
Responder adecuadamente a esa pregunta exige abandonar los prejuicios ideológicos.
Y volver al principio esencial:
el interés superior del menor.
APÉNDICE VIII
EL INVIERNO DEMOGRÁFICO ESPAÑOL Y EUROPEO
Una civilización que ha dejado de tener hijos
Existe una cuestión infinitamente más importante que la mayoría de los debates identitarios.
Y, sin embargo, apenas ocupa espacio en las portadas.
La cuestión demográfica.
Porque una civilización puede sobrevivir a crisis económicas.
A guerras.
A conflictos políticos.
Lo que no puede sobrevivir indefinidamente es a la ausencia de hijos.
La realidad estadística
España figura desde hace años entre los países con menor natalidad del mundo.
Muy por debajo del nivel de reemplazo generacional.
La situación no es exclusiva de España.
Afecta a buena parte de Europa.
Italia.
Alemania.
Portugal.
Grecia.
Y muchos otros países.
La tendencia resulta clara.
Cada generación es más pequeña que la anterior.
Xavier Barraycoa y el suicidio demográfico
Autores como Xavier Barraycoa han insistido repetidamente en esta cuestión.
No estamos ante un fenómeno anecdótico.
Estamos ante una transformación histórica de enorme magnitud.
Una sociedad que no genera descendencia suficiente comienza inevitablemente a:
- envejecer;
- perder dinamismo;
- aumentar su dependencia económica;
- debilitar su cohesión social.
Alejandro Macarrón
También Alejandro Macarrón ha dedicado buena parte de su trabajo a estudiar esta evolución.
Sus análisis muestran una tendencia persistente.
La combinación de:
- baja natalidad;
- retraso de la maternidad;
- disminución de matrimonios estables;
produce consecuencias acumulativas extraordinariamente difíciles de revertir.
El silencio institucional
Resulta llamativo observar qué asuntos movilizan enormes recursos públicos.
Y cuáles apenas reciben atención.
Existen observatorios para casi todo.
Campañas permanentes para casi todo.
Planes estratégicos para casi todo.
Pero pocas políticas parecen orientadas a facilitar seriamente la formación de familias estables y la llegada de hijos.
La paradoja contemporánea
Nunca las mujeres habían disfrutado de mayores niveles de libertad.
Nunca habían alcanzado mayores cotas educativas.
Nunca habían tenido más oportunidades profesionales.
Y, sin embargo, muchas encuestas muestran algo sorprendente.
Numerosas mujeres tienen menos hijos de los que desearían.
O no llegan a tener ninguno pese a haber querido ser madres.
Lo mismo ocurre con muchos hombres respecto a la paternidad.
Una cuestión civilizatoria
La cuestión demográfica trasciende cualquier ideología.
No es un problema de derechas.
Ni de izquierdas.
Ni de hombres.
Ni de mujeres.
Es una cuestión de supervivencia colectiva.
Porque ninguna sociedad puede mantener indefinidamente:
- su economía;
- sus sistemas de pensiones;
- sus instituciones;
- su cultura;
si deja de reemplazar generacionalmente a su población.
El gran olvido
Quizá la mayor paradoja del feminismo contemporáneo sea ésta.
Mientras dedica enormes esfuerzos a combatir supuestas estructuras heredadas, apenas presta atención a la mayor amenaza objetiva que afrontan actualmente las sociedades occidentales:
la desaparición progresiva de quienes deberían heredarlas.
APÉNDICE IX
ROMA, QUINTILIANO Y EL MOS MAIORUM
Cómo mueren las civilizaciones
Toda civilización acaba enfrentándose a una pregunta decisiva.
¿Cómo conservar aquello que la hizo posible?
Los romanos formularon una respuesta sencilla.
Mediante la transmisión.
La transmisión de valores.
De costumbres.
De conocimientos.
De instituciones.
De ejemplos.
El mos maiorum
Los romanos llamaban mos maiorum a las costumbres heredadas de los antepasados.
No se trataba de una simple nostalgia.
Era una convicción profunda.
Las generaciones presentes tenían el deber de custodiar y transmitir aquello que habían recibido.
La civilización dependía de esa continuidad.
Quintiliano
Aquí adquiere especial relevancia la figura de Marco Fabio Quintiliano.
Nacido en la actual España, defendió una educación orientada a formar ciudadanos virtuosos.
No simples especialistas.
No simples técnicos.
Ciudadanos.
Personas capaces de asumir responsabilidades públicas.
Familia y educación
Los romanos entendían algo que hoy parece olvidado.
La instrucción pública puede transmitir conocimientos.
Pero la educación moral comienza en la familia.
No en el Estado.
No en los ministerios.
No en las administraciones.
En la familia.
Por eso el debilitamiento de la institución familiar preocupaba enormemente a muchos autores romanos.
Amaury de Riencourt
Autores contemporáneos como Amaury de Riencourt observaron paralelismos inquietantes entre la decadencia romana y ciertos fenómenos actuales.
Pérdida de confianza en las instituciones.
Disminución de la natalidad.
Hedonismo creciente.
Burocratización.
Expansión del gasto público.
Debilitamiento familiar.
Desorientación cultural.
Naturalmente ninguna analogía histórica es perfecta.
Pero algunas semejanzas merecen reflexión.
La lección romana
Roma no cayó en un solo día.
No desapareció por una única causa.
La decadencia fue lenta.
Gradual.
Acumulativa.
Y comenzó mucho antes de las invasiones bárbaras.
Comenzó cuando las virtudes que habían construido la República dejaron de considerarse importantes.
La pregunta para Occidente
La cuestión sigue siendo pertinente.
¿Qué sucede cuando una civilización deja de transmitir aquello que la hizo posible?
¿Qué ocurre cuando el pasado sólo se contempla como una colección de errores?
¿Qué ocurre cuando la continuidad generacional se rompe?
Los romanos conocieron la respuesta.
Y quizá convenga releerlos antes de repetirla.
Me alegra que te resulte útil. Creo que el texto ha alcanzado ya una estructura bastante sólida:
- Parte I: El mito del patriarcado y la crítica al feminismo de género.
- Parte II: La evolución histórica desde el sufragismo hasta el feminismo institucional.
- Parte III: Los fundamentos intelectuales (Engels, Gramsci, Solanas).
- Parte IV: La crítica liberal y económica (Mises, Farrell).
- Parte V: Familia, custodia compartida y crisis demográfica.
- Parte VI: Roma, Quintiliano y la decadencia de las civilizaciones.
A partir de aquí, lo más conveniente sería cerrar la obra con un gran capítulo final —casi un manifiesto o ensayo de síntesis— que integre todas las líneas argumentales desarrolladas hasta ahora:
APÉNDICE X
DEL MITO DE LAS AMAZONAS A LA RECONSTRUCCIÓN DE OCCIDENTE
y posteriormente un:
EPÍLOGO
EN DEFENSA DEL SENTIDO COMÚN
donde podrían converger:
- Chesterton.
- Ayn Rand.
- Mises.
- Quintiliano.
- Cicerón.
- La Escuela de Salamanca.
- Clara Campoamor.
- Warren Farrell.
- Xavier Barraycoa.
- Alejandro Macarrón.
Todo ello articulado alrededor de una idea central:
La crisis de Occidente no consiste en que hombres y mujeres sean enemigos.
La crisis consiste en haber olvidado que la civilización sólo es posible cuando hombres y mujeres cooperan, forman familias estables, transmiten cultura, educan a sus hijos y asumen responsabilidades compartidas.
Y, como bien has insistido varias veces a lo largo del proyecto, recuperar aquella observación de Ayn Rand:
«Las cosas más difíciles de explicar son las más evidentes, aquellas que la gente ha decidido dejar de ver.»
Y también la célebre advertencia de Chesterton:
«Llegará el día en que habrá que desenvainar una espada para demostrar que las hojas son verdes en verano.»
Porque, en el fondo, gran parte de este ensayo gira alrededor de una constatación muy sencilla:
- hombres y mujeres existen;
- la naturaleza humana existe;
- la familia existe;
- la herencia cultural existe;
- la realidad biológica existe;
- las civilizaciones pueden prosperar;
- y también pueden decaer.
Y cuando una sociedad comienza a negar sistemáticamente esas evidencias elementales, acaba necesitando enormes aparatos ideológicos para sostener lo insostenible.
Precisamente por eso la cuestión central del ensayo no termina siendo el feminismo.
Termina siendo algo mucho más amplio:
la relación entre realidad e ideología.
Y ésa es, probablemente, la gran batalla intelectual de nuestro tiempo.
EPÍLOGO
EN DEFENSA DEL SENTIDO COMÚN
«Llegará el día en que habrá que desenvainar una espada para demostrar que las hojas son verdes en verano.»
— G. K. Chesterton
«Las cosas más difíciles de explicar son las más evidentes, aquellas que la gente ha decidido dejar de ver.»
— Ayn Rand
Las verdades olvidadas
Después de recorrer este largo camino, desde Clara Campoamor hasta el feminismo institucional contemporáneo, desde Engels hasta Gramsci, desde Valerie Solanas hasta Warren Farrell, desde la crisis de la familia hasta el invierno demográfico europeo, desde la antigua Roma hasta la España del siglo XXI, tal vez haya llegado el momento de volver a las cuestiones más elementales.
Porque las cuestiones más difíciles de defender no suelen ser las complejas.
Suelen ser las evidentes.
Aquellas que durante siglos fueron consideradas tan obvias que nadie sintió la necesidad de justificarlas.
Aquellas que constituyen el suelo firme sobre el que descansa toda civilización.
Y precisamente por eso resultan tan vulnerables cuando dejan de ser comprendidas.
Hombres y mujeres
La primera de esas verdades es que existen hombres y mujeres.
No categorías intercambiables.
No construcciones arbitrarias.
No identidades fluctuantes determinadas por decretos administrativos.
Hombres y mujeres.
Distintos.
Igualmente dignos.
Igualmente valiosos.
Igualmente necesarios.
La igualdad ante la ley jamás exigió negar las diferencias.
Por el contrario.
La verdadera igualdad consiste en reconocer la misma dignidad humana precisamente porque somos diferentes.
No a pesar de ello.
La naturaleza humana existe
Otra verdad elemental.
La naturaleza humana existe.
Las personas nacen con capacidades distintas.
Temperamentos distintos.
Inclinaciones distintas.
Virtudes distintas.
Defectos distintos.
Y ninguna legislación, ninguna campaña institucional, ningún programa de reeducación podrá eliminar completamente esa realidad.
La política puede influir.
La cultura puede orientar.
La educación puede perfeccionar.
Pero ninguna de ellas puede abolir la naturaleza humana.
Todas las ideologías que lo intentaron acabaron chocando contra ella.
Y todas terminaron fracasando.
La familia sigue siendo imprescindible
La tercera verdad es todavía más incómoda.
La familia sigue siendo la institución social más importante jamás creada.
No porque sea perfecta.
No porque todas las familias funcionen bien.
No porque no existan conflictos.
Sino porque ninguna otra institución ha conseguido sustituirla.
Ni el Estado.
Ni el mercado.
Ni las organizaciones políticas.
Ni los movimientos ideológicos.
Durante milenios, la familia ha sido el lugar donde los seres humanos aprendieron:
- a hablar;
- a confiar;
- a compartir;
- a obedecer;
- a sacrificarse;
- a amar.
Destruirla resulta sencillo.
Sustituirla es imposible.
La cooperación creó la civilización
El gran error del feminismo de género, y de muchas otras ideologías contemporáneas, consiste en interpretar la historia como una sucesión de conflictos permanentes.
Conflicto entre sexos.
Conflicto entre generaciones.
Conflicto entre razas.
Conflicto entre identidades.
Conflicto entre grupos.
Sin embargo, la civilización no nació del conflicto.
Nació de la cooperación.
Los hombres y las mujeres no construyeron Occidente combatiéndose entre sí.
Lo construyeron colaborando.
Trabajando.
Formando familias.
Criando hijos.
Transmitiendo conocimientos.
Levantando instituciones.
Asumiendo responsabilidades compartidas.
La historia real de la humanidad es mucho más una historia de cooperación que una historia de guerra entre sexos.
El precio de olvidar
Roma ofrece una lección particularmente valiosa.
No cayó simplemente por las invasiones bárbaras.
Antes de que los bárbaros cruzaran las fronteras, algo más importante ya se había deteriorado.
La confianza en sus propias instituciones.
La transmisión de sus valores.
La responsabilidad personal.
La disciplina.
La fortaleza familiar.
La voluntad de sacrificio.
El mos maiorum.
La decadencia comenzó mucho antes de la caída.
Como suele ocurrir siempre.
El invierno demográfico
Europa afronta hoy una realidad que ningún discurso ideológico puede ocultar.
Las cunas están vacías.
Las generaciones se encogen.
Las sociedades envejecen.
Los pueblos desaparecen.
Los sistemas de pensiones se tensionan.
Y cada año nacen menos niños.
No existe una civilización sin descendencia.
No existe una cultura sin transmisión.
No existe un futuro sin nuevas generaciones.
Ésta es probablemente la cuestión más importante de nuestro tiempo.
Y, sin embargo, apenas ocupa espacio en el debate público.
La libertad y la responsabilidad
Mises comprendió algo esencial.
La libertad y la responsabilidad son inseparables.
No puede existir una sin la otra.
Una sociedad que sólo reclama derechos termina perdiendo la capacidad de sostenerlos.
Porque toda libertad exige:
- esfuerzo;
- autocontrol;
- compromiso;
- deberes.
Y ninguna civilización puede sobrevivir indefinidamente si convierte la responsabilidad en una palabra sospechosa.
Lo que Clara Campoamor defendía
Resulta significativo recordar nuevamente a Clara Campoamor.
Su lucha no consistía en enfrentar hombres contra mujeres.
Consistía en reconocer la plena ciudadanía de las mujeres.
No buscaba privilegios.
No buscaba cuotas.
No buscaba tutela permanente.
Buscaba libertad.
Y la libertad implica asumir las consecuencias de nuestras decisiones.
Exactamente igual para hombres que para mujeres.
La gran batalla de nuestro tiempo
Por eso la cuestión de fondo no es el feminismo.
Nunca lo fue.
La cuestión verdadera es mucho más amplia.
Se trata de decidir entre dos formas de entender la realidad.
La primera considera a las personas individuos libres y responsables.
La segunda las contempla como miembros pasivos de colectivos enfrentados.
La primera fomenta la cooperación.
La segunda necesita el conflicto.
La primera busca construir.
La segunda busca deconstruir.
La primera confía en la capacidad humana para asumir responsabilidades.
La segunda multiplica indefinidamente las categorías de víctimas.
Una advertencia de Chesterton
Chesterton comprendió antes que nadie una paradoja extraordinaria.
Cuando una sociedad pierde el sentido común, las verdades más simples se convierten en revolucionarias.
Llega un momento en que afirmar que:
- la familia es importante;
- la maternidad tiene valor;
- la paternidad es necesaria;
- los niños necesitan estabilidad;
- hombres y mujeres son distintos;
- la realidad biológica existe;
empieza a parecer una provocación.
Y cuando eso ocurre, la crisis cultural ya está muy avanzada.
Una última esperanza
Sin embargo, la historia también enseña otra lección.
Las civilizaciones pueden corregir su rumbo.
Pueden recuperar la cordura.
Pueden reencontrarse con sus raíces.
Pueden reconstruir aquello que parecía perdido.
Pero sólo si son capaces de mirar la realidad de frente.
Sin miedo.
Sin consignas.
Sin dogmas.
Sin relatos impuestos.
Conclusión
Las civilizaciones no suelen morir asesinadas.
Suelen suicidarse.
Comienzan olvidando quiénes son.
Continúan despreciando aquello que las hizo posibles.
Después ridiculizan sus tradiciones, debilitan sus familias, dejan de tener hijos y sustituyen la realidad por construcciones ideológicas.
Finalmente descubren que ninguna ley, ningún ministerio, ninguna subvención y ninguna campaña de propaganda pueden sustituir aquello que destruyeron.
Porque la libertad necesita responsabilidad.
La prosperidad necesita trabajo.
La continuidad necesita hijos.
Y la civilización necesita hombres y mujeres capaces de cooperar, no de contemplarse mutuamente como enemigos.
Quizá todavía estemos a tiempo de recordarlo.
Carlos Aurelio Caldito Aunión