EL HOMBRE QUE CONVERSABA CONSIGO MISMO… EN BUSCA DEL IDIOMA PERDIDO.
Carlos Aurelio Caldito Aunión.

Resumen para lectores impacientes
Existe una idea muy antigua, atribuida a Platón y desarrollada posteriormente por numerosos filósofos, según la cual pensar consiste, esencialmente, en conversar con uno mismo.
Cuando reflexionamos, discutimos interiormente.
Preguntamos.
Respondemos.
Dudamos.
Comparamos.
Aceptamos unas ideas y rechazamos otras.
En definitiva, mantenemos un diálogo interior.
Pero ese diálogo exige una condición previa.
Disponer de palabras.
De conceptos.
De matices.
De un idioma suficientemente rico para poder nombrar la realidad con precisión.
Y aquí aparece una cuestión inquietante.
¿Qué ocurre cuando una sociedad comienza a perder palabras, conceptos, matices y capacidad de expresión?
La respuesta es sencilla.
Comienza también a perder capacidad de pensar.
Ésta es, probablemente, una de las transformaciones culturales más profundas de nuestro tiempo.
Y, sin embargo, apenas se habla de ella.
No estamos perdiendo sólo palabras
Con frecuencia se atribuye el empobrecimiento del español a la invasión de anglicismos.
Y es cierto que el fenómeno existe.
Hacemos meetings en lugar de reuniones.
Recibimos feedback en lugar de comentarios.
Practicamos running en lugar de correr.
Consultamos rankings en lugar de clasificaciones.
Hablamos de streaming, podcasts, followers, hashtags, spoilers y community managers aunque el español disponga de equivalentes perfectamente válidos.
Pero el problema es mucho más profundo.
Los anglicismos constituyen únicamente la parte visible del iceberg.
Lo verdaderamente preocupante es la progresiva reducción del vocabulario, la desaparición de matices, el abandono de la lectura y la creciente dificultad para construir razonamientos complejos.
En otras palabras:
no estamos perdiendo únicamente palabras.
Estamos perdiendo herramientas de pensamiento.
Pensar exige conceptos
La filosofía del Objetivismo, desarrollada por Ayn Rand y sistematizada por Leonard Peikoff, insiste en una idea fundamental:
la razón trabaja mediante conceptos.
El ser humano no piensa directamente con percepciones aisladas.
Piensa mediante abstracciones.
Mediante categorías.
Mediante conceptos organizados por el lenguaje.
Por eso el empobrecimiento lingüístico termina produciendo inevitablemente un empobrecimiento intelectual.
Cuantas menos palabras poseemos, menos matices distinguimos.
Y cuantos menos matices distinguimos, más rudimentaria se vuelve nuestra comprensión del mundo.
Pensar consiste precisamente en distinguir.
Y distinguir exige nombrar.
Una civilización que ha dejado de leer
Sin embargo, las palabras no desaparecen por casualidad.
Desaparecen porque dejan de utilizarse.
Y dejan de utilizarse porque dejamos de leer.
La lectura fue durante siglos una de las principales escuelas del pensamiento.
Leer obliga a concentrarse.
Obliga a mantener la atención.
Obliga a recordar.
Obliga a relacionar ideas.
Obliga a imaginar.
Obliga a comprender.
Leer constituye una auténtica gimnasia intelectual.
Pero nuestra época parece haber declarado la guerra a la atención prolongada.
Todo debe ser inmediato.
Breve.
Rápido.
Instantáneo.
Los vídeos duran segundos.
Los mensajes pocas líneas.
Los titulares sustituyen a los artículos.
Los resúmenes sustituyen a los libros.
Y las emociones sustituyen progresivamente a los conceptos.
Como consecuencia, muchas personas consumen enormes cantidades de información sin desarrollar auténtico conocimiento.
Porque información y conocimiento no son lo mismo.
Y conocimiento y comprensión tampoco.
El gusto por la lectura no es innato
Existe además una enorme mentira pedagógica que conviene denunciar.
La idea de que la lectura debe resultar fácil y agradable desde el primer momento.
No es cierto.
Nadie nace disfrutando de Cervantes.
Nadie nace apreciando a Galdós.
Nadie nace comprendiendo a Ortega.
El gusto por la lectura se adquiere exactamente igual que se educa el oído musical o el paladar.
Mediante el ejercicio.
Mediante la repetición.
Mediante el hábito.
Como ya enseñó Aristóteles, las virtudes nacen de la costumbre.
Y leer es una virtud intelectual.
Al principio cuesta.
Después se convierte en costumbre.
Finalmente se transforma en necesidad.
Pero para llegar a ese punto resulta imprescindible el esfuerzo.
La inteligencia no se desarrolla huyendo de las dificultades.
Se desarrolla enfrentándose a ellas.
Cuando la enseñanza deja de instruir
El problema se agrava porque el propio sistema de enseñanza parece haber renunciado progresivamente a una de sus misiones fundamentales:
instruir.
Durante siglos se entendió que la enseñanza debía transmitir conocimientos.
Lengua.
Literatura.
Historia.
Filosofía.
Matemáticas.
Ciencias.
Cultura general.
Hoy predominan con frecuencia las metodologías, las competencias, los proyectos, las dinámicas, las emociones y una interminable jerga pedagógica que habla constantemente de aprendizaje pero cada vez menos de conocimientos.
Mientras tanto, el vocabulario disminuye.
La comprensión lectora empeora.
La cultura general desaparece.
Y la memoria, injustamente desprestigiada, deja de ocupar el lugar central que siempre tuvo en la formación intelectual.
La consecuencia es evidente.
Cada generación dispone de menos herramientas para comprender la realidad.
Los profesores también son víctimas
Existe además una cuestión especialmente delicada.
Muchos profesores son víctimas del mismo proceso.
Naturalmente siguen existiendo magníficos docentes.
Excelentes lectores.
Verdaderos maestros.
Pero son cada vez más excepcionales.
Una parte importante del profesorado ha sido formada por un sistema de enseñanza que ya no valora especialmente la lectura exigente, la cultura general o el dominio profundo de la lengua.
Y aquí aparece un círculo vicioso devastador.
Resulta difícil transmitir amor por los libros cuando uno mismo apenas lee.
Resulta difícil transmitir cultura general cuando apenas se posee.
Resulta difícil enseñar a pensar cuando nadie nos enseñó previamente a hacerlo.
Porque nadie puede dar lo que no tiene.
Los narradores de lo obvio
Fernando Lázaro Carreter denunció hace décadas a los «narradores de lo obvio».
Se refería especialmente a ciertos comentaristas deportivos que se limitaban a describir lo que el espectador ya estaba viendo.
Hoy el problema se ha agravado.
Los comentaristas no sólo narran lo evidente.
Además utilizan una jerga artificial plagada de extranjerismos, expresiones empresariales, terminología psicológica y clichés vacíos.
Los partidos ya no se juegan.
Se «gestionan».
Los problemas se convierten en «áreas de mejora».
Las derrotas pasan a ser «oportunidades de crecimiento».
Y millones de espectadores terminan incorporando esas expresiones a su lenguaje cotidiano.
La consecuencia es una inflación verbal extraordinaria.
Cada vez más palabras.
Cada vez menos ideas.
El triunfo de la niebla lingüística
Algo parecido sucede con políticos, funcionarios, pedagogos y periodistas.
La claridad parece haberse convertido en una virtud sospechosa.
En lugar de hablar de forma sencilla, proliferan expresiones oscuras, ambiguas y burocráticas.
No se suben impuestos.
Se realizan «ajustes fiscales».
No existen problemas.
Existen «retos».
No hay errores.
Hay «áreas susceptibles de mejora».
No se despide a trabajadores.
Se llevan a cabo «procesos de reestructuración».
La realidad desaparece detrás de una nube de palabras.
Y cuando las palabras dejan de servir para nombrar las cosas, el pensamiento comienza a deteriorarse.
Una sociedad más manipulable
George Orwell comprendió perfectamente este fenómeno.
Las palabras no sólo describen la realidad.
También condicionan nuestra forma de interpretarla.
Por eso todas las ideologías intentan controlar el lenguaje.
Porque quien controla las palabras influye sobre los conceptos.
Y quien influye sobre los conceptos influye sobre el pensamiento.
Una sociedad con un vocabulario pobre, con escasa cultura general y con hábitos lectores débiles resulta mucho más vulnerable a la propaganda, a los eslóganes y a la manipulación.
Porque carece de herramientas intelectuales para defenderse.
Recuperar el idioma perdido
¿Tiene remedio esta situación?
Sí.
Pero la solución no vendrá de ministerios, observatorios lingüísticos ni campañas institucionales.
La recuperación del idioma comienza por decisiones personales.
Leer más.
Leer mejor.
Frecuentar buenos libros.
Consultar el diccionario.
Ampliar vocabulario.
Escribir con cuidado.
Conversar con personas inteligentes.
Recuperar la curiosidad.
Cultivar la cultura general.
Y volver a comprender que el esfuerzo intelectual no es un castigo.
Es una de las formas más elevadas de libertad.
Porque el verdadero problema no consiste en que estemos perdiendo palabras.
El verdadero problema es que estamos perdiendo el tipo humano que las utilizaba.
El lector.
El estudioso.
El maestro.
El hombre culto.
La mujer culta.
Las personas capaces de permanecer horas leyendo, reflexionando, escribiendo y conversando consigo mismas.
Y quizá la auténtica búsqueda del idioma perdido consista precisamente en eso.
En recuperar a ese hombre.
A esa mujer.
Al ser humano que todavía sabía que las palabras no eran simples sonidos.
Sino herramientas para comprender el mundo.
Porque cuando una sociedad pierde palabras, pierde conceptos.
Cuando pierde conceptos, pierde capacidad de pensar.
Y cuando pierde capacidad de pensar, termina poniendo en riesgo algo mucho más importante que su idioma:
su libertad.
SI QUIERES PROFUNDIZAR Y SABER MÁS, SIGUE LEYENDO:
Cómo el empobrecimiento del español está destruyendo nuestra capacidad de pensar
Primera entrega
Pensar es conversar con uno mismo

Hay problemas que parecen lingüísticos, pero en realidad son mucho más graves.
A primera vista podría parecer que el progresivo deterioro del español constituye una cuestión secundaria, reservada a filólogos, profesores de lengua o académicos preocupados por la corrección gramatical.
Muchos creen que el problema se reduce a los anglicismos, a las faltas de ortografía, a la desaparición de determinadas palabras o al uso creciente de expresiones importadas del inglés.
Sin embargo, esa interpretación resulta superficial.
La cuestión es mucho más profunda.
Lo que está en juego no es únicamente la salud de una lengua.
Lo que está en juego es la capacidad misma de pensar.
Porque existe una relación íntima entre el lenguaje y la inteligencia.
Entre las palabras y las ideas.
Entre el vocabulario disponible y la capacidad para comprender la realidad.
Cuando una sociedad pierde palabras, no sólo pierde sonidos o signos escritos.
Pierde conceptos.
Pierde matices.
Pierde herramientas intelectuales.
Y termina perdiendo capacidad de análisis.
Por eso conviene empezar por una pregunta aparentemente sencilla:
¿Qué significa pensar?
Pensar no es sentir
Vivimos en una época que ha convertido las emociones en criterio supremo de verdad.
«Yo siento.»
«Yo percibo.»
«Yo me identifico.»
«Yo experimento.»
Estas expresiones han desplazado progresivamente a otras mucho más exigentes:
«Yo creo.»
«Yo razono.»
«Yo concluyo.»
«Yo demuestro.»
«Yo argumento.»
Sin embargo, sentir y pensar son actividades distintas.
Las emociones son inevitables.
Los animales también sienten.
El miedo.
La ira.
El deseo.
La alegría.
La tristeza.
Pero ninguna de esas emociones constituye pensamiento.
Pensar significa algo muy diferente.
Pensar consiste en analizar.
Comparar.
Clasificar.
Relacionar.
Extraer conclusiones.
Identificar causas y consecuencias.
Detectar contradicciones.
Distinguir entre apariencia y realidad.
Y todo ello exige conceptos.
El diálogo interior
Ya Platón observó hace más de dos mil años que pensar consiste en una conversación silenciosa que mantenemos con nosotros mismos.
La observación parece sencilla.
Sin embargo, encierra una enorme profundidad.
Cuando reflexionamos acerca de un problema no realizamos una actividad misteriosa.
Nos formulamos preguntas.
Nos damos respuestas.
Aceptamos algunas.
Rechazamos otras.
Matizamos.
Corregimos.
Volvemos a empezar.
Es decir, dialogamos con nosotros mismos.
Y ese diálogo interior se realiza mediante palabras.
No pensamos utilizando sonidos inarticulados.
No pensamos mediante manchas de color.
No pensamos mediante impulsos eléctricos.
Pensamos mediante conceptos.
Y los conceptos se expresan mediante el lenguaje.
Por ello, la calidad del pensamiento depende inevitablemente de la calidad de ese diálogo interior.
Y la calidad de ese diálogo interior depende, a su vez, de la riqueza lingüística de quien lo mantiene.
Aquí aparece una consecuencia inevitable.
Resulta extremadamente difícil pensar con precisión cuando apenas se poseen palabras para hacerlo.
Aristóteles y la realidad
La gran tradición racional occidental arranca de una intuición elemental formulada por Aristóteles:
una cosa es lo que es.
Parece una obviedad.
Sin embargo, constituye el fundamento de toda la ciencia y de toda la filosofía.
Para comprender la realidad debemos ser capaces de distinguir unas cosas de otras.
Debemos saber que una mesa no es una silla.
Que una causa no es una consecuencia.
Que una opinión no es un hecho.
Que una sospecha no es una prueba.
Que una posibilidad no es una certeza.
Toda inteligencia comienza distinguiendo.
Toda estupidez comienza confundiendo.
Por ello, cuanto más precisa es una lengua, más precisa puede ser la comprensión de la realidad.
Y cuanto más pobre resulta el lenguaje, más borrosas se vuelven las fronteras entre los conceptos.
La aportación de Ayn Rand
Muchos siglos después, Ayn Rand desarrolló esta misma idea desde otra perspectiva.
Según la filosofía objetivista, la función esencial de la mente humana consiste en identificar la realidad.
No inventarla.
No deformarla.
No sustituirla por deseos.
No reconstruirla según emociones.
Sino identificarla.
Comprenderla.
Nombrarla correctamente.
Para ello la mente utiliza conceptos.
Y los conceptos constituyen agrupaciones mentales que nos permiten organizar la experiencia.
Un niño observa varios perros distintos.
Después aprende el concepto «perro».
Más tarde aprende el concepto «animal».
Después «ser vivo».
Posteriormente conceptos más abstractos todavía.
Todo conocimiento humano se construye de esa manera.
La mente clasifica.
Agrupa.
Relaciona.
Integra.
Pero sólo puede hacerlo mediante conceptos.
Y los conceptos sólo pueden existir mediante palabras.
Por ello, un idioma no constituye simplemente un instrumento de comunicación.
Constituye el instrumento fundamental del pensamiento.
La verdadera finalidad de la instrucción
Esta cuestión nos lleva directamente a otro problema fundamental.
¿Qué debería hacer realmente la enseñanza?
Rand formuló una respuesta extraordinariamente sencilla.
La misión esencial de la instrucción consiste en enseñar a pensar.
No en fabricar titulados.
No en producir estadísticas satisfactorias.
No en repartir certificados.
No en elevar artificialmente porcentajes de aprobados.
Su finalidad consiste en transmitir conocimiento y enseñar a adquirir más conocimiento.
Es decir:
enseñar a utilizar la razón.
La observación coincide con una verdad frecuentemente olvidada.
La educación y la instrucción no son lo mismo.
La educación corresponde principalmente a la familia.
La instrucción corresponde a escuelas, institutos y universidades.
La primera transmite valores.
La segunda transmite conocimientos.
Pero ambas deberían coincidir en un objetivo común:
formar seres humanos capaces de pensar por sí mismos.
Y aquí es donde comienza el desastre contemporáneo.
Porque durante décadas se ha ido abandonando precisamente esa misión.
La generación que sabe usar pantallas pero no sabe pensar
Nunca había habido tanta escolarización.
Nunca tantos títulos académicos.
Nunca tantas universidades.
Nunca tantos graduados.
Y, sin embargo, resulta cada vez más frecuente encontrar personas incapaces de redactar correctamente una página de texto.
Incapaces de seguir una argumentación compleja.
Incapaces de distinguir entre una opinión y un hecho.
Incapaces de leer una obra exigente de Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset o Benito Pérez Galdós.
No porque carezcan de inteligencia.
Sino porque les faltan herramientas.
Herramientas lingüísticas.
Herramientas conceptuales.
Herramientas intelectuales.
Poseen dispositivos extraordinariamente sofisticados.
Pero cada vez manejan menos palabras.
Y cuando disminuyen las palabras, disminuyen también las ideas.
Porque el pensamiento no opera en el vacío.
Opera mediante conceptos.
Y los conceptos viven dentro del lenguaje.
Por eso el empobrecimiento del idioma español constituye mucho más que un problema lingüístico.
Constituye una amenaza directa para la inteligencia colectiva de nuestra civilización.
(Continuará)
Próxima entrega:
WhatsApp, TikTok y la destrucción del lenguaje interior: cómo la comunicación telegráfica está modificando la estructura misma del pensamiento.
Cómo el empobrecimiento del español está destruyendo nuestra capacidad de pensar
Segunda entrega
WhatsApp, TikTok y la destrucción del lenguaje interior

En la entrega anterior vimos que pensar consiste, en gran medida, en conversar con uno mismo.
Vimos también que ese diálogo interior sólo puede desarrollarse mediante conceptos.
Y que los conceptos sólo pueden existir a través del lenguaje.
Llegados a este punto surge una pregunta inquietante:
¿Qué ocurre cuando el lenguaje se simplifica progresivamente?
¿Qué sucede cuando las palabras desaparecen?
¿Qué ocurre cuando la lectura es sustituida por vídeos de quince segundos y la escritura por mensajes telegráficos?
La respuesta es tan sencilla como preocupante:
se empobrece el pensamiento.
Y probablemente estamos asistiendo a ese proceso a una velocidad sin precedentes en la historia.
De la carta al emoticono
Durante siglos, la comunicación humana exigía cierto esfuerzo intelectual.
Una carta requería ordenar ideas.
Redactar frases.
Escoger palabras.
Construir argumentos.
Incluso las conversaciones cotidianas se desarrollaban en un entorno cultural donde la lectura era considerada una actividad prestigiosa.
Las personas leían novelas.
Ensayos.
Periódicos.
Biografías.
Historia.
Poesía.
Teatro.
Y esa lectura alimentaba constantemente el vocabulario y el mundo conceptual del lector.
No era posible leer a Miguel de Cervantes, a Benito Pérez Galdós o a Pío Baroja sin incorporar nuevas palabras, nuevas expresiones y nuevas formas de comprender la realidad.
Hoy la situación es radicalmente distinta.
La comunicación instantánea ha sustituido progresivamente a la comunicación reflexiva.
Los mensajes son cada vez más breves.
Las frases más cortas.
Los razonamientos más fragmentarios.
Los emoticonos sustituyen emociones que antes se expresaban mediante palabras.
Una cara sonriente reemplaza una descripción.
Un pulgar levantado sustituye una respuesta.
Un corazón reemplaza un argumento.
Naturalmente, estas herramientas poseen utilidad práctica.
El problema aparece cuando dejan de ser complementarias y comienzan a sustituir al lenguaje.
El triunfo de la expresión telegráfica
La comunicación digital ha introducido una lógica completamente nueva.
La velocidad se ha convertido en el valor supremo.
Responder rápido importa más que responder bien.
Reaccionar importa más que reflexionar.
Emitir opiniones importa más que fundamentarlas.
El resultado es una forma de expresión cada vez más telegráfica.
Frases mínimas.
Ideas fragmentadas.
Abreviaturas.
Muletillas.
Mensajes reducidos a unas pocas palabras.
La estructura tradicional del discurso comienza a desaparecer.
Y lo más preocupante es que esta forma de escribir termina trasladándose al lenguaje oral.
Cada vez resulta más frecuente escuchar conversaciones construidas mediante fragmentos inconexos:
—Literal.
—Brutal.
—Top.
—Random.
—Tal cual.
—En plan.
—Es que.
—Obviamente.
—O sea.
Estas expresiones cumplen una función comunicativa limitada.
Pero cuando sustituyen al vocabulario rico y preciso producen una reducción drástica de los matices.
Y cuando desaparecen los matices desaparece buena parte de la capacidad de pensar.
La pobreza léxica y la pobreza intelectual
Existe una relación directa entre riqueza lingüística y riqueza conceptual.
Un individuo que sólo dispone de una palabra para describir una situación percibe menos diferencias que quien dispone de diez.
Un individuo que desconoce términos como:
- legitimidad,
- legalidad,
- prudencia,
- templanza,
- responsabilidad,
- causalidad,
- contingencia,
- subsidiariedad,
- autoridad,
encuentra mayores dificultades para analizar fenómenos complejos.
No porque sea menos inteligente.
Sino porque carece de herramientas conceptuales.
Aquí aparece una cuestión fundamental que rara vez se menciona.
Las palabras no sólo sirven para comunicar pensamientos.
Sirven para construirlos.
El vocabulario constituye el arsenal intelectual del individuo.
Cada palabra representa una herramienta.
Cada concepto representa una categoría de comprensión.
Cada matiz amplía nuestra capacidad para interpretar la realidad.
Por ello, una reducción del vocabulario equivale a una reducción del instrumental cognitivo.
Es como pretender construir una catedral disponiendo únicamente de un martillo.
La ilusión de la información infinita
Muchos sostienen que internet ha democratizado el conocimiento.
Y tienen razón.
Nunca había existido un acceso tan amplio a la información.
Pero existe una diferencia esencial entre información y conocimiento.
Información es disponer de datos.
Conocimiento es comprenderlos.
Sabiduría es saber utilizarlos.
La confusión entre estos tres niveles constituye uno de los grandes errores de nuestra época.
Un teléfono móvil proporciona acceso instantáneo a millones de documentos.
Pero ese acceso no garantiza comprensión.
Al contrario.
La sobreabundancia de información suele generar dispersión.
El exceso de estímulos dificulta la concentración.
La lectura profunda es sustituida por el consumo compulsivo de fragmentos.
Se leen titulares.
Se consumen vídeos breves.
Se acumulan impresiones.
Pero rara vez se profundiza.
La consecuencia es paradójica.
Tenemos más información que nunca.
Y probablemente menos capacidad para procesarla que generaciones anteriores.
El cerebro adaptado a la interrupción constante
La lectura prolongada exige atención sostenida.
Exige concentración.
Exige paciencia.
Exige disciplina intelectual.
Por el contrario, las redes sociales recompensan exactamente lo contrario.
La interrupción permanente.
El cambio continuo de estímulo.
La gratificación inmediata.
La novedad constante.
Miles de pequeñas recompensas psicológicas que mantienen cautiva la atención.
Poco a poco, el cerebro termina adaptándose a ese entorno.
La concentración disminuye.
La paciencia intelectual desaparece.
Los textos largos resultan insoportables.
Los razonamientos complejos parecen agotadores.
La lectura de un ensayo de treinta páginas se percibe como una tarea casi heroica.
Y sin embargo toda civilización avanzada ha dependido precisamente de esa capacidad.
La capacidad de concentrarse.
La capacidad de leer.
La capacidad de pensar durante largos períodos.
La infantilización cultural
Este fenómeno se relaciona con otro proceso aún más amplio.
La infantilización de la sociedad.
El niño vive en el presente inmediato.
Busca satisfacción instantánea.
Le cuesta retrasar recompensas.
Le resulta difícil mantener esfuerzos prolongados.
La madurez consiste precisamente en aprender a superar esas limitaciones.
Sin embargo, gran parte de la cultura contemporánea parece orientada en sentido contrario.
Todo debe ser rápido.
Todo debe ser fácil.
Todo debe ser entretenido.
Todo debe ser inmediato.
El esfuerzo intelectual se presenta como algo sospechoso.
La complejidad se considera elitista.
La profundidad resulta aburrida.
La simplificación permanente se convierte en norma.
Y una sociedad acostumbrada a pensar como un adolescente termina reaccionando como un adolescente.
Impulsivamente.
Emocionalmente.
Superficialmente.
El empobrecimiento deliberado del pensamiento
Quizá la consecuencia más grave sea que muchas personas terminan creyendo que pensar consiste simplemente en tener opiniones.
Nada más lejos de la realidad.
Todo el mundo tiene opiniones.
Pensar exige algo mucho más difícil.
Pensar exige razones.
Pruebas.
Conceptos.
Definiciones.
Argumentos.
Relaciones causales.
Pensar exige lenguaje.
Y cuanto más complejo es el problema, más sofisticado debe ser el lenguaje utilizado para comprenderlo.
Por eso resulta tan preocupante el deterioro lingüístico actual.
No porque desaparezcan determinadas palabras.
No porque se utilicen emoticonos.
No porque existan redes sociales.
Sino porque estamos asistiendo a una progresiva reducción de las herramientas intelectuales disponibles para comprender el mundo.
Y cuando una civilización pierde las herramientas necesarias para comprender la realidad, acaba siendo incapaz de gobernarse a sí misma.
(Continuará)
Próxima entrega:
La invasión de los anglicismos, la jerga burocrática y el lenguaje de los expertos: cuando las palabras dejan de servir para comprender la realidad y comienzan a utilizarse para ocultarla.
Cómo el empobrecimiento del español está destruyendo nuestra capacidad de pensar
Tercera entrega
Anglicismos, jerga burocrática y el lenguaje de los expertos: cuando las palabras dejan de servir para comprender la realidad

Si el lenguaje constituye la herramienta fundamental del pensamiento, cualquier deterioro lingüístico termina produciendo inevitablemente un deterioro intelectual.
En las entregas anteriores hemos visto cómo la pobreza léxica, la desaparición de la lectura exigente y la comunicación telegráfica propia de WhatsApp, TikTok y otras plataformas digitales están modificando nuestra forma de pensar.
Pero existe otro fenómeno igualmente dañino.
Un fenómeno que, además, suele presentarse disfrazado de modernidad, sofisticación o conocimiento especializado.
Se trata de la progresiva sustitución del español claro por una mezcla de anglicismos innecesarios, jerga burocrática y lenguajes profesionales artificialmente complicados.
El resultado es paradójico.
Nunca hemos hablado tanto.
Nunca hemos escrito tanto.
Y, sin embargo, cada vez comunicamos peor.
Cuando la palabra extranjera se convierte en símbolo de prestigio
Las lenguas siempre han incorporado préstamos lingüísticos.
El español está lleno de palabras procedentes del árabe, del latín, del griego, del italiano, del francés y de muchas otras lenguas.
Eso no constituye ningún problema.
La cuestión aparece cuando una palabra extranjera desplaza innecesariamente a una palabra propia que expresa exactamente lo mismo.
En ese momento ya no estamos ante una necesidad lingüística.
Estamos ante una moda.
O peor aún:
ante una forma de esnobismo cultural.
Hoy resulta frecuente escuchar:
- meeting en lugar de reunión;
- feedback en lugar de comentario u opinión;
- networking en lugar de red de contactos;
- streaming en lugar de emisión en directo;
- coach en lugar de entrenador o asesor;
- community manager en lugar de gestor de redes;
- influencer en lugar de creador de contenido o prescriptor;
- smartphone en lugar de teléfono inteligente;
- fake news en lugar de noticias falsas;
- online en lugar de en línea.
Y la lista podría ocupar centenares de páginas.
Lo curioso es que, en la mayoría de los casos, quienes utilizan estas expresiones no conocen mejor el inglés que el español.
Simplemente creen que las palabras inglesas suenan más modernas.
Más sofisticadas.
Más prestigiosas.
Más internacionales.
En otras palabras:
más importantes.
El complejo de inferioridad lingüística
Lo que subyace tras este fenómeno suele ser una especie de complejo de inferioridad cultural.
Muchos hablantes parecen asumir que cualquier expresión inglesa resulta automáticamente superior a su equivalente español.
Es un fenómeno curioso.
Nadie considera más elegante decir table en lugar de mesa o house en lugar de casa.
Sin embargo, sí parece prestigioso hablar de startups en lugar de empresas emergentes.
O de coworking en lugar de espacios compartidos de trabajo.
La razón es sencilla.
No se busca precisión.
Se busca apariencia.
Y cuando la apariencia se impone sobre la precisión, el lenguaje comienza a deteriorarse.
Porque el propósito fundamental de las palabras no es impresionar.
Es comprender la realidad y comunicarla.
El dialecto de los burócratas
Sin embargo, los anglicismos constituyen apenas una parte del problema.
Existe otra plaga lingüística quizá todavía más dañina:
la jerga burocrática.
Durante las últimas décadas se ha desarrollado una auténtica lengua paralela dentro de administraciones públicas, organismos internacionales, fundaciones, observatorios, agencias, consultoras y departamentos universitarios.
Se trata de un lenguaje extraño.
Difuso.
Abstracto.
Artificial.
Oscuro.
Un lenguaje diseñado para decir lo mínimo posible utilizando el máximo número de palabras.
Nadie escribe ya:
«Vamos a estudiar el problema.»
Ahora se afirma:
«Se procederá a la implementación de un proceso de evaluación integral orientado al análisis de las dinámicas subyacentes.»
Nadie dice:
«Vamos a ayudar a los vecinos.»
Ahora se habla de:
«Desarrollar mecanismos participativos de proximidad destinados a fortalecer la cohesión comunitaria.»
Nadie escribe:
«Vamos a gastar dinero público.»
Ahora se redacta:
«Se impulsará una estrategia transversal de dinamización territorial con perspectiva inclusiva.»
La pregunta es inevitable.
¿Por qué?
¿Por qué utilizar veinte palabras donde bastarían tres?
La niebla verbal
La respuesta la encontramos hace casi ochenta años en el célebre ensayo de George Orwell Politics and the English Language.
Orwell observó que el lenguaje oscuro suele cumplir una función muy concreta:
ocultar la realidad.
Las palabras vagas permiten esconder hechos incómodos.
Las expresiones abstractas permiten disimular responsabilidades.
La complejidad artificial permite evitar preguntas.
Cuando alguien afirma:
«Se han producido externalidades negativas derivadas de la implementación del programa»,
quizá sólo intenta evitar decir:
«Nos hemos equivocado.»
Cuando se habla de:
«reajustes laborales»,
muchas veces se quiere evitar la palabra despidos.
Cuando se habla de:
«interrupción voluntaria del embarazo»,
se evita pronunciar una palabra mucho más directa:
aborto.
Cuando se habla de:
«crecimiento negativo»,
se intenta suavizar una realidad sencilla:
decrecimiento.
La niebla verbal cumple una función política, administrativa y psicológica.
Sirve para amortiguar el impacto de la realidad.
El lenguaje de los expertos
Existe además un tercer fenómeno.
Determinados grupos profesionales parecen haber desarrollado una tendencia irresistible a complicar artificialmente el lenguaje.
Naturalmente, toda disciplina necesita terminología técnica.
Un cirujano, un ingeniero aeronáutico o un físico nuclear no pueden trabajar sin vocabulario especializado.
Eso resulta inevitable.
Y necesario.
Pero una cosa es la precisión técnica.
Otra muy distinta es la oscuridad innecesaria.
Muchos médicos ya no hablan de enfermedades.
Hablan de patologías.
No describen síntomas.
Evalúan sintomatologías.
No observan problemas.
Detectan disfuncionalidades.
Muchos psicopedagogos producen informes cuya lectura resulta prácticamente imposible para cualquier persona ajena a su especialidad.
Algunos juristas parecen convencidos de que la claridad disminuye el prestigio profesional.
Y ciertos meteorólogos anuncian «episodios pluviométricos asociados a fenómenos convectivos de elevada intensidad» cuando bastaría con advertir que va a caer una tormenta considerable.
Naturalmente, estos ejemplos admiten matices.
Pero ilustran una tendencia real.
La sustitución progresiva de la claridad por la complicación.
El prestigio de lo incomprensible
Lo más llamativo es que la oscuridad suele ser percibida como signo de inteligencia.
Muchos creen que un texto difícil necesariamente es profundo.
Y que un texto claro necesariamente es superficial.
La realidad suele ser exactamente la contraria.
Explicar algo complicado con claridad exige comprenderlo.
Explicarlo de forma confusa muchas veces sólo exige ocultar que no se comprende del todo.
Por eso algunos de los mayores pensadores de la historia escribían con extraordinaria claridad.
Aristóteles, David Hume, Adam Smith o José Ortega y Gasset podían abordar cuestiones extremadamente complejas sin necesidad de esconderse detrás de una muralla de jerga incomprensible.
Comprender y expresar con claridad son actividades inseparables.
La claridad es una prueba de comprensión.
La oscuridad muchas veces es una prueba de confusión.
Cuando las palabras dejan de nombrar la realidad
Todo esto nos devuelve al punto de partida.
La función del lenguaje consiste en identificar la realidad.
Nombrarla.
Describirla.
Comprenderla.
Pero cuando las palabras se utilizan para impresionar, disimular, manipular o aparentar, dejan de cumplir esa función.
Y cuando las palabras dejan de reflejar la realidad, también el pensamiento comienza a deteriorarse.
Porque pensar exige conceptos claros.
Y los conceptos claros exigen palabras precisas.
Por eso la invasión de anglicismos innecesarios, la expansión de la jerga burocrática y la proliferación de lenguajes profesionales artificialmente oscuros no constituyen simples anécdotas lingüísticas.
Forman parte de un fenómeno mucho más amplio.
La progresiva desconexión entre las palabras y las cosas.
Entre el lenguaje y la realidad.
Y cuando una civilización pierde esa conexión, empieza a perder también la capacidad de comprenderse a sí misma.
(Continuará)
Próxima entrega:
La instrucción pública contra la inteligencia: cómo escuelas, universidades y facultades de pedagogía han contribuido al empobrecimiento del lenguaje, la desaparición de la memoria, la degradación de la lectura y la sustitución del conocimiento por la propaganda y las emociones.
Cómo el empobrecimiento del español está destruyendo nuestra capacidad de pensar
Cuarta entrega
Cuando una civilización deja de leer, comienza a dejar de pensar

Hasta ahora hemos visto cómo el pensamiento racional depende del lenguaje, cómo la comunicación telegráfica está modificando nuestros hábitos mentales y cómo la proliferación de anglicismos, jergas burocráticas y lenguajes artificiales contribuye a separar las palabras de la realidad.
Sin embargo, todo ello no deja de ser consecuencia de un fenómeno todavía más profundo.
La desaparición progresiva del hábito de la lectura.
Y, con ella, la desaparición de una de las principales escuelas de pensamiento que ha conocido la humanidad.
Porque conviene recordar algo elemental que nuestra época parece haber olvidado:
nadie aprende a pensar sin esfuerzo.
La inteligencia también necesita entrenamiento
Uno de los mayores errores de la pedagogía contemporánea consiste en presentar la inteligencia como una especie de capacidad espontánea.
Como si bastara con «estimular la creatividad».
Como si el pensamiento crítico surgiera automáticamente.
Como si la razón funcionara por generación espontánea.
La realidad es exactamente la contraria.
La inteligencia necesita entrenamiento.
La memoria necesita entrenamiento.
La atención necesita entrenamiento.
La lectura necesita entrenamiento.
Y el pensamiento racional necesita entrenamiento.
Ya lo comprendió perfectamente Aristóteles hace más de dos mil años.
Las virtudes no nacen con nosotros.
Se adquieren.
La prudencia se aprende practicando actos prudentes.
La fortaleza se desarrolla soportando dificultades.
La templanza surge mediante el dominio de uno mismo.
Y la capacidad de pensar racionalmente se adquiere mediante el ejercicio continuado de la razón.
En otras palabras:
pensar también es una virtud.
Y como toda virtud requiere hábito.
El hábito perdido
Nuestra época parece haber olvidado esta verdad elemental.
Hoy se habla constantemente del placer de la lectura.
Pero rara vez se menciona el esfuerzo que exige alcanzarlo.
Nadie nace disfrutando de la literatura.
Nadie nace apreciando a Cervantes.
Nadie nace comprendiendo a Unamuno.
Nadie nace emocionándose con Galdós.
Del mismo modo que nadie nace disfrutando de la música de Bach, de una fuga de órgano o de una ópera de Verdi.
El gusto se educa.
El oído se educa.
El paladar se educa.
La inteligencia también se educa.
Y la lectura constituye una de las principales herramientas de esa educación.
La primera vez que un joven intenta leer una obra exigente suele encontrar dificultades.
Hay palabras desconocidas.
Referencias históricas ignoradas.
Frases largas.
Conceptos complejos.
Argumentos que obligan a detenerse y releer.
Es normal.
Precisamente ahí comienza el aprendizaje.
La gran mentira pedagógica
Durante décadas se ha extendido una idea profundamente equivocada.
La idea de que el aprendizaje debe ser siempre fácil.
Siempre entretenido.
Siempre agradable.
Siempre inmediato.
Si un libro exige demasiado esfuerzo, se sustituye por otro más sencillo.
Si una obra clásica presenta dificultades, se resume.
Si un texto contiene vocabulario complejo, se adapta.
Si un alumno encuentra obstáculos, se eliminan los obstáculos.
Y así sucesivamente.
Pero ninguna capacidad humana se desarrolla de esa manera.
Nadie aprende matemáticas eliminando los problemas difíciles.
Nadie aprende música suprimiendo las partituras complejas.
Nadie desarrolla musculatura evitando levantar peso.
Y nadie desarrolla la inteligencia leyendo exclusivamente textos diseñados para no exigir ningún esfuerzo intelectual.
La dificultad no es un defecto del aprendizaje.
Es precisamente su condición necesaria.
Los profesores que dejaron de leer
Y aquí llegamos a una cuestión particularmente delicada.
Durante siglos, los maestros y profesores formaron parte de las personas más cultas de una comunidad.
No necesariamente las más sabias.
Pero sí las más instruidas.
Leían.
Escribían.
Conocían historia.
Dominaban la lengua.
Poseían referencias literarias.
Eran transmisores de civilización.
Hoy la situación parece muy distinta.
Naturalmente, siguen existiendo excelentes profesores.
Magníficos docentes.
Verdaderos maestros.
Pero cada vez resultan más excepcionales.
Lo preocupante no son las excepciones.
Lo preocupante es la tendencia general.
Y esa tendencia apunta hacia una progresiva pérdida de cultura general incluso entre quienes tienen la misión de transmitirla.
Muchos profesores han sido formados por un sistema educativo que ya no considera la lectura exigente una prioridad.
Han pasado por facultades donde abundan las metodologías pedagógicas y escasean los contenidos.
Han memorizado terminología psicopedagógica.
Han aprendido a rellenar formularios.
Han asistido a cursos sobre innovación educativa.
Pero frecuentemente poseen una formación sorprendentemente pobre en historia, literatura, filosofía o lengua española.
Y aquí aparece una verdad incómoda:
nadie puede transmitir lo que no posee.
La cadena rota
Un profesor que apenas lee difícilmente despertará el gusto por la lectura.
Un profesor que desconoce la literatura difícilmente transmitirá amor por ella.
Un profesor que maneja un vocabulario reducido difícilmente enriquecerá el vocabulario de sus alumnos.
Un profesor que nunca ha desarrollado el hábito del pensamiento riguroso difícilmente enseñará a pensar.
No porque sea una mala persona.
No porque carezca de buena voluntad.
Sino porque las virtudes intelectuales se contagian principalmente mediante el ejemplo.
Durante siglos, los alumnos aprendían observando a personas que amaban el conocimiento.
Hoy, con demasiada frecuencia, se encuentran ante profesionales que consideran la lectura una obligación académica más.
Y el resultado es devastador.
Porque el desinterés también se contagia.
El sabio ignorante
Hace casi un siglo, José Ortega y Gasset describió una figura que hoy parece omnipresente.
La llamó «el sabio ignorante».
El especialista que sabe muchísimo acerca de una parcela diminuta de la realidad y casi nada sobre todo lo demás.
El hombre técnicamente competente.
Pero culturalmente empobrecido.
El fenómeno no ha dejado de crecer.
Hoy abundan graduados universitarios incapaces de situar cronológicamente acontecimientos históricos fundamentales.
Desconocedores de los grandes autores españoles.
Ignorantes de cuestiones filosóficas elementales.
Con enormes dificultades para redactar correctamente una página de texto.
Y esto no afecta únicamente a estudiantes.
Afecta también a una parte creciente del profesorado.
Cuando los médicos escribían libros
La comparación con otras épocas resulta reveladora.
España produjo figuras como Gregorio Marañón.
Como Santiago Ramón y Cajal.
Como Pío Baroja.
No eran simples especialistas.
Eran hombres cultos.
Leían historia.
Leían filosofía.
Leían literatura.
Y además escribían admirablemente.
Lo mismo sucedía con numerosos juristas, científicos, ingenieros y profesores.
La cultura general no era considerada un lujo.
Era considerada parte inseparable de la formación intelectual.
Hoy parece imponerse la idea contraria.
Lo importante es la especialización.
La cultura se considera accesoria.
Y el idioma una simple herramienta utilitaria.
Los narradores de lo obvio
Fernando Lázaro Carreter denunció hace décadas a los «narradores de lo obvio».
Se refería especialmente a ciertos comentaristas deportivos que se limitaban a describir lo que el espectador ya estaba viendo.
Pero probablemente se escandalizaría aún más ante la situación actual.
Porque los comentaristas contemporáneos ya no sólo narran lo evidente.
Además han desarrollado una jerga propia cargada de extranjerismos, neologismos, expresiones vacías y clichés prefabricados.
Hablan de:
«resiliencia»,
«poner en valor»,
«gestionar emociones»,
«salir de la zona de confort»,
«generar espacios»,
«leer el partido»,
«activar mecanismos».
Y millones de espectadores terminan incorporando esas expresiones a su lenguaje cotidiano.
El resultado es una inflación verbal extraordinaria.
Cada vez más palabras.
Cada vez más jerga.
Cada vez más ruido.
Y cada vez menos pensamiento.
Una civilización que deja de ejercitar su inteligencia
Quizá ésa sea la verdadera cuestión.
No estamos asistiendo simplemente a una crisis del idioma.
Estamos asistiendo a una crisis de las facultades intelectuales que hicieron posible nuestra civilización.
La lectura.
La memoria.
La atención.
La lógica.
La reflexión.
La conversación razonada.
Todas funcionan como músculos.
Si se ejercitan, se fortalecen.
Si se abandonan, se atrofian.
Y eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo.
Vivimos rodeados de información.
Nunca hubo tantos títulos académicos.
Nunca hubo tantas universidades.
Nunca hubo tantos especialistas.
Y, sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrar personas capaces de leer una obra exigente, expresarse con precisión o mantener una conversación profunda consigo mismas.
Lo cual nos devuelve al punto de partida.
Pensar consiste, en gran medida, en conversar con uno mismo.
Pero nadie puede mantener una conversación rica utilizando un idioma pobre.
Nadie puede manejar conceptos que desconoce.
Nadie puede distinguir matices para los que carece de palabras.
Y por eso el empobrecimiento del español no constituye únicamente un problema lingüístico.
Constituye un problema intelectual.
Cultural.
Educativo.
Y, en última instancia, civilizatorio.
Porque cuando una sociedad pierde las palabras, acaba perdiendo también las ideas.
(Continuará)
Próxima entrega:
La enseñanza de la ignorancia: cómo las sucesivas leyes educativas han sustituido el conocimiento por la pedagogía, la memoria por las emociones, la cultura por las competencias y la instrucción por el adoctrinamiento.
Cómo el empobrecimiento del español está erosionando la capacidad de pensar
Quinta entrega
La enseñanza de la ignorancia

Si hubiera que señalar el lugar donde comienza la degradación lingüística de una sociedad, muchos mirarían hacia las redes sociales, la televisión o los teléfonos móviles.
Sería un error.
Todos esos fenómenos aceleran el proceso.
Pero no lo originan
Las redes sociales no crean una generación incapaz de leer un texto complejo.
Simplemente ponen de manifiesto una incapacidad que ya existía.
La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Dónde aprendieron a no leer quienes hoy no leen?
¿Dónde aprendieron a escribir mal quienes hoy escriben mal?
¿Dónde aprendieron a no pensar quienes hoy encuentran enormes dificultades para razonar?
La respuesta resulta incómoda.
Pero inevitable.
En la enseñanza.
O, más exactamente, en la progresiva transformación de la enseñanza en algo muy distinto de lo que históricamente había sido.
Cuando enseñar significaba transmitir
Durante siglos existió una convicción elemental.
Cada generación tenía la obligación de transmitir a la siguiente el conocimiento acumulado por las anteriores.
La lengua.
La historia.
La literatura.
La ciencia.
La filosofía.
Las matemáticas.
Las artes.
Las instituciones.
La memoria colectiva.
Nadie consideraba esta tarea opresiva.
Nadie la calificaba de autoritaria.
Nadie hablaba de traumas pedagógicos.
Se entendía como una necesidad civilizatoria.
Toda sociedad sobrevive porque transmite.
Toda civilización desaparece cuando deja de hacerlo.
Por eso la figura del maestro ocupó tradicionalmente un lugar central.
Su misión consistía en introducir al alumno en un mundo que existía antes que él.
No en adaptarse constantemente a sus gustos.
No en entretenerlo.
No en seguir sus emociones.
No en negociar cada contenido.
Sino en enseñarle aquello que todavía ignoraba.
La revolución pedagógica
Todo comenzó a cambiar cuando el conocimiento dejó de ocupar el centro del sistema.
Poco a poco la instrucción fue siendo sustituida por la pedagogía.
La transmisión de contenidos por metodologías.
La cultura por las competencias.
La memoria por la experiencia.
El esfuerzo por la motivación.
La disciplina intelectual por la autoestima.
La pregunta dejó de ser:
«¿Qué debe aprender un alumno?»
Y pasó a ser:
«¿Cómo se siente el alumno mientras aprende?»
La diferencia parece pequeña.
No lo es.
Es gigantesca.
Porque modifica completamente la finalidad de la enseñanza.
El centro deja de ser el conocimiento.
Y pasa a ser el estado emocional del estudiante.
El culto a las competencias
Las últimas décadas han producido una auténtica explosión de terminología pedagógica.
Aprendizaje significativo.
Competencias transversales.
Entornos colaborativos.
Evaluación holística.
Innovación educativa.
Aprendizaje experiencial.
Educación emocional.
Proyectos interdisciplinares.
Metodologías activas.
Situaciones de aprendizaje.
La mayoría de estas expresiones poseen un rasgo común.
Resultan extraordinariamente vagas.
Nadie sabe exactamente qué significan.
O mejor dicho:
cada cual las interpreta de forma distinta.
Y precisamente por eso han tenido tanto éxito.
Porque permiten hablar durante horas sin definir con precisión qué debe saber realmente un alumno.
Mientras tanto, los conocimientos concretos han ido perdiendo terreno.
La memoria, la gran perseguida
Pocas facultades han sido tan injustamente maltratadas como la memoria.
Durante años se ha repetido que memorizar carece de importancia.
Que lo importante es comprender.
Que los datos están en internet.
Que la memoria es una habilidad obsoleta.
El razonamiento parece convincente.
Pero encierra una falacia monumental.
Porque nadie puede comprender aquello que desconoce.
Y nadie puede pensar utilizando conocimientos que no posee.
La memoria no es enemiga de la inteligencia.
Es una de sus condiciones previas.
Un historiador piensa con fechas.
Un jurista piensa con leyes.
Un médico piensa con conocimientos anatómicos.
Un filósofo piensa con conceptos.
Un escritor piensa con palabras.
Sin memoria no existe pensamiento complejo.
Existe únicamente improvisación.
El idioma como víctima
Las consecuencias sobre la lengua han sido devastadoras.
El vocabulario medio se reduce.
La comprensión lectora disminuye.
Las referencias culturales desaparecen.
La sintaxis se simplifica.
Los matices se pierden.
Cada vez resulta más frecuente encontrar estudiantes universitarios incapaces de comprender textos que hace cuarenta años eran perfectamente accesibles para alumnos de enseñanza media.
No porque sean menos inteligentes.
Sino porque disponen de menos herramientas.
Menos vocabulario.
Menos referencias.
Menos conocimientos previos.
Menos hábito lector.
Y el pensamiento depende de todas esas cosas.
Los profesores formados por el sistema
Llegamos así a una cuestión particularmente delicada.
¿Quién forma a los futuros profesores?
La respuesta es sencilla.
El mismo sistema educativo.
Y aquí aparece un fenómeno acumulativo extraordinariamente peligroso.
Cada generación de docentes es producto de la generación anterior.
Si el nivel cultural disminuye ligeramente en cada promoción, el efecto acumulado puede resultar enorme al cabo de varias décadas.
Por supuesto, siguen existiendo profesores admirables.
Magníficos lectores.
Excelentes conocedores de su materia.
Verdaderos maestros.
Pero son cada vez más excepcionales.
Lo preocupante es la tendencia general.
Y la tendencia apunta hacia una progresiva pérdida de formación literaria y cultura general incluso entre quienes deberían transmitirlas.
Cuando los profesores dejan de leer
Esta cuestión suele provocar incomodidad.
Pero resulta difícil ignorarla.
Muchos docentes ya no leen.
O leen muy poco.
Y cuando lo hacen, frecuentemente se trata de materiales relacionados exclusivamente con su especialidad profesional.
La lectura exigente desaparece.
La literatura desaparece.
La filosofía desaparece.
La historia desaparece.
Los grandes ensayos desaparecen.
Y aquí conviene recordar una verdad elemental.
No se lee porque guste.
Llega a gustar porque se lee.
Del mismo modo que nadie nace apreciando una fuga de Bach.
Ni un vino complejo.
Ni una buena ópera.
Ni una gran obra filosófica.
El gusto se educa.
El oído se educa.
El paladar se educa.
La inteligencia también se educa.
La lectura es una virtud intelectual.
Y como toda virtud exige ejercicio continuado.
Hábito.
Costumbre.
Disciplina.
Quien deja de leer pierde progresivamente la capacidad de leer obras complejas.
Exactamente igual que quien deja de correr pierde resistencia física.
El círculo vicioso
Aquí aparece uno de los mecanismos más preocupantes del proceso.
Un profesor que apenas lee difícilmente despertará pasión por la lectura.
Un profesor que desconoce la literatura difícilmente transmitirá amor por ella.
Un profesor con escasa cultura general difícilmente ampliará los horizontes intelectuales de sus alumnos.
Y esos alumnos terminarán convirtiéndose, a su vez, en los futuros profesores.
El resultado es una especie de empobrecimiento acumulativo.
Una lenta erosión cultural.
Un descenso gradual del nivel medio.
Apenas perceptible en cada generación.
Pero enorme cuando se observa en perspectiva histórica.
Ortega y el sabio ignorante
Hace casi un siglo, José Ortega y Gasset describió una figura que parece haber proliferado extraordinariamente.
La llamó el «sabio ignorante».
El especialista que sabe muchísimo sobre una parcela diminuta del conocimiento.
Y muy poco sobre todo lo demás.
La enseñanza contemporánea parece fabricar precisamente ese tipo humano.
Especialistas.
Técnicos.
Expertos.
Pero cada vez menos personas cultas.
Cada vez menos lectores.
Cada vez menos individuos capaces de relacionar historia, literatura, filosofía, ciencia y política.
Cada vez menos ciudadanos capaces de comprender la complejidad del mundo.
Una civilización que deja de enseñarse a sí misma
Y quizá ahí encontremos el núcleo del problema.
Toda civilización depende de un acto de transmisión.
Cada generación entrega a la siguiente una herencia.
Una lengua.
Una literatura.
Una memoria.
Un conjunto de conocimientos.
Un modo de comprender la realidad.
Cuando esa transmisión se debilita, comienza una forma peculiar de decadencia.
No desaparecen los edificios.
No desaparecen las universidades.
No desaparecen los títulos.
Desaparece algo mucho más importante.
La capacidad de comprender lo que esas instituciones significan.
Porque una civilización puede sobrevivir a la pobreza.
Puede sobrevivir a las guerras.
Puede sobrevivir incluso a las crisis políticas.
Lo que difícilmente puede sobrevivir es a una generación que deja de transmitir a la siguiente las palabras, los libros y los hábitos intelectuales que permiten pensar.
(Continuará)
Próxima entrega:
Del lector al consumidor de pantallas: cómo la imagen ha desplazado a la palabra y por qué una sociedad que deja de leer acaba perdiendo la capacidad de comprender la realidad compleja.
Cómo el empobrecimiento del español está erosionando la capacidad de pensar
Sexta entrega
Del lector al consumidor de pantalla

Si la lectura constituye una de las principales escuelas del pensamiento, resulta inevitable preguntarse qué ocurre cuando una sociedad deja de leer.
No cuando lee menos.
No cuando cambia unos libros por otros.
Sino cuando abandona progresivamente la lectura como hábito cotidiano y la sustituye por un consumo constante de imágenes, vídeos, mensajes instantáneos y estímulos fragmentarios.
La cuestión resulta fundamental.
Porque ninguna civilización ha alcanzado altos niveles de desarrollo intelectual sin una sólida cultura escrita.
Ninguna.
La filosofía nació entre libros.
La ciencia nació entre libros.
El derecho nació entre libros.
La historia nació entre libros.
La literatura nació entre libros.
Las universidades nacieron alrededor de libros.
Y durante siglos la lectura constituyó el principal mecanismo mediante el cual cada generación se incorporaba a la conversación intelectual iniciada por las anteriores.
Hoy esa conversación parece estar interrumpiéndose.
La palabra y la imagen
La imagen posee ventajas extraordinarias.
Es rápida.
Directa.
Intuitiva.
Universal.
Permite transmitir información de forma inmediata.
Nadie discute eso.
El problema aparece cuando la imagen desplaza completamente a la palabra.
Porque ambas no realizan la misma función.
La imagen muestra.
La palabra explica.
La imagen presenta.
La palabra interpreta.
La imagen impacta.
La palabra analiza.
La imagen emociona.
La palabra permite comprender.
Una fotografía puede mostrar una guerra.
Pero sólo las palabras permiten explicar sus causas.
Un vídeo puede mostrar una inundación.
Pero sólo las palabras permiten comprender los procesos que la produjeron.
Una imagen puede conmovernos.
Pero únicamente los conceptos nos permiten entender.
Por eso las civilizaciones avanzadas siempre han necesitado ambas cosas.
Imágenes y palabras.
Pero subordinando las primeras a las segundas.
Porque el pensamiento complejo exige lenguaje.
La cultura de la interrupción permanente
El lector tradicional realizaba una actividad extraordinariamente exigente.
Debía concentrarse.
Mantener la atención.
Recordar lo leído páginas atrás.
Relacionar ideas.
Interpretar conceptos.
Imaginar escenarios.
Construir significados.
Era una actividad lenta.
Silenciosa.
Reflexiva.
En cierto sentido, era un entrenamiento constante para el pensamiento racional.
Las pantallas funcionan de forma muy diferente.
El vídeo breve.
La red social.
La plataforma digital.
El flujo ininterrumpido de mensajes.
Todo está diseñado para captar atención durante unos segundos y desplazarla inmediatamente hacia otro estímulo.
No se busca concentración.
Se busca permanencia.
No se busca comprensión.
Se busca consumo.
No se busca profundidad.
Se busca velocidad.
La consecuencia es evidente.
La atención se fragmenta.
La paciencia intelectual disminuye.
La capacidad de concentración se debilita.
Y la lectura prolongada comienza a resultar incómoda.
La muerte del silencio
Existe además un fenómeno raramente mencionado.
La lectura exige silencio.
No sólo silencio exterior.
También silencio interior.
Para leer es necesario detenerse.
Suspender momentáneamente el ruido del mundo.
Permanecer a solas con un texto.
Y esa soledad intelectual constituye una condición indispensable para el pensamiento.
Porque pensar, como vimos en las primeras entregas, consiste fundamentalmente en conversar con uno mismo.
Pero ¿cómo mantener una conversación interior cuando cada minuto está ocupado por una pantalla?
¿Cómo reflexionar cuando toda pausa es inmediatamente rellenada por un vídeo, una notificación o un mensaje?
¿Cómo desarrollar una vida intelectual rica cuando desaparece el silencio necesario para alimentarla?
La respuesta resulta evidente.
No puede hacerse.
La reflexión necesita tiempo.
Necesita distancia.
Necesita interrupciones del ruido exterior.
Y precisamente esas condiciones son las que están desapareciendo.
Del lector al espectador
Durante siglos la figura central de la cultura fue el lector.
Hoy parece estar siendo sustituida por otra figura distinta.
El espectador.
La diferencia es enorme.
El lector participa activamente.
Debe imaginar.
Interpretar.
Relacionar.
Completar.
Reconstruir.
El espectador recibe.
Observa.
Consume.
Reacciona.
No siempre pasivamente, desde luego.
Pero sí de forma mucho menos exigente.
Por eso resulta más fácil ver diez horas de vídeos que leer cincuenta páginas de un ensayo.
No porque el ensayo sea superior moralmente.
Sino porque exige un esfuerzo intelectual incomparablemente mayor.
Y la inteligencia, como cualquier otra facultad humana, se desarrolla mediante el esfuerzo.
No mediante su ausencia.
La desaparición de la cultura general
Este fenómeno ayuda a explicar otro problema que ya hemos mencionado.
La progresiva desaparición de la cultura general.
Durante generaciones, una persona medianamente instruida había leído a Cervantes, a Galdós, a Baroja, a Unamuno, a Azorín o a Machado.
No necesariamente los había estudiado en profundidad.
Pero formaban parte de su horizonte cultural.
Del mismo modo conocía acontecimientos históricos fundamentales.
Referencias clásicas.
Conceptos filosóficos básicos.
Nociones generales de arte y literatura.
Hoy encontramos cada vez más especialistas capaces de manejar tecnologías extraordinariamente complejas y, al mismo tiempo, completamente ajenos a buena parte de la herencia cultural de su propia civilización.
No porque sean menos inteligentes.
Sino porque han dejado de frecuentar las fuentes donde esa herencia se transmite.
Y esas fuentes son, fundamentalmente, los libros.
Cuando los profesores ya no son lectores
Aquí volvemos a una cuestión especialmente delicada.
El problema no afecta únicamente a los alumnos.
Afecta también a una parte creciente del profesorado.
Porque el deterioro cultural acumulado durante décadas ha terminado alcanzando a quienes deberían combatirlo.
Naturalmente, siguen existiendo magníficos profesores.
Excelentes lectores.
Verdaderos humanistas.
Pero constituyen cada vez más una excepción.
Muchos otros apenas leen fuera de las exigencias profesionales inmediatas.
Y algunos han perdido incluso la capacidad de enfrentarse con comodidad a obras exigentes.
No porque carezcan de inteligencia.
Sino porque la lectura, como cualquier virtud intelectual, requiere ejercicio constante.
Quien deja de leer termina encontrando difíciles los libros que antes le resultaban accesibles.
Exactamente igual que quien abandona el ejercicio físico pierde resistencia.
El gusto por la lectura no es innato
Éste es uno de los mayores errores de nuestro tiempo.
Creer que el gusto por la lectura surge espontáneamente.
No es cierto.
Nadie nace disfrutando de Cervantes.
Nadie nace apreciando a Galdós.
Nadie nace comprendiendo a Ortega.
El gusto se forma.
Se cultiva.
Se educa.
Como el oído musical.
Como el paladar.
Como cualquier otra facultad humana.
Al principio la lectura exige esfuerzo.
Después se convierte en costumbre.
Finalmente se transforma en necesidad.
Pero para alcanzar ese punto resulta imprescindible perseverar.
La inteligencia no se desarrolla huyendo de las dificultades.
Se desarrolla enfrentándose a ellas.
Ayn Rand y la función de la enseñanza
En este punto resulta especialmente pertinente recordar una reflexión de Ayn Rand.
Según Rand, la finalidad esencial de la enseñanza consiste en entrenar la mente para usar la razón.
No basta con transmitir datos.
No basta con proporcionar información.
Hay que enseñar a pensar.
Y pensar exige conceptos.
Exige lenguaje.
Exige lectura.
Exige lógica.
Exige atención.
Todo aquello que el actual sistema de enseñanza parece debilitar sistemáticamente.
La consecuencia es visible.
Se producen generaciones extraordinariamente familiarizadas con la tecnología.
Pero cada vez menos habituadas a la reflexión.
Cada vez menos lectoras.
Cada vez menos capaces de sostener durante largo tiempo una conversación intelectual consigo mismas.
Una sociedad que consume más información y comprende menos
Nos encontramos así ante una paradoja histórica.
Nunca hubo tanta información disponible.
Nunca hubo tantos medios de acceso al conocimiento.
Nunca hubo tantas universidades.
Nunca hubo tantos titulados.
Y, sin embargo, cada vez parece más difícil encontrar personas capaces de leer un libro exigente, escribir con precisión o mantener una argumentación compleja.
La explicación quizá sea sencilla.
La información no sustituye al conocimiento.
El conocimiento no sustituye a la comprensión.
Y la comprensión no puede existir sin lenguaje, lectura y reflexión.
Por eso el problema de nuestro tiempo no consiste únicamente en que leamos menos.
Consiste en que estamos sustituyendo los hábitos intelectuales que hicieron posible nuestra civilización por otros que apenas exigen esfuerzo, atención o profundidad.
Y una civilización que deja de leer acaba dejando de pensar.
(Continuará)
Próxima entrega:
La burocratización del idioma: periodistas, pedagogos, políticos y expertos en la fabricación de niebla verbal. Cómo las palabras dejan de servir para nombrar la realidad y pasan a utilizarse para ocultarla.
Cómo el empobrecimiento del español está erosionando la capacidad de pensar
Séptima entrega
La burocratización del idioma: fabricantes de niebla verbal

Si el deterioro de la lectura debilita la capacidad de pensar, existe otro fenómeno que contribuye poderosamente a agravar el problema: la degradación deliberada del lenguaje público.
Porque no todas las amenazas contra el idioma proceden de la ignorancia.
Algunas proceden precisamente de quienes deberían utilizarlo con mayor precisión.
Políticos.
Periodistas.
Pedagogos.
Funcionarios.
Consultores.
Expertos.
Técnicos.
Portavoces.
Responsables de comunicación.
En teoría, todos ellos trabajan con palabras.
Sin embargo, buena parte de su actividad parece consistir precisamente en vaciarlas de significado.
Cuando las palabras dejan de nombrar las cosas
La función original del lenguaje es sencilla.
Nombrar la realidad.
Describirla.
Comprenderla.
Transmitirla.
Por eso las grandes tradiciones filosóficas occidentales, desde Aristóteles hasta Ayn Rand, insistieron tanto en la importancia de las definiciones.
Pensar exige distinguir.
Y distinguir exige nombrar correctamente.
Una causa no es una consecuencia.
Una hipótesis no es una prueba.
Una opinión no es un hecho.
Una posibilidad no es una certeza.
Cuando esas distinciones desaparecen, el pensamiento comienza a deteriorarse.
Y precisamente eso es lo que observamos hoy.
Cada vez más palabras dejan de servir para identificar la realidad.
Y comienzan a utilizarse para ocultarla.
La gran industria de la niebla verbal
Pocas actividades humanas producen tanta niebla lingüística como la burocracia.
La burocracia posee una extraordinaria capacidad para transformar una idea sencilla en un párrafo incomprensible.
Si alguien quiere decir:
«Vamos a estudiar el problema.»
La burocracia escribe:
«Se procederá a implementar un proceso de análisis integral destinado a evaluar las dinámicas subyacentes asociadas a la problemática detectada.»
Si alguien quiere decir:
«Nos hemos equivocado.»
La burocracia redacta:
«Se han identificado oportunidades de mejora derivadas de la implementación del procedimiento.»
Si alguien quiere decir:
«Vamos a gastar dinero.»
La burocracia anuncia:
«Se impulsará una estrategia de dinamización orientada al fortalecimiento de capacidades territoriales.»
La finalidad no suele ser informar.
La finalidad suele ser impresionar.
O esconder.
O ambas cosas simultáneamente.
Los pedagogos y el lenguaje vacío
Uno de los ámbitos donde esta tendencia ha alcanzado niveles particularmente llamativos es el de la enseñanza.
Basta abrir muchos documentos oficiales para encontrar expresiones como:
- aprendizaje significativo;
- competencias transversales;
- situaciones de aprendizaje;
- entornos colaborativos;
- evaluación holística;
- innovación metodológica;
- educación emocional;
- construcción colectiva del conocimiento;
- resiliencia educativa;
- aprendizaje experiencial.
El problema no consiste en que todas estas expresiones sean necesariamente falsas.
El problema consiste en que rara vez se definen con precisión.
Funcionan como fórmulas rituales.
Como palabras mágicas.
Como etiquetas que parecen profundas precisamente porque nadie sabe exactamente qué significan.
Mientras tanto, cuestiones mucho más concretas desaparecen del debate:
¿Aprenden más los alumnos?
¿Leen mejor?
¿Escriben mejor?
¿Piensan mejor?
¿Conocen más historia?
¿Dominan mejor su lengua?
Ésas son las preguntas importantes.
Y, curiosamente, son las que menos aparecen.
Los periodistas apesebrados y las palabras de moda
La situación resulta igualmente visible en buena parte del periodismo contemporáneo.
Cada época desarrolla sus propias muletillas.
Pero pocas han producido tantas como la nuestra.
Durante años hemos escuchado hasta la saciedad expresiones como:
«poner en valor»,
«empoderar»,
«resiliencia»,
«gobernanza»,
«narrativa»,
«transversalidad»,
«visibilizar»,
«protocolo»,
«hoja de ruta»,
«actor social»,
«incidencia»,
«problemática»,
«territorializar».
Muchas podrían sustituirse por palabras españolas mucho más claras.
Pero la claridad parece haberse convertido en una virtud sospechosa.
Porque la claridad obliga a asumir responsabilidades.
La niebla permite evitarlas.
Fernando Lázaro Carreter y los secuestradores del idioma
Hace décadas, Fernando Lázaro Carreter denunció muchos de estos abusos en sus célebres artículos recopilados en El dardo en la palabra.
Observó cómo periodistas, locutores y comentaristas deformaban continuamente el idioma mediante clichés, muletillas y expresiones vacías.
Pero probablemente se sorprendería al comprobar hasta qué punto el fenómeno se ha agravado.
Hoy no sólo encontramos narradores de lo obvio.
Encontramos además fabricantes profesionales de frases hechas.
Personas capaces de hablar durante horas sin formular una sola idea precisa.
Especialistas en producir ruido verbal.
Expertos en aparentar profundidad mediante la complejidad artificial.
Los comentaristas deportivos como laboratorio lingüístico
El caso de los comentaristas deportivos resulta especialmente revelador.
Antiguamente muchos procedían de la radio y del periodismo escrito.
Narraban partidos.
Pero también redactaban crónicas.
Escribían columnas.
Comentaban acontecimientos.
Leían.
Manejaban un vocabulario relativamente rico.
Hoy observamos algo distinto.
Las retransmisiones deportivas se han convertido en auténticos laboratorios de fabricación de clichés.
Los partidos ya no se juegan.
Se «gestionan».
Los futbolistas ya no corren.
«Interpretan espacios».
Los entrenadores ya no dirigen equipos.
«Gestionan grupos humanos».
Las derrotas ya no existen.
Hay «áreas de mejora».
Los problemas desaparecen.
Todo son «oportunidades».
La jerga empresarial, psicológica y anglosajona invade el deporte.
Y desde el deporte se extiende al conjunto de la sociedad.
Millones de espectadores incorporan diariamente ese lenguaje a sus conversaciones.
El prestigio de lo incomprensible
Existe además un fenómeno psicológico interesante.
Muchas personas confunden oscuridad con inteligencia.
Creen que una frase complicada debe contener necesariamente una idea profunda.
La experiencia demuestra exactamente lo contrario.
Los grandes pensadores suelen expresarse con claridad.
No porque sus ideas sean simples.
Sino porque las comprenden profundamente.
La claridad exige comprensión.
La oscuridad muchas veces sólo exige confusión.
O deseo de impresionar.
Cuando la realidad desaparece
George Orwell comprendió perfectamente este fenómeno.
En su célebre ensayo sobre política y lenguaje observó que la corrupción del idioma y la corrupción del pensamiento avanzan juntas.
Cuando las palabras pierden precisión, los conceptos también la pierden.
Cuando los conceptos se vuelven borrosos, la realidad se vuelve confusa.
Y cuando la realidad se vuelve confusa, la manipulación resulta mucho más sencilla.
Por eso los regímenes autoritarios de todas las épocas han mostrado tanta preocupación por controlar el lenguaje.
Cambiar palabras significa cambiar conceptos.
Cambiar conceptos significa alterar la percepción de la realidad.
La función civilizadora de la claridad
Frente a esta tendencia, recuperar el idioma significa recuperar la claridad.
Llamar a cada cosa por su nombre.
Decir impuesto cuando se trata de un impuesto.
Decir censura cuando existe censura.
Decir despido cuando se produce un despido.
Decir fracaso cuando hay fracaso.
Decir éxito cuando hay éxito.
Parece una exigencia modesta.
No lo es.
Constituye una de las bases de toda civilización libre.
Porque una sociedad incapaz de nombrar correctamente la realidad termina siendo incapaz de comprenderla.
Y una sociedad incapaz de comprender la realidad acaba inevitablemente sometida a quienes la reinterpretan en su nombre.
(Continuará)
Próxima entrega:
El idioma contra la ideología: lenguaje inclusivo, ingeniería lingüística y el intento de modificar la realidad mediante la manipulación de las palabras. Cómo la precisión conceptual se convierte en el principal enemigo de las utopías políticas.
Cómo el empobrecimiento del español está erosionando la capacidad de pensar
Octava entrega
El idioma contra la ideología: cuando se pretende cambiar la realidad cambiando las palabras

A lo largo de las entregas anteriores hemos analizado diversas formas de degradación lingüística.
La desaparición de la lectura.
La comunicación telegráfica.
Los anglicismos innecesarios.
La jerga burocrática.
La pobreza léxica.
La pérdida de cultura general.
La progresiva incapacidad para mantener una conversación intelectual profunda con uno mismo.
Sin embargo, existe todavía un fenómeno más inquietante.
No se trata ya de la degradación espontánea del idioma.
Se trata de su manipulación deliberada.
Porque una cosa es que una lengua evolucione de forma natural.
Y otra muy distinta intentar utilizarla como instrumento de ingeniería social.
Una vieja tentación
La idea no es nueva.
A lo largo de la historia numerosos movimientos políticos, religiosos e ideológicos han intentado controlar el lenguaje.
La razón es sencilla.
Las palabras no sólo sirven para comunicar ideas.
También sirven para construirlas.
Quien controla las palabras influye sobre los conceptos.
Y quien influye sobre los conceptos influye sobre la forma en que las personas interpretan la realidad.
Por eso los regímenes totalitarios han mostrado siempre una preocupación extraordinaria por el lenguaje.
No es casualidad.
Es una necesidad lógica.
Toda forma de poder que aspire a controlar el pensamiento debe empezar por controlar las palabras mediante las cuales ese pensamiento se articula.
Orwell y la neolengua
Nadie comprendió este fenómeno mejor que George Orwell.
En su novela 1984 imaginó la creación de una lengua artificial llamada «neolengua».
El objetivo no consistía simplemente en modificar el vocabulario.
El objetivo consistía en reducir progresivamente la capacidad misma de pensar.
Porque si desaparece una palabra, termina resultando más difícil formular el concepto que representa.
Y si desaparecen suficientes conceptos, determinadas ideas se vuelven prácticamente impensables.
Orwell comprendió algo esencial.
La libertad intelectual depende de la riqueza conceptual.
Y la riqueza conceptual depende de la riqueza lingüística.
Por eso la neolengua no pretendía añadir palabras.
Pretendía eliminarlas.
Reducirlas.
Simplificarlas.
Empobrecerlas.
El ataque contra los matices
Toda ideología simplificadora comparte una característica común.
Desconfía de los matices.
Los matices complican los discursos.
Introducen excepciones.
Obligan a distinguir.
Exigen pensar.
Y pensar siempre resulta incómodo para quien pretende imponer dogmas.
Por eso las ideologías tienden a dividir la realidad en categorías simples:
oprimidos y opresores.
progresistas y reaccionarios.
demócratas y enemigos de la democracia.
pueblo y antipueblo.
buenos y malos.
Pero la realidad rara vez funciona de esa manera.
La realidad es compleja.
Está llena de contradicciones.
De excepciones.
De circunstancias particulares.
De matices.
Y precisamente por eso necesita un lenguaje rico.
La precisión conceptual como enemigo
Aquí aparece una cuestión fundamental.
Las ideologías suelen prosperar en entornos donde disminuye la precisión conceptual.
Porque la precisión obliga a definir.
Y definir obliga a pensar.
¿Qué es exactamente una nación?
¿Qué es exactamente una mujer?
¿Qué es exactamente la igualdad?
¿Qué es exactamente la justicia?
¿Qué es exactamente la libertad?
Responder seriamente a estas preguntas exige definiciones rigurosas.
Exige lógica.
Exige conocimiento histórico.
Exige lenguaje preciso.
Por eso los grandes filósofos dedicaban tanto tiempo a definir términos.
Sabían que la claridad conceptual constituye la base de cualquier razonamiento serio.
Cuando las palabras dejan de significar lo que significan
Uno de los fenómenos más característicos de nuestro tiempo consiste en la alteración sistemática del significado tradicional de ciertas palabras.
No se trata simplemente de introducir vocabulario nuevo.
Se trata de modificar conceptos ya existentes.
Así, palabras con significados relativamente estables durante siglos comienzan a adquirir sentidos diferentes.
O incluso opuestos.
La consecuencia es una creciente confusión conceptual.
Y la confusión conceptual constituye el terreno ideal para la manipulación ideológica.
Porque cuando las palabras dejan de poseer significados claros, cualquier discusión racional se vuelve extraordinariamente difícil.
El problema no es lingüístico
Conviene subrayar algo importante.
El problema no consiste en que las lenguas evolucionen.
Todas las lenguas evolucionan.
Siempre lo han hecho.
El español actual es muy distinto del español de Cervantes.
Y el de Cervantes era muy distinto del castellano medieval.
La evolución lingüística es natural.
Lo problemático aparece cuando esa evolución deja de ser espontánea y se convierte en un proyecto político.
Cuando determinados grupos pretenden rediseñar deliberadamente el idioma para adaptar la realidad a sus objetivos ideológicos.
Porque entonces el lenguaje deja de ser un instrumento para comprender el mundo.
Y pasa a convertirse en un instrumento para transformarlo simbólicamente.
El empobrecimiento deliberado
Lo paradójico es que muchos de estos intentos suelen presentarse como enriquecimiento lingüístico.
Pero frecuentemente producen el efecto contrario.
Aumentan la confusión.
Reducen la precisión.
Dificultan la comunicación.
Y erosionan los matices.
En otras palabras:
empobrecen el idioma.
Porque la riqueza lingüística no depende del número de palabras disponibles.
Depende de la capacidad para distinguir realidades diferentes mediante conceptos claros.
Una lengua rica es una lengua precisa.
Una lengua pobre es una lengua confusa.
El lenguaje como instrumento de libertad
Todo esto nos devuelve a la cuestión central de este ensayo.
¿Por qué importa tanto el idioma?
¿Por qué debería preocuparnos la degradación lingüística?
La respuesta es sencilla.
Porque el lenguaje constituye la principal herramienta del pensamiento.
Y el pensamiento constituye la principal herramienta de la libertad.
Una persona incapaz de pensar con claridad resulta mucho más vulnerable a la manipulación.
Una sociedad incapaz de expresarse con precisión resulta mucho más fácil de dirigir mediante consignas.
Una civilización que pierde sus palabras termina perdiendo también una parte de su capacidad para comprenderse a sí misma.
Recuperar el idioma perdido
Por eso la defensa del español no constituye una cuestión académica ni nostálgica.
No se trata de conservar palabras antiguas por sentimentalismo.
No se trata de combatir extranjerismos por patriotismo lingüístico.
No se trata de inmovilizar una lengua viva.
Se trata de preservar la herramienta intelectual más poderosa que posee una sociedad.
Porque detrás de cada palabra desaparecida suele desaparecer también un matiz.
Y detrás de cada matiz desaparecido suele desaparecer una forma de comprender la realidad.
Y cuando suficientes matices desaparecen, también desaparece una parte importante de la inteligencia colectiva.
(Continuará)
Próxima entrega:
De Cervantes a WhatsApp: cómo hemos pasado de una de las lenguas más ricas y expresivas del mundo a una comunicación cada vez más telegráfica, simplificada y emocional. El empobrecimiento lingüístico como síntoma de una crisis cultural mucho más profunda.
Cómo el empobrecimiento del español está erosionando la capacidad de pensar
Novena entrega
De Cervantes a WhatsApp: una civilización que habla cada vez más y piensa cada vez menos

Llegados a este punto conviene detenerse un momento y contemplar el panorama en su conjunto.
Porque el problema que estamos analizando no consiste únicamente en el deterioro de ciertas normas gramaticales.
Tampoco consiste únicamente en la invasión de anglicismos, en la proliferación de jergas burocráticas o en el empobrecimiento del vocabulario.
Todo eso son síntomas.
Manifestaciones.
Consecuencias visibles de un fenómeno mucho más profundo.
Lo que está cambiando es la relación de nuestra civilización con el lenguaje.
Y, por consiguiente, con el pensamiento.
Una de las grandes lenguas de la humanidad
Conviene recordar algo que con frecuencia olvidamos.
El español no es una lengua cualquiera.
Es una de las grandes creaciones culturales de la historia.
Una lengua construida durante siglos por millones de hablantes.
Enriquecida por generaciones de escritores, filósofos, juristas, teólogos, científicos, historiadores y poetas.
Una lengua capaz de expresar con precisión extraordinaria los matices más complejos de la experiencia humana.
La lengua de Cervantes.
De Quevedo.
De Lope de Vega.
De Calderón.
De Jovellanos.
De Galdós.
De Unamuno.
De Ortega y Gasset.
De Marañón.
De Ramón y Cajal.
La lengua en la que se escribieron algunas de las obras más importantes del pensamiento occidental.
La lengua que permitió a la Escuela de Salamanca reflexionar sobre el derecho, la economía y la política cuando muchas naciones europeas apenas comenzaban a salir de la Edad Media.
La lengua que sirvió para gobernar un imperio extendido por varios continentes.
La lengua que hoy hablan centenares de millones de personas.
Y, sin embargo, nunca había existido una sensación tan extendida de empobrecimiento expresivo.
Cuando las palabras sobran
La paradoja resulta fascinante.
Nunca hemos producido tantos mensajes.
Nunca hemos intercambiado tantas palabras.
Nunca hemos escrito tanto.
Millones de correos electrónicos.
Miles de millones de mensajes instantáneos.
Comentarios.
Publicaciones.
Vídeos.
Audios.
Reacciones.
Opiniones.
Nunca la humanidad había estado tan comunicada.
Y, sin embargo, nunca había parecido tan difícil mantener una conversación profunda.
Porque comunicar no es lo mismo que conversar.
Y conversar no es lo mismo que pensar.
Una gran parte de la comunicación contemporánea consiste simplemente en intercambiar estímulos.
Reacciones.
Impresiones instantáneas.
Estados emocionales.
No ideas.
No razonamientos.
No argumentos.
La sustitución del concepto por la emoción
Éste es probablemente uno de los cambios más profundos de nuestro tiempo.
Durante siglos la cultura occidental estuvo organizada alrededor de conceptos.
La verdad.
La justicia.
La libertad.
La responsabilidad.
La prudencia.
La autoridad.
La legitimidad.
La belleza.
La virtud.
Podían discutirse.
Podían interpretarse de formas distintas.
Pero constituían el centro del debate intelectual.
Hoy observamos algo diferente.
Las emociones ocupan progresivamente ese lugar.
La pregunta ya no suele ser:
«¿Es verdadero?»
Sino:
«¿Cómo me hace sentir?»
Ya no se pregunta:
«¿Es correcto?»
Sino:
«¿Me ofende?»
Ya no se pregunta:
«¿Está demostrado?»
Sino:
«¿Coincide con mi percepción?»
No se trata de negar la importancia de las emociones.
Las emociones forman parte esencial de la condición humana.
El problema aparece cuando sustituyen a la razón.
Cuando reemplazan al análisis.
Cuando ocupan el lugar de los conceptos.
La desaparición de las conversaciones largas
Existe otro síntoma revelador.
Cada vez resulta más difícil mantener conversaciones prolongadas.
No discusiones agresivas.
No intercambios de consignas.
No enfrentamientos ideológicos.
Conversaciones.
Diálogos.
Intercambios de ideas.
Reflexiones compartidas.
Muchos individuos son capaces de pasar horas consumiendo contenidos audiovisuales.
Pero encuentran extremadamente difícil leer un ensayo de treinta páginas o sostener una conversación intelectual durante una hora.
No porque carezcan de inteligencia.
Sino porque han perdido el hábito.
Y los hábitos intelectuales funcionan igual que los músculos.
Si no se ejercitan, se debilitan.
La amputación de la memoria cultural
Quizá el fenómeno más grave de todos sea otro.
Cada generación recibe una herencia cultural.
Una lengua.
Una literatura.
Una historia.
Una memoria colectiva.
Una acumulación de experiencias transmitidas durante siglos.
Cuando esa transmisión se interrumpe, la sociedad comienza a sufrir una especie de amnesia.
No desaparecen los edificios.
No desaparecen las universidades.
No desaparecen las bibliotecas.
Pero desaparece la capacidad de comprender lo que contienen.
Las nuevas generaciones continúan utilizando palabras heredadas.
Pero comprenden cada vez menos los conceptos que esas palabras representan.
Y cuando los conceptos se vacían, el lenguaje se convierte en una carcasa.
Permanece la forma.
Desaparece el contenido.
El triunfo del presente perpetuo
Toda cultura basada en la lectura mantiene una relación intensa con el pasado.
Leer significa conversar con personas muertas.
Con autores desaparecidos hace décadas o siglos.
Con inteligencias alejadas en el tiempo.
Con experiencias que no son las nuestras.
La lectura amplía el horizonte temporal.
Las pantallas tienden a producir el efecto contrario.
Todo sucede ahora.
Todo es inmediato.
Todo es urgente.
Todo dura unos minutos.
Todo es reemplazado por el siguiente estímulo.
La atención se concentra en el presente.
Y el presente acaba ocupándolo todo.
Una civilización sin memoria termina viviendo en una especie de presente perpetuo.
Y una sociedad encerrada en el presente pierde gran parte de su capacidad para comprender el futuro.
Del hombre culto al consumidor permanente
Durante siglos existió un ideal humano relativamente claro.
El hombre culto.
La mujer culta.
Personas que podían no ser especialistas en todo, pero poseían una formación literaria y una cultura general suficientemente amplias para orientarse en el mundo.
Leían.
Reflexionaban.
Escribían.
Conocían historia.
Frecuentaban la filosofía.
Disfrutaban la literatura.
No necesariamente por obligación profesional.
Sino porque formaba parte de una vida plenamente humana.
Hoy ese ideal parece haber sido sustituido por otro.
El consumidor permanente.
El individuo constantemente conectado.
Permanentemente estimulado.
Permanentemente entretenido.
Permanentemente distraído.
Pero cada vez menos acostumbrado a la soledad intelectual que exige el pensamiento.
En busca del idioma perdido
Llegamos así al verdadero sentido del título de este ensayo.
No estamos buscando únicamente palabras olvidadas.
No estamos intentando recuperar expresiones antiguas.
No se trata de una operación arqueológica.
Lo que buscamos es algo más importante.
Recuperar las condiciones que hicieron posible una lengua rica.
Recuperar los hábitos intelectuales que permitieron a generaciones anteriores pensar con profundidad.
Recuperar el gusto por la lectura.
La capacidad de concentración.
La cultura general.
La precisión conceptual.
La conversación pausada.
La reflexión.
La lógica.
La curiosidad intelectual.
Porque el idioma no se degrada por sí solo.
Se degrada cuando desaparecen las prácticas culturales que lo alimentan.
Y sólo podrá recuperarse si recuperamos también esas prácticas.
(Continuará)
Próxima entrega:
Elogio de la lectura difícil y del pensamiento exigente. Por qué las sociedades libres necesitan ciudadanos capaces de leer libros complejos, sostener razonamientos largos y resistirse a la tiranía de la simplificación permanente.
Cómo el empobrecimiento del español está erosionando la capacidad de pensar
Décima entrega
Elogio de la lectura difícil y del pensamiento exigente

Si algo caracteriza a nuestra época es la obsesión por la facilidad.
Todo debe ser rápido.
Todo debe ser intuitivo.
Todo debe ser sencillo.
Todo debe ser accesible.
Todo debe poder consumirse sin esfuerzo.
El aprendizaje debe ser divertido.
La lectura debe ser entretenida.
La enseñanza debe ser lúdica.
La información debe presentarse resumida.
Los vídeos deben durar pocos segundos.
Los mensajes pocas líneas.
Los artículos pocas páginas.
Y los libros, preferiblemente, pocas dificultades.
Pocas civilizaciones han mantenido una relación tan incómoda con el esfuerzo intelectual.
Y pocas han producido, simultáneamente, tanta retórica acerca del conocimiento.
Porque nunca se ha hablado tanto de innovación, creatividad, pensamiento crítico y aprendizaje permanente.
Y, sin embargo, nunca se ha mostrado tan poca disposición a aceptar las condiciones necesarias para alcanzar cualquiera de esas cosas.
La dificultad no es un defecto
Existe una idea profundamente equivocada que impregna buena parte de la enseñanza contemporánea.
La idea de que la dificultad constituye un problema.
De que el obstáculo es una anomalía.
De que toda barrera debe ser eliminada.
Pero ninguna capacidad humana importante se desarrolla de esa manera.
La dificultad no es el enemigo del aprendizaje.
Es su condición indispensable.
Nadie aprende una lengua extranjera sin esfuerzo.
Nadie domina las matemáticas sin esfuerzo.
Nadie se convierte en músico sin esfuerzo.
Nadie llega a ser un gran ajedrecista sin esfuerzo.
¿Por qué habría de ser diferente con la lectura o con el pensamiento?
La inteligencia como músculo
La comparación resulta casi inevitable.
La inteligencia se parece mucho más a un músculo de lo que solemos admitir.
Un músculo se fortalece mediante resistencia.
Mediante trabajo.
Mediante repetición.
Mediante esfuerzo.
No existe otro procedimiento.
La inteligencia funciona de manera semejante.
Cada texto difícil obliga a ampliar el vocabulario.
Cada argumento complejo obliga a fortalecer la lógica.
Cada libro exigente obliga a ampliar la capacidad de concentración.
Cada problema complicado obliga a desarrollar nuevas herramientas mentales.
La dificultad no destruye la inteligencia.
La construye.
El placer cultivado
Nuestra época ha confundido dos tipos de placer radicalmente distintos.
Existe el placer inmediato.
Y existe el placer cultivado.
El primero no exige preparación.
Es instantáneo.
Aparece de forma automática.
El segundo exige entrenamiento.
Aprendizaje.
Paciencia.
Disciplina.
Pero también suele ser mucho más profundo.
Nadie nace apreciando una sinfonía compleja.
Nadie nace disfrutando de una gran novela.
Nadie nace comprendiendo una obra filosófica.
Nadie nace degustando un vino sofisticado.
Todo ello requiere educación del gusto.
El oído se educa.
El paladar se educa.
La sensibilidad estética se educa.
La inteligencia también.
Y la lectura constituye uno de los principales instrumentos para esa educación.
El error de la simplificación permanente
Durante décadas, buena parte del sistema de enseñanza ha actuado como si el objetivo consistiera en adaptar continuamente los contenidos a las limitaciones del alumno.
Cuando una obra resulta difícil, se simplifica.
Cuando un texto exige esfuerzo, se resume.
Cuando un concepto presenta complejidad, se sustituye por otro más sencillo.
Cuando un libro plantea desafíos, se reemplaza por materiales más accesibles.
La intención suele ser buena.
Las consecuencias no.
Porque el resultado final consiste en adaptar constantemente el conocimiento al nivel del estudiante.
Y no elevar al estudiante hasta el nivel del conocimiento.
Es exactamente la diferencia entre construir una escalera o excavar un hoyo.
La gran renuncia cultural
Pocas decisiones han tenido consecuencias tan profundas.
Generaciones enteras han crecido escuchando que lo importante no es saber.
Que lo importante es aprender a aprender.
Que la memoria carece de importancia.
Que los datos están en internet.
Que los conocimientos concretos son secundarios.
Que todo cambia demasiado deprisa.
Que lo esencial son las competencias.
Mientras tanto, desaparecían silenciosamente la literatura clásica, la filosofía, la historia, la lógica y la cultura general.
Y con ellas desaparecían también muchas de las herramientas necesarias para comprender la realidad.
Porque nadie puede pensar críticamente sobre aquello que desconoce.
Nadie puede analizar una situación histórica sin historia.
Nadie puede comprender un texto complejo sin vocabulario.
Nadie puede razonar rigurosamente sin conceptos.
La lectura como resistencia
Quizá por eso leer se ha convertido, paradójicamente, en una forma de resistencia.
No resistencia política.
No resistencia ideológica.
Resistencia intelectual.
Leer exige detenerse.
Exige concentrarse.
Exige ignorar temporalmente el ruido permanente de las pantallas.
Exige mantener la atención sobre una misma idea durante largos periodos.
Exige convivir con la complejidad.
Exige aceptar que algunas cuestiones no admiten respuestas instantáneas.
En un mundo dominado por la velocidad, la lectura representa casi una rebelión.
Una rebelión tranquila.
Silenciosa.
Pero profundamente transformadora.
Los grandes lectores del pasado
Resulta revelador observar a muchas de las figuras que hemos mencionado a lo largo de este ensayo.
Gregorio Marañón.
Santiago Ramón y Cajal.
Pío Baroja.
Miguel de Unamuno.
José Ortega y Gasset.
Todos pertenecían a una cultura que consideraba la lectura parte inseparable de la vida intelectual.
Leían constantemente.
Leían disciplinas distintas.
Leían literatura, historia, filosofía, ciencia.
No concebían la especialización como una excusa para la ignorancia.
Comprendían que el conocimiento forma una totalidad.
Y que las distintas ramas del saber se iluminan mutuamente.
El pensamiento largo
Existe además otra cuestión importante.
Los problemas verdaderamente importantes rara vez admiten respuestas simples.
La economía no cabe en un eslogan.
La historia no cabe en un titular.
La filosofía no cabe en un vídeo de treinta segundos.
La política no cabe en un mensaje instantáneo.
Comprender cuestiones complejas exige razonamientos largos.
Y los razonamientos largos exigen atención sostenida.
Por eso una sociedad que pierde la capacidad de leer textos extensos termina perdiendo también la capacidad de comprender problemas complejos.
Todo acaba reduciéndose a consignas.
A emociones.
A reacciones inmediatas.
A simplificaciones infantiles.
La libertad intelectual
Finalmente llegamos al núcleo de la cuestión.
La lectura difícil y el pensamiento exigente no son simplemente actividades culturales.
Son condiciones de la libertad intelectual.
Un individuo acostumbrado a leer.
A reflexionar.
A comparar argumentos.
A analizar conceptos.
A detectar contradicciones.
Resulta mucho más difícil de manipular.
Porque dispone de herramientas para examinar críticamente lo que escucha.
Por el contrario, una persona habituada exclusivamente a consumir estímulos rápidos, opiniones prefabricadas y mensajes simplificados depende mucho más de quienes interpretan la realidad por ella.
Por eso toda civilización libre necesita lectores.
No únicamente votantes.
No únicamente consumidores.
No únicamente usuarios de tecnología.
Lectores.
Porque la lectura constituye una de las escuelas más eficaces de independencia intelectual que ha conocido la humanidad.
Recuperar la dificultad
Tal vez una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo consista precisamente en rehabilitar el valor de la dificultad.
Volver a comprender que aquello que merece la pena suele exigir esfuerzo.
Que la inteligencia se fortalece enfrentándose a desafíos.
Que la lectura requiere disciplina.
Que el pensamiento exige paciencia.
Y que ninguna civilización puede conservar su riqueza cultural si deja de transmitir a las nuevas generaciones el gusto por los libros difíciles y las ideas complejas.
Porque el idioma perdido que buscamos no se recuperará mediante decretos.
Ni mediante campañas institucionales.
Ni mediante observatorios lingüísticos.
Sólo podrá recuperarse cuando volvamos a valorar las prácticas que lo hicieron posible:
leer.
Pensar.
Escribir.
Conversar.
Y aprender.
(Continuará)
Próxima entrega:
Recuperar las palabras para recuperar las ideas. Propuestas para reconstruir una cultura de la lectura, la precisión lingüística, la cultura general y el pensamiento racional en una época dominada por la simplificación.
EN BUSCA DEL IDIOMA PERDIDO
Cómo el empobrecimiento del español está erosionando la capacidad de pensar
Undécima entrega
Recuperar las palabras para recuperar las ideas

Después de examinar el problema desde distintos ángulos, llegamos inevitablemente a la pregunta decisiva.
¿Tiene remedio?
¿Es posible invertir el proceso?
¿Puede una sociedad recuperar la riqueza lingüística, intelectual y cultural que parece estar perdiendo?
La respuesta es sí.
Pero con una condición.
Antes hay que comprender que no estamos ante un problema exclusivamente lingüístico.
Ni siquiera principalmente lingüístico.
Estamos ante un problema cultural.
Intelectual.
Moral.
Y, en último término, civilizatorio.
Porque las palabras no viven aisladas.
Las palabras viven dentro de las personas.
Y las personas viven dentro de una cultura.
Cuando una cultura se empobrece, su idioma termina empobreciéndose con ella.
El primer paso: volver a distinguir
Toda recuperación comienza por una distinción.
Pensar consiste en distinguir.
El niño pequeño llama «guau-guau» a todos los animales de cuatro patas.
El adulto distingue entre perro, lobo, zorro, caballo o vaca.
La inteligencia avanza distinguiendo.
Por eso el empobrecimiento lingüístico resulta tan peligroso.
Porque reduce nuestra capacidad para distinguir.
Y al reducir la capacidad para distinguir, reduce también la capacidad para comprender.
La primera tarea consiste, por tanto, en recuperar el amor por la precisión.
Llamar a cada cosa por su nombre.
No utilizar diez palabras cuando basta una.
Pero tampoco utilizar una sola cuando la realidad exige diez.
Volver a apreciar los matices.
Las diferencias.
Las definiciones.
Las clasificaciones.
Las categorías.
Todo aquello que permite comprender mejor el mundo.
Recuperar la cultura general
Durante décadas se ha repetido que la cultura general carece de utilidad práctica.
Pocas afirmaciones han resultado tan dañinas.
La cultura general no existe para aprobar exámenes.
Existe para comprender la realidad.
Permite relacionar acontecimientos.
Reconocer patrones.
Detectar errores repetidos.
Comprender referencias.
Interpretar situaciones nuevas a la luz de experiencias antiguas.
Sin cultura general el individuo queda encerrado en el presente.
Y una persona encerrada en el presente resulta extraordinariamente manipulable.
Por eso recuperar el idioma exige también recuperar la historia.
La literatura.
La filosofía.
Las artes.
Las ciencias.
No como compartimentos estancos.
Sino como partes de una misma conversación civilizatoria.
La enseñanza debe volver a instruir
Quizá ninguna reforma sea tan urgente como ésta.
La enseñanza debe volver a centrarse en la instrucción.
No en la burocracia.
No en la ingeniería social.
No en la fabricación de documentos administrativos.
No en la acumulación de competencias abstractas.
Instruir significa transmitir conocimientos.
Significa proporcionar herramientas intelectuales.
Significa enseñar aquello que el alumno todavía ignora.
La misión principal de la escuela no consiste en entretener.
No consiste en elevar la autoestima.
No consiste en fabricar consumidores dóciles.
Consiste en enseñar.
Parece una afirmación trivial.
Pero en muchos ámbitos se ha convertido casi en una idea revolucionaria.
Volver a leer a los grandes autores
Existe una tendencia curiosa de nuestra época.
Se habla continuamente de creatividad.
Pero cada vez se frecuenta menos a quienes alcanzaron las más altas cumbres de la creatividad.
Se habla de pensamiento crítico.
Pero cada vez se leen menos las grandes obras que enseñan a pensar.
Se habla de innovación.
Pero se ignora a quienes construyeron los fundamentos intelectuales sobre los que vivimos.
Una cultura que deja de leer a sus clásicos comienza a perder la memoria.
Y una cultura sin memoria acaba repitiendo errores que ya habían sido comprendidos y superados.
No se trata de leer a Cervantes por obligación patriótica.
Ni a Quevedo por respeto histórico.
Ni a Galdós por nostalgia.
Se trata de leerlos porque siguen teniendo cosas importantes que decir.
Porque amplían el vocabulario.
Porque enriquecen el pensamiento.
Porque nos permiten participar en una conversación iniciada hace siglos.
Rehabilitar la memoria
Otra víctima de las modas pedagógicas ha sido la memoria.
Como si recordar constituyera una actividad inferior.
Como si los conocimientos almacenados en la mente pudieran sustituirse por búsquedas en internet.
Es una ilusión.
La inteligencia trabaja con lo que sabe.
No con lo que podría buscar.
Nadie razona con información ausente.
Razona con conocimientos previamente incorporados.
La memoria constituye el almacén de materiales con los que trabaja el pensamiento.
Empobrecer la memoria equivale a empobrecer el pensamiento.
Tan sencillo como eso.
Recuperar el valor del esfuerzo
Quizá ésta sea la cuestión más importante de todas.
La recuperación cultural exige rehabilitar una palabra que nuestra época parece considerar sospechosa:
esfuerzo.
No existe aprendizaje profundo sin esfuerzo.
No existe cultura sin esfuerzo.
No existe lectura exigente sin esfuerzo.
No existe pensamiento riguroso sin esfuerzo.
La inteligencia no florece espontáneamente.
Necesita trabajo.
Disciplina.
Paciencia.
Perseverancia.
Todo aquello que una cultura obsesionada con la inmediatez tiende a despreciar.
Volver a conversar
Hay además una práctica casi olvidada que merece ser recuperada.
La conversación.
No el intercambio de mensajes.
No el enfrentamiento de consignas.
No la discusión tribal.
La conversación.
La conversación pausada.
La conversación inteligente.
La conversación entre personas que buscan comprender antes que vencer.
La conversación que obliga a escuchar.
Que obliga a formular argumentos.
Que obliga a precisar conceptos.
Que obliga a pensar.
Durante siglos los cafés, los ateneos, las tertulias, las bibliotecas y las asociaciones culturales desempeñaron esa función.
Hoy han sido sustituidos en gran medida por redes sociales diseñadas para maximizar la reacción inmediata.
La diferencia intelectual entre ambas formas de interacción resulta inmensa.
La responsabilidad individual
Sería cómodo concluir culpando exclusivamente a gobiernos, leyes, universidades, medios de información o plataformas tecnológicas.
Pero la realidad es más compleja.
La recuperación del idioma empieza también por decisiones individuales.
Leer más.
Leer mejor.
Escribir con cuidado.
Consultar el diccionario.
Ampliar vocabulario.
Evitar muletillas.
Desconfiar de las palabras de moda.
Frecuentar buenos libros.
Escuchar conversaciones inteligentes.
Cultivar la curiosidad.
Ninguna ley puede sustituir esas decisiones.
El idioma como patrimonio intelectual
Existe una tendencia a considerar la lengua como una simple herramienta de comunicación.
Es mucho más que eso.
Una lengua es una forma de ver el mundo.
Una forma de clasificar la realidad.
Una forma de organizar la experiencia.
Una forma de pensar.
Cuando una lengua se empobrece, también se empobrece la capacidad colectiva de comprender la realidad.
Por eso defender el idioma no significa proteger un museo.
Significa proteger una herramienta intelectual extraordinariamente sofisticada.
Una herramienta construida durante siglos.
Una herramienta que permitió a generaciones enteras pensar, crear, descubrir, enseñar y transmitir conocimiento.
El idioma perdido y el hombre perdido
Tal vez el verdadero problema no sea que estemos perdiendo palabras.
Tal vez estemos perdiendo algo más profundo.
El tipo humano que hizo posibles esas palabras.
El lector.
El estudioso.
El maestro.
El humanista.
El ciudadano culto.
El hombre o la mujer capaces de permanecer horas leyendo, pensando, escribiendo y conversando.
Porque las palabras no existen solas.
Necesitan personas que las utilicen.
Necesitan lectores.
Necesitan pensadores.
Necesitan una cultura que las mantenga vivas.
Y quizá la auténtica búsqueda del idioma perdido consista precisamente en eso:
en recuperar al hombre que lo hablaba.
(Continuará)
Próxima entrega:
Conclusión general: el idioma como fundamento de la libertad. Por qué una sociedad que pierde las palabras corre el riesgo de perder también la memoria, la razón, la cultura y finalmente su propia libertad.
Cómo el empobrecimiento del español está erosionando la capacidad de pensar
Duodécima entrega
El idioma como fundamento de la libertad

Llegamos al final de este recorrido.
Hemos hablado de lectura.
De enseñanza.
De cultura general.
De pensamiento.
De profesores.
De periodistas.
De comentaristas deportivos.
De burocracia.
De anglicismos.
De jergas profesionales.
De pantallas.
De ideologías.
De memoria.
De clásicos.
De libros.
De conversación.
Pero, en realidad, todos esos asuntos remiten a una única cuestión.
La relación entre lenguaje y libertad.
Porque el idioma no constituye simplemente una herramienta de comunicación.
Constituye la principal herramienta de pensamiento que posee una sociedad.
Y una sociedad que deteriora sistemáticamente esa herramienta termina debilitando también su capacidad para comprender la realidad.
El hombre que conversa consigo mismo
Al comienzo de este ensayo aparecía una idea fundamental.
Pensar consiste, en gran medida, en conversar con uno mismo.
La formulación procede de una tradición filosófica muy antigua y fue desarrollada de diversas maneras por pensadores tan distintos como Platón, Aristóteles o Hannah Arendt.
Cuando reflexionamos, dialogamos interiormente.
Preguntamos.
Respondemos.
Dudamos.
Comparamos.
Distinguimos.
Corregimos.
Analizamos.
Ese diálogo interior constituye una de las manifestaciones más elevadas de la inteligencia humana.
Pero existe una condición indispensable.
Disponer de palabras.
De conceptos.
De matices.
De categorías.
De lenguaje.
Nadie puede mantener una conversación rica utilizando un vocabulario pobre.
Nadie puede formular conceptos que desconoce.
Nadie puede distinguir realidades para las que carece de palabras.
Por eso el empobrecimiento lingüístico termina convirtiéndose inevitablemente en empobrecimiento intelectual.
La libertad empieza en la mente
Existe una tendencia a identificar la libertad exclusivamente con cuestiones políticas.
Elecciones.
Partidos.
Parlamentos.
Constituciones.
Derechos.
Todo eso es importante.
Pero existe una forma de libertad aún más básica.
La libertad intelectual.
La capacidad de examinar críticamente las ideas recibidas.
La capacidad de cuestionar.
De comparar.
De razonar.
De llegar a conclusiones propias.
Y esa libertad depende directamente de la calidad del pensamiento.
A su vez, la calidad del pensamiento depende en gran medida de la riqueza conceptual disponible.
Por eso la degradación del idioma no constituye únicamente un problema cultural.
Constituye también un problema político en el sentido más profundo del término.
Una sociedad más manipulable
Cuanto más pobre es el lenguaje, más difícil resulta pensar con precisión.
Y cuanto más difícil resulta pensar con precisión, más fácil resulta manipular.
Las consignas sustituyen a los argumentos.
Los eslóganes sustituyen a los razonamientos.
Las emociones sustituyen a los conceptos.
Las etiquetas sustituyen al análisis.
El fenómeno puede observarse diariamente.
Los debates públicos se vuelven cada vez más simplistas.
Las posiciones se reducen a consignas incompatibles.
Los matices desaparecen.
La complejidad resulta sospechosa.
La reflexión lenta pierde prestigio.
Todo debe resolverse mediante respuestas instantáneas.
Pero los problemas humanos importantes no funcionan así.
La realidad sigue siendo compleja aunque nuestra capacidad para describirla disminuya.
La cultura como transmisión
Toda civilización depende de un acto de transmisión.
Cada generación recibe una herencia.
Y cada generación decide qué hacer con ella.
Puede enriquecerla.
Puede conservarla.
O puede dilapidarla.
La lengua forma parte de esa herencia.
Lo mismo que la literatura.
La filosofía.
La historia.
La ciencia.
Las instituciones.
Los conocimientos acumulados.
Las experiencias transmitidas.
Nada de eso aparece espontáneamente.
Todo debe ser enseñado.
Transmitido.
Conservado.
Y renovado.
Cuando esa transmisión se interrumpe, comienza una forma peculiar de decadencia.
No necesariamente económica.
No necesariamente política.
Intelectual.
La ilusión tecnológica
Algunos sostienen que las nuevas tecnologías compensarán estas pérdidas.
Que la inteligencia artificial resolverá los problemas de comprensión.
Que los buscadores sustituirán a la memoria.
Que las bases de datos reemplazarán a la cultura general.
Que los algoritmos facilitarán el pensamiento.
Probablemente ocurre lo contrario.
Cuanto más sofisticadas se vuelven las herramientas, más importante resulta la capacidad de utilizarlas inteligentemente.
Una biblioteca infinita no sirve de nada para quien no sabe leer.
Un buscador no sustituye la comprensión.
Un algoritmo no reemplaza el juicio.
Una inteligencia artificial no puede pensar por quien ha renunciado a pensar.
La tecnología amplifica capacidades existentes.
No las crea.
El ejemplo de los grandes lectores
Resulta significativo que las figuras intelectuales más destacadas de nuestra tradición compartieran una característica común.
Leían.
Leían mucho.
Leían constantemente.
Leían fuera de su especialidad.
Leían historia.
Leían literatura.
Leían filosofía.
Leían ciencia.
Leían autores antiguos y contemporáneos.
Comprendían que la inteligencia se alimenta de diversidad intelectual.
Que los conceptos nacen de las comparaciones.
Que las ideas se fortalecen mediante el contraste.
Y que la lectura constituye una conversación permanente con las mejores inteligencias de todos los tiempos.
Lo que realmente está en juego
Quizá haya llegado el momento de formular con claridad la cuestión central.
Lo que está en juego no es únicamente la corrección gramatical.
Ni la ortografía.
Ni la pureza del idioma.
Ni siquiera la supervivencia de determinadas palabras.
Lo que está en juego es algo mucho más importante.
La capacidad de una sociedad para seguir produciendo personas capaces de pensar por sí mismas.
Capaces de leer textos complejos.
Capaces de comprender argumentos difíciles.
Capaces de distinguir entre realidad y propaganda.
Capaces de mantener una conversación racional consigo mismas.
Capaces de resistir la manipulación.
Capaces de ejercer auténticamente su libertad.
En busca del idioma perdido
Tal vez el idioma perdido que buscamos no haya desaparecido por completo.
Tal vez siga esperándonos en los libros.
En las bibliotecas.
En los clásicos.
En las conversaciones inteligentes.
En los buenos profesores.
En los lectores perseverantes.
En quienes todavía consideran que aprender constituye una aventura apasionante.
En quienes siguen creyendo que las palabras importan.
Porque importan.
Importan mucho.
Cada palabra aprendida amplía un poco el mundo.
Cada concepto adquirido permite comprender una parcela adicional de la realidad.
Cada libro leído añade una nueva voz a nuestra conversación interior.
Y cada esfuerzo intelectual fortalece la capacidad de pensar.
Por eso la recuperación del idioma no empieza en las academias.
Ni en los ministerios.
Ni en los reglamentos.
Empieza en algo mucho más sencillo.
Empieza cuando alguien abre un libro.
Cuando decide leer unas páginas más aunque resulten difíciles.
Cuando consulta una palabra desconocida.
Cuando intenta escribir con precisión.
Cuando rechaza el tópico fácil.
Cuando busca comprender antes que reaccionar.
Cuando prefiere la verdad a la consigna.
En definitiva, cuando decide ejercer la facultad más específicamente humana:
la razón.
Epílogo
Quizá la mejor manera de concluir sea recordando una idea que ha atravesado todas estas páginas.
Las palabras son mucho más que sonidos o signos escritos.
Son herramientas para pensar.
Instrumentos para comprender.
Puentes entre generaciones.
Depósitos de experiencia acumulada.
Vehículos de libertad.
Cuando una sociedad empobrece su idioma, empobrece también una parte de sí misma.
Y cuando recupera el amor por las palabras, por los libros, por la conversación y por el pensamiento, comienza también a recuperar algo todavía más valioso:
su capacidad para comprender el mundo y para gobernar su propio destino.
Porque, al fin y al cabo, perder las palabras nunca ha sido únicamente un problema lingüístico.
Siempre ha sido el primer síntoma de algo mucho más profundo.
La renuncia a pensar.