¿Existe un sesgo en la percepción del maltrato infantil?

Cuando las estadísticas oficiales obligan a formular preguntas incómodas

Carolus Aurelius Calidus Unionis

«La primera obligación de quien busca la verdad consiste en mirar los hechos antes que las teorías.»


RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS

LOS NIÑOS OLVIDADOS

Lo que un estudio oficial canadiense nos obliga a replantearnos sobre el maltrato infantil, la familia y la forma en que construimos nuestras certezas

Hay ensayos que nacen de una convicción.

Éste ha nacido de una duda.

O, para ser más exactos, de una sorpresa.

Todo comenzó cuando llegó a mis manos, y tuve la oportunidad de leer un documento oficial publicado en Canadá bajo un título tan técnico como poco atractivo: Ontario Incidence Study of Reported Child Abuse and Neglect 2023.

A primera vista parecía uno más entre los innumerables informes estadísticos que las administraciones públicas publican cada año y que casi nadie lee.

Varias centenas de páginas.

Tablas.

Gráficos.

Metodologías.

Porcentajes.

El tipo de documento que suele acabar olvidado en algún archivo digital.

Sin embargo, bastaron unas pocas páginas para comprender que aquel informe contenía algo extraordinariamente importante.

No porque descubriera un fenómeno desconocido.

Sino porque describía una realidad que no coincidía plenamente con la imagen que durante décadas ha predominado en el debate público acerca del maltrato infantil.

Aquella discrepancia llamó inmediatamente mi atención.

Y dio origen a este libro.

No escribo estas páginas para demostrar que el estudio canadiense tenga razón en todo.

Ninguna investigación científica posee semejante privilegio.

Las ciencias sociales no trabajan con verdades absolutas.

Trabajan con probabilidades.

Con regularidades.

Con tendencias.

Con acumulación de evidencias.

Lo importante no consiste en encontrar una verdad definitiva.

Consiste en aproximarse cada vez más a ella.

Precisamente por eso toda teoría debe someterse continuamente al contraste con los hechos.

Cuando los hechos cambian, las teorías deben revisarse.

Nunca sucede al revés.

Ésa constituye la diferencia fundamental entre una explicación científica y un dogma.

Una teoría acepta ser corregida.

Un dogma intenta corregir la realidad.

El informe de Ontario analiza más de ciento veinticinco mil investigaciones realizadas por los servicios públicos de protección de menores.

No recoge opiniones.

No pregunta qué cree la población.

No refleja impresiones subjetivas.

Examina expedientes.

Investigaciones.

Casos concretos.

Y sus primeras conclusiones ya obligan a formular preguntas incómodas.

Los niños aparecen prácticamente en la misma proporción que las niñas entre los menores investigados y entre los casos finalmente confirmados.

La diferencia resulta mínima.

Muchísimo menor de lo que la mayoría imaginaría antes de abrir el informe.

Éste constituye el primer motivo de reflexión.

Porque durante años se ha difundido una imagen muy distinta.

No pretendo negar el sufrimiento de las niñas.

Sería absurdo.

Tampoco pretendo sustituir una simplificación por otra.

Lo que sostengo es algo mucho más sencillo.

La realidad resulta bastante más compleja de lo que habitualmente se presenta.

Y una sociedad responsable tiene el deber de conocer esa complejidad antes de elaborar leyes, campañas institucionales o políticas públicas.

Pero el informe canadiense no se limita a describir a las víctimas.

También analiza quiénes aparecen como presuntos responsables.

Qué formas de maltrato predominan.

Qué circunstancias familiares concurren con mayor frecuencia.

Qué factores de riesgo se repiten.

Y, una vez más, los resultados invitan a abandonar las explicaciones demasiado simples.

El maltrato infantil no responde a una única causa.

No posee un único rostro.

No puede reducirse a una sola categoría.

Aparecen la negligencia.

El abandono.

La violencia emocional.

La manipulación afectiva.

La exposición permanente del niño a conflictos entre adultos.

Las adicciones.

Los problemas graves de salud mental.

La pobreza.

La desestructuración familiar.

El aislamiento.

El estrés.

Cada expediente constituye una combinación distinta de circunstancias.

Cada niño posee una historia diferente.

Y precisamente por ello resulta intelectualmente deshonesto explicar toda esa complejidad mediante una sola teoría.

La primera obligación de cualquier investigador consiste en desconfiar de las explicaciones únicas.

Porque la realidad casi nunca cabe dentro de un eslogan.

Naturalmente surgió una objeción inmediata.

¿Y si Ontario fuera una excepción?

¿Y si Canadá presentara unas características completamente distintas de las del resto del mundo occidental?

Ésa fue también mi primera pregunta.

Por esa razón este ensayo no se limita a comentar un único informe.

Compara sus resultados con investigaciones realizadas en Estados Unidos, Australia, Reino Unido y otros países que disponen de estadísticas semejantes.

La intención no consiste en acumular citas.

Consiste en averiguar si Ontario representa una rareza estadística o si forma parte de un fenómeno mucho más amplio.

Sólo entonces podremos extraer conclusiones razonables.

Sin embargo, muy pronto comprendí que el verdadero problema no residía únicamente en las cifras.

Residía en la enorme distancia existente entre esas cifras y la percepción dominante.

¿Cómo se construye esa percepción?

¿Por qué determinados datos ocupan continuamente titulares mientras otros apenas abandonan los círculos especializados?

¿Por qué algunas víctimas parecen formar parte de nuestra conciencia colectiva y otras permanecen casi invisibles?

Responder a esas preguntas obliga a ampliar el campo de observación.

Ya no basta con estudiar estadísticas.

Hay que analizar también la influencia que ejercen los medios de información, el cine, la enseñanza, las universidades, las campañas institucionales y quienes contribuyen diariamente a formar la opinión pública.

Ninguna sociedad contempla directamente la realidad.

La contempla a través del relato que construyen quienes la describen.

Y toda selección de hechos modifica inevitablemente la percepción final.

No hace falta mentir.

Basta con repetir unas imágenes e ignorar otras.

Después de miles de repeticiones terminamos creyendo que conocemos perfectamente un fenómeno que, en realidad, sólo hemos observado parcialmente.

Este libro reflexiona también sobre otra cuestión extraordinariamente delicada.

La progresiva transformación de la figura del padre dentro de muchas sociedades occidentales.

Durante siglos fue considerado una pieza esencial en la educación de los hijos.

Hoy aparece con frecuencia retratado como una figura secundaria, fácilmente sustituible o incluso potencialmente peligrosa.

No sostengo que no existan padres violentos.

Existen.

Y deben responder plenamente de sus actos.

Lo que me pregunto es si resulta justo extender sobre millones de padres honrados la sombra proyectada por una minoría de delincuentes.

Porque una sociedad que convierte sistemáticamente a uno de los progenitores en sospechoso por el simple hecho de ser hombre termina perjudicando, antes que a nadie, a los propios hijos.

La experiencia acumulada durante décadas por jueces, psicólogos, mediadores familiares y asociaciones dedicadas a la infancia demuestra que la utilización de los hijos como instrumento de venganza entre adultos constituye una de las formas más devastadoras de violencia.

Un niño no debería convertirse jamás en mensajero.

Ni en espía.

Ni en trofeo.

Ni en arma arrojadiza.

Y, sin embargo, eso ocurre con demasiada frecuencia.

De ahí nace otra de las grandes mentiras que este ensayo analiza críticamente.

«Los niños se adaptan a todo.»

No.

Los niños sobreviven a muchas cosas.

Pero sobrevivir no equivale a crecer sin heridas.

La infancia no puede repetirse.

Cada abrazo perdido.

Cada cumpleaños frustrado.

Cada conversación que nunca llegó a producirse.

Cada año de separación injustificada entre un hijo y cualquiera de sus progenitores desaparece para siempre.

Ningún tribunal puede devolver ese tiempo.

A lo largo de estas páginas aparece también una reflexión más amplia.

¿Qué ocurre cuando determinadas teorías dejan de admitir preguntas?

¿Qué sucede cuando los datos que las contradicen apenas reciben atención?

Hace muchos años tuve ocasión de comprobar personalmente esa dificultad durante un coloquio universitario celebrado tras la proyección de la película Te doy mis ojos.

No cuestioné la existencia de la violencia.

Ni minimicé el sufrimiento de la protagonista.

Me limité a señalar que la película admitía más de una interpretación y que, en mi opinión, el conflicto descrito respondía, ante todo, a un drama de celos.

Aquella observación bastó para provocar una reacción desproporcionada.

No se discutieron mis argumentos.

Se discutió mi derecho a formularlos.

Mucho tiempo después, mientras leía el informe de Ontario, comprendí que ambas experiencias tenían algo en común.

No resulta fácil cuestionar un relato cuando ese relato ha dejado de comportarse como una hipótesis y comienza a funcionar como una verdad indiscutible.

Éste (ni que decir tiene), no es un alegato contra las mujeres.

Ni contra los hombres.

Ni contra institución alguna.

Es un ensayo contra la pereza intelectual.

Contra la costumbre de aceptar como incuestionables explicaciones que necesitan ser revisadas.

Contra la tentación de seleccionar únicamente aquellos datos que confirman nuestras convicciones previas.

Y, sobre todo, es un libro escrito en defensa de quienes menos capacidad tienen para hacerse oír.

Los niños.

Porque ellos no pertenecen a ninguna ideología.

No pertenecen a ningún partido.

No pertenecen a ningún movimiento.

Ni siquiera pertenecen a sus padres.

Poseen una dignidad propia.

Y precisamente por eso merecen que los adultos se acerquen a su sufrimiento con una sola preocupación.

Conocer toda la verdad.

No una parte.

Toda.

Ésa es, en definitiva, la única ambición de este ensayo.

Leer un estudio que casi nadie parece haber leído.

Compararlo con otras investigaciones.

Contrastar datos.

Formular preguntas.

Desconfiar de las explicaciones demasiado sencillas.

Y recordar algo que ninguna sociedad debería olvidar jamás:

el protagonista de esta historia no es el agresor, ni la madre, ni el padre, ni una ideología determinada. El protagonista siempre es el niño.

Si quieres profundizar más, aprender más, sigue leyendo:

LOS NIÑOS OLVIDADOS

Un estudio que casi nadie parece haber leído

Hay libros que nacen para confirmar una idea.

Éste nació exactamente por la razón contraria.

Nació porque una idea que durante años había dado por razonablemente cierta comenzó a resquebrajarse.

No ocurrió tras asistir a un congreso.

Ni después de leer un tratado de sociología.

Ni como consecuencia de un debate político.

Ocurrió de la forma más sencilla imaginable.

Leyendo.

Hace algún tiempo llegó a mis manos un documento oficial canadiense de varios centenares de páginas cuyo título difícilmente podía resultar más anodino:

Ontario Incidence Study of Reported Child Abuse and Neglect 2023.

A primera vista parecía uno más entre los innumerables informes estadísticos que elaboran periódicamente las administraciones públicas.

Tablas.

Gráficos.

Porcentajes.

Metodologías.

Notas técnicas.

El tipo de documento que muy pocas personas leen de principio a fin.

Sin embargo, bastaron unas pocas páginas para comprender que no me encontraba ante un informe cualquiera.

Aquellas tablas comenzaban a contar una historia muy distinta de la que llevaba años escuchando.

No una historia opuesta.

Eso sería demasiado sencillo.

Una historia mucho más compleja.

Y, precisamente por ello, mucho más cercana a la realidad.

Comprendí entonces que el verdadero problema no consistía únicamente en las cifras.

El verdadero problema era que casi nadie hablaba de ellas.


La primera obligación de un investigador

Existe una regla elemental que toda investigación honrada debería respetar.

Los hechos van delante.

Las teorías detrás.

Jamás al revés.

No comenzamos observando el mundo para confirmar nuestras ideas.

Comenzamos observándolo para descubrir si nuestras ideas eran correctas.

Ésa constituye la diferencia esencial entre investigar y predicar.

Quien predica posee de antemano todas las respuestas.

Quien investiga acepta la posibilidad de estar equivocado.

Y precisamente por eso aprende.

Desde hace décadas el debate público sobre el maltrato infantil se desarrolla casi siempre sobre presupuestos que muy pocas personas parecen discutir.

Se repiten.

Se aceptan.

Se incorporan al lenguaje cotidiano.

Acaban formando parte del paisaje intelectual.

Pero las convicciones más extendidas también necesitan ser sometidas periódicamente al contraste con los hechos.

No porque exista un especial placer en desmontarlas.

Sino porque ésa constituye la única forma de aproximarse a la verdad.


Un documento extraordinariamente serio

Antes de continuar conviene despejar cualquier duda.

El estudio de Ontario no constituye un panfleto.

No ha sido elaborado por una asociación privada.

Ni por una organización militante.

Ni por un grupo de presión.

Se trata de una investigación oficial desarrollada por especialistas en protección de menores, universidades y organismos públicos canadienses mediante una metodología utilizada desde hace décadas.

Su finalidad resulta muy sencilla.

Conocer quiénes son los niños maltratados.

Qué formas de maltrato padecen.

Quiénes aparecen como presuntos responsables.

En qué circunstancias se producen los hechos.

Y cómo evolucionan esos datos con el paso del tiempo.

Nada más.

Pero tampoco nada menos.

Porque antes de intentar resolver un problema conviene saber exactamente cuál es.


Una advertencia necesaria

Este libro no pretende demostrar que los hombres sean mejores que las mujeres.

Ni lo contrario.

No pretende enfrentar a padres y madres.

Ni minimizar una sola agresión sufrida por un niño o por una niña.

Tampoco pretende desacreditar a quienes trabajan diariamente para proteger a la infancia.

Todo lo contrario.

Precisamente porque el maltrato infantil constituye una de las realidades más dramáticas que puede padecer una sociedad, merece ser estudiado con el máximo rigor y con la mayor honestidad intelectual.

Y esa honestidad exige aceptar una regla muy sencilla.

Si los hechos contradicen nuestras ideas, deberán modificarse las ideas.

Nunca los hechos.


La pregunta que dio origen a este libro

Mientras avanzaba en la lectura del informe canadiense, una pregunta comenzó a repetirse una y otra vez.

Si estos datos son correctos…

¿Por qué apenas se conocen?

No me refiero únicamente al gran público.

Tampoco aparecen con frecuencia en los medios de información.

Rara vez se citan en debates políticos.

Apenas forman parte de las campañas institucionales.

Y muy pocas veces llegan a las facultades donde se forman quienes mañana ejercerán como jueces, fiscales, psicólogos, trabajadores sociales, médicos o maestros.

¿Por qué?

Ésa es la pregunta que dio origen a este ensayo.

No una respuesta.

Una pregunta.

Porque las preguntas honestamente formuladas suelen resultar mucho más fecundas que las respuestas aprendidas de memoria.


Comienza la investigación

Las páginas que siguen no pretenden convencer al lector de nada.

Le proponen algo mucho más sencillo.

Acompañarme durante la lectura de un estudio oficial.

Examinar juntos sus tablas.

Compararlas con otras investigaciones realizadas en distintos países.

Preguntarnos si Ontario constituye una excepción o si refleja un fenómeno más amplio.

Y, finalmente, reflexionar sobre las consecuencias que esos datos pueden tener para nuestra manera de comprender el maltrato infantil, la familia, la figura del padre y, sobre todo, la protección de los niños.

Porque éste no es un libro sobre hombres.

Tampoco sobre mujeres.

Es un libro sobre una pregunta que ninguna sociedad civilizada debería dejar de formularse.

¿Estamos viendo toda la realidad… o solamente aquella parte que confirma nuestras creencias?

El informe que no encaja

Un documento incómodo

Los documentos oficiales suelen pasar inadvertidos.

No ocupan portadas.

No provocan tertulias.

No generan grandes titulares.

Se publican.

Se archivan.

Y continúan durmiendo silenciosamente en alguna página de Internet.

Eso mismo ocurrió con el Ontario Incidence Study of Reported Child Abuse and Neglect 2023.

Nada hacía presagiar que aquel informe estadístico pudiera cuestionar algunas de las ideas más repetidas durante las últimas décadas acerca del maltrato infantil.

Sin embargo, bastó leer atentamente sus primeras tablas para advertir que algo no cuadraba.

No porque el estudio negara la existencia del maltrato.

Todo lo contrario.

La documenta con enorme rigor.

Lo inesperado era otra cosa.

La realidad que describía no coincidía plenamente con la imagen que la mayoría de nosotros habíamos terminado aceptando casi sin discusión.

Y cuando un documento oficial contradice una percepción social ampliamente extendida, la primera obligación intelectual consiste en detenerse.

No para rechazarlo.

Tampoco para aceptarlo ciegamente.

Sino para comprender qué está diciendo exactamente.


Antes de opinar, conviene leer

Vivimos en una época curiosa.

Millones de personas opinan sobre libros que nunca han abierto.

Sobre sentencias que jamás han leído.

Sobre estudios cuyo contenido desconocen por completo.

Basta un titular.

Un comentario en una red social.

Treinta segundos de un informativo.

Y la conclusión queda establecida.

Este ensayo pretende recorrer el camino contrario.

Antes de discutir las conclusiones del estudio canadiense conviene conocer su contenido.

No lo que otros dicen que afirma.

Lo que realmente afirma.

Porque entre ambas cosas suele existir una distancia considerable.


Un estudio gigantesco

No estamos ante una encuesta realizada a unos centenares de personas.

Ni ante una investigación universitaria limitada a un pequeño grupo.

El informe recoge el trabajo desarrollado por los organismos públicos encargados de la protección de menores en la provincia más poblada de Canadá.

Detrás de cada cifra existe un expediente.

Una investigación.

Una familia.

Un niño.

Un profesional.

No estamos hablando de teorías.

Estamos hablando de actuaciones administrativas llevadas a cabo por quienes tienen la responsabilidad legal de intervenir cuando existe una sospecha de maltrato.

Ésta constituye precisamente una de las mayores fortalezas del estudio.

No analiza opiniones.

Analiza casos.


La primera sorpresa

Confieso que esperaba encontrar exactamente lo mismo que había leído durante años en innumerables artículos, campañas institucionales y reportajes.

No ocurrió.

Las primeras tablas comenzaron inmediatamente a desmontar esa expectativa.

Los niños no aparecían como una minoría residual entre las víctimas.

Tampoco las niñas constituían una mayoría aplastante.

Las cifras mostraban una realidad extraordinariamente equilibrada.

Tan equilibrada que obligaba a formular una pregunta inevitable.

¿Cómo es posible que la percepción social resulte tan distinta?

Ésa fue la primera pregunta que anoté al margen del informe.

No sería la última.


La segunda sorpresa

Continué leyendo.

Esperaba que las páginas siguientes disiparan aquella impresión inicial.

No sucedió.

Las preguntas comenzaron a multiplicarse.

Cada nueva tabla añadía un matiz.

Cada apartado obligaba a revisar alguna convicción previa.

Y poco a poco comprendí que el verdadero interés del estudio no residía únicamente en las cifras.

Residía en las preguntas que esas cifras obligaban a formular.

Porque las buenas investigaciones no siempre ofrecen respuestas definitivas.

Con frecuencia hacen algo mucho más valioso.

Obligan a pensar.


Cuando la realidad contradice el relato

Toda sociedad construye relatos.

Resulta inevitable.

Necesitamos simplificar una realidad extraordinariamente compleja para poder comprenderla.

El problema aparece cuando el relato termina sustituyendo a la realidad.

Entonces ocurre un fenómeno muy curioso.

Los hechos dejan de corregir nuestras ideas.

Son nuestras ideas las que comienzan a seleccionar los hechos.

Prestamos enorme atención a aquellos que las confirman.

Apenas reparamos en los que las contradicen.

No hace falta que exista censura.

Ni conspiración.

Ni mala fe.

Basta un mecanismo mucho más sencillo.

La costumbre.

La repetición.

La inercia.

Y, poco a poco, terminamos contemplando únicamente una parte del paisaje.

No porque la otra haya desaparecido.

Sino porque hemos dejado de mirarla.


Una pregunta que recorrerá todo este libro

A medida que avanzaba en la lectura del informe, una idea comenzó a imponerse sobre todas las demás.

Tal vez el mayor problema no consista en que existan datos incómodos.

Tal vez el verdadero problema aparezca cuando dejamos de buscarlos.

Cuando una sociedad deja de hacerse preguntas porque cree conocer ya todas las respuestas, el conocimiento comienza a detenerse.

Ése constituye el mayor peligro para cualquier disciplina científica.

Y también para cualquier democracia.

Porque la libertad no consiste únicamente en poder hablar.

Consiste también en poder preguntar.

Preguntar incluso aquello que incomoda.

Preguntar precisamente aquello que incomoda.

Y ésa será, desde este momento, la única pretensión de este ensayo.

Preguntar.

Porque las respuestas podrán cambiar con el tiempo.

Las preguntas, cuando están bien formuladas, suelen sobrevivir durante generaciones.

La primera gran sorpresa

Los números no opinan

Las cifras poseen una enorme ventaja sobre las ideologías.

Carecen de preferencias.

No votan.

No militan en partido alguno.

No acuden a manifestaciones.

No redactan manifiestos.

No conceden entrevistas.

Simplemente describen aquello que los investigadores han observado.

Podrán contener errores.

Toda investigación los contiene.

Podrán mejorarse en estudios posteriores.

Eso forma parte del progreso científico.

Pero mientras nadie demuestre lo contrario, constituyen el mejor retrato disponible de la realidad.

Ésta constituye precisamente la razón por la que el informe de Ontario merece ser leído con enorme atención.

No pretende convencer.

Pretende medir.

Y medir constituye siempre el primer paso para comprender.


Comienzan las preguntas

El estudio recoge 125.879 investigaciones por presunto maltrato infantil realizadas durante el año 2023.

La cifra, por sí sola, ya impresiona.

No estamos hablando de unos centenares de casos.

Ni de unos pocos miles.

Estamos hablando de una investigación gigantesca.

Cada expediente representa una historia.

Una familia.

Un niño.

Un profesional que consideró necesario intervenir.

Todo ello convierte al informe en una fuente de enorme valor.

Pero lo verdaderamente interesante comienza cuando se examinan las primeras tablas.


Niños y niñas

El lector quizá espere encontrar una diferencia enorme entre ambos sexos.

Eso mismo esperaba yo.

No la encontré.

Los niños representan aproximadamente la mitad de los menores investigados.

Las niñas, la otra mitad.

Cuando se analizan únicamente los casos confirmados, la distribución continúa siendo extraordinariamente semejante.

No aparece esa inmensa diferencia que muchas personas darían por supuesta antes de abrir el informe.

Ésta constituye la primera gran sorpresa.

No porque el estudio niegue el sufrimiento de las niñas.

Lo que niega es otra cosa.

Niega que el sufrimiento de los niños constituya una realidad marginal.

No lo es.

Forma parte del mismo problema.

Y posee dimensiones que ninguna sociedad responsable debería ignorar.


Una diferencia mínima

Si alguien preguntara cuál de los dos sexos aparece ligeramente por encima en los casos confirmados, probablemente obtendría respuestas muy diversas.

Sin embargo, el informe responde con precisión.

Los niños aparecen muy ligeramente por encima de las niñas.

No por una diferencia espectacular.

Por unas pocas decenas de casos.

Pero precisamente ahí reside el interés del dato.

Durante años se ha transmitido la impresión de que el maltrato infantil afecta fundamentalmente a las niñas.

El estudio de Ontario no confirma esa percepción.

Muestra una distribución prácticamente equilibrada.

Y esa constatación basta para obligarnos a replantear muchas ideas.


El dato que nadie esperaba

Imaginemos durante un instante que las cifras fueran exactamente las contrarias.

Supongamos que las niñas representaran las tres cuartas partes de todas las víctimas.

¿Alguien duda de que ese dato ocuparía titulares?

¿Que se celebrarán congresos?

¿Que aparecería en campañas institucionales?

¿Que abriría informativos?

Resulta difícil creer lo contrario.

Entonces surge inevitablemente otra pregunta.

¿Por qué una distribución prácticamente igualitaria apenas provoca interés?

¿Por qué este informe no ha ocupado el espacio que, por su importancia, parece merecer?

No poseo una respuesta definitiva.

Pero la pregunta continúa ahí.

Y merece ser formulada.


Lo verdaderamente importante

Muchos lectores podrían pensar que unas decenas de casos arriba o abajo carecen de importancia.

Comparto esa opinión.

Precisamente porque la diferencia resulta mínima.

Lo verdaderamente importante no consiste en decidir si existen veinte, cincuenta o cien casos más de un sexo que del otro.

Lo importante es comprobar que ambos aparecen prácticamente en la misma proporción.

Eso significa que el maltrato infantil no puede seguir analizándose como si afectara casi exclusivamente a uno de ellos.

La realidad resulta bastante más compleja.

Y toda explicación que ignore esa complejidad corre el riesgo de alejarse de los hechos.


El estudio comienza a incomodar

Hasta aquí sólo hemos analizado una tabla.

Ni una sola interpretación.

Ni una sola conclusión personal.

Únicamente cifras.

Y, sin embargo, esas cifras ya comienzan a plantear dificultades.

No al informe.

A nuestras ideas previas.

Éste constituye uno de los momentos más apasionantes de cualquier investigación.

Cuando el investigador descubre que la realidad no coincide exactamente con aquello que esperaba encontrar.

Muchos intentan entonces salvar sus convicciones.

Otros prefieren revisar sus convicciones.

Toda la diferencia entre una actitud científica y una actitud dogmática cabe dentro de esa sencilla elección.


Todavía queda la pregunta más incómoda

Sin embargo, todo cuanto acabamos de leer constituye únicamente el principio.

Porque conocer quiénes son las víctimas representa sólo la mitad del problema.

La otra mitad resulta todavía más delicada.

¿Quién aparece como responsable del maltrato?

Ésa es la pregunta que responderemos en el siguiente capítulo.

Y adelanto ya una circunstancia.

Las tablas del informe vuelven a ofrecer resultados que difícilmente encajan con muchos de los lugares comunes repetidos desde hace décadas.

Por eso conviene avanzar con calma.

Leer atentamente.

No sacar conclusiones precipitadas.

Y dejar que sea el propio estudio quien vaya hablando.

Porque todavía guarda algunas sorpresas más.

La pregunta que casi nadie formula

¿Quién maltrata a los niños?

Hasta este momento hemos hablado de las víctimas.

Era necesario.

Pero sólo representa la mitad del problema.

La otra mitad resulta mucho más incómoda.

Mucho más.

Porque obliga a abandonar definitivamente el terreno de las emociones para entrar en el de los hechos.

Toda investigación sobre el maltrato infantil debe responder, necesariamente, a cuatro preguntas.

¿Quién sufre?

¿Quién agrede?

¿Qué tipo de maltrato se produce?

¿En qué circunstancias aparece?

Todo lo demás viene después.

Las explicaciones.

Las teorías.

Las interpretaciones.

Las ideologías.

Primero están los hechos.

Siempre.


Una realidad muy distinta de la imaginada

Durante años se ha instalado en el imaginario colectivo una imagen muy concreta.

Cuando alguien piensa en un niño maltratado suele imaginar inmediatamente a un hombre.

Casi siempre al padre.

O al padrastro.

La imagen aparece de forma casi automática.

El cine.

Las series.

Los reportajes.

Las campañas institucionales.

Las noticias.

Todo parece conducir hacia la misma representación.

No afirmo que esa realidad no exista.

Existe.

Y produce un sufrimiento inmenso.

Lo que me pregunto es otra cosa.

¿Representa realmente la mayor parte del problema?

Porque una cosa es aquello que imaginamos.

Y otra muy distinta aquello que muestran las estadísticas.


Lo que dice Ontario

El estudio canadiense no se limita a contar víctimas.

También identifica, siempre que resulta posible, a la persona presuntamente responsable del maltrato.

Y aquí aparece uno de los datos más llamativos de toda la investigación.

La mayor parte de los episodios confirmados de malos tratos no se producen a manos de desconocidos.

Ni siquiera de personas alejadas del entorno familiar.

Se producen dentro del propio hogar.

Precisamente allí donde el niño debería sentirse más protegido.

Ésta constituye una de las grandes tragedias de la infancia.

El peligro rara vez llega desde fuera.

Con mucha frecuencia vive bajo el mismo techo.


El cuidador principal

Llegados a este punto conviene introducir una reflexión de puro sentido común.

¿Quién pasa más horas con un niño pequeño?

¿Quién le da de comer?

¿Quién le viste?

¿Quién permanece con él cuando enferma?

¿Quién lo lleva al médico?

¿Quién le baña?

¿Quién le acuesta?

¿Quién pasa la mayor parte del día junto a él durante los primeros años de vida?

La respuesta resulta conocida.

En la inmensa mayoría de las familias occidentales esa responsabilidad continúa recayendo principalmente sobre la madre.

Éste no constituye un juicio moral.

Ni un mérito.

Ni una crítica.

Simplemente describe una realidad social.

Y esa realidad posee una consecuencia inevitable.

Quien pasa muchas más horas con un niño también dispone de muchas más oportunidades para cuidarlo…

…o para maltratarlo.

La estadística debe interpretarse siempre a la luz de esta circunstancia.

No hacerlo conduciría a conclusiones simplistas.

Pero ignorarla sería todavía peor.


Una verdad incómoda

Existe una afirmación que muchas personas encuentran difícil de aceptar.

Las mujeres también ejercen violencia.

También pueden maltratar.

También pueden humillar.

También pueden abandonar.

También pueden manipular.

También pueden destruir psicológicamente a un hijo.

No porque sean mujeres.

Sino porque son seres humanos.

Y los seres humanos poseen capacidad tanto para el bien como para el mal.

Negar esa evidencia no protege a las buenas madres.

Las perjudica.

Porque convierte en invisibles a los niños que sufren precisamente allí donde nadie espera encontrar al agresor.


La idealización también produce víctimas

Toda sociedad necesita modelos.

El problema aparece cuando esos modelos dejan de parecerse a la realidad.

La maternidad constituye una de las experiencias humanas más extraordinarias.

También una de las más exigentes.

Millones de madres realizan un trabajo admirable.

Nadie sensato lo discute.

Pero precisamente por respeto hacia ellas conviene afirmar otra evidencia.

No todas las madres son buenas madres.

Del mismo modo que no todos los padres son buenos padres.

Pensar lo contrario no constituye una muestra de respeto.

Constituye una forma de idealización.

Y toda idealización termina produciendo puntos ciegos.

Porque allí donde sólo esperamos encontrar ternura dejamos de buscar la violencia.

Y cuando dejamos de buscarla…

Dejamos también de verla.


El estudio rompe un tabú

Quizá ésta sea la principal aportación del informe canadiense.

No acusa a las madres.

No absuelve a los padres.

Hace algo infinitamente más importante.

Describe la realidad que encuentra.

Nada más.

Nada menos.

Y precisamente por eso obliga a revisar muchas afirmaciones repetidas durante décadas sin apenas contraste con los hechos.

Porque la realidad posee una desagradable costumbre.

No suele adaptarse a nuestras teorías.

Son las teorías las que terminan adaptándose a la realidad.

O deberían hacerlo.


La siguiente pregunta

Sin embargo, todavía no hemos llegado al dato más interesante.

Hasta ahora sólo sabemos quiénes aparecen como víctimas y quiénes figuran como presuntos responsables.

Falta conocer otra cuestión decisiva.

¿Qué formas de maltrato predominan realmente?

Porque no todo el maltrato consiste en golpes.

Existe la negligencia.

El abandono.

La violencia psicológica.

La exposición a conflictos permanentes.

La instrumentalización de los hijos.

La humillación.

La intimidación.

Y cuando el informe clasifica cuidadosamente todas esas modalidades aparece otra sorpresa.

Una sorpresa que, una vez más, obliga a replantear muchas ideas preconcebidas.

Mucho más que golpes

La imagen que todos tenemos

Pronunciemos una sola palabra.

Maltrato.

Inmediatamente aparece una imagen en nuestra mente.

Un niño con el rostro amoratado.

Un brazo fracturado.

Un cinturón.

Un puñetazo.

Un padre fuera de sí.

No es extraño.

Décadas de cine, televisión, campañas institucionales y reportajes han terminado asociando el maltrato infantil casi exclusivamente con la violencia física.

Sin embargo, basta abrir el informe de Ontario para comprobar que la realidad resulta bastante más compleja.

Y bastante más inquietante.

Porque los golpes no constituyen la forma más frecuente de destruir la infancia.


La violencia invisible

El estudio clasifica cuidadosamente las diferentes modalidades de maltrato.

No todo consiste en agresiones físicas.

Aparecen también la negligencia.

El abandono.

El maltrato emocional.

La exposición del niño a conflictos familiares.

La explotación.

El abuso sexual.

Cada una de esas categorías posee características propias.

Cada una deja heridas distintas.

Pero todas producen exactamente el mismo resultado.

Un niño cuya infancia deja de ser infancia.

Y precisamente ahí comienza una de las mayores enseñanzas del informe.

La violencia física constituye sólo una parte del problema.

A veces ni siquiera la principal.


Las heridas que nadie fotografía

Un brazo roto impresiona.

Una quemadura.

Un hematoma.

Una fractura.

Todo ello provoca una reacción inmediata.

Existe una fotografía.

Una radiografía.

Una prueba visible.

Pero…

¿Cómo se fotografía el miedo?

¿Cómo se mide la humillación cotidiana?

¿Cómo aparece en una radiografía un niño que lleva años escuchando que no sirve para nada?

¿Cómo se pesa el terror de quien vive pendiente del próximo grito?

No existe aparato capaz de medir esas heridas.

Y, sin embargo, pueden durar toda una vida.


El maltrato emocional

Quizá ésta constituya una de las categorías más difíciles de comprender.

Porque muchas veces ni siquiera quien la ejerce es plenamente consciente del daño que produce.

Ridiculizar continuamente.

Humillar.

Despreciar.

Comparar.

Amenazar.

Aislar.

Aterrorizar.

Ignorar sistemáticamente.

Convertir al hijo en culpable de todos los problemas familiares.

Todo ello destruye lentamente la personalidad de un niño.

No deja sangre.

Pero deja cicatrices.

Y esas cicatrices suelen acompañarle durante décadas.


La negligencia

Existe otra forma de violencia todavía menos visible.

No consiste en hacer.

Consiste en dejar de hacer.

No alimentar adecuadamente.

No cuidar.

No proteger.

No escolarizar.

No atender una enfermedad.

No escuchar.

No abrazar.

No estar.

A primera vista parece una conducta menos espectacular que una agresión física.

En realidad puede resultar igual de devastadora.

Porque el niño aprende desde muy pequeño una lección terrible.

Que nadie acudirá cuando necesite ayuda.


El hogar

Existe otra conclusión del informe que merece una reflexión detenida.

La mayor parte de los episodios de maltrato no ocurre en la calle.

Ni en un parque.

Ni en el colegio.

Ocurre dentro del hogar.

Precisamente allí donde el niño debería sentirse completamente seguro.

Ésta constituye una de las mayores tragedias de la infancia.

Cuando el lugar destinado a proteger termina convirtiéndose en el lugar del miedo.


La violencia no tiene un solo rostro

Llegados a este punto conviene abandonar definitivamente una idea demasiado simple.

No existe un único tipo de maltratador.

Existen muchos.

El alcohólico.

El drogadicto.

El psicópata.

La persona profundamente inmadura.

Quien perdió completamente el control.

Quien reproduce la violencia sufrida durante su propia infancia.

Quien utiliza al hijo para vengarse del otro progenitor.

Quien descarga sobre él su frustración.

Quien simplemente carece de empatía.

Reducir toda esa complejidad a una sola explicación empobrece el conocimiento.

Y cuando el conocimiento se empobrece, también se empobrecen las soluciones.


El estudio vuelve a sorprender

Cuanto más avanzaba en la lectura del informe canadiense, mayor era mi desconcierto.

No encontraba el relato sencillo que esperaba encontrar.

Encontraba una realidad enormemente compleja.

Llena de matices.

Llena de excepciones.

Llena de situaciones imposibles de reducir a una consigna.

Y precisamente por eso comencé a sospechar que el mayor problema quizá no residiera en el estudio.

Quizá residiera en nuestra necesidad de simplificar todo aquello que resulta difícil de comprender.


Una pregunta inevitable

Llegados a este punto surge una cuestión que ya no puede aplazarse.

Si el maltrato infantil adopta formas tan diversas…

Si afecta prácticamente por igual a niños y niñas…

Si el perfil de los agresores resulta mucho más complejo de lo que suele presentarse…

¿Por qué continúa predominando una explicación tan extraordinariamente simple?

Ésa será la cuestión que abordaremos en el siguiente capítulo.

No mediante opiniones.

Mediante otra comparación.

La más importante de todas.

¿Qué ocurre cuando se comparan las conclusiones del estudio de Ontario con las obtenidas en Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido, Alemania, Francia o España?

Porque si Ontario constituye una excepción, deberemos reconocerlo.

Pero si los mismos patrones comienzan a repetirse una y otra vez…

Entonces la pregunta dejará de ser canadiense.

Se convertirá en una pregunta que afecta a todo el mundo occidental.

¿Ontario constituye una excepción?

La primera objeción

Toda investigación seria debe comenzar intentando refutar sus propias conclusiones.

Ésa constituye una de las reglas fundamentales del método científico.

No basta con encontrar un estudio que confirme nuestras intuiciones.

Hay que preguntarse inmediatamente si constituye una excepción.

Eso mismo hice al terminar de leer el informe canadiense.

Mi primera reacción no fue pensar:

«Ya está. La cuestión ha quedado resuelta.»

Fue exactamente la contraria.

«¿Y si Ontario fuera una anomalía?»

Porque un solo estudio, por importante que sea, jamás basta para describir una realidad tan compleja como el maltrato infantil.

Necesitamos comparar.

Mucho.


La ciencia no funciona por aclamación

Ésta constituye una diferencia esencial entre el conocimiento científico y la propaganda.

La propaganda busca ejemplos que confirmen una conclusión previamente establecida.

La ciencia busca también aquellos que puedan destruirla.

Si sobreviven a ese contraste, la hipótesis sale fortalecida.

Si no sobrevive, debe abandonarse.

Así ha progresado siempre el conocimiento.

No existe otro camino.

Por eso el estudio de Ontario representa únicamente el comienzo de esta investigación.

Nunca su final.


Mirando hacia Estados Unidos

El primer país que conviene examinar es Estados Unidos.

No sólo por su proximidad geográfica.

También porque dispone desde hace décadas de uno de los sistemas estadísticos más completos del mundo en materia de protección de menores.

Año tras año publica miles de páginas con datos extraordinariamente detallados.

Víctimas.

Edad.

Sexo.

Tipos de maltrato.

Relación entre víctima y agresor.

Características familiares.

Resultados de las investigaciones.

Y ocurre algo sorprendente.

Muchas de las tendencias observadas en Ontario vuelven a aparecer.

No siempre con idénticas proporciones.

Sería absurdo esperar una coincidencia absoluta.

Pero sí con suficientes semejanzas para descartar la idea de una simple casualidad.


Australia

Después llegó Australia.

El resultado volvió a llamar mi atención.

Las categorías cambian ligeramente.

También la organización administrativa.

Sin embargo, reaparecen cuestiones muy parecidas.

El maltrato infantil constituye un fenómeno profundamente vinculado al entorno familiar.

Las situaciones de negligencia y de maltrato emocional ocupan un lugar mucho mayor del que habitualmente imaginamos.

Y la distribución de responsabilidades vuelve a resultar mucho más compleja que la imagen simplificada difundida con frecuencia en el debate público.


Reino Unido

El mismo ejercicio puede repetirse con el Reino Unido.

Cambian los procedimientos.

Cambia la legislación.

Cambian los organismos responsables.

Pero las preguntas permanecen.

¿Quiénes son realmente las víctimas?

¿Quién convive con ellas?

¿Quién aparece con mayor frecuencia como responsable?

¿Por qué determinados resultados apenas llegan al gran público?

Poco a poco comienza a dibujarse un fenómeno extraordinariamente interesante.

No estamos comparando países idénticos.

Estamos comparando sociedades distintas.

Con culturas diferentes.

Con sistemas jurídicos diferentes.

Con administraciones diferentes.

Y, sin embargo, aparecen regularidades.

Eso merece atención.

Mucha atención.


Cuando los patrones empiezan a repetirse

Una coincidencia puede deberse al azar.

Dos obligan a reflexionar.

Tres comienzan a formar un patrón.

Y cuando varios países desarrollados, utilizando metodologías distintas, encuentran resultados parcialmente coincidentes, el investigador tiene la obligación de detenerse.

No para proclamar una verdad definitiva.

Sino para preguntarse si estamos ante un fenómeno mucho más amplio de lo que habíamos supuesto.

Ése constituye precisamente el momento en que una investigación deja de pertenecer a un solo país.

Y comienza a interesar al resto del mundo.


España

Llegados aquí resulta inevitable volver la mirada hacia nuestro propio país.

Y surge inmediatamente una dificultad.

España dispone de abundante información.

Ministerios.

Comunidades autónomas.

Fiscalías.

Consejo General del Poder Judicial.

Instituto Nacional de Estadística.

Defensor del Pueblo.

Servicios de protección de menores.

Cada organismo publica sus propios datos.

El problema consiste en otra cosa.

No siempre utilizan las mismas categorías.

No siempre responden a las mismas preguntas.

Y no siempre permiten comparaciones internacionales sencillas.

Ésta constituye una de las carencias que debería corregirse cuanto antes.

Porque resulta imposible elaborar buenas políticas públicas cuando ni siquiera utilizamos instrumentos estadísticos homogéneos.


El verdadero problema

Después de leer decenas de informes terminé comprendiendo algo que no esperaba.

La cuestión fundamental ya no consistía en decidir si Ontario tenía razón.

La verdadera cuestión era otra.

¿Por qué la percepción pública resulta tan parecida en casi todos los países mientras las estadísticas ofrecen una realidad bastante más matizada?

Ésa es la pregunta realmente importante.

No afecta únicamente a Canadá.

Ni a España.

Afecta al modo en que las sociedades occidentales construyen su conocimiento sobre el maltrato infantil.

Y precisamente por eso merece una investigación mucho más profunda.


Ya no basta con hablar de estadísticas

A partir de este momento el ensayo cambia de naturaleza.

Hasta ahora hemos hablado principalmente de datos.

Ahora debemos preguntarnos cómo esos datos llegan —o no llegan— al conocimiento de la sociedad.

Porque las estadísticas no hablan solas.

Alguien las interpreta.

Alguien decide cuáles aparecerán en un titular.

Cuáles abrirán un informativo.

Cuáles ocuparán una campaña institucional.

Y cuáles permanecerán olvidadas en un informe de trescientas páginas que casi nadie leerá.

Éste constituye, probablemente, el verdadero misterio que intenta resolver este libro.

No únicamente qué dicen las estadísticas.

Sino por qué unas llegan a convertirse en conocimiento común mientras otras desaparecen silenciosamente de la conversación pública.

Cuando los hechos incomodan

Una tarde que nunca he olvidado

Hace ya bastantes años fui invitado a participar en una conferencia-coloquio organizada por una facultad universitaria.

Previamente se proyectó la película «Te doy mis ojos», de Iciar Bollaín.

Compartía la mesa con dos conocidas representantes del feminismo español.

La intervención de ambas siguió un esquema previsible.

La película era presentada como la demostración de una tesis considerada indiscutible.

La violencia constituía una manifestación del poder masculino.

El hombre aparecía como agresor.

La mujer, como víctima.

Todo encajaba perfectamente.

Cuando llegó mi turno para intervenir, pronuncié una frase que todavía recuerdo con absoluta nitidez.

Dije que aquella película admitía varias lecturas.

Y añadí una que, hasta aquel momento, nadie había mencionado.

Lo que realmente subyacía en aquella historia era, ante todo, un drama de celos.

Nada más.

No negué la violencia.

No justifiqué al agresor.

No minimicé el sufrimiento de la protagonista.

Simplemente propuse una interpretación distinta.

La reacción fue inmediata.

No se discutieron mis argumentos.

Se cuestionó casi mi derecho a formularlos.

Durante unos minutos tuve la impresión de que el verdadero problema no consistía en lo que acababa de decir.

Consistía en haber puesto en duda una explicación considerada indiscutible.

Aquella experiencia me acompañó durante mucho tiempo.

Y muchos años después volvió a mi memoria mientras leía el informe de Ontario.


Cuando una explicación deja de admitir preguntas

Toda teoría científica vive de las preguntas.

Las necesita.

Las busca.

Las agradece.

Porque únicamente mediante las preguntas descubre sus errores.

Los dogmas funcionan exactamente al revés.

No necesitan preguntas.

Necesitan adhesiones.

Las preguntas comienzan a resultar incómodas.

Las discrepancias se interpretan como una amenaza.

La discusión deja de girar alrededor de los hechos.

Empieza a girar alrededor de las personas.

Ya no importa tanto si un argumento resulta correcto.

Importa quién lo formula.

Y ése constituye uno de los síntomas más claros de que una explicación ha dejado de comportarse como una teoría científica.

Ha comenzado a comportarse como una ortodoxia.


Ontario vuelve a plantear preguntas

Mientras avanzaba en la lectura del informe canadiense no dejaba de recordar aquella conferencia.

No porque el estudio confirmara todas mis ideas.

Sería falso afirmarlo.

Sino porque volvía a hacer exactamente lo mismo que yo intenté hacer aquella tarde.

Plantear preguntas.

¿Por qué los niños aparecen prácticamente en la misma proporción que las niñas?

¿Por qué determinadas categorías de maltrato poseen un peso muy superior al que habitualmente imaginamos?

¿Por qué determinadas personas aparecen con una frecuencia que no coincide con la imagen dominante?

¿Por qué apenas se habla de ello?

Obsérvese un detalle importante.

No son afirmaciones.

Son preguntas.

Y ninguna sociedad que aspire a llamarse libre debería temer las preguntas.


La ciencia progresa formulando preguntas

Desde Galileo hasta nuestros días, el conocimiento ha avanzado siempre del mismo modo.

Alguien observa un hecho.

Ese hecho contradice una explicación aceptada.

Comienzan las preguntas.

Se revisan las teorías.

Algunas sobreviven.

Otras desaparecen.

Así funciona la ciencia.

Así progresa el conocimiento.

Lo contrario pertenece a otro mundo.

Al mundo donde las respuestas existen antes que las investigaciones.

Donde los hechos únicamente se aceptan cuando confirman la doctrina previamente establecida.


El miedo a discrepar

Lo verdaderamente preocupante no consiste en que existan teorías dominantes.

Eso ha ocurrido siempre.

Lo preocupante aparece cuando muchas personas dejan de expresar sus dudas.

No porque hayan encontrado mejores argumentos.

Sino porque intuyen el precio social que puede tener la discrepancia.

La historia ofrece innumerables ejemplos.

Profesores.

Periodistas.

Investigadores.

Jueces.

Médicos.

Escritores.

No hace falta encarcelarlos.

Basta conseguir que prefieran guardar silencio.

El resultado termina siendo el mismo.

La discusión desaparece.

Y con ella desaparece también una parte de la verdad.


El informe que nadie esperaba

Por eso el estudio de Ontario posee una importancia que trasciende ampliamente sus propias cifras.

No porque resuelva definitivamente el problema del maltrato infantil.

Ningún estudio puede hacerlo.

Su importancia reside en otra parte.

Nos obliga a volver a formular preguntas que parecían definitivamente cerradas.

Y cuando una investigación consigue eso, ha cumplido una de las funciones más nobles del conocimiento.

Obligarnos a pensar de nuevo.


No basta con mirar los datos

Sin embargo, todavía queda una cuestión por resolver.

Quizá la más importante de todas.

Supongamos que el informe canadiense tiene razón.

Supongamos incluso que investigaciones realizadas en otros países muestran tendencias semejantes.

Entonces surge inevitablemente una pregunta.

¿Cómo ha llegado a construirse una percepción pública tan distinta?

Porque una diferencia tan grande entre los datos y la percepción colectiva no aparece por casualidad.

Debe tener causas.

Y precisamente la búsqueda de esas causas ocupará los próximos capítulos de este ensayo.

¿Quién construye el relato?

Nadie contempla directamente la realidad

Una persona corriente difícilmente llegará a presenciar un caso de maltrato infantil grave.

Tampoco leerá centenares de resoluciones judiciales.

Ni estudiará miles de expedientes de los servicios de protección de menores.

Su imagen del problema procederá casi por completo de otras fuentes.

De los medios de información.

Del cine.

De las series de televisión.

De los documentales.

De la enseñanza.

De las campañas institucionales.

De las declaraciones de responsables políticos.

De los mensajes difundidos por las redes sociales.

En otras palabras.

La inmensa mayoría de los ciudadanos no conoce directamente la realidad.

Conoce el relato que otros han elaborado acerca de esa realidad.

Y eso no constituye ninguna crítica.

Es inevitable.

Nadie dispone de tiempo suficiente para comprobar personalmente todos los hechos.

Precisamente por eso adquiere tanta importancia la honradez de quienes seleccionan la información que llega al público.


Toda selección modifica la percepción

Imaginemos una biblioteca con cien libros.

Si alguien escoge únicamente diez para que los lea el público, no ha mentido.

Los otros noventa continúan existiendo.

Pero la imagen que obtendrá el lector ya no será la misma.

Lo mismo ocurre con la información.

No hace falta falsificar los hechos.

Basta con seleccionar unos y relegar otros al olvido.

Después de miles de selecciones semejantes termina construyéndose una determinada percepción colectiva.

No necesariamente falsa.

Pero sí incompleta.

Y una realidad contemplada sólo a medias acaba pareciendo una realidad distinta.


Ontario y el silencio

Ésa fue precisamente la sensación que experimenté al terminar de leer el informe canadiense.

No encontré un documento extravagante.

No descubrí afirmaciones sensacionalistas.

No hallé ataques contra nadie.

Encontré tablas.

Metodologías.

Estadísticas.

Conclusiones redactadas con extraordinaria prudencia.

Entonces surgió una pregunta inevitable.

¿Por qué un trabajo de esta importancia apenas ha trascendido al debate público?

¿Por qué un documento oficial de cientos de páginas, elaborado por especialistas y basado en decenas de miles de investigaciones, permanece prácticamente desconocido fuera de los ámbitos académicos?

No afirmo que exista una respuesta única.

Pero sostengo que la pregunta merece ser formulada.


Lo que sí ocupa los titulares

Mientras tanto, determinados casos individuales reciben una enorme atención.

Y es lógico que así ocurra.

Los sucesos dramáticos conmueven.

Conmocionan.

Despiertan compasión.

Nadie puede reprochar a los medios de información que informen sobre ellos.

El problema aparece cuando el caso excepcional termina sustituyendo estadísticamente al conjunto.

Cuando el ejemplo deja de ilustrar una realidad y pasa a definirla.

Cuando el ciudadano acaba creyendo que aquello que ve repetido diariamente representa la totalidad del problema.

Entonces deja de contemplar el bosque.

Sólo ve un árbol.


El poder de la repetición

Existe un mecanismo psicológico perfectamente conocido.

Aquello que vemos repetirse una y otra vez termina pareciéndonos mucho más frecuente de lo que realmente es.

No hace falta mentir.

Basta con repetir.

El cerebro humano funciona así.

Recuerda mejor aquello que aparece continuamente.

Olvida con facilidad aquello que rara vez encuentra.

Después llega una encuesta.

Se pregunta a la población.

Y la mayoría responde exactamente lo que lleva años escuchando.

No porque haya investigado.

Sino porque ha interiorizado una determinada representación de la realidad.


La universidad

Las universidades ocupan un lugar decisivo en este proceso.

No porque deban transmitir una determinada ideología.

Todo lo contrario.

Su misión histórica consiste precisamente en someter todas las ideas al examen crítico.

Una universidad deja de cumplir plenamente su función cuando determinadas preguntas dejan de formularse.

O cuando determinadas respuestas se consideran inadmisibles antes incluso de ser discutidas.

Recordé entonces aquella conferencia celebrada años atrás después de la proyección de Te doy mis ojos.

No provocó escándalo mi interpretación de la película.

Provocó escándalo el simple hecho de que existiera otra interpretación posible.

Y esa diferencia resulta enormemente significativa.

Porque la universidad debería ser el lugar donde las ideas se confrontan.

No donde determinadas ideas quedan dispensadas de toda confrontación.


El verdadero peligro

No me preocupa que existan interpretaciones distintas.

Eso constituye precisamente la esencia del conocimiento.

Me preocupa otra cosa.

Que algunas de ellas dejen de sentirse obligadas a contrastarse continuamente con los hechos.

El informe de Ontario no obliga a nadie a cambiar de opinión.

Obliga únicamente a revisar determinadas afirmaciones a la luz de nuevos datos.

Y eso es exactamente lo que siempre ha hecho la ciencia.

La pregunta no es si el estudio tiene razón en todo.

Ningún estudio la tiene.

La pregunta correcta es otra.

¿Estamos dispuestos a modificar nuestras explicaciones cuando la realidad nos obliga a hacerlo?

Ésa constituye la prueba decisiva de cualquier disciplina que aspire a llamarse científica.


Cuando el relato se impone sobre los hechos

Toda sociedad necesita relatos.

Ayudan a comprender un mundo extraordinariamente complejo.

El problema aparece cuando el relato adquiere tanta fuerza que los hechos dejan de corregirlo.

Entonces sucede algo profundamente preocupante.

No se revisa la explicación.

Se cuestionan los datos.

No se analizan las tablas.

Se desacredita a quien las cita.

No se responde a las preguntas.

Se intenta impedir que lleguen a formularse.

Ése constituye uno de los síntomas más claros de que una sociedad ha comenzado a sustituir el espíritu crítico por la comodidad intelectual.

Y toda comodidad intelectual termina pagándose muy cara.

Especialmente cuando quienes pagan ese precio son los niños.

Más allá del agresor

La explicación única no explica nada

Existe una tentación permanente en todas las ciencias sociales.

Reducir una realidad extraordinariamente compleja a una única causa.

Resulta cómodo.

Permite construir relatos sencillos.

Facilita la elaboración de campañas.

Hace más comprensible el mensaje.

Pero la comodidad rara vez constituye un buen método para comprender la realidad.

El estudio de Ontario pone de manifiesto precisamente lo contrario.

El maltrato infantil no responde a una única causa.

Responde a una combinación de circunstancias personales, familiares, económicas, psicológicas y sociales que interactúan entre sí.

Quien pretenda reducir semejante complejidad a una sola explicación dejará necesariamente fuera una parte muy importante del problema.


Las familias no son todas iguales

Ésta parece una afirmación evidente.

Sin embargo, sus consecuencias rara vez se analizan.

Cada familia constituye un universo distinto.

Existen hogares estables.

Otros profundamente desestructurados.

Algunos viven en condiciones económicas muy favorables.

Otros soportan una pobreza persistente.

Hay familias donde predominan el diálogo y el afecto.

Otras viven instaladas en el conflicto permanente.

Existen padres y madres equilibrados.

También personas con graves trastornos psicológicos.

Adicciones.

Aislamiento.

Violencia.

Desesperación.

Todo ello modifica profundamente la vida cotidiana de un niño.

Y precisamente por eso resulta imposible comprender el maltrato infantil observando únicamente una variable.


Lo que encuentra el estudio

Una de las grandes virtudes del informe canadiense consiste en que no se limita a identificar víctimas y presuntos responsables.

Analiza igualmente el contexto en que aparecen los casos.

Y ese contexto muestra una realidad extraordinariamente compleja.

En numerosos expedientes aparecen problemas de salud mental.

Consumo abusivo de alcohol o drogas.

Violencia entre los adultos del hogar.

Aislamiento social.

Graves dificultades económicas.

Estrés crónico.

Inestabilidad familiar.

No se trata de afirmar que cualquiera de esas circunstancias produzca inevitablemente malos tratos.

Sería falso.

Millones de personas afrontan enormes dificultades sin levantar jamás la mano contra un niño.

Lo que muestran las estadísticas es otra cosa.

Que determinados factores aparecen con mucha mayor frecuencia allí donde finalmente se detecta una situación de riesgo.

Y esa diferencia merece toda nuestra atención.


La pobreza no golpea

Conviene evitar otra simplificación.

Durante mucho tiempo se ha repetido que el origen del maltrato reside principalmente en la pobreza.

La afirmación contiene una parte de verdad.

Las dificultades económicas generan tensión.

Ansiedad.

Desesperación.

Conflictos familiares.

Todo ello aumenta el riesgo.

Pero la pobreza, por sí sola, no golpea a ningún niño.

Lo hacen las personas.

Millones de familias humildes educan magníficamente a sus hijos.

Y también existen hogares acomodados donde los menores sufren abandono, humillaciones o violencia.

Confundir correlación con causa constituye uno de los errores más frecuentes en las ciencias sociales.


La enfermedad tampoco explica todo

Algo semejante ocurre con la salud mental.

Determinados trastornos pueden aumentar el riesgo de negligencia o de violencia.

Eso resulta evidente.

Pero la inmensa mayoría de quienes padecen una enfermedad mental jamás maltrata a un niño.

De nuevo aparece la misma enseñanza.

La realidad se resiste a las explicaciones únicas.

Y el informe de Ontario insiste constantemente en esa complejidad.

Cada expediente constituye una combinación distinta de circunstancias.

Cada historia posee su propio recorrido.

Cada niño necesita ser comprendido en su contexto concreto.


El conflicto permanente

Hay, sin embargo, un elemento que aparece una y otra vez.

El conflicto continuo entre los adultos.

Cuando un niño crece rodeado de discusiones interminables, amenazas, insultos, humillaciones o violencia, su desarrollo emocional comienza a resentirse aunque jamás reciba un solo golpe.

El hogar deja de ser un refugio.

Se convierte en un territorio imprevisible.

Nunca sabe cuándo estallará la próxima discusión.

Nunca sabe qué palabra provocará una nueva explosión.

Vive permanentemente alerta.

Y vivir permanentemente alerta nunca forma parte de una infancia normal.


El gran ausente

A medida que avanzaba en la lectura del informe canadiense advertí una circunstancia que me llamó poderosamente la atención.

Las tablas describían con enorme precisión múltiples factores de riesgo.

Sin embargo, había una pregunta que permanecía constantemente en mi cabeza.

¿Qué papel desempeña la ruptura de la convivencia entre los padres?

¿Qué ocurre cuando el conflicto continúa durante años?

¿Qué sucede cuando el niño queda atrapado entre dos adultos incapaces de separar sus diferencias personales de sus responsabilidades como padre y madre?

El informe aporta algunos elementos para responder parcialmente a esas preguntas.

Pero no constituye un estudio específico sobre las consecuencias de las separaciones conflictivas.

Y precisamente ahí aparece uno de los asuntos más importantes de este ensayo.

Porque esa cuestión afecta directamente a cientos de miles de niños en todo el mundo occidental.


El niño necesita estabilidad

Después de leer centenares de páginas terminé llegando a una conclusión muy sencilla.

El mayor factor protector que puede tener un niño no es una campaña publicitaria.

Ni un observatorio.

Ni una comisión parlamentaria.

Ni un protocolo administrativo.

Es crecer en un entorno donde se sienta querido.

Protegido.

Escuchado.

Respetado.

Donde los adultos que constituyen sus principales referencias actúen con responsabilidad.

Cuando ese entorno desaparece, el riesgo aumenta.

No siempre desemboca en malos tratos.

Pero aumenta.

Y eso basta para que una sociedad responsable haga todo lo posible por fortalecer la familia, prevenir los conflictos graves y proteger a los menores antes de que el daño resulte irreversible.


La siguiente pregunta

Hasta ahora el estudio nos ha obligado a revisar muchas ideas.

Nos ha mostrado que la realidad resulta mucho más compleja de lo que solemos imaginar.

Pero todavía queda una cuestión decisiva.

Quizá la más delicada de todas.

¿Qué ocurre cuando los padres se separan y el conflicto continúa utilizando al hijo como instrumento?

Ése será el siguiente paso de nuestra investigación.

Y aquí el informe canadiense deberá dialogar con otra fuente de conocimiento igualmente importante: la experiencia acumulada durante décadas por jueces, psicólogos, mediadores familiares y asociaciones dedicadas a la protección de la infancia.

Porque si algo enseña Ontario desde la primera hasta la última página es que el verdadero protagonista nunca debe ser el adulto.

Siempre debe ser el niño.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *