Gibraltar, Ceuta y Melilla: la llave del Mediterráneo
Cuando la Historia explica el presente
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Hay una vieja enseñanza que atraviesa toda la Historia: las naciones no luchan por las piedras, sino por el lugar donde se encuentran esas piedras.
Las guerras, las alianzas, los tratados y las fronteras rara vez obedecen al azar. Detrás de casi todos los grandes conflictos aparecen siempre las mismas razones: el dominio de las rutas comerciales, el acceso a los mares, el control de los estrechos, los recursos naturales o las posiciones desde las que puede ejercerse influencia sobre los demás.
Sir Walter Raleigh, navegante y hombre de Estado inglés del siglo XVI, resumió esa realidad con una frase que el tiempo ha convertido en un principio de la geopolítica:
«Quien domina el mar domina el comercio; quien domina el comercio domina las riquezas del mundo y, en gran medida, el mundo mismo.»
Quizá la formulación exacta haya variado con el paso de los siglos, pero la idea permanece inalterable.
Gibraltar, Ceuta y Melilla sólo pueden comprenderse desde esa perspectiva.
No son simples accidentes geográficos.
Son piezas de un tablero en el que las grandes potencias llevan siglos moviendo sus fichas.
Quien olvida esa realidad termina interpretando la Historia como una sucesión de casualidades.
Y la Historia, casi nunca, actúa por casualidad.
Hay quienes creen que los conflictos territoriales obedecen a cuestiones sentimentales, a viejas querellas nacionales o a orgullos patrióticos. Se equivocan.
Las naciones no conservan un territorio durante siglos por romanticismo. Lo hacen porque ese territorio les proporciona una ventaja política, militar o económica. La geografía pesa más que los discursos.

Por eso Gibraltar continúa bajo soberanía británica trescientos doce años después del Tratado de Utrecht.
Y por eso Marruecos no renuncia a sus reclamaciones sobre Ceuta y Melilla.
No son dos conflictos distintos.
Son dos caras de una misma realidad geopolítica.
Gibraltar nunca fue una simple colonia
Con frecuencia se presenta el caso de Gibraltar como si se tratara de un pueblo que únicamente espera ejercer su derecho de autodeterminación.
La realidad jurídica es mucho más compleja.

La Resolución 1514 (XV) de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada en 1960, proclamó el derecho de los pueblos coloniales a decidir su futuro. Sin embargo, en el caso de Gibraltar, las propias Naciones Unidas señalaron que el proceso de descolonización debía respetar igualmente la integridad territorial de España.
No estamos, por tanto, ante un supuesto idéntico al de antiguas colonias africanas o asiáticas.
Gibraltar constituye un contencioso territorial cuya solución debía alcanzarse mediante negociaciones entre España y el Reino Unido.
Pero esas negociaciones nunca han conducido a ninguna parte.
¿Por qué?
Porque Londres jamás ha considerado Gibraltar una carga.
Lo considera un activo estratégico de primer orden.
La llave del Mediterráneo

Basta contemplar un mapa para comprender lo que tres siglos de diplomacia no han conseguido explicar.
El estrecho de Gibraltar apenas supera los catorce kilómetros en su punto más angosto. Por él circula una parte sustancial del comercio marítimo mundial. Todo buque que entra o sale del Mediterráneo debe atravesar ese corredor natural.
Quien controla ese paso dispone de una posición privilegiada para vigilar el tráfico naval, proteger sus comunicaciones, proyectar su fuerza militar y ejercer una influencia que trasciende con mucho el reducido tamaño del territorio.
Ésa es la verdadera razón por la que el Reino Unido jamás ha mostrado el menor interés en abandonar Gibraltar.
No lo conserva por nostalgia del antiguo Imperio.
Lo conserva porque sigue siendo útil.
Y, mientras continúe siéndolo, ninguna resolución de las Naciones Unidas bastará para modificar esa realidad.
La Historia demuestra que las grandes potencias raramente renuncian voluntariamente a una posición estratégica.
Lo hacen únicamente cuando el coste de conservarla resulta superior al beneficio que obtienen.
En Gibraltar nunca se ha dado esa circunstancia.
Ceuta y Melilla: mucho más que dos ciudades españolas

Al otro lado del Estrecho se encuentran Ceuta y Melilla.
Con frecuencia se presentan como simples ciudades fronterizas.
Nada más lejos de la realidad.
Constituyen dos posiciones estratégicas cuya importancia trasciende ampliamente su tamaño.
Marruecos sostiene desde hace décadas que ambas ciudades deberían incorporarse a su soberanía, calificándolas de «territorios ocupados» o de «vestigios coloniales».
Sin embargo, esa afirmación tropieza con un hecho histórico difícilmente discutible.
Ceuta pertenece a la Corona desde 1580 y permaneció unida a España tras la separación de Portugal en 1640, decisión ratificada en el Tratado de Lisboa de 1668.
Melilla forma parte de España desde 1497.
Es decir, ambas ciudades eran españolas mucho antes de que existiera el actual Estado marroquí.
Difícilmente puede calificarse de colonia un territorio que forma parte del mismo Estado desde hace más de cuatro siglos.
No se trata de enclaves administrados desde ultramar.
Son parte integrante del territorio nacional, exactamente igual que Cádiz, Santander o Palma de Mallorca.
Esa es la razón por la que Naciones Unidas nunca las ha incluido en la lista de territorios pendientes de descolonización.
La discusión es política.
No jurídica.
La otra orilla del Estrecho

Ahora bien, reducir el problema a una cuestión histórica sería un grave error.
Lo verdaderamente importante es la geografía.
Si algún día España dejara de ejercer su soberanía sobre Ceuta, desaparecería el único contrapeso español en la orilla africana del Estrecho.
El Reino Unido seguiría instalado en Gibraltar.
Marruecos extendería su influencia sobre la ribera meridional.
España quedaría relegada a contemplar desde la distancia un paso marítimo cuya importancia estratégica resulta evidente desde hace siglos.
Y cuando una nación pierde posiciones estratégicas, rara vez consigue recuperarlas.
La Historia también enseña esa lección.
Epílogo. La geografía no perdona

Napoleón afirmó que la política de los Estados está escrita en su geografía.
Dos siglos después, la frase conserva toda su vigencia.
España ocupa una de las posiciones más privilegiadas del planeta. Controla el acceso entre el Atlántico y el Mediterráneo, constituye el puente natural entre Europa y África y posee una extensa fachada marítima abierta a dos mares y un océano.
Pocas naciones disfrutan de semejante ventaja.
Pero la geografía, por sí sola, no garantiza nada.
Es necesario comprender su importancia y actuar en consecuencia.
El Reino Unido lo entendió hace más de tres siglos y jamás ha renunciado al Peñón.
Estados Unidos conoce perfectamente el valor estratégico del norte de África y fortalece constantemente sus alianzas en la región.
Marruecos desarrolla, con paciencia y perseverancia, una política de Estado que trasciende los cambios de gobierno y mantiene inalterables sus objetivos nacionales.
La gran pregunta es inevitable.
¿Hace lo mismo España?
Con demasiada frecuencia, nuestros gobernantes parecen contemplar Gibraltar, Ceuta y Melilla como asuntos secundarios, útiles únicamente para el debate político interno o para alimentar titulares de prensa durante unos días.
Sin embargo, la Historia enseña que las naciones no suelen perder su soberanía de un solo golpe.
La van cediendo poco a poco.
Mediante concesiones aparentemente menores.
Mediante silencios.
Mediante renuncias.
Mediante la costumbre de aceptar como inevitable lo que, en realidad, nunca debió aceptarse.
La soberanía no desaparece de repente.
Se erosiona.
Y cuando una nación descubre que ha perdido posiciones estratégicas, casi siempre es demasiado tarde para recuperarlas.
Gibraltar continúa siendo una anomalía histórica pendiente de solución.
Ceuta y Melilla forman parte indiscutible de España y así lo reconoce el ordenamiento jurídico internacional.
Precisamente por ello, su defensa no debería depender del color político del Gobierno de turno, sino constituir una auténtica política de Estado.
Porque las fronteras no pertenecen a un partido.
Pertenecen a la Nación.
Y las naciones que olvidan el valor de su geografía terminan viendo cómo otros deciden sobre ella.
La Historia ofrece innumerables ejemplos.
España no debería añadir uno más.
Colofón

Los españoles solemos repetir que la Historia es maestra de la vida.
Sin embargo, con demasiada frecuencia nos negamos a escuchar sus enseñanzas.
Gibraltar demuestra que las grandes potencias nunca abandonan una posición estratégica mientras siga siendo útil.
Ceuta y Melilla recuerdan que la soberanía no sólo se proclama: también debe sostenerse con voluntad política, capacidad de defensa y una diplomacia firme.
El Estrecho de Gibraltar seguirá siendo, durante muchas décadas, uno de los puntos neurálgicos del planeta. Cambiarán los gobiernos, las alianzas y las rutas comerciales; aparecerán nuevas tecnologías y nuevos desafíos. Pero la geografía permanecerá inmutable.
España no puede modificar el mapa.
Lo que sí puede decidir es si actúa como una nación plenamente consciente del extraordinario valor de su posición o si permite que otros diseñen el futuro de un espacio que ha condicionado nuestra Historia durante más de dos mil años.
Porque la soberanía no suele perderse en una gran derrota.
Se pierde mediante pequeñas renuncias repetidas, silencios oportunistas y la falsa ilusión de que los problemas estratégicos pueden aplazarse indefinidamente.
La geografía concede oportunidades.
La Historia ofrece advertencias.
La responsabilidad de aprovechar unas y atender las otras corresponde únicamente a los pueblos que desean seguir siendo dueños de su propio destino.