EL VERDADERO PROGRESISMO Y LAS TERRIBLES CONSECUENCIAS DE LA BONDAD EXTREMA

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Acerca de cómo la prudencia fue sustituida por el sentimentalismo, el progreso por el progresismo y la libertad individual por una nueva forma de colectivismo que empieza a parecerse demasiado a los viejos autoritarismos.

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Hay palabras que han sido secuestradas.

Una de ellas es progreso.

Otra, solidaridad.

Otra, tolerancia.

Otra, democracia.

Y quizás la más maltratada de todas sea bondad.

Durante siglos progresar significaba algo relativamente sencillo de entender: mejorar.

Vivir más.

Morir menos.

Curar enfermedades.

Reducir el hambre.

Alfabetizar.

Aumentar el conocimiento.

Proteger mejor la libertad.

Someter al gobernante a la ley.

Conseguir que los hijos pudieran vivir mejor que sus padres.

Hacer más segura la calle.

Construir mejores hospitales.

Mejorar la enseñanza.

Crear riqueza.

Permitir que cada individuo pudiera decidir cada vez una parte mayor de su propia vida sin tener que pedir permiso al sacerdote, al cacique, al señor feudal ni al funcionario.

Eso era progreso.

Hasta que determinadas ideologías consiguieron apropiarse incluso del sustantivo y convertirse a sí mismas en progresistas.

Desde entonces se produjo una extraordinaria trampa del lenguaje.

Si ellos eran los progresistas, quienes discrepasen de ellos tenían necesariamente que estar contra el progreso.

Reaccionarios.

Retrógrados.

Carcas.

Fascistas.

Ultras.

El truco es magnífico.

Consiste en convertir una conclusión —que una determinada política produce progreso— en una premisa que ya no necesita demostrarse.

Nos llamamos progresistas.

Por tanto, cuanto hacemos es progreso.

Pero no.

Una política no es progresista porque así se llame.

Es progresista si produce progreso.

Y una política que genera inseguridad, pobreza, dependencia, censura, enfrentamiento social, deterioro institucional, irresponsabilidad fiscal, pérdida de libertad o incapacidad del Estado para hacer cumplir sus propias leyes podrá llamarse progresista tantas veces como quiera.

Seguirá siendo un retroceso.


NO TODO CAMBIO ES PROGRESO

Una de las supersticiones contemporáneas consiste en pensar que avanzar cronológicamente equivale a avanzar moralmente.

No es cierto.

La Historia no dispone de escalera mecánica.

Las sociedades pueden avanzar.

Y pueden retroceder.

Pueden conquistar libertades durante generaciones y perderlas en pocos años.

Pueden enriquecerse y empobrecerse.

Pueden construir instituciones excelentes y destruirlas.

Pueden alcanzar altísimos niveles educativos y convertir después sus escuelas en enormes guarderías expendedoras de títulos.

Pueden crear Estados de Derecho y acabar colonizando sus instituciones.

Pueden construir fronteras seguras y después avergonzarse de defenderlas.

Pueden conquistar la libertad de expresión y terminar creando nuevas palabras prohibidas.

No existe ninguna ley histórica que garantice que mañana será mejor que hoy.

Para progresar hace falta inteligencia.

Hace falta conocimiento.

Hace falta responsabilidad.

Hace falta capacidad para aprender de los errores.

Y, sobre todo, hace falta una virtud que nuestra época desprecia porque no cabe en un eslogan:

prudencia.

Aristóteles la consideraba indispensable para la vida virtuosa.

Nosotros hemos decidido sustituirla por sentimientos.

Y ahí empieza el problema.


CUANDO SER BUENO RESULTA MÁS IMPORTANTE QUE HACER EL BIEN

Existe una diferencia gigantesca entre ser bueno y necesitar sentirse bueno.

La primera actitud obliga a mirar las consecuencias de nuestros actos.

La segunda sólo contempla nuestras intenciones.

El hombre prudente pregunta:

—¿Funcionará?

El buenista responde:

—Mis intenciones son buenas.

El prudente pregunta:

—¿Quién pagará esto?

El buenista replica:

—Eso es insolidario.

El prudente pregunta:

—¿Cuál es el límite?

El buenista responde:

—Los derechos no tienen límites.

El prudente pregunta:

—¿Y qué ocurrirá dentro de diez años?

El buenista contesta:

—Lo importante es ayudar ahora.

Éste es uno de los problemas fundamentales de nuestro tiempo.

La intención ha sustituido al resultado como criterio moral.

Si pretendíamos ayudar, somos buenos aunque hayamos causado un desastre.

Si queríamos proteger, somos buenos aunque hayamos destruido aquello que protegíamos.

Si queríamos acoger, somos buenos aunque hayamos creado un poderoso incentivo para que centenares de miles de personas emprendan un viaje peligroso.

Si queríamos repartir riqueza, somos buenos aunque terminemos destruyéndola.

Si queríamos combatir la discriminación, somos buenos aunque acabemos discriminando en sentido contrario.

Esto es intelectualmente infantil.

Y políticamente peligrosísimo.


LA BONDAD SIN LÍMITES PUEDE CONVERTIRSE EN CRUELDAD

Pongamos un ejemplo elemental.

Una familia encuentra a una persona que necesita ayuda y la acoge.

Un acto admirable.

Encuentra otra.

Quizá pueda acogerla también.

Y otra.

Y otra.

Hasta que llegamos a cien mil.

Entonces alguien pregunta:

—¿Dónde dormirán?

—No sea usted insolidario.

—¿Qué comerán?

—No sea racista.

—¿Quién pagará?

—Eso es xenofobia.

—¿Cuánto tiempo?

—Los derechos humanos no caducan.

—¿Cuál es el límite?

Silencio.

Éste es el punto exacto en el que la moral desaparece y comienza la propaganda moral.

Porque los recursos son finitos.

Siempre.

Las viviendas son finitas.

Las camas hospitalarias son finitas.

Los médicos son finitos.

Los profesores son finitos.

Las plazas escolares son finitas.

Los policías son finitos.

El dinero es finito.

El territorio es finito.

Incluso el tiempo humano es finito.

Ninguna cantidad de lágrimas puede derogar la aritmética.


UNA FRONTERA ES UN LÍMITE, NO UNA DECLARACIÓN DE ODIO

La frontera constituye probablemente el ejemplo más perfecto de esta confusión contemporánea.

Se ha conseguido presentar la existencia misma del límite como una sospecha moral.

¿Por qué impedir entrar?

¿Por qué expulsar?

¿Por qué exigir documentación?

¿Por qué distinguir entre inmigración legal e ilegal?

¿Por qué utilizar policías?

Porque ésa es precisamente una de las funciones esenciales del Estado.

Una frontera que cualquiera puede atravesar cuando quiere y como quiere deja de ser frontera.

Un Estado que no puede decidir quién entra en su territorio deja gradualmente de ejercer una de las facultades elementales de la soberanía.

Y esto no tiene absolutamente nada que ver con odiar al extranjero.

La puerta de nuestra casa tiene cerradura.

Eso no significa que odiemos a quienes viven en la acera.

Significa que distinguimos entre nuestra casa y la calle.

Y precisamente porque existe esa distinción podemos invitar a alguien a entrar.

Sin puerta no existe acogida.

Existe ocupación.


CEUTA: CUANDO GESTIONAR EL DESASTRE SUSTITUYE A IMPEDIRLO

La actual crisis de Ceuta ofrece una demostración extraordinariamente clara.

El Gobierno ha aprobado este 1 de septiembre un plan de choque de 309 millones de euros para los cuatro últimos meses de 2026. De ellos, 118 millones se dedican a acogida humanitaria, 90 millones a seguridad, 80 millones a actividad económica y 21 millones al refuerzo de servicios esenciales. El propio Gobierno ha comunicado también 3.519 retornos voluntarios a Marruecos entre el 10 y el 31 de agosto, 214 expulsiones y 1.612 menores filiados en Ceuta.

Puede ser necesario gastar ahora esos millones.

Pero la pregunta esencial permanece intacta:

¿cómo se impide que vuelva a suceder?

Porque proporcionar camas después de una entrada masiva no sustituye a impedir la entrada.

Contratar más funcionarios no sustituye a proteger la frontera.

Construir centros de acogida no sustituye a recuperar el control territorial.

Aumentar los servicios sociales no sustituye a evitar que esos servicios colapsen.

Esto se parece demasiado al hombre que mantiene permanentemente abierto el grifo y presume cada mañana del extraordinario presupuesto que destina a comprar cubos.

Nadie parece atreverse a decirle lo elemental:

cierre usted el grifo.


EL ESTADO COMPASIVO CON QUIEN INCUMPLE Y SEVERO CON QUIEN PROTESTA

Y en medio de esta crisis aparece una paradoja difícil de ignorar.

Mientras la Administración dedica centenares de millones a gestionar las consecuencias de la entrada irregular, se ha producido la controversia sobre las concentraciones ciudadanas convocadas en apoyo de Ceuta.

La Delegación del Gobierno en Madrid comunicó al Ayuntamiento que, como corporación local, no podía convocar una manifestación al amparo del derecho de reunión, aunque admitía que pudiera organizar un acto institucional.

Hay aquí una cuestión jurídica que no debería confundirse.

Una cosa es determinar quién puede figurar formalmente como convocante.

Otra completamente distinta es hablar como si los ciudadanos necesitaran autorización administrativa para reunirse pacíficamente.

No la necesitan.

El artículo 21 de la Constitución Española afirma expresamente que el ejercicio del derecho de reunión pacífica «no necesitará autorización previa». En lugares de tránsito público existe deber de comunicación y solamente pueden prohibirse reuniones cuando existan razones fundadas de alteración del orden público con peligro para personas o bienes.

La Ley Orgánica 9/1983 todavía es más clara: «Ninguna reunión estará sometida al régimen de previa autorización» y corresponde además a la autoridad proteger reuniones y manifestaciones frente a quienes pretendan impedirlas o perturbarlas.

La diferencia no es menor.

Porque los derechos fundamentales no son concesiones graciosas del Gobierno.

Son límites al Gobierno.


EL EXTRAÑO PROGRESISMO QUE DESCONFÍA DEL CIUDADANO

Y aquí empieza a aparecer algo todavía más inquietante.

Durante décadas la izquierda se presentó como propietaria de la calle.

Manifestarse era progresista.

Protestar era progresista.

Desobedecer era progresista.

Cuestionar a la autoridad era progresista.

Hasta que una parte de aquella izquierda se convirtió definitivamente en autoridad.

Entonces las cosas cambiaron.

La manifestación del adversario empezó a ser provocación.

La protesta del contrario, crispación.

La crítica, desinformación.

La oposición, reacción.

El discrepante, ultra.

Y determinados partidos dejaron de ser adversarios para convertirse en amenazas para la democracia.

Este cambio es mucho más importante de lo que parece.

Porque una democracia funciona mientras quien gobierna acepta una verdad desagradable:

su adversario tiene exactamente el mismo derecho a gobernar que él si obtiene los votos necesarios.

No es necesario que le guste.

No tiene que considerarlo inteligente.

Puede pensar que su programa será desastroso.

Pero debe reconocer su legitimidad.

Cuando el gobernante comienza a distinguir entre oposición legítima y oposición moralmente inaceptable porque no es suficientemente «progresista», empieza una peligrosa transformación del sistema democrático.


¿Y SI LA EMERGENCIA TERMINA JUSTIFICANDO QUE EL PODER NO SE MARCHE?

Durante estos días se ha formulado incluso una hipótesis particularmente inquietante: que una crisis prolongada, una fuerte tensión social o una situación excepcional pudieran terminar utilizándose políticamente para justificar el aplazamiento de unas elecciones.

Es una hipótesis política, no la demostración de que exista actualmente semejante decisión gubernamental.

Pero la cuestión merece ser planteada porque España ya conoció en 2020 el aplazamiento de elecciones autonómicas en Galicia y País Vasco durante el estado de alarma y porque nuestra legislación no contiene un procedimiento ordinario detallado para todos los supuestos imaginables de aplazamiento electoral.

El problema de fondo va mucho más allá de Pedro Sánchez.

Se llama poder.

Todo gobernante encuentra extraordinariamente convincentes las razones que aconsejan que siga gobernando.

Por eso las democracias no descansan en la bondad de los gobernantes.

Descansan en límites.

Plazos.

Contrapesos.

Elecciones.

Jueces independientes.

Prensa libre.

Oposición.

Y ciudadanos desconfiados.


EL SECUESTRO DE LA PALABRA «PROGRESISTA»

Llegamos así a una pregunta esencial.

¿Qué queda hoy de progresista en buena parte de aquello que se denomina progresismo?

¿Es progreso aumentar el poder del Estado sobre el ciudadano?

¿Es progreso reducir los espacios de libertad?

¿Es progreso dividir permanentemente a la sociedad en colectivos?

¿Es progreso juzgar a las personas según su sexo, raza o procedencia?

¿Es progreso convertir determinadas opiniones en moralmente sospechosas?

¿Es progreso pretender que el Gobierno eduque no solamente a los niños, sino también las conciencias de los adultos?

¿Es progreso considerar que el ciudadano debe ser «concienciado» por el poder?

Porque todo esto tiene un nombre histórico bastante incómodo:

colectivismo.

Y el colectivismo ha vestido uniformes de muchos colores.


EL FASCISMO NO APARECIÓ DE LA NADA

Aquí conviene abandonar una de las simplificaciones históricas más cómodas de nuestra época.

Nos enseñaron a colocar las grandes ideologías totalitarias del siglo XX en cajones herméticamente cerrados.

Comunismo: izquierda.

Fascismo: derecha.

Nazismo: extrema derecha.

Después cerramos los cajones y dejamos de pensar.

Pero la historia intelectual europea fue mucho más compleja.

Benito Mussolini procedía directamente del socialismo revolucionario.

Fue militante destacado del Partido Socialista Italiano, revolucionario, agitador y director de Avanti!, periódico oficial socialista. Su ruptura con el partido llegó en 1914 a raíz de su postura favorable a la intervención italiana en la Primera Guerra Mundial.

Mussolini no se convirtió en fascista porque descubriera súbitamente el liberalismo económico, el individualismo o el Estado mínimo.

Hizo exactamente lo contrario.

Conservó buena parte de la concepción revolucionaria de la política, de la movilización de masas, del primado del colectivo y de la subordinación del individuo a una totalidad superior.

Cambió el sujeto.

La clase dejó paso progresivamente a la nación.

Ahí se encuentra una de las claves del fascismo.


HITLER Y EL SOCIALISMO NACIONAL

También el nazismo merece algo más que una etiqueta escolar.

El partido de Hitler se llamó Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.

No era una casualidad publicitaria carente de cualquier contenido.

El programa de veinticinco puntos aprobado en 1920 incluía exigencias que difícilmente pueden calificarse de liberal-capitalistas: nacionalización de grandes empresas constituidas en trusts, participación en beneficios de las grandes industrias, expansión de las pensiones, municipalización de grandes almacenes y determinadas formas de expropiación agraria. El Museo del Holocausto de Estados Unidos reconoce expresamente que varios de aquellos puntos incluían críticas al capitalismo y demandas semejantes a las sostenidas entonces por movimientos socialistas y comunistas alemanes.

Posteriormente Hitler pactó y colaboró con grandes empresarios y mantuvo amplios ámbitos de propiedad privada.

Pero la propiedad privada quedó sometida a un Estado crecientemente totalitario que terminó controlando la vida económica, laboral, cultural, educativa y social. Los sindicatos libres fueron eliminados y trabajadores y empresarios quedaron encuadrados en organizaciones controladas por el régimen.

Eso no convierte al nazismo en marxismo ortodoxo.

Pero tampoco autoriza a presentarlo como la culminación natural del liberalismo.

Fue un socialismo nacional, racial, antiliberal y colectivista, con influencias diversas, entre ellas elementos procedentes del ambiente intelectual socialista y del diagnóstico social difundido por el marxismo.


DE INSPIRACIÓN MARXISTA, AUNQUE ANTImARXISTA

Ésta es la paradoja que merece comprenderse.

El nazismo combatió al marxismo político organizado.

Persiguió comunistas.

Persiguió socialdemócratas.

Era nacionalista allí donde Marx había defendido el internacionalismo proletario.

Sustituyó la lucha de clases por la lucha racial y nacional.

Por tanto, Hitler no fue marxista ortodoxo.

Pero de ahí no se sigue que el nazismo careciera de inspiraciones, préstamos o estructuras intelectuales procedentes del universo socialista y marxista.

El esquema marxista había colocado en el centro de la explicación histórica el conflicto entre colectivos.

Burguesía.

Proletariado.

Explotadores.

Explotados.

El nazismo construyó otro conflicto totalizador.

Alemanes.

Judíos.

Arios.

No arios.

Pueblos superiores.

Pueblos inferiores.

El contenido es diferente.

La estructura mental presenta un parecido inquietante:

el individuo desaparece detrás del colectivo al que se le asigna pertenencia.

Ya no importa fundamentalmente quién es usted ni qué ha hecho.

Importa a qué grupo pertenece.

Y según ese grupo se distribuyen culpa, mérito, derechos, legitimidad y sospecha.


MARX Y EL ANTISEMITISMO QUE TANTAS VECES SE PREFIERE OLVIDAR

Tampoco el marxismo nació inmunizado contra el antisemitismo.

Karl Marx dejó material antijudío inequívocamente problemático.

En Sobre la cuestión judía utilizó estereotipos que relacionaban al judío con el dinero y el interés material; y en correspondencia privada aparecen además insultos y expresiones étnicas difíciles de reconciliar con la imagen hagiográfica que posteriormente se construyó de él.

El marxista y filósofo Norman Geras sostuvo precisamente que no es intelectualmente honrado negar el material antisemita presente en aquella obra ni despacharlo sin más como ironía.

Un estudio académico sobre los judíos y la izquierda recuerda asimismo que Marx recurrió en ocasiones a insultos y epítetos antijudíos en su correspondencia y recoge la vieja controversia historiográfica sobre hasta qué punto debe calificársele personalmente de antisemita.

Esto no significa que todos los marxistas sean antisemitas.

Naturalmente que no.

Significa algo distinto y mucho más importante:

la genealogía de la izquierda revolucionaria tampoco está libre de racismo, antisemitismo, prejuicio y clasificación colectiva de las personas.


CAMBIA LA CLASE, CAMBIA LA RAZA, CAMBIA EL SEXO: EL COLECTIVISMO PERMANECE

Aquí aparece la conexión con determinados sectores del progresismo contemporáneo.

El marxismo clásico dividió la sociedad fundamentalmente por clases.

El nazismo la dividió racialmente.

Determinadas corrientes identitarias contemporáneas vuelven a dividirla mediante nuevas categorías.

Sexo.

Raza.

Orientación.

Identidad.

Procedencia.

Privilegiado.

Oprimido.

Víctima.

Opresor.

Cuando esas categorías sirven para estudiar fenómenos sociales, nada hay de extraño.

El problema comienza cuando se utilizan para atribuir responsabilidad moral a individuos por pertenecer a un colectivo.

Cuando alguien tiene que pedir disculpas por haber nacido hombre.

O blanco.

O heterosexual.

O occidental.

O formar parte de una generación determinada.

Cuando el individuo hereda una culpa colectiva por características que no ha elegido, reaparece la vieja lógica racialista y colectivista con nuevo vocabulario.

No hace falta insultar a una raza para pensar racialmente.

Basta con creer que la raza determina la culpa o la virtud de una persona.

No hace falta declarar inferior a un sexo para practicar discriminación sexual.

Basta con creer que el sexo justifica tratar jurídicamente de manera diferente a dos individuos en situaciones equivalentes.

La política identitaria puede acabar reproduciendo precisamente aquello que afirma combatir:

juzgar al individuo por el grupo.


EL FASCISMO DE IZQUIERDA

Y llegamos a la expresión que tantos consideran imposible por definición:

fascismo de izquierda.

Si entendemos fascismo únicamente como reproducción exacta del régimen de Mussolini, evidentemente no.

No tenemos camisas negras.

No tenemos fasces.

No tenemos un Duce dando discursos desde el Palazzo Venezia.

Pero ésa es una manera infantil de estudiar el autoritarismo.

Los sistemas políticos no tienen obligación de regresar con el mismo uniforme.

Lo importante son los mecanismos.

Culto al Estado.

Subordinación del individuo al colectivo.

Moralización de la política.

Movilización permanente de la población.

Construcción de enemigos interiores.

Deslegitimación del discrepante.

Intervención creciente sobre la sociedad civil.

Utilización sistemática de propaganda.

Pretensión de educar políticamente al ciudadano.

Hostilidad hacia instituciones independientes.

Colonización del lenguaje.

Reducción del pluralismo.

Consideración de la oposición como moralmente inferior.

Pretensión de que solamente una determinada doctrina representa al verdadero pueblo, a la verdadera democracia o a la verdadera justicia.

Cuando estos mecanismos aparecen desde posiciones que se autodenominan progresistas, la expresión “fascismo de izquierda” deja de ser un mero insulto y se convierte en una advertencia política.


LOS TOTALITARISMOS ERAN ENEMIGOS PORQUE COMPETÍAN

Fascistas, nazis, socialistas revolucionarios y comunistas no fueron la misma cosa.

Se mataron entre ellos.

Precisamente.

Los herejes suelen odiarse con una intensidad especial porque compiten por almas semejantes.

En los años veinte y treinta del siglo pasado, nazis y comunistas se disputaban muy especialmente a trabajadores, desempleados, jóvenes radicalizados y personas destruidas por las crisis.

El propio Partido Nazi nació con la intención de apartar a trabajadores alemanes del socialismo y del comunismo y conducirlos hacia su propio movimiento antimarxista, antisemita y nacionalista.

La izquierda decía:

—La culpa la tiene la burguesía.

Los nazis decían:

—La culpa la tienen determinados enemigos de la comunidad nacional, especialmente los judíos.

Los comunistas prometían revolución.

Los fascistas prometían revolución nacional.

Los nazis prometían revolución racial y nacional.

Todos necesitaban masas.

Todos despreciaban profundamente el viejo liberalismo.

Todos sospechaban del individuo que pretendía mantenerse al margen.

Todos aspiraban, en diverso grado y con objetivos diferentes, a construir una sociedad nueva.


SOCIALISTAS CON PRISA

Puede decirse, con la ironía correspondiente, que los comunistas fueron socialistas con prisa.

El socialista reformista quiere transformar progresivamente la sociedad.

El comunista quiere hacerlo revolucionariamente.

El fascista histórico utilizó también la movilización revolucionaria para construir otra forma de colectividad.

El nazismo añadió el componente racial hasta sus consecuencias más monstruosas.

Sus diferencias son enormes.

Pero existe una pregunta que los separa a todos ellos del liberalismo clásico:

¿a quién pertenece el individuo?

El liberal responde:

A sí mismo.

El colectivista siempre termina añadiendo alguna condición.

A la clase.

A la nación.

A la raza.

Al pueblo.

A la comunidad.

Al interés general.

Al proyecto histórico.

A la causa.


EL ESTADO QUE YA NO SE CONFORMA CON GOBERNAR: QUIERE EDUCAR NUESTRA CONCIENCIA

Quizá uno de los rasgos más preocupantes de cierto progresismo contemporáneo sea precisamente éste.

El Estado ya no se limita a castigar conductas ilícitas.

Pretende transformar mentalidades.

Concienciar.

Sensibilizar.

Reeducar hábitos.

Modificar actitudes.

Determinar expresiones aceptables.

Corregir sesgos.

Luchar contra pensamientos considerados socialmente perniciosos.

La pregunta fundamental no es si algunos de esos objetivos son bienintencionados.

Seguramente lo son.

La pregunta es otra:

¿quién ha encargado al Gobierno que nos enseñe qué debemos pensar?

La educación de un menor y el adoctrinamiento de un adulto son cosas completamente diferentes.

Una sociedad libre puede castigar a quien agrede.

No debería aspirar a entrar en su cabeza para asegurarse de que posee las ideas correctas.

Porque el Estado que adquiere capacidad para imponer la ideología que a usted le gusta conserva exactamente la misma capacidad cuando gobierna quien usted detesta.


LA SUPERIORIDAD MORAL ES EL PRIMER PASO

Casi todos los autoritarismos comienzan construyendo una superioridad moral.

Nosotros somos los buenos.

Ellos son los malos.

Nosotros representamos el futuro.

Ellos el pasado.

Nosotros somos demócratas.

Ellos amenazan la democracia.

Nosotros defendemos los derechos humanos.

Ellos propagan odio.

Nosotros protegemos a los vulnerables.

Ellos son egoístas.

A partir de ahí, el siguiente paso resulta extraordinariamente fácil.

Si ellos son moralmente malos, ¿por qué permitirles gobernar?

¿Por qué escucharles?

¿Por qué financiar sus organizaciones?

¿Por qué permitir que difundan determinados mensajes?

¿Por qué aceptar que ocupen espacios públicos?

¿Por qué celebrar elecciones precisamente cuando existe una emergencia extraordinaria?

La respuesta democrática debería ser siempre la misma:

porque tienen exactamente los mismos derechos que nosotros.

La democracia no consiste en garantizar libertad a quienes piensan correctamente.

Eso lo hace cualquier dictadura.

La libertad se demuestra permitiendo hablar a quien consideramos profundamente equivocado.


LA BONDAD EXTREMA TERMINA NECESITANDO COACCIÓN

Y así volvemos al principio.

El buenismo comienza diciendo:

—Tenemos que ayudar.

Casi todos estamos de acuerdo.

Después dice:

—Todos debemos ayudar.

Empieza el problema.

Luego:

—Todos debéis ayudar de la manera que nosotros consideramos correcta.

Más problema.

Después:

—Quien no quiera hacerlo es insolidario.

Después:

—Quien critique esta política fomenta el odio.

Y finalmente:

—Determinadas opiniones no deberían tolerarse.

Lo que empezó como bondad acaba necesitando policía.

Porque la solidaridad obligatoria necesita coerción.

Y una sociedad que pretende imponer la virtud por decreto puede terminar siendo extraordinariamente poco virtuosa.


EL VERDADERO PROGRESISMO

Quizá haya llegado el momento de recuperar la palabra.

Progresista debería ser quien consigue progreso.

No quien posee el carné ideológico correspondiente.

Una política educativa será progresista si los alumnos aprenden más.

Una política sanitaria será progresista si los enfermos reciben mejor atención.

Una política económica será progresista si las familias viven mejor.

Una política fiscal será progresista si financia eficazmente servicios necesarios sin convertir al ciudadano en propiedad tributaria del Estado.

Una política migratoria será progresista si reduce muertes, acaba con el negocio de las mafias, permite inmigración legal y ordenada, protege las fronteras y favorece la integración.

Una política de seguridad será progresista si permite caminar tranquilamente por las calles.

Una política institucional será progresista si reduce el poder arbitrario del gobernante.

Una política democrática será progresista si facilita que los ciudadanos puedan controlar y expulsar pacíficamente a quienes gobiernan.

Una política exterior será progresista si protege a España.

Y una política sobre Ceuta y Melilla será progresista si garantiza que dentro de cincuenta o cien años sigan siendo españolas porque sus habitantes quieren seguir siéndolo y el Estado ha tenido voluntad suficiente para protegerlas.

Eso es progreso.

Lo demás son etiquetas.


NO TODO LÍMITE ES FASCISMO

También debemos recuperar una palabra extraordinariamente necesaria:

NO.

No puede entrar todo el mundo.

No puede gastarse indefinidamente.

No existen recursos infinitos.

No todo deseo genera automáticamente un derecho.

No toda necesidad de una persona crea una obligación ilimitada para otra.

No toda diferencia es discriminación.

No toda crítica es odio.

No toda discrepancia es extremismo.

No todo conservador es fascista.

No todo socialista es bueno por llamarse socialista.

No todo progresista produce progreso.

No todo pacifista produce paz.

No toda acogida produce humanidad.

No todo límite es crueldad.

A veces decir no es exactamente la obligación moral de quien gobierna.


EL FASCISMO DEL SIGLO XXI NO NECESITARÁ CAMISA NEGRA

Ésa es, finalmente, la advertencia.

Si alguna nueva forma de autoritarismo llega plenamente a nuestras sociedades, probablemente no se presentará anunciando:

—Soy fascista.

Sería demasiado fácil.

Llegará hablando de protección.

De seguridad.

De igualdad.

De diversidad.

De solidaridad.

De justicia social.

De lucha contra el odio.

De defensa de la democracia.

De protección de los vulnerables.

Todas palabras magníficas.

El problema nunca está en las palabras.

Está en lo que se hace con ellas.

Por eso deberíamos plantear siempre algunas preguntas elementales.

¿Aumenta la libertad del ciudadano?

¿Aumenta el poder del Gobierno?

¿Puede el ciudadano discrepar?

¿Puede protestar?

¿Puede decir cosas desagradables?

¿Puede organizarse?

¿Puede conservar una parte razonable del fruto de su trabajo?

¿Puede educar a sus hijos?

¿Puede conocer lo que hace el Gobierno?

¿Puede acudir ante jueces realmente independientes?

¿Puede cambiar al gobernante?

¿Puede decir no?

Ésa es la prueba.


LA ÚLTIMA FRONTERA

Tal vez la gran división política del siglo XXI no sea finalmente izquierda contra derecha.

Ni siquiera progresistas contra conservadores.

Puede ser algo mucho más antiguo.

El individuo frente al colectivismo.

De un lado, quienes creen que el Estado existe para servir a ciudadanos libres.

Del otro, quienes, consciente o inconscientemente, terminan creyendo que los ciudadanos existen para realizar un determinado proyecto del Estado.

Los segundos han utilizado muchas palabras.

Clase.

Nación.

Raza.

Revolución.

Pueblo.

Justicia.

Igualdad.

Progreso.

Y han vestido uniformes muy diferentes.

Algunos fueron rojos.

Otros negros.

Otros pardos.

Los próximos quizá no lleven uniforme alguno.

Por eso sería una ingenuidad monumental buscar exclusivamente camisas negras para reconocer el fascismo.

Quizá venga envuelto en una bandera de colores, hablando de tolerancia y explicándonos que necesita restringir un poco nuestra libertad…

por nuestro propio bien.

Y entonces habremos regresado exactamente al lugar del que creíamos haber escapado.

Porque el verdadero progreso no consiste en que el Estado piense por nosotros.

Consiste en que nos deje pensar.

No consiste en que el Estado decida por nosotros.

Consiste en que nos deje decidir.

No consiste en sustituir una discriminación por otra.

Consiste en tratar al ser humano como individuo.

No consiste en convertir la bondad en una obligación política ilimitada.

Consiste en unir solidaridad con responsabilidad.

Libertad con deber.

Compasión con prudencia.

Derechos con límites.

Y humanidad con realidad.

Eso sería verdaderamente revolucionario.

Eso sería genuinamente progresista.

Y quizá por eso mismo sea hoy una de las ideas más políticamente incorrectas que pueden defenderse.

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