LA INVASIÓN DE CEUTA Y LA DERECHA MEDIÁTICA DECEPCIONANTE…

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Derecha mediática acomplejada, que acepta el vocabulario, los límites morales y las prohibiciones de la izquierda y que, antes de decir lo que piensa, se disculpa por pensarlo…

CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Anoche estuve escuchando la tertulia que dirige Antonio Naranjo en Telemadrid.

El asunto era de una gravedad extraordinaria: Ceuta, Marruecos, la actuación del Gobierno de España y el auto de una juez que ha decidido poner en marcha un proceso penal que, si sigue adelante, puede acabar llevando al presidente del Gobierno ante los tribunales por traición.

Había periodistas.

Había opinadores.

Había gente que lleva años hablando de política.

Y, sin embargo, sólo una de las presentes pareció dispuesta a llamar a las cosas por su nombre sin comenzar pidiendo disculpas.

Irene González.

Sólo ella habló de invasión.

Sólo ella dijo claramente que lo sucedido en Ceuta podía considerarse un acto de guerra.

Sólo ella habló de casus belli.

Sólo ella recordó que cuando un país extranjero agrede a España, España tiene derecho a defenderse.

Y sólo ella pareció recordar otra evidencia que nuestra época ha conseguido convertir casi en una herejía:

El Estado posee el monopolio de la violencia legítima precisamente para defender a sus ciudadanos y su territorio.

No pidió perdón.

No empezó aclarando que no era xenófoba.

No recitó previamente un credo humanitario.

No dedicó media intervención a explicar qué cosas no quería decir.

Dijo lo que pensaba.

Y eso, hoy, parece revolucionario.

PEDIR PERDÓN ANTES DE HABLAR

Ahí está una de las enfermedades más profundas de la llamada derecha mediática española.

No hace falta que la izquierda la censure.

Ya se censura ella.

No hace falta que nadie le tape la boca.

Ya habla con sordina.

No hace falta prohibirle palabras.

Ya sabe cuáles no debe emplear.

Antes de hablar de inmigración ilegal, pide perdón.

Antes de defender las fronteras, pide perdón.

Antes de hablar de delincuencia, pide perdón.

Antes de cuestionar una ocurrencia feminista, pide perdón.

Antes de criticar el ecologismo convertido en religión oficial, pide perdón.

Antes de defender la unidad de España frente a quienes anuncian abiertamente que quieren destruirla, pide perdón.

Y, sobre todo, antes de decir cualquier cosa que pueda provocar que alguien situado a su izquierda pronuncie las palabras «racista», «xenófobo», «machista», «ultraderechista» o «negacionista», se apresura a explicar que no pertenece a ninguna de esas especies zoológicas.

«Yo no soy racista, pero…»

«Por supuesto, todo el mundo tiene derecho a buscar una vida mejor…»

«Naturalmente, hay que ser solidarios…»

«Desde luego, no estoy diciendo que…»

«Que nadie me interprete mal…»

¿Interpretar mal?

Si uno sabe lo que quiere decir, que lo diga.

Y si alguien pretende deformarlo, que sea problema de quien deforma, no de quien habla.

Pero hemos llegado a una situación grotesca: la derecha necesita presentar certificado de buena conducta expedido por la izquierda antes de formular determinadas opiniones.

Y después se extrañan de perder todas las llamadas «batallas culturales».

¿Cómo no van a perderlas?

Han aceptado que el árbitro sea el adversario.

Han aceptado su reglamento.

Han aceptado su diccionario.

Han aceptado sus faltas.

Han aceptado sus expulsiones.

Y todavía presumen de estar disputando el partido.

SI ES UNA INVASIÓN, LLÁMESE INVASIÓN.

Ceuta constituye un ejemplo perfecto.

Durante días hemos asistido al festival de los eufemismos.

«Crisis migratoria».

«Presión migratoria».

«Entrada masiva».

«Llegada de migrantes».

«Situación humanitaria».

«Personas vulnerables».

Siempre las mismas expresiones.

Como si las palabras hubieran sido escogidas precisamente para impedir que alguien viese el conjunto.

Una persona que atraviesa ilegalmente una frontera es un inmigrante ilegal.

Miles de personas que la atraviesan simultáneamente desde el territorio de un Estado que reclama la ciudad a la que entran plantean un problema de naturaleza completamente diferente.

No hace falta ser un experto estratega militar.

No hace falta siquiera poseer una imaginación particularmente fértil.

Marruecos reclama Ceuta y Melilla.

Marruecos conoce perfectamente la importancia de ambas ciudades.

Marruecos conoce nuestras debilidades.

Marruecos sabe que puede presionar a España con avalanchas como la de finales de julio…

Y Marruecos sabe algo todavía más importante:

España teme defenderse.

No porque carezca de medios.

Porque carece demasiadas veces de voluntad.

EL ESTADO EXISTE PARA DEFENDERNOS.

Resulta asombroso tener que recordar cosas tan elementales.

¿Para qué sirve un Estado?

Para proteger a quienes viven dentro de él.

Para defender su vida.

Su libertad.

Su propiedad.

Su seguridad.

Para perseguir al delincuente.

Para hacer cumplir la ley.

Para garantizar que los contratos se respeten.

Para impedir que un tercero se apropie de lo ajeno.

Y, naturalmente, para defender el territorio nacional frente a agresiones exteriores.

Todo lo demás viene después.

Antes que los ministerios de nombre interminable.

Antes que las campañas publicitarias.

Antes que los observatorios.

Antes que los asesores.

Antes que las subvenciones.

Antes que los planes con nombres grandilocuentes.

Antes que las redes clientelares.

Antes que toda esa inmensa maquinaria que consume impuestos y produce papeles.

Primero está lo elemental:

Que nadie entre en tu casa por la fuerza.

Si un Estado no puede garantizar eso, empieza a sobrar una buena parte de todo lo demás.

EL MONOPOLIO DE LA VIOLENCIA NO ES DECORATIVO

Irene González recordó algo que nuestros bienpensantes parecen haber olvidado: el Estado posee el monopolio de la violencia legítima.

¿Para qué?

¿Para guardarla en una vitrina?

¿Para exhibirla el Día de las Fuerzas Armadas?

¿Para que los soldados desfilen mientras las autoridades saludan desde una tribuna?

No.

El Estado conserva la fuerza para utilizarla cuando resulta necesario defender la ley, la seguridad y el territorio.

La violencia no deja de existir porque una sociedad civilizada finja que la palabra le produce urticaria.

Existe.

La utiliza el delincuente.

La utiliza el terrorista.

La utiliza una potencia extranjera.

La utiliza quien pretende romper una frontera.

Y precisamente para impedir que sólo la utilicen los agresores existe la fuerza legítima del Estado.

Lo verdaderamente absurdo sería conceder al agresor la exclusiva del uso de la fuerza y exigir al agredido que responda con un folleto informativo.

LA LEGIÓN, ¿PARA QUÉ?

Y aquí aparece otra de las preguntas que apenas he escuchado.

En Ceuta hay militares.

Está la Legión.

Están los Regulares.

Hay soldados españoles.

Hay cuarteles.

Hay armas.

Hay una estructura militar porque Ceuta no es una sucursal de una organización asistencial.

Es territorio español.

Entonces, ¿qué ocurrió?

¿Dónde estaban las órdenes?

No estoy preguntando qué hizo un legionario concreto.

El soldado obedece.

Pregunto por quienes mandan.

¿Quién decidió qué debían hacer las tropas?

¿Quién decidió qué no debían hacer?

¿Quién tenía la responsabilidad política?

¿Quién consideró que aquello no merecía una respuesta militar de apoyo a la defensa de la frontera?

¿Para qué tenemos un Ejército en Ceuta si, cuando se produce una entrada masiva alentada desde el exterior, la discusión gira casi exclusivamente alrededor de policías, centros de acogida, intérpretes, menores y periodistas?

Un Ejército no está para decorar el paisaje.

Está para defender el territorio.

Y Ceuta es territorio español.

MARRUECOS NO NECESITA TOMAR CEUTA MAÑANA

Pero lo más llamativo es la incapacidad para mirar un poco más allá de la noticia del día.

La pregunta verdaderamente importante no es sólo qué ocurrió durante unas horas.

La pregunta es:

¿Qué puede pretender Marruecos a largo plazo?

Porque pensar que la única manera de apoderarse de un territorio consiste en mandar tropas, ocupar edificios oficiales e izar una bandera pertenece a otra época.

Hay procedimientos mucho más pacientes.

Mucho más baratos.

Y probablemente mucho más inteligentes.

Supongamos que Marruecos no necesita conquistar Ceuta.

Supongamos que le basta con conseguir que cada vez menos españoles quieran vivir allí.

La operación cambia por completo.

Presión permanente sobre la frontera.

Entradas masivas periódicas.

Inseguridad.

Problemas de convivencia.

Servicios desbordados.

Comercio perjudicado.

Miedo.

Cansancio.

Sensación de abandono.

La impresión creciente de que el Gobierno español jamás responderá con verdadera contundencia.

Y así durante años.

Hasta que una familia diga:

—Nos vamos.

Después otra.

Y otra.

Un comerciante cierra.

Un empresario decide invertir en Málaga.

Un matrimonio joven decide criar a sus hijos en la Península.

Un funcionario pide traslado.

Un muchacho que estudia fuera decide no regresar.

Una ciudad puede empezar a perderse mucho antes de que cambie la bandera del Ayuntamiento.

LA CONQUISTA POR HARTAZGO

Ésa puede ser la gran jugada.

No conquistar Ceuta.

Conseguir que los ceutíes se cansen de ser ceutíes.

Que vivir allí termine suponiendo demasiados inconvenientes.

Que cada familia haga sus cuentas.

Que cada persona tome una decisión perfectamente racional para proteger a los suyos.

Y que la suma de miles de decisiones individuales produzca un resultado colectivo desastroso.

No hace falta expulsar a nadie.

Se marcha solo.

No hace falta ocupar militarmente la ciudad.

Se vacía.

No hace falta disparar.

Basta con esperar.

Y cuando suficientes españoles se hayan marchado, el problema habrá cambiado de naturaleza.

Eso sí sería una victoria extraordinaria para Marruecos.

Una anexión sin batalla.

Una conquista sin muertos.

Una rendición sin documento de rendición.

Y mientras semejante posibilidad merece ser discutida con toda seriedad, demasiados periodistas prefieren preguntarse si emplear la palabra «invasión» podría resultar ofensivo.

EL SENTIMENTALISMO TÓXICO

Porque ahí entra en juego otra enfermedad de nuestro tiempo.

El sentimentalismo.

No el sentimiento.

El sentimentalismo.

La sustitución del razonamiento por una sucesión de historias conmovedoras.

Llega la televisión.

Encuentra a un joven.

Cuenta su vida.

Después una madre.

Después un menor.

Después alguien que dice buscar trabajo.

Después alguien que explica que quiere ayudar a su familia.

Y todo puede ser cierto.

Pero nada de eso contesta a la pregunta principal.

Si un Estado extranjero utiliza a miles de personas como instrumento de presión, la historia personal de cada una de esas personas no altera el carácter de la operación.

Un ejército está compuesto por individuos.

Una multitud también.

Cada individuo tiene nombre.

Familia.

Miedos.

Esperanzas.

Problemas.

Nada de ello impide analizar el fenómeno colectivo.

El sentimentalismo tóxico funciona precisamente así: acerca tanto la cámara a una cara que termina ocultando todo lo que sucede alrededor.

Ya no vemos la frontera.

Ya no vemos Marruecos.

Ya no vemos el Gobierno español.

Ya no vemos la estrategia.

Ya no vemos Ceuta.

Sólo vemos lágrimas.

Y las lágrimas sirven magníficamente para impedir que alguien haga preguntas incómodas.

LA DERECHA MEDIÁTICA TAMBIÉN HA APRENDIDO EL TRUCO

Lo decepcionante es comprobar cómo buena parte de la derecha mediática participa del mismo mecanismo.

No llega al extremo de llamar racistas o xenófobos a los ceutíes.

Faltaría más.

Pero tampoco quiere alejarse demasiado del terreno seguro.

Ha ido a Ceuta.

Ha hecho directos.

Ha hablado con vecinos.

Ha contado anécdotas.

Ha descrito problemas.

Ha lanzado algún improperio contra el Gobierno.

Ha ridiculizado a algún ministro.

Todo muy vistoso.

Pero llega la pregunta importante:

¿Estamos ante una estrategia marroquí para debilitar la presencia española en Ceuta?

Silencio.

¿El objetivo de Marruecos es que los españoles terminen marchándose por cansancio?

Silencio.

¿Hay que responder con toda la fuerza necesaria por parte del Estado a una invasión alentada desde otro país?

Carraspeo.

¿Debería haberse empleado al Ejército?

Cambio de tema.

¿Hay que devolver inmediatamente a quienes entran ilegalmente?

Empiezan las explicaciones.

Y aparecen de nuevo los complejos.

NO SEA QUE SE MOLESTE LA IZQUIERDA.

Ésa es la clave.

No sea que se moleste la izquierda.

No sea que un periódico progre nos dedique un editorial.

No sea que una tertuliana nos llame xenófobos.

No sea que una asociación subvencionada anuncie una denuncia.

No sea que alguien nos coloque una etiqueta.

No sea que dejemos de ser respetables.

¡Respetables!

Ésa es quizá la palabra que más daño ha hecho a la derecha española.

Su obsesión por ser aceptada.

Por ser homologada.

Por recibir de la izquierda un certificado que diga:

«Puede usted discrepar de nosotros, pero sigue siendo buena persona».

Y para conservar ese certificado ha renunciado a demasiadas cosas.

Primero a algunas palabras.

Después a algunas ideas.

Después a algunas políticas.

Y finalmente a la posibilidad misma de pensar fuera de los límites fijados por su adversario.

EL GRAN TRIUNFO DE LA IZQUIERDA

La mayor victoria cultural de la izquierda no consiste en que todos piensen como ella.

Consiste en haber decidido cómo pueden pensar quienes no piensan como ella.

Eso es mucho más importante.

Puede existir una derecha.

Por supuesto.

Pero debe ser una derecha aceptable.

Una derecha que condene previamente todo lo que la izquierda le ordene condenar.

Una derecha que utilice el vocabulario correcto.

Una derecha que mantenga determinadas discusiones fuera de la mesa.

Una derecha que no cuestione ciertos dogmas.

Una derecha que, antes de defender una frontera, aclare que ama profundamente a quienes la cruzan.

Una derecha que critique la inmigración ilegal pero jamás demasiado.

Una derecha que critique el feminismo, pero después de proclamar que es feminista.

Una derecha que critique el ecologismo, pero dejando claro que comparte casi todos sus supuestos.

Una derecha que defienda España, siempre que no moleste demasiado a quienes quieren romperla.

Y, naturalmente, una derecha que condene cualquier empleo de la fuerza por parte del Estado mucho antes de preguntarse qué fuerza emplea el adversario.

LA DERECHA MEDIÁTICA COMO GUARDIANA DE SU PROPIO CORRAL

Por eso ya no hace falta censura.

El mecanismo es mucho más eficaz.

Cada uno lleva al censor dentro.

El periodista sabe hasta dónde puede llegar.

El tertuliano conoce las palabras peligrosas.

El columnista sabe qué conclusión puede costarle una invitación.

El director sabe qué asunto incomoda a determinados anunciantes.

El opinador sabe cuándo conviene cambiar de tema.

Nadie necesita llamar desde ningún ministerio.

El trabajo ya está hecho.

Y después esos mismos profesionales se felicitan por haber dicho una frase muy dura contra Sánchez.

Qué heroicidad.

Criticar a Sánchez en un medio de derechas constituye aproximadamente el mismo riesgo que criticar a un árbitro en el bar del equipo perjudicado.

Lo difícil empieza cuando la crítica se dirige hacia dentro.

Cuando uno pregunta por las cobardías propias.

Por los silencios propios.

Por los intereses propios.

Por los partidos propios.

Por las subvenciones propias.

Por las contradicciones propias.

Entonces disminuye notablemente el ardor guerrero.

LA DERECHA TAMBIÉN VIVE EN EL CONSENSO SOCIALDEMÓCRATA

Porque no nos engañemos.

Buena parte de esa derecha mediática que se presenta como liberal o conservadora vive cómodamente instalada dentro del mismo gran consenso que denuncia.

Un consenso socialdemócrata.

Intervencionista.

Verde.

Feminista.

Burocrático.

Subvencionado.

Con un Estado enorme.

Con miles de organismos.

Con administraciones que se reproducen como hongos.

Con partidos que colocan a los suyos.

Con medios pendientes del dinero público.

Con asociaciones que viven de la subvención.

Con empresas que descubren de pronto las virtudes de cualquier política que venga acompañada de ayudas.

La disputa suele consistir en quién administra el monstruo.

No en si deberíamos reducirlo.

Se critica a la izquierda por manejar mal el Estado que la derecha, cuando gobierna, se apresura a conservar.

Se protesta contra el aparato ideológico, pero rara vez se desmonta.

Se denuncia la ocupación partidista de instituciones, pero cada partido acaba llevando su propia lista de candidatos.

Y después vuelven las tertulias.

Falta liderazgo.

Falta comunicación.

Falta explicar mejor el proyecto.

No.

A veces falta proyecto.

LOS NARRADORES DE LO OBVIO

Fernando Lázaro Carreter se burlaba de aquellos narradores deportivos que se limitaban a contar lo que el espectador ya estaba viendo.

Algo parecido ocurre demasiado a menudo con nuestros comentaristas políticos.

Sánchez miente.

Ya lo sabemos.

Marlaska se contradice.

Ya lo vemos.

El Gobierno improvisa.

Es evidente.

Marruecos presiona.

Gracias por el descubrimiento.

Los ceutíes están hartos.

Sólo hay que preguntarles.

El separatismo quiere destruir España.

Lo dicen los propios separatistas.

¿Y ahora qué?

Ahí empieza el verdadero trabajo.

¿Por qué ocurre?

¿Quién lo permite?

¿Qué pretende Marruecos?

¿Cómo se le impide?

¿Qué precio debe pagar por cada agresión?

¿Qué órdenes deben recibir nuestras fuerzas de orden público y nuetro ejército?

¿Qué debe hacerse con quien entra ilegalmente?

¿Cómo se impide que Ceuta se convierta en una ciudad sometida a una presión insoportable?

¿Qué haríamos si dentro de seis meses Marruecos repite la jugada?

¿Qué haríamos si entran cincuenta mil?

¿Qué haríamos si son cien mil?

Ahí empiezan las preguntas difíciles.

Y ahí terminan muchas tertulias.

NO FALTAN CHASCARRILLOS; FALTA CORAJE.

España está sobrada de comentaristas ingeniosos.

Tenemos motes para todos.

Chistes.

Memes.

Frases mordaces.

Caricaturas.

Imitaciones.

Tertulianos capaces de provocar carcajadas durante media hora.

No está mal.

El humor es saludable.

La ironía puede ser devastadora.

Pero no confundamos la gracia con el pensamiento ni la burla con el valor.

Se puede ser divertidísimo y no haber dicho nada peligroso en toda una vida.

Se puede ser muy crítico y no haber cuestionado jamás una premisa fundamental.

Se puede parecer rebelde y vivir perfectamente instalado dentro de los límites fijados por aquello contra lo que uno dice rebelarse.

España no necesita menos humor.

Necesita más valor.

IRENE GONZÁLEZ Y LA NORMALIDAD PERDIDA

Por eso la intervención de Irene González me llamó tanto la atención.

Repito: no porque dijera algo extravagantemente novedoso.

Porque dijo lo que debería resultar normal.

Que España puede defenderse.

Que Ceuta debe defenderse.

Que una frontera debe ser defendida.

Que un Estado extranjero no puede utilizar la fuerza contra nosotros sin exponerse a una respuesta.

Que la violencia legítima del Estado existe precisamente para los momentos en que la ley, el territorio y la seguridad están amenazados.

Y lo dijo sin pedir perdón.

Ésa es la parte que revela hasta qué punto hemos retrocedido.

Cuando decir una obviedad parece un acto de valentía, el problema ya no está únicamente en quien prohíbe.

Está también en quienes han aprendido a obedecer.

¿QUÉ DEBERÍA HABER HECHO ESPAÑA?

Lo primero: cerrar la frontera.

Lo segundo: impedir físicamente la entrada.

Lo tercero: devolver a quienes hubieran entrado ilegalmente.

Lo cuarto: desplegar todos los medios necesarios para proteger la ciudad.

Lo quinto: emplear a las Fuerzas Armadas allí donde resultara necesario para garantizar la defensa del territorio.

Lo sexto: advertir a Marruecos de que una repetición tendría consecuencias.

Diplomáticas.

Comerciales.

Políticas.

Y, si fuese necesario para defender el territorio, militares.

Porque la disuasión funciona cuando el adversario sabe que avanzar tiene un precio.

Si cada agresión obtiene como respuesta preocupación, reuniones y comunicados, el mensaje que recibe el agresor es muy sencillo:

Puede volver a intentarlo.

ESPAÑA TIENE QUE HACERSE RESPETAR

La política exterior no es una terapia de grupo.

Los Estados no se relacionan mediante buenos sentimientos.

Tienen intereses.

Calculan.

Presionan.

Amenazan.

Ceden.

Negocian.

Y comprueban constantemente hasta dónde pueden llegar.

Marruecos hace exactamente eso.

España también debería hacerlo.

La amistad entre países sólo resulta estable cuando ninguno interpreta la prudencia del otro como debilidad.

Y pocas cosas son más peligrosas que enseñar reiteradamente a un vecino ambicioso que España teme responder.

Porque después de Ceuta viene la siguiente prueba.

Y después otra.

Y otra.

Hasta descubrir dónde está el límite.

CEUTA ES EL EXAMEN

Ceuta no es una anécdota.

Es un examen.

Un examen para el Gobierno.

Para la oposición.

Para el Ejército.

Para los medios.

Para los partidos.

Y para la propia sociedad española.

¿Estamos dispuestos a defender aquello que decimos que es nuestro?

Porque afirmar que Ceuta es España resulta muy fácil.

La pregunta incómoda es otra:

¿qué estamos dispuestos a hacer para que siga siéndolo?

Ahí desaparecen muchas banderas de las redes sociales.

Ahí desaparecen muchos discursos patrióticos.

Ahí empieza la política de verdad.

NO QUIERO QUE PIDAN PERDÓN

No quiero que un periodista empiece diciendo:

«No soy xenófobo, pero creo que hay que defender la frontera».

Quiero que diga:

Hay que defender la frontera.

No quiero escuchar:

«Comprendo el drama humano, pero quienes entran ilegalmente deben ser expulsados».

Quiero escuchar:

Quienes entran ilegalmente deben ser devueltos.

No quiero:

«No deseo parecer belicista, pero quizá deberíamos estudiar algún tipo de respuesta».

Quiero:

Si España es agredida, España responde.

No hace falta pedir perdón.

No hace falta inclinar la cabeza.

No hace falta solicitar autorización moral.

No hace falta demostrar constantemente que uno pertenece al grupo de las buenas personas.

La política no consiste en pasar un examen de bondad ante quienes te consideran culpable antes de escucharte.

UNA DERECHA QUE PIDE PERDÓN YA HA PERDIDO

Ésa es la conclusión.

Una derecha mediática que acepta el vocabulario de la izquierda, sus límites morales, sus palabras prohibidas y su reparto previo de buenos y malos puede ganar alguna discusión.

Puede ganar audiencia.

Puede ganar seguidores.

Puede colocar alguna frase brillante.

Puede lograr que un vídeo circule por las redes.

Pero ha perdido lo fundamental.

Ha aceptado que sea el adversario quien decida qué puede pensar y cómo debe expresarlo.

Y entonces la victoria cultural ya pertenece al otro.

Antes incluso de empezar.

Por eso mi decepción no procede de que esa derecha mediática diga poco.

Habla muchísimo.

Mi decepción procede de que demasiadas veces habla después de haber pedido permiso.

Mira de reojo.

Calcula.

Se disculpa.

Atenúa.

Suaviza.

Corrige.

Y sólo entonces se atreve a formular media verdad.

No sea que se moleste la izquierda.

Mientras tanto, Marruecos no pide perdón.

No pregunta si incomoda.

No consulta nuestro diccionario.

No teme que un tertuliano español lo llame extremista.

Tiene objetivos.

Los persigue.

Y espera.

Quizá ahí esté la diferencia más inquietante de todas.

Marruecos sabe lo que quiere.

Nosotros todavía tenemos periodistas que, antes de explicar qué deberíamos querer, preguntan a la izquierda si pueden decirlo.

Y un país que necesita permiso del adversario para defenderse ha empezado ya a rendirse mucho antes de que nadie firme la capitulación.

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