CEUTA, MELILLA Y LA BANDEJA DE PLATA
La pregunta que un amigo israelí me hizo hace medio mes
Carlos Aurelio Caldito Aunión

RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS
Ceuta, Melilla y la bandeja de plata
Todo comenzó hace aproximadamente medio mes, con una conversación aparentemente intrascendente entre un español y un israelí.
Yo acababa de escribir un artículo sobre el curioso patriotismo de muchos españoles, que parece despertar únicamente cuando juega la selección nacional de fútbol. Creía que comentaríamos ese asunto. Sin embargo, mi amigo Shimshon Zamir cambió inesperadamente de tema y me preguntó:
—¿Qué importancia estratégica tienen Ceuta y Melilla?
Respondí hablando de la Historia: que son españolas desde hace siglos, mucho antes de que existiera el actual Reino de Marruecos.
Él me interrumpió:
—No pregunto por la Historia. Pregunto por la estrategia.
Confieso que aquella pregunta me descolocó.
Apenas doce días después, la presión migratoria sobre Ceuta convirtió aquella conversación en algo mucho más que una simple charla entre amigos.
Comprendí entonces que mi amigo no me estaba preguntando por el pasado.
Me estaba preguntando por el futuro.
El ensayo sostiene que España ha ido perdiendo la costumbre de pensar estratégicamente. Discutimos sin descanso sobre partidos políticos, elecciones y gobiernos, pero apenas reflexionamos sobre nuestros intereses permanentes como nación.
La Historia demuestra que Marruecos ha aprovechado repetidamente momentos de debilidad española para aumentar la presión sobre sus reivindicaciones: la Marcha Verde de 1975, la ocupación del islote de Perejil en 2002, la crisis migratoria de Ceuta en 2021 y los acontecimientos del verano de 2026 son episodios distintos, pero invitan a una misma reflexión: los Estados actúan conforme a lo que consideran sus intereses estratégicos.
Ceuta y Melilla no son únicamente dos ciudades españolas.
Son frontera terrestre de España.
Son frontera exterior de la Unión Europea.
Y ocupan una posición geográfica de extraordinaria importancia en el Estrecho de Gibraltar, uno de los pasos marítimos más relevantes del mundo.
Por eso la cuestión no consiste sólo en preguntarse por qué España desea conservarlas.
También conviene preguntarse por qué Marruecos nunca ha renunciado a reclamarlas.
El ensayo analiza igualmente las distintas respuestas políticas e institucionales surgidas tras la crisis, entre ellas la denuncia presentada por Manos Limpias ante la Comisión Europea, que solicita la depuración de responsabilidades y la declaración de una situación de emergencia europea. Más allá de las discrepancias políticas, la cuestión esencial sigue siendo la misma: ¿está España preparada para proteger eficazmente una de sus fronteras exteriores?
Los últimos párrafos regresan al punto de partida.
La noche del 30 de julio -antesdeanoche- escribí a mi amigo:
«Ningún hombre recibe España en herencia. Cada generación la recibe en depósito. Y deberá devolverla, si puede, un poco mejor de como la encontró.»
Su respuesta fue inmediata:
«Nadie recibe al país como herencia… Nosotros somos la «bandeja de plata» debajo de la cual crece o decrece el país.»
Aquellas palabras evocaban una imagen profundamente arraigada en la tradición israelí:
Una nación sólo perdura porque cada generación acepta la responsabilidad de sostenerla y transmitirla.
La misma idea inspiró, hace más de dos siglos, el célebre bando de los alcaldes de Móstoles, cuyo llamamiento —«La patria está en peligro. Españoles, acudid a salvarla»— simbolizó la reacción de un pueblo que comprendió que la defensa de la nación no podía delegarse por completo en sus gobernantes.
Ésa es, en definitiva, la tesis de este ensayo.
El patriotismo no consiste en exhibir una bandera durante un partido de fútbol.
Consiste en comprender que ningún país pertenece en propiedad a una generación.
Todos lo recibimos en depósito.
Y todos tenemos la obligación moral de entregarlo, si está en nuestras manos, un poco mejor de como lo encontramos.
Si tu deseo es profundizar, saber más, sigue leyendo.
CEUTA, MELILLA Y LA BANDEJA DE PLATA
Hace aproximadamente medio mes, el 18 de julio, envié a mi amigo israelí Shimshon Zamir un artículo que acababa de publicar bajo el título «Orgullo patrio… ¡Yo soy español, español, españooool!». En él reflexionaba sobre una curiosa paradoja: parece que muchos españoles sólo recordamos que lo somos cuando juega la selección nacional de fútbol.
Nada hacía presagiar entonces lo que ocurriría pocos días después. Al menos, yo no tenía la menor noticia de ello. Creía que íbamos a hablar de patriotismo, de la escasa autoestima nacional de los españoles y de esa extraña costumbre de sacar la bandera únicamente durante los noventa minutos que dura un partido.
Pero la conversación tomó un rumbo completamente distinto.
Comentando el artículo por WhatsApp, Zamir me respondió con la franqueza que le caracteriza:
—Ustedes necesitan crear un enemigo.
Le contesté:
—En España el enemigo está en casa; no está en la frontera esperando para invadirnos.
Su respuesta me sorprendió:
—NO. Está en la frontera. Acabo de leer un artículo sobre los nadadores hacia Ceuta.
Conviene subrayarlo.
Aquella conversación tuvo lugar hace aproximadamente medio mes, cuando la inmensa mayoría de los españoles ignorábamos la magnitud de lo que se estaba preparando. Yo no tenía la más remota idea de que, apenas doce días después, Ceuta sufriría una presión inmigratoria sin precedentes y ocuparía el centro del debate político nacional e internacional.
Seguimos conversando. Le comenté que los enemigos exteriores suelen contar con aliados interiores; durante nuestra Guerra Civil los llamaban «la quinta columna».
Entonces cambió completamente de asunto y me formuló una pregunta que, vista hoy, resulta extraordinariamente reveladora.
—¿Qué importancia estratégica tienen Ceuta y Melilla?
Respondí casi de manera automática:
—Toda. Son españolas desde hace más de quinientos años. Entonces ni siquiera existía el actual Reino de Marruecos.
Insistió:
—No pregunto por la Historia. Pregunto por la estrategia. ¿Qué defienden Ceuta y Melilla?
Aquella pregunta me descolocó. Confieso que nunca me la había planteado en esos términos.
Yo había respondido como solemos hacerlo los españoles: mirando hacia el pasado.
Él estaba mirando hacia el futuro.
Entonces no comprendí toda la profundidad de aquella pregunta.
Hoy sí.
Porque, apenas unos días después, la realidad obligó a millones de españoles a formularse exactamente la misma cuestión.
La respuesta exige apartarse por un momento del ruido político cotidiano y mirar un mapa.
Porque la Historia explica por qué Ceuta y Melilla son españolas.
La Geografía explica por qué siguen siendo estratégicas.
II. Mirar un mapa
La pregunta de Zamir era mucho más profunda de lo que parecía.
—¿Qué defienden Ceuta y Melilla?
Para responderla basta hacer algo que hace demasiado tiempo hemos dejado de hacer: abrir un mapa.
Ceuta y Melilla no son únicamente dos ciudades españolas situadas en el norte de África.
Son dos piezas de un espacio geográfico cuya importancia conocen desde hace siglos fenicios, romanos, árabes, portugueses, españoles, británicos y franceses.
El Estrecho de Gibraltar constituye uno de los pasos marítimos más importantes del mundo. Por él transitan cada año decenas de miles de buques que comunican el Atlántico con el Mediterráneo y, a través del canal de Suez, con el océano Índico y Asia.
Quien domina ese paso posee una extraordinaria capacidad de influencia política, económica y militar.
Por eso Gibraltar sigue siendo una base británica de primer orden.
Y por eso Marruecos concede tanta importancia a la otra orilla.
Ceuta y Melilla tampoco son únicamente dos ciudades.
Son frontera terrestre de España.
Y, al mismo tiempo, frontera exterior de la Unión Europea.
Lo que allí sucede deja de ser un problema exclusivamente español.
Afecta al conjunto de Europa.
Sin embargo, responder únicamente con argumentos geográficos sería quedarse a medio camino.
Lo verdaderamente importante no es dónde están Ceuta y Melilla.
Lo importante es preguntarse por qué Marruecos nunca ha renunciado a reclamarlas.
Las naciones rara vez mantienen durante décadas una reivindicación territorial si consideran que el territorio carece de valor.
La Historia demuestra exactamente lo contrario.
Cuando un Estado insiste generación tras generación sobre un mismo objetivo suele ser porque lo considera relevante para sus intereses nacionales.
Eso explica que, desde la independencia marroquí, Ceuta y Melilla hayan permanecido de manera recurrente en el discurso político de Rabat.
La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en preguntarse por qué España desea conservarlas.
También conviene preguntarse por qué Marruecos desea incorporarlas.
Y ahí la conversación con Zamir volvió a cobrar sentido.
Un israelí no empieza preguntando quién tiene razón.
Empieza preguntando qué intereses están en juego.
Quizá ésa sea una de las diferencias entre una cultura acostumbrada a pensar estratégicamente y otra que lleva demasiado tiempo reduciendo cualquier debate a la política del día siguiente.
Mientras nosotros discutimos sobre gobiernos, partidos y elecciones, otros observan mapas.
Y los mapas tienen una virtud: no votan.
Pero condicionan la historia.
III. La Historia también enseña
La Historia no se repite exactamente.
Pero, con frecuencia, rima.
Hace medio mes, cuando Zamir me preguntó por la importancia estratégica de Ceuta y Melilla, yo pensé inmediatamente en la Historia.
Hoy sigo creyendo que hice bien.
Porque la Historia explica muchas cosas.
En 1975, mientras el general Franco agonizaba y España atravesaba uno de los momentos de mayor incertidumbre política del siglo XX, Marruecos puso en marcha la denominada Marcha Verde sobre el Sáhara español.
No fue un movimiento improvisado.
Fue una operación cuidadosamente preparada y ejecutada cuando el Estado español atravesaba una evidente situación de debilidad.
Veintisiete años más tarde, en julio de 2002, varios gendarmes marroquíes ocuparon el islote de Perejil.
España respondió mediante una operación militar limitada que restituyó la situación anterior en apenas unas horas.
El episodio demostró que la firmeza puede evitar que una crisis se prolongue innecesariamente.
En mayo de 2021 volvió a producirse otro episodio de enorme tensión.
Miles de personas cruzaron hacia Ceuta en muy poco tiempo después de un grave deterioro de las relaciones diplomáticas entre Madrid y Rabat.
Aquellos acontecimientos pusieron de manifiesto hasta qué punto los flujos migratorios podían convertirse también en un instrumento de presión política.
Y ahora, en el verano de 2026, España vuelve a enfrentarse a una crisis de extraordinaria magnitud.
Cada episodio posee sus propias causas.
Cada uno responde a circunstancias distintas.
Sería un error simplificar la Historia reduciéndola a una única explicación.
Pero también sería un error no advertir que existe un elemento común.
Siempre que Marruecos ha considerado que España atravesaba un momento de especial debilidad política o diplomática, ha incrementado la presión sobre los asuntos que considera prioritarios para sus intereses nacionales.
No hace falta compartir esa política para reconocer que responde a una lógica estratégica.
Y eso fue precisamente lo que comprendí al releer la conversación mantenida con Zamir.
Mientras yo respondía hablando de gobiernos, partidos y problemas internos, él seguía formulando la misma pregunta desde otro punto de vista.
No discutía sobre ideologías.
Pensaba como piensa un Estado.
Quizá ahí resida una de nuestras principales carencias.
Los españoles discutimos constantemente sobre quién gobierna.
Demasiado pocas veces hablamos de qué intereses permanentes tiene España, con independencia de quién ocupe circunstancialmente el Palacio de la Moncloa.
Porque los gobiernos cambian.
Las fronteras permanecen.
Y la Geografía tampoco entiende de elecciones.
IV. Cuando la frontera deja de ser sólo una frontera
Sea cual sea el juicio que cada lector merezca sobre los acontecimientos de Ceuta, existe un hecho difícilmente discutible.
Ceuta no es únicamente una ciudad española.
Es también una frontera exterior de la Unión Europea.
Lo que sucede allí deja de ser un problema exclusivamente español.
Afecta, en mayor o menor medida, al conjunto de Europa.
Por eso resulta lógico que, junto al debate político interno, hayan comenzado a producirse iniciativas dirigidas a las instituciones comunitarias.
Entre ellas figura la denuncia presentada por el sindicato de funcionarios Manos Limpias ante la Comisión Europea.
En ese escrito, la organización sostiene que la presión migratoria registrada en Ceuta constituye una situación de extraordinaria gravedad; atribuye al Gobierno de España una grave falta de previsión, cuestiona la actuación de los servicios de información y solicita dos medidas concretas: que se depuren las responsabilidades que pudieran corresponder y que la Unión Europea valore la declaración de una situación de emergencia europea.
Naturalmente, una denuncia no demuestra por sí misma la veracidad de las afirmaciones que contiene.
Corresponderá a la Comisión Europea examinar los hechos, valorar los argumentos expuestos y adoptar, si lo estima procedente, las decisiones que entren dentro de sus competencias.
Pero la mera presentación de esa denuncia pone de manifiesto una realidad evidente.
La crisis ha dejado de contemplarse únicamente como un problema español.
Ha adquirido una dimensión europea.
Y eso nos devuelve, una vez más, a la pregunta de Zamir.
¿Qué defienden realmente Ceuta y Melilla?
No sólo protegen dos ciudades.
Protegen una frontera.
Y toda frontera cumple una doble función.
Permite entrar.
Pero también permite decidir quién entra y en qué condiciones.
Cuando un Estado pierde esa capacidad de decisión, la discusión deja de ser únicamente migratoria.
Se convierte, inevitablemente, en una cuestión de soberanía.
Y la soberanía, como tantas veces ocurre, sólo se echa verdaderamente de menos cuando empieza a ponerse en duda.
Epílogo. La bandeja de plata
Cuando ya había terminado de escribir estas páginas, la noche del 30 de julio envié a mi amigo israelí una breve reflexión:
—Ningún hombre recibe España en herencia. Cada generación la recibe en depósito. Y deberá devolverla, si puede, un poco mejor de como la encontró.
A la mañana siguiente encontré su respuesta:
—Buenos días. Nadie recibe al país como herencia… Nosotros somos la «bandeja de plata» debajo de la cual crece o decrece el país.
Aquellas pocas palabras encerraban toda una filosofía.
En España hablamos con frecuencia de nuestros derechos.
Con mucha menos frecuencia hablamos de nuestros deberes.
Discutimos constantemente sobre lo que el Estado debe hacer por nosotros, pero apenas nos preguntamos qué debemos hacer nosotros por España.
Mi amigo utilizó una expresión profundamente arraigada en la tradición israelí: la «bandeja de plata». Una imagen que simboliza el sacrificio y la responsabilidad de quienes sostienen una nación para entregarla a la generación siguiente.
Su respuesta coincidía plenamente con la idea que yo había querido expresar.
Ninguna generación es propietaria de su país.
Lo recibe de quienes la precedieron.
Lo administra durante un breve instante de la Historia.
Y tiene el deber moral de transmitirlo a quienes vendrán después.
Más fuerte, si es posible.
Más libre.
Más segura.
Más próspera.
Y, sobre todo, más unida.
Hace más de dos siglos, cuando España atravesó una de las mayores pruebas de su Historia, dos modestos alcaldes de una pequeña villa madrileña firmaron un bando que terminó recorriendo toda la nación. Su llamamiento comenzaba con unas palabras que aún hoy conservan toda su fuerza moral:
«La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid a salvarla.»
No vivimos en 1808.
Las circunstancias son distintas y los desafíos también.
Pero aquellas palabras recuerdan una verdad permanente: hay momentos en los que una nación debe tomar conciencia de sí misma y comprender que su continuidad nunca está garantizada para siempre.
Hace aproximadamente medio mes, Shimshon Zamir me preguntó qué defendían Ceuta y Melilla.
Hoy creo conocer la respuesta.
No defienden únicamente dos ciudades.
Defienden una frontera.
Defienden la soberanía del Estado.
Y, sobre todo, defienden la voluntad de un pueblo de seguir existiendo como nación.
Porque las naciones no desaparecen el día en que pierden un territorio.
Empiezan a desaparecer el día en que dejan de creer que merece la pena conservarlo.
Quizá el patriotismo no consista en gritar «¡Yo soy español!» cuando marca un gol la selección.
Quizá consista en algo mucho más sencillo y mucho más difícil: recibir España en depósito, sostener durante un tiempo esa «bandeja de plata» de la que hablaba mi amigo israelí y entregarla a nuestros hijos un poco mejor de como nosotros la encontramos.