CRÓNICAS APÓCRIFAS DE ABSURDISTÁN
Recopiladas, comentadas y parcialmente censuradas por el último camarero del Bar Absurdistán, Cronista Oficial del Reino de Absurdistán.
PERO GRULLO DE ABSURDISTÁN, INVENTOR DEL PUZLE DE UNA SÓLA PIEZA, Y CRONISTA OFICIAL DEL REINO.

ADVERTENCIA AL LECTOR
Los hechos narrados en esta obra son completamente ficticios.
Si el lector encuentra semejanzas con personas, instituciones, gobiernos, partidos políticos, tribunales, ministerios, organismos internacionales, medios de información, universidades, observatorios, agencias públicas o privadas, organizaciones subvencionadas o reinos realmente existentes, debe recordar que la realidad posee una desafortunada tendencia a imitar a la sátira.
El autor no se hace responsable de semejante coincidencia.
Resumen para lectores con prisas
Dicen los historiadores oficiales que Absurdistán jamás existió.
Los ministerios lo niegan.
Los observatorios lo niegan.
Los verificadores lo niegan.
Las agencias lo niegan.
Y precisamente por eso merece la pena contar su historia.
Porque existen países tan absurdos que sólo pueden describirse como ficción.
Y existen ficciones tan verosímiles que terminan pareciéndose sospechosamente a la realidad.
Absurdistán era un país perfectamente normal.
Al menos eso repetían constantemente sus gobernantes.
Sus periodistas.
Sus expertos.
Sus observatorios.
Sus universidades.
Y el Ministerio encargado de certificar oficialmente la normalidad nacional.
Nada parecía extraordinario.
Ni los escándalos.
Ni las contradicciones.
Ni las promesas incumplidas.
Ni los privilegios.
Ni las rectificaciones.
Ni las mentiras.
Los ciudadanos habían desarrollado una extraordinaria capacidad para acostumbrarse a todo.
Y ésa era precisamente la clave del Reino.
Porque el verdadero problema de Absurdistán nunca fue la corrupción.
Ni la incompetencia.
Ni la propaganda.
Ni siquiera el abuso de poder.
Todo eso existe, en mayor o menor medida, en cualquier sociedad.
La verdadera enfermedad de Absurdistán era otra.
Había perdido la capacidad de asombro.
Había dejado de distinguir entre lo normal y lo absurdo.
Y cuando una sociedad pierde esa capacidad, el disparate deja de ser una excepción.
Se convierte en sistema.
En el centro de la capital se encontraba el Bar Absurdistán.
No era exactamente un bar.
Era una especie de observatorio de la condición humana.
Por allí pasaban ministros.
Magistrados.
Periodistas.
Expertos.
Funcionarios.
Empresarios.
Conspiranoicos.
Verificadores.
Y ciudadanos corrientes.
Todos discutían.
Todos tenían respuestas.
Todos estaban seguros.
Y casi nadie parecía hacerse preguntas.
El establecimiento estaba regentado por un anciano conocido simplemente como el Camarero.
Nadie sabía exactamente quién era.
Pero poseía una virtud extremadamente rara en Absurdistán.
Dudaba.
Observaba.
Y desconfiaba por igual de las versiones oficiales y de las conspiraciones milagrosas.
Por eso terminaba comprendiendo mejor que nadie lo que ocurría en el Reino.
Las instituciones absurdistaníes eran admirables.
Existía el Ministerio de la Normalidad.
Su misión consistía en transformar cualquier anomalía en costumbre.
Todo fenómeno extraordinario atravesaba siempre las mismas fases:
Primero no existía.
Después era irrelevante.
Más tarde estaba justificado.
Luego resultaba inevitable.
Y finalmente terminaba convirtiéndose en progreso histórico.
También existía el Ministerio de la Verdad Flexible.
Su función no consistía en descubrir la realidad.
Eso habría sido demasiado complicado.
Su trabajo consistía en explicar a los ciudadanos lo que acababan de ver.
Porque la experiencia demostraba que muchas personas cometían el grave error de creer a sus propios ojos.
Debajo del Reino funcionaban las legendarias Cloacas y Sumideros Generales del Estado.
No resolvían problemas.
Los administraban.
Los retrasaban.
Los archivaban.
Y los conservaban el tiempo suficiente para que todos terminaran olvidándolos.
Su lema era:
«Nada se pierde. Nada se transforma. Todo se archiva.»
Pero ninguna institución simbolizaba mejor el espíritu nacional que la Agencia Estatal para la Coordinación de Organismos Coordinadores.
Allí miles de funcionarios trabajaban para coordinar organismos encargados de coordinar a otros organismos previamente coordinados por organismos coordinadores.
Los historiadores consideran que fue la culminación de la civilización absurdistaní.
Otros sostienen que fue su ruina.
Nadie logró coordinar las distintas opiniones.
Tampoco faltaban los expertos.
Absurdistán producía expertos en cantidades industriales.
Expertos en economía.
Expertos en educación.
Expertos en comunicación.
Expertos en participación.
Expertos en resiliencia.
Expertos en sostenibilidad.
Expertos en transversalidad.
Y expertos encargados de explicar qué significaba transversalidad.
Estos últimos cobraban más.
La principal función del experto absurdistaní consistía en explicar por qué ninguna cuestión admitía respuestas sencillas.
Y, sobre todo, por qué nadie era responsable de nada.
A lo largo de estas crónicas aparecen escándalos.
Conspiraciones.
Investigaciones.
Comisiones.
Observatorios.
Informes.
Periodistas.
Políticos.
Activistas.
Verificadores.
Y ciudadanos indignados.
Aparece incluso el gran misterio del Mesón de la Carretera Poniente-340.
Un asunto sobre el que nadie consigue ponerse de acuerdo.
Unos afirman que constituye la mayor atrocidad de la historia del Reino.
Otros sostienen que se trata del mayor bulo jamás inventado.
Y mientras ambos bandos discuten sin descanso, el misterio permanece inmóvil.
Como una vieja piedra en mitad del camino.
Negándose obstinadamente a desaparecer.
Sin embargo, el verdadero tema de estas Crónicas Apócrifas no son los escándalos.
Ni las conspiraciones.
Ni las cloacas.
Ni los gobiernos.
Ni siquiera los expertos.
El verdadero tema es la condición humana.
La facilidad con que los hombres terminan aceptando como normal aquello que ayer les parecía absurdo.
La facilidad con que el lenguaje sustituye a la realidad.
La facilidad con que la propaganda sustituye al pensamiento.
Y la facilidad con que el ciudadano termina delegando su juicio en otros.
Por eso Absurdistán no es exactamente un país.
Es una posibilidad permanente.
Una tentación.
Una enfermedad del sentido común.
Puede aparecer en un ministerio.
En una universidad.
En un periódico.
En una empresa.
En una organización.
O incluso dentro de uno mismo.
Al final de su vida, alguien preguntó al viejo camarero si Absurdistán tenía solución.
El anciano respondió:
«Sí.
La misma de siempre.
Llamar a las cosas por su nombre.
Pensar por cuenta propia.
Desconfiar de las unanimidades.
Y conservar la capacidad de asombro.»
Después añadió:
«Porque el día que los ciudadanos dejan de sorprenderse, Absurdistán deja de necesitar policías.
Ya se gobierna solo.»
Y quizá ésa sea la mejor definición posible del Reino.
Un lugar donde el absurdo dejó de ser una excepción.
Y terminó convirtiéndose en una forma de gobierno.
Si quieres saber más, sigue leyendo.

PRÓLOGO
Del descubrimiento de Absurdistán
Dicen los historiadores oficiales que Absurdistán jamás existió.
Los archivos lo niegan.
Los ministerios lo niegan.
Los observatorios lo niegan.
Las agencias de verificación lo niegan.
Y precisamente por eso merece la pena contar su historia.
Porque existen países tan absurdos que sólo pueden describirse como ficción.
Y existen ficciones tan verosímiles que terminan pareciéndose sospechosamente a la realidad.
Esta es una de ellas.
Nadie sabe exactamente cuándo nació Absurdistán.
Algunos cronistas sitúan su origen varios siglos atrás.
Otros sostienen que apareció durante una reunión de expertos celebrada hace apenas unos años.
Existen incluso estudios académicos que defienden ambas hipótesis simultáneamente.
Lo cual, siendo Absurdistán, resulta perfectamente razonable.
Lo único seguro es que sus habitantes jamás fueron conscientes de vivir allí.
Porque nadie se levanta una mañana pensando:
—Hoy voy a convertirme en absurdistaní.
La transformación siempre es gradual.
Imperceptible.
Como el polvo que se acumula sobre los muebles.
O como la burocracia que se acumula sobre las sociedades.
CAPÍTULO I
Un país perfectamente normal

Absurdistán era un país perfectamente normal.
Al menos eso repetían constantemente sus gobernantes.
Sus periodistas.
Sus expertos.
Sus observatorios.
Sus universidades.
Sus verificadores.
Sus ministerios.
Y el Ministerio encargado de certificar oficialmente la normalidad nacional.
Era tan normal que disponía de una Secretaría General para la Normalización de la Normalidad.
Dependiente, naturalmente, del Ministerio de la Normalidad.
Nadie encontraba nada extraño en ello.
Porque el principal rasgo de los absurdistaníes era una extraordinaria capacidad para acostumbrarse a cualquier cosa.
Se acostumbraban a los escándalos.
Se acostumbraban a las contradicciones.
Se acostumbraban a las promesas incumplidas.
Se acostumbraban a los privilegios.
Se acostumbraban a los abusos.
Se acostumbraban a las mentiras.
Y finalmente terminaban acostumbrándose a estar acostumbrados.
Aquello simplificaba enormemente la vida pública.
CAPÍTULO II
El Ministerio de la Normalidad

La institución más poderosa del Reino no era el Gobierno.
Ni el Parlamento.
Ni los Tribunales.
Era el Ministerio de la Normalidad.
Su función consistía en transformar cualquier anomalía en costumbre.
Su lema oficial decía:
«Lo normal es aquello a lo que usted terminará acostumbrándose.»
El procedimiento estaba perfectamente reglamentado.
Todo fenómeno extraordinario atravesaba seis fases.
Primera fase
—Eso no está ocurriendo.
Segunda fase
—Está ocurriendo, pero carece de importancia.
Tercera fase
—Está ocurriendo, pero existen razones muy complejas.
Cuarta fase
—Está ocurriendo y debemos aprender a convivir con ello.
Quinta fase
—Siempre ha ocurrido.
Sexta fase
—En realidad constituye un progreso histórico.
El sistema funcionaba admirablemente.
Tanto que muchos ciudadanos olvidaban por completo que alguna vez consideraron anormal aquello que ahora defendían con entusiasmo.
CAPÍTULO III
El Bar Absurdistán

En el centro de Disparatópolis se encontraba el Bar Absurdistán.
No era exactamente un bar.
Era una mezcla de parlamento, ministerio, tribunal, redacción periodística, universidad popular y confesionario colectivo.
Allí acababan reuniéndose todos.
Ministros.
Magistrados.
Periodistas.
Expertos.
Funcionarios.
Empresarios.
Conspiranoicos.
Verificadores.
Y ciudadanos corrientes.
El establecimiento estaba regentado por un anciano conocido simplemente como el Camarero.
Nadie recordaba cuándo había llegado.
Algunos aseguraban que llevaba allí desde la fundación del Reino.
Otros sostenían que habían existido varios camareros distintos.
Pero todos coincidían en una cosa.
Siempre acababa teniendo razón.
Sobre la puerta del local podía leerse una inscripción:
«La realidad está temporalmente fuera de servicio.
Disculpen las molestias.»
CAPÍTULO IV
La Rebelión del Culo

Toda nación posee una leyenda fundacional.
La de Absurdistán era especialmente reveladora.
Cuando el Gran Cuerpo Nacional fue creado, todas sus partes quisieron gobernar.
El Cerebro reclamó el poder porque pensaba.
El Corazón porque impulsaba la vida.
Los Pulmones porque proporcionaban aire.
Las Manos porque trabajaban.
Los Pies porque soportaban el peso del organismo.
Y entonces habló el Culo.
Las carcajadas duraron semanas.
Los periódicos publicaron editoriales burlándose.
Las universidades organizaron seminarios.
Los expertos emitieron informes.
Y los humoristas agotaron todos los chistes posibles.
Ofendido, el Culo decidió dejar de funcionar.
El resultado fue catastrófico.
El Cerebro comenzó a delirar.
Los Ojos se hincharon.
Los Pulmones jadearon.
El Corazón sufrió.
Los Pies apenas podían sostenerse.
Finalmente todos acudieron a negociar.
—¿Qué desea usted?
—La jefatura.
—Pero carece de méritos.
—La jefatura.
—Carece de conocimientos.
—La jefatura.
—Carece de prestigio.
—La jefatura.
Al final cedieron.
Y así nació la primera ley política absurdistaní:
«Quien controla el atasco controla el sistema.»
Desde entonces el Culo fue considerado uno de los grandes padres fundadores del Reino.
CAPÍTULO V
La Universidad de Disparatópolis

La institución académica más prestigiosa de Absurdistán poseía un lema inmortal:
«Si los hechos contradicen la teoría,
peor para los hechos.»
Allí se formaban las futuras élites del país.
Se impartían asignaturas fundamentales.
Introducción al Relato.
Fabricación de Excusas Comparadas.
Máster en Evasión de Responsabilidades.
Coordinación Estratégica de Coordinadores.
Doctorado en Reinterpretación Creativa de la Realidad.
Y la prestigiosa Cátedra de Estudios Avanzados sobre Cómo Echar la Culpa a Otro.
Los mejores alumnos terminaban ocupando altos cargos públicos.
Lo cual explicaba bastantes cosas.
CAPÍTULO VI
La Agencia Estatal para la Coordinación de Organismos Coordinadores

Ninguna institución simbolizaba mejor el espíritu nacional.
Su función consistía en coordinar organismos cuya misión era coordinar a otros organismos.
El problema surgió cuando varios organismos comenzaron a coordinar simultáneamente la misma coordinación.
Fue necesario crear entonces un organismo superior encargado de coordinar las coordinaciones de los coordinadores.
Los historiadores consideran aquel episodio el mayor avance burocrático desde la invención del sello administrativo.
Durante años miles de funcionarios trabajaron incansablemente para resolver un problema fundamental:
Determinar quién debía coordinar al coordinador encargado de coordinar a los demás coordinadores.
La cuestión sigue abierta.
CAPÍTULO VII
Las Cloacas y Sumideros Generales del Estado

Toda gran nación posee instituciones visibles.
Parlamentos.
Ministerios.
Tribunales.
Ayuntamientos.
Universidades.
Y toda gran nación posee también instituciones invisibles.
Absurdistán no era una excepción.
Bajo la capital del Reino se extendía una gigantesca red de túneles, galerías, archivos y despachos conocida oficialmente como:
Dirección General de Gestión de Contingencias Documentales
Pero el pueblo la llamaba simplemente:
Las Cloacas y Sumideros Generales del Estado
Su misión era sencilla.
Conseguir que los problemas desaparecieran.
No resolverlos.
Eso habría resultado excesivamente complicado.
Bastaba con hacerlos desaparecer.
Al menos temporalmente.
Su lema figuraba grabado sobre la puerta principal:
«Nada se pierde.
Nada se transforma.
Todo se archiva.»
Los Archiveros del Olvido
Miles de funcionarios trabajaban allí.
Eran conocidos como los Archiveros del Olvido.
Poseían una habilidad extraordinaria.
Podían localizar en cuestión de minutos cualquier documento extraviado.
Y podían extraviar en cuestión de segundos cualquier documento localizado.
Los expedientes incómodos seguían un recorrido perfectamente reglamentado.
Primero eran estudiados.
Después eran analizados.
Posteriormente eran evaluados.
Más tarde eran revisados.
Finalmente eran archivados.
Y después olvidados.
A veces durante años.
A veces durante décadas.
A veces para siempre.
La Sala de los Asuntos Delicados
Existía una dependencia especialmente reservada.
La Sala de los Asuntos Delicados.
Allí se almacenaban los expedientes más peligrosos.
Investigaciones.
Denuncias.
Informes.
Escándalos.
Testimonios.
Declaraciones.
Y toda clase de materiales susceptibles de provocar molestias institucionales.
La norma principal era sencilla:
«Todo asunto suficientemente delicado terminará convirtiéndose en extraordinariamente complejo.»
Y una vez que algo se consideraba extraordinariamente complejo…
dejaba de ser comprensible.
Y cuando dejaba de ser comprensible…
dejaba de interesar.
Y cuando dejaba de interesar…
el problema quedaba resuelto.
El arte de ganar tiempo
La especialidad nacional de las Cloacas era ganar tiempo.
No mucho.
Sólo veinte o treinta años.
Lo suficiente para que:
Los responsables se jubilaran.
Los testigos olvidaran.
Los periodistas cambiaran de tema.
Los ciudadanos perdieran interés.
Y los historiadores discutieran eternamente.
Los expertos denominaban este procedimiento:
Administración Estratégica de la Paciencia Ciudadana.
El pueblo utilizaba un término más breve.
Lo llamaba:
Dar largas.
CAPÍTULO VIII
El Ministerio de la Verdad Flexible

Si las Cloacas gestionaban el pasado, el Ministerio de la Verdad Flexible gestionaba el presente.
Era, sin duda, la institución más influyente del Reino.
No porque controlara la realidad.
Eso habría sido imposible.
Controlaba algo mucho más importante.
La interpretación de la realidad.
Su lema oficial decía:
«Los hechos son importantes.
Pero la versión oficial suele ser más útil.»
Los Ingenieros del Relato
El Ministerio empleaba a miles de especialistas.
Sociólogos.
Politólogos.
Comunicólogos.
Expertólogos.
Analistas narrativos.
Arquitectos discursivos.
Y verificadores de conveniencia.
Su trabajo consistía en explicar a los ciudadanos lo que acababan de ver.
Porque la experiencia había demostrado que muchas personas cometían el grave error de creer a sus propios ojos.
La doctrina oficial
El Ministerio sostenía tres principios fundamentales.
Primer principio
Si un hecho favorece al Gobierno, constituye una evidencia.
Segundo principio
Si perjudica al Gobierno, requiere contexto.
Tercer principio
Si resulta devastador para el Gobierno, constituye desinformación.
El Departamento de Rectificaciones Históricas
Una de las unidades más prestigiosas era el Departamento de Rectificaciones Históricas.
Su misión consistía en actualizar el pasado.
No modificarlo.
Actualizarlo.
La diferencia era importante.
Al menos administrativamente.
Gracias a esta labor, numerosos errores históricos desaparecían periódicamente.
Y numerosas decisiones desacertadas terminaban convertidas en éxitos incomprendidos.
CAPÍTULO IX
El Observatorio Nacional de Observatorios

La creación de observatorios se convirtió en una auténtica pasión nacional.
Cuando surgía un problema, se creaba un observatorio.
Cuando surgía otro problema, se creaba otro observatorio.
Y cuando alguien preguntaba para qué servían tantos observatorios…
se creaba un observatorio para estudiarlo.
Así nació el Observatorio Nacional de Observatorios.
Su misión era observar a los observatorios encargados de observar los fenómenos previamente observados por otros observatorios.
El presupuesto fue enorme.
Los resultados fueron modestos.
Pero los informes resultaron magníficos.
El gran descubrimiento
Tras cinco años de investigación, el Observatorio publicó un estudio histórico.
La conclusión principal decía:
«Existe una preocupante falta de observación en determinados observatorios.»
La noticia causó enorme alarma.
Se crearon tres nuevos observatorios.
CAPÍTULO X
Los Caballeros de la Subvención Perpetua

Ninguna organización despertaba tanta admiración como la Orden de los Caballeros de la Subvención Perpetua.
Su origen se perdía en la noche de los tiempos.
Algunos historiadores sostenían que recibían ayudas públicas antes incluso de la invención del dinero.
Otros afirmaban que eran anteriores al propio Estado.
Ambas teorías gozaban de amplio respaldo académico.
Su misión
La Orden desarrollaba actividades de extraordinaria importancia social.
Jornadas.
Encuentros.
Congresos.
Seminarios.
Mesas redondas.
Mesas cuadradas.
Mesas ovaladas.
Y eventos participativos de carácter transversal.
Cuando algún ciudadano preguntaba qué producían exactamente, la respuesta era siempre la misma.
—Concienciación.
—¿Sobre qué?
—Sobre la necesidad de seguir concienciando.
El milagro económico
Los Caballeros habían logrado algo extraordinario.
Vivían sin clientes.
Sin compradores.
Sin ventas.
Sin beneficios.
Y sin pérdidas.
Un auténtico prodigio económico.
Cuando algún economista intentaba explicar el fenómeno, terminaba incorporándose a la Orden.
CAPÍTULO XI
Las Paredes Parlantes

Un día ocurrió algo inquietante.
Las paredes comenzaron a hablar.
No todas.
Sólo algunas.
Las más antiguas.
Las que llevaban décadas escuchando reuniones ministeriales.
Al principio nadie les prestó atención.
Pero pronto empezaron a recordar cosas.
Promesas.
Compromisos.
Rectificaciones.
Contradicciones.
Escándalos.
Y declaraciones realizadas por personas que ahora defendían exactamente lo contrario.
El Gobierno reaccionó inmediatamente.
Creó el:
Observatorio para el Estudio de las Paredes Parlantes
Después una comisión.
Después una subcomisión.
Después una agencia coordinadora.
Finalmente se publicó un informe de siete mil páginas.
La conclusión fue contundente:
«No existen pruebas concluyentes de que las paredes hablen.
Lo que existe es una percepción subjetiva de conversación mural.»
La crisis quedó oficialmente resuelta.
Las paredes continuaron hablando.
Pero ya nadie las escuchó.
Aquella noche, en el Bar Absurdistán, el viejo camarero escuchó las noticias mientras secaba un vaso.
Un cliente le preguntó:
—¿Cuál es el principal recurso natural del Reino?
El anciano reflexionó unos segundos.
—El olvido.
—¿El olvido?
—Sí.
Porque en Absurdistán los escándalos pasan.
Los gobiernos pasan.
Las comisiones pasan.
Los expertos pasan.
Los observatorios pasan.
Pero el olvido siempre permanece.
Y gracias a él el Reino sigue funcionando.
El cliente permaneció en silencio.
El camarero terminó de secar el vaso.
Luego añadió:
—Aunque a veces aparece algún asunto que se niega obstinadamente a ser olvidado.
Y entonces comienzan los verdaderos problemas.
Y al decir esto miró hacia el fondo del local.
Hacia una vieja fotografía amarillenta.
Una fotografía que mostraba un antiguo mesón situado junto a la Carretera Nacional Poniente-340.
Un lugar sobre el que nadie parecía ponerse de acuerdo.
Un lugar que llevaba décadas dividiendo al Reino.
Un lugar cuyo nombre seguía pronunciándose en voz baja.
Porque en Absurdistán algunas historias terminaban.
Pero otras simplemente se negaban a morir.
CAPÍTULO XII
El Gran Misterio del Mesón de la Carretera Poniente-340

Pocas historias provocaron tantas discusiones en Absurdistán como la del viejo Mesón de la Carretera Poniente-340.
Durante más de treinta años dividió al Reino.
A las familias.
A los periodistas.
A los jueces.
A los políticos.
A los expertos.
Y, naturalmente, a los clientes del Bar Absurdistán.
Porque nadie parecía capaz de responder una pregunta aparentemente sencilla:
¿Qué ocurrió realmente?
Y cuanto más tiempo transcurría, más difícil resultaba responderla.
El origen
Todo comenzó muchos años atrás.
En una pequeña localidad de la provincia de Ponientecia.
Una región tranquila.
Agrícola.
Polvorienta.
Y aparentemente aburrida.
Precisamente por eso nadie esperaba que terminara convirtiéndose en el escenario del mayor enigma de la historia reciente de Absurdistán.
Las primeras denuncias fueron extraordinariamente graves.
Tan graves que parecían imposibles.
Tan terribles que parecían inventadas.
Tan monstruosas que muchos ciudadanos reaccionaron de la única manera que suelen reaccionar los seres humanos ante ciertas historias:
Negándose a creerlas.
La primera reacción
Los habitantes del Reino se dividieron inmediatamente en dos bandos.
El primer grupo afirmaba:
—Todo es cierto.
El segundo sostenía:
—Todo es falso.
Como suele ocurrir en Absurdistán, nadie se tomó la molestia de considerar una tercera posibilidad.
Que algunas cosas pudieran ser ciertas.
Que otras fueran falsas.
Y que la realidad resultara mucho más compleja que cualquier consigna.
Pero semejante actitud exigía demasiado esfuerzo intelectual.
Y el esfuerzo intelectual nunca fue especialmente popular en el Reino.
Los creyentes
Los creyentes estaban convencidos de encontrarse ante una conspiración gigantesca.
Según ellos:
Políticos.
Empresarios.
Funcionarios.
Magistrados.
Celebridades.
Y toda clase de personajes influyentes participaban en actividades tan horribles que resultaban casi imposibles de describir.
Cuando alguien les preguntaba por las pruebas, respondían:
—Precisamente la ausencia de pruebas demuestra el alcance del encubrimiento.
Aquello poseía una lógica peculiar.
Pero extremadamente resistente.
Los escépticos
Los escépticos, por su parte, sostenían una posición igualmente sencilla.
Todo era mentira.
Todo.
Absolutamente todo.
No existía ninguna víctima.
Ninguna irregularidad.
Ninguna negligencia.
Ningún abuso.
Ningún fallo institucional.
Nada.
Cuando alguien les preguntaba si habían investigado seriamente todas las denuncias, respondían:
—No hace falta.
Ya sabemos que todo es falso.
Aquello también poseía una lógica peculiar.
Y también extremadamente resistente.
Los profesionales de la confusión
Entre ambos bandos prosperó una nueva profesión.
Los profesionales de la confusión.
Personajes capaces de convertir cualquier discusión en un laberinto interminable.
Si aparecía un dato incómodo, introducían veinte nuevos.
Si surgía una pregunta difícil, planteaban cincuenta preguntas más difíciles todavía.
Si alguien intentaba aclarar algo, conseguían oscurecerlo.
Su lema era sencillo:
«Cuando no puedas convencer,
complica.»
Y alcanzaron niveles de excelencia admirables.
Los periodistas
Los periodistas absurdistaníes reaccionaron de formas muy diversas.
Algunos ignoraron completamente el asunto.
Otros lo magnificaron.
Otros cambiaron de opinión varias veces.
Y algunos consiguieron defender simultáneamente posiciones contradictorias.
Lo que fue considerado una notable muestra de pluralismo profesional.
Con el paso de los años se publicaron:
Miles de artículos.
Cientos de reportajes.
Decenas de documentales.
Innumerables libros.
Y una cantidad incontable de discusiones en tabernas.
El resultado fue paradójico.
Cada nuevo documento parecía aumentar la confusión.
No reducirla.
La teoría del viejo camarero
Una noche alguien preguntó al anciano:
—¿Usted qué cree que ocurrió realmente?
El camarero permaneció largo rato en silencio.
Después respondió:
—No lo sé.
La respuesta causó enorme decepción.
—¿No lo sabe?
—No.
—¿Y cómo puede no saberlo después de tantos años?
—Porque he aprendido una cosa.
—¿Cuál?
El anciano terminó de secar un vaso.
Y dijo:
—Cuando una historia acumula demasiados intereses, demasiadas emociones, demasiadas ideologías, demasiados miedos y demasiadas certezas, la verdad suele convertirse en la primera víctima.
El problema de las certezas
Aquella observación contenía una profunda enseñanza absurdistaní.
Los creyentes estaban completamente seguros.
Los escépticos estaban completamente seguros.
Los políticos estaban completamente seguros.
Los expertos estaban completamente seguros.
Los periodistas estaban completamente seguros.
Y cuanto más seguros se mostraban todos…
menos clara parecía la realidad.
El archivo imposible
Finalmente el asunto terminó llegando a las Cloacas y Sumideros Generales del Estado.
Allí recibió una clasificación especial.
Una categoría reservada para casos excepcionales.
Sobre la carpeta principal podía leerse:
«ASUNTO IMPOSIBLE DE CERRAR.»
Debajo alguien había añadido a lápiz:
«E IMPOSIBLE DE ACLARAR.»
Y debajo de esa frase otra mano escribió:
«PERO EXTRAORDINARIAMENTE ÚTIL PARA DISCUTIR.»
Reflexión del camarero
Muchos años después, cuando el asunto seguía dividiendo al Reino, un joven volvió a preguntar:
—¿Cree que algún día sabremos toda la verdad?
El anciano sonrió.
—Tal vez.
—¿Y cuándo ocurrirá?
—Cuando deje de interesarle a quienes viven de ella.
—¿Quiénes son esos?
El camarero miró alrededor.
Periodistas.
Políticos.
Activistas.
Conspiranoicos.
Verificadores.
Expertos.
Influencers.
Abogados.
Y ciudadanos enfurecidos.
Después respondió:
—Más gente de la que imaginas.
El muchacho reflexionó unos segundos.
—Entonces quizá nunca la conozcamos.
—Quizá.
—¿Y qué hacemos mientras tanto?
El anciano sirvió otra ronda.
Y respondió:
—Lo mismo que hacemos siempre en Absurdistán.
Discutir.
Aquella noche la vieja fotografía del Mesón de la Carretera Poniente-340 siguió colgada en la pared.
Amarillenta.
Silenciosa.
Inmóvil.
Como si se burlara de todos.
Porque mientras los ciudadanos seguían enfrentándose entre sí para decidir qué había ocurrido realmente…
la fotografía parecía susurrar:
«Tal vez el misterio no consista en descubrir la verdad.
Tal vez consista en comprender por qué nadie consigue ponerse de acuerdo sobre ella.»
Y así continuó la historia.
Porque en Absurdistán los escándalos desaparecían.
Las modas pasaban.
Los gobiernos caían.
Los observatorios cerraban.
Las comisiones se olvidaban.
Pero algunos enigmas permanecían.
Como viejas piedras en mitad del camino.
Negándose obstinadamente a desaparecer.
Continuará…
CAPÍTULO XIII
La República Independiente de los Expertos

Si alguna institución simbolizaba el alma profunda de Absurdistán, no era el Parlamento.
Ni los Tribunales.
Ni las Cloacas.
Ni siquiera el Ministerio de la Verdad Flexible.
Era la República Independiente de los Expertos.
Un territorio autónomo situado entre la realidad y la ficción.
Más cerca de la subvención que de la realidad.
Y mucho más cerca del micrófono que de ambas.
El origen de los expertos
Los expertos no siempre habían existido.
Hubo una época remota en la que los ciudadanos resolvían problemas utilizando la experiencia.
La observación.
El sentido común.
Y, ocasionalmente, el cerebro.
Aquello resultaba profundamente peligroso.
Las conclusiones podían ser imprevisibles.
Por fortuna, el progreso puso fin a semejante barbarie.
Así nació la figura moderna del experto.
Un individuo capaz de hablar durante tres horas seguidas sin responder una sola pregunta.
La gran ventaja del experto
Los expertos poseían una característica extraordinaria.
Nunca estaban obligados a acertar.
Bastaba con parecer inteligentes.
Cuando un ciudadano cometía un error, sufría las consecuencias.
Cuando un empresario cometía un error, perdía dinero.
Cuando un cirujano cometía un error, podía perder la licencia.
Cuando un piloto cometía un error, podía perder el avión.
Pero cuando un experto cometía un error…
era invitado a otro congreso para explicar por qué había cometido aquel error.
El Consejo Superior de Expertología
La organización más prestigiosa del Reino era el Consejo Superior de Expertología.
Su lema era:
«Si no sabemos la respuesta,
ampliaremos la pregunta.»
Allí se reunían especialistas de todas las disciplinas.
Expertos en economía.
Expertos en educación.
Expertos en comunicación.
Expertos en participación.
Expertos en inclusión.
Expertos en resiliencia.
Expertos en sostenibilidad.
Expertos en transversalidad.
Y expertos en explicar qué demonios significaba transversalidad.
Estos últimos cobraban más.
El gran descubrimiento científico
Tras años de investigación, el Consejo publicó un informe histórico.
Tres mil páginas.
Cuatrocientas tablas.
Novecientos gráficos.
Y una conclusión revolucionaria:
«La realidad es extraordinariamente compleja.»
La noticia causó enorme impacto.
Los periódicos publicaron suplementos especiales.
Las universidades organizaron seminarios.
Los observatorios emitieron comunicados.
Y el Gobierno anunció una Estrategia Nacional para la Gestión Integral de la Complejidad Compleja.
El presupuesto fue considerable.
El arte de no responder
Una de las habilidades fundamentales del experto absurdistaní consistía en responder sin responder.
Por ejemplo:
Pregunta:
—¿Ha funcionado la medida?
Respuesta del experto:
—Debemos analizar el contexto multidimensional de los factores concurrentes.
Traducción:
—No lo sé.
Pregunta:
—¿Quién es responsable?
Respuesta:
—Sería simplista personalizar dinámicas sistémicas.
Traducción:
—Nadie.
Pregunta:
—¿Cuánto costó?
Respuesta:
—Lo importante no es el coste sino el impacto transformador.
Traducción:
—Muchísimo.
La guerra civil de los expertos
Con el tiempo surgió un problema.
Había demasiados expertos.
Y no estaban de acuerdo.
Los expertos A afirmaban una cosa.
Los expertos B sostenían exactamente la contraria.
Los expertos C denunciaban a los expertos A y B.
Y los expertos D proponían una comisión para estudiar las discrepancias entre A, B y C.
Los ciudadanos comenzaron a confundirse.
—¿A quién debemos creer?
La respuesta oficial fue inmediata.
—A los expertos correctos.
—¿Y cuáles son?
—Los que coinciden con nosotros.
El problema del sentido común
Los expertos consideraban el sentido común una amenaza.
Porque el sentido común tenía una costumbre irritante.
A veces acertaba.
Y además lo hacía gratis.
Aquello era intolerable.
Por esa razón se emprendió una campaña nacional para desacreditarlo.
Los resultados fueron excelentes.
Pocos años después la mayoría de los ciudadanos se sentía incapaz de opinar sobre nada sin consultar previamente a un experto.
Incluso para saber si estaba lloviendo.
Reflexión del camarero
Aquella noche un joven preguntó:
—¿Para qué sirven realmente los expertos?
El viejo camarero sonrió.
—Para muchas cosas.
—¿Por ejemplo?
—Para aportar conocimientos cuando los tienen.
—¿Y cuando no los tienen?
—Para aportar confusión.
—¿Y cómo distinguir unos de otros?
El anciano permaneció unos segundos pensativo.
Luego respondió:
—Muy sencillo.
El verdadero experto suele hablar con prudencia.
Reconoce lo que sabe.
Reconoce lo que ignora.
Y suele formular más preguntas que respuestas.
El falso experto tiene respuesta para todo.
Especialmente para aquello que desconoce.
El muchacho asintió.
—Entonces debe de haber muchos falsos expertos.
—Muchísimos.
—¿Y por qué siguen apareciendo en todas partes?
El camarero terminó de secar un vaso.
Y respondió:
—Porque en Absurdistán la seguridad siempre resulta más popular que la sabiduría.
Aquella noche, al cerrar el Bar Absurdistán, el anciano encontró una servilleta olvidada sobre una mesa.
Alguien había escrito:
«Cuando los expertos discrepan, el ciudadano duda.
Cuando todos los expertos coinciden sospechosamente, el ciudadano debería dudar todavía más.»
El camarero sonrió.
Guardó la servilleta.
Y la añadió a las Crónicas Apócrifas.
Porque en Absurdistán las servilletas contenían a menudo más verdad que los informes oficiales.
CAPÍTULO XIV
El Imperio de las Encuestas

Hubo un tiempo en que los gobernantes de Absurdistán intentaban dirigir el Reino.
Aquella etapa terminó cuando descubrieron las encuestas.
Fue una revelación.
Una epifanía.
Una auténtica revolución política.
¿Por qué gobernar cuando era mucho más cómodo medir?
¿Por qué liderar cuando resultaba más sencillo seguir?
¿Por qué intentar convencer a los ciudadanos cuando bastaba con averiguar qué deseaban oír?
Así nació el Imperio de las Encuestas.
El Oráculo Demoscópico
En el centro de la capital se alzaba el Instituto Nacional de Prospectiva Prospectiva.
Sus sacerdotes eran conocidos como demóscopos.
Vivían rodeados de gráficos.
Porcentajes.
Muestras representativas.
Modelos predictivos.
Y palabras incomprensibles.
Los gobernantes acudían a ellos como los antiguos reyes acudían a los oráculos.
—¿Qué debemos hacer?
Los demóscopos consultaban las tablas.
Examinaban los porcentajes.
Sacrificaban varias hojas de cálculo.
Y respondían:
—Depende de lo que quieran los ciudadanos esta semana.
La desaparición de las convicciones
Poco a poco las convicciones políticas comenzaron a desaparecer.
No por maldad.
No por corrupción.
Simplemente por inutilidad.
Las convicciones podían perder elecciones.
Las encuestas no.
Así pues, los partidos empezaron a modificar sus principios con admirable flexibilidad.
Lo que ayer era intolerable.
Hoy era razonable.
Mañana sería imprescindible.
Y pasado mañana se consideraría una tradición histórica.
Todo dependía del porcentaje.
El Gran Sondeo Nacional
Cada mañana millones de ciudadanos despertaban preguntándose qué opinaban.
La respuesta llegaba unas horas después.
Publicada en los medios de información.
Acompañada de gráficos.
Porcentajes.
Y análisis de expertos.
Los ciudadanos respiraban aliviados.
Ya sabían qué debían pensar.
La paradoja absurdistaní
Un joven estudiante formuló un día una pregunta incómoda.
—Si las encuestas sirven para conocer la opinión pública…
¿por qué se publican constantemente?
Los profesores quedaron desconcertados.
La cuestión era peligrosa.
Finalmente uno respondió:
—Porque ayudan a formar opinión.
—Entonces no sólo la miden.
—Exacto.
—¿Y no altera eso los resultados?
—Naturalmente.
—¿Y entonces qué están midiendo?
El profesor pidió inmediatamente la jubilación anticipada.
La encuesta perfecta
El Instituto llevaba décadas persiguiendo un sueño.
La Encuesta Perfecta.
Un sondeo tan preciso que permitiera conocer la opinión de los ciudadanos antes incluso de que éstos la conocieran.
Tras años de investigación se alcanzó finalmente el objetivo.
El informe concluía:
«La población apoyará cualquier medida siempre que se presente adecuadamente y disponga de tiempo suficiente para acostumbrarse.»
El hallazgo fue celebrado como uno de los mayores avances científicos de la historia nacional.
Reflexión del camarero
Aquella noche un cliente preguntó:
—¿Por qué gustan tanto las encuestas?
El anciano sonrió.
—Porque proporcionan una ilusión muy reconfortante.
—¿Cuál?
—La ilusión de que la popularidad y la verdad son la misma cosa.
—¿Y no lo son?
El camarero soltó una carcajada.
—Si así fuera, la Tierra seguiría siendo plana.
El cliente permaneció pensativo.
—Entonces las mayorías también pueden equivocarse.
—Claro.
—¿Y las minorías?
—También.
—¿Y quién tiene razón?
El anciano terminó de secar un vaso.
Y respondió:
—Esa es precisamente la pregunta que ninguna encuesta puede contestar.
CAPÍTULO XV
La Gran Industria de la Indignación

Los historiadores coinciden en que Absurdistán produjo tres recursos inagotables:
Burocracia.
Informes.
E indignación.
La indignación se convirtió con el tiempo en la principal industria nacional.
Su producción superó incluso a la de observatorios.
Lo cual parecía imposible.
Los profesionales del escándalo
Cada mañana miles de ciudadanos despertaban indignados.
Algunos no sabían exactamente por qué.
Pero eso nunca constituyó un obstáculo.
Los medios de información resolvían rápidamente el problema.
A las ocho de la mañana ya existía una indignación oficial.
A las diez aparecía una contraindignación.
A mediodía una indignación alternativa.
Y por la noche una mesa redonda dedicada a analizar las distintas indignaciones.
El Ministerio de la Ira Sostenible
El Gobierno decidió finalmente intervenir.
Creó el Ministerio de la Ira Sostenible.
Su misión consistía en garantizar un flujo constante de escándalos.
No demasiado grandes.
Eso podría resultar peligroso.
Ni demasiado pequeños.
Eso reduciría la audiencia.
El tamaño debía ser óptimo.
Lo bastante grave para provocar indignación.
Pero no tanto como para exigir soluciones.
El mercado emocional
Los expertos descubrieron pronto que la indignación funcionaba como cualquier otro producto.
Generaba adicción.
Fidelizaba consumidores.
Y producía beneficios extraordinarios.
Por ello surgieron auténticos empresarios del enfado.
Influencers.
Comentaristas.
Activistas.
Tertulianos.
Analistas.
Y fabricantes de escándalos.
Todos competían ferozmente por captar la atención del público.
El agotamiento nacional
Después de muchos años ocurrió algo inesperado.
Los ciudadanos comenzaron a cansarse.
Habían sido indignados tantas veces que terminaron desarrollando inmunidad.
Escándalos que antes habrían paralizado el Reino apenas lograban ya algunos bostezos.
Aquello preocupó enormemente a las autoridades.
Sin indignación no había audiencia.
Sin audiencia no había influencia.
Y sin influencia muchos profesionales corrían el riesgo de tener que buscar un trabajo de verdad.
Reflexión del camarero
Aquella noche un muchacho preguntó:
—¿Por qué la gente se indigna tanto?
El viejo camarero reflexionó unos segundos.
—Porque resulta mucho más fácil indignarse que comprender.
—¿Tan difícil es comprender?
—Muchísimo.
Comprender exige tiempo.
Escuchar.
Leer.
Pensar.
Dudar.
Indignarse sólo requiere reaccionar.
El joven asintió.
—Entonces la indignación no siempre es mala.
—No.
A veces es necesaria.
A veces incluso es justa.
El problema aparece cuando sustituye al pensamiento.
Y añadió:
—La indignación es como el alcohol.
En pequeñas dosis puede alegrar una conversación.
En exceso termina impidiendo cualquier conversación.
El muchacho guardó silencio.
Y el viejo camarero volvió a secar vasos.
Como siempre.
Porque mientras los ciudadanos discutían sobre quién debía indignarse contra quién, el Reino seguía avanzando tranquilamente hacia nuevos y fascinantes niveles de absurdo.
Y todavía quedaban muchas historias por contar.
Porque en Absurdistán la realidad jamás descansaba.
EPÍLOGO
Los sesenta y uno

Cuando los historiadores del futuro estudien la decadencia de Absurdistán probablemente no prestarán demasiada atención a los grandes discursos.
Ni a los programas electorales.
Ni a las declaraciones solemnes.
Ni siquiera a las leyes.
Prestarán atención a algo mucho más revelador.
A los mensajes.
A los chats.
A las llamadas.
A las filtraciones.
A los favores.
A los contactos.
A los intermediarios.
Y a esa inmensa red invisible que unía a personas aparentemente inconexas.
Porque toda época tiene su símbolo.
Y el símbolo de los últimos años de Absurdistán fue una cifra.
Sesenta y uno.
Nadie sabía exactamente quiénes eran.
Nadie sabía exactamente cuántos eran.
Nadie sabía exactamente qué hacían.
Pero todos parecían conocer su existencia.
Los unos afirmaban que constituían una red organizada al servicio del poder.
Los otros sostenían que se trataba de una invención propagandística.
Los demás discutían acerca de si eran sesenta y uno, cincuenta y nueve o setenta y tres.
Como suele ocurrir en Absurdistán, la discusión sobre el número terminó eclipsando la discusión sobre el problema.
El viejo camarero observaba todo aquello con una mezcla de resignación y diversión.
Llevaba demasiados años detrás de la barra.
Había visto gobiernos caer.
Partidos desaparecer.
Ideologías cambiar de nombre.
Revoluciones convertirse en ministerios.
Y rebeldes transformarse en funcionarios.
Nada le sorprendía ya.
Una noche un muchacho le preguntó:
—¿Existieron realmente los sesenta y uno?
El anciano sonrió.
—No tengo la menor idea.
—¿Ni siquiera usted?
—Ni siquiera yo.
—Entonces, ¿qué importancia tienen?
El camarero terminó de secar un vaso.
Y respondió:
—Muy poca.
El joven quedó desconcertado.
—¿Muy poca?
—Sí.
Porque incluso aunque no hubieran existido, el problema seguiría siendo el mismo.
—¿Qué problema?
—Que demasiada gente ha dejado de distinguir entre informar y persuadir.
Entre investigar y militar.
Entre buscar la verdad y fabricar relatos.
Entre periodismo y propaganda.
El muchacho guardó silencio.
El anciano continuó:
—Los sesenta y uno son una anécdota.
Lo importante es otra cosa.
—¿Cuál?
—Que cada generación de absurdistaníes cree vivir una situación excepcional.
Y siempre termina descubriendo que los mecanismos son los mismos.
Cambian los nombres.
Cambian las siglas.
Cambian los periódicos.
Cambian los gobiernos.
Pero la tentación sigue siendo idéntica.
Controlar el relato.
Controlar la información.
Controlar la memoria.
Controlar la percepción.
Controlar aquello que la gente cree haber visto.
Porque quien controla la percepción termina gobernando la realidad de millones de personas.
El muchacho permaneció pensativo.
—Entonces, ¿Absurdistán tiene solución?
El viejo camarero miró hacia la puerta.
La noche era fría.
Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos.
—Sí.
—¿Cuál?
—La misma de siempre.
—¿Y cuál es?
—Llamar a las cosas por su nombre.
Pensar por cuenta propia.
Dudar de los propios prejuicios.
Desconfiar de las unanimidades.
Y recordar que ningún gobierno, ningún partido, ningún periódico, ningún experto y ningún observatorio poseen el monopolio de la verdad.
El muchacho asintió lentamente.
—Parece sencillo.
—Lo es.
—Entonces, ¿por qué resulta tan difícil?
El anciano sonrió.
Después señaló las calles de la ciudad.
Y respondió:
—Porque Absurdistán no está ahí fuera.
Está aquí dentro.
En cada uno de nosotros.
Y por eso nunca desaparece del todo.
Sólo cambia de disfraz.
Aquella fue la última conversación registrada en el Bar Absurdistán.
Poco después el establecimiento cerró.
O eso dicen algunos.
Otros aseguran que sigue abierto.
Que el viejo camarero continúa detrás de la barra.
Y que todavía conserva una servilleta amarillenta sobre la que alguien escribió hace muchos años la frase que resume toda la historia del Reino:
«Las dictaduras controlan lo que puedes decir.
Absurdistán aspira a algo más ambicioso:
controlar lo que puedes llegar a creer.»
Y debajo, con letra temblorosa, otra mano añadió:
«Cosas veredes y oyeres en Absurdistán que harán hablar a las paredes.
Y cuando las paredes hablen, no faltará quien las acuse de desinformación, quien exija verificarlas y quien proponga crear un Observatorio Nacional de Paredes Parlantes.»
Y así concluyen estas Crónicas Apócrifas.
O quizá no.
Porque, según sostienen algunos expertos, Absurdistán jamás desaparece.
Simplemente cambia de dirección.