¿DE VERAS HUBO ALGUNA VEZ… DIEZ MIL SOCIALISTAS DECENTES?

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Fábula académica, oriental y castiza, con el debido permiso de Jardiel Poncela.

La Real Academia Española,

después de tres siglos

limpiando,

fijando

y dando esplendor,

descubrió,
con cierto retraso,
que la realidad
corría bastante más deprisa
que el Diccionario.

El director
golpeó la mesa
con un ejemplar
del Quijote.

Los académicos
cerraron sus gramáticas.

Y comenzó
la sesión extraordinaria
para decidir

si el viejo refrán

«Es más difícil
que encontrar
una aguja
en un pajar»

seguía teniendo sentido.

Tomó la palabra
el académico
más anciano.

Había dedicado
toda una vida
a leer
lo que los demás
habían olvidado.

Conocía
las astucias políticas
de Calila e Dimna.

Había recorrido
las infinitas noches
de Las mil y una noches.

Citaba de memoria
El collar de la paloma,

porque sostenía
que quien entiende
las pasiones humanas

comprende también
la política.

Se levantó lentamente.

Tosió.

Miró a todos.

Y dijo:

—Señores…

la aguja
ha perdido
la batalla.

Hoy existen
detectores.

Imanes.

Rayos X.

Hasta inteligencia artificial.

Pero hay búsquedas
que siguen resistiéndose
a todos los adelantos.

Se hizo
un silencio
tan respetuoso

que se oyó caer
una coma.

Entonces
otro académico,

especialista
en cuentos orientales,

levantó un viejo manuscrito.

—Todo estaba escrito
hace siglos.

En Calila e Dimna
aprendimos
que el poder
convierte
a los zorros
en leones
y a los leones
en corderos,

según convenga.

En Las mil y una noches
aprendimos
que los palacios
esconden más secretos
que los desiertos.

Y en El collar de la paloma
descubrimos
que las pasiones humanas
son más resistentes
que el mármol.

¿Por qué
habríamos de sorprendernos?

Otro académico
interrumpió:

—No olviden
a Alí Babá.

Todos asintieron.

—Durante siglos
hemos creído
que el protagonista
era Alí Babá.

Qué ingenuidad.

El verdadero protagonista

era la cueva.

Porque toda época
tiene la suya.

Y toda cueva
posee una contraseña.

—¡Ábrete, Sésamo!

La roca obedecía.

Y aparecían
cofres.

Arcones.

Tapices.

Sedas.

Monedas.

Joyas.

Siempre joyas.

Entonces
el anciano académico
sonrió.

—Pero el personaje
más interesante
no era Alí Babá.

Era el Visir.

Ese Visir
que soñaba,
cada amanecer,

con ocupar
el lugar
del Califa.

Viajaba
por todos los confines
del mundo.

Visitaba
emires.

Sultanes.

Mercaderes.

Príncipes.

Regresaba
siempre
con una modesta maleta…

y una larguísima caravana.

Los camellos
iban vencidos
por el peso
de los cofres.

Las mulas
protestaban.

Los porteadores
pedían relevo.

Porque el Visir
nunca volvía
con las manos vacías.

Traía sedas.

Marfiles.

Perfumes.

Alfombras.

Y unas joyas
tan extraordinarias

que los cronistas
renunciaban
a describirlas.

Cuando algún cortesano
preguntaba:

—Excelencia…

¿quién os honra
con semejantes presentes?

El Visir
respondía
con una sonrisa
que resolvía
todas las preguntas
sin contestar
ninguna.

—La hospitalidad
es infinita.

Y nadie insistía.

Porque en palacio
existía
una antiquísima norma:

sobre ciertos regalos
es de mala educación
hacer demasiadas preguntas.

En ese momento,

otro académico,
especialista
en arquitectura política,

pidió la palabra.

—Llevamos toda la mañana
hablando de puertas.

Pero olvidamos
las más modernas.

Las puertas giratorias.

Las que giran
sin hacer ruido.

Las que comunican
el despacho
con el consejo.

El cargo
con el retiro dorado.

La decisión
con el beneficio.

Giran.

Y vuelven a girar.

Tan suavemente

que nadie oye
el mecanismo.

Los ingenieros
las admiran.

Los economistas
las calculan.

Los ciudadanos
las contemplan

con la misma expresión

que pondrían

si descubrieran
que la puerta
de Alí Babá

tenía salida VIP.

Entonces,

el director
cerró lentamente
el Diccionario.

Miró a sus compañeros.

Y concluyó:

—Definitivamente,

la literatura fantástica
está perdiendo
la carrera.

Porque la realidad,

cuando decide
escribir sus propias fábulas,

consigue que
Calila e Dimna,

Las mil y una noches,

El collar de la paloma

y Alí Babá y los cuarenta ladrones

parezcan

modestos apuntes

para un curso elemental

sobre la eterna condición humana.

Y, sin que nadie
se atreviera
a llevarle la contraria,

se levantó la sesión.

Al salir,

más de uno creyó escuchar,

muy a lo lejos,

una voz antiquísima
susurrando:

—¡Ábrete, Sésamo!

Y todos,

absolutamente todos,

miraron instintivamente

hacia la puerta.

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