Italia, 1992. España, 2026. ¿Simple coincidencia o advertencia de la Historia?
¿Está España ante una nueva Tangentópolis? Mani Pulite (MANOS LIMPIAS)
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

19 de enero de 2000. Hammamet, Túnez.
En una discreta ciudad costera del norte de África fallece un hombre que apenas una década antes figuraba entre los políticos más poderosos de Europa.
Se llamaba Bettino Craxi.
Ha sido presidente del Consejo de Ministros de Italia, secretario general del Partido Socialista Italiano y uno de los dirigentes socialistas más influyentes del continente.
Sin embargo, muere lejos de Roma, lejos del Parlamento italiano y lejos del país que gobernó. Sobre él pesan condenas firmes por corrupción y financiación ilegal. Había abandonado Italia años antes para instalarse en Hammamet y evitar ingresar en prisión.
Pocos habrían imaginado aquel desenlace cuando Craxi se encontraba en la cúspide de su poder.
Y, sin embargo, la Historia llevaba mucho tiempo anunciándolo.
No comenzó con su huida.
Ni siquiera con su procesamiento.
Todo empezó mucho antes.
Comenzó con pequeños sobornos que parecían asuntos menores.
Con empresarios que aceptaban determinadas prácticas como si formasen parte inevitable de la contratación pública.
Con dirigentes políticos convencidos de que aquellas irregularidades nunca llegarían a descubrirse.
Con ciudadanos que, resignados, repetían una frase tan conocida como peligrosa:
—«Todos hacen lo mismo».
Aquella resignación terminó costándole muy cara a Italia.

Una historia que muchos españoles apenas recuerdan
Han transcurrido más de treinta años desde aquellos acontecimientos.
Quienes hoy tienen menos de cuarenta años apenas conocen Tangentópolis. Muchos ni siquiera habían nacido cuando estalló el escándalo.
Otros conservan un recuerdo confuso de un gran proceso judicial que acabó con la carrera política de Bettino Craxi.
Pero Tangentópolis fue mucho más que eso.
Fue el mayor terremoto político sufrido por una democracia europea desde la Segunda Guerra Mundial.
Y continúa estudiándose hoy en las facultades de Derecho, Ciencia Política e Historia porque constituye uno de los ejemplos más claros de cómo un sistema político aparentemente sólido puede deteriorarse lentamente hasta terminar desplomándose.
Precisamente por eso merece la pena volver la vista hacia Italia.
No para afirmar que España recorrerá necesariamente el mismo camino.
Ni para anticipar el desenlace de investigaciones judiciales todavía abiertas.
Mucho menos para atribuir responsabilidades penales que únicamente corresponde establecer a los tribunales mediante sentencias firmes.
La utilidad de la Historia consiste en otra cosa.
Consiste en ayudarnos a reconocer determinados mecanismos antes de que sea demasiado tarde.
¿Qué fueron Tangentópolis y «Manos Limpias»?
El 17 de febrero de 1992 fue detenido en Milán Mario Chiesa, un dirigente local del Partido Socialista Italiano sorprendido mientras recibía un soborno.
Parecía un asunto menor.
No lo era.
La Fiscalía de Milán decidió seguir investigando.
Al frente de aquella investigación se encontraba el procurador jefe Francesco Saverio Borrelli, acompañado por un grupo de magistrados que pronto adquirirían notoriedad internacional: Antonio Di Pietro, Ilda Boccassini, Piercamillo Davigo y Gherardo Colombo.
Aquella operación recibió el nombre de Mani Pulite, es decir, «Manos Limpias».
Lo que comenzó como una investigación aparentemente rutinaria terminó descubriendo una inmensa red de corrupción, financiación ilegal de partidos, adjudicaciones amañadas y pago sistemático de comisiones ilícitas que afectaba a dirigentes políticos, empresarios, altos funcionarios y responsables públicos de prácticamente todos los niveles de la Administración.
La prensa acuñó muy pronto una palabra que acabaría dando la vuelta al mundo:
Tangentópolis.
El término procede del italiano tangente, que significa «soborno» o «comisión ilegal», unido al sufijo -poli, derivado del griego polis («ciudad»).
Literalmente significa «la ciudad de los sobornos».
Nunca un nombre describió con tanta precisión una realidad política.
Porque las investigaciones revelaron que el problema no consistía únicamente en unos cuantos políticos corruptos.
Lo que había quedado al descubierto era un sistema.
Cuando tirar de un hilo basta para deshacer todo un tejido.
Ésa constituye probablemente la mayor enseñanza de Tangentópolis.
Los magistrados italianos no iniciaron una investigación destinada a derribar la Primera República.
Ni pretendían acabar con los grandes partidos tradicionales.
Simplemente investigaban un posible delito de cohecho.
Pero ocurrió algo que suele repetirse en muchas investigaciones complejas.
Cada declaración conducía a otra.
Cada empresario implicado aportaba nuevos nombres.
Cada registro descubría documentos desconocidos.
Cada procedimiento abría otros nuevos.
Los jueces comprendieron muy pronto que ya no estaban investigando casos aislados.
Estaban descubriendo las ramificaciones de una misma estructura.
Y cuanto más avanzaban las investigaciones, más evidente resultaba que la corrupción no constituía una excepción.
En determinados ámbitos había terminado convirtiéndose en un modo habitual de funcionamiento.
Aquello cambió por completo la percepción de la opinión pública.
Hasta entonces muchos italianos pensaban que existían políticos corruptos.
Después comenzaron a sospechar algo mucho más grave.
Que una parte del propio sistema político había terminado acostumbrándose a convivir con la corrupción.
Ése fue el verdadero terremoto.
No las detenciones.
No los registros.
No las condenas.
Sino el descubrimiento de que aquello que parecía una suma de episodios independientes respondía, en realidad, a un mismo patrón.
Y es precisamente aquí donde surge la pregunta que da sentido a este artículo.
No si España es igual que la Italia de 1992.
No lo es.
La cuestión consiste en saber si algunas enseñanzas de aquella experiencia histórica pueden ayudarnos a comprender mejor determinados acontecimientos que hoy vive nuestro país.
Porque la Historia nunca se repite exactamente.
Pero sería una imprudencia ignorar las advertencias que nos ofrece.
Bettino Craxi: el hombre que creyó que el sistema resistiría
Cuando estalló el escándalo, Bettino Craxi no era un dirigente cualquiera.
Había presidido el Gobierno italiano entre 1983 y 1987, protagonizando el mandato más largo de la llamada Primera República. Era el líder indiscutible del Partido Socialista Italiano y una figura respetada en buena parte de Europa. Había tratado de igual a igual con los principales dirigentes occidentales y muchos lo consideraban el político italiano más influyente de su generación.
Por eso, cuando comenzaron las investigaciones, pocos creyeron que pudieran alcanzarle.
La idea dominante era que el sistema político italiano era demasiado poderoso para derrumbarse y que, como había ocurrido en otras ocasiones, la tormenta terminaría disipándose.
No sucedió así.
Las investigaciones siguieron avanzando.
Las confesiones se multiplicaron.
Los empresarios empezaron a colaborar con la Justicia.
Aparecieron documentos, cuentas, contratos y testimonios que permitieron reconstruir una parte importante de los mecanismos de financiación irregular y de adjudicación de contratos públicos.
Craxi reaccionó defendiendo su actuación y sosteniendo que el problema no afectaba únicamente al Partido Socialista Italiano. En uno de los discursos más recordados de aquella época vino a reconocer que la financiación irregular de los partidos estaba ampliamente extendida en la política italiana.
Aquellas palabras admitían implícitamente una realidad incómoda.
El problema no residía únicamente en determinadas personas.
El problema afectaba al propio funcionamiento del sistema.
Con el paso de los meses la presión judicial y política aumentó.
En 1993 Craxi abandonó la secretaría general del Partido Socialista Italiano.
Un año después se trasladó a Hammamet, en Túnez.
Allí permanecería hasta su muerte, el 19 de enero de 2000.
Para unos fue un prófugo de la Justicia.
Para otros, el principal chivo expiatorio de un sistema del que habían participado muchos más.
Sea cual sea el juicio que merezca su figura, existe un hecho indiscutible.
Su caída simbolizó el final de una época.
Cuando cae un partido… y cuando cae un sistema
Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que Tangentópolis acabó únicamente con la carrera política de Bettino Craxi.
No fue así.
La investigación provocó una transformación mucho más profunda.
La Democracia Cristiana, que había ocupado el centro de la política italiana desde el final de la Segunda Guerra Mundial, terminó desapareciendo.
El Partido Socialista Italiano quedó prácticamente desintegrado.
Otras formaciones tradicionales también se hundieron o sufrieron profundas escisiones.
En muy pocos años desapareció el mapa político que había gobernado Italia durante casi medio siglo.
Aquello dio paso a la llamada Segunda República y a la aparición de nuevos protagonistas políticos, entre ellos Silvio Berlusconi.
Pero conviene no extraer una conclusión equivocada.
Italia no erradicó la corrupción.
Ningún país lo ha conseguido.
Lo que hizo fue sustituir un sistema de partidos por otro.
Algunas prácticas desaparecieron.
Otras reaparecieron bajo formas distintas.
Porque cambiar los nombres de los partidos resulta mucho más sencillo que transformar la cultura política de una nación.
Ésa constituye una lección que conviene tener presente.
Las reformas legales son necesarias.
Las condenas judiciales también.
Pero ninguna democracia puede regenerarse únicamente mediante sentencias.
Necesita instituciones sólidas.
Necesita controles eficaces.
Y, sobre todo, necesita ciudadanos que no acepten como inevitable aquello que nunca debería considerarse normal.
¿Por qué vuelve hoy a hablarse de Tangentópolis?
La respuesta no se encuentra en Italia.
Se encuentra en España.
En los últimos años se han sucedido diversas investigaciones judiciales, actuaciones policiales y controversias políticas relacionadas con personas pertenecientes al entorno del Gobierno de Pedro Sánchez y del partido que lo sustenta, el PSOE, Partido Socialista Obrero Español.
Cada procedimiento posee su propia naturaleza jurídica.
Cada causa debe analizarse individualmente.
Cada investigado disfruta de la presunción de inocencia hasta que, en su caso, exista una sentencia firme.
Ése es un principio irrenunciable de cualquier Estado de Derecho.
Sin embargo, al mismo tiempo, resulta legítimo preguntarse si la acumulación de procedimientos, la aparición de nuevos nombres conforme avanzan las investigaciones y el intenso debate institucional presentan semejanzas con procesos históricos anteriores.
No porque las responsabilidades sean las mismas.
No porque los hechos estén ya acreditados.
Sino porque la Historia enseña que las grandes crisis institucionales rara vez aparecen de improviso.
Casi siempre comienzan con una sucesión de acontecimientos que, contemplados aisladamente, parecen inconexos.
Sólo con el paso del tiempo adquieren un significado distinto.
Ése fue, precisamente, el gran descubrimiento de Tangentópolis.
Los italianos no comprendieron de inmediato la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
La fueron descubriendo poco a poco, conforme nuevas piezas iban completando el rompecabezas.
El espejo italiano
Nadie puede afirmar hoy que España recorrerá el mismo camino que Italia.
Sería una afirmación temeraria.
Tampoco resulta razonable descartar cualquier comparación simplemente porque los contextos históricos sean distintos.
Las comparaciones históricas no pretenden identificar realidades idénticas.
Pretenden descubrir patrones.
Preguntarse si determinados mecanismos de funcionamiento del poder, determinadas respuestas políticas o determinadas dinámicas institucionales ya aparecieron anteriormente en otros países.
Ésa es la utilidad de la Historia.
No predecir el futuro.
Ayudarnos a comprender mejor el presente.
Y es precisamente desde esa perspectiva desde la que conviene contemplar la experiencia italiana.
No como un relato lejano que pertenece a los libros.
Sino como una advertencia sobre lo que puede ocurrir cuando una democracia deja de reaccionar ante señales que, inicialmente, muchos consideran insignificantes.
Las enseñanzas de Tangentópolis
Si hubiera que resumir en una sola frase lo que enseñó Tangentópolis, probablemente sería ésta:
La corrupción no destruyó la Primera República italiana; fue la pérdida de confianza de los ciudadanos la que terminó derrumbándola.
Los delitos fueron investigados por jueces y fiscales.
Las condenas las dictaron los tribunales.
Pero fueron los ciudadanos quienes, finalmente, retiraron su confianza a unos partidos que durante décadas habían monopolizado la vida política italiana.
Ésa es una diferencia esencial.
Con frecuencia se afirma que fueron los jueces quienes cambiaron Italia.
No es del todo cierto.
Los jueces aplicaron la ley.
El cambio político lo produjeron millones de italianos cuando comprendieron que el sistema había dejado de merecer su confianza.
Ésa constituye una de las grandes fortalezas de una democracia.
La alternancia.
La posibilidad de sustituir pacíficamente a quienes gobiernan cuando los ciudadanos consideran agotado un proyecto político.
El verdadero problema no era Craxi
Con el paso de los años, muchos historiadores han llegado a una conclusión interesante.
Bettino Craxi no fue la causa de Tangentópolis.
Fue su consecuencia más visible.
Si Craxi hubiera abandonado la política diez años antes, probablemente el sistema habría continuado funcionando de manera muy parecida.
Porque el problema no era un hombre.
Era una forma de entender el poder.
Durante demasiado tiempo, una parte de la clase dirigente italiana había confundido los intereses de los partidos con los intereses del Estado.
Las administraciones públicas dejaron de contemplarse exclusivamente como instituciones al servicio de los ciudadanos y comenzaron a percibirse, en determinados ámbitos, como espacios de influencia política, económica y partidista.
Cuando esa confusión se instala, el deterioro institucional suele avanzar lentamente.
Casi nunca provoca alarma inmediata.
Se convierte en una costumbre.
Y las costumbres, precisamente por ser cotidianas, resultan mucho más difíciles de combatir que los grandes escándalos.
La corrupción nunca viaja sola.
Existe otra enseñanza que rara vez se menciona.
La corrupción casi nunca aparece aislada.
Cuando se consolida, suele ir acompañada de otros fenómenos igualmente preocupantes.
Aumenta el clientelismo.
Crecen las redes de favores personales.
Se debilitan los mecanismos de control.
Las instituciones fiscalizadoras sufren presiones.
Los nombramientos dejan de responder exclusivamente al mérito y a la capacidad para dar paso, en ocasiones, a criterios de afinidad política o de confianza personal.
Ninguno de esos fenómenos constituye por sí mismo un delito.
Pero todos ellos crean un ecosistema favorable para que la corrupción encuentre menos obstáculos.
Los juristas distinguen entre la responsabilidad penal y la responsabilidad política.
La primera corresponde exclusivamente a los tribunales.
La segunda pertenece a los ciudadanos.
Confundir ambas conduce con frecuencia a graves errores.
Puede existir responsabilidad política sin responsabilidad penal.
Y puede existir responsabilidad penal aunque un dirigente conserve durante un tiempo un importante respaldo político.
Precisamente por eso conviene no mezclar ambos planos.
España ante una encrucijada
Llegados a este punto, conviene formular nuevamente la pregunta inicial.
¿Está España viviendo una situación comparable a la Italia de Tangentópolis?
Nadie puede responder afirmativamente con certeza.
Sería impropio de un análisis riguroso.
Pero tampoco parece razonable negar cualquier semejanza por el simple hecho de que los procedimientos judiciales todavía no hayan concluido.
La Historia comparada no trabaja con identidades absolutas.
Trabaja con tendencias.
Con analogías.
Con procesos.
Con mecanismos.
Y desde esa perspectiva resulta difícil negar que determinadas circunstancias invitan, al menos, a la reflexión.
La acumulación de investigaciones.
La sucesión de revelaciones.
La creciente fanatización política.
El protagonismo adquirido por jueces, fiscales y unidades policiales.
El intenso debate sobre la independencia de las instituciones.
La discusión acerca de la financiación de los partidos.
Todo ello forma parte hoy del debate público español.
Cada lector valorará hasta qué punto esas circunstancias recuerdan o no a episodios vividos anteriormente en otras democracias europeas.
Una advertencia para cualquier democracia
Quizá la principal equivocación consista en pensar que este artículo habla únicamente de Italia o únicamente de España.
No.
Habla de cualquier democracia.
Porque ninguna está vacunada contra la corrupción.
Ninguna puede dar por supuesto que sus instituciones permanecerán siempre fuertes.
Ninguna debería confiar en que los controles funcionarán automáticamente.
Las instituciones necesitan ser protegidas todos los días.
No sólo cuando estalla un escándalo.
La independencia judicial.
La libertad de información.
La igualdad ante la ley.
La transparencia administrativa.
La fiscalización del gasto público.
La responsabilidad política.
No son concesiones del poder.
Son condiciones indispensables para que exista un auténtico Estado de Derecho.
Cuando alguna de ellas empieza a debilitarse, conviene prestar atención.
No porque el desastre resulte inevitable.
Sino porque la experiencia histórica demuestra que todas las grandes crisis institucionales comenzaron con pequeñas señales que demasiadas personas prefirieron ignorar.
Epílogo: la Historia siempre deja un espejo
Cuando Bettino Craxi murió en Hammamet, lejos del país que había gobernado, terminó la historia personal de un dirigente político.
Pero no terminó la lección que dejó a Europa.
Treinta años después seguimos hablando de Tangentópolis.
No por curiosidad histórica.
Sino porque sigue siendo uno de los mejores ejemplos de cómo una democracia puede degradarse lentamente mientras muchos de sus ciudadanos continúan creyendo que nada verdaderamente grave está ocurriendo.
La Historia no permite conocer el futuro.
Pero sí ayuda a reconocer ciertos caminos.
Cada generación decide después si quiere recorrerlos o aprender de quienes ya los recorrieron antes.
Quizá ésa sea, en definitiva, la utilidad más valiosa de recordar hoy la Italia de Tangentópolis.
No juzgar el presente con las respuestas del pasado.
Sino utilizar las experiencias del pasado para formular mejores preguntas sobre el presente.
Y entre todas ellas hay una que merece permanecer abierta mientras el lector cierra estas páginas.