El gobierno y sus medios afines han llegado a tal extremo que nos dicen cómo debemos sentir el calor…

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Del parte del tiempo al espectáculo permanente

Carlos Aurelio Caldito Aunión

Resumen para lectores con prisas

Vivimos rodeados de información.

Nunca antes el ciudadano tuvo acceso a tantos datos sobre el tiempo, el clima y la atmósfera.

Sin embargo, disponer de más información no significa necesariamente comprender mejor la realidad.

Ésta constituye la idea central de este ensayo.

El lector no encontrará aquí una negación del calor estival ni una impugnación de la meteorología como disciplina científica.

Sería absurdo.

España ha sido siempre un país de veranos rigurosos.

Las olas de calor existían mucho antes de que aparecieran los teléfonos móviles, las redes sociales o las conferencias internacionales sobre el clima.

Los registros históricos, las crónicas antiguas, la literatura y la propia experiencia de millones de españoles así lo demuestran.

Precisamente por ello conviene distinguir entre los hechos y la forma en que esos hechos llegan al ciudadano.

Una cosa son las temperaturas realmente registradas por las estaciones meteorológicas.

Otra, muy distinta, las previsiones elaboradas mediante modelos matemáticos.

Y otra diferente, la presentación que de unas y otras realizan muchos medios de información.

Con demasiada frecuencia, esas tres realidades terminan mezclándose.

Las previsiones se anuncian como si fueran certezas.

Los mapas emplean escalas cromáticas dominadas por rojos intensos, granates y tonos que recuerdan la lava de un volcán.

Los informativos acompañan esas imágenes con expresiones como «alerta», «riesgo extremo», «temperaturas infernales», «episodio excepcional» o «emergencia».

Todo ello produce un efecto psicológico evidente.

Antes incluso de conocer las cifras, el espectador ya ha recibido un mensaje emocional.

No se trata únicamente de informar.

También importa la forma de hacerlo.

Los colores no son neutrales.

Las palabras tampoco.

Una misma temperatura puede parecer preocupante o perfectamente normal según el modo en que se presente.

La comunicación visual lleva décadas estudiando esa influencia.

Publicistas, diseñadores gráficos y especialistas en psicología conocen perfectamente la capacidad del color para despertar determinadas emociones.

Los medios de información también.

Por ello resulta legítimo preguntarse por qué las representaciones actuales recurren con tanta frecuencia a escalas cromáticas mucho más agresivas que las utilizadas hace apenas unas décadas.

La cuestión merece ser discutida.

No para alimentar teorías extravagantes.

Sino porque la transparencia fortalece la confianza del ciudadano.

El ensayo llama igualmente la atención sobre una diferencia fundamental que rara vez aparece explicada con claridad.

Una predicción no constituye una medición.

Cuando la Agencia Estatal de Meteorología anuncia cuarenta y dos grados para una determinada comarca está formulando una estimación basada en complejos modelos físicos y matemáticos.

La temperatura realmente registrada puede coincidir con esa previsión.

O no.

Sin embargo, los titulares suelen destacar la previsión.

Cuando ésta no llega a cumplirse con exactitud, el hecho pasa casi inadvertido.

No menos importante resulta el fenómeno conocido como isla de calor urbana.

Las grandes ciudades acumulan calor debido al asfalto, el hormigón, la escasez de vegetación, la circulación de vehículos y la intensa actividad humana.

Los climatólogos conocen desde hace mucho tiempo ese efecto.

También los urbanistas.

Por eso numerosas ciudades intentan plantar más árboles, ampliar las zonas verdes o utilizar materiales que absorban menos calor.

El ensayo recuerda que ese fenómeno debe tenerse presente cuando se interpretan determinadas series de temperaturas, especialmente si el entorno de una estación meteorológica ha cambiado profundamente con el paso de los años.

Pero el verdadero asunto que aborda este libro va mucho más allá de la meteorología.

Su propósito consiste en reflexionar sobre la manera en que la información llega al ciudadano.

Los medios de información seleccionan.

Resumen.

Jerarquizan.

Escogen unas imágenes y descartan otras.

Destacan unos datos mientras relegan otros a un segundo plano.

Ese proceso resulta inevitable.

Ningún informativo puede contarlo absolutamente todo.

El problema aparece cuando esa selección termina ofreciendo una visión parcial de la realidad sin que el espectador llegue siquiera a advertirlo.

Las medias verdades constituyen una de las formas más eficaces de desinformación.

No necesitan inventar los hechos.

Les basta con omitir parte del contexto, elegir cuidadosamente las cifras que se difunden, utilizar una terminología inaccesible para la mayoría de los ciudadanos o recurrir a imágenes que orientan la interpretación antes incluso de que aparezcan los datos.

Cada afirmación aislada puede ser técnicamente correcta.

Y, sin embargo, la conclusión general resultar profundamente engañosa.

La historia demuestra que el miedo constituye uno de los instrumentos de persuasión más poderosos.

No porque el peligro no exista.

Sino porque una persona preocupada tiende a aceptar con mayor facilidad aquello que, en circunstancias normales, examinaría con mayor espíritu crítico.

Por eso conviene distinguir cuidadosamente entre advertir y alarmar.

Entre informar y dramatizar.

Entre describir los hechos y construir una escenografía destinada a producir un determinado estado de ánimo.

El ensayo no invita al lector a desconfiar sistemáticamente de la Agencia Estatal de Meteorología ni de cualquier otra institución científica.

Invita a ejercer una actitud mucho más sencilla y mucho más antigua.

La de preguntar.

¿Estoy contemplando una previsión o una medición?

¿Ese récord se refiere a una estación concreta o a toda España?

¿Con qué período histórico se compara?

¿Por qué se han elegido esos colores y no otros?

¿Qué datos no aparecen en la noticia?

La ciencia no progresa mediante consignas.

Progresa gracias a las preguntas.

Y una sociedad verdaderamente libre tampoco se fortalece aceptando sin examen cuanto escucha.

Se fortalece cuando sus ciudadanos conservan la curiosidad intelectual, el gusto por contrastar los hechos y la sana costumbre de pensar por sí mismos.

Porque el pensamiento crítico no consiste en negar la realidad.

Consiste en negarse a aceptar como definitiva una versión de la realidad sin haber intentado comprenderla primero.

Si quieres saber más, sigue leyendo

Hace cuarenta o cincuenta años, el hombre del tiempo aparecía durante unos minutos al final del telediario.

Mostraba un mapa sencillo.

Decía dónde llovería, dónde soplaría el viento y qué temperaturas podían esperarse al día siguiente.

Terminaba el espacio y nadie volvía a pensar en él hasta la jornada siguiente.

Hoy sucede exactamente lo contrario.

El tiempo ha dejado de ser una información más para convertirse en uno de los grandes protagonistas de los informativos.

No se limita a informar.

Ocupa titulares.

Abre telediarios.

Interrumpe la programación.

Genera programas especiales.

Y, durante el verano, apenas transcurre un solo día sin que aparezcan expresiones como «calor extremo», «alerta roja», «riesgo muy alto», «temperaturas infernales», «episodio excepcional» o «emergencia climática».

Naturalmente, cuando existe un peligro real para las personas de mayor edad, para quienes padecen determinadas enfermedades o para quienes trabajan muchas horas bajo el sol, las administraciones tienen el deber de advertirlo.

Nadie discute eso.

Lo discutible comienza cuando la prudencia deja paso a la exageración.

Porque informar no consiste en asustar.

Informar consiste en describir la realidad con exactitud.

Y ahí es donde empiezan las preguntas.

¿Por qué los mapas aparecen cubiertos por colores que recuerdan la lava de un volcán?

¿Por qué casi toda España parece arder incluso cuando muchas estaciones meteorológicas registran temperaturas perfectamente habituales para finales de junio, julio o agosto?

¿Por qué las previsiones reciben una difusión extraordinaria y, cuando después no se cumplen, apenas se vuelve sobre ellas?

¿Por qué el dato observado queda oculto detrás del dato previsto?

¿Por qué una predicción ocupa la portada y una medición apenas merece unas líneas?

No se trata de negar que haga calor.

España siempre ha sido un país caluroso.

Basta leer las crónicas de viajeros, los periódicos antiguos o los registros meteorológicos para comprobar que en Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha, Murcia o el valle del Ebro se alcanzaban temperaturas superiores a los cuarenta grados mucho antes de que existieran Internet, los teléfonos móviles o las cumbres sobre el clima.

La cuestión es otra.

Mucho más importante.

¿Cómo se presenta esa información al ciudadano?

Porque una cifra nunca viaja sola.

La acompañan un titular.

Un color.

Una fotografía.

Un presentador con gesto preocupado.

Una música solemne.

Una sucesión de imágenes de incendios, abanicos, personas empapadas en sudor, perros jadeando, termómetros colocados al sol y calles desiertas a la hora de la siesta.

Nada de eso modifica la temperatura.

Pero sí modifica la impresión que recibe el espectador.

Y quien consigue dominar la impresión acaba influyendo sobre el juicio.

Los antiguos sabían que una mentira evidente suele descubrirse con facilidad.

Mucho más eficaz resulta seleccionar cuidadosamente los datos, omitir los que incomodan, exagerar unos aspectos, minimizar otros y envolverlo todo en un lenguaje técnico que pocos entienden.

Las medias verdades constituyen, desde hace siglos, una de las formas más eficaces de engaño.

No necesitan inventar la realidad.

Les basta con mostrar una parte de ella.

Eso ocurre con frecuencia cuando se confunden previsiones con observaciones, cuando se presentan como extraordinarias temperaturas que forman parte del clima habitual de muchas regiones españolas o cuando se utilizan escalas de colores diseñadas para producir un fuerte impacto emocional antes incluso de que el espectador haya leído una sola cifra.

Este ensayo no pretende demostrar que haga menos calor del que indican los termómetros.

Pretende responder a otra pregunta.

¿Hasta qué punto el ciudadano recibe información objetiva?

¿O recibe una realidad cuidadosamente presentada para que la contemple desde una determinada perspectiva?

Conviene formular estas preguntas.

Porque una sociedad libre no teme las preguntas.

Teme las respuestas que nadie permite discutir.

Capítulo I

Del observatorio meteorológico al plató de televisión

Durante siglos, la meteorología fue una ciencia eminentemente descriptiva.

Su misión consistía en observar la atmósfera, registrar los fenómenos naturales e intentar prever, con mayor o menor acierto, el tiempo de las horas o días siguientes.

El observador anotaba la temperatura, la presión atmosférica, la humedad, la dirección del viento o la cantidad de lluvia caída.

Los datos pasaban a formar parte de una larga serie histórica que permitía conocer el clima de cada lugar.

Aquella era una labor paciente y discreta.

No buscaba titulares.

Buscaba conocimiento.

Nadie esperaba que un parte meteorológico despertara emociones intensas.

Su utilidad residía precisamente en su sobriedad.

El agricultor decidía cuándo sembrar o cosechar.

El marinero valoraba si convenía hacerse a la mar.

El ganadero protegía el ganado ante la llegada de una tormenta.

El albañil sabía si debía aplazar determinados trabajos.

La información meteorológica prestaba un servicio.

No pretendía condicionar el estado de ánimo de toda una nación.

Hoy la situación resulta muy distinta.

La meteorología ocupa un lugar destacado en la información diaria.

No porque el tiempo haya dejado de ser importante, sino porque ha adquirido una dimensión política, económica y social que hace apenas unas décadas habría parecido inimaginable.

Ya no se habla únicamente del tiempo que hará mañana.

Se habla del clima dentro de treinta, cincuenta o cien años.

Se atribuyen al cambio climático fenómenos de muy diversa naturaleza.

Y cada episodio de calor intenso, de lluvias torrenciales o de sequía suele presentarse como una confirmación de una tesis previamente aceptada.

No se invita al ciudadano a reflexionar.

Con demasiada frecuencia se le invita a asentir.

Eso explica que el espacio dedicado al tiempo haya dejado de ser un sencillo boletín meteorológico para convertirse en un espectáculo cuidadosamente preparado.

Las imágenes se seleccionan con esmero.

Se buscan los lugares donde el termómetro marca la cifra más elevada.

Las cámaras enfocan el asfalto reverberando bajo el sol.

Los periodistas preguntan una y otra vez a quienes buscan refugio bajo una sombra o beben agua en una fuente pública.

Nada de ello es falso.

Pero tampoco constituye una descripción completa de la realidad.

A escasos kilómetros puede haber personas trabajando con absoluta normalidad, terrazas llenas o playas abarrotadas.

Esas imágenes apenas aparecen.

La televisión, como cualquier medio de información, selecciona.

Y toda selección supone dejar fuera una parte de la realidad.

Eso obliga al espectador a mantener una actitud crítica.

No basta con preguntarse si una imagen es auténtica.

También conviene preguntarse por qué se ha elegido precisamente esa imagen y no otra.

La diferencia resulta decisiva.

Una fotografía puede ser completamente verdadera y, al mismo tiempo, ofrecer una impresión profundamente equivocada cuando se presenta aislada de todo contexto.

Lo mismo sucede con las cifras.

Una temperatura de cuarenta y dos grados en el valle del Guadalquivir durante la segunda quincena de julio constituye un dato perfectamente posible.

La cuestión consiste en averiguar si ese registro representa una excepción histórica o forma parte de lo que viene sucediendo desde hace generaciones.

Sin esa comparación, el número pierde buena parte de su significado.

La estadística adquiere sentido cuando permite comparar.

No cuando se limita a impresionar.

El buen científico procura eliminar todo aquello que pueda alterar el juicio del observador.

El buen propagandista hace exactamente lo contrario.

No intenta que el ciudadano piense.

Procura que reaccione.

Y la emoción siempre llega antes que el razonamiento.

Por eso las imágenes, los colores, la música y las palabras poseen tanta importancia.

No modifican la realidad.

Modifican la forma en que el ser humano la contempla.

Ésa constituye una de las lecciones más antiguas de la retórica.

Y también una de las más actuales.

Antes de aceptar cualquier mensaje conviene formular una pregunta muy sencilla.

¿Estoy contemplando los hechos… o la manera en que alguien ha decidido presentármelos?

La respuesta, con frecuencia, marca toda la diferencia.

Capítulo II

Los mapas también hablan

Existe una idea muy extendida según la cual los mapas son objetivos.

Nada más lejos de la realidad.

Un mapa siempre constituye una representación de la realidad, nunca la realidad misma.

Quien lo elabora decide qué información aparece y cuál desaparece.

Decide la escala.

Decide los límites.

Decide el tamaño de las letras.

Decide qué elementos destacan y cuáles pasan inadvertidos.

Y, sobre todo, decide los colores.

Pensemos por un momento en un mapa político de Europa.

Podría representarse utilizando una gama de azules.

O de verdes.

O de tonos grises.

La información seguiría siendo exactamente la misma.

Sin embargo, la impresión visual cambiaría por completo.

Lo mismo sucede con los mapas meteorológicos.

Nadie discute que resulte útil distinguir mediante colores las diferentes temperaturas.

La cuestión consiste en preguntarse por qué se escoge una determinada escala cromática y no otra.

Porque esa elección nunca es indiferente.

Desde hace muchos años, la psicología experimental demuestra que los colores provocan respuestas emocionales diferentes.

El rojo llama la atención.

Se asocia al peligro.

Al fuego.

A la sangre.

A la prohibición.

A la urgencia.

El amarillo invita a la prudencia.

El verde transmite tranquilidad.

El azul suele asociarse con serenidad y seguridad.

No se trata de opiniones.

Se trata de conocimientos utilizados desde hace décadas por diseñadores gráficos, publicistas, fabricantes de señales de tráfico y especialistas en comunicación.

Resulta inevitable, por tanto, preguntarse por qué los mapas meteorológicos actuales recurren con tanta frecuencia a gamas cromáticas que recuerdan un metal al rojo vivo o la lava de un volcán.

Hace apenas unas décadas, una temperatura de treinta y ocho grados aparecía representada mediante un rojo moderado o un naranja intenso.

Hoy no resulta extraño encontrar colores granates, violáceos o casi negros para representar temperaturas propias del verano español.

El dato apenas cambia.

La impresión visual cambia radicalmente.

El espectador contempla el mapa durante apenas unos segundos.

No suele detenerse a leer cada cifra.

Su cerebro recibe primero una impresión general.

Después llegan los números.

La primera impresión suele permanecer.

Ésa es precisamente la razón por la que la cartografía temática dedica tanta atención al estudio del color.

No basta con que un mapa sea correcto desde el punto de vista técnico.

También debe evitar inducir interpretaciones que los propios datos no justifican.

Imaginemos dos mapas idénticos.

En ambos aparece una temperatura máxima de cuarenta grados.

En el primero se utiliza una escala progresiva de amarillos, naranjas y rojos suaves.

En el segundo predominan los tonos escarlata, granate y púrpura oscuro.

Los datos son exactamente los mismos.

Sin embargo, la reacción emocional del observador difícilmente será igual.

Un mapa informa.

Pero también sugiere.

Y esa sugerencia comienza mucho antes de que el ciudadano lea una sola cifra.

Naturalmente, cada organismo es libre de escoger el diseño gráfico que considere más adecuado.

Lo mismo ocurre con las cadenas de televisión cuando elaboran sus propios mapas.

Lo discutible no es la libertad para elegir una determinada presentación.

Lo discutible consiste en presentar esa elección como si careciera de importancia.

La tiene.

Y mucha.

Basta recordar cómo se representan otros fenómenos.

Un mapa de densidad de población rara vez utiliza colores que recuerden una explosión nuclear.

Un mapa de producción agrícola no suele parecer un incendio forestal.

Un mapa de carreteras no pretende producir inquietud.

Entonces surge una pregunta inevitable.

¿Por qué precisamente los mapas relativos al calor utilizan con tanta frecuencia colores que evocan combustión, incendio o lava volcánica?

Quizá exista una explicación puramente técnica.

Quizá responda únicamente a criterios estéticos.

O quizá se haya considerado que esos colores permiten transmitir con mayor intensidad la gravedad de determinadas situaciones.

En cualquiera de los casos, el ciudadano tiene derecho a conocer los criterios empleados para elaborar esas representaciones.

Porque la transparencia nunca perjudica a una institución pública.

La fortalece.

Un sencillo experimento

Existe una forma muy fácil de comprobar hasta qué punto influye el aspecto de un mapa.

Tomemos una misma distribución de temperaturas.

Representémosla utilizando tres escalas cromáticas distintas.

La primera, con colores suaves.

La segunda, con los tonos empleados habitualmente hace treinta o cuarenta años.

La tercera, con los colores utilizados hoy por muchas cadenas de televisión durante las olas de calor.

Después mostremos los tres mapas a un centenar de personas, sin indicar las temperaturas.

Muy probablemente, la inmensa mayoría afirmará que el tercer mapa representa una situación mucho más grave.

Sin embargo, los datos serán exactamente los mismos.

Habrá cambiado únicamente la forma de presentarlos.

Y ahí reside una de las enseñanzas fundamentales de este ensayo.

Las personas no reaccionan solamente ante los hechos.

Reaccionan también ante la manera en que esos hechos se presentan.

Olvidar esa diferencia constituye uno de los errores más frecuentes de nuestro tiempo.

Y quizá también uno de los más rentables para quienes pretenden influir sobre la opinión pública sin necesidad de alterar un solo dato.

Predicciones, mediciones y registros históricos: tres realidades distintas

Uno de los errores más frecuentes al hablar del tiempo consiste en utilizar como sinónimos palabras que significan cosas muy diferentes.

Predicción.

Medición.

Registro histórico.

No son lo mismo.

Y confundirlas conduce a conclusiones equivocadas.

Comencemos por la predicción.

Cuando la Agencia Estatal de Meteorología anuncia que mañana se alcanzarán cuarenta y un grados en una determinada comarca, no está describiendo un hecho ocurrido.

Está formulando una previsión basada en modelos matemáticos, observaciones realizadas en miles de estaciones, imágenes obtenidas por satélite, globos sonda, radares y una enorme cantidad de cálculos efectuados por ordenadores de gran potencia.

Nadie espera que semejante tarea resulte infalible.

La atmósfera constituye uno de los sistemas físicos más complejos que existen.

Pequeñas variaciones pueden modificar el resultado final.

Precisamente por eso una predicción nunca debe confundirse con un dato observado.

Una cosa es lo que probablemente ocurrirá.

Otra muy distinta, lo que finalmente ha ocurrido.

Sin embargo, no resulta raro comprobar cómo muchos titulares convierten una previsión en una certeza.

«España alcanzará cuarenta y cuatro grados.»

«La ciudad X sufrirá temperaturas históricas.»

«La provincia Y vivirá el día más caluroso del verano.»

Horas después, cuando las temperaturas reales quedan uno o dos grados por debajo de lo anunciado, la noticia apenas merece atención.

No suele publicarse con el mismo relieve que recibió la previsión inicial.

Y, sin embargo, desde el punto de vista periodístico, la noticia verdadera debería ser precisamente la que describe lo sucedido, no lo que podía haber sucedido.

Otro aspecto merece atención.

Las temperaturas no se registran en cualquier lugar.

Las estaciones meteorológicas deben cumplir requisitos muy estrictos.

La altura del termómetro.

La distancia respecto de edificios.

La existencia de superficies asfaltadas.

La vegetación circundante.

La ventilación.

La exposición al sol.

Todo ello influye sobre la temperatura registrada.

Basta desplazar un termómetro unos metros para obtener diferencias apreciables.

Por esa razón los meteorólogos dedican tanto esfuerzo a normalizar las condiciones de medida.

De otro modo, comparar unas estaciones con otras carecería de sentido.

Pero incluso cumpliéndose todas esas condiciones aparece una nueva dificultad.

España posee miles de kilómetros cuadrados.

No existe una estación meteorológica en cada pueblo ni mucho menos en cada calle.

Los mapas de temperatura se elaboran interpolando datos procedentes de estaciones separadas, en ocasiones, por decenas de kilómetros.

Eso significa que muchas de las temperaturas representadas sobre el mapa no han sido medidas directamente en ese punto.

Han sido calculadas mediante procedimientos estadísticos perfectamente conocidos por la ciencia.

No hay nada censurable en ello.

Al contrario.

Sin esas técnicas resultaría imposible elaborar un mapa nacional.

Lo importante consiste en que el ciudadano comprenda qué está contemplando.

Un mapa continuo no significa que existan millones de termómetros repartidos por toda España.

Significa que un modelo matemático estima cuál puede ser la temperatura entre unas estaciones y otras.

La diferencia no es pequeña.

Es fundamental.

Existe todavía una tercera cuestión.

Los registros históricos.

Cuando alguien afirma que «éste ha sido el junio más caluroso de la historia», conviene formular inmediatamente varias preguntas.

¿De qué historia hablamos?

¿Desde cuándo existen mediciones homogéneas en esa estación?

¿Se utiliza exactamente el mismo emplazamiento?

¿Se emplea el mismo instrumental?

¿Se comparan períodos equivalentes?

¿Se refiere esa afirmación a una ciudad, a una provincia o al conjunto de España?

Porque la palabra «historia» puede abarcar un siglo…

…o apenas veinte años.

Y la diferencia resulta enorme.

No todas las estaciones meteorológicas poseen la misma antigüedad.

Muchas comenzaron a funcionar hace pocas décadas.

Otras fueron trasladadas de lugar.

Algunas cambiaron el entorno que las rodeaba debido al crecimiento urbano.

Un observatorio situado hace cincuenta años en las afueras de una ciudad puede encontrarse hoy rodeado de edificios, carreteras y grandes superficies asfaltadas.

Ese fenómeno, conocido por los climatólogos desde hace mucho tiempo, recibe el nombre de «isla de calor urbana».

Las ciudades acumulan calor con mucha mayor facilidad que el campo.

El hormigón, el ladrillo y el asfalto almacenan energía durante el día y la liberan lentamente durante la noche.

La circulación de vehículos, los aparatos de aire acondicionado y la actividad industrial también contribuyen a elevar la temperatura del entorno inmediato.

Por esa razón comparar registros obtenidos en lugares cuyo entorno ha cambiado profundamente exige una enorme prudencia.

No basta con colocar dos cifras una al lado de la otra.

Es necesario conocer cómo se obtuvieron.

La ciencia avanza precisamente gracias a ese espíritu crítico.

No acepta afirmaciones porque resulten llamativas.

Las acepta cuando pueden comprobarse.

Ésa constituye una diferencia esencial entre la investigación científica y la propaganda.

La primera intenta descubrir cómo son realmente las cosas.

La segunda intenta convencer.

Aunque para lograrlo deba simplificar una realidad mucho más compleja.

Por eso el ciudadano debería acostumbrarse a formular algunas preguntas cada vez que escuche un gran titular meteorológico.

¿Se trata de una previsión o de una medición?

¿Corresponde a una estación concreta o a una estimación elaborada mediante modelos matemáticos?

¿Se compara con toda la serie histórica disponible o únicamente con un período limitado?

¿Ha cambiado el emplazamiento del observatorio?

¿Existe algún efecto derivado del crecimiento urbano?

Responder a esas preguntas no exige ser meteorólogo.

Exige únicamente ejercer una sana costumbre que nunca debería perder una sociedad libre.

La costumbre de preguntar antes de aceptar como definitiva cualquier afirmación.

Capítulo IV

Las ciudades también producen calor

Cuando se habla del aumento de las temperaturas suele darse por supuesto que el único responsable es la atmósfera.

Sin embargo, existe otro factor mucho más próximo al ciudadano.

Las propias ciudades.

Una gran ciudad no constituye un paisaje natural.

Está formada por millones de metros cuadrados de asfalto, hormigón, ladrillo, acero, cristal y otros materiales que absorben la radiación solar durante el día y desprenden lentamente ese calor al caer la tarde.

A ello se añade la circulación de cientos de miles de vehículos.

Los sistemas de calefacción durante el invierno.

Los aparatos de aire acondicionado durante el verano.

La actividad industrial.

El alumbrado público.

El metro.

Los ferrocarriles.

Los aeropuertos.

Los puertos.

Los centros comerciales.

Los edificios de oficinas.

Los hospitales.

Los hoteles.

Todo ello genera calor.

Mucho calor.

Sería sorprendente que semejante concentración de actividad humana no modificara, siquiera ligeramente, la temperatura del aire que respiramos.

Eso explica que, desde hace muchos años, los climatólogos hablen del fenómeno conocido como «isla de calor urbana».

No se trata de una hipótesis.

Ni de una opinión.

Se trata de un fenómeno físico observado en miles de ciudades de todo el mundo.

Basta abandonar el centro de una gran ciudad durante una noche de verano y dirigirse hacia una zona agrícola o forestal situada a pocos kilómetros para comprobar que la temperatura puede descender varios grados.

Los agricultores lo saben desde hace generaciones.

También quienes viven en pequeños pueblos rodeados de campo.

Las noches suelen resultar más frescas que en las grandes capitales.

No porque el cielo sea diferente.

Sino porque el suelo también cuenta.

Durante siglos las ciudades españolas crecieron lentamente.

Las diferencias entre el casco urbano y el campo existían, pero resultaban relativamente reducidas.

El último medio siglo ha transformado completamente esa situación.

Madrid ha multiplicado varias veces su superficie edificada.

Barcelona apenas conserva espacios libres en su área metropolitana.

Valencia, Sevilla, Zaragoza, Málaga, Murcia, Valladolid o Palma presentan extensas zonas cubiertas de asfalto y hormigón que hace apenas unas décadas eran huertas, olivares, viñedos o campos de cultivo.

No parece razonable pensar que semejante transformación carezca de consecuencias térmicas.

De hecho, numerosos urbanistas estudian actualmente cómo reducir ese efecto.

Plantar árboles.

Crear parques.

Utilizar pavimentos menos absorbentes.

Cubrir edificios con vegetación.

Recuperar cursos de agua.

Favorecer la ventilación natural.

Todas esas medidas persiguen un mismo objetivo.

Disminuir la temperatura del entorno urbano.

Si las administraciones consideran útil adoptar esas medidas, implícitamente están reconociendo que el diseño de una ciudad influye sobre su temperatura.

Entonces surge una cuestión interesante.

Cuando una estación meteorológica permanece durante décadas en un lugar cuyo entorno ha cambiado profundamente, ¿hasta qué punto ese cambio influye sobre las temperaturas registradas?

La pregunta resulta completamente legítima.

Imaginemos una estación instalada en 1965 en las afueras de una ciudad.

A su alrededor había entonces campos de cultivo.

Un camino de tierra.

Algunos árboles.

Escasa circulación.

Sesenta años después, esa misma estación puede encontrarse rodeada de edificios de diez plantas, avenidas con intenso tráfico, aparcamientos asfaltados y centros comerciales.

El termómetro sigue siendo el mismo.

La atmósfera también.

Pero el paisaje ha cambiado por completo.

¿No merece la pena estudiar cuidadosamente cuánto corresponde al clima y cuánto al crecimiento urbano?

Responder a esa pregunta exige investigaciones rigurosas.

No basta con afirmaciones categóricas.

Ni en un sentido ni en otro.

La ciencia avanza precisamente así.

Planteando preguntas.

Comprobando hipótesis.

Repitiendo observaciones.

Corrigiendo errores.

Desconfiando de las respuestas demasiado sencillas.

Porque la naturaleza casi nunca resulta sencilla.

Sin embargo, cuando el asunto llega a los informativos, toda esa complejidad suele desaparecer.

Se habla de una temperatura.

De un récord.

De una media.

Y el espectador recibe la impresión de que la cuestión carece de discusión.

La realidad es bastante más rica.

Y mucho más interesante.

Los meteorólogos conocen perfectamente la existencia de las islas de calor urbanas.

Los urbanistas también.

Los arquitectos.

Los ingenieros.

Los especialistas en ordenación del territorio.

Todos ellos estudian desde hace años cómo reducir ese efecto.

Resulta llamativo que, fuera de esos ámbitos, apenas se mencione cuando se habla de temperaturas récord.

No porque explique todos los cambios observados.

Sería absurdo sostener semejante cosa.

Pero tampoco parece razonable ignorarlo.

La ciencia no progresa eliminando variables incómodas.

Progresa incorporándolas al análisis.

Y quizá ahí resida una de las principales diferencias entre quien desea comprender la realidad y quien únicamente pretende confirmar una idea previamente aceptada.

El primero busca todas las piezas del rompecabezas.

El segundo se conforma con aquellas que encajan en la imagen que ya tenía formada.

Ése constituye un riesgo permanente para cualquier disciplina científica.

También para la meteorología.

Y, sobre todo, para quienes transforman la ciencia en un titular de treinta segundos.

Capítulo V

Cuando la noticia deja de informar para intentar impresionar

El periodismo nació para contar lo que ocurría.

No para provocar emociones.

No para orientar el pensamiento del lector.

No para indicarle qué debía sentir.

Su misión consistía en responder, con la mayor fidelidad posible, a unas preguntas muy sencillas.

¿Qué ha ocurrido?

¿Dónde?

¿Cuándo?

¿Cómo?

¿Por qué?

¿Quiénes han intervenido?

Todo lo demás pertenecía al terreno de la opinión.

Esa frontera, durante mucho tiempo, permaneció razonablemente clara.

El lector sabía cuándo estaba leyendo una noticia y cuándo se encontraba ante un editorial.

Hoy esa diferencia resulta mucho más difícil de apreciar.

La opinión invade la información.

Y la información aparece presentada de tal manera que el ciudadano apenas necesita formarse un juicio propio.

El juicio ya viene incorporado.

No suele aparecer de forma explícita.

Sería demasiado evidente.

Se introduce mediante procedimientos mucho más eficaces.

El orden de las noticias.

Las palabras escogidas.

Las imágenes.

Los silencios.

La repetición.

La música.

La duración de cada reportaje.

Los testimonios seleccionados.

Incluso la expresión del presentador.

Nada de ello resulta casual.

Todo comunica.

Y precisamente porque comunica conviene analizarlo.

Imaginemos dos formas distintas de presentar una misma noticia.

Primera posibilidad.

«Las temperaturas alcanzarán hoy entre treinta y ocho y cuarenta grados en buena parte del valle del Guadalquivir. Las autoridades sanitarias recomiendan evitar esfuerzos físicos durante las horas centrales del día, beber agua con frecuencia y prestar especial atención a las personas de edad avanzada, a los enfermos crónicos y a los niños pequeños.»

La información queda completa.

El ciudadano conoce el riesgo.

Sabe cómo actuar.

No necesita nada más.

Segunda posibilidad.

«España se enfrenta a un episodio extremo de calor sin precedentes. Las autoridades mantienen la alerta mientras los expertos advierten de temperaturas abrasadoras. El país entero se encuentra bajo una cúpula de fuego.»

Mientras el presentador pronuncia esas palabras aparecen imágenes de incendios forestales.

Un termómetro situado al sol marca cuarenta y siete grados.

Una anciana se abanica.

Un niño corre hacia una fuente.

Una carretera parece derretirse.

Las cámaras buscan el lugar más caluroso de toda España.

Después enlazan con otro punto donde un incendio obliga a desalojar varias viviendas.

Las dos noticias contienen datos verdaderos.

Sin embargo, producen impresiones completamente distintas.

La primera informa.

La segunda intenta provocar una reacción emocional.

La diferencia no reside en la temperatura.

Reside en la forma de contarla.

Ese procedimiento no pertenece exclusivamente a la información meteorológica.

Puede observarse en casi cualquier asunto.

Cuando se informa sobre delincuencia, rara vez se recuerda que millones de personas desarrollan su vida diaria sin sufrir ningún delito.

Cuando se habla de accidentes de aviación, apenas se menciona que el avión continúa siendo uno de los medios de transporte más seguros del mundo.

Cuando se informa sobre una enfermedad, no siempre se explica cuál es el riesgo real para una persona concreta.

La excepción ocupa el lugar de la regla.

Y la impresión termina sustituyendo a la proporción.

No se trata de ocultar los problemas.

Todo lo contrario.

Se trata de describirlos con la dimensión que realmente poseen.

Porque exagerar también constituye una forma de deformar la realidad.

Tan equivocada resulta la minimización como la exageración.

Ambas alejan al ciudadano de los hechos.

Existe además otro fenómeno digno de atención.

La repetición.

Un mensaje escuchado una sola vez apenas deja huella.

Escuchado veinte veces al día adquiere una apariencia de verdad indiscutible.

La publicidad conoce perfectamente ese mecanismo.

También la propaganda.

Joseph Goebbels solía afirmar que una mentira repetida mil veces termina pareciendo una verdad.

La frase se cita con frecuencia.

Mucho menos se recuerda que el procedimiento funciona igualmente con las medias verdades.

No hace falta inventar nada.

Basta repetir siempre los mismos datos.

Mostrar siempre las mismas imágenes.

Entrevistar siempre a las mismas personas.

Callar sistemáticamente aquello que introduce matices.

El resultado aparece ante nuestros ojos sin necesidad de recurrir a la censura.

El ciudadano cree haber contemplado toda la realidad.

En realidad sólo ha visto la parte que alguien decidió colocar delante de la cámara.

No se trata de una conspiración.

No hace falta imaginar reuniones secretas ni planes ocultos.

Basta comprender cómo funcionan los medios de información modernos.

El tiempo disponible es limitado.

Cada redacción selecciona.

Resume.

Jerarquiza.

Decide qué ocupa el primer minuto del informativo y qué desaparece por completo.

Ahí reside uno de los mayores poderes del periodismo.

No tanto en decir cosas falsas.

Sino en decidir qué merece ser contado y qué deja de existir para millones de espectadores.

Por eso un ciudadano libre debería adquirir una costumbre tan sencilla como saludable.

Preguntarse siempre qué información falta.

Porque aquello que no se cuenta también forma parte de la noticia.

Y, en ocasiones, resulta incluso más revelador que lo que aparece en la pantalla.

Capítulo VI

El miedo como instrumento de persuasión

` Pocas emociones poseen tanta fuerza como el miedo.

El hambre obliga a buscar alimento.

La sed impulsa a buscar agua.

El sueño reclama descanso.

Pero el miedo consigue algo que ninguna otra emoción logra con tanta facilidad.

Suspender el juicio.

Cuando una persona cree encontrarse ante un peligro inminente, deja de analizar muchos detalles.

Su atención se concentra exclusivamente en aquello que considera una amenaza.

Se trata de un mecanismo de supervivencia tan antiguo como la propia especie humana.

Nuestros antepasados no disponían de mucho tiempo para deliberar cuando un depredador aparecía entre la maleza.

Quien dudaba demasiado tenía menos probabilidades de sobrevivir.

Por eso nuestro cerebro continúa reaccionando con enorme rapidez ante cualquier señal de peligro.

La evolución nos ha legado ese mecanismo.

Y sigue funcionando.

Lo saben los psicólogos.

Lo saben los publicistas.

Lo saben los vendedores.

Lo saben los estrategas militares.

Y también quienes desean influir sobre la opinión pública.

No hace falta engañar.

Basta con mantener al ciudadano en un estado de preocupación casi permanente.

Porque una persona preocupada acepta con mayor facilidad aquello que, en circunstancias normales, examinaría con mayor espíritu crítico.

No constituye una idea nueva.

Los gobernantes de la Antigüedad ya conocían ese recurso.

Los emperadores romanos lo utilizaron.

Los príncipes del Renacimiento también.

Las guerras, las epidemias y las grandes crisis económicas han servido con frecuencia para ampliar poderes extraordinarios que, una vez desaparecido el peligro, raras veces se devolvían íntegramente.

La historia ofrece innumerables ejemplos.

No significa que todos los peligros sean imaginarios.

Sería una conclusión absurda.

Las guerras existen.

Las epidemias existen.

Las inundaciones existen.

Las sequías existen.

Las olas de calor existen.

También existen los incendios forestales.

El problema no reside en la existencia del peligro.

Reside en la forma de presentarlo.

Un ciudadano bien informado distingue entre un riesgo probable y una catástrofe inevitable.

Sabe que no toda tormenta provoca una inundación.

Que no toda infección termina en una epidemia.

Que no toda ola de calor produce una tragedia nacional.

Y precisamente por eso conserva la serenidad.

La serenidad constituye una magnífica aliada del juicio.

El miedo, por el contrario, suele convertirse en su peor enemigo.

Cuando el temor ocupa el primer plano, las preguntas desaparecen.

Se acepta con facilidad aquello que promete seguridad.

Aunque esa seguridad resulte solamente aparente.

No se trata de un fenómeno exclusivo de nuestro tiempo.

Durante siglos se recurrió al miedo para obtener obediencia.

Cambiaban los argumentos.

No el procedimiento.

En unas épocas el peligro procedía de invasores extranjeros.

En otras, de herejes.

En otras, de conspiraciones.

Hoy adopta formas diferentes.

Pero el mecanismo psicológico continúa siendo el mismo.

Primero se destaca el peligro.

Después se insiste en su gravedad.

A continuación se repite el mensaje.

Finalmente se presenta una solución que aparece como inevitable.

No siempre existe mala fe.

En muchas ocasiones basta con que periodistas, responsables políticos o expertos compartan una misma manera de interpretar los hechos.

Cada uno actúa convencido de cumplir con su deber.

Y, sin embargo, el resultado puede terminar siendo idéntico.

El ciudadano recibe diariamente una sucesión de mensajes orientados en una única dirección.

No porque alguien los haya coordinado necesariamente.

Sino porque todos parten de presupuestos semejantes.

Ése constituye uno de los fenómenos más interesantes de las sociedades modernas.

Las personas tienden a reunirse con quienes piensan de forma parecida.

Leen autores semejantes.

Acuden a los mismos congresos.

Frecuentan idénticos ambientes profesionales.

Terminan utilizando las mismas expresiones.

Repiten los mismos argumentos.

Y, poco a poco, llegan a considerar que cualquier discrepancia carece de fundamento.

No hace falta prohibir el debate.

Basta con dejar de practicarlo.

Por eso resulta tan importante conservar el espíritu crítico.

No para desconfiar sistemáticamente de todo.

Sería una actitud tan irracional como la credulidad absoluta.

Sino para mantener viva una costumbre que hizo posible el nacimiento de la ciencia moderna.

La costumbre de preguntar.

¿Qué sabemos con certeza?

¿Qué constituye una hipótesis?

¿Qué ignoramos todavía?

¿Qué datos apoyan una afirmación?

¿Qué datos podrían ponerla en duda?

Quien se formula esas preguntas difícilmente caerá en el fanatismo.

Porque la ciencia no progresa eliminando las preguntas incómodas.

Progresa precisamente gracias a ellas.

Tal vez ésa sea la mayor diferencia entre el investigador y el propagandista.

El primero disfruta cuando encuentra una prueba que corrige sus propias ideas.

El segundo únicamente busca pruebas que las confirmen.

Y, cuando esa actitud se extiende por los medios de información, las universidades, la enseñanza o la política, el empobrecimiento intelectual de una sociedad comienza a resultar inevitable.

No de un día para otro.

Sino lentamente.

Casi siempre de forma imperceptible.

Hasta que llega un momento en que formular una simple pregunta parece un acto de rebeldía.

Y ninguna sociedad verdaderamente libre debería llegar jamás a ese extremo.

Epílogo

El termómetro no miente; quienes pueden equivocarse son quienes interpretan sus datos

Al concluir estas páginas conviene volver al principio.

Este ensayo nunca ha pretendido demostrar que en España no haga calor.

Ni negar la existencia de olas de calor.

Ni discutir que determinadas situaciones puedan entrañar un riesgo para las personas de mayor edad, los enfermos o quienes trabajan muchas horas a la intemperie.

Negar lo evidente carecería de sentido.

El verano español siempre ha sido duro.

Lo era cuando los romanos construían calzadas.

Lo era cuando los árabes perfeccionaban los sistemas de riego.

Lo era cuando los cronistas de los Austrias describían cosechas arruinadas por la sequía.

Y lo era cuando nuestros abuelos dormían con las ventanas abiertas porque el aire acondicionado todavía no existía.

Los termómetros no tienen ideología.

No pertenecen a ningún partido.

No votan.

No escriben editoriales.

No comparecen ante las cámaras de televisión.

Se limitan a registrar una temperatura.

Nada más.

El problema comienza cuando ese dato abandona el observatorio meteorológico.

A partir de ese momento intervienen muchas decisiones humanas.

Qué cifras se destacan.

Cuáles se silencian.

Con qué años se comparan.

Qué imágenes acompañan la noticia.

Qué palabras emplea el presentador.

Qué colores aparecen en el mapa.

Qué fotografía ocupa la portada.

Qué titulares abrirán los informativos.

Cada una de esas decisiones, considerada aisladamente, puede parecer insignificante.

Sin embargo, todas juntas terminan construyendo una determinada impresión de la realidad.

Y esa impresión, repetida día tras día, acaba influyendo sobre la forma en que millones de personas contemplan el mundo.

No hace falta falsificar los datos.

Resulta mucho más eficaz seleccionar cuidadosamente cuáles se muestran y cuáles permanecen ocultos.

No hace falta inventar una temperatura inexistente.

Basta presentar una previsión como si fuera una certeza.

No hace falta modificar un solo registro meteorológico.

Puede bastar con compararlo con un período de referencia determinado y omitir otros igualmente válidos.

No hace falta pronunciar una sola mentira.

Las medias verdades suelen producir resultados mucho más eficaces.

Porque conservan la apariencia de objetividad.

Y precisamente por eso resultan más difíciles de descubrir.

Conviene recordar una enseñanza tan antigua como la propia ciencia.

Un dato aislado apenas significa nada.

Todo dato necesita contexto.

Necesita comparación.

Necesita explicación.

Una temperatura de cuarenta y dos grados puede constituir un hecho extraordinario en una localidad del norte de Europa y resultar relativamente habitual en determinadas comarcas del valle del Guadalquivir.

La cifra es idéntica.

Su significado no.

Lo mismo ocurre con las lluvias.

Con las sequías.

Con los incendios.

Con cualquier fenómeno natural.

Las cifras adquieren sentido únicamente cuando se insertan dentro de una serie histórica amplia y se analizan con el rigor que exige cualquier investigación seria.

La ciencia nunca ha progresado gracias a la obediencia.

Ha progresado gracias a la duda.

Gracias a quienes se atrevieron a preguntar.

A quienes comprobaron los experimentos de sus maestros.

A quienes repitieron las observaciones.

A quienes descubrieron errores aceptados durante generaciones.

Ésa constituye la verdadera grandeza del conocimiento científico.

No exige creer.

Exige comprobar.

Por esa razón, la actitud más científica no consiste en aceptar sin examen cuanto afirme una autoridad, por prestigiosa que sea.

Consiste en estudiar las pruebas, contrastarlas con otras fuentes y mantener la disposición a rectificar cuando aparecen nuevos datos.

Ese principio vale para la astronomía.

Para la medicina.

Para la física.

Para la economía.

Y también para la meteorología.

Las instituciones públicas merecen respeto.

Pero el respeto nunca debe confundirse con la aceptación incondicional.

Su mejor defensa no reside en pedir confianza ciega.

Reside en ofrecer transparencia.

En explicar con claridad cómo se obtienen los datos.

Cómo se elaboran las previsiones.

Qué márgenes de error existen.

Qué incertidumbres permanecen abiertas.

Cuanto mayor sea esa transparencia, mayor será también la confianza de los ciudadanos.

Algo parecido cabe decir de los medios de información.

Su misión no consiste en impresionar.

Ni en asustar.

Ni en tranquilizar.

Su obligación consiste en informar.

Y hacerlo de tal manera que el ciudadano disponga de todos los elementos necesarios para formarse un juicio propio.

El buen periodismo no entrega conclusiones acabadas.

Entrega hechos.

Contexto.

Antecedentes.

Comparaciones.

Explicaciones.

Después deja que el lector piense.

Ésa es, probablemente, la mayor muestra de respeto hacia su inteligencia.

Durante siglos, los agricultores aprendieron a observar el cielo antes de decidir cuándo sembrar.

Los marineros estudiaban el viento, las nubes y el estado de la mar antes de hacerse a la navegación.

No despreciaban el conocimiento.

Al contrario.

Lo buscaban constantemente.

Pero nunca renunciaban a contrastarlo con la realidad que tenían delante de sus ojos.

Quizá haya llegado el momento de recuperar esa vieja costumbre.

Escuchemos a los meteorólogos.

Consultemos las previsiones.

Aprovechemos los extraordinarios avances de la ciencia.

Pero conservemos siempre el derecho —y también el deber— de comparar lo anunciado con lo observado.

Preguntemos.

Leamos.

Contrastemos.

Desconfiemos tanto del alarmismo como de la frivolidad.

Porque ambos deforman la realidad.

Y la realidad, aunque a veces resulte incómoda, continúa siendo infinitamente más interesante que cualquier caricatura de ella.

Al fin y al cabo, una sociedad verdaderamente libre no se distingue porque todos piensen igual.

Se distingue porque nadie teme formular una pregunta razonable.

Mientras esa libertad permanezca viva, también lo estará la ciencia.

Y con ella, la mejor herramienta de que dispone el ser humano para acercarse, paso a paso, a la verdad.

APÉNDICE I

Cuando el calor no era noticia de portada

Existe una curiosa impresión, ampliamente difundida, según la cual los veranos extremadamente calurosos constituyen un fenómeno casi exclusivo de las últimas décadas.

Sin embargo, basta acudir a las hemerotecas, a los archivos meteorológicos y a la literatura para comprobar que España ha conocido episodios de calor extraordinario mucho antes de que el cambio climático ocupara el centro del debate público.

Los periódicos del siglo XIX recogen frecuentes noticias sobre sequías prolongadas, cosechas arruinadas, incendios forestales, mortalidad del ganado y temperaturas sofocantes.

Los observatorios meteorológicos españoles comenzaron a realizar mediciones instrumentales hace más de dos siglos, y hoy sabemos que ya existen series recuperadas desde finales del siglo XVIII y comienzos del XIX.

Durante el siglo XX tampoco faltaron veranos memorables.

Los años 1928, 1945, 1950, 1976, 1981, 1994 o 1995, entre otros, dejaron numerosos registros de temperaturas excepcionalmente elevadas en distintas regiones españolas, acompañados de sequías, incendios y restricciones de agua en numerosas poblaciones.

En aquellos años nadie hablaba de «emergencia climática».

Se hablaba, sencillamente, de un verano extraordinariamente caluroso.

Eso no significa que el clima no pueda cambiar.

Significa únicamente que el calor intenso forma parte de la historia climática de España y no constituye un fenómeno desconocido para generaciones anteriores.

Precisamente por eso cualquier comparación exige recurrir a series históricas largas y homogéneas.

La climatología no puede construirse sobre la memoria de los últimos diez o quince años.

Necesita décadas.

Y, cuando resulta posible, siglos.

Las conclusiones apresuradas suelen ser malas consejeras.

La historia climática enseña precisamente lo contrario.

Que la naturaleza posee una enorme variabilidad.

Y que sólo una observación prolongada permite distinguir una tendencia de una simple oscilación.

APÉNDICE II

Un sencillo ejercicio para cualquier ciudadano

Este ensayo no pide al lector que acepte ninguna conclusión porque aparezca escrita en estas páginas.

Le propone algo mucho más sencillo.

Comprobar.

Durante una semana cualquiera del verano puede realizar el siguiente experimento.

Cada mañana anote la temperatura máxima prevista para su localidad por la Agencia Estatal de Meteorología.

Al finalizar el día consulte la temperatura máxima realmente registrada por la estación oficial más próxima, disponible en los datos abiertos de la propia Agencia Estatal de Meteorología.

Después observe cómo han presentado esa misma jornada varios informativos de televisión.

Anote:

  • Temperatura prevista.
  • Temperatura realmente registrada.
  • Titular empleado.
  • Color predominante del mapa.
  • Expresiones utilizadas por el presentador.

Al cabo de siete o diez días dispondrá de información suficiente para extraer sus propias conclusiones.

Quizá descubra que las diferencias son pequeñas.

Quizá no.

Pero esas conclusiones serán suyas.

No las habrá recibido elaboradas.

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