LEÓN XIV EN ESPAÑA: ENTRE LA ESCUELA DE SALAMANCA Y EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA
¿Estamos ante un Papa que pretende iluminar el mundo desde la doctrina cristiana o ante un pontificado que corre el riesgo de dejarse iluminar por las modas ideológicas actuales?
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores con prisas
La visita de León XIV a España ha provocado más preguntas que respuestas.
Y probablemente ésa sea la razón por la que ha despertado tanto interés dentro y fuera de la Iglesia.
A primera vista podría parecer una visita apostólica más.
Recepciones oficiales.
Discursos institucionales.
Encuentros con autoridades civiles y religiosas.
Fotografías.
Titulares.
Protocolos.
Sin embargo, bajo esa apariencia rutinaria se esconde una cuestión mucho más profunda.
La visita ha puesto de manifiesto una tensión que atraviesa hoy a toda la Iglesia Católica y, en buena medida, a toda la civilización occidental.
Una tensión que puede resumirse en una sola pregunta:
¿Debe el cristianismo adaptarse al mundo o debe el mundo convertirse a las verdades proclamadas por el cristianismo?
Toda la controversia generada por León XIV gira alrededor de esta cuestión.
Los primeros días de la visita provocaron desconcierto entre numerosos católicos.
Por una parte, las palabras elogiosas dirigidas hacia Pedro Sánchez y la aparente sintonía institucional con un gobierno cuyas políticas chocan frontalmente con aspectos fundamentales de la doctrina católica.
Por otra, las referencias a la falacia de la convivencia de las tres culturas en al-Ándalus, una interpretación histórica repetida hasta la saciedad durante las últimas décadas, pero difícilmente compatible con los hechos conocidos.
La utilización de figuras como Maimónides y Averroes para ilustrar esa supuesta convivencia resulta particularmente problemática.
Maimónides abandonó Córdoba huyendo de las persecuciones almohades.
Averroes terminó desterrado y vio cómo parte de sus escritos eran condenados.
Y la propia Escuela de Traductores de Toledo floreció bajo soberanía cristiana, después de la conquista de la ciudad por Alfonso VI.
Los ejemplos utilizados para sostener el relato terminan cuestionándolo.
No se trata de negar los intercambios culturales que existieron.
Ni de negar la transmisión de conocimientos.
Ni de negar los periodos relativamente tranquilos.
Se trata simplemente de recordar que la historia real es mucho más compleja que las leyendas contemporáneas.
España no nació de una conferencia sobre multiculturalismo medieval.
Se construyó mediante una combinación de convivencia, conflicto, resistencia, intercambios, repoblaciones y procesos políticos desarrollados a lo largo de siglos.
Por ello, las referencias iniciales del Papa generaron una sensación de inquietud en muchos creyentes.
No porque un pontífice sea infalible en historia, economía o política.
No lo es.
La infalibilidad papal se refiere a cuestiones muy concretas relacionadas con la fe y la doctrina.
Los Papas pueden equivocarse en análisis históricos, económicos o geopolíticos, igual que cualquier otro ser humano.
Y precisamente por eso sus afirmaciones en esos ámbitos deben contrastarse con los hechos.
Sin embargo, pocos días después ocurrió algo inesperado.
El discurso pronunciado por León XIV en el Congreso de los Diputados mostró un tono muy distinto.
Desaparecieron los tópicos históricos.
Desaparecieron las referencias sentimentales a la convivencia idealizada.
Y apareció un mensaje mucho más sólido.
La defensa de la dignidad humana.
La defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural.
La defensa de la familia.
La defensa del derecho de los padres a elegir la formación de sus hijos.
La defensa del bien común.
La defensa de la ley natural.
Y, sobre todo, la reivindicación de la Escuela de Salamanca.
Ese discurso constituyó, hasta el momento, el punto más alto de la visita.
Porque recuperó una de las mayores aportaciones españolas a la civilización occidental.
Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Diego de Covarrubias, Martín de Azpilcueta o Francisco Suárez formularon hace quinientos años una idea que sigue siendo revolucionaria:
La ley no crea la justicia; la justicia debe inspirar la ley.
La dignidad humana no depende del poder político.
El Estado no concede los derechos fundamentales.
Los reconoce.
Y cuando deja de reconocerlos, comete una injusticia.
La referencia a la Escuela de Salamanca devolvió el debate al terreno de los principios.
Y precisamente por eso resultó incómoda para muchos.
Porque implica reconocer que existen límites que ningún gobierno, ningún parlamento y ninguna mayoría pueden traspasar legítimamente.
La verdad no depende de las encuestas.
La dignidad humana no se somete a votación.
La justicia no se fabrica mediante decretos.
Y la ley no se convierte en justa por el simple hecho de haber sido aprobada.
Todo ello enlaza con una cuestión aún más profunda.
La crisis espiritual que atraviesa Europa.
Nuestro continente no sufre únicamente problemas económicos, energéticos o demográficos.
Sufre una crisis de identidad.
Una crisis de sentido.
Una crisis de confianza en sí mismo.
Europa parece haber olvidado quién es.
Y en medio de esa crisis, la Iglesia se enfrenta a una elección decisiva.
Puede intentar adaptarse continuamente a las modas intelectuales de cada época.
O puede recordar aquellas verdades permanentes que ninguna moda consigue abolir.
Ésa es la cuestión central de este ensayo.
Y también la cuestión central del pontificado de León XIV.
Porque el verdadero interrogante sigue abierto:
¿Estamos ante un Papa que pretende iluminar el mundo desde la doctrina cristiana o ante un pontificado que corre el riesgo de dejarse iluminar por las modas ideológicas de su tiempo?
De la respuesta a esa pregunta dependerá no sólo el juicio histórico sobre León XIV.
Dependerá también buena parte del papel que la Iglesia desempeñe en una Europa cada vez más envejecida, más desorientada y más necesitada de referencias morales, intelectuales y espirituales sólidas.
Para saber más y profundizar, sigue leyendo.
LEÓN XIV EN ESPAÑA: ENTRE LA ESCUELA DE SALAMANCA Y EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA

Primera entrega
El verdadero interrogante de esta visita
La visita de León XIV a España ha comenzado de una manera tan sorprendente como reveladora.
No porque haya visitado Madrid.
No porque haya hablado ante las Cortes.
No porque se haya reunido con las autoridades civiles.
Todo eso forma parte de la normalidad de cualquier viaje apostólico.
Lo verdaderamente llamativo ha sido la sensación de desconcierto que han provocado sus palabras durante los primeros días de estancia en nuestro país.
Y el desconcierto no procede de enemigos de la Iglesia.
Ni siquiera de personas alejadas del catolicismo.
Procede precisamente de muchos católicos que observan con creciente preocupación la deriva de determinados sectores eclesiásticos durante las últimas décadas.
Porque la cuestión no es menor.
Lo que está en juego no es una simple diferencia de opiniones sobre política, economía o historia.
Lo que está en juego es algo mucho más profundo:
¿Debe la Iglesia iluminar al mundo desde la verdad que afirma custodiar desde hace dos mil años?
¿O debe reinterpretar constantemente esa verdad para adaptarla a las corrientes dominantes de cada época?
Ésa es la cuestión.
Y ése es también el criterio con el que deberían analizarse todos los discursos pronunciados por León XIV durante su estancia en España.
Una falsa disyuntiva
Los medios de información suelen presentar estos debates de manera grotescamente simplificada.
Hablan de católicos progresistas.
Hablan de católicos conservadores.
Hablan de tradicionalistas.
Hablan de reformistas.
Hablan de izquierda y derecha.
Pero esas categorías pertenecen al lenguaje político, no al religioso.
La cuestión central para un creyente no consiste en ser progresista o conservador.
Consiste en ser coherente.
Consiste en ser fiel.
Consiste en preguntarse si una determinada afirmación resulta compatible con el Evangelio, con la Tradición de la Iglesia y con el Magisterio constante desarrollado a lo largo de los siglos.
Nada más.
Y nada menos.
Por eso resulta profundamente engañoso presentar la defensa de la doctrina tradicional como una simple opción ideológica entre otras.
Desde la perspectiva de quienes defienden la ortodoxia, no se trata de conservar por conservar.
No se trata de nostalgia.
No se trata de arqueología religiosa.
Se trata de fidelidad.
Porque si una doctrina es verdadera, no deja de serlo porque cambie el clima político.
Si una enseñanza es correcta, no deja de serlo porque cambien las modas intelectuales.
Y si el Evangelio contiene verdades permanentes, esas verdades no necesitan ser actualizadas cada vez que aparece una nueva corriente ideológica.
El viejo problema de la Iglesia contemporánea
Durante buena parte del siglo XX y especialmente desde finales del Concilio Vaticano II, una parte significativa de la Iglesia comenzó a plantearse una cuestión legítima:
¿Cómo dialogar con el mundo moderno?
La pregunta era razonable.
El problema apareció cuando algunos confundieron diálogo con adaptación.
Y posteriormente adaptación con subordinación.
Poco a poco comenzaron a incorporarse al discurso eclesial categorías procedentes de ámbitos completamente ajenos a la tradición cristiana.
Documentos internacionales.
Organismos supranacionales.
Fundaciones ideológicas.
Universidades dominadas por determinadas corrientes culturales.
Expertos en sociología.
Expertos en climatología.
Expertos en economía.
Expertos en desarrollo.
Expertos en conducta humana.
Naturalmente, los expertos pueden aportar conocimientos valiosos.
Pero existe una cuestión elemental que con frecuencia se olvida.
Los expertos también tienen ideología.
También tienen prejuicios.
También tienen intereses.
También siguen modas intelectuales.
Y también se equivocan.
La historia está llena de consensos académicos que terminaron derrumbándose como castillos de arena.
Por eso la Iglesia siempre procuró someter cualquier conocimiento humano a un criterio superior.
La verdad.
No la popularidad.
No el consenso.
No la moda.
No la presión política.
Cuando la Iglesia empieza a hablar como el mundo
Quizá la señal más evidente de este fenómeno sea el lenguaje.
Durante siglos la Iglesia habló de pecado.
De virtud.
De gracia.
De salvación.
De responsabilidad moral.
De ley natural.
De familia.
De deber.
De verdad.
Sin embargo, en muchos documentos contemporáneos encontramos cada vez con mayor frecuencia otro vocabulario.
Gobernanza.
Sostenibilidad.
Empoderamiento.
Inclusión.
Diversidad.
Ciudadanía global.
Agenda climática.
Transición ecológica.
Objetivos de desarrollo.
No se trata de que todas esas expresiones sean necesariamente falsas.
La cuestión es otra.
¿Por qué el lenguaje propio de la Iglesia parece ceder terreno continuamente ante el lenguaje de organismos internacionales, burócratas, tecnócratas y expertos de toda condición?
La pregunta es legítima.
Y precisamente por eso muchos creyentes contemplan con preocupación determinadas tendencias de las últimas décadas.
No porque rechacen el diálogo con el mundo.
Sino porque temen que la Iglesia termine hablando exactamente igual que el mundo.
Y cuando eso sucede aparece una pregunta inevitable:
¿Para qué sirve entonces la Iglesia?
El caso León XIV
Éste es el contexto en el que debe interpretarse la visita de León XIV a España.
Porque los primeros días parecieron confirmar muchos de esos temores.
Las palabras elogiosas dirigidas hacia Pedro Sánchez.
Las referencias a la convivencia idealizada de al-Ándalus.
La utilización de ejemplos históricos difícilmente compatibles con la realidad documentada.
Todo ello generó una sensación de inquietud.
No porque un Papa no pueda equivocarse en historia.
Puede hacerlo.
No porque un Papa no pueda equivocarse en economía.
Puede hacerlo.
No porque un Papa no pueda equivocarse en política.
Puede hacerlo.
La infalibilidad pontificia nunca ha significado eso.
Lo preocupante era otra cosa.
La impresión de que determinadas afirmaciones parecían más próximas a los lugares comunes del pensamiento dominante que a la tradición intelectual católica.
Y precisamente por eso el discurso posterior en el Congreso produjo tanta sorpresa.
Porque, de repente, apareció un León XIV muy distinto.
Un León XIV que hablaba de dignidad humana.
De vida.
De familia.
De bien común.
De responsabilidad moral.
De límites al poder.
Y de la Escuela de Salamanca.
Un León XIV que parecía recordar que la misión de la Iglesia no consiste en seguir al mundo, sino en juzgarlo a la luz de principios permanentes.
La cuestión es si ese León XIV representa una rectificación.
Una excepción.
O el verdadero rumbo de su pontificado.
Y ésa es la pregunta que intentaremos responder en las próximas entregas.
LEÓN XIV EN ESPAÑA: ENTRE LA ESCUELA DE SALAMANCA Y EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA
Segunda entrega
La falacia de la convivencia de las tres culturas

Si hubo un momento que sembró desconcierto entre numerosos católicos e historiadores durante los primeros días de la visita de León XIV a España, fue su referencia a la supuesta convivencia ejemplar entre cristianos, judíos y musulmanes en al-Ándalus.
La tesis no es nueva.
Lleva décadas circulando por universidades, manuales escolares, documentales televisivos, organismos internacionales y medios de información.
Según este relato, la España medieval habría constituido una especie de paraíso multicultural adelantado a su tiempo.
Un espacio donde las tres religiones convivían armoniosamente.
Un modelo de tolerancia.
Un ejemplo para el mundo contemporáneo.
La imagen resulta atractiva.
Pero tiene un problema.
La historia real.
La diferencia entre historia y leyenda
Toda nación genera mitos.
Toda época fabrica relatos.
Y uno de los más persistentes de las últimas décadas ha sido precisamente el mito de la convivencia ideal de las tres culturas.
No se trata de negar los intercambios culturales.
No se trata de negar la existencia de periodos relativamente pacíficos.
No se trata de negar la transmisión de conocimientos científicos, filosóficos o técnicos.
Todo eso existió.
Lo que resulta insostenible es transformar esos hechos parciales en una imagen idílica completamente alejada de la realidad.
Porque al-Ándalus no fue una sociedad de ciudadanos iguales.
Ni una democracia moderna.
Ni un espacio de libertad religiosa.
Ni una comunidad basada en la igualdad jurídica.
Fue una sociedad islámica medieval.
Y como cualquier sociedad medieval, estaba estructurada jerárquicamente.
Los dimmíes: la convivencia real
Uno de los aspectos sistemáticamente ocultados por la propaganda multicultural contemporánea es la condición jurídica de cristianos y judíos bajo dominio islámico.
No eran ciudadanos iguales.
Eran dimmíes.
Es decir, comunidades toleradas.
Protegidas, sí.
Pero subordinadas.
Debían pagar impuestos específicos.
Tenían limitaciones legales.
No podían acceder en igualdad de condiciones a determinadas funciones públicas.
Su posición jurídica era inferior a la de los musulmanes.
Ésta es la realidad histórica.
No una opinión.
No una interpretación ideológica.
Un hecho documentado.
Naturalmente, esta situación podía resultar más tolerante que algunas persecuciones religiosas ocurridas en otros lugares y momentos.
Pero una cosa es una tolerancia relativa.
Y otra muy distinta una convivencia entre iguales.
Confundir ambas realidades constituye una manipulación histórica.
El caso Maimónides
La mejor refutación del mito suele encontrarse en los propios ejemplos utilizados para defenderlo.
León XIV citó a Maimónides como símbolo de aquella convivencia.
Sin embargo, la biografía de Maimónides desmiente frontalmente el relato.
Nació en Córdoba.
Pero tuvo que abandonarla.
Cuando los almohades endurecieron la persecución religiosa, su familia eligió el exilio antes que la conversión forzosa.
Terminó desarrollando gran parte de su vida lejos de la tierra que hoy algunos presentan como modelo de tolerancia.
Resulta difícil encontrar una contradicción más evidente.
Se utiliza como ejemplo de convivencia precisamente a alguien que tuvo que huir para sobrevivir.
El caso Averroes
La situación de Averroes resulta igualmente reveladora.
Durante años fue una figura influyente.
Pero acabó desterrado.
Parte de sus escritos fueron condenados.
Su pensamiento filosófico terminó chocando con las autoridades religiosas y políticas de su tiempo.
De nuevo aparece la misma paradoja.
Otro de los grandes símbolos de la supuesta convivencia termina perseguido por el mismo sistema que debía demostrarla.
Los dos principales testigos convocados para sostener el relato acaban declarando contra él.
Toledo y la gran confusión histórica
Quizá el ejemplo más revelador sea el de Toledo.
La Escuela de Traductores constituye una de las mayores hazañas intelectuales de la historia europea.
Gracias a ella circularon conocimientos filosóficos, científicos y jurídicos que contribuyeron decisivamente al desarrollo de Occidente.
Pero existe un pequeño detalle frecuentemente olvidado.
Cuando aquella institución alcanzó su esplendor, Toledo llevaba casi dos siglos bajo dominio cristiano.
Había sido conquistada por Alfonso VI en 1085.
Por tanto, la célebre colaboración intelectual desarrollada en la ciudad no constituye una demostración del éxito político de al-Ándalus.
Constituye una realización de la España cristiana.
El propio ejemplo utilizado para exaltar la convivencia andalusí termina apuntando en dirección contraria.
España no surgió de una mesa redonda
Existe además una cuestión todavía más importante.
España no nació de una conferencia sobre diálogo intercultural.
Tampoco nació exclusivamente de la guerra.
Nació de una combinación compleja de resistencia, alianzas, conflictos, intercambios, repoblaciones, acuerdos políticos y procesos históricos desarrollados durante siglos.
Hubo convivencia.
Hubo comercio.
Hubo influencias mutuas.
Pero también hubo invasiones.
Hubo resistencia.
Hubo persecuciones.
Hubo reconquista.
Hubo construcción política.
Hubo defensa de una identidad colectiva.
Presentar ocho siglos de historia como una especie de seminario permanente sobre entendimiento entre civilizaciones constituye una caricatura.
Y las caricaturas nunca ayudan a comprender el pasado.
El verdadero problema
Sin embargo, el problema principal no es histórico.
Es intelectual.
Porque la falacia de la convivencia de las tres culturas no se utiliza para comprender el pasado.
Se utiliza para legitimar determinadas ideas del presente.
La historia se convierte en instrumento ideológico.
Se construye una imagen idealizada de al-Ándalus para proyectar sobre ella aspiraciones contemporáneas.
Multiculturalismo.
Relativismo religioso.
Ciudadanía global.
Disolución de identidades nacionales.
Desconfianza hacia la tradición histórica española.
Y ahí reside precisamente el peligro.
No en el estudio del pasado.
Sino en la utilización del pasado como herramienta de propaganda.
La paradoja de León XIV
Por eso las referencias iniciales del Papa provocaron tanta perplejidad.
No porque un pontífice no pueda equivocarse en historia.
Puede hacerlo.
Ni porque los católicos estén obligados a aceptar cualquier interpretación histórica formulada por un Papa.
No lo están.
La cuestión era otra.
Que aquellas afirmaciones parecían más próximas a determinados relatos contemporáneos que a una lectura rigurosa de los hechos.
Y precisamente por eso resultó tan sorprendente lo ocurrido pocos días después en el Congreso de los Diputados.
Porque allí apareció un León XIV completamente distinto.
Un León XIV que dejó de hablar de mitos históricos para hablar de principios permanentes.
Y es precisamente ahí donde comienza la parte más interesante de esta historia.
LEÓN XIV EN ESPAÑA: ENTRE LA ESCUELA DE SALAMANCA Y EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA
Tercera entrega
La Escuela de Salamanca frente al poder absoluto

Si las primeras palabras de León XIV en España provocaron desconcierto, su intervención en el Congreso de los Diputados produjo exactamente el efecto contrario.
Por primera vez desde su llegada, desaparecieron los tópicos sobre la convivencia de las tres culturas.
Desaparecieron las referencias sentimentales a una Arcadia andalusí que nunca existió.
Desaparecieron los lugares comunes tan habituales en los discursos contemporáneos.
Y apareció algo mucho más sólido.
Algo mucho más profundo.
Algo mucho más difícil de manipular políticamente.
La Escuela de Salamanca.
Y con ella reapareció una de las mayores aportaciones españolas a la civilización occidental.
El gran legado olvidado de España
Resulta paradójico que mientras gran parte de la enseñanza pública y buena parte de los medios de información dedican enormes esfuerzos a presentar la historia de España como una sucesión de abusos, fanatismos y oscurantismos, una de las contribuciones más extraordinarias realizadas por nuestro país al pensamiento universal continúe siendo prácticamente desconocida para la mayoría de los españoles.
La Escuela de Salamanca no fue simplemente un grupo de teólogos.
No fue una curiosidad académica.
No fue una escuela local.
Fue una auténtica revolución intelectual.
Y lo fue precisamente en uno de los momentos más decisivos de la historia.
Cuando España era la principal potencia mundial.
Cuando América acababa de incorporarse al horizonte europeo.
Cuando surgían problemas jurídicos, políticos y morales completamente nuevos.
Una pregunta incómoda
Lo verdaderamente admirable de aquellos hombres fue que se atrevieron a formular preguntas que ningún imperio suele hacerse.
Preguntas incómodas.
Preguntas peligrosas.
Preguntas que limitaban al poder.
Francisco de Vitoria planteó una cuestión revolucionaria para su tiempo:
¿Tienen derechos los indígenas americanos por el simple hecho de ser seres humanos?
La respuesta parece evidente hoy.
Pero no lo era en el siglo XVI.
Y precisamente ahí reside la grandeza de la Escuela de Salamanca.
No buscó justificar cualquier actuación del poder.
Buscó someter el poder a principios superiores.
Contra la razón de Estado
Mucho antes de que se pusieran de moda expresiones como «derechos humanos», aquellos juristas y teólogos afirmaban ya algo esencial.
La dignidad humana no depende de la raza.
No depende de la nación.
No depende de la religión.
No depende de la utilidad.
No depende del poder.
Pertenece a la persona por el simple hecho de ser persona.
Esta idea puede parecer hoy evidente.
Pero en realidad constituye uno de los pilares sobre los que descansa toda la civilización occidental.
Y fue formulada con extraordinaria claridad por aquellos maestros españoles.
La ley no es la voluntad del poderoso
Existe otra enseñanza de la Escuela de Salamanca que resulta especialmente relevante para comprender el discurso de León XIV.
Francisco Suárez, Diego de Covarrubias, Domingo de Soto y otros autores defendieron una idea profundamente incómoda para cualquier gobernante.
La ley no se convierte en justa simplemente porque quien manda la promulgue.
Parece una afirmación elemental.
Pero en realidad cuestiona la raíz de todos los absolutismos.
Del absolutismo monárquico.
Del absolutismo revolucionario.
Del absolutismo totalitario.
Y también del absolutismo parlamentario contemporáneo.
Porque la pregunta sigue siendo exactamente la misma.
¿Puede una mayoría convertir en justo cualquier cosa?
La Escuela de Salamanca respondió que no.
Y León XIV pareció recordar exactamente esa idea en el Congreso.
Una advertencia a toda la clase política
Ésa es probablemente la razón por la que su intervención resultó tan incómoda para muchos diputados.
Porque cuando un Papa recuerda que la dignidad humana no depende de las mayorías, está lanzando una advertencia a toda la clase política.
A la izquierda.
A la derecha.
A los nacionalistas.
A los separatistas.
A los centralistas.
A los socialistas.
A los liberales.
A todos.
Porque la cuestión ya no es quién gobierna.
La cuestión es qué límites tiene el poder.
Y precisamente ahí comienza la verdadera tradición occidental.
No en la obediencia ciega.
No en la sumisión.
Sino en la existencia de principios superiores a los gobernantes.
El contraste con nuestro tiempo
Aquí aparece uno de los contrastes más llamativos entre la Escuela de Salamanca y buena parte del pensamiento contemporáneo.
Durante siglos se asumió que la política debía someterse a la verdad.
Hoy parece asumirse exactamente lo contrario.
La verdad debe adaptarse a la política.
Durante siglos se consideró que existía una naturaleza humana.
Hoy muchos sostienen que la naturaleza humana puede redefinirse mediante leyes, decretos, campañas propagandísticas o decisiones judiciales.
Durante siglos se creyó que ciertas realidades eran objetivas.
Hoy se multiplican los intentos de convertir toda realidad en una construcción política.
Y precisamente por eso la referencia a la Escuela de Salamanca posee tanta importancia.
Porque devuelve la discusión al terreno de los principios.
Lo que León XIV dijo… y lo que muchos no escucharon
Buena parte de los comentarios posteriores se centraron exclusivamente en las referencias al aborto, la eutanasia o la inmigración.
Sin embargo, el núcleo del discurso era mucho más profundo.
La cuestión no era únicamente proteger la vida humana.
La cuestión era explicar por qué debe protegerse.
La cuestión no era únicamente defender la familia.
La cuestión era explicar por qué existe una realidad humana anterior al Estado.
La cuestión no era únicamente hablar del bien común.
La cuestión era recordar que el poder no puede convertirse en la medida de todas las cosas.
Y ésa es precisamente la herencia intelectual de la Escuela de Salamanca.
Una crítica implícita al mundo contemporáneo
Quizá sin proponérselo expresamente, León XIV terminó formulando una crítica devastadora contra muchas de las ideas dominantes de nuestro tiempo.
Porque si la dignidad humana es anterior al Estado, entonces el Estado no puede concederla ni retirarla.
Si la verdad existe, no puede decidirse por votación.
Si la ley natural existe, no puede ser abolida por decreto.
Si la justicia es algo más que la voluntad de la mayoría, entonces no toda ley es justa por el mero hecho de ser legal.
Y ahí reside el carácter profundamente subversivo de las ideas defendidas por la Escuela de Salamanca.
No porque sean revolucionarias.
Sino precisamente porque son permanentes.
El mejor momento de la visita
Por eso puede afirmarse que la referencia a la Escuela de Salamanca constituye, hasta este momento, el mejor instante de toda la visita papal.
No porque resolviera las contradicciones acumuladas durante los días anteriores.
No porque borrara las desafortunadas referencias a la falacia de la convivencia andalusí.
No porque disipara todas las dudas sobre la orientación futura del pontificado.
Sino porque recordó algo que España, Europa y Occidente parecen haber olvidado.
Que la libertad necesita verdad.
Que la justicia necesita principios.
Que el poder necesita límites.
Y que una civilización que olvida esas verdades termina quedando a merced de quienes controlan el poder en cada momento.
Precisamente por eso la gran pregunta ya no es qué dijo León XIV sobre el pasado.
La gran pregunta es si estará dispuesto a mantener estas mismas ideas cuando dejen de resultar cómodas para los poderosos.
Porque ahí es donde comienza la verdadera prueba de cualquier pontificado.
LEÓN XIV EN ESPAÑA: ENTRE LA ESCUELA DE SALAMANCA Y EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA
Cuarta entrega
Pedro Sánchez, la diplomacia vaticana y los límites de la prudencia

Si la referencia a la falacia de la convivencia de las tres culturas provocó desconcierto, los gestos y palabras dirigidos hacia Pedro Sánchez antes de la llegada de León XIV a España generaron una inquietud todavía mayor entre numerosos católicos.
Y no porque la Santa Sede deba romper relaciones con gobiernos que mantienen posiciones contrarias a la doctrina católica.
Eso nunca ha ocurrido.
Ni tendría sentido que ocurriera.
La Iglesia ha dialogado con emperadores paganos, con monarcas absolutos, con revolucionarios anticlericales, con dictadores de izquierdas y de derechas, con repúblicas hostiles y con regímenes de toda condición.
La diplomacia forma parte de su misión.
La cuestión es otra.
¿Dónde termina la prudencia diplomática y dónde comienza la complacencia?
Una vieja tensión en la historia de la Iglesia
La historia de la Iglesia está llena de esta tensión.
Por un lado, existe la necesidad de mantener canales de comunicación abiertos con quienes ejercen el poder.
Por otro, existe el deber de recordar a esos mismos gobernantes los límites morales de su actuación.
No siempre resulta fácil mantener el equilibrio.
Cuando la Iglesia se encierra sobre sí misma, corre el riesgo de convertirse en una secta incapaz de influir en la sociedad.
Pero cuando busca demasiado la cercanía del poder, corre un peligro igualmente grave:
convertirse en un elemento decorativo del propio poder.
Y es precisamente ese riesgo el que muchos creyentes percibieron durante los días previos a la visita.
El problema no era la reunión
Conviene aclararlo.
El problema no era que León XIV recibiera a Pedro Sánchez.
Un Papa recibe jefes de Estado.
Recibe monarcas.
Recibe presidentes.
Recibe primeros ministros.
Forma parte de la normalidad institucional.
Tampoco era un problema que mantuviera una conversación cordial.
La cortesía no constituye una traición.
Lo que provocó preocupación fue otra cosa.
La sensación de que las discrepancias fundamentales quedaban ocultas bajo una montaña de buenas palabras.
Y aquí surge una pregunta inevitable.
Si un gobierno impulsa leyes que facilitan el aborto.
Si promueve la eutanasia.
Si favorece políticas familiares incompatibles con la antropología cristiana.
Si impulsa una enseñanza inspirada en concepciones radicalmente distintas de las defendidas por la Iglesia.
¿Puede la relación institucional desarrollarse como si esas diferencias fueran irrelevantes?
Muchos católicos consideran que no.
La paradoja española
La situación española presenta además una singularidad llamativa.
Probablemente ningún gobierno de la historia reciente de España ha mantenido una distancia tan grande respecto a buena parte de la doctrina moral católica.
Y, sin embargo, pocas veces se han visto relaciones institucionales tan cordiales.
La paradoja resulta evidente.
Mientras aumentan las divergencias doctrinales, parecen multiplicarse los gestos de entendimiento.
Esto explica parte del desconcierto que se ha producido entre los fieles.
No porque esperen enfrentamientos permanentes.
No porque deseen conflictos innecesarios.
Sino porque consideran que determinadas cuestiones poseen una importancia demasiado grande como para quedar permanentemente relegadas al último párrafo de los comunicados oficiales.
La tentación de agradar
Existe además otro riesgo.
Un riesgo que afecta no sólo a la Iglesia, sino a cualquier institución.
La tentación de agradar.
La tentación de ser aceptada.
La tentación de evitar cualquier afirmación que pueda generar incomodidad.
La tentación de sustituir la claridad por la ambigüedad.
Y ésta es precisamente una de las grandes pruebas de cualquier pontificado.
Porque el cristianismo nunca fue especialmente popular cuando se mantuvo fiel a sí mismo.
Los primeros cristianos no fueron perseguidos porque repitieran lo que todo el mundo quería escuchar.
Fueron perseguidos porque afirmaban cosas que chocaban con las creencias dominantes.
La Iglesia no creció porque alabara constantemente a los poderosos.
Creció porque con frecuencia les recordó aquello que no deseaban escuchar.
Los precedentes históricos
Resulta interesante recordar que algunos de los momentos más admirados de la historia de la Iglesia surgieron precisamente cuando determinados pontífices decidieron hablar con claridad frente al poder.
No cuando buscaron su aprobación.
No cuando procuraron resultar agradables.
Sino cuando asumieron el coste de la discrepancia.
La autoridad moral de la Iglesia nunca ha procedido de su cercanía a los gobernantes.
Ha procedido de su capacidad para recordar que los gobernantes también están sometidos a límites.
Cuando esa función desaparece, la Iglesia corre el riesgo de convertirse en una institución respetada, invitada, fotografiada y escuchada…
pero irrelevante.
El contraste con el discurso del Congreso
Y aquí reaparece la gran paradoja de esta visita.
Porque el mismo León XIV que parecía extraordinariamente prudente en los días previos habló después en el Congreso con una claridad muy superior.
Recordó la dignidad humana desde la concepción hasta la muerte natural.
Recordó el derecho de los padres a elegir la formación de sus hijos.
Recordó que la ley no se convierte en justa por el simple hecho de ser aprobada.
Recordó que existen principios anteriores al poder político.
Y recordó la herencia intelectual de la Escuela de Salamanca.
En otras palabras.
Hizo exactamente aquello que muchos católicos esperan de un Papa.
No actuar como un comentarista político.
No actuar como un experto en relaciones internacionales.
No actuar como un gestor de consensos.
Sino recordar verdades permanentes.
La cuestión decisiva
Por eso el verdadero problema no es Pedro Sánchez.
Tampoco es la izquierda.
Ni la derecha.
Ni siquiera la política española.
La cuestión decisiva es otra.
¿Está dispuesta la Iglesia a asumir la incomodidad que inevitablemente acompaña a la verdad?
Porque toda la historia del cristianismo gira alrededor de esa pregunta.
Cuando la respuesta ha sido afirmativa, la Iglesia ha ejercido una influencia moral inmensa.
Cuando la respuesta ha sido negativa, ha terminado diluyéndose en el espíritu de cada época.
Y precisamente por eso los próximos discursos de León XIV serán observados con tanta atención.
Porque todavía no sabemos si el discurso del Congreso representa el comienzo de una orientación más firme.
O si fue simplemente una excepción dentro de una estrategia más amplia de adaptación a las corrientes dominantes del momento.
Lo que sí sabemos es que la autoridad moral de la Iglesia nunca ha dependido de su capacidad para agradar a los gobernantes.
Ha dependido siempre de su capacidad para recordarles que ellos también están sometidos a una ley superior.
LEÓN XIV EN ESPAÑA: ENTRE LA ESCUELA DE SALAMANCA Y EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA
Quinta entrega
La Iglesia frente al espíritu de la época: adaptación o fidelidad

Llegados a este punto, conviene abandonar durante un momento la anécdota y centrarnos en la cuestión de fondo.
Porque el verdadero debate suscitado por la visita de León XIV a España no gira en torno a Pedro Sánchez.
Ni gira en torno a la izquierda o la derecha.
Ni siquiera gira en torno a las desafortunadas referencias a la falacia de la convivencia de las tres culturas.
Todo eso son síntomas.
La cuestión de fondo es mucho más profunda.
Y también mucho más antigua.
Se resume en una pregunta sencilla:
¿Debe el cristianismo adaptarse al mundo o debe el mundo convertirse a las verdades proclamadas por el cristianismo?
La pregunta tiene dos mil años de antigüedad.
Y sigue siendo tan actual como el primer día.
Una tentación permanente
Desde sus orígenes, la Iglesia ha vivido sometida a una tensión constante.
Por una parte, necesita anunciar su mensaje a los hombres de cada época.
Por otra, corre siempre el riesgo de terminar pareciéndose demasiado a la época que pretende evangelizar.
Es una frontera difícil.
Muy difícil.
Porque toda generación está convencida de que sus propias ideas son evidentes.
De que sus prejuicios son verdades.
De que sus modas intelectuales son definitivas.
Y precisamente por eso el cristianismo ha tenido que recordar continuamente que ninguna época posee el monopolio de la verdad.
Ni la Roma pagana.
Ni la Ilustración.
Ni el siglo XIX.
Ni el siglo XX.
Ni el siglo XXI.
Las modas pasan
La historia ofrece una enseñanza extraordinariamente sencilla.
Las modas intelectuales pasan.
Todas.
Sin excepción.
Hubo un tiempo en que parecía imposible cuestionar el paganismo romano.
Desapareció.
Hubo un tiempo en que el marxismo parecía destinado a conquistar el planeta.
Se derrumbó.
Hubo un tiempo en que el positivismo científico afirmaba haber enterrado definitivamente la religión.
También fracasó.
Hubo un tiempo en que el nacionalismo racial se presentaba como una doctrina científica.
Terminó en ruinas.
Y probablemente ocurrirá lo mismo con muchas de las corrientes ideológicas que hoy dominan universidades, organismos internacionales y medios de información.
Porque la historia posee una notable capacidad para humillar a quienes creen haber llegado al final del camino.
El problema de los expertos
Uno de los rasgos más característicos de nuestro tiempo es la confianza casi religiosa depositada en los expertos.
Expertos en economía.
Expertos en clima.
Expertos en sociología.
Expertos en educación.
Expertos en conducta humana.
Expertos en desarrollo.
Naturalmente, el conocimiento especializado resulta útil.
Nadie discute eso.
El problema aparece cuando el experto deja de limitarse a describir la realidad y comienza a dictar cómo debe organizarse la vida humana.
Porque entonces abandona el terreno de la ciencia y entra en el de la filosofía, la moral y la política.
Y ahí ya no habla como experto.
Habla como ser humano.
Con sus prejuicios.
Con sus intereses.
Con sus creencias.
Con sus errores.
La Iglesia comprendió esta realidad hace siglos.
Por eso jamás subordinó completamente la verdad a los especialistas de cada época.
Cuando el lenguaje cambia
Una de las señales más evidentes de esta transformación puede apreciarse en el lenguaje.
Durante siglos el cristianismo habló de pecado.
De virtud.
De responsabilidad.
De familia.
De ley natural.
De verdad.
De deber.
De salvación.
Hoy, en cambio, buena parte del discurso público occidental gira alrededor de otras palabras.
Sostenibilidad.
Gobernanza.
Inclusión.
Diversidad.
Empoderamiento.
Ciudadanía global.
Perspectiva de género.
Transición ecológica.
Objetivos de desarrollo.
No se trata de discutir aquí cada uno de esos conceptos.
La cuestión relevante es otra.
¿Por qué el lenguaje de organismos internacionales parece influir cada vez más en determinadas instituciones religiosas mientras el lenguaje clásico del cristianismo pierde presencia?
La pregunta resulta legítima.
Y muchos creyentes la formulan con creciente preocupación.
El caso de la Agenda 2030
Pocas cuestiones ilustran mejor este fenómeno que la llamada Agenda 2030.
Sus defensores la presentan como un conjunto de objetivos destinados a combatir la pobreza, proteger el medio ambiente y mejorar determinadas condiciones de vida.
Sus críticos observan algo distinto.
Ven un proyecto político y cultural mucho más amplio.
Ven una determinada concepción del ser humano.
Una determinada visión de la familia.
Una determinada interpretación de la sexualidad.
Una determinada comprensión del papel del Estado.
Y una determinada forma de entender la sociedad.
Por eso el debate resulta tan intenso.
No gira únicamente alrededor de medidas concretas.
Gira alrededor de una determinada visión del hombre.
La pregunta que muchos católicos se hacen
Y aquí aparece el verdadero interrogante.
Cuando determinados documentos eclesiales adoptan expresiones, conceptos y categorías procedentes de estos ámbitos, muchos creyentes comienzan a preguntarse:
¿Está la Iglesia utilizando esos términos para evangelizar el mundo?
¿O está siendo evangelizada por el mundo?
La diferencia es enorme.
Porque una cosa es utilizar un lenguaje comprensible para comunicar una verdad.
Y otra muy distinta permitir que ese lenguaje transforme progresivamente el contenido de lo que se pretende transmitir.
El ejemplo de la Escuela de Salamanca
Por eso resulta tan significativa la referencia de León XIV a la Escuela de Salamanca.
Aquellos hombres también dialogaron con su tiempo.
También estudiaron los problemas de su época.
También escucharon a juristas, navegantes, comerciantes, soldados y gobernantes.
Pero jamás permitieron que la moda intelectual del momento sustituyera los principios fundamentales sobre los que construían su pensamiento.
Partían de una verdad.
Y desde ella analizaban la realidad.
No hacían el camino inverso.
No adaptaban continuamente la verdad a las circunstancias.
El verdadero criterio
Por eso el criterio para analizar los discursos de León XIV durante esta visita resulta bastante sencillo.
No consiste en preguntarse si agradan a la izquierda o a la derecha.
No consiste en preguntarse si reciben elogios de los medios de información.
No consiste en preguntarse si coinciden con los programas de gobiernos, organismos internacionales o fundaciones ideológicas.
La pregunta correcta es otra:
¿Son coherentes con el Evangelio, con la Tradición cristiana, con la ley natural y con la realidad de los hechos?
Ése es el único criterio verdaderamente relevante.
Todo lo demás es secundario.
La gran prueba de León XIV
Y precisamente ahí reside la importancia de esta visita.
Porque todavía no sabemos cuál será la orientación definitiva de este pontificado.
Hemos escuchado referencias discutibles a la historia de España.
Hemos visto gestos diplomáticos hacia gobernantes cuyas políticas chocan frontalmente con la doctrina católica.
Pero también hemos escuchado una vigorosa defensa de la vida, de la familia, de la libertad educativa, del bien común y de la Escuela de Salamanca.
La cuestión sigue abierta.
Y probablemente seguirá abierta durante los próximos días.
Porque el verdadero debate no es político.
Ni siquiera es histórico.
Es espiritual.
Es intelectual.
Y es civilizatorio.
Se resume en una sola pregunta.
La misma pregunta que la Iglesia viene afrontando desde hace veinte siglos:
¿Está llamada a seguir al mundo o a recordar al mundo verdades que éste preferiría olvidar?
Y de la respuesta a esa pregunta dependerá, en gran medida, el juicio histórico que merezca el pontificado de León XIV.
LEÓN XIV EN ESPAÑA: ENTRE LA ESCUELA DE SALAMANCA Y EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA
Sexta entrega
Cuando un Papa recordó a los diputados que la verdad no se vota

Hasta el momento, éste ha sido el discurso más importante de toda la visita.
No por su repercusión mediática.
No por los aplausos recibidos.
No por la solemnidad del escenario.
Sino porque durante unos minutos León XIV recordó algo que buena parte de Occidente parece haber olvidado.
La verdad no se decide por votación.
Y esa afirmación, aparentemente sencilla, posee consecuencias enormes.
El gran dogma de nuestro tiempo
Existe una creencia profundamente arraigada en las democracias contemporáneas.
La idea de que una ley es justa simplemente porque ha sido aprobada por una mayoría.
Según esta concepción, el proceso importa más que el contenido.
Lo relevante no es si una norma es buena o mala.
Lo importante es que haya sido aprobada siguiendo los procedimientos establecidos.
Una vez superado ese trámite, la discusión moral parece concluida.
Sin embargo, la historia demuestra justamente lo contrario.
Las leyes pueden ser injustas.
Los parlamentos pueden equivocarse.
Las mayorías pueden errar.
Y los gobiernos pueden cometer abusos.
La experiencia humana ofrece innumerables ejemplos.
La lección de la Escuela de Salamanca
Precisamente por eso resulta tan importante la referencia realizada por León XIV a la Escuela de Salamanca.
Aquellos juristas y teólogos comprendieron algo esencial.
La ley no crea la justicia.
La justicia debe inspirar la ley.
Parece un simple juego de palabras.
No lo es.
La diferencia resulta decisiva.
Porque si la ley crea la justicia, entonces cualquier cosa puede convertirse en justa mediante una votación.
Pero si la justicia es anterior a la ley, entonces la ley debe respetar determinados límites.
Y ésa es exactamente la tradición intelectual que el Papa reivindicó en el Congreso.
La dignidad humana no nace en el Parlamento
Uno de los aspectos más importantes del discurso fue la insistencia en la dignidad humana.
No como concesión del Estado.
No como regalo de los gobernantes.
No como producto de una mayoría parlamentaria.
Sino como una realidad inherente a la persona.
Éste es el fundamento de toda la tradición cristiana y también de buena parte del pensamiento jurídico occidental.
La dignidad no depende de la utilidad.
No depende de la riqueza.
No depende de la salud.
No depende de la fuerza.
No depende de la edad.
No depende de la autonomía.
Pertenece a la persona por el simple hecho de ser persona.
Cuando se abandona este principio, todo se vuelve negociable.
La cuestión del aborto
Por eso el Papa habló de la necesidad de proteger la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.
Y aquí aparece una cuestión que suele quedar oscurecida por la propaganda política.
El problema del aborto no es únicamente jurídico.
Ni siquiera es principalmente jurídico.
Es antropológico.
¿Qué es un ser humano?
¿Cuándo comienza su existencia?
¿Posee dignidad propia?
¿O depende esa dignidad de la voluntad de otros?
La tradición cristiana responde con claridad.
La vida humana merece protección desde su inicio.
Y precisamente por eso León XIV recordó que la defensa de la vida no constituye una cuestión confesional, sino una cuestión de civilización.
Naturalmente, muchos diputados escucharon estas palabras con evidente incomodidad.
Porque implican cuestionar uno de los pilares ideológicos de la política contemporánea.
La cuestión de la eutanasia
Algo semejante ocurre con la eutanasia.
También aquí la cuestión de fondo no es médica.
Ni administrativa.
Ni presupuestaria.
La pregunta fundamental es otra.
¿Conserva su dignidad una persona cuando envejece?
¿Cuando enferma?
¿Cuando depende de otros?
¿Cuando sufre?
Si la respuesta es afirmativa, entonces la solución no puede consistir en facilitar su desaparición.
La respuesta debe consistir en acompañar, cuidar y proteger.
Ésta ha sido siempre la posición histórica del cristianismo.
Y ésa fue también la orientación claramente expresada por León XIV.
Los padres y la educación
Otro momento especialmente significativo fue la referencia al derecho de los padres a decidir la formación de sus hijos.
Se trata de una cuestión cada vez más conflictiva.
Porque numerosos gobiernos contemporáneos consideran que la enseñanza constituye una herramienta privilegiada para moldear futuras generaciones.
La tentación resulta evidente.
Quien controla la formación controla buena parte del futuro.
Por eso la tradición cristiana siempre defendió que los padres poseen una responsabilidad originaria respecto a sus hijos.
No delegada por el Estado.
No concedida por el poder político.
Sino anterior a él.
Y precisamente por eso León XIV recordó que dicho derecho resulta inalienable.
El poder necesita límites
Sin embargo, el núcleo del discurso no estaba en ninguno de estos asuntos concretos.
El núcleo era más profundo.
Todos ellos derivan de una misma idea.
El poder tiene límites.
Límites que no puede eliminar.
Límites que no puede redefinir.
Límites que no puede someter a votación.
La vida humana.
La dignidad humana.
La verdad.
La justicia.
La libertad de conciencia.
La responsabilidad moral.
La familia.
Todo ello constituye una realidad anterior al Estado.
Y precisamente por eso ninguna mayoría puede disponer arbitrariamente de ellas.
Lo que realmente molestó
Muchos comentarios posteriores se centraron en cuestiones secundarias.
Pero probablemente lo que más incomodó a determinados sectores políticos fue otra cosa.
Que un Papa recordara públicamente que existen verdades anteriores a la política.
Porque buena parte del pensamiento contemporáneo se basa precisamente en negar esa posibilidad.
Según esa visión, toda verdad sería una construcción social.
Toda moral sería relativa.
Toda norma dependería de acuerdos provisionales.
Toda realidad podría redefinirse.
León XIV sostuvo exactamente lo contrario.
Y al hacerlo recuperó una tradición intelectual que se remonta a Aristóteles, Cicerón, San Agustín, Santo Tomás de Aquino y la Escuela de Salamanca.
La gran incógnita
Por eso este discurso constituye, hasta ahora, el momento más sólido de toda la visita.
No porque resolviera todas las contradicciones anteriores.
No porque disipara todas las dudas.
Sino porque recordó principios fundamentales que trascienden cualquier coyuntura política.
La cuestión que sigue abierta es evidente.
¿Continuará León XIV recorriendo este camino?
¿O volverá a refugiarse en los tópicos históricos, las fórmulas diplomáticas y las ambigüedades que marcaron los primeros días de la visita?
Todavía es pronto para saberlo.
Pero algo parece indiscutible.
Cuando un Papa recuerda a los gobernantes que la verdad no se vota, la dignidad humana no se concede por decreto y la justicia no depende de las mayorías, está cumpliendo una de las funciones más importantes que la Iglesia ha desempeñado durante siglos.
Y precisamente por eso este discurso ha resultado tan incómodo para algunos y tan esperanzador para otros.
LEÓN XIV EN ESPAÑA: ENTRE LA ESCUELA DE SALAMANCA Y EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA
Séptima entrega
Lo que revelan las reacciones: cuando cada cual escuchó lo que quiso escuchar

Hay una vieja observación atribuida a diversos autores que afirma que las personas no suelen escuchar lo que se dice, sino aquello que desean escuchar.
Las reacciones al discurso de León XIV en el Congreso parecen confirmar plenamente esa idea.
Porque pocas veces un mismo texto ha sido interpretado de maneras tan diferentes.
Y precisamente por eso resulta tan interesante analizar no sólo el discurso, sino también las respuestas que provocó.
A menudo las reacciones revelan más que el propio acontecimiento.
La reacción de la izquierda
La primera incomodidad apareció cuando León XIV recordó que toda vida humana merece protección desde la concepción hasta la muerte natural.
Era inevitable.
Porque esa afirmación choca frontalmente con uno de los pilares ideológicos más importantes de la izquierda contemporánea.
No estamos hablando simplemente de una discrepancia jurídica.
Estamos hablando de una cuestión antropológica.
Para buena parte de la izquierda actual, el aborto constituye un derecho intocable.
No una tragedia.
No una excepción dramática.
No un fracaso colectivo.
Un derecho.
Y precisamente por eso las palabras del Papa fueron recibidas con evidente irritación por figuras como Irene Montero.
La reacción resulta comprensible.
Si se acepta que existe una dignidad humana anterior al Estado y anterior a cualquier votación parlamentaria, gran parte del edificio ideológico construido durante las últimas décadas comienza a tambalearse.
Por eso la respuesta no fue un debate filosófico.
Fue una descalificación inmediata.
Como suele ocurrir cuando una convicción funciona más como dogma político que como conclusión racional.
La incomodidad del Gobierno
La situación del Gobierno resultó todavía más incómoda.
Porque los días previos parecían haber sido relativamente favorables.
Fotografías.
Recepciones.
Sonrisas.
Declaraciones diplomáticas.
Gestos de cordialidad.
Sin embargo, el discurso del Congreso introdujo elementos mucho menos cómodos.
La defensa de la vida.
La defensa de la familia.
La defensa del derecho de los padres a elegir la formación de sus hijos.
La afirmación de que no toda ley es justa por el simple hecho de ser legal.
La reivindicación de principios anteriores al poder político.
Todo ello cuestiona aspectos esenciales de la orientación política dominante en España durante los últimos años.
Y lo hace desde una posición difícil de desacreditar.
Porque no procede de un partido.
No procede de un grupo de presión.
No procede de un adversario electoral.
Procede del máximo representante de la Iglesia Católica.
La reacción de la derecha
Pero tampoco toda la derecha salió indemne.
Y aquí conviene ser honestos.
Algunos sectores conservadores aplaudieron inmediatamente las referencias a la vida, la familia y la Escuela de Salamanca.
Sin embargo, el discurso contenía también elementos incómodos para ellos.
La insistencia en la dignidad inherente de toda persona.
La condena de cualquier discriminación basada en origen étnico o nacional.
La defensa de un trato humano hacia los inmigrantes.
La denuncia de la explotación de quienes se ven obligados a abandonar sus países.
La llamada al respeto en el lenguaje político.
Todo ello forma igualmente parte del mensaje pronunciado por León XIV.
Y conviene reconocerlo.
Porque precisamente la fuerza del discurso residía en que no podía ser apropiado íntegramente por ninguna facción.
Los medios de información y el arte de la selección
Quizá las reacciones más previsibles fueron las de muchos medios de información.
Cada uno seleccionó aquello que confirmaba su propia visión previa.
Unos destacaron las referencias a la inmigración.
Otros subrayaron las alusiones al aborto.
Algunos insistieron en el diálogo.
Otros en la familia.
Unos hablaron de apertura.
Otros de tradición.
El fenómeno resulta revelador.
Porque demuestra hasta qué punto el debate público contemporáneo se ha convertido en una gigantesca operación de selección interesada.
Ya no se analiza el conjunto.
Se extraen fragmentos.
Se aíslan frases.
Se construyen titulares.
Y después cada grupo utiliza esos fragmentos para reforzar las convicciones que ya tenía antes de escuchar el discurso.
La reacción de muchos católicos
Pero quizá las reacciones más significativas fueron las producidas dentro del propio mundo católico.
Porque allí aparecieron sentimientos encontrados.
Por una parte, alivio.
Alivio al escuchar referencias claras a la vida, la familia, la ley natural y la Escuela de Salamanca.
Alivio porque, durante unos minutos, parecía reaparecer un lenguaje que muchos consideraban progresivamente arrinconado dentro de la propia Iglesia.
Pero junto al alivio apareció también la cautela.
Y esa cautela resulta perfectamente comprensible.
Porque los mismos católicos que aplaudieron el discurso del Congreso son los que habían escuchado pocos días antes las referencias a la convivencia idealizada de al-Ándalus.
Son los mismos que observan con preocupación la creciente influencia de determinadas categorías ideológicas contemporáneas dentro de algunos ámbitos eclesiales.
Y son los mismos que han visto durante años cómo la claridad doctrinal era sustituida con frecuencia por formulaciones ambiguas.
Por eso muchos prefieren esperar.
El problema de la confianza
En realidad, la cuestión de fondo es una cuestión de confianza.
Cuando una persona mantiene una línea coherente durante años, cada nueva declaración se interpreta a la luz de esa coherencia.
Pero cuando aparecen mensajes contradictorios, surge inevitablemente la incertidumbre.
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo con León XIV.
Todavía no sabemos cuál de los dos registros expresa mejor su pensamiento.
El de la falacia de la convivencia de las tres culturas.
O el de la Escuela de Salamanca.
El de las fórmulas diplomáticas.
O el de la ley natural.
El de los tópicos contemporáneos.
O el de las verdades permanentes.
Lo que realmente importa
Sin embargo, existe una enseñanza especialmente valiosa en todo este episodio.
Las reacciones han demostrado que el discurso del Congreso tocó cuestiones fundamentales.
Porque cuando un mensaje deja indiferente a todo el mundo suele significar que no ha dicho nada importante.
En cambio, cuando provoca adhesiones, críticas, incomodidades y debates intensos, suele indicar que ha tocado cuestiones esenciales.
Y precisamente eso es lo que ocurrió.
León XIV recordó durante unos minutos que existen verdades anteriores a la política.
Verdades anteriores a las encuestas.
Verdades anteriores a las mayorías.
Verdades anteriores incluso a los gobiernos.
Y esa afirmación resulta profundamente incómoda para una época acostumbrada a pensar que todo puede redefinirse mediante leyes, propaganda o ingeniería social.
La prueba definitiva
Por eso el verdadero juicio sobre esta visita todavía no puede emitirse.
No después de una semana.
No después de un solo discurso.
La prueba definitiva llegará en los próximos días.
Y quizá también en los próximos años.
Porque la cuestión ya no consiste en analizar una intervención concreta.
La cuestión consiste en comprobar si León XIV está dispuesto a mantener las mismas verdades cuando dejen de ser cómodas.
Cuando incomoden a los gobiernos.
Cuando incomoden a los medios de información.
Cuando incomoden a organismos internacionales.
Cuando incomoden incluso a determinados sectores dentro de la propia Iglesia.
Sólo entonces sabremos si el discurso del Congreso fue una excepción afortunada.
O si realmente hemos asistido al comienzo de un pontificado dispuesto a recordar al mundo aquello que el mundo preferiría olvidar.
LEÓN XIV EN ESPAÑA: ENTRE LA ESCUELA DE SALAMANCA Y EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA
Octava entrega
La Iglesia no está llamada a seguir al mundo, sino a iluminarlo

Llegados al final de este análisis, conviene regresar a la pregunta fundamental que ha recorrido todas las entregas anteriores.
No la cuestión de Pedro Sánchez.
No la cuestión de la izquierda o la derecha.
No la cuestión de la convivencia andalusí.
No la cuestión de la Agenda 2030.
Ni siquiera la cuestión de León XIV.
La pregunta verdaderamente importante es otra.
¿Para qué existe la Iglesia?
Porque la respuesta a esa pregunta determina todas las demás.
El error de nuestro tiempo
Una de las mayores confusiones de la época contemporánea consiste en creer que toda institución debe justificarse por su utilidad inmediata.
Los partidos políticos existen para alcanzar el poder.
Las empresas existen para producir bienes y servicios.
Los sindicatos existen para defender intereses laborales.
Los gobiernos existen para administrar la comunidad política.
Pero la Iglesia no nació para ninguna de esas cosas.
No nació para gestionar la economía.
No nació para diseñar programas educativos.
No nació para elaborar estadísticas.
No nació para producir informes climáticos.
No nació para repetir las consignas de organismos internacionales.
Su misión es otra.
Mucho más incómoda.
Y mucho más difícil.
Recordar verdades permanentes en medio de un mundo que cambia constantemente.
El espíritu de la época
Cada época genera sus propias certezas.
Sus propios dogmas.
Sus propias supersticiones.
Sus propias modas intelectuales.
Y suele considerarlas definitivas.
Así ocurrió en la Roma pagana.
Así ocurrió durante la Revolución Francesa.
Así ocurrió con el marxismo.
Así ocurrió con los nacionalismos totalitarios.
Y así ocurre también hoy.
Nuestra época posee igualmente sus dogmas.
Aunque muchas veces se niegue a reconocerlos.
Dogmas sobre la naturaleza humana.
Dogmas sobre la sexualidad.
Dogmas sobre la familia.
Dogmas sobre la educación.
Dogmas sobre el papel del Estado.
Dogmas sobre la historia.
Dogmas sobre la religión.
Dogmas que rara vez admiten discusión.
Dogmas que con frecuencia se presentan como evidencias científicas cuando en realidad son opciones filosóficas o ideológicas.
La función histórica del cristianismo
Precisamente por eso el cristianismo desempeñó durante siglos una función esencial.
Recordar que ninguna época posee la última palabra.
Recordar que ninguna mayoría es infalible.
Recordar que ningún gobernante es absoluto.
Recordar que ningún poder puede convertirse legítimamente en dueño de la verdad.
Y recordar que la dignidad humana no depende de la utilidad, del éxito o de la fuerza.
Cuando la Iglesia ha cumplido esa función, ha prestado un inmenso servicio a la civilización.
Cuando la ha olvidado, se ha debilitado.
Porque ha intentado competir en terrenos donde siempre será superada por otros actores.
La Iglesia nunca podrá ser mejor partido político que los partidos.
Ni mejor administración que los gobiernos.
Ni mejor universidad que las universidades.
Ni mejor organismo técnico que los organismos técnicos.
Su fuerza reside en otra parte.
La lección de la Escuela de Salamanca
Por eso resulta tan significativa la aparición de la Escuela de Salamanca en el discurso de León XIV.
Aquellos hombres comprendieron perfectamente esta realidad.
Vivían en la época de mayor poder político de España.
Podrían haberse limitado a justificar las decisiones del imperio.
Habría sido más cómodo.
Más rentable.
Más seguro.
Sin embargo hicieron exactamente lo contrario.
Preguntaron cuáles eran los límites del poder.
Preguntaron cuáles eran los derechos de los más débiles.
Preguntaron qué exigía la justicia.
Preguntaron qué obligaciones tenía la autoridad.
No buscaron acomodar la verdad al poder.
Intentaron someter el poder a la verdad.
Y precisamente por eso siguen siendo relevantes quinientos años después.
La gran cuestión de León XIV
Llegados a este punto, la pregunta sobre León XIV adquiere una formulación mucho más precisa.
La cuestión no es si resulta simpático.
La cuestión no es si cae bien a los medios.
La cuestión no es si mantiene buenas relaciones diplomáticas.
La cuestión es otra.
¿Será capaz de desempeñar la función que históricamente dio sentido al papado?
¿Será capaz de recordar a los gobernantes aquello que no desean escuchar?
¿Será capaz de recordar a Occidente los fundamentos morales que está olvidando?
¿Será capaz de defender la verdad cuando resulte impopular?
Todavía no lo sabemos.
Y precisamente por eso esta visita ha generado tantas expectativas como incertidumbres.
Dos caminos
Después de estos primeros días parecen dibujarse dos caminos posibles.
El primero consiste en continuar la senda de la adaptación permanente.
Ajustar continuamente el lenguaje cristiano a las categorías dominantes.
Buscar puntos de encuentro a cualquier precio.
Evitar conflictos.
Reducir las diferencias doctrinales.
Priorizar la aceptación social.
Es un camino cómodo.
Pero también peligroso.
Porque corre el riesgo de vaciar progresivamente el contenido del mensaje cristiano.
El segundo camino es más difícil.
Consiste en dialogar con el mundo sin dejarse absorber por él.
Escuchar sin someterse.
Comprender sin renunciar.
Mantener la cortesía sin sacrificar la claridad.
Y recordar permanentemente que la misión de la Iglesia no consiste en reflejar el espíritu de la época, sino en examinarlo críticamente.
España como símbolo
Quizá por eso resulta tan significativo que este debate se haya planteado precisamente en España.
Porque pocas naciones representan mejor la tensión entre fe, poder, historia y civilización.
España fue capaz de producir la Escuela de Salamanca.
Fue capaz de debatir públicamente sobre los derechos de los indígenas cuando otras potencias ni siquiera se planteaban la cuestión.
Fue capaz de generar algunas de las reflexiones más profundas sobre la dignidad humana, el derecho y la justicia.
Y precisamente por eso resulta tan apropiado que el debate reaparezca aquí.
Una esperanza prudente
Después de los bandazos observados durante la primera semana de la visita, la prudencia aconseja evitar conclusiones precipitadas.
Las referencias iniciales a la falacia de la convivencia de las tres culturas siguen siendo difíciles de defender históricamente.
Los gestos de cercanía hacia determinados gobernantes continúan generando interrogantes legítimos.
Pero también es cierto que el discurso del Congreso permitió escuchar algo que muchos temían haber perdido.
La voz de una tradición que recuerda que existen verdades anteriores a la política.
Verdades anteriores a las modas.
Verdades anteriores a las mayorías.
Verdades anteriores incluso al propio Estado.
Conclusión
Y quizá ahí resida la enseñanza más importante de toda esta visita.
La Iglesia no está llamada a seguir al mundo.
Está llamada a iluminarlo.
No está llamada a repetir las ideas dominantes.
Está llamada a examinarlas.
No está llamada a confirmar los prejuicios de cada época.
Está llamada a confrontarlos con una medida superior.
Ésa fue la misión de los profetas.
Ésa fue la misión de los apóstoles.
Ésa fue la misión de la Escuela de Salamanca.
Y ésa sigue siendo la misión de cualquier Papa.
Por eso el juicio definitivo sobre León XIV dependerá de una cuestión muy sencilla.
No de los aplausos que reciba.
No de las portadas que protagonice.
No de las simpatías que despierte.
Sino de su disposición a recordar, también cuando resulte incómodo, que la verdad no depende del poder y que la dignidad humana no se somete a votación.
Porque cuando la Iglesia olvida esa misión, se vuelve irrelevante.
Pero cuando la cumple, incluso sus adversarios terminan viéndose obligados a escucharla.
EPÍLOGO
Europa ante su crisis espiritual: León XIV, la Escuela de Salamanca y el futuro de Occidente

Al concluir esta reflexión sobre la visita de León XIV a España, conviene elevar la mirada.
Porque, en realidad, nunca estuvo en juego únicamente una visita papal.
Nunca estuvo en juego únicamente un discurso.
Nunca estuvo en juego únicamente la figura de un pontífice concreto.
Lo que verdaderamente está en juego es algo mucho más profundo.
El futuro espiritual de Europa.
Y quizá también el de la civilización occidental.
El continente cansado
Europa atraviesa una de las mayores crisis de su historia.
No una crisis económica.
No una crisis financiera.
No una crisis energética.
Todas ellas son importantes.
Pero ninguna constituye el problema principal.
La verdadera crisis es una crisis de sentido.
Una crisis de identidad.
Una crisis de confianza en sí misma.
Una crisis espiritual.
Por primera vez en muchos siglos, Europa parece incapaz de responder a una pregunta elemental:
¿Quiénes somos?
Y una civilización que deja de responder a esa pregunta termina perdiendo también la capacidad de responder a todas las demás.
La paradoja de la prosperidad
Nunca los europeos habían disfrutado de tantos recursos materiales.
Nunca habían vivido más años.
Nunca habían tenido acceso a tanta información.
Nunca habían poseído un nivel tecnológico semejante.
Y, sin embargo, pocas veces habían mostrado una incertidumbre tan profunda acerca de su propio futuro.
Las sociedades europeas envejecen aceleradamente.
La natalidad se desploma.
La confianza en las instituciones disminuye.
La cohesión social se debilita.
Las identidades nacionales se erosionan.
La familia pierde estabilidad.
Y el individuo aparece cada vez más aislado.
Resulta difícil imaginar una paradoja mayor.
La abundancia material convive con una creciente pobreza espiritual.
Una civilización que reniega de sí misma
Existe además otro fenómeno singular.
Pocas civilizaciones han mostrado tanta disposición a cuestionar constantemente su propia legitimidad.
Europa parece haber convertido la autoflagelación en una disciplina académica.
La colonización.
La evangelización.
La expansión europea.
La historia nacional.
La tradición cultural.
Todo es sometido a revisión permanente.
Naturalmente, toda sociedad debe examinar críticamente su pasado.
Pero una cosa es el examen crítico.
Y otra muy distinta la demolición sistemática de la propia memoria.
Porque una comunidad que aprende a avergonzarse de todo su pasado termina siendo incapaz de construir un futuro compartido.
La crisis de la verdad
Existe además una dimensión todavía más profunda.
Durante siglos Europa se edificó sobre la convicción de que la verdad existía.
Que podía ser buscada.
Que podía ser discutida.
Que podía ser conocida, aunque nunca de manera perfecta.
Esa convicción hizo posibles las universidades.
La filosofía.
La ciencia.
El derecho.
La teología.
La propia idea de debate racional.
Sin embargo, una parte significativa del pensamiento contemporáneo parece haber abandonado esa premisa.
Cada vez con mayor frecuencia se afirma que toda verdad es relativa.
Que toda afirmación depende del contexto.
Que toda convicción constituye una construcción cultural.
Que todo conocimiento es una expresión de relaciones de poder.
Pero una civilización que deja de creer en la verdad termina dejando de creer también en la razón.
Y cuando la razón desaparece, sólo quedan la propaganda, la emoción y la fuerza.
La lección de la Escuela de Salamanca
Precisamente por eso la referencia de León XIV a la Escuela de Salamanca posee una importancia que va mucho más allá de España.
Aquellos hombres comprendieron que el poder necesita límites.
Que la fuerza no crea justicia.
Que la dignidad humana no depende de la utilidad.
Que existe una ley moral anterior a cualquier gobierno.
Y que la verdad no puede quedar sometida a las conveniencias del momento.
No eran principios españoles.
No eran principios europeos.
Eran principios humanos.
Y precisamente por eso siguen siendo válidos.
El desafío demográfico
Existe además una cuestión que Europa parece empeñada en ignorar.
La demografía.
Ninguna civilización sobrevive si deja de tener hijos.
Ninguna.
Las leyes no sustituyen a las nuevas generaciones.
Los decretos no sustituyen a las familias.
La tecnología no sustituye a los nacimientos.
Sin embargo, gran parte de Europa parece haber normalizado una situación que habría horrorizado a cualquier generación anterior.
Regiones enteras envejecen.
Pueblos enteros desaparecen.
Las escuelas cierran por falta de alumnos.
Y mientras tanto, buena parte del debate público gira alrededor de cuestiones infinitamente menos importantes.
Una sociedad que deja de transmitir la vida termina dejando de transmitir también su cultura, su memoria y su identidad.
El problema del vacío
Quizá el problema fundamental de Europa no sea la pérdida de fe.
Sea la aparición de un vacío.
Porque el ser humano no vive únicamente de bienestar material.
Necesita sentido.
Necesita pertenencia.
Necesita finalidad.
Necesita esperanza.
Cuando desaparecen las grandes preguntas, surgen inevitablemente los sustitutos.
Las ideologías.
Las identidades artificiales.
Las religiones políticas.
Los fanatismos.
Las utopías.
La historia del siglo XX debería haber enseñado suficiente sobre este fenómeno.
Parece que no fue así.
El papel de la Iglesia
Y aquí reaparece la cuestión planteada a lo largo de todo este ensayo.
¿Qué papel debe desempeñar la Iglesia en medio de esta crisis?
¿Debe adaptarse al vacío?
¿Debe acomodarse a él?
¿Debe limitarse a acompañarlo?
¿O debe ofrecer una respuesta distinta?
Ésa es la cuestión decisiva.
Porque si la Iglesia se limita a repetir lo que ya dicen gobiernos, organismos internacionales, universidades o medios de información, terminará resultando superflua.
Pero si es capaz de recordar aquello que los demás han olvidado, seguirá desempeñando una función insustituible.
León XIV y la gran elección
Por eso el futuro de este pontificado dependerá de una elección fundamental.
No entre izquierda y derecha.
No entre conservadurismo y progresismo.
No entre tradición y modernidad.
La verdadera elección es otra.
Entre acomodarse al espíritu de la época o examinar críticamente ese espíritu.
Entre seguir al mundo o iluminarlo.
Entre adaptarse a las modas o recordar principios permanentes.
Ésa fue la elección de la Escuela de Salamanca.
Ésa fue la elección de Benedicto XVI.
Ésa fue la elección de Juan Pablo II frente al comunismo.
Y ésa es también la elección que León XIV deberá afrontar.
La esperanza de Europa
A pesar de todo, existen razones para la esperanza.
Porque Europa ha atravesado otras crisis.
Ha sobrevivido a invasiones.
A guerras religiosas.
A revoluciones.
A totalitarismos.
A guerras mundiales.
Y siempre encontró recursos para reconstruirse.
La cuestión es si todavía conserva la voluntad de hacerlo.
Y para ello necesita recuperar algo que parece estar perdiendo.
No riqueza.
No tecnología.
No burocracia.
No reglamentos.
Necesita recuperar confianza en aquello que la hizo posible.
En su herencia cultural.
En su tradición intelectual.
En la razón.
En la libertad.
En la dignidad humana.
Y también en las raíces cristianas que contribuyeron decisivamente a configurar todo ese legado.
Conclusión final
Quizá por eso la visita de León XIV a España resulta más importante de lo que parece.
Porque, detrás de cada discurso, de cada polémica y de cada titular, aparece una pregunta mucho más profunda.
La misma pregunta que recorre hoy toda Europa.
¿Existe todavía algo por lo que merezca la pena construir el futuro?
Si la respuesta es negativa, el declive continuará.
Si la respuesta es afirmativa, todavía hay esperanza.
Y precisamente ahí reside la responsabilidad de la Iglesia.
No proporcionar soluciones técnicas.
No redactar planes quinquenales.
No elaborar programas administrativos.
Sino recordar aquello que ninguna crisis económica, ningún gobierno y ninguna moda intelectual pueden sustituir.
Que la verdad existe.
Que la dignidad humana existe.
Que la libertad exige responsabilidad.
Y que ninguna civilización puede sobrevivir mucho tiempo cuando olvida quién es, de dónde viene y hacia dónde pretende dirigirse.
Ésa es, en última instancia, la cuestión planteada por la visita de León XIV a España.
Y también la gran cuestión del futuro de Europa.