EL JUICIO DE RESIDENCIA Y LA URGENTE NECESIDAD DE UNA LEY DE RESPONSABILIDAD DE GOBERNANTES, CARGOS ELECTOS Y EMPLEADOS PÚBLICOS

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Carlos Aurelio Caldito Aunión

Raro es el estudio de opinión en el que se pregunte a los españoles cuáles son los principales problemas nacionales y no aparezca inmediatamente la corrupción entre las primeras preocupaciones.

Y no es para menos.

España no padece simplemente algunos episodios aislados de corrupción administrativa o política.

Cada vez resulta más evidente que el país lleva décadas sufriendo un proceso profundo de degradación institucional, clientelismo político, saqueo presupuestario y ocupación oligárquico-caciquil de buena parte de las estructuras públicas.

El llamado “affaire Zapatero”, con:

  • las investigaciones sobre el rescate fraudulento de Plus Ultra;
  • las conexiones venezolanas;
  • las sociedades opacas;
  • las agendas intervenidas;
  • las joyas;
  • el dinero oculto;
  • las estructuras internacionales de intermediación;
  • y las conversaciones sobre “mover hilos” y “dar empujones”,

No ha hecho sino reforzar una percepción social ya enormemente extendida:
La sensación de que España habría evolucionado progresivamente hacia una auténtica cleptocracia.

Es decir:
un sistema donde redes políticas, administrativas y económicas utilizan el poder público fundamentalmente para:

  • enriquecerse;
  • protegerse mutuamente;
  • controlar instituciones;
  • repartir favores;
  • y perpetuarse mediante clientelismo, propaganda y utilización masiva del dinero público.

La percepción dominante entre muchísimos ciudadanos es demoledora:

  • impunidad;
  • irresponsabilidad;
  • corrupción estructural;
  • y ausencia casi total de consecuencias reales para las élites políticas.

Y ahí aparece uno de los problemas más graves del sistema español contemporáneo:
La inexistencia de mecanismos efectivos de responsabilidad política, administrativa y patrimonial.

Los procedimientos judiciales:

  • se eternizan;
  • los delitos prescriben;
  • las responsabilidades se diluyen;
  • los partidos protegen a los suyos;
  • y muchos dirigentes terminan retirándose tranquilamente tras décadas viviendo del presupuesto público.

Mientras tanto:

  • trabajadores;
  • autónomos;
  • empresarios productivos;
  • pensionistas;
  • y contribuyentes normales

soportan:

  • impuestos crecientes;
  • inflación;
  • endeudamiento gigantesco;
  • deterioro institucional;
  • y degradación constante de los servicios públicos.

La corrupción no sólo roba dinero.

Destruye:

  • confianza;
  • moral pública;
  • mérito;
  • cohesión nacional;
  • y respeto hacia las instituciones.

España transmite crecientemente imagen de:

  • podredumbre;
  • clientelismo;
  • arbitrariedad;
  • y utilización partidista del Estado.

Y eso afecta:

  • a la inversión;
  • a la competitividad;
  • a la productividad;
  • y al prestigio internacional del país.

La situación ha llegado hasta tal punto que muchísimos ciudadanos perciben ya a los partidos políticos no como instrumentos de representación nacional, sino como estructuras organizadas alrededor del control del presupuesto y del reparto de poder.

La corrupción aparece así como el gran caballo de Troya del sistema político español.

Y cuanto mayor es:

  • el gasto público;
  • la deuda;
  • la hipertrofia burocrática;
  • y el poder discrecional de los gobernantes,

mayor resulta también la tentación corrupta.

Ya Maquiavelo advirtió hace siglos que cuando una sociedad alcanza altos niveles de corrupción política y moral, las soluciones superficiales dejan de ser suficientes.

«Quien en los actuales tiempos quisiera fundar una república, le sería más fácil conseguirlo con hombres montaraces y sin civilización alguna, que con ciudadanos de corrompidas costumbres; como un escultor obtendrá mejor una bella estatua de un trozo informe de mármol que de un mal esbozo hecho por otro.»

La experiencia histórica demuestra además algo elemental:
resulta mucho más eficaz prevenir la corrupción que intentar castigarla cuando ya se encuentra profundamente extendida.

Porque toda estructura corrupta:

  • se protege;
  • se adapta;
  • se infiltra;
  • y termina creando redes de defensa mutua.

Por eso España necesita urgentemente una reconstrucción profunda de los mecanismos de responsabilidad pública.

Y ello exige medidas concretas, severas y disuasorias.


MEDIDAS URGENTES PARA FRENAR LA CLEPTOCRACIA

1. Independencia real de la Justicia

Resulta imprescindible una Administración de Justicia:

  • independiente de partidos;
  • libre de grupos de presión;
  • rápida;
  • eficaz;
  • y protegida frente a injerencias políticas.

Sin jueces y fiscales independientes no existe verdadero Estado de Derecho.


2. Prohibición absoluta de indultos por corrupción

Ningún condenado por:

  • malversación;
  • tráfico de influencias;
  • prevaricación;
  • cohecho;
  • financiación ilegal;
  • enriquecimiento ilícito;
  • o delitos contra el patrimonio público

debería poder recibir indulto gubernamental.

El corrupto debe saber desde el principio que:

  • responderá;
  • pagará;
  • y no será salvado políticamente.

3. Reducción drástica de aforamientos

España posee un número escandaloso de aforados.

El aforamiento debería limitarse exclusivamente:

  • al ejercicio directo de determinadas funciones institucionales;
  • y nunca convertirse en blindaje procesal permanente.

4. Protección absoluta de denunciantes

Toda lucha seria contra la corrupción exige:

  • protección legal;
  • económica;
  • laboral;
  • y personal

para quienes denuncien tramas corruptas.

Sin denunciantes protegidos, las redes clientelares prosperan fácilmente.


5. Regulación severa de grupos de presión («lobbies»)

Es imprescindible:

  • legislar sobre grupos de presión;
  • obligarlos a registrarse;
  • hacer públicas sus reuniones;
  • transparentar contactos;
  • y controlar su influencia sobre contratos y decisiones públicas.

6. Limitación del poder discrecional de alcaldes y cargos públicos

La corrupción urbanística y contractual demuestra que muchos ayuntamientos fueron utilizados durante décadas como auténticos cortijos políticos.

Debe reducirse severamente:

  • la arbitrariedad contractual;
  • el urbanismo discrecional;
  • y la capacidad de favorecer empresarios afines.

EL JUICIO DE RESIDENCIA: UNA HERRAMIENTA EXTRAORDINARIAMENTE MODERNA

Y aquí aparece una vieja institución española hoy más imprescindible que nunca:


El Juicio de Residencia.

El juicio de residencia fue una institución jurídica fundamental del derecho castellano, posteriormente extendida a todo el Imperio Español.

Su origen parece encontrarse en el derecho romano tardío y fue incorporado por Alfonso X el Sabio en Las Partidas.

Su finalidad era elemental y profundamente sensata:
todo funcionario, gobernador o cargo público debía rendir cuentas reales al finalizar su mandato.

No bastaba:

  • abandonar el cargo;
  • cambiar de despacho;
  • ni refugiarse políticamente.

Debía responder:

  • administrativa;
  • política;
  • patrimonial;
  • y eventualmente penalmente.

Inicialmente se aplicó a jueces, pero desde el siglo XIV se extendió prácticamente a todos los funcionarios y autoridades reales:

  • virreyes;
  • gobernadores;
  • corregidores;
  • alcaldes;
  • magistrados;
  • capitanes generales;
  • y altos cargos administrativos.

El procedimiento poseía elementos extraordinariamente avanzados incluso para estándares contemporáneos.


¿EN QUÉ CONSISTÍA?

El cargo investigado:

  • no podía abandonar el territorio donde ejerció;
  • no podía acceder a otro cargo;
  • y parte de su patrimonio quedaba retenido cautelarmente

hasta finalizar el procedimiento.

Éste es un aspecto decisivo.

Porque garantizaba:

  • responsabilidad real;
  • posibilidad efectiva de sanción económica;
  • y prevención de fugas patrimoniales.

Además:

  • el procedimiento era público;
  • se difundía mediante pregones;
  • y cualquier ciudadano agraviado podía participar y denunciar abusos.

El juicio poseía:

  • una fase secreta de investigación;
  • y otra pública de acusaciones y defensa.

Se analizaban:

  • documentos;
  • testigos;
  • cárceles;
  • actuaciones administrativas;
  • y cumplimiento de obligaciones públicas.

Las sanciones podían incluir:

  • multas;
  • confiscaciones;
  • cárcel;
  • e inhabilitación temporal o perpetua.

Nadie estaba exento.

Ni siquiera:

  • Cristóbal Colón;
  • Hernán Cortés;
  • o Pedro de Alvarado.

Eso explica precisamente su enorme eficacia disuasoria.

Todo gobernante sabía que:

  • tarde o temprano;
  • pública y patrimonialmente;
  • habría de responder.

LA DESAPARICIÓN DEL JUICIO DE RESIDENCIA Y LA CULTURA DE IMPUNIDAD

Los juicios de residencia fueron eliminados por las Cortes de Cádiz de 1812.

Y resulta difícil no sospechar que una herramienta tan poderosa contra:

  • abusos;
  • corruptelas;
  • arbitrariedad;
  • y saqueo institucional

incomodaba enormemente a las nuevas élites políticas.

Desde entonces, España fue evolucionando progresivamente hacia sistemas donde:

  • la responsabilidad se diluye;
  • los procedimientos se eternizan;
  • y las élites políticas disfrutan de creciente sensación de impunidad.

Precisamente lo contrario del espíritu del juicio de residencia.


LA NECESIDAD URGENTE DE UN JUICIO DE RESIDENCIA MODERNO

España necesita urgentemente recuperar una versión moderna y constitucional del juicio de residencia.

Es decir:
un sistema obligatorio, automático y público de revisión patrimonial, administrativa y política de:

  • ministros;
  • presidentes;
  • consejeros;
  • alcaldes;
  • altos cargos;
  • y responsables de gestión pública.

Dicho procedimiento debería incluir:

  • auditoría patrimonial completa;
  • revisión de contratos;
  • investigación de relaciones societarias;
  • análisis de enriquecimiento injustificado;
  • responsabilidad patrimonial personal;
  • e inhabilitación automática en determinados supuestos.

Y todo ello:

  • rápido;
  • público;
  • transparente;
  • y con participación ciudadana.

Porque sin responsabilidad real:

  • toda democracia degenera;
  • toda oligarquía se fortalece;
  • y toda cleptocracia termina expandiéndose.

CONCLUSIÓN FINAL

España se encuentra probablemente ante una de las mayores crisis morales e institucionales de su historia contemporánea.

La cuestión ya no es simplemente:
si existe corrupción.

La cuestión decisiva es otra:
si la nación posee todavía suficiente energía moral para frenar la consolidación definitiva de una cleptocracia oligárquico-caciquil.

Y eso exige:

  • valentía política;
  • independencia judicial;
  • responsabilidad patrimonial;
  • castigos ejemplares;
  • y recuperación urgente de mecanismos históricos de control del poder.

Porque ningún país puede sobrevivir indefinidamente cuando:
quienes deberían servirlo terminan utilizándolo principalmente para servirse de él.

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