EL MÉTODO DE AYN RAND PARA MATAR MONSTRUOS
Del Leviatán moderno al individuo soberano
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Introducción y resumen para lectores con prisas
¿Qué tienen en común los grandes totalitarismos del siglo XX, las burocracias hipertrofiadas del siglo XXI y la creciente tendencia de los Estados a intervenir en todos los aspectos de la vida humana?
Ayn Rand respondió a esa pregunta con una tesis tan sencilla como perturbadora:
Los monstruos políticos no nacen porque existan hombres especialmente perversos, sino porque demasiadas personas renuncian a pensar por sí mismas.
Este ensayo parte de una idea fundamental: el verdadero campo de batalla de la libertad no se encuentra en los parlamentos, los tribunales o los ministerios, sino en la conciencia individual.
Según Rand, toda forma de colectivismo comienza cuando el individuo deja de confiar en su propio juicio y entrega a otros la tarea de pensar por él. A partir de ese momento, la persona deja de vivir conforme a sus valores y empieza a vivir según las expectativas, opiniones o exigencias de terceros. Surge así lo que Rand denominó el «hombre de segunda mano»: alguien que no busca la verdad, sino la aprobación; que no persigue la excelencia, sino el reconocimiento; que no actúa por convicción, sino por conformidad.
Esta transformación tiene enormes consecuencias políticas. Cuando millones de individuos renuncian a su independencia intelectual, aparecen las condiciones necesarias para el crecimiento de lo que Thomas Hobbes llamó el Leviatán: una estructura de poder cada vez más extensa, más invasiva y más difícil de controlar.
El ensayo analiza cómo esa dinámica se manifiesta en la España contemporánea. El crecimiento constante del gasto público, la expansión burocrática, la multiplicación de organismos, la deuda creciente, la dependencia económica respecto del Estado y la progresiva degradación del debate público son interpretados como síntomas de un fenómeno más profundo: la sustitución de ciudadanos libres por administrados dependientes.
Desde esta perspectiva, Pedro Sánchez aparece no tanto como la causa del problema cuanto como una manifestación particularmente visible de tendencias que llevan décadas desarrollándose. El verdadero problema no sería una persona concreta ni un partido específico, sino una cultura política cada vez más acostumbrada a delegar responsabilidades, aceptar tutelas y confiar en soluciones procedentes del poder.
El texto conecta las reflexiones de Rand con autores como Hobbes, Ortega y Gasset, Hannah Arendt, Friedrich Hayek, Robert Michels, Mancur Olson y los pensadores de la Escuela de Salamanca. Todos ellos, desde perspectivas distintas, llegaron a conclusiones similares: el poder tiende naturalmente a expandirse y sólo encuentra límites efectivos cuando existen individuos dispuestos a defender su libertad.
Especial atención merece la teoría randiana de la «sanción de la víctima». Según esta idea, el mal rara vez triunfa exclusivamente por la fuerza. Necesita aceptación. Necesita resignación. Necesita ciudadanos dispuestos a tolerar pequeñas injusticias, pequeñas mentiras y pequeñas renuncias hasta que terminan convirtiéndose en grandes abusos.
El ensayo también aborda uno de los aspectos más controvertidos de la obra de Rand: su crítica al altruismo y su enfrentamiento intelectual con la tradición cristiana. A diferencia de los colectivismos modernos, el cristianismo clásico reconoce la dignidad intrínseca de cada persona y limita moralmente el poder político. Sin embargo, Rand advirtió contra cualquier doctrina que convierta el sacrificio en un ideal absoluto y termine justificando la subordinación del individuo a intereses colectivos.
La conclusión es clara.
Los monstruos más peligrosos no son los de las leyendas ni los de Halloween.
No tienen colmillos.
No duermen en ataúdes.
No aparecen durante la noche.
Son los monstruos burocráticos, ideológicos y políticos que nacen cuando los hombres dejan de ejercer su capacidad de pensar, juzgar y decidir por sí mismos.
Por ello, el método de Ayn Rand para matar monstruos no consiste en la violencia ni en la revolución.
Consiste en algo mucho más difícil.
Pensar.
Pensar con independencia.
Pensar contra la corriente cuando sea necesario.
Pensar incluso cuando hacerlo tenga un coste.
Porque la libertad comienza exactamente ahí.
Y porque ningún Leviatán, por poderoso que parezca, puede sobrevivir indefinidamente frente a una sociedad formada por individuos libres, responsables y dispuestos a defender la verdad.
En última instancia, la gran lección de Ayn Rand es que el mal no triunfa porque sea invencible.
Triunfa cuando demasiadas personas abandonan el uso de su razón.
Y precisamente por eso puede ser derrotado.

Si quieres profundizar y saber más, sigue leyendo.
I. EL MONSTRUO NO ESTÁ AHÍ FUERA
La mayoría de las personas imaginan el mal como algo externo.
Un dictador.
Un criminal.
Un tirano.
Un invasor.
Un corrupto.
Un asesino.
Sin embargo, la experiencia histórica enseña una lección mucho más inquietante.
Los mayores desastres de la humanidad no comenzaron cuando aparecieron los monstruos.
Comenzaron cuando dejaron de ser reconocidos como tales.
Ninguna sociedad despierta una mañana descubriendo que se ha convertido en una tiranía.
Ningún pueblo decide de repente renunciar a sus libertades.
Ninguna nación entrega conscientemente su futuro a una oligarquía extractiva.
El proceso siempre es gradual.
Imperceptible.
Progresivo.
Pequeñas concesiones.
Pequeñas renuncias.
Pequeñas mentiras aceptadas.
Pequeñas cobardías justificadas.
Y cuando la suma de todas ellas alcanza una determinada masa crítica, el monstruo ya no necesita ocultarse.
Gobierna.
Ayn Rand comprendió esta realidad mejor que la mayoría de los filósofos políticos del siglo XX.
Mientras otros analizaban sistemas económicos, instituciones o estructuras sociales, ella dirigía su atención hacia algo mucho más fundamental:
la mente humana.
Porque el verdadero campo de batalla de la libertad no es el Parlamento.
No es el Palacio Presidencial.
No es el Tribunal Supremo.
No es el Ministerio de Hacienda.
Es la conciencia individual.
Y cuando esa conciencia abdica de su función, todos los monstruos de la historia encuentran terreno fértil para prosperar.
II. EL PECADO ORIGINAL DEL COLECTIVISMO
La idea central de Ayn Rand puede resumirse en una frase extraordinariamente sencilla:
El individuo es un fin en sí mismo.
No es un medio.
No es una herramienta.
No es un recurso.
No es material fungible al servicio de ningún proyecto colectivo.
Ni de una raza.
Ni de una clase social.
Ni de una nación.
Ni de una iglesia.
Ni de un partido.
Ni siquiera de la humanidad.
Esta afirmación parece hoy evidente.
Sin embargo, constituye una de las ideas más revolucionarias jamás formuladas.
Porque prácticamente toda la historia humana ha estado dominada por doctrinas que sostienen exactamente lo contrario.
El individuo debía sacrificarse por la tribu.
Por el clan.
Por la ciudad.
Por el emperador.
Por la nación.
Por la revolución.
Por el proletariado.
Por la raza.
Por el paraíso futuro.
Las etiquetas cambiaban.
La exigencia permanecía intacta.
Siempre había algún supuesto bien superior que justificaba la subordinación de la persona concreta.
Rand observó que esa lógica conduce inevitablemente a la destrucción moral del individuo.
Porque quien acepta que otros decidan qué debe pensar, qué debe valorar y qué debe perseguir, acaba perdiendo la capacidad misma de decidir.
Y cuando desaparece el juicio independiente, desaparece también la libertad.
III. LOS HOMBRES DE SEGUNDA MANO
Quizá ninguna expresión de Rand sea tan brillante como la de «hombres de segunda mano».
Son personas que viven reflejadas en la mirada ajena.
No preguntan:
—¿Qué es verdad?
Preguntan:
—¿Qué se considera verdad?
No preguntan:
—¿Qué es justo?
Preguntan:
—¿Qué es socialmente aceptable?
No preguntan:
—¿Qué deseo realmente?
Preguntan:
—¿Qué esperan los demás que desee?
Su identidad se construye mediante espejos.
Su autoestima depende de la aprobación.
Su criterio depende del consenso.
Su felicidad depende del aplauso.
Su conciencia depende de la multitud.
Y precisamente por ello son extraordinariamente manipulables.
La propaganda encuentra en ellos un terreno ideal.
La ingeniería social prospera entre ellos.
Las modas ideológicas los arrastran fácilmente.
Los discursos políticos los movilizan sin dificultad.
Son incapaces de resistir porque han perdido el instrumento necesario para hacerlo:
el juicio propio.
Por eso Rand consideraba que el principal enemigo de la libertad no era el tirano.
Era el conformista.
Porque los tiranos son escasos.
Los conformistas son innumerables.
IV. LA FÁBRICA DE ZOMBIS
Mucho antes de que se popularizara la expresión «pensamiento único», Rand denunció la existencia de mecanismos educativos destinados a producir conformidad.
No pretendían formar individuos autónomos.
Pretendían formar individuos adaptados.
La diferencia es enorme.
Una persona autónoma piensa.
Una persona adaptada obedece.
Una persona autónoma evalúa.
Una persona adaptada repite.
Una persona autónoma juzga.
Una persona adaptada acepta.
Rand veía en determinadas corrientes pedagógicas una tendencia preocupante:
sustituir la búsqueda de la verdad por la adaptación al grupo.
La excelencia por la igualdad.
El mérito por la integración.
La razón por el consenso.
Naturalmente, la enseñanza necesita socialización.
Nadie discute eso.
La cuestión es otra.
¿Debe la enseñanza formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos?
¿O individuos perfectamente integrados en la opinión dominante?
La respuesta a esa pregunta determina el futuro de una civilización.
Porque las sociedades libres necesitan ciudadanos.
Las sociedades dirigidas necesitan súbditos.
V. EL LEVIATÁN NECESITA ALMAS DÓCILES
Aquí aparece la conexión profunda entre Hobbes y Rand.
El Leviatán político sólo puede crecer cuando previamente se ha reducido el individuo.
La hipertrofia del Estado siempre va acompañada de una atrofia de la responsabilidad personal.
Cuanto menos confían los hombres en sí mismos, más reclaman tutela.
Cuanto menos utilizan su juicio, más demandan dirección.
Cuanto menos asumen riesgos, más exigen protección.
Y toda protección tiene un precio.
El precio suele pagarse en libertad.
El ciudadano se transforma gradualmente en administrado.
El contribuyente en dependiente.
El hombre libre en solicitante.
El sujeto político en beneficiario.
Y el Estado deja de ser árbitro para convertirse en tutor.
Después en director.
Después en propietario moral de la sociedad.
Y finalmente en dueño efectivo de las vidas ajenas.
La historia europea del siglo XX ofrece innumerables ejemplos de este proceso.
VI. LA BANALIDAD DEL MAL Y LA EVASIÓN DE LA REALIDAD
Existe un punto de encuentro fascinante entre Ayn Rand y Hannah Arendt.
Ambas comprendieron que el mal suele presentarse disfrazado de normalidad.
No aparece necesariamente acompañado de odio.
Ni de sadismo.
Ni siquiera de crueldad consciente.
A menudo aparece bajo la forma de la obediencia.
Del cumplimiento de órdenes.
De la adaptación.
De la renuncia a pensar.
El funcionario que firma.
El juez que calla.
El periodista que oculta.
El profesor que adoctrina.
El empresario que se somete.
El ciudadano que mira hacia otro lado.
Cada uno realiza una contribución aparentemente pequeña.
Pero el resultado acumulado puede ser devastador.
Por eso Rand insistía tanto en la responsabilidad intelectual.
Porque la primera obligación moral del ser humano es pensar.
Y la primera inmoralidad consiste en negarse a hacerlo.
(Continuará)
VII. LA SANCIÓN DE LA VÍCTIMA
Entre todas las ideas desarrolladas por Ayn Rand, probablemente ninguna resulte tan incómoda como la denominada «sanción de la víctima».
Porque obliga a formular una pregunta desagradable:
¿Por qué el mal triunfa tantas veces?
La explicación habitual atribuye el éxito del mal exclusivamente a la fuerza de los malvados.
Pero Rand invierte la perspectiva.
Los verdaderamente malvados siempre son minoría.
Nunca han sido numerosos.
Nunca lo fueron los jacobinos.
Nunca lo fueron los bolcheviques.
Nunca lo fueron los nazis.
Nunca lo fueron los inquisidores de cualquier signo.
Nunca lo fueron los grandes depredadores políticos de la historia.
Sin embargo, lograron dominar sociedades enteras.
¿Cómo fue posible?
Porque encontraron millones de personas dispuestas a ceder.
Dispuestas a callar.
Dispuestas a justificar.
Dispuestas a mirar hacia otro lado.
Dispuestas a aceptar pequeñas injusticias para evitar conflictos mayores.
Y así, paso a paso, concesión tras concesión, el monstruo fue creciendo.
Rand sostenía que el mal necesita algo más que fuerza.
Necesita legitimidad.
Necesita aceptación.
Necesita consentimiento.
Necesita que sus víctimas acepten implícitamente sus premisas.
Por eso los regímenes totalitarios dedican tanta energía a controlar el lenguaje.
A controlar la enseñanza.
A controlar la información.
A controlar la cultura.
Porque quien controla las premisas termina controlando las conclusiones.
Y quien controla las palabras acaba controlando los pensamientos.
George Orwell comprendió exactamente el mismo fenómeno.
Cuando el lenguaje se degrada, la capacidad de pensar también se degrada.
Y cuando el pensamiento se degrada, la libertad se convierte en una ilusión.
VIII. CÓMO NACEN LAS OLIGARQUÍAS EXTRACTIVAS
El monstruo político no surge de la nada.
Tampoco aparece por accidente.
Su crecimiento responde a incentivos muy concretos.
Aquí resulta útil recordar las aportaciones de economistas e historiadores como Mancur Olson o Douglass North.
Las sociedades prosperan cuando predominan instituciones inclusivas.
Instituciones que protegen la propiedad.
Que garantizan la seguridad jurídica.
Que limitan el poder.
Que recompensan la innovación.
Que permiten la libre competencia.
Sin embargo, toda estructura de poder tiende espontáneamente hacia el comportamiento extractivo.
La razón es sencilla.
Extraer riqueza resulta más fácil que crearla.
Confiscar resulta más sencillo que producir.
Regular resulta más cómodo que competir.
Subvencionar resulta más rentable políticamente que reformar.
Comprar voluntades resulta más rápido que convencer.
Por ello, toda democracia necesita mecanismos de control.
Necesita límites.
Necesita contrapesos.
Necesita vigilancia.
Necesita ciudadanos celosos de su libertad.
Cuando esos mecanismos se debilitan, la maquinaria extractiva comienza a expandirse.
Al principio lentamente.
Después con rapidez creciente.
Hasta que una parte significativa de la sociedad vive directa o indirectamente de las decisiones del poder político.
Y entonces la dependencia sustituye progresivamente a la libertad.
IX. EL LEVIATÁN ESPAÑOL
Es en este contexto donde muchos observadores sitúan la España actual.
No como una dictadura.
No como un régimen totalitario.
Pero sí como una democracia aquejada por síntomas preocupantes de hipertrofia institucional.
Durante décadas, el aparato estatal español no ha dejado de crecer.
Más administraciones.
Más organismos.
Más empresas públicas.
Más agencias.
Más observatorios.
Más subvenciones.
Más regulación.
Más gasto.
Más deuda.
Más dependencia.
La cuestión ya no es únicamente económica.
Es moral.
Porque cuanto mayor es la dependencia del ciudadano respecto del poder político, menor es su margen de autonomía real.
El contribuyente se transforma progresivamente en cliente.
El cliente en beneficiario.
Y el beneficiario en rehén electoral.
Esta lógica no comenzó con Pedro Sánchez.
Ni terminará necesariamente con él.
Pero muchos consideran que bajo su mandato ha alcanzado niveles particularmente intensos.
Los numerosos escándalos políticos, las investigaciones judiciales, las tensiones entre poderes del Estado, la creciente polarización institucional y las acusaciones cruzadas entre gobierno, oposición, jueces y medios de información han contribuido a alimentar esa percepción.
Sin embargo, desde una perspectiva randiana, el problema fundamental sigue sin ser Pedro Sánchez.
Pedro Sánchez es consecuencia.
No causa.
La causa se encuentra en una sociedad que durante décadas ha ido aceptando que el Estado ocupe espacios cada vez mayores.
Que decida cada vez más aspectos de la vida cotidiana.
Que administre cantidades crecientes de riqueza.
Que determine qué actividades merecen ayuda.
Qué opiniones reciben protección.
Qué sectores sobreviven.
Qué empresas prosperan.
Qué comportamientos son premiados.
Y cuáles castigados.
El Leviatán no se construye en una legislatura.
Se construye durante generaciones.
X. CUANDO EL MIEDO SUSTITUYE A LA LIBERTAD
Todo Leviatán necesita una emoción dominante.
El miedo.
El miedo siempre ha sido el combustible favorito del poder.
Miedo al enemigo exterior.
Miedo al enemigo interior.
Miedo a la crisis.
Miedo al colapso.
Miedo a la pobreza.
Miedo a la enfermedad.
Miedo al cambio climático.
Miedo a la inseguridad.
Miedo a la desinformación.
Miedo al discurso incorrecto.
La lista es infinita.
Porque una población asustada acepta restricciones que jamás aceptaría en circunstancias normales.
Acepta vigilancia.
Acepta censura.
Acepta controles.
Acepta limitaciones.
Acepta excepciones.
Acepta estados extraordinarios.
Y lo hace convencida de que está protegiendo su libertad.
La paradoja es devastadora.
Precisamente en nombre de la libertad comienza a perderla.
Benjamin Franklin formuló una advertencia que conserva toda su vigencia:
«Quienes renuncian a una libertad esencial para comprar una pequeña seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad.»
Rand habría suscrito plenamente esa afirmación.
Porque la dependencia y la libertad son incompatibles.
XI. EL REBELDE RANDIANO
Frente al conformista aparece la figura central de toda la obra de Ayn Rand.
El individuo soberano.
No el anarquista.
No el revolucionario profesional.
No el agitador.
No el resentido.
Sino el hombre que piensa.
El hombre que juzga.
El hombre que asume responsabilidad por sus decisiones.
El hombre que se niega a delegar su conciencia.
Ese individuo puede equivocarse.
De hecho, se equivocará muchas veces.
Pero sus errores serán propios.
No heredados.
No impuestos.
No obedecidos.
La independencia intelectual constituye la verdadera esencia de la libertad.
Y precisamente por eso resulta tan amenazadora para todos los Leviatanes.
Los Estados pueden gobernar masas.
Pueden administrar colectivos.
Pueden dirigir multitudes.
Pero encuentran enormes dificultades para controlar individuos que piensan por sí mismos.
Por eso toda forma de poder excesivo intenta desacreditar al individuo independiente.
Lo presenta como egoísta.
Insolidario.
Antisocial.
Privilegiado.
Peligroso.
Pero el individuo libre sigue siendo el principal obstáculo frente a cualquier forma de dominación.
(Continuará)
XII. LA REBELIÓN MORAL DEL INDIVIDUO
Llegamos así al núcleo más profundo del pensamiento de Ayn Rand.
La mayoría de las revoluciones políticas pretenden cambiar gobiernos.
Algunas pretenden cambiar sistemas económicos.
Otras aspiran a transformar instituciones.
Rand apuntaba mucho más lejos.
Pretendía transformar la manera en que los hombres entienden su propia existencia.
Porque, a su juicio, el problema fundamental no reside en quién gobierna.
Ni siquiera en cómo gobierna.
El problema aparece cuando el individuo deja de considerarse dueño de sí mismo.
Toda forma de tiranía comienza ahí.
Toda forma de servidumbre nace ahí.
Toda forma de colectivismo encuentra ahí su primera victoria.
Antes de que existan censores debe haber personas dispuestas a autocensurarse.
Antes de que existan propagandistas debe haber personas dispuestas a renunciar a pensar.
Antes de que existan déspotas debe haber individuos que acepten la obediencia como virtud.
La auténtica rebelión que propone Rand no es política.
Es moral.
Es intelectual.
Es espiritual.
Consiste en recuperar la soberanía de la conciencia.
Consiste en afirmar el derecho —y el deber— de pensar.
Consiste en rechazar la delegación de la propia razón.
Consiste en asumir que ningún comité, ningún partido, ningún líder, ningún burócrata y ningún gurú poseen derecho alguno a pensar en nuestro lugar.
Esta idea resulta profundamente revolucionaria.
Porque desafía simultáneamente a todos los colectivismos.
Al nacionalista.
Al socialista.
Al racialista.
Al religioso cuando degenera en teocracia.
Al burocrático.
Al tecnocrático.
Al identitario.
A todos.
Porque todos ellos exigen exactamente lo mismo:
la subordinación de la conciencia individual a una autoridad superior.
Rand responde con una negativa absoluta.
XIII. PEDRO SÁNCHEZ Y EL LABORATORIO ESPAÑOL DEL SIGLO XXI
España constituye hoy un interesante laboratorio político para examinar muchas de las advertencias formuladas por Rand.
No porque España sea una excepción.
Ni porque los problemas españoles sean exclusivos.
Sino porque aquí convergen numerosos fenómenos característicos de las democracias occidentales contemporáneas.
El crecimiento constante del gasto público.
La expansión burocrática.
La multiplicación de organismos dependientes del poder político.
La creciente deuda pública.
La hipertrofia normativa.
La dependencia de amplios sectores económicos respecto de subvenciones, ayudas o contratos públicos.
La colonización partidista de espacios institucionales que deberían mantener una escrupulosa neutralidad.
Y, sobre todo, una tendencia cada vez más visible a sustituir el debate racional por la descalificación moral.
Ya no se discuten argumentos.
Se etiquetan personas.
Ya no se responde a las críticas.
Se desacredita a quien las formula.
Ya no se combate una idea.
Se intenta expulsar del espacio público a quien la sostiene.
Ayn Rand habría reconocido inmediatamente el mecanismo.
Es el viejo procedimiento utilizado por todos los colectivismos.
Si la razón no favorece tu posición, sustituye la razón por la estigmatización.
Si los hechos resultan incómodos, desacredita al mensajero.
Si el debate amenaza tus intereses, convierte la discrepancia en pecado.
La consecuencia inevitable es el empobrecimiento intelectual de la sociedad.
Porque cuando desaparece la discusión libre, desaparece también la posibilidad de corregir errores.
Y una sociedad incapaz de corregir errores termina acumulándolos.
Hasta que finalmente la realidad presenta la factura.
La deuda puede ocultarse durante un tiempo.
La burocracia puede crecer durante un tiempo.
La propaganda puede funcionar durante un tiempo.
Las subvenciones pueden comprar voluntades durante un tiempo.
Pero la realidad siempre acaba imponiéndose.
Y la realidad jamás negocia.
XIV. EL RETORNO DEL LEVIATÁN
Existe una ironía histórica extraordinaria.
Las democracias liberales nacieron precisamente para limitar el poder.
La división de poderes.
La seguridad jurídica.
La propiedad privada.
La libertad de expresión.
La libertad religiosa.
La libertad de asociación.
Todo ello surgió para impedir la concentración excesiva de autoridad.
Sin embargo, durante las últimas décadas asistimos a un fenómeno paradójico.
Los mismos sistemas creados para limitar el poder parecen haber generado estructuras capaces de expandirlo continuamente.
Cada crisis añade nuevas competencias.
Cada emergencia incorpora nuevas regulaciones.
Cada problema justifica nuevas agencias.
Cada conflicto crea nuevos organismos.
Cada amenaza produce nuevos controles.
Ninguna estructura burocrática desaparece jamás.
Todas sobreviven.
Todas crecen.
Todas reclaman más recursos.
Todas generan nuevos intereses creados.
Thomas Hobbes imaginó un Leviatán construido para proteger a los hombres.
El problema es que los Leviatanes reales rara vez se conforman con proteger.
Tienden a dirigir.
Después a supervisar.
Después a corregir.
Y finalmente a decidir.
La historia política de Occidente durante los últimos cien años puede interpretarse, en buena medida, como la historia de ese crecimiento constante.
Rand observó con claridad esta tendencia.
Y comprendió algo fundamental:
ninguna expansión del poder resulta posible sin una reducción simultánea de la independencia individual.
Son fenómenos inseparables.
El crecimiento del Leviatán y el empequeñecimiento del ciudadano constituyen dos caras de la misma moneda.
XV. CÓMO SE MATA UN MONSTRUO
Llegamos finalmente a la cuestión central.
¿Cómo se combate el monstruo?
Las respuestas habituales suelen ser políticas.
Cambiar de partido.
Cambiar de gobierno.
Cambiar leyes.
Cambiar dirigentes.
Todo ello puede ser necesario.
Pero resulta insuficiente.
Porque los monstruos políticos son únicamente manifestaciones visibles de un fenómeno más profundo.
La verdadera batalla se libra en otro lugar.
En la mente humana.
Un hombre que piensa es difícil de manipular.
Un hombre que razona es difícil de engañar.
Un hombre que exige pruebas es difícil de adoctrinar.
Un hombre que valora su libertad es difícil de domesticar.
Por eso el método de Ayn Rand para matar monstruos es extraordinariamente sencillo.
Y extraordinariamente difícil.
Pensar.
Pensar por cuenta propia.
Pensar incluso cuando resulta incómodo.
Pensar incluso cuando la multitud exige silencio.
Pensar incluso cuando hacerlo tiene costes personales.
Pensar incluso cuando el poder exige obediencia.
La razón constituye el arma fundamental del individuo libre.
Y precisamente por eso todos los sistemas colectivistas intentan debilitarla.
Necesitan emociones.
Necesitan consignas.
Necesitan eslóganes.
Necesitan miedo.
Necesitan culpabilidad.
Necesitan resentimiento.
Necesitan obediencia.
Lo único que no necesitan es ciudadanos racionales.
CONCLUSIÓN
ATLAS SIGUE SOSTENIENDO EL MUNDO
La gran aportación de Ayn Rand no consiste únicamente en su defensa del capitalismo.
Ni siquiera en su defensa del individualismo.
Su contribución más profunda consiste en haber identificado el origen moral de la libertad.
La libertad no nace en los parlamentos.
No nace en las constituciones.
No nace en los tribunales.
No nace en los gobiernos.
Nace en la conciencia de cada individuo.
Nace cuando un hombre decide pensar.
Nace cuando una mujer decide juzgar por sí misma.
Nace cuando alguien se niega a entregar su mente a la multitud.
Los monstruos que aparecen en Halloween son inofensivos.
Los vampiros no existen.
Los hombres lobo no existen.
Los zombis tampoco.
Los verdaderamente peligrosos son otros.
Son los monstruos políticos.
Los monstruos burocráticos.
Los monstruos ideológicos.
Los monstruos nacidos de la obediencia ciega.
Los monstruos nacidos del conformismo.
Los monstruos nacidos de la renuncia a pensar.
Y todos ellos comparten una debilidad fatal.
No pueden sobrevivir sin el consentimiento intelectual de sus víctimas.
Por eso la lección final de Ayn Rand conserva toda su actualidad.
El mal no triunfa porque sea fuerte.
Triunfa cuando los hombres buenos abandonan el uso de su razón.
Y exactamente por la misma razón puede ser derrotado.
No mediante balas de plata.
No mediante estacas.
No mediante exorcismos.
Sino mediante algo infinitamente más poderoso.
La inteligencia.
La independencia.
La responsabilidad.
Y el valor de decir «no» cuando todo el mundo exige sumisión.
Porque, al final, Atlas sigue sosteniendo el mundo.
Y el día en que los hombres libres deciden dejar de sostener las mentiras que los esclavizan, todos los Leviatanes comienzan a derrumbarse.
APÉNDICE I
AYN RAND FRENTE A HOBBES, ORTEGA, HAYEK, ARENDT Y LA ESCUELA DE SALAMANCA
Una conversación imposible sobre la libertad y el poder
Uno de los errores más frecuentes cuando se aborda la obra de Ayn Rand consiste en considerarla una autora aislada.
Como si hubiera aparecido súbitamente en mitad del siglo XX proclamando ideas completamente nuevas.
No es cierto.
Rand ocupa un lugar singular.
Tiene planteamientos propios.
Tiene exageraciones propias.
Tiene aciertos extraordinarios.
Y también algunos puntos discutibles.
Pero forma parte de una larguísima tradición intelectual que lleva siglos enfrentándose a la misma cuestión:
¿Cómo impedir que el poder destruya la libertad humana?
Es una pregunta tan antigua como la propia civilización.
Y cada época ha intentado responderla de una forma distinta.
HOBBES: EL MIEDO COMO FUNDAMENTO DEL ESTADO
Thomas Hobbes contempló los horrores de la guerra civil inglesa.
Vio el caos.
Vio la violencia.
Vio la anarquía.
Y llegó a una conclusión.
Los hombres necesitan un poder superior que garantice el orden.
Ese poder fue simbolizado por el Leviatán.
Una gigantesca criatura artificial creada por los propios individuos para evitar su destrucción mutua.
La tesis de Hobbes posee una enorme fuerza.
Porque identifica un problema real.
La libertad absoluta puede degenerar en conflicto permanente.
Sin embargo, Hobbes dejó una pregunta sin responder.
¿Quién protege a los ciudadanos cuando el propio Leviatán se convierte en amenaza?
¿Quién vigila al vigilante?
¿Quién limita al poder encargado de limitar a los demás?
La experiencia histórica posterior demostró que el peligro no era imaginario.
El Leviatán no sólo protegía.
También podía devorar.
Rand partiría precisamente de esa crítica.
Su preocupación principal no era la ausencia de Estado.
Era el exceso de Estado.
No temía la libertad.
Temía la concentración del poder.
LA ESCUELA DE SALAMANCA: LOS PRECURSORES OLVIDADOS
Mucho antes de Hobbes, los pensadores de la Escuela de Salamanca habían formulado una visión radicalmente distinta.
Autores como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Martín de Azpilcueta o Juan de Mariana desarrollaron una concepción del poder extraordinariamente moderna.
El gobernante no era dueño de los súbditos.
La autoridad política tenía límites.
La propiedad privada constituía una institución legítima.
La tiranía podía ser denunciada.
Los impuestos abusivos eran moralmente cuestionables.
La moneda no debía ser manipulada arbitrariamente por el poder.
Resulta llamativo comprobar hasta qué punto algunas de sus reflexiones anticipan debates contemporáneos.
Especialmente las advertencias de Juan de Mariana contra la degradación monetaria practicada por los gobernantes para financiar gastos crecientes.
Si viviera hoy, probablemente observaría con enorme interés las actuales políticas de endeudamiento público, expansión monetaria y déficit estructural que caracterizan a buena parte de Occidente.
Rand habría discrepado de los fundamentos religiosos de aquellos autores.
Pero difícilmente habría rechazado su defensa de los límites al poder político.
ORTEGA Y EL HOMBRE MASA
Si existe un pensador español que dialoga indirectamente con Ayn Rand es probablemente José Ortega y Gasset.
En La rebelión de las masas, Ortega describió la aparición de un nuevo tipo humano.
El hombre masa.
No necesariamente pobre.
No necesariamente ignorante.
No necesariamente inculto.
Sino alguien convencido de que no necesita esforzarse intelectualmente.
Alguien satisfecho consigo mismo.
Alguien que considera innecesario examinar críticamente sus propias opiniones.
Alguien que exige derechos sin asumir responsabilidades.
La descripción resulta sorprendentemente cercana al «hombre de segunda mano» de Rand.
Ambos autores observan un fenómeno parecido.
La desaparición progresiva del individuo responsable.
La sustitución del ciudadano por el consumidor político.
La transformación del sujeto libre en miembro indiferenciado de una multitud.
HAYEK Y EL CAMINO DE SERVIDUMBRE
Pocas obras dialogan mejor con Ayn Rand que Friedrich Hayek y su libro Camino de servidumbre.
Hayek llegó a una conclusión inquietante.
La planificación económica exige necesariamente concentración de poder.
Y la concentración de poder acaba generando pérdida de libertad.
No porque los planificadores sean necesariamente malvados.
Sino porque la propia lógica de la planificación los empuja hacia ello.
Cada intervención genera nuevas distorsiones.
Cada distorsión exige nuevas intervenciones.
Cada nueva intervención aumenta el poder de quienes deciden.
El proceso se retroalimenta.
Hasta que la libertad individual termina subordinada a los objetivos definidos por la autoridad.
Rand compartía plenamente este diagnóstico.
Ambos comprendieron que la libertad económica no constituye una cuestión secundaria.
Es una condición necesaria para la libertad política.
Un ciudadano completamente dependiente del poder difícilmente puede enfrentarse a él.
HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL
Quizá el encuentro intelectual más fascinante sea el que podría haberse producido entre Ayn Rand y Hannah Arendt.
Sus diferencias eran enormes.
Pero ambas identificaron un fenómeno decisivo.
El mal raramente se presenta como mal.
No suele aparecer acompañado de cuernos.
Ni de colmillos.
Ni de uniformes amenazadores.
A menudo adopta la apariencia de normalidad.
De rutina.
De burocracia.
De obediencia.
De cumplimiento de órdenes.
Arendt descubrió esta realidad al estudiar los sistemas totalitarios.
Rand llegó a ella observando los mecanismos psicológicos del colectivismo.
Ambas concluyeron que el principal enemigo de la libertad no es la fuerza bruta.
Es la renuncia al juicio moral.
Cuando los hombres dejan de pensar.
Cuando dejan de juzgar.
Cuando dejan de asumir responsabilidad personal.
El terreno queda despejado para cualquier monstruo político.
LA LEY DE HIERRO DE LAS OLIGARQUÍAS
Aquí entra en escena otro pensador extraordinariamente relevante:
Robert Michels.
Su famosa «ley de hierro de las oligarquías» sostiene que toda organización compleja tiende inevitablemente a generar una élite dirigente.
No importa si se trata de un partido político.
De un sindicato.
De una iglesia.
De una asociación.
De una administración pública.
De una cooperativa.
De una revolución.
La oligarquía acaba apareciendo.
Y una vez instalada desarrolla intereses propios.
Intereses que suelen diferir progresivamente de los de quienes supuestamente representa.
La observación de Michels resulta especialmente pertinente para comprender muchos fenómenos contemporáneos.
Partidos creados para representar a los ciudadanos terminan representándose a sí mismos.
Sindicatos creados para proteger trabajadores terminan protegiendo estructuras sindicales.
Administraciones creadas para servir al ciudadano terminan exigiendo que el ciudadano sirva a la administración.
Rand habría reconocido inmediatamente ese mecanismo.
Porque responde exactamente a la lógica del colectivismo.
El grupo termina imponiéndose sobre el individuo.
EL BANDIDO ESTACIONARIO
El economista Mancur Olson introdujo una metáfora particularmente brillante.
La del bandido estacionario.
Un saqueador itinerante roba todo cuanto puede y desaparece.
Un saqueador sedentario descubre algo más rentable.
Permanece.
Controla el territorio.
Extrae riqueza regularmente.
Y evita destruir completamente a quienes producen porque necesita seguir explotándolos en el futuro.
La comparación con ciertos Estados modernos resulta incómoda.
Pero intelectualmente sugestiva.
Especialmente cuando la presión fiscal, la regulación, la deuda pública y la expansión burocrática alcanzan determinados niveles.
Olson no afirmaba que los gobiernos fueran literalmente bandas criminales.
Lo que señalaba es que determinadas dinámicas de extracción pueden aparecer incluso dentro de sistemas formalmente democráticos.
Y esa advertencia conserva plena actualidad.
APÉNDICE II
ESPAÑA, PEDRO SÁNCHEZ Y LA SANCIÓN DE LA VÍCTIMA
Ayn Rand ante el laboratorio político español
Si Ayn Rand pudiera observar la España actual, probablemente no comenzaría analizando a Pedro Sánchez.
Ni al Partido Socialista.
Ni al Partido Popular.
Ni a Vox.
Ni a Sumar.
Ni a los partidos separatistas.
Comenzaría por otra parte.
Por los ciudadanos.
Porque toda su filosofía gira alrededor de una convicción fundamental:
los sistemas políticos son, en gran medida, el reflejo moral e intelectual de las sociedades que los producen.
Esta afirmación resulta incómoda.
Especialmente para quienes desean encontrar culpables externos.
Es mucho más sencillo atribuir todos los males a un dirigente concreto.
A un partido.
A una ideología.
A una conspiración.
Sin embargo, Rand obligaría a formular una pregunta mucho más perturbadora:
¿Cómo ha sido posible que una parte tan importante de la sociedad española acepte situaciones que hace apenas unas décadas habría considerado intolerables?
Porque los problemas actuales no aparecieron de repente.
No surgieron de la noche a la mañana.
Han sido el resultado de un largo proceso de acostumbramiento.
De adaptación.
De resignación.
De concesiones sucesivas.
Exactamente aquello que Rand denominaba la sanción de la víctima.
EL CRECIMIENTO DEL ESTADO COMO COSTUMBRE
Uno de los fenómenos más llamativos de la España contemporánea es la naturalidad con la que se acepta el crecimiento permanente del aparato estatal.
Más ministerios.
Más organismos.
Más asesores.
Más observatorios.
Más agencias.
Más subvenciones.
Más regulaciones.
Más deuda.
Más empleados públicos.
Más gasto.
Más impuestos.
Más dependencia.
La discusión pública suele centrarse en quién administra ese crecimiento.
Mucho menos en cuestionar el crecimiento mismo.
La diferencia es importante.
Porque cuando la expansión del poder político se convierte en costumbre, deja de percibirse como un problema.
Y cuando deja de percibirse como un problema, desaparecen los incentivos para frenarla.
El resultado es una especie de inercia burocrática permanente.
Cada gobierno añade una nueva capa.
Ninguno elimina las anteriores.
Cada administración incorpora nuevas competencias.
Ninguna devuelve las antiguas.
Cada crisis sirve como justificación para ampliar estructuras.
Muy pocas sirven para reducirlas después.
La consecuencia final es un Estado cada vez más grande y una sociedad cada vez más dependiente.
LA DEPENDENCIA COMO MECANISMO DE CONTROL
Rand comprendió algo esencial.
La dependencia genera obediencia.
No siempre.
Pero con mucha frecuencia.
Un individuo económicamente autónomo posee mayor capacidad para discrepar.
Mayor capacidad para resistir.
Mayor capacidad para asumir riesgos.
Mayor capacidad para enfrentarse al poder.
Por el contrario, quien depende completamente de una decisión administrativa, una subvención, una licencia, una autorización o una transferencia pública tiende a comportarse con mayor cautela.
No necesariamente por cobardía.
A veces simplemente por supervivencia.
La cuestión no afecta únicamente a individuos.
También alcanza a empresas.
Asociaciones.
Fundaciones.
Medios de información.
Universidades.
Sindicatos.
Organizaciones empresariales.
Cuando sectores enteros pasan a depender de recursos distribuidos políticamente, la independencia se vuelve cada vez más difícil.
Y sin independencia resulta complicado mantener una crítica constante frente al poder.
Rand habría visto aquí uno de los mecanismos más eficaces del colectivismo moderno.
No necesariamente la represión directa.
Sino la creación progresiva de redes de dependencia.
LA POLÍTICA COMO DISTRIBUCIÓN DE FAVORES
Otro rasgo característico del sistema político español es la creciente transformación de la política en administración de beneficios.
La competición electoral gira cada vez menos alrededor de principios generales.
Y cada vez más alrededor del reparto.
Quién recibe.
Cuánto recibe.
Cuándo recibe.
Cómo recibe.
La política deja entonces de ser un debate sobre libertad, responsabilidad, justicia o prosperidad.
Y se convierte en una disputa por recursos.
Rand habría identificado inmediatamente el peligro.
Porque cuando la riqueza deja de obtenerse prioritariamente mediante producción e intercambio voluntario y comienza a depender crecientemente de decisiones políticas, la lucha por el control del aparato estatal se vuelve feroz.
Cada grupo intenta capturar una parte mayor del presupuesto.
Cada organización busca protección.
Cada sector reclama ayudas.
Cada territorio exige privilegios.
Y el Leviatán continúa creciendo para satisfacer demandas contradictorias.
Mientras tanto, la producción de riqueza pasa a un segundo plano.
EL DETERIORO DEL LENGUAJE
Una de las observaciones más certeras de Orwell fue que la corrupción del lenguaje precede habitualmente a la corrupción política.
Rand compartía esa preocupación.
Porque el lenguaje constituye la herramienta fundamental del pensamiento.
Si las palabras pierden significado, el razonamiento también se deteriora.
España ofrece ejemplos abundantes.
Subidas de impuestos que se presentan como justicia social.
Deuda convertida en inversión.
Subvenciones convertidas en derechos.
Propaganda convertida en información.
Clientelismo convertido en solidaridad.
Censura convertida en protección.
Ocupación convertida en vulnerabilidad.
Fracaso convertido en resiliencia.
Dependencia convertida en conquista social.
La manipulación lingüística no cambia la realidad.
Pero sí dificulta comprenderla.
Y una sociedad que deja de describir correctamente los problemas termina siendo incapaz de resolverlos.
LA LEY DE HIERRO EN ACCIÓN
Robert Michels probablemente observaría la España actual con escasa sorpresa.
Vería confirmada una vez más su ley de hierro de las oligarquías.
Partidos convertidos en estructuras profesionales.
Dirigentes seleccionados desde arriba.
Listas cerradas.
Disciplina interna.
Dependencia económica respecto del aparato.
Escasa rendición de cuentas individual.
Y una distancia creciente entre representantes y representados.
No se trata de un problema exclusivo de la izquierda.
Ni exclusivo de la derecha.
Es una característica inherente a las organizaciones complejas.
La cuestión es si existen mecanismos suficientes para limitarla.
Y precisamente ahí aparecen algunas de las grandes carencias del sistema español.
PEDRO SÁNCHEZ COMO SÍNTOMA
Desde esta perspectiva, Pedro Sánchez aparece menos como causa que como síntoma.
Un síntoma especialmente visible.
Especialmente polémico.
Especialmente discutido.
Pero síntoma al fin y al cabo.
Su figura concentra muchas de las críticas dirigidas al funcionamiento institucional español.
Los pactos con partidos separatistas.
Las controversias judiciales.
Las acusaciones de utilización partidista de instituciones.
Los conflictos con jueces, fiscales y medios de información.
Las tensiones derivadas de diversos escándalos políticos.
Todo ello ha contribuido a erosionar la confianza de amplios sectores sociales.
Sin embargo, una pregunta randiana resulta inevitable.
¿Qué ocurriría si mañana desapareciera Pedro Sánchez de la escena política?
¿Desaparecerían también las dinámicas que han permitido su ascenso?
¿Desaparecería la burocracia?
¿Desaparecería la deuda?
¿Desaparecería el clientelismo?
¿Desaparecería la hipertrofia administrativa?
¿Desaparecería la dependencia política?
¿Desaparecería la tendencia oligárquica de los partidos?
Probablemente no.
Y precisamente por eso centrar toda la atención en una sola persona puede convertirse en un error de diagnóstico.
EL ESPEJO INCÓMODO
La lección final de Ayn Rand resulta particularmente incómoda para cualquier sociedad.
Porque obliga a mirarse al espejo.
Obliga a preguntarse hasta qué punto los problemas políticos reflejan problemas culturales más profundos.
Hasta qué punto el crecimiento del Leviatán responde también a demandas procedentes de los propios ciudadanos.
Hasta qué punto la dependencia ha sustituido a la responsabilidad.
Hasta qué punto la comodidad ha sustituido a la libertad.
Hasta qué punto la seguridad ha sustituido al riesgo.
Hasta qué punto la obediencia ha sustituido al pensamiento.
Y hasta qué punto hemos terminado aceptando como normales situaciones que nuestros abuelos habrían considerado incompatibles con una sociedad verdaderamente libre.
Ahí es donde la filosofía de Ayn Rand sigue siendo extraordinariamente provocadora.
Porque no permite refugiarse únicamente en la crítica al poder.
Exige examinar también las renuncias individuales que hacen posible ese poder.
Y esa puede ser la pregunta más incómoda de todas.
No qué está haciendo el Leviatán.
Sino por qué seguimos alimentándolo.
APÉNDICE III
AYN RAND FRENTE AL CRISTIANISMO, EL ALTRUISMO Y LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
El gran desacuerdo
Probablemente no existe ningún aspecto del pensamiento de Ayn Rand que haya generado más controversias que su crítica frontal al altruismo.
Ni siquiera su defensa del capitalismo.
Ni siquiera su individualismo.
Ni siquiera su ateísmo militante.
Lo que verdaderamente provocó rechazo en amplios sectores intelectuales, religiosos y conservadores fue su ataque a la idea según la cual el sacrificio constituye la esencia de la moral.
Y aquí aparece una cuestión especialmente interesante para el lector español.
Porque España, al margen de su creciente secularización, sigue siendo culturalmente heredera de casi dos mil años de cristianismo.
Y el cristianismo ocupa una posición central en el debate sobre el sacrificio, la caridad, el amor al prójimo y la responsabilidad moral.
Por ello resulta inevitable preguntarse:
¿Era Ayn Rand enemiga del cristianismo?
La respuesta exige algunos matices.
LO QUE RAND ENTENDÍA POR ALTRUISMO
Uno de los problemas que aparecen constantemente en los debates sobre Rand es terminológico.
Muchos lectores entienden altruismo como sinónimo de bondad.
De generosidad.
De solidaridad.
De ayuda voluntaria.
De compasión.
Pero Rand utilizaba el término en un sentido mucho más preciso.
Para ella, el altruismo era una doctrina moral que sostiene que el individuo existe principalmente para servir a otros.
No que pueda ayudar a otros.
No que deba ser amable.
No que pueda realizar actos de generosidad.
Sino que su vida pertenece moralmente a los demás.
Que sus intereses carecen de legitimidad propia.
Que el sacrificio constituye una virtud en sí misma.
Que cuanto más renuncie una persona a sí misma, más noble será moralmente.
Rand rechazó radicalmente esa idea.
Porque consideraba que conduce inevitablemente a la destrucción del individuo.
Y, finalmente, a la destrucción de la libertad.
LA CRÍTICA RANDIANA DEL SACRIFICIO
Rand formuló una observación incómoda.
Si el sacrificio constituye el criterio supremo de virtud, entonces las personas más productivas, más responsables y más creativas terminan siendo consideradas moralmente sospechosas.
¿Por qué?
Porque producen.
Porque prosperan.
Porque crean riqueza.
Porque persiguen sus propios objetivos.
Mientras tanto, quienes reclaman sacrificios ajenos adquieren una especie de superioridad moral automática.
Esta lógica aparece con frecuencia en numerosos movimientos políticos modernos.
El empresario debe sacrificarse.
El profesional competente debe sacrificarse.
El contribuyente debe sacrificarse.
El ahorrador debe sacrificarse.
El productor debe sacrificarse.
Siempre en beneficio de algún colectivo abstracto.
Rand veía en esta dinámica una fuente permanente de resentimiento y de manipulación política.
Y, ciertamente, la historia ofrece numerosos ejemplos de dirigentes que han invocado nobles ideales para justificar enormes sacrificios ajenos.
DONDE RAND TENÍA RAZÓN
Incluso muchos críticos de Rand reconocen que identificó correctamente un problema real.
La instrumentalización moral del sacrificio.
Los totalitarismos del siglo XX constituyen ejemplos evidentes.
Millones de personas fueron sacrificadas en nombre de la raza.
De la revolución.
De la nación.
Del futuro luminoso.
Del paraíso socialista.
Del hombre nuevo.
Del Reich de los mil años.
Del progreso histórico.
Las promesas eran grandiosas.
Los resultados fueron catastróficos.
Rand comprendió que toda doctrina que convierta al individuo en mero instrumento corre el riesgo de desembocar en abusos monstruosos.
Y la historia le dio abundantes motivos para pensar así.
DONDE RAND PROBABLEMENTE SE EQUIVOCABA
Sin embargo, el problema aparece cuando Rand extiende su crítica al conjunto de la tradición cristiana.
Porque aquí surge una diferencia esencial.
El cristianismo clásico jamás afirmó que el individuo carezca de valor propio.
Más bien sostiene exactamente lo contrario.
Cada persona posee una dignidad intrínseca.
Cada alma tiene valor.
Cada ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.
Desde esta perspectiva, la caridad cristiana no implica anulación del individuo.
Implica reconocimiento de la dignidad del otro.
No se trata de destruir el yo.
Se trata de ordenar correctamente los afectos y las obligaciones morales.
La diferencia es enorme.
Y posiblemente Rand nunca llegó a comprenderla plenamente.
Su experiencia vital estuvo profundamente marcada por la Rusia soviética.
Por la revolución bolchevique.
Por la colectivización.
Por la expropiación.
Por el terror ideológico.
Cuando escuchaba hablar de sacrificio, tendía a percibir ecos del totalitarismo que había conocido en su juventud.
Pero el cristianismo y el comunismo parten de premisas radicalmente distintas.
EL ERROR DE CONFUNDIR CARIDAD Y COLECTIVISMO
Uno de los puntos más discutibles de Rand consiste precisamente en esa identificación implícita.
Para ella, muchas veces la caridad terminaba desembocando en colectivismo.
Sin embargo, la tradición cristiana distingue claramente entre ayuda voluntaria y redistribución coercitiva.
Entre misericordia y confiscación.
Entre solidaridad personal y burocracia estatal.
Durante siglos, la asistencia a pobres, enfermos, huérfanos y ancianos fue desarrollada principalmente por familias, parroquias, órdenes religiosas, hospitales y asociaciones voluntarias.
No por ministerios.
No por agencias estatales.
No por burocracias centralizadas.
De hecho, buena parte de la Doctrina Social de la Iglesia desconfía profundamente de la concentración excesiva del poder.
El principio de subsidiariedad constituye un ejemplo claro.
Las decisiones deben adoptarse en el nivel más próximo posible al individuo.
La familia antes que el municipio.
El municipio antes que la región.
La región antes que el Estado.
El Estado antes que las estructuras supranacionales.
Se trata, precisamente, de evitar que el Leviatán absorba funciones que pueden desempeñarse mejor desde abajo.
LEÓN XIII CONTRA EL LEVIATÁN
Resulta revelador releer hoy la encíclica Rerum Novarum de León XIII.
A menudo se la presenta únicamente como una defensa de los trabajadores.
Pero contiene mucho más.
Defiende la propiedad privada.
Defiende la familia.
Defiende la libertad de asociación.
Critica el socialismo.
Y limita expresamente la intervención estatal.
Posteriormente, otras encíclicas profundizarían en esa línea.
Especialmente Quadragesimo Anno de Pío XI.
La subsidiariedad aparece allí formulada con notable claridad.
La concentración excesiva de funciones en manos del Estado se considera perjudicial.
No sólo económicamente.
También moralmente.
Porque reduce la responsabilidad de individuos, familias y comunidades.
Curiosamente, este punto acerca mucho más a ciertos pensadores católicos clásicos de Hayek o de la Escuela de Salamanca que de los socialismos contemporáneos.
EL HOMBRE NO ES UNA ISLA
Donde el cristianismo discrepa radicalmente de Rand es en otra cuestión.
La naturaleza relacional del ser humano.
Rand enfatiza la autonomía.
La independencia.
La autosuficiencia.
La soberanía individual.
Y acierta al recordar que nadie debe convertirse en instrumento de otros.
Pero el cristianismo añade algo más.
El hombre no vive aislado.
Nace en una familia.
Crece en una comunidad.
Recibe una lengua.
Recibe una cultura.
Recibe tradiciones.
Recibe conocimientos acumulados por generaciones anteriores.
Incluso el individuo más independiente descansa sobre una herencia colectiva que él no ha creado.
Por eso el cristianismo insiste en la gratitud, la responsabilidad y el deber moral hacia los demás.
No porque el individuo carezca de valor.
Sino precisamente porque lo tiene.
EL PELIGRO DE LOS DOS EXTREMOS
Quizá la gran enseñanza que puede extraerse de este debate consiste en evitar dos errores simétricos.
El primero consiste en negar al individuo.
Es el error de los colectivismos.
De los totalitarismos.
De los sistemas que subordinan completamente la persona al grupo.
El segundo consiste en negar toda dimensión comunitaria.
Es el riesgo de ciertos individualismos radicales.
De las concepciones excesivamente atomizadas de la vida social.
Ambos extremos terminan produciendo distorsiones.
El primero conduce al Leviatán.
El segundo puede conducir a la fragmentación social.
La tradición occidental más fecunda ha intentado históricamente mantener un equilibrio difícil.
Reconocer simultáneamente la dignidad irreductible del individuo y la realidad de los vínculos humanos.
La libertad y la responsabilidad.
Los derechos y los deberes.
La propiedad y la solidaridad.
La autonomía y la pertenencia.
CONCLUSIÓN
RAND Y EL ESPEJO INCÓMODO
Ayn Rand continúa siendo una autora incómoda.
Y precisamente por eso sigue siendo valiosa.
Obliga a formular preguntas que muchos prefieren evitar.
¿Hasta qué punto hemos aceptado la expansión constante del poder?
¿Hasta qué punto confundimos solidaridad con dependencia?
¿Hasta qué punto sacrificamos la libertad en nombre de la seguridad?
¿Hasta qué punto renunciamos a pensar por nosotros mismos?
¿Hasta qué punto colaboramos con los Leviatanes que después denunciamos?
Sus respuestas no siempre resultan convincentes.
Algunas son discutibles.
Otras claramente exageradas.
Pero las preguntas permanecen.
Y son preguntas esenciales.
Especialmente en una época en la que los Estados crecen.
Las burocracias se multiplican.
Las deudas se disparan.
Las regulaciones aumentan.
Y las élites políticas de casi todo Occidente parecen cada vez más inclinadas a dirigir la vida de los ciudadanos.
Quizá, después de todo, la mayor contribución de Ayn Rand no fue ofrecer respuestas definitivas.
Fue recordarnos que la libertad comienza cuando un individuo decide utilizar su razón.
Y que todos los monstruos, desde los más pequeños hasta los más gigantescos Leviatanes, temen exactamente la misma cosa:
un hombre libre que piensa por sí mismo.