LAS AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UN SOCIÓLOGO ACCIDENTAL

0

Viajes por todo lo largo y ancho de un mundo que parecía empeñado en demostrar que la realidad supera siempre a la sátira

Novela filosófico-satírica ilustrada


PRÓLOGO

Del extraño oficio de mirar lo que todos ven y casi nadie observa

Nunca quise ser héroe.

Tampoco quise ser mártir, profeta, reformador universal, redentor de pueblos, ni fundador de escuela filosófica alguna. A decir verdad, a cierta edad uno empieza a desconfiar de todos los hombres que se levantan por la mañana convencidos de que han venido al mundo a salvar a la humanidad. La experiencia enseña que quienes desean salvar a la humanidad entera suelen comenzar descuidando al vecino, arruinando a la familia, censurando al discrepante o fundando un ministerio.

Yo solo era un profesor jubilado.

Jubilosamente jubilado, debo añadir, porque la jubilación tiene mala prensa entre quienes no han descubierto todavía que abandonar ciertas obligaciones es una forma discreta de recuperar el alma. Había enseñado durante años, había visto desfilar modas pedagógicas, decretos, planes, reformas, contrarreformas y jerigonzas administrativas con vocación de eternidad. Había aprendido que cada generación de burócratas cree haber inventado la enseñanza justo antes de empeorarla. Y había llegado a la conclusión de que el mundo moderno no carece de información, sino de juicio; no carece de palabras, sino de precisión; no carece de expertos, sino de prudencia.

Fue entonces cuando ocurrió el accidente.

Lo llamo accidente porque toda aventura necesita un comienzo digno. En realidad fue algo mucho más vulgar: me invitaron a un plató de televisión para comentar los datos de un estudio de opinión.

Todavía conservo cierta ingenuidad, aunque procuro ocultarla para no alarmar a mis amigos. Pensé que, si me invitaban para hablar de datos, hablaríamos de datos. Pensé que, si el estudio contenía cifras incómodas, las examinaríamos. Pensé que, si la realidad no coincidía con las preferencias del presentador, quizá el presentador haría el esfuerzo de escuchar a la realidad.

Como se ve, todavía no había comprendido del todo el tiempo en que vivía.

Entré en aquel plató con una carpeta, varias tablas estadísticas y una disposición razonablemente pacífica. Salí con una certeza: el problema de nuestro siglo no consiste en que falten datos, sino en que sobran personas dispuestas a explicarnos qué debemos sentir ante ellos antes de que podamos entenderlos.

Aquella noche comenzó mi viaje.

No fue un viaje geográfico, aunque atravesé reinos, repúblicas, archipiélagos, imperios, desiertos, montañas, ministerios y ciudades enteras. Fue un viaje moral, intelectual y satírico por los territorios invisibles de nuestro tiempo: la posverdad, las medias verdades, los datos con instrucciones de uso, los medios de información, creadores de opinión y manipulación de masas, la memoria administrada, la infantilización de los adultos, la solidaridad telescópica, la arrogancia de los expertos, la estupidez organizada, las utopías benéficas y la pérdida del sentido.

Llevaba conmigo una libreta.

Al principio pensé que bastarían unas pocas páginas.

Me equivoqué.

La realidad producía material nuevo cada mañana.



PRIMERA PARTE

EL PAÍS DE LAS PANTALLAS QUE HABLABAN SOLAS


CAPÍTULO I

El plató donde los datos entraban vivos y salían domesticados

La primera norma de un plató de televisión consiste en no confundir la luz con la claridad.

Aquella sala estaba iluminada como un quirófano, pero la verdad corría allí más peligro que en una taberna a medianoche. Había focos, cámaras, maquilladores, productores, ayudantes, pantallas, cronómetros y un presentador cuya sonrisa parecía diseñada por un comité de asesores. Todo indicaba profesionalidad. Todo sugería neutralidad. Todo olía a artificio.

Me sentaron frente a una mesa brillante. A mi izquierda había una tertuliana especializada en indignarse con adjetivos. A mi derecha, un analista político capaz de interpretar cualquier cifra como confirmación de lo que ya pensaba antes de conocerla. Frente a mí, el presentador ordenaba sus papeles con la solemnidad de quien no va a preguntar, sino a conducir.

—Profesor —me dijo—, venimos a hablar de datos.

Aquella frase debió haberme puesto en guardia.

Cuando alguien dice “venimos a hablar de datos” en televisión, casi nunca quiere decir que vayamos a examinarlos. Suele significar que los datos ya han sido juzgados, clasificados y colocados al servicio de una emoción conveniente.

Abrí mi carpeta.

—Perfecto —respondí—. Empecemos por la muestra, la metodología y la formulación de las preguntas.

El presentador parpadeó.

Fue un parpadeo leve, casi imperceptible, pero suficiente para revelar que acababa de producirse un malentendido. Yo creía haber sido invitado a analizar un estudio. Ellos esperaban que representara un papel. No deseaban un sociólogo. Deseaban un decorado académico.

—Bueno —dijo el presentador—, no entremos ahora en tecnicismos.

Cada vez que alguien dice “no entremos ahora en tecnicismos”, conviene proteger la cartera, la libertad o el sentido común. A veces las tres cosas.

La tertuliana intervino con rapidez:

—Lo importante es lo que siente la gente.

—Sin duda —respondí—. Pero para saber lo que siente la gente conviene preguntar bien, medir bien y no confundir una emoción inducida con una opinión formada.

El analista político sonrió con indulgencia.

—Profesor, la ciudadanía no necesita tantos matices.

Tomé nota mental de aquella frase.

“La ciudadanía no necesita tantos matices.”

Había escuchado variaciones de esa idea durante décadas. La decían pedagogos que querían simplificar la enseñanza hasta hacerla irreconocible. La decían políticos que preferían consignas a razonamientos. La decían periodistas que confundían informar con dirigir el ánimo colectivo. La decían expertos convencidos de que pensar demasiado podía resultar socialmente peligroso.

En el fondo, todos ellos compartían una misma premisa: el ciudadano debía ser protegido de la complejidad.

Y, si era necesario, también de la verdad.

El presentador mostró entonces el primer gráfico. Era una barra azul, enorme, triunfal, casi imperial. Según aquel gráfico, una amplia mayoría de ciudadanos apoyaba cierta medida gubernamental.

—Como vemos —dijo—, la sociedad respalda claramente esta política.

Me incliné hacia la pantalla.

—¿Puedo ver las opciones de respuesta?

Silencio.

—¿Las opciones? —preguntó el presentador.

—Sí. Qué se preguntó exactamente. Cuántas alternativas se ofrecieron. En qué orden. Qué términos se emplearon. Si había opción de desacuerdo. Si se permitió responder “no sabe” o “no contesta”. Si la pregunta incluía presupuestos valorativos.

La tertuliana me miró como si acabara de solicitar la autopsia de un canario durante una boda.

—Profesor, la gente entiende perfectamente las preguntas.

—No siempre —respondí—. Y lo más grave: a veces las entiende demasiado bien.

El presentador cambió de postura.

La sonrisa empezaba a agrietarse.

—Lo que usted está haciendo es cuestionar el estudio.

—No exactamente. Estoy intentando leerlo.

Aquella distinción pareció molestar.

Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo consiste en que leer de verdad se considera una forma de agresión. Leer un informe entero, buscar la letra pequeña, comparar tablas, examinar series históricas y preguntar qué falta se ha vuelto una actividad casi subversiva. El ciudadano educado para el titular considera descortés que alguien pida contexto. El ciudadano acostumbrado a la emoción rápida sospecha del matiz. Y el creador de opinión profesional odia que un invitado llegue con papeles propios.

Entonces ocurrió algo revelador.

El presentador pasó al segundo gráfico.

En él, el apoyo a la medida ya no parecía tan rotundo. La barra triunfal se convertía en una columna más modesta cuando se introducían otras variables: edad, renta, nivel de estudios, recuerdo de voto, zona de residencia, conocimiento real de la medida. La unanimidad inicial empezaba a parecer menos un hecho social y más un producto de empaquetado.

—Ese gráfico no estaba previsto —susurró alguien desde producción.

Pero se vio.

Durante tres segundos.

Suficiente.

El presentador carraspeó.

—Bueno, no nos perdamos en detalles secundarios.

Yo miré la pantalla apagada.

—Ese detalle secundario acaba de contradecir la conclusión principal.

La tertuliana suspiró, con esa mezcla de cansancio moral y superioridad ideológica que algunos confunden con inteligencia.

—Profesor, usted reduce todo a números.

—No —respondí—. Me limito a impedir que otros reduzcan los números a propaganda.

La frase no gustó.

En televisión, la palabra propaganda solo puede aplicarse al adversario. Cuando la propaganda la practica uno mismo, recibe otros nombres: comunicación pública, pedagogía social, contextualización, enfoque, relato, responsabilidad informativa. La lengua moderna posee una habilidad extraordinaria para perfumar los abusos.

El analista político intervino de nuevo:

—Pero admitirá que los datos, aislados, no significan nada.

—Claro que lo admito.

Sonrió, creyendo haber ganado.

—Entonces hace falta interpretarlos.

—Sin duda —dije—. Pero interpretar no significa amaestrar.

La tertuliana dejó el bolígrafo sobre la mesa.

El presentador miró a cámara.

Su sonrisa había vuelto, aunque ahora era más rígida.

—Vamos a publicidad.

Y así terminó mi primera intervención.

Tres minutos después, en el pasillo, un joven redactor se acercó con discreción. Tendría veinticinco años, quizá menos. Llevaba auriculares colgados al cuello y una carpeta llena de papeles.

—Profesor —me dijo en voz baja—, usted tenía razón.

—Eso rara vez mejora la situación —respondí.

El muchacho sonrió con tristeza.

—Había más tablas. Pero no querían mostrarlas.

—¿Por qué?

Miró alrededor antes de contestar.

—Complicaban el mensaje.

Ahí estaba.

La frase perfecta.

Complicaban el mensaje.

No eran falsas. No eran irrelevantes. No eran defectuosas. Simplemente complicaban el mensaje.

Aquella noche comprendí que la manipulación moderna no necesita quemar libros. Le basta con dejar ciertos anexos fuera de pantalla. No necesita prohibir preguntas. Le basta con no formularlas. No necesita censurar la verdad completa. Le basta con emitir una parte de ella en horario de máxima audiencia y enviar el resto al sótano de los documentos técnicamente disponibles.

Salí del edificio poco antes de medianoche.

La ciudad brillaba con sus anuncios, sus pantallas, sus escaparates y sus taxis. Todo parecía normal. Demasiado normal. Caminé sin rumbo durante un rato. En una plaza cercana, un panel luminoso repetía titulares. En todos ellos aparecían palabras solemnes: consenso, mayoría, progreso, ciudadanía, preocupación, avance.

Me senté en un banco.

Abrí mi libreta.

Y escribí la primera línea de mi viaje:

“El mundo moderno no oculta siempre la realidad. A veces la ilumina por partes, de manera que las sombras parezcan inexistentes.”

No sabía entonces que aquella frase sería la puerta de entrada a un continente entero.

CAPÍTULO II

La primera frontera: el País de los Datos Obedientes

Dormí poco aquella noche.

No por inquietud, sino por una sensación de descubrimiento. A cierta edad uno ya no espera demasiadas revelaciones. Ha visto demasiados discursos, demasiadas promesas, demasiadas reformas urgentes y demasiadas soluciones definitivas que al cabo de pocos años exigen nuevas soluciones definitivas. Sin embargo, aquella experiencia televisiva me había mostrado algo que hasta entonces solo intuía: la realidad no había sido derrotada; había sido administrada.

A la mañana siguiente encontré sobre mi mesa un sobre sin remitente.

Dentro había un mapa.

No era un mapa convencional. No contenía países reconocibles, ni ríos, ni cordilleras, ni fronteras políticas. En su lugar aparecían nombres extraños:

La Ciudad de los Datos con Instrucciones.

La República de la Memoria Administrada.

El Reino de los Expertos Infalibles.

El Archipiélago de la Solidaridad Telescópica.

La Federación de los Estúpidos Peligrosos.

El Desierto de los Dioses Muertos.

Y, en el centro, escrito con tinta roja:

ABSURDISTÁN.

Debajo, una nota:

“Si de verdad quiere entender lo ocurrido en el plató, no estudie solo la televisión. Estudie el mundo que la hizo posible.”

No firmaba nadie.

Los hombres prudentes habrían roto el mapa, preparado café y continuado con su vida.

Pero yo nunca he presumido de prudencia perfecta.

Guardé la libreta, cogí el sombrero y salí de casa.

El viaje acababa de comenzar.

CAPÍTULO II

El País de los Datos Obedientes

Confieso que siempre he sentido cierta debilidad por los mapas.

No por los mapas modernos, esos que hablan y corrigen constantemente al viajero como si fuese un niño particularmente torpe, sino por los antiguos. Los que estaban llenos de zonas en blanco, monstruos marinos y advertencias inquietantes.

«Más allá de este punto habitan criaturas desconocidas.»

Aquellos cartógrafos poseían una virtud hoy casi extinguida: sabían distinguir entre lo que conocían y lo que ignoraban.

Los modernos suelen colorear el vacío con una seguridad admirable.

Llevaba apenas dos días examinando el extraño mapa que había aparecido sobre mi mesa cuando descubrí algo peculiar.

El País de los Datos Obedientes parecía desplazarse.

No físicamente.

Intelectualmente.

A veces aparecía junto al Reino de los Expertos Infalibles.

Otras veces cerca de la República de la Memoria Administrada.

En ocasiones parecía confundirse con ambos.

Aquello despertó mi curiosidad.

Y la curiosidad, como tantas veces ocurre, terminó convirtiéndose en un problema.

Partí una mañana de primavera.

El viaje duró varios días.

Atravesé la Comarca de los Titulares Alarmantes.

Crucé la Llanura de los Estudios Definitivos.

Dormí en una posada llamada El Margen de Error.

Y finalmente llegué a la frontera.

Era una frontera peculiar.

No había soldados.

No había aduaneros.

No había alambradas.

Solo un gran arco de piedra.

Sobre él podía leerse:

PAÍS DE LOS DATOS OBEDIENTES

Debajo figuraba el lema nacional:

«LAS CIFRAS NUNCA MIENTEN. SALVO CUANDO RESULTAN INCONVENIENTES.»

Comprendí inmediatamente que había llegado al lugar correcto.


Lo primero que llamó mi atención fue la extraordinaria felicidad de las estadísticas.

Todas parecían satisfechas.

Todas parecían optimistas.

Todas parecían confirmar exactamente lo que el gobierno deseaba demostrar.

Aquello resultaba sospechoso.

Las estadísticas reales se parecen bastante a los gatos.

Son independientes.

Caprichosas.

Difíciles de domesticar.

Y tienden a arañar a quien intenta manipularlas.

Sin embargo, las cifras de aquel país caminaban en perfecta formación.

Como soldados.

O como funcionarios veteranos.

Aún no había decidido cuál de las dos posibilidades me inquietaba más.


En la capital encontré el edificio más importante de la nación.

Era enorme.

Mucho más grande que el parlamento.

Mucho más grande que el tribunal supremo.

Mucho más grande que la universidad.

Se llamaba:

MINISTERIO DE LA INTERPRETACIÓN ESTADÍSTICA

Sobre la entrada podía leerse una inscripción:

«LOS DATOS SON DEMASIADO IMPORTANTES PARA DEJARLOS EN MANOS DE LOS MATEMÁTICOS.»

Aquella frase me produjo una sensación familiar.

La misma que experimenta un ratón al descubrir un cartel que dice:

«EL QUESO ES DEMASIADO IMPORTANTE PARA DEJARLO EN MANOS DE LOS RATONES.»


Solicité una entrevista.

Sorprendentemente me la concedieron.

El ministro me recibió con enorme cordialidad.

Era un hombre sonriente.

Extraordinariamente sonriente.

Tan sonriente que parecía haber sido seleccionado precisamente por ello.

Detrás de su mesa colgaba un gráfico gigantesco.

La línea ascendía de forma espectacular.

Prácticamente vertical.


—Impresionante —comenté.

—¿Verdad que sí?

—¿Qué representa?

El ministro parpadeó.


—¿Cómo dice?

—La línea.

—¿Qué mide?

Silencio.


El ministro observó el gráfico.

Luego me observó a mí.

Después volvió a mirar el gráfico.

Finalmente respondió:

—Eso no es importante.


Tomé nota.


—¿No es importante?

—No.

—¿Y qué es importante?

—La tendencia.


Aquella respuesta me produjo un placer intelectual difícil de describir.

Era exactamente la clase de respuesta que había esperado encontrar en un lugar así.


—Comprendo.

—¿De verdad?

—Perfectamente.

—Me alegro.

—Entonces la línea podría representar desempleo.

—Sí.

—O deuda pública.

—También.

—O población penitenciaria.

—Supongo.

—O ataques de tiburones.

—Probablemente.

—Y seguiría siendo una buena noticia.

El ministro sonrió.


—Ahora empieza usted a entender cómo funciona la comunicación moderna.


Aquella tarde comprendí que mi viaje iba a ser mucho más interesante de lo que había imaginado.

Y mucho más peligroso para mis niveles de paciencia.

Porque acababa de descubrir una nación entera donde las cifras no describían la realidad.

La acompañaban.

Como los músicos acompañan a un desfile.

Y donde la verdad estadística no consistía en averiguar qué ocurría.

Sino en decidir previamente qué debía parecer que ocurría.

Aquella noche escribí en mi libreta:

«Cuando una sociedad empieza a producir más interpretaciones que datos, conviene vigilar cuidadosamente a los intérpretes.»

Y añadí una segunda nota:

«Los números son inocentes. Lo peligroso suele comenzar cuando alguien les asigna un departamento de comunicación.»

CAPÍTULO III

El Ministerio de la Interpretación Estadística y la Fábrica Nacional de Porcentajes Relativos

Aquella noche dormí mal.

No por culpa de la cama.

La cama era excelente.

En el País de los Datos Obedientes todo estaba cuidadosamente diseñado para producir sensaciones positivas.

Los hoteles obtenían cinco estrellas por decreto.

Los restaurantes recibían valoraciones favorables antes de abrir.

Los ciudadanos manifestaban elevados índices de satisfacción.

Y las estadísticas demostraban que el optimismo nacional aumentaba exactamente al mismo ritmo que los presupuestos destinados a medirlo.

No.

Dormí mal porque seguía pensando en el ministro.

Aquel hombre había pronunciado una frase que merecía figurar en letras de oro sobre la entrada de numerosas instituciones modernas:

«Lo importante no son los datos.

Lo importante es la tendencia.»

La frase parecía absurda.

Y precisamente por eso resultaba inquietante.

Las ideas verdaderamente peligrosas rara vez se presentan con aspecto amenazador.

Suelen aparecer disfrazadas de sentido común.


A la mañana siguiente regresé al ministerio.

Mi acreditación de visitante me permitía acceder a ciertas dependencias.

Naturalmente, las más interesantes estaban prohibidas.

Como ocurre en cualquier administración moderna.

Los lugares verdaderamente relevantes suelen encontrarse detrás de las puertas que indican:

ACCESO RESTRINGIDO

o

PERSONAL AUTORIZADO

o

NO HAY NADA QUE VER AQUÍ

Esta última suele ser especialmente prometedora.


Mi guía era un joven funcionario llamado Percentilio.

No recuerdo si ese era realmente su nombre.

Pero estoy seguro de que resultaba apropiado.

Parecía haber nacido rodeado de gráficos.

Pensaba en porcentajes.

Soñaba en porcentajes.

Y probablemente se enamoraba en porcentajes.


—¿Qué desea visitar primero? —preguntó.

—Lo más importante.

—Entonces comenzaremos por la Fábrica Nacional de Porcentajes Relativos.


Debo confesar que esperaba una metáfora.

No lo era.

La fábrica existía.

Y era gigantesca.


Sobre la puerta principal podía leerse:

FÁBRICA NACIONAL DE PORCENTAJES RELATIVOS

«SIEMPRE HAY UNA FORMA MÁS FAVORABLE DE PRESENTAR UNA CIFRA»


Aquella inscripción merecía una estatua.


Entramos.

El espectáculo resultaba fascinante.

Miles de trabajadores manipulaban números.

Algunos recortaban denominadores.

Otros ampliaban numeradores.

Otros seleccionaban cuidadosamente períodos temporales.

Otros comparaban años especialmente convenientes.

Otros buscaban series históricas particularmente favorables.


—¿Qué producen exactamente aquí?


Percentilio sonrió.


—Perspectiva.


Aquella respuesta empezaba a convertirse en una costumbre nacional.


Nos acercamos a una línea de producción.

Una cifra avanzaba lentamente sobre una cinta transportadora.

Era un modesto incremento del 0,7%.

Nada extraordinario.

Nada especialmente espectacular.


La cifra entró en una máquina.

Momentos después salió convertida en:

CRECIMIENTO DEL 700%


Me detuve.


—Eso parece mucho más impresionante.


Percentilio asintió.


—Lo es.


—¿Cómo lo han conseguido?


—Hemos cambiado la referencia.


—¿Y sigue siendo cierto?


—Técnicamente.


Aquella palabra volvió a aparecer.

«Técnicamente».

Uno de los grandes refugios morales de la civilización contemporánea.


Continuamos avanzando.


En otra sección observé una enorme sala llena de espejos.


Cartel:

DEPARTAMENTO DE COMPARACIONES CONVENIENTES


—¿Qué hacen aquí?


—Seleccionamos referencias internacionales.


—¿Con qué criterio?


Percentilio parecía sorprendido.


—Con el criterio adecuado.


—Eso no explica nada.


—Precisamente.


Nos aproximamos a una pantalla gigantesca.


Aparecía un gráfico económico.


—Observe.


Señaló un país desastroso.


—Comparándonos con ellos somos un éxito.


Apareció otro país.

Mucho más próspero.


—¿Y comparándonos con éstos?


Percentilio apagó inmediatamente la pantalla.


—No utilizamos esa comparación.


—¿Por qué?


—Podría generar pesimismo.


Tomé nota.


«La selección de comparaciones constituye una de las formas más elegantes de manipulación.»


Aquello prometía convertirse en un libro.


O en varios.


Seguimos avanzando.


Llegamos finalmente al edificio más vigilado de todo el complejo.


Había cámaras.


Guardias.


Puertas blindadas.


Sistemas biométricos.


Detectores.


Alarmas.


—¿Qué guardan aquí?


Percentilio bajó la voz.


—El Archivo General.


—¿De qué?


Miró a ambos lados.


Como si temiera que alguien pudiera escucharlo.


—De las tablas completas.


Sentí un escalofrío.


Toda sociedad posee lugares peligrosos.

En algunos países son arsenales.

En otros laboratorios.

En otros bases militares.

En el País de los Datos Obedientes eran tablas estadísticas completas.


La puerta se abrió lentamente.


Entramos.


Y allí estaban.


Miles.


Decenas de miles.


Quizá millones.


Tablas completas.


Series históricas íntegras.


Cruces de variables.


Notas metodológicas.


Anexos.


Márgenes de error.


Preguntas originales.


Resultados sin resumir.


Datos sin maquillaje.


Datos sin interpretación.


Datos desnudos.


Aquello era más impresionante que cualquier catedral.


—¿Y quién consulta todo esto?


Percentilio sonrió con tristeza.


—Muy poca gente.


—¿Por qué?


—Porque requiere tiempo.


—¿Y?


—Y vivimos en una época que prefiere conclusiones instantáneas.


Aquella respuesta era probablemente la más inteligente que había escuchado desde mi llegada.


Caminé durante horas entre aquellas montañas de información.


Y poco a poco comprendí el secreto del país.


No falsificaban necesariamente los datos.


Eso habría sido demasiado burdo.


Demasiado antiguo.


Demasiado fácil de descubrir.


Hacían algo mucho más sofisticado.


Mostraban una parte.


Ocultaban otra.


Ampliaban ciertos aspectos.


Reducían otros.


Seleccionaban.


Enfatizaban.


Jerarquizaban.


Ordenaban.


Y después llamaban objetividad al resultado.


Al anochecer regresé al hotel.


Abrí la libreta.


Y escribí:

«La mentira clásica consiste en afirmar lo que no es.

La mentira moderna suele consistir en mostrar cuidadosamente una parte de lo que es.»

Luego añadí:

«Las medias verdades son especialmente peligrosas porque conservan la apariencia respetable de la verdad.»

Y finalmente:

«Cuando un ciudadano deja de leer los anexos, alguien empieza a escribirle las conclusiones.»

Aquella noche tuve la extraña sensación de que apenas acababa de atravesar el vestíbulo de un edificio mucho más grande.

Y tenía razón.

Porque todavía no había visitado el lugar más importante de todo el país.

El más poderoso.

El más influyente.

El auténtico corazón del sistema.

Un lugar llamado:

INSTITUTO SUPERIOR DE NARRATIVAS ESTADÍSTICAMENTE COMPATIBLES

Y allí descubriría algo aún más sorprendente:

que los datos ya no eran utilizados para describir la realidad.

La realidad empezaba a ser utilizada para justificar relatos previamente construidos.

CAPÍTULO IV

El Instituto Superior de Narrativas Estadísticamente Compatibles

Si la Fábrica Nacional de Porcentajes Relativos constituía el corazón industrial del país, el Instituto Superior de Narrativas Estadísticamente Compatibles era su cerebro.

Y como ocurre con muchos cerebros, resultaba bastante más peligroso.

Lo descubrí al tercer día.

Percentilio acudió a buscarme al hotel poco después del desayuno.

Traía un aspecto inusualmente solemne.


—Hoy visitaremos el Instituto.


La forma en que pronunció aquellas palabras me recordó a ciertos peregrinos medievales cuando hablaban de Roma, Jerusalén o Santiago.


—¿Tan importante es?


—Mucho más que el parlamento.


—¿Más que el gobierno?


—Naturalmente.


—¿Más que los tribunales?


Percentilio sonrió.


—Profesor, usted sigue pensando como un ciudadano del siglo XX.


Tomé nota.

Aquella frase prometía problemas.


El edificio se encontraba en una colina.

Dominaba toda la capital.

Era inmenso.

Brillante.

Elegante.

Moderno.

Y extraordinariamente caro.

Algo que, por experiencia, suele ser una magnífica señal de alarma.


Sobre la fachada principal podía leerse:

INSTITUTO SUPERIOR DE NARRATIVAS ESTADÍSTICAMENTE COMPATIBLES

«NO TODOS LOS DATOS MERECEN LA MISMA ATENCIÓN»


Me detuve.


—Es una frase sincera.


—Aquí estamos muy orgullosos de ella.


—Lo imagino.


Entramos.


El vestíbulo estaba decorado con enormes paneles luminosos.


En uno podía leerse:

«LA PERCEPCIÓN TAMBIÉN ES REALIDAD»


En otro:

«EL CONTEXTO LO ES TODO»


En otro:

«LA VERDAD NECESITA PEDAGOGÍA»


Y en otro, particularmente inquietante:

«LA REALIDAD BRUTA PUEDE RESULTAR CONFUSA»


Aquella última frase merecía una tesis doctoral.


Nos recibió el director.


Era un hombre elegante.

Muy elegante.

Demasiado elegante.

Parecía capaz de explicar una inundación como prueba de sequía si el presupuesto adecuado lo exigía.


—Bienvenido, profesor.


—Gracias.


—Nos honra su visita.


—Eso aún está por ver.


No pareció captar la ironía.


O quizá sí.


—Nuestro trabajo consiste en ayudar a la sociedad a comprender los datos.


—Magnífica misión.


—Una misión indispensable.


—Depende de cómo se realice.


El director sonrió.


Aquella sonrisa me inquietó más que todas las estadísticas del país juntas.


EL DEPARTAMENTO DE JERARQUIZACIÓN DE LA REALIDAD

La primera sala era enorme.

Miles de empleados trabajaban frente a pantallas.


—¿Qué hacen?


—Jerarquizan.


—¿Qué?


—La realidad.


Guardé silencio.


Hay respuestas tan perfectas que cualquier comentario las empeora.


El director continuó:


—Cada día ocurren millones de hechos.


—Cierto.


—No todos pueden aparecer en los informativos.


—También cierto.


—Por tanto, alguien debe decidir cuáles son importantes.


—Y ese alguien son ustedes.


—Exactamente.


La sinceridad empezaba a resultar refrescante.


Observé una de las pantallas.


Aparecían cientos de acontecimientos.


Algunos ascendían.


Otros descendían.


Otros desaparecían.


—¿Qué significan esas flechas?


—Nivel de relevancia narrativa.


—¿Narrativa?


—Por supuesto.


—¿No informativa?


El director pareció sorprendido.


—Profesor, no sea ingenuo.


Tomé nota.


EL DEPARTAMENTO DE LOS ADJETIVOS ESTRATÉGICOS

La siguiente sala era aún más extraordinaria.


Miles de lingüistas trabajaban frenéticamente.


No analizaban datos.


Analizaban palabras.


—¿Qué hacen aquí?


—Asignan adjetivos.


—¿A qué?


—A los hechos.


Aquello comenzaba a parecer una caricatura.

Lo alarmante era que se parecía demasiado a la realidad.


Un empleado señalaba una noticia.


—¿Cómo la calificamos?


Otro respondió:


—Depende.


—¿De qué?


—Del protagonista.


Tomé nota inmediatamente.


Observé varios ejemplos.


Cuando una medida favorecía la línea oficial:

«Histórica»

«Valiente»

«Transformadora»

«Necesaria»


Cuando la misma medida era propuesta por adversarios:

«Polémica»

«Controvertida»

«Preocupante»

«Cuestionada»


—Curioso.


—¿Qué?


—La realidad cambia mucho según el adjetivo.


—Exactamente.


Respondieron con orgullo.


EL LABORATORIO DE LAS PREGUNTAS CORRECTAS

Aquella sección resultó fascinante.


Porque allí comprendí cómo nacían muchas encuestas.


Una enorme inscripción presidía la sala:

NO IMPORTA TANTO LA RESPUESTA COMO LA PREGUNTA


Miles de especialistas diseñaban cuestionarios.


Un investigador me mostró varios ejemplos.


Primera versión:

¿Está usted de acuerdo con aumentar impuestos?


Resultado mediocre.


Segunda versión:

¿Está usted dispuesto a contribuir solidariamente al fortalecimiento de los servicios públicos?


Resultado excelente.


Tercera versión:

¿Apoya usted medidas destinadas a proteger a los colectivos vulnerables?


Resultado extraordinario.


—¿Y todas preguntan lo mismo?


—Técnicamente.


Aquella palabra volvió a aparecer.


«Técnicamente.»


Empezaba a sospechar que era el santo patrón nacional.


LA SALA DE LOS EXPERTOS MEDIÁTICOS

Llegamos finalmente a un anfiteatro gigantesco.


Miles de expertos recibían formación.


—¿Qué aprenden?


—A comunicar.


—¿Sus conocimientos?


—No exactamente.


—¿Entonces?


—Sus conclusiones.


Aquello era mucho más honesto de lo que esperaba.


Un profesor impartía clase.


En la pizarra podía leerse:

REGLA NÚMERO UNO

NUNCA COMIENCE POR LOS DATOS


REGLA NÚMERO DOS

COMIENCE POR LA CONCLUSIÓN


REGLA NÚMERO TRES

BUSQUE LOS DATOS COMPATIBLES


—¿Es una broma?


—Por supuesto que no.


Respondió el director.


—Es comunicación estratégica.


Comprendí entonces que había llegado al núcleo del sistema.


La estadística ya no servía para descubrir.


Servía para confirmar.


La investigación ya no servía para explorar.


Servía para respaldar.


La información ya no servía para comprender.


Servía para orientar.


Y la diferencia entre ambas cosas era gigantesca.


Aquella noche escribí en mi libreta:

«Las sociedades libres necesitan datos para comprender la realidad.»

Luego añadí:

«Las sociedades dirigidas necesitan relatos para administrar la realidad.»

Y finalmente:

«El peligro comienza cuando los relatos dejan de adaptarse a los hechos y los hechos empiezan a adaptarse a los relatos.»

Al cerrar la libreta observé desde la ventana la inmensa ciudad iluminada.

En todas las pantallas aparecía el mismo mensaje:

«LA REALIDAD AVANZA EN LA DIRECCIÓN CORRECTA»

Y por primera vez durante mi viaje me formulé una pregunta inquietante:

¿Quién decide cuál es la dirección correcta?

La respuesta me aguardaba en el siguiente destino.

Un lugar todavía más extraordinario.

Más poderoso.

Más influyente.

Más peligroso.

Un territorio llamado:

EL REINO DE LOS EXPERTOS INFALIBLES

donde descubriría que el conocimiento puede convertirse en una forma de poder… y que algunos expertos terminan creyendo que su inteligencia les otorga derecho a gobernar a quienes consideran menos ilustrados que ellos.

CAPÍTULO V

EL REINO DE LOS EXPERTOS INFALIBLES

Donde descubrí que algunas personas comienzan estudiando la realidad y terminan convencidas de que la realidad debería obedecerles

Cuando abandoné el Instituto Superior de Narrativas Estadísticamente Compatibles pensé que ya nada podría sorprenderme.

Era una conclusión prematura.

Las conclusiones prematuras constituyen una de las principales materias primas de la estupidez humana.

Y yo todavía tenía mucho que aprender sobre ambas.


El viaje hasta el Reino de los Expertos Infalibles duró apenas dos jornadas.

Sin embargo, la transición resultó fascinante.

A medida que me aproximaba al nuevo territorio desaparecían progresivamente los ciudadanos corrientes.

Desaparecían los agricultores.

Desaparecían los artesanos.

Desaparecían los comerciantes.

Desaparecían los mecánicos.

Desaparecían los albañiles.

Desaparecían los camioneros.

Desaparecían los pescadores.

Desaparecían los pequeños empresarios.

Desaparecían los trabajadores.

En su lugar comenzaban a aparecer consultores.

Asesores.

Analistas.

Evaluadores.

Coordinadores.

Supervisores.

Inspectores.

Auditores.

Facilitadores.

Mediadores.

Dinamizadores.

Especialistas.

Expertos.

Muchísimos expertos.


Aquello me inquietó.

Toda sociedad necesita expertos.

Lo preocupante es cuando empieza a producir más expertos que panaderos.


La frontera estaba presidida por un gigantesco monumento.

Representaba una cabeza enorme.

Desproporcionadamente enorme.

Gigantesca.

Prácticamente colosal.

Debajo podía leerse:

REINO DE LOS EXPERTOS INFALIBLES

«SI USTED NO ESTÁ DE ACUERDO, NECESITA MÁS FORMACIÓN»


Tomé nota inmediatamente.

Aquella frase merecía figurar en una antología universal del paternalismo ilustrado.


Un guardia examinó mis documentos.


—Profesión.


—Profesor jubilado.


El hombre levantó una ceja.


—¿Especialización?


—Curiosidad.


El guardia me observó durante varios segundos.


—Eso no figura entre las categorías reconocidas.


—Lo sospechaba.


Me permitió pasar.


LA CAPITAL

La capital se llamaba:

TECNÓPOLIS


Era una ciudad impresionante.


No había iglesias.


No había plazas.


No había mercados.


No había tabernas.


No había parques.


En cambio había centros de análisis.


Institutos de prospectiva.


Observatorios.


Fundaciones.


Laboratorios.


Comisiones.


Consejos asesores.


Paneles de expertos.


Mesas técnicas.


Subcomités.


Y grupos de trabajo dedicados a coordinar otros grupos de trabajo.


Aquel lugar parecía el sueño húmedo de un burócrata ilustrado.


O una pesadilla administrativa.


Todavía no había decidido cuál de las dos cosas era.


EL MINISTERIO DEL CONOCIMIENTO CERTIFICADO

El edificio más importante de la ciudad resultó ser el Ministerio del Conocimiento Certificado.


Su tamaño era extraordinario.


Más grande que las universidades.


Más grande que los tribunales.


Más grande que el parlamento.


Lo cual me pareció una magnífica metáfora arquitectónica.


Sobre la entrada figuraba una inscripción:

«LA OPINIÓN DE UN CIUDADANO VALE MENOS QUE LA DE UN EXPERTO»


Debajo:

«Y LA DE DOS EXPERTOS VALE EL DOBLE»


Aquello parecía un chiste.


Pero nadie se reía.


EL MINISTRO

El ministro me recibió en una oficina inmensa.


Las paredes estaban cubiertas de diplomas.


Miles de diplomas.


Decenas de miles.


Posiblemente millones.


Algunos títulos parecían tan específicos que sospeché que habían sido creados únicamente para justificar la existencia de otros títulos.


—Bienvenido.


—Gracias.


—Aquí valoramos mucho el conocimiento.


—Magnífica costumbre.


—Es la base de nuestra sociedad.


—También de muchas otras.


—No exactamente.


Tomé nota.


Aquella respuesta prometía entretenimiento.


LA PIRÁMIDE DEL SABER

El ministro me mostró un enorme gráfico.


En la base aparecían millones de ciudadanos.


Por encima:

Graduados.


Más arriba:

Especialistas.


Más arriba:

Expertos.


Más arriba:

Superexpertos.


Más arriba:

Metaexpertos.


Más arriba:

Coordinadores de metaexpertos.


En la cima:

Un reducido grupo llamado:

CONSEJO SUPREMO DE LOS QUE SABEN


—¿Y qué función desempeñan?


—Pensar.


—¿Por los demás?


—Exactamente.


Aquella sinceridad comenzaba a resultar alarmante.


EL MUSEO DE LOS ERRORES IMPOSIBLES

La siguiente visita resultó extraordinaria.


Entramos en un museo inmenso.


Esperaba encontrar errores históricos.


Predicciones fallidas.


Diagnósticos equivocados.


Teorías desacreditadas.


Nada de eso.


Las salas estaban vacías.


—¿Dónde están los errores?


—¿Qué errores?


—Los de los expertos.


El guía parecía confundido.


—No tenemos ninguno.


—¿Ninguno?


—Los errores pertenecen al pasado.


—¿Y actualmente?


—Disponemos de protocolos.


Aquella respuesta me produjo una mezcla de admiración y terror.


Porque una de las características más peligrosas de la inteligencia humana consiste precisamente en olvidar sus propios errores.


EL ENCUENTRO CON MICHAEL POLANYI

Aquella tarde encontré a un anciano sentado en una terraza.


Parecía observar la ciudad con una mezcla de afecto y preocupación.


—¿Profesor Polanyi?


Sonrió.


—Te esperaba.


Aquello empezaba a convertirse en una costumbre narrativa.


—¿Qué opina de este lugar?


Polanyi contempló la ciudad.


Luego señaló una panadería.


—¿Ves esa barra de pan?


—Sí.


—¿Quién sabe fabricarla?


—El panadero.


—¿Y el ministro?


—Probablemente no.


—¿Y los expertos?


—Quizá tampoco.


Polanyi asintió.


—La civilización funciona gracias a millones de conocimientos dispersos.


—Comprendo.


—Conocimientos que nadie posee completamente.


—Continúe.


—El problema comienza cuando algunas personas creen que porque conocen una parte entienden el conjunto.


Tomé nota.


Aquella observación explicaba medio siglo de políticas públicas.


Y posiblemente varios milenios de arrogancia humana.


EL INSTITUTO DE PROSPECTIVA ABSOLUTA

La visita terminó en el edificio más prestigioso del reino.


Un enorme complejo dedicado a prever el futuro.


Sobre la entrada podía leerse:

«EL MAÑANA ES DEMASIADO IMPORTANTE PARA DEJARLO EN MANOS DEL AZAR»


Miles de especialistas elaboraban proyecciones.


Modelos.


Escenarios.


Simulaciones.


Predicciones.


—¿Son precisas?


Pregunté.


El director reflexionó.


—Depende.


—¿De qué?


—Del pasado.


—¿Y cuando fallan?


—Actualizamos el modelo.


—¿Y después?


—Volvemos a intentarlo.


Aquello era razonable.


Lo inquietante era que seguían hablando como si el siguiente modelo fuese definitivo.


Al anochecer regresé al hotel.


Abrí la libreta.


Y escribí:

«El conocimiento es una de las mayores conquistas de la civilización.»

Luego añadí:

«Pero la arrogancia intelectual consiste en confundir conocimiento con omnisciencia.»

Y finalmente:

«Los expertos resultan indispensables. Los expertos convencidos de que nunca se equivocan resultan peligrosos.»


Mientras cerraba la libreta observé por la ventana las luces de Tecnópolis.


En todos los edificios brillaba el mismo lema:

«CONFIAD EN LOS QUE SABEN.»


Y por primera vez empecé a sospechar que la cuestión importante no era quién sabía.


Sino quién vigilaba a quienes afirmaban saber.


Porque al día siguiente visitaría un lugar todavía más inquietante.

Un lugar donde los errores no desaparecían.

Simplemente cambiaban de nombre.

Un lugar conocido como:

EL CONSEJO PERMANENTE DE LOS RESPONSABLES INOCENTES

CAPÍTULO VI

EL CONSEJO PERMANENTE DE LOS RESPONSABLES INOCENTES

Donde descubrí que en ciertas administraciones los errores nunca desaparecen, simplemente ascienden de categoría

A la mañana siguiente abandoné el hotel con una sensación extraña.

Durante los días anteriores había conocido estadísticos capaces de domesticar porcentajes, expertos convencidos de comprender el futuro y especialistas que parecían considerar la incertidumbre una enfermedad susceptible de erradicación administrativa.

Sin embargo, todavía no había resuelto una cuestión fundamental.

Una cuestión tan antigua como el poder mismo.

¿Qué ocurre cuando estas personas se equivocan?

Porque equivocarse es humano.

Incluso para los expertos.

A veces especialmente para los expertos.


Formulé la pregunta durante el desayuno.

El camarero se puso nervioso.


—No debería hablar de eso.


—¿Por qué?


—Porque es un asunto muy delicado.


—¿Los errores?


—No.


Bajó la voz.


—Las responsabilidades.


Aquella respuesta me pareció tan reveladora que la anoté inmediatamente.


«En ciertas sociedades los errores constituyen una molestia.

Las responsabilidades constituyen una amenaza.»


Poco después emprendí camino hacia el Consejo Permanente de los Responsables Inocentes.


El edificio se encontraba en las afueras de Tecnópolis.


Era gigantesco.


Mucho más grande que el Ministerio del Conocimiento Certificado.


Mucho más grande que el Instituto de Prospectiva Absoluta.


Mucho más grande que el parlamento.


Lo cual comenzaba a convertirse en una costumbre arquitectónica bastante instructiva.


Sobre la entrada podía leerse:

CONSEJO PERMANENTE DE LOS RESPONSABLES INOCENTES

«TODA DECISIÓN FUE ADOPTADA CON LA MEJOR INTENCIÓN»


Debajo:

«Y TODA CONSECUENCIA ADVERSA RESULTA IMPREVISTA»


Aquello prometía convertirse en una experiencia memorable.


EL PRESIDENTE

El presidente del Consejo me recibió con extraordinaria amabilidad.


Era un hombre afable.


Culto.


Refinado.


Educado.


Y poseía esa serenidad característica de quienes jamás han sufrido personalmente las consecuencias de sus propios errores.


—Bienvenido.


—Gracias.


—Estamos encantados de recibir visitantes.


—Eso me tranquiliza.


—Nosotros creemos profundamente en la transparencia.


Tomé nota.


Cada vez que una institución proclama apasionadamente su compromiso con la transparencia conviene comprobar dónde guarda los archivos.


LA GALERÍA DE LOS ÉXITOS

La primera sala resultó impresionante.


Kilómetros de paneles.


Miles de fotografías.


Décadas de informes.


Todo celebraba éxitos.


Reformas exitosas.


Programas exitosos.


Planes exitosos.


Estrategias exitosas.


Iniciativas exitosas.


Observé atentamente.


No encontré un solo fracaso.


—Curioso.


—¿Qué?


—Parece que nunca se equivocan.


El presidente sonrió.


—Claro que nos equivocamos.


—¿Dónde están esos errores?


Silencio.


—No figuran en esta exposición.


—Ya lo había sospechado.


EL DEPARTAMENTO DE REASIGNACIÓN DE RESPONSABILIDADES

La siguiente sala era todavía más fascinante.


Miles de funcionarios trabajaban frente a enormes mapas conceptuales.


Flechas.


Diagramas.


Organigramas.


Protocolos.


Informes.


—¿Qué hacen aquí?


—Reasignamos responsabilidades.


—¿Después de los errores?


—Naturalmente.


Aquello empezaba a ponerse interesante.


Un empleado me mostró un ejemplo práctico.


Una política pública había fracasado estrepitosamente.


Costes disparados.


Objetivos incumplidos.


Resultados decepcionantes.


Consecuencias no previstas.


—¿Y quién fue responsable?


El funcionario observó el expediente.


—Todavía lo estamos estudiando.


—¿Cuánto tiempo llevan estudiándolo?


—Doce años.


Tomé nota.


EL MUSEO DE LAS CONSECUENCIAS IMPREVISTAS

Aquella sala era probablemente la más grande del complejo.


Muchísimo más grande que la Galería de los Éxitos.


Aunque curiosamente aparecía escondida en el sótano.


Allí encontré:

Programas que produjeron efectos contrarios a los previstos.


Leyes que generaron problemas nuevos.


Normativas que complicaron lo que pretendían simplificar.


Subvenciones que fomentaron comportamientos inesperados.


Regulaciones que produjeron efectos secundarios considerables.


—¿Quién diseñó todo esto?


—Expertos.


—¿Y quién aprobó las medidas?


—Autoridades competentes.


—¿Y quién asumió las consecuencias?


El guía reflexionó.


—Principalmente los ciudadanos.


Aquella respuesta fue tan sincera que por un instante sentí simpatía por él.


EL ENCUENTRO CON THOMAS SOWELL

Aquella tarde encontré a un anciano sentado junto a una fuente.


Parecía observar tranquilamente a los funcionarios que entraban y salían del Consejo.


—Profesor Sowell.


Sonrió.


—Te esperaba.


Empezaba a sospechar que alguien distribuía horarios.


—¿Qué opina de este lugar?


Sowell contempló el edificio.


—Tiene un problema clásico.


—¿Cuál?


—Las decisiones y las consecuencias viven en barrios distintos.


Guardé silencio.


Aquella frase merecía una placa de mármol.


—Explíquese.


—Quien toma la decisión rara vez soporta personalmente el coste de sus errores.


—Continúe.


—Y quien soporta el coste rara vez participó en la decisión.


Tomé nota.


Aquello explicaba más cosas de las que estaba dispuesto a reconocer.


EL ARCHIVO DE LOS INFORMES OLVIDADOS

La visita concluyó en una inmensa biblioteca subterránea.


Miles de informes descansaban en estanterías interminables.


Advertencias.


Análisis.


Evaluaciones.


Recomendaciones.


Estudios de impacto.


—¿Qué son?


—Informes previos.


—¿Previos a qué?


—A los errores.


Aquella respuesta resultó magnífica.


Comencé a examinar algunos documentos.


Y descubrí algo extraordinario.


Muchos problemas habían sido previstos.


Muchos riesgos habían sido señalados.


Muchas consecuencias habían sido advertidas.


A menudo por personas perfectamente razonables.


Entonces formulé la pregunta inevitable.


—Si estaban advertidos, ¿por qué siguieron adelante?


El bibliotecario suspiró.


—Porque los informes eran correctos.


—¿Y?


—Pero políticamente inconvenientes.


Guardé silencio.


Aquella frase resumía una parte considerable de la historia humana.


Al regresar al hotel abrí la libreta.


Y escribí:

«La mayoría de los desastres importantes no ocurren porque nadie advirtiera el peligro.»

Luego añadí:

«Ocurren porque quienes tomaban las decisiones preferían escuchar otra cosa.»

Y finalmente:

«Cuando las consecuencias llegan, los responsables suelen convertirse en expertos.

Y los expertos suelen convertirse en asesores.

Y los asesores suelen formar parte de comisiones encargadas de investigar por qué nadie previó lo ocurrido.»


Mientras cerraba la libreta observé las luces de Tecnópolis.


Por primera vez comprendí que el problema no consistía únicamente en el exceso de confianza de los expertos.


Tampoco en la manipulación de los datos.


Ni siquiera en la arrogancia burocrática.


El problema era más profundo.


Mucho más profundo.


Porque al día siguiente abandonaría el Reino de los Expertos Infalibles para dirigirme hacia un territorio mucho más vasto.

Un territorio donde millones de ciudadanos parecían convencidos de que alguien, en algún lugar, debía resolver todos sus problemas.

Un territorio formado por cientos de islas.

Miles de playas.

Millones de reclamaciones.

Y una cantidad prácticamente infinita de derechos.

Un lugar conocido como:

EL ARCHIPIÉLAGO DE LOS NIÑOS ETERNOS

CAPÍTULO VII

EL ARCHIPIÉLAGO DE LOS NIÑOS ETERNOS

Donde descubrí una civilización que había conseguido algo aparentemente imposible: multiplicar los derechos, reducir los deberes y sorprenderse después de que aparecieran problemas

La travesía hasta el Archipiélago de los Niños Eternos duró casi una semana.

Abandoné Tecnópolis con cierta sensación de alivio.

Después de convivir durante días con expertos infalibles, modelos predictivos y responsables inocentes, comenzaba a echar de menos algo tan sencillo como una conversación con una persona corriente.

No tardaría en arrepentirme.

Porque las personas corrientes del archipiélago eran extraordinarias.

Extraordinariamente corrientes.

Y extraordinariamente infantiles.


El primer indicio apareció antes incluso de divisar tierra.

Mientras el barco se aproximaba a las islas observé una inmensa pancarta flotante.

Ocupaba varios kilómetros.


Decía:

«TENGO DERECHO A SER FELIZ»


Nada objetable.


Un poco más adelante apareció otra.


«TENGO DERECHO A NO SENTIRME INCÓMODO»


Aquello ya resultaba más complicado.


Después apareció una tercera.


«TENGO DERECHO A NO FRUSTRARME»


Y una cuarta.


«TENGO DERECHO A QUE ALGUIEN SOLUCIONE ESTO»


Aquella última comenzaba a parecer un programa político.


LA ISLA PRINCIPAL

La capital del archipiélago se llamaba:

SATISFACCIÓN


Era una ciudad hermosa.


Colorida.


Alegre.


Divertida.


Limpia.


Acogedora.


Y completamente obsesionada consigo misma.


En todas partes aparecían mensajes similares.


«SIGUE TUS DESEOS.»


«NO PERMITAS QUE NADIE TE JUZGUE.»


«MERECES MÁS.»


«NO RENUNCIES A NADA.»


«TODO ES POSIBLE.»


Aquello me recordó inmediatamente a ciertos anuncios publicitarios.


Y también a ciertos programas electorales.


EL MINISTERIO DE LOS DERECHOS EMERGENTES

La institución más importante de la isla ocupaba un complejo gigantesco.


Más grande que los hospitales.


Más grande que las escuelas.


Más grande que los tribunales.


Como empezaba a ser habitual en mis viajes.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DE LOS DERECHOS EMERGENTES

«SI ALGUIEN DESEA ALGO DURANTE SUFICIENTE TIEMPO, TERMINA CONVIRTIÉNDOSE EN UN DERECHO»


Tomé nota inmediatamente.


Aquella frase poseía la belleza delirante de ciertas doctrinas modernas.


Entré.


Me recibió una joven funcionaria extraordinariamente amable.


—¿Qué hacen exactamente aquí?


—Creamos derechos.


—¿Cómo?


—Detectamos demandas sociales.


—Comprendo.


—Después elaboramos informes.


—Naturalmente.


—Y finalmente reconocemos nuevos derechos.


—¿Y los deberes?


La funcionaria parpadeó.


—¿Los qué?


EL MUSEO DE LAS RESPONSABILIDADES EXTINTAS

Aquello resultó fascinante.


En el centro de la ciudad existía un museo.


Estaba prácticamente vacío.


Solo encontré unas pocas vitrinas polvorientas.


En una aparecía una palabra:

RESPONSABILIDAD


En otra:

SACRIFICIO


En otra:

DEBER


En otra:

AUTODISCIPLINA


Pregunté al guía.


—¿Por qué están aquí?


—Porque pertenecen al pasado.


—¿Al pasado?


—Sí.


—¿Y cómo funciona actualmente la sociedad?


El guía reflexionó.


—Esa cuestión está siendo estudiada por una comisión.


Tomé nota.


Las comisiones parecían proliferar allí donde desaparecía el sentido común.


EL ENCUENTRO CON ORTEGA

Aquella tarde encontré a un anciano sentado frente al puerto.


Observaba el ir y venir de los ferris.


Parecía divertido.


Y ligeramente preocupado.


—Don José Ortega y Gasset.


Sonrió.


—Te esperaba.


—Empiezo a sospechar que todos disponen de mi itinerario.


Ortega rió.


—¿Qué te parece el archipiélago?


Observé la ciudad.


Las terrazas llenas.


Las pantallas.


Los centros de entretenimiento.


Las oficinas de reclamaciones.


Los asesores emocionales.


Los gestores de agravios.


Los facilitadores de bienestar.


Y los mediadores de incomodidades.


—Parece una sociedad muy satisfecha.


Ortega negó lentamente con la cabeza.


—No confundas satisfacción con madurez.


Tomé nota.


—Explíquese.


—El problema comienza cuando una generación recibe una herencia civilizatoria enorme.


—¿Y?


—Y termina considerándola un fenómeno natural.


Guardé silencio.


Aquello explicaba muchas cosas.


—Como quien cree que el agua sale de los grifos espontáneamente.


—Exactamente.


—O que los supermercados se abastecen solos.


—Exactamente.


—O que las libertades se mantienen automáticamente.


Ortega sonrió.


—Ahora empiezas a comprender.


LA FÁBRICA DE LAS EXCUSAS PERFECTAS

Al día siguiente visité uno de los centros más prestigiosos del archipiélago.


Un complejo inmenso.


Moderno.


Tecnológicamente avanzado.


Y extraordinariamente concurrido.


Sobre la entrada podía leerse:

FÁBRICA NACIONAL DE EXCUSAS PERFECTAS

«NINGÚN FRACASO DEBE QUEDAR SIN JUSTIFICACIÓN»


Miles de especialistas trabajaban en cadena.


La producción era impresionante.


Entraba una mala decisión.


Salía una explicación sofisticada.


Entraba una negligencia.


Salía una narrativa contextualizada.


Entraba una irresponsabilidad.


Salía un informe sobre factores estructurales.


—¿Qué producen aquí?


Pregunté.


—Comprensión.


Respondió el director.


—Parece más bien exculpación.


El hombre sonrió.


—La diferencia es sutil.


Tomé nota.


La diferencia, en efecto, era sutil.


Pero también decisiva.


EL PARQUE TEMÁTICO DE LA AUTOESTIMA UNIVERSAL

La última visita del día fue probablemente la más reveladora.


Miles de niños.


Miles de adolescentes.


Miles de adultos.


Participaban en actividades educativas.


Todos recibían premios.


Todos recibían medallas.


Todos recibían diplomas.


Todos recibían reconocimientos.


—¿Y quién gana?


Pregunté.


El monitor parecía sorprendido.


—Todos.


—¿Siempre?


—Siempre.


—¿Y quién pierde?


Silencio.


—Esa palabra fue retirada del vocabulario pedagógico hace años.


Aquella noche escribí en mi libreta:

«Las sociedades sanas enseñan a sus miembros a soportar pequeñas frustraciones.»

Luego añadí:

«Las sociedades inmaduras intentan abolir la frustración.»

Y finalmente:

«El problema es que la realidad jamás recibió la orden administrativa correspondiente.»


Mientras cerraba la libreta observé el puerto iluminado.


Miles de personas parecían felices.


O al menos entretenidas.


Y sin embargo comenzaba a percibir una inquietud subterránea.


Un vacío.


Una fragilidad.


Como si aquella inmensa maquinaria de satisfacción permanente estuviera construida sobre cimientos sorprendentemente débiles.


A la mañana siguiente descubriría por qué.


Porque iba a visitar la isla más extraña de todo el archipiélago.


Un lugar donde nadie trabajaba demasiado.


Nadie ahorraba demasiado.


Nadie planificaba demasiado.


Y donde, sin embargo, todos estaban convencidos de que alguien garantizaría siempre su bienestar.


Un lugar conocido como:

LA ISLA DE LOS DERECHOS ILIMITADOS

CAPÍTULO VIII

LA ISLA DE LOS DERECHOS ILIMITADOS

Donde descubrí una sociedad que había conseguido repartir promesas sin límite y donde nadie parecía preguntarse quién acabaría pagando la factura

La Isla de los Derechos Ilimitados era considerada la joya del archipiélago.

Sus habitantes hablaban de ella con orgullo.

Los medios de información, creadores de opinión y manipulación de masas la presentaban como un ejemplo para la humanidad.

Los políticos acudían constantemente a fotografiarse allí.

Los expertos la citaban en congresos.

Los profesores la explicaban en seminarios.

Y los ciudadanos de otras islas la contemplaban con una mezcla de admiración y envidia.

Todo ello me volvió inmediatamente desconfiado.

La experiencia enseña que cuando demasiadas personas coinciden en elogiar una misma cosa conviene examinar cuidadosamente la letra pequeña.


La isla era hermosa.

Extraordinariamente hermosa.

Playas limpias.

Avenidas amplias.

Parques impecables.

Edificios modernos.

Fuentes.

Jardines.

Centros culturales.

Polideportivos.

Bibliotecas.

Centros de asistencia.

Centros de acompañamiento.

Centros de orientación.

Centros de mediación.

Centros de supervisión.

Centros de seguimiento.

Centros para coordinar otros centros.

Había tantos centros que empecé a sospechar que la principal actividad económica consistía en inaugurar edificios.


EL MINISTERIO DE LAS GARANTÍAS UNIVERSALES

La institución principal ocupaba una colina entera.

No un edificio.

Una colina.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DE LAS GARANTÍAS UNIVERSALES

«NADIE DEBE PREOCUPARSE POR NADA»


Debajo:

«NOSOTROS NOS PREOCUPAREMOS POR USTED»


Aquello tenía un aire maternal.

Y ligeramente aterrador.


Me recibió el ministro.


Era un hombre amable.

Muy amable.

Excesivamente amable.

La clase de persona que podría sonreír mientras le explica que acaba de perder la libertad por su propio bien.


—Bienvenido.


—Gracias.


—Nuestra misión es sencilla.


—¿Cuál?


—Eliminar la incertidumbre.


Tomé nota.


Aquella respuesta poseía la modestia intelectual de quien pretende abolir la gravedad.


EL CATÁLOGO

El ministro me mostró un volumen gigantesco.


Más grueso que una enciclopedia.


Más grueso que una guía telefónica antigua.


Más grueso que algunas constituciones.


—¿Qué es esto?


—El Catálogo General de Derechos Garantizados.


Comencé a leer.


Derecho a la vivienda.


Derecho al ocio.


Derecho al bienestar.


Derecho al acompañamiento.


Derecho al apoyo.


Derecho a la supervisión.


Derecho a la protección.


Derecho a la realización personal.


Derecho a la felicidad potencial.


Levanté la vista.


—¿Felicidad potencial?


—Estamos trabajando en el reglamento.


Naturalmente.


EL ENCUENTRO CON BASTIAT

Aquella tarde encontré a un anciano sentado frente al puerto comercial.


Observaba la entrada y salida de mercancías.


Parecía más interesado en los barcos que en los discursos.


Lo cual ya era una buena señal.


—Señor Bastiat.


Sonrió.


—Te esperaba.


Empezaba a pensar que el universo entero se había organizado para anticipar mis desplazamientos.


—¿Qué le parece esta isla?


Bastiat señaló el puerto.


—¿Qué ves?


—Barcos.


—¿Y además?


—Mercancías.


—¿Y además?


Reflexioné.


—Trabajo.


—Exactamente.


Señaló la ciudad.


—Todo eso existe porque alguien produce.


—Naturalmente.


—Pero la mayoría de los habitantes ya no observa a quienes producen.


—¿Qué observan entonces?


—A quienes reparten.


Guardé silencio.


Aquella observación contenía dinamita intelectual.


LO QUE SE VE Y LO QUE NO SE VE

Bastiat me llevó a una colina.

Desde allí podía contemplarse toda la isla.


—Observa.


Vi hospitales.


Escuelas.


Carreteras.


Centros públicos.


Parques.


Subvenciones.


Ayudas.


Prestaciones.


—Todo eso es visible.


—Sí.


—Ahora dime qué no ves.


Guardé silencio.


—No lo sé.


—Exactamente.


Sonrió.


—No ves los recursos que dejaron de invertirse en otra parte.


—Continúe.


—No ves las empresas que nunca llegaron a crearse.


—Continúe.


—No ves los empleos que jamás existieron.


—Continúe.


—No ves los proyectos abandonados para financiar otros proyectos políticamente más atractivos.


Tomé nota apresuradamente.


Aquello explicaba medio planeta.


LA UNIVERSIDAD DE LAS EXPECTATIVAS CRECIENTES

Al día siguiente visité la institución académica más prestigiosa de la isla.


Su lema aparecía grabado en mármol:

«SI ALGO ES DESEABLE, DEBE SER GARANTIZADO»


Miles de estudiantes asistían a conferencias.


Un profesor impartía una lección magistral.


—Toda necesidad genera un derecho.


Los alumnos tomaban apuntes.


—Todo derecho genera una obligación colectiva.


Más apuntes.


—Y toda obligación colectiva genera una estructura administrativa.


Aplausos.


Levanté la mano.


—¿Quién financia esa estructura?


Silencio.


Un silencio tan profundo que casi parecía una experiencia religiosa.


El profesor carraspeó.


—La sociedad.


—¿Qué parte de la sociedad?


El silencio se volvió todavía más profundo.


Tomé nota.


EL DEPARTAMENTO DE LOS RECURSOS INAGOTABLES

Aquella tarde descubrí probablemente la oficina más importante de la isla.


Sobre la puerta podía leerse:

DEPARTAMENTO DE LOS RECURSOS INAGOTABLES


Entré.


No había nada.


Ni archivos.


Ni ordenadores.


Ni funcionarios.


Ni informes.


Solo una mesa.


Y un cartel.


«EN REFORMA PERMANENTE»


Pregunté a un empleado.


—¿Qué hacen aquí?


—Todavía no lo sabemos.


—¿Y por qué existe el departamento?


—Porque parecía una buena idea.


Aquella respuesta me recordó numerosos organismos reales.


Preferí no profundizar.


EL GRAN SECRETO

Aquella noche Bastiat me invitó a cenar.


Nos sentamos frente al mar.


El puerto brillaba bajo las luces.


—¿Has descubierto el secreto de esta isla?


—Creo que sí.


—¿Cuál?


Reflexioné.


—La mayoría de sus habitantes considera que los derechos son gratuitos.


Bastiat asintió.


—Continúa.


—Y cuando algo parece gratuito, la demanda tiende a ser infinita.


—Exactamente.


—Pero los recursos son limitados.


—Exactamente.


—Por tanto alguien debe decidir.


—Exactamente.


—Y quien decide adquiere poder.


Bastiat sonrió.


—Ahora empiezas a comprender la relación entre economía y política.


Tomé nota.


Aquella observación valía más que muchos tratados.


Antes de despedirnos añadió:


—Recuerda siempre esto.


—¿Qué?


—Los derechos pueden escribirse con tinta.


—Sí.


—Pero solo pueden sostenerse con trabajo.


Guardé silencio.


Aquella frase merecía ser esculpida sobre la entrada de numerosos parlamentos.


Al regresar al hotel abrí la libreta.


Y escribí:

«Las promesas son ilimitadas. Los recursos no.»

Luego añadí:

«Toda sociedad debe decidir quién recibe qué, quién paga qué y quién decide ambas cosas.»

Y finalmente:

«La diferencia entre una ilusión política y una realidad económica suele aparecer cuando llega la factura.»


A la mañana siguiente abandoné la isla.


Mientras el barco se alejaba observé por última vez sus edificios brillantes.


Parecía próspera.


Parecía estable.


Parecía segura.


Y precisamente por eso comencé a sospechar que se aproximaba a un problema.


Porque el siguiente destino de mi viaje era un lugar mucho menos alegre.

Mucho menos cómodo.

Mucho menos popular.

Un territorio donde las facturas finalmente llegaban.

Un territorio que pocos querían visitar.

Un territorio llamado:

LA REPÚBLICA DE LAS CONSECUENCIAS

CAPÍTULO IX

LA REPÚBLICA DE LAS CONSECUENCIAS

Donde descubrí que la realidad posee una desagradable costumbre: tarde o temprano presenta la factura

La República de las Consecuencias no aparecía en los folletos turísticos.

Nadie organizaba cruceros hacia ella.

Ningún político pronunciaba discursos allí.

Ninguna universidad celebraba congresos sobre sus atractivos.

Ningún creador de opinión recomendaba visitarla.

Y ello constituía una magnífica razón para hacerlo.


El viaje duró varios días.

A medida que avanzábamos el paisaje cambiaba.

Desaparecían las pancartas optimistas.

Desaparecían los lemas motivacionales.

Desaparecían los carteles prometiendo felicidad garantizada.

Desaparecían los expertos sonrientes.

Desaparecían los departamentos de comunicación.

Y comenzaban a aparecer cosas mucho menos agradables.

Balances.

Facturas.

Contratos.

Préstamos.

Intereses.

Vencimientos.


La primera señal apareció al cruzar la frontera.


Un enorme arco de piedra sostenía una inscripción monumental:

REPÚBLICA DE LAS CONSECUENCIAS

«LA REALIDAD NO NEGOCIA»


Debajo:

«PUEDE RETRASARSE UNA FACTURA. NO SU EXISTENCIA.»


Tomé nota inmediatamente.

Aquello prometía ser un lugar interesante.


LA CAPITAL

La capital se llamaba:

RESPONSABILIA


No era una ciudad especialmente hermosa.


Tampoco especialmente fea.


Simplemente parecía seria.


Terriblemente seria.


Los edificios carecían de grandiosidad.


No había monumentos a promesas.


No había estatuas dedicadas a expectativas.


No había parques temáticos del optimismo.


Había algo mucho más raro.


Contabilidad.


Muchísima contabilidad.


EL MINISTERIO DE LOS EFECTOS SECUNDARIOS

La institución principal ocupaba un edificio gris.


Sobrio.


Práctico.


Austero.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DE LOS EFECTOS SECUNDARIOS

«TODO TIENE CONSECUENCIAS»


Debajo:

«INCLUSO LAS BUENAS INTENCIONES»


Aquella segunda frase merecía figurar en la entrada de numerosos parlamentos.


Me recibió el ministro.


No sonreía demasiado.


Lo cual empezó a inspirarme confianza.


—Bienvenido.


—Gracias.


—Supongo que viene del Archipiélago de los Niños Eternos.


—¿Tan evidente resulta?


—Se nota enseguida.


—¿Cómo?


—Todavía parece sorprendido cuando alguien menciona costes.


Tomé nota.


EL MUSEO DE LAS BUENAS INTENCIONES

La primera sala era extraordinaria.


Kilómetros de vitrinas.


Miles de proyectos.


Miles de leyes.


Miles de programas.


Todos nacieron con intenciones magníficas.


Erradicar problemas.


Eliminar injusticias.


Ayudar a colectivos.


Resolver conflictos.


Mejorar la sociedad.


—¿Y qué ocurrió?


Pregunté.


El guía señaló las vitrinas.


—Algunas funcionaron.


—¿Y las demás?


—Produjeron consecuencias inesperadas.


—¿Muchas?


—La mayoría.


Guardé silencio.


Aquello era más honesto que la mitad de los congresos internacionales que había conocido.


EL ENCUENTRO CON CARLO CIPOLLA

Aquella tarde encontré a un anciano observando una plaza.


Miles de personas iban y venían.


Funcionarios.


Empresarios.


Trabajadores.


Políticos.


Periodistas.


—Profesor Cipolla.


Sonrió.


—Te esperaba.


Naturalmente.


A esas alturas habría desconfiado de cualquier pensador que no me estuviera esperando.


—¿Qué observa?


Señaló a la multitud.


—La fuerza más poderosa de la Historia.


—¿La ambición?


—No.


—¿La codicia?


—No.


—¿La ideología?


—Tampoco.


Sonrió.


—La estupidez.


Guardé silencio.


Aquella respuesta tenía algo de deprimente.


Y mucho de verdadero.


—Explíquese.


—Un malvado suele perseguir un beneficio.


—Correcto.


—Un ingenuo suele perseguir un ideal.


—Correcto.


—Un estúpido puede perjudicar a otros sin beneficiarse siquiera a sí mismo.


Tomé nota apresuradamente.


Aquello explicaba una parte alarmantemente grande de la política contemporánea.


EL ARCHIVO DE LOS PROBLEMAS RESUELTOS

La siguiente visita resultó aún más sorprendente.


Existía un archivo dedicado exclusivamente a problemas resueltos.


Esperaba encontrar miles de expedientes.


Encontré muy pocos.


—¿Eso es todo?


—Sí.


—¿Tan pocos?


—Resolver problemas es difícil.


—Comprendo.


—Crear problemas resulta mucho más sencillo.


Aquella frase merecía una estatua.


LA PLAZA DE LOS INCENTIVOS

En el centro de Responsabilia se encontraba la plaza más importante de la república.


No había héroes militares.


No había revolucionarios.


No había políticos.


Solo una inscripción gigantesca.


«LAS PERSONAS RESPONDEN A INCENTIVOS»


Pregunté al guía:


—¿Eso es tan importante?


Pareció horrorizado.


—Es probablemente la frase más importante de toda la plaza.


—¿Por qué?


—Porque muchos gobiernos creen que las personas responden a discursos.


—¿Y no?


—A veces.


—¿Y normalmente?


—A incentivos.


Tomé nota.


Aquello explicaba más acontecimientos históricos que muchos tratados completos.


EL ENCUENTRO CON HAYEK

Aquella noche encontré a un anciano paseando junto al río.


Parecía observar la ciudad con tranquilidad.


—Profesor Hayek.


Asintió.


—Te esperaba.


Naturalmente.


—¿Qué distingue a esta república?


Hayek contempló el agua.


—Aquí aceptan una realidad incómoda.


—¿Cuál?


—Que el conocimiento humano es limitado.


—Continúe.


—Y que los efectos de una decisión suelen extenderse mucho más allá de lo previsto.


Guardé silencio.


—Por eso desconfían de los grandes planes.


—Exactamente.


—Y de las soluciones universales.


—Exactamente.


—Y de los expertos infalibles.


Hayek sonrió.


—Ahora comprendes por qué nunca fueron especialmente populares.


EL TRIBUNAL DEL TIEMPO

Al día siguiente visité el lugar más peculiar de la república.


Un tribunal inmenso.


Pero sin jueces.


—¿Quién juzga aquí?


—El tiempo.


Respondió el guía.


—¿Cómo?


—Esperando.


Aquello era brillante.


Enormes expedientes llenaban las salas.


Promesas.


Planes.


Reformas.


Predicciones.


Utopías.


Ideologías.


Programas electorales.


Todos aguardaban sentencia.


—¿Y cuánto tarda el tribunal?


—A veces años.


—¿Y décadas?


—Frecuentemente.


—¿Y siglos?


—Algunas veces.


Tomé nota.


Porque comprendí algo importante.


Muchas ideas parecen magníficas durante una conferencia.


Muchas políticas parecen brillantes durante una legislatura.


Muchas reformas parecen exitosas durante un año.


Pero el tiempo es un examinador extraordinariamente severo.


Y además no acepta notas de prensa.


LA LECCIÓN DE LA REPÚBLICA

Aquella noche escribí en mi libreta:

«La realidad puede ser ignorada durante algún tiempo.»

Luego añadí:

«También puede ser maquillada, reinterpretada o pospuesta.»

Y finalmente:

«Pero las consecuencias poseen una cualidad profundamente antidemocrática: no desaparecen porque una mayoría vote contra ellas.»


Mientras cerraba la libreta observé las luces de Responsabilia.


No era una ciudad especialmente alegre.


Pero inspiraba una sensación extraña.


Confianza.


Porque allí nadie prometía abolir la realidad.


Simplemente intentaban convivir con ella.


Y sin embargo mi viaje aún estaba lejos de terminar.


Porque al abandonar la República de las Consecuencias me dirigí hacia un territorio todavía más extraño.

Un lugar donde millones de personas dedicaban enormes cantidades de tiempo, energía y recursos a ayudar a individuos que jamás conocerían.

Mientras ignoraban frecuentemente a quienes tenían al lado.

Un lugar conocido como:

EL ARCHIPIÉLAGO DE LA SOLIDARIDAD TELESCÓPICA

CAPÍTULO X

EL ARCHIPIÉLAGO DE LA SOLIDARIDAD TELESCÓPICA

Donde descubrí que algunos hombres son capaces de conmoverse profundamente por desgracias situadas a diez mil kilómetros de distancia mientras ignoran tranquilamente las que ocurren en la puerta de al lado

La primera noticia que tuve del Archipiélago de la Solidaridad Telescópica apareció varios días antes de divisar sus costas.

Todos los periódicos hablaban de él.

Todos los informativos.

Todos los expertos.

Todos los políticos.

Todos los artistas.

Todos los creadores de opinión.

Y, naturalmente, todas las organizaciones benéficas.

Aquello ya era una señal de alarma.

Cuando demasiadas personas elogian simultáneamente la misma cosa conviene examinarla cuidadosamente.


El archipiélago era inmenso.

Miles de islas.

Miles de banderas.

Miles de organizaciones.

Miles de campañas.

Miles de manifiestos.

Miles de causas.

Miles de colectas.

Miles de conferencias.

Miles de jornadas de sensibilización.

Miles de congresos.

Miles de galas solidarias.

Miles de premios a la solidaridad.

Miles de observatorios de la solidaridad.

Y probablemente algunos observatorios encargados de observar a los observatorios.


La isla principal se llamaba:

FILANTROPÍA


Sobre el puerto una inscripción gigantesca proclamaba:

«AMA A LA HUMANIDAD»


Debajo, en letras mucho más pequeñas:

«LOS VECINOS SON OPCIONALES»


Tomé nota inmediatamente.


EL MINISTERIO DE LA COMPASIÓN GLOBAL

El edificio más importante de la isla ocupaba varias manzanas.


Era elegante.


Moderno.


Espectacular.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DE LA COMPASIÓN GLOBAL

«NINGÚN PROBLEMA LEJANO NOS ES AJENO»


Pregunté al guía:


—¿Y los cercanos?


El hombre pareció incómodo.


—Disponemos de otro departamento.


—¿Dónde?


—Todavía está siendo reorganizado.


Tomé nota.


EL GRAN MAPA DEL SUFRIMIENTO

La sala principal resultó impresionante.


Una pared gigantesca mostraba el mundo entero.


Millones de luces indicaban tragedias.


Hambrunas.


Guerras.


Catástrofes.


Inundaciones.


Sequías.


Conflictos.


Emergencias.


Cada punto luminoso estaba conectado con campañas.


Fondos.


Subvenciones.


Programas.


Misiones.


Delegaciones.


Consultores.


Expertos.


Coordinadores.


Evaluadores.


Supervisores.


Y evaluadores encargados de supervisar a los supervisores.


Aquello parecía una versión burocrática del Juicio Final.


EL ENCUENTRO CON CHARLES DICKENS

Aquella tarde encontré a un caballero observando el puerto.


Llevaba un viejo abrigo.


Y parecía divertirse enormemente.


—Señor Dickens.


Sonrió.


—Te esperaba.


Por supuesto.


A esas alturas ya no me sorprendía.


—¿Qué opina de este lugar?


Dickens señaló un cartel gigantesco.


En él aparecía una campaña para ayudar a personas situadas a miles de kilómetros.


—¿Ves eso?


—Sí.


—Muy noble.


—Sin duda.


Entonces señaló una calle cercana.


Un anciano vivía solo.


Una viuda parecía abandonada.


Un pequeño comerciante cerraba su negocio.


Un hombre dormía en un portal.


—¿Y eso?


Guardé silencio.


Dickens sonrió.


—Hace mucho tiempo escribí una novela sobre algo parecido.


—¿Casa desolada?


—Exactamente.


Tomé nota.


Porque comprendía perfectamente a qué se refería.


LA OFICINA DE LAS EMOCIONES INTERNACIONALES

La siguiente visita fue extraordinaria.


Miles de especialistas analizaban sentimientos.


No datos.


No resultados.


Sentimientos.


—¿Qué hacen aquí?


—Medimos impacto emocional.


—¿Para qué?


—Para priorizar campañas.


Aquello me intrigó.


Un funcionario me mostró varios expedientes.


Una tragedia lejana.


Millones de reacciones.


Otra tragedia cercana.


Apenas unas pocas.


—¿Por qué?


El funcionario señaló una pantalla.


—Porque ésta resulta más fotogénica.


Tomé nota.


Aquella respuesta explicaba una parte considerable de la solidaridad moderna.


EL MUSEO DE LAS CAUSAS OLVIDADAS

Existía también un museo.


Enorme.


Silencioso.


Melancólico.


Allí terminaban las causas que habían dejado de aparecer en los informativos.


Conflictos olvidados.


Hambrunas olvidadas.


Persecuciones olvidadas.


Minorías olvidadas.


Pueblos olvidados.


Cristianos perseguidos.


Esclavos modernos.


Víctimas incómodas.


Problemas sin interés mediático.


—¿Qué ocurrió?


Pregunté.


El guía suspiró.


—Dejaron de ser noticia.


—¿Y?


—La atención se desplazó hacia otra parte.


Aquella respuesta me produjo una profunda tristeza.


Porque la necesidad seguía existiendo.


Solo había desaparecido el foco.


EL ENCUENTRO CON THOMAS SOWELL

Aquella noche encontré nuevamente a Sowell.


Observaba el puerto.


—¿También estaba previsto este encuentro?


Sonrió.


—Naturalmente.


—¿Qué opina del archipiélago?


Sowell reflexionó.


—La compasión es una virtud.


—Estoy de acuerdo.


—Pero no sustituye al análisis.


—Continúe.


—Y las buenas intenciones tampoco sustituyen a los resultados.


Tomé nota.


Aquella frase merecía figurar sobre la entrada de miles de organizaciones.


LA ISLA DE LOS EXPERTOS HUMANITARIOS

Al día siguiente visité una isla entera dedicada a la ayuda internacional.


Miles de oficinas.


Miles de informes.


Miles de reuniones.


Miles de evaluaciones.


Miles de seminarios.


Miles de estrategias.


Miles de documentos.


Pregunté al director:


—¿Cuántos agricultores trabajan aquí?


—Muy pocos.


—¿Y médicos?


—Algunos.


—¿Y consultores?


—Muchísimos.


Tomé nota.


Porque la proporción me pareció reveladora.


EL ENCUENTRO CON PETER BAUER

Aquella tarde encontré a otro anciano observando los muelles.


—Profesor Bauer.


Asintió.


—Te esperaba.


Naturalmente.


—¿Qué problema observa aquí?


Señaló cientos de almacenes repletos de ayuda.


—Muchos hombres creen que el desarrollo puede enviarse por barco.


—¿Y no?


—No.


Guardé silencio.


—El desarrollo depende de instituciones.


—Continúe.


—De seguridad jurídica.


—Continúe.


—De propiedad.


—Continúe.


—De incentivos.


—Continúe.


—Y de hábitos culturales.


Tomé nota apresuradamente.


Aquello explicaba muchas décadas de resultados decepcionantes.


LA LECCIÓN DEL ARCHIPIÉLAGO

Aquella noche escribí:

«La compasión constituye una virtud indispensable.»

Luego añadí:

«Pero la compasión mal orientada puede convertirse en sentimentalismo.»

Y finalmente:

«La distancia convierte a menudo a los seres humanos reales en abstracciones cómodas.»


Miré el mar.


Miles de luces brillaban en el horizonte.


Miles de campañas.


Miles de buenas intenciones.


Miles de discursos.


Y sin embargo una pregunta seguía rondando mi cabeza.


¿Por qué resulta a veces más fácil amar a la humanidad en abstracto que soportar al vecino concreto?


La respuesta me aguardaba en el siguiente destino.


Un territorio todavía más extraño.


Un lugar donde las personas parecían amar apasionadamente a la humanidad.


Siempre que no tuvieran que convivir con ella.


Un lugar llamado:

LA CONFEDERACIÓN DE LOS VIRTUOSOS INDIGNADOS

CAPÍTULO XI

LA CONFEDERACIÓN DE LOS VIRTUOSOS INDIGNADOS

Donde descubrí una sociedad cuyos habitantes dedicaban gran parte de su tiempo a demostrar su superioridad moral y muy poco a examinar sus propias contradicciones

Abandoné el Archipiélago de la Solidaridad Telescópica una mañana gris.

El mar estaba tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Los marineros suelen desconfiar de los mares excesivamente tranquilos.

Yo he aprendido a desconfiar de las sociedades excesivamente virtuosas.


La Confederación de los Virtuosos Indignados aparecía en todos los mapas modernos.

Era una potencia cultural.

Una potencia mediática.

Una potencia educativa.

Y, sobre todo, una potencia moral.

Sus habitantes estaban convencidos de pertenecer al lado correcto de prácticamente cualquier cuestión.

Y, como descubriría muy pronto, nada resulta más peligroso que un hombre convencido simultáneamente de dos cosas:

Primero, de que posee razón.

Segundo, de que además posee superioridad moral.


La frontera resultó impresionante.


Un arco monumental presidía la entrada.


Sobre él podía leerse:

CONFEDERACIÓN DE LOS VIRTUOSOS INDIGNADOS

«NOSOTROS YA HEMOS ALCANZADO LA ILUMINACIÓN»


Debajo:

«LOS DEMÁS NECESITAN REEDUCACIÓN»


Tomé nota.


Aquello prometía diversión.


Y problemas.


Frecuentemente ambas cosas aparecen juntas.


LA CAPITAL

La capital se llamaba:

RECTITUD


Era una ciudad hermosa.


Elegante.


Limpia.


Ordenada.


Civilizada.


Y extraordinariamente susceptible.


En todas partes aparecían carteles.


«SEAMOS TOLERANTES.»


«NO JUZGUEMOS.»


«RESPETEMOS LA DIVERSIDAD.»


«LA INCLUSIÓN ES FUNDAMENTAL.»


Mensajes razonables.


Hasta que uno comenzaba a leer la letra pequeña.


Porque la letra pequeña añadía:


«… excepto para quienes discrepen.»


EL MINISTERIO DE LA INDIGNACIÓN CÍVICA

La institución más prestigiosa de la confederación ocupaba una avenida entera.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DE LA INDIGNACIÓN CÍVICA

«NINGÚN DESACUERDO DEBE QUEDAR SIN ESCÁNDALO»


Miles de funcionarios trabajaban frenéticamente.


—¿Qué hacen?


Pregunté.


—Detectamos indignaciones emergentes.


Respondió el director.


—¿Y después?


—Las amplificamos.


—¿Y después?


—Creamos campañas.


—¿Y después?


—Congresos.


—¿Y después?


—Protocolos.


—¿Y después?


—Observatorios.


—¿Y después?


—Nuevos departamentos.


Tomé nota.


Aquello parecía una cadena alimentaria burocrática.


EL OBSERVATORIO DE LAS OFENSAS POTENCIALES

La siguiente visita resultó fascinante.


Un edificio gigantesco.


Miles de analistas observaban pantallas.


Libros.


Películas.


Conferencias.


Artículos.


Conversaciones.


Chistes.


Novelas.


Canciones.


—¿Qué buscan?


Pregunté.


—Posibles ofensas.


—¿Posibles?


—Sí.


—¿Antes de que alguien se ofenda?


—Exactamente.


Guardé silencio.


Aquello representaba una de las formas más avanzadas de planificación preventiva que había encontrado hasta entonces.


EL ENCUENTRO CON ORWELL

Aquella tarde encontré a un anciano observando una plaza.


Parecía divertido.


Y ligeramente preocupado.


Una combinación que empezaba a reconocer.


—Señor Orwell.


Asintió.


—Te esperaba.


Naturalmente.


—¿Qué opina de este lugar?


Orwell señaló una enorme pantalla.


En ella aparecían listas de palabras recomendadas.


Y palabras desaconsejadas.


—Observa.


Lo hice.


La lista cambiaba constantemente.


Algunas expresiones desaparecían.


Otras aparecían.


Algunas se convertían en obligatorias.


Otras en sospechosas.


—¿Qué le preocupa?


Pregunté.


—Que ciertas personas creen que pueden mejorar la realidad modificando el vocabulario.


—¿Y no pueden?


—Hasta cierto punto.


—¿Y después?


Orwell sonrió.


—Después la realidad se venga.


Tomé nota inmediatamente.


LA UNIVERSIDAD DE LOS CONSENSOS OBLIGATORIOS

Al día siguiente visité el centro intelectual más prestigioso de la confederación.


Su lema aparecía grabado en mármol:

«PENSAMIENTO CRÍTICO CORRECTAMENTE ORIENTADO»


Aquella frase ya merecía una tesis.


Un profesor impartía una conferencia.


—La diversidad resulta fundamental.


Aplausos.


—La pluralidad resulta esencial.


Más aplausos.


—La discrepancia enriquece.


Ovación.


Levanté la mano.


—¿Y qué ocurre cuando alguien discrepa de ustedes?


El silencio fue inmediato.


Profundo.


Incómodo.


Casi religioso.


Tomé nota.


La realidad acababa de responder mejor que cualquier ponencia.


EL MUSEO DE LAS HEREJÍAS RECIENTES

Aquello fue probablemente lo más divertido de toda la visita.


Una exposición inmensa.


Llena de opiniones condenadas.


Algunas tenían cinco años.


Otras diez.


Otras quince.


Lo extraordinario era que muchas habían sido opiniones perfectamente respetables poco tiempo antes.


Pregunté al guía:


—¿Qué criterio utilizan?


—Depende.


—¿De qué?


—Del año.


Tomé nota.


Aquella respuesta explicaba una parte importante de la cultura contemporánea.


EL ENCUENTRO CON CHESTERTON

Aquella noche encontré a Chesterton sentado en una cafetería.


Parecía extraordinariamente feliz.


Como siempre.


—¿Qué le divierte tanto?


Señaló la avenida principal.


Miles de ciudadanos se manifestaban.


Unos contra otros.


Todos en nombre de la tolerancia.


—¿Lo ves?


—Sí.


—Es fascinante.


—¿Qué exactamente?


Chesterton sonrió.


—La antigua intolerancia perseguía a los herejes porque creía demasiado en la verdad.


—¿Y la moderna?


—Con frecuencia los persigue porque ya no cree suficientemente en ella.


Guardé silencio.


Aquella observación era demasiado buena para interrumpirla.


EL MINISTERIO DE LA PUREZA MORAL

La última visita resultó memorable.


Un edificio gigantesco.


Inmaculado.


Perfectamente limpio.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DE LA PUREZA MORAL

«NINGÚN PECADO SERÁ OLVIDADO»


Pregunté:


—¿Propio o ajeno?


El funcionario reflexionó.


—Principalmente ajeno.


Aquella respuesta fue tan sincera que casi resultó conmovedora.


LA LECCIÓN DE RECTITUD

Aquella noche escribí en mi libreta:

«La virtud auténtica suele ser discreta.»

Luego añadí:

«La exhibición pública de virtud suele perseguir objetivos más complejos.»

Y finalmente:

«Las sociedades libres necesitan ciudadanos capaces de discutir sin considerarse mutuamente monstruos.»


Miré por la ventana.


Miles de personas seguían indignadas.


Miles seguían denunciando.


Miles seguían señalando.


Miles seguían juzgando.


Y tuve la impresión de que muchos de ellos disfrutaban profundamente haciéndolo.


Porque la indignación posee una cualidad embriagadora.


Permite sentirse simultáneamente virtuoso y superior.


Sin necesidad de realizar esfuerzos especialmente incómodos.


A la mañana siguiente abandoné la confederación.


Y emprendí camino hacia un territorio mucho más inquietante.


Un lugar donde la indignación ya no bastaba.


Un lugar donde la memoria había dejado de ser recuerdo para convertirse en instrumento político.


Un lugar conocido como:

LA REPÚBLICA DE LA MEMORIA ADMINISTRADA

CAPÍTULO XII

LA REPÚBLICA DE LA MEMORIA ADMINISTRADA

Donde descubrí que algunas sociedades no pretenden recordar el pasado sino gobernar el presente mediante una versión cuidadosamente seleccionada de él

La República de la Memoria Administrada era uno de los países más respetados del continente.

Sus dirigentes hablaban constantemente de Historia.

Sus universidades organizaban congresos sobre Historia.

Sus medios de información dedicaban programas enteros a la Historia.

Sus políticos pronunciaban discursos sobre la Historia.

Sus escuelas impartían asignaturas relacionadas con la Historia.

Y precisamente por eso empecé a sospechar.

La experiencia me había enseñado una regla sencilla.

Las sociedades que aman verdaderamente la Historia suelen estudiarla.

Las que desean utilizarla suelen administrarla.


La frontera aparecía presidida por una enorme puerta de piedra.


Sobre ella podía leerse:

REPÚBLICA DE LA MEMORIA ADMINISTRADA

«EL PASADO DEBE SERVIR AL FUTURO»


Debajo:

«Y EL FUTURO SERÁ DETERMINADO POR EL DEPARTAMENTO CORRESPONDIENTE»


Tomé nota.


Aquella segunda frase resultaba sospechosamente sincera.


LA CAPITAL

La capital se llamaba:

REMEMORIA


Era una ciudad extraña.


Había monumentos por todas partes.


Estatuas.


Placas.


Museos.


Centros de interpretación.


Institutos históricos.


Observatorios memoriales.


Comisiones de estudio.


Consejos de expertos.


Y oficinas dedicadas a supervisar a los consejos de expertos.


Todo parecía girar alrededor del pasado.


Y sin embargo tuve la sensación inmediata de que el verdadero objeto de interés no era el pasado.


Era el presente.


EL MINISTERIO DEL RECUERDO CORRECTO

La institución más poderosa de la república ocupaba varios edificios.


Sobre la entrada principal podía leerse:

MINISTERIO DEL RECUERDO CORRECTO

«NO TODO PASADO MERECE EL MISMO FUTURO»


Aquella frase exigía atención.


Me recibió una subsecretaria.


Era amable.


Culta.


Y extraordinariamente cuidadosa con cada palabra.


—Bienvenido.


—Gracias.


—Nuestra misión consiste en preservar la memoria colectiva.


—Magnífico propósito.


—Y protegerla.


—¿De qué?


La mujer dudó unos segundos.


—De interpretaciones inconvenientes.


Tomé nota inmediatamente.


EL ARCHIVO GENERAL DE LOS RECUERDOS AUTORIZADOS

La primera sala era inmensa.


Kilómetros de documentos.


Miles de fotografías.


Miles de expedientes.


Miles de testimonios.


Miles de registros.


Todo perfectamente clasificado.


—Impresionante.


—Estamos muy orgullosos.


—¿Está todo aquí?


Silencio.


—Lo esencial.


Aquella respuesta merecía atención.


—¿Y quién decide qué es esencial?


La subsecretaria sonrió.


—Un comité interdisciplinar.


Naturalmente.


Las decisiones más discutibles suelen delegarse en comités interdisciplinarios.


EL DEPARTAMENTO DE CONTEXTUALIZACIÓN SELECTIVA

La siguiente visita resultó fascinante.


Miles de historiadores trabajaban sobre enormes pantallas.


—¿Qué hacen?


—Contextualizamos.


—¿Todo?


—Todo.


—¿Y con qué criterio?


—Depende.


—¿De qué?


—De las necesidades pedagógicas del momento.


Tomé nota.


Aquella frase encerraba un universo entero.


Observé varios ejemplos.


Algunos acontecimientos recibían extensísimas explicaciones.


Otros apenas unas líneas.


Algunos personajes históricos aparecían descritos con extraordinaria benevolencia.


Otros con extraordinaria severidad.


Algunos contextos resultaban imprescindibles.


Otros parecían innecesarios.


La selección era reveladora.


EL MUSEO DE LAS CULPAS HEREDITARIAS

Aquella sala era probablemente la más concurrida.


Miles de visitantes recorrían sus galerías.


Allí se explicaba quién debía sentirse orgulloso.


Quién debía sentirse avergonzado.


Quién debía pedir perdón.


Quién debía recibir reparación.


Y quién debía asumir responsabilidades por hechos ocurridos mucho antes de su nacimiento.


Pregunté al guía:


—¿Cómo funciona exactamente?


—Es sencillo.


—Lo escucho.


—Determinamos retrospectivamente la distribución moral adecuada.


Guardé silencio.


Aquello sonaba extraordinariamente sofisticado.


Y extraordinariamente peligroso.


EL ENCUENTRO CON STEFAN ZWEIG

Aquella tarde encontré a un anciano paseando por un parque.


Observaba las estatuas.


Las placas.


Los monumentos.


Y parecía profundamente pensativo.


—Señor Zweig.


Asintió.


—Te esperaba.


Naturalmente.


—¿Qué le preocupa?


Zweig contempló la ciudad.


—La fragilidad de la memoria.


—Explíquese.


—Las sociedades creen recordar.


—Sí.


—Pero con frecuencia reconstruyen.


Guardé silencio.


—¿Y cuál es la diferencia?


—Que recordar busca comprender.


—¿Y reconstruir?


—Justificarse.


Tomé nota inmediatamente.


EL INSTITUTO DE HISTORIA APLICADA

Aquello fue aún más interesante.


Una universidad entera dedicada a estudiar el pasado.


O al menos una parte del pasado.


Sobre la entrada podía leerse:

«EL AYER AL SERVICIO DEL HOY»


Miles de estudiantes asistían a conferencias.


Un profesor impartía una lección magistral.


—Toda Historia es interpretación.


Aplausos.


—Toda interpretación implica selección.


Más aplausos.


—Y toda selección refleja valores.


Ovación.


Levanté la mano.


—¿Y quién selecciona a los seleccionadores?


El silencio fue inmediato.


Profundo.


Incómodo.


Casi administrativo.


Tomé nota.


EL ENCUENTRO CON ORWELL

Aquella noche encontré nuevamente a Orwell.


Observaba un edificio gigantesco.


—¿Qué es?


Pregunté.


—El Ministerio de Revisión Documental.


—¿Qué hacen allí?


—Actualizan el pasado.


—¿Para hacerlo más preciso?


Orwell sonrió.


—Esa es una posibilidad.


—¿Y la otra?


—Para hacerlo más útil.


Guardé silencio.


Aquella diferencia era decisiva.


EL DEPÓSITO DE LOS HECHOS INCÓMODOS

Al día siguiente visité un almacén situado en las afueras.


No aparecía en los mapas turísticos.


Ni en los folletos oficiales.


Ni en los programas educativos.


Allí encontré acontecimientos difíciles de clasificar.


Datos contradictorios.


Testimonios incómodos.


Hechos incompatibles con determinadas narrativas.


Nada estaba destruido.


Simplemente permanecía apartado.


—¿Por qué?


Pregunté.


El encargado suspiró.


—Complican el mensaje.


Aquella frase me resultó familiar.


La había escuchado antes.


En un plató de televisión.


Al comienzo de mi viaje.


Y de repente comprendí que todos aquellos territorios estaban conectados.


Los Datos Obedientes.


Los Expertos Infalibles.


Los Responsables Inocentes.


Los Niños Eternos.


Los Virtuosos Indignados.


La Memoria Administrada.


Todos compartían una característica común.


La incomodidad ante la realidad.


LA LECCIÓN DE REMEMORIA

Aquella noche escribí en mi libreta:

«Una sociedad sin memoria corre el riesgo de repetir sus errores.»

Luego añadí:

«Una sociedad con memoria administrada corre el riesgo de repetirlos convencida de que está haciendo exactamente lo contrario.»

Y finalmente:

«El pasado constituye un magnífico maestro.

Pero un pésimo empleado del departamento de propaganda.»


Mientras cerraba la libreta observé las luces de Rememoria.


Miles de ciudadanos parecían convencidos de que conocían perfectamente su Historia.


Quizá algunos realmente la conocían.


Pero empecé a sospechar que muchos confundían memoria con relato.


Y recuerdo con consigna.


A la mañana siguiente abandoné la república.


Mi siguiente destino sería todavía más extraño.


Un lugar donde nadie mentía abiertamente.


Porque ya no era necesario.


Un territorio donde las palabras cambiaban constantemente de significado.


Y donde el lenguaje se había convertido en el instrumento político más poderoso de todos.


Un territorio conocido como:

EL IMPERIO DEL LENGUAJE ELÁSTICO

CAPÍTULO XIII

EL IMPERIO DEL LENGUAJE ELÁSTICO

Donde descubrí que las palabras pueden estirarse, encogerse, retorcerse y vaciarse hasta el punto de que dos personas utilicen el mismo vocabulario para describir realidades completamente distintas

Cuando abandoné la República de la Memoria Administrada pensé que ya había visitado suficientes lugares extraños para varias vidas.

Era una conclusión precipitada.

Las conclusiones precipitadas constituyen el combustible habitual de los comentaristas políticos, los expertos televisivos y los viajeros excesivamente optimistas.

Y yo todavía conservaba ciertos restos de optimismo.


El Imperio del Lenguaje Elástico ocupaba una extensión inmensa.


Sus fronteras eran difusas.


Sus límites inciertos.


Sus mapas cambiaban constantemente.


Y sus habitantes parecían extraordinariamente orgullosos de ello.


La entrada principal estaba presidida por una gigantesca puerta giratoria.


No una puerta normal.


Una puerta que cambiaba de forma.


Y sobre ella podía leerse:

IMPERIO DEL LENGUAJE ELÁSTICO

«LAS PALABRAS EVOLUCIONAN»


Debajo:

«Y ALGUNAS MÁS RÁPIDO QUE OTRAS»


Tomé nota.


Aquella segunda frase prometía problemas.


LA CAPITAL

La capital se llamaba:

SEMÁNTICA


Era una ciudad extraordinaria.


No existían ministerios convencionales.


Ni grandes industrias.


Ni enormes puertos.


Ni monumentos militares.


Todo giraba alrededor de las palabras.


Palabras gigantes flotaban sobre los edificios.


Palabras decoraban las avenidas.


Palabras aparecían proyectadas sobre las fachadas.


Palabras cambiaban constantemente.


Lo más inquietante era que muchas conservaban exactamente la misma apariencia exterior.


Pero ya no significaban lo mismo.


EL MINISTERIO DE ACTUALIZACIÓN SEMÁNTICA

La institución más poderosa del imperio ocupaba un edificio circular.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DE ACTUALIZACIÓN SEMÁNTICA

«NINGUNA DEFINICIÓN DEBE PERMANECER DEMASIADO TIEMPO INTACTA»


Me recibió el ministro.


Era un hombre afable.


Sonriente.


Y poseía una extraordinaria habilidad para hablar durante largos minutos sin definir absolutamente nada.


—Bienvenido.


—Gracias.


—Nuestra misión consiste en adaptar el lenguaje a las necesidades contemporáneas.


—¿Y quién determina esas necesidades?


El ministro sonrió.


—La sociedad.


—¿Qué parte de la sociedad?


El hombre continuó sonriendo.


Tomé nota.


EL LABORATORIO DE REDEFINICIONES ESTRATÉGICAS

La primera sala era inmensa.


Miles de lingüistas trabajaban frente a enormes pantallas.


Observé una de ellas.


Aparecía una palabra.


LIBERTAD.


Luego varias versiones.


Después nuevas versiones.


Después reinterpretaciones.


Después reformulaciones.


Después actualizaciones.


—¿Qué hacen exactamente?


—Mantenemos viva la lengua.


—Comprendo.


—Y la adaptamos.


—¿A la realidad?


Silencio.


—A las necesidades sociales.


Tomé nota.


Aquella diferencia resultaba decisiva.


EL MUSEO DE LAS PALABRAS SECUESTRADAS

Aquella visita resultó fascinante.


Miles de vitrinas.


Miles de términos.


Miles de conceptos.


Todos habían cambiado de significado a lo largo del tiempo.


Algunos de forma natural.


Otros de forma bastante menos natural.


Encontré palabras familiares.


Tolerancia.


Diversidad.


Democracia.


Justicia.


Igualdad.


Progreso.


Solidaridad.


Cada una aparecía acompañada por múltiples definiciones históricas.


Y por múltiples reinterpretaciones posteriores.


—¿Cuál es la correcta?


Pregunté.


El guía sonrió.


—Depende.


Naturalmente.


Aquella palabra parecía haberse convertido en el himno nacional.


EL ENCUENTRO CON QUINTILIANO

Aquella tarde encontré a Quintiliano sentado junto a una biblioteca.


Observaba la ciudad con evidente preocupación.


—Maestro.


Asintió.


—Te esperaba.


Naturalmente.


—¿Qué le inquieta?


Señaló la ciudad.


—Que las palabras constituyen herramientas.


—Sí.


—Y toda herramienta puede utilizarse para construir.


—O para destruir.


Quintiliano sonrió.


—Exactamente.


Tomé nota.


LA UNIVERSIDAD DEL DISCURSO AVANZADO

La institución académica más prestigiosa del imperio resultó extraordinaria.


Sobre la entrada aparecía grabada una frase monumental:

«LA REALIDAD ES UNA CONSTRUCCIÓN NARRATIVA»


Miles de estudiantes asistían a conferencias.


Un profesor hablaba apasionadamente.


—Todo es discurso.


Aplausos.


—Todo es interpretación.


Más aplausos.


—Todo es construcción social.


Ovación.


Levanté la mano.


—¿Incluida esa afirmación?


Silencio.


Un silencio profundo.


El profesor me observó.


Los estudiantes me observaron.


Yo observé la puerta más cercana.


Por prudencia.


EL ENCUENTRO CON GEORGE ORWELL

Aquella noche encontré nuevamente a Orwell.


Paseaba por una avenida llamada:

BULEVAR DE LAS EXPRESIONES RECOMENDADAS


—Veo que vuelve usted por aquí.


Sonrió.


—Este lugar siempre merece una visita.


—¿Por qué?


—Porque demuestra una verdad muy antigua.


—¿Cuál?


Orwell contempló los carteles luminosos.


—Si consigues alterar suficientemente el lenguaje, terminas alterando la forma en que muchas personas perciben la realidad.


—¿Hasta qué punto?


—Nunca completamente.


—¿Por qué?


Orwell sonrió.


—Porque la realidad es obstinada.


Tomé nota.


Aquella frase comenzaba a perseguirme.


EL MINISTERIO DE LOS EUFEMISMOS NECESARIOS

La visita más divertida fue también la más inquietante.


Un edificio entero dedicado a sustituir palabras incómodas.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DE LOS EUFEMISMOS NECESARIOS

«NINGUNA REALIDAD DEBE RESULTAR EXCESIVAMENTE BRUSCA»


Miles de funcionarios trabajaban sin descanso.


Una palabra entraba.


Otra salía.


Despido.


Reestructuración.


Fracaso.


Desafío.


Propaganda.


Comunicación estratégica.


Censura.


Moderación.


Deuda.


Estimulación económica futura.


—¿Qué producen aquí?


Pregunté.


—Convivencia lingüística.


Respondió el director.


Tomé nota.


Porque la imaginación burocrática constituye uno de los grandes recursos renovables de la humanidad.


EL ARCHIVO DE LAS PALABRAS PROHIBIDAS

En las afueras encontré finalmente el lugar más interesante de todo el imperio.


Un edificio pequeño.


Discreto.


Sin publicidad.


Sin campañas.


Sin conferencias.


Allí se almacenaban términos desaparecidos.


Conceptos olvidados.


Definiciones antiguas.


Distinciones incómodas.


Matices abandonados.


Pregunté al archivero:


—¿Por qué están aquí?


El anciano suspiró.


—Porque dejaron de resultar útiles.


—¿Para quién?


Guardó silencio.


Aquello respondía a la pregunta.


LA LECCIÓN DEL IMPERIO

Aquella noche escribí en mi libreta:

«Las palabras cambian. Es normal.»

Luego añadí:

«Lo preocupante comienza cuando cambian siempre en la misma dirección.»

Y finalmente:

«Quien controla las definiciones no controla completamente la realidad, pero obtiene una enorme ventaja a la hora de describirla.»


Mientras cerraba la libreta observé las luces de Semántica.


Miles de palabras flotaban sobre la ciudad.


Algunas brillaban intensamente.


Otras desaparecían lentamente.


Y comprendí que muchas batallas políticas modernas ya no se libraban principalmente sobre los hechos.


Se libraban sobre las palabras utilizadas para describirlos.


A la mañana siguiente abandoné el imperio.


Mi siguiente destino sería aún más extraño.


Un territorio donde nadie prohibía formalmente pensar.


Porque ya no era necesario.


Un lugar donde las personas aprendían espontáneamente qué podía decirse y qué convenía callar.


Un lugar conocido como:

EL REINO DEL SILENCIO PREVENTIVO

CAPÍTULO XIV

EL REINO DEL SILENCIO PREVENTIVO

Donde descubrí una sociedad que había conseguido algo extraordinario: censurar muy poco y, sin embargo, hacer que millones de personas se censuraran a sí mismas

Durante siglos los gobernantes habían cometido el mismo error.

Un error costoso.

Un error ruidoso.

Un error visible.

Intentaban controlar las ideas mediante la prohibición.

Quemaban libros.

Perseguían autores.

Clausuraban periódicos.

Prohibían reuniones.

Censuraban publicaciones.

Enviaban policías.

Construían cárceles.

Y terminaban obteniendo exactamente lo contrario de lo que buscaban.


El Reino del Silencio Preventivo había aprendido la lección.


Allí nadie quemaba libros.


Nadie clausuraba periódicos.


Nadie prohibía formalmente las opiniones.


Y precisamente por eso resultaba mucho más eficaz.


La frontera estaba presidida por una inscripción monumental:

REINO DEL SILENCIO PREVENTIVO

«USTED ES LIBRE DE DECIR LO QUE QUIERA»


Debajo:

«ASUMA LAS CONSECUENCIAS»


Tomé nota inmediatamente.


Aquella segunda frase contenía más poder que muchos códigos penales.


LA CAPITAL

La capital se llamaba:

PRUDENCIA


Un nombre curioso.


Porque la prudencia tradicional consiste en medir cuidadosamente las consecuencias de los actos.


La prudencia local consistía en medir cuidadosamente las consecuencias de las palabras.


Y especialmente de ciertas palabras.


La ciudad parecía normal.


Demasiado normal.


Las cafeterías estaban llenas.


Las librerías abiertas.


Los periódicos circulaban libremente.


Las universidades funcionaban.


Los teatros representaban obras.


Y sin embargo flotaba una sensación extraña.


Una cautela invisible.


Un miedo elegante.


Una autocontención permanente.


Como si toda la ciudad caminara sobre un lago helado.


EL MINISTERIO DE LA CONVIVENCIA RESPONSABLE

La institución principal ocupaba un edificio moderno.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DE LA CONVIVENCIA RESPONSABLE

«LA LIBERTAD EXIGE SENSIBILIDAD»


Debajo:

«Y ALGUNAS SENSIBILIDADES EXIGEN MENOS LIBERTAD»


Aquella segunda frase resultaba extraordinariamente sincera.


Me recibió la ministra.


Era amable.


Sonriente.


Culta.


Y poseía una habilidad extraordinaria para no responder directamente a ninguna pregunta.


—Bienvenido.


—Gracias.


—Aquí respetamos profundamente la libertad de expresión.


—Magnífico.


—Profundamente.


—Me alegra oírlo.


—Por supuesto.


—¿Existen límites?


La ministra sonrió.


—Solo los razonables.


Tomé nota.


La palabra «razonable» suele preceder a largas discusiones.


EL OBSERVATORIO DEL CLIMA SOCIAL

La primera visita resultó fascinante.


Miles de analistas observaban conversaciones.


Debates.


Artículos.


Programas.


Redes.


Conferencias.


—¿Qué buscan?


—Tensiones.


—¿Y después?


—Las evaluamos.


—¿Y después?


—Emitimos recomendaciones.


—¿Obligatorias?


—Formalmente no.


Aquella palabra resultó interesante.


Formalmente.


EL ÍNDICE DE RESPETABILIDAD

La siguiente sala era enorme.


Miles de expedientes.


Miles de nombres.


Miles de perfiles.


—¿Qué es esto?


—El Índice Nacional de Respetabilidad.


Guardé silencio.


Aquello sonaba peor de lo que probablemente era.


Y resultó ser exactamente tan malo como parecía.


—¿Cómo funciona?


—Es sencillo.


—Lo escucho.


—Determinamos qué personas contribuyen positivamente al clima social.


—¿Y las demás?


—Las acompañamos pedagógicamente.


Tomé nota.


La pedagogía parecía haberse convertido en una actividad extraordinariamente versátil.


EL ENCUENTRO CON ALEXIS DE TOCQUEVILLE

Aquella tarde encontré a Tocqueville observando la plaza principal.


Miles de personas caminaban tranquilamente.


Parecían libres.


Felices.


Integradas.


—¿Qué observa?


Pregunté.


Tocqueville señaló la multitud.


—¿Ves cadenas?


—No.


—¿Policías?


—Tampoco.


—¿Censores?


—No.


—Exactamente.


Guardé silencio.


—Entonces, ¿cuál es el problema?


Tocqueville contempló la plaza.


—Que los seres humanos temen muchas cosas.


—Naturalmente.


—Y una de ellas es la desaprobación social.


Tomé nota.


Aquella observación era mucho más profunda de lo que parecía.


LA UNIVERSIDAD DE LAS OPINIONES SEGURAS

Al día siguiente visité el principal centro educativo del reino.


Sobre la entrada podía leerse:

«PENSAR LIBREMENTE CON RESPONSABILIDAD»


Hasta ahí todo parecía razonable.


Debajo aparecía una segunda frase.


«CONSULTE LA GUÍA DE RESPONSABILIDAD INTELECTUAL»


Aquello ya resultaba más interesante.


Asistí a una clase.


Un profesor explicaba:


—Todas las preguntas son legítimas.


Los estudiantes asentían.


—Aunque algunas resultan más constructivas que otras.


Más asentimientos.


—Y algunas pueden generar incomodidad innecesaria.


Más asentimientos.


—Y algunas pueden resultar problemáticas.


Más asentimientos.


—Y algunas quizá no merezcan formularse.


La clase concluyó.


Nadie pareció advertir la evolución.


Yo sí.


Tomé nota.


EL CAFÉ DE LOS SUSURROS

Aquella noche descubrí el lugar más interesante de toda la ciudad.


Una cafetería discreta.


Pequeña.


Sin publicidad.


Sin carteles.


Sin campañas.


Sin observatorios.


Allí la gente hablaba.


Realmente hablaba.


Sin consignas.


Sin precauciones excesivas.


Sin frases prefabricadas.


—¿Por qué susurran?


Pregunté al camarero.


El hombre sonrió.


—Por costumbre.


—¿Los escuchan?


—Probablemente no.


—Entonces, ¿por qué susurran?


El camarero reflexionó.


—Porque hace tiempo que aprendieron a hacerlo.


Tomé nota.


Aquella respuesta era extraordinariamente importante.


EL ENCUENTRO CON SOLZHENITSYN

Aquella madrugada encontré a Solzhenitsyn paseando junto al río.


—¿Qué opina de este reino?


El anciano contempló el agua.


—Posee una característica interesante.


—¿Cuál?


—Muchos de sus habitantes creen ser completamente libres.


—¿Y no lo son?


—En gran medida sí.


—Entonces no entiendo.


Solzhenitsyn sonrió.


—La cuestión no consiste únicamente en lo que puedes decir.


—¿Entonces?


—También importa aquello que ya ni siquiera te atreves a pensar.


Guardé silencio.


Aquella frase permaneció flotando en el aire.


Como una campana lejana.


EL MUSEO DE LAS PREGUNTAS DESAPARECIDAS

La última visita resultó inolvidable.


Un museo inmenso.


Completamente vacío.


—¿Dónde están las exposiciones?


Pregunté.


—No existen.


—¿Por qué?


—Porque está dedicado a preguntas que dejaron de formularse.


Guardé silencio.


Aquello era brillante.


Y profundamente inquietante.


Preguntas olvidadas.


Preguntas evitadas.


Preguntas consideradas incómodas.


Preguntas sustituidas por respuestas prefabricadas.


Preguntas que desaparecieron sin necesidad de prohibirlas.


LA LECCIÓN DEL SILENCIO

Aquella noche escribí en mi libreta:

«Las sociedades abiertas no se distinguen únicamente por permitir respuestas diversas.»

Luego añadí:

«También se distinguen por permitir preguntas incómodas.»

Y finalmente:

«La censura más eficaz no siempre consiste en prohibir hablar.

A veces consiste en enseñar discretamente qué conviene no decir.»


Miré las luces de Prudencia desde la ventana del hotel.


La ciudad seguía pareciendo libre.


Y probablemente lo era.


Pero comprendí algo importante.


La libertad no desaparece siempre de golpe.


A veces se retira lentamente.


Como la marea.


Hasta que un día descubrimos que llevamos años caminando por una playa mucho más estrecha.


A la mañana siguiente abandoné el reino.


Mi siguiente destino sería aún más peculiar.


Un lugar donde nadie discutía demasiado.


Porque casi todos pensaban exactamente igual.


O al menos aparentaban hacerlo.


Un territorio conocido como:

LA FEDERACIÓN DEL CONSENSO OBLIGATORIO

CAPÍTULO XV

LA FEDERACIÓN DEL CONSENSO OBLIGATORIO

Donde descubrí una sociedad que veneraba la diversidad con tanto entusiasmo que había terminado produciendo una uniformidad casi perfecta

Después de abandonar el Reino del Silencio Preventivo pensé que el siguiente destino sería más relajado.

Me equivocaba.

La Federación del Consenso Obligatorio era uno de los lugares más tranquilos que había visitado.

Y precisamente por eso resultaba inquietante.


No había manifestaciones.


No había grandes controversias.


No había discusiones públicas especialmente intensas.


No había enfrentamientos ideológicos visibles.


No había conflictos relevantes.


Todo parecía funcionar.


Demasiado bien.


La frontera estaba presidida por un monumento gigantesco.


Representaba miles de personas distintas.


De edades distintas.


Aspectos distintos.


Vestimentas distintas.


Procedencias distintas.


Pero todas sonreían exactamente igual.


Sobre el monumento podía leerse:

FEDERACIÓN DEL CONSENSO OBLIGATORIO

«LA DIVERSIDAD NOS UNE»


Debajo:

«EN LAS MISMAS CONCLUSIONES»


Tomé nota inmediatamente.


Aquello prometía entretenimiento sociológico.


LA CAPITAL

La capital se llamaba:

CONCORDIA


Era una ciudad preciosa.


Parques.


Bibliotecas.


Universidades.


Museos.


Cafeterías.


Centros culturales.


Todo parecía diseñado para fomentar el pensamiento.


Y sin embargo casi todos pensaban sorprendentemente parecido.


No exactamente igual.


Eso habría resultado demasiado evidente.


Pero sí dentro de unos márgenes extraordinariamente estrechos.


EL MINISTERIO DE LA ARMONÍA DEMOCRÁTICA

La institución principal ocupaba una colina entera.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DE LA ARMONÍA DEMOCRÁTICA

«TODA SOCIEDAD NECESITA ACUERDOS»


Hasta ahí, razonable.


Debajo:

«Y NOSOTROS LOS FACILITAMOS»


Aquello ya resultaba más interesante.


Me recibió el ministro.


Era cordial.


Culto.


Reflexivo.


Y parecía sinceramente convencido de estar haciendo el bien.


Lo cual, por experiencia, siempre merece atención.


—Bienvenido.


—Gracias.


—Aquí valoramos profundamente el pluralismo.


—Excelente.


—Profundamente.


—Me alegra oírlo.


—Por supuesto.


—¿Y cuántas corrientes intelectuales importantes conviven actualmente en la federación?


El ministro reflexionó.


—Las adecuadas.


Tomé nota.


Aquella respuesta poseía una elegancia burocrática notable.


EL INSTITUTO DE CONSENSOS EMERGENTES

La primera visita resultó extraordinaria.


Miles de investigadores analizaban encuestas.


Estudios.


Tendencias.


Opiniones.


Percepciones.


Narrativas.


—¿Qué hacen exactamente?


Pregunté.


—Identificamos consensos emergentes.


—¿Y después?


—Los reforzamos.


—¿Y si no emergen?


Silencio.


—Aceleramos el proceso.


Tomé nota.


Aquella respuesta merecía figurar en una antología de sinceridades involuntarias.


EL MUSEO DE LAS OPINIONES SUPERADAS

Aquella visita fue particularmente divertida.


Un enorme museo.


Lleno de ideas.


Doctrinas.


Opiniones.


Creencias.


Teorías.


Todas aparecían clasificadas como:

SUPERADAS


Pregunté al guía:


—¿Cómo determinan qué está superado?


—Muy sencillo.


—Lo escucho.


—Observamos lo que piensa actualmente la mayoría de las personas influyentes.


—¿Y después?


—Declaramos superado lo demás.


Tomé nota.


Aquello explicaba bastantes cosas.


EL ENCUENTRO CON JOHN STUART MILL

Aquella tarde encontré a un caballero paseando junto a un lago.


Observaba la ciudad con visible preocupación.


—Señor Mill.


Asintió.


—Te esperaba.


Naturalmente.


—¿Qué le inquieta?


Mill señaló la ciudad.


—Todo parece muy razonable.


—Sí.


—Muy civilizado.


—Sí.


—Muy tolerante.


—Sí.


—Y precisamente por eso conviene permanecer alerta.


Tomé nota inmediatamente.


—¿Por qué?


Mill contempló el lago.


—Porque una mayoría puede equivocarse.


—Naturalmente.


—Y una unanimidad aparente puede resultar todavía más peligrosa.


Guardé silencio.


Aquella observación conservaba plena vigencia siglo y medio después.


LA UNIVERSIDAD DE LAS CONCLUSIONES CORRECTAS

Al día siguiente visité la institución académica más prestigiosa de Concordia.


Sobre la entrada aparecía grabada una frase monumental:

«LA CIENCIA HABLA»


Hasta ahí todo parecía razonable.


Debajo aparecía una segunda inscripción.


«EL DEBATE HA TERMINADO»


Aquello ya era mucho más interesante.


Asistí a una conferencia.


El ponente habló durante una hora.


Presentó gráficos.


Modelos.


Proyecciones.


Estudios.


Informes.


Al finalizar pregunté:


—¿Existen argumentos contrarios?


Silencio.


—Algunos.


—¿Y cuáles son?


Silencio más profundo.


—Poco relevantes.


Tomé nota.


La irrelevancia suele convertirse en un argumento sorprendentemente flexible.


EL ENCUENTRO CON MICHAEL OAKESHOTT

Aquella noche encontré a Oakeshott sentado en una terraza.


Observaba a los estudiantes.


A los periodistas.


A los expertos.


A los políticos.


—¿Qué le parece la federación?


Sonrió.


—Posee una virtud admirable.


—¿Cuál?


—Evita muchos conflictos.


—¿Y el problema?


—Que algunas veces evita también muchas preguntas.


Tomé nota.


Aquella frase merecía una placa.


EL CENTRO DE DETECCIÓN DE DISENSOS RESIDUALES

La última visita resultó memorable.


Un edificio discreto.


Modesto.


Aparentemente insignificante.


Sobre la puerta podía leerse:

CENTRO DE DETECCIÓN DE DISENSOS RESIDUALES


—¿Qué hacen aquí?


—Monitorizamos desviaciones.


—¿De qué?


—Del consenso.


Guardé silencio.


—¿Y si alguien discrepa?


—Nada.


—¿Nada?


—Le ofrecemos acompañamiento.


—¿Intelectual?


—Pedagógico.


Tomé nota.


La pedagogía seguía expandiendo sus competencias.


LA LECCIÓN DE CONCORDIA

Aquella noche escribí en mi libreta:

«Los acuerdos resultan indispensables para convivir.»

Luego añadí:

«Pero los acuerdos más valiosos suelen surgir de discusiones auténticas.»

Y finalmente:

«Cuando una sociedad empieza a desconfiar del desacuerdo corre el riesgo de empobrecer su capacidad de pensar.»


Miré las luces de Concordia.


Todo parecía tranquilo.


Ordenado.


Razonable.


Y sin embargo recordé una observación de Mill.


Las ideas falsas pueden ser derrotadas mediante el debate.


Las ideas verdaderas también necesitan el debate para permanecer vivas.


Porque una verdad repetida mecánicamente termina convirtiéndose en una consigna.


Y una consigna, tarde o temprano, deja de pensar.


A la mañana siguiente abandoné la federación.


Mi siguiente destino sería aún más inquietante.


Un lugar donde el consenso ya no era el objetivo.


El objetivo era algo mucho más ambicioso.


Mucho más antiguo.


Y mucho más peligroso.


La construcción del hombre nuevo.


Un territorio conocido como:

LA REPÚBLICA DE LOS INGENIEROS DEL ALMA

CAPÍTULO XVI

LA REPÚBLICA DE LOS INGENIEROS DEL ALMA

Donde descubrí que algunas personas no se conforman con gobernar instituciones, economías o leyes, sino que aspiran a rediseñar al propio ser humano

La República de los Ingenieros del Alma era uno de los territorios más prestigiosos del continente.

Sus universidades gozaban de enorme influencia.

Sus expertos aparecían constantemente en los medios de información.

Sus informes eran citados por gobiernos.

Sus recomendaciones inspiraban reformas.

Sus investigadores participaban en congresos internacionales.

Y sus intelectuales parecían poseer una confianza prácticamente ilimitada en la capacidad humana para rehacer la realidad.

Aquello ya me preocupaba.

La experiencia enseña que la confianza ilimitada suele producir resultados limitados.


La frontera estaba presidida por una inscripción gigantesca.


REPÚBLICA DE LOS INGENIEROS DEL ALMA

«EL HOMBRE PUEDE SER MEJORADO»


Hasta ahí, nada objetable.


Debajo:

«Y NOSOTROS SABEMOS CÓMO»


Tomé nota inmediatamente.


Aquella segunda frase era la verdaderamente interesante.


LA CAPITAL

La capital se llamaba:

PERFECTIA


Una ciudad espectacular.


Moderna.


Brillante.


Ambiciosa.


Ordenada.


Y profundamente convencida de sí misma.


No había monumentos al pasado.


No había homenajes a la tradición.


No había demasiadas referencias a la naturaleza humana.


Todo estaba orientado hacia el futuro.


Hacia el progreso.


Hacia la transformación.


Hacia la mejora.


Una mejora constante.


Una mejora permanente.


Una mejora obligatoria.


EL MINISTERIO DEL PROGRESO HUMANO

La institución más poderosa del país ocupaba una enorme colina.


Sobre la entrada podía leerse:

MINISTERIO DEL PROGRESO HUMANO

«NINGÚN SER HUMANO DEBE PERMANECER COMO ES»


Aquella frase me produjo una ligera inquietud.


Y una considerable curiosidad.


Me recibió la ministra.


Era brillante.


Muy brillante.


Extraordinariamente brillante.


Y completamente convencida de que la Historia avanzaba en una dirección determinada.


—Bienvenido.


—Gracias.


—Aquí trabajamos para mejorar a las personas.


—¿En qué sentido?


—En todos.


Tomé nota.


Las respuestas generales suelen preceder a problemas concretos.


EL LABORATORIO DE LOS NUEVOS CIUDADANOS

La primera visita fue impresionante.


Miles de especialistas estudiaban comportamientos.


Actitudes.


Creencias.


Hábitos.


Valores.


Costumbres.


Tradiciones.


—¿Qué hacen exactamente?


Pregunté.


—Identificamos conductas mejorables.


—¿Y después?


—Diseñamos intervenciones.


—¿Con qué objetivo?


—Construir ciudadanos más avanzados.


Tomé nota.


La palabra «avanzado» aparecía constantemente.


Aunque nadie parecía definirla con precisión.


EL MUSEO DE LOS HOMBRES ANTIGUOS

Aquella visita resultó extraordinaria.


Una inmensa exposición dedicada a generaciones anteriores.


Sus creencias.


Sus costumbres.


Sus valores.


Sus defectos.


Y sobre todo sus defectos.


Observé algo curioso.


Las generaciones anteriores parecían equivocarse muchísimo.


Las actuales parecían hacerlo bastante menos.


Y las futuras prometían alcanzar una perfección casi administrativa.


Pregunté al guía:


—¿No resulta una visión algo optimista?


El hombre reflexionó.


—Preferimos llamarla progresiva.


Tomé nota.


EL ENCUENTRO CON CHESTERTON

Aquella tarde encontré nuevamente a Chesterton.


Paseaba frente al museo.


Sonreía.


Lo cual casi siempre era una señal de alarma intelectual para sus adversarios.


—¿Qué le parece este lugar?


Señaló el edificio.


—Es fascinante.


—¿Por qué?


—Porque está lleno de personas extraordinariamente inteligentes.


—Sí.


—Que dedican gran parte de su tiempo a explicar por qué todos los seres humanos anteriores eran menos inteligentes que ellos.


Guardé silencio.


Chesterton continuó:


—Lo curioso es que cada generación ha pensado exactamente lo mismo.


Tomé nota inmediatamente.


LA UNIVERSIDAD DE LA SOCIEDAD PERFECTIBLE

La institución académica más prestigiosa del país poseía un lema monumental:

«TODO PUEDE SER REDISEÑADO»


Asistí a una conferencia.


Un profesor explicaba:


—La naturaleza humana es extremadamente flexible.


Aplausos.


—Las instituciones crean a las personas.


Más aplausos.


—Y las personas pueden ser rediseñadas mediante las instituciones adecuadas.


Ovación.


Levanté la mano.


—¿Existe algún límite?


Silencio.


—¿A qué?


—A la capacidad de rediseñar al ser humano.


Silencio más profundo.


Tomé nota.


Aquello respondía bastante bien a mi pregunta.


EL ENCUENTRO CON C. S. LEWIS

Aquella noche encontré a Lewis sentado en una biblioteca.


Observaba varios tratados pedagógicos.


Varios planes de transformación social.


Y varios manuales de reeducación.


—¿Qué le preocupa?


Lewis cerró un libro.


—Siempre la misma tentación.


—¿Cuál?


—La de producir hombres mejores mediante procedimientos cada vez más sofisticados.


—¿Y cuál es el problema?


Lewis me observó.


—Que quienes diseñan al hombre nuevo terminan adquiriendo poder sobre el hombre real.


Guardé silencio.


Aquella observación era mucho más seria de lo que parecía.


EL INSTITUTO DE PLANIFICACIÓN MORAL

La visita más inquietante fue también la más importante.


Un complejo inmenso.


Miles de especialistas trabajaban allí.


No estudiaban economía.


No estudiaban derecho.


No estudiaban ingeniería.


Estudiaban virtud.


—¿Qué hacen exactamente?


Pregunté.


—Diseñamos comportamientos socialmente deseables.


—¿Y quién decide cuáles son?


Silencio.


Un silencio tan largo que casi merecía una subvención.


Finalmente respondieron:


—Los expertos.


Naturalmente.


Aquella respuesta aparecía una y otra vez a lo largo de mi viaje.


EL ENCUENTRO CON HAYEK

Aquella madrugada encontré nuevamente a Hayek.


Observaba las luces de Perfectia desde una colina.


—¿Qué le preocupa?


Señaló la ciudad.


—La arrogancia.


—¿De quién?


—De quienes creen poseer suficiente conocimiento para reorganizar vidas ajenas.


Tomé nota.


—¿Tan peligroso es?


Hayek asintió.


—Las personas son más complejas que los modelos.


—Sí.


—Las sociedades son más complejas que los planes.


—Sí.


—Y la civilización es más compleja que cualquier comité.


Guardé silencio.


Aquella frase resumía siglos de experiencia histórica.


LA LECCIÓN DE PERFECTIA

Aquella noche escribí en mi libreta:

«Toda civilización necesita mejorar.»

Luego añadí:

«Toda sociedad necesita corregir errores.»

Y finalmente:

«El problema comienza cuando algunos hombres dejan de preguntarse cómo mejorar las instituciones y empiezan a preguntarse cómo rediseñar a los seres humanos.»


Miré las luces de Perfectia.


Brillaban intensamente.


Como brillan siempre las utopías al principio.


Y entonces recordé algo que había observado durante todo mi viaje.


Los lugares más peligrosos rara vez estaban habitados por monstruos.


Estaban habitados por personas inteligentes.


Bienintencionadas.


Cultas.


Convencidas de hacer el bien.


Y completamente seguras de saber qué era el bien para los demás.


A la mañana siguiente abandoné la república.


Mi siguiente destino sería todavía más inquietante.


Porque iba a visitar el lugar donde todas aquellas ideas terminaban encontrándose.


El territorio donde los datos obedientes, los expertos infalibles, los responsables inocentes, los virtuosos indignados, los ingenieros del alma y los administradores de la memoria convergían finalmente.


Un lugar conocido como:

EL GRAN PALACIO DE LA BONDAD OBLIGATORIA

CAPÍTULO XVII

EL GRAN PALACIO DE LA BONDAD OBLIGATORIA

Donde descubrí que algunas de las peores desgracias de la Historia comenzaron con hombres sinceramente convencidos de estar construyendo un mundo mejor

Durante todo mi viaje había encontrado piezas dispersas.

Los Datos Obedientes.

Los Expertos Infalibles.

Los Responsables Inocentes.

La Memoria Administrada.

Los Virtuosos Indignados.

Los Ingenieros del Alma.

El Lenguaje Elástico.

El Silencio Preventivo.

Los Niños Eternos.

La Solidaridad Telescópica.

Cada territorio parecía distinto.

Cada uno poseía instituciones propias.

Lemas propios.

Símbolos propios.

Expertos propios.

Burocracias propias.

Y sin embargo una sospecha comenzaba a perseguirme.

Todos formaban parte de algo mayor.

Mucho mayor.


La respuesta apareció finalmente al final del mapa.

En una región que ningún atlas describía con claridad.

Una región rodeada de niebla.

Y de buenas intenciones.

Sobre la última página de mi mapa aparecía una sola inscripción:

AQUÍ SE ENCUENTRA EL GRAN PALACIO DE LA BONDAD OBLIGATORIA


Debajo:

«ENTRAR ES FÁCIL»

«SALIR REQUIERE PENSAR»


Tomé nota.


Aquella advertencia me pareció razonable.


LA LLEGADA

El palacio era inmenso.


Mucho más grande que cualquier ministerio.


Mucho más grande que cualquier universidad.


Mucho más grande que cualquier parlamento.


Mucho más grande que cualquier catedral.


Y comprendí inmediatamente por qué.


Porque pretendía sustituirlos a todos.


La fachada estaba cubierta por frases inspiradoras.


«POR TU BIEN.»


«POR EL BIEN COMÚN.»


«POR UN FUTURO MEJOR.»


«POR LA HUMANIDAD.»


«POR LA JUSTICIA.»


«POR LA IGUALDAD.»


«POR LA SEGURIDAD.»


«POR EL PROGRESO.»


Ninguna resultaba objetable.


Y precisamente por eso resultaban peligrosas.


EL VESTÍBULO DE LAS BUENAS INTENCIONES

La primera sala era extraordinaria.


Miles de retratos cubrían las paredes.


Reformadores.


Visionarios.


Revolucionarios.


Filántropos.


Pedagogos.


Planificadores.


Intelectuales.


Políticos.


Todos compartían una característica.


Ninguno se consideraba malvado.


Pregunté al guía:


—¿Dónde están los tiranos?


Pareció confundido.


—¿Qué tiranos?


—Los que produjeron catástrofes.


El hombre señaló los retratos.


—Muchos están aquí.


Guardé silencio.


Aquella respuesta era profundamente incómoda.


EL SALÓN DE LAS UTOPÍAS

La siguiente sala era gigantesca.


Quizá la más grande del palacio.


Allí encontré proyectos.


Planes.


Programas.


Modelos ideales.


Sociedades perfectas.


Hombres nuevos.


Mundos nuevos.


Futuros inevitables.


Pregunté:


—¿Funcionaron?


El guía reflexionó.


—Algunos parcialmente.


—¿Y los demás?


—Produjeron consecuencias inesperadas.


Aquella expresión volvía a aparecer.


Como una vieja conocida.


EL ENCUENTRO CON DOSTOYEVSKI

Aquella tarde encontré a un anciano sentado en una galería inmensa.


Observaba los proyectos utópicos.


Parecía triste.


Y comprensivo al mismo tiempo.


—Maestro Dostoyevski.


Asintió.


—Te esperaba.


Naturalmente.


—¿Qué observa?


Señaló los planos.


—Todos quieren mejorar al hombre.


—¿Y eso es malo?


—No.


—Entonces.


Dostoyevski suspiró.


—El problema comienza cuando dejan de amar al hombre real.


Guardé silencio.


Aquella frase merecía permanecer sola durante varios minutos.


EL CORREDOR DE LOS DAÑOS COLATERALES

Aquella galería parecía interminable.


Kilómetros de documentos.


Kilómetros de fotografías.


Kilómetros de expedientes.


Todos tenían algo en común.


Representaban el precio.


No las intenciones.


No los discursos.


No los manifiestos.


El precio.


Pregunté:


—¿Qué es todo esto?


—Daños colaterales.


—¿De qué?


—De los grandes proyectos de mejora humana.


Guardé silencio.


Había demasiadas historias allí.


Demasiados sufrimientos.


Demasiadas personas convertidas en material estadístico.


EL ENCUENTRO CON KARL POPPER

Aquella noche encontré a Popper caminando por el corredor.


Observaba los expedientes.


Uno por uno.


—¿Qué le parece este lugar?


Popper señaló el techo.


Sobre él aparecía grabada una frase:

«EL FUTURO PERTENECE A QUIENES LO PLANIFICAN»


Sonrió.


—Ahí está el problema.


—¿Cuál?


—Que nadie posee conocimiento suficiente para planificar completamente el futuro.


Tomé nota.


—¿Entonces?


—Las sociedades libres avanzan mediante correcciones.


—¿Y las utópicas?


—Mediante imposiciones.


Guardé silencio.


Aquello explicaba una parte considerable de la Historia moderna.


EL SALÓN DE LOS RESULTADOS IMPREVISTOS

La última sala era quizá la más importante.


Y también la más vacía.


Solo contenía una inscripción gigantesca.


TODA UTOPÍA GENERA EFECTOS NO PREVISTOS


Debajo:

ALGUNOS SON BENEFICIOSOS

OTROS NO

CASI NINGUNO APARECE EN EL FOLLETO INICIAL


Tomé nota inmediatamente.


Aquella frase merecía figurar sobre la entrada de todos los ministerios del planeta.


EL ENCUENTRO CON ORWELL Y HUXLEY

Al abandonar la sala encontré a dos hombres conversando.


Uno parecía preocupado por la coerción.


El otro por la comodidad.


—Señores Orwell y Huxley.


Asintieron.


—¿Qué opinan de este palacio?


Orwell respondió primero.


—Yo siempre temí un mundo donde la libertad fuese destruida por la fuerza.


Huxley sonrió.


—Y yo uno donde fuese entregada voluntariamente a cambio de comodidad.


Guardé silencio.


Porque ambos tenían razón.


LA LECCIÓN DEL PALACIO

Aquella noche escribí en mi libreta:

«La mayoría de los males importantes no nacen de la maldad pura.»

Luego añadí:

«Con frecuencia nacen de buenas intenciones combinadas con exceso de poder.»

Y finalmente:

«Cuanto más ambicioso es un proyecto de transformación humana, mayor debería ser nuestra prudencia.»


Mientras cerraba la libreta observé el palacio desde una colina.


Brillaba intensamente.


Como brillan las promesas.


Como brillan las utopías.


Como brillan los espejismos.


Y entonces comprendí algo.


Mi viaje estaba acercándose a su final.


Había recorrido reinos.


Repúblicas.


Archipiélagos.


Imperios.


Ministerios.


Universidades.


Observatorios.


Comisiones.


Laboratorios.


Museos.


Y en todos ellos había encontrado versiones distintas del mismo impulso.


El deseo de organizar la realidad.


El deseo de administrar la verdad.


El deseo de dirigir a los demás.


El deseo de corregir la naturaleza humana.


El deseo de sustituir la incertidumbre por planificación.


Y, sobre todo, el deseo de hacer el bien… aunque fuera necesario imponerlo.


Pero todavía me faltaba una última etapa.


La más importante.


Porque después de recorrer medio mundo debía regresar a casa.


Y descubrir si aquellas extravagantes tierras eran realmente tan lejanas como parecían.


O si, por el contrario, algunas de ellas se encontraban mucho más cerca de lo que yo había imaginado.


Mi siguiente destino sería:

EL REGRESO A ABSURDISTÁN

CAPÍTULO XVIII

EL REGRESO A ABSURDISTÁN

Donde descubrí que los territorios más extravagantes de mi viaje no estaban al otro lado del océano, sino mucho más cerca de lo que había imaginado

El regreso duró varias semanas.

Después de recorrer reinos imposibles, repúblicas extravagantes, archipiélagos sentimentales, ministerios delirantes y universidades habitadas por expertos infalibles, empecé a sentir algo parecido a la nostalgia.

No nostalgia de aquellos lugares.

Ni mucho menos.

Nostalgia de la realidad.

Esa vieja compañera.

A veces desagradable.

A veces incómoda.

A veces brutal.

Pero siempre preferible a los espejismos.


El barco avanzaba lentamente.

Durante las noches releía mis notas.

Había llenado decenas de cuadernos.

Miles de observaciones.

Miles de conversaciones.

Miles de reflexiones.

Miles de paradojas.

Y cuanto más releía, más evidente resultaba algo.

Los distintos países parecían muy diferentes.

Pero en realidad compartían un mismo tronco.


Los Datos Obedientes.


Los Expertos Infalibles.


La Memoria Administrada.


El Lenguaje Elástico.


Los Virtuosos Indignados.


Los Ingenieros del Alma.


La Bondad Obligatoria.


Todos nacían de una misma ilusión.

La ilusión de que el ser humano puede eliminar completamente la incertidumbre.


Y para lograrlo.

Controlar.

Regular.

Planificar.

Supervisar.

Dirigir.

Administrar.

Corregir.

Reeducar.


Hasta que finalmente la realidad se adapta al plan.

O al menos eso esperan.


LA ÚLTIMA ETAPA

Una mañana divisé tierra.


Al principio pensé que se trataba de una equivocación.


Porque reconocí inmediatamente el paisaje.


Las montañas.


Los caminos.


Las ciudades.


Los pueblos.


Las plazas.


Los cafés.


Los periódicos.


Las conversaciones.


Todo me resultaba familiar.


Demasiado familiar.


Pregunté al capitán.


—¿Dónde estamos?


El hombre observó el horizonte.


Sonrió.


Y respondió:


—En Absurdistán.


Guardé silencio.


Porque comprendí inmediatamente el significado de aquella respuesta.


LA PRIMERA SORPRESA

Esperaba encontrar un país diferente.


No lo encontré.


Esperaba encontrar una frontera.


No existía.


Esperaba encontrar una aduana.


No había ninguna.


Esperaba encontrar una separación clara entre mis viajes y mi hogar.


Y entonces comprendí mi error.


Absurdistán no era un lugar.


Era una posibilidad.


Una tendencia.


Una tentación permanente.


Una inclinación humana.


EL CAFÉ DE LOS VIAJEROS

Aquella tarde entré en un viejo café.


Los clientes discutían.


Como siempre.


Política.


Economía.


Historia.


Fútbol.


Religión.


Impuestos.


Educación.


Nada extraordinario.


Hasta que empecé a escuchar con atención.


Entonces reconocí voces familiares.


No personas.


Ideas.


Fragmentos de los países visitados.


En una mesa:


—Los expertos ya han decidido.


En otra:


—Eso no puede debatirse.


En otra:


—Los datos son concluyentes.


En otra:


—La Historia demuestra…


En otra:


—La ciencia ya resolvió la cuestión.


En otra:


—La sociedad exige…


En otra:


—La comunidad internacional considera…


En otra:


—Los ciudadanos demandan…


Tomé asiento.


Pedí café.


Y escuché.


EL ENCUENTRO CON EL POSADERO

El propietario parecía un hombre inteligente.


De esos que aprenden más observando clientes que leyendo tratados.


—¿Mucho trabajo?


Pregunté.


—Bastante.


—¿Qué opina de toda esta gente?


Observó la sala.


Sonrió.


—Todos quieren arreglar el mundo.


—¿Y eso es malo?


—No.


—Entonces.


El hombre limpió lentamente una copa.


—Lo complicado empieza cuando quieren arreglarlo desde arriba.


Tomé nota.


Aquella frase merecía un capítulo entero.


EL ESPEJO

Aquella noche regresé al hotel.


Abrí por última vez mis cuadernos.


Y empecé a leerlos desde el principio.


Algo llamó inmediatamente mi atención.


En todos los países había encontrado errores.


Abusos.


Excesos.


Arrogancia.


Dogmatismo.


Autoengaño.


Pero también algo más.


Personas sinceras.


Personas inteligentes.


Personas decentes.


Personas bienintencionadas.


Y comprendí algo incómodo.


Absurdistán no estaba habitado únicamente por los demás.


También por nosotros.


Porque todos compartimos ciertas debilidades.


La necesidad de sentirnos moralmente superiores.


La tentación de simplificar.


El deseo de que alguien resuelva problemas complejos.


La comodidad de repetir consignas.


La facilidad para aceptar aquello que confirma nuestras opiniones.


La dificultad para reconocer nuestros errores.


EL ENCUENTRO FINAL

Aquella madrugada encontré al último personaje de mi viaje.


Estaba sentado frente a un espejo.


Un espejo enorme.


Antiguo.


Silencioso.


Me acerqué.


—¿Quién es usted?


El anciano sonrió.


—Eso depende.


—¿De qué?


—De cuánto hayas aprendido.


Tomé asiento.


—He visto muchos países.


—Sí.


—Muchas tonterías.


—Sí.


—Muchas locuras.


—Sí.


—Muchas buenas intenciones convertidas en problemas.


—Sí.


—Entonces ya comprendes algo importante.


—¿Qué?


El anciano señaló el espejo.


—Que la estupidez no es patrimonio de una ideología.


—No.


—Ni de una generación.


—No.


—Ni de una nación.


—No.


—Ni de una religión.


—No.


—Ni de una clase social.


—No.


El anciano sonrió.


—La estupidez constituye una posibilidad permanente de la condición humana.


Guardé silencio.


Porque aquella frase contenía una parte considerable de todo mi viaje.


LA ÚLTIMA NOTA DE LA LIBRETA

Al amanecer escribí la última página.


No la más brillante.


No la más ingeniosa.


No la más divertida.


Simplemente la más importante.


Escribí:

«La libertad exige responsabilidad.»

Luego añadí:

«La prosperidad exige trabajo.»

Y después:

«La verdad exige esfuerzo.»


Permanecí varios minutos contemplando aquellas frases.


Finalmente escribí una última.

La última de todas.


«Pensar sigue siendo conversar con uno mismo.

Y quizá la principal tragedia de nuestro tiempo consista en que demasiadas personas han dejado de mantener esa conversación.»


Cerré la libreta.


Y por primera vez desde el comienzo del viaje sentí que había llegado a mi destino.


No porque hubiera encontrado todas las respuestas.


Sino porque había aprendido a desconfiar de quienes afirman poseerlas todas.


FIN DE LA PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

ABSURDISTÁN

Crónicas de una sociedad perfectamente normal

CAPÍTULO I

EL MINISTERIO DE LAS SOLUCIONES DEFINITIVAS

Después de mis viajes juré que no volvería a ocuparme de asuntos públicos.

Fue una promesa sincera.

Y completamente inútil.

Las promesas solemnes tienen una curiosa tendencia a durar exactamente hasta que aparece la siguiente noticia.

Durante unas semanas me dediqué a cultivar pequeñas virtudes domésticas.

Leer.

Pasear.

Conversar.

Regar plantas.

Tomar café.

Contemplar nubes.

Y disfrutar de la jubilación, que constituye una de las pocas instituciones modernas cuya utilidad resulta evidente incluso para los expertos.

Sin embargo, la realidad volvió a llamar a la puerta.

Y la realidad posee una costumbre particularmente desagradable.

Nunca pide cita previa.


Todo comenzó una mañana.

Mientras desayunaba.

Leía tranquilamente el periódico.

O más exactamente, observaba cómo varios periódicos describían simultáneamente la misma noticia utilizando palabras completamente distintas.

Una práctica que considero uno de los deportes intelectuales más instructivos de nuestro tiempo.


La noticia era sencilla.

O debería haberlo sido.


El gobierno acababa de crear un nuevo ministerio.


No parecía algo extraordinario.

Los gobiernos crean ministerios con la misma facilidad con que los conejos producen descendencia.


Sin embargo, el nombre llamó inmediatamente mi atención.


MINISTERIO DE LAS SOLUCIONES DEFINITIVAS


Escupí parte del café.


Volví a leer.


Sí.


Ministerio de las Soluciones Definitivas.


Pensé que se trataba de una broma.


No lo era.


El periódico incluía declaraciones oficiales.


El nuevo organismo tendría competencias amplísimas.


Coordinación.


Planificación.


Supervisión.


Evaluación.


Seguimiento.


Prospectiva.


Transformación.


Innovación.


Y otras muchas palabras cuya principal virtud consiste en no significar nada demasiado concreto.


Debajo aparecía el lema institucional:

«SI EXISTE UN PROBLEMA, EXISTE UNA SOLUCIÓN»


Aquello me preocupó inmediatamente.


La experiencia enseña que la mayoría de los problemas humanos no poseen soluciones.

Poseen compensaciones.

Costes.

Inconvenientes.

Limitaciones.

Y, con suerte, mejoras parciales.


Las soluciones definitivas suelen pertenecer a la misma familia intelectual que las dietas milagrosas y las máquinas de movimiento perpetuo.


LA INAUGURACIÓN

Movido por una mezcla de curiosidad y masoquismo intelectual decidí asistir al acto inaugural.


El edificio era nuevo.


Enorme.


Brillante.


Carísimo.


Naturalmente.


Los edificios públicos poseen una curiosa tendencia a crecer proporcionalmente a la incertidumbre de sus funciones.


Sobre la entrada aparecía una inscripción monumental:

NADA ES IMPOSIBLE


Debajo:

«SALVO LAS LIMITACIONES PRESUPUESTARIAS»


Y más abajo, en letra casi microscópica:

«Y AUN ÉSTAS ESTÁN SIENDO REVISADAS»


Tomé nota.


La jornada prometía.


EL MINISTRO

El nuevo ministro era joven.


Brillante.


Ambicioso.


Extraordinariamente seguro de sí mismo.


Y poseía una característica particularmente preocupante.


Jamás parecía dudar.


—Ciudadanos.


Comenzó.


—Durante demasiado tiempo hemos aceptado problemas que podían resolverse.


Aplausos.


—Durante demasiado tiempo hemos tolerado dificultades innecesarias.


Más aplausos.


—Durante demasiado tiempo hemos asumido límites artificiales.


Ovación.


Tomé notas frenéticamente.


No porque estuviera de acuerdo.


Sino porque reconocía el patrón.


Lo había visto en muchos países.


Y en muchas épocas.


EL PLAN

El ministro desplegó una enorme pantalla.


Apareció un gráfico.


Los gráficos suelen aparecer siempre que alguien pretende impresionar a una multitud.


La pantalla mostraba una flecha.


Una sola flecha.


Ascendente.


Perfectamente ascendente.


—Este es nuestro objetivo.


Anunció.


—¿Qué representa?


Preguntó un periodista.


El ministro sonrió.


—El progreso.


Tomé nota.


Aquella respuesta merecía una medalla.


Porque resumía magistralmente la política moderna.


Una flecha.


Sin escala.


Sin unidades.


Sin definición.


Pero profundamente optimista.


EL ENCUENTRO CON EL CONSERJE

Al finalizar el acto decidí recorrer el edificio.


Los ministerios se comprenden mejor observando a quienes los limpian que escuchando a quienes los inauguran.


Fue entonces cuando encontré al conserje.


Un hombre mayor.


Cabello blanco.


Aspecto tranquilo.


Mirada inteligente.


—Bonito edificio.


Comenté.


—Demasiado bonito.


Respondió.


Tomé nota inmediatamente.


Aquella era la clase de observación que rara vez aparece en los informes oficiales.


—¿Por qué lo dice?


El hombre contempló el vestíbulo.


—Porque cuando una institución empieza a parecer una catedral suele olvidar que nació para arreglar tuberías.


Guardé silencio.


Aquella frase valía más que muchos másteres de administración pública.


LA PRIMERA REUNIÓN

Aquella misma tarde asistí como observador a una reunión técnica.


Participaban expertos.


Asesores.


Consultores.


Coordinadores.


Facilitadores.


Dinamizadores.


Y otros especímenes administrativos difíciles de clasificar.


La sesión duró tres horas.


Durante esas tres horas escuché:


Transformación.


Innovación.


Gobernanza.


Resiliencia.


Empoderamiento.


Sinergias.


Ecosistemas.


Transversalidad.


Narrativas.


Y otras muchas expresiones.


Al concluir me di cuenta de algo extraordinario.


Nadie había mencionado el problema concreto que se suponía debían resolver.


Tomé nota.


Porque acababa de descubrir la primera ley del Ministerio de las Soluciones Definitivas:

«Cuanto más se aleja una organización de los problemas reales, más cerca se siente de resolverlos.»


Aquella noche regresé a casa.


Abrí una libreta nueva.


La vieja libreta de viajes había terminado.


Comenzaba otra historia.


Una historia mucho más peligrosa.


Porque ya no transcurría en reinos imaginarios.


Ni en archipiélagos alegóricos.


Ni en repúblicas metafóricas.


Transcurría en Absurdistán.


Y Absurdistán se parecía inquietantemente al lugar donde vivíamos.

CAPÍTULO II

EL HOMBRE QUE ARREGLABA EL MUNDO DESDE UNA PANTALLA

Donde conocí al Director General de Transformación Integral y descubrí que la realidad constituye un obstáculo recurrente para los grandes planes

Los días siguientes decidí observar discretamente el funcionamiento del Ministerio de las Soluciones Definitivas.

No resultó difícil.

Las instituciones modernas adoran ser observadas.

Siempre que nadie observe exactamente aquello que importa.


El ministerio acababa de nacer.

Y como todo organismo recién creado experimentaba una extraordinaria actividad.


Se celebraban reuniones.


Seminarios.


Mesas de trabajo.


Comisiones.


Subcomisiones.


Grupos de coordinación.


Consejos consultivos.


Foros participativos.


Encuentros estratégicos.


Y reuniones destinadas a coordinar reuniones futuras.


Parecía una colmena.


Con la diferencia de que las abejas suelen producir miel.


EL DIRECTOR GENERAL

Fue entonces cuando conocí a Don Perfecto Proyectez.


Director General de Transformación Integral.


El cargo ocupaba exactamente tres líneas en su tarjeta de visita.


Y cuatro en su firma electrónica.


Don Perfecto era un hombre extraordinariamente moderno.


No caminaba.


Gestionaba desplazamientos.


No hablaba.


Facilitaba narrativas.


No pensaba.


Generaba marcos conceptuales.


Y jamás utilizaba una palabra sencilla cuando existía una complicada.


Lo cual le convertía en un funcionario prometedor.


LA OFICINA

Su despacho ocupaba la última planta del edificio.


Desde allí podía contemplarse toda la ciudad.


Aunque sospechaba que observaba principalmente gráficos.


Las paredes estaban cubiertas de pantallas.


Gráficos.


Indicadores.


Objetivos.


Proyecciones.


Paneles de seguimiento.


Mapas interactivos.


Y una enorme frase iluminada.


«LO QUE NO SE MIDE NO EXISTE»


Tomé nota.


La frase parecía inteligente.


Y precisamente por eso requería vigilancia.


—Magnífico despacho.


Comenté.


—Gracias.


—¿Qué hacen exactamente aquí?


Don Perfecto sonrió.


—Transformamos la realidad.


Tomé asiento.


Aquello prometía entretenimiento.


—¿Y cómo lo hacen?


El hombre señaló una pantalla.


—Mediante indicadores.


Naturalmente.


EL GRAN PANEL

La pantalla principal mostraba cientos de variables.


Felicidad.


Satisfacción.


Inclusión.


Participación.


Bienestar.


Cohesión.


Perdurabilidad.


Optimismo.


Resiliencia.


Esta última aparecía por todas partes.


Como la humedad.


—¿Qué ocurre si un indicador empeora?


Pregunté.


—Actuamos.


—¿Cómo?


—Creamos un plan.


—¿Y después?


—Un observatorio.


—¿Y después?


—Un protocolo.


—¿Y después?


—Una estrategia.


—¿Y después?


Don Perfecto pareció ligeramente molesto.


—Profesor, usted simplifica demasiado.


Tomé nota.


Aquella frase aparece siempre que alguien intenta complicar innecesariamente algo sencillo.


EL PROBLEMA DE LAS PALOMAS

Durante nuestra conversación ocurrió algo extraordinario.


Una bandada de palomas cruzó frente a las ventanas.


Don Perfecto las observó con preocupación.


—Tenemos un problema.


—¿Cuál?


—Las palomas.


—¿Qué sucede con ellas?


—No siguen el Plan Estratégico de Movilidad Aérea Urbana.


Guardé silencio.


Aquello podía ser una broma.


O una confesión.


Nunca llegué a estar completamente seguro.


—¿Existe realmente ese plan?


—Naturalmente.


Respondió con total seriedad.


—¿Y las palomas lo conocen?


El director me observó.


No parecía apreciar la ironía.


—Estamos trabajando en campañas de sensibilización.


Tomé nota.


Aquella respuesta resumía una parte importante de la civilización contemporánea.


EL ENCUENTRO CON EL FONTANERO

Al abandonar el ministerio encontré a un viejo fontanero.


Estaba reparando una avería.


Llevaba varias horas trabajando.


Y parecía mucho más cansado que todos los asistentes a las reuniones que acababa de abandonar.


—¿Mucho trabajo?


Pregunté.


—Demasiado.


—¿Qué ocurrió?


El hombre señaló una tubería rota.


—Lo de siempre.


—¿Y qué es lo de siempre?


—La realidad.


Tomé nota inmediatamente.


Aquella respuesta valía un doctorado completo.


—¿Nadie previó esto?


El fontanero soltó una carcajada.


—Claro que sí.


—¿Entonces?


—Pero preverlo no era tan emocionante como inaugurar programas.


Guardé silencio.


Aquella frase merecía figurar grabada sobre la entrada de numerosos edificios públicos.


EL ENCUENTRO CON DON EULOGIO

Aquella misma tarde apareció otro personaje importante.


Don Eulogio Archivero.


Funcionario veterano.


Treinta y siete años de servicio.


Superviviente de siete gobiernos.


Doce reformas administrativas.


Cuatro reestructuraciones.


Y diecisiete cambios de denominación ministerial.


Era una especie de fósil viviente de la administración.


Y por ello mismo una fuente de conocimiento incomparable.


—Profesor.


Me dijo.


—Usted observa mucho.


—Intento comprender.


Eulogio asintió.


—Entonces le contaré un secreto.


Me incliné hacia él.


—Los ministerios nunca resuelven realmente los problemas.


—¿No?


—No.


—¿Entonces qué hacen?


El hombre reflexionó.


—Los clasifican.


Tomé nota.


—Explíquese.


—Primero identifican el problema.


—Sí.


—Luego crean una unidad.


—Sí.


—Después una dirección general.


—Sí.


—Luego una comisión.


—Sí.


—Después un observatorio.


—Sí.


—Y finalmente una conferencia anual.


—¿Y el problema?


Eulogio sonrió.


—El problema suele seguir allí.


Guardé silencio.


Porque la observación era devastadora.


Y sospechosamente cierta.


LA PRIMERA GRIETA

Aquella noche comenzaron a llegar noticias inquietantes.


Algunos indicadores mejoraban.


Otros empeoraban.


Algunos programas no producían resultados.


Algunas previsiones no se cumplían.


Algunos objetivos empezaban a retrasarse.


Nada grave.


Todavía.


Pero suficiente para generar nerviosismo.


Y cuando una burocracia se pone nerviosa suele producir documentos.


Muchísimos documentos.


Abrí mi libreta.


Y escribí:

«Los seres humanos poseen una capacidad extraordinaria para confundir la gestión de los síntomas con la resolución de los problemas.»

Luego añadí:

«Toda organización tiende a creer que producir actividad equivale a producir resultados.»

Y finalmente:

«La realidad posee una costumbre irritante: insiste en participar en los asuntos que la afectan.»


Mientras cerraba la libreta tuve una extraña sensación.


Durante mis viajes había recorrido países imaginarios.


Ahora comenzaba a conocer a sus habitantes.


Y eso resultaba mucho más interesante.


Y mucho más peligroso.


Porque la semana siguiente el Ministerio de las Soluciones Definitivas convocaría una gran conferencia nacional.


Miles de expertos.


Miles de asesores.


Miles de participantes.


Y un único objetivo:

ELABORAR EL PLAN DEFINITIVO PARA EL FUTURO


Lo cual, por experiencia, significaba que algo iba a salir extraordinariamente mal.

CAPÍTULO III

EL CONGRESO NACIONAL DEL FUTURO

Donde varios miles de expertos intentaron planificar los próximos veinte años y fueron derrotados por una cafetera

La convocatoria apareció en todos los medios de información.

En todos.

Sin excepción.


CONGRESO NACIONAL DEL FUTURO

«CONSTRUYENDO MAÑANA»


Debajo:

«PLAN ESTRATÉGICO INTEGRAL 2050»


Y más abajo:

«NADIE QUEDARÁ ATRÁS»


Tomé nota.


La experiencia me había enseñado una regla sencilla.

Cuanto más largo es el horizonte temporal de un plan gubernamental, menores son las probabilidades de que sus autores sigan ocupando el cargo cuando llegue el momento de evaluar los resultados.


LA LLEGADA

El congreso se celebró en el Palacio Nacional de Eventos Transformadores.


Un edificio gigantesco.


Moderno.


Carísimo.


Naturalmente.


La fachada estaba cubierta por pantallas luminosas.


En ellas aparecían palabras flotantes.


INNOVACIÓN.


PERDURABILIDAD.


TRANSFORMACIÓN.


PROSPERIDAD.


RESILIENCIA.


Esta última seguía multiplicándose como los conejos.


Miles de asistentes hacían cola.


Expertos.


Consultores.


Facilitadores.


Coordinadores.


Evaluadores.


Mediadores.


Dinamizadores.


Y una cantidad considerable de personas cuya función exacta parecía consistir en coordinar a quienes coordinaban.


LA ACREDITACIÓN

Recibí mi acreditación.


En ella figuraba:

OBSERVADOR INDEPENDIENTE


Debajo, escrito a mano:

«VIGILAR»


Aquello me hizo sonreír.


No sabía quién había añadido la nota.


Pero comprendía perfectamente el mensaje.


LA SESIÓN INAUGURAL

La ceremonia comenzó puntualmente.


Lo cual ya constituía una novedad.


El ministro de las Soluciones Definitivas subió al escenario.


Detrás de él apareció una pantalla gigantesca.


Mostraba el año:

2050


Y debajo:

«UNA SOCIEDAD MÁS JUSTA, MÁS PRÓSPERA Y MÁS FELIZ»


Aplausos.


Muchos aplausos.


El ministro sonrió.


—Hoy iniciaremos la construcción del futuro.


Ovación.


—Diseñaremos la sociedad de las próximas décadas.


Nueva ovación.


—Nada quedará al azar.


Aplauso aún mayor.


Aquella frase me produjo una sensación extraña.


Porque el azar acababa de levantar la cabeza y prestar atención.


LAS MESAS DE TRABAJO

El congreso se dividía en numerosas salas.


Sala de Prosperidad Inclusiva.


Sala de Innovación Humanista.


Sala de Transformación Sostenible.


Sala de Cohesión Avanzada.


Sala de Ciudadanía Resiliente.


Y otras muchas.


Entré en una de ellas.


Durante tres horas escuché intervenciones.


Presentaciones.


Ponencias.


PowerPoints.


Proyecciones.


Escenarios.


Modelos.


Matrices.


Indicadores.


Mapas estratégicos.


Al finalizar observé algo curioso.


Nadie había mencionado la naturaleza humana.


Nadie había hablado de incentivos.


Nadie había mencionado errores históricos.


Nadie había formulado la pregunta más importante de todas.


¿Y si nos equivocamos?


Tomé nota.


EL ENCUENTRO CON LA PROFESORA

Durante una pausa conocí a la profesora Clara Prudencia.


Economista.


Historiadora.


Y una de las pocas asistentes que parecía conservar cierta capacidad para la duda.


Lo cual la convertía en una especie en peligro de extinción.


—¿Qué le parece el congreso?


Pregunté.


La mujer observó la multitud.


—Magnífico.


—No parece convencida.


—No lo estoy.


Tomé asiento.


Aquello prometía una conversación interesante.


—¿Por qué?


Clara señaló las pantallas.


—Porque todos hablan del futuro.


—Sí.


—Pero casi nadie habla de incertidumbre.


Guardé silencio.


—¿Y eso es un problema?


La profesora sonrió.


—Es el problema.


Tomé nota inmediatamente.


LA CAFETERA

Fue entonces cuando ocurrió el incidente.


Una de las cafeteras principales dejó de funcionar.


Nada extraordinario.


Una simple avería.


Una tontería.


Un detalle insignificante.


Y, sin embargo, aquello provocó el caos.


Miles de expertos comenzaron a formar colas.


Miles de consultores empezaron a impacientarse.


Miles de coordinadores intentaron coordinar soluciones.


Miles de facilitadores facilitaron reuniones.


Y varios observatorios crearon grupos de seguimiento.


La avería duró cuarenta minutos.


Durante esos cuarenta minutos el Congreso Nacional del Futuro quedó prácticamente paralizado.


Tomé nota.


Porque acababa de producirse un fenómeno fascinante.


Tres mil expertos discutían sobre el año 2050.


Y ninguno conseguía arreglar una cafetera.


EL ENCUENTRO CON EL TÉCNICO

Finalmente apareció un técnico.


Mono azul.


Caja de herramientas.


Aspecto tranquilo.


Observó la máquina.


La abrió.


Ajustó una pieza.


Y la cafetera volvió a funcionar.


Tiempo empleado:


Tres minutos.


La multitud estalló en aplausos.


El hombre parecía confundido.


—¿Qué ocurre?


Preguntó.


—Ha salvado el congreso.


Respondió alguien.


El técnico observó a los asistentes.


Luego la cafetera.


Y finalmente respondió:


—Solo estaba rota.


Tomé nota.


Aquella frase poseía la elegancia devastadora de las verdades simples.


EL GRAN DEBATE

La sesión final reunió a los participantes más importantes.


Políticos.


Expertos.


Empresarios.


Académicos.


Activistas.


Funcionarios.


La pregunta central era:

¿CÓMO SERÁ LA SOCIEDAD EN 2050?


Las respuestas fueron fascinantes.


Unos prometían prosperidad.


Otros igualdad.


Otros armonía.


Otros innovación.


Otros transformación.


Todos parecían extraordinariamente seguros.


Entonces levanté la mano.


—¿Sí?


Preguntó el moderador.


—Tengo una duda.


—Adelante.


—¿Cuántos de ustedes habrían sido capaces de predecir con precisión el mundo actual hace veinte años?


Silencio.


Un silencio inmenso.


Magnífico.


Espléndido.


El mejor silencio de todo el congreso.


Tomé nota.


LA SEGUNDA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí en mi libreta:

«Los seres humanos son extraordinariamente malos prediciendo el futuro.»

Luego añadí:

«Y sorprendentemente buenos explicando después por qué era inevitable.»

Y finalmente:

«Toda planificación resulta útil.

La adoración de la planificación resulta peligrosa.»


Mientras abandonaba el Palacio Nacional de Eventos Transformadores observé las luces de la ciudad.


El congreso había concluido.


Los discursos habían terminado.


Los expertos regresaban a casa.


Los informes serían publicados.


Las estrategias serían aprobadas.


Los observatorios serían ampliados.


Y los ciudadanos continuarían viviendo.


Como siempre.


En medio de una realidad mucho más compleja que cualquier plan.


Sin embargo, algo había cambiado.


Porque por primera vez empezaban a aparecer pequeñas grietas en el Ministerio de las Soluciones Definitivas.


Pequeñas.


Discretas.


Casi invisibles.


Pero reales.


Y toda gran crisis comienza exactamente igual.


Con algo que parece demasiado pequeño para merecer atención.

CAPÍTULO IV

LA COMISIÓN PARA EL ESTUDIO DE LAS CAUSAS DEL PROBLEMA QUE AÚN NO EXISTÍA

Donde descubrí que una burocracia verdaderamente madura es capaz de investigar durante meses un problema que todavía no ha ocurrido

Las grietas comenzaron a multiplicarse.

Nada alarmante.

Todavía.


Un informe retrasado.


Un programa bloqueado.


Un sistema informático que no funcionaba exactamente como prometían los folletos.


Un observatorio incapaz de observar.


Un comité incapaz de decidir.


Un coordinador incapaz de coordinar.


Lo habitual.


Sin embargo, dentro del Ministerio de las Soluciones Definitivas empezaba a respirarse cierta inquietud.


La clase de inquietud que nunca aparece en las ruedas de prensa.


Pero sí en los pasillos.


Y sobre todo en los ascensores.


Los ascensores constituyen uno de los mejores instrumentos de análisis político jamás inventados.


Las personas dicen cosas extraordinariamente sinceras cuando creen que el trayecto durará menos de treinta segundos.


LA REUNIÓN DE EMERGENCIA

Una mañana fui convocado como observador.


La reunión tendría lugar en la Sala de Prospectiva Anticipatoria.


Ya el nombre prometía diversión.


Asistieron:


El ministro.


Tres secretarios generales.


Siete directores generales.


Doce asesores.


Diecinueve expertos.


Y una cantidad indeterminada de personas que parecían existir únicamente para asentir.


La sesión comenzó con solemnidad.


—Tenemos un problema.


Anunció el ministro.


Todos adoptaron expresión preocupada.


Yo también.


Por educación.


—¿Cuál?


Preguntó un director general.


El ministro consultó varios documentos.


Luego respondió:


—Todavía no lo sabemos.


Guardé silencio.


Aquello comenzaba magníficamente.


EL INFORME

Un experto se levantó.


Mostró una presentación de ciento treinta y ocho diapositivas.


La presentación demostraba tres cosas.


Primera.


Que existía una posibilidad razonable de que apareciera un problema.


Segunda.


Que todavía no se sabía cuál sería exactamente.


Tercera.


Que resultaba imprescindible actuar inmediatamente.


Tomé nota.


Aquello era admirable.


Habían logrado transformar una incertidumbre en una urgencia administrativa.


LA COMISIÓN

Tras varias horas de debate se alcanzó una conclusión histórica.


Era necesario crear una comisión.


Naturalmente.


Las civilizaciones avanzan.


Las tecnologías evolucionan.


Las fronteras cambian.


Pero las comisiones permanecen.


El nombre aprobado fue:

COMISIÓN PARA EL ESTUDIO DE LAS CAUSAS DEL PROBLEMA POTENCIALMENTE EMERGENTE


La denominación ocupaba casi media página.


Y probablemente requeriría una subcomisión para abreviarla.


DON EULOGIO REGRESA

Aquella tarde encontré nuevamente a Don Eulogio Archivero.


Parecía divertido.


Peligrosamente divertido.


—¿Ha oído la noticia?


Pregunté.


—Claro.


—¿Qué le parece?


El veterano funcionario sonrió.


—Van demasiado lentos.


—¿Lentos?


—Sí.


—¿Cómo es posible?


Eulogio bajó la voz.


—Todavía no han creado el observatorio.


Tomé nota inmediatamente.


La experiencia hablaba.


EL OBSERVATORIO

Tres días después apareció oficialmente.


OBSERVATORIO NACIONAL DE RIESGOS EMERGENTES


Su misión consistía en observar riesgos.


Preferiblemente antes de que aparecieran.


Y especialmente antes de que otros observatorios los observaran.


El director del organismo ofreció una rueda de prensa.


—Nuestro objetivo es detectar amenazas futuras.


—¿Cuáles?


Preguntó un periodista.


—Todavía estamos estudiándolo.


Tomé nota.


Porque comenzaba a detectar un patrón.


EL ENCUENTRO CON LA SEÑORA JULIANA

La señora Juliana regentaba una pequeña cafetería frente al ministerio.


Llevaba cuarenta años observando funcionarios.


Y ello la convertía en una autoridad académica de primer nivel.


—¿Qué opina de todo esto?


Pregunté.


Juliana limpió lentamente una taza.


—Van a crear otro edificio.


—¿Cómo lo sabe?


—Siempre ocurre igual.


—Explíquese.


—Primero crean un problema.


—Sí.


—Luego una comisión.


—Sí.


—Después un observatorio.


—Sí.


—Luego descubren que necesitan más espacio.


Guardé silencio.


La mujer parecía conocer mejor la administración que la propia administración.


LA PRIMERA ENCUESTA

Pocos días después el Observatorio publicó su primer estudio.


El documento tenía trescientas páginas.


Y contenía una conclusión fundamental.


La población estaba preocupada.


—¿Por qué?


Preguntó un periodista.


El director consultó el informe.


—No lo sabemos exactamente.


—¿Entonces?


—Pero están preocupados.


Tomé nota.


Aquello era extraordinario.


Un observatorio había detectado preocupación acerca de un problema que aún no existía.


Y esa preocupación justificaba la existencia del observatorio.


La perfección burocrática empezaba a alcanzar niveles artísticos.


EL ENCUENTRO CON EL BARBERO

Aquella semana me corté el pelo.


Los barberos constituyen otra fuente extraordinaria de información política.


Escuchan más confesiones que muchos psicólogos.


—¿Qué se comenta por aquí?


Pregunté.


El hombre sonrió.


—Que el ministerio busca problemas.


—¿Y los encuentra?


—Claro.


—¿Muchos?


—Todos los que necesita.


Tomé nota.


Porque aquella observación poseía una profundidad inesperada.


LA TERCERA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Toda institución tiende a justificar su existencia.»

Luego añadí:

«Si una organización nace para combatir un problema, necesita que el problema continúe existiendo.»

Y finalmente:

«Cuando el problema desaparece, suele aparecer una nueva definición del problema.»


Cerré la libreta.


Y entonces sonó el teléfono.


Era Clara Prudencia.


La profesora economista.


Parecía preocupada.


Mucho más preocupada que durante el Congreso Nacional del Futuro.


—Profesor.


—¿Qué ocurre?


Hubo unos segundos de silencio.


—Creo que han cometido un error.


—¿Quiénes?


—Todos.


Aquella respuesta logró captar inmediatamente mi atención.


—¿Qué clase de error?


Clara tardó varios segundos en responder.


Finalmente dijo:


—Uno de esos errores que empiezan siendo una nota a pie de página y terminan ocupando los titulares.


Guardé silencio.


Porque la Historia está llena de errores así.


Pequeños.


Técnicos.


Aparentemente insignificantes.


Hasta que dejan de serlo.


Y mientras escuchaba a Clara tuve la sensación de que las verdaderas aventuras en Absurdistán acababan de comenzar.

CAPÍTULO V

LA NOTA A PIE DE PÁGINA

Donde una observación aparentemente insignificante amenazó con arruinar varios años de planificación estratégica

La llamada de Clara Prudencia me mantuvo despierto gran parte de la noche.

No porque me hubiera revelado nada concreto.

Todavía no.

Sino porque conocía a Clara.

Y Clara pertenecía a una especie extremadamente rara.

Pensaba antes de hablar.

Lo cual, en determinados ambientes, puede perjudicar seriamente una carrera profesional.


A la mañana siguiente nos encontramos en una pequeña cafetería.

No en el ministerio.

No en la universidad.

No en ninguna institución pública.

Las conversaciones importantes suelen celebrarse lejos de las instituciones que podrían verse afectadas por ellas.


Clara llegó con una carpeta.


No una presentación.


No una infografía.


No un informe de comunicación.


Una carpeta.


Lo cual ya me inspiró confianza.


EL ERROR

Pidió café.

Esperó a que el camarero se alejara.

Y entonces abrió lentamente la carpeta.


—Mire esto.


Observé varios documentos.


Tablas.


Datos.


Series históricas.


Presupuestos.


Previsiones.


Nada especialmente emocionante.


—¿Qué estoy viendo?


—La base del Plan Estratégico Integral 2050.


Tomé asiento con más atención.


—Continúe.


Clara señaló una cifra.


—Esta previsión.


—Sí.


—Es imposible.


Guardé silencio.


La palabra imposible siempre merece atención.


Especialmente cuando la pronuncia una economista prudente.


—¿Por qué?


—Porque se basa en una hipótesis falsa.


—¿Cuál?


La profesora suspiró.


—Que todo seguirá comportándose como hasta ahora.


Tomé nota inmediatamente.


Porque aquella frase contenía siglos enteros de errores políticos.


EL PECADO ORIGINAL

Clara extendió varios gráficos.


—Observe.


Lo hice.


—Aquí proyectan ingresos.


—Sí.


—Aquí proyectan gasto.


—Sí.


—Aquí proyectan crecimiento.


—Sí.


—Y aquí población activa.


—Sí.


La profesora me observó.


—¿Ve algo extraño?


Guardé silencio.


Durante unos segundos.


Luego lo vi.


—No contemplan escenarios alternativos.


Clara sonrió.


—Exactamente.


Tomé nota.


Porque acabábamos de encontrar el pecado original de toda planificación excesivamente ambiciosa.


La ausencia de incertidumbre.


EL ENCUENTRO CON EL ESTADÍSTICO

Aquella misma tarde Clara me presentó a otro personaje.


Don Anselmo Probabilidades.


Estadístico.


Sesenta y ocho años.


Cabello blanco.


Aspecto distraído.


Y una inteligencia casi ofensiva.


—Encantado.


Me dijo.


—Igualmente.


—Clara exagera.


—¿Sí?


—No existe ningún error.


Respiré aliviado.


Durante aproximadamente tres segundos.


—Existe algo peor.


Añadió.


Tomé nuevamente el bolígrafo.


LA ILUSIÓN DE LA PRECISIÓN

Anselmo desplegó un informe.


Doscientas cuarenta páginas.


Lleno de decimales.


Muchísimos decimales.


—¿Qué ve?


Preguntó.


—Datos.


—No.


—¿No?


—Veo exceso de confianza.


Tomé nota.


—Explíquese.


El estadístico señaló una tabla.


—Mire esta previsión.


La observé.



Crecimiento previsto:


2,37%.


—¿Y?


—¿Cómo saben que será exactamente 2,37?


Guardé silencio.


—No pueden saberlo.


—Exactamente.


Tomé nota.


Porque acababa de recibir una lección magistral sobre la diferencia entre conocimiento y apariencia de conocimiento.


EL MINISTERIO REACCIONA

Tres días después ocurrió algo interesante.


Alguien filtró algunas dudas técnicas.


No muchas.


Solo unas pocas.


Las suficientes.


Y el Ministerio de las Soluciones Definitivas reaccionó inmediatamente.


No corrigiendo errores.


No revisando hipótesis.


No reabriendo cálculos.


Creando un grupo de trabajo.


Naturalmente.


EL GRUPO DE TRABAJO

La nueva entidad recibió un nombre memorable:

GRUPO INTERDISCIPLINAR DE VALIDACIÓN PROSPECTIVA


Tomé nota.


La experiencia me había enseñado una regla sencilla.


Cuando el nombre de una organización resulta más largo que su utilidad probable, conviene extremar la vigilancia.


DON PERFECTO CONTRAATACA

Pocos días después volví a visitar a Don Perfecto Proyectez.


Parecía menos tranquilo que la última vez.


Lo cual significaba que únicamente sonreía veintisiete veces por minuto.


—Profesor.


—Director.


—Existen rumores injustificados.


—¿Sobre qué?


—Sobre nuestros modelos.


Tomé asiento.


Aquello prometía diversión.


—¿Y son falsos?


Don Perfecto vaciló.


Durante una fracción de segundo.


—Son prematuros.


Tomé nota.


Aquella respuesta merecía una medalla de oro burocrática.


No confirmaba nada.


No negaba nada.


Y sonaba extraordinariamente técnica.


EL ENCUENTRO CON EL TAXISTA

Aquella noche regresé a casa en taxi.


Los taxistas constituyen otra fuente invaluable de conocimiento político.


Porque pasan el día escuchando.


Y observando.


—¿Qué tal va el país?


Pregunté.


El conductor soltó una carcajada.


—Depende.


—¿De qué?


—De quién cobre por responder.


Tomé nota inmediatamente.


Aquella frase poseía una precisión quirúrgica.


—¿Y qué piensa del ministerio nuevo?


El hombre volvió a reír.


—Que pronto crearán otro.


—¿Por qué?


—Para resolver los problemas que genere éste.


Guardé silencio.


Porque sospechaba que podía tener razón.


LA CUARTA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«La complejidad real y la complejidad burocrática son fenómenos diferentes.»

Luego añadí:

«La primera describe el mundo.»

Y después:

«La segunda describe los documentos que intentan describir el mundo.»

Finalmente anoté:

«Cuanto más incierta es una previsión, mayor suele ser la tentación de expresarla con apariencia de certeza.»


Cerré la libreta.


Pero antes de apagar la luz recibí un mensaje de Clara.


Solo una frase.


Una única frase.


Breve.


Seca.


Inquietante.


«Ya sé quién modificó las cifras.»


Permanecí varios segundos mirando la pantalla.


Porque acabábamos de abandonar el territorio de los errores.


Y estábamos entrando en otro mucho más peligroso.


El territorio de los incentivos.


Y, en ocasiones, de las manipulaciones.


La verdadera historia de Absurdistán estaba a punto de comenzar.

CAPÍTULO VI

EL HOMBRE QUE CORREGÍA LOS NÚMEROS

Donde descubrí que las estadísticas rara vez mienten por sí solas, pero los seres humanos muestran una extraordinaria creatividad a la hora de ayudarlas

La frase de Clara me acompañó durante toda la noche.


«Ya sé quién modificó las cifras.»


No decía más.


No hacía falta.


Las frases verdaderamente importantes suelen ser breves.


Las largas suelen aparecer después.


En forma de informes.


O de comisiones parlamentarias.


O de autos judiciales.


EL DESAYUNO

Nos encontramos a primera hora.


La cafetería estaba casi vacía.


Solo algunos jubilados.


Un repartidor.


Dos estudiantes.


Y un hombre que fingía leer el periódico mientras escuchaba todas las conversaciones.


Una actividad muy extendida en Absurdistán.


Clara llegó con aspecto cansado.


Lo cual siempre me inspiraba confianza.


La gente que nunca parece cansada suele trabajar poco o mentir mucho.


A veces ambas cosas.


EL EXPEDIENTE

Depositó una carpeta sobre la mesa.


Gris.


Discreta.


Sin logotipos.


Sin eslóganes.


Sin palabras como transformación, resiliencia o innovación.


Ya por eso resultaba sospechosamente seria.


—Aquí está.


—¿Qué exactamente?


—La historia completa.


Tomé asiento.


Aquello prometía ser interesante.


Y probablemente desagradable.


DON ELPIDIO CIFRÁLEZ

Todo empezó con un hombre.


Como casi todos los grandes problemas.


Y también casi todas las grandes soluciones.


Su nombre era:


Don Elpidio Cifrález


Subdirector General de Modelización Prospectiva Estratégica.


Treinta y nueve años.


Doctor en tres disciplinas.


Máster en otras cuatro.


Autor de numerosos artículos.


Ponente habitual.


Experto muy solicitado.


Y profundamente convencido de estar haciendo el bien.


Lo cual empezaba a preocuparme.


LA REUNIÓN

Clara me mostró las actas.


Meses atrás varios técnicos habían detectado inconsistencias.


Pequeñas.


Discretas.


Aparentemente insignificantes.


Las previsiones demográficas parecían demasiado optimistas.


Las previsiones económicas demasiado favorables.


Las previsiones presupuestarias demasiado cómodas.


Nada escandaloso.


Todavía.


Entonces alguien formuló una pregunta.


La clase de pregunta que puede arruinar una carrera.


—¿Y si las hipótesis no se cumplen?


Tomé nota.


Porque muchas tragedias comienzan exactamente cuando alguien formula una pregunta razonable.


EL CORRECTOR

Según las actas, Don Elpidio respondió inmediatamente.


—No podemos construir un plan nacional sobre escenarios pesimistas.


Varios asistentes asintieron.


—La población necesita confianza.


Más asentimientos.


—Los mercados necesitan confianza.


Más asentimientos.


—Las instituciones necesitan confianza.


Más asentimientos.


—Y los responsables políticos necesitan confianza.


Ovación administrativa.


Tomé nota.


Aquello era fascinante.


Porque nadie estaba hablando ya de la verdad.


Todos hablaban de otra cosa.


EL PEQUEÑO AJUSTE

Clara abrió otra carpeta.


—Aquí empieza el problema.


Observé los documentos.


Una cifra había cambiado.


Solo una.


Una décima.


Nada más.


Una miserable décima.


—¿Esto es todo?


Pregunté.


—Por ahora.


Respondió Clara.


Tomé nota.


La experiencia enseña que los desastres importantes suelen comenzar con palabras como:


«Solo.»


«O apenas.»


«O por ahora.»


EL EFECTO DOMINÓ

La décima modificó una previsión.


La previsión modificó otra.


Y otra.


Y otra.


Y otra más.


Como fichas de dominó.


Al cabo de varias semanas todo parecía razonable.


Todos los números cuadraban.


Todos los gráficos ascendían.


Todos los indicadores mejoraban.


Todo era coherente.


Y precisamente ahí residía el problema.


EL ENCUENTRO CON DON ANSELMO

Aquella tarde buscamos nuevamente al viejo estadístico.


Don Anselmo Probabilidades escuchó pacientemente la historia.


Luego permaneció varios segundos en silencio.


Finalmente dijo:


—Un modelo siempre puede ajustarse.


—Sí.


—La cuestión es si se ajusta a los datos.


—O a los deseos.


Completó Clara.


Anselmo asintió.


Tomé nota inmediatamente.


Aquella frase merecía ser esculpida sobre la entrada de todas las oficinas de planificación.


EL MINISTERIO SE DEFIENDE

Pocos días después estalló la polémica.


Algunos documentos circularon.


Algunos periodistas comenzaron a hacer preguntas.


Algunos parlamentarios descubrieron súbitamente su pasión por la transparencia.


Y el Ministerio reaccionó.


Naturalmente.


Convocó una rueda de prensa.


El ministro apareció solemne.


Muy solemne.


Excesivamente solemne.


—Las cifras son correctas.


Declaró.


—¿Todas?


Preguntó una periodista.


—Esencialmente.


Tomé nota.


La palabra esencialmente estaba teniendo una semana extraordinaria.


EL ENCUENTRO CON EL PERIODISTA

Aquella noche cené con un viejo periodista.


Don Ricardo Montalbán.


Sesenta años de profesión.


Dos gobiernos intentaron despedirlo.


Tres intentaron comprarlo.


Y ninguno consiguió ninguna de las dos cosas.


Lo cual explicaba que siguiera trabajando.


—¿Qué te parece todo esto?


Pregunté.


Ricardo sonrió.


—Nada nuevo.


—¿No?


—No.


Bebió un sorbo de vino.


—Los números son como los espejos.


—¿Sí?


—Rara vez mienten.


—Entonces.


—Lo interesante siempre es quién los coloca.


Tomé nota.


Porque aquella observación valía una carrera entera de periodismo.


LA QUINTA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«La manipulación más eficaz rara vez consiste en inventar datos.»

Luego añadí:

«Suele consistir en seleccionar cuidadosamente cuáles se muestran y cuáles se ocultan.»

Y después:

«La frontera entre el análisis y la propaganda no siempre pasa por los números.»

Finalmente anoté:

«Con frecuencia pasa por los incentivos de quien los interpreta.»


Cerré la libreta.


Pero antes de acostarme recibí una llamada inesperada.


Era Don Eulogio Archivero.


Su voz sonaba extrañamente seria.


Algo muy poco habitual.


—Profesor.


—¿Sí?


—Creo que debería venir mañana.


—¿Por qué?


Hubo unos segundos de silencio.


Luego respondió:


—Porque han empezado a destruir documentos.


Guardé silencio.


Largo rato.


Porque acabábamos de abandonar el territorio de las estadísticas.


Y estábamos entrando en un terreno mucho más oscuro.


El de las personas que empiezan a tener miedo.


Y cuando una burocracia comienza a tener miedo suele producir dos cosas.


Muchos comunicados.


Y muy pocos archivos.

CAPÍTULO VII

LA NOCHE DE LAS CAJAS VACÍAS

Donde descubrí que los documentos poseen una extraña costumbre: se vuelven extremadamente frágiles cuando empiezan a resultar incómodos

La llamada de Don Eulogio me produjo una sensación desagradable.

No miedo.

Todavía no.

Más bien esa inquietud que aparece cuando una pieza aparentemente insignificante encaja demasiado bien en un rompecabezas.


Porque durante semanas había observado algo curioso.


Primero aparecieron las dudas.


Después los rumores.


Luego las explicaciones.


Más tarde los comunicados.


Y ahora llegábamos a los archivos.


La Historia suele seguir trayectorias parecidas.


EL ARCHIVO GENERAL

Llegué temprano.

Muy temprano.


Los edificios públicos poseen una curiosa característica.


A las ocho de la mañana todavía pertenecen a quienes trabajan.


A partir de las diez empiezan a pertenecer a quienes gestionan.


Y después del mediodía pertenecen principalmente a quienes comunican.


Don Eulogio me esperaba.


Tenía peor aspecto que de costumbre.


Lo cual era preocupante.


Porque los funcionarios veteranos rara vez se alteran.


Han sobrevivido a demasiadas cosas.


—Gracias por venir.


—¿Qué ocurre?


El hombre observó el pasillo.


Luego bajó la voz.


—Acompáñeme.


EL SÓTANO

Descendimos varios niveles.


El Archivo General ocupaba una superficie enorme.


Kilómetros de estanterías.


Décadas de expedientes.


Miles de decisiones.


Miles de informes.


Miles de errores cuidadosamente clasificados.


Siempre he pensado que un archivo constituye la conciencia material de una institución.


Y precisamente por eso algunos prefieren perder la memoria.


LAS ESTANTERÍAS

Eulogio se detuvo frente a una fila concreta.


—Aquí.


Observé.


Varias baldas estaban vacías.


Extrañamente vacías.


Como dientes arrancados de una mandíbula.


—¿Qué había aquí?


—Los expedientes originales.


—¿De qué?


—Del Plan Estratégico Integral.


Guardé silencio.


Porque la respuesta no me gustó.


Nada.


EL TRASLADO

—Quizá los trasladaron.


Sugerí.


—Eso dijeron.


Respondió Eulogio.


—¿Y no fue así?


El veterano funcionario sonrió.


Era una sonrisa triste.


—Profesor.


—¿Sí?


—Llevo treinta y siete años trabajando aquí.


—Lo sé.


—Cuando trasladan documentos dejan constancia.


Tomé nota.


Aquella observación parecía importante.


—¿Y existe constancia?


—Ninguna.


EL ENCUENTRO CON LA ARCHIVERA

Poco después apareció otra figura.


Doña Mercedes Papel.


Jefa de Archivo.


Sesenta y tres años.


Aspecto severo.


Memoria prodigiosa.


Y una peligrosa afición a recordar cosas.


—Así que usted es el profesor.


—Supongo que sí.


Mercedes asintió.


—Entonces le diré algo.


Tomé asiento.


Aquello prometía ser interesante.


—Los documentos no desaparecen.


—¿No?


—Las personas los hacen desaparecer.


Guardé silencio.


Porque aquella frase merecía reflexión.


LA REUNIÓN INVISIBLE

Mercedes abrió una carpeta.


Una de las pocas que todavía permanecían allí.


Contenía registros de acceso.


Fechas.


Horarios.


Firmas.


Entradas.


Salidas.


Y un dato curioso.


Tres noches antes varias personas habían accedido al archivo.


A las dos de la madrugada.


—¿Es habitual?


Pregunté.


Mercedes soltó una carcajada.


—Claro.


—¿Sí?


—Igual que los elefantes en los ascensores.


Tomé nota.


El sarcasmo suele aparecer cuando la paciencia abandona definitivamente una habitación.


EL COMITÉ DE TRANSPARENCIA

Aquella misma mañana se celebró una reunión urgente.


Naturalmente.


En Absurdistán toda crisis genera automáticamente una reunión.


Y toda reunión genera automáticamente un acta.


Salvo las reuniones verdaderamente importantes.


El Comité de Transparencia estaba compuesto por:


Un secretario.


Tres asesores.


Dos expertos.


Un coordinador.


Y un responsable de comunicación.


Lo cual explicaba muchas cosas.


EL COMUNICADO

La sesión concluyó rápidamente.


El texto oficial afirmaba:


«NO EXISTE CONSTANCIA DE NINGUNA IRREGULARIDAD DOCUMENTAL»


Tomé nota.


La frase era magnífica.


No afirmaba que los documentos existieran.


No afirmaba que hubieran desaparecido.


Solo afirmaba que no existía constancia.


La burocracia alcanza ocasionalmente niveles artísticos.


EL ENCUENTRO CON RICARDO

Aquella tarde me reuní nuevamente con el periodista Ricardo Montalbán.


Le mostré algunas notas.


Leyó en silencio.


Luego pidió otro café.


Una mala señal.


Los periodistas veteranos solo piden un segundo café cuando intuyen una historia seria.


—¿Qué opinas?


Pregunté.


Ricardo cerró lentamente la carpeta.


—Que estamos mirando en el lugar equivocado.


—¿Cómo?


—Siempre ocurre igual.


Tomé nota.


—Explícate.


—Todo el mundo busca quién destruyó los documentos.


—Sí.


—Pero la pregunta importante es otra.


—¿Cuál?


Ricardo sonrió.


—¿Quién necesitaba que desaparecieran?


Guardé silencio.


Porque acabábamos de avanzar un paso.


Y era un paso importante.


DON PERFECTO SE INQUIETA

Mientras tanto, en el ministerio, Don Perfecto Proyectez comenzaba a perder serenidad.


No completamente.


Solo parcialmente.


Lo suficiente para que su sonrisa descendiera de veintisiete a diecinueve apariciones por minuto.


Y eso ya era significativo.


Las preguntas aumentaban.


Los periodistas insistían.


Los parlamentarios exigían explicaciones.


Los expertos empezaban a discrepar.


Y algunos funcionarios comenzaban a recordar.


Lo cual siempre resulta peligroso.


LA SEXTA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Las organizaciones temen más a la memoria que a los errores.»

Luego añadí:

«Los errores pueden explicarse.»

Y después:

«La memoria puede demostrar que ya fueron advertidos.»

Finalmente anoté:

«Cuando una institución comienza a preocuparse por sus archivos suele significar que ha dejado de preocuparse por la verdad.»


Cerré la libreta.


Pero antes de acostarme recibí un sobre.


No un correo electrónico.


No un mensaje.


No una filtración digital.


Un sobre de papel.


Anónimo.


Sin remitente.


Dentro había una sola hoja.


Una fotocopia.


Y una frase subrayada en rojo.


«Versión 3.2 corregida conforme a criterios de oportunidad política.»


Permanecí varios minutos observando aquella línea.


Porque acabábamos de encontrar algo mucho más peligroso que unos documentos desaparecidos.


Habíamos encontrado una prueba de que alguien sabía exactamente lo que estaba haciendo.


Y eso cambiaba completamente la historia.

CAPÍTULO VIII

LA FRASE SUBRAYADA EN ROJO

Donde descubrí que las palabras más peligrosas rara vez aparecen en los discursos; suelen esconderse en documentos internos que nadie esperaba leer

Permanecí varios minutos contemplando la hoja.


Era una simple fotocopia.


Una página corriente.


Papel barato.


Tipografía administrativa.


Nada especialmente llamativo.


Salvo una frase.


Una única frase.


Subrayada en rojo.


«Versión 3.2 corregida conforme a criterios de oportunidad política.»


Durante mis viajes había aprendido algo importante.


Las grandes mentiras suelen llamar la atención.


Las pequeñas correcciones, no.


Y precisamente por eso resultan más peligrosas.


EL ANÁLISIS

A la mañana siguiente mostré la copia a Clara.


La economista permaneció varios segundos observándola.


Luego suspiró.


Un suspiro largo.


Profesional.


Académico.


Y profundamente pesimista.


—Es auténtica.


—¿Está segura?


—Completamente.


Tomé asiento.


Aquello empezaba a ponerse interesante.


Y peligroso.


—¿Cómo lo sabe?


Clara señaló varios códigos.


Fechas.


Referencias.


Formatos internos.


Numeraciones.


—Nadie fuera del ministerio habría podido inventar esto.


Guardé silencio.


Porque aquella respuesta eliminaba muchas posibilidades.


Y abría otras mucho más inquietantes.


EL ENCUENTRO CON DON ANSELMO

Aquella misma tarde buscamos al viejo estadístico.


Don Anselmo leyó la hoja.


Una vez.


Dos veces.


Tres veces.


Después apoyó lentamente las gafas sobre la mesa.


Lo cual nunca era una buena señal.


—Ya no estamos hablando de estadística.


Dijo finalmente.


—¿No?


—No.


—¿Entonces?


Anselmo señaló la frase.


—Estamos hablando de incentivos.


Tomé nota inmediatamente.


Porque aquella palabra aparecía una y otra vez durante mi viaje.


Incentivos.


Siempre los incentivos.


LA EXPLICACIÓN

Anselmo dibujó tres círculos sobre una servilleta.


En el primero escribió:

REALIDAD


En el segundo:

DATOS


En el tercero:

RELATO


Después trazó varias flechas.


—Lo normal.


Explicó.


—Es que los datos describan la realidad.


—Sí.


—Y que el relato describa los datos.


—Sí.


—Pero a veces ocurre lo contrario.


Guardé silencio.


Anselmo dibujó nuevas flechas.


Ahora iban desde el relato hacia los datos.


Y desde los datos hacia la realidad.


—Entonces el problema empieza.


Tomé nota.


Porque aquella servilleta explicaba mejor el mundo contemporáneo que muchos seminarios universitarios.


EL PERIODISTA RECIBE UNA VISITA

Aquella noche ocurrió algo curioso.


Ricardo Montalbán recibió una visita.


Dos visitas, en realidad.


Muy educadas.


Muy correctas.


Muy amables.


Y extraordinariamente interesadas en saber qué estaba investigando.


—¿Le amenazaron?


Pregunté.


Ricardo soltó una carcajada.


—No.


—¿Entonces?


—Mucho peor.


Tomé nota.


—¿Cómo que peor?


—Intentaron convencerme.


Guardé silencio.


Porque comprendía perfectamente lo que quería decir.


LOS ARGUMENTOS

Según Ricardo, los visitantes utilizaron todos los argumentos clásicos.


La estabilidad institucional.


La responsabilidad social.


La confianza ciudadana.


La importancia del contexto.


La necesidad de evitar alarmismos.


La complejidad técnica.


La prudencia.


Y finalmente el argumento supremo.


—No entendería todas las implicaciones.


Tomé nota.


Aquella frase constituye una de las herramientas favoritas de quienes desean evitar preguntas.


DON EULOGIO DESCUBRE ALGO

Dos días después apareció nuevamente Don Eulogio.


Esta vez parecía excitado.


Algo extremadamente raro.


Los funcionarios veteranos rara vez se emocionan.


Han visto demasiadas cosas.


—Lo encontré.


Anunció.


—¿Qué encontró?


—La versión 3.1.


Guardé silencio.


Porque acababa de aparecer una pieza importante.


Muy importante.


LAS DOS VERSIONES

Comparar ambos documentos resultó fascinante.


Y aterrador.


Las diferencias eran mínimas.


Prácticamente invisibles.


Una previsión ligeramente superior.


Un coste ligeramente inferior.


Un plazo ligeramente más optimista.


Nada espectacular.


Nada escandaloso.


Nada que llamara la atención de un ciudadano normal.


Pero todas las modificaciones apuntaban exactamente en la misma dirección.


Todas.


Sin excepción.


Tomé nota.


Porque las coincidencias tienen límites.


EL ENCUENTRO CON LA SEÑORA JULIANA

Aquella tarde volví a la cafetería frente al ministerio.


Juliana servía cafés.


Como siempre.


Observando.


Como siempre.


Escuchando.


Como siempre.


—Parece preocupada.


Comenté.


La mujer sonrió.


—Porque ya sé cómo termina esto.


Tomé asiento.


—¿Cómo termina?


Juliana limpió una taza.


—Crearán una comisión.


—Ya existe una.


—Entonces crearán otra.


Tomé nota.


Porque la experiencia de cuarenta años suele merecer respeto.


LA REUNIÓN SECRETA

Aquella misma semana tuvo lugar una reunión.


No aparecía en ninguna agenda.


No figuraba en ningún calendario.


No generó ninguna acta.


Y precisamente por eso resultaba interesante.


Asistieron:


El ministro.


Don Perfecto Proyectez.


Dos asesores.


Tres responsables políticos.


Y alguien cuya identidad nadie parecía dispuesto a mencionar.


Nunca supimos exactamente qué se dijo.


Pero sí conocimos el resultado.


A la mañana siguiente apareció un nuevo comunicado.


EL COMUNICADO

El texto comenzaba así:


«LAS DIFERENCIAS DETECTADAS CARECEN DE RELEVANCIA MATERIAL»


Tomé nota.


Porque acabábamos de entrar en una fase nueva.


La fase en la que el debate ya no gira alrededor de los hechos.


Sino alrededor de su importancia.


LA SÉPTIMA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Toda organización tolera mejor un error que una pérdida de prestigio.»

Luego añadí:

«Cuando ambas cosas entran en conflicto, el prestigio suele recibir prioridad.»

Y después:

«Las pequeñas alteraciones resultan especialmente peligrosas porque cada una parece insignificante.»

Finalmente anoté:

«Una mentira enorme genera sospechas. Cien correcciones minúsculas pueden construir una realidad alternativa perfectamente respetable.»


Cerré la libreta.


Era tarde.


Muy tarde.


Pero antes de acostarme recibí otro mensaje.


Esta vez no procedía de Clara.


Ni de Ricardo.


Ni de Eulogio.


Procedía de un número desconocido.


Solo contenía una frase.


Una frase breve.


Directa.


Y extraordinariamente inquietante.


«La versión 3.2 no fue la última.»


Permanecí inmóvil.


Mirando la pantalla.


Porque si existía una versión posterior…


Entonces la historia que habíamos descubierto hasta ese momento no era el problema.


Era únicamente el prólogo.

CAPÍTULO IX

LA VERSIÓN 4.0

Donde descubrí que toda conspiración burocrática aspira secretamente a convertirse en procedimiento administrativo

No dormí bien aquella noche.


En realidad dormí exactamente igual que suelen dormir los periodistas, los jueces, los inspectores y los arqueólogos cuando sospechan que acaban de encontrar algo importante.


Mal.


Muy mal.


El mensaje seguía allí.


«La versión 3.2 no fue la última.»


Nada más.


Sin firma.


Sin explicaciones.


Sin amenazas.


Lo cual lo hacía mucho más inquietante.


Las amenazas suelen aclarar las cosas.


Los silencios las complican.


LA HIPÓTESIS

A la mañana siguiente reuní a Clara, Ricardo, Don Anselmo y Don Eulogio.


La reunión tuvo lugar en la trastienda de la cafetería de Juliana.


Un lugar mucho más adecuado para descubrir la verdad que numerosos parlamentos.


Juliana cerró la puerta.


Sirvió café.


Y anunció:


—Hablen.


Aquello fue interpretado como una orden.


LAS VERSIONES

Clara desplegó varios documentos.


Versión 3.0.


Versión 3.1.


Versión 3.2.


Las tres mostraban diferencias.


Pequeñas.


Discretas.


Pero constantes.


Siempre en la misma dirección.


Siempre.


Anselmo observó los papeles.


Luego dijo algo que nadie esperaba.


—Esto no parece una manipulación.


Guardamos silencio.


—¿No?


—No.


—¿Entonces?


El estadístico ajustó lentamente sus gafas.


—Parece un proceso.


Tomé nota inmediatamente.


Aquella diferencia era crucial.


LA REVELACIÓN

Durante varios minutos nadie habló.


Finalmente Ricardo rompió el silencio.


—Explícalo.


Anselmo asintió.


—Una manipulación suele ser puntual.


—Sí.


—Alguien cambia algo.


—Sí.


—Y termina.


—Sí.


—Aquí ocurre otra cosa.


Tomé nota.


—¿Cuál?


—Cada nueva versión corrige la anterior.


—Sí.


—Siempre en la misma dirección.


—Sí.


—Y nadie parece considerarlo excepcional.


Guardé silencio.


Porque comenzaba a comprender.


EL MECANISMO

Fue Don Eulogio quien completó la explicación.


—He visto esto antes.


Todos lo observamos.


—¿Dónde?


Preguntó Clara.


—En todas partes.


Tomé nota.


Aquella respuesta prometía ser importante.


—Explíquese.


Eulogio suspiró.


—Empieza con una hipótesis optimista.


—Sí.


—Después alguien señala un problema.


—Sí.


—Entonces aparece una corrección.


—Sí.


—Luego alguien descubre otro inconveniente.


—Sí.


—Y aparece otra corrección.


—Sí.


—Hasta que finalmente la realidad desaparece detrás de las correcciones.


Guardamos silencio.


Porque aquella descripción resultaba inquietantemente plausible.


EL HOMBRE INVISIBLE

Entonces apareció un nuevo personaje.


O mejor dicho.


Descubrimos que llevaba meses allí.


Sin que nadie le prestara atención.


Su nombre era:

Don Prudencio Ajustes


Jefe Técnico de Integración Prospectiva.


Cargo modesto.


Despacho modesto.


Salario modesto.


Poder considerable.


LA CADENA DE CORREOS

Ricardo consiguió algo extraordinario.


Una cadena interna de correos electrónicos.


Larga.


Muy larga.


Terriblemente larga.


Como todas las cadenas administrativas importantes.


Allí aparecía repetidamente el nombre de Prudencio.


Una y otra vez.


Versión corregida.


Versión armonizada.


Versión adaptada.


Versión consolidada.


Versión alineada.


Versión optimizada.


Tomé nota.


Porque las palabras importan.


Siempre importan.


EL LENGUAJE

Clara señaló algo interesante.


—¿Lo veis?


Observamos los documentos.


—¿Qué exactamente?


Preguntó Ricardo.


—Nadie habla de alterar.


—Es cierto.


—Nadie habla de modificar.


—Es cierto.


—Nadie habla de mejorar artificialmente.


—Es cierto.


Clara señaló los términos utilizados.


Armonizar.


Optimizar.


Alinear.


Actualizar.


Contextualizar.


Consolidar.


Tomé nota.


Porque acabábamos de entrar nuevamente en el Imperio del Lenguaje Elástico.


Solo que esta vez estaba situado dentro de Absurdistán.


LA ENTREVISTA

Dos días después conseguimos hablar con Prudencio Ajustes.


Aceptó reunirse.


Sorprendentemente.


Parecía tranquilo.


Demasiado tranquilo.


Nos recibió en una oficina pequeña.


Llena de archivadores.


Sin pantallas gigantes.


Sin lemas inspiradores.


Sin gráficos luminosos.


Solo papeles.


Miles de papeles.


—¿Usted corrigió las versiones?


Preguntó Ricardo.


—Sí.


Aquella sinceridad nos desconcertó.


—¿Por qué?


Prudencio pareció sinceramente sorprendido.


—Porque era mi trabajo.


Guardamos silencio.


LA JUSTIFICACIÓN

—No entiendo.


Dijo Clara.


Prudencio abrió una carpeta.


—Los responsables políticos necesitaban escenarios viables.


—Sí.


—Los directores generales necesitaban coherencia.


—Sí.


—Los técnicos necesitaban consistencia.


—Sí.


—Y yo debía integrar todo eso.


Tomé nota.


Porque acabábamos de encontrar algo mucho más inquietante que un conspirador.


Habíamos encontrado un funcionario eficiente.


EL PROBLEMA

Anselmo formuló entonces la pregunta esencial.


—¿Y la realidad?


Prudencio guardó silencio.


Un silencio largo.


Incómodo.


Humano.


Finalmente respondió:


—La realidad siempre genera problemas.


Tomé nota.


Aquella frase resumía una mentalidad completa.


LA OCTAVA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Los grandes desastres burocráticos rara vez son obra de villanos.»

Luego añadí:

«Con frecuencia son obra de personas diligentes que cumplen correctamente funciones equivocadas.»

Y después:

«Una organización puede alejarse de la realidad sin que nadie decida conscientemente hacerlo.»

Finalmente anoté:

«Basta con que cada participante adapte ligeramente los hechos a los incentivos que tiene delante.»


Cerré la libreta.


Pero esta vez no sentí alivio.


Porque la investigación acababa de cambiar de naturaleza.


Ya no buscábamos culpables.


Eso habría sido sencillo.


Buscábamos algo mucho más complejo.


Un sistema.


Una cultura.


Una maquinaria donde cada engranaje parecía actuar razonablemente.


Y donde, sin embargo, el resultado final terminaba alejándose progresivamente de la verdad.


Fue entonces cuando sonó el teléfono de Ricardo.


Escuchó.


Guardó silencio.


Escuchó de nuevo.


Y finalmente colgó.


Su expresión había cambiado.


—¿Qué ocurre?


Preguntó Clara.


Ricardo tardó varios segundos en responder.


—Acaban de nombrar a Prudencio Ajustes.


—¿Para qué?


—Director General de Transparencia y Calidad Institucional.


Guardamos silencio.


Un silencio largo.


Magnífico.


Perfectamente absurdo.


Porque en Absurdistán las ironías no se buscan.


Simplemente ascienden de categoría.

CAPÍTULO X

EL DIRECTOR GENERAL DE LA TRANSPARENCIA OPACA

Donde descubrí que en Absurdistán los ascensos no siempre premian los aciertos; a veces premian la utilidad

La noticia del nombramiento de Prudencio Ajustes produjo reacciones muy diferentes.


En el ministerio hubo aplausos.


En algunos periódicos hubo elogios.


En varios departamentos hubo alivio.


Y en la cafetería de Juliana hubo carcajadas.


Muchas carcajadas.


Especialmente por parte de Don Eulogio.


Lo cual resultaba extraordinariamente raro.


Porque los funcionarios veteranos no suelen reír.


Sonríen.


Levemente.


Como arqueólogos que acaban de encontrar otra prueba de una civilización desaparecida.


LA CEREMONIA

La toma de posesión fue solemne.


Muy solemne.


Excesivamente solemne.


El nuevo Director General de Transparencia y Calidad Institucional apareció rodeado de cámaras.


Periodistas.


Asesores.


Consultores.


Especialistas en comunicación.


Y expertos en percepción ciudadana.


Estos últimos parecían multiplicarse a gran velocidad.


Sobre el escenario destacaba un enorme lema:

MÁS TRANSPARENCIA QUE NUNCA


Debajo:

«ACERCANDO LA INFORMACIÓN A LOS CIUDADANOS»


Y más abajo:

«PREVIA VALIDACIÓN CORRESPONDIENTE»


Tomé nota.


Porque la letra pequeña suele contener las partes más interesantes de cualquier discurso.


EL DISCURSO

Prudencio habló durante cuarenta y siete minutos.


No mencionó una sola vez los documentos desaparecidos.


No mencionó las versiones corregidas.


No mencionó los ajustes.


No mencionó las cifras.


Y precisamente por eso comprendí que todo aquello seguía siendo importante.


Los seres humanos hablan extensamente de aquello que desean promocionar.


Y evitan cuidadosamente aquello que les preocupa.


EL NUEVO PORTAL

Uno de los primeros proyectos de Prudencio fue la creación de un gran Portal Nacional de Transparencia Avanzada.


El nombre ocupaba media página.


La plataforma prometía revolucionar la relación entre ciudadanos e instituciones.


El lanzamiento fue espectacular.


Vídeos.


Campañas.


Anuncios.


Entrevistas.


Reportajes.


Infografías.


Y un logotipo extraordinariamente moderno.


Naturalmente.


EL PROBLEMA

Tres días después Clara decidió utilizarlo.


Quería consultar varios informes.


Nada extraordinario.


Nada secreto.


Nada comprometedor.


Simplemente informes.


La búsqueda produjo un resultado curioso.


DOCUMENTO NO DISPONIBLE


Probó con otro.


DOCUMENTO EN PROCESO DE VALIDACIÓN


Probó con otro.


DOCUMENTO EN REVISIÓN TÉCNICA


Probó con otro.


DOCUMENTO TEMPORALMENTE NO ACCESIBLE


Tomé nota.


Porque acabábamos de descubrir una forma particularmente sofisticada de ocultar información.


Exhibiéndola.


EL ENCUENTRO CON EL INFORMÁTICO

Aquella semana conocimos a Don Aurelio Sistemas.


Responsable técnico del portal.


Un hombre inteligente.


Paciente.


Y peligrosamente sincero.


—¿Funciona bien?


Pregunté.


Aurelio sonrió.


—Perfectamente.


—Entonces ¿por qué no aparecen los documentos?


El hombre observó alrededor.


Luego bajó la voz.


—Porque el sistema funciona exactamente como fue diseñado.


Tomé nota inmediatamente.


Aquella frase merecía una enciclopedia.


LA ARQUITECTURA

Aurelio nos mostró discretamente algunos diagramas.


El sistema era magnífico.


Complejo.


Sofisticado.


Elegante.


Y extraordinariamente eficaz.


Para impedir que ciertas cosas aparecieran.


—¿Cómo funciona?


Preguntó Clara.


—Muy sencillo.


Respondió Aurelio.


—Todo documento debe pasar varios filtros.


—¿Cuántos?


—Depende.


Naturalmente.


Aquella palabra volvía a aparecer.


LOS FILTROS

Filtro jurídico.


Filtro técnico.


Filtro institucional.


Filtro comunicativo.


Filtro estratégico.


Filtro de coherencia narrativa.


Aquello llamó inmediatamente mi atención.


—¿Coherencia narrativa?


Aurelio pareció arrepentirse de haber pronunciado esas palabras.


—Bueno…


—Continúe.


—Es un protocolo interno.


Tomé nota.


Porque las cosas verdaderamente interesantes suelen esconderse detrás de expresiones aparentemente anodinas.


EL ENCUENTRO CON JULIANA

Aquella tarde regresamos a la cafetería.


Juliana escuchó pacientemente toda la historia.


Luego sirvió café.


Como hacen los filósofos prácticos.


—No entiendo vuestra sorpresa.


Dijo finalmente.


—¿Por qué?


Preguntó Ricardo.


La mujer señaló la calle.


—Cuando yo era joven.


—Sí.


—Las cortinas servían para que no vieran dentro.


—Sí.


—Ahora sirven para demostrar que existe una ventana.


Guardé silencio.


Porque aquella observación era magnífica.


EL GRAN INFORME

Mientras tanto el ministerio preparaba un nuevo documento.


Un informe monumental.


Quinientas páginas.


Miles de gráficos.


Miles de indicadores.


Miles de conclusiones.


Su objetivo era demostrar que todo funcionaba correctamente.


Lo cual ya resultaba sospechoso.


Las organizaciones sanas intentan comprender la realidad.


Las organizaciones nerviosas intentan demostrar cosas.


EL BORRADOR FILTRADO

Una semana después apareció una nueva filtración.


No un informe completo.


Solo una página.


Una única página.


Pero bastó.


En la parte superior figuraba un título.


«GESTIÓN DE PERCEPCIONES CRÍTICAS»


Debajo aparecían varias recomendaciones.


«Reforzar mensajes positivos.»


«Contextualizar discrepancias.»


«Reducir visibilidad de interpretaciones alarmistas.»


«Promover fuentes acreditadas.»


Y finalmente:


«PRIVILEGIAR LA CONFIANZA SOBRE LA COMPLEJIDAD»


Guardé silencio.


Largo rato.


Porque acabábamos de encontrar el verdadero corazón del problema.


Ya no se trataba de cifras.


Ni de documentos.


Ni de versiones.


Ni siquiera de transparencia.


Se trataba de una cuestión mucho más profunda.


La diferencia entre comprender la realidad y administrar la percepción de la realidad.


LA NOVENA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Toda burocracia termina desarrollando una teoría sobre sí misma.»

Luego añadí:

«Y esa teoría suele ser más favorable que los hechos.»

Y después:

«Cuando la distancia entre ambas crece demasiado aparece la propaganda.»

Finalmente anoté:

«La transparencia auténtica muestra también los errores. La transparencia teatral muestra principalmente los carteles que anuncian transparencia.»


Cerré la libreta.


Pero esta vez no estaba pensando en Prudencio.


Ni en Don Perfecto.


Ni en el ministro.


Pensaba en algo mucho más inquietante.


Porque por primera vez empezaba a sospechar que ninguno de ellos dirigía realmente la situación.


Alguien más aparecía constantemente en los documentos.


Siempre en segundo plano.


Siempre discretamente.


Siempre firmando al final.


Un nombre que hasta entonces apenas había llamado nuestra atención.


Doña Consuelo Narrativa

Secretaria de Coordinación Estratégica


Y cuanto más aparecía su nombre, menos casual parecía.

CAPÍTULO XI

DOÑA CONSUELO NARRATIVA

Donde descubrí que las instituciones modernas no siempre necesitan controlar los hechos; a menudo les basta con controlar la interpretación de los hechos

Hasta aquel momento habíamos cometido un error.

Un error comprensible.

Pero error al fin y al cabo.


Habíamos observado al ministro.


A Don Perfecto Proyectez.


A Prudencio Ajustes.


A los expertos.


A los técnicos.


A los asesores.


Y a los responsables de comunicación.


Sin embargo, habíamos ignorado a la persona que aparecía discretamente en casi todos los documentos importantes.


No al principio.


No en el centro.


No en las fotografías.


Siempre al final.


Siempre en letra pequeña.


Siempre aprobando.


Siempre validando.


Siempre coordinando.


EL NOMBRE

Su nombre completo era:

Doña Consuelo Narrativa de los Santos Márgenes


Secretaria de Coordinación Estratégica.


Cuarenta y nueve años.


Funcionaria.


Jurista.


Especialista en comunicación institucional.


Y probablemente la persona más inteligente de todo el ministerio.


Lo cual empezaba a preocuparme.


Las personas inteligentes son maravillosas.


Salvo cuando dedican su inteligencia a objetivos equivocados.


EL DESPACHO

Conseguir una entrevista no resultó sencillo.


Doña Consuelo apenas concedía reuniones.


No aparecía en los medios.


No participaba en congresos.


No inauguraba observatorios.


No pronunciaba discursos.


Y precisamente por eso resultaba interesante.


Su despacho era sorprendentemente pequeño.


Sin pantallas gigantes.


Sin gráficos luminosos.


Sin lemas inspiradores.


Solo libros.


Muchísimos libros.


Historia.


Psicología.


Comunicación.


Política.


Sociología.


Retórica.


Y varios ejemplares subrayados de obras de Orwell.


Aquello llamó inmediatamente mi atención.


LA CONVERSACIÓN

Doña Consuelo nos recibió con una sonrisa tranquila.


Demasiado tranquila.


La clase de serenidad que suele poseer quien comprende el tablero mejor que los demás jugadores.


—Profesor.


—Secretaria.


—Creo que me está buscando.


Tomé asiento.


—Es posible.


—¿Y qué desea saber?


Aquella pregunta era peligrosa.


Porque las personas verdaderamente inteligentes rara vez responden preguntas.


Prefieren formularlas.


LA FRASE

Fui directamente al asunto.


—¿Qué significa exactamente «coherencia narrativa»?


Consuelo sonrió.


Ni siquiera parecía sorprendida.


—Significa evitar el caos.


Tomé nota.


Porque las respuestas simples suelen ocultar complicaciones interesantes.


—Explíquese.


La mujer apoyó lentamente las manos sobre la mesa.


—Las instituciones producen miles de datos.


—Sí.


—Miles de informes.


—Sí.


—Miles de interpretaciones.


—Sí.


—Si todo se publica sin orden, los ciudadanos reciben ruido.


Guardé silencio.


Aquello sonaba razonable.


Peligrosamente razonable.


LA DIFERENCIA

—Entonces ustedes organizan la información.


Dije.


—Exactamente.


—¿Y quién decide el criterio?


Consuelo sonrió.


Aquella sonrisa volvió a aparecer.


—Las personas responsables.


Tomé nota.


Porque aquella respuesta no respondía absolutamente nada.


Y precisamente por eso resultaba reveladora.


EL ENCUENTRO CON RICARDO

Al salir del despacho Ricardo permaneció varios minutos en silencio.


Algo extremadamente raro.


Finalmente habló.


—Es brillante.


—Sí.


—Y peligrosa.


—Sí.


—¿Por qué?


Ricardo observó la calle.


—Porque no miente.


Tomé nota inmediatamente.


Aquello era importante.


Muy importante.


—¿Cómo que no miente?


—No necesita hacerlo.


Guardé silencio.


Porque empezaba a comprender.


LA GRAN LECCIÓN

Aquella noche Clara resumió el problema mejor que ninguno de nosotros.


Estábamos reunidos en la cafetería.


Juliana servía cafés.


Don Eulogio clasificaba documentos.


Anselmo dibujaba gráficos sobre servilletas.


Y Clara dijo:


—Todos estamos mirando las cifras.


—Sí.


—Y las cifras importan.


—Sí.


—Pero el verdadero poder no está ahí.


Guardamos silencio.


—¿Dónde está?


Pregunté.


Clara señaló los documentos.


—En decidir qué historia cuentan las cifras.


Tomé nota.


Porque aquella observación explicaba medio siglo de política.


EL DESCUBRIMIENTO

Dos días después apareció una nueva filtración.


Esta vez no era una versión.


Ni un informe.


Ni una previsión.


Era un manual.


Un auténtico manual interno.


Ciento doce páginas.


Título:

GUÍA DE GESTIÓN DE RELATOS INSTITUCIONALES


El documento era extraordinario.


No contenía mentiras.


Ni instrucciones ilegales.


Ni órdenes explícitas.


Era mucho más sofisticado.


Explicaba cómo presentar información.


Cómo jerarquizar datos.


Cómo enfatizar ciertos aspectos.


Cómo contextualizar otros.


Cómo reducir la visibilidad de cuestiones problemáticas.


Y cómo transformar cualquier dificultad en una oportunidad de mejora.


Tomé nota.


Porque acabábamos de encontrar algo fascinante.


EL CAPÍTULO 7

La sección más interesante llevaba por título:

«ADMINISTRACIÓN DE EXPECTATIVAS»


Ricardo la leyó en voz alta.


—»El ciudadano no evalúa únicamente resultados.»


—»Evalúa expectativas.»


—»Por tanto, una adecuada gestión de expectativas constituye un elemento esencial de la gobernanza contemporánea.»


Juliana soltó una carcajada.


Todos la observamos.


—¿Qué le hace gracia?


Preguntó Clara.


Juliana limpió una taza.


Como siempre.


—Que cuando yo era joven eso se llamaba vender humo.


Guardamos silencio.


Porque la observación era devastadora.


Y probablemente exacta.


LA DÉCIMA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Las instituciones modernas producen dos tipos de bienes.»

Luego añadí:

«Resultados.»

Y después:

«Relatos sobre los resultados.»

Finalmente anoté:

«Cuando el relato se vuelve más importante que el resultado, la organización empieza a vivir dentro de una ficción cuidadosamente administrada.»


Cerré la libreta.


Y entonces ocurrió algo inesperado.


Por primera vez desde el comienzo de nuestra investigación apareció miedo.


Miedo auténtico.


No en nosotros.


En ellos.


Porque al día siguiente un importante periódico nacional iba a publicar extractos completos del manual.


Y alguien dentro del ministerio parecía dispuesto a impedirlo.


A cualquier precio.

CAPÍTULO XII

EL DÍA QUE EL RELATO SE ROMPIÓ

Donde descubrí que las construcciones narrativas más sofisticadas suelen poseer un punto débil: la realidad tiene la desagradable costumbre de presentarse sin invitación

La noticia debía publicarse el martes.

A las seis de la mañana.


El periódico había preparado una edición especial.


El reportaje ocupaba ocho páginas.


Incluía documentos.


Extractos.


Correos electrónicos.


Actas.


Anotaciones.


Y varios fragmentos de la famosa Guía de Gestión de Relatos Institucionales.


Durante semanas los periodistas habían verificado cada dato.


Dos veces.


Algunos tres.


Y unos pocos hasta cuatro.


Lo cual constituye una anomalía estadística en el periodismo contemporáneo.


LA NOCHE ANTERIOR

La víspera cenamos en la cafetería de Juliana.


Estábamos todos.


Clara.


Ricardo.


Don Eulogio.


Anselmo.


Juliana.


Y yo.


Nadie tenía demasiado apetito.


La tensión resultaba evidente.


Porque todos comprendíamos algo.


Los documentos ya no eran el problema.


El problema era la reacción.


EL TELÉFONO

A las nueve de la noche sonó el teléfono de Ricardo.


Escuchó.


Guardó silencio.


Escuchó de nuevo.


Y finalmente colgó.


—¿Qué ocurre?


Preguntó Clara.


Ricardo suspiró.


—Lo están intentando.


Tomé nota.


Porque aquella frase podía significar muchas cosas.


Y ninguna buena.


LOS ARGUMENTOS REGRESAN

Las llamadas continuaron durante horas.


Algunos apelaban a la responsabilidad.


Otros a la prudencia.


Otros al interés general.


Otros a la estabilidad institucional.


Otros al contexto.


Siempre el contexto.


El contexto constituye una de las herramientas más versátiles jamás inventadas.


Sirve para comprender los hechos.


Y también para enterrarlos.


EL ÚLTIMO INTENTO

Poco antes de medianoche apareció una oferta.


No una amenaza.


No una presión.


Algo mucho más elegante.


Una entrevista exclusiva.


Acceso privilegiado.


Información futura.


Colaboración institucional.


Puertas abiertas.


Y reconocimiento profesional.


Ricardo escuchó pacientemente.


Luego respondió:


—¿Han leído ustedes el artículo?


Silencio.


—Sí.


—¿Hay algún dato falso?


Silencio más largo.


—No exactamente.


Ricardo sonrió.


—Entonces la conversación ha terminado.


Y colgó.


Tomé nota.


Porque acababa de presenciar una escena cada vez menos frecuente.


Un periodista ejerciendo de periodista.


LAS SEIS DE LA MAÑANA

La edición apareció puntualmente.


Los servidores del periódico colapsaron.


Miles de visitas.


Miles de descargas.


Miles de lectores.


Miles de comentarios.


Miles de interpretaciones.


Como siempre.


Porque los hechos son pocos.


Las interpretaciones infinitas.


EL TITULAR

La portada ocupaba media página.


EL MINISTERIO QUE CORREGÍA LA REALIDAD

Documentos internos revelan ajustes sistemáticos de previsiones y estrategias de gestión narrativa


Debajo aparecían fragmentos del manual.


Y la famosa frase.


La frase subrayada en rojo.


«Corregida conforme a criterios de oportunidad política.»


EL PÁNICO

A las ocho de la mañana comenzó el caos.


No el caos real.


El burocrático.


Mucho más complejo.


Y bastante más divertido.


Se convocaron reuniones.


Comités.


Subcomités.


Gabinetes.


Equipos de crisis.


Grupos de coordinación.


Mesas de seguimiento.


Y una Comisión Temporal para la Gestión Integral de la Crisis de Comunicación.


Naturalmente.


DON PERFECTO

A las diez apareció Don Perfecto Proyectez.


Había envejecido.


No mucho.


Aproximadamente tres legislaturas.


—Esto es una manipulación.


Declaró.


—¿De qué exactamente?


Preguntó un periodista.


Don Perfecto vaciló.


Solo una décima de segundo.


Pero suficiente.


—Del contexto.


Tomé nota.


La realidad empezaba a defenderse.


DOÑA CONSUELO

La reacción de Consuelo Narrativa fue distinta.


Mucho más inteligente.


Mucho más peligrosa.


Y mucho más interesante.


No negó los documentos.


No negó las frases.


No negó las reuniones.


No negó los procedimientos.


Simplemente declaró:


—Toda organización compleja necesita mecanismos de coordinación informativa.


Tomé nota.


Porque aquella respuesta era brillante.


Y precisamente por eso debía examinarse con cuidado.


EL ENCUENTRO FINAL

Aquella tarde recibí una invitación inesperada.


Procedía de Doña Consuelo.


Acepté.


Naturalmente.


Las oportunidades de observar a personas inteligentes bajo presión no aparecen todos los días.


Nos encontramos en su despacho.


Por primera vez parecía cansada.


Solo un poco.


Pero suficiente.


—Profesor.


—Secretaria.


—Supongo que creen haber ganado.


Tomé asiento.


—No estamos compitiendo.


Consuelo sonrió.


—Todos compiten.


Guardé silencio.


Porque aquella afirmación contenía parte de verdad.


Y parte de error.


Como casi todas las afirmaciones interesantes.


LA CONFESIÓN

Entonces ocurrió algo inesperado.


Consuelo se levantó.


Se acercó a la ventana.


Y contempló la ciudad.


Durante varios segundos.


Finalmente habló.


—¿Sabe cuál es el verdadero problema?


—No.


—La realidad es demasiado compleja.


Guardé silencio.


—Sí.


—Y los ciudadanos no tienen tiempo.


—A veces.


—Ni conocimientos.


—A veces.


—Ni interés.


—A veces.


Consuelo asintió.


—Entonces alguien debe organizar el caos.


Tomé nota.


Porque acabábamos de llegar al corazón del asunto.


LA RESPUESTA

Tras unos segundos respondí:


—Organizar no es lo mismo que dirigir.


Consuelo permaneció en silencio.


—Explicar no es lo mismo que seleccionar.


Silencio.


—Y coordinar no es lo mismo que decidir qué parte de la realidad merece existir públicamente.


La mujer no respondió.


Simplemente observó la ciudad.


Y por primera vez tuve la impresión de que comprendía perfectamente el problema.


Lo cual no significaba que estuviera dispuesta a renunciar a sus soluciones.


LA UNDÉCIMA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Toda élite termina convencida de que la realidad necesita intérpretes.»

Luego añadí:

«A veces tiene razón.»

Y después:

«El problema aparece cuando los intérpretes empiezan a confundirse con los propietarios del significado.»

Finalmente anoté:

«La verdad puede ser compleja. Pero sigue siendo preferible a una ficción administrada.»


Cerré la libreta.


Pensé que el asunto estaba terminando.


Me equivocaba.


Porque al día siguiente apareció una noticia todavía más sorprendente.


Una auditoría independiente acababa de comenzar a revisar todos los programas del Ministerio de las Soluciones Definitivas.


Y los primeros hallazgos sugerían algo inquietante.


Las cifras manipuladas.


Los relatos administrados.


Los documentos desaparecidos.


Quizá no fueran la causa del problema.


Quizá fueran únicamente el síntoma.


Porque empezaban a aparecer indicios de algo mucho más grave.


Durante años el ministerio había estado midiendo actividad.


Pero nadie parecía haber comprobado resultados.


Y esa diferencia podía derribar mucho más que unas cuantas carreras administrativas.

CAPÍTULO XIII

EL REINO DE LOS INDICADORES FELICES

Donde una auditoría descubrió que el Ministerio de las Soluciones Definitivas había producido una cantidad asombrosa de actividad y una cantidad mucho menos impresionante de resultados

La auditoría comenzó discretamente.


Como comienzan casi todas las cosas importantes.


Sin ruedas de prensa.


Sin campañas.


Sin lemas.


Sin vídeos promocionales.


Sin congresos.


Sin mesas redondas.


Y precisamente por eso resultaba peligrosa.


Las organizaciones modernas saben perfectamente cómo gestionar una conferencia.


Lo que temen son las preguntas.


Especialmente las preguntas formuladas por personas que manejan calculadoras.


LOS AUDITORES

El equipo estaba compuesto por seis personas.


Seis.


Nada más.


Aquello ya despertó mi admiración.


El Ministerio de las Soluciones Definitivas empleaba más personas para organizar desayunos de trabajo.


Los seis auditores compartían una característica inquietante.


Parecían inmunes al lenguaje administrativo.


Cuando alguien decía:


«Transformación.»


Preguntaban:


—¿Cómo se mide?


Cuando alguien decía:


«Impacto.»


Preguntaban:


—¿Cuál exactamente?


Cuando alguien decía:


«Éxito.»


Preguntaban:


—¿Comparado con qué?


Tomé nota.


Porque aquellas preguntas poseen efectos devastadores sobre determinadas estructuras burocráticas.


EL PRIMER HALLAZGO

El informe preliminar apareció dos semanas después.


No era especialmente largo.


Cuarenta páginas.


Lo cual ya resultaba sospechoso.


Los documentos verdaderamente importantes suelen ser breves.


Los irrelevantes necesitan muchas más.


La conclusión principal ocupaba una sola línea:


«NO EXISTE EVIDENCIA SUFICIENTE PARA ACREDITAR EL IMPACTO DE UNA PARTE SIGNIFICATIVA DE LOS PROGRAMAS ANALIZADOS.»


Tomé nota.


Porque los auditores poseen una habilidad extraordinaria.


Son capaces de escribir frases devastadoras utilizando un tono perfectamente educado.


EL ENCUENTRO CON DON PERFECTO

Aquella tarde encontré nuevamente a Don Perfecto Proyectez.


Parecía cansado.


Mucho más cansado.


Había dejado de sonreír diecinueve veces por minuto.


Ahora apenas llegaba a seis.


—¿Ha leído el informe?


Pregunté.


—Está descontextualizado.


Respondió inmediatamente.


Tomé nota.


La palabra contexto estaba trabajando horas extraordinarias.


—¿Qué significa eso?


—Que los resultados no siempre pueden medirse.


—Entonces ¿cómo saben que existen?


Silencio.


Magnífico silencio.


Uno de esos silencios que deberían conservarse en museos.


EL OBSERVATORIO DE LOS OBSERVATORIOS

Uno de los descubrimientos más sorprendentes afectaba a una institución concreta.


El Observatorio Nacional de Riesgos Emergentes.


Aquel organismo creado para detectar problemas futuros.


Los auditores analizaron su actividad.


Durante dieciocho meses.


Había producido:


Ciento setenta y tres informes.


Veintinueve seminarios.


Cuarenta y seis jornadas técnicas.


Doce congresos.


Miles de páginas.


Miles de gráficos.


Miles de recomendaciones.


Y exactamente cero riesgos emergentes identificados antes de que aparecieran.


Tomé nota.


Porque la realidad posee un sentido del humor extraordinario.


EL ENCUENTRO CON JULIANA

Aquella noche llevé una copia del informe a la cafetería.


Juliana lo leyó lentamente.


Muy lentamente.


Luego levantó la vista.


—¿Sabes qué es lo más divertido?


—No.


—Que probablemente trabajaron muchísimo.


Tomé nota inmediatamente.


Porque acababa de señalar algo esencial.


—¿A qué te refieres?


Juliana señaló el documento.


—No dudo que organizaran reuniones.


—No.


—Ni que escribieran informes.


—No.


—Ni que celebraran congresos.


—No.


—Lo que dudo es que alguien se preguntara para qué servían.


Guardé silencio.


Porque aquella pregunta atravesaba el corazón mismo del ministerio.


EL ENCUENTRO CON ANSELMO

El viejo estadístico parecía especialmente satisfecho.


Algo poco habitual.


Los estadísticos no suelen experimentar emociones intensas.


Prefieren los intervalos de confianza.


—¿Qué opina?


Pregunté.


Anselmo sonrió.


—Han descubierto el reino de los indicadores felices.


Tomé nota.


Aquello merecía explicación.


—¿Qué significa?


El hombre dibujó dos columnas.


En la primera escribió:

ACTIVIDAD


En la segunda:

RESULTADOS


Después señaló la primera.


—Es fácil medir reuniones.


—Sí.


—Es fácil medir informes.


—Sí.


—Es fácil medir asistentes.


—Sí.


—Es fácil medir presupuestos ejecutados.


—Sí.


Luego señaló la segunda columna.


—Ahora mida la sabiduría producida.


Guardé silencio.


—Mida la utilidad.


Silencio.


—Mida los problemas realmente resueltos.


Tomé nota.


Porque acabábamos de encontrar la diferencia fundamental.


DOÑA CONSUELO CONTRAATACA

Mientras tanto, Consuelo Narrativa había entrado en acción.


Y lo hizo con brillantez.


Naturalmente.


Convocó una gran comparecencia.


No para discutir los resultados.


Sino para explicar los resultados.


La diferencia era importante.


Muy importante.


Durante una hora habló de:


Complejidad.


Contexto.


Procesos.


Aprendizajes.


Desafíos.


Transformaciones.


Perspectivas.


Y otros muchos conceptos.


Al finalizar, varios periodistas abandonaron la sala con la sensación de haber escuchado algo muy inteligente.


Aunque ninguno parecía completamente seguro de qué.


EL DESCUBRIMIENTO DE CLARA

Pero Clara encontró algo todavía más interesante.


Mucho más.


Revisando documentos presupuestarios detectó una anomalía.


Una pequeña anomalía.


Apenas unas líneas.


Un detalle insignificante.


Como siempre.


Los problemas importantes nunca aparecen acompañados de fanfarrias.


Aparecen escondidos en anexos.


Y notas al pie.


Y cuadros estadísticos.


—Profesor.


Dijo aquella tarde.


—Creo que hemos estado mirando el lugar equivocado.


Aquella frase empezaba a convertirse en una costumbre preocupante.


—¿Qué encontraste?


Clara deslizó una carpeta sobre la mesa.


—Mira quién recibe las subvenciones.


Observé los nombres.


Fundaciones.


Observatorios.


Institutos.


Centros de estudio.


Plataformas.


Consorcios.


Redes colaborativas.


Y una cantidad sorprendente de entidades cuyos miembros aparecían repetidamente en congresos, informes y comisiones.


Tomé nota.


Porque acabábamos de encontrar algo mucho más interesante que un error administrativo.


Estábamos empezando a ver una red.


Y las redes siempre resultan más reveladoras que los organigramas.


LA DUODÉCIMA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Toda burocracia aprende rápidamente a medir aquello que la hace parecer eficaz.»

Luego añadí:

«Mucho más lentamente aprende a medir aquello que demuestra si realmente lo es.»

Y finalmente anoté:

«Cuando una organización empieza a confundir actividad con resultados, termina produciendo cada vez más de la primera y cada vez menos de los segundos.»


Cerré la libreta.


Pero antes de apagar la luz recibí una llamada de Ricardo.


No parecía preocupado.


No parecía nervioso.


Parecía sorprendido.


Y eso era peor.


—Profesor.


—¿Qué ocurre?


Hubo unos segundos de silencio.


Luego respondió:


—Acabo de descubrir que varias de las entidades subvencionadas se evalúan mutuamente.


Guardé silencio.


Porque acabábamos de abrir una puerta.


Y sospechaba que detrás de ella se encontraba uno de los mecanismos más antiguos de Absurdistán.


El círculo perfecto.


La máquina capaz de generar legitimidad, informes, subvenciones y reconocimientos sin necesidad de producir resultados verificables.


Y esa historia prometía ser extraordinariamente instructiva.

CAPÍTULO XIV

EL CÍRCULO PERFECTO

Donde descubrí una máquina extraordinaria capaz de producir informes que justificaban subvenciones que financiaban estudios que recomendaban nuevos informes

Cuando Ricardo me habló del hallazgo pensé que exageraba.

No era la primera vez.

Ni sería la última.

Los periodistas veteranos poseen una curiosa tendencia a entusiasmarse cuando encuentran algo interesante.

Y a deprimirse cuando encuentran algo realmente importante.


Esta vez parecía deprimido.


Lo cual despertó inmediatamente mi atención.


EL DIAGRAMA

Nos reunimos aquella misma tarde.


Clara llegó con varios expedientes.


Anselmo con una calculadora.


Don Eulogio con tres carpetas.


Juliana con café.


Y Ricardo con una cartulina enorme.


La desplegó sobre la mesa.


Guardamos silencio.


Porque aquello parecía una telaraña.


O un mapa ferroviario diseñado por un poeta delirante.


LAS FLECHAS

Fundación Horizonte.

Instituto Prospectivo Nacional.

Observatorio para la Innovación Transformadora.

Red de Estudios Estratégicos.

Centro de Evaluación Prospectiva.

Fundación Horizonte.


Y así sucesivamente.


Decenas de flechas.


Decenas de entidades.


Decenas de nombres.


Todo perfectamente legal.


Perfectamente reglamentario.


Perfectamente documentado.


Y perfectamente absurdo.


EL MECANISMO

Clara tomó la palabra.


—Observad.


Señaló una de las líneas.


—La Fundación Horizonte recibe una subvención.


—Sí.


—Con ella financia un estudio.


—Sí.


—El estudio recomienda reforzar determinadas políticas.


—Sí.


—La evaluación del estudio la realiza el Instituto Prospectivo Nacional.


—Sí.


—Que a su vez recibe financiación recomendada por el Observatorio para la Innovación Transformadora.


—Sí.


—Cuyos informes son evaluados por la Red de Estudios Estratégicos.


—Sí.


—Y esa red obtiene financiación gracias a informes elaborados por la Fundación Horizonte.


Guardamos silencio.


Un largo silencio.


Porque acabábamos de contemplar una obra maestra.


EL PERPETUUM MOBILE

Anselmo observó el esquema.


Luego escribió una frase en una servilleta.


«MÁQUINA DE MOVIMIENTO BUROCRÁTICO PERPETUO»


Tomé nota.


Porque era exactamente eso.


Una estructura donde cada institución legitimaba a otra.


Cada informe validaba otro informe.


Cada evaluación justificaba otra subvención.


Y cada subvención financiaba nuevas evaluaciones.


EL ENCUENTRO CON EL CATEDRÁTICO

Aquella semana conocimos al profesor Basilio Teoría.


Catedrático.


Sesenta y cuatro años.


Autor de cuarenta libros.


Ponente habitual.


Y beneficiario ocasional de varios programas analizados.


Lo cual no le impedía ser sorprendentemente sincero.


—Profesor.


Le pregunté.


—¿Cómo funciona realmente este sistema?


Basilio reflexionó.


Mucho.


Más de lo habitual.


Finalmente respondió:


—Nadie lo diseñó.


Tomé nota.


Aquella respuesta era importante.


—¿No?


—No.


—Entonces.


El anciano sonrió.


—Simplemente evolucionó.


Guardamos silencio.


Porque la explicación resultaba inquietante.


LA EVOLUCIÓN

—Al principio había una fundación.


Explicó.


—Luego un observatorio.


—Sí.


—Después un instituto.


—Sí.


—Más tarde un centro de estudios.


—Sí.


—Y finalmente todos comenzaron a colaborar.


Tomé nota.


Porque la palabra colaborar estaba haciendo un esfuerzo considerable.


EL DESCUBRIMIENTO DE EULOGIO

Don Eulogio encontró entonces algo extraordinario.


Realmente extraordinario.


Un documento antiguo.


Muy antiguo.


Casi arqueológico.


Tenía quince años.


Y contenía una recomendación.


Una sola.


«ESTABLECER MECANISMOS INDEPENDIENTES DE EVALUACIÓN»


Guardamos silencio.


Porque el documento era el origen de todo.


LA PARADOJA

El problema apareció después.


Los organismos evaluadores necesitaban financiación.


Naturalmente.


La financiación procedía de organismos que debían ser evaluados.


Naturalmente.


Y entonces ocurrió algo fascinante.


Todos siguieron siendo independientes.


Formalmente.


Pero comenzaron a depender unos de otros.


Materialmente.


Tomé nota.


Porque acabábamos de encontrar una de las leyes más antiguas de la condición humana.


JULIANA RESUME EL PROBLEMA

Aquella noche Juliana escuchó toda la explicación.


Pacientemente.


Como siempre.


Luego sirvió café.


Como siempre.


Y finalmente dijo:


—Os complicáis demasiado.


—¿Sí?


—Muchísimo.


Tomé asiento.


Aquello prometía claridad.


—Explícanoslo.


Juliana señaló el diagrama.


—Si yo pago a alguien para que me evalúe.


—Sí.


—Y él necesita que siga pagándole.


—Sí.


—No hace falta que me mienta.


Guardamos silencio.


—¿Entonces?


—Le basta con ser prudente.


Tomé nota inmediatamente.


Porque aquella frase explicaba medio siglo de instituciones modernas.


DOÑA CONSUELO APARECE DE NUEVO

Mientras tanto, Consuelo Narrativa seguía trabajando.


Incansablemente.


Con inteligencia.


Con método.


Y con una comprensión admirable de los incentivos humanos.


Convocó una conferencia.


El título era magnífico.


ENCUENTRO NACIONAL SOBRE CALIDAD EVALUATIVA


Subtítulo:

«FORTALECIENDO LA CONFIANZA INSTITUCIONAL»


Tomé nota.


Porque cuando una organización empieza a hablar mucho de confianza suele significar que empieza a preocuparse por ella.


EL HALLAZGO DEFINITIVO

Pero Clara encontró algo todavía mejor.


Mucho mejor.


Una tabla.


Solo una tabla.


Perdida en un anexo presupuestario.


Mostraba los nombres de varios expertos.


Nada extraño.


Hasta que comenzamos a leer.


Mismo experto.


Consejo asesor de una fundación.


Evaluador de un instituto.


Ponente de un observatorio.


Miembro de una comisión.


Autor de un informe.


Y revisor externo de otro.


El mismo nombre aparecía una y otra vez.


Y luego otro.


Y otro.


Y otro más.


ANSELMO SONRÍE

El viejo estadístico observó la tabla.


Luego sonrió.


Algo extremadamente raro.


—Ya lo tenemos.


—¿Qué tenemos?


Preguntó Ricardo.


Anselmo señaló los nombres.


—No es una red institucional.


—¿No?


—Es una red humana.


Tomé nota.


Porque aquella diferencia lo cambiaba todo.


No eran los organismos.


No eran las fundaciones.


No eran los observatorios.


No eran los institutos.


Eran las personas.


Las mismas personas.


Rotando.


Evaluándose.


Citándose.


Premiándose.


Legitimándose.


Y construyendo una realidad autorreferencial.


LA DECIMOTERCERA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Las instituciones no piensan.»

Luego añadí:

«Las personas sí.»

Y después:

«Las organizaciones complejas suelen parecer impersonales.»

Finalmente anoté:

«Pero detrás de los organigramas casi siempre aparece un grupo reducido de individuos que se conocen, colaboran, discrepan, negocian y se legitiman mutuamente.»


Cerré la libreta.


Era tarde.


Muy tarde.


Pero antes de acostarme recibí una llamada de Ricardo.


Parecía emocionado.


Y eso era raro.


Muy raro.


—Profesor.


—¿Qué ocurre?


Hubo unos segundos de silencio.


Luego respondió:


—Uno de ellos quiere hablar.


Guardé silencio.


Porque acabábamos de alcanzar el momento que todo investigador espera.


Y teme.


Alguien del interior estaba dispuesto a contar cómo funcionaba realmente la máquina.


Y sospechaba que lo que íbamos a escuchar sería mucho más interesante que todos los documentos descubiertos hasta entonces.

CAPÍTULO XV

EL CONFIDENTE

Donde un hombre aparentemente insignificante explicó en dos horas lo que cientos de informes no habían conseguido explicar en quince años

La llamada de Ricardo llegó a las once y cuarenta y tres minutos de la noche.


Una hora excelente para las malas noticias.


Y para las buenas investigaciones.


—Uno de ellos quiere hablar.


Aquella frase permaneció flotando varios segundos en el aire.


—¿Quién?


—No por teléfono.


Tomé nota.


Porque las personas prudentes rara vez especifican nombres cuando sospechan que alguien podría estar escuchando.


Y las imprudentes suelen terminar lamentándolo.


EL ENCUENTRO

Nos reunimos dos días después.


En un lugar inesperado.


No en una cafetería.


No en una oficina.


No en un despacho.


Ni siquiera en un aparcamiento subterráneo, como exigen las novelas mediocres.


Nos reunimos en una biblioteca.


Porque los lugares más silenciosos suelen resultar ideales para mantener conversaciones importantes.


EL HOMBRE

Llegó puntual.


Exactamente puntual.


Ni un minuto antes.


Ni un minuto después.


Aquello ya me gustó.


Tenía unos cincuenta años.


Aspecto corriente.


Traje corriente.


Gafas corrientes.


Y precisamente por eso parecía importante.


Las personas verdaderamente influyentes rara vez se parecen a los personajes importantes.


EL NOMBRE

Naturalmente, no era su nombre real.


Al menos no el que utilizaré aquí.


Le llamaré:

Don Modesto Enlace


Porque su trabajo consistía precisamente en eso.


Conectar personas.


Instituciones.


Informes.


Subvenciones.


Congresos.


Comisiones.


Y carreras profesionales.


LA PRIMERA FRASE

Tras los saludos iniciales permanecimos varios segundos en silencio.


Finalmente habló.


—Estáis investigando algo equivocado.


Tomé nota inmediatamente.


Aquella frase se estaba convirtiendo en una costumbre preocupante.


—¿Cómo que equivocado?


Preguntó Clara.


Modesto suspiró.


—Seguís buscando corrupción.


Guardamos silencio.


—¿Y no existe?


Preguntó Ricardo.


El hombre reflexionó.


—Existe.


—Entonces.


—Pero no es lo importante.


Tomé nota.


Porque acabábamos de entrar en territorio interesante.


EL SISTEMA

Modesto apoyó lentamente las manos sobre la mesa.


—Lo que habéis descubierto funciona perfectamente.


—¿Perfectamente?


—Sí.


—Pero los resultados son mediocres.


—Sí.


—Y las evaluaciones circulares.


—Sí.


—Y los informes se legitiman mutuamente.


—Sí.


—Y las subvenciones financian nuevas subvenciones.


—Sí.


Guardamos silencio.


—Entonces no funciona.


Dijo Clara.


Modesto sonrió.


—Depende de para qué fue diseñado.


Tomé nota.


Porque aquella frase merecía ser grabada en mármol.


EL OBJETIVO REAL

Durante años.


Explicó.


Habíamos cometido el mismo error.


Suponer que aquellas instituciones existían para resolver problemas.


Modesto negó lentamente con la cabeza.


—No.


—¿No?


—No principalmente.


—Entonces.


El hombre se acomodó en la silla.


—Existen para gestionar incertidumbre.


Guardamos silencio.


Porque aquella explicación era mejor.


Mucho mejor.


Y mucho más inquietante.


LA INDUSTRIA DE LA INCERTIDUMBRE

—La sociedad produce problemas.


Explicó.


—Sí.


—Los gobiernos necesitan respuestas.


—Sí.


—Los medios necesitan explicaciones.


—Sí.


—Los ciudadanos necesitan tranquilidad.


—Sí.


—Y entonces aparecemos nosotros.


Tomé nota.


—¿Nosotros quiénes?


—Los expertos.


Silencio.


LOS EXPERTOS

Modesto continuó.


—No solucionamos necesariamente los problemas.


—¿No?


—No siempre.


—Entonces.


—Los traducimos.


Tomé nota.


Porque aquella palabra resultaba interesante.


Muy interesante.


—¿Traducir?


—Convertimos incertidumbre en lenguaje administrativo.


Guardamos silencio.


—Explíquese.


—Una crisis se convierte en un informe.


—Sí.


—Un informe se convierte en un programa.


—Sí.


—Un programa se convierte en una estrategia.


—Sí.


—Una estrategia se convierte en una estructura.


—Sí.


—Y finalmente todos sienten que alguien está haciendo algo.


Tomé nota.


Porque acabábamos de encontrar el núcleo de Absurdistán.


EL ENCUENTRO CON LA REALIDAD

Anselmo formuló entonces la pregunta decisiva.


—¿Y si nada mejora?


Modesto sonrió.


Tristemente.


—A veces mejora.


—Sí.


—A veces empeora.


—Sí.


—Y casi siempre es difícil saber qué habría ocurrido sin nosotros.


Tomé nota inmediatamente.


Porque aquella respuesta explicaba muchas carreras profesionales.


LA CASTA INVISIBLE

Entonces llegamos al verdadero asunto.


El que realmente le había llevado a reunirse con nosotros.


Modesto abrió una carpeta.


No muy gruesa.


Pero extraordinariamente interesante.


Contenía nombres.


Muchos nombres.


Los mismos nombres que Clara había detectado.


Expertos.


Evaluadores.


Consultores.


Directores.


Asesores.


Autores.


Miembros de consejos.


Ponentes.


Jurados.


Comités.


Observatorios.


Fundaciones.


Institutos.


Una y otra vez.


Los mismos.


EL MECANISMO DE REPRODUCCIÓN

—Aquí está la clave.


Dijo Modesto.


—¿Cuál?


—No se trata de dinero.


Tomé nota.


Aquello era importante.


—¿No?


—No principalmente.


—Entonces.


—Se trata de reconocimiento.


Guardamos silencio.


Porque acabábamos de entrar en un territorio mucho más humano.


Y mucho más antiguo.


EL PRESTIGIO

—Todos quieren sentirse relevantes.


Explicó.


—Sí.


—Todos quieren influir.


—Sí.


—Todos quieren ser citados.


—Sí.


—Todos quieren participar en decisiones importantes.


—Sí.


—Y poco a poco se forma una comunidad.


Tomé nota.


—¿Una comunidad?


—Una red.


Silencio.


LA FRASE MÁS IMPORTANTE

Entonces Modesto dijo algo que permaneció grabado en mi memoria.


Algo que explicaba gran parte de mi viaje.


Y gran parte de la condición humana.


—Profesor.


—Sí.


—La mayoría de las personas que participan en este sistema son sinceras.


Guardamos silencio.


—¿Sinceras?


—Sí.


—¿Incluso cuando se equivocan?


—Sobre todo cuando se equivocan.


Tomé nota.


Porque aquella observación resultaba devastadora.


Y probablemente cierta.


LA DECIMOCUARTA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Las redes humanas se construyen mucho antes de convertirse en redes de poder.»

Luego añadí:

«Nacen de amistades, colaboraciones, congresos y proyectos compartidos.»

Y después:

«Con el tiempo terminan generando incentivos para protegerse mutuamente.»

Finalmente anoté:

«La mayoría de los sistemas defectuosos no funcionan gracias a la maldad de quienes participan en ellos, sino gracias a la buena conciencia con la que lo hacen.»


Cerré la libreta.


Pero antes de marcharse, Modesto nos entregó una última carpeta.


Una carpeta pequeña.


Muy pequeña.


Dentro había apenas diez páginas.


Y una lista de reuniones.


Reuniones privadas.


Sin actas.


Sin registros públicos.


Sin publicidad.


Todas celebradas durante los meses previos a la creación del Ministerio de las Soluciones Definitivas.


Y en casi todas aparecía el mismo nombre.


No el del ministro.


No el de Prudencio.


No el de Consuelo.


Otro.


Un nombre que hasta entonces apenas había aparecido.


Don Augusto Horizonte

Presidente del Consejo Estratégico Nacional


Guardé silencio.


Porque por primera vez empezaba a sospechar que habíamos estado observando únicamente los engranajes.


Y que la maquinaria real se encontraba en otra parte.


Mucho más arriba.

CAPÍTULO XVI

DON AUGUSTO HORIZONTE

Donde descubrí que las decisiones más importantes rara vez se toman en los lugares donde aparecen las cámaras

Durante años había cometido un error.

El mismo error que cometen periodistas.

Ciudadanos.

Políticos.

Analistas.

Y comentaristas televisivos.


Suponer que el poder reside allí donde resulta visible.


En los ministerios.


En los parlamentos.


En los partidos.


En los consejos de ministros.


En las ruedas de prensa.


En los titulares.


Y sin embargo la experiencia enseña otra cosa.


Las decisiones suelen aparecer públicamente mucho después de haber sido tomadas.


EL NOMBRE

La carpeta entregada por Modesto contenía apenas diez páginas.


Diez páginas.


Nada más.


Pero en ellas aparecía repetidamente el mismo nombre.


Don Augusto Horizonte


Presidente del Consejo Estratégico Nacional.


Presidente honorario de varias fundaciones.


Miembro de numerosos patronatos.


Consejero emérito.


Asesor institucional.


Conferenciante ocasional.


Y, según parecía, persona extraordinariamente respetada.


Lo cual despertó inmediatamente mi curiosidad.


Las personas verdaderamente influyentes suelen acumular títulos honoríficos como los barcos antiguos acumulan percebes.


EL CONSEJO

El Consejo Estratégico Nacional era una institución peculiar.


Muy peculiar.


No gobernaba.


No legislaba.


No administraba.


No juzgaba.


No ejecutaba.


No decidía oficialmente nada.


Y precisamente por eso resultaba interesante.


LA DEFINICIÓN OFICIAL

Según sus estatutos, el Consejo tenía una función sencilla.


«REFLEXIÓN ESTRATÉGICA DE LARGO PLAZO»


Tomé nota.


Porque las expresiones vagas constituyen los mejores escondites del poder.


EL PALACIO

La sede ocupaba un edificio elegante.


No enorme.


No ostentoso.


No especialmente visible.


Una antigua mansión rehabilitada.


Bibliotecas.


Salones.


Despachos.


Jardines.


Nada llamativo.


Nada espectacular.


Nada que atrajera turistas.


Y probablemente por eso mismo resultaba tan eficaz.


EL ENCUENTRO CON UN PORTERO

Como suele ocurrir, la información más interesante apareció donde menos la esperaba.


No en un informe.


No en un archivo.


No en una filtración.


Sino en la portería.


El conserje llevaba allí veintiséis años.


Había visto entrar ministros.


Empresarios.


Periodistas.


Académicos.


Magistrados.


Rectores.


Y algún que otro personaje imposible de clasificar.


—¿Mucha actividad?


Pregunté.


El hombre sonrió.


—Menos de la que parece.


—¿Y más de la que se publica?


Su sonrisa se amplió.


Tomé nota.


Porque aquella respuesta equivalía a una confirmación.


LOS ALMUERZOS

Don Eulogio encontró algo curioso.


Muy curioso.


Durante años el Consejo había organizado almuerzos discretos.


Nada extraordinario.


Invitados selectos.


Pocas personas.


Conversaciones informales.


Intercambio de ideas.


Nada ilegal.


Nada secreto.


Nada oculto.


Y sin embargo.


Los asistentes se repetían.


Una y otra vez.


Los mismos expertos.


Los mismos evaluadores.


Los mismos asesores.


Los mismos responsables institucionales.


Los mismos nombres.


EL ENCUENTRO CON AUGUSTO

Contra todo pronóstico aceptó recibirnos.


Aquello nos sorprendió.


Mucho.


Los hombres poderosos suelen evitar preguntas.


Los verdaderamente poderosos no siempre las temen.


Nos recibió en una biblioteca.


Naturalmente.


Las bibliotecas parecen haberse convertido en escenarios recurrentes de esta historia.


EL HOMBRE

Tenía setenta y tres años.


Cabello blanco.


Traje impecable.


Voz tranquila.


Mirada inteligente.


Y una serenidad que solo poseen dos tipos de personas.


Los santos.


Y quienes saben exactamente dónde están situados dentro del tablero.


LA PRIMERA PREGUNTA

—¿Por qué nos recibe?


Preguntó Ricardo.


Augusto sonrió.


—Porque llevan meses investigando.


—Sí.


—Y aún no han entendido lo principal.


Tomé nota.


Porque aquella frase comenzaba a convertirse en una tradición nacional.


EL ERROR

—Siguen buscando conspiraciones.


Dijo.


—¿Y no existen?


Preguntó Clara.


—A veces.


—Entonces.


Augusto apoyó lentamente las manos sobre la mesa.


—Las sociedades modernas son demasiado complejas para las conspiraciones clásicas.


Guardamos silencio.


Porque aquello resultaba interesante.


Muy interesante.


LA EXPLICACIÓN

—Nadie controla completamente el sistema.


Continuó.


—¿No?


—No.


—Entonces.


—Lo que existe son incentivos compartidos.


Tomé nota inmediatamente.


La palabra volvía a aparecer.


Incentivos.


Siempre los incentivos.


EL JARDÍN

La conversación continuó paseando por los jardines.


Augusto parecía disfrutar.


Como si llevara años esperando aquella discusión.


—Profesor.


Dijo.


—¿Cuál cree que es el principal problema de las democracias modernas?


Reflexioné.


—La corrupción.


Negó.


—No.


—La deuda.


Negó.


—La burocracia.


Negó nuevamente.


Finalmente sonrió.


—La complejidad.


Guardé silencio.


Porque aquella respuesta no era la que esperaba.


LA TEORÍA DE AUGUSTO

—Las sociedades modernas generan más información de la que cualquier persona puede procesar.


Explicó.


—Sí.


—Más problemas de los que cualquier gobierno puede resolver.


—Sí.


—Más decisiones de las que cualquier ciudadano puede seguir.


—Sí.


—Y entonces aparecen intermediarios.


Tomé nota.


Porque aquello empezaba a encajar.


LOS INTERMEDIARIOS

Expertos.


Fundaciones.


Observatorios.


Institutos.


Consejos.


Comités.


Evaluadores.


Consultores.


Analistas.


Todos.


Según Augusto, cumplían una función.


Reducir complejidad.


Traducir información.


Generar marcos de interpretación.


Y ahí comenzaba el problema.


LA FRASE

Entonces dijo algo extraordinario.


Algo que me acompañaría durante mucho tiempo.


—Toda sociedad necesita intermediarios.


Guardamos silencio.


—¿Y el problema?


Preguntó Clara.


Augusto sonrió.


—Que tarde o temprano los intermediarios empiezan a creer que son imprescindibles.


Tomé nota inmediatamente.


Porque acababa de escuchar una de las frases más inteligentes de todo el viaje.


LA DECIMOQUINTA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Toda organización nace para resolver un problema.»

Luego añadí:

«Con el tiempo aprende a resolver principalmente su propio problema: justificar su existencia.»

Y después:

«Toda red humana desarrolla intereses compartidos.»

Finalmente anoté:

«El peligro aparece cuando quienes interpretan la realidad empiezan a confundirse con quienes deben decidirla.»


Cerré la libreta.


Sin embargo algo seguía sin encajar.


Augusto había sido sincero.


Demasiado sincero.


Había explicado el funcionamiento general.


Los incentivos.


Las redes.


Los intermediarios.


La complejidad.


Pero había evitado cuidadosamente una cuestión.


Solo una.


La más importante.


¿Por qué se creó realmente el Ministerio de las Soluciones Definitivas?


Y cuando revisé por enésima vez la pequeña carpeta de Modesto encontré algo que hasta entonces había pasado desapercibido.


Una anotación manuscrita.


Pequeña.


Casi invisible.


Al margen de una página.


Solo cuatro palabras.


«Proyecto Centauro. Fase inicial.»


Permanecí inmóvil.


Porque jamás habíamos oído hablar del Proyecto Centauro.


Y sospechaba que, por primera vez, estábamos acercándonos al verdadero origen de toda la historia.

CAPÍTULO XVII

EL PROYECTO CENTAURO

Donde descubrí que las ideas más ambiciosas suelen comenzar con nombres grandiosos y terminar produciendo consecuencias inesperadas

La anotación ocupaba apenas media línea.


«Proyecto Centauro. Fase inicial.»


Nada más.


Sin explicación.


Sin referencia.


Sin contexto.


Sin firma.


Y precisamente por eso resultaba fascinante.


Las cosas verdaderamente importantes rara vez aparecen destacadas en negrita.


Suelen esconderse en notas marginales.


LA BÚSQUEDA

Durante varios días no encontramos absolutamente nada.


Nada.


Ni informes.


Ni expedientes.


Ni referencias públicas.


Ni menciones presupuestarias.


Ni actas.


Ni notas de prensa.


Ni discursos.


Como si el Proyecto Centauro nunca hubiera existido.


Lo cual, naturalmente, aumentó nuestro interés.


DON EULOGIO SONRÍE

Al cuarto día apareció Don Eulogio.


Sonriendo.


Una señal alarmante.


Porque cuando los funcionarios veteranos sonríen suele significar que han encontrado algo.


O que alguien acaba de cometer un error.


A veces ambas cosas.


—Lo tengo.


Anunció.


—¿Qué tienes?


—No el proyecto.


—¿No?


—Algo mejor.


Tomé nota.


Aquello prometía.


EL PRESUPUESTO

Eulogio desplegó varios documentos.


Antiguos.


Muy antiguos.


Fechados ocho años antes.


Allí aparecía una partida presupuestaria.


Pequeña.


Discreta.


Casi invisible.


«Programa de Integración Estratégica Multisectorial»


—¿Y?


Preguntó Clara.


—Leed el código interno.


Observamos.


Debajo figuraba una referencia.


CEN-01


Guardamos silencio.


Porque empezábamos a acercarnos.


EL ORIGEN

Los documentos revelaban algo interesante.


El Proyecto Centauro no nació en un ministerio.


Ni en un partido.


Ni en una universidad.


Ni en una fundación.


Había surgido en una reunión informal.


Una de aquellas reuniones discretas organizadas por el Consejo Estratégico Nacional.


Los mismos almuerzos.


Los mismos asistentes.


Los mismos nombres.


Siempre los mismos nombres.


LA IDEA

Finalmente encontramos un resumen.


Solo tres páginas.


Tres páginas que explicaban casi todo.


El diagnóstico inicial era sencillo.


Las instituciones funcionaban de forma fragmentada.


Los ministerios no compartían información.


Los organismos se duplicaban.


Los programas se solapaban.


Las políticas se contradecían.


Hasta ahí, nada especialmente discutible.


La crítica era razonable.


Bastante razonable.


Y precisamente ahí residía el peligro.


LA SOLUCIÓN

La propuesta consistía en crear una estructura transversal.


Capaz de coordinar.


Integrar.


Armonizar.


Sincronizar.


Optimizar.


Y otras muchas cosas terminadas en «-izar».


Tomé nota.


Porque las palabras acabadas en «-izar» suelen anunciar aventuras administrativas.


EL CENTAURO

El nombre no era casual.


Un centauro.


Mitad hombre.


Mitad caballo.


Dos naturalezas.


Una sola criatura.


Según los autores del proyecto, el Estado moderno debía convertirse en algo parecido.


Ministerios distintos.


Organismos distintos.


Políticas distintas.


Pero una única dirección estratégica.


Tomé nota.


Porque acabábamos de encontrar la semilla.


EL ENCUENTRO CON AUGUSTO

Solicité una nueva entrevista.


Augusto Horizonte aceptó inmediatamente.


Como si estuviera esperando la pregunta.


—Así que Centauro fue idea suya.


Augusto negó lentamente.


—No exactamente.


—Pero participó.


—Sí.


Guardamos silencio.


—¿Qué era realmente?


Augusto reflexionó.


Durante varios segundos.


Finalmente respondió.


—Un intento de gobernar la complejidad.


Tomé nota.


Porque aquella expresión empezaba a perseguirme.


LA CONFESIÓN

—¿Funcionó?


Pregunté.


Augusto sonrió.


Tristemente.


—Depende.


Naturalmente.


Aquella palabra volvía a aparecer.


—¿Depende de qué?


—De cómo se mida.


Tomé nota.


Porque acabábamos de regresar al reino de los indicadores.


LA EVOLUCIÓN DEL PROYECTO

Augusto explicó entonces lo ocurrido.


La idea original era modesta.


Relativamente modesta.


Mejor coordinación.


Mejor información.


Menos duplicidades.


Más eficiencia.


Nada extraordinario.


Pero entonces ocurrió algo perfectamente humano.


Cada participante añadió una mejora.


Luego otra.


Luego otra más.


Y otra.


Y otra.


Hasta que la coordinación empezó a transformarse en dirección.


La dirección en supervisión.


La supervisión en planificación.


Y la planificación en control.


Tomé nota.


Porque acabábamos de encontrar una ley universal.


EL FENÓMENO

Toda herramienta creada para resolver un problema tiende a expandirse.


Especialmente si funciona.


Y más aún si recibe financiación.


LA FRASE DE AUGUSTO

Entonces dijo algo extraordinario.


—Profesor.


—Sí.


—La mayoría de los errores históricos importantes no nacen de malas ideas.


Guardamos silencio.


—¿No?


—No.


—Entonces.


—Nacen de buenas ideas llevadas demasiado lejos.


Tomé nota inmediatamente.


Porque aquella frase explicaba una parte considerable de la civilización humana.


EL DOCUMENTO PERDIDO

Antes de marcharnos Augusto nos entregó una copia.


Una sola hoja.


La última página del proyecto original.


Allí figuraba una advertencia.


Una advertencia que jamás apareció en ninguna versión posterior.


Decía:


«Toda estructura de coordinación deberá evitar convertirse en un centro permanente de dirección.»


Guardamos silencio.


Largo rato.


Porque aquello lo cambiaba todo.


CLARA COMPRENDE

De regreso a la cafetería, Clara permaneció observando el documento.


Luego levantó la vista.


—Ya lo entiendo.


—¿Qué entiendes?


Preguntó Ricardo.


—El ministerio no es el proyecto.


Tomé nota.


Porque aquella observación era importante.


Muy importante.


—Continúa.


—El ministerio es el resultado.


Guardamos silencio.


Porque tenía razón.


El Proyecto Centauro había sido la semilla.


El Ministerio de las Soluciones Definitivas era el árbol.


Y ahora empezábamos a ver las raíces.


LA DECIMOSEXTA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Las instituciones suelen terminar pareciéndose poco a las intenciones originales de sus fundadores.»

Luego añadí:

«Cada generación añade nuevas funciones.»

Y después:

«Cada problema justifica nuevas competencias.»

Finalmente anoté:

«Las organizaciones complejas rara vez conquistan poder de golpe. Lo acumulan gradualmente, casi siempre convencidas de estar haciendo algo razonable.»


Cerré la libreta.


Pero antes de dormir observé nuevamente la advertencia eliminada.


La frase que había desaparecido de todas las versiones posteriores.


«Evitar convertirse en un centro permanente de dirección.»


Y comprendí algo inquietante.


Tal vez el verdadero escándalo no consistía en que alguien hubiera traicionado el Proyecto Centauro.


Tal vez nadie lo había traicionado.


Tal vez había ocurrido algo mucho más humano.


Algo mucho más frecuente.


Todos habían seguido avanzando en la misma dirección.


Hasta que olvidaron dónde estaba el límite.


Y cuando una sociedad olvida dónde están los límites, suele comenzar una nueva etapa de la historia.


La cuestión era descubrir cuál.

CAPÍTULO XVIII

LA PENDIENTE SUAVE

Donde descubrí que las transformaciones más profundas rara vez llegan en forma de revolución; suelen hacerlo en forma de pequeñas decisiones perfectamente razonables

Durante varios días permanecí obsesionado con una frase.


No era especialmente brillante.


No era especialmente compleja.


Ni siquiera era especialmente original.


Pero poseía una fuerza extraña.


«Evitar convertirse en un centro permanente de dirección.»


La advertencia eliminada.


La frase desaparecida.


La línea que alguien había considerado innecesaria.


O incómoda.


O ambas cosas.


EL ARCHIVO DE LAS VERSIONES

Don Eulogio encontró algo más.


Naturalmente.


Los funcionarios veteranos constituyen una especie de arqueólogos administrativos.


Excavan.


Comparan.


Recuerdan.


Y ocasionalmente encuentran fósiles políticos extraordinariamente interesantes.


Esta vez apareció una colección completa de borradores.


Versiones sucesivas.


Año tras año.


Reforma tras reforma.


Modificación tras modificación.


Y allí estaba la historia.


Toda la historia.


LA EVOLUCIÓN

La primera versión contenía diecisiete páginas.


La segunda, veintidós.


La tercera, treinta y una.


La cuarta, cuarenta y ocho.


La quinta, sesenta y tres.


Y así sucesivamente.


Cada nueva edición añadía algo.


Nunca eliminaba casi nada.


Siempre sumaba.


Nuevas competencias.


Nuevos departamentos.


Nuevos mecanismos.


Nuevas funciones.


Nuevas estructuras.


Tomé nota.


Porque acababa de encontrar la biografía natural de casi todas las burocracias.


EL FENÓMENO DEL «YA QUE»

Clara fue quien lo explicó mejor.


—Todo empezó igual.


Dijo.


—¿Cómo?


—Con un «ya que».


Tomé nota.


Porque aquello sonaba prometedor.


—Explícate.


Clara señaló los documentos.


—Ya que coordinamos información, podríamos coordinar evaluaciones.


—Sí.


—Ya que coordinamos evaluaciones, podríamos coordinar estrategias.


—Sí.


—Ya que coordinamos estrategias, podríamos coordinar prioridades.


—Sí.


—Ya que coordinamos prioridades, podríamos coordinar recursos.


Guardamos silencio.


Porque acabábamos de contemplar una pendiente completa.


EL PRINCIPIO DE LA ACUMULACIÓN

Anselmo tomó entonces una servilleta.


Naturalmente.


Las servilletas estaban convirtiéndose en la verdadera universidad de Absurdistán.


Dibujó una línea.


Muy suave.


Casi horizontal.


—¿Qué es esto?


Pregunté.


—Una pendiente.


—Parece plana.


—Exactamente.


Tomé nota.


Porque comenzaba a comprender.


LA PENDIENTE

—Nadie desciende por un precipicio voluntariamente.


Explicó.


—Sí.


—Pero mucha gente camina por una pendiente suave.


—Sí.


—Porque cada paso parece razonable.


—Sí.


—Y cuando miran atrás ya no recuerdan dónde empezó el descenso.


Guardamos silencio.


Porque aquella explicación servía para mucho más que para el Proyecto Centauro.


EL ENCUENTRO CON AUGUSTO

Volví a visitar a Augusto Horizonte.


Esta vez parecía más cansado.


Más humano.


Menos distante.


Como si también él estuviera revisando viejas decisiones.


—¿Se arrepiente?


Pregunté.


Augusto reflexionó.


Mucho.


Finalmente respondió.


—No exactamente.


Tomé nota.


Porque la palabra exactamente estaba trabajando tanto como contexto.


—Entonces.


—Me arrepiento de no haber imaginado ciertas consecuencias.


Guardamos silencio.


Porque aquella respuesta era mucho más interesante que una confesión.


LA CEGUERA

—Los seres humanos.


Continuó Augusto.


—Son excelentes detectando errores ajenos.


—Sí.


—Y sorprendentemente malos detectando las consecuencias de sus propias buenas ideas.


Tomé nota inmediatamente.


Porque aquella frase merecía una placa de bronce.


EL INFORME DEFINITIVO

Mientras tanto la auditoría avanzaba.


Y sus conclusiones empezaban a resultar incómodas.


Muy incómodas.


No porque descubriera delitos.


No porque descubriera corrupción masiva.


No porque descubriera conspiraciones.


Sino porque descubría algo peor.


Ineficacia.


La corrupción indigna.


La ineficacia desconcierta.


LOS RESULTADOS

El informe final contenía una tabla extraordinaria.


Una tabla sencilla.


Casi infantil.


En una columna:

OBJETIVOS


En la otra:

RESULTADOS


La comparación resultaba devastadora.


Muchos objetivos.


Muchísima actividad.


Miles de páginas.


Miles de reuniones.


Miles de recomendaciones.


Y resultados difíciles de demostrar.


Tomé nota.


Porque las tablas simples suelen ser mucho más peligrosas que los discursos complejos.


DOÑA CONSUELO LEE EL INFORME

Aquella fue probablemente la escena más sorprendente de toda la historia.


Consuelo Narrativa leyó el informe completo.


Entero.


Sin protestar.


Sin interrumpir.


Sin responder.


Sin contextualizar.


Sin administrar expectativas.


Solo leyó.


Cuando terminó permaneció varios minutos en silencio.


Finalmente dijo algo inesperado.


—Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a gestionar percepciones.


Guardamos silencio.


Porque aquella frase procedía de la última persona que esperábamos escucharla.


JULIANA FILOSOFA

Aquella noche regresamos a la cafetería.


Como siempre.


Las historias importantes terminaban allí.


Como las antiguas tragedias griegas.


Solo que con mejor café.


Juliana escuchó pacientemente los acontecimientos.


Luego limpió una taza.


Naturalmente.


Y finalmente dijo:


—La cosa es bastante sencilla.


Tomé asiento.


Aquello prometía sabiduría.


—¿Sí?


—Sí.


—Explícanosla.


La mujer señaló una silla.


—¿Qué ocurre si pongo una silla aquí?


—Nada.


—¿Y otra?


—Nada.


—¿Y otra más?


—Nada.


—¿Y veinte?


Guardamos silencio.


Juliana sonrió.


—Exactamente.


Tomé nota.


Porque acababa de resumir toda la historia del Ministerio de las Soluciones Definitivas.


LA DECIMOSÉPTIMA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«Los cambios importantes rara vez aparecen de golpe.»

Luego añadí:

«Suelen llegar en pequeñas dosis perfectamente razonables.»

Y después:

«Cada paso aislado parece insignificante.»

Finalmente anoté:

«El problema aparece cuando nadie observa la dirección general del camino.»


Cerré la libreta.


Y entonces ocurrió algo inesperado.


Por primera vez desde el comienzo de la investigación apareció una pregunta nueva.


No una pregunta sobre documentos.


Ni sobre informes.


Ni sobre subvenciones.


Ni sobre redes.


Una pregunta mucho más profunda.


Si el Ministerio de las Soluciones Definitivas era el resultado natural de una pendiente suave…


Si nadie había diseñado exactamente aquello…


Si casi todos actuaban convencidos de estar haciendo algo razonable…


Entonces la cuestión verdaderamente importante no era cómo había surgido.


La cuestión era otra.


¿Cómo podría corregirse sin repetir exactamente el mismo error?


Y sospechaba que la respuesta nos obligaría a enfrentarnos a algo mucho más incómodo que cualquier documento filtrado.


La naturaleza humana.

CAPÍTULO XIX

EL PROBLEMA NO ERA EL MINISTERIO

Donde descubrí que resulta mucho más fácil criticar una institución que comprender por qué apareció

Durante años había escuchado la misma historia.

Con distintos nombres.

Con distintos protagonistas.

Con distintos escenarios.

Pero siempre la misma historia.


Un organismo crece.


Una administración se expande.


Una burocracia acumula funciones.


Un sistema se vuelve complejo.


Y entonces alguien pregunta:


¿Quién tiene la culpa?


Es una pregunta natural.


Humana.


Comprensible.


Y casi siempre insuficiente.


LA GRAN TENTACIÓN

Tras la publicación de la auditoría comenzaron las reacciones.


Los periódicos pedían dimisiones.


Los partidos exigían responsabilidades.


Los comentaristas reclamaban reformas.


Los expertos convocaban congresos para analizar las consecuencias de los congresos anteriores.


Nada nuevo bajo el sol.


Pero algo me inquietaba.


Profundamente.


Porque observaba una curiosa unanimidad.


Todos parecían convencidos de que el problema era el ministerio.


Y sospechaba que se equivocaban.


EL ENCUENTRO CON DON AUGUSTO

Volví a visitar a Augusto Horizonte.


Probablemente por última vez.


Lo encontré en el jardín.


Leyendo.


Siempre leyendo.


Los hombres verdaderamente poderosos suelen leer mucho más de lo que hablan.


Y bastante más de lo que aparecen en televisión.


—Profesor.


—Augusto.


—Viene con una pregunta.


Tomé asiento.


—Sí.


—Lo suponía.


LA PREGUNTA

Permanecimos unos segundos en silencio.


Finalmente pregunté:


—¿Qué habría ocurrido si el Proyecto Centauro nunca hubiera existido?


Augusto cerró el libro.


Sonrió.


Y respondió algo inesperado.


—Habría aparecido otro.


Tomé nota inmediatamente.


Porque aquella respuesta era importante.


Muy importante.


EL VACÍO

—¿Por qué?


Pregunté.


Augusto señaló la ciudad.


—Porque los problemas que intentaba resolver eran reales.


—Sí.


—La fragmentación era real.


—Sí.


—Las duplicidades eran reales.


—Sí.


—La falta de coordinación era real.


—Sí.


—La complejidad era real.


Guardamos silencio.


Porque tenía razón.


LA LEY DEL VACÍO INSTITUCIONAL

—Los vacíos.


Continuó.


—No permanecen vacíos mucho tiempo.


Tomé nota.


Porque aquella frase poseía una resonancia histórica extraordinaria.


—¿Qué quiere decir?


—Que cuando existe una necesidad persistente alguien intenta cubrirla.


—Sí.


—Y si una solución fracasa aparece otra.


—Sí.


—Y luego otra.


—Sí.


—Y otra más.


Tomé nota.


Porque aquello explicaba mucho más que el Ministerio de las Soluciones Definitivas.


LA NATURALEZA HUMANA REGRESA

Aquella noche hablé con Clara.


Largamente.


Durante horas.


Sin informes.


Sin estadísticas.


Sin gráficos.


Solo ideas.


—¿Sabes cuál es el verdadero problema?


Preguntó.


—No.


—Que todos buscan una solución perfecta.


Guardé silencio.


Porque sospechaba que estaba acercándose a algo importante.


—Continúa.


—Los partidarios del ministerio creen que puede resolverlo todo.


—Sí.


—Sus críticos creen que basta con eliminarlo.


—Sí.


—Y probablemente ambos se equivocan.


Tomé nota.


Porque la observación resultaba incómoda.


Y las observaciones incómodas suelen ser las más valiosas.


EL VIEJO BARBERO

A la semana siguiente fui a cortarme el pelo.


Necesitaba pensar.


Y los barberos constituyen excelentes filósofos involuntarios.


—¿Cómo va el mundo?


Pregunté.


El hombre sonrió.


—Como siempre.


—¿Y cómo es eso?


—Lleno de gente convencida de que conoce soluciones sencillas para problemas complicados.


Tomé nota inmediatamente.


Porque acababa de escuchar una definición bastante aceptable de la política moderna.


LA CONVERSACIÓN CON JULIANA

Aquella noche regresé a la cafetería.


Como siempre.


Las historias importantes terminan donde comenzaron.


Juliana limpiaba tazas.


Naturalmente.


Era imposible imaginarla haciendo otra cosa.


—Tengo una duda.


Le dije.


—Milagro.


Respondió.


—Normalmente tienes demasiadas.


Tomé asiento.


—¿Qué hacemos entonces?


—¿Con qué?


—Con todo esto.


Juliana reflexionó.


Muy lentamente.


Luego respondió.


—Quizá la pregunta está mal formulada.


Tomé nota.


Porque aquello empezaba a convertirse en una costumbre nacional.


LA RESPUESTA

—No se trata de encontrar instituciones perfectas.


Dijo.


—¿No?


—No.


—Entonces.


—Se trata de impedir que las imperfectas se vuelvan demasiado poderosas.


Guardé silencio.


Porque aquella frase poseía una elegancia demoledora.


LA DECIMOCTAVA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«La cuestión fundamental no consiste en encontrar gobernantes perfectos.»

Luego añadí:

«Ni funcionarios perfectos.»

Y después:

«Ni expertos perfectos.»

Finalmente anoté:

«La cuestión consiste en diseñar instituciones que sigan siendo soportables cuando las dirigen seres humanos normales.»


Cerré la libreta.


Y entonces comprendí algo.


Algo que había estado delante de mis ojos desde el principio.


La historia del Ministerio de las Soluciones Definitivas no era realmente una historia sobre ministerios.


Ni sobre expertos.


Ni sobre observatorios.


Ni sobre informes.


Era una historia mucho más antigua.


Tan antigua como la civilización.


La historia eterna de los seres humanos intentando organizar el mundo.


Y descubriendo una y otra vez que organizar el mundo resulta mucho más sencillo que comprenderlo.


Sin embargo aún quedaba una última pieza.


La más importante.


La única que realmente interesaba.


Después de meses de investigación.


Después de miles de páginas.


Después de auditorías.


Filtraciones.


Informes.


Comisiones.


Y observatorios.


Quedaba una pregunta final.


Una pregunta sencilla.


Terriblemente sencilla.


¿Qué había aprendido realmente el profesor jubilado, sociólogo accidental y cronista involuntario de Absurdistán?


Y sospechaba que responderla exigiría el capítulo más difícil de todos.


Porque ya no trataría sobre ellos.


Tendría que tratar sobre nosotros.

CAPÍTULO XX

EL ESPEJO DE ABSURDISTÁN

Donde el profesor jubilado descubrió que la sátira resulta mucho más divertida cuando se refiere a otros, y mucho más útil cuando termina refiriéndose a uno mismo

Durante meses había recorrido Absurdistán.


Había visitado ministerios.


Observatorios.


Fundaciones.


Institutos.


Consejos estratégicos.


Comisiones.


Subcomisiones.


Y organismos cuya función exacta seguía sin comprender completamente.


Había conocido a Don Perfecto Proyectez.


A Prudencio Ajustes.


A Consuelo Narrativa.


A Augusto Horizonte.


A Modesto Enlace.


Y a toda una fauna administrativa extraordinariamente interesante.


Había tomado miles de notas.


Escuchado cientos de conversaciones.


Leído montañas de documentos.


Y sin embargo.


A medida que la investigación se acercaba a su final, una sospecha comenzaba a perseguirme.


Una sospecha incómoda.


Profundamente incómoda.


EL ERROR DEL SATÍRICO

Toda sátira contiene una tentación.


Una tentación enorme.


Casi irresistible.


Consiste en reírse de los demás.


Siempre de los demás.


Exclusivamente de los demás.


Los burócratas.


Los políticos.


Los expertos.


Los periodistas.


Los jueces.


Los profesores.


Los activistas.


Los empresarios.


Los funcionarios.


Siempre los otros.


Nunca nosotros.


Y precisamente ahí suele comenzar el autoengaño.


LA PREGUNTA DE JULIANA

Como casi siempre ocurrió en la cafetería.


Las preguntas importantes terminaban apareciendo allí.


Aquella tarde Juliana estaba especialmente callada.


Lo cual resultaba sospechoso.


Muy sospechoso.


Finalmente habló.


—Profesor.


—Sí.


—Después de todo este tiempo.


—Sí.


—¿Ya sabe quiénes son los culpables?


Tomé asiento.


Porque aquella pregunta encerraba una trampa.


Una magnífica trampa.


—No exactamente.


Juliana sonrió.


—Bien.


Tomé nota.


Porque aquella respuesta me sorprendió.


EL ESPEJO

—¿Por qué bien?


Pregunté.


Juliana terminó de secar una taza.


Como siempre.


Y respondió:


—Porque si hubieras encontrado un culpable ya habrías dejado de pensar.


Guardé silencio.


Porque acababa de escuchar una de las frases más inteligentes de todo el viaje.


EL ENCUENTRO CON ANSELMO

Esa misma noche busqué al viejo estadístico.


Lo encontré rodeado de papeles.


Naturalmente.


Los estadísticos envejecen rodeados de papeles como los marineros envejecen rodeados de mapas.


—Tengo una duda.


Le dije.


—Solo una.


Respondió.


Tomé nota.


Porque el sarcasmo constituye una forma elegante de afecto.


—¿Qué hemos aprendido realmente?


Anselmo permaneció varios segundos en silencio.


Luego respondió:


—Que los seres humanos odiamos la incertidumbre.


Tomé nota.


Porque aquella respuesta parecía sencilla.


Pero no lo era.


EL MIEDO

—Queremos respuestas.


Continuó.


—Sí.


—Queremos seguridad.


—Sí.


—Queremos previsibilidad.


—Sí.


—Queremos orden.


—Sí.


—Y cuando no podemos obtenerlos inventamos mecanismos que nos permitan sentir que los tenemos.


Guardé silencio.


Porque acababa de encontrar el verdadero origen de Absurdistán.


No en un ministerio.


No en una fundación.


No en una conspiración.


Sino dentro de nosotros mismos.


LA NECESIDAD DE LOS RELATOS

Días después volví a hablar con Consuelo Narrativa.


Probablemente por última vez.


Su despacho estaba casi vacío.


La auditoría había provocado reformas.


Cambios.


Reorganizaciones.


Nuevos procedimientos.


Naturalmente.


Las burocracias responden a los problemas produciendo burocracia.


Forma parte de su encanto.


—Profesor.


Dijo.


—¿Ha encontrado la verdad?


Tomé asiento.


—No.


—Bien.


Respondió.


Aquello me sorprendió.


—¿Por qué bien?


Consuelo sonrió.


—Porque quien cree haber encontrado la verdad completa suele convertirse en un peligro público.


Tomé nota.


Porque aquella frase merecía sobrevivir a varios gobiernos.


EL VIEJO PROBLEMA

Al salir comprendí algo.


Consuelo no era el problema.


Prudencio no era el problema.


Augusto no era el problema.


Don Perfecto tampoco.


Todos representaban algo.


Algo profundamente humano.


La necesidad de ordenar el caos.


La necesidad de explicar el mundo.


La necesidad de simplificar la complejidad.


La necesidad de sentir que alguien controla el timón.


Aunque el barco navegue entre nieblas.


LA ÚLTIMA CONVERSACIÓN

La última noche nos reunimos todos.


Clara.


Ricardo.


Anselmo.


Don Eulogio.


Juliana.


Y yo.


La vieja mesa de siempre.


Los cafés de siempre.


Las discusiones de siempre.


Y entonces Ricardo formuló la pregunta final.


—Después de todo esto.


—Sí.


—¿Qué harás ahora?


Reflexioné.


Mucho.


Porque la pregunta era difícil.


Muy difícil.


Finalmente respondí.


—Escribir.


Todos sonrieron.


Naturalmente.


LA DECIMONOVENA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí:

«La estupidez existe.»

Luego añadí:

«La corrupción también.»

Y después:

«Pero una parte importante de los problemas humanos surge simplemente porque personas normales intentan resolver problemas complejos con información limitada y capacidades imperfectas.»

Finalmente anoté:

«La humildad intelectual probablemente resuelve menos problemas que las ideologías grandiosas, pero suele crear muchos menos desastres.»


EL VERDADERO DESCUBRIMIENTO

Antes de cerrar la libreta añadí una última nota.


La más importante de todas.


La única que realmente merecía conservarse.


Decía:

«Absurdistán no es un país.

No aparece en los mapas.

No tiene bandera.

No tiene himno.

No tiene fronteras.

Absurdistán es una posibilidad permanente de la condición humana.

Aparece cada vez que confundimos los medios con los fines.

Cada vez que el procedimiento sustituye al propósito.

Cada vez que el relato sustituye a la realidad.

Cada vez que dejamos de hacernos preguntas porque creemos haber encontrado respuestas definitivas.»


Cerré la libreta.


La investigación había terminado.


O quizá no.


Porque al abandonar la cafetería observé algo curioso.


En el tablón de anuncios de la plaza habían colocado un cartel nuevo.


Muy nuevo.


Extraordinariamente nuevo.


Decía:

FORO NACIONAL PARA LA REGENERACIÓN INTEGRAL DE LAS INSTITUCIONES

«Construyendo el futuro desde la participación, la coordinación y la excelencia transformadora»


Debajo aparecía una larga lista de organizadores.


Fundaciones.


Observatorios.


Institutos.


Comisiones.


Consejos.


Expertos.


Y varios nombres que ya conocía perfectamente.


Miré el cartel.


Luego miré al cielo.


Y finalmente sonreí.


Porque comprendí algo fundamental.


La historia de Absurdistán nunca termina.


Simplemente cambia de nombre.

EPÍLOGO

EL MINISTERIO DE LAS SOLUCIONES DEFINITIVAS VUELVE A CABALGAR

O de cómo los seres humanos tropiezan una y otra vez con las mismas piedras, aunque cada generación se esfuerce en pintarlas de colores diferentes

Durante algún tiempo no ocurrió nada.

O al menos nada digno de mención.


Los periódicos dejaron de hablar del Ministerio de las Soluciones Definitivas.


Los comentaristas descubrieron nuevos escándalos.


Los partidos encontraron nuevos adversarios.


Los expertos encontraron nuevos congresos.


Y los ciudadanos regresaron a sus preocupaciones habituales.


Como siempre.


Porque la realidad posee una ventaja decisiva sobre la política.


No puede tomarse vacaciones.


LOS MESES TRANQUILOS

Durante varios meses me dediqué a leer.


A pasear.


A conversar.


A observar.


Y a ejercer esa noble ocupación de los jubilados inteligentes:


Pensar sin cobrar por ello.


Lo cual constituye una actividad profundamente subversiva.


Especialmente en Absurdistán.


EL REGRESO DE RICARDO

Una tarde apareció Ricardo.


Traía periódicos.


Muchos periódicos.


Demasiados periódicos.


Lo cual nunca era buena señal.


Los dejó sobre la mesa.


Y no dijo nada.


Simplemente esperó.


Leí los titulares.


Y sonreí.


Porque ya conocía la historia.


LOS NUEVOS NOMBRES

Las instituciones antiguas desaparecían.


O parecían desaparecer.


Observatorios fusionados.


Fundaciones reorganizadas.


Institutos transformados.


Consejos renovados.


Comisiones refundadas.


Todo parecía nuevo.


Extraordinariamente nuevo.


Y sin embargo.


Los nombres comenzaban a resultarme familiares.


Demasiado familiares.


EL GRAN PROYECTO

El nuevo programa nacional recibía un nombre magnífico.


Como todos los programas nacionales.


INICIATIVA HORIZONTE 2075

«Por una sociedad inteligente, coordinada y adaptativa»


Tomé nota.


Porque las palabras inteligentes, coordinadas y adaptativas estaban realizando exactamente el mismo trabajo que antes habían realizado transformadora, resiliente y sostenible.


Solo que con ropa distinta.


EL ENCUENTRO CON JULIANA

Aquella noche llevé los periódicos a la cafetería.


Juliana los leyó.


Pacientemente.


Como siempre.


Luego levantó la vista.


—¿Y bien?


Pregunté.


La mujer sonrió.


—Han cambiado las cortinas.


Tomé nota.


Porque ya conocía la metáfora.


—¿Solo las cortinas?


—Y algunos muebles.


—¿Nada más?


Juliana señaló el titular principal.


—¿Quién organiza el proyecto?


Observé los nombres.


Y entonces comprendí.


LOS VIEJOS AMIGOS

Allí estaban.


No todos.


Pero muchos.


Los mismos expertos.


Los mismos consultores.


Los mismos evaluadores.


Los mismos coordinadores.


Algunos jubilados.


Otros ascendidos.


Otros reciclados.


Otros reinventados.


Pero esencialmente los mismos.


LA CIRCULACIÓN DE LAS ÉLITES

Anselmo apareció poco después.


Leyó el periódico.


Y sonrió.


—Vilfredo Pareto.


Dijo.


Tomé nota.


Porque sabía adónde quería llegar.


—La circulación de las élites.


Asentí.


—Las personas cambian.


—Sí.


—Las funciones permanecen.


—Sí.


—Los nombres cambian.


—Sí.


—Los incentivos sobreviven.


Tomé nota.


Porque aquella frase explicaba más historia que muchas enciclopedias.


EL JOVEN ENTUSIASTA

Pocos días después conocí a un joven investigador.


Brillante.


Preparado.


Trabajador.


Idealista.


Me recordó a muchas personas que había conocido décadas atrás.


—Profesor.


Me dijo.


—Estamos construyendo algo completamente nuevo.


Sonreí.


No por burla.


Sino por ternura.


Porque yo también había pronunciado frases parecidas.


Muchos años atrás.


LA CONVERSACIÓN

—¿Completamente nuevo?


Pregunté.


—Sí.


—¿Y qué problema resolverá?


El joven comenzó a enumerarlos.


Desigualdad.


Fragmentación.


Desinformación.


Complejidad.


Descoordinación.


Incertidumbre.


Tomé nota.


Porque la lista resultaba extraordinariamente familiar.


EL DESCUBRIMIENTO FINAL

Aquella noche regresé a casa caminando.


Lentamente.


Como caminan los hombres cuando ya no tienen prisa por llegar a ninguna parte.


Y entonces comprendí algo.


Algo que llevaba meses intentando formular.


Absurdistán no existe porque los seres humanos sean estúpidos.


Ni porque sean malvados.


Ni porque sean corruptos.


Aunque a veces también.


Absurdistán existe porque los seres humanos poseen virtudes.


Virtudes auténticas.


Inteligencia.


Creatividad.


Compasión.


Capacidad organizativa.


Deseo de mejorar el mundo.


Y precisamente por eso construyen proyectos.


Instituciones.


Planes.


Reformas.


Programas.


Sistemas.


Y precisamente por eso esos sistemas terminan creciendo.


Complicándose.


Alejándose de sus propósitos iniciales.


Y necesitando nuevas reformas.


Que generan nuevos sistemas.


Que requieren nuevas correcciones.


Y así sucesivamente.


LA VIGÉSIMA LEY DE ABSURDISTÁN

Aquella noche escribí una última ley.


La última.


O eso creí.


Decía:

«La libertad no consiste en eliminar los errores humanos.

Eso es imposible.

La libertad consiste en impedir que los errores humanos adquieran dimensiones demasiado grandes.»


Luego añadí:

«La prudencia es la más subestimada de las virtudes políticas.»


Y finalmente:

«Toda generación cree estar construyendo el futuro.

Con frecuencia está construyendo los problemas que la siguiente generación deberá resolver.»


LA ÚLTIMA PÁGINA

Cerré la libreta.


Definitivamente.


O casi.


Porque al hacerlo cayó al suelo una hoja olvidada.


Una hoja en blanco.


La observé durante varios segundos.


Y escribí una sola frase.


La frase que debía encabezar toda la historia.


La frase que había tardado cientos de páginas en comprender.


Decía:

«El hombre es potencialmente racional, pero nunca definitivamente sabio.»


Después apagué la lámpara.


Y me fui a dormir.


Mientras tanto, en algún despacho de Absurdistán, un grupo de expertos probablemente debatía la creación de un Observatorio Nacional para la Prevención de Consecuencias No Deseadas.


Naturalmente.


Y quizá tenían razón.


Hasta que alguien propusiera coordinarlo.


Y todo volviera a empezar.

FIN… por el momento.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *