(Oda a la prohibición)

CARLOS AURELIO CALDITO ANIÓN

Decían:

Prohibido prohibir.

Qué hermosa consigna.

Qué sonora.

Qué rotunda.

Qué fácil de corear

cuando el poder

lo ejercen otros.

Pero pasaron los años.

Y algunos

de aquellos enemigos

de las prohibiciones

descubrieron

el placer incomparable

de prohibir.

Porque prohibir

es gobernar

sin convencer.

Es mucho más sencillo

firmar un decreto

que ganar un argumento.

Y así,

prohibición

tras prohibición,

España se fue llenando

de normas,

de reglamentos,

de advertencias,

de sanciones,

de inspecciones,

de permisos,

de autorizaciones,

de multas,

de controles.

Cada problema

merecía una ley.

Cada ley

engendraba otra.

Y otra.

Y otra más.

Hasta convertir

el Boletín Oficial

en una interminable

colección

de prohibiciones.

Prohibido esto.

Prohibido aquello.

Prohibido lo de más allá.

No importa

el motivo.

La salud.

El clima.

La igualdad.

La diversidad.

El bienestar animal.

La sostenibilidad.

La seguridad.

La convivencia.

La Agenda.

Europa.

La ciencia.

El interés general.

Siempre aparece

una causa noble

para justificar

una nueva prohibición.

Desde 2018,

el Gobierno

de Pedro Sánchez

ha elevado

la prohibición

a categoría

de arte.

Más de sesenta vetos.

Treinta y cinco

ya vigentes.

Veinticinco

esperando turno.

Y la lista

sigue creciendo.

Prohibido fumar.

Prohibido vapear.

Prohibido anunciar.

Prohibido vender.

Prohibido comprar

según qué cosas.

Prohibido conducir

según qué coches.

Prohibido construir

según qué viviendas.

Prohibido cazar

aquí.

Prohibido pescar

allá.

Prohibido criar

determinadas mascotas.

Prohibido educar

como educaban

tus padres.

Prohibido utilizar

determinadas palabras.

Prohibido hacer

determinados chistes.

Prohibido discrepar

del relato oficial.

Prohibido…

Siempre

prohibido.

Y cuando ya no queda

nada importante

que prohibir,

se inventa

una nueva necesidad,

un nuevo riesgo,

una nueva emergencia,

una nueva cruzada,

para justificar

la siguiente.

Porque prohibir

resulta adictivo.

Cada decreto

pide otro.

Cada reglamento

reclama un hermano.

Cada prohibición

engendra otra.

Y así,

casi sin darnos cuenta,

dejamos de ser

ciudadanos

para convertirnos

en administrados.

Ya no decidimos.

Solicitamos.

Ya no elegimos.

Pedimos permiso.

Ya no somos responsables.

Somos tutelados.

Mientras tanto,

la palabra

libertad

continúa apareciendo

en todos los discursos.

Cada vez

más pronunciada.

Y cada vez

menos practicada.

Porque el poder

tiene una antigua debilidad.

Le cuesta

dejar en paz

a los ciudadanos.

Necesita ordenar.

Regular.

Vigilar.

Corregir.

Sancionar.

Y, sobre todo,

prohibir.

Quizá por eso,

después de más de sesenta prohibiciones,

uno imagina

al presidente

sentado

ante su mesa,

con una taza de café,

un decreto recién firmado,

un sello todavía húmedo,

y una sonrisa

de satisfacción.

Levanta la vista,

coge una hoja en blanco,

mira a sus asesores

y pregunta,

con la ilusión

de un niño

que acaba de descubrir

un juguete nuevo:

¿Qué puedo prohibir mañana?

Se admiten sugerencias.

Y entonces,

como un eco burlón

llegado desde otro tiempo,

vuelven aquellas palabras

que un día

pretendieron resumir

todos los sueños

de libertad:

Prohibido prohibir.

Qué extraño destino

el de algunos eslóganes.

Nacieron

para derribar cadenas.

Y han terminado

sirviendo de prólogo

al mayor catálogo

de prohibiciones

de nuestra historia reciente.

Porque,

a este paso,

ya sólo queda

una prohibición

por aprobar.

La última.

La definitiva.

Prohibido ser libre.

Aunque…

bien pensado…

quizá ya estén

redactando

el anteproyecto de ley.

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