No somos animales racionales. Siento, luego existo…
La racionalidad como conquista, hábito y virtud.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores con prisas
No somos animales racionales, sino potencialmente racionales.
Se suele afirmar que el ser humano es un «animal racional». Sin embargo, la experiencia diaria demuestra lo contrario. Mentimos, nos dejamos arrastrar por el miedo, el orgullo o el deseo, confundimos nuestros prejuicios con la realidad y, con demasiada frecuencia, utilizamos la inteligencia no para descubrir la verdad, sino para justificar aquello que ya hemos decidido creer.
Más exacto sería afirmar que somos seres potencialmente racionales. Poseemos la capacidad de razonar, pero no la ejercemos de forma automática. La racionalidad no es un regalo de la naturaleza, sino una conquista personal.
Aristóteles comprendió que la virtud nace del hábito. Nadie nace justo, prudente o valiente; llegamos a serlo repitiendo actos de justicia, prudencia y valentía hasta convertirlos en una segunda naturaleza. Lo mismo ocurre con la razón. Pensar con rigor, contrastar los hechos, reconocer un error o cambiar de opinión cuando las pruebas lo exigen son hábitos que sólo se adquieren mediante el ejercicio constante.
Santo Tomás de Aquino añadió otra idea igualmente profunda. En latín, «saber» y «sabor» proceden del mismo verbo (sapere). Igual que el paladar puede educarse para apreciar un buen alimento, también la inteligencia puede aprender a disfrutar de la verdad, del razonamiento sólido y del conocimiento bien fundamentado. Existe un auténtico «paladar intelectual». Quien no lo cultiva acaba encontrando más atractivos el eslogan que el argumento, la ocurrencia que la reflexión y la emoción que la verdad.
El mayor enemigo de la razón no suele ser la ignorancia, sino el autoengaño. Como explicó Robert Trivers, tendemos a creer nuestras propias justificaciones porque eso facilita convencer a los demás y protege nuestra autoestima. Dejamos entonces de razonar para empezar a racionalizar: primero decidimos movidos por emociones, intereses o prejuicios, y después fabricamos argumentos que hagan parecer razonable nuestra decisión.
La inteligencia, por sí sola, tampoco garantiza la racionalidad. Una persona brillante puede construir magníficos razonamientos para defender una idea equivocada. La diferencia entre el listo y el sabio consiste en que el primero busca demostrar que siempre tiene razón, mientras que el segundo intenta descubrir cuándo no la tiene.
Por eso la humildad constituye una condición indispensable para pensar. Sólo quien admite la posibilidad de estar equivocado puede aprender, rectificar y acercarse a la verdad. La soberbia cierra la inteligencia; la humildad la mantiene abierta.
La racionalidad no consiste en eliminar las emociones, sino en gobernarlas. Las emociones son indispensables para vivir, pero no deben ocupar el lugar de la razón. Del mismo modo que el timón no sustituye al viento, pero dirige el barco, la razón orienta nuestros impulsos para que no nos arrastren.
En definitiva, la libertad auténtica no consiste en hacer lo que nos apetece, sino en ser capaces de elegir después de haber reflexionado. Cada día decidimos si queremos vivir guiados por el impulso, el capricho y el autoengaño… o por el esfuerzo paciente de pensar con rigor.
No nacemos racionales. Llegamos a serlo.
Y esa conquista nunca termina.
Si tu deseo es profundizar, saber más, sigue leyendo.
No somos animales racionales. Siento, luego existo…

El mayor error sobre la naturaleza humana
«El hombre es un animal racional.»
Pocas afirmaciones han gozado de tanta aceptación y, al mismo tiempo, han sido tan mal entendidas. Repetida durante siglos en escuelas, universidades y tratados de filosofía, ha terminado convirtiéndose en una especie de verdad indiscutible. Sin embargo, basta observar con un mínimo de atención la conducta humana para advertir que esa definición necesita una importante matización.
El ser humano no actúa racionalmente por el mero hecho de pertenecer a la especie humana.
Miente.
Se deja llevar por el miedo.
Confunde sus deseos con la realidad.
Justifica decisiones absurdas.
Se aferra a prejuicios incluso cuando las pruebas los desmienten.
Sacrifica el largo plazo por una satisfacción inmediata.
Y, con frecuencia, prefiere una mentira agradable a una verdad incómoda.
Todo ello no constituye una excepción. Constituye la norma.
Por eso quizá resulte más exacto afirmar que el hombre no es un animal racional, sino potencialmente racional.
La razón no es un órgano que funcione automáticamente, como el corazón o los pulmones. Es una facultad que puede desarrollarse… o atrofiarse; cultivarse… o abandonarse.
Poseemos la capacidad de razonar.
Pero también la capacidad de no hacerlo.
Y, lo que resulta todavía más inquietante, poseemos una extraordinaria habilidad para convencernos de que estamos razonando cuando únicamente estamos justificando aquello que previamente hemos decidido sentir o creer.
Ésa es una de las grandes paradojas de la condición humana.
No sólo somos capaces de engañar a los demás.
Somos, sobre todo, extraordinariamente hábiles para engañarnos a nosotros mismos.
El psicólogo evolutivo Robert Trivers ha estudiado ese fenómeno con profundidad. Su tesis resulta tan incómoda como convincente: el autoengaño constituye una ventaja adaptativa. Si creemos sinceramente nuestras propias justificaciones, nos resulta mucho más fácil persuadir a los demás.
La mentira más eficaz comienza siendo una mentira dirigida contra uno mismo.
Y, una vez instalada, la razón deja de desempeñar la función de juez imparcial para convertirse en el abogado defensor de nuestras emociones, intereses y prejuicios.
Ya no razonamos.
Racionalizamos.
La diferencia es enorme.
Razonar significa partir de los hechos para llegar a una conclusión.
Racionalizar consiste en partir de una conclusión —dictada por el orgullo, el miedo, el deseo, la ideología o la conveniencia— y buscar después los argumentos que la hagan parecer razonable.
No buscamos la verdad.
Buscamos tranquilizar nuestra conciencia.
De ahí que tantas discusiones resulten estériles. Dos personas pueden disponer exactamente de los mismos datos y llegar a conclusiones opuestas porque, en realidad, no están examinando las pruebas: están defendiendo identidades, emociones o intereses previamente adquiridos.
Como advirtió Dale Carnegie hace casi un siglo, las personas no responden primero a la lógica, sino a la emoción.
Sentimos.
Después pensamos.
Y, con demasiada frecuencia, pensamos únicamente para justificar aquello que ya hemos sentido.
Comprender esta realidad no conduce al pesimismo.
Conduce a la responsabilidad.
Porque si la racionalidad no viene garantizada por nuestra naturaleza, habrá que conquistarla mediante la educación, el esfuerzo y el hábito.
Y ahí comienza la verdadera aventura intelectual del ser humano.
Porque nadie nace sabiendo pensar.
Igual que nadie nace sabiendo tocar un violín, hablar un idioma o practicar un oficio.
Pensar bien también se aprende.
Y, como veremos en el siguiente capítulo, Aristóteles descubrió hace más de dos mil trescientos años el secreto de ese aprendizaje: la repetición.
La razón, exactamente igual que la virtud, no nace.
Se ejercita.
La razón también se ejercita
Aristóteles comprendió algo que hoy confirman la psicología y la neurociencia: nadie nace virtuoso.
La virtud no es un don.
Es un hábito.
No nos volvemos justos por conocer la justicia, ni valientes por admirar el valor. Llegamos a serlo practicando una y otra vez actos justos y valientes, hasta que esa manera de actuar acaba formando parte de nuestro carácter.
La repetición moldea a la persona.
Con la razón sucede exactamente lo mismo.
Nadie nace siendo racional.
Nacemos con la capacidad de razonar, pero esa capacidad necesita ejercitarse constantemente. Pensar con rigor, dominar los impulsos, reconocer un error, distinguir un hecho de una opinión o cambiar de criterio cuando aparecen nuevas pruebas son habilidades que sólo se adquieren mediante la práctica.
La racionalidad no es un estado.
Es un entrenamiento.
Cada vez que verificamos una información antes de difundirla, fortalecemos ese hábito.
Cada vez que escuchamos un argumento contrario sin enfurecernos, fortalecemos ese hábito.
Cada vez que decimos «me he equivocado», fortalecemos ese hábito.
La razón funciona como un músculo: cuanto más se ejercita, más fuerte se vuelve; cuanto más se abandona, más se atrofia.
Ése es, quizá, uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.
Vivimos rodeados de información, pero cada vez dedicamos menos tiempo a reflexionar sobre ella. Consumimos titulares en lugar de leer artículos; consignas en lugar de argumentos; emociones en lugar de ideas.
Pensar despacio exige esfuerzo.
Reaccionar impulsivamente resulta mucho más cómodo.
Por eso la racionalidad constituye una conquista diaria.
No basta con poseer inteligencia.
Hay que adquirir la costumbre de utilizarla.
Y las costumbres, como enseñó Aristóteles, se forjan mediante una palabra tan sencilla como exigente:
Repetir.
Educar el gusto por la verdad
Aristóteles explicó que la virtud nace del hábito. Santo Tomás de Aquino dio un paso más y mostró que ese hábito acaba transformando incluso nuestros gustos.
La lengua latina conserva una pista extraordinariamente reveladora.
Las palabras saber y sabor proceden del mismo verbo: sapere.
No se trata de una simple curiosidad etimológica.
Encierra toda una concepción del ser humano.
Del mismo modo que el paladar puede educarse para apreciar un buen aceite, un buen vino o un buen jamón, también la inteligencia puede educarse para reconocer la verdad, disfrutar de un razonamiento sólido y rechazar el error.
Nadie nace con buen gusto gastronómico.
Se aprende.
Nadie nace con buen gusto musical.
Se aprende.
Nadie nace apreciando la buena literatura, el arte o la filosofía.
También se aprende.
Con la razón ocurre exactamente lo mismo.
Existe un auténtico paladar intelectual.
Y, como cualquier otro, puede refinarse… o echarse a perder.
Quien se acostumbra al eslogan termina encontrando aburrido el razonamiento.
Quien vive rodeado de superficialidad acaba considerando pesado el pensamiento profundo.
Quien se alimenta exclusivamente de emociones inmediatas pierde el gusto por la reflexión.
Sucede igual que con la alimentación.
Después de años consumiendo productos ultraprocesados, muchas personas encuentran insípida una comida sencilla y saludable. No porque lo sea, sino porque su paladar ha sido deformado.
Algo parecido ocurre con la inteligencia.
Cuando uno se acostumbra a los titulares escandalosos, a las redes sociales, a la indignación permanente y a las respuestas instantáneas, el pensamiento pausado empieza a parecer incómodo.
Sin embargo, el problema no reside en la verdad.
Reside en que hemos perdido el gusto por ella.
Ésa es una de las tareas fundamentales de toda educación.
No consiste únicamente en transmitir conocimientos.
Consiste, sobre todo, en enseñar a disfrutar de aquello que merece ser conocido.
Porque sólo quien encuentra placer en comprender seguirá aprendiendo durante toda su vida.
Y sólo quien disfruta buscando la verdad será capaz de reconocerla cuando contradiga sus propias creencias.
En eso consiste, quizá, la auténtica sabiduría.
No en saber muchas cosas.
Sino en haber educado el gusto para distinguir lo verdadero de lo falso, lo importante de lo accesorio y lo permanente de lo efímero.
La inteligencia, como el paladar, se educa.
Y lo que no se educa… acaba degenerando.
La mayor victoria del autoengaño
Si la racionalidad exigiera únicamente inteligencia, el problema sería relativamente sencillo.
Pero no es así.
El mayor enemigo de la razón no suele ser la ignorancia.
Es el autoengaño.
Resulta mucho más fácil detectar los errores ajenos que reconocer los propios. Somos jueces implacables cuando examinamos las conductas de los demás y abogados brillantísimos cuando nos toca juzgarnos a nosotros mismos.
Siempre encontramos una explicación.
Una excusa.
Una justificación.
No mentimos porque seamos malas personas.
Mentimos porque nuestra autoestima necesita proteger la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Por eso Robert Trivers sostiene que el autoengaño constituye una de las estrategias más sofisticadas de la evolución. Si llegamos a creer sinceramente nuestras propias justificaciones, resultará mucho más fácil convencer a los demás.
Primero nos engañamos.
Después persuadimos.
Ése explica un fenómeno aparentemente incomprensible: personas inteligentes pueden defender con absoluta sinceridad ideas manifiestamente falsas.
No están fingiendo.
Han llegado a creerlas.
Y cuanto mayor ha sido el esfuerzo invertido en defender una creencia, más difícil resulta abandonarla. Reconocer el error obliga a admitir que hemos perdido tiempo, prestigio, afectos o incluso una parte de nuestra identidad.
Por eso tantas personas prefieren seguir equivocadas antes que reconocer que se equivocaron.
La verdad exige humildad.
El autoengaño sólo exige orgullo.
V. Pensar contra uno mismo
Existe una prueba muy sencilla para medir el grado de racionalidad de una persona.
No consiste en preguntarle qué sabe.
Ni qué títulos posee.
Ni cuántos libros ha leído.
La verdadera pregunta es otra:
¿Cuándo fue la última vez que cambió de opinión porque los hechos la obligaron a hacerlo?
Quien nunca rectifica probablemente no piensa.
Únicamente reafirma.
Pensar significa aceptar la posibilidad de estar equivocado.
Por eso la racionalidad comienza con una frase extraordinariamente humilde:
«Puedo estar equivocado.»
A partir de ese instante aparece el aprendizaje.
Mientras tanto, sólo existe propaganda personal.
Todos llevamos dentro un fiscal y un abogado.
La madurez intelectual consiste en impedir que el abogado silencie al juez.
No es fácil.
Nuestro cerebro busca constantemente confirmar lo que ya cree, evitar la incomodidad de la duda y rodearse de personas que piensen igual.
La razón exige justamente lo contrario.
Buscar argumentos contrarios.
Escuchar con atención.
Aceptar la crítica.
Y tener el valor de modificar las propias convicciones cuando la realidad las desmiente.
Ésa es la verdadera libertad intelectual.
No la libertad para pensar cualquier cosa.
Sino la libertad para abandonar un error cuando la evidencia lo pone de manifiesto.
Ésa es, probablemente, una de las formas más altas de valentía.
Porque vencer a los demás resulta relativamente fácil.
Vencerse a uno mismo constituye una empresa mucho más difícil.
La inteligencia no vacuna contra la estupidez
Existe una creencia muy extendida: cuanto más inteligente es una persona, más racional será su comportamiento.
La realidad demuestra exactamente lo contrario.
La inteligencia no inmuniza contra el error.
En muchas ocasiones lo hace más peligroso.
Una persona muy inteligente dispone de más recursos para construir argumentos brillantes… incluso cuando está defendiendo una idea equivocada.
El ignorante suele quedarse sin razones.
El inteligente puede fabricar razones casi infinitas.
De ahí que algunos de los mayores disparates de la Historia hayan sido elaborados por personas extraordinariamente cultas.
La inteligencia proporciona herramientas.
La racionalidad enseña a utilizarlas.
No son la misma cosa.
Por eso conviene distinguir entre ser listo y ser sabio.
El listo encuentra argumentos para demostrar que siempre tiene razón.
El sabio busca razones para descubrir cuándo no la tiene.
Ésa es una diferencia decisiva.
VII. La humildad: condición indispensable para pensar
Existe una virtud sin la cual todas las demás terminan deteriorándose.
La humildad.
No consiste en pensar poco de uno mismo.
Consiste en no creerse dueño de la verdad.
El soberbio no aprende porque ya cree saberlo todo.
El humilde aprende porque sabe que puede equivocarse.
La ciencia avanza gracias a esa actitud.
También la filosofía.
Y cualquier persona que aspire a comprender mejor el mundo.
La humildad intelectual no debilita las convicciones.
Las fortalece.
Porque las somete continuamente a la prueba de la realidad.
Las ideas que sobreviven a ese examen se vuelven más sólidas.
Las que no sobreviven merecen desaparecer.
No perdemos una verdad cuando corregimos un error.
Ganamos una verdad mejor.
Por eso la duda honesta vale infinitamente más que la certeza arrogante.
VIII. La razón como forma de vida
Pensar racionalmente no consiste únicamente en resolver problemas lógicos.
Es una manera de vivir.
Supone adquirir la costumbre de preguntar antes de afirmar.
De comprobar antes de difundir.
De escuchar antes de responder.
De reflexionar antes de actuar.
Y de reconocer el error antes que inventar una excusa.
Todo ello exige disciplina.
Porque la emoción es inmediata.
La razón necesita tiempo.
La emoción reacciona.
La razón delibera.
La emoción simplifica.
La razón distingue matices.
La emoción busca certezas.
La razón acepta la complejidad.
Por eso la racionalidad nunca estará definitivamente conquistada.
Debe ejercitarse cada día.
Exactamente igual que la honradez, la prudencia o la templanza.
Dejar de practicarla supone comenzar a perderla.
Como cualquier otra virtud.
Y quizá ésa sea la enseñanza común de Aristóteles, Santo Tomás de Aquino y los mejores pensadores contemporáneos.
El ser humano no nace plenamente racional.
Llega a serlo.
Y sólo lo consigue mediante un ejercicio constante de observación, autocrítica, humildad y amor por la verdad.
Porque la razón no es un regalo.
Es una conquista.
Y, como todas las conquistas verdaderamente valiosas, nunca queda asegurada para siempre. Cada generación, y cada individuo, debe volver a alcanzarla mediante el esfuerzo cotidiano de pensar mejor que el día anterior.
IX. La civilización comienza en cada conciencia
Con frecuencia se afirma que la civilización depende de las leyes, de las instituciones o del progreso técnico.
Todo eso es importante.
Pero ninguna sociedad puede mantenerse durante mucho tiempo si sus ciudadanos renuncian a pensar.
Las leyes pueden castigar determinados comportamientos.
No pueden impedir el autoengaño.
Los tribunales pueden sancionar los delitos.
No pueden enseñar a razonar.
Las escuelas pueden transmitir conocimientos.
No pueden obligar a nadie a amar la verdad.
La calidad de una civilización depende, en último término, de la calidad intelectual y moral de las personas que la integran.
Una sociedad en la que predominan ciudadanos capaces de reconocer sus errores, de discutir sin odiar y de rectificar cuando la realidad desmiente sus creencias será una sociedad mucho más libre que otra integrada por individuos incapaces de distinguir entre un deseo y un hecho.
La libertad no consiste únicamente en poder decir lo que uno piensa.
Consiste también en pensar con rigor aquello que uno dice.
Sin esa disciplina, la libertad degenera en ruido, la democracia en demagogia y el debate público en una simple competición de emociones.
Por eso educar la razón constituye una tarea profundamente cívica.
No beneficia sólo al individuo.
Beneficia a toda la comunidad.
X. Una tarea que nunca termina
Nadie alcanza un día la racionalidad para conservarla intacta el resto de su vida.
Cada jornada nos enfrentamos a prejuicios, intereses, miedos, afectos y tentaciones de autojustificación.
Cada jornada debemos elegir.
Podemos reaccionar impulsivamente o detenernos a pensar.
Podemos buscar la verdad o buscar únicamente confirmar nuestras creencias.
Podemos escuchar para comprender… o escuchar únicamente para responder.
Ésa es la auténtica batalla de la inteligencia.
No se libra en las universidades ni en los parlamentos.
Se libra en la conciencia de cada ser humano.
Cada conversación.
Cada lectura.
Cada decisión.
Cada vez que decimos «no lo sé».
Cada vez que rectificamos.
Cada vez que preferimos una verdad incómoda a una mentira tranquilizadora.
Ahí se decide si avanzamos un paso hacia la sabiduría… o retrocedemos un paso hacia la necedad.
No existe una victoria definitiva.
La razón, como la virtud, exige vigilancia permanente.
Quizá por eso los clásicos insistían tanto en la educación del carácter.
Sabían que el conocimiento, por sí solo, no basta.
Es necesario formar también la voluntad.
Porque sólo una voluntad educada es capaz de obligar a la inteligencia a hacer aquello que más le cuesta:
pensar contra sí misma.
Epílogo
Hemos conquistado continentes, descifrado el genoma humano, llegado a la Luna y construido máquinas capaces de realizar millones de operaciones por segundo.
Sin embargo, la conquista más difícil sigue siendo la misma que hace veinticinco siglos preocupaba a Sócrates, Aristóteles y, más tarde, a Santo Tomás de Aquino.
Gobernarnos a nosotros mismos.
La naturaleza nos ha dotado de emociones poderosas, indispensables para sobrevivir y para amar, crear, cooperar y proteger a quienes nos rodean. No debemos combatirlas ni despreciarlas.
Pero tampoco convertirlas en soberanas.
La razón no ha venido al mundo para destruir las emociones, sino para orientarlas.
Del mismo modo que el timón no sustituye al viento, pero permite que el barco llegue a puerto.
Quizá, después de todo, la definición más acertada del ser humano no sea la de «animal racional».
Sería más exacto decir que somos seres capaces de llegar a ser racionales.
Ésa es nuestra grandeza.
Y también nuestra responsabilidad.
Porque cada uno decide, día tras día, si quiere vivir gobernado por el impulso, el capricho y el autoengaño… o por esa paciente y humilde disciplina que llamamos razón.
En ello nos jugamos mucho más que la inteligencia.
Nos jugamos la libertad.