¿DEFENDER A ISRAEL SE HA CONVERTIDO EN UN DELITO?
Carlos Aurelio Caldito Aunión

¿Puede una periodista acabar ante los tribunales por defender a Israel?
¿Puede una opinión política convertirse en motivo de denuncia?
¿Puede una democracia perseguir ideas en lugar de perseguir delitos?
¿Por qué Pilar Rahola ha terminado en el punto de mira de quienes dicen defender la tolerancia, la libertad y los derechos humanos?
¿Por qué tantas personas que se escandalizan ante cualquier forma de discriminación permanecen calladas cuando las víctimas son judías?
¿Por qué las sinagogas necesitan protección policial en numerosas ciudades occidentales?
¿Por qué aumentan las agresiones, amenazas y actos de hostigamiento contra ciudadanos judíos en Europa y América?
¿Por qué la palabra «sionista» se utiliza cada vez con más frecuencia como un insulto?
¿Por qué se exige a Israel un comportamiento que no se exige a ningún otro país del mundo?
¿Por qué los errores de Israel ocupan portadas durante semanas mientras las atrocidades cometidas por Hamás, Hezbollah, los hutíes o el régimen iraní desaparecen rápidamente de los titulares?
¿Por qué nadie pide la desaparición de Rusia, China, Turquía o Marruecos, pero sí se cuestiona constantemente la existencia misma del Estado judío?
¿Por qué un pueblo que representa aproximadamente dos personas de cada mil habitantes del planeta provoca una obsesión política, mediática e ideológica tan extraordinaria?
¿Por qué los judíos fueron expulsados de tantos países a lo largo de la historia?
¿Por qué los persiguieron emperadores, reyes, zares, dictadores y revolucionarios de ideologías completamente opuestas?
¿Por qué después de Auschwitz, de Treblinka, de Sobibor, de Bergen-Belsen y de tantos otros lugares donde Europa mostró su rostro más monstruoso, vuelve a escucharse un lenguaje inquietantemente parecido al de otras épocas?
¿Por qué tantos europeos parecen incapaces de distinguir entre una democracia imperfecta y organizaciones que proclaman abiertamente su voluntad de exterminar a sus enemigos?
¿Por qué tantas personas justifican a quienes utilizan a mujeres y niños como escudos humanos mientras condenan a quienes intentan defenderse?
¿Por qué los medios de información apenas prestan atención a la persecución de los cristianos en Nigeria, a las matanzas en Sudán, a la esclavitud que aún persiste en diversos lugares del mundo o a la represión sistemática que sufren millones de personas bajo regímenes islámicos, pero dedican una atención obsesiva a Israel?
¿Por qué tantas personas que jamás vivirían bajo el régimen de los ayatolás iraníes, de Hamás o de los talibanes terminan actuando como propagandistas involuntarios de esas mismas fuerzas?
¿Por qué quienes dicen combatir el racismo toleran sin dificultad manifestaciones de odio dirigidas contra los judíos?
¿Por qué defender a Israel exige hoy más valentía que defender a muchos de sus enemigos?
¿Y por qué Pilar Rahola se encuentra ahora sentada en el banquillo de los acusados mientras tantos apologistas del terrorismo disfrutan de prestigio académico, político y mediático?
Responder a estas preguntas exige examinar la historia, los hechos y las circunstancias que han conducido hasta este punto.
Porque el asunto ya no afecta únicamente a Pilar Rahola.
Afecta a la libertad de expresión.
Afecta a la verdad.
Y afecta también a la capacidad de Occidente para reconocer a sus amigos, identificar a sus enemigos y comprender la naturaleza de los peligros que tiene delante.
RESUMEN PARA LECTORES CON PRISAS

¿Defender a Israel se ha convertido en un delito?
¿Puede una periodista acabar ante los tribunales por defender a Israel?
La pregunta parece exagerada.
Sin embargo, los acontecimientos recientes obligan a formularla.
La denuncia presentada contra Pilar Rahola y la posterior actuación de la Fiscalía han vuelto a colocar sobre la mesa una cuestión que va mucho más allá de la conocida periodista catalana. Lo que realmente está en discusión no es únicamente la figura de Rahola. Lo que está en discusión es la libertad de expresar determinadas opiniones sin ser convertido automáticamente en sospechoso.
Porque la realidad resulta difícil de ignorar.
Defender a Israel se ha convertido en una actividad cada vez más incómoda en buena parte de Occidente.
Criticar decisiones concretas de gobiernos israelíes es perfectamente legítimo.
Discutir actuaciones militares concretas es perfectamente legítimo.
Cuestionar estrategias políticas es perfectamente legítimo.
Lo que llama la atención es otra cosa.
La facilidad con la que una crítica razonable se transforma en hostilidad sistemática.
Y la facilidad con la que esa hostilidad termina afectando no sólo a Israel, sino también a los judíos.
El acusado permanente
La historia europea ofrece un fenómeno singular.
A lo largo de los siglos, los judíos han sido acusados de casi todo.
Fueron culpables de epidemias.
Fueron culpables de crisis económicas.
Fueron culpables de derrotas militares.
Fueron culpables de revoluciones.
Fueron culpables de conspiraciones imaginarias.
Fueron culpables incluso de problemas completamente contradictorios entre sí.
Cuando eran pobres se les acusaba de ser una carga.
Cuando prosperaban se les acusaba de dominar la economía.
Cuando permanecían unidos se les acusaba de separarse de la sociedad.
Cuando se integraban se les acusaba de infiltrarse en ella.
La lógica importaba poco.
Lo importante era disponer de un culpable.
La consecuencia de esta larga historia es conocida.
Expulsiones.
Pogromos.
Discriminaciones.
Persecuciones.
Y finalmente el Holocausto.
Seis millones de judíos asesinados en el corazón de una Europa que se consideraba culta y civilizada.
Muchos creyeron que aquella tragedia había vacunado definitivamente a Occidente contra el antisemitismo.
Se equivocaban.
El odio cambia de nombre
Hoy casi nadie se declara antisemita.
La palabra produce rechazo.
Pero los prejuicios rara vez desaparecen.
Simplemente cambian de forma.
El judío individual ha sido sustituido muchas veces por el Estado judío.
La acusación permanece.
El objetivo cambia.
Ya no se acusa a los judíos de envenenar pozos.
Ahora se acusa a Israel de ser responsable de todos los males de Oriente Próximo.
Ya no se habla de conspiraciones religiosas.
Ahora se habla de conspiraciones financieras o geopolíticas.
Ya no se señala al vecino judío.
Se señala al Estado judío.
El mecanismo psicológico resulta sorprendentemente parecido.
Israel y el doble rasero
Toda nación puede ser criticada.
Israel también.
Pero la pregunta fundamental sigue siendo la misma.
¿Por qué Israel es juzgado con criterios que rara vez se aplican a otros países?
Nadie cuestiona la existencia de Rusia por la guerra de Ucrania.
Nadie cuestiona la existencia de China por el Tíbet.
Nadie cuestiona la existencia de Turquía por Chipre.
Nadie cuestiona la existencia de Marruecos por el Sáhara.
Sin embargo, el derecho de Israel a existir aparece constantemente sometido a discusión.
Ésta es la diferencia esencial.
No se trata únicamente de criticar un gobierno.
Se trata de cuestionar la legitimidad misma del único Estado judío del mundo.
Los enemigos de Israel
Otro hecho suele desaparecer de numerosos análisis.
Los principales enemigos de Israel no ocultan sus objetivos.
Hamás no oculta sus objetivos.
Hezbollah no oculta sus objetivos.
Los dirigentes iraníes no ocultan sus objetivos.
Hablan abiertamente de destrucción.
Hablan abiertamente de eliminación.
Hablan abiertamente de desaparición.
No se trata de interpretaciones.
Se trata de declaraciones públicas repetidas durante décadas.
Y, sin embargo, una parte importante de la opinión occidental parece incapaz de tomar en serio esas amenazas.
O las minimiza.
O las justifica.
O simplemente las ignora.
La masacre del 7 de octubre
Los ataques del 7 de octubre de 2023 mostraron de forma brutal la naturaleza de este conflicto.
Familias asesinadas.
Ancianos secuestrados.
Mujeres violadas.
Niños ejecutados.
Poblaciones civiles atacadas deliberadamente.
Aquellos hechos provocaron horror en todo el mundo.
Pero el horror duró poco.
Muy poco.
Pronto la atención dejó de centrarse en las víctimas y comenzó a centrarse casi exclusivamente en la respuesta israelí.
La víctima volvió a ocupar el banquillo.
Y los agresores comenzaron a desaparecer de la conversación.
La guerra de las palabras
La batalla contemporánea no se libra únicamente con armas.
También se libra con palabras.
Y algunas palabras poseen una enorme fuerza emocional.
La más poderosa de todas es probablemente genocidio.
Quien consigue imponer esa palabra gana una ventaja inmensa.
Porque transforma inmediatamente al adversario en un monstruo moral.
La dificultad aparece cuando términos tan graves se utilizan sin el rigor necesario.
Las palabras pierden valor cuando se aplican indiscriminadamente.
Y cuando las palabras pierden precisión, también la pierde el pensamiento.
Lo mismo ocurre con expresiones como nazismo, apartheid o colonialismo.
Su utilización abusiva oscurece la realidad en lugar de aclararla.
La historia olvidada
Existe además un episodio histórico que apenas aparece en los debates públicos.
La desaparición de las comunidades judías de los países árabes.
Durante siglos existieron importantes poblaciones judías en Irak, Egipto, Siria, Yemen, Marruecos, Libia y otros lugares.
Hoy prácticamente han desaparecido.
Centenares de miles de personas abandonaron aquellos países durante el siglo XX.
Muchas perdieron viviendas, negocios y propiedades.
Muchas buscaron refugio en Israel.
Y, sin embargo, esta historia apenas ocupa espacio en la memoria colectiva occidental.
¿Por qué existe Israel?
La respuesta resulta sencilla.
Porque millones de judíos llegaron a la conclusión de que necesitaban un lugar donde pudieran defenderse por sí mismos.
El sionismo nació precisamente de esa convicción.
No nació para conquistar el mundo.
No nació para dominar a otros pueblos.
Nació porque generaciones enteras habían aprendido una lección dolorosa.
La seguridad basada exclusivamente en la buena voluntad ajena puede desaparecer de un día para otro.
Auschwitz confirmó de manera brutal esa realidad.
Por eso Israel representa para muchos judíos algo más que un Estado.
Representa una garantía.
Representa un refugio.
Representa una necesidad histórica.
Occidente frente a sí mismo
La cuestión final no afecta únicamente a Israel.
Afecta también a Occidente.
Porque el debate alrededor de Israel refleja una crisis más profunda.
La dificultad creciente para distinguir entre democracias imperfectas y movimientos abiertamente totalitarios.
La tendencia a juzgar con extrema severidad a quienes comparten muchos de nuestros principios mientras se muestran sorprendentes indulgencias hacia quienes los rechazan.
La incapacidad para reconocer amenazas evidentes.
Y la pérdida progresiva de confianza en los valores que hicieron posible las sociedades libres.
Pilar Rahola

En este contexto aparece Pilar Rahola.
No porque sea la única persona que defiende a Israel.
Ni porque posea siempre razón.
Ni porque sus opiniones estén por encima de toda crítica.
Su importancia reside en otra cuestión.
Se ha negado a guardar silencio.
Ha formulado preguntas incómodas.
Ha señalado contradicciones.
Ha cuestionado relatos dominantes.
Y por ello se ha convertido en una figura controvertida.
Su caso constituye un recordatorio de que la libertad de expresión no se pone a prueba cuando protegemos las opiniones que nos agradan.
Se pone a prueba cuando protegemos aquellas con las que discrepamos.
La pregunta final
Después de todo lo expuesto, la cuestión sigue abierta.
¿Defender a Israel se ha convertido en un delito?
Probablemente todavía no.
Pero en algunos ambientes comienza a parecer una actividad sospechosa.
Y eso debería preocupar incluso a quienes discrepan profundamente de Israel o de Pilar Rahola.
Porque una sociedad libre no se caracteriza por la ausencia de conflictos.
Se caracteriza por la posibilidad de discutirlos.
Sin denuncias destinadas a silenciar.
Sin campañas destinadas a intimidar.
Sin intentos de convertir opiniones políticas en faltas morales o jurídicas.
La historia enseña que la libertad rara vez desaparece de golpe.
Normalmente se erosiona poco a poco.
Primero se señala.
Después se margina.
Más tarde se silencia.
Y finalmente se castiga.
Por eso el caso de Pilar Rahola merece atención.
Porque no trata únicamente de Pilar Rahola.
Tampoco trata únicamente de Israel.
Trata de la libertad.
Y de la capacidad de nuestras sociedades para seguir siendo dignas de ese nombre.
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¿POR QUÉ LOS JUDÍOS SIEMPRE APARECEN EN EL BANQUILLO?

Antes de hablar de Pilar Rahola conviene responder a una pregunta mucho más antigua.
¿Por qué los judíos aparecen una y otra vez en el banquillo de los acusados de la Historia?
Porque eso es exactamente lo que ocurre.
Cambian los siglos.
Cambian las lenguas.
Cambian los gobiernos.
Cambian las religiones dominantes.
Cambian las ideologías.
Pero el acusado suele ser el mismo.
Resulta difícil encontrar otro pueblo que haya sido perseguido, expulsado, despojado, calumniado y asesinado por regímenes tan diferentes entre sí.
Los persiguieron emperadores romanos.
Los expulsaron monarcas cristianos.
Los encerraron en barrios separados.
Los masacraron zares ortodoxos.
Los odiaron revolucionarios socialistas.
Los exterminaron los nacionalsocialistas.
Y, sin embargo, todos afirmaban tener razones distintas.
Unos los acusaban de rechazar a Cristo.
Otros de ser demasiado religiosos.
Otros de ser demasiado ricos.
Otros de ser demasiado pobres.
Otros de ser capitalistas.
Otros de ser revolucionarios.
Otros de no integrarse.
Otros de integrarse demasiado.
La lógica nunca fue el punto fuerte del antisemitismo.
Lo importante no era la coherencia.
Lo importante era disponer de un culpable.
Cuando una sociedad atraviesa una crisis, muchos prefieren buscar un responsable visible antes que enfrentarse a las causas reales de sus problemas.
Resulta más fácil señalar a un grupo humano que analizar los propios errores.
La Historia europea ofrece innumerables ejemplos.
Durante la peste negra se acusó a los judíos de envenenar pozos.
Durante las crisis económicas se les acusó de controlar el dinero.
Durante las revoluciones se les acusó de promover el desorden.
Durante los periodos de estabilidad se les acusó de controlar el sistema.
Siempre culpables.
Siempre sospechosos.
Siempre diferentes.
Y cuando las acusaciones dejan de bastar, llegan las expulsiones.
Una historia de expulsiones
Inglaterra expulsó a los judíos en 1290.
Francia lo hizo en varias ocasiones.
Numerosos principados alemanes siguieron el mismo camino.
España los expulsó en 1492.
Portugal poco después.
En Europa oriental se sucedieron las persecuciones.
En Rusia llegaron los pogromos.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX millones de judíos abandonaron Europa oriental huyendo de la violencia.
Mucho antes de Hitler, mucho antes del Tercer Reich y mucho antes de Auschwitz, la vida de los judíos ya estaba marcada por la inseguridad.
A menudo se presenta el Holocausto como una especie de accidente monstruoso surgido de la nada.
No fue así.
Fue el desenlace extremo de una larga tradición de odio acumulado durante siglos.
Hitler no inventó el antisemitismo.
Lo aprovechó.
Lo alimentó.
Lo convirtió en política de Estado.
Y lo llevó hasta sus últimas consecuencias.
Europa contempló entonces uno de los mayores crímenes de la Historia.
Seis millones de judíos asesinados.
Niños.
Mujeres.
Ancianos.
Trabajadores.
Intelectuales.
Creyentes.
Ateos.
Pobres.
Ricos.
No importaba.
Bastaba con ser judío.
¿Aprendió Europa la lección?
Ésa es precisamente la cuestión.
Después de 1945 muchos creyeron que sí.
Se construyeron monumentos.
Se organizaron congresos.
Se escribieron libros.
Se pronunciaron discursos.
Se prometió que jamás volvería a ocurrir.
Pero las palabras son fáciles.
Los hechos resultan más difíciles.
Hoy nadie se atreve a proclamar abiertamente que odia a los judíos.
La experiencia histórica ha convertido esa posición en algo vergonzoso.
Sin embargo, los prejuicios rara vez desaparecen.
Simplemente adoptan formas nuevas.
La enfermedad cambia de nombre.
El enfermo continúa siendo el mismo.
Ya no se habla de conspiraciones religiosas.
Ahora se habla de conspiraciones financieras.
Ya no se acusa a los judíos de matar niños cristianos.
Ahora se acusa a Israel de ser la fuente principal de la inestabilidad mundial.
Ya no se culpa al judío individual.
Ahora se culpa al judío colectivo representado por el Estado de Israel.
La transformación es evidente.
La estructura mental también.
El doble rasero
Existe además un fenómeno especialmente llamativo.
Israel es juzgado mediante criterios que raramente se aplican a otros países.
Ninguna nación es perfecta.
Todas cometen errores.
Todas toman decisiones discutibles.
Todas poseen episodios oscuros en su historia.
Sin excepción.
Sin embargo, cuando se habla de Israel desaparece con frecuencia la proporción.
Las guerras de Siria han provocado centenares de miles de muertos.
Las matanzas en Sudán apenas ocupan espacio en los medios de información occidentales.
La persecución de cristianos en Nigeria causa miles de víctimas cada año.
La represión en Irán continúa siendo brutal.
La situación de las mujeres en Afganistán constituye una auténtica tragedia.
Sin embargo, ninguna de estas cuestiones genera una movilización comparable a la que provoca Israel.
¿Por qué?
¿Por qué el único Estado judío del mundo se encuentra sometido a un escrutinio infinitamente superior al que soportan otros países?
¿Por qué cada acción israelí se examina con una lupa gigantesca mientras atrocidades mucho mayores reciben una atención mucho menor?
La pregunta merece una respuesta.
Y la respuesta no resulta cómoda.
Porque obliga a admitir que el viejo prejuicio sigue vivo.
No siempre.
No en todas partes.
No en todas las personas.
Pero sigue vivo.
Del judío individual al judío colectivo
Durante siglos se acusó al judío como individuo.
Hoy se acusa principalmente al Estado judío.
Ésta es la gran diferencia.
Israel se ha convertido en una especie de sustituto simbólico.
Muchos de los sentimientos que antes se dirigían contra los judíos como comunidad religiosa o cultural se proyectan ahora sobre el único Estado donde los judíos constituyen mayoría.
No se trata de negar la legitimidad de las críticas a Israel.
Toda nación debe poder ser criticada.
Todo gobierno debe poder ser cuestionado.
Toda decisión política debe poder discutirse.
El problema surge cuando Israel deja de ser tratado como una nación normal y se convierte en una excepción permanente.
Cuando el derecho a existir de otros Estados se considera evidente pero el de Israel se pone constantemente en duda.
Cuando se exige a los israelíes una conducta perfecta mientras se excusan o minimizan los crímenes de quienes proclaman abiertamente su voluntad de destruirlos.
Cuando la culpa precede al juicio.
Cuando la condena precede a las pruebas.
Cuando el acusado ya está señalado antes de comenzar el proceso.
Y precisamente ahí aparece el caso de Pilar Rahola.
Porque la periodista catalana ha dedicado buena parte de su vida pública a denunciar esta situación.
Ha señalado contradicciones que muchos prefieren ignorar.
Ha formulado preguntas incómodas.
Y ha defendido posiciones que la convierten automáticamente en sospechosa para determinados sectores.
Por eso no resulta posible comprender lo que le está ocurriendo sin comprender primero la larga historia que lo precede.
Porque Pilar Rahola no se encuentra sola en el banquillo.
Junto a ella comparecen muchas otras personas cuyo verdadero delito consiste en negarse a repetir las consignas dominantes.
Y detrás de todas ellas aparece una pregunta aún más inquietante.
¿Por qué Israel parece cada vez más solo?
¿POR QUÉ ISRAEL ESTÁ TAN SOLO?

¿Está realmente solo Israel?
La pregunta parece exagerada.
Israel posee una economía dinámica.
Dispone de unas fuerzas armadas eficaces.
Mantiene relaciones diplomáticas con numerosos países.
Cuenta con importantes aliados internacionales.
Sin embargo, la cuestión no se refiere únicamente a la diplomacia o al poder militar.
Se refiere a algo más profundo.
Se refiere al juicio moral al que está siendo sometido.
Y en ese terreno resulta difícil negar una realidad evidente.
Israel ocupa hoy una posición singular.
Ninguna otra democracia occidental recibe una condena tan constante.
Ninguna otra nación se encuentra sometida a semejante vigilancia moral.
Ningún otro país ve cuestionado de forma tan frecuente su propio derecho a existir.
Por eso la pregunta sigue siendo pertinente.
¿Por qué Israel está tan solo?
Una nación rodeada de enemigos declarados
Conviene comenzar por un hecho elemental.
Los enemigos de Israel no ocultan sus propósitos.
No se trata de interpretaciones.
No se trata de conjeturas.
No se trata de especulaciones.
Lo afirman ellos mismos.
Hamás lo afirma.
Hezbollah lo afirma.
Los dirigentes iraníes lo afirman.
Diversas organizaciones armadas repartidas por Oriente Próximo lo afirman.
Su objetivo declarado consiste en la desaparición del Estado de Israel.
No en una modificación de fronteras.
No en un cambio de gobierno.
No en una negociación política.
La desaparición.
La destrucción.
La eliminación.
Cualquier análisis serio debe partir de esta realidad.
Y, sin embargo, una parte importante de la opinión occidental parece ignorarla.
O minimizarla.
O justificarla.
O simplemente fingir que no existe.
Imaginemos por un instante que una organización armada situada junto a Francia proclamara diariamente su intención de destruir Francia.
Imaginemos que lanzara miles de cohetes contra ciudades francesas.
Imaginemos que secuestrara civiles franceses.
Imaginemos que asesinara familias enteras.
La reacción europea sería inmediata.
Pero cuando la víctima es Israel, las cosas cambian.
De repente aparecen explicaciones.
Matices.
Excusas.
Justificaciones.
Comprensiones.
Contextos.
Circunstancias atenuantes.
La condena deja paso a la comprensión.
Y la víctima comienza a convertirse en sospechosa.
La masacre del 7 de octubre
Los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 marcaron un antes y un después.
Las imágenes recorrieron el mundo.
Familias enteras asesinadas.
Niños ejecutados.
Mujeres violadas.
Ancianos secuestrados.
Jóvenes masacrados durante un festival de música.
Poblaciones civiles atacadas deliberadamente.
No se trató de daños colaterales.
No se trató de errores.
No se trató de víctimas accidentales.
Los civiles constituían el objetivo.
Precisamente por eso el ataque produjo una conmoción tan profunda.
Pero aquella conmoción duró poco.
Sorprendentemente poco.
Apenas transcurridos unos días comenzó a producirse un fenómeno llamativo.
La atención dejó de centrarse en los asesinados.
La atención dejó de centrarse en los secuestrados.
La atención dejó de centrarse en los agresores.
La atención pasó a centrarse casi exclusivamente en la respuesta israelí.
La víctima volvió a ocupar el banquillo.
Y el verdugo comenzó a desaparecer del relato.
El extraño tribunal de la opinión pública
Israel parece enfrentarse a un tribunal singular.
Un tribunal que exige perfección absoluta.
Un tribunal que no admite circunstancias excepcionales.
Un tribunal que juzga con criterios distintos según quién ocupe el banquillo.
A Israel se le exige evitar víctimas civiles incluso cuando combate contra organizaciones que utilizan deliberadamente a los civiles como escudos.
A Israel se le exige una conducta impecable en situaciones donde ninguna otra nación actuaría de manera impecable.
A Israel se le exige aquello que jamás se exige a sus enemigos.
La pregunta resulta inevitable.
¿Por qué?
¿Por qué las exigencias morales se aplican de manera tan desigual?
¿Por qué tantas personas parecen incapaces de admitir que dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo?
Que la muerte de civiles palestinos constituye una tragedia.
Y que Hamás es responsable de buena parte de esa tragedia.
Que toda guerra provoca sufrimiento.
Y que quienes iniciaron la guerra poseen una responsabilidad principal.
Que Israel puede cometer errores.
Y que sus enemigos pueden ser infinitamente peores.
Sin embargo, estos matices desaparecen con frecuencia.
Todo queda reducido a una imagen simplificada.
Israel como agresor.
Sus enemigos como víctimas.
La realidad resulta bastante más compleja.
Los judíos desaparecieron de gran parte de Oriente Próximo

Existe otro hecho del que apenas se habla.
Durante siglos existieron importantes comunidades judías en numerosos países musulmanes.
Vivían en Marruecos.
Vivían en Irak.
Vivían en Egipto.
Vivían en Siria.
Vivían en Yemen.
Vivían en Líbano.
Vivían en Irán.
Algunas de esas comunidades eran anteriores al islam.
Algunas existían desde muchos siglos antes del nacimiento de Mahoma.
Hoy casi han desaparecido.
No porque emigraran voluntariamente en masa buscando mejores salarios.
No porque decidieran abandonar unas tierras donde habían vivido durante generaciones.
Desaparecieron porque fueron perseguidas.
Porque sufrieron discriminación.
Porque fueron expulsadas.
Porque dejaron de sentirse seguras.
Centenares de miles de judíos abandonaron los países árabes durante el siglo XX.
Sus propiedades fueron confiscadas.
Sus negocios fueron expropiados.
Sus comunidades se disolvieron.
Y, sin embargo, este episodio histórico apenas aparece en los debates actuales.
Parece que unas víctimas cuentan más que otras.
Parece que unos refugiados merecen más atención que otros.
Parece que unas expulsiones interesan más que otras.
La soledad de Israel y la soledad de los judíos
Quizá la cuestión más inquietante sea ésta.
Muchos judíos vuelven a sentir una sensación que creían enterrada.
La sensación de inseguridad.
La sensación de vulnerabilidad.
La sensación de que algo está cambiando.
Las agresiones aumentan.
Las amenazas aumentan.
Los ataques contra sinagogas aumentan.
Los insultos aumentan.
Las intimidaciones aumentan.
Y al mismo tiempo crece una atmósfera que tiende a justificar o minimizar esos hechos.
La historia enseña una lección sencilla.
Las persecuciones no comienzan con campos de exterminio.
Comienzan con palabras.
Comienzan con caricaturas.
Comienzan con señalamientos.
Comienzan con exclusiones.
Comienzan con la idea de que un grupo humano constituye un problema.
Y precisamente por eso conviene prestar atención a lo que está ocurriendo.
No porque la situación actual sea comparable a la de los años treinta.
No lo es.
Pero sí porque algunos mecanismos psicológicos y políticos resultan inquietantemente familiares.
Pilar Rahola y la negativa a guardar silencio
En este contexto se comprende mejor el caso de Pilar Rahola.
La periodista catalana no se ha limitado a defender decisiones concretas de gobiernos israelíes.
Ha hecho algo mucho más incómodo.
Ha cuestionado el relato dominante.
Ha señalado contradicciones.
Ha recordado hechos que otros prefieren olvidar.
Ha denunciado el antisemitismo cuando aparece disfrazado de otra cosa.
Y eso tiene un precio.
Porque quienes cuestionan los relatos dominantes rara vez reciben aplausos.
Reciben ataques.
Reciben campañas de descrédito.
Reciben denuncias.
Reciben intentos de silenciarlos.
Por eso la pregunta inicial sigue plenamente vigente.
¿Está Israel solo?
Quizá no completamente.
Quizá nunca completamente.
Pero sí resulta evidente que muchos de quienes deberían comprenderlo mejor han decidido apartar la mirada.
Y esa decisión tiene consecuencias.
Porque Israel no combate únicamente por su supervivencia.
También combate contra fuerzas políticas y religiosas cuya victoria transformaría radicalmente el mundo en que vivimos.
Comprender esta realidad exige formular una nueva pregunta.
Una pregunta incómoda.
Una pregunta que muchos prefieren evitar.
¿Quiénes son realmente los enemigos de Israel?
Y, sobre todo, ¿son también enemigos nuestros?
¿QUIÉNES SON LOS ENEMIGOS DE ISRAEL?
Responder a esta pregunta resulta imprescindible.
Porque buena parte de la confusión actual nace precisamente de una descripción falsa de la realidad.
Con demasiada frecuencia se presenta el conflicto como una simple disputa territorial.
Como una discusión acerca de fronteras.
Como una pelea entre vecinos.
Como una controversia diplomática que podría resolverse mediante algunas concesiones y unas cuantas reuniones internacionales.
La realidad es bastante más compleja.
Y bastante más peligrosa.
Israel no se enfrenta únicamente a adversarios políticos.
Se enfrenta a organizaciones y regímenes que proclaman abiertamente objetivos incompatibles con su propia existencia.
No hablamos de una teoría.
No hablamos de una interpretación.
Hablamos de declaraciones públicas, documentos oficiales, discursos y actuaciones concretas.
Hamás: cuando la destrucción sustituye a la convivencia
Durante años, muchos medios de información occidentales presentaron a Hamás como una organización de resistencia palestina.
La expresión resulta engañosa.
Toda resistencia posee un objetivo concreto.
Recuperar un territorio.
Obtener una independencia.
Derrocar un gobierno.
Negociar unas condiciones.
Hamás va mucho más allá.
Su objetivo histórico no consiste en convivir con Israel.
Consiste en sustituirlo.
La organización nació vinculada a la Hermandad Musulmana, uno de los principales movimientos islamistas del mundo contemporáneo.
Su visión política y religiosa no admite la existencia de un Estado judío en la tierra que considera islámica.
Ésa es la cuestión fundamental.
Por eso los ataques contra Israel no constituyen simples operaciones militares.
Forman parte de una estrategia más amplia.
La estrategia de quienes consideran ilegítima la mera existencia del Estado judío.
Resulta llamativo que muchas personas que jamás aceptarían convivir bajo las normas impuestas por Hamás contemplen a esta organización con una indulgencia sorprendente.
Hamás no defiende la libertad religiosa.
Hamás no defiende la igualdad entre hombres y mujeres.
Hamás no defiende la libertad de conciencia.
Hamás no defiende la libertad de expresión.
Hamás no defiende la pluralidad política.
Hamás no defiende ninguno de los principios que las sociedades occidentales afirman considerar fundamentales.
Sin embargo, una parte de Occidente parece incapaz de reconocerlo.
Hezbollah: el Estado dentro del Estado
El caso de Hezbollah resulta igualmente revelador.
Nacido en Líbano bajo la influencia directa de Irán, Hezbollah se ha convertido en una de las organizaciones armadas más poderosas de Oriente Próximo.
Dispone de miles de combatientes.
Dispone de enormes arsenales.
Dispone de una estructura política, social y militar paralela al propio Estado libanés.
En la práctica, actúa como un Estado dentro del Estado.
Su hostilidad hacia Israel tampoco constituye un secreto.
La proclama constantemente.
La enseña.
La financia.
La organiza.
La prepara.
Y, sin embargo, buena parte de la atención internacional continúa centrándose exclusivamente en las respuestas israelíes.
Como si los miles de misiles acumulados durante años en el sur del Líbano hubieran aparecido por generación espontánea.
Como si las amenazas permanentes carecieran de importancia.
Como si el peligro desapareciera simplemente porque algunos prefieren no hablar de él.
Los hutíes y la guerra lejana
Algo parecido ocurre con los hutíes en Yemen.
Durante mucho tiempo apenas ocuparon espacio en la información internacional.
Sin embargo, su capacidad para atacar objetivos situados a grandes distancias ha demostrado que la amenaza supera ampliamente las fronteras yemeníes.
Los hutíes han atacado buques mercantes.
Han alterado rutas comerciales internacionales.
Han lanzado misiles y drones contra Israel.
Y han contribuido a extender la inestabilidad por una región esencial para el comercio mundial.
Aun así, rara vez ocupan el centro del debate.
La atención vuelve una y otra vez hacia Israel.
Siempre hacia Israel.
Como si el origen de todos los conflictos estuviera allí.
Como si las demás piezas del tablero carecieran de importancia.
Irán: el centro de gravedad
Pero ninguna de estas organizaciones puede comprenderse plenamente sin analizar el papel de Irán.
La República Islámica constituye el principal sostén político, económico y militar de gran parte de las fuerzas que combaten contra Israel.
Desde la revolución de 1979, el régimen iraní ha construido una extensa red de alianzas, organizaciones armadas y grupos afines repartidos por Oriente Próximo.
Su influencia alcanza el Líbano, Siria, Irak, Yemen y Gaza.
No se trata únicamente de una cuestión estratégica.
Existe también una dimensión ideológica.
Los dirigentes iraníes han formulado repetidamente declaraciones hostiles hacia Israel.
No hablan simplemente de presión diplomática.
No hablan simplemente de cambios políticos.
Hablan de desaparición.
Hablan de destrucción.
Hablan de eliminación.
Y lo hacen desde hace décadas.
Resulta difícil imaginar una situación equivalente en cualquier otra región del mundo.
Imaginemos que un gobierno europeo proclamara regularmente la necesidad de borrar del mapa a otro Estado miembro de las Naciones Unidas.
La reacción internacional sería inmediata.
Sin embargo, cuando esas declaraciones proceden de Teherán, muchos optan por la cautela, el silencio o la indiferencia.
La cuestión que muchos evitan
Existe una pregunta que una parte importante de Occidente parece rehuir.
¿Y si los enemigos de Israel también son enemigos de muchas de las libertades que los occidentales consideran valiosas?
No hace falta idealizar a Israel para formular esta pregunta.
No hace falta compartir todas las decisiones de sus gobiernos.
No hace falta aprobar todas sus actuaciones.
Basta observar los hechos.
¿Qué ocurre allí donde triunfan los movimientos islamistas radicales?
¿Qué ocurre con la libertad religiosa?
¿Qué ocurre con las minorías?
¿Qué ocurre con las mujeres?
¿Qué ocurre con los homosexuales?
¿Qué ocurre con quienes abandonan la religión dominante?
¿Qué ocurre con la libertad de expresión?
¿Qué ocurre con la oposición política?
Las respuestas son conocidas.
Y no resultan especialmente alentadoras.
Por eso sorprende que tantas personas que defienden apasionadamente las libertades occidentales muestren tanta comprensión hacia fuerzas que niegan precisamente esas libertades.
La paradoja occidental
Tal vez ésta sea la mayor paradoja de nuestro tiempo.
Muchos ciudadanos europeos y americanos viven en sociedades construidas sobre principios que consideran normales.
Libertad religiosa.
Libertad de conciencia.
Separación entre poder político y autoridad religiosa.
Derechos individuales.
Pluralidad política.
Sin embargo, algunos parecen olvidar que estos principios no existen por generación espontánea.
Necesitan protección.
Necesitan defensa.
Necesitan personas dispuestas a preservarlos.
Y precisamente aquí aparece la cuestión central.
Israel no lucha únicamente por su supervivencia nacional.
También se encuentra en primera línea frente a fuerzas que rechazan buena parte de los fundamentos políticos y culturales que han permitido el desarrollo de las sociedades occidentales.
Se puede discutir la forma en que Israel combate.
Se pueden criticar decisiones concretas.
Se pueden señalar errores.
Pero resulta mucho más difícil negar la naturaleza de algunos de sus adversarios.
¿Por qué tantos prefieren no verlo?
La pregunta permanece abierta.
¿Por qué una parte tan significativa de Occidente parece incapaz de reconocer esta realidad?
¿Por qué tantas personas identifican al Estado judío como el principal problema y apenas prestan atención a quienes proclaman abiertamente su deseo de destruirlo?
¿Por qué el antisemitismo vuelve a crecer precisamente en sociedades que se consideran más ilustradas, más tolerantes y más abiertas que nunca?
¿Por qué tantas personas aceptan sin apenas examen acusaciones extraordinarias contra Israel mientras someten a una sospecha constante cualquier dato que las contradiga?
Y, sobre todo, ¿qué papel desempeñan los medios de información, las universidades y buena parte de las élites culturales en la construcción de esta visión de los acontecimientos?
Responder a estas preguntas exige examinar otro aspecto fundamental del problema.
La batalla por el relato.
La batalla por las palabras.
La batalla por determinar quién aparece como víctima y quién aparece como verdugo.
¿QUIÉN FABRICA LA IMAGEN DE ISRAEL QUE RECIBE OCCIDENTE?

Existe una vieja máxima atribuida a distintos autores que resume una realidad evidente.
No importa solamente lo que ocurre.
Importa quién lo cuenta.
Importa cómo lo cuenta.
Importa qué se muestra.
Importa qué se oculta.
Importa qué palabras se utilizan.
Importa incluso qué palabras se prohíben.
Las guerras siempre se libran en dos frentes.
Uno es el campo de batalla.
El otro es la opinión pública.
Y en ocasiones el segundo resulta más decisivo que el primero.
Porque una derrota militar puede recuperarse.
Una derrota moral resulta mucho más difícil de corregir.
La guerra de las palabras
Toda época posee sus palabras mágicas.
Palabras que sustituyen al razonamiento.
Palabras que pretenden cerrar cualquier discusión.
Palabras que actúan como una sentencia anticipada.
En otros tiempos fueron «hereje», «enemigo del pueblo», «contrarrevolucionario», «fascista» o «reaccionario».
Hoy encontramos otras.
La más repetida en relación con Israel es una de las más graves que pueden pronunciarse.
Genocidio.
La sola palabra provoca una reacción emocional inmediata.
Y es lógico.
El término nació precisamente para describir algunos de los mayores crímenes de la Historia.
Evoca Auschwitz.
Evoca Treblinka.
Evoca Ruanda.
Evoca Camboya.
Evoca exterminios planificados.
Evoca la eliminación deliberada de pueblos enteros.
Por eso su utilización exige prudencia.
Por eso exige pruebas extraordinariamente sólidas.
Por eso exige rigor.
Sin embargo, en el debate público actual la palabra aparece con una ligereza sorprendente.
Se pronuncia antes de analizar.
Se proclama antes de investigar.
Se repite antes de demostrar.
Y una vez instalada en la opinión pública resulta extremadamente difícil combatirla.
Porque las emociones viajan mucho más deprisa que los hechos.
La condena antes del juicio
La historia de las campañas de propaganda ofrece una enseñanza constante.
Cuando una acusación se repite miles de veces termina adquiriendo apariencia de verdad.
No importa demasiado que existan pruebas.
No importa demasiado que existan dudas.
No importa demasiado que existan matices.
Lo importante es la repetición.
Una acusación repetida durante meses termina convirtiéndose para muchos en una evidencia.
Y precisamente eso está ocurriendo con Israel.
Una parte importante de la población occidental ya no analiza los acontecimientos.
Simplemente los contempla a través de una conclusión previamente establecida.
Israel es culpable.
Todo lo demás se interpreta a partir de esa premisa.
Si Israel responde militarmente, confirma la acusación.
Si intenta evitar víctimas civiles, también confirma la acusación.
Si abre corredores humanitarios, confirma la acusación.
Si acepta treguas, confirma la acusación.
Si rechaza treguas, confirma la acusación.
La conclusión permanece inalterable.
Porque la sentencia ya fue dictada.
Las imágenes y los hechos
Las imágenes poseen una fuerza enorme.
A veces necesaria.
A veces engañosa.
Una fotografía puede mostrar una tragedia real.
Pero no siempre explica sus causas.
Un vídeo puede mostrar una víctima.
Pero no siempre muestra quién provocó la situación.
Un edificio destruido conmueve.
Y debe conmover.
La muerte de inocentes constituye siempre una tragedia.
Pero una imagen aislada rara vez cuenta toda la historia.
No explica quién comenzó el conflicto.
No explica quién utiliza escuelas, hospitales o viviendas para almacenar armamento.
No explica quién impide a menudo la evacuación de civiles.
No explica quién dispara desde zonas pobladas.
No explica quién convierte deliberadamente a la población civil en instrumento propagandístico.
Las cámaras muestran consecuencias.
No siempre muestran causas.
Y cuando las causas desaparecen, la percepción de la realidad cambia radicalmente.
Las universidades y la nueva ortodoxia
Otro fenómeno merece atención.
Durante buena parte del siglo XX las universidades occidentales presumían de fomentar el debate libre.
La confrontación de ideas.
La discusión racional.
La búsqueda de la verdad.
Hoy muchas parecen avanzar en dirección contraria.
Determinadas opiniones reciben protección.
Otras reciben hostilidad.
Determinados conflictos admiten matices.
Otros no.
Israel pertenece con frecuencia a esta segunda categoría.
Profesores señalados.
Conferencias boicoteadas.
Estudiantes intimidados.
Ponencias suspendidas.
Investigadores sometidos a campañas de presión.
Todo ello ocurre precisamente en instituciones que afirman defender la libertad académica.
La contradicción resulta evidente.
Y no afecta únicamente a Israel.
Afecta a cualquier asunto donde determinadas opiniones sean consideradas inadmisibles antes incluso de ser escuchadas.
La industria de la indignación
Existe además otro elemento importante.
La indignación se ha convertido en un producto de enorme éxito.
Genera audiencia.
Genera atención.
Genera beneficios.
Genera poder.
Los mensajes más extremos circulan con mayor rapidez que los análisis serenos.
Las simplificaciones triunfan sobre los matices.
Las consignas desplazan a los argumentos.
La emoción sustituye a la razón.
Y en este terreno Israel se encuentra en clara desventaja.
Porque explicar un conflicto complejo exige tiempo.
Porque explicar décadas de historia exige esfuerzo.
Porque explicar la naturaleza de organizaciones como Hamás o Hezbollah exige conocimiento.
En cambio, una consigna cabe en una pancarta.
Un eslogan cabe en una camiseta.
Una acusación cabe en una frase.
Y las frases sencillas suelen derrotar a las explicaciones complejas.
El silencio sobre otras tragedias
Hay otro hecho que merece reflexión.
Mientras Israel ocupa una atención desmesurada, otras tragedias desaparecen casi por completo del horizonte informativo.
Los cristianos asesinados en Nigeria.
Las minorías perseguidas en numerosos países islámicos.
Las mujeres sometidas en Afganistán.
Los disidentes encarcelados en Irán.
Los campos de trabajo en Corea del Norte.
Las guerras olvidadas de África.
Las matanzas en Sudán.
Las persecuciones religiosas repartidas por medio mundo.
Millones de víctimas apenas reciben una atención marginal.
No porque sus sufrimientos sean menores.
No porque sus tragedias sean menos reales.
Simplemente porque no encajan en determinados esquemas ideológicos.
Y cuando una tragedia deja de ser útil, desaparece.
Israel, por el contrario, permanece siempre en el centro del escenario.
Pilar Rahola contra la corriente
Éste es precisamente el contexto en el que debe entenderse la figura de Pilar Rahola.
No porque posea siempre razón.
Nadie la posee.
No porque sus opiniones sean indiscutibles.
No lo son.
Sino porque se ha negado a aceptar determinadas consignas como verdades obligatorias.
Porque ha formulado preguntas incómodas.
Porque ha señalado contradicciones evidentes.
Porque ha recordado hechos que otros prefieren olvidar.
Y porque ha defendido públicamente posiciones que muchos consideran inaceptables.
La denuncia presentada contra ella constituye, en ese sentido, mucho más que un incidente aislado.
Representa una tendencia preocupante.
La tendencia a convertir determinadas opiniones en sospechosas por definición.
La tendencia a sustituir la discusión por el señalamiento.
La tendencia a convertir los tribunales en instrumentos para disciplinar la discrepancia.
Una pregunta inquietante
Llegados a este punto conviene formular una nueva pregunta.
Si resulta tan fácil convertir a Israel en el culpable universal…
Si resulta tan fácil presentar a los judíos como responsables de males ajenos…
Si resulta tan fácil perseguir a quienes discrepan de la opinión dominante…
Entonces la cuestión ya no afecta únicamente a Israel.
Ni únicamente a Pilar Rahola.
Afecta al estado de salud intelectual y moral de Occidente.
Porque toda sociedad que deja de discutir para empezar a señalar entra en un terreno peligroso.
Y toda sociedad que convierte determinadas opiniones en tabú termina empobreciendo su propia libertad.
La pregunta final resulta inevitable.
¿Estamos asistiendo al regreso de una forma nueva de antisemitismo?
¿O acaso nunca desapareció del todo y simplemente ha aprendido a hablar un lenguaje distinto?
Esa cuestión nos obliga a mirar hacia atrás.
A examinar la historia.
A recordar lo que ocurrió cuando Europa decidió buscar una vez más un culpable permanente.
¿HA CAMBIADO REALMENTE EL ANTISEMITISMO O SÓLO HA CAMBIADO DE DISFRAZ?

La palabra antisemitismo provoca una reacción inmediata.
Y es lógico.
Europa conoce demasiado bien las consecuencias de esa enfermedad moral.
Conoce los guetos.
Conoce las expulsiones.
Conoce los pogromos.
Conoce los campos de exterminio.
Conoce las montañas de cadáveres.
Conoce los hornos crematorios.
Conoce los vagones de ganado cargados de seres humanos.
Conoce los millones de muertos.
Precisamente por eso muchos reaccionan con incomodidad cuando alguien afirma que el antisemitismo sigue existiendo.
Porque la acusación parece excesiva.
Porque resulta desagradable.
Porque obliga a mirar de frente una realidad incómoda.
Y porque nadie desea verse reflejado en un espejo que recuerda algunos de los episodios más vergonzosos de la historia europea.
Sin embargo, la cuestión merece ser examinada con serenidad.
No para exagerar.
No para alarmar.
Sino para comprender.
El odio rara vez desaparece
Las pasiones colectivas rara vez desaparecen.
Cambian de forma.
Cambian de lenguaje.
Cambian de apariencia.
Pero rara vez desaparecen por completo.
La envidia sigue existiendo.
La intolerancia sigue existiendo.
El fanatismo sigue existiendo.
El odio también.
Lo único que cambia es la forma de expresarlos.
En el siglo XIX muchos europeos hablaban abiertamente de razas superiores y razas inferiores.
Hoy semejante lenguaje resulta inaceptable.
Pero la tendencia a dividir a los seres humanos entre buenos y malos, opresores y oprimidos, puros e impuros, continúa perfectamente viva.
Las palabras cambian.
La inclinación humana permanece.
Por eso conviene analizar no sólo lo que se dice, sino también aquello que se esconde detrás de las palabras.
Cuando el judío deja de ser una persona y se convierte en un símbolo
Existe una característica común a casi todas las formas históricas de antisemitismo.
El judío deja de ser una persona concreta.
Deja de ser un individuo.
Deja de ser un vecino.
Deja de ser un comerciante, un médico, un profesor o un trabajador.
Se convierte en un símbolo.
Y los símbolos permiten atribuir culpas colectivas.
El judío deja de llamarse David, Isaac o Moisés.
Se convierte en «los judíos».
Y a partir de ese momento resulta posible responsabilizarlo de cualquier cosa.
Lo mismo ocurre hoy con Israel.
Israel ya no aparece como una nación concreta compuesta por personas concretas.
Se transforma en una abstracción.
En una especie de encarnación universal de todos los males imaginables.
Capitalismo.
Imperialismo.
Militarismo.
Colonialismo.
Racismo.
Explotación.
Dominación.
La lista cambia según las modas intelectuales del momento.
Lo importante es que la acusación siempre encuentra un lugar donde instalarse.
El extraño caso del sionismo
Pocas palabras han sufrido una deformación tan profunda como la palabra sionismo.
Originalmente significaba algo bastante sencillo.
Los judíos tienen derecho a poseer una patria propia.
Nada más.
Nada menos.
Eso era el sionismo.
La convicción de que un pueblo perseguido durante siglos necesitaba un lugar donde no dependiera de la benevolencia de otros.
Un lugar donde pudiera defenderse.
Un lugar donde pudiera sobrevivir.
Un lugar donde pudiera gobernarse a sí mismo.
La idea no resultaba extraordinaria.
Decenas de pueblos aspiraban exactamente a lo mismo.
Y siguen aspirando.
Los polacos.
Los griegos.
Los serbios.
Los checos.
Los croatas.
Los armenios.
Los irlandeses.
Los árabes.
Los kurdos.
Todos reivindicaron alguna vez el derecho a disponer de una patria.
Sin embargo, cuando se trata de los judíos, la cuestión parece diferente.
De repente lo que resulta legítimo para todos deja de ser legítimo para ellos.
La pregunta surge por sí sola.
¿Por qué?
¿Por qué el nacionalismo judío se considera intolerable mientras otros nacionalismos reciben comprensión e incluso simpatía?
Una comparación incómoda
Antes de la Segunda Guerra Mundial vivían en Europa aproximadamente nueve millones y medio de judíos.
Hoy apenas superan ligeramente el millón.
La diferencia resulta sobrecogedora.
Una parte fue asesinada.
Otra emigró.
Otra abandonó el continente porque dejó de sentirse segura.
Mientras tanto, las comunidades judías históricas de numerosos países musulmanes prácticamente desaparecieron.
Durante siglos hubo importantes poblaciones judías en Irak.
En Egipto.
En Yemen.
En Siria.
En Marruecos.
En Libia.
En Argelia.
En Líbano.
Hoy quedan apenas restos testimoniales.
La inmensa mayoría emigró o huyó.
A menudo después de sufrir discriminaciones, amenazas, confiscaciones y violencia.
Sin embargo, esta cuestión ocupa un espacio mínimo en el debate público.
Parece que existen desplazamientos de población que merecen recuerdo permanente y otros que conviene olvidar.
Las cifras y la realidad
Los judíos representan aproximadamente dos personas por cada mil habitantes del planeta.
Una proporción mínima.
Y, sin embargo, generan una atención gigantesca.
La pregunta vuelve a aparecer.
¿Por qué?
¿Por qué una comunidad tan pequeña ocupa un lugar tan grande en las preocupaciones políticas de tantas personas?
¿Por qué Israel, un país diminuto en términos geográficos, aparece constantemente en el centro de las controversias internacionales?
¿Por qué las resoluciones, las condenas y los debates parecen concentrarse de manera obsesiva sobre el único Estado judío del mundo?
No existe una respuesta única.
Pero sí existen indicios inquietantes.
El antisemitismo elegante
El antisemitismo contemporáneo rara vez adopta formas groseras.
Rara vez aparece con uniformes.
Rara vez utiliza los viejos símbolos del odio racial.
Ha aprendido.
Se ha refinado.
Se presenta con modales respetables.
Habla el lenguaje de los derechos humanos.
Habla el lenguaje de la justicia.
Habla el lenguaje de la igualdad.
Pero en ocasiones llega exactamente al mismo lugar.
No dice que odia a los judíos.
Dice que odia a los sionistas.
No cuestiona a las personas.
Cuestiona únicamente al Estado judío.
No propone discriminaciones.
Simplemente exige a Israel condiciones que jamás exige a ningún otro país.
Y poco a poco la frontera entre crítica legítima y hostilidad sistemática comienza a desdibujarse.
Hasta que reaparecen fenómenos conocidos.
Agresiones.
Pintadas.
Amenazas.
Boicots.
Intimidaciones.
Ataques a sinagogas.
Ataques a escuelas judías.
Ataques a personas cuyo único delito consiste en ser judías.
Entonces la máscara cae.
Y la vieja enfermedad vuelve a mostrarse.
La advertencia de la Historia
La Historia no se repite exactamente.
Nunca lo hace.
Las circunstancias cambian.
Las sociedades cambian.
Los problemas cambian.
Pero ciertos mecanismos humanos reaparecen con una frecuencia sorprendente.
La búsqueda de chivos expiatorios.
La simplificación de conflictos complejos.
La demonización de minorías.
La atribución colectiva de culpas.
La transformación de un grupo humano en símbolo de todos los males.
Europa conoce perfectamente ese camino.
Lo ha recorrido demasiadas veces.
Por eso resulta tan importante reconocer sus primeras señales.
No cuando ya es demasiado tarde.
No cuando los daños son irreparables.
Sino cuando todavía resulta posible rectificar.
Pilar Rahola y el espejo incómodo
Tal vez ésta sea la razón profunda por la que Pilar Rahola provoca tanta irritación en determinados ambientes.
Porque actúa como un espejo.
Y los espejos no siempre resultan agradables.
Obligan a contemplar aquello que preferimos ignorar.
Obligan a formular preguntas incómodas.
Obligan a examinar contradicciones.
Rahola recuerda constantemente algo que muchos preferirían olvidar.
Que el antisemitismo no pertenece únicamente a los libros de Historia.
Que no murió en 1945.
Que sigue existiendo.
Y que con frecuencia aparece precisamente allí donde menos se espera.
Por eso la cuestión ya no consiste únicamente en determinar quién tiene razón en el conflicto entre israelíes y palestinos.
La cuestión consiste en averiguar qué clase de sociedad estamos construyendo.
Una sociedad capaz de debatir.
O una sociedad donde determinadas opiniones se convierten automáticamente en sospechosas.
Y esa pregunta nos conduce al siguiente asunto.
Porque si Israel se encuentra cada vez más aislado y si el antisemitismo reaparece bajo formas nuevas, surge inevitablemente una cuestión decisiva.
¿Quién protege hoy a los judíos?
Y, sobre todo, ¿por qué tantos judíos vuelven a considerar que su único refugio seguro sigue siendo Israel?
¿POR QUÉ ISRAEL SIGUE SIENDO NECESARIO?

Para comprender la existencia de Israel conviene formular una pregunta elemental.
¿Qué habría ocurrido si el pueblo judío hubiera dispuesto de un Estado propio durante los siglos de persecuciones que sufrió en Europa, en el norte de África y en Oriente Próximo?
Nadie puede responder con absoluta certeza.
La Historia no admite experimentos.
Pero una cosa parece evidente.
Millones de judíos carecieron durante siglos de un lugar donde pudieran sentirse verdaderamente protegidos.
Vivían en países ajenos.
Dependían de gobernantes ajenos.
Dependían de leyes ajenas.
Dependían de la tolerancia de otros.
Y la tolerancia humana, como demuestra la Historia, suele ser una mercancía escasa cuando llegan las crisis.
Mientras todo marcha bien, las minorías son aceptadas.
Cuando llegan las dificultades, las minorías suelen convertirse en sospechosas.
Y pocas minorías conocen esta realidad mejor que los judíos.
El pueblo errante
Durante siglos se habló del pueblo judío como del pueblo errante.
La expresión no surgió por casualidad.
Tras la destrucción de Jerusalén por los romanos y las sucesivas dispersiones, comunidades judías aparecieron repartidas por buena parte del mundo conocido.
Desde España hasta Persia.
Desde Marruecos hasta Polonia.
Desde Yemen hasta Alemania.
Desde Italia hasta Rusia.
Aquellas comunidades desarrollaron formas de vida extraordinariamente diversas.
Hablaban lenguas distintas.
Vestían de manera distinta.
Comían de manera distinta.
Pero compartían una memoria común.
La memoria de un origen.
La memoria de Jerusalén.
La memoria de Sión.
La memoria de una patria perdida.
Durante siglos esa memoria permaneció viva en las plegarias, en las fiestas religiosas, en la literatura y en las tradiciones familiares.
No era una invención moderna.
No era una ocurrencia política del siglo XIX.
Era una realidad profundamente arraigada.
El fracaso de la integración perfecta
Durante mucho tiempo numerosos judíos creyeron que la solución consistía en integrarse plenamente en las sociedades donde vivían.
Y muchos lo hicieron.
Participaron en la vida económica.
Participaron en la vida intelectual.
Participaron en la vida cultural.
Participaron en la vida política.
Contribuyeron al desarrollo de los países que los acogían.
Pero una y otra vez apareció el mismo problema.
La integración no garantizaba la seguridad.
Los judíos alemanes de comienzos del siglo XX se consideraban profundamente alemanes.
Muchos habían combatido por Alemania.
Muchos amaban Alemania.
Muchos se sentían tan alemanes como cualquier otro ciudadano.
Nada de eso los salvó.
Cuando llegó el nacionalsocialismo, sus méritos dejaron de importar.
Sus lealtades dejaron de importar.
Su patriotismo dejó de importar.
Su integración dejó de importar.
Bastaba una condición.
Ser judío.
Aquella experiencia dejó una huella profunda.
La lección de Herzl
A finales del siglo XIX, un periodista austrohúngaro llamado Theodor Herzl llegó a una conclusión que transformó la historia contemporánea.
Observó el auge del antisemitismo en una Europa que presumía de moderna, ilustrada y progresista.
Observó el caso Dreyfus en Francia.
Observó las persecuciones en Europa oriental.
Y comprendió algo que muchos otros judíos comenzaron también a comprender.
La integración, por sí sola, no resolvía el problema.
Mientras los judíos dependieran de la protección de otros, seguirían siendo vulnerables.
La solución que propuso fue sencilla.
Los judíos necesitaban una patria.
Necesitaban un Estado.
Necesitaban una tierra donde no fueran una minoría tolerada sino ciudadanos dueños de su propio destino.
Aquella idea recibió el nombre de sionismo.
Y durante mucho tiempo fue contemplada como una aspiración perfectamente legítima por amplios sectores de la comunidad internacional.
Auschwitz y la demostración definitiva
Luego llegó la Segunda Guerra Mundial.
Y con ella llegó la prueba más terrible imaginable.
Seis millones de judíos fueron asesinados.
No porque hubieran cometido delitos.
No porque hubieran declarado guerras.
No porque hubieran protagonizado insurrecciones.
Fueron asesinados por ser judíos.
Y mientras aquello ocurría, gran parte del mundo observó.
Algunos ayudaron.
Otros callaron.
Muchos miraron hacia otro lado.
La lección resultó brutal.
Cuando un pueblo carece de capacidad para defenderse, su supervivencia depende de la voluntad ajena.
Y la voluntad ajena puede desaparecer.
Auschwitz no creó el sionismo.
Pero convenció a millones de personas de que Herzl tenía razón.
El nacimiento de Israel
Cuando nació el Estado de Israel en 1948 no surgió en un territorio vacío.
Tampoco surgió en una región desconocida para los judíos.
Aquella tierra formaba parte de su historia desde hacía milenios.
Jerusalén había ocupado un lugar central en su memoria colectiva durante generaciones incontables.
La creación del nuevo Estado estuvo rodeada de conflictos, tensiones y guerras.
Como ocurre con el nacimiento de muchas naciones.
Pero para los judíos representó algo más que una victoria política.
Representó una garantía de supervivencia.
Por primera vez en muchos siglos disponían de un lugar donde podían defenderse por sí mismos.
Un lugar donde no dependían exclusivamente de la benevolencia ajena.
Un lugar donde los judíos perseguidos podían encontrar refugio.
Los judíos expulsados del mundo árabe
Existe además una realidad frecuentemente olvidada.
Mientras el mundo presta enorme atención a los refugiados palestinos, apenas se habla de los centenares de miles de judíos expulsados o forzados a abandonar países árabes durante el siglo XX.
Comunidades enteras desaparecieron.
Bagdad perdió una de las comunidades judías más antiguas del mundo.
Lo mismo ocurrió en El Cairo.
En Damasco.
En Trípoli.
En Adén.
En numerosas ciudades donde los judíos habían vivido durante siglos.
Muchos llegaron a Israel.
Otros marcharon a Europa o América.
La inmensa mayoría dejó atrás propiedades, negocios, recuerdos y una parte importante de su historia.
Sin embargo, este episodio apenas ocupa espacio en los relatos dominantes.
Como si unos refugiados merecieran memoria y otros estuvieran condenados al olvido.
El refugio imperfecto
Israel no es perfecto.
Ninguna nación lo es.
Posee conflictos políticos.
Posee tensiones sociales.
Posee errores.
Posee defectos.
Posee gobiernos acertados y gobiernos desacertados.
Como cualquier otro país.
Pero para millones de judíos representa algo mucho más importante que una simple estructura estatal.
Representa una garantía última.
Representa la certeza de que, si vuelven los tiempos difíciles, existe un lugar donde podrán encontrar protección.
Por eso muchos judíos observan con preocupación el aumento de las agresiones antisemitas en diversas partes del mundo.
Porque conocen la Historia.
Porque saben que los procesos de deterioro rara vez comienzan con grandes tragedias.
Comienzan con pequeñas señales.
Con insultos.
Con amenazas.
Con exclusiones.
Con silencios.
Con indiferencia.
La pregunta decisiva
Todo ello nos devuelve al presente.
Y nos obliga a formular una cuestión incómoda.
Si Israel constituye para millones de judíos una necesidad histórica nacida de siglos de persecuciones, ¿por qué tantas personas lo contemplan exclusivamente como un problema?
¿Por qué se ignora tan a menudo la experiencia histórica que explica su existencia?
¿Por qué se habla constantemente de los defectos de Israel y tan poco de las circunstancias que hicieron necesario su nacimiento?
¿Por qué el único Estado judío del mundo parece obligado a justificar su existencia una y otra vez?
Y, sobre todo, ¿por qué precisamente ahora, cuando el antisemitismo vuelve a crecer en numerosas partes del mundo, tantos consideran que Israel constituye el principal peligro?
Responder a estas preguntas exige analizar otro fenómeno.
La extraña relación de Occidente con sus propios enemigos.
Porque quizá el problema no consista únicamente en que muchos no comprenden a Israel.
Quizá el problema consista también en que muchos han dejado de comprenderse a sí mismos.
¿POR QUÉ OCCIDENTE PARECE AVERGONZARSE DE DEFENDERSE?
Existe una pregunta que sobrevuela todo el debate acerca de Israel.
¿Por qué tantas personas que jamás aceptarían vivir bajo el régimen de los ayatolás iraníes, bajo el gobierno de Hamás o bajo la autoridad de los talibanes terminan reservando sus críticas más feroces precisamente para Israel?
La cuestión no es menor.
Porque no afecta únicamente a Oriente Próximo.
Afecta a la propia imagen que Occidente tiene de sí mismo.
Durante siglos, Europa y posteriormente América del Norte construyeron sociedades basadas en principios que hoy muchos consideran normales.
La libertad religiosa.
La libertad de conciencia.
La libertad de expresión.
La igualdad ante la ley.
La separación entre el poder político y las autoridades religiosas.
La protección de las minorías.
La posibilidad de criticar al gobierno sin terminar en prisión.
Nada de ello surgió por casualidad.
Nada de ello apareció de forma espontánea.
Fueron conquistas lentas, difíciles y a menudo sangrientas.
Miles de personas lucharon por ellas.
Miles murieron por ellas.
Y, sin embargo, una parte importante de Occidente parece contemplarlas hoy como algo tan natural que ha olvidado hasta qué punto son excepcionales en la historia humana.
El extraño complejo de culpabilidad occidental
Desde hace décadas se ha extendido una interpretación de la historia según la cual Occidente aparece casi exclusivamente como una fuente de opresión, abusos y crímenes.
Naturalmente, la historia occidental contiene episodios oscuros.
Como la historia de cualquier civilización.
Existen guerras.
Existen abusos.
Existen injusticias.
Existen atrocidades.
Negarlo sería absurdo.
Pero convertir toda la historia occidental en una sucesión ininterrumpida de crímenes constituye una deformación igualmente absurda.
Porque esa misma civilización produjo también instituciones representativas.
Produjo universidades.
Produjo ciencia moderna.
Produjo libertades civiles.
Produjo limitaciones al poder político.
Produjo sistemas jurídicos que reconocen derechos individuales.
Produjo una idea de dignidad humana que terminó influyendo en gran parte del planeta.
Sin embargo, una parte de las élites culturales occidentales parece sentirse mucho más cómoda denunciando los errores propios que reconociendo los logros alcanzados.
Y cuando una civilización pierde confianza en sí misma, pierde también la capacidad de defenderse.
Israel como espejo de Occidente
Quizá por eso Israel provoca reacciones tan intensas.
Porque actúa como un espejo.
Israel es una democracia parlamentaria.
Celebra elecciones.
Mantiene una prensa libre.
Posee tribunales independientes.
Permite una oposición política activa.
Aloja una sociedad extraordinariamente diversa.
Judíos religiosos.
Judíos laicos.
Cristianos.
Musulmanes.
Drusos.
Árabes israelíes.
Personas llegadas de Europa.
De Asia.
De África.
De América.
Naturalmente, también posee conflictos y tensiones.
Pero la realidad sigue siendo evidente.
Israel comparte con Occidente buena parte de sus principios fundamentales.
Y precisamente por ello muchos ataques dirigidos contra Israel terminan convirtiéndose también en ataques contra los valores que sustentan a las sociedades occidentales.
Una comparación incómoda
Conviene formular algunas preguntas sencillas.
¿En qué país de Oriente Próximo pueden celebrarse manifestaciones masivas contra el gobierno sin riesgo inmediato de acabar en prisión?
¿En qué país de Oriente Próximo existe una prensa tan libre como la israelí?
¿En qué país de Oriente Próximo los jueces pueden enfrentarse públicamente al gobierno?
¿En qué país de Oriente Próximo los ciudadanos árabes participan en elecciones nacionales y ocupan escaños parlamentarios?
¿En qué país de Oriente Próximo una mujer puede vestir como desee, practicar la religión que prefiera o abandonar cualquier religión sin temor a castigos legales?
Las respuestas no son difíciles.
Y precisamente por eso resulta sorprendente que muchos occidentales contemplen a Israel como el principal problema de la región.
El caso iraní
La comparación con Irán resulta especialmente reveladora.
Mientras Israel aparece constantemente sometido a escrutinio internacional, el régimen iraní continúa reprimiendo a sus ciudadanos con una severidad que rara vez provoca movilizaciones comparables.
Las ejecuciones públicas continúan existiendo.
La disidencia continúa siendo perseguida.
Las mujeres continúan sufriendo restricciones que resultarían intolerables para cualquier sociedad occidental.
Las minorías religiosas continúan enfrentándose a discriminaciones.
Los opositores continúan arriesgando su libertad y, en ocasiones, su vida.
Y, sin embargo, muchos de quienes llenan las calles para protestar contra Israel guardan un silencio sorprendente ante estas realidades.
La diferencia resulta difícil de explicar únicamente mediante criterios humanitarios.
Los aliados equivocados
La historia ofrece numerosos ejemplos de personas que, creyendo combatir una injusticia, terminaron apoyando causas profundamente dañinas.
Ocurrió durante el siglo XX en múltiples ocasiones.
Intelectuales brillantes justificaron dictaduras.
Periodistas admiraron tiranías.
Profesores universitarios defendieron regímenes criminales.
Es una vieja tentación humana.
La tentación de idealizar aquello que se presenta como víctima.
Sin examinar demasiado qué defiende realmente.
Sin preguntarse qué haría si alcanzara el poder.
Sin analizar las consecuencias de sus ideas.
Algo parecido sucede hoy con algunas organizaciones que combaten contra Israel.
Muchos observadores parecen juzgarlas exclusivamente por aquello a lo que se oponen.
No por aquello que representan.
No por aquello que harían si triunfaran.
No por el tipo de sociedad que desean construir.
Y esa omisión resulta extraordinariamente peligrosa.
La libertad tiene enemigos
Durante mucho tiempo Occidente vivió convencido de que el avance de la prosperidad, la educación y la tecnología reduciría progresivamente los conflictos ideológicos y religiosos.
La realidad ha demostrado lo contrario.
Las ideas siguen importando.
Las creencias siguen importando.
Las convicciones siguen importando.
Y algunas de ellas son profundamente incompatibles con la libertad.
Resulta cómodo fingir que todas las culturas, todas las tradiciones y todas las doctrinas políticas conducen inevitablemente al mismo resultado.
Pero los hechos desmienten esa ilusión.
Existen sistemas que respetan la libertad.
Y existen sistemas que la destruyen.
Existen doctrinas que admiten la discrepancia.
Y existen doctrinas que consideran la discrepancia una amenaza.
Existen regímenes que toleran la oposición.
Y existen regímenes que encarcelan, torturan o ejecutan a quienes disienten.
La diferencia importa.
Importa mucho.
Pilar Rahola y la negativa a rendirse
Quizá ésta sea una de las razones por las que Pilar Rahola ha mantenido durante tantos años una posición tan firme respecto a Israel.
Porque entiende que el conflicto no se limita a una disputa territorial.
Porque entiende que en juego aparecen cuestiones mucho más profundas.
La libertad.
La democracia.
La convivencia entre distintas creencias.
La posibilidad de construir sociedades abiertas.
Naturalmente, muchas personas discrepan de sus conclusiones.
Y tienen perfecto derecho a hacerlo.
Lo preocupante aparece cuando la discrepancia deja paso al intento de silenciar.
Cuando el debate deja paso a la denuncia.
Cuando el adversario deja de ser un interlocutor para convertirse en un sospechoso.
Porque entonces el problema ya no afecta únicamente a Israel.
Ni únicamente a Pilar Rahola.
Afecta a la salud moral e intelectual de las sociedades occidentales.
Una pregunta para Europa
Europa se enfrenta hoy a una cuestión que no puede eludir indefinidamente.
¿Está dispuesta a defender los principios que hicieron posible su prosperidad y su libertad?
¿O continuará debilitándolos mientras justifica, minimiza o ignora a quienes los desprecian abiertamente?
La respuesta todavía no está escrita.
Pero los acontecimientos de los últimos años indican que la pregunta resulta cada vez más urgente.
Y para responderla conviene examinar un último asunto.
El papel desempeñado por los medios de información, los gobiernos, las organizaciones internacionales y buena parte de las élites políticas y culturales en la construcción de la imagen pública de Israel.
Porque ninguna batalla se libra únicamente con armas.
También se libra con palabras.
Y pocas guerras contemporáneas muestran esta realidad con tanta claridad como la que enfrenta a Israel con sus enemigos.
¿QUIÉN GANA LA GUERRA DE LAS PALABRAS?

Napoleón afirmaba que cuatro periódicos hostiles podían resultar más peligrosos que mil bayonetas.
La frase conserva hoy toda su vigencia.
Quizá incluso más.
Porque en nuestro tiempo las palabras viajan a una velocidad que Napoleón jamás pudo imaginar.
Una fotografía recorre el planeta en segundos.
Un vídeo alcanza millones de personas en minutos.
Una consigna se repite millones de veces antes de que alguien tenga tiempo de comprobar si es cierta.
Y en una guerra, la velocidad suele derrotar a la reflexión.
Israel lo sabe.
Sus enemigos también.
Por eso la batalla ya no se libra únicamente en Gaza, en el sur del Líbano, en Siria o en el mar Rojo.
También se libra en las pantallas de los teléfonos móviles.
En las universidades.
En los periódicos.
En las cadenas de televisión.
En los organismos internacionales.
En las conversaciones cotidianas.
La lucha por imponer una interpretación de los hechos se ha convertido en un frente tan importante como cualquier campo de batalla.
La palabra más poderosa
Pocas palabras poseen hoy una fuerza emocional comparable a una ya mencionada anteriormente.
Genocidio.
Quien consigue imponer esa palabra obtiene una enorme ventaja.
Porque deja de discutir hechos concretos.
Deja de discutir decisiones concretas.
Deja de discutir operaciones concretas.
La discusión termina.
La sentencia queda dictada.
Si existe genocidio, el acusado ya está condenado moralmente.
No hacen falta más explicaciones.
No hacen falta más matices.
No hacen falta más preguntas.
El problema es que la realidad suele ser más compleja que los eslóganes.
Mucho más compleja.
La historia demuestra que las palabras pierden significado cuando se utilizan de forma indiscriminada.
Si todo es genocidio, nada termina siendo genocidio.
Si cualquier guerra recibe automáticamente esa calificación, la palabra deja de distinguir entre acontecimientos radicalmente distintos.
Y cuando las palabras pierden precisión, también pierde precisión el pensamiento.
Las comparaciones abusivas
Algo parecido ocurre con otras expresiones que aparecen constantemente.
Nazismo.
Fascismo.
Apartheid.
Colonialismo.
Cada una de ellas posee un significado histórico concreto.
Cada una surgió en circunstancias determinadas.
Cada una describe fenómenos específicos.
Sin embargo, muchas veces se utilizan simplemente como armas arrojadizas.
No para explicar.
No para comprender.
No para analizar.
Sino para desacreditar.
La consecuencia resulta evidente.
El debate se degrada.
La historia se trivializa.
Y las palabras terminan convirtiéndose en simples instrumentos de combate político.
Cuando todo adversario es Hitler, nadie es Hitler.
Cuando todo conflicto es Auschwitz, Auschwitz deja de enseñarnos nada.
Cuando todo desacuerdo se convierte en opresión, la palabra opresión pierde sentido.
Y cuando todo ejército que combate es acusado de genocidio, los auténticos genocidios terminan siendo banalizados.
Las imágenes que faltan
Existe además otra cuestión importante.
No sólo importa lo que se muestra.
Importa también lo que no se muestra.
Durante años, millones de personas han visto imágenes de los efectos de las operaciones militares israelíes.
Es lógico.
Las guerras producen sufrimiento.
Y ese sufrimiento merece ser conocido.
Pero la pregunta sigue siendo pertinente.
¿Qué imágenes no vemos?
¿Cuántas personas conocen el contenido exacto de los discursos de los dirigentes de Hamás?
¿Cuántas personas han leído los textos fundacionales de determinadas organizaciones islamistas?
¿Cuántas personas conocen el tratamiento que reciben los disidentes en Irán?
¿Cuántas personas conocen la situación de las minorías religiosas en numerosos países de Oriente Próximo?
¿Cuántas personas conocen la suerte que correrían los homosexuales bajo el gobierno de Hamás?
¿Cuántas personas conocen la realidad de las mujeres bajo determinados regímenes islámicos?
La selección de las imágenes condiciona inevitablemente la percepción de la realidad.
Y toda selección implica una elección.
Los organismos internacionales
Otro aspecto merece atención.
Muchos ciudadanos contemplan las organizaciones internacionales como árbitros neutrales.
Como instituciones situadas por encima de las pasiones políticas.
La realidad resulta bastante menos ideal.
Las organizaciones internacionales están compuestas por Estados.
Y los Estados poseen intereses.
Poseen alianzas.
Poseen rivalidades.
Poseen agendas propias.
En consecuencia, sus decisiones no siempre responden exclusivamente a criterios morales o jurídicos.
La historia de las Naciones Unidas ofrece numerosos ejemplos.
Países con historiales deplorables en materia de derechos humanos han ocupado puestos relevantes en organismos encargados precisamente de vigilar esos derechos.
Dictaduras han participado en comisiones destinadas a evaluar libertades que ellas mismas niegan.
Y gobiernos que persiguen a minorías religiosas se han erigido en jueces de otros Estados.
La paradoja resulta evidente.
Y, sin embargo, rara vez se menciona.
La tentación del relato sencillo
Los seres humanos sentimos una inclinación natural hacia las historias simples.
Necesitamos héroes.
Necesitamos villanos.
Necesitamos relatos fáciles de comprender.
El problema aparece cuando la realidad se niega a encajar en esos esquemas.
Oriente Próximo constituye uno de los escenarios más complejos del planeta.
Décadas de guerras.
Siglos de conflictos religiosos.
Intereses estratégicos.
Rivalidades nacionales.
Factores históricos.
Factores culturales.
Factores económicos.
Reducir todo ello a una simple lucha entre buenos y malos resulta intelectualmente cómodo.
Pero profundamente engañoso.
Y, sin embargo, eso es precisamente lo que ocurre con frecuencia.
Israel aparece convertido en el villano universal.
Sus adversarios aparecen convertidos en víctimas permanentes.
Los hechos que contradicen esa imagen se minimizan.
Los hechos que la refuerzan se amplifican.
Y el resultado final termina pareciendo una novela moral más que un análisis político.
La responsabilidad de los medios de información
Los medios de información desempeñan una función esencial en cualquier sociedad libre.
Sin ellos resulta imposible controlar al poder.
Sin ellos resulta imposible denunciar abusos.
Sin ellos resulta imposible conocer muchos acontecimientos.
Pero precisamente por esa importancia poseen también una enorme responsabilidad.
La responsabilidad de verificar.
La responsabilidad de contrastar.
La responsabilidad de contextualizar.
La responsabilidad de corregir errores.
Cuando estas obligaciones se debilitan, la información corre el riesgo de transformarse en propaganda.
Y la propaganda posee una característica fundamental.
No busca comprender.
Busca convencer.
No busca explicar.
Busca movilizar.
No busca la verdad.
Busca adhesiones.
Por eso conviene mantener siempre una actitud crítica.
No sólo hacia los gobiernos.
También hacia quienes afirman informarnos acerca de ellos.
Pilar Rahola contra la corriente dominante
En este punto reaparece inevitablemente la figura de Pilar Rahola.
Porque buena parte de las polémicas que la rodean nacen precisamente de su negativa a aceptar determinados relatos como si fueran verdades indiscutibles.
Ha cuestionado palabras utilizadas de forma abusiva.
Ha discutido acusaciones que muchos consideran incuestionables.
Ha recordado hechos incómodos.
Y ha señalado contradicciones evidentes.
Eso le ha granjeado enemigos.
Muchos enemigos.
Pero también explica por qué continúa ocupando un lugar tan destacado en el debate público.
Porque, más allá de simpatías o antipatías, representa algo que escasea cada vez más.
La disposición a formular preguntas incómodas.
La pregunta decisiva
Y quizá toda esta discusión pueda resumirse en una sola cuestión.
¿Buscamos comprender lo que ocurre o simplemente buscamos confirmar aquello que ya creemos?
La diferencia resulta fundamental.
Porque quien busca comprender está dispuesto a examinar hechos incómodos.
A rectificar errores.
A revisar prejuicios.
A aceptar matices.
Quien únicamente busca confirmar sus creencias actúa de otra manera.
Selecciona datos.
Ignora contradicciones.
Descarta pruebas molestas.
Y termina viviendo dentro de una versión simplificada de la realidad.
El conflicto en torno a Israel constituye uno de los ejemplos más claros de esta tendencia.
Por eso el debate alrededor de Pilar Rahola resulta tan significativo.
Porque no trata únicamente de Israel.
No trata únicamente de Palestina.
No trata únicamente de Oriente Próximo.
Trata también de nuestra relación con la verdad.
Y de nuestra capacidad para distinguir entre los hechos y los deseos.
Llegados a este punto surge una última pregunta.
Quizá la más importante de todas.
¿Tiene razón Israel al sentirse solo?
O formulada de otro modo:
¿Ha vuelto Occidente a abandonar a los judíos?
Esa cuestión exige una reflexión final.
¿HA VUELTO OCCIDENTE A ABANDONAR A LOS JUDÍOS?
Ésta es probablemente la pregunta más incómoda de todo el ensayo.
Porque obliga a mirar hacia atrás.
Y también obliga a mirar hacia delante.
Mirar hacia atrás significa recordar una realidad que muchos prefieren olvidar.
Cuando los judíos fueron perseguidos, expulsados o asesinados, las ayudas exteriores casi siempre llegaron tarde.
Cuando no llegaron demasiado tarde.
La historia del pueblo judío no es únicamente la historia de quienes lo persiguieron.
También es la historia de quienes contemplaron la persecución desde la distancia.
De quienes observaron.
De quienes callaron.
De quienes decidieron no intervenir.
De quienes concluyeron que aquello no era asunto suyo.
La indiferencia ha sido siempre una de las grandes aliadas de los perseguidores.
El problema nunca fue únicamente Hitler
Existe una simplificación muy extendida.
Consiste en atribuir toda la responsabilidad del Holocausto exclusivamente a Hitler y al régimen nacionalsocialista.
Naturalmente, la responsabilidad principal les corresponde.
Sin ninguna duda.
Pero la pregunta sigue siendo pertinente.
¿Cómo fue posible?
¿Cómo pudo producirse una tragedia semejante en el corazón de una Europa que se consideraba culta, avanzada y civilizada?
La respuesta no se encuentra únicamente en Berlín.
También se encuentra en París.
En Viena.
En Budapest.
En Ámsterdam.
En Bruselas.
En Varsovia.
En Moscú.
Y en muchas otras ciudades.
Porque el antisemitismo no era una extravagancia alemana.
Estaba presente en gran parte del continente.
Con intensidades distintas.
Con formas distintas.
Pero presente.
Y cuando comenzaron las persecuciones, demasiadas personas decidieron mirar hacia otro lado.
La indiferencia como forma de complicidad
La historia demuestra que los grandes crímenes rara vez triunfan únicamente por la acción de los culpables.
También necesitan la pasividad de muchos otros.
Necesitan indiferencia.
Necesitan miedo.
Necesitan comodidad.
Necesitan personas convencidas de que el problema afecta a otros.
No a ellas.
Eso ocurrió en Europa durante los años treinta y cuarenta.
Y por eso conviene recordar una lección elemental.
La indiferencia nunca es neutral.
La indiferencia siempre beneficia a alguien.
Y normalmente beneficia al más fuerte.
Al agresor.
Al perseguidor.
Al fanático.
Al violento.
El nuevo abandono
Naturalmente, la situación actual no es la de 1938.
No es la de 1942.
No es la de 1945.
Las comparaciones mecánicas resultan absurdas.
Sin embargo, eso no significa que no existan paralelismos inquietantes.
Hoy los judíos vuelven a escuchar determinados discursos.
Vuelven a contemplar determinadas actitudes.
Vuelven a observar determinadas hostilidades.
No idénticas.
Pero sí familiares.
El señalamiento.
La sospecha colectiva.
La atribución de culpas generales.
La exigencia de explicaciones permanentes.
La demonización.
La caricatura.
La exclusión.
Y, sobre todo, una creciente sensación de soledad.
No sólo en Israel.
También en numerosas comunidades judías repartidas por el mundo.
Las cifras que invitan a reflexionar
Antes de la Segunda Guerra Mundial vivían en Europa aproximadamente nueve millones y medio de judíos.
Hoy apenas queda una pequeña fracción de aquella población.
En numerosos países las comunidades judías son cada vez más reducidas.
En otros, la emigración aumenta.
No porque Europa se haya convertido en un lugar inhabitable.
Pero sí porque muchas personas perciben señales preocupantes.
Las agresiones aumentan.
Las amenazas aumentan.
Las medidas de seguridad aumentan.
Las sinagogas necesitan vigilancia.
Las escuelas judías necesitan protección.
Los actos públicos requieren dispositivos policiales.
La pregunta surge inevitablemente.
¿Por qué?
¿Por qué una comunidad tan pequeña necesita semejantes medidas?
El refugio llamado Israel
Aquí aparece nuevamente la razón profunda de la existencia de Israel.
Para muchos observadores externos, Israel es un Estado.
Para millones de judíos es algo más.
Es una garantía.
La garantía de que, pase lo que pase, existe un lugar donde podrán ser acogidos.
La garantía de que nunca volverán a depender exclusivamente de la buena voluntad de otros.
La garantía de que disponen de medios para defenderse.
No se trata únicamente de política.
Se trata de memoria histórica.
Los pueblos aprenden de sus experiencias.
Y pocos pueblos poseen una experiencia histórica tan marcada por la persecución como el pueblo judío.
Por eso Israel sigue siendo necesario.
No porque sea perfecto.
No porque tenga siempre razón.
No porque sus gobiernos sean infalibles.
Sino porque la Historia ha enseñado a los judíos una lección que no están dispuestos a olvidar.
La paradoja de nuestro tiempo
Existe además una ironía difícil de ignorar.
Israel aparece frecuentemente descrito como una amenaza para la paz.
Sin embargo, sus enemigos proclaman abiertamente objetivos que resultarían inaceptables para cualquier sociedad democrática.
Israel es acusado de militarismo.
Pero vive rodeado de organizaciones armadas que anuncian regularmente su deseo de destruirlo.
Israel es acusado de agresividad.
Pero buena parte de sus guerras nacen de ataques dirigidos contra él.
Israel es acusado de obstaculizar la convivencia.
Pero muchos de sus adversarios rechazan de raíz la posibilidad misma de esa convivencia.
La paradoja resulta evidente.
Y, sin embargo, parece pasar inadvertida para demasiadas personas.
Pilar Rahola y la soledad del disidente
Todo ello nos devuelve al punto de partida.
Pilar Rahola.
La periodista catalana no ocupa hoy el centro de la polémica porque haya descubierto hechos desconocidos.
Ni porque haya formulado argumentos inéditos.
Ocupa ese lugar porque ha decidido expresar públicamente determinadas opiniones cuando muchos otros prefieren callar.
Y quienes rompen ciertos consensos suelen pagar un precio.
A veces un precio profesional.
A veces un precio social.
A veces un precio judicial.
La historia de las ideas está llena de ejemplos semejantes.
No todos los perseguidos tienen razón.
Pero toda sociedad libre debe preocuparse cuando determinadas opiniones se convierten en motivo de sospecha.
Especialmente cuando esas opiniones se expresan pacíficamente.
Especialmente cuando forman parte de un debate político legítimo.
Una pregunta para el lector
Llegados a este punto conviene abandonar por un instante a Pilar Rahola.
Conviene abandonar incluso a Israel.
Y formular una pregunta dirigida directamente al lector.
¿Qué habría hecho usted?
¿Qué habría hecho en la Europa de los años treinta?
¿Qué habría hecho cuando comenzaron las exclusiones?
¿Qué habría hecho cuando aparecieron las primeras agresiones?
¿Qué habría hecho cuando los vecinos judíos comenzaron a desaparecer?
Resulta fácil responder desde la comodidad del presente.
Todos nos imaginamos valientes.
Todos nos imaginamos justos.
Todos nos imaginamos defendiendo a las víctimas.
Pero la historia enseña algo incómodo.
La mayoría de las personas suele adaptarse a la corriente dominante.
La mayoría suele guardar silencio.
La mayoría suele mirar hacia otro lado.
Precisamente por eso las preguntas incómodas resultan necesarias.
Precisamente por eso personas como Pilar Rahola generan tantas reacciones.
Porque obligan a elegir.
Porque obligan a posicionarse.
Porque obligan a pensar.
Y porque recuerdan una verdad que Europa debería conocer mejor que nadie.
El odio comienza con palabras.
Pero rara vez termina en palabras.
EPÍLOGO
¿ISRAEL ESTÁ SOLO?

Después de recorrer estas páginas, la pregunta inicial vuelve a aparecer.
¿Está Israel solo?
La respuesta depende de cómo se mire.
Militarmente, no.
Diplomáticamente, tampoco.
Existen aliados.
Existen acuerdos.
Existen relaciones internacionales.
Pero la cuestión nunca fue exclusivamente militar o diplomática.
La cuestión era moral.
Intelectual.
Cultural.
Y en ese terreno la sensación de soledad resulta comprensible.
Israel observa cómo muchos de quienes comparten sus principios lo condenan con una severidad que raramente aplican a sus enemigos.
Observa cómo las agresiones contra judíos aumentan en diversos lugares del mundo.
Observa cómo resurgen viejos prejuicios bajo nombres nuevos.
Observa cómo se banalizan palabras cuyo significado debería inspirar prudencia.
Y observa cómo personas como Pilar Rahola terminan ante los tribunales o en el centro de campañas de hostigamiento por expresar opiniones perfectamente legítimas.
Quizá la verdadera cuestión no sea si Israel está solo.
Quizá la cuestión sea otra.
¿Está Occidente dispuesto a defender los principios que dice defender?
¿Está dispuesto a distinguir entre una democracia imperfecta y quienes desean destruirla?
¿Está dispuesto a combatir el antisemitismo incluso cuando adopta formas nuevas y aparentemente respetables?
¿Está dispuesto a proteger la libertad de expresión también cuando las opiniones expresadas resultan incómodas?
Las respuestas a estas preguntas determinarán no sólo el futuro de Israel.
Determinarán también el futuro de las sociedades occidentales.
Porque una civilización comienza a debilitarse cuando pierde la capacidad de reconocer a sus amigos.
Y termina por extraviarse cuando deja de identificar a sus enemigos.
Ésa es la gran lección que se desprende del caso Pilar Rahola.
Y también la razón por la que su historia merece ser contada.
APÉNDICE I
¿QUÉ ES REALMENTE EL SIONISMO?

Pocas palabras han sido tan utilizadas y tan mal comprendidas como la palabra sionismo.
Para unos constituye una causa noble.
Para otros representa casi una maldición.
Para muchos se ha convertido simplemente en un insulto.
Sin embargo, antes de condenar o defender una idea conviene saber qué significa.
Y cuando se examina el origen histórico del sionismo, aparece una realidad mucho más sencilla de lo que sugieren muchas polémicas actuales.
El nombre
La palabra procede de Sión, una de las colinas de Jerusalén que acabó convirtiéndose en símbolo de la ciudad y, posteriormente, de toda la tierra histórica de Israel.
Durante siglos, generaciones enteras de judíos dispersos por Europa, Asia y África mantuvieron vivo el recuerdo de Jerusalén.
Aquella memoria no era únicamente religiosa.
También era histórica y cultural.
Formaba parte de la identidad colectiva del pueblo judío.
Mucho antes de que existieran las modernas teorías nacionalistas europeas, los judíos ya rezaban mirando hacia Jerusalén y repetían año tras año una frase que resumía una esperanza secular:
«El año próximo en Jerusalén».
La aparición del sionismo moderno
El sionismo moderno nació en el siglo XIX.
No surgió porque los judíos quisieran conquistar territorios ajenos.
Surgió porque millones de judíos comprendieron que su situación seguía siendo extraordinariamente precaria.
Europa avanzaba.
La ciencia progresaba.
La industria transformaba las sociedades.
Los parlamentos ganaban poder.
Las constituciones se multiplicaban.
Pero el antisemitismo seguía vivo.
En Rusia se producían pogromos.
En Francia estalló el caso Dreyfus.
En Alemania crecían movimientos abiertamente hostiles a los judíos.
Muchos comenzaron a preguntarse si la integración bastaría para garantizar su seguridad.
La respuesta fue negativa.
Theodor Herzl
La figura central del sionismo moderno fue Theodor Herzl.
Periodista y escritor, observó con preocupación el resurgimiento del antisemitismo en países que se consideraban avanzados y civilizados.
Llegó entonces a una conclusión sencilla.
Los judíos necesitaban una patria propia.
No para dominar a otros.
No para imponer una religión.
No para construir un imperio.
Simplemente para dejar de depender de la protección de terceros.
Herzl comprendió algo que el siglo XX confirmaría de manera brutal.
Cuando un pueblo carece de medios para defenderse, su supervivencia depende de decisiones ajenas.
Y las decisiones ajenas pueden cambiar.
Una aspiración normal
Resulta curioso observar cómo muchas personas consideran perfectamente legítimo que polacos, griegos, húngaros, árabes, armenios o kurdos aspiren a disponer de una patria propia.
Sin embargo, cuando esa misma aspiración corresponde a los judíos, la reacción suele ser muy distinta.
La pregunta resulta inevitable.
¿Por qué?
¿Por qué aquello que parece legítimo para otros pueblos se convierte en escándalo cuando se trata de los judíos?
La respuesta rara vez aparece formulada de manera clara.
Pero la contradicción existe.
Y merece ser señalada.
La gran deformación
Hoy el término sionismo se utiliza con frecuencia como sinónimo de racismo, imperialismo o fanatismo.
Históricamente esa identificación resulta insostenible.
El sionismo nació como un movimiento de liberación nacional.
Su objetivo fundamental consistía en garantizar la supervivencia y la seguridad del pueblo judío.
Naturalmente, dentro del sionismo existieron corrientes muy diferentes.
Religiosas.
Laicas.
Socialistas.
Liberales.
Conservadoras.
Pero todas compartían una idea central.
La existencia de un hogar nacional judío.
Nada más.
Y nada menos.
La realidad actual
El mejor argumento a favor de la necesidad histórica del sionismo quizá sea la propia historia del siglo XX.
Auschwitz.
Treblinka.
Sobibor.
Majdanek.
Los pogromos.
Las expulsiones.
Las confiscaciones.
Los millones de muertos.
Todo ello demuestra que Herzl no era un visionario extravagante.
Era un hombre que comprendió antes que muchos otros la fragilidad de la existencia judía en un mundo cambiante.
Por eso, cuando hoy se condena automáticamente el sionismo, conviene formular una pregunta sencilla.
Si el sionismo no hubiera existido, ¿dónde habrían encontrado refugio millones de judíos perseguidos?
La respuesta resulta incómoda.
Porque probablemente no lo habrían encontrado en ninguna parte.
APÉNDICE II
LOS JUDÍOS EXPULSADOS DE LOS PAÍSES ÁRABES: LA HISTORIA OLVIDADA

Existen acontecimientos históricos que ocupan bibliotecas enteras.
Existen otros que apenas reciben unas pocas líneas.
No siempre porque sean menos importantes.
A menudo ocurre exactamente lo contrario.
Algunos episodios desaparecen del debate público precisamente porque resultan incómodos.
La desaparición de las comunidades judías del mundo árabe constituye uno de esos casos.
Millones de personas han oído hablar de los refugiados palestinos.
Muchos menos conocen la historia de los refugiados judíos procedentes de los países árabes y musulmanes.
Y, sin embargo, hablamos de una de las mayores transformaciones demográficas del siglo XX en Oriente Próximo.
Un mundo casi desaparecido
Antes de la creación del Estado de Israel existían importantes comunidades judías repartidas por todo Oriente Próximo y el norte de África.
No eran comunidades recién llegadas.
No eran colonos modernos.
No eran inmigrantes recientes.
Muchas de ellas existían desde hacía siglos.
Algunas desde hacía más de dos mil años.
Mucho antes de la llegada del islam.
Mucho antes de la conquista árabe.
Mucho antes de la aparición de numerosos Estados actuales.
Bagdad poseía una importante comunidad judía.
También El Cairo.
También Damasco.
También Alepo.
También Trípoli.
También Adén.
También Fez.
También Casablanca.
También Túnez.
También Argel.
Aquellas comunidades formaban parte de la vida económica, cultural y social de sus respectivos países.
Con todas las limitaciones y discriminaciones que en distintas épocas sufrieron, constituían una realidad consolidada.
Hoy casi han desaparecido.
Irak: una tragedia poco recordada
Pocos lugares simbolizan mejor esta historia que Irak.
La presencia judía en Mesopotamia se remontaba a la Antigüedad.
Mucho antes del nacimiento del cristianismo.
Mucho antes del nacimiento del islam.
Bagdad llegó a albergar una de las comunidades judías más importantes del mundo.
A comienzos del siglo XX, los judíos desempeñaban un papel relevante en la economía, el comercio y las profesiones liberales.
Todo cambió progresivamente durante el siglo pasado.
La hostilidad aumentó.
Las restricciones crecieron.
Las amenazas se multiplicaron.
El episodio conocido como Farhud, en 1941, constituyó una señal alarmante.
Durante aquellos disturbios murieron judíos, se saquearon propiedades y se destruyeron negocios.
Muchos comprendieron entonces que el futuro se oscurecía.
Tras la creación de Israel, la situación empeoró todavía más.
Finalmente, la inmensa mayoría de los judíos iraquíes abandonó el país.
Una comunidad con más de dos mil años de historia prácticamente desapareció.
Egipto, Siria y Yemen
La historia se repitió en distintos lugares.
En Egipto, decenas de miles de judíos abandonaron el país.
En Siria, la presión constante redujo progresivamente una presencia histórica que había perdurado durante siglos.
En Yemen, una de las comunidades judías más antiguas del mundo quedó reducida a cifras insignificantes.
La situación variaba de un país a otro.
Las circunstancias concretas eran diferentes.
Pero el resultado final fue parecido.
La desaparición de comunidades enteras.
El norte de África
Marruecos llegó a albergar una de las mayores poblaciones judías del mundo árabe.
También Túnez.
También Argelia.
También Libia.
Hoy esas comunidades son apenas una sombra de lo que fueron.
En algunos casos sobreviven pequeños grupos.
En otros apenas quedan testimonios materiales.
Sinagogas vacías.
Cementerios abandonados.
Barrios que conservan recuerdos de una presencia desaparecida.
La transformación resulta impresionante.
Y, sin embargo, apenas ocupa espacio en la memoria colectiva occidental.
Cientos de miles de refugiados
Las estimaciones varían según las fuentes.
Pero la cifra total de judíos que abandonaron países árabes y musulmanes durante el siglo XX supera ampliamente el medio millón y probablemente se acerca a las ochocientas mil personas.
Muchos dejaron atrás viviendas.
Negocios.
Tierras.
Ahorros.
Objetos familiares.
Bibliotecas.
Lugares de culto.
Recuerdos acumulados durante generaciones.
La inmensa mayoría nunca recuperó aquellas propiedades.
Ni recibió compensaciones significativas.
Ni protagonizó campañas internacionales permanentes.
Simplemente reconstruyó su vida en otros lugares.
Principalmente en Israel.
Dos historias y una sola memoria
Resulta perfectamente legítimo recordar el sufrimiento de los refugiados palestinos.
Negarlo sería absurdo.
Pero también resulta legítimo recordar a los refugiados judíos.
Y aquí aparece una cuestión llamativa.
Una de estas historias ocupa titulares, resoluciones internacionales y debates permanentes.
La otra apenas se menciona.
Una se estudia.
La otra se olvida.
Una se convierte en símbolo.
La otra desaparece de la conversación pública.
Sin embargo, ambas forman parte de la misma época histórica.
Ambas merecen ser conocidas.
Ambas merecen ser comprendidas.
La transformación de Israel
La llegada masiva de estos refugiados transformó profundamente Israel.
No llegaron únicamente judíos procedentes de Europa.
Llegaron también judíos procedentes de Irak, Yemen, Marruecos, Egipto, Siria, Túnez, Libia y otros muchos lugares.
Con ellos llegaron lenguas.
Costumbres.
Tradiciones culinarias.
Músicas.
Formas de entender la vida.
La sociedad israelí contemporánea nació en gran medida de esa mezcla extraordinaria.
Por eso resulta profundamente engañoso presentar a Israel como una simple prolongación de Europa en Oriente Próximo.
La realidad es mucho más compleja.
Una parte muy importante de la población israelí desciende precisamente de aquellos judíos expulsados o forzados a abandonar países árabes y musulmanes.
La pregunta que permanece
Todo ello nos devuelve a una cuestión esencial.
¿Por qué esta historia resulta tan poco conocida?
¿Por qué la desaparición de comunidades judías milenarias apenas despierta interés?
¿Por qué cientos de miles de refugiados parecen haber desaparecido de la memoria colectiva?
Tal vez porque recordar esta historia complica ciertos relatos simplificados.
Tal vez porque obliga a reconocer que el conflicto de Oriente Próximo posee muchas más dimensiones de las que suelen aparecer en los titulares.
Tal vez porque recuerda una verdad incómoda.
Que los movimientos de población, las expulsiones y los sufrimientos no afectaron únicamente a una de las partes.
Y que comprender la realidad exige contemplar el cuadro completo.
Una lección para el presente
La desaparición de aquellas comunidades constituye también una advertencia.
Las sociedades pueden cambiar con sorprendente rapidez.
Lo que parece estable puede dejar de serlo.
Lo que parece seguro puede volverse inseguro.
Lo que parece permanente puede desaparecer.
Los judíos de Bagdad, Alepo, El Cairo o Trípoli probablemente no imaginaban que sus comunidades acabarían reducidas a casi nada.
Sin embargo, ocurrió.
Por eso la historia sigue siendo necesaria.
Porque ayuda a comprender por qué tantos judíos consideran a Israel algo más que un Estado.
Lo consideran un refugio.
Lo consideran una garantía.
Lo consideran una necesidad histórica nacida de experiencias que otros pueblos afortunadamente nunca tuvieron que vivir.
Y esa realidad resulta imprescindible para entender el presente.
Porque quien ignora la historia difícilmente comprenderá las decisiones que los pueblos adoptan para no repetirla.
APÉNDICE III
PILAR RAHOLA: UNA VOZ INCÓMODA

Todo ensayo necesita regresar al punto de partida.
Y el punto de partida de estas páginas fue Pilar Rahola.
No Israel.
No Hamás.
No Irán.
No el antisemitismo.
Pilar Rahola.
Porque fue la denuncia presentada contra ella y la actuación posterior de la Fiscalía lo que sirvió como detonante para una reflexión mucho más amplia.
Sin embargo, para comprender la importancia de este episodio conviene conocer primero a la protagonista.
¿Quién es realmente Pilar Rahola?
¿Y por qué provoca reacciones tan intensas?
Una trayectoria poco convencional
Pilar Rahola pertenece a esa clase de personajes públicos que difícilmente dejan indiferente a nadie.
Sus admiradores la consideran una mujer valiente.
Sus detractores la consideran provocadora.
Algunos la ven como una defensora de la libertad.
Otros como una polemista permanente.
Pero incluso quienes discrepan profundamente de ella suelen reconocer una característica evidente.
La coherencia.
Porque pocas figuras públicas han mantenido durante tanto tiempo posiciones tan firmes sobre cuestiones tan controvertidas.
Rahola inició su trayectoria pública vinculada al nacionalismo catalán y a posiciones progresistas.
Durante años participó activamente en la vida política y parlamentaria.
Posteriormente orientó buena parte de su actividad hacia el periodismo, el ensayo y la intervención pública.
Fue precisamente entonces cuando comenzó a destacar por una singularidad cada vez más rara.
Su disposición a defender causas impopulares en determinados ambientes.
La excepción israelí
Durante décadas, amplios sectores de la izquierda europea mantuvieron una actitud progresivamente más crítica hacia Israel.
En muchos casos esa crítica era perfectamente legítima.
Toda democracia debe aceptar el escrutinio público.
Toda acción gubernamental puede ser discutida.
Toda decisión política puede ser cuestionada.
Pero Rahola observó algo que le parecía preocupante.
La crítica a Israel comenzaba a transformarse en algo diferente.
Dejaba de dirigirse contra gobiernos concretos.
Dejaba de dirigirse contra decisiones concretas.
Dejaba de dirigirse contra políticas concretas.
Comenzaba a dirigirse contra la propia existencia del Estado judío.
Y ahí decidió plantar cara.
Aquella decisión la convirtió rápidamente en una figura incómoda.
La defensa de Israel
La defensa de Israel constituye probablemente el rasgo más conocido de su trayectoria intelectual.
No porque considere perfecto al Estado judío.
No porque apruebe automáticamente todas sus decisiones.
No porque renuncie a formular críticas cuando las considera necesarias.
Sino porque rechaza el doble rasero que, a su juicio, se aplica habitualmente a Israel.
Rahola sostiene desde hace años que buena parte de las críticas dirigidas contra el Estado judío no responden únicamente a desacuerdos políticos.
Responden también a prejuicios más antiguos.
A resentimientos históricos.
A formas nuevas de antisemitismo.
Y precisamente esa tesis es la que ha provocado algunas de las controversias más intensas de su carrera.
Contra corriente
Resulta relativamente sencillo defender una posición compartida por la mayoría del entorno social e intelectual.
Mucho más difícil resulta sostener una posición minoritaria.
Especialmente cuando esa posición genera hostilidad.
Durante años Rahola ha recibido insultos.
Ha sufrido campañas de descrédito.
Ha sido objeto de ataques personales.
Ha sido acusada de actuar por intereses ocultos.
Ha sido caricaturizada.
Ha sido señalada.
Todo ello por una razón muy concreta.
Porque se niega a aceptar determinadas conclusiones como si fueran verdades obligatorias.
Porque insiste en formular preguntas incómodas.
Porque recuerda hechos que otros prefieren olvidar.
Y porque cuestiona relatos que muchos consideran indiscutibles.
La soledad del discrepante
Existe una experiencia común a muchos intelectuales heterodoxos.
La sensación de aislamiento.
No necesariamente porque estén solos.
Sino porque sus opiniones dejan de encajar en los marcos dominantes.
La historia está llena de ejemplos.
Personas admiradas en determinados momentos y condenadas en otros.
Personas convertidas en héroes un día y en villanos al siguiente.
Personas elogiadas mientras resultan útiles y atacadas cuando dejan de serlo.
Rahola conoce bien esa experiencia.
Porque su defensa de Israel la ha situado frecuentemente en conflicto con antiguos aliados ideológicos.
Y porque buena parte de los ataques dirigidos contra ella proceden precisamente de sectores con los que compartió otras muchas posiciones.
El precio de la independencia
La independencia intelectual posee ventajas.
Pero también posee costes.
Quien piensa por cuenta propia termina inevitablemente enfrentándose a corrientes dominantes.
A veces tiene razón.
A veces se equivoca.
Eso es secundario.
Lo importante es que conserva la libertad de examinar los hechos sin someterse completamente a la disciplina del grupo.
Esa actitud resulta cada vez más infrecuente.
Y quizá por eso genera tanta irritación.
Porque obliga a los demás a justificar sus propias posiciones.
Porque rompe la comodidad de los consensos automáticos.
Porque introduce dudas donde otros preferirían certezas.
La denuncia
La reciente denuncia presentada contra Rahola debe entenderse dentro de este contexto.
No aparece de forma aislada.
Forma parte de una larga secuencia de controversias acumuladas durante años.
La cuestión fundamental no consiste únicamente en determinar si prosperará o no.
La cuestión fundamental consiste en preguntarse qué revela acerca del estado actual del debate público.
¿Hasta qué punto determinadas opiniones continúan siendo legítimas?
¿Hasta qué punto ciertas posiciones políticas se consideran aceptables?
¿Hasta qué punto existe una tendencia creciente a transformar discrepancias ideológicas en asuntos judiciales?
Estas preguntas afectan mucho más a la libertad de expresión que al destino personal de Pilar Rahola.
Más allá de Pilar Rahola
Y aquí aparece la paradoja final.
Este ensayo comenzó hablando de Pilar Rahola.
Pero nunca trató únicamente de Pilar Rahola.
Trató de Israel.
Trató del antisemitismo.
Trató de la libertad de expresión.
Trató del uso político del lenguaje.
Trató de la memoria histórica.
Trató de la capacidad de Occidente para reconocer sus propios problemas.
La periodista catalana funciona, en cierto modo, como una lente de aumento.
A través de ella se hacen visibles tensiones mucho más profundas.
Por eso su caso resulta relevante.
No porque sea la persona más importante del debate.
Sino porque simboliza muchas de las cuestiones que atraviesan actualmente a las sociedades occidentales.
Una última pregunta

Después de recorrer todas estas páginas, quizá la cuestión más importante siga siendo la más sencilla.
¿Debe una persona enfrentarse a denuncias, campañas de hostigamiento o intentos de silenciarla por defender públicamente a Israel?
Cada lector responderá según su criterio.
Pero existe una reflexión que merece ser tenida en cuenta.
Las sociedades libres no se distinguen porque todos piensen igual.
Se distinguen porque permiten discrepar.
Se distinguen porque admiten opiniones incómodas.
Se distinguen porque protegen la libertad incluso cuando esa libertad molesta.
Y precisamente por eso el caso Pilar Rahola trasciende a Pilar Rahola.
Porque nos obliga a preguntarnos si seguimos siendo capaces de convivir con la discrepancia.
O si estamos entrando en una época en la que determinadas opiniones dejan de discutirse para empezar a perseguirse.
La respuesta a esa pregunta no afecta únicamente a Pilar Rahola.
Nos afecta a todos.