La banalidad del mal, los nuevos totalitarismos y el deber de pensar por uno mismo. La plena actualidad de Hannah Arendt
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

Resumen para lectores apresurados
Hannah Arendt (1906-1975) no fue sólo una de las grandes filósofas del siglo XX; fue, sobre todo, una observadora lúcida de la condición humana y de los peligros que acechan a toda sociedad cuando sus ciudadanos dejan de pensar por sí mismos. Sus reflexiones, nacidas al calor de los grandes totalitarismos europeos, conservan una sorprendente actualidad y ayudan a comprender muchos de los desafíos políticos, sociales y culturales de nuestro tiempo.
La idea por la que más se la recuerda, la banalidad del mal, surgió tras asistir al juicio de Adolf Eichmann, uno de los principales organizadores de la deportación de millones de judíos hacia los campos de exterminio. Arendt no encontró en él a un monstruo sanguinario, sino a un funcionario gris, incapaz de reflexionar moralmente sobre sus propios actos. Su conclusión fue tan sencilla como inquietante: el mayor peligro para una sociedad no reside únicamente en la existencia de personas malvadas, sino en la facilidad con que hombres y mujeres corrientes pueden convertirse en instrumentos del mal cuando renuncian a juzgar por sí mismos y se limitan a obedecer.
Poco después, los experimentos del psicólogo Stanley Milgram confirmaron, desde la psicología experimental, una intuición semejante. Una mayoría de personas normales estaba dispuesta a causar un grave daño a otro ser humano cuando una autoridad considerada legítima se lo ordenaba. Arendt y Milgram llegaron por caminos distintos a una advertencia común: la obediencia ciega nunca puede sustituir a la conciencia.
Pero la actualidad de Hannah Arendt va mucho más allá de esa célebre expresión. Sus análisis sobre el totalitarismo muestran que las dictaduras no aparecen de repente. Antes se degrada el lenguaje, se difumina la frontera entre la verdad y la mentira, se sustituye el debate por la consigna, se desacredita al discrepante y se acostumbra a los ciudadanos a delegar su juicio en otros. La libertad comienza a perderse mucho antes de que desaparezcan formalmente las instituciones democráticas.
Arendt también advirtió del enorme peligro de la mentira organizada, es decir, del intento de reemplazar la realidad por un relato construido al servicio del poder. Cuando los hechos dejan de importar y sólo cuentan las versiones interesadas, la verdad se convierte en una víctima más. En esas circunstancias, el ciudadano corre el riesgo de resignarse, dejar de buscar la verdad y aceptar cualquier explicación que confirme sus prejuicios o le resulte más cómoda.
Frente a esas amenazas, Hannah Arendt propone una respuesta exigente pero profundamente humanista: pensar. Pensar no significa acumular conocimientos ni repetir teorías filosóficas, sino mantener un diálogo permanente con la propia conciencia, preguntarse si lo que hacemos es justo, verdadero y digno. Para ella, la libertad comienza precisamente ahí, en la capacidad de cada persona para juzgar por sí misma, resistir la presión del grupo y negarse a convertir la obediencia en la suprema virtud.
Ésta es la razón por la que Hannah Arendt sigue siendo plenamente actual. No escribió únicamente para explicar las tragedias del siglo XX. Escribió para advertir a todas las generaciones de que ninguna sociedad está inmunizada contra la manipulación, el conformismo o la renuncia al pensamiento crítico. Sus libros nos recuerdan que la democracia no puede sostenerse sólo sobre leyes e instituciones; necesita ciudadanos libres, responsables y capaces de pensar por sí mismos.
Más de medio siglo después de su muerte, su gran lección permanece intacta: la primera defensa de la libertad no está en los parlamentos, ni en los tribunales, ni en las constituciones. Está en la conciencia de cada ciudadano. Allí comienza —y también puede terminar— toda sociedad verdaderamente libre.
Si quieres saber más, profundizar, sigue leyendo.
Una filósofa para tiempos difíciles

Vivimos una época extraordinariamente contradictoria. Nunca la humanidad había disfrutado de tanta información, de tantos medios de comunicación, de tanta capacidad para acceder al conocimiento y, sin embargo, pocas veces ha parecido tan vulnerable a la manipulación, a la propaganda y al pensamiento uniforme. Se diría que, cuanto mayor es el caudal de noticias, opiniones e imágenes que recibimos, menor es el tiempo que dedicamos a examinarlas críticamente.
En este contexto, la obra de Hannah Arendt adquiere una actualidad casi inquietante.
Resulta sorprendente comprobar cómo una pensadora fallecida hace ya medio siglo parece describir, con extraordinaria lucidez, algunos de los problemas más característicos de nuestro tiempo. No porque pudiera prever internet, las redes sociales o la inteligencia artificial, sino porque comprendió algo mucho más profundo y permanente: los mecanismos mediante los cuales el ser humano renuncia a ejercer su propia conciencia y termina aceptando como natural aquello que, hasta poco antes, le habría parecido inadmisible.
Arendt no escribió para satisfacer la curiosidad de los historiadores ni para elaborar un sistema filosófico destinado a las bibliotecas universitarias. Escribió para comprender. Comprender cómo pudo surgir el totalitarismo en sociedades cultas. Comprender por qué millones de personas aceptaron, justificaron o colaboraron con regímenes criminales. Comprender cómo el mal puede abrirse camino cuando desaparecen el juicio moral y el pensamiento independiente.
Ésa sigue siendo la cuestión fundamental.
No se trata únicamente de preguntarse cómo nacieron el nazismo o el estalinismo. Se trata de preguntarse qué condiciones permiten que cualquier sociedad, en cualquier época, vaya perdiendo poco a poco sus defensas morales frente al abuso del poder.
Arendt comprendió que los totalitarismos no aparecen de la noche a la mañana. No irrumpen de improviso como una tormenta inesperada. Se preparan lentamente. Avanzan casi siempre mediante pequeñas renuncias, pequeñas concesiones y pequeñas cobardías que, consideradas aisladamente, parecen insignificantes. Un día se acepta una mentira porque resulta conveniente; al siguiente se guarda silencio para evitar problemas; más tarde se deja de discutir porque disentir tiene un coste; finalmente, la obediencia sustituye a la conciencia.
Cuando ese proceso culmina, el totalitarismo apenas encuentra resistencia.
Por eso Hannah Arendt sigue siendo incómoda.
Porque obliga al lector a abandonar una explicación tranquilizadora de la Historia. Resultaría mucho más sencillo creer que las grandes tragedias fueron obra exclusiva de unos cuantos monstruos excepcionales. Sin embargo, Arendt sostiene una tesis mucho más perturbadora: las peores catástrofes políticas suelen necesitar la colaboración, activa o pasiva, de innumerables personas corrientes.
No basta con señalar a los dictadores.
Hay que preguntarse también por quienes obedecieron sin pensar, justificaron lo injustificable, callaron cuando debían hablar o prefirieron mirar hacia otro lado.
Ésa es la razón por la que su pensamiento conserva hoy toda su fuerza.
Porque no habla únicamente del pasado.
Habla de nosotros.
Habla de cada ciudadano cuando decide repetir una consigna sin examinarla.
Habla de cada funcionario cuando antepone la obediencia a la justicia.
Habla de cada periodista que sustituye la búsqueda de la verdad por la propaganda.
Habla de cada profesor que renuncia a enseñar a pensar.
Habla de cada juez que olvida que su primera lealtad pertenece al Derecho antes que al poder.
Habla de cada intelectual que cambia la independencia por la comodidad.
Habla, en definitiva, de cualquiera de nosotros cuando dejamos que otros piensen en nuestro lugar.
Ésa constituye quizá la enseñanza más profunda de Hannah Arendt.
La libertad no empieza en las leyes ni termina en las urnas.
Empieza mucho antes.
Empieza en la conciencia.
Empieza en la capacidad de decirse a uno mismo: «Esto es verdad» o «esto es mentira»; «esto es justo» o «esto es injusto», aunque la mayoría sostenga lo contrario.
Sólo quien conserva esa independencia interior puede seguir siendo verdaderamente libre.
Y precisamente porque esa libertad interior nunca está garantizada de una vez para siempre, la obra de Hannah Arendt continúa siendo una de las lecturas más necesarias de nuestro tiempo.
Porque cambian los gobiernos, cambian las ideologías, cambian los instrumentos de propaganda y cambian las tecnologías, pero permanece inalterable la gran pregunta que ella formuló y que cada generación está obligada a responder por sí misma:
¿Qué ocurre cuando los hombres y las mujeres dejan de pensar?
Ese interrogante constituye el verdadero hilo conductor de toda su obra y, probablemente, una de las cuestiones más decisivas para comprender no sólo el siglo XX, sino también el mundo en que vivimos.
La banalidad del mal: cuando el mayor peligro tiene un rostro corriente

Si hubiera que resumir el pensamiento de Hannah Arendt en una sola expresión, probablemente sería ésta: la banalidad del mal.
Pocas fórmulas filosóficas han sido tan citadas, tan discutidas y, al mismo tiempo, tan mal interpretadas.
Todavía hoy hay quien cree que Arendt pretendía minimizar los crímenes del nazismo o restar gravedad al Holocausto. Nada más lejos de la realidad. Lo que ella calificó de «banal» no fue el mal cometido, sino la personalidad de uno de sus ejecutores más diligentes: Adolf Eichmann.
La expresión surgió a raíz del juicio celebrado en Jerusalén en 1961 contra este antiguo teniente coronel de las SS, responsable de organizar la deportación de centenares de miles de judíos hacia los campos de exterminio.

Arendt asistió al proceso como enviada de la revista The New Yorker. Esperaba encontrarse con un monstruo, con un fanático poseído por el odio, con un criminal excepcional. Sin embargo, cuanto más observaba al acusado, mayor era su desconcierto.
Ante ella no aparecía un hombre dominado por una furia asesina.
Veía a un individuo gris, mediocre, extraordinariamente vulgar. Un funcionario que hablaba mediante frases hechas, incapaz de expresar una reflexión personal, obsesionado con demostrar que había cumplido correctamente las órdenes recibidas y que, por tanto, no era responsable de sus consecuencias.
Eichmann no se presentaba como un asesino.
Se presentaba como un buen empleado.
Ésa fue la intuición que cambió para siempre la manera de comprender el mal político.
Arendt llegó a la conclusión de que el peligro más grave para una sociedad no reside únicamente en la existencia de individuos perversos. El verdadero peligro aparece cuando personas perfectamente normales dejan de pensar por sí mismas y convierten la obediencia en la suprema virtud.
No hacía falta un odio especialmente intenso.
Bastaba con renunciar al juicio moral.
Bastaba con repetir:
—«Yo sólo cumplía órdenes.»
—«Ésa era la ley.»
—«No me correspondía decidir.»
—«Todos hacían lo mismo.»
Estas frases, aparentemente inocentes, constituyen uno de los mayores peligros para cualquier civilización.
Porque, en realidad, representan la renuncia a la conciencia individual.
Arendt comprendió que el ser humano posee una extraordinaria capacidad para desligar sus actos de toda responsabilidad moral cuando acepta que otro piense en su lugar.
No deja de ser significativo que Eichmann insistiera una y otra vez en que había respetado escrupulosamente las normas del Estado alemán.
Desde su punto de vista, había sido un funcionario ejemplar.
Precisamente ahí radicaba el espanto.
Porque la legalidad puede ser utilizada para cometer las mayores injusticias.
La Historia demuestra que numerosas atrocidades se realizaron conforme a leyes aprobadas por gobiernos legítimamente constituidos. La esclavitud, la segregación racial, las deportaciones masivas o las persecuciones políticas encontraron, en distintas épocas, cobertura legal.
La ley, por sí sola, no basta.
Existe una instancia anterior y superior: la conciencia moral.
Arendt no defendía la desobediencia permanente ni el rechazo de toda autoridad. Sabía perfectamente que ninguna sociedad puede subsistir sin normas ni instituciones.
Lo que sostenía era algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más exigente.
Cada persona conserva siempre la responsabilidad última de sus propios actos.
Ninguna orden, ninguna ley, ningún reglamento ni ningún superior pueden sustituir completamente ese deber de juzgar.
Ésa constituye una de las diferencias fundamentales entre un ciudadano libre y un simple engranaje de una maquinaria administrativa.
El ciudadano piensa.
El engranaje funciona.
Y cuando millones de personas aceptan convertirse únicamente en engranajes, la maquinaria puede acabar produciendo cualquier clase de horror.
Conviene subrayar otro aspecto que con frecuencia pasa inadvertido.
Arendt no afirmaba que Eichmann fuera un hombre inocente, ni mucho menos.
Fue declarado culpable y condenado a muerte por crímenes de una magnitud difícilmente imaginable.
Lo que ella intentó explicar fue algo distinto: el mal puede presentarse bajo una apariencia perfectamente normal.
No necesita siempre rostros deformados por el odio.
Puede ocultarse tras una mesa de oficina, un sello oficial, un expediente, una firma o un formulario.
Puede hablar con educación.
Puede vestir correctamente.
Puede limitarse a «cumplir su trabajo».
Ésta es la razón por la que la expresión «la banalidad del mal» continúa despertando tanta inquietud.
Porque desplaza el problema desde los monstruos hacia las personas corrientes.
Obliga a preguntarnos no sólo qué hicieron unos pocos dirigentes, sino también qué hicieron millones de ciudadanos aparentemente respetables.
Y obliga, sobre todo, a formular una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué habría hecho yo?
Ésa es la pregunta que Hannah Arendt deja suspendida sobre cada lector.
No admite respuestas fáciles.
Porque todos preferimos pensar que, en circunstancias semejantes, habríamos actuado heroicamente.
Sin embargo, la experiencia demuestra que el comportamiento humano resulta mucho más complejo.
Precisamente esa inquietante cuestión fue estudiada pocos años después por un joven psicólogo estadounidense llamado Stanley Milgram.
Sus experimentos sobre la obediencia a la autoridad no pretendían reproducir el juicio de Eichmann, pero sí explorar la misma pregunta desde otro ángulo: ¿hasta qué punto una persona corriente puede llegar a obedecer órdenes contrarias a su conciencia cuando proceden de una autoridad considerada legítima?
Los resultados sorprendieron al propio Milgram y, al mismo tiempo, ofrecieron una inesperada confirmación empírica de algunas de las intuiciones más profundas de Hannah Arendt.
Ese experimento merece un capítulo propio, porque constituye una de las investigaciones psicológicas más reveladoras —y también más inquietantes— del siglo XX.
Stanley Milgram: el experimento que confirmó las intuiciones de Hannah Arendt

En la historia del pensamiento sucede, a veces, algo extraordinario. Un filósofo llega a una conclusión mediante la reflexión, y pocos años después un científico la pone a prueba mediante un experimento.
Eso ocurrió, en buena medida, con Hannah Arendt y Stanley Milgram.
Es importante aclarar el orden de los acontecimientos.
En 1961 comenzó en Jerusalén el juicio contra Adolf Eichmann. Hannah Arendt asistió al proceso y, dos años más tarde, publicó Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal (1963).
Mientras tanto, también en 1961, el joven psicólogo estadounidense Stanley Milgram, profesor de la Universidad de Yale, inició una serie de experimentos que pasarían a la historia de la psicología.
No pretendía demostrar que Arendt tuviera razón. De hecho, cuando comenzó sus investigaciones, el libro sobre Eichmann todavía no había aparecido. La pregunta que le preocupaba era otra:
¿Hasta qué punto una persona corriente obedece a una autoridad cuando ésta le ordena hacer algo que considera moralmente inaceptable?
La cuestión no era académica.

Europa acababa de descubrir el alcance del Holocausto. Los procesos de Núremberg y el juicio contra Eichmann habían dejado al descubierto una realidad estremecedora: miles de acusados insistían en que únicamente habían obedecido órdenes.
¿Era posible?
¿Podía una persona normal convertirse en instrumento del mal simplemente porque una autoridad se lo ordenaba?
Milgram decidió averiguarlo.
Su experimento era aparentemente sencillo.
Los voluntarios creían participar en un estudio sobre el aprendizaje y la memoria. Se les asignaba el papel de «profesor», mientras que otra persona —en realidad un colaborador del experimento— hacía de «alumno».
Cada vez que éste respondía incorrectamente a una pregunta, el profesor debía aplicarle una descarga eléctrica, aumentando progresivamente la intensidad.
Naturalmente, las descargas eran ficticias.
El alumno sólo simulaba el dolor.
Pero los participantes ignoraban ese detalle.
A medida que aumentaba el supuesto voltaje, el falso alumno comenzaba a protestar.
Después gritaba.
Suplicaba.
Golpeaba la pared.
Afirmaba padecer problemas cardíacos.
Finalmente dejaba de responder.
En ese momento muchos participantes dudaban.
Miraban al investigador.
Preguntaban si debían continuar.
La respuesta era siempre la misma.
Con absoluta tranquilidad, el científico pronunciaba una de estas frases:
—«El experimento exige que continúe.»
—«Es indispensable que siga.»
—«No tiene otra alternativa.»
Nada más.
Ni amenazas.
Ni castigos.
Ni violencia.
Sólo la autoridad de una bata blanca y la aparente legitimidad de una institución científica.
Los resultados dejaron estupefacto al propio Milgram.
Antes del experimento, numerosos psiquiatras habían pronosticado que únicamente una minoría insignificante llegaría hasta el final.
Se equivocaron.
Una amplia mayoría de los participantes continuó administrando las supuestas descargas hasta el nivel máximo, pese a creer que podía estar causando un daño gravísimo a otra persona.
Muchos lo hicieron con evidente angustia.
Sudaban.
Temblaban.
Reían nerviosamente.
Protestaban.
Pero seguían obedeciendo.
Aquello demostraba algo profundamente inquietante.
No hacía falta ser un sádico.
No hacía falta odiar a la víctima.
No hacía falta disfrutar haciendo daño.
Bastaba con aceptar que la responsabilidad pertenecía a otro.
Exactamente el mecanismo que Hannah Arendt había observado en Eichmann.
Por supuesto, existen diferencias importantes entre ambos casos.

Los participantes en el experimento de Milgram actuaban durante unos minutos y bajo la convicción de colaborar con la ciencia. Eichmann desempeñó durante años un papel esencial en una maquinaria criminal perfectamente consciente de sus consecuencias.
Sería un grave error equiparar ambas situaciones.
Sin embargo, el mecanismo psicológico presentaba un inquietante parecido.
En ambos casos aparecía una tendencia humana profundamente arraigada: delegar la responsabilidad moral en una autoridad.
Ésta constituye quizá una de las enseñanzas más perturbadoras del siglo XX.
Nos gusta pensar que el mal pertenece siempre a los demás.
A los fanáticos.
A los delincuentes.
A los monstruos.
Milgram y Arendt obligan a contemplar una posibilidad mucho menos tranquilizadora.
El verdadero problema comienza cuando personas completamente normales dejan de formularse una pregunta elemental:
«¿Es correcto lo que estoy haciendo?»
En el instante en que esa pregunta desaparece, la conciencia empieza a adormecerse.
Y cuando millones de conciencias se adormecen al mismo tiempo, cualquier sociedad puede deslizarse por una pendiente muy peligrosa.
No es casualidad que Milgram escribiera años después que sus experimentos habían mostrado hasta qué punto la obediencia constituye una poderosa fuerza del comportamiento humano, capaz de imponerse incluso a convicciones morales profundamente arraigadas.
Hannah Arendt habría suscrito esa conclusión.
Pero añadió un matiz decisivo.
La obediencia, por sí sola, no explica el fenómeno.
Lo verdaderamente peligroso es la renuncia al pensamiento.
Quien piensa de verdad mantiene un diálogo permanente consigo mismo. Examina sus actos. Sopesa sus consecuencias. Se pregunta si podría seguir viviendo consigo mismo después de cometer una injusticia.
Quien deja de pensar ya no necesita responder a esas preguntas.
Le basta con obedecer.
Y ahí comienza el auténtico peligro.
Los totalitarismos no nacen de un día para otro.

Existe una imagen muy extendida según la cual las dictaduras aparecen de repente, como si un buen día un pueblo libre despertara bajo un régimen totalitario sin haber advertido antes ninguna señal.
Hannah Arendt sostenía exactamente lo contrario.
Los totalitarismos no surgen de la noche a la mañana.
Se preparan lentamente.
No empiezan con los campos de concentración ni con la policía política. Tampoco comienzan con las cárceles ni con la persecución abierta de los disidentes.
Todo eso llega después.
Mucho antes se ha producido un deterioro casi imperceptible de la vida pública.
Primero se degrada el lenguaje.
Después se confunden deliberadamente la verdad y la mentira.
Más tarde se convierte al adversario en enemigo.
Finalmente, el miedo sustituye al debate.
Cuando una sociedad llega a ese punto, el terreno está preparado para que el poder concentre cada vez más atribuciones.
Arendt observó que el totalitarismo necesita destruir previamente la capacidad de los ciudadanos para distinguir la realidad de la propaganda.
Quien ya no sabe qué es verdad termina aceptando cualquier explicación oficial.
Y quien deja de buscar la verdad acaba siendo extraordinariamente fácil de gobernar.
Por eso concedía tanta importancia al lenguaje.
Las palabras nunca son inocentes.
No sólo describen la realidad.
También contribuyen a construirla.
Cuando se altera deliberadamente el significado de las palabras, también termina alterándose la forma de pensar.

George Orwell expresó esta misma idea en 1984 mediante la «neolengua», un idioma empobrecido cuyo verdadero propósito consistía en impedir determinados pensamientos.
Arendt llegó a conclusiones semejantes desde la filosofía política.
Una sociedad que pierde el sentido de las palabras acaba perdiendo también el sentido de la libertad.
Otro elemento esencial del totalitarismo es el aislamiento del individuo.
Mientras las personas conversan libremente, intercambian argumentos y contrastan opiniones, resulta mucho más difícil imponer una única versión de los hechos.
Por el contrario, cuando cada ciudadano queda aislado, termina dependiendo exclusivamente de las consignas difundidas desde el poder o desde los grandes centros de influencia.
El aislamiento favorece la obediencia.
La conversación favorece la libertad.
Ésa es una enseñanza que conserva hoy toda su vigencia.
Arendt insistía además en que el totalitarismo necesita un enemigo permanente.
No importa demasiado quién sea.
Lo importante es mantener viva la sensación de amenaza.
Toda discrepancia puede presentarse entonces como una agresión contra la sociedad, contra el Estado o contra el supuesto bien común.
De este modo, el miedo acaba justificando medidas que, en circunstancias normales, serían consideradas inaceptables.
La Historia demuestra que la libertad rara vez desaparece de un solo golpe.
Lo habitual es que vaya cediendo terreno poco a poco.
Cada renuncia parece pequeña.
Cada limitación parece excepcional.
Cada restricción parece provisional.
Sin embargo, la suma de todas ellas puede transformar profundamente una sociedad.
Ésta constituye una de las grandes advertencias de Hannah Arendt.
La libertad no suele perderse porque un día llegue un tirano.
Empieza a perderse cuando los ciudadanos dejan de defenderla en las pequeñas cosas de cada día.
La mentira organizada: cuando la realidad deja de importar

Uno de los aspectos más originales y menos conocidos del pensamiento de Hannah Arendt es su reflexión sobre la mentira en la vida pública.
La mentira ha acompañado a la política desde la Antigüedad. Ya Tucídides, Tácito, Maquiavelo o Baltasar Gracián describieron gobernantes que ocultaban información, exageraban sus éxitos o disimulaban sus fracasos.
Nada de eso sorprendía a Arendt.
Lo verdaderamente peligroso aparece cuando la mentira deja de ser un recurso ocasional y se convierte en un sistema de gobierno.
En ese momento ya no se pretende ocultar una parte de la realidad.
Se pretende sustituirla.
Ésta es una diferencia fundamental.
Una cosa es mentir sobre un hecho concreto.
Otra muy distinta consiste en fabricar una realidad alternativa y exigir que toda la sociedad la acepte como verdadera.
Cuando esto sucede, los hechos dejan de tener importancia.
Sólo importa el relato.
Arendt comprendió que los regímenes totalitarios no se conforman con controlar el poder político.
Aspiran también a controlar la memoria, el lenguaje y, en último término, la propia percepción de la realidad.
Porque quien consigue imponer una determinada interpretación de los hechos acaba ejerciendo una enorme influencia sobre la manera de pensar de los ciudadanos.
No hace falta prohibir todas las opiniones.
Basta con conseguir que la verdad resulte irreconocible.
Entonces aparecen la confusión, el escepticismo y la resignación.
Si todo parece discutible, si toda información puede presentarse como falsa, si toda evidencia admite infinitas reinterpretaciones interesadas, muchos ciudadanos terminan abandonando cualquier intento de averiguar qué ocurrió realmente.
Y cuando desaparece el interés por la verdad, la mentira deja de encontrar resistencia.

Arendt escribió una frase que conserva hoy toda su fuerza:
«El sujeto ideal del dominio totalitario no es el convencido de la ideología, sino aquel para quien la distinción entre verdad y mentira ha dejado de existir.»
Ésa constituye quizá una de las observaciones más proféticas del siglo XX.
Porque una sociedad no necesita creer todas las mentiras.
Le basta con dejar de creer que existe una verdad objetiva.
Cuando todo se reduce a opiniones, emociones o intereses, desaparece el terreno común sobre el que puede construirse un debate racional.
Entonces la política deja de apoyarse en hechos verificables y pasa a depender de la capacidad para imponer una determinada versión de esos hechos.
Arendt veía en ello un inmenso peligro para la libertad.
Sin una realidad compartida, la convivencia se hace cada vez más difícil.
Cada grupo termina encerrado en su propio universo de creencias.
Cada cual escucha únicamente a quienes confirman sus prejuicios.
El diálogo se convierte en un intercambio de consignas.
La discusión racional cede su lugar a la descalificación.
Y la verdad acaba siendo sustituida por la utilidad política.
No deja de resultar significativo que esta reflexión, formulada hace varias décadas, adquiera hoy una extraordinaria actualidad.
La rapidez con que circula la información permite difundir noticias verdaderas y falsas con la misma facilidad.
Nunca ha sido tan sencillo manipular imágenes, sacar de contexto unas declaraciones o repetir una afirmación hasta que muchos acaben aceptándola como cierta.
Sin embargo, el problema de fondo no es tecnológico.
Es moral e intelectual.
La cuestión decisiva sigue siendo la misma que preocupaba a Hannah Arendt:
¿Estamos dispuestos a buscar la verdad aunque contradiga nuestras preferencias, o preferimos aceptar aquello que confirma nuestras ideas previas?
Ésa constituye una prueba de honestidad intelectual que ninguna sociedad puede eludir durante mucho tiempo.
Porque cuando la verdad deja de importar, la libertad tampoco tarda en hacerlo.
Pensar por uno mismo: el mayor acto de libertad

Si hubiera que señalar una sola idea como el verdadero núcleo del pensamiento de Hannah Arendt, probablemente no sería la banalidad del mal.
Sería otra mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más exigente:
la obligación de pensar por uno mismo.
Ésta fue, en realidad, la gran lección que extrajo del juicio contra Adolf Eichmann.

Muchos se preguntaron cómo había sido posible que un hombre aparentemente normal participara en uno de los mayores crímenes de la Historia.
Arendt respondió de una manera inesperada.
No creyó encontrarse ante un genio del mal.
Ni siquiera ante un fanático especialmente inteligente.
Lo que encontró fue algo mucho más preocupante.
Un hombre incapaz de pensar críticamente sobre sus propios actos.
Ésta es una observación decisiva.
Pensar, para Hannah Arendt, no significa acumular conocimientos, leer muchos libros o poseer una elevada formación académica.
Hay personas muy cultas que jamás piensan realmente.
Y otras con escasa instrucción que conservan una extraordinaria independencia de juicio.
Pensar significa mantener un diálogo permanente con la propia conciencia.
Preguntarse continuamente:
—¿Es verdad?
—¿Es justo?
—¿Es honrado?
—¿Puedo responder moralmente de lo que hago?
Quien deja de formularse estas preguntas empieza a delegar su conciencia en otros.
Y cuando la conciencia se delega, la libertad comienza a desaparecer.
Por eso Arendt distinguía cuidadosamente entre inteligencia y pensamiento.
La inteligencia permite resolver problemas.
El pensamiento permite distinguir entre el bien y el mal.
No siempre coinciden.
La Historia ofrece numerosos ejemplos de personas extraordinariamente inteligentes que pusieron su talento al servicio del crimen.
También abundan hombres y mujeres sencillos que, en circunstancias extremadamente difíciles, conservaron intacta su dignidad porque se negaron a hacer aquello que consideraban injusto.
Ésa era, para Arendt, la verdadera grandeza del ser humano.
No la brillantez intelectual.
Sino la fidelidad a la propia conciencia.
Esta reflexión conduce inevitablemente a otra cuestión.
¿Por qué tantas personas renuncian a pensar por sí mismas?
Las razones son muy diversas.
A veces interviene el miedo.
Otras veces la comodidad.
Pensar exige esfuerzo.
Obliga a examinar argumentos contrarios, a reconocer errores y, en ocasiones, a quedarse solo frente a la mayoría.
Resulta mucho más sencillo repetir lo que ya piensan otros.
Aceptar la opinión dominante.
Seguir la corriente.
Dejar que sean los dirigentes políticos, los medios de comunicación, los líderes de opinión o cualquier otra autoridad quienes decidan qué debe pensarse sobre cada asunto.
Sin embargo, esa comodidad tiene un precio.
Quien deja que otros piensen en su lugar termina dejando también que otros decidan por él.
Y ésa constituye una de las formas más sutiles de pérdida de libertad.
Arendt desconfiaba profundamente de toda forma de pensamiento gregario.
Sabía que los grandes errores colectivos rara vez nacen de un razonamiento individual.
Suelen surgir cuando millones de personas repiten las mismas consignas sin detenerse a examinarlas.
No importa cuál sea la ideología.
El mecanismo psicológico siempre resulta parecido.
Se deja de razonar.
Se empieza a repetir.
Y, poco a poco, las consignas sustituyen a las ideas.
Quizá por eso Sócrates ocupó un lugar tan importante en la formación intelectual de Hannah Arendt.
El filósofo ateniense no pretendía proporcionar respuestas definitivas.
Prefería hacer preguntas.
Preguntas incómodas.
Preguntas capaces de romper las certezas aparentes.
Preguntas que obligaban a pensar.
Arendt veía en esa actitud una de las mayores defensas frente a cualquier forma de tiranía.
Mientras un ciudadano siga haciéndose preguntas, continúa siendo difícil convertirlo en un simple instrumento del poder.
El problema comienza cuando deja de preguntar.
Cuando acepta que otros decidan por él qué debe creer, qué debe decir y qué debe callar.
Entonces la libertad sigue existiendo, quizá, sobre el papel.
Pero empieza a desaparecer en la conciencia.
Y cuando eso ocurre, el camino hacia cualquier forma de dominación resulta mucho más corto.
Por eso Hannah Arendt nunca dejó de insistir en una idea que conserva hoy toda su fuerza:
Pensar no garantiza que el ser humano obre siempre correctamente.
Pero dejar de pensar aumenta enormemente las posibilidades de que termine haciendo aquello que jamás habría imaginado hacer.
Hannah Arendt y los nuevos totalitarismos

Llegados a este punto, conviene hacer una precisión importante.
Leer hoy a Hannah Arendt no consiste en afirmar que vivimos bajo un régimen totalitario semejante al nazismo o al estalinismo. Sería una comparación precipitada, históricamente inexacta y poco útil.
Precisamente porque Arendt fue tan rigurosa al analizar aquellos sistemas, merece que utilicemos sus categorías con el mismo rigor.
Sin embargo, sí nos dejó una serie de criterios que permiten reconocer determinadas tendencias preocupantes antes de que sea demasiado tarde.
Ésa constituye la verdadera actualidad de su pensamiento.
Arendt enseñó que las sociedades libres no pierden necesariamente su libertad mediante un golpe espectacular.
Con frecuencia la van perdiendo poco a poco.
Primero se degrada el debate público.
Después se desacredita al discrepante.
Más tarde se identifica la crítica con una forma de traición.
Finalmente, muchas personas prefieren callar antes que soportar el coste de expresar una opinión distinta.
Ningún policía necesita llamar a su puerta.
Cada uno termina censurándose a sí mismo.
Ésta constituye una de las formas más eficaces de dominación.
No hace falta prohibir todas las opiniones.
Basta con lograr que algunas resulten socialmente inaceptables.
Arendt comprendió que el conformismo puede llegar a ser tan eficaz como la coerción.
Cuando una sociedad premia sistemáticamente la obediencia y castiga el pensamiento independiente, el resultado acaba siendo muy parecido.

La libertad exterior comienza a deteriorarse porque previamente se ha debilitado la libertad interior.
Otro rasgo que Arendt consideraba especialmente peligroso es la creciente confusión entre el poder y la verdad.
En una sociedad libre, el poder puede equivocarse.
Los gobernantes pueden mentir.
Los medios de comunicación pueden cometer errores.
Los ciudadanos tienen derecho a discutir, rectificar y exigir explicaciones.
Por el contrario, allí donde el poder pretende convertirse también en árbitro exclusivo de la verdad, el terreno empieza a volverse resbaladizo.
La verdad deja de buscarse.
Empieza a decretarse.
Y cuando eso sucede, el pensamiento crítico pasa a convertirse en un estorbo.
Arendt observó asimismo que toda forma de dominación necesita simplificar la realidad.
Los problemas complejos se reducen a consignas.
Las personas se clasifican en buenos y malos.
Las dudas se presentan como debilidad.
Las preguntas resultan incómodas.
Sin embargo, la realidad nunca cabe dentro de un eslogan.
Pensar exige aceptar la complejidad.
Las consignas, por el contrario, dispensan de pensar.
Quizá ésta sea una de las razones por las que Arendt sigue despertando tantas simpatías y tantas incomodidades.
No ofrece recetas.
No proporciona respuestas automáticas.
Obliga al lector a ejercer precisamente aquello que muchas veces preferimos evitar: el juicio personal.
En una época dominada por la inmediatez, la polarización y la simplificación, esta exigencia intelectual resulta más necesaria que nunca.
Porque el verdadero antídoto frente a cualquier forma de autoritarismo no consiste únicamente en disponer de buenas leyes.
Consiste, sobre todo, en contar con ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Mientras esa capacidad permanezca viva, la libertad conservará su mejor defensa.
Cuando desaparezca, ninguna Constitución bastará para protegerla.
Epílogo
La libertad comienza en la conciencia

Al terminar la lectura de Hannah Arendt, uno experimenta una sensación extraña.
No deja la impresión de haber leído a una filósofa que habla del pasado.
Da la impresión de haber conversado con alguien que contempla nuestro presente.
Ésa constituye el mayor elogio que puede hacerse a un pensador.
Las modas intelectuales pasan.
Las ideologías cambian.
Los gobiernos se suceden.
Las tecnologías transforman nuestra forma de vivir.
Sin embargo, las grandes preguntas permanecen.
¿Cómo puede una sociedad libre dejar de serlo?
¿Por qué tantas personas obedecen incluso cuando su conciencia les advierte de que algo está mal?
¿Qué fuerza lleva a hombres y mujeres corrientes a participar en enormes injusticias?
¿Por qué la mentira organizada puede llegar a imponerse sobre los hechos?
Hannah Arendt no pretendió responder definitivamente a todas esas cuestiones.
Su propósito era más humilde y mucho más valioso.
Quería enseñar a pensar.
Quería recordar que la conciencia no puede delegarse.
Que ninguna mayoría convierte automáticamente una mentira en verdad.
Que ninguna autoridad elimina nuestra responsabilidad moral.
Que ningún reglamento sustituye al juicio personal.
Ésa es la enseñanza que atraviesa toda su obra.
No existe libertad sin ciudadanos capaces de pensar.
No existe democracia auténtica si el debate se sustituye por consignas.
No existe dignidad humana cuando el individuo renuncia a ejercer su propia conciencia.
Quizá por eso la expresión «la banalidad del mal» sigue provocando tanta incomodidad.
Porque nos obliga a abandonar una explicación tranquilizadora de la Historia.
Nos gustaría creer que los grandes males son siempre obra de monstruos excepcionales.
Arendt nos recuerda que, con demasiada frecuencia, nacen de personas normales que dejaron de pensar, dejaron de preguntar y dejaron de asumir la responsabilidad de sus actos.
Su advertencia conserva hoy toda su fuerza.
No porque el siglo XXI sea una repetición del siglo XX.
La Historia nunca se repite exactamente.
Lo que sí se repiten son ciertas debilidades humanas: la comodidad de obedecer, el miedo a discrepar, la tentación de aceptar como verdadera cualquier afirmación que favorezca nuestras propias convicciones y la inclinación a dejar que otros piensen por nosotros.
Frente a todo ello, Hannah Arendt propone una actitud tan sencilla como exigente.

Pensar.
Pensar antes de obedecer.
Pensar antes de condenar.
Pensar antes de repetir una consigna.
Pensar antes de renunciar a la propia conciencia.
Porque la libertad no comienza en las instituciones.
Comienza en cada persona.
Comienza en ese silencioso diálogo interior del que hablaba Sócrates y que Hannah Arendt convirtió en el fundamento de toda responsabilidad moral.
Mientras existan hombres y mujeres dispuestos a conservar viva esa conversación consigo mismos, siempre habrá esperanza para la libertad.
Y quizá ésa sea, más de medio siglo después de su muerte, la razón por la que Hannah Arendt sigue siendo una de las pensadoras más actuales, necesarias e incómodas de nuestro tiempo.
