La Sección Española de la Internacional de Hijosdelagranputa.
CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN.

Hace ya muchos años existió una página de Internet cuyo título era imposible olvidar: «Sois todas unas putas… y mi madre y mi hermana también». El autor quiso dejar claro que no pretendía excluir a nadie de la provocación. A mí, sin embargo, siempre me pareció profundamente injusto. Las madres no tienen culpa de que algunos hijos salgan golfos, ni las hermanas responden de las fechorías de sus hermanos. Cada cual es responsable de sus propios actos y debe cargar con sus propias miserias.
Traigo hoy a mi memoria aquel recuerdo porque, observando la política, la historia y la condición humana, uno termina convenciéndose de que existe una organización mucho más antigua que cualquier partido político. Una organización cuyos miembros aparecen en todos los continentes, en todas las épocas y bajo todas las ideologías.
No figura inscrita en ningún registro (que yo sepa), no tiene estatutos conocidos, no celebra congresos públicos y ni siquiera necesita carnet de afiliado. Pero sus miembros se reconocen inmediatamente. Podríamos llamarla, sin excesivo temor a equivocarnos, la Internacional de Hijosdelagranputa.
Cada país posee su correspondiente delegación. España, naturalmente, también. No porque los españoles seamos necesariamente peores que los demás, sino porque ninguna nación ha conseguido librarse de semejante plaga.
Los miembros de esta Internacional pueden discutir entre ellos, pertenecer a partidos distintos y presentarse como revolucionarios, conservadores, progresistas, socialistas, liberales, patriotas o internacionalistas. Da exactamente igual. Todos comparten una misma visión del mundo.
No consideran el poder un servicio, sino un botín. No creen en el bien común, sino en su propio bienestar. Su verdadera patria son ellos mismos. Después vienen la familia, los amigos, los socios, los compañeros de partido, los acreedores políticos, los aduladores, los clientes y cuantos puedan resultarles útiles. El resto de los ciudadanos ocupa un lugar bastante secundario: sirve para pagar impuestos, obedecer y votar cada cuatro años.
Su código moral posee una sencillez admirable: todo está permitido cuando beneficia a los nuestros.
Colocar al hermano se convierte en una muestra de confianza. Ascender al cuñado demuestra sensibilidad familiar. Contratar al amigo revela buen criterio. Subvencionar al afín fortalece la democracia. Indultar al aliado favorece la convivencia. Modificar las leyes para conservar el poder constituye una prueba de responsabilidad. Ocupar las instituciones, repartir favores, comprar voluntades y confundir el patrimonio público con el patrimonio propio siempre encuentra una explicación.
Todo tiene una excusa. Todo se justifica. Todo termina presentándose como una muestra de inteligencia política.
El mérito les incomoda. La competencia les molesta. La independencia les parece peligrosa. La verdad constituye un estorbo. Y la honradez suele despertarles la misma simpatía que un inspector de Hacienda.
Pero quizá lo más inquietante no sea siquiera ese afán de enriquecerse, mandar y favorecer a los propios. Lo verdaderamente peligroso comienza cuando el adversario deja de ser un conciudadano para convertirse en un enemigo. Ya no basta con derrotarlo en unas elecciones ni con rebatir sus argumentos. Hay que apartarlo, silenciarlo, arruinarlo o destruirlo.
Si basta con desacreditarlo, mejor. Si puede hundírsele profesionalmente, mejor todavía. Si es posible aislarlo, convertirlo en un apestado social, cerrarle las puertas del trabajo, de los medios de información o de la vida pública, magnífico. Es la vieja muerte civil, tan antigua como la política y siempre dispuesta a regresar bajo nombres nuevos.
A lo largo de la historia tampoco han faltado quienes dieron un paso más y justificaron la eliminación física del adversario. Ahí permanece, como símbolo siniestro del siglo XX, el asesinato de León Trotski con un piolet. Hoy semejantes procedimientos ya no están bien vistos y producen horror cuando se recuerdan. Sin embargo, la tentación de eliminar al discrepante, aunque sea sólo civilmente, continúa gozando de excelente salud.
La lógica es siempre la misma: el adversario no merece ser escuchado porque no es un adversario legítimo, sino un enemigo moral. No se le discute: se le condena. No se refutan sus ideas: se destruye su reputación. No se combate lo que dice: se procura que nadie se atreva a escucharlo.
Nada de esto constituye una novedad. Los viejos sabios ya conocían perfectamente a estos personajes.
En Calila e Dimna aprendimos que el zorro casi siempre encuentra la manera de engañar al león. En Las mil y una noches descubrimos que los palacios esconden más secretos que los desiertos. Y en Alí Babá y los cuarenta ladrones comprendimos que toda cueva posee una contraseña y todo botín atrae a quienes consideran que la propiedad de los demás carece de importancia.
Siempre aparece algún Visir que regresa de remotos viajes cargado de sedas, perfumes, marfiles, alfombras y joyas extraordinarias. Cuando algún ingenuo pregunta de dónde procede tanta generosidad, basta una sonrisa para dar por terminada la conversación. En ciertos palacios, hacer demasiadas preguntas constituye una grave falta de educación.
Después llegan las puertas giratorias. Giran sin ruido, del ministerio al consejo de administración, del despacho público a la empresa favorecida, de la empresa al organismo regulador y del organismo regulador de nuevo al despacho. Todo funciona con una suavidad admirable. Tan admirable que casi nadie escucha el ruido de los engranajes.
Sin embargo, la Internacional de Hijosdelagranputa jamás habría alcanzado tanto poder por sí sola. Necesita aliados. Y aquí conviene recordar una de las observaciones más brillantes y despiadadas de Carlo M. Cipolla.
Los malvados no bastan. Necesitan la colaboración de los estúpidos, los tontos útiles.
Cipolla llamó estúpido a quien perjudica a los demás sin obtener con ello beneficio alguno e incluso causándose daño a sí mismo. Esa clase de persona resulta indispensable para el malvado, porque repite consignas que no comprende, justifica abusos que también terminarán perjudicándole y entrega su libertad convencida de que está conquistando nuevos derechos.
El malvado calcula. El estúpido le abre la puerta. El cobarde mira hacia otro lado. El fanático aplaude. El oportunista procura llevarse una tajada. Y el hombre honrado, demasiadas veces, se retira disgustado a su casa.
Así ha funcionado el mundo desde hace miles de años.
Ningún tirano gobierna solo. Ningún corrupto saquea solo. Ningún demagogo permanece mucho tiempo en el poder sin una extensa tropa de colaboradores, beneficiarios, propagandistas, aduladores, fanáticos, cobardes y necios dispuestos a justificarlo todo.
Por eso conviene desconfiar de quienes atribuyen todos los males de una nación a un solo hombre. Los gobernantes no llegan de otro planeta. Salen de la propia sociedad. Son votados, sostenidos, disculpados o tolerados por una parte de ella.
Hay una verdad especialmente incómoda: cuando una nación está gobernada por gánsteres políticos, malvados o sinvergüenzas, no siempre puede presentarse como una víctima completamente inocente. En una democracia, quienes gobiernan han recibido votos. Y quienes los votaron no pueden desentenderse enteramente de las consecuencias de su decisión.
Esto no significa que todo votante conozca de antemano cuanto hará el gobernante elegido, ni que sea responsable de todos sus delitos. Significa algo más sencillo: la libertad política exige examinar, juzgar, rectificar y retirar la confianza a quien la traiciona. Votar no absuelve de pensar.
La historia ofrece una advertencia estremecedora. Adolf Hitler no apareció de la nada ni conquistó Alemania al frente de un ejército extranjero. Su partido obtuvo un enorme respaldo electoral y él fue nombrado canciller mediante los procedimientos constitucionales de la Alemania de su tiempo. Después utilizó las propias instituciones para destruir la democracia desde dentro, perseguir a sus adversarios y levantar una dictadura criminal.
A Hitler (socialista él, animalista, vegetariano… no se olvide. ¡No es broma!), millones de ciudadanos lo votaron, otros muchos lo toleraron y muchísimos dirigentes creyeron que podrían utilizarlo o controlarlo. Todos se equivocaron trágicamente.
La lección no consiste en comparar alegremente cualquier gobierno actual con el régimen nazi. Esa comparación fácil trivializa la historia. La lección es otra: las urnas, por sí solas, no garantizan la libertad. También pueden convertirse en el camino por el que los enemigos de la libertad alcanzan el poder y, una vez instalados en él, destruyen las reglas que les permitieron llegar.
Las elecciones son indispensables para una democracia, pero no bastan. Se necesitan ciudadanos con criterio, memoria, sentido moral y disposición para exigir responsabilidades. Sin ellos, el voto puede convertirse en una ceremonia vacía mediante la cual una sociedad entrega periódicamente el poder a quienes mejor manejan el miedo, la mentira y el resentimiento.
La ignorancia conduce al miedo, el miedo empuja al odio y el odio a la violencia; decía el filosofo cordobés Averroes…
Por eso la primera víctima siempre es la verdad.
George Orwell comprendió que quien domina el lenguaje acaba condicionando el pensamiento. Hannah Arendt mostró cómo el mal puede presentarse con rostro vulgar, administrativo y obediente cuando las personas dejan de examinar sus actos. Aleksandr Solzhenitsyn recordó que la línea que separa el bien del mal no atraviesa los partidos ni las naciones, sino el corazón de cada ser humano.
La Internacional de Hijosdelagranputa conoce bien estas debilidades. Antes de apoderarse del dinero, procura apoderarse de las palabras. Antes de destruir al adversario, lo despoja de su reputación. Antes de prohibirle hablar, convence a los demás de que escucharlo resulta indecente.
Entonces ya no hace falta censurar abiertamente. Basta con desacreditar. Ya no hace falta encarcelar. Basta con provocar la muerte civil. Ya no hace falta emplear el piolet. Basta con lograr que el discrepante pierda su trabajo, sus amigos, su prestigio y cualquier posibilidad de hacerse oír.
El verdadero peligro, por tanto, no reside únicamente en los miembros de la Sección Española de la Internacional de Hijosdelagranputa. El peligro aparece cuando los hombres honrados dejan de escandalizarse, los cobardes callan, los oportunistas aplauden, los fanáticos justifican y los estúpidos colaboran convencidos de que trabajan por una causa noble.
Entonces la cueva de Alí Babá ya no necesita su vieja contraseña.
Ya no hace falta pronunciar «¡Ábrete, Sésamo!».
La puerta permanece abierta de par en par. Los ladrones entran y salen sin esconderse, sin recato, los visires regresan cargados de regalos, las puertas giratorias no dejan de girar y los ciudadanos terminan contemplándolo todo como si se tratara de un fenómeno natural.
Ésa es la mayor victoria de la Internacional de Hijosdelagranputa: no conseguir que todos participen en el saqueo, sino lograr que una parte suficiente de la sociedad considere normal lo que debería provocar indignación y vergüenza.
Porque una nación no comienza a morir cuando aparecen los primeros sinvergüenzas.
Comienza a morir cuando deja de escandalizarse ante ellos.