NO ESTÁS DEPRIMIDO, ESTÁS DISTRAÍDO LA VIDA ES UN REGALO, DESPIERTA Y VÍVELA. -CÓMIC-

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CARLOS AURELIO CALDITO AUNIÓN

No estás deprimido, estás distraído: una llamada a despertar

Vivimos en una época paradójica.

Nunca la humanidad dispuso de tanta información, tantos medios de comunicación, tantos avances científicos, tanta capacidad para desplazarse, aprender, crear o conocer el mundo. Sin embargo, rara vez el ser humano ha parecido tan confundido, tan ansioso, tan dividido interiormente y tan incapaz de disfrutar de aquello que posee.

Vivimos rodeados de comodidades que habrían parecido milagrosas a nuestros antepasados, pero seguimos actuando como mendigos emocionales.

Tenemos más cosas y menos paz.

Más conexiones y menos encuentros.

Más entretenimiento y menos alegría.

Más ruido y menos silencio.

Más opiniones y menos sabiduría.

Quizá por eso las palabras de Facundo Cabral siguen resonando con una fuerza extraordinaria décadas después de haber sido pronunciadas.

Porque Cabral no intenta ofrecernos una teoría política, una doctrina filosófica sistemática ni un tratado psicológico.

Hace algo mucho más sencillo y mucho más difícil.

Nos obliga a detenernos.

Nos invita a mirar.

Nos recuerda aquello que habíamos olvidado.

Su célebre afirmación —«No estás deprimido, estás distraído»— no debe entenderse como una negación del sufrimiento humano ni como una simplificación de las auténticas enfermedades del alma. No pretende sustituir a la medicina, ni a la psicología, ni a la experiencia real del dolor.

Su propósito es otro.

Cabral señala una enfermedad espiritual profundamente extendida: la incapacidad de percibir la belleza, la abundancia y el milagro cotidiano que nos rodea.

La distracción de la que habla no consiste en olvidar dónde dejamos las llaves ni en perder la concentración durante unos minutos.

Es algo mucho más profundo.

Es olvidar quiénes somos.

Es olvidar lo que realmente importa.

Es olvidar que la vida sucede ahora.

Es olvidar que la felicidad no suele encontrarse al final del camino, sino en la forma de recorrerlo.

Es olvidar que el amor vale más que el miedo.

Que la gratitud vale más que la queja.

Que la curiosidad vale más que el prejuicio.

Que la paz vale más que cualquier victoria obtenida mediante el odio.

A lo largo de las páginas que siguen, convertidas aquí en forma de historieta ilustrada, recorreremos las principales ideas que Cabral fue sembrando durante años en sus canciones, conferencias y reflexiones.

Hablaremos de la soledad fecunda que permite conocerse a uno mismo.

Del peligro de vivir esclavizados por el pasado o aterrorizados por el futuro.

De la importancia de reconciliarse con la propia existencia.

Del servicio a los demás como fuente de plenitud.

De la inocencia entendida no como ingenuidad, sino como capacidad permanente de asombro.

De la diferencia entre vivir y simplemente sobrevivir.

Del ego que divide y empobrece.

Del amor que une y expande.

De la gratitud que transforma.

De la paz interior que hace posible la paz exterior.

Y también de la muerte, no como final absoluto, sino como una de las grandes preguntas que acompañan a toda existencia humana.

Cabral escribió y habló como sólo pueden hacerlo quienes han conocido el sufrimiento.

No fue un optimista superficial.

Perdió seres queridos.

Conoció la pobreza.

Conoció la enfermedad.

Conoció la violencia.

Y precisamente por eso sus palabras poseen una credibilidad que no nace de los libros, sino de la experiencia.

Su mensaje no es que la vida sea fácil.

Su mensaje es que la vida merece ser vivida.

No afirma que el dolor no exista.

Afirma que el dolor no debe convertirse en nuestro dueño.

No dice que el mundo sea perfecto.

Dice que sigue estando lleno de maravillas para quien conserve la capacidad de verlas.

En el fondo, todo este relato podría resumirse en una única invitación:

Despierta.

Mira otra vez.

Mira el árbol.

Mira el mar.

Mira el amanecer.

Mira a las personas que amas.

Mira lo que has recibido.

Mira lo que todavía puedes construir.

Mira la extraordinaria aventura de estar vivo.

Porque quizá, como sospechaba Facundo Cabral, muchas veces no estamos tan derrotados como creemos.

Tal vez no estamos tan vacíos.

Tal vez no estamos tan perdidos.

Tal vez simplemente estamos distraídos.

Y este cómic no pretende otra cosa que ayudarnos, aunque sólo sea durante unas páginas, a volver a prestar atención.

Facundo Cabral: el peregrino de la libertad interior

Breve biografía para introducir la lectura de No estás deprimido, estás distraído

Antes de adentrarse en las reflexiones de No estás deprimido, estás distraído, conviene conocer al hombre que las inspiró. Porque el mensaje de Facundo Cabral no nació en una biblioteca ni en un despacho universitario. Nació en los caminos, en la pobreza, en la pérdida, en el exilio, en la música y en una búsqueda espiritual que duró toda una vida.

Un comienzo marcado por la adversidad

Rodolfo Enrique Cabral Camiñas, conocido universalmente como Facundo Cabral, nació el 22 de mayo de 1937 en la ciudad de La Plata, Argentina.

Su infancia estuvo muy lejos de ser fácil.

Su padre abandonó a la familia cuando él era todavía un niño. Su madre, Sara, quedó sola para sacar adelante a varios hijos en condiciones de extrema pobreza.

Cabral contaría posteriormente que durante años conoció el hambre, la marginación y la incertidumbre.

Fue analfabeto hasta los nueve años.

Ni siquiera sabía leer ni escribir cuando emprendió una aventura que marcaría para siempre su existencia.

Según él mismo relató en numerosas ocasiones, siendo apenas un niño decidió recorrer cientos de kilómetros para entrevistarse con el entonces presidente argentino Juan Domingo Perón con el propósito de pedir ayuda para su madre.

Aquella anécdota, mitad leyenda y mitad realidad histórica, ya revelaba algunos rasgos esenciales de su carácter: una mezcla de audacia, ingenuidad, determinación y confianza casi absoluta en la posibilidad de cambiar el destino.

Del reformatorio al descubrimiento de los libros

Durante su juventud pasó por diversos centros de internamiento para menores.

Sin embargo, uno de aquellos episodios aparentemente negativos resultó decisivo.

En un reformatorio conoció a un sacerdote jesuita que le enseñó a leer.

Cabral siempre afirmaría que aquel descubrimiento transformó su vida.

Los libros se convirtieron en compañeros inseparables.

Comenzó a leer de manera compulsiva y desordenada.

Biblia.

Filosofía.

Historia.

Poesía.

Literatura universal.

Pensadores orientales.

Místicos cristianos.

Novelistas.

Ensayistas.

Todo aquello alimentó una curiosidad intelectual que jamás lo abandonaría.

Con el tiempo desarrolló una cultura extraordinariamente amplia, aunque siempre conservó el lenguaje sencillo y directo de quien habla para personas comunes y no para especialistas.

El nacimiento del trovador

En la década de 1950 comenzó su carrera musical.

Primero utilizó diversos nombres artísticos hasta adoptar definitivamente el de Facundo Cabral.

Sus canciones pronto destacaron por una característica poco habitual.

No eran simples composiciones musicales.

Eran reflexiones.

Relatos.

Parábolas.

Preguntas filosóficas acompañadas por una guitarra.

Cabral cantaba, pero sobre todo conversaba.

Con el tiempo se convirtió en una figura singular dentro de la música hispanoamericana.

No encajaba completamente en la canción protesta.

Tampoco en el folclore tradicional.

Ni en la música religiosa.

Ni en la canción romántica.

Era una especie de juglar moderno que mezclaba humor, espiritualidad, filosofía, anécdotas personales y crítica social.

El hombre que recorrió el mundo

A partir de los años setenta comenzó una larga etapa de viajes internacionales.

Actuó en prácticamente toda Hispanoamérica.

También en Estados Unidos, Europa, Israel y numerosos países de otros continentes.

Aquellos viajes reforzaron una convicción que aparece constantemente en sus textos.

La humanidad es una sola familia.

Las fronteras son útiles para organizar Estados, pero insuficientes para definir al ser humano.

Cabral fue desarrollando una visión profundamente universalista.

Leía a Buda y a San Francisco.

A Jesús y a Krishnamurti.

A Borges y a Whitman.

A Gandhi y a San Agustín.

Veía en todos ellos expresiones distintas de una misma búsqueda espiritual.

Esa amplitud explica por qué sus conferencias y canciones resultaban atractivas para creyentes, agnósticos y personas de muy diversas tradiciones culturales.

Las tragedias que marcaron su vida

Uno de los errores más frecuentes al leer a Facundo Cabral consiste en imaginarlo como un optimista ingenuo.

Nada más lejos de la realidad.

Su vida estuvo atravesada por tragedias profundas.

Entre ellas, la muerte de su esposa y de una hija en un accidente aéreo.

También sufrió graves problemas de salud.

En distintos momentos recibió diagnósticos médicos extremadamente pesimistas.

Sin embargo, lejos de hundirse en el resentimiento, transformó aquellas experiencias en materia de reflexión.

Por eso muchas de sus palabras sobre el sufrimiento poseen una fuerza especial.

No proceden de la teoría.

Proceden de alguien que conoció el dolor de primera mano.

Cuando habla de seguir adelante tras una pérdida, habla desde la experiencia.

Cuando habla de no convertir el sufrimiento en identidad, habla desde la experiencia.

Cuando habla de la gratitud, no lo hace desde la comodidad, sino desde la supervivencia.

Un filósofo sin academia

Facundo Cabral nunca fue un filósofo académico.

No elaboró sistemas complejos.

No escribió tratados.

No pretendió fundar ninguna escuela.

Su filosofía fue esencialmente práctica.

Quería ayudar a vivir.

Su pensamiento contiene influencias muy diversas:

  • El cristianismo evangélico.
  • San Francisco de Asís.
  • San Agustín.
  • El budismo.
  • El taoísmo.
  • El hinduismo.
  • El existencialismo.
  • La literatura universal.
  • El humanismo clásico.

Sin embargo, todas esas influencias aparecen filtradas por su experiencia personal.

Cabral no enseñaba doctrinas.

Compartía descubrimientos.

Por eso muchas de sus frases han alcanzado una enorme popularidad.

No porque sean técnicamente perfectas desde el punto de vista filosófico, sino porque conectan con experiencias humanas universales.

El asesinato que conmocionó al mundo hispano

El 9 de julio de 2011, cuando tenía 74 años, Facundo Cabral fue asesinado en Ciudad de Guatemala.

Viajaba en un vehículo que fue atacado por sicarios.

Las investigaciones concluyeron que él no era el objetivo principal del atentado.

Se encontraba en el lugar equivocado en el momento equivocado, atrapado en una operación criminal dirigida contra otra persona.

La noticia provocó una enorme conmoción internacional.

Millones de personas sintieron que desaparecía una voz singular, una de esas figuras difíciles de clasificar que parecen pertenecer más a la tradición de los antiguos sabios ambulantes que al mundo moderno.

Un legado que sigue vivo

Más de una década después de su muerte, las palabras de Facundo Cabral siguen circulando por todo el mundo.

Algunas veces en forma de canciones.

Otras veces como conferencias.

Otras como citas reproducidas en libros, artículos o redes sociales.

Su legado no reside únicamente en una obra artística.

Reside en una actitud ante la vida.

La actitud de quien, después de conocer la pobreza, el abandono, el dolor, la enfermedad y la pérdida, decidió seguir apostando por la gratitud.

La actitud de quien eligió la curiosidad frente al miedo.

La esperanza frente al resentimiento.

La búsqueda frente al conformismo.

La paz frente al odio.

Por eso, antes de comenzar la lectura de este cómic, conviene recordar quién era el hombre que está detrás de sus páginas.

No un gurú.

No un santo.

No un profeta infalible.

Sino un viajero.

Un cantor.

Un buscador.

Un hombre que dedicó su vida a repetir una idea tan sencilla como difícil de practicar:

La vida es demasiado breve y demasiado hermosa como para perderla en la queja.

Y quizá por eso su mensaje continúa interpelando a nuevas generaciones:

No estás deprimido. Estás distraído.

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